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Excerpt for Sospecha by , available in its entirety at Smashwords




Sospecha

José Ángel Mañas



Enero 2018


Smashwords edition

© José Ángel Mañas, 2010

© de esta edición:

Literaturas Com Libros

Erres Proyectos Digitales, S.L.U.

Avenida de Menéndez Pelayo 85

28007 Madrid

http://lclibros.com


ISBN: 978-84-946152-5-2


Editor: Alejandro Pérez-Prat

Diseño de la cubierta: Benjamín Escalonilla

Fotografía del autor: Thomas Canet



Smashwords Edition, License Notes

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Índice

Copyright

Sospecha

Sobre el autor

Sobre la editorial



Nota del autor: a diferencia de las demás localidades de la novela, Sagrario es un pueblo que no existe.




Prólogo



1


‘—No te puedo hablar ahora mismo. Me está siguiendo un tipo. Luego te explico...’.

Esas fueron sus palabras exactas; unos minutos después estaba muerta.

Cuando se cortó la comunicación, el notario Ángel Pizarro, originario de Navalcarnero, salía de trabajar en la capital y acababa de telefonear desde el interior de un Mercedes Benz color aluminio que permanecía en su plaza personal del estacionamiento subterráneo, justo debajo de la notaría. Curiosamente, a pocas manzanas del bufete de Alfredo Molina, abogado de Pacheco y Duarte. El reloj digital del salpicadero marcaba las veintiuna cero siete. Fecha: diecinueve del doce.

—Yo estoy arrancando, cariño. En menos de una hora estaré allí —dijo, al igual que cualquier otro día.

Era un animal de costumbres.

‘—No te puedo hablar ahora mismo. Me está siguiendo un tipo. Luego te explico...’.

Algo extrañado, el notario apagó el manos libres. En el interior de la garita de seguridad, un guardia dormitaba ante los monitores. A continuación, se incorporó al tráfico de la calle Serrano, entonces en obras, para atravesar medio Madrid, Alcalá, Cibeles, Gran Vía, y salir, por el túnel de plaza de España, a la Nacional cinco. Por las mañanas solía dar un rodeo y entrar a la ciudad por avenida de América. Pero un lunes y pasada la hora punta se podía optar por el trayecto más directo.

Aquella breve conversación, como es natural, no le gustó nada.

Entre otras cosas porque, aunque no lo admitiría nunca, era una persona profundamente celosa.

Es cierto que durante sus tres años de convivencia jamás había albergado la más mínima sospecha de infidelidad por parte de «su chica», como la llamaba. Sin embargo, ella tenía veinticinco años menos y los separaba una edad suficiente como para que un hombre recién entrado en la cincuentena, por muy bien que se conservara, sintiera todo tipo de inseguridades.

Mientras avanzaba por la carretera de Extremadura, camino de la salida veintinueve, pensó en llamarla de nuevo.

Pero el orgullo lo retuvo. No quería pasar por un viejo celoso.

Cruzó Navalcarnero, por la extensión hacia el nuevo barrio de las afueras, a espaldas del silo. Entró por fin en Sagrario, el pueblo siguiente, donde vivían y donde ella acababa de encontrar trabajo. Y fue entonces cuando se le ocurrió mirar, al pasar por delante, la luna ya enrejada de la farmacia.

Su domicilio quedaba junto al colegio público, unas manzanas más allá. Accedió por la puerta electrónica del garaje. Apagó el coche y, una vez en el interior, viendo que nadie le contestaba, sintió una vaga inquietud. Comprobó que su chica no estaba esperándolo, preparando algo en la cocina o viendo la televisión, como de costumbre.

Esta vez llamó desde el propio recibidor. Tenía las llaves de casa en la mano. Pero no hubo respuesta. Y ya la vaga inquietud se convirtió en un mal presentimiento que lo llevó a ponerse de nuevo el abrigo, a ajustarse las gafas, a salir a la calle.

El frío resultaba vivificante. Anduvo por la zona residencial que los separaba de la farmacia. Recorrió, nervioso, el camino que ella solía atravesar de regreso a casa.

Había una calle a oscuras, en pendiente. Al ver que más arriba acababa de detenerse el coche de la Policía Local, fue como si recibiera una descarga eléctrica y apresuró el paso hasta que, en mitad de la acera mal iluminada, en el sector que empezaban a precintar los agentes, se encontró con un bulto humano.

Lo que continuó –sus gritos, el cómo le impidieron acercarse al cadáver, la crisis de ansiedad, las voces de quienes iban saliendo de los chalés, la sirena de la ambulancia– hubiera podido seguido el mismo guion que tantas películas policiacas baratas de las que él mismo se reía cuando las veía.

La diferencia era que ahora era el protagonista, y que todo era real. Los miembros de la Cruz Roja llegaron junto con la Guardia Civil de Navalcarnero. Se vieron obligados a administrarle un calmante, antes de que apareciera su hermano para llevárselo; fue la única persona a la que quiso llamar.

Y durante todo aquel tiempo, el pobre hombre jamás sospechó que el origen de semejante monstruosidad estuviera tan alejado de un motivo gratuito, y que quien tanto daño le había hecho actuara guiado por el más profundo rencor personal, y ello pese a que apenas se conocían.

Pero eso es otra historia, mucho más complicada y que arrancó, seguramente, unos meses antes aquel mismo año. O por lo menos empezó a tomar forma a principios de marzo, cuando un conocido recluso de la región obtuvo por fin la libertad condicional.



2


Fumando espero

al hombre que yo quiero...


Era el ocho de marzo, pues, cuando uno de los funcionarios de prisiones que trabajaba en el Centro de Inserción Social Victoria Kent, antigua prisión de mujeres de Yeserías, traspasó, como cada madrugada, el umbral de la puerta principal del recinto. El hombre estaba de buen humor. Se llamaba Fernando Quiñones. Pero todos lo conocían como el Tonadas, porque siempre canturreaba para sí tonadillas clásicas españolas.


Fumar es un placeer...


Al otro lado de la puerta hay un pasillo ancho, iluminado por luz eléctrica. Por él se sucedían cuatro habitaciones, cada cual con sus respectivas camas. La que le interesaba quedaba al fondo, y dejó de canturrear para empujar la puerta.

—¿Campuzano?

Cada dormitorio es relativamente grande. Un par de mamparas delimitaban un cuarto de baño con lavabo propio. Lo demás era precario: una mesa de madera, sillas metálicas, un armario, un par de camas bajitas. Eso era todo. Y bastaba, ya que los presos solo pernoctaban en el Victoria Kent.

Era uno de los privilegios del tercer grado, el que precede inmediatamente a la libertad condicional, y se notaba en la actitud de unos reclusos que, habiendo pasado el día fuera, estaban más relajados; y en la de los funcionarios, pues la convivencia era menos intensa, lo cual facilitaba un mayor respeto mutuo. Y hasta en las puertas, que no eran chapas de hierro, como en Alcalá-Meco o Soto del Real, sino hojas normales que en la mayoría de los casos ni siquiera se cerraban.

De hecho, el funcionario pasaba una única vez cada noche para el recuento. Los internos no tenían ni que ponerse en pie. Algunos incluso ya dormían, cosa que al Tonadas, cuando le tocaba, le hacía gracia.

Pero ahora era de madrugada y Campuzano lo aguardaba sentado pacientemente a la mesa.

Permanecía en la penumbra, apenas iluminado por el flexo.

Se trataba de un tipo delgado, recién entrado en la treintena, bajito y moreno, con ojos de color azabache y un tupé roquero, alto y engominado, como el de Loquillo.

