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LA MIRADA DEL UNIVERSO



















Por M. Isabel Garaboa Jimenez.

PRÓLOGO









Que la Realidad no es todo lo que vemos, oímos, tocamos y olemos, es decir, todo aquello que entra por nuestros sentidos corporales, es algo que casi todo el mundo acepta, aunque no comprenda del todo. Peros pocas son las personas con la valentía suficiente como para expresarlo abiertamente, para manifestarlo al mundo entero a boca llena como lo está haciendo Maribel con este conjunto de historias sorprendentes, extraídas de la cruda y bellísima realidad cotidiana de muchísimas personas cercanas a ella.

Sólo una escritora como ella, con una sensibilidad tan especial, podría dar testimonio de experiencias así de insólitas, convirtiéndolas en sucecos cercanos, tocándonos sutilmente el corazón con cada palabra, con cada frase, con cada insinuación. Porque cada uno de estos relatos provoca algo, en la mayoría de los casos no se sabe qué, pero lo cierto es que no dejan indiferente. Maribel despliega toda su maestría para que así sea; no juzga, no reflexiona sobre ello, no intenta ofrecer explicaciones banales, ni convencer a nadie de nada… simplemente da testimonio, como las buenas cronistas. Y también como las buenas narradoras, transforma cada historia en un cuento repleto de magia, al mejor estilo del “realismo mágico” latinoamericano, con un toque personal de sencillez e ingenuidad que hace de la lectura de cada relato toda una experiencia, en la que es el lector, o la lectora, la que decide donde se posiciona: en el insondable misterio, o en la insulsa sinrazón.

Yo ya he decidio, ahora te toca a ti.





Pedro Andrés Estudillo Butrón



Introducción







La idea de escribir estas páginas nació de la necesidad casi fisiológica, como se suele decir vulgarmente, como el comer, de transmitir experiencias para compartirlas con todos los que quieran acercarse a esta orilla.

Para dar forma a estas historias, he pasado tardes y mañanas enteras ante una taza de café o disfrutando de un buen paseo y charlando con amigos que me han contado cosas muy interesantes de sus vidas, su intimidad, que se salen de lo que consideramos normal o habitual. También he pasado muchas horas recordando mis vivencias y evocando experiencias que me contaron o que viví con personas queridas que ya no se encuentran entre nosotros.

He vivido muchos episodios que no se pueden considerar exactamente normales o habituales en la vida diaria, pero si todos nos analizamos, seguro que conocemos situaciones similares experimentadas por nosotros o por otras personas.

El libro consta de treinta relatos y seis micros relatos que he denominado chispazos, porque escasamente cien palabras pueden hilar vivencias muy completas. En total son, pues, treintayseis historias. Por supuesto, algunas son más impactantes que otras. Pero todas reales.

Debo aclarar que los relatos que se expresan en primera persona, no narran necesariamente, experiencias mías. He cambiado los nombres y algunas circunstancias, lugares y situaciones, para preservar la intimidad de los protagonistas pero puedo asegurar, con la mano en el corazón, que todas estas experiencias son absolutamente reales.

No he querido profundizar en el tema del más allá. No me considero entendida en la materia, sólo hay alguna pincelada. He pretendido profundizar más bien en la relación estrecha que existe entre las mentes: la telepatía, la fuerza interior, la transmisión de pensamientos, la complicidad del universo y, por lo tanto, la presencia universal que nos une a todos.

Llegados a este punto, me apetece contar, en relación con esto último, una historia que leí hace unos años en un libro muy interesante, aunque no recuerdo el título:

En un mar revuelto por la tempestad, una ola jugaba asustando a una pequeña ave que se había posado en ella. Otra ola se le acercó muy triste y enfadada y le dijo:

-¿Cómo puedes jugar si vas a morir? Todas vamos a desaparecer en cuanto alcancemos la orilla.

La ola juguetona le espetó:

-No estés triste. ¿No te das cuenta de que cuando vayamos, poco a poco, todas sucumbiendo vamos a formar parte de nuevo de este inmenso océano? Volveremos a vivir en su seno. Seremos de nuevo parte de toda esta inmensidad…..”

Ahí queda esta reflexión.

En otro orden de cosas, también me ha parecido interesante zambullirme en el mágico mundo de los sueños, sobre el que todas las personas tenemos preguntas que plantearnos y conclusiones escurridizas que mueren al desplegarse el alba, olvidando el significado que casi dormidos pretendemos darle a la historia que hemos vivido durante las horas nocturnas. No tengo un manual para interpretarlos, pero he vivido muchos que parecen reales y pudieran querer decirme algo.

Reflexionando sobre todos estos temas, he llegado a la conclusión de que esta vida puede ser mucho más mágica y completa de lo que estamos acostumbrados si utilizamos al máximo nuestra mente y, lo que es más importante, hay que abrir la ventana, sin miedo de nuestras emociones, atrevernos a sentirlas y después volar con la imaginación que todos tenemos, aunque a veces esté medio dormida en este mundo de prisas e inquietudes.

