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LA MUERTE DEL INGLES


Marco Antonio Diaz


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Cover by: The Little French eBooks

Copyright Marco Antonio Diaz 2018




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La abultada silueta yacía sobre la tórrida superficie rojiza. Una gruesa gota se deslizaba, desde la colorada frente sudorosa, pasando por una de las sienes, por la mejilla, hasta caer en la reseca tierra. Un perro lanoso y magro se acercó hacia el cuerpo y, olfateando, lo recorrió desde las largas piernas hasta los párpados que cubrían los desorbitados ojos. No habiéndole despertado el apetito se alejó, moviendo el rabo, en un ligero trote.

El mocoso pegaba cortos brincos acompasados mientras corría. Los pequeños pies terrosos fueron a dar cerca de la humanidad. Deteniéndose, miró con asombro al hombre tendido en el suelo y, casi al unísono, desgañitándose, corrió hacia el rancho.

- ¡ Ma !… ¡ mamá !, mamá… ¡ El bicho se murió !

La aindiada mujer, echando hacia atrás algunos mechones de su largo cabello negro, el cual parecía una baba, dejó su quehacer para preguntar.

- ¿Cuál bicho ? ¡ Muchacho de porra !… ¡ Cuál bicho ?

- El que vino de no sé dónde. El raro… dijo Dominguito, jadeando.

- ¿Cuál raro ? ¿ El inglés ?… ¿ Cómo es qué se llama ?… Parson… Parkitson… Aktson…

- El forastero.

- Bueno, como se llame, dijo la india con ademán.

- Ése mismo.

- ¿ Y tú cómo lo sabes ? ¿ No será una de tus lavativas ?

- No, no. Está tendido en la calle, respondió el niño, tirando a su madre por una de sus manos.

- Mira, que tengo que hacer ¡ Ay…, qué si no es verdad ! Te voy a majar a palos, muchacho. Ya verás…

La india, con la espalda casi encorvada y el cansancio reflejado en el rostro, anduvo junto al niño hasta la mitad de la larga, ancha y solitaria calle.

La noticia aún no se había difundido. El cadáver permanecía a la intemperie.

Ella se aproximó y atisbó a la encendida faz que se empezaba a poner verdosa. En desespero, se disparó a tocar las puertas de las casas, que estaban a ambos lados de la calle, anunciando la muerte, a gritos.

- ¡ Se murió !… ¡ Se murió !… ¡ Se murió !

Un puñado de mujeres salió: asustadas por el alboroto. Desde la vieja casa destartalada, que era la escuela del pueblo, el bachiller Pineda fue al encuentro de la masa, la cual se reunía en torno al cuerpo sin vida.

" ¿ Pero cómo fue qué se murió ? "; era la pregunta de todos en el pueblo.

- No lo sé. Lo único que puedo decirle es que Dominguito lo encontró aquí sin vida, respondió la madre del mocoso.

- Entonces, muchacho di como fue que lo encontraste, gritó alguien.

- Yo estaba jugando cuando me tope con ése bicho.

- Ave María Purísima, ¡ muchacho !, no le digas bicho a los muertos, reprendió una mujerona.

- Esta bien… Con el raro ése, dijo Dominguito con ademán.

El bachiller Pineda en mudas de ropa planchada llegó al grupo, abriéndose paso para ojear lo que había acontecido. Al ver al fallecido, se ruborizó de vergüenza por el sentimiento que experimentaba.

- ¡ Gracias a Dios !… Se murió el usurpador ¡ El invasor !

- ¡ Cállate, muchacho !… ¡ Qué dices ?… Mira, que Dios castiga sin palo ni piedra. Lo único que le falta a este pueblo es que le caiga un castigo de la mano Divina, regañó una vieja al idealista.

- Usted, no ve… que se acabó la bendita estación de tren y la ferrovía. Es decir, se acabó el plan de la dictadura, dijo él, justificando su alegría ¡ qué viva la Junta Revolucionaria Patriótica !