Tenía dos aros pequeños y plateados en cada oreja. Vestía pantalones vaqueros desgastados, botas de montaña de marca Chiruca, jersey gris de cuello alto y una chamarra gruesa, con la cremallera abierta.

Parecía tranquilo. Hacía un rato que esperaba. Había metido sus pertenencias en una bolsa de plástico grande de El Corte Inglés, a sus pies, y se había dedicado a fregar el lugar con la rabia que da saber que, con un poco de suerte, sería la última vez.

Sus sábanas estaban encima de la cama, hechas un gurruño, listas para lavar; y sobre la mesa reposaban un gorro de lana negro y las manoplas que utilizaba a lo largo del invierno. El resto –el póster de un Elvis jovencito, agarrado al micrófono, que tenía sobre la cama, por ejemplo– había desaparecido.

—Qué limpio está todo. ¿Qué has hecho con Elvis?

El Tonadas siempre buscaba un trato afable con el interno. Le gustaba mostrar que en el Victoria Kent ya no eran carceleros. Al menos no tanto.

Pero Campuzano no estaba para esas. Murmuró que lo había tirado. Cogió sus guantes, su bolsa, pasó de largo. El Tonadas lo siguió hasta el patio. Bordearon uno de los jardincillos del interior del recinto. Llegaron hasta la garita de la entrada, que a esas alturas del año tenía el toldo verde recogido. Fuera clareaba.

—Pues ya está. Estás en libertad condicional —le despidió el funcionario de Identificación.

Unos momentos después, Daniel Campuzano salía a la calle, esquina Juan de Vera con Batalla de Belchite. Allí se detuvo, bolsa en mano. Aspiró el aire de la mañana pluviosa. A sus espaldas, los muros del Victoria Kent se recortaban bajo un cielo enrojecido con el alba.

Él sabía mejor que nadie que su libertad pendía de un hilo y que, cada día, en adelante, tendría que llamar a las diez de la noche desde el teléfono fijo del pisito que le había encontrado su madre y pronunciar aquella ridícula frase con los sonidos necesarios para que un ordenador de Instituciones Penitenciarias reconociera su voz...

Claro que había gente peor.

A él no se le obligaba a llevar pulsera telemática.

Y eso sí que habría imposibilitado sus planes, pensó mientras echaba a andar en dirección al paseo de las Delicias. El mismo camino que había recorrido en los últimos meses, mañana y tarde, por delante del supermercado Eroski.

Su intención era bajar hasta la plaza de la Beata María Ana, meterse en el Metro de Legazpi y coger el circular con destino a la estación de Príncipe Pío, donde un autobús lo llevaría al pueblo de Navalcarnero, el que sería su nuevo hogar y uno de los epicentros de la tragedia.




Primera parte



De Wikipedia, la enciclopedia libre:


Navalcarnero

Población

20.161 habitantes, de los cuales 10.235 son varones y 9.926 mujeres.

Transportes públicos

La empresa de transportes De Blas y Cía. Realiza servicios que unen Navalcarnero con Móstoles y Alcorcón (las líneas 529, 529A, 529B, 531) y con Madrid (desde la estación de Príncipe Pío: línea 528).

Turismo

Si hay algo por lo que destaca actualmente Navalcarnero, es por su clara vocación turística. Una vocación que pasa por la calidad, la gastronomía, el cuidado de su espacio histórico, su belleza arquitectónica y una importante oferta turística cultural.

La Villa Real de Navalcarnero es hoy uno de los cinco municipios turísticos más importantes de la Comunidad de Madrid, junto con Alcalá de Henares, Aranjuez, Chinchón y El Escorial. Esta población madrileña de orígenes segovianos, protagonista de grandes hechos históricos a lo largo de sus más de cinco siglos de existencia, como el casamiento del rey Felipe IV o el levantamiento contra los franceses en la Guerra de la Independencia, tuvo un esplendoroso pasado, siendo el gran eje socioeconómico y cultural de la zona suroeste de Madrid.

[...]




Capítulo primero


Una llamada anónima


Cuídate mucho

de los que solo miran,

de los que siempre

están detrás,

de esos a los que nunca

se dirige nadie.

Cuídate

mucho de ellos.


Con el tiempo

–si pueden–,

te buscarán

para vengarse.


KARMELO C. IRIBARREN

En la sombra



1


Dos semanas antes del hallazgo del cadáver...


De: Florentino Sancho fsanchogh23@dgip.mir.es

Para: Ignacio Duarte igduartexg@wanadoo.es

Cc: victoriakent@dgip.mir.es

Enviado el: martes 6/12/2005 16:05


Estimado amigo:

Daniel Campuzano sufre, desde hace años, de un trastorno esquizoide de la personalidad con brotes aislados de violencia que pueden ser tanto verbales como físicos.

Son brotes dirigidos por lo general contra miembros de la comunidad homosexual y que arraigan en un trauma originado durante su infancia en los abusos sexuales presumiblemente cometidos por su padrastro.

Uno de estos brotes se presentó de manera especialmente aguda cuando, a mediados de la década pasada, quiso encontrar a quien pensaba era su verdadero progenitor y cayó en la cuenta de que este, un reputado productor de cine y asiduo cliente de la prostitución masculina, lo confundía con uno de sus «chicos».

Aquella circunstancia trágica lo llevó al paroxismo asesino.

Enjuiciado por la Audiencia Provincial, fue declarado culpable de dos homicidios involuntarios (el de su supuesto padre y el de un travestido) y de un asesinato con premeditación (un segundo transformista que ejercía la prostitución en los alrededores de la Casa de Campo) e ingresó en nuestro centro, donde cumplió su pena y recibió el correspondiente tratamiento.

He comprobado que, a excepción de los primeros tres meses, cuando se decidió su traslado temporal a un siquiátrico penitenciario, durante el resto de su estancia en Madrid IV su comportamiento fue en todo momento ejemplar.

Campuzano demostró una prolongada voluntad de colaboración con mis funcionarios, y apenas tuvo problemas con sus compañeros de módulo.

En ese tiempo no solo siguió todos los programas de tratamiento, sino que las recurrentes referencias a Dios que caracterizaban sus trastornos anteriores desaparecieron. Las diversas redacciones que realizó, a instancias de nuestro sicólogo, demostraban claramente una mayor sensibilidad hacia el colectivo que antes rechazaba, llegando incluso a aplaudir el proyecto del actual presidente del Gobierno de legalizar el matrimonio entre homosexuales.

Por todo ello, tanto yo como la Junta de Tratamiento consideramos en su momento que el interno estaba en condiciones óptimas para procurar su reinserción progresiva en la sociedad. Y en consecuencia, una vez cumplida una cuarta parte de su pena, tal como estipula la ley, propusimos su progresión a tercer grado, cosa que Instituciones Penitenciarias otorgó el año pasado.

He repasado el expediente y no hay ningún paso que no haya sido hecho de acuerdo con la ley y el reglamento.

En caso, no obstante, de darse cualquier circunstancia que considere impropia, le sugiero se remita al CIS Victoria Kent, centro del que depende Daniel Campuzano desde que, en septiembre del año 2004, abandonó nuestras instalaciones.

Me he permitido copiarles su correo y me han remitido parte del material que incluyo en archivo.

Aprovecho la ocasión para saludarle atentamente,

Florentino Sancho

Director de la prisión de Navalcarnero



2


Aquel correo llevaba adjuntados una decena de archivos: fotocopias escaneadas de informes del educador, del sicólogo, del asistente social y hasta de la siquiatra de la cárcel, amén de la resolución de Instituciones Penitenciarias aprobando la concesión del tercer grado y su traslado al Victoria Kent.