Finalmente quiero dar las gracias a las personas que me han contado retazos interesantes de sus vidas que han servido para iluminar estas páginas. Gracias también a ti que has escogido abrir este libro y pasar un rato con nosotros. Espero que el camino por donde circulan las palabras, se coordine con tus pasos y que los silencios tejidos entre líneas, sepan mirarte amablemente a los ojos.

 

Ya no persigo sueños rotos.

Los he cosido con el hilo de tus ojos

Y te he cantado

Al son de acordes aún no inventados.

 

Canción de Los Secretos.

 

 






 

 

Con cariño, para todos mis amigos. Con la firme esperanza de que sigamos tejiendo sueños al abrigo de la lumbre.

 



HISTORIA SOBRE LA HISTORIA









Aunque, quizás, no pueda considerárseme exactamente escritora, siempre desde que era pequeña, me ha gustado empuñar la pluma, ahora en estos tiempos el ordenador, y hacer mis pinitos jugando con las palabras. Según mis circunstancias y estados de ánimo de cada momento, he escrito tanto en prosa como en verso y hasta incluso he llegado a publicar un poemario sólo mío y algunos relatos para textos confeccionados a medias junto con otros autores. Cierta vez no hace muchos años, escribí el poema que a continuación transcribo y voy a contar una historia respecto al mismo, que me parece, sino sobrenatural y totalmente extraña, sí que se sale un poco de lo normal. Su título es Historia:



La historia es una carga que se lleva en los hombros

La verdad más terrible, la mentira más trágica

Azares y experiencias van tejiendo esta vida,

Tan íntima, tan loca.

La memoria debiera sollozar bajo tierra

Subyugar las neuronas, aplastar los recuerdos,

Si es amargo el cuchillo que evocando nos hiere.

La historia es una carga secuestrada en un túnel.

Abrázala en la noche, desatando los lazos.

Libera sus cabellos, secándolos al aire.

Respirando el presente,

Lastimando la lluvia con los zapatos nuevos.



Cuando escribo visualizo todos los elementos que están en el texto: las personas, paisajes, objetos o cualquier otro elemento que tome forma en la obra. En este caso, imaginé los zapatos que se mencionan al final del poema, negros y muy altos, pero no de tacón fino sino con plataforma, un poco descotados por la parte de delante y con un coqueto lacito encima de los dedos. Me pareció la imagen lo bastante contundente como para aplastar, no una, sino mil gotas de lluvia que se pusieran a su paso.

Acostumbro a pasar parte del verano en el norte del país. Aquel mes de julio fue caluroso. Así que, pocos días después de llegar a nuestro destino, paseaba con mi marido y una amiga debajo de esa lluvia finita, que es una delicia en verano. No obstante, a pesar del placer que me producían las gotitas de orvallo en el rostro, mis zapatos no eran los idóneos y me estaba poniendo los pies empapados. Entramos en una zapatería. Y al poco los vi. Estaban en una estantería, muy puestecitos y formales pero me hacían burla detrás del escaparate transparente, eran los mismos zapatos, los zapatos de mi poema. Así que le dije a la dependienta que me los sacara para verlos de cerca porque tenía la intención de comprarlos. Mis dos acompañantes por supuesto se sorprendieron mucho.

-Pero, ¿te vas a comprar estos zapatos para protegerte de la lluvia? -Dijo mi amiga.

-Nunca comprenderé a las mujeres -dijo mi estupefacto esposo. Como las dos, y además la dependienta, lo miramos con cara de pocos amigos, huyó a la puerta y allí nos aguardó resignado. Yo por mi parte, compré los zapatos. No me los he puesto nunca. No acostumbro a usar ese tipo de calzado llueva o no llueva. Pero los tengo en casa y de vez en cuando los observo, son idénticos a los que diseñé en mi mente para terminar aquel poema.

Entonces rememoro esa tarde en la que caminé contenta hasta casa, sin notar demasiado que mis pies se mojaban dentro de las sandalias de verano, pero un calorcillo agradable fluía en mi interior, haciéndome sonreir.





GESTACION DE INTUICIONES









La luna, custodiada por dos nubarrones, dormitaba en la ventana. Vicente se levantó a cerrar la cortina. Los pies caminaban quedos, para no incordiar a su esposa que dormía. No obstante, Mariana se desplazó torpemente en el colchón de plumas naturales. Mientras entreabría el carbón de sus ojos.

-¿No duermes?

-Me pesa el vientre. El embarazo de Dani fue mucho más ligero.

-Esta vez seguro que es una niña. Sabes que sois más pesadas. Dijo el hombre sonriendo con una leve mueca de ironía en sus ojos traviesos. Acomodó la melena castaña en la almohada y contempló a Mariana que embutida en una sonrisa, volvía a quedarse dormida.

-Será una niña -repitió.

Tendrían que inventar alguna fórmula para saber el sexo de los bebés antes del nacimiento.

