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Si hubieras bailado para mí



Inés Apraiz Castellanos







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SI HUBIERAS BAILADO PARA MÍ



Inés Apraiz Castellanos

Copyright 2017 Inés Apraiz Castellanos

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Índice de contenido

SI HUBIERAS BAILADO PARA MÍ

1.

Gorka.

Washington D. C., madrugada del lunes 11 de julio de 2016.

2.

Elisa.

Vitoria-Gasteiz, mañana del lunes 11 de julio de 2016.

3.

Teresa.

Vitoria-Gasteiz, lunes 11 de julio de 2016.

4.

Gorka.

En el avión. Washington D. C.- Barcelona, noche del lunes 11 de julio de 2016.

5.

Gorka.

Vitoria-Gasteiz, agosto de 1985.

6.

Gorka.

En el avión. Washington D. C.- Barcelona, madrugada del martes 12 de julio de 2016.

7.

Gorka y Jon.

Partido amistoso España- Guinea. Malabo, 16 de noviembre de 2013.

8.

Elisa.

Vitoria-Gasteiz, mañana del martes 12 de julio de 2016.

9.

Gorka.

Barcelona, martes 12 de julio de 2016.

10.

Elisa.

Camino de Barcelona, mañana del miércoles 13 de julio de 2016.

11.

Gorka.

Barcelona, miércoles 13 de julio de 2016.

12.

Fiestas de la Virgen Blanca.

Vitoria-Gasteiz, 6 de agosto de 1987.

Vitoria-Gasteiz, 8 de agosto de 1987.

13.

Barcelona, madrugada del jueves 14 de julio de 2016.

14.

Málaga, junio de 1998.

15.

En el hotel. Marcos.

Barcelona, mañana del jueves 14 de julio de 2016.

16.

En el hotel. Ander.

Barcelona, mañana del jueves 14 de julio de 2016.

17.

Montjuïc. Barcelona, mañana del jueves 14 de julio de 2016.

18.

Irene.

Camino de Sant Cugat, jueves 14 de julio de 2016.

19.

Jon.

Parque Natural de Collserola, un domingo de mayo de 2016.

20.

Vallvidrera, mañana del viernes 15 de julio de 2016.

21.

Playa del Bogatell, tarde del viernes 15 de julio de 2016.

22.

En el hotel. Calle Princesa, madrugada del sábado 16 de julio de 2016.

23.

Jon.

Sant Cugat, domingo 10 de julio de 2016.

24.

Elisa.

Regreso a Vitoria-Gasteiz, mañana del sábado 16 de julio de 2016.

25.

Gorka.

Regreso a Washington, mañana del sábado 16 de julio de 2016.

26.

Irene.

Sant Cugat, mañana del domingo 17 de julio de 2016.

27.

Teresa.

Vitoria-Gasteiz, tarde del domingo 17 de julio de 2016.

28.

Teresa.

Vitoria-Gasteiz, mañana del lunes 18 de julio de 2016.



Agradecimientos

Acerca de la autora

Notas












A Vicky







A Paq








1.

 

Gorka.

Washington D. C., madrugada del lunes 11 de julio de 2016.

 

I

 

El dolor que sentía en la espalda no le dejaba conciliar el sueño.

Echó una ojeada al reloj de la mesilla: todavía eran las cuatro de aquella madrugada, que empezaba a antojársele eterna. Se había tomado un analgésico antes de acostarse, con la esperanza de que la dosis fuera lo suficientemente fuerte como para permitirle dormir unas cuantas horas seguidas. Pero a aquellas alturas de la noche, ya le había quedado claro que no sería tarea fácil.

Procurando no hacer ruido para no despertarla a ella, se levantó de la cama y se dirigió al cuarto de baño. Accionó el interruptor, y el fogonazo impertinente de la luz artificial le obligó a entrecerrar los párpados.

Observó su imagen ante el espejo: el pelo, ligeramente largo y revuelto, le caía despeinado sobre los ojos; una fina y descuidada barba evidenciaba los tres días que llevaba sin afeitar; bajo sus azules ojos, las marcadas ojeras delataban a un hombre visiblemente cansado por los excesos del trabajo realizado durante los últimos días.

La semana anterior había sido realmente muy dura, y a consecuencia de ello, su mente y su cuerpo le estaban empezando a pasar factura. Tantos viajes seguidos…

Tantos incidentes sin justificación…

El gobierno norteamericano tendría que encontrar pronto la manera de atajar aquella epidemia de injusticia, que hasta el momento parecía estar escapándosele de las manos.

El periódico para el que trabajaba como corresponsal en Washington D.C., le había enviado a cubrir las numerosas protestas que se sucedían a lo largo y ancho de todo E.E.U.U., a raíz de la ola de asesinatos de hombres negros a manos de policías blancos que estaba teniendo lugar.

Lo que aparentemente comenzaron siendo unos lamentables incidentes aislados, se estaba convirtiendo en un goteo constante de casos de abusos policiales y muerte de inocentes, derivando a su vez en una sucesión de manifestaciones y altercados, que se iban produciendo a lo largo de prácticamente todos los estados del país.

En el calor de las noches de aquel mes de julio, Gorka optaba por dormir con el torso desnudo, utilizando tan solo el pantalón del pijama. Se giró de medio lado para poder ver su hematoma reflejado en el espejo: en medio de su formada y bien tonificada espalda, una gran mancha que comenzó siendo sonrosada y por momentos se iba tornando violácea, evidenciaba que la rotura de capilares causada por el traumatismo sufrido, no había sido cosa menor. Sin duda, había recibido un buen golpe. Y eso, por fuerza, tenía que doler.

Abrió el armarito situado detrás del espejo, y extrajo de su caja otra pastilla del fuerte analgésico que le habían recetado en el hospital. Sabía que no debía abusar de los medicamentos, pero empezaba a estar harto de acumular tanto cansancio. Necesitaba dormir a toda costa y aquel maldito fármaco tendría que hacer efecto, tarde o temprano.

Las primeras manifestaciones de protesta a las que había asistido días atrás en busca de testimonios fiables, resultaron ser completamente pacíficas. En el estado de Florida, en West Palm Beach y Fort Lauderlade, miembros del movimiento Black Lives Matter  [1] organizaron unas marchas en las que no se registraron incidentes, mostrando eslóganes y proclamando consignas a favor de la paz y de la convivencia interracial.

Un reportero del Palm Beach Post que iba con él, tuvo la oportunidad de captar el momento en el que un participante de la manifestación daba la mano a un agente, cuando la protesta comenzaba a disolverse. Incluso hubo abrazos entre manifestantes y las fuerzas del orden, como en Charlotte, donde un conocido activista enfureció a buena parte de los suyos al dejarse fotografiar confraternizando con los policías.

Y en Dallas, un niño negro conmovió al mundo al aferrarse al cuello de un agente, tras la masacre que se había producido durante las protestas del jueves. Gorka reconocía que ese día, él había llegado a temer por su propia seguridad: en el momento en el que trataba de entrevistar a algún organizador de los que encabezaban la marcha, se empezaron a oír los primeros disparos. La gente no sabía de dónde provenían las balas ni cuántos eran los atacantes, así que todo el mundo corrió despavorido en busca de refugio. Al final, solo hubo un responsable de aquel tiroteo que costó la vida a cinco policías y causó heridas a otras nueve personas. Resultó ser un francotirador negro, veterano de las fuerzas armadas de los Estados Unidos, que pretendía vengar aquellas muertes, derramando para ello la sangre de otros muchos inocentes.