De los miembros del Equipo Técnico, ninguno se mostraba tan entusiasta como el sicólogo; pero todos destacaban la fiabilidad de un tratamiento químico emprendido que, incluso de no remitir totalmente la esquizofrenia, garantizaba su práctica inocuidad.

Valoraban el buen comportamiento demostrado durante la reclusión, y todos ponían el mismo énfasis en la posibilidad de integración que suponía la oferta de empleo conseguida a medias entre los desvelos de la abuela, entonces en vida, y una o-ene-ge local.

Había, asimismo, un primer informe, sellado el veinticinco de mayo por el Victoria Kent, a propósito del trabajo de reinserción realizado durante los primeros tiempos de la libertad condicional.

Se lo habían encontrado en una empresa de venta de materiales de construcción, en el polígono industrial de Navalcarnero, a escasas manzanas del taller de la i-te-uve, no muy lejos de la nueva plaza de toros.

Era allí donde Daniel Campuzano, ya todo un hombre, se había dedicado a cargar con bolsas de cemento, de arena de río, de gravilla o de yeso, los vehículos de unos clientes que llegaban a diario e incluso el sábado, dado que estábamos en pleno bum inmobiliario, no lo olvidemos.

De las sonrisas de unas vendedoras con las uñas pintadas de carmesí al arisco trato del chico mal vestido del almacén mediaba la misma distancia que entre la fachada de grandes lunas de las oficinas comerciales y la sucia nave industrial que caracterizaban el antes y el después del pago. Como en la vida misma.

Había dos fotos suyas en plena faena. Eran de primavera o verano y se le veía con vaqueros cortados y zapatillas Jotajáiber, montado sobre uno de los toritos mecánicos. Una, en el aparcamiento delante del almacén; otra, con la doble pala del vehículo metida debajo de los palés de madera, en medio de unos pasillos llenos de estanterías repletas hasta el techo de sacos de cartón o de plástico.

Por último –Duarte iba desplazando el ratón, pinchando documentos, abriéndolos en ventanas superpuestas–, una nota del doce de septiembre, redactada por el encargado de la empresa, un extranjero con apellido lleno de acentos circunflejos, certificaba que su comportamiento laboral estaba siendo hasta la fecha perfectamente correcto.

En definitiva, desde que lo soltaron, Campuzano parecía conformarse con llevar una vida bien organizada que se reducía la mayor parte del tiempo a ir desde su vivienda en el barrio de La Estación, no lejos del minúsculo apartamento en el que había acabado su abuela –una pobre mujer que, afectada de cáncer terminal, había vendido su pisito de toda la vida en el casco antiguo de Alcobendas para instalarse en una vivienda de protección oficial y visitarlo en la cárcel todo lo que pudo antes de fallecer–, a su trabajo en el polígono.

Eso significaba que, técnicamente, siempre que cumpliera con el requisito de las revisiones siquiátricas mensuales impuestas por el juez, estaba ahora mismo libre.

Libre después de haber provocado, tras una salvaje paliza, la muerte del joven travestido Sabino Romero en los años noventa.

Libre después de apuñalar al productor Francisco Ordallaba, a quien creía su padre, y de haberle cortado el pene y metérselo en la boca como si fuera un calcetín, una vejatoria y ridícula mordaza, al igual que hizo previamente con otro transexual al que entre él y sus amigos ataron y apalearon en plena Casa de Campo.

Ocho años de cárcel, con un breve intervalo de internamiento siquiátrico.

Era todo lo que le había costado.



3


—La vida de un hombre, hoy en día, sale barata... —musitó Duarte, que seguía imprimiendo. Y dejó sobre la mesa algunos de los papeles. Llegaba su compañero Pacheco.

—¿Qué es eso? ¿Es lo que pediste ayer?

Pacheco ojeó los folios que salían trabajosamente de la pequeña impresora de tinta. No se había quitado la chaqueta y permaneció delante de su propia mesa. Esta estaba pegada ordenador contra ordenador con la de Duarte.

—Es el director de la prisión de Navalcarnero. Me envía lo que le pedí. Ahora le echas un vistazo, si te apetece.

—Veo que se ha tomado en serio tu correo. ¿Conseguiste hablar con la Guardia Civil?

—Por supuesto. Ayer localicé al jefe de Arroyomolinos. Esta mañana me llamó el comandante del puesto principal de Navalcarnero.

El jefe del equipo de Policía Judicial de la Guardia Civil de Arroyomolinos era un tal Eusebio Besteiros, a quien acababan de trasladar recientemente desde la capitanía general de Getafe. Él se había encargado de llamar al teniente Luis Enrique, de Navalcarnero, el cual a su vez se había puesto en contacto con ellos para asegurarles que le echaría un ojo al exrecluso y que los mantendría informados si sus movimientos resultaban en algún momento sospechosos.

—Pero, vamos, tengo la impresión, por lo que he ido leyendo, de que desde que ha salido se porta como un santo.

Era más que una impresión: todo estaba tan perfecto sobre el papel que a ninguno se les habría ocurrido jamás desenterrar aquel caso de no haber sido porque, veinticuatro horas antes, Duarte había recibido una inquietante llamada anónima.



4


—Muy bueno, Navarro, cuenta otro...

Los policías se hallaban en el bar más cercano a la Jefatura, regido por un matrimonio de gaditanos, trabajador y dedicado. El mostrador era apetitoso. Las mesas de madera y el suelo estaban limpios. El sitio tenía el atractivo añadido de las dos mulatitas que trabajaban como camareras y del pescaíto frito que preparaba la mujer del dueño, Alfonso, a la que nunca veían porque andaba siempre liada en la cocina.

El almuerzo era el mejor momento para intimar con los compañeros y al mediodía solían encontrarse allí los cuatro fijos, los que formaban el núcleo duro del Grupo. Los hermanos Dalton, los apodaban en el curro debido al curioso escalonamiento de diez centímetros que había desde el metro setenta del pelirrojo Saluerto hasta los dos metros de Serrano, pasando por el metro ochenta de Duarte y el metro noventa del chistoso Navarro. Cuando andaban juntos, parecían los matones de una película de Tarantino.

—El de la mujer y el perro que le gusta el triqui triqui, Navarro.

—De acuerdo, pero es el último. Es una mujer que descubre que a su perro le gusta el triqui triqui. La cosa empieza a lo tonto. Y llega un día en que el chucho lo consigue. Ella se lo dice a su marido. Juan Carlos, guapo, este bicho está muy salido. Hace unas cosas que no veas y habría que solucionar algún problemilla. ¿Qué quieres, que lo cape? No, que le cortes las uñas. Es que me deja la espalda fatal...

Las risas se multiplicaron y Duarte los dejó, con los postres y el café, para alejarse unos pasos: le zumbaba el móvil en el bolsillo. La llamada se la estaban redirigiendo desde las oficinas de la Brigada. La voz le era desconocida.

‘—¿El inspector Duarte?’.

—Yo mismo. Un momento, que no oigo... Leches, bajad el tono... Soy Nacho Duarte, ¿quién llama?

A sus espaldas se hacían bromas a propósito de la autoría de la llamada y se tapó la oreja libre con la mano para encararse con una foto en blanco y negro de la playa de Cádiz que había encima del enorme ficus metido en una maceta esquinera.

La imagen estaba tomada desde la playa. El balneario –curvado, blanco, apoyado sobre pilones en la arena– ocupaba la mitad izquierda de la fotografía, en primer plano. A la derecha, en el mar, una veintena de barquitas amarradas a sus boyas.

