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Excerpt for Waenremib, la guerra secreta de Horemheb by , available in its entirety at Smashwords




Waenremib, la guerra secreta

de Horemheb


Louis-Aldonze Mazan



Copyright Louis-Aldonze Mazan, 2018.

Smashwords Edition.



***


PRÓLOGO


Muchos fueron los que, por codicia y oportunismo, aclamaron como rey al general Horemheb.


Gran parte del pueblo le creía usurpador. Para unos, no era más que un vulgar traidor por conveniencia. Otros veían en él a un héroe, vencedor de unos reyes malditos. La mayoría pensaba que, con el ejército de su parte, simplemente pudo y quiso apoderarse del trono. En realidad, nada de eso importaba a las multitudes: le apoyaban porque tenía el poder. Unos buscaban sacar beneficios, y otros esperaban, de un orden militar o de una tiranía, que hubiera, por fin, algo de paz a orillas del Nilo.


Pero había algo que ellos no sabían.


El verdadero faraón, último descendiente de Men-Kheper-Re, fue coronado en secreto cuando Horemheb ascendió al trono.


Las muchedumbres lo ignoraban todo de él. Y tomó el nombre de Waenre-em-Ib, Waenre-en-el-Corazón, para el día del sacrificio, más terrible para él que la más horrenda muerte.


Ese día, el nombre de su amado Waenre Akhenaton, rey de su misma sangre, fue borrado de todos los monumentos y listas de reyes de Egipto. Así Waenremib enterró, junto con la verdad, su amor, para que un dia resplandecieran a través de los tiempos.


Mas, al disponerse Horemheb a borrar de la Historia el nombre de Waenre, Waenremib juró venganza: la verdad saldría a la luz.


Y lo hizo, milenios después, para siempre.


Esta es la historia de Waenremib. Su vida, su lucha, su tragedia, su victoria... y el gran secreto de Horemheb.



Horemheb selló la orden. Le empujó a ello una conspiración, con miles de cómplices en Egipto, aunque tramada en Amurru, Siria, sesenta años antes de su reinado...



***



Chapter 1. El príncipe de Amurru


En su campamento cercano a Gaza, el rey Abdi-Ashirta de Amurru, vasallo de Egipto, recibe a las tropas del faraón Amenhotep Neb-Maat-Re, que han venido en misión especial de escolta.


Cuando la formación militar se presenta ante Abdi-Ashirta, se abre y da paso a Neby, príncipe de la marca egipcia de Palestina y jefe de las tropas del Camino de Horus. Neby acompaña al príncipe Aziru, de cuatro años, hijo del primogénito de Abdi-Ashirta, Tutu, que está en la corte egipcia. Forman el resto de la comitiva los cuidadores sirios del niño, que llevan su equipaje.


Un escriba egipcio y otro sirio toman nota del acto: el joven príncipe amorreo es entregado a su abuelo Abdi-Ashirta por el marqués Neby en nombre del faraón, tras lo cual la escolta se retira al castillo egipcio de Gaza.


Cuando ya se han ido los soldados del faraón, el rey Abdi-Ashirta entra en su gran tienda de campaña, con el pequeño en brazos.


―Mirad qué guapo es vuestro sobrino -dice el rey a sus hijos-. Lleva un feo peinado egipcio, pero pronto le crecerá el pelo alrededor de esa ridícula trenza.


Tras mostrarlo a la familia, Abdi-Ashirta deja al niño junto al equipaje.


―Di, pequeño, ¿te ha dado tu padre algo para mi?


―Ahí dentro -dice el chiquillo, señalando la caja de sus juguetes.


Abdi-Ashirta mira dentro de la caja y ve una tablilla de barro. Parece cruda y sin escribir, pero el rey sabe, por una señal en una esquina, que está cocida y cubierta de barro crudo para tapar la escritura. La pone en agua hasta que el barro crudo se desprende y se puede leer el mensaje. Abdi-Ashirta lo lee con delectación y lo pasa a sus hijos. Está en escritura cuneiforme, pero en lengua amorrea, que muy pocos egipcios entienden.


―¿Qué dice? -pregunta el pequeño a su abuelo.


―Dice que dentro de unos años serás coronado rey.


La carta habla de Aziru, pero también de Djehuty-Messu, primer hijo del faraón, que acaba de nacer. Hasta ahora, los grandes ejércitos del faraón han disuadido a sus enemigos, pero la falta de herederos varones del trono ha creado una apariencia de debilidad, que algunos no dudan en aprovechar.


Siendo así las cosas, resulta muy tentador conquistar Egipto desde dentro. Los amorreos ya no son, como los hititas o los asirios, un pueblo muy poderoso, pero ahora, gracias a Tutu, tienen la insólita ocasión de adquirir poder en el mismísimo corazón del imperio egipcio.


Si el faraón tiene descendencia, el proceso será mucho más arduo y difícil. Pero nada detiene a Tutu, enviado por Abdi-Ashirta para hacerse con las riendas. Ya ha conseguido mezclar su sangre con la de su enemigo para poder arrebatarle el trono.



(De Tutu a Abdi-Ashirta)


Desde mi llegada estoy cumpliendo todas tus órdenes, por más que surjan obstáculos a nuestros planes. El faraón, sin hermanos ni hijos varones cuando me enviaste, tiene ahora un hijo apto para sucederle.


Me gané la confianza del faraón al rogarle, tal como me ordenaste, que me dejara quedarme a servirle hasta el fin de mis días, y así me dio por esposa a una hija suya, nacida de una esclava; sabes bien que él no concede ni estas hijas a otros reyes, lo cual demuestra que hago bien mi trabajo.


Cuando nació mi hijo, dije al faraón que me rogabas que te lo enviara para sucederte. Obtuve el permiso al decir que Amurru sería siempre fiel a Egipto con un rey de la sangre del faraón y de la mia, y para recalcarlo puse a mi hijo por nombre Aziru, que en acadio, que el faraón entiende, significa “Esclavo”, aunque en nuestra lengua, que él ignora, tiene otro significado. Mi pequeño es tan egipcio

como exige nuestro plan, tan nieto del

faraón como tuyo, aunque, por suerte, parecido a ti en todo.


Si pudieras verme te horrorizarías: ahora soy sacerdote de unos dioses en los que no creo; no tengo ni un pelo en el cuerpo y estoy circunciso. Pero así he obtenido un buen puesto para vigilar nuestros intereses, ya que, además de enseñar la escritura cuneiforme a los escribas egipcios, traduzco documentos oficiales y correspondencia, tanto del faraón como de todos los reyes que tienen tratos con Egipto. Más adelante intentaré acercarme al hijo del faraón con la excusa de enseñarle acadio y cuneiforme.


He renunciado al trono de Amurru, pero estoy obteniendo el control de Egipto.


***


Chapter 2. Los hijos de Neby


Las tropas egipcias que escoltaron al pequeño príncipe sirio han ido regresando, según avanzaban, a sus cuarteles respectivos. Aunque ha habido relevo de soldados en cada castillo de la ruta, el marqués ha viajado desde el castillo de Tjaru, en el acceso al Sinaí, hasta el palacio del faraón en Waset, al Sur de Egipto; desde allí, custodiando al príncipe Aziru, ha ido otra vez hacia el Norte, hasta Gaza. Ahora regresa de nuevo a Tjaru.


Al llegar al castillo, tras las formalidades de rigor entre oficiales, Neby se dirige, agotado, a sus aposentos. Allí le espera su esposa Ta-Tjuia. Sin decirse nada, al verse, se abrazan. Se besan. Después Neby, exhausto, se acuesta. Una niña de tres años sube al lecho desde un escabel y se acurruca junto a Neby con un hipopótamo azul de trapo.


Ta-Tjuia intenta llevarse a la niña.


—Déjala, mujer. Sólo quiere que vea el juguete que le has hecho. Es muy bonito, con esas flores de loto que le has pintado.


