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Excerpt for La Terapia de NEKA by , available in its entirety at Smashwords





















© Junio 2.017 (Por Nekane)



ISBN- 9781521511305

ASIN - B0721TJLC6





© Cubierta: NEKANE



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La Terapia de NEKA

¿Por qué tropezaré “siempre” dos veces

con el mismo HOMO?















Agradecimientos















No podría dejar de agradecer, a la dueña de mis trastornos, sus afiladas y sanguinarias recomendaciones; ni bendecir o imaginar cualquier texto sin sus puntillosísimos reproches.

Yo imagino y escribo mientras ella pule, lima y abrillanta los brotes descuidados y sin lustre que golpeo sin compás sobre el teclado.

Un beso para mi cirujana de textos personal, capaz de cerrar las vísceras abiertas que salpican por doquier mis pensamientos. Cariño mío, sin tus persistentes demandas jamás hubiera escrito este libreto que sólo busca el entretenimiento.

















PRÓLOGO













Hola, soy Nekane, aunque todos me llaman Neka, y estas son mis amigas, un domingo de bajón cualquiera, en la «cerve» de siempre.



Carla: —¡Qué suerte tienen las puñeteras lesbianas!

Ane: —¿Y eso por qué, Carla?

Carla: —Porque pueden odiar a muerte a todos los homos.

Ane: —Pero si tú ya odias a muerte a todos los homos.

Carla: —A todos menos a uno.

Ane: —Solo por uno, tía…

Carla: —Precisamente, Ane. Precisamente.





























PARTE 1













1











—¡Cásate conmigo, amor!

Creí que me daba. Encima A M O R y en domingo por la tarde. ¿Pero quién se declara en domingo por la tarde? Casi, pero que casi me da. No sabría decir el qué, pero me pasó cerca y me acojoné. Por Dios…, qué vuelco al corazón, ni cuando me tiraron del puente aquel fin de semana de puenting.

—No has bebido casi nada, Neka. La primera vez que se hace esto, hay que ir cubata total, chica —me dijo el instructor que finalmente me empujó del culo al vacío.

Me cabreó mucho que lo hiciera por el culo. No es que estuviera mal Txema, hasta casi me lo tiro esa misma noche. Pero me saca de mis casillas que se aprovechen de las chicas débiles e indefensas. Y yo, agarrada a la barandilla, con los ojos medio fuera, estaba hecha un flan. Es mi vena de Juana de Arco o mi vena boba, como dice mi madre. Ella cree, mi madre, que todas las mujeres son unas arpías y que los hombres son aún peor.

—Si las mujeres son malas, los hombres lo son mucho más hija —me adoctrina mi madre a base de repeticiones.

Así que ya lo sabéis: hay que ir cada una a lo suyo, chicas.

Volviendo al puenting, ahora, visto con la perspectiva del tiempo, creo que Txema sabía lo que hacía cuando palmeó mis glúteos. Para eso era un instructor cojonudísimo, según todos aquellos borrachuzos hippiosos que organizaban la aventura de marras. Durante la caída, mientras el agua del río se me venía encima, en lugar de pensar «estoy muerta, me voy a estampar contra un desdichado lucio, que pensará mientras ve acercarse mi sombra: "¿quién es esta puta chiflada?"», solo me venían a la cabeza las manazas del cerdo de Txema. Porque durante aquel viaje vertiginoso hacia el pobre lucio, Txema era el mayor cerdo que me había sobado el trasero; y eso que algún gorrino había habido, seré sincera (al fin y al cabo esto lo escribo para mí, porque la terapeuta me lo ha recomendado y lo que es más importante, nunca dejaré que mi madre lo lea; pero continúo, que se me va la chaveta).

Tras el primer rebote a contra gravedad, y mientras me despedía del lucio disparada hacia el puente, grité «¡cavernícolaaaaa!», al tiempo que suplicaba llegar hasta el cerdo de Txema para darle un estupendo hostiazo, pues lo veía aproximarse asomado al puente. Mis súplicas no fueron atendidas, pero así nació el grito de guerra de nuestra troupe de noctívagas, porque salir de fiesta con las tetazas de Ane bien apretujadas por los corpiños de Carla es coser y cantar. Vamos, que si no ligamos es porque…, porque…, vamos, que ligamos fijísimo.

Aunque a Carla y a mí nos dé un poquillo de envidia que sea Ane la que atraiga a los cavernícolas, hay que reconocer que sin ella nuestros vestidores no serían una centésima parte de lo que son, y eso lo compensa todo. La ropa es algo fundamental y esto es indiscutible, salvo que seas una pava, una feminista de libro o un cavernícola, claro. Y que conste que yo soy bastante feminista, o sea, que pienso de veras que los hombres tienen las neuronas en los huevos. Y Carla ni te digo. Para que os hagáis una idea, para Carla casi todos los cavernícolas son unos pulgosos; solo se salvan sus hermanos, sus primos —a excepción de Mateo, ya os contaré— y su ex porque aún está pirriadísima por él, aunque no lo reconocería ni muerta.

Como nunca me había dado un mareíllo de vértigo (ni cuando nos subimos las tres al Dragon Khan y a mis amigas tuvieron que sacarlas con los ojos en blanco y la baba por los sobacos), iba confiadísima a aquella aventura del puenting: mis tripas lo aguantan todo, pensaba yo hace un par de años.

—Si es que siempre has sido una indolente —me dijo Ane tras despertar del Dragón Khan, cuando sus pupilas se volvieron a dibujar en los huevos cocidos que habían ocupado sus cuencas.

—Sácate las babas, Ane, que los hombres estos van a pensar que eres retrasada —respondí.

Ane siempre ha tenido las tetas que más flipan a los homos cavernícolas, como ella los define. A mí no me gustan las generalidades. Pones a parir tanto a quienes se lo merecen como a quienes no, y viceversa. Aunque, en el caso de los cavernícolas, puedo hacer una excepción en la generalidad.

Como decía, cuando a Ane le da por escotarse, que es siempre, excepto aquel fin de semana sin éxito en el que se propuso interesar a los «homos» sin mostrar pechugas, pasan cosas. Vamos, que noctambular con Ane, además de ser unas risas, es una verbena de feria.

Carla siempre dice que los globos de Ane son lo mejor de la pandilla, por lo que cada navidad, la muy puñetera, le regala un corpiño a cada cual más arrebatador.

—Para el cotillón de Noche Vieja, que habrá muchísima competencia, Ane.

—Eres una bruja interesada. Cabrona—responde mientras explotamos las tres en risas.

—¡Por los cavernícolas! —levantamos las copas mientras Ane agita sus irresistibles tentaciones.

Hay otra cosa que es indiscutible y que infinidad de veces ha sido contrastada en nuestras correrías: las tetas de Ane provocan las ocurrencias más increíbles en los homos.

Mi madre habría dado palmas con las orejas si hubiera estado presente en el momento en que se me declaró Gorka. Gorka es «pluscuamperfecto» para mamá. Ella siempre dice, aunque no venga a cuento —aunque para ella siempre viene a cuento—, lo buen mozo, lo bien guapo y lo excelente médico que es y que más suerte que la mía no se puede tener. Porque, para una madre amantísima como la que me ha tocado, un médico es una especie de Superman, pero mejor.

—¡Pero si no vuela, mamá! Y además solo es residente…

Intento bromear sobre el asunto. Pero mi madre, que lo único que conoce de los hombres es al gandul de mi padre, y con respecto a lo de residente nada sabe, pues no lo pilla.

—Pero su soltería volará como tú no te des prisa, hija… —me recrimina ella convencida de lo boba que soy.