‘—Soy un vecino de Sagrario... Quería advertirles de que Daniel Campuzano está pensando en hacerle daño a una farmacéutica de este pueblo... Se llama Inmaculada... Hay que hacer algo para evitarlo. Y rápido...’.

Más tarde, Duarte recordaría que le dolía el estómago.

Tenía esa mezcla de pesadez y acidez cuyo secreto guardan las comidas apresuradas en el bar con unas cuantas cervezas por medio.

Le había parecido un hombre joven, no más de treinta años, aunque sabía por experiencia lo mucho que uno se equivoca con las voces.

Era una voz nerviosa. Pero no de alguien alarmado. Más bien, como consideraría a la postre, la de un chivato que siente sobre sí el peso de la culpabilidad. Alguien que en todo caso no se le hacía simpático.

¡Clik!

La llamada se interrumpió bruscamente. Viendo que en la pantalla del móvil aparecía el rótulo «NÚMERO DESCONOCIDO», se volvió a la mesa. Los demás ya esperaban en torno a los vasos de café vacíos, los ceniceros llenos y las servilletas de papel arrugadas, cada cual con su correspondiente copita de coñac o Jotabé.

Era el broche dorado a toda comida entre colegas que se preciase.

Unos instantes después, la máquina tragaperras se lió a escupir euros y el currito melenudo que andaba con ella la abandonó para canjear en la caja las monedas por billetes. «Negra, ponme otra copa –dijo alguien desde la barra–. Paga el del premio. Y a mi compa lo mismo, haz el favor». Era una costumbre aceptada por todos. Uno se acogía a ella conociera o no al afortunado: la suerte había que compartirla. Sin embargo, el melenudo hizo que no con el dedo.

—Aquí se paga una y no más, que a tu compa lo tengo muy visto.

Las greñas atrapadas bajo una beisbolera con el logotipo de una caja de ahorros tenían algo de maceta invertida. El afortunado protegía las monedas como si se las fueran a arrebatar, y el que había pedido copa soltó un resoplido incrédulo. Pero su compañero de barra ni se molestó en volverse: se mantuvo indiferente, con ojos achinados, disfrutando, con un palillo entre los labios, de los efectos anestesiantes del alcohol.

—Aquí nadie ha pedido nada. Además, gallinas que no aligeran, alitas.

—No me jodas, que ganas más que yo. Negra, cámbiame esto por billetes.

Una enemistad que no databa de la víspera hacía que las palabras sonasen ásperas como lijas.

Al comprobar que las pedradas verbales no cesaban, el pelirrojo Saluerto se sintió obligado a poner paz.

—Tranquilizaos. No la liéis —se desabrochó el pantalón del traje. Aunque no había perdido del todo la forma, empezaba a lucir barriguilla desde que entraba en los cuarenta. De paso, acompañó sus palabras con un gesto de gran señor de la mano que sujetaba el pitillo—. Y tú, Lucrecia bonita, cóbrate. Tráenos las vueltas.

—Sí, buana.

Lucrecia, la más clara de las mulatas, tenía una voz dulce y un cabello lleno de trencitas negras y de colores, como la cantante. Era la guapa de las hermanas y todos sabían que a Saluerto un reciente lío con ella había estado a punto de costarle una nueva separación después de dos matrimonios fallidos. Saluerto, al igual que Duarte, siempre alardeaba de sus líos de faldas. Desde entonces, los policías tonteaban descaradamente con la camarera, como si un servicio más del bar se tratase. El propio Duarte no escatimaba de ordinario los piropos. Y sin embargo ahora permanecía silencioso.

—¿Y tú? ¿Qué pasa, que te has quedado traspuesto? ¿Qué ocurre? ¿Te ha llamado un travesti en vez de una de tus lumis?

La respuesta a las nuevas risas fue una vulgaridad en la misma línea.

Pero lo cierto es que, al salir de allí, Duarte arrastraba un mal presentimiento.

Era como un sexto sentido que había desarrollado a lo largo de los años y que le recordaba que demasiado a menudo detrás de cada uno de los rostros con que se cruzaba acechaba un criminal en potencia y que el peor enemigo para el hombre es siempre otro hombre, por mucho que te sonría o quizá precisamente por ello.

¿No es enseñar los dientes la manera que tienen los animales de intimidarse?

Sus pensamientos se deshicieron, como semillas de cardillo expuestas al viento, en cuanto se toparon con un grupo de escolares del colegio de monjas del vecindario. Un puñado de coletudas muchachas, las carpetas forradas de fotos de actores, daban saltitos y reían excitadamente. Sus falditas escocesas, de tonos rojizos, eran tan cortas que sus piernas, por normalitas que fuesen, no dejaban de interpelar su atención. Y no había que ser un adepto al fetichismo de los mangas eróticos para sucumbir al encanto. Era de las cosas buenas que tuvo el mudarse. De los noventa, en Pontejos, Duarte echaba en falta la vida de centro. Pero de los dos mil, en la Jefatura, echaría en falta a las vecinitas.

—Que se te van los ojos, Duarte... —Serrano le dio una colleja amistosa.

Los cuatro se pusieron las gafas de sol. Se dirigieron hacia el edificio de la Jefatura.

Pese a que andaban a finales del otoño, todavía no llegaba el frío. Lucía el sol y los árboles, en sus alcorques, se resistían a perder las hojas. Hacía un calor sorprendente.

Pero ya se iban acostumbrando.

Eran los desbarajustes del cambio climático.



5


‘—Soy un vecino de Sagrario... Quería advertirles de que Daniel Campuzano está pensando en hacerle daño a una farmacéutica de este pueblo... Se llama Inmaculada... Hay que hacer algo para evitarlo...’.

Aquella voz tenía algo de falso que lo mosqueaba casi más que el propio mensaje. Era como una nota desafinada. Una frase de película fuera de contexto. Un billete marcado. Había una falla en alguna parte, y al mismo tiempo escondía una carga de profundidad que hacía sospechar motivos ocultos y quién sabe si alguna enemistad personal. ¿Cómo, si no, conocía su nombre?

—No sería la primera vez —recordó Pacheco. Las hojas seguían imprimiéndose—. No olvides que los maderos no somos personajes demasiado queridos en esta ciudad.

En los últimos tiempos, Pacheco rara vez comía con los demás.

Él prefería desaparecer, nadie sabía muy bien adónde, aunque luego era de los primeros en estar de vuelta, y se quedaba hasta tarde. Un cambio de actitud que se había hecho más palpable a medida que se concretaba la ruptura definitiva con Roni. Poco a poco, iba dejando de salir. «Y yo me alegro. Porque no habría podido seguir conteniendo a los de Asuntos Internos» había confesado, recientemente, el jefe Ramírez.

—Gracias por tu comentario, Pacheco. Es tremendamente iluminador. Qué buen humor traes últimamente, camarada.

—A ti lo que te pasa es que últimamente bebes durante las comidas y tienes ganas de echarte una cabezadita. Pero no lo pagues conmigo. Si quieres que vayamos, me parece bien. Solo que ahórrame tus ironías. Hace tiempo que cumplí los dieciocho. Y mi padre lleva demasiado tiempo en el otro barrio para que me lo resucites.

—Lo mismo te digo, compi. Y tienes razón. Me da pereza coger el coche para salir de Madrid. Pero no está de más hablar con la chica. Aunque sea para cubrirnos las espaldas, por si pasa algo. Estas cosas nunca se sabe, y a mí me sigue dando mala espina el mensaje. ¿Qué tal tenemos la tarde?