—Es la gran madre Ta-Weret. Por cierto, ha venido un mensajero desde Hut-Nen-Nesut. Nuestra hermana ha dado a luz hace unos días.


Neby se incorpora de golpe.


—¿Qué?... ¿Ya?... ¿Cómo está ella?


—Gracias a Hathor, está viva. Le ha resultado muy difícil, quizá ya no pueda tener más hijos.


—¿Y el niño?


—Tienes un hijo varón muy hermoso. Ya ha sido consagrado a Horus en los lagos, como tú querías.


—¿Sí?


— Sí, con el nombre del padre de nuestra madre. Una niña nació agarrándole un pie, y ella también ha sido consagrada a Horus. Por ahora, parecen muy sanos los dos.


—¿Cómo se llama la niña?


—Meret-Hor.


—¡Bendito sea Horus!… ¡Bendita sea Hathor!... Y bendita seas también tú, amada mía.


Neby acaricia el vientre preñado de Ta-Tjuia.


—Éste se llamará como tú o como yo -dice ella, sonriente-. Por cierto, podríamos aprovechar el viaje a casa para dejar ya allí a nuestra niña. Este castillo no es lugar para ella.



—Tienes razón. Que Amenia crezca con sus hermanos. Más adelante traeré aquí al chico para que se haga un hombre.


***


Chapter 3. Nuevo obstáculo


En Hut-Nen-Nesut, en el jardín de la casa familiar, la señora Ta-Useret, primera hermana y esposa del príncipe Neby, da lecciones de lectura, escritura y canto a la pequeña Amenia; al otro lado del jardín juegan los gemelos, de tres años, vigilados por una niñera. Mientras, en Tjaru, Neby ejerce sus funciones militares y Ta-tjuia cría a su hijito, pequeño y frágil, para llevarlo también a Hut-Nen-Nesut cuando sea destetado.


Al mismo tiempo, en Sumur, Siria, Abdi-Ashirta supervisa la cosecha. Un soldado sirio le entrega una lista de las provisiones que debe enviar a los campamentos egipcios más cercanos. La lista parece una tablilla de barro crudo, pero en una esquina tiene la señal de Tutu. Después de usar la lista de la manera normal, el rey la entrega al pequeño Aziru.


—Lávala, chico. A ver qué nos dice tu padre.


El niño lava la tablilla, hasta dejar al descubierto el barro cocido al que se había aplicado el crudo.


El faraón tiene, de su esposa principal, un segundo hijo varón; con las demás esposas tiene sólo hijas.


Voy ascendiendo puestos en su confianza.


Procuraré acercarme a los obstáculos, ya sea para eliminarlos o para utilizarlos”.


El nuevo obstáculo se llama Amenhotep, como el actual faraón. Él y su hermano Djehuty-Messu, destinado a reinar, son hijos de la reina Tiye, la Gran Esposa Real. Las hermanas del faraón murieron siendo niñas, y por ello se designó a su prima Tiye como primera esposa, cuando ambos tenían tan sólo ocho años. Tiye es hija de Yuya, Comandante en Jefe de la Caballería, y de la esposa de éste, Tuya, hermana y viuda del anterior faraón



***


Chapter 4. El joven Horus


Una reunión de altos mandos militares tendrá lugar en Men-Nefer, gran sede del ejército y antigua capital, y Neby deberá asistir. Sus hijos gemelos ya tienen ocho años, y él quiere llevar consigo al varón, a quien, en tono solemne, llama siempre Hor, aunque toda la demás familia le llama Mehy, diminutivo de nombres que, como el suyo, denotan fiesta.


—Tengo una gran noticia para ti, Hor: vendrás conmigo a Men-Nefer y verás por dentro los cuarteles. Así podrás ver qué hacen los soldados. Tengo amigos allí, y te enseñarán muchas cosas mientras estoy en la reunión.


—¡Qué bien!... ¿Iremos a ver la pirámide de Djoser? He oído que está en Men-Nefer y hace mucho que quiero ir.


—Creo que no tendremos tiempo. Pero quizá, dentro de tres meses, podremos ir a ver la pirámide de Khufu, que es la más grande de todas.


—Pero yo sólo quiero ver la de Djoser, padre. Ya sé que no es la más grande.


—¿Es acaso por su antigüedad, por ser la primera, o quizá por su forma?


—Es por Djoser, el mejor faraón de todos después de Osiris y Horus.


—¿Sí?


—Hacía siete años que no crecía el rio y la gente ya se moría de hambre. Djoser fue muy, muy lejos, hasta el comienzo del Nilo, para rogar a los dioses que salvaran a la gente, y fue escuchado.


—Hijo, no puedo asegurarte cuándo, pero prometo que iremos en cuanto surja una ocasión.


Una tarde, las sesiones de la reunión acaban pronto. Neby sale del cuartel con su hijo y montan en el carro de Sethy, un joven oficial de caballería, amigo de Neby.


Van al monumento de Djoser Netherkhet.


—Ahí la tenéis, en forma de escalera hacia el cielo —dice Sethy al llegar.


—Qué suerte haber salido hoy tan temprano, ¿verdad, Hor?


—¡Acerquémonos más, padre!


—¿Podemos ir a la entrada del recinto, Sethy?


—Sí, pero es muy estrecha, y el carro no podrá pasar. Me quedaré fuera cuidando de los caballos. Hay que entrar a pie y de uno en uno. Yo ya he venido algunas veces con mis hermanos.


Una vez junto a la puerta, el marqués y su hijo bajan del carro. Sethy lleva a los caballos a una zona de sombra, y, con un cuenco, les da de beber agua de un odre. Neby y Hor entran en el recinto. Por el corto y angosto pasillo de entrada, acceden a una sala con grandes columnas estriadas, y desde allí a un patio estrecho, bordeado por una hilera de edificios de caliza. Son de una belleza sobria pero extraña.


—No tienen puertas, padre. ¿Qué hay dentro?


—Sólo piedras y arena. Relleno. No hay puertas porque no hay un espacio al que entrar.


—Entonces, ¿para qué sirven esas casas?


—Representan los tabernáculos de la fiesta Heb-Sed, y eternizan su imagen para conservar su espíritu.


Por otro paso angosto llegan a un gran patio, donde la atención de Hor se centra en dos pares muy separados de construcciones bajas. Parecen representar en el suelo el perfil repetido de un montículo.


Neby y Hor caminan hacia uno de ellos.

—¿Son panes o montañas? —pregunta el niño.


—No estoy seguro, hijo. Solo sé que simbolizan los djenbu, o territorios de Egipto, y que el faraón, tanto al ser coronado como en el Heb-Sed, tiene que correr a su alrededor para representar que abarca los territorios con su poder.


—Pero así no se escribe “djenbu”, padre. ¿Qué dice aquí?


—No lo sé, Hor. Parecen panes, como el de la letra t; quizá sea la letra t de Tawy, Las Dos Tierras, aunque ha cambiado el modo de escribir Tawy.


—¿Y no pueden ser las montañas que marcan nuestras fronteras?


—En tal caso habría tres montículos, y tres son los djenbu en los relieves de los templos, quizá porque antes de haber dos hubo tres reinos, pero allí los djenbu tienen otra forma, como de luna creciente, o como el número diez, que parece una curva pero no un pan. Puede que signifiquen a la vez el tiempo y el espacio del reinado del faraón, pero no sé el modo exacto de...


Un palomo se posa sobre uno de los montículos, al lado mismo de Hor.


—¡Mira, padre, qué grande!... ¡Y brilla como el oro, pero en todos los colores!


El niño intenta cogerlo, pero escapa volando a escasa altura. Hor corre detrás de él siguiendo el mismo trayecto de la carrera ritual del rey. El jovencito corre, desnudo, con la trenza de la niñez en su cabeza rapada, y Neby no puede evitar recordar la imagen de Horus niño que suele haber en los templos. Su hijo se llama Horus, parece Horus, fue consagrado a Horus al nacer, y lo hizo en Hut-Nen-Nesut, la Casa del Niño Faraón, dedicada a Horus...