Lo que es indubitable es que mi madre se convirtió en la más fervorosa sirvienta de Gorka la primera vez que lo vio con la bata blanca de residente. Fue la noche que celebramos su graduación en casa.

—Pero qué porte, qué elegancia, qué planta de caballero, hija —dijo entrando en la cocina mientras me ocupaba de descorchar una botella de vino.

—¿Pero qué dices ahora, mamá?

—Que no se puede tener mejor planta con una bata blanca, hija mía.

—¡Por Dios! Ni que fuera un Armani, mamá.

Creo que esa bata blanca es para mamá lo que la capa roja de Superman pueda ser para mí.

Pero como me voy por las ramas, retomo, que la terapeuta me dice que al grano, que pensamientos claros y concisos, que me voy siempre por peteneras y no puede ser.

—¡Cásate conmigo, amor! —soltó Gorka como un jarro de agua fría hace tres domingos.

Creí que me daba. No sabría decir el qué, pero me pasó cerca y me acojoné. Por Dios…, qué vuelco, ni cuando me tiraron del puente aquel fin de semana de puenting. Hummmm… No me vienen los pensamientos claros… A ver… Hummm… En blanco, cual tabla. Hummm… Lo dejo para mañana, terapeuta: ahora eso de la lucidez lo tengo apagado. Hasta mañana o así.













2













Me ha dicho la terapeuta que esto de teclear ideas es una terapia de liberación y asimilación interior, que no me lo tome como un deber de cole ni como un trabajo…, que según me vayan brotando las ideas, sin obsesiones.

—Terapeuta… —inicié la conversación esta mañana.

Ignoro el porqué, pero me ha dado por llamarla así, «Terapeuta»: como los sudamericanos hacen con sus jefes con estudios a los que llaman «licenciado esto», «licenciado aquello»… No sé, creo que es algo parecido, por no decir que es igual, digo yo.

A Blanca, la terapeuta, la verdad que no le molesta casi nada que la llame de manera tan profesional. Supongo que se lo toma como si fuera una etapa de impersonalidad que me ha venido por lo perdida que estoy. Además, con eso de que debe de ser lo más aséptica y distante posible del paciente… Pues que ya le va bien.

—Terapeuta, estoy bloqueada de ideas claras. La verdad es que ni una. Me planto delante del teclado y me convierto en una vaca pastando.

A la Terapeuta me ha parecido que le importaba un pimiento ese bloqueo mío de trascendencias. Creo que mis traumas la aburren, o que los demás traumas que le llegan son más traumáticos que los míos. Vamos, que debo ser de esas que se trauma por cualquier bobería. He pensado que tendría que volver a tratar a mi madre. Su especialidad más especializada. ¡Vaya!, resuena mogollón esto de tanta especialidad pero sigo…, sigo… La propiedad característica de mi madre es ver un océano enterito en un simple vaso de agua; y lo mejor, ni siquiera importa que el vaso esté vacío. Si te tropiezas es prácticamente una fractura abierta de cráneo; si estornudas, pulmonía triple; si el cura dice que el fin del mundo llegará algún día, para ella es mañana mismo… Podría no parar, la verdad. Pero, como decía, mis traumas, de momento, no le importan demasiado a la Terapeuta. Aunque a lo mejor se hace la longuis para ver si me explayo más.

Estos días no me apetece nada ir por ahí lloriqueando mis pesadillas. O quizá no me apetezca nada ir lloriqueándoselas a ella. Quien sabe lo que una Terapeuta tiene en mente al escuchar dramas de desconocidos que seguramente le importen un pimiento. Yo, desde luego, si la gente me viniera con sus neuras, no creo que me implicara demasiado, como hace ella.

Mi amiga Carla es excepcional en pasar de las neuras: «Eres una agonías, tía», «tómate un loquesea y deja ya de calentarte la cabeza». Para ella, lo digo por Carla, no hay neuras, lo que hay son agonías.

—Eso es normal, Nekane, sobre todo al principio —dijo la Terapeuta—. Son los miedos a profundizar en los sentimientos que te asolan los que te bloquean las sinapsis neuronales.

No sabéis cómo la odio cuando se pone técnica. Estoy segura de que no tiene la menor idea de qué me pasa. Es su mecanismo de defensa, la tengo tope pillada.

—Tómate unos cuantos días de relax —continúa ella ante mi silencio.

«¡De relax!, ¡con lo histérica que estoy!», me dije

—Y escribe unas cuantas boberías. Sin darte cuenta dejarás los miedos de lado y comenzarán a brotar tus dudas y quebrantos.

A la Terapeuta siempre le da por ponerse profesional y erudita cuando cree que puedo desmoronarme. Es una estrategia, un arte, una maña que la tiene muy bien aprendida. Que no tengo ganas de hacer nada, pues es achacable al bloqueo de la sinapsis neuronal. Que no tengo apetito, pues esa inapetencia también es achacable al bloqueo de la sinapsis esa. Que me planto sobre la cama con los ojos como platos toda la noche, pues, gente, escuchadme bien, increíblemente también es achacable a la falta de sinapsis. He llegado a la conclusión de que la sinapsis es la pera limonera.

Tras conocer, en el transcurso de la primera sesión, la trascendencia vital que tiene la sinapsis neuronal en todas las facetas de la vida, me presenté en la segunda sesión con la solución de las soluciones:

—¿No hay ninguna pastillita que favorezca la tal sinapsis, Terape? —pregunté ilusionadísima.

—Me temo que no, Nekane.

—¿Ahh, nooo…?

—No.

—¿Y la viagra o algo así? —dije yo pensando que en los homos debía producir cataratas de sinapsis neuronales, dado los ánimos fulminantes que les producían tras el consumo.

—En la estimulación de la libido o la pulsión sexual entra en juego otra clase de sinapsis, Nekane. El apetito por el sexo es una ínfima parte de los apetitos que detenta el ser humano.

«Que se lo cuente a cualquier homo», pensé instintivamente. Pero me callé, claro.

Fue una desilusión total que no existiera una viagra para el apetito por la vida. Pero, como veis, cuando a la Terape no le apetece tratar un tema, acude a su vena erudita de las narices. Así, si cuando llego al diván voy apagada, me apago más. Y yo me pregunto: ¿cómo voy a ilusionarme por la vida si solo quiere que le cuente mis penas pasadas? Pero yo soy la paciente y comprendo que es ella la que está para preguntar y yo la que estoy para responder.

La Terapeuta me tranquiliza bastante a pesar de no ponerme las cosas fáciles. Me refiero a su modo de pronunciar las palabras, tan suave, tan… como poéticamente, tan… como si sus vocablos bailaran un vals según los pronuncia. Supongo que en la carrera tuvo alguna asignatura destinada a la Poesía de la Dicción. Segurísimo.

Como ella es la entendida en la psique de los traumados, y aunque mi trauma es benigno (digamos que un defcon 4 o 5), he decidido hacerle caso: sin preguntas ni dudas, en plan ferviente devota de esta nueva guía con la que el Estado me ha dotado. Así que seguiré tecleando asnadas hasta que se me vuelvan a sinaptizar las neuronas o hasta que se me acaben las chorradas. Ya se verá.















3











A la hora del café, que no se sabe muy bien cuál es puesto que Carla, Ane y yo somos adictas totales a la infusión, Carla ha aparecido con un cabreo que ni mis traumas. Cuando viene así, Ane y yo sabemos que lo mejor es intentar por todos los medios posibles que no se arranque porque no sabe parar. Es como una cafetera que no se saca del fuego: revienta como una bomba. Ane siempre dice: «Carla…, la carga de profundidad». Porque Carla es en sí eso mismo. Siempre va cargada.