Se dirigió a la cocina, en busca de un poco de leche que le ayudara a disimular el amargo sabor que aquel fármaco le dejaba en la boca. Aprovechando que hacía una magnífica noche de verano, salió a tomárselo a la terraza de su apartamento, situado en el cruce de la Avenida New Hampshire con la calle M.

Aquella zona era estupenda, no se podía quejar. Andreu Balgrats, - el redactor jefe de la sede de su periódico en Barcelona, para la que Gorka trabajaba, - se había portado muy bien con él, poniendo a su disposición aquel magnífico ático situado en Dupont Circle, el barrio de la ciudad que estaba más de moda en los últimos tiempos, y en consecuencia, en el que los alquileres alcanzaban los precios más desorbitados. Desde allí podía llegar a la Casa Blanca en unos minutos, dando un tranquilo paseo.

Gorka estaba deseando que cesaran aquellos desafortunados incidentes y así poder retomar su agenda habitual, sin verse obligado a viajar continuamente por todo el país, como había estado haciendo a lo largo de la semana anterior. Su trabajo diario consistía en realizar un exhaustivo seguimiento de la política norteamericana y de las importantes decisiones que allí, a escasa distancia de su propia casa, se tomaban, resoluciones que podían afectar a cualquier otro país de cualquier otro continente, y alterar el equilibrio y la estabilidad mundial, en cuestión de unos pocos días.

Por primera vez en toda la semana, tenía un minuto libre para echar un vistazo a su móvil y a su correo particular. Durante aquellos ajetreados días, tan solo había atendido los mensajes relacionados con el trabajo, dejando que los personales se fueran almacenando sin revisar.

Abrió la aplicación de WhatsApp, allí se acumulaban más de seiscientos comentarios pertenecientes al foro de sus amigos de la infancia. Tal como él se imaginaba, toda aquella locuacidad escrita resultaba ser tan intrascendente como divertida. Se estuvo riendo un buen rato leyendo los comentarios acerca de los temas más disparatados e hilarantes que, al parecer y durante el transcurso de la semana, se habían alzado al top ten de la palestra informativa de aquel foro.

El contacto con sus amigos de siempre era vital para él. Aunque se tratara de una conexión a través de una red social, el hecho de poder bromear y reírse con aquel sentido del humor tan familiar que empleaban sus colegas de toda la vida, a Gorka le resultaba cálido y cercano. Era el hilo conductor que le mantenía ligado a sus orígenes, sin importar que se encontrara a miles de kilómetros de distancia de su pequeña ciudad natal, Vitoria-Gasteiz.

Acto seguido, chequeó las llamadas perdidas de los últimos días que figuraban en su número de teléfono personal. El registro daba cuenta de que se habían producido más de veinte. La mayoría de ellas eran de su madre, que trataba sin éxito de ponerse en contacto con él y, a cambio, tan solo recibía unos escuetos e ingratos comunicados por mensajería instantánea, del tipo: “Estoy bien”, “No seas pesada”, o “Te llamo luego”.

Pobre mamá” – pensó Gorka, porque lo cierto era que no había cumplido su promesa.

No le había llamado en toda la semana.

Tendría que hacerlo ese mismo día. Sin falta. De hecho, si de verdad quisiera, podría hacerlo en aquel preciso instante, porque en Barcelona sería ya de día, desde hacía unas cuantas horas. Para entonces su madre estaría en Sitges, en su apartamento de verano, cerrando las maletas y ultimando los preparativos para disfrutar junto a su padre de su habitual escapada vacacional a Mallorca.

Cada año y por esas mismas fechas, ambos tenían por costumbre embarcarse en un velero rumbo a la isla balear, en compañía de unos amigos. Salían desde el puerto deportivo de Aiguadolç, aquel pintoresco enjambre de casitas blancas apiñadas y calles estrechas, en cuyos muelles solían atracar un gran número de embarcaciones de recreo como la suya.

Gorka recordaba con deleite los veranos familiares que solía pasar en la pequeña y tranquila playa del mismo nombre, que se encuentra al costado del puerto. Añoraba especialmente la sensación de profundo bienestar que experimentaba al tumbarse el día entero bajo una sombra, entregado a la lectura como única y exclusiva actividad, y levantando la vista del libro, tan solo para observar desde su hamaca cómo los atardeceres teñían de rojo el cielo del puerto, mientras los pequeños barcos comenzaban a regresar al amarre, tras pasar su día en el mar.

Oh, el solo hecho de evocar aquella idílica playa de arena fina, bañada por las suaves y arrullantes olas de las cálidas aguas mediterráneas, a Gorka le supo a recuerdo extrañamente vago, una realidad muy alejada de su día a día, viéndose él allí sentado, en mitad de la noche, observando distraídamente el incesante tráfico que cruzaba a aquellas horas la Avenida New Hampshire. ¿Es que nunca dormían en esa ciudad? ¿Ni siquiera un domingo? En la acera de enfrente, los rezagados clientes de un local de copas salían a la calle, al tiempo que un empleado procedía a bajar la persiana y a echar el cierre.

Gorka chequeó el resto de llamadas perdidas de su móvil. Sabía que a principios de la semana anterior, su amigo Jon había estado tratando de localizarle. Era consciente de ello, porque en un par de ocasiones vio su nombre reflejado en la pantalla, coincidiendo con momentos en los que no le pudo atender. Pensó que ya tendría ocasión de hablar con él más adelante, en cuanto las cosas se calmaran un poco.

Pero lo cierto era que Jon, pasados los primeros días, no había vuelto a insistir. Y él por su parte, inmerso como estaba en otros asuntos, se había olvidado por completo de devolverle las llamadas.

Y ahora comprobaba con cierto desasosiego que, en realidad, Jon había tratado de contactar con él en muchas más ocasiones de las que se imaginaba. En el registro de llamadas de su teléfono móvil figuraban un total de nueve intentos, realizados todos ellos en el transcurso de tan solo dos días. En concreto, Jon le había llamado insistentemente a lo largo de la mañana y de la tarde del lunes de aquella semana pasada, y también lo hizo durante la mañana del martes.

Y después, nada. Silencio absoluto.

Inmediatamente, volvió a revisar la aplicación de WhatsApp, en busca de algún mensaje de su amigo que se le hubiera pasado desapercibido la primera vez que miró. Si Jon realmente quería comunicarse con él y no lo conseguía a través del teléfono, lo más lógico era que tratara de hacerlo por esta vía.

Pero no encontró nada.

También revisó el correo electrónico, obteniendo idéntico resultado. Nada. No le había escrito, no le había enviado ningún mensaje, ninguna pista que justificara esa necesidad apremiante que parecía tener por contactar con él a principios de semana. Aquello, a Gorka le resultó desconcertante.

Notó una punzada de remordimiento. Realmente, aquella semana había estado descuidando a sus seres más queridos. ¿Tanto le habría costado llamar, al menos a su madre, aunque fuera una sola vez? ¿A ella, que tan preocupada estaba al pensar que su único hijo pudiera estar exponiéndose a algún tipo de peligro?