De repente, el palomo vira en dirección contraria y vuela hacia el chico; se le posa en un hombro, salta a su cabeza y asciende a la cima de la pirámide. Instantes después, sube al cielo y desaparece en el Sol.


—¡Es el ba de Djoser, padre, seguro que es él! —grita el muchacho, dando saltos de alegría.


Entonces Neby sujeta al chiquillo por los hombros y le mira fijamente, con expresión severa.


—Escucha, hijo: ¡no digas nunca nada de esto a nadie!


—Era Djoser, ¿verdad?


—Tanto si lo era como si no, debes callar, pues tú no sabes quién oirá a los que te oigan.


—Si era Djoser, ¿por qué ocultarlo?... Y si no era más que un ave, ¿qué mal hay en decirlo?


—Si alguna vez mencionas lo ocurrido hoy, alguien podrá, dentro de un tiempo, hacer que parezca que pretendes el trono.


—¡Pero no es verdad!


—Escucha, Hor: por esto pueden matarte, incluso matar al faraón y a sus hijos, y acusarte de ello. Bastaría interrogarte en un tribunal sobre lo ocurrido hoy. Así, al decir la verdad, parecerías culpable.


—¿Culpable?... ¿Por decir la verdad?... ¿Por jugar con un pájaro?...


—La esencia del mal es estúpida, Hor, por más que use todo el saber como instrumento.


—¿Y los dioses?... ¿No me ayudarían?


—Lo están haciendo al inspirarme consejos para que evites las trampas.


—¿Qué crees que habrán querido decirnos, padre?


—Por ahora no lo sé. Presta atención a las señales; pueden llegar muy pronto, o dentro de muchos años.


—¿Cómo podré reconocerlas?


—Nada es divino si no es Maat: verdad, justicia y bondad.


—De todos modos —dice Hor, conteniendo el llanto—, quizá no era Djoser... No era un halcón...


—O quizá Horus te reserva la misión de poner fin a una guerra... Ahora volvamos al carro, hay que estar en la ciudad antes de que anochezca.


Una vez en marcha, Sethy conversa con el chico.


—¿Qué, muchacho, has disfrutado?


—Muchísimo, señor. Me encanta este lugar.


—Tu padre ha hecho bien, pues. Dentro de unos años, traeré aquí a mi Ramsés. Ahora es muy pequeño, todavía está mamando.


—¿Me dejaréis venir con vosotros?


—Claro, pero entonces ya serás comandante, o quizá general.


Durante el resto del trayecto, Sethy, Hor y Neby hablan del ejército y de los caballos. Cuando llegan a su alojamiento, Neby apenas toma nada y se acuesta enseguida.


Ya acostados, tanto Neby como Hor siguen pensando en lo ocurrido junto a la pirámide.


El niño, tras dar muchas vueltas, se calma al recordar que, según dicen los sacerdotes, las señales divinas pueden llegar en un sueño. Se duerme y se ve a sí mismo, ya casi viejo, entrando en la pirámide de Djoser en vez de quedarse en el patio que la rodea; le acompaña un general de más de cuarenta años: Ramsés, el hijo de Sethy.


Neby, agotado, se duerme rápido, pero pronto tiene una pesadilla. Los egipcios se matan unos a otros, lo cual atrae a los enemigos extranjeros. Muere el faraón y la familia real, y un jefe militar de excelentes cualidades logra restaurar la paz. Es coronado faraón, pero le espera un largo reinado de sufrimiento en el que verá morir a sus hijos. Al final, una escena desgarradora: el rey llora junto al cadáver de un niño idéntico a Hor.

El sobresalto despierta a Neby. Piensa que una enfermedad, un hechizo o un demonio le ha provocado la horrible visión. Ruega a Amón, a Horus y a Djoser perdón por cualquier ofensa inconsciente, cometida por él o por su hijo.


“¡Amado Horus!... ¿Será éste el precio por no haber dado muerte a mi hijo al ofrecértelo?... Mi corazón se niega a creerlo, pues nada es divino si no es maat, y antes ya tomaste a mi primogénito. Ordené no soltar a Hor en el agua al hundirlo en el lago... no dejé que lo salvaras con un milagro. Pero tú ya lo habías salvado al nacer. Yo creí en ese milagro... y que deseabas que viviera. Mi hijo adora a tu hijo Netherkhet, y fue por ello que entramos en su sepulcro. Yo no deseo sino lo que tú quieras... pero has dado a mi hijo tu divina forma, y ello me hizo pensar en ti, oh mi Rey Horus-en-Fiesta... mi amado Dios, Hor-em-Heb...”


Neby tiembla, bañado en lágrimas y sudor. Trata de serenarse, pero no puede.


“Es un wehedu, una simiente de enfermedad que viaja por el aire y me ha dado fiebre”, piensa.


Se duerme en cuanto ve que, ocurra lo que ocurra, su deber será el mismo: hacer de Hor el mejor militar de todo Egipto, ya sea para que obtenga el puesto de su padre, o para convertirlo en rey salvador.


***



Chapter 5. Más cerca


El faraón acaba de enviar refuerzos a sus vasallos sirios. Un sherden que ha venido a Ullaza con un grupo de hombres para ayudar en la tala de cedros entrega unas listas a Baaluya, hijo de Abdi-Ashirta, que continúa su trabajo con toda normalidad, supervisando las cuadrillas y los cargamentos. Al final de la jornada, Baaluya entrega a su padre la tablilla con la señal. El rey disfruta viendo al jovenzuelo Aziru lavar y leer la carta de Tutu.


Nos acercamos ya al objetivo No nacen más que niñas, y he logrado que el rey me deje enseñar acadio a los niños.El mayor tiene una fuerte vocación militar, y elmás joven desea con toda su alma ser sacerdote, que es su destino de todos modos. Ambas cosas pueden resultarnos muy útiles si sabemos aprovecharlas”.


Abdi-Ashirta sonríe. A pesar de los obstáculos, el control de Egipto está cada vez más cerca.

***


Chapter 6. Los niños del faraón


Dos años después de visitar la tumba de Djoser, Hor acompaña de nuevo a su padre a una reunión de altos mandos militares. Esta vez, Neby ha obtenido permiso para que Hor presencie las sesiones, aunque en las de alto secreto deberá salir. En los patios del cuartel observará los desfiles, entrenamientos y trabajos varios que le esperan en el futuro.


Al concluir la reunión, Neby debe regresar a su puesto. Pero, antes de volver a Tjaru, viaja con su hijo al palacio que está junto al lago Mer-Wer, anexo a un harén del faraón. Allí está la escuela en la que se educó, y que es ahora la de sus hijos.


Tras hablar con el recepcionista, Neby se despide de Hor.


—No puedo esperar a tu hermano ahora. Dale un beso mío.


—Se lo daré, padre.

Hor nota, al entrar, que algo muy importante ha sucedido en la escuela durante su ausencia. Siempre hay guardia alrededor del recinto y centinelas ante las puertas exteriores, pero ahora están también junto a las interiores; hay soldados en el jardín, y también dentro del edificio, en todos los pasillos, aunque parece reinar la calma. “De haber sabido esto, mi padre no me habría llevado a Men-Nefer”, piensa.


Mientras da una vuelta buscando a su hermano, le saluda un chico de unos siete años, al que no conoce. Parece extranjero, o más bien producto de una extraña mezcla. Tiene la piel muy blanca, pero sus labios son gruesos, como de kushita. Sus ojos son del color del cielo, como los de los libios, pero rasgados y oblícuos, como si procediera del último confín del Este. A un lado de su alargada cabeza cuelga una trenza de cabellos dorados, que al sol brillan más que sus pendientes de oro.