Para intentar que no se arrancara, he tomado la delantera.

—Esta mañana, en la sala de espera de los traumas, he leído un artículo que me ha jodido un poco.

Como ando perdida, no me afectan demasiado las cosas nuevas. La Terapeuta dice que, como no asimilo el pasado, no puedo tragar el presente: la tía tiene respuesta para todo.

—¿De qué iba?—me siguió instintiva la corriente Ane.

—Iba sobre el instinto primigenio del macho.

Carla, que como ya dije es infinitamente más feminista que yo, levantó las orejas y torció el morro.

—Eso me suena fatal, Neka.

—¿Y que decía? —se inclinó Ane sobre la mesa.

A Ane, la palabra «macho» invariablemente la espabila; y a Carla, también invariablemente, la enfurece. A mí, que soy de conceptos más dispersos que los de Carla, pero no tan dispersos como los de Ane, depende del día.

—Aseguraba el menda que los instintos primigenios del macho permanecen, incluso hoy en día, y pese a los convencionalismos sociales, intactos en sus genes.

—¿A qué tipo de instintos primigenios se refería el lumbreras? —se interesó Ane.

—A los de copular con todas las tías que se les pongan por delante —respondió Carla con ese tono furibundo que sabía que no llega a nada—. ¿A cuáles van a ser? ¿O es que los cavernícolas tienen otro tipo de instintos?

Después de que Ane me mirara un buen rato esperando mi confirmación, y como silenciar es otorgar, tras lanzar un suspiro profundamente apenado, dijo:

—Pobrecillos. Eso lo explica todo.

Carla, que levantó la cabeza al cielo sin dar crédito a lo que acababa de escuchar, aclaró su perspectiva:

—Son todos unos asquerosos. Unos repugnantes salidos. Unos calaveras de mierda.

Ya dije que Carla era la mayor activista feminista que conozco, lo que no niega que pudiera ser la mayor del mundo. Sobre todo desde que pilló a su ex con otra: Pantxo, un hombre que pasó de vestirse por los pies a ser un completo capullo (según Carla). Ane, que es un pedazo de pan con tetas de portada de Playboy, dice que ella no puede, que cuando «los calaveras de mierda» la miran con esos ojillos de perrillo, se enternece. Carla siempre rechista llegados a este punto, ya que los ojillos de perrillo que dice Ane son de crápula en celo para todas las demás. Carla tiene razón, sin lugar a dudas; pero Ane tiene su forma uniquísima de mirar el mundo.

Lo cierto es que es lo normal. Me refiero a la indiferencia de Ane al activismo femenino. Creo firmemente que una mujer como Ane, que logra, sin más, que todos los hombres…, bueno, que casi todos los hombres se arrastren como caracoles babosos tirándose un simple pedito, nunca podría ser feminista. Es imposible aborrecer a un corderito con ojitos. Esa es la culpa de que Ane no tenga una mínima pizca de activismo. Lo importante de este hecho entendible es que Ane es perfectamente feliz así.

—Pues algo de razón me parece a mí que tiene el artículo —continuó Ane—. La propagación de la especie a lo largo y ancho de la faz de la tierra, ya lo dijo Dios. Es algo bíblico —adujo Ane levantando sin convencimiento los hombros.

Levantar los hombros sin convencimiento siempre ha sido la forma de dialogar de Ane con Carla. Mientras que la de Carla con Ane siempre ha sido la de los resoplidos, los «por dioses» y los «contigo es imposible, Ane».

—¡Por Dios, Ane! Y que lo digas tú, la que tiene una fila de aquí a Pekín de perritos montadores, me sulfura mucho más.

Carla, debido a la ceguera que le producen sus históricas sulfuraciones, no se percata casi nunca de que las palabras que en ocasiones utiliza con Ane tienen varios significados. O sea, si dices «montadores», para Ane te estas refiriendo a esos hombres mañosos, sudorosos y con mono de trabajo que montan farolas y cosas así. Durante un tiempo intenté hacérselo entender, pero la verdad es que las sulfuraciones de Carla con Ane desde hace años no son lo que al principio de conocernos. En los inicios eran tremebundas, atronadoras, auténticas de verdad. Podían escucharse en el garito entero en que nos hallásemos, sin importar que el bar estuviera a reventar y con la música a todo trapo. Ahora las sulfuraciones de Carla ante los despropósitos de Ane son más lamentaciones que otra cosa. Una sombra de lo que fueron. Creo que las cargas de profundidad de Carla, al no hacer mella en Ane, dejaron de explotar por impotencia. Es bastante menos divertido, pero más llevadero, por lo que supongo que salgo ganando.

—¿Pero qué...? —se revolvió Ane dejando los hombros a la altura de las orejas.

—¿Pero qué...? Contigo nunca doy crédito, Ane. Esos perrillos que dices, si pudieran, te daban vuelta y vuelta. Es que…

—Yo solo digo lo que dice la Biblia —mantenía los hombros en alto Ane.

Ane, como Carla y yo, no es nada cristiana. Bueno, algo sí, como Carla y yo… Para las bodas, bautizos y esas ceremonias en las que hay que estrenar modelito.

Carla cree que las ceremonias son un negocio y una tomadura de pelo, sobre todo para las mujeres, que aprovechamos cualquier circunstancia para ir de compras.

Hace tres meses, sin ir más lejos, Carla, que a práctica no la gana ni mi madre (y eso os juro que es decirlo todo), cuando le dimos la noticia de que nuestro antiguo profesor de Tai-Chi, un chinito matusaleno que parecía de chicle el tío, había muerto, dijo:

—¡Ayyy! Pobrecillo, el chiquitín… ¿Y cuándo es el funeral? Porque le tengo echado el ojo a un vestidito negro que es la mar de clásico.

Como os decía, Carla es tope práctica, lo que la vuelve también inmensamente juiciosa; menos cuando se arranca, que, como ya dije, entonces no sabe parar. Pero esto es otra cosa que ya se verá.

Al profe de Tai-Chi lo llamábamos «Chiquitín» por tres razones primordiales. La primera es que tenía un nombre chino de esos para políglotas: impronunciable para Ane y muy difícil para Carla y para mí. La segunda, que nos daba mucho palo referirnos a él como «Maestro» (ahora que llamo a Blanca «Terapeuta», por eso de la etapa impersonal que estoy sufriendo por lo perdida que ando, no tendría reparo en llamarlo «Maestro». Segurísimo). Y la tercera es que al ser tan poca cosa como era, y por no llamarlo «chinillo» u «orientalillo» (resultaba muy racista), solo nos quedaban dos opciones: «Pequeñín» o «Chiquitín». Este gran dilema fue uno de los primeros que tuvo que enfrentar nuestra cuadrilla. Os diré que hicieron falta media docena de cubatas para que nos aclarásemos sobre el peliagudo asunto. Ane, toda corazón, prefería «Pequeñín».

—Suena como más tierno… Es que me llega como más… —fueron sus, como siempre, precisas razones. Carla, toda funcionalidad, prefería «Chiquitín».

—Ane, que tiene lo menos cien años. No sé de qué ternura hablas, ¡por Dios! —Levantó la vista al techo del garito—. «Chiquitín» le va que ni pintado. Además empieza por chi…

—¿Y qué que empiece por chi? —defendió su gusto Ane.

—Pues que es chino, Ane. Chino, chi… ¿Lo pillas?