En el fondo, sabía que no le había devuelto las llamadas para que no le atosigara, para librarse de aquellas prédicas maternas en las que ella solía implorarle que se mantuviera alejado de toda amenaza potencial, bajo cualquier circunstancia o pretexto. Y él no quería oír aquello. No le apetecía escuchar sermones. Si había estudiado la carrera de periodismo, especializándose después en investigación, no era precisamente para calentar día tras día la misma silla de un cómodo despacho, sino para estar en primera línea de la noticia.

Solo que esta vez, los acontecimientos habían tomado un cariz bien distinto del esperado, y la delgada línea que separa al informador de la noticia se había ido difuminando poco a poco, como si hubiera sido trazada con tiza bajo el aguacero de una tormenta.

Para cuando tuvieron lugar los incidentes de Saint Paul, Minnesota, las cosas ya se habían puesto bien feas. Los asesinatos indiscriminados se sucedían día tras día y la indignación crecía en las calles. Cuando las manifestaciones pacíficas finalizaban y la gente se retiraba a sus casas, era el momento en que los altercados y los enfrentamientos con la policía comenzaban.

En Baton Rouge, un periodista de The Associated Press que se encontraba cubriendo la noticia al igual que Gorka, recibió el impacto de un bote de humo que le produjo un fuerte traumatismo laríngeo, y que le condujo directamente al hospital. A pesar de lo peligroso que resultaba el hecho de no guardar las distancias, Gorka no se resignaba a ser un espectador más, su deseo era obtener la información de manos de los propios protagonistas. Quería conocer sus historias, lo que experimentaban y lo que sentían, aunque para ello tuviera en ocasiones que arriesgar su propia integridad física.

Como, de hecho, acabó ocurriendo la madrugada del sábado al domingo, en los suburbios de Saint Paul.

Los participantes de la protesta habían bloqueado la interestatal I- 94, las fuerzas de seguridad intentaron dispersarlos, y éstos respondieron arrojándoles piedras y todo tipo de objetos. Durante el enfrentamiento llegaron a herir a un policía, arrojándole un ladrillo desde uno de los puentes que cruza la carretera. Algunos testigos aseguraban incluso, que los más radicales llevaban cócteles molotov para arrojar a los agentes.

La tensión crecía por momentos, desembocando finalmente en unos graves altercados. Las fuerzas del orden comenzaron a arrojar botes de humo y gas pimienta, a fin de dispersar a los manifestantes que se habían concentrado en las salidas de la Avenida Lexington hasta la zona este de la calle Dale. Fue entonces cuando Gorka recibió aquel tremendo golpe en la espalda, propinado probablemente por un agente del orden que, durante el fragor de la contienda, no había podido o no había querido distinguir entre los alborotadores y los miembros de la prensa.

Pero ahora ya daba igual. Aquello era agua pasada. Después de ser atendido en el Regions Hospital, próximo al lugar de los hechos, le habían trasladado al aeropuerto de Minneapolis- Saint Paul, donde cogió el primer avión de regreso a Washington D.C.

 

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II

 

Nancy le había ido a recoger al Washington- Dulles aquella misma tarde.

La joven se había preocupado mucho por él. Le esperaba ansiosa junto a la puerta de llegadas del aeropuerto, y en cuanto lo vio aparecer con aquel aspecto fatigado, arrastrando su maleta de viaje con una leve mueca de dolor grabada en el rostro, se abalanzó sobre él abrazándolo con fuerza y besándolo en la cara, en los párpados, en los labios, con tal ansia que parecía una novia de guerra recibiendo a un intrépido soldado que regresara herido del frente.

- ¡Vale! ¡Tranquila! ¡Si no ha pasado nada! – trató de calmarle Gorka, sintiéndose a la vez muy halagado por las profusas muestras de cariño de las que estaba siendo objeto.

Tenía que reconocer que así daba gusto regresar a casa.

Ya en su apartamento, la maleta se había quedado tirada en medio del salón, abierta y con el contenido desparramado por todo el suelo. Nancy le había estado esperando demasiados días. Y no estaba dispuesta a alargar la espera ni un minuto más. Quería que le hiciera el amor allí mismo, apasionadamente, como a ella le gustaba, sin reparar en que los botones de la camisa saltaran por los aires al tratar de arrancarse mutuamente la ropa, o que la lámpara de la mesita auxiliar acabara rodando por la alfombra.

Él, antes de entregarse a los deseos de ella, apenas tuvo tiempo de poner a salvo en un estante sus más valiosas pertenencias: su ordenador portátil, el bloc de notas y la pelota de goma gris reventada que alguien le regaló una vez, aquel amuleto que le acompañaba a todas partes, aunque en esta ocasión no le hubiera traído demasiada suerte.

Gorka decidió aguantar estoicamente el dolor de su espalda para no desairar a la joven que, si bien le había procurado toda clase de mimos y cuidados durante el trayecto en taxi hasta la Avenida New Hampshire, pareció olvidarse por completo de que él estaba lesionado, en el mismo momento en el que ambos cruzaron el umbral de la puerta.

Bruscamente, ella le había apresado contra la pared, para proceder seguidamente a introducirle su ávida lengua en la boca, frotando efusivamente todo su cuerpo contra el de él que, por su parte, estaba dispuesto a sufrir un poco más de la cuenta si la recompensa era sexo del bueno, como la cosa prometía. También aguantó con firmeza un segundo asalto, sin emitir el más mínimo suspiro de queja que pudiera perturbar el sonido de los gemidos de ella, agradeciendo eso sí, que para esta ocasión la escena amatoria se hubiera trasladado al mullido colchón de la cama de su dormitorio.

Después de todo aquello, no podía extrañarse de que el dolor que sentía en la espalda se hubiera vuelto tan insoportable.

 

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III

 

Abandonó la terraza y volvió al interior del apartamento. En la penumbra del dormitorio, apenas iluminado por las tenues luces que provenían de las farolas de la calle, Gorka observaba a Nancy mientas ésta dormía profundamente, desnuda sobre la cama.

Él permanecía allí de pie, pensativo, con la cabeza apoyada en el quicio de la puerta de su habitación. Reflexionaba acerca de los seis últimos meses transcurridos, durante los cuales su vida había experimentado un cambio sin precedentes.

Harto de la insoportable situación sentimental en la que se encontraba estancado en Barcelona, aceptó aquel puesto de corresponsal que Andreu le acababa de proponer, sin apenas pestañear. Tomó la decisión fríamente, sin consultarlo antes con nadie, ni tan siquiera con sus padres, que se mostraron muy sorprendidos con aquel cambio de rumbo tan insospechado que acababa de dar.

Realmente, aquella generosa propuesta no era para pensársela dos veces: le estaban ofreciendo un puesto de enorme responsabilidad, que le otorgaría un gran prestigio profesional y que, por añadidura, estaba francamente bien remunerado.

Ningún periodista de la redacción se habría podido resistir a una proposición como ésa. Y precisamente él, que ya había demostrado en anteriores ocasiones su espíritu inquieto y aventurero en pos de la noticia, menos que nadie.

Así que todo el mundo en su entorno achacó su decisión a este cúmulo de buenas razones, sin llegar nadie a sospechar siquiera, que los motivos que le llevaron a aceptar la corresponsalía en Washington D.C. eran, en realidad, de una naturaleza bien distinta.