—Hola, muchacho. No te he visto antes. ¿Eres nuevo?


—No, es que he estado unos dias fuera con mi padre. Tú sí eres nuevo, ¿verdad?


—Sí, mi hermano y yo acabamos de llegar de Waset. Aquí estamos más cerca de Men-Nefer y de Iunu, donde pronto estudiaremos.


—Pues mi hermano está dudando entre ir al templo de Iunu o al de Ipet-Sut, que está cerca de Waset.


—Y tú, ¿a dónde irás?


—A la academia militar de MenNefer.


—Igual que mi hermano.


—Mi padre quiere, además, que estudie leyes en el Per-Ankh del templo de Maat. Dice que un buen general ha de ser un buen juez.


—Tu padre es sabio. Y Maat es la más hermosa hija de Atón... Quizá tomaré el nombre de Ankh-em-Maat cuando sea sacerdote.


—Por cierto, ¿cómo te llamas?


—Unos me llaman Amenhotep, otros Yuya y otros Huy... Puedes llamarme Yuya-Huy. ¿Cómo te llamas tú?


—Mi padre y los maestros me llaman Hor, y todos los demás me llaman Mehy. Puedes llamarme Hor-Mehy.


—Bien, Hor-Mehy, me alegra conocerte. Voy a ver dónde está mi hermano.


—Lo mismo digo, Yuya-Huy.


Se despiden riendo. Cuando Yuya-Huy se aleja, Hor-Mehy pregunta a un soldado el motivo de tanta presencia militar.


—Estamos aquí para proteger a Sus Altezas Reales, los divinos príncipes Djehuty-Messu y Amenhotep.


Sorprende a Hor que Yuya-Huy, tan simpático y nada altivo, sea hijo del mismísimo faraón. También su temprana madurez y su extraño fervor, insólito a su edad. Todo ello, aún más que su aspecto y su origen, hace que Hor vea en él algo divino.


Mientras camina buscando a Neby, Hor va recordando cosas que explican la presencia de los príncipes en la escuela. Su padre, al contarle que había estudiado en ella, dijo que era un kap, o escuela para hijos varones del rey, y que si ahora casi todos los alumnos son hijos de los nobles o de reyes extranjeros, es porque el faraón casi sólo tiene niñas, y

éstas se educan en el harén con sacerdotisas. Hor recuerda también que él mismo es un príncipe, ya que su abuelo Amenemhêt, padre de Neby, era hijo del faraón Men-Kheper-Re.


Suena la señal de la hora de la lección, y Hor entra en clase. En el centro de la sala ve una estera con tablilas de barro, recipientes de agua y punzones, lo cual le extraña. También ve que su hermano conversa alegremente con Yuya-Huy ante la mirada de ocho soldados y veinte niños, entre los que hay dos desconocidos. Ahora ve Hor cuánta razón tiene su padre al prohibirle hablar de ciertas cosas.


El pequeño Neby llama a su hermano y le presenta a sus nuevos amigos.


—Mira, Mehy, éste es Djehuty-Messu, nuestro futuro faraón, y éste es su hermano Huy, que será Gran Vidente de Iunu. El que se levanta es Khay, el hijo del profesor Tutu.


—Ahora conoceréis a mi padre —dice Khay, de trece años, dirigiéndose a la clase—; enseña lengua acadia y escritura cuneiforme. ¿Veis?, ahí están las tablillas que usaremos. No pongáis esa cara, ya sé que la escritura egipcia es la más hermosa, pero la cuneiforme es muy útil; la usan todas las naciones más poderosas que rodean Egipto, tanto aliados como enemigos, como muy bien saben Sus Divinas Altezas.


—¿Eres babilonio? —pregunta Hor.


—No, amorreo. Mi padre es hijo del rey Abdi-Ashirta de Amurru, fiel esclavo del Divino Faraón. Nuestra lengua es distinta del acadio, pero la escribimos en cuneiforme, y también empleamos el acadio en cuneiforme porque se usa en muchos países, aunque tengan otras lenguas y formas de escritura.


Entra Tutu, y, tras los saludos, ordena a su hijo repartir el material entre los alumnos.


Tras la clase de escritura cuneiforme hay una de historia y otra de matemáticas, por profesores egipcios. A todas ellas asiste Yuya-Huy, y las sigue tan bien como sus compañeros, todos mayores que él.


Al concluir la jornada, durante la cena, Hor escucha fascinado a Djehuty-Messu, de diez años, muy parecido a Yuya-Huy pero con la trenza negra.


—¿No debería el hermano de mi divino príncipe estar en el grupo de los pequeños? —le pregunta Khay.


—No creo. Lo entiende todo tan bien como nosotros, y a veces incluso mejor. Tendríais que haberle visto cuando aún mamaba y preguntaba a la nodriza qué decían las inscripciones de los muebles y de las paredes, porque él aprendió así a leer.


—Entonces, mi señor, tú ya podrías dejar el kap...


—No, yo soy más lento. Yuya-Huy será mi Imhotep. A veces pienso que el faraón debería ser él.


El aludido reacciona.


—¡No digas eso!... ¡Yo iré a Iunu, y ya está!


—Tranquilo, pequeño Yuya. Imhotep también fue Ur-Maa de Iunu, como serás tú si te portas bien.


—Nada de faraón, ¿me oyes?... ¡yo, al templo de Atón!


Hor piensa que Djehuty-Messu merece ser el rey, sobre todo por lo que ha dicho de su hermano, sin el menor amago de celos ni envidia.


En los dias sucesivos, casi todos los muchachos, aconsejados por sus familias, procuran acercarse a los niños del faraón. Se hacen ver a menudo por ellos, les alaban por cualquier motivo y se ofrecen a servirles en el presente y en el futuro. Pero los príncipes notan que Hor y Neby, aunque hallan gran placer en su compañía, sólo se les acercan si ellos les llaman, y, aunque les muestran profundo respeto, admiración y afecto, no se deshacen en zalamerías abyectas, lo cual les convierte en sus amigos preferidos. La discreción de los cuatro evita, por un tiempo, las envidias de los compañeros hacia Hor y Neby.


***


Chapter 7. Preparando el terreno


Una tarde, cuando los hijos del rey llevan unos cinco meses en Mer-Wer, el príncipe Djehuty-Messu se reúne en el patio con Hor, Neby y Yuya-Huy.


—Aprovechando que Tutu se ha ido unos días a Waset, quiero hablaros de él para que, salvo en hacer los deberes, no le hagáis demasiado caso.


—¿Por qué? —pregunta Hor.


—¿No habéis notado algo extraño en su comportamiento?


—Pues a mí me gusta —dice Yuya-Huy—. Es el único que me comprende sin largas explicaciones.


—Ésa es la apariencia, pero comprenderte a ti es difícil hasta para nuestro padre.


—Si Tutu no me entiende, ¿por qué no me lo dice?


—Para no disgustarte, o para que creas que es muy inteligente. Pero no lo es tanto, a juzgar por el libro que me ha dicho que lea. Dice que es muy bueno y que lo encontró en la biblioteca, buscando otros para traducir al acadio. Hay algunos buenos consejos, como cuando habla de las obligaciones del faraón, pero otras cosas que dice son tonterías, como "todo deseo de cambio es voluntad de desorden, que desata las fuerzas del mal". Yo no creo que todo cambio sea bueno, pero que todo sea malo es igual de falso.


—Tienes razón —dice Hor—. Aunque el desorden sea malo, no todo cambio lleva al desorden. Imponer el orden también es un cambio.


—Claro —dice Neby—. Si todo cambio fuera malo, nunca debería hacerse nada nuevo. Ni casas, ni templos, ni nada. Y los faraones deberían seguir enterrándose en pirámides como antes, y vivir en Men-Nefer y no en Waset.


—Y cuando comenzaron a ordenar construir pirámides —añade Hor—, también fue un cambio. Los primeros faraones no lo hacían.