A mí, la verdad es que me resbalaban todos los chinos del mundo aquella noche. El chico que me molaba, mogollón de mogollones, se había enrollado con otra, delante de mis narices, hacía menos de una hora. Y eso es un autentiquísimo dramón… (¡Vaya!, va a resultar cierto que cuando te metes en el meollo de los clics del teclado afloran los traumas). Bueno, que la menda no estaba para Pequeñines ni Chiquitines… Pero los cubatas diré que me entraban como si nada. Cuando te parten el corazón la primera vez, todos sabemos que te desangras a toda pastilla. Y no es desconocido para nadie, igualmente, que la única forma de reponer los líquidos del alma resquebrajada es beberse hasta el agua de los geranios.

Tras dos interminables horas de discusión trascendental sobre los nombrecitos (yo ya estaba esta la coronilla o hasta el cogote como dice mi madre), Carla conoció, a su manera (que esa es otra), a Pantxo: el hombre que pasó de vestirse por los pies a ser un completo capullo. No negaré el mérito a los hombres: Pantxo fue quien inclinó la balanza, con eso de los nombres, a la postre.

Si os preguntáis cómo es que fue Pantxo quién inclinó la balanza, os aclararé que yo pasaba de dar o quitar la razón a ninguna puesto que me daba igual la discusión, y como las opiniones del sentimiento (Ane) son irreconciliables con las de la funcionalidad (Carla), ambas estaban atoradas. Ya sabéis.

La aparición de Pantxo, cuando la partida tenía todos los visos de terminar en tablas, fue una bendición para las tres. Para mí la que más, por supuesto. Creo que esa es la razón de que siempre me cayera tan bien Pantxo: me salvó en un momento en que lo necesitaba de veras. Otra cosa que me parecía acojonante de Pantxo, pero acojonante de la manera más asombrosa…, vamos que me pasmaba y todo, era su dominio sobre Carla, la estrujahomos, la aplastacavernícolas. Para la mayoría de los tíos, bueno, para todos los tíos menos para Pantxo, Carla es una «asquerosa». Una asquerosa en plan petarda, en plan aguafiestas y cortarrollos… Vamos, una amargada que siempre la jode. Supongo que cuando alguien intenta presentarse y tu respuesta es la habitual de Carla («¿Qué ostias quieres?») no se puede opinar otra cosa.

Entrada de Pantxo (o cualquier otro):

—¿Qué tal, chicas?

Respuesta de Carla:

—¿Qué ostias quieres?

Respuesta de Pantxo:

—Invitarte a tomar algo y conocerte mejor.

Respuesta de cualquier otro:

—Asquerosa.

Respuesta de Carla a cualquier otro:

—Que te la pique un pollo, subnormal.

Respuesta de Carla a Pantxo:

—Un vodkita con lima-limón me iría genial —sonrisa profidén de oreja a oreja.

Respuesta de cualquier otro a Carla:

—Tu madre, amargada. (Lo dejaré aquí)

Respuesta de Pantxo a Carla:

—Marchando un Chantilly lima-limón para este sol.

Sin miedo a equivocarme y sin exagerar nada, Carla quedó patidifusa por primera y única vez en su vida: hablo de los hombres, por supuesto. Ane lo logra cada diez minutos, claro.

Qué duda cabe de que, tras el primer Chantilly, Carla se pimpló cuatro más en un abrir y cerrar de ojos. Y que por la mañana, tras habérselo tirado cincuenta veces o más, Pantxo era «lo más». Sinceramente, si podía ser cierto que Pantxo tuviera semejantes energías, yo estaría de acuerdo. Es más, hasta «lo más» se quedaría corto (perdón por tanto más).

A Ane y a mí, nos extrañaba tanto potencial, la verdad, pero entre que teníamos diecinueve añitos y al ser Pantxo medio mexicano medio indio, pues lo mismo era cierto. Aunque siempre tuvimos nuestras dudillas. Lo que sí que dijo Ane al ver aparecer a Carla, y Ane tiene muy buen ojo con el estado de ánimo del corazón, es que estaba claro que Pantxo sabía chingar de puta madre. La verdad es que a Carla se le notaba que la habían jodido de maravilla; y varias veces, también era indiscutible.

Que lío me estoy armando. Veo que tendré que tomar notas antes de teclear: menudo contratiempo. Odio tomar notas porque después, cuando intento leerlas, nunca las entiendo. Y si las entiendo, son tan escuetas que tampoco me aclaro de casi nada. Conmigo y las notas se cumple siempre el refrán de que “Es peor el remedio que la enfermedad”.



















4













Me fui a tomar un café porque, tras cuatro copazos, la sinopsis neuronal me daba tumbos. Como decía, la palabra «macho» produce efectos irrefrenables, y bien distintos, en Ane y Carla. La primera parpadea cual mariposa ya que los homos le gustan porque son divertidísimos, y la segunda aprieta los dientes y frunce el ceño ya que no son otra cosa que unos asquerosos y unos guarros. Para ser del todo sincera, Carla siempre dice que, si no fueran tan como son, le harían hasta gracia. A lo que Ane, que no se sabe callar ni debajo del agua, dice:

—O sea, Carla, que son más asquerosos que divertidos. ¿No?

—Síiiiii, Ane.

—¿Y los mariquitas? —continúa Ane, que llama a los homosexuales «mariquitas» porque son supermegachistosos.

—Esos no cuentan, Ane. Me refiero a los cerdos asquerosos.

—¿Y los metrosexuales que van siempre como pincelillos? Tan afeitaditos, tan bien vestiditos y eso —le sigue dando la barrila; porque Ane también tiene su venita sádica, microscópica como un capilar, pero venita al fin y al cabo.

—Esos son los peores.

—¿Ah, sí? —se extraña Ane.

—Porque son unos asquerosos con pintas que quieren dártela con queso. Como todos. Solo que el queso parece más apetitoso aunque es igual de venenoso. Y ya vale, Ane.

Para Carla, el estado más decente de los homos cavernícolas es el de total embriaguez. Yo en esto no comulgo con su filosofía, por supuesto. Esto lo digo por seguir el hilo que venía explicando, aunque nada tiene que ver con lo que tendría que estar tecleando según mi Terapeuta.

Carla, aunque siempre insista en que los homos son unos asquerosos y unos cerdos y unos crápulas con las neuronas en el paquete, cree, en el fondo, que en eso de los instintos primigenios de los machos hay parte de verdad. Parte de la puta verdad, como dice ella cuando se desfoga en un arrebato de sinceridad.

—El capullo de Pantxo ha dejado de vestirse por los pies, para mí. Qué decepción —fue su forma de comunicarnos, un domingo de bajón, que todo había acabado entre Pantxo y ella.

Todas lo lamentamos mucho, quizá ella la que menos, a pesar de lo enamorada que estaba. Pero es que Carla es muy cabezona, si fuera un muñeco sería una Cabezuda. El caso es que el que pillara a Pantxo con los pantalones en las rodillas en un bar de fumatas fue la confirmación de que siempre había tenido razón sobre los homos: «Son unos cerdos asquerosos y no hay excepciones» —sentenció confirmando su teoría de siempre antes de quedar en silencio un buen rato.

A mí esta confirmación suya me llegó al alma. Volver al convencimiento de que el hombre era la auténtica peste de la tierra no me apetecía nada. Pero Carla era la adoctrinadora del grupo y, si ya no había esperanza en los hombres, pues habría que resignarse.

—Putos cabrones —pluralizó, una y otra vez, toda aquella tarde de domingo.

—Alguno bueno habrá —le sugería algo de ánimo Ane cuando el silencio entre nosotras se prolongaba demasiado.