- ¿ Qué vamos a hacer con el cuerpo ?, interrogó arañita, la negra a quien apodaban por las escasas carnes de su cuerpo y sus larguiruchas extremidades.

Un mulato con el machete debajo del brazo, quien regresaba de la plantación, se acercó al gentío.

- ¿ Cómo se murió ?, preguntó.

Nadie había respondido todavía, cuando un alarido sobresalió fuera del vocerío:

¡ Qué viva la Revolución Patriótica !

Al grito del bachiller Pineda, se le unió el del mulato.

- ¡ Jodiótrica !

- Mire, no sea ofensivo. No le falte el respeto a los valores e ideales bolivarianos. No sea un lacayo del régimen opresor.

- Yo no soy eso que usted me llama, yo soy un defensor del trabajo y de la honradez.

- ¿ Cómo usted llama honradez a dos o tres personas que se están llenando a expensas de la sangre y sudor del pueblo ?… ¿ Cómo puede usted justificar las muertes y torturas de este sistema dictatorial ?

- Bueno, yo sé que se han cometido errores, pero todo no es malo, dijo el peón disculpando al régimen.

Una mujer empujando el hombro del mulato, habló :

- ¡ Mira, tú !, se ve que a ti no te han matado a un hijo.

El hombre la miró con recelo, silenciosamente.

- ¡ Qué viva la Junta Revolucionaria Patriótica !, clamó la voz del bachiller nuevamente.

- ¡ Jodiótrica !

El joven contestatario para exaltar a la masa, vociferó :

¡ Tenemos un sirviente de la dictadura !… ¡ Abajo el régimen y muerte a los esbirros y lacayos !

La muchedumbre empezaba a parcializarse con el maestro.

- Yo no soy lo que él dice que soy, que no sé que significa esa palabrota. A mí me gusta el orden. Y por eso, estoy a favor del tren.

- Mire, arrastrado, usted no se da cuenta que eso es un plan de la dictadura ¡ Y para qué queremos un maldito tren !, si tenemos petróleo para regalar. La democracia te va a dar amplias vías y numerosas autopistas.

- ¡ Qué viva la Junta Revolucionaria Patriótica !

A la exclamación de libertad se le unió el vítor del tropel:

- ¡ Qué viva !

¡Jodiótrica !, profirió el mulato con ánimo de contrariar.

El bachiller Pineda para enfurecer a la turba, expresó :

- Nos trajeron a este inglés como parte de un plan para entregar al país a manos extranjeras. Los invasores van a venir por nuestros trabajos y mujeres.

- ¡ Eso es mentira !,vociferó el peón.

- ¡ Yo no sé por qué lo defiendes tanto ?… Cuando te van a entregar a un régimen donde tú no eres aceptado por tu color.

Los ojos negros del mulato se encendieron en cólera.

La masa de mujeres y hombres, los que habían regresado del campo, se apartó del cadáver para rodear al partidario del sistema absolutista.

- ¡ Muerte a los asesinos y a sus planes !, clamó el idealista.

- ¡ Muerte !, profirió la masa.

El círculo de personas se fue estrechando para ponerle mano encima al defensor del régimen opresor. Él, inmóvil, lanzó un vistazo a la turba, que se ceñía, buscando un claro para poder escapar. Un rayo de luz iluminó a su mente confundida. El mulato fingiendo espanto apuntó hacia el muerto, anunciando :

- ¡ Miren, el inglés se está levantando !

Todos volvieron la mirada, asustados, hacia el cuerpo sin vida sobre la tierra. El pobre hombre, atemorizado, sin esperar la reacción de la masa ante la mentira pronunciada, empujó a unos cuantos para abrirse paso por entre la barrera humana, y echó a correr.

El bachiller Pineda al ver que el hombre huía, llamó la atención a la turba :

-¡ Se escapa !… ¡ Se escapa !…

Todo el gentío empezó a perseguir al fugitivo.

El pueblo se enfrascó en la empresa de cazar al paladín de la dictadura, por lo que se olvidó de llamar al sacerdote para que rezara al muerto, y de enterrarlo también.


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