Gorka escuchaba la suave respiración de Nancy mientras ésta dormía plácidamente, de espaldas sobre la cama. Su rubia melena, ligeramente ondulada, descansaba despeinada sobre la almohada, formando largos y ondulados bucles.

Aquella chica era realmente preciosa. Y aparte de eso, se veía tan joven… Aún no había cruzado el umbral de la treintena, mientras él acababa de cumplir los cuarenta y cinco, cosa que a Gorka le causaba una cierta desazón. Se preguntaba de continuo si era juicioso por su parte el haberse embarcado en una relación como aquélla.

Pero claro, pensaba Gorka en su descargo, ¿cómo podría haberse resistido él al influjo de tan hermosa mujer, si ésta le profesaba un amor tan ardiente y entregado como el que Nancy le regalaba diariamente a él, sin asomo alguno de fisuras? Para Gorka, lo que pudiera estar pasando dentro de la cabeza de Nancy era un completo misterio sin resolver: una chica como ella, una joven que podría tener todo lo que quisiera en este mundo, y sin embargo… ¿cómo era posible que se hubiera enamorado de un tipo como él?

 

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IV

 

Se habían conocido mientras ambos realizaban sus respectivos trabajos, él como corresponsal de su periódico, y ella, por su parte, como rostro televisivo de las Breaking News en el canal local WJLA, una filial en Washington D.C. del canal ABC.

Antes de que se dirigieran por primera vez la palabra, se habían mirado en varias ocasiones, generalmente durante alguna de las numerosas ruedas de prensa que tenían lugar en la Casa Blanca, y a las que ambos asistían habitualmente.

Tras obtener la información oportuna, Gorka solía dirigirse a una sala de prensa contigua, habilitada a disposición de los periodistas, para redactar allí su artículo del día, mientras que Nancy salía a hacer su trabajo a los exteriores de la Casa Blanca. Ella siempre iba acompañada por su inseparable cámara, un joven muchacho que aún no había acabado de librarse del acné, y que le seguía a todas partes como si fuera su perrito faldero. Una vez se encontraba fuera del recinto, y con la impoluta fachada principal de la Casa Blanca a sus espaldas, Nancy retocaba su maquillaje, se atusaba su espléndida melena y ofrecía su crónica de la jornada ante la cámara, conectando en directo con el informativo de noticias de la una del mediodía.

Todo empezó durante una de aquellas ruedas de prensa. Gorka estaba acabando de formular sus preguntas al portavoz de turno, - en un inglés más que loable, - cuando se percató de que Nancy no le quitaba los ojos de encima, sosteniéndole la mirada más allá de lo que la discreción aconseja en este tipo de situaciones. Le estaba observando de una manera tan descarada, que él mismo optó por dejar a un lado los ceremoniosos disimulos que priman en toda sociedad bien educada, y actuar con idéntico desparpajo.

Y después, una vez finalizó su turno de preguntas, abandonó su asiento sin miramientos y se fue a ocupar otro que se encontraba disponible, justo al lado de donde ella se sentaba. Nancy dio su aprobación a aquel gesto de manera inmediata, correspondiéndole a su vez con una amplia sonrisa y una mirada cautivadora.

Minutos más tarde, el destino quiso que tuviera la ocasión de quedar como un perfecto galán, librándole a ella de un más que seguro pertigazo que estuvo a punto de recibir en toda la cabeza de no ser por él, que lo vio venir y sujetó con fuerza el mástil de aquel micrófono, en el preciso instante en que el artilugio se le escapaba de las manos a un compañero de sonido situado al fondo del pasillo. El muchacho se disculpó insistentemente con los periodistas sentados en las primeras filas, haciendo gala de una gran educación y también, de un enorme sonrojo.

Gorka aprovechó el murmullo que se había generado en la sala a raíz de aquel pequeño incidente, para invitar a Nancy a tomar un café a la salida.

Ocuparon una mesa al fondo de aquel local que frecuentaban a todas horas los miembros de la prensa y los trabajadores de la Casa Blanca en general. Se sentaron uno frente al otro, ajenos al frenético ir y venir de los profesionales que en torno a ellos apuraban sus cafés, mientras escribían a la carrera la crónica del día en sus laptops, o informaban a sus jefes de redacción mediante alguna aplicación de sus teléfonos móviles.

Ellos, en cambio, no parecían tener ninguna prisa. Se miraron a los ojos y, de inmediato, se sintieron cómplices el uno del otro. Ella le dijo que llevaba mucho tiempo deseando que se conocieran, que se acordaba del día en que lo vio por primera vez durante una rueda de prensa, y que le había recordado a Ethan Hawke.

Él se rio con aquella ocurrencia y pensó que no se parecía al actor en absoluto, pero no obstante, se sintió muy halagado con la comparación. Trató de encontrar un parecido razonable con el que poder devolverle el cumplido a la joven, pero lo cierto era que solo le venía a la mente su nombre, Nancy, y con él, la figura de conocidos personajes de la cultura popular norteamericana como Nancy Reagan. Inmediatamente, dio por hecho que a ella le horrorizaría semejante asociación de ideas, así que se ahorró comentarla en voz alta.

Acto seguido pensó en Nancy Sinatra y su canción, These Boots Are Made for Walkin'. Ésa sí que era a todas luces una buena referencia, pero aun así, optó igualmente por no decir nada. Se rio para sus adentros pensando que si se lo decía, ella consideraría que su comentario era de lo más viejuno, y le traería a la mente la época de sus padres, o incluso, la de sus abuelos. Y lo último que Gorka pretendía en aquella primera cita, era que aquella preciosa joven acabara identificándole a él mismo con la década de los sesenta, como si fuera mucho mayor de lo que en realidad era.

Viendo que ella no trataba de disimular en lo más mínimo su interés por él, Gorka fue al grano y le preguntó su edad, confesándole acto seguido que él superaba esa cifra en más de quince años. Nancy afirmó que aquello era algo irrelevante para ella, y que él no parecía en absoluto mayor. Le dijo que con su manera de vestir, en ocasiones trajeada y casi siempre desenfadada, resultaba mucho más atractivo que cualquier otro joven de su edad.

A partir de ese momento, los acontecimientos se sucedieron con vertiginosa rapidez. Al día siguiente ya estaban cenando juntos en un restaurante de moda en Dupont Circle, situado a solo tres manzanas del apartamento de Gorka. Ella bromeó sobre lo poco que duraría él en ese ambiente si no contara con su protección, en clara alusión a la gran cantidad de homosexuales que se encontraban en el local, no en vano aquél era considerado, además del barrio más chic, el más gay de toda la ciudad.

Nancy insistía en asegurar que todos aquellos hombres no tardarían en fijarse en Gorka y tirarle los tejos de no ser por la presencia de ella, y Gorka no dejaba de asombrarse del alto concepto que la joven parecía tener acerca de los atributos físicos de él.

Poco después de acabar los postres y de apurar la segunda botella de un excelente vino californiano, ya habían recorrido la exigua distancia que separaba aquella mesita decorada con velas perfumadas, de la amplia y confortable cama de su espacioso ático.