—Qué va, Ane. Y lo que es peor aún, las tías somos unas gilipollas. Más que ellos.

—¿Pero no decías que eran unos putos cabrones?

—Y unos gilipollas, aunque lo suficientemente listos para dárnosla con queso.

No diré aquí, en confesión soberana por prescripción terapéutica, que no éramos la viva estampa del patetismo aquella tarde. Nos podrían haber puesto «Las Peripatéticas». Pero, como dice Ane, que en los malos momentos es simple como nadie… Mejor repetiré las palabras que sentenciaron aquella penosa tarde:

—Nos ha tocado la china con esto de los cavernícolas.

—Putos cabrones —reiteró Carla.

—¿Otra birra? —pregunté yo.

—Claro —respondieron ellas.

Ane y yo sabemos muy bien que Carla lo pasó fatal con la ruptura de Pantxo. Y estamos tan seguras porque, cuando algo supera a Carla, ni lo menta. Es su fórmula para controlar todo aquello con lo que no puede; hacer como que no existe hasta que deje de existir. Os confesaré que Carla tardó casi dos años en volver a mentar a Pantxo.

La verdad, la mañana que mentó a Pantxo tras tantísimo tiempo, nos llevamos un alegrón de aúpa; me refiero a Ane y a mí, por supuesto. Creo que esa tarde se nos puso en marcha el segundo pulmón, el que se nos paró a las dos, al verla siempre tan fatal de los fatales. El aire se respiraba la mar de mejor y, sea dicho de paso, nos vino fenomenal subiendo a patita a Mendizorrotz. La escalada nos dejó para el arrastre toda la semana, aunque a todas nos mereció la pena. A Carla, porque comprobó que todos los baches del camino se superan; y a Ane y a mí, por lo del segundo pulmón.













5











La Terapeuta hoy se ha enfadado mucho, pero que mogollón, conmigo. No me lo esperaba para nada: es que se la ve tan estable, tan imperturbable, tan que no le afectan las desgracias que tanto tiene que escuchar... Me había hecho ya a la idea, tras cinco sesiones terapéuticas, que era tan imperturbable como el monte que subimos el año de aceptación de Carla: el Mendizorrotz.

La culpa del enervamiento de mi Terapeuta es solo mía… Es que, como ando tan perdida, me había creído que evolucionaba con mi trauma. Pero, según la profesional, tras leer el mamotreto que le llevé con toda la ilusión del mundo, «para nada, Nekane. Estás estancada».

Como estaba ilusionadísima con mis noches de teclear, tanto como cuando mi primer chico me dio un beso, decidí comprarme una impresora y llevarme a la sala del diván mis avances. Voy a demostrar a la Terapeuta que, a pesar de no saber por dónde ando, hago bien mis deberes. Que vea que soy una mujer de verdad. Pero, como ocurrió con mi primer novio, que tras el beso no se acordó de llamarme ni de saludarme cuando nos cruzábamos, mi ilusión era solo una ilusión, un espejismo irreal.

—Esto es involucionismo, Nekane —aseveró más crispada que decepionada.

—¿Inquéeee…?

—Papel mojado, tonterías de una petarda, algo solo digno de Tamara Falcó —aclaró tan distante como una examiga que ha pasado a odiarte.

Lo de «involucionismo», pase: jerga científica. Lo de «papel mojado» me dolió como escritora novata (la verdad, creí que estaba escribiendo el nuevo Doña Quijota). Lo de «petarda», como no era la primera vez, pues puffff… Lo tremendo fue la comparación: «algo solo digno de Tamara Falcó». Con la de descojones que nos hemos dado Carla, Ane y yo con la supermegatotal fashion girl.

Sentada en la silla reclinable (mi Terapeuta no estilaba divanes hollywoodienses), mi mundo conocido se derrumbó sobre mi cabeza. Tamara podía ser una avanzada en ideal clothing (ropa divina), la vanguardia en toda It Girl, pero que mis presuntas memorias fueran solo un simple Fashion Diarie era algo inaceptable. ¿Sabéis?, me entraron ganas de vomitar, como cuando se me declaró Gorka.

Aquella noche, mirando fijamente a la nada del techo de mi habitación, decidí que de ahora en adelante no lo permitiría (me refiero a lo de ser la réplica en el espejo de Tamara Falcó). Evolucionaría.

La más fashion de las tres es indudablemente Ane. No lo puede evitar. Las falditas del Zara o las blusas del Primark, cuando se las pone, son fashion total. Hasta las bragas del mercadillo del domingo, vamos. Le caen y lucen por muy imposible que pudiera parecer. Por eso nos encanta, a Carla y a mí, ir de compras con Ane: toda la ropa es guay y, si no lo parece, solo tiene que probársela Ane para que Carla y yo nos convenzamos de lo equivocadas que pueden resultar las apariencias de la ropilla de saldo.

Carla, que se mueve por convencimientos, asegura que ser fashion va en los genes, como lo de los instintos primarios del macho o ser lesbiana. Se es o no. Sin medias tintas. Carla no cree en las medias tintas de nada. Por ejemplo, Pantxo. Primero fue «un hombre que se viste por los pies» y más tarde «un capullo y un calavera de mierda». Sin medias tintas.

Cuando vamos de compras, absolutamente todo se lo prueba antes Ane: comprar ropa es lo más difícil del mundo, como todos sabemos. Es una duda perpetua. Pero como tenemos a Ane, todo lo que compramos termina siendo un acierto.

—¿No os parece que esta falda tiene demasiada caída? —comenta Carla dando vueltas a la prenda antes nuestras narices.

—Será mejor que se la pruebe Ane —digo yo por salir de dudas, claro: porque por muchas vueltas que le demos a la falda, las dudas siguen sin esfumarse.

—¿Qué tal? —pregunta Ane con sus piernas de Afrodita, pero de Afrodita en mayúsculas (afrodita).

—Cojonuda —decimos las dos.

—¿Seguro?

—Fijo. A la cesta sin pensar.

La verdad es que es toda una suerte tener a Ane a nuestra disposición cuando vamos de compras. A veces pienso que, si nos faltara, nunca compraríamos nada. Y lo poco que compráramos, por pura necesidad (todos sabemos que la necesidad es la peor motivación cuando se trata de ropa), no nos dejaría satisfechas. Y esto que es tan cierto, es una «m» clarísima. Porque si hay algo que tiene todas las papeletas del mundo de quedar en el fondo del armario, sin estrenar, es una falda que no convence.

Al principio, Carla o yo nos probábamos la prenda a ver qué tal. Hablo de cuando Ane aún no se había juntado con nosotras. Antes de que dijera lo que dijo, delante de sus examigas («las pijillas»). Antes de que la excomulgaran por decir lo indecible. Ya os contaré.

—¿Qué tal? —preguntaba yo o preguntaba Carla al salir del probador.

—pssshhhhh…

—¿La caída, verdad?

—phhhhsssssíiiii…

—Si ya se veía.

Cómo decía, antes de Ane, nuestros vestidores eran raquíticos y plagados de pssshhhhh,… Y la verdad sea dicha: ¿quién quiere salir un sábado por la noche con la marca pssshhhhh? Ni las pavas. Pero Dios, un buen día, atendió nuestras plegarias y nos envió a Ane, capaz de quitar cualquier duda cuando hablamos de la dificilísima tarea de elegir ropa.