—El libro tiene aciertos y errores —dice Yuya-Huy—, y otro error es que la verdad y el orden estén por encima de la vida. No puede ser así, porque la vida y la verdad salieron de Atón a la vez, y, además, la vida entra dentro de la verdad.


—Claro, Ankh-em-Maat —dice su hermano—. Pero no me refiero sólo al libro.


—¿No? —dice el joven Neby.


—Tutu me ha insinuado de diferentes maneras que debería desconfiar de los que pueden pretender el trono en el futuro, o sea, vosotros dos. De Yuya-Huy no me dice nada porque ya sabe que no lo quiere. ¿Qué opinas tú de eso, Hor?


—Los hijos de Tutu son los de tu hermana. Están mucho más cerca del trono que yo.


—Eso es lo que me resulta sospechoso. Creo que trata de enemistarnos. Insinúa que tú y Neby tenéis una actitud arrogante, que no queréis acercaros a mí en público porque tendríais que humillaros, como hacen todos. Pero me parecen mucho más arrogantes esos que se arrastran delante de mí y luego corren a pregonarlo.


—Yo he notado que, desde vuestra llegada, algunos nos miran raro a Hor y a mí, de un modo que sí me parece arrogante —comenta Neby.


—Es lo que yo digo; se creen superiores a vosotros porque se acercan a mí delante de todos. Como no ven que vosotros hagáis lo mismo, piensan que es porque os creéis mejores que ellos, o quizá mejores que yo.


—¡Qué estupidez! —exclama Hor.


—Pues yo, el otro día, oí una cosa que...


—¿Qué oíste, Neby? —pregunta el príncipe.


—Que mi padre es un resabiado que quiere ser faraón, pero no sirve más que para la chusma de Tjaru. Al pasar yo por detrás de unos que os hacían reverencias, otro grupo, más alejado, lo comentó.


—Hacedme reverencias, de vez en cuando, delante de todos, para que callen. Si os preguntan, decid que temíais ser indignos de acercaros a mí, pero os concedí esa gracia... Que un día os llamé y dije que, a mis ojos, sois iguales que los demás, lo cual os llenó de regocijo. Es una tontería, pero igual les gusta y la creen.


—Pero... —intenta objetar Hor.


—No os preocupéis. Yo veré vuestras reverencias fingidas mucho más verdaderas que las de esos parásitos que os miran mal. En cuanto a Tutu, no debe saber si somos muy amigos, o poco, o nada.


—Pues yo sigo creyendo que Tutu es nuestro amigo —dice Yuya-Huy—. Que se equivoque, no quiere decir que sea malo.


—Sé amigo suyo, si quieres, pero, como tu hermano mayor y futuro faraón, te ordeno que no le digas nada de Hor y Neby. Si te pregunta, disimula. Sólo así lograremos, con el tiempo, averiguar quién le está engañando, si él no tiene mala intención.


Ese mismo día, Abdi-Ashirta recibe una carta oficial del faraón con instrucciones tributarias. Acompaña al papiro egipcio una tablilla con la traducción al acadio. Ésta lleva el sello de Tutu y la señal de los mensajes secretos, pero está cocida. No hay

más truco que una pequeña adición al texto cuneiforme, pero en amorreo.


Procuro avivar el fuego en

cad auno de los obstáculos;

si se enciende la lucha entre

ambos, o entre ellos y otros

elementos, eso puede

ahorrarnos mucho trabajo”.


***


Chapter. .8. La primera verdad


Tras un año en la escuela de Mer-Wer, los dos hijos del faraón van al templo de Ptah en Men-Nefer, donde estudian arte y teología por las mañanas, y por las tardes van a entrenarse a la academia militar. Al principio se alojan en la residencia de los sacerdotes.


El profesor Tutu ha solicitado al faraón el traslado a Men-Nefer para seguir enseñando a los príncipes la escritura cuneiforme, y dar también lecciones de ella a los escribas militares. Khay, segundo hijo de Tutu, se queda en Mer-Wer como maestro de cuneiforme y alumno del resto de asignaturas.


En la academia militar, altos oficiales enseñan esgrima, tiro con arco y conducción de carros a los hijos del rey, que también practican lucha, vigilados por un instructor, con los cadetes más jóvenes. Uno de éstos es Hor-Mehy, cuyo hermano sigue en Mer-Wer pensando si irá a Iunu o a Ipet-Sut para ser sacerdote.


Pasa el tiempo, y un dia, tras una lección de tiro con arco, los hijos del faraón y Hor-Mehy se sientan a descansar bajo un árbol del patio del cuartel. Djehuty-Messu mira sonriente a Hor.


—Hor-Mehy, hoy estoy muy contento : ya me han dado el grado de sumo sacerdote de Ptah, y voy a quedarme aquí contigo y a dedicarme de lleno al ejército. Esta noche ya no iré a dormir a la residencia del templo. Me quedo aquí.


—¡Lo estaba deseando desde el principio! ¿Tútambién te quedas, Yuya-Huy?


—Yo estaré un año más en el templo de Ptah. Quiero aprender más técnicas artísticas. Luego vendré aquí un par de años, y después ya iré a Iunu y me quedaré allí.


—¿Tanto te gusta Iunu? —pregunta Hor.


—No importa lo que me gusta, sino mi deber. Me gustaría mucho dedicarme sólo al arte. La verdad es que prefiero pintar y esculpir, pero mi deber como sacerdote me llama en Iunu.


—No tiene por qué ser en Iunu. También puedes ser sacerdote de Ptah, quedarte en Men-Nefer y enseñar arte.


—Tengo una misión sagrada que sólo un sumo sacerdote de Iunu o de Ipet-Sut puede cumplir, y no sé si lo conseguiría en Ipet-Sut.


—¿De qué misión hablas?


—Cambiar lo que se enseña en todos los templos.


—¿Todos? ¿Por qué? —pregunta Hor, asombrado.


—En todas partes menos en Iunu, o quizá también allí, los sacerdotes han olvidado lo más importante... ¡la primera verdad, Hor-Mehy!


—¿Cuál es la primera verdad?


—Que todo Dios es Atón o ha salido de Él. Es intolerable no enseñar esto antes que ninguna otra cosa.


—Pero los sacerdotes sí lo enseñan. Por eso lo sabemos nosotros.


—No es bueno ver al primer Dios como uno entre muchos, cuando es el padre de todos. Y la gente cree que Djehuty es uno, que Ptah es otro y que Amón es otro; no saben que estos nombres se refieren a Atón.


—No hay por qué angustiarse, pequeño Yuya —dice su hermano—. Dios tiene el poder de ser millones de dioses a la vez.


—Pero hay mucha gente que no lo sabe. Eso es terrible y muy triste.


—Dedícate a estudiar, hermanito. Cuando yo reine y tú seas el sumo sacerdote, en Iunu o donde sea, ya hablaremos. Ahora no somos más que unos chicos. Nuestro padre te diría lo mismo.


—¿Te parecen poco las guerras que hubo en la antigüedad, entre los bandos de Horus y Seth?


—De eso hace ya mucho, Huy. Los buenos faraones trajeron la paz.


—Sí, el divino Kha-Sekhemuy, padre de Djoser —añade Hor.


—Sí, ya sé. Y luego Mentu-Hotep, y después Yah-Messu. Pero sigue habiendo dos tronos, dos coronas y dos países. Cualquier dia puede haber otra guerra entre ellos.


—¿Qué piensas de esto, Mehy? —pregunta a Hor el heredero, encogiéndose de hombros.


—Yuya-Huy habla así porque ama la verdad.


—Nosotros también amamos la verdad.


—Pero él todavía no ve ciertas cosas. Mi padre dice que a los malvados no les importan los dioses, por más que usen sus nombres.


—Tu padre tiene razón, el mio diría lo mismo.