 

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V

 

Todo había sucedido muy rápido, demasiado rápido, pensaba Gorka mientras observaba a la joven que, tras emitir un suspiro, cambiaba levemente de postura y acomodaba de nuevo su cabeza en la almohada, sin abandonar por ello su plácido sueño.

Él tan solo llevaba dos meses viviendo en Washington D.C., y estaba aún tratando de cogerle el pulso a la ciudad y a sus nuevas responsabilidades, cuando, sin siquiera proponérselo, se había visto inmerso en una relación que le resultaba tan excitante como desconcertante, a partes iguales. Y no tenía ni idea de cómo acabaría todo aquello con el paso del tiempo.

Ella, a pesar de su juventud, parecía tener las cosas tremendamente claras, y estar muy segura de sus sentimientos. Y mientras tanto, él, a una edad en la que la mayoría de la gente parece haber alcanzado un cierto equilibrio sentimental, no se veía capaz de despejar las dudas que aquella relación le producía.

Aunque apenas habían transcurrido cuatro meses desde que empezaran a salir, Nancy pretendía llevar la situación un paso más allá. De una manera cada vez menos sutil, iba dejando caer ciertas insinuaciones acerca de la posibilidad de mudarse a aquel piso con él, y comenzar juntos una vida en común.

También insistía en hacerle saber lo feliz que se sentiría si él accediera a conocer a su familia en su ciudad natal, Filadelfia. Podrían ir hasta allí cualquier fin de semana que a él le viniera bien. Si iban en coche, tan solo tardarían un poco más de dos horas y media en recorrer el trayecto que separaba el centro de Washington D.C. de la mismísima puerta de su casa. De hecho, Nancy ya lo había intentado sin éxito el cuatro de julio, alegando que sus padres sabían de su existencia y estaban deseando conocerle.

Pero él trató de imponer en todo momento algo de sensatez en aquella pretensión suya, explicándole que su relación se hallaba todavía en un estado tan embrionario, que lo más prudente era esperar y ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. Y ese mismo razonamiento le servía a Gorka para justificar su oposición a la idea de vivir juntos.

Todo un jarro de agua fría para Nancy.

- El problema es que tú aún no confías en esta relación tanto como yo – había sentenciado ella un día, decepcionada por toda la serie de negativas que estaba recibiendo. – No te quieres implicar a fondo porque crees que soy demasiado joven, temes que un buen día decida cambiar de opinión y acabe desapareciendo de tu vida. Pero te demostraré que no será así, que lo nuestro es algo por lo que vale la pena luchar. Tú dame tiempo, tan solo eso. Es lo único que te pido.

Nancy solía echarle en cara que fuera una persona difícil de conocer. Le acusaba de levantar barreras infranqueables entre ellos dos, y de guardar rincones secretos a los que a ella le estaba prohibido acceder.

Un domingo de primavera, paseaban frente a una bonita playa de aguas tranquilas y poco profundas de la Bahía de Chesapeake. Estaban bromeando acerca de la posibilidad de que al hacerse viejecitos, se retiraran los dos juntos a pasar sus últimos días en algún lugar como aquél, al borde del mar, cuando Nancy le hizo una pregunta:

- Y viviendo en una ciudad tan bonita como dicen que es Barcelona, que incluso tiene sus propias playas, ¿cómo es que decidiste dejarlo todo y venirte aquí? – quiso saber ella, entre risas.

- Porque me estaba ahogando – contestó Gorka, con aspereza.

Al instante, se arrepintió de haber permitido que su voz le delatara. Fue el subconsciente el que habló, antes de que él tuviera tiempo de procesar sus palabras y suavizarlas. Y a Nancy, la crudeza de su respuesta no le había pasado desapercibida.

- Y sobre todo, porque tenía que venir a conocerte a ti – prosiguió Gorka, empleando para ello un tono de voz exageradamente cariñoso.

Y en un intento por enmendar su error, hizo gala de la más seductora de sus sonrisas, a la vez que trataba de atraerla hacia sí con intención de besarla. Pero Nancy rehuyó su abrazo y se encaró con él.

- No, no, ahora no intentes embaucarme – le dijo. - ¿Ves?, a eso me refiero cuando me quejo de tu hermetismo.

Entonces, ella optó también por desplegar la más bella de sus sonrisas y, apuntándole con el dedo índice, advirtió:

- Pero acabaré descubriendo todos tus secretos. No tengas la menor duda.

 

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VI

 

Gorka se hallaba inmerso en lo más profundo de sus pensamientos, y por eso al principio no escuchó el tono de su teléfono móvil, que no paraba de reclamar su atención desde la mesita de la terraza donde lo había dejado olvidado. Extrañado de que alguien le llamara a aquellas horas tan intempestivas, corrió a descolgar a toda prisa, antes de que aquel molesto sonido acabara por despertar a Nancy.

En la pantalla pudo ver reflejado el nombre de uno de sus mejores amigos de la infancia, Marcos, que al parecer, y a pesar de todo lo que él se estaba demorando en responder, no estaba dispuesto a desistir en su empeño por hablar con él.

- ¡Marcos, tío, qué pasa! – preguntó Gorka, alarmado. Aquella insistencia suya no podía deberse a nada bueno.

- Hola Gorka. No sabía si llamarte tan temprano. Sé que allí todavía es muy pronto. Pero es que aquí ya son más de las diez de la mañana, y he pensado que tenía que hacerlo aunque te despertara… - contestó al otro lado un divagante Marcos, con un hilillo de voz.

- ¡Marcos, hombre, ve al grano! – exigió Gorka, tajante.

A aquellas horas de un lunes, Marcos tendría que estar trabajando en su puesto de cirujano en el Hospital de Txagorritxu de Vitoria-Gasteiz, preparándose para abrir a alguien en canal, o haciendo cualquier otra cosa por el estilo. Todo, menos estar de charla con un amigo. Estaba claro que algo pasaba.

- ¡Dime de una vez qué ocurre! – exigió.

- Malas noticias, Gorka. Pero que muy malas noticias – contestó Marcos, tratando de controlar un tono de voz que comenzaba a percibirse alterado. – Ha ocurrido algo. Algo terrible. Se trata de Jon. Ha sufrido un ictus y está hospitalizado. Su estado es muy grave.

- ¿Qué? ¿Cómo? ¡Pero qué dices! ¡De qué me estás hablando! – exclamó un incrédulo Gorka, incapaz de comprender de qué iba todo aquello.

- Está muy grave, Gorka, muy grave– repitió Marcos. – Y el pronóstico es desalentador. Aquí estamos tan impactados con la noticia como tú, no nos lo acabamos de creer. Yo me he enterado esta misma mañana y estoy llamando a todo el mundo. Al parecer ocurrió ayer domingo, de madrugada. Hace apenas unas ocho horas. Algo totalmente repentino.

- ¡Pero cómo es posible! ¡Si Jon no estaba enfermo! ¡Si se mantenía en plena forma! ¡Más que tú y que yo, juntos! ¡Eso es imposible! ¡No puede ser!

- Lamento muchísimo tener que decirte que sí, que claro que puede ser. Y no tiene nada que ver con estar en forma o no. Algunas veces, se debe a malformaciones congénitas… Aunque muchos detalles están aún por ver. Pero te aseguro que, desgraciadamente, estas cosas pasan. Y con más frecuencia de la que imaginamos…

A Marcos se le quebraba la voz al afirmarlo. Sabía muy bien de lo que estaba hablando, no en vano él, a lo largo de su vida profesional, había conocido muchos casos similares. Pero nunca antes le habían golpeado tan de cerca. Nunca, en la figura de un amigo.