Ane, además de para aclararnos con su sencillez de miras los asuntos turbios y tortuosos sobre los homos, como ya expliqué hace unas páginas con un ejemplo, y de despejar las irrefrenables dudas que siempre nos asaltaban en el Primark, nos puso al día sobre la moda. Eso hay que reconocérselo: sabía tela limonera de tendencias y estilismos y complementos y las combinaciones de todos ellos con sus correspondientes colores. Un puzle de combinaciones que hasta que se conoce no se sabe lo que es. Para Carla y para mí, hambrientas de sabiduría menor, fue el pozo de sabiduría: el oráculo capaz de despejar las eternas dudas que asaltan a las mortales durante las dificilísimas compras.















6











Antes de ir al grano con lo del involucionismo, porque no pienso permitir que esto sea un diario tipo Tamara Falcó, no puedo dejar de contaros cómo llegó Ane hasta Carla y hasta mí. Me refiero a cuando dijo lo que dijo con quienes lo dijo. Un mundo, la verdad. A lo que iba, un buen día de hace tres años se le ocurre a Ane comentar a sus examigas:

—¡A mí es que los chicos forrados con los que andamos no me terminan de ir! —Se refería a los niños de papá con cocodrilos en la pechera y gafas de sol luxuriator style que valen un auténtico potosí.

Podía haber dicho que no le hacían tilín, pero es que Ane nunca ha llevado el auténtico gen fashion girl; eso dice Carla cuando le apetece descojone, que es siempre que nos cruzamos con las expijas de Ane.

Carla y yo sabemos que a Ane todavía le apena que ni se hablen después de tantas fiestas en piscinas privadas y cotillones en yates y así. Es que Ane es todo corazón, un pedazo de pan bendito.

Sus expijillas, que siguen a pies juntillas las tendencias de Tamara Falcó, que es la que sabe en estos momentos sobre tendencias, vieron claro, tras semejante aserto, que Ane no cuadraba en su grupo.

—Se me quedaron mirando boquiabiertas —nos contó sus penas Ane cuando la conocimos en primero de Turismo, tomando un café—. Pero a mí, qué queréis que os diga, me salió del corazón.

—¿Y qué pasó después? —se interesó Carla. La venilla sádica de Carla, cuando se trata de pijismo, es la arteria aorta de un elefante; esto, que lo tengamos todos claro.

—Pues que debí de romper el código supremo de no sé qué.

—¿Pero qué código supremo? —insistió Carla con ojos codiciosos y pérfida sonrisilla.

Tened en cuenta que en aquel primer contacto, Ane, para Carla y no tanto para mí, era lo que más había que odiar de la raza humana sin contar a los cavernícolas: una pija, que parecía pija, pero que muy pija. Después, cuando la terminó de conocer, o sea, rematando el café, la perdonó por parecer una pija sin serlo. Blanco y en botella…, leche, ¿no? Pues con Ane, para nada.

Ane se viste como las pijas, ya dije antes que las prendas en su cuerpo siempre son superfashion (y de eso, ella no tiene la culpa). Habla como una pija, y de eso tampoco tiene la culpa. Son los dejes y los acentos de su círculo de amistades de toda la vida. Se pegan. Vasco, andaluz, galleguiño, pijo… Todo es lo mismo. Pero lo que dice Ane, en el fondo, no lo es, como lo demuestra el mencionado aserto:

—A mí, es que los chicos forrados con los que andamos no me terminan de ir.

Sintácticamente, es fashion. Fonéticamente, salido de la boca de Ane, también. Pero el contenido falla a todas luces. Es evidente que no es nada fashion girl.

—Es que parece que hay un código para los ricos y otro para los pobres. Y ese código no se puede romper. Ya veis. Y yo sin tener idea —continuó relatando Ane con gesto cariacontecido.

Carla, que es de convicciones indestructibles, sabe perfectamente que ese código no existe, que es una Fashion Invention.

—Ane, las pijas esas tuyas no tienen código alguno. Son unas arrastradas.

Esa fue la primera ocasión en que Ane levantó los hombros hasta las orejas con Carla. Yo ya me veía por dónde iba Carla. Pero Ane, tan…, tan…, pues no.

Después, y en cinco minutos, Carla le dijo de qué iban las cosas de verdad.

—Chatilla, los hombres no tiene código ninguno. Que te quede claro. Ni los forrados ni los que van con los bolsillos dados la vuelta, ¿capisci?

Ane levantó los hombros como diciendo que sí. Esa verdad creo que la tranquilizó. A Ane, romper cualquier código le supone un horror. Es incapaz de romper nada: si se le cae un vaso, se disculpa un trillón de veces. Es de las que hace siempre lo que toca, aunque sea una putada. Es conformista, básicamente. Pero para eso estamos Carla y yo, para incitarla a soltarse la melena. Ella se prueba la ropa por nosotras y nosotras le hacemos tirarse a la piscina vestida. Desde el principio hubo un estupendo equilibrio entre todas. Ese tipo de equilibrio simbiótico en el que todos salen ganando.

—Las únicas que tenemos un código somos nosotras: el de no dejar que nos jodan los sin código. ¿Capisci?

Tras la segunda cosa que Ane debía saber de verdad, esta cabeceó adelante y atrás; eso sí, sin bajar los hombros.

—Tercera cosa que te salvará la vida algún día, chatinga. Siempre se apoya a una congénere tratándose del homo. Haga lo que haga. No hay excepción.

—Por eso no os preocupéis, chicas —Ane siempre dice «chicas» o «moninas» o cosas por el estilo—, nunca dejaría tirada a una amiga. Ni por un millón de hombres.

Eso le encantó a Carla. La convenció a la primera. Ya dije que Ane para las conclusiones es formidable.

—Esta pijilla tiene madera. Haré de ella mi discípula, Neka —sentenció Carla, que por entonces pretendía convertirse en la nueva mesías de las mujeres.

Ane, que andaba de bajón perdido, o sea, que no entendía eso del código de ricos y pobres por el que la habían excomulgado sus amiguitas, comenzó a dar palmaditas mientras botaba en la silla de la cafetería de Turismo, para regocijo de los escasos homos presentes.

—¡Ane! ¡Las tetorras! —le advirtió Carla, que aún no había descubierto las ventajas de las mismas.

Ya me he ido por peteneras de nuevo. Mañana, os juro por el código sagradísimo de Carla, comienzo mi evolución. Bueno, la Terapeuta me ha puesto deberes, y eso que me dijo que no debía tomarme esto del teclear como un deber. Que ya iría fluyendo el caldo espeso poco a poco. El miércoles que viene debo llevarle unas páginas circunspectas (que no sé lo que es) y juiciosas. Pues anda buena, la Terape. Con el trauma tan monumental que dice que tengo.



















7









Es lunes y el miércoles tengo que presentar los deberes como sea. Pero es que ha ocurrido algo que es totalmente prioritario, incluso más que el puñetero evolucionismo. Mañana, como pueda, telegrafiaré algo juicioso en tres o cuatro cuartillas: la Terape está intratable. Seguro que no me da tiempo, o me bloqueo, o el trauma no me sale y termino pencando el examen de la Terape; pero ahora no podría. La cabeza se me va.

Ayer, con el típico bajón dominguero, llegó Carla tarde, cosa rarísima en ella. Como no lo sabéis, os advierto que Carla no soporta una mierda a los que se retrasan. Si fuera por ella, los estrangularía para que la humanidad dejara de perder tanto tiempo esperándolos.

Como decía, estaba con Ane esperando mientras los cafés humeaban delante de nosotras cuando apareció Carla y, sin decir ni mu, va y se sienta. Como Carla nunca llega tarde y tampoco es de ella sentarse tan seria y meditativa, sin soltar su frase del café de los domingos, supimos inmediatamente que algo pasaba.