—El padre de Mehy es muy sabio. Pero no puede haber justicia cuando lo primero es puesto en último lugar. Hay malvados donde no hay Maat, y Maat surge de Atón.


Parecidas conversaciones tienen lugar en cada visita de Yuya-Huy a su hermano y a Mehy. Ambos ven algo divino en él y saben que tiene razón en muchas cosas, pero también temen por él. Saben que muy pocos serán capaces de comprenderle y que muchos menos querrán hacerlo.


Pocos meses después, al padre de Mehy le parece blanda la educación militar de Men-Nefer, y decide llevarse con él al muchacho.


—Vendrás conmigo a Tjaru, hijo, al Camino de Horus.


—¿Es mejor que Men-Nefer?


—Es el destino más duro para un recluta. No es una academia militar, es la guerra, en todos los sentidos.


—¿De veras?


—Sí. Lo que has visto hasta ahora, no es nada en comparación.


—¡Qué bien!... Así podré verte más a menudo, y aprenderé a luchar de verdad.


—Me alegra que te lo tomes así.


—Sólo lamento no poder estar con Djehuty-Messu y Yuya-Huy. Podré escribirles, ¿no?


—No está prohibido, pero no creo que tengas tiempo: vas a tener mucho trabajo, mucho más que nunca antes.


—¿Sí?


—Y además, los príncipes tienen sus propias obligaciones. Viajan a menudo a Waset y a donde diga el faraón, y así, rara vez sabrás a tiempo dónde están.


—Lástima, pues.


—No te preocupes. Pronto tendrás que volver a Men-Nefer para estudiar en el Per-Ankh y en la Escuela de Altos Oficiales. Los príncipes también tendrán que ir allí.


—Menos mal. Lo más duro de todo será pasar tanto tiempo sin ellos.


***


Chapter 9. Recluta Hor


Aprovechando un envío de tropas desde Men-Nefer a la frontera, Neby se dirige a Tjaru con su hijo. La voz de Hor es ya bastante grave, y su altura es la de un soldado mediano, aunque tan sólo tiene doce años.


La intención de Neby es hacer de él un auténtico guerrero, mucho más fuerte y mejor preparado que los cadetes de Men-Nefer, más escribas que militares. Aunque la edad mínima para las levas normales son los quince años, un joven puede, si es apto, ser reclutado antes de esa edad en caso de guerra, y, de hecho, nada impide su alistamiento voluntario en tiempos de paz, si bien casi nunca ocurre. Cuando lo hace, es sólo en los dos extremos de la fortuna: los huérfanos indigentes y los hijos del faraón.


El final del trayecto es un largo camino entre viñedos. Por él se va al castillo, que tiene detrás el mar, y a un lado un brazo del Nilo. Las tropas de caballería van delante del carro de Neby, y las de infantería, lanceros y arqueros, detrás. Parte de los carros ha llegado ya a Tjaru cuando Neby aún no divisa la fortaleza. Por fin la ve, y se detiene.


―Ahí está, Hor: Tjaru, la primera fortaleza del Camino de Horus.


—¿Veremos todos los castillos?


—Por ahora estaremos aquí, pero, cuando yo recorra la ruta, me acompañarás.


Prosiguen el viaje, pero al dejar atrás la última aldea antes del castillo, Hor ve cómo unos muchachos atacan a un niño de menos edad, al que escupen, apedrean e insultan entre ráfagas de risotadas.


—¡Mira ahí abajo, padre! ¡Detengámonos!


—Ahora no, Hor. Ya verás, sigamos hasta...


Como el carro no se detiene, Hor salta. Mientras el joven baja por el terraplén, su padre lleva el carro a una rama descendente de la carretera y da la vuelta hacia donde están los muchachos, que al ver el carro huyen todos, incluso el agredido, menos Hor.


Neby baja enfurecido del carro y azota a su hijo con la fusta de los caballos. Hor, para demostrar hombría, no llora ni se queja.


—¡Te tengo dicho que no saltes en marcha...!


Hor permanece en silencio. Neby lo sube al carro y lo ata de modo que no vuelva a saltar. Durante el resto del trayecto, el joven sigue conteniéndose. Más que los azotes y la vergüenza, le duele que su intención haya sido vista como mala. Pero no quiere parecer débil, y menos pisando el camino de Horus. Sin embargo, llega a ver que su padre, sin cambiar la dura expresión de su rostro, sí llora.


Cuando llegan al pie del castillo, bajan del carro y Neby suspira.


—¡Hor...em...heb...!


—¿Sí, padre?


—Horemheb era mi hermano. Saltó de un carro y murió. No repitas la historia.


—No lo haré.


—Aquí te enseñarán a saltar del carro en marcha, por si una flecha incendiaria te lo quema, o por si los caballos corren desbocados a un barranco. Pero antes de aprender, no vuelvas a saltar si no hay un peligro mayor en el carro.


—Obedeceré.


—También te he pegado por otro motivo. Es algo que me da mucho más miedo.


—¿Qué es, padre?


—Te has enfrentado a un grupo estando solo y desarmado, y eso es necedad, no valor. Si te ves obligado a luchar en solitario, debes usar la astucia y no dejarte ver por el enemigo, o le darás el goce de otra víctima sin haber salvado a nadie.


—Tienes razón. Creí que no hacías caso, y salté...


—Pero yo sí te hacía caso y me importaba lo que sucedía. Iba a hacer justo lo que hice para asustar a esos granujas.


—Perdóname, padre.


Por toda respuesta, Neby besa a su hijo y le lleva al interior del castillo.Una vez recibidos por Ta-Tjuia, padre e hijo pasan al dormitorio principal, donde continúan hablando.


—Bien, como dije, has venido aquí a hacerte un hombre. Ya no serás tratado como un niño, sino como un soldado.


—Es lo que deseo.


—Veamos, para empezar... quítate las joyas y guárdalas, como yo hago, para ir a Men-Nefer o a alguna fiesta. Aquí no te hacen falta.


—¡Qué bien!... Ya estaba harto de estos pendientes enormes y este collar tan pesado —comienza a quitárselos.


—Pertenecieron al anterior faraón. Él me los dio y los llevé varias veces en su presencia.


—¿Sí?


—Sí, y también ante su hijo, el que ahora reina. Déjalo todo en esta caja, con lo mío. Después te pondrás la peluca y el faldellín de soldado.


—¿Esos que hay sobre el taburete?


—Sí. Aquí deberás llevarlos en todo momento. Pero ahora túmbate boca abajo en la cama, voy a aplicarte un ungüento en las heridas.


Tras hacerlo, Neby se sienta en una silla junto a la cama.


—Ahora voy a decirte algo muy, muy importante.


—¿Sí?


Neby hace un gesto afirmativo y baja la voz hasta el susurro.



—Tu madre te engalana como a un pequeño rey, pero es aquí donde aprenderás lo que un rey debe saber.


—Y, ¿qué es?


—Lo primero es que el faraón, aunque vaya cubierto de oro y se postren reyes ante él, es el primero de todos los esclavos, de hecho y oficialmente. No puede hacer lo que quiere, sino lo que debe, y jamás puede comprar su libertad. Debes recordar que, si mi padre no hubiera muerto antes que el suyo, y si éste no hubiera creído que los hijos de su primogénito no serían fuertes, ahora yo sería el faraón, y tú me sucederías.


—¿Vendrán aquí los hijos del rey?


—Por ahora, no creo que vengan, pero de algún modo deberán aprender lo que te acabo de decir. Debe quedarte claro, porque, si mueren, reinarás tú.


—Prefiero morir yo antes que ellos. Pero también odio su esclavitud, porque no es sólo obedecer a Maat.


—Tienes razón. También están los intereses en pugna de muchos miles de hombres. Por ello, el primer deber del faraón es imponer el orden, y no puede hacerlo sin ser esclavo de las apariencias. Además, lo que sugieran dichas apariencias debe ser fácil de entender incluso para los más necios, pues los sabios son siempre pocos en cualquier lugar del mundo.