- No, Marcos, que eso es imposible. No puede ser. No puede ser – negaba Gorka, obstinado, sin querer comprender ni rendirse ante la evidencia. – Será un error. Jon estará en Barcelona, con Irene y con los niños. ¿Quién te ha contado a ti eso?

- Precisamente, ha sido Irene la que me ha llamado a mí. No es un rumor. Es un hecho. Está ingresado en la U.C.I. del Hospital General de Catalunya – afirmó Marcos pausadamente, tratando de que sus palabras derribaran por fin la barrera protectora de incredulidad que su amigo trataba de fabricarse a toda costa. Se sentía desbordado por el hecho de haber sido él el elegido por la mujer de Jon, para transmitir al resto del grupo aquella terrible noticia. – Por ahora, la poca información que tengo es algo confusa. Creo que estaban los dos en su casa, en Sant Cugat. Así que es muy probable que también estuvieran los niños presentes en el momento de… bueno… ya sabes...

- Pero cómo es posible… ¡Cómo es posible! – Gorka seguía sin dar crédito a lo que escuchaba. - ¿Cómo dices que se llama eso que le ha ocurrido?

- Un ictus, Gorka. Con el agravante de que, al parecer, ha sido un ictus hemorrágico – repitió Marcos. – Es un accidente cerebrovascular muy grave, que implica el sangrado dentro del cerebro.

- ¿Cómo? ¿Hemorrágico? ¿Sangrado? – Gorka repetía aquellas palabras sin comprender, totalmente estupefacto.

- Sí, un derrame cerebral – explicó Marcos, pacientemente. – Y la cosa pinta muy pero que muy mal. He contactado con un colega de la facultad, que casualmente es neurólogo en ese hospital, y me dice que Jon tenía un aneurisma de gran tamaño que ha acabado por romperse. Desconocen si ha ido creciendo lentamente o si por el contrario, ha sido algo repentino, pero de cualquier forma, la hemorragia intracerebral que presenta es muy extensa. Le han hecho una exploración por T.A.C. y lo saben a ciencia cierta – Marcos tomó aire antes de concluir. – La sangre se ha extendido por todo el cerebro, Gorka. No hay ninguna posibilidad de que sobreviva. Lamento muchísimo tener que decir que, a todos los efectos, ya lo hemos perdido…

En la cabeza de Gorka, aquellas palabras no conseguían encajar. A pesar de las evidencias, su mente buscaba desesperadamente un argumento al que aferrarse, como si fuera una tabla de salvamento.

– Pero dices que todavía está vivo, ¿no? – preguntó con terquedad, como si no hubiera escuchado las últimas palabras que acababa de pronunciar su amigo. – Pues aún no está todo perdido.

- No alimentes falsas esperanzas, Gorka - dijo Marcos, y suspiró con tristeza. - Créeme, no te harán ningún bien. Tan solo es cuestión de horas…

- No, no. No puede ser. Tiene que aguantar. Él es fuerte. Lo superará – contestó Gorka, obstinado. – Iré a Barcelona. Tengo que verle. No puede ser. No, no. Algo se podrá hacer. Tengo que ir allí y darle ánimos. Si ve que todos le apoyamos, tal vez entonces…

- No, Gorka – le interrumpió Marcos. - No está consciente. Me temo que no vas a poder hablar con él – sentenció, odiando tener que hablarle a su amigo con tanta franqueza. – Siento muchísimo ser yo quien tenga que darte semejantes noticias…

Al otro lado del teléfono, Gorka permaneció en silencio durante unos segundos, para volver al ataque acto seguido.

- Pero todavía respira, ¿verdad? Pues si respira, no podemos perder la esperanza, eso sí que no. Voy a ir a verle. Hoy mismo. Sí. Hoy mismo. Voy a buscar un billete de avión, inmediatamente.

- Como quieras, Gorka – dijo Marcos, dando por perdida la batalla por intentar que su amigo comprendiera la gravedad del asunto. Al fin y al cabo, pensó, cada cual necesita su propio tiempo para asimilar las cosas. – Yo me quedo a la espera de noticias. En cuanto sepa algo más, prometo llamarte.

- Hazlo, por favor Marcos. En cuanto sepas algo. Hazlo sin falta – balbuceó Gorka antes de colgar, sintiendo cómo todo su cuerpo se había quedado rígido, paralizado por aquella insoportable sensación de vértigo que se había apoderado de él, como si en aquel mismo instante hubiera tomado la decisión de saltar al vacío los once pisos que le separaban de la calle y estuviera a punto de hacerlo, con los pies preparados y bien juntos, asomando las puntas al borde de la cornisa.

- ¿Con quién hablabas? ¿Qué quería a estas horas? – preguntó Nancy detrás de él, con la voz adormilada. Se había puesto una camiseta vieja de los Smiths que había encontrado en un cajón de la cómoda, rebuscando entre la ropa de Gorka.

- Llamaban para decirme que un amigo mío está ingresado en el hospital. Y que está muy grave. Al borde de la muerte – respondió Gorka, sin poder dar crédito a las palabras que salían de sus propios labios.

- Vaya… Qué pena… Lo siento mucho…

Nancy cogió una silla y la colocó junto a la de Gorka, sentándose a su lado y acurrucándose contra él, a la espera de recibir por su parte un enorme y cálido abrazo. Pero Gorka no reaccionó como ella esperaba. Muy al contrario, permanecía cabizbajo, con los brazos caídos y la mirada ausente, de modo que fue ella la que le pasó una mano por la espalda y se la acarició suavemente, tratando de reconfortarlo.

– Y a ese amigo tuyo… - prosiguió, - ¿hace mucho tiempo que lo conoces?

2.

 

Elisa.

Vitoria-Gasteiz, mañana del lunes 11 de julio de 2016.

 

I

 

- ¡Marcos, no me puedo creer lo que me estás contando! – exclamó una asustadísima Elisa, tras recibir aquella llamada de su primo. - ¡Dime por favor que no es cierto!

Durante unos segundos que parecieron eternos, Marcos aguantó estoicamente el silencio que se hizo entre ambos, apenas interrumpido por el llanto entrecortado de Elisa.

- Lo siento, prima – respondió él, agotado.

En el transcurso de las dos últimas horas, Marcos no había hecho otra cosa que no fuera enfrentarse al estupor primero y más tarde al dolor, de todos los amigos a los que iba llamando para comunicarles la terrible noticia. Y él también necesitaba concederse el derecho a venirse abajo y a llorar tranquilo, a solas.

– A medida que sepa algo más, te iré informando. Te lo prometo – añadió Marcos mecánicamente, repitiendo aquella frase por enésima vez a lo largo de aquella mañana.

- ¡No puede ser! ¡No puede estar tan mal! - negó Elisa, tajantemente. – ¡Voy a ir a verlo a Barcelona! ¡Hoy mismo! ¿Quién sabe? ¡Tal vez sea capaz de mejorar y de sorprender a los médicos! ¡No sería la primera vez que esto ocurre!