Carla, siempre que quedamos los domingos para el café, saluda igual:

—Putos bajones del domingo. Los borraría del calendario.

Ane, que nunca sabe callar, pero que ha aprendido que cuando Carla enmudece es mejor callarse, me miró dándome un codazo que quería decir que dijera algo. Cuando algún fusible de Carla se funde, Ane me echa el muerto siempre. «Es que la conoces desde antes». Para ella es un tema de antigüedad.

—¿Un café, Carla? —pregunté por decir algo.

—Y un limonchelo.

Ane se horrorizó. Siempre que hay limonchelos los domingos es que ha habido tormenta. Pero que hubiera limonchelo desde el principio no había ocurrido en los tres años que llevábamos juntas. Era una novedad terrorífica.

Carla, que es de armas tomar (bazokas o más, nada de pistolitas), se endiñó el chupito de limonchelo tras apartar el café. Ane me miró con su cara de «¡hoy estalla!».

—¿Otro? —sugerí, porque se veía que le hacía falta.

—Pero en tubo. Que estoy jodida y no quiero hablar —lo que quería decir es que prefería beber más antes de hablar.

—Ane, que sean tres.

Ane no es de las que les gusta beber; y los domingos por la tarde, menos. Pero cuando hay marrón a la vista, se apunta por fidelidad o devoción a las camaradas. Lo cree su deber y ni hay que decirla nada: ya dije que Ane siempre hace lo que toca.

Cuando íbamos por el tercer limonchelo de tubo, y ante la insistencia de los codazos de Ane, que no podía más de los nervios, dije:

—¿Qué?

—¿Qué de qué? —respondió Carla.

—Que al menos nos podías decir por dónde van los tiros.

Tras dudarlo un buen rato y tras cepillarse el tercer tubo, soltó mirando la mesa:

—¡Putos cerdos!

Como hacía más de dos años que no habíamos visto a Carla tan derrotada con los «Putos Cerdos», vamos, desde lo de Pantxo, quedó claro.

—¡Pantxo! —soltó Ane que las pilla al vuelo y no sabe callar.

—Me ha llamado el cerdo de él —aseveró Carla enfurecida.

Cuando Carla llama «cerdos» a los hombres del mundo entero, suena convincente que te cagas. Cuando lo refiere a Pantxo, pues… no se lo cree ni ella. El «cerdo» dedicado a los hombres en general suena a marrano bañado en estiércol. Sin embargo, el «cerdo» referido a Pantxo suena a muñeco de peluche con el que se duerme la mar de bien.

—¡Qué putada! Ha vuelto de México.

Ane, que las pilla rápido, como dije, se levantó ipso facto:

—Voy a por otros tres —se refería a los limonchelos.

El «qué putada. Ha vuelto de México» en traducción ordinaria era «Estoy requetejodida».

Aunque Carla es sin duda invulnerable a los hombres, una Aquilesa digamos, tiene también su punto débil, su talón, que no es otro que el cerdo «de peluche» de Pantxo, y ella lo sabe mejor que nadie. Después de un silencio en el que Ane hubiera podido traer un barril de limonchelo, Carla repitió un millón de veces el «qué putada» antes de volver a callar, a la espera de nuestras preguntas.

—¿Cuándo te ha llamado?

—Hace diez minutos.

—¿Y qué se le ha perdido esta vez en Donosti?

—El sinvergüenza insinúa que a mí. ¡Qué putada!

—¿Y?

—Quiere que nos veamos.

—¿Qué le has dicho?

—Que paso. ¿Qué otra cosa podía decirle? Ya me conocéis.

Ane, que saltaba la mirada entre las preguntas que hacía yo y las respuestas que daba Carla, como si de un partido de tenis se tratara, intervino con su providencialidad mítica.

—¿Pero tú quieres verle?

Carla, entre asombrada y sorprendida, ha levantado la mirada hacia Ane como si no hubiera contemplado, en ningún momento, aquella simple posibilidad. Claro que, en Carla, tan obligada a sus códigos, no era raro.

—¿Qué quieres decir, Ane?

Botando los hombros arriba y abajo, Ane, preocupada porque no estaba segura de si había roto algún código importantísimo (ya sabemos que para ella eso sería un horror), repitió ya sin convencimiento:

—Pues eso, que si quieres verle. ¿No? —cabeceó una y otra vez entre Carla y yo, sin entender qué problema podía existir en la pregunta.

Los problemas siempre dependen, acabo de llegar a la conclusión (las sinapsis neuronales me van mejor). Os preguntareis que de qué dependen, como la canción: «Depende, de qué depende…». Pues de a quien le toquen. Para mi madre todo es un problema. Para ella no depende, es un problema y se acabó. Para Ane…, estoy pensandoooooo… Para Ane tampoco depende, los problemas no existen. Para ella las cosas son o no son, sin problemas. Que te echan del trabajo, pues ya encontraré otro. Que no lo encuentro y me quitan la casa por la hipoteca, pues me busco otro sitio donde plantarme: se apela a la camarería de alguna amiga o familiar o lo que sea. Que tu ex te llama después de ponerte los cuernos y largarse dos años a México y ahora quiere verte…, pues si te apetece lo ves y, si no te apetece, pues se lo dices: «Pantxo, es que no me apetece. A ver dentro de otros dos años. Chao».

Para Carla… Bueno, aclararé primero que para Carla los sucesos que trastocan su vida no son problemas. Son putadas o jodiendas. Menos Pantxo, su talón, que no es ni un problema, ni una putada, ni una jodienda, porque es un problemón de la Virgen. Y los problemones de la Virgen ya se sabe lo que tienen: que son tan difíciles de resolver como la elección de un vestido de novia. Son una contradicción total. Sin subjetividades ni nada. Así que Carla respondió lo que tenía que responder.

Decía Ane:

—Pues eso, que si quieres verlo… —Rebotes de hombros y cabeceos.

Respuesta de Carla con la mirada en los pies:

—Sí, pero no.

El «sí, pero no» es la respuesta que todas nos temíamos. Vamos, la peor en casos como estos. Pero era pronto, como las tres o las cuatro de la tarde, por lo que teníamos tiempo.

El «sí, pero no», la máxima contradicción posible tratándose de los homos, requiere jarabe (limonchelo) a mansalva y elucubraciones y disquisiciones complejísimas: es prácticamente imposible saber su significado exacto, vamos. Eso nos lo sabíamos las tres de pe a pa. Por lo que Carla se disculpó:

—Lo lamento, chicas; y más en un domingo de bajonazo. Pero es que quiero y no quiero. Dioooosssss, ¿qué hago con ese majadero?

«Majadero». Nos miramos Ane y yo. Esa palabrilla quedaba en la otra punta de la galaxia de «los putos cerdos» (me refiero a los «marranos bañados en estiércol», no a los «cerdos de peluche» con los que se duerme divinamente, claro). El significado de «majadero» evidenciaba de forma innegable que los códigos de Carla se resquebrajaban. Pantxo es lo que tiene: la supera. Su sola presencia siempre ha logrado que la clara peste que son los homos para Carla deje de ser tan clara. Hace que las dudillas florezcan como las margaritas en primavera, sumiéndola en la mayor de las contradicciones. Para Ane, que es preclara de simplicidad, Pantxo siempre fue el antídoto, la vacuna contra la peste de Carla. «Es que Pantxo siempre ha vuelto más misericordiosa a Carla con los homos», solía manifestar Ane cuando aún salían.