—¡Quieran los dioses que yo no reine!


Ahora Neby sube la voz.


—No creas que así tu responsabilidad vaya a ser mucho menor. El camino de Horus implica la más alta exigencia de capacidad militar, incluso más que Kush, donde también he servido.


—¿Sí?


—Aquí el enemigo puede venir de más direcciones, por tierra y por mar. Hay más diversidad de enemigos, todos más astutos, malvados y mejor armados que los kushitas.


—Es el destino militar más duro, pues.


—Sí. Por ello nadie está por encima de mi puesto en la jerarquía militar, salvo que el rey decida nombrar un Jefe de Todo el Ejército. Dicho jefe, cuando lo hay, suele haber estado al mando del Camino de Horus.


—Es admirable, padre, pero...


—Pero no es hereditario. De joven fui policía, y recibí tantos azotes como los reclutas esclavos kushitas hasta que demostré que podía ser jefe. No me sirvió de nada ser nieto de faraón. Mi padre, que

no era apto para luchar, fue sacerdote y escriba. Yo podría haber sido sólo escriba, pero me parecía cosa de cobardes. Quería ser un militar como lo fueron mis abuelos y hubiera querido ser mi padre.


—Yo también quiero ser todo un militar.


—Haces bien. Sin la confirmación del marquesado, cuando crezcas serás, como mucho, conde de Hut-Nen-Nesut, un título honorífico que no te servirá de nada sin contactos en la corte. Y cuando digo contactos, me refiero a contactos útiles, no sujetos a la máxima esclavitud como tus dos amiguitos. Yo no tengo amistades de conveniencia porque me dan asco, prefiero progresar con mi propio trabajo.


—Yo también, padre.


—Si quieres ocupar mi puesto, tendrás que demostrar ser el mejor militar de todo Egipto, y entonces el faraón te confirmará. Pero si hay otro mejor que tú, aunque el rey te ame, nombrará a ése, porque la frontera es la puerta del reino, y el deber del faraón es defenderla al máximo.


—Haré cuanto me ordenes, y si no estoy capacitado, intentaré ser escriba... pero odio estar todo el día sentado.


—Yo lo odio tanto, que preferí ser azotado por negros. Y no es que no me guste leer y escribir. Tuve buenos puestos como escriba, pero...


Ta-Tjuia les llama para la comida. Los tres charlan como cualquier familia mientras comen. Después, Neby vuelve al tema militar con el chico.


—A partir de ahora serás, en todo, como los soldados rasos. Yo no te pegaré más, pero los suboficiales sí podrán hacerlo, por cualquier tipo de falta. No me refiero sólo a indisciplina, sino también a movimientos fallidos en los ejercicios de entrenamiento y a la excesiva lentitud en la marcha. A mí me pegaban por eso en Kush.


—¿Y si no puedo evitar fallar, o estoy cansado?


—Aquí te supondrá un latigazo lo que en el campo de batalla sería la muerte. Quizá con el tiempo mejorarás, o quizá no, pero si ocurre lo último, es mejor ir a una oficina, o a un templo como tu hermano, que morir inútilmente. Neby no sirve para luchar y se le ve, pero tú eres fuerte. Hay que ponerte a prueba.


—¿Cada cuándo podré verte?


—Cada día. Comerás, dormirás y te lavarás aquí conmigo. Serás mi secretario, además.


—¡Pero eso no es vivir como un auténtico soldado!...


—¿Cómo puedes decir eso?


—¡A ellos no les vigila su padre!... Duermen juntos en barracones, tienen un comedor para todos, y...


—Y también se desnudan juntos. Si ven tu desnudez, sabrán que sólo eres un chico, y no estoy dispuesto a permitir que te maltraten.


—¿Lo harían?


—Aquí hay criminales que cumplen su pena como esclavos del ejército. También hay cautivos enemigos y muchos reclutas forzosos que odian la disciplina. Como no pueden vengarse de los suboficiales, descargan su rabia en los compañeros más débiles.


—Tú dices que soy fuerte y por eso me has traído.


—Para ellos, ser muy joven es debilidad. Y también lo es ser feo, guapo, delgado, gordo, negro o libio. Tú eres niño, hermoso y con aspecto de libio.


—No les tengo miedo.


—Yo sí, y algún dia sabrás por qué.


—Quizá podría entenderlo ahora, si me lo dices.


—Cuando muchos deciden que uno es débil, lo es realmente si no se pone fuera de su alcance. Podemos castigar a los agresores, pero entonces el mal ya está hecho. Además, hay chusma a la que le encanta violar varones para deshonrarlos. Sólo podemos detectar y castigar tal conducta cuando ya se ha producido.


—Entiendo. Estaré mejor aquí.


—Ello provocará también, por desgracia, que la chusma crea que hago contigo lo que ellos harían si pudieran. Si oyes comentarios al respecto, apártate y dímelo. Pero no pienses que, por esta protección, tu servicio militar sea sólo un simulacro: te aseguro que no lo será.


—Entonces, ¿seré un verdadero soldado?


—Sí. Los oficiales saben que eres mi hijo, pero no los suboficiales ni los soldados; así no habrá ningún favoritismo en el trato diario. Si se te castiga sin motivo, no dudes en decírmelo, pero si ha habido indisciplina o fallos por tu parte, no te haré caso.


—Me parece bien.


—Por cierto, ahora que me acuerdo... para que puedas ayudarme en el despacho, te he eximido de las prácticas de desfile, que ya dominas. También de la lucha sin armas, que practicarás aquí conmigo y así no tendrás que desnudarte ante los otros. Te entrenarás en tiro con arco, esgrima y conducción de carros; todo eso se hace normalmente con faldellín. Ah, y no te quites nunca la peluca ante los demás, ni dejes que se te caiga. Tanto el prepucio como la trenza indican que eres un niño, o, si ya tuvieras barba, un libio puro.


Hor se atavía como un soldado, con la peluca atada por dentro a la trenza, y Neby le lleva a ver toda la fortaleza. También le presenta a los suboficiales como su nuevo secretario. Dadas su voz y su estatura, todos creen que tiene quince años, la edad de los reclutas más jóvenes.


Tras el paseo por el castillo, Neby lleva a Hor al despacho para enseñarle en qué consistirá su trabajo.


—Padre —dice Hor mientras ordenan los papeles—, hay algo que me preocupa. Ese niño al que atacaban ahí abajo... ¿y si vuelven a hacerlo?


—Les quitaremos las ganas, por ahora.


—¿Cómo?


—Convertiremos en hombres a esos mocosos repugnantes. Mañana mismo enviaré a todas las aldeas del distrito la orden de celebrar la circuncisión. Les haremos la fiesta, y después tendrán la sorpresa.


—¿Cuál?


—Se acabará su vagancia. Al ser inscritos tras la circuncisión, quedarán disponibles para corveas y para el ejército. Además, si cometen un delito cumplirán penas para adultos, incluso la muerte, según lo que hagan.

—Todo esto es...


—Muy duro, sí. Te aseguro que no se reirán. Su alma de basura temblará al ver el cuchillo.


—Pero...


—No te sientas culpable. Si se portan bien, no les pasará nada. Yo estoy circunciso, tú lo estarás pronto, y en el ejército, ya estamos.


Al día siguiente, durante el desayuno, Neby da instrucciones a Hor.


—Comenzarás ayudándome a copiar y ordenar documentos. Después irás a entrenarte con la tropa donde te enseñé ayer, y luego vendrás a comer aquí. Por las tardes recibirás lecciones de todos los oficios necesarios en el ejército. Unos dias serán de intendencia, otros, de fabricación o reparación de armas, construcción y otras muchas cosas. Se trata de que sepas en qué consiste cada oficio, aunque no te dediques a él.