—Descargada como siempre. Ya sabes que los policías trabajamos menos que el sastre de Tarzán. No me jodas, Duarte.

—Estás hecho un poeta, compañero. Pues lo demás tendrá que esperar. O sea que deja todo y andando, que es gerundio.

En el despacho, orientado al sur, las persianas permanecían prácticamente bajadas a esas horas incluso en invierno. Sus chaquetas colgaban del respaldo de las sillas. Las cogieron y, según salían, se cruzaron por las escaleras con Julia.

—Dónde vas con tanta prisa, hermosa.

Julia era la única mujer del Grupo. Hoy lucía una blusa escotada que dejaba al descubierto un sugerente canalillo. Al ver que se lo miraba, se ajustó las solapas. No respondió al saludo de Duarte.

—Esta me tiene enfilado. Pero algún día bajará las defensas, verás. Los monolitos son de piedra; las mujeres, no.



6


Se trataba de un trámite rutinario. Una más de esas diligencias que no suelen conducir a nada. Al menos así lo consideraron mientras se despedían del agente de la recepción y se encaminaban hacia el aparcamiento vallado a espaldas de la Jefatura.

El único Citroen del grupo era de un marrón poco distinguido, tenía un par de bollos en el guardabarros y una tapicería demasiado clara para parecer limpia. Tampoco podía decirse que quienes lo utilizaban prestaran demasiada atención, como observó Duarte, con desagrado, al instalarse al volante. Había quemaduras de cigarrillo en los sillones.

—A mí no me hables, no fumo —dijo Pacheco, abrochándose el cinturón—. Son cuarenta kilómetros en dirección Badajoz. Podemos coger la Nacional o la carretera de los pantanos. Tú conduces, o sea que decide.

—La carretera de los Pantanos me gusta. Me traerá recuerdos... —dijo Duarte, arrancando.

Pasaron por delante del vigilante y se incorporaron al final de la calle, por el extremo norte de la avenida Pío Doce, a la Emetreinta.

Algo después tomaban la salida de la Emecuarenta que lleva a la ciudad financiera del Santander y, más allá, a San Martín de Valdeiglesias.

Duarte conducía con tranquilidad, con una sola mano. Mientras avanzaban, le dio por evocar que en su momento solía quedar en el pueblo al que se dirigían, Sagrario, con cierta chica que se había ligado durante las fiestas de Brunete, una localidad vecina.

Era cuando vivía en Móstoles con su madre. Antes de conocer a Paloma. La chica estaba a punto de casarse pero devolvió el anillo de compromiso a dos semanas vista de la fecha acordada para la boda. Vaya si no había llovido desde entonces.

—Era licenciada en Historia. Se interesaba por la Guerra Civil. Ya sabes que en Brunete se libró la batalla más sangrienta. Palmaron treinta y cinco mil hombres. Según los viejos del pueblo, no hubo puerta que no se arrancase. Para alimentar hogueras y que no se escondiera nadie. Se arrasó todo. Los bordillos quedaron inundados de sangre. Desde entonces, no hay vecino que no guarde una bayoneta, un casco o un obús de esos días. Esta niña tenía una granada. Una te-ceseis rusa, macho. La guardaban encima de la televisión, con la anilla oxidada sin utilizar. Y su padre, cavando un día en el jardín, se encontró dos cadáveres debajo de una encina. Vivían cerca de donde torturaban a la gente. Claro que eso no nos impedía echar unos polvos tremendos...

Duarte lo relató con cierta alegría, no se sabía si para romper el silencio al que le tenía acostumbrado Pacheco o para luchar contra la modorra de la sobremesa.

—En esta rotonda, a la derecha, hay nidos de ametralladora —añadió. Entraban en la Emeseiscientos. La silueta de la sierra se recortaba, hacia el norte, contra el cielo. Ya quedaba atrás el parque del Guadarrama, la franja verde de pinares y encinares que acompañaba un riachuelo que era, junto con el Henares, el Manzanares y el Jarama, de los cauces principales de la Comunidad—. Parece mentira cómo pasa el tiempo. Y yo con mi tercer hijo a la vuelta de la esquina.

Paloma estaba a punto de salir de cuentas y no estaba siendo fácil. Su mujer había tenido una experiencia mala con el parto anterior. Desde entonces no había libro que no hubiese leído ni especialista al que no hubiera consultado.

—Se ha afiliado a esa asociación feminista, El parto es nuestro. Estuvo pensando acercarse a una clínica privada de Alicante. Para un parto a la carta. Pero era complicado y una prima suya, que tiene plaza de ginecóloga en Alcorcón, al lado de donde viven mis suegros, la ha convencido de que los hospitales públicos se van sensibilizando y que ya toman en consideración los deseos de la parturienta. Ella conoce a las matronas. Le ha prometido estar presente y la está siguiendo allí. El hospital es moderno. Tiene hasta un espejo para que no pierdas detalle. Lo siguiente será filmarlo y retransmitírselo en directo a los familiares, ¿no te parece?

Ya habían llegado. Preguntando, en nada estuvieron delante de la farmacia.

—No está mal como pueblo. ¿Me pongo aquí?

—Ponte al lado, que esta plaza es para minusválidos.



7


A la chica la asustaban las placas y ni siquiera la tranquilizó la simpatía que le mostraba desde un principio Duarte.

A Pacheco le hacía pensar en un gamo huidizo.

Era alguien que solo trataba con la autoridad, si acaso, cuando la patrulla de la Guardia Civil le realizaba la prueba de la alcoholemia en una de las dos rotondas de entrada a la localidad, y mostraba un respeto casi excesivo.

Solo supo a quién se referían cuando le enseñaron su fotografía.

Entre las imágenes de Campuzano que traían impresas había una donde se le veía el rostro cubierto de hematomas. Tenía expresión desabrida y una mirada turbia de animal arrinconado. Permanecía junto a una cinta métrica a sus espaldas que fijaba su estatura: metro setenta.

Era de cuando lo habían detenido, después de una sonada persecución por medio Alcobendas, en el norte de Madrid, que ninguno de los dos olvidaba. Al descolgarse de un muro, Duarte se hizo daño en la rodilla. Todavía, al cabo de los años, había momentos en que se resentía. Esa rodilla izquierda no dejaba de darle guerra desde que se partiese los ligamentos, jugando al rugby, en sus tiempos de universitario.

—Ya veo quién es. Vino el sábado. Se lo dije al teniente Luis Enrique. Pero de verdad que no lo he tratado más que a vosotros o a cualquier cliente...

Unas pinzas convenientemente colocadas domaban las oleadas de melena clara. Los ojos, de un verde esmeralda, destacaban en el rostro como piedras semipreciosas en el fondo de un arroyo. La bata disimulaba unos pechos puntiagudos que se marcaban bajo el jersey negro de cuello vuelto. Sujeta con un alfiler, una plaquita mostraba su nombre completo.

—No os puedo decir nada más, de verdad...

Tenía una expresión disgustada.

Se sentía observada por su jefa y por la otra chica.

Era la segunda vez que llegaban policías a verla y se mostró tan apurada que le tuvieron que aclarar sonriendo que no pasaba nada, era una mera cuestión rutinaria. De paso le pidieron un teléfono donde localizarla.

—Con esto nos resuelve usted la duda que teníamos. Que pase una buena tarde, señorita.



8


A Pacheco, el tintineo de la puerta lo hizo pensar en películas de cine negro americano y en especial una... ¿como se titulaba? Con Huiliam Jert y la Turner. El calor agobiante de Florida. La pasión feroz inspirada por la mujer fatal que acaba conduciendo al protagonista al crimen.