- A ver, Elisa. Te digo lo mismo que a Gorka. No te crees falsas expectativas. Yo sé que es muy duro, pero…

- ¿Has hablado con Gorka? – le interrumpió Elisa, cortante, y la pregunta sonó mucho más enfática de lo que ella hubiera deseado. – Quiero decir, ¿le has llamado tú? ¿Se ha enterado ya de lo que ha sucedido?

- Sí. Acabo de hablar con él. Justo antes de llamarte a ti. Me ha dicho que va a coger el primer avión que salga para Barcelona.

- ¿Ah, sí? ¿Él también está pensando en ir?

- Sí. Eso me ha dicho – respondió Marcos, extrañado. - ¿Por qué lo preguntas?

- Por nada – se apresuró a responder Elisa. - ¿Ves? ¡No soy la única persona que no quiere perder la esperanza de verlo con vida!

- ¡Joder, qué dos cabezotas sois! – protestó Marcos, completamente indignado. – ¿De verdad creéis que soy yo el que exagera la gravedad de la situación? ¿Es que no sois capaces de escuchar lo que os digo? ¡Está técnicamente muerto! ¡Joder! ¡JODER!

En ese momento, era el llanto de su primo el que se oía al otro lado del teléfono.

- Lo siento, Marcos… Perdóname… Lo siento muchísimo…

 

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II

 

Elisa lloraba en silencio, sentada detrás del mostrador de su pequeño local. Antes de dar rienda suelta a su tristeza, había tomado la precaución de bajar la persiana y cerrar la puerta. No quería que ninguna orgullosa mamá, portando un bebé de rechonchos mofletes, apareciera por allí en ese preciso instante para encargarle una sesión de fotos. No era el momento más apropiado. En absoluto.

Se quedó allí sola un buen rato, derramando lágrimas desconsoladas mientras un montón de niños sonrientes le miraban desde los retratos que empapelaban las paredes, impertérritos ante su dolor.

Cuando consiguió calmarse un poco, llegó al convencimiento de que sería incapaz de ponerse a trabajar aquel día. Sintió la imperiosa necesidad de ver a su marido, Pablo, y de contarle en primera persona lo que había sucedido. Él y Jon habían sido muy buenos amigos en la infancia, a ambos les unía desde pequeños la pasión por el fútbol y por los deportes en general, y aunque no pertenecían a la misma pandilla, sí habían compartido grandes momentos juntos.

Aquella noticia le iba a afectar mucho. No podía esperar a verlo a la hora de comer, decidió que iría a buscarlo a su empresa esa misma mañana.

Subió a su coche, que estaba aparcado en la acera frente a su estudio de fotografía, y condujo desde el centro hasta el polígono industrial de Júndiz, situado al oeste de la ciudad. Allí tomó la avenida principal y luego giró a la derecha dos calles más abajo, hasta dar con la moderna fachada de aluminio metalizado que recubría el edificio principal de la empresa, destinado a oficinas, y que precedía a la gran nave industrial propiedad de Pablo.

No se podía negar que su marido tenía buena vista para los negocios: tras heredar aquella trasnochada empresa familiar de manos de su padre, en una situación de declive y de atraso tecnológico total, invirtió en ella mucho tiempo y esfuerzo - además de una suma importante de dinero en su modernización, - y consiguió convertirla en una compañía puntera, líder en el mercado del mecanizado de precisión. El acierto de Pablo estuvo, entre otras cosas, en apostar por el departamento de I+D, en el que contaba con la presencia de varios ingenieros especializados en el sector, entre los que se encontraba él mismo.

La plantilla de la empresa iba en aumento, y en ocasiones variaba tanto, que Elisa no llegaba a conocer a todo el mundo que trabajaba allí. Además, casi nunca ponía los pies en ese edificio. Le incomodaba verse a sí misma como a una extraña en aquel ambiente tan técnico y tan alejado de su profesión, algo que a ella le hacía sentir que estaba completamente fuera de lugar. No quería inmiscuirse en los asuntos de Pablo, y sus visitas eran escasas a la par que breves.

Saludó a una joven y atractiva recepcionista que encontró tras el flamante mostrador de Corian retroiluminado de la entrada – “¿Qué habrá sido de la señorita Puri?”, pensó, – y, sin darle tiempo a que ésta se ofreciera amablemente a ayudarla, se encaminó escaleras arriba hacia el despacho de Pablo.

Llamó con los nudillos a la puerta y sin esperar respuesta alguna, accionó la manilla y entró. Pablo se encontraba reunido con varios de sus ingenieros, que juntaban sus cabezas en torno a una gran mesa repleta de planos desplegados. Al verla aparecer, todos levantaron la vista al unísono, sorprendidos.

Elisa saludó educadamente, especialmente a aquéllas y a aquellos a los que creía conocer, y se disculpó por la manera tan brusca con la que había interrumpido la reunión. Tras intercambiar unas breves palabras de cortesía, los técnicos fueron saliendo uno a uno del despacho dejándolos solos, y Pablo cerró la puerta tras de ellos.

- ¡Qué ocurre! ¿Por qué has venido sin avisar? – preguntó él, extrañado por la inesperada aparición de su mujer. – Confío en que sea algo importante porque me pillas en un mal momento, Elisa. Mañana recibimos la visita de los clientes alemanes y no tenemos las piezas rematadas, aún nos quedan pequeños detalles por resolver. Hay que dar una buena impresión si queremos que confíen en nosotros. De verdad que no tengo mucho tiempo que…

- Jon se muere – le interrumpió Elisa sin miramientos, con la voz quebrada por el dolor. – Se muere, Pablo. Jon se muere.

- Jon… Jon… ¿Pero qué Jon? – preguntó Pablo, dando la impresión de que no sabía a ciencia cierta de quién le estaba hablando.

Elisa pensó, irritada, que viniendo de ella, Pablo no podía tener ninguna duda con respecto a quién se refería. Estaba claro que solo podía tratarse de uno.

- ¡Jon Urialde! – exclamó Elisa, rompiendo a llorar. - ¡Joder, Pablo! ¡Cuántos amigos de verdad tenemos que se llamen como él!

Pablo se quedó desconcertado. Aquello no se lo esperaba, de ninguna de las maneras.

- ¡Elisa, lo siento! ¡Perdona! Es que dicho así, tan de repente… Pero… Pero… ¿Se sabe qué ha sucedido? – preguntó, desconcertado, tratando de asimilar rápidamente la noticia.

- Un derrame cerebral. Algo totalmente repentino. Se muere, Pablo, ¡Se va a morir! Y no van a poder hacer nada por evitarlo…

Pablo abrió los brazos en un gesto que Elisa aprovechó de inmediato para buscar refugio contra su pecho, y enjugar allí las gruesas lágrimas que le surcaban el rostro.

- Joder, qué fuerte… - exclamó Pablo, comenzando a hacerse a la idea. – Pero quién lo iba a decir… Con lo deportista que era…

De inmediato, Elisa se zafó de su abrazo y le dedicó una severa mirada.

- ¡No hables de él en pasado! – le ordenó. - ¡Todavía no! – Y empezó a dar vueltas por el despacho, nerviosa. – Tenemos que ir a verlo antes… Antes de…

Elisa volvió a fijar su mirada asustada en el rostro de Pablo. Tenía los ojos vidriosos, el rímel corrido y la frente arrugada en un gesto de enorme sufrimiento.