—¿No es mejor conocer muy bien un solo oficio?


—No para un general. Si das una orden sobre algo que ignoras por completo, fracasarás. A un soldado de intendencia puede bastarle saber hacer pan, incluso un solo paso del proceso de elaboración; un soldado del arsenal puede necesitar saber sólo reparar algún tipo de arma, y así todos los soldados, según se les asigne. Pero un oficial, y más un general, debe conocer todo lo que se hace en un cuartel, castillo o campamento, además de saber luchar y dirigir las tropas por el campo de batalla.


—Entiendo. ¿Qué toca hoy?


—Sethy te llevará a la caballeriza.


Tras copiar unos informes, Hor va al entrenamiento y recibe un par de azotes por movimientos lentos. Después de comer con su familia, se va con Sethy, que ha venido a buscarlo.


—Como ya sabes, muchacho, soy el comandante de Caballería de esta fortaleza, y mi hermano Kha-em-Waset es el director de la caballeriza. Hoy cepillarás a los caballos y les darás de comer, pero tu misión consistirá, sobre todo, en vigilar a tu instructor.


—¿Vigilar a mi instructor? ¿No debería ser al revés?


—Lo sabrás cuando lleguemos.


En cuanto llegan, Sethy llama al instructor.


—¡Ramsés, aquí traigo a tu alumno, trátalo bien!


—¡Sí, señor!, —responde una voz infantil.


Aparece un niño de siete años, desnudo, con una trenza rojiza en la cabeza rapada.


—Ahí tienes al recluta Hor. Enséñale a cepillar y alimentar caballos.


—¡Sí, mi comandante!


—Señor, ¿no es muy joven Ramsés para estar aquí?... Mi padre me dijo que puede haber peligro incluso para mí…


—No te preocupes. Ramsés no es todavía un soldado, y no se mezcla con la tropa estando solo. Está aquí porque le gustan los caballos, y en Men-Nefer yo no puedo vigilarlo de cerca. Aquí, cuando no está conmigo, está con mi hermano. Además, toda la tropa sabe que es mi hijo y qué ocurriría a quien le molestara. Tu caso es distinto, Hor.


—Menos mal, señor... me alegro. Vamos, Ramsés, enséñame los caballitos.


—Aquí no hay caballitos. Son todos enormes, ya lo verás. Tú llegarás a cepillarlos desde el suelo, pero yo me subo a una cerca muy alta, o no llego.


—Sujétalo cuando suba, Hor.


—Sí, señor.


Los muchachos se dirigen a las cuadras. Sethy les mira riendo.


Al tercer día de estancia en Tjaru, Hor es enviado a la sección de intendencia, donde, a días alternos con la caballeriza, aprenderá por las tardes. Mas adelante pasará al arsenal, y de ahí a las otras secciones, hasta conocer cómo funciona toda la fortaleza.


El primer dia de intendencia, Hor es destinado a la panadería del castillo.


—Por ser el primer día —dice el sargento—, hoy llevarás los panes ya hechos a los comedores. El próximo día aprenderás a vigilar el horno y ayudarás a sacar los panes. ¿Entendido?


—Sí, señor.


—Ahora mete todos los panes en esas cuatro cestas grandes, cárgalas al asno que hay atado frente a la puerta y llévalas al comedor de los soldados. Luego regresa, te mandaré a buscar harina.


Hor obedece y se dirige al comedor con el asno cargado. Llega y lo ata en el patio, cerca de la entrada. Entra para buscar al suboficial a quien debe entregar las cestas, pero sólo están los soldados encargados de la limpieza, que le dirigen un coro de burlas.


—¡Mirad quién viene por ahí!


—¡Pobrecito! ¿Te hace pasar hambre el marqués, o ya te has cansado de ser su concubino?


—No te portaste bien anoche..., ¿eh?


Por suerte, pronto aparece un sargento armado de un látigo y todos callan. Hor entrega las cestas y se va.


Los siguientes días en la panadería son un tormento, no por el trabajo ni por los superiores, sino por los compañeros. Un día, varios de ellos parecen no tener nada que hacer mientras Hor llena moldes de cerámica con masa de pastel, aunque se supone que tienen que ayudarle, o él a ellos. Hor lee en sus miradas que quieren darle una paliza.

—Eh, guapo... ¿o debo decir guapa?, dinos qué tal lo pasó tu señor anoche.


—Pregúntaselo a él, si tanto te interesa.


—¿Es grande el falo del marqués?... Tú lo sabes muy bien, ¿verdad?


—Pídele que te lo enseñe. ¿Acaso no se lo veis cada día cuando se entrena en lucha?


—No. Los oficiales luchan entre ellos, o con esos jovenzuelos perfumados de Men-Nefer que vienen de vez en cuando. Tú no luchas cuerpo a cuerpo, ¿verdad?


—Sólo con el marqués... los dos, desnudos y solos. ¿Te gusta?


Como buscaba Hor, un incontenible ataque de risa invade a los burlones. Entra un cabo panadero y callan ahogando las carcajadas.


—¿Ganduleando, eh?


—No, señor, es este niño que...


—Sí, ya veo, ya. ¡A trabajar!... ¡Todos!


Hor se apresura para acabar lo antes posible y se va. Muy a pesar suyo, desobedece a su padre y no le cuenta nada de lo ocurrido.No es que no tema las represalias de los acosadores, pero, mucho más que miedo, lo que siente es vergüenza. Episodios semejantes se suceden hasta el cambio de destino.


Al pasar a la cervecería, los comentarios soeces son sustituidos por leves risitas, que Hor encuentra aún más crueles que los insultos y las burlas. Pero lo peor ocurre en la quesería. Dos esclavos de repugnante mirada, encargados de transportar el queso, comienzan por insinuarse cada día mediante roces, gestos obscenos, risas y frases inacabadas, y al final revelan sus verdaderas intenciones.


—Hoy nos darás algo de lo que das a Neby todas las noches, y si no lo haces te mataremos.


—Si osáis tocarme, Neby os matará.


—Pronto te saldrán pelos y le darás asco. Te hará igual que a los otros.


—¿Qué otros?


—Veo que además eres imbécil. Todo el mundo sabe lo que hace el marqués con sus jóvenes secretarios.


—Si lo sabes tú, dilo.


—A los que le dan más o menos igual, los arroja al foso que rodea el castillo. Ya has visto los cocodrilos que allí nadan.


—¿Y los que no arroja al foso?


—A los que más le han atraído —contesta el otro—, los lleva a una cámara secreta de las mazmorras. Allí disfruta por última vez de sus cuerpos mientras los tortura hasta matarlos. Luego echa los trozos a los cocodrilos.


La mirada de ambos sujetos horroriza a Hor mucho más que lo que dicen. Él conoce a varios militares de Men-Nefer que han sido secretarios de su padre. Ni cocodrilos, ni torturas. Y nada indica que los actos obscenos sean más reales.


—En tal caso es mejor que os marchéis, no sea que Neby se fije en vosotros.


—No le gustan los queseros.


—¡Qué bien!... Ahora yo también lo soy.


—Tú no eres nada, imbécil, y hoy te voy a...


—¡Callad y seguid trabajando! —ordena el cabo, al entrar.


Un día, estando sin vigilancia, los dos viciosos queseros sujetan a Hor, con la intención de forzarlo.


—¡Ahora verás, maldita ramera...!


—¡Soltadme —grita Hor mientras forcejea— o andaréis toda la eternidad cabeza abajo, devorando excrementos, con el rostro hundido en la inmundicia!


Afortunadamente, los gritos atraen a un suboficial.


—¡Ya veo de qué hacéis el queso, malditos cerdos podridos! —ruge el sargento, repartiendo latigazos— ¡Otra estupidez, y os enviaré para siempre a limpiar retretes con la lengua, chusma putrefacta!


Hor se siente salvado, a pesar de los azotes que caen también sobre él.


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