Una cuestecilla bordeada de arizónicas llevaba al aparcamiento. Mientras la subían, Duarte volvió la cabeza para comentar que la niña era un bomboncito.

—No me digas que no te has dado cuenta, macho.

—Habría sido difícil no hacerlo. Se te cambia hasta la cara.

—¿Tanto se ha notado?

—Digamos que ese brillo en los ojos es más difícil de esconder que un tigre en un armario.

Duarte se rio, y todavía observó que se trataba de una de esas mujeres que satisfacen todos los cánones. De las que no tenían necesidad de estar en plena ovulación para resultar apetecible a un noventa por ciento de hombres. Lo único que desmerecía de su presencia, dijo, era la dicción.

—Ha vivido demasiado tiempo en la estepa. Tiene un acento apaletado. Un ejque capaz de bajarle la libido a los tiquismiquis. Lo que no es mi caso, ojo. Esto es como los vinos. Cada cual tiene sabor propio, y hay que ser abierto. Si te soy sincero, a mí me van todas menos las jipis. Y mira que hasta esas me gustaban de jovencito. Pero desde que cumplí los treinta me parecen todas guarras, las cosas como son. Ahora, ¿sabes lo que nunca me he follado? Una negroasiática.

—Eso no existe.

—¿Cómo que no? Mi vecino Juan viene de Nueva York. Dice que las hay a montones. Parece que allí hay de todo menos rubias, y la mitad son hispanas... Eso empieza a ser como Madrid.

—Te digo que no existen. ¿No viste La chaqueta metálica, de Kubrick?

—Qué cinéfilo te estás volviendo. Cómo se nota que no tienes hijos. No la he visto, ¿por qué?

—Hay un momento en el que los soldados se van de putas en Saigón y una fulana les dice que con todos menos con el negro, porque la tiene demasiado grande.

—Y las asiáticas tienen el chumino como las niñas, ¿no es eso?

—¿Me vas a decir lo contrario?

—Pero un chino sí que puede con una negra. Coño, Pacheco, no seas gañán, que aquí el que suelta las barbaridades soy yo... Conduce de vuelta, anda, que igual me doy una cabezadita.



9


Aquella conversación tan absurda fue el único indicio de la tragedia por llegar.

Era un martes, a principios de diciembre, repito, y a partir del día siguiente Pacheco se olvidó del asunto.

Y es que a Pacheco en los últimos tiempos los problemas personales se le empezaban a acumular sobre la espalda como una serie de mochilas superpuestas que lo iban aplastando con el peso cada vez más insoportable de la realidad...

Pero esto merece capítulo aparte.




Capítulo segundo


Aparece el hermano de Pacheco


A los más jóvenes no. Pero a los veteranos los reconocí a todos. Algo cambiados por el tiempo, más profundas las miradas, más oscura la sombra de la barba, más pesada la carga de las cosas vividas, como si hubieran perdido la alegría impune de cuando ninguno había alcanzado todavía una ficha policial y tanto los cánticos como los códigos sonaban frescos, nuevos, intactos. Eran los que quedaron atrás. Eran los dueños de mi secreto.


DAVID GISTAU

Ruido de fondo



1


Pacheco decía que la vida y él no estaban hechos para entenderse. Desde que entraba en los cuarenta se sentía como un cigarrillo mal apagado y recién aplastado contra el cenicero. Pero por el momento su mayor problema seguía siendo su hermano Pablo, quien por entonces andaba instalado en Guadalajara, con su famosa tía Juani. Desde que salió de la cárcel, sufría crisis de paranoia. Eso había propiciado que la Juani llamase, la mañana misma del miércoles, con una noticia tan fastidiosa como previsible.

‘—Solo será un par de mesecitos. Compréndelo, Julianín’.

Su tía era de las raras personas que lo interpelaba por aquel diminutivo. A Pacheco le sentaba como una patada en los cojones. O, más bien, como si le estuviera tirando de las orejas uno de esos maestros provincianos a los que tanto había odiado durante su infancia.

‘—Yo, por mí, lo tendría en casa de por vida. Sabes lo mucho que os quiero a Pablito y a ti. Lo haría por vuestra madre, que en paz descanse. Porque era mi hermana, por mal que nos llevásemos y por complicada que fuese. De no ser por ella y por mamá, ya ves por qué me habría quedado yo en Guadalajara. Y, sobre todo, porque se lo prometí antes de que se muriera, la pobre...’.

Había sido un cáncer cerebral fulminante, a principios de los noventa. Con Pablo todavía adolescente y Pacheco recién salido de la Academia. Al cabo de los años, aún recordaba los paseos por la clínica especializada de Arturo Soria, donde la ingresó él mismo para tenerla más a mano. Su madre le sonreía, cadavérica, sin reconocerlo. La mirada vacía en medio de unos rasgos cada vez más angulosos. El jardín lleno de adelfas y laureles.

Más tarde, al darle el beso de despedida, en el tanatorio de la Emetreinta, fue como si rozara con los labios una muñeca de cera. La pequeña familia se había reunido para la ceremonia de cremación. Al final Juani consiguió llevarse la urna, «porque mi hermana hubiera preferido que la enterraran en Guadalajara, ya lo sabes, Julianín». Por debajo de los vaqueros negros, le asomaban unas bragas color crema de mercería. Hacía dos semanas que conocía a Luis, su futuro marido, entonces conserje de la clínica de Arturo Soria y con quien había entablado relación a base de coqueteos contínuos.

‘—Pero esto ya pasa de castaño oscuro —seguía la Juani—, yo no podía creérmelo. Un momentito, Yolanda, cariño... No os peleéis por la consola. Primero una, después la otra, niñas... Hubo suerte de que no hiriera a nadie. Ya sabes que se subió al monte con sus compañeros de trabajo, la única vez que se animó a salir de acampada. Tenía el cuchillo de supervivencia en el maletero. Se despertó en mitad de la noche. No te cuento el susto de los otros, cuando lo vieron desenfundar el cachivache y chillar, con ojos desorbitados, que querían matarlo. ¿Tú te imaginas?’.

Pacheco se lo imaginaba perfectamente. Un pequeño Rambo provinciano. Qué deprimente, pensó.

No era la primera vez que ocurría, ni sería la última, pese a que con la distancia tendiera a olvidarlo.

Las palabras de Juani eran las uñas con las que el pasado se empeñaba en reaparecer para arrancarle la costra de una herida mal cicatrizada.

‘—Desde entonces, sigue ingresado en el hospital de Luis...’.

Se refería a su marido, fino cono un espagueti y más bajito que la Juani. Un calzonazos que jamás levantaba la voz salvo cuando lo desquiciaban. Entonces sus buldogs corrían a esconderse bajo las camas del dormitorio. Pero el temporal amainaba enseguida, y al poco reaparecía el mismo pusilánime de siempre. Como pidiendo perdón. Avergonzado por su propia violencia.

‘—Le han diagnosticado un nuevo brote. Se le está tratando con litio. No te llamé para no alarmarte. Pero no te preocupes. Está controlado. A partir de mañana lo traen de vuelta. En casa se pondrá mejor, y seguro que tiene ganas de verte. De todas maneras, aquí tampoco hace demasiado, no te voy a engañar. No conoce a nadie fuera del trabajo. Y si bien no baja a Madrid para los domingos de partido, como en otros tiempos, tampoco hace mayores esfuerzos para integrarse...’.