- ¡Pablo, vamos a Barcelona esta misma tarde! – exclamó, suplicante.

- No, Elisa, me temo que eso no puedo hacerlo. – le contestó él, sacudiendo la cabeza con firmeza. – Ya te he dicho que mañana vienen los alemanes. Tengo una semana terrible. Sintiéndolo muchísimo, lo cierto es que no vamos a poder ir, compréndelo.

Elisa esperaba esa respuesta de antemano. Sabía lo ocupado que estaba su marido y en consecuencia, daba por hecho que le resultaría imposible moverse de allí. Pero quería brindarle a Pablo la oportunidad de ofrecerse a acompañarla, antes de que escuchara la propuesta que ella realmente había venido a hacerle.

- Claro que lo comprendo. No te preocupes. Quédate tú. Iré yo sola.

En el fondo de su ser, Elisa sabía que, aún a pesar de las circunstancias, su marido se iba a disgustar al oír aquello. Eran muchos los años que llevaban casados, como para no darlo por hecho. Como para no saber que, al instante, se dibujaría en su rostro aquel rictus de contrariedad tan característico en él, que aparecía cada vez que Pablo sentía que su esposa no secundaba sus decisiones. Aquélla era la antesala de una discusión más que segura.

- Mira, Elisa: creo sinceramente que, en esta ocasión, si yo no puedo ir, no deberíamos ir ninguno de los dos. Además, tú acabas de regresar hace cuatro días, no tiene sentido que vuelvas allí otra vez - le contestó él de inmediato, con aquel tono tan paternalista que utilizaba con ella cuando creía estar en posesión de la verdad absoluta.

- Esto es importante, Pablo. En serio. Tengo que ir por encima de todo. Si tú no puedes acompañarme es una pena, pero yo he de ir de todos modos.

Entonces fue Pablo el que se puso a dar vueltas por su despacho con las manos a la espalda, pensativo. Elisa sabía a ciencia cierta que le estaba preparando un buen sermón.

- Elisa, Elisa… - comenzó, en tono pausado. – No puedes elegir peor momento. Y lo sabes. Yo estoy a tope de trabajo y necesito un poco de colaboración por tu parte. A mí también me gustaría salir corriendo a Barcelona cada vez que me diera la gana, como sueles hacer tú, pero cada uno tenemos nuestras responsabilidades, y hemos de hacernos cargo de ellas.

Elisa le escuchaba cabizbaja, sin decir palabra.

– Por ejemplo – prosiguió él, - me da la impresión de que a veces te olvidas de que tenemos una hija pequeña, June, te suena, ¿verdad? ¿Quién se va a ocupar de cuidar de ella, si tú te vas? Recuerda que mis padres, que son los que suelen hacerse cargo de la niña, se acaban de ir de vacaciones. Y los tuyos, no es que sean de gran ayuda, la verdad…

Elisa odiaba aquella manera reiterada que tenía Pablo de acusarla de no atender lo suficientemente bien a su hija. Recurría a ello – velada o descaradamente, según el día, - cada vez que tenían la más mínima discusión, aunque el asunto que la motivara no tuviera nada que ver con la pequeña. Y de propina, también era habitual que arremetiera contra sus padres.

En esta ocasión, decidió no perder el tiempo teniéndoselo en cuenta, y centrar toda su atención en lo que verdaderamente le importaba en aquel momento, que no era otra cosa que salirse con la suya y regresar a Barcelona cuanto antes.

-Lo arreglaré. Te lo prometo – le aseguró Elisa, en un tono que rozaba el ruego. - Deja que hable con mis padres. Ellos me echarán una mano, ya lo verás. Encontraré la solución. Pero esto es algo que yo debo hacer sin falta…

- Si me permites que te dé mi opinión – le interrumpió Pablo, - lo que deberías hacer sin falta es ocuparte de tu familia. Eso es lo que deberías hacer, y no otra cosa distinta. Hoy hace un día espléndido y le habías prometido a June que por la tarde irías con ella a la piscina, y eso es algo que le llevas prometiendo toda la semana pasada, sin cumplirlo. Creo que ya va siendo hora de que no le defraudes más.

Elisa sintió una punzada de remordimiento. Era verdad que se había pasado la semana prometiendo a la niña que al día siguiente le llevaría a la piscina, pero al final, los días pasaban uno tras otro y ella no cumplía su promesa. Y es que, a su última escapada a Barcelona a mediados de semana, se le sumaba el hecho de que a lo largo del verano estaba teniendo muchísimo trabajo inesperado.

Al parecer, alguna mamá que había quedado muy satisfecha con su trabajo, iba hablando maravillas de ella por la ciudad, alabando su profesionalidad y su buen hacer como fotógrafa de niños. Y a raíz de aquel encargo, le habían llovido otros muchos más. Todos sus clientes agradecían su estilo natural y sin artificios, que hacía que los niños se sintieran cómodos y relajados con ella, y de este modo, conseguía captar sin asomo alguno de cursilería, lo más hermoso y entrañable que cada uno de los pequeños llevaba en su interior.

Aquello tendría que ser de por sí un motivo de satisfacción para ella, y sin embargo, el hecho de no estar atendiendo a su hija como debía, unido a las recriminaciones que recibía por parte de Pablo, le estaban causando una tremenda infelicidad.

A veces se lamentaba de que su trabajo no estuviera tan reconocido como el de su marido. Él podía ausentarse el día entero de casa para atender su negocio – cosa que, de hecho, hacía habitualmente, – y ella tenía que mostrarse muy agradecida porque Pablo fuera un hombre tan responsable y trabajador. Sin embargo, en el momento en que ella conseguía medrar mínimamente – y contra todo pronóstico - en su profesión, aquello se percibía como un abandono en toda regla de sus verdaderas responsabilidades y, sobre todo – y lo más doloroso para ella, - como una desatención hacia su hija.

Viendo que el trabajo arreciaba y que las vacaciones escolares se le echaban encima, Elisa había intentado convencer a Pablo para matricular a June en las colonias que se organizaban cada verano en el propio colegio de la niña. Le propuso que la pequeña asistiera a jornada completa, al menos durante los primeros quince días del mes de julio. Pero éste se había negado rotundamente, alegando que su hija necesitaba disfrutar de unas verdaderas vacaciones, y para ello, convenía alejarla del centro escolar en el que estudiaba todos los días.

Elisa, tras arduas negociaciones, consiguió persuadirlo para que al menos le permitiera dejar a la niña allí hasta el mediodía. De este modo, ella comenzaba su jornada llevando a June al colegio a las nueve de la mañana, y después iba rápidamente a su estudio, que se encontraba a tan solo dos manzanas de distancia. Allí atendía sus compromisos profesionales lo mejor que podía, y salía nuevamente a la carrera cuatro horas más tarde para recoger a la pequeña, llevarla a casa y darle de comer.

El tiempo del que disponía ella por las mañanas era a todas luces insuficiente, por lo que si pretendía dar cumplimiento a todos sus encargos puntualmente, no le quedaba otro remedio que atender a algunos de sus clientes por la tarde, cosa que le obligaba a dejar a la niña con los abuelos, y a retrasar su promesa de llevarla a la piscina, una y otra vez.


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