La resolución de todo «Sí, pero no» tiene su proceso con sus etapas, las cuales deben seguirse una por una y en el orden exacto. Si hay prisa, es mejor no intentar resolver el significado que esconde la contradicción más legendaria que hay. ¿Por qué?, os preguntaréis. Muy fácil. Si te saltas alguna etapa del proceso de resolución por culpa de las prisas, vuelves al principio, al «sí, pero no». Ya sabemos que es un jeroglífico complejísimo. El laberinto más viejo del mundo y más puñetero también.

Las etapas de todo «sí pero no», tratándose de los homos, tienen las siguientes fases descubiertas hasta el momento (aclaro esto último porque no todos los «síes, pero noes» llegan a resolverse). Las matemáticas, tratándose de homos, son bastante inciertas y a menudo inexactas. «Ojalá no tuviéramos que recorrer nunca estos laberintos».



Etapa 1 o la negación



Esta etapa es la más sencilla de todas, ocurre inevitablemente. Y siempre viene en primer lugar. Las tías no lo podemos evitar: así de simple. Ya sabéis: «Esto no me puede estar pasando a mí otra vez» es la frase más repetida en estos casos. Hay otras, pero esta, siempre se dice; y además es la primera que se nos pasa por la azotea. Las demás («No puedo creer que tenga tanto morro», «Es que aún no me lo creo», «Es que parece mentira, chicas», «¿Será posible que me haya llamado?», «Sí…,tía. ¿Será posible?», «¿Pero os lo podéis creer?», «Es superincreíble, tía», «Es que estoy en un limbo, como catatónica», «Es que es superincreíble, tía», «Es que lo que no me pase a mí…», «Superincreíble, tía…»)…, todas ellas son una deriva de la primera.

Carla:

—Chicas, «esto no puede estar pasándome a mí».

Ane:

—«No puedo creer que tenga tanto morro».

Carla:

—«Es que aún no me lo creo».

Ane:

—«Es que parece mentira, chicas».

Carla:

—«¿Será posible que me haya llamado?».

Ane:

—«Sí, tía…. ¿Será posible?».

Carla:

—«Pero ¿os lo podéis creer?».

Ane:

—«Es superincreíble, tía».

Carla:

—«Es que estoy en un limbo, como catatónica».

Ane:

—«Es que es superincreíble, tía».

Carla:

—«Es que lo que no me pase a mí…».

Ane:

—«Superincreíble, tía».

En este caso, creo yo que por la catarsis de Carla, la negación no dio para más: solo hubo tres superincreíbles, que son casi nada. Lo normal son por lo menos el doble. Pero la negación es recurrente en el proceso de resolución de los «sí, pero no». Tras cada etapa que se va superando, se recurre a ella (porque nunca se sabe si se va bien encaminado, creo). Eso sí, con menor fogosidad cada vez.



Etapa 2 o la autosugestión



Como cada etapa, esta también tiene su frase distintiva: «Ni de coña quedo con él, chicas; no pienso complicarme la vida». En esta etapa, la labor de las amigas únicamente consiste en apoyar la autosugestión de la interesada, aun a sabiendas de que no servirá para nada. Lo importante es no poner objeciones, que vea que la apoyamos aunque no nos lo creamos (son momentos muy delicados, como entenderéis). Además, como ya dije, se echaría por la borda esta etapa tan importante y habría que volver a comenzar.

Carla:

—«Ni de coña quedo con él, chicas. No pienso complicarme la vida».

Ane:

—«Bien dicho, tía».

Carla:

—«Además, ya superé a ese capullo».

Ane:

—«Claro».

Carla:

—«No le necesito para nada».

Ane:

—«Para nada de nada, tía».

Carla:

—«Con lo bien que vivo…».

Ane:

—«Y tanto, tía».

Carla:

—«Ni de coña, tías».

Ane:

—«Eso, tía, para nada»

Está todo clarísimo, «para nada». Pero queda en el aire un silencio que reverbera como con una incertidumbre que te recorre la piel. Todas intentamos pasar de ella cambiando de tema y así,… Pero la reverberación de la incertidumbre te va carcomiendo.

Etapa 3 o segunda negación



Frase definitiva: «No puedo creer ni que estemos hablando de esto, chicas». Entre la segunda y esta tercera etapa, se produce un impás silencioso, pero muy tenso. Como si el tic-tac de una bomba atómica se escuchara en nuestras cabezas. Esto es porque se sabe que el «sí, pero no» aún está vivito y coleando: como decía, reverbera en el silencio y en los insípidos cambios de tema. Aunque hubiera parecido zanjada la resolución de la incógnita en la etapa anterior, por desgracia hay más etapas.

Carla:

—«No puedo creer ni que estemos hablando de esto, chicas».

Ane:

—«Alucinante, tía»

Carla:

—«Es que me da una rabia…».

Ane:

—«Ya, tía».

Carla:

—«¡Es que no doy crédito!».

Ane:

—«Claro, tía».

Carla:

—«¡Es que lo mataría!».

Ane:

—«Normal, tía».

Carla:

—«No me esperaba esta llamada ni de coña, tías».

Ane:

—«Superincreíble, tía».

Como veis, que os habrá pasado también, las respuestas son inexorablemente de acompañamiento, y de una única palabra: eso sí, la muletilla «tía» no debe faltar.



Etapa 4 o el fatídico «no sé, tías»



Tras el «superincreíble, tía» y el común silencio de aceptación de que estamos en punto muerto, llega el fatídico «no sé, tías». Este punto marca fronteras: sin rebasarlo no hay forma de avanzar en los «sí, pero no». Eso lo sabemos todos desde antes de nacer.

Además, la fatídica etapa 4 es una etapa de rodeos en la que hay que ir con pies de plomo. Hay que reconocer lo impensable, o sea, aceptar la posibilidad de que se vean, pero teniendo el cuidado de no decirlo. ¿Por qué?, preguntaréis. Evidente: si se admite directamente la posibilidad de que se vean, esto produce rechazo y vuelta a empezar desde el principio. Es, sin duda, la etapa más delicada (por la susceptibilidad del momento) y, al mismo tiempo, la más decisiva.

Carla:

—«No sé, tías».

Ane:

—«Ya, tía. Se te nota un montón, pero como se te ve tan hecha polvo no queríamos decir nada».

Carla:

—«Es que estoy hecha un lío».

Ane:

—«Ya, tía».

Carla:

—«Es que, de solo pensarlo…».

Ane:

—«Claro, tía».

Como habéis comprobado, yo me he mantenido al margen, como oyente, diríamos. Siempre es así, alguien tiene que ir de Terapeuta. Pero la misión de la Terape, aunque no lo parezca, es vitalísima: es la que, llegado el momento, echa la bomba.

Yo:

—«Quizá debieras quedar, tía».

Como sabéis, arrojar la bomba hay que arrojarla. Se hace como si fuera cualquier cosa, así como sin querer o como si quedar fuera una tontería sin importancia. Pero una vez arrojada, la explosión desencadena el resto. No hay marcha atrás.



Etapa 5 o la tercera negación



La tercera negación es la más rápida, es un simple trámite. Cuando se dice «¡Eso nunca! ¡Ni muerta, tías!», es que hay que pensarlo. Lo sabe hasta la que lo dice, por eso las amigas ya pueden refutar las negaciones.

Carla:

—«¡Eso nunca! ¡Ni muerta, tías!».

Yo:

—Claro, claro… ¡Pero algo habrá que hacer!

Carla:

—¿Tú crees?

Yo:

—A ver…, solo hay que mirarte.

Carla:

—¿En serio? ¿Tan mal estoy?

Yo:

—Fatal de los fatales, tía.

Carla:


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