En realidad, Pablo era un viejo prematuro. Llevaba una vida vegetativa abonada por los recuerdos. O como decía su siquiatra argentino: «Es un árbol trasplantado que no tuvo tiempo de recuperarse, pero que languidece con la savia necesaria para mantenerse en vida, aunque no para florecer». De todos modos, Pacheco sabía que a su tía eso no le preocupaba demasiado. Mientras no le causara problemas, la salud mental de su sobrino le importaba poco. Para ella no era sino otro adulto malogrado más. Alguien que no necesitaba los cuidados que demandaban sus niñas. Lo único que le daba miedo era que sus recaídas le ocasionaran en algún momento un incidente con las hijas.

‘—No te lo voy a esconder, Julianín. Tú me comprendes, ¿verdad, bonito? Porque si fueran niñas sanas... Pero ya sabes que Yolanda tiene ese soplo en el corazón, y que los cardiólogos le aconsejan llevar una vida tranquila...’.

Esa malformación con que nació la mayor los tenía obsesionados. Los padres se habían visto obligados a velar por ella de forma especial. La trataban como a una muñeca de porcelana. La sobreprotegían en exceso, y Pacheco sospechaba que aquello tendría tarde o temprano consecuencias.

Pero entonces ya se vería.

Por el momento había recibido la llamada a primera hora del miércoles, mientras desayunaba un tazón de café y una rebanada de pan duro untada con mantequilla.

Lo único que se atrevió a preguntar fue si Pablo pensaba volver a trabajar.

‘—Por ahora, no. Tú imagínate. Todas esas noches de guardia en el hospital. Ya se lo dije a Luis, que eso iba a ser más un problema que una solución. Y mira por dónde, he vuelto a tener razón. Esto ha sido salir de la sartén para caer en el fuego. Pero la ocasión no se podía desperdiciar. Y a lo hecho, pecho...’.

Concluyó la Juani, pasando por encima de la responsabilidad que ella misma podía tener en una decisión dictada también, resultaba evidente, por la mera conveniencia.

‘—De verdad que es mejor. Y más en vísperas de mi operación: no olvides que me reduzco el estómago después de fiestas. Estaré delicada un tiempo. Más adelante, si quieres, yo le mantengo su habitación. Te lo prometo. Las Navidades están a la vuelta de la esquina, y son muy cortitas. Y ahora te tengo que dejar, que llega Amparo, la del quinto. Esta noche le digo a Luis que ya está todo arreglado, ¿de acuerdo, Julianín?’.



2


Durante dos semanas no hubo más llamadas anónimas. Ni tampoco Besteiros se manifestó, fuera de un par de mensajes insustanciales que precedieron a una visita relámpago de Duarte a sus oficinas, el jueves al mediodía, donde los dos concluyeron que lo único que se podía hacer era mantener los ojos bien abiertos.

También bajaron las temperaturas. Por fin se presentaba el invierno seco y meseteño. Al llegar el fatídico lunes diecinueve, Pacheco hacía diez días que había desempolvado su vieja parka verde.

Habiendo estado de guardia el domingo, el lunes libraba y se pasó la mañana corriendo con mallas y guantes por la Casa de Campo. Pacheco no era de los que más se cuidaba, entre los compañeros, pero procuraba mantener la forma. De todas maneras, había sido un día pésimo, porque, de vuelta en casa, después de ducharse, al bajar a tomar el aperitivo, tuvo la bronca definitiva con Roni.

—Llevamos tres años así y esto no puede continuar más tiempo. Yo lo aceptaba mientras tu hermano estaba en Soto del Real. Ahora ya ha acabado, y sigues igual. A mí me gusta ponerle nombre a las cosas, no buscar excusas. Los sentimientos claros, Pachi. Tú no te sientes bien conmigo, y yo no soporto estar con alguien a quien mi presencia le provoca dolor de estómago. ¿No tienes nada que añadir? Entonces es que, efectivamente, está todo dicho...

Era a primera hora de la tarde, en la cafetería de al pie de su edificio.

El pinchadiscos se puso sus gafas setenteras para dejarlo, delante de un plato de bravas, pensando en las musarañas.

Y a Pacheco no se le había ocurrido otra cosa que pasear por su barrio, con las manos en los bolsillos. Todo un flanneur baudelariano, salvo que sin ningún interés por nada. Una caña solitaria, una lectura superficial de los diarios y un silencio ceñudo que lo envolvió como una escafandra y que solo rompieron los cuatro asentimientos arrancados por la Juani cuando recibió su llamada.

‘—Le acabo de dejar en el vagón. No te olvides de estar en Atocha. Abrigaos bien... Un beso, Julianín. Y llega pronto a la estación’.

Unos momentos después, Pacheco se encaminó hacia Atocha.



3


Eran las seis y media.

A esas horas solo los mayores descansaban en los bancos de la estación. Las palmeras que poblaban las jardineras le daban a aquella arquitectura de hierro, pariente clara de las obras de Eiffel, un cierto aire exótico y colonial parecido al que debieron de tener las primeras exposiciones universales, consideró.

En uno de los jardincillos había un estanque donde, arrinconadas en su isla de rocalla, dos decenas de tortugas atraía la atención de los turistas. Bastaba que uno se fijara para comprobar que debajo de la delgada capa de agua, entre los nenúfares, asomaban nuevas cabecitas.

A Pacheco nunca le habían gustado las tortugas. Esas estrías anaranjadas que prolongaban los ojos le provocaban una vaga sensación de desasosiego. Les echó una ojeada mientras se encaminaba hacia el largo pasillo, bordeado de luminosas tiendas, del corredor que conducía a los andenes de cercanías.

Al final del pasillo, al pie de las escaleras que llevan al Metro, había una barrera de torniquetes. El policía se detuvo. Miró las escaleras que bajaban a los andenes —la de Guadalajara era la línea cuatro— y calculó que hacía casi un año que no veía a su hermano.

Prácticamente no habían vuelto a hablar desde que vivía con su tía en Guadalajara.

Era cierto que se llamaban de vez en cuando. Pero rara vez pasaba de una serie de frases inconexas que al final acababan sonando tan absurdas como un partido de pinpón entre ciegos.

—¿Qué tal?

—Bien. Y tú, ¿qué tal?

—Bien.

—¿Has hecho algo últimamente?

—Poca cosa. El trabajo. ¿Y tú?...

Pablo se podía saber de memoria las alineaciones históricas del Real Madrid. Podía incluso discutir sobre si a Gento, a quien solo conocía por los vídeos y los relatos de los aficionados más viejos, el único que había sabido cubrirlo era Benítez, el entonces lateral derecho del Barsa. Pero fuera de eso y de las peleas que habían acompañado sus desplazamientos por toda la geografía futbolística española, no le apasionaba nada. Aquellos intercambios monótonos, dignos de una película sueca, solían dejarlos a ambos con una sensación de profunda frustración.

Pacheco, además, no se engañaba.

Sabía que la Juani y su marido querían que fuera definitivo, más allá de unas vacaciones de Navidad que, de todas maneras, estaban pactadas de antemano.

Pero Pablo era la única familia que le quedaba, y sus sentimientos hacia él eran casi paternales.

Era Pacheco quien se había acercado a buscarlo, cada vez que había bronca tras un partido, a los calabozos de la comisaría. Él siempre había procurado estar presente cuando llegaba el abogado de oficio para que no prejuzgara a aquel animal de Fondo de mirada tan endurecida como sus puños en que se había convertido, nunca supo muy bien cuándo, su hermano.

Lo más gracioso era que a Pacheco ni siquiera le gustaba el fútbol.

No entendía las idiosincrasias de sus clanes. No sabía lo que era Anfild, ni «la catedral». Tampoco frecuentaba ningún estadio (la última vez que estuvo en el Bernabéu fue para un Real Madrid-Atleti, desde detrás de una de las porterías, en medio de un griterío insoportable, no se enteró de nada) y jamás logró comprender cómo su hermano se había ido metiendo en esos cenáculos, hasta acabar en el Fondo Sur junto al resto de aquellos chavales para quienes los colores representaban más que la propia patria.

Para Pacheco, las noches del Bernabéu lo que suponían era el inconveniente de las calles cortadas, decenas de autobuses aparcados en línea a lo largo de Concha Espina, con gente alcoholizada y los compañeros desplegados a caballo por los alrededores.

Nunca le tuvo especial simpatía al mundo madridista. Su sensibilidad y la del animal de manada que era su hermano eran tan antagónicas que no sabía si conseguirían entenderse o si, como dos polos negativos, se acabarían repeliendo hasta el odio definitivo.

Y tampoco sabía si Pablo saldría a buscar a sus antiguos compinches...

Aquellos con los que había cortado después de un Madrid-Barsa especialmente caliente, cuando a raíz de una serie de reyertas en torno al estadio lo dejaron tirado, medio grogui, en un parque donde la policía lo encontró con el arma blanca en el bolsillo que acababa de acuchillar a un miembro de los boixos nois ingresado esa misma noche, muy grave, en el hospital.

Solo Dios sabía lo que hubo que trabajar con Molina, su abogado, para sacarlo del entuerto.

Aun así le habían caído dos años...

Dos largos años en uno de los módulos más conflictivos de Soto del Real donde lo único que había aprendido era a encerrarse en sí mismo, a consumir todo tipo de drogas para luchar contra el tedio inacabable del chabolo y a fabricar espejos en el taller ocupacional.

Dos años durante los que Pacheco y la Juani se turnaban para acudir en las horas de comunicaciones semanales o, una vez por mes, las familiares, en una salita con un desgastado y deprimente tresillo...

Dos años. Lo suficiente para comprobar cómo se iba degradando su personalidad, hasta que por fin se declaró, a poco de instalarse en Guadalajara, el primer brote sicótico.

Era curioso que hubiera esperado hasta que estuvo fuera de la cárcel pero, por alguna extraña razón, así había sido.



4


Al final apareció detrás de un grupo de ecuatorianas a las que sacaba dos cabezas y se detuvo en mitad de la estación para buscarlo con la mirada.

—¡Pablo! —exclamó Pacheco.

Llevaba una mochila de montañero al hombro, botas militares con la lengüeta fuera, y uno de esos bómbers de estética esquin de los que no se separaba desde que compró el primero, en un viaje a Londres, a los dieciocho años.

También se había dejado crecer el pelo: era su manera de demostrar que estaba fuera de «aquello». En los últimos tiempos le hablaba a la Juani de sus batallitas previas a la reclusión como quien habla de las borracheras de juventud, y el siquiatra lo valoraba como un avance positivo.

Le quedaba, eso sí, una querencia por las ideas extremistas, un puñado de tatuajes y unos reflejos de perro callejero acostumbrado a marcar su territorio, como el nunca apartar la mirada ni pedir perdón si se rozaba con un extraño.

Fuera de eso, cuando se relajaba, aparecía cada vez más esa cara risueña y de chico bonachón que contrastaba con su físico de brazos gruesos y anchas espaldas.

Era con esa expresión de buen San Bernardo con la que lo estaba saludando ahora mismo.

—Qué pasa, hermano.

El tique desapareció en la ranura de la lucecita verde. Se abrieron las puertas acristaladas.

Pacheco lo esperaba junto al quiosco de la Once. Los dos se estrecharon la mano con un apretón firme y viril: era de las pocas cosas que les había transmitido su padre, un militar fallecido en un atentado de los Grapo, cuyos sucesivos destinos los había llevado a moverse, de ciudad en ciudad, hasta recabar en Guadalajara, donde se instaló, con su pensión de viudedad, la madre.

—¿Solo traes esa mochila?

—¿Necesito algo más?

—Claro que no. Vamos.

Pablo estaba más relajado de lo que esperaba. Y al comprobarlo, a Pacheco ya no le cupo la menor duda de que su tía había exagerado en bastante lo ocurrido.



5


Las cafeterías estaban atestadas de grupos bulliciosos. Las tiendas de ropa o deportes tenían los escaparates iluminados, llenos de guirnaldas navideñas, a lo largo de un pasillo donde el ruido no amainaba.

Había una papelería con prensa expuesta junto a la puerta y la vista de Pablo se dirigió, como atraída por un imán, hasta la primera plana del As: un sonriente lateral zurdo brasileño señalaba con el dedo una portada antigua del mismo medio donde el equipo blanco alzaba la última Copa de Europa, la de la famosa volea de Zidane en Glasgou. ¿Qué demonios podía importar eso?, pensó Pacheco. ¿Por qué había hecho de la admiración por unos tipos que correteaban en calzoncillos detrás de una pelota una religión? ¿Y qué necesidad tenía de mostrar a sus ídolos? ¿No podía esconderlos, como hacemos casi todos los demás?

—Este año, con el Barsa como está, lo llevamos crudo. Ya se vio contra el Racing, menudo desastre. No nos vamos a comer un colín. Y Etó, puto negrazo resentido, nos la va a volver a liar en Canaletas, verás.

Se refería a los cánticos improvisados por el delantero centro camerunés, quien tras ganar la última Liga se había dedicado a jalear, delante de los culés, un ya famoso: «Madrid, cabrón, saluda al campeón». Aquello, la afición vikinga no lo olvidaba.

—Supongo que no has visto ningún partido —añadió, saliendo por las puertas laterales a Méndez Álvaro. Los conductores de una treintena de taxis miraban aburridos por las ventanillas bajadas.

Era de noche.

Una pequeña rampa subía hasta la glorieta. Por esa rampa habían puesto, cuando los atentados islamistas, todas las velitas conmemorativas, con los mensajes espontáneos y los ramilletes de flores. Según subían Pacheco recordó la agitación de aquellos días de marzo en los que el país entero enloquecía con las informaciones contradictorias que no dejaban de fluir desde los diferentes medios.

—Bueno, pues ya estás en casa. ¿Qué te apetece hacer?

—Me encantaría un bocadillo de calamares de los de ahí enfrente.

Un único agente controlaba el tráfico por el paso de cebra. Cruzaron, y en la otra acera se detuvieron en el bar Brillante, un clásico de la glorieta. Pidieron un bocata de calamares, una caña y salieron justo cuando unos quinquis recogían a toda prisa la manta con los objetos robados porque aparecía por Recoletos el furgón de los pitufos.

—Ya veo que nada ha cambiado demasiado... —observó Pablo.

Calle arriba, el barrio recobraba su fisonomía más natural. El número ochenta y nueve quedaba en la otra acera, pero Pacheco acostumbraba subir por los pares. Por lo alto de la calle, había luces navideñas desde por lo menos desde mediados de noviembre, con las hojarascas otoñales a la vuelta de la esquina. Estrellitas, angelitos y un cúmulo de palabras bien intencionadas: «reposo», «calma», «delicia». Pablo lo observó todo con unos ojos en los que Pacheco quiso leer nostalgia por la infancia enterrada. Y quién sabe si por una juventud que empezaba a quedar definitivamente atrás en el retrovisor.

En su portal, un bigardo que salía ni siquiera les mantuvo abierta la puerta.

—¿Quién es ese morapio? —preguntó Pablo, volviéndose—. ¿Es vecino tuyo?


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