En el momento en que se vivían estas páginas no existían las ecografías.

Vicente permaneció largo rato contemplando el techo blanco como un lienzo. Hubiese querido dibujar allí el rostro del bebé. Seguidamente se introdujo por el sendero de los sueños.

La arena era blanca, inmaculada. La espuma del mar invadía el horizonte. Un hombre azul caminaba sin dejar huellas. Vicente vio sin sorprenderse que las manos del individuo se convertían en alas azules y emprendió el vuelo confundiéndose con el aire que reinaba en lo alto.

Al momento regresó y se posó en la arena. Llevaba a la espalda un saco blanco de arpillera, que al abrirse, dejó escapar una gran variedad de aves multicolores que empezaron a piar y revolotear por la arena.

Nubes de polvo fluían hacia el cielo, de manera que Vicente no podía distinguir nada. Se sentía mareado ante el gran torbellino de movimiento y luces que guiñaban ojos alegres a su alrededor.

De pronto el movimiento cesó y se hizo un espeso silencio que en un instante fue desgarrado por el llanto de un bebé.

La playa había quedado solitaria.

Se descongeló la niebla que se había acumulado en los ojos del observador, así que pudo contemplar una barquilla meciéndose junto a la orilla. Rodeada de un mar salado y pegajoso, como líquido amniótico.

Dentro de la embarcación, una mujer de cabello negro y voluminosa sonrisa, daba el pecho a una niña que ladeó el rostro para mirar la risueña cara de su padre. Era muy bonita.

A pesar del disfrute del sueño, el hombre despertó tarde y malhumorado. Tenía infinidad de obligaciones que atender aquella mañana y el estrés lo invadió. Se puso en marcha con café y decisión. El sueño había huido de puntillas de su mente. Nada recordaba. Pasadas dos semanas, Mariana dio a luz una niña.

En vez del mar, la sala tenía paredes azules. En vez de barca había una camilla. No hubo hombres azules con alas, sino médicos y enfermeros con batas verdosas que apretaban el paso por los pasillos del hospital. Ni luces estridentes ni torbellino de aves multicolores, sólo algunos pájaros madrugadores que cantaban al amanecer. Pero ella, su hija, tenía el mismo rostro, que él, su padre, había dibujado en sueños.



Feliz99







Gema contemplaba su rostro en el espejo. Los ojos azules, brillantes en otros tiempos, tenían un matiz grisáceo, como el mar en invierno, que le daban un aspecto apagado. Los pómulos pálidos a pesar del colorete, los labios apretados, no estaban exentos de malestar. Se apartó un rizo de la frente y acomodó un pasador blanco en la corta melena. Estoy poco favorecida. Voy a aplicar en los labios un tonito rojo algo alegre, a ver si me espabilo. Es noche vieja. Tengo que pasarlo bien. Al fin y al cabo, lo pasado, pasado está. Observó su escote. El pecho, no muy voluminoso pero alto, lucía bien, embutido en el top negro. La falda de terciopelo y raso, estaba cortada a la cintura, haciendo realzar su minúsculo talle. Unos zapatos negros con tacón alto, vestían los pies demasiado pequeños para su estatura media.

Después de pintarse los labios y colocar en su cuello delgado una gargantilla de oro y zirconita, se sintió más animada.

Este año que muere ha sido desastroso, pero creo firmemente que el que viene será, no sólo algo mejor, sino increíblemente bueno. Cerró los ojos, apretándolos hasta que le dolieron, sosteniendo firmemente en su mente este pensamiento confortador.

Oyó de lejos a su madre que rezongaba.

-Está lloviendo. No tengo ganas de ir a cenar. Preferiría quedarme en casa.

Gema la oyó pero no se sintió molesta, al contrario, la compadeció y sintió un enorme deseo de abrazarla.

Su progenitora había quedado viuda unos meses atrás. Para ella también había sido un duro golpe. Era la primera vez que Gema sufría una pérdida realmente importante. Cuando pensaba en ello, sentía como un gran agujero se comía su corazón. Quería llorar pero un viento ardiente secaba sus ojos cansados.

Mercedes seguía quejándose del tiempo, de su pena, su desgana, la vida. En fin….

Su hija corrió a abrazarla.

-Mami, anímate.

Quería infundirle valor con sus palabras pero se quedó muda contemplándola. Cualquier cosa que dijera le resultaba vacía y sin contenido. Besó con mimo el cabello blanco y la abrazó con fuerza. Ella también se sintió reconfortada.

-Anda vístete, la prima Carmen nos espera.

Fue una cena tranquila en familia.

Una vez empezado el nuevo año, ambas retornaron a casa.

Cuando Gema apagó la luz de la mesilla de noche, se sentía realmente cansada. Acababa de nacer un nuevo año, pero el antiguo le pesaba como una losa.

Había perdido a su padre, por supuesto eso era lo más importante, pero también había perdido el trabajo. Era recepcionista de un hotel, y aquella temporada no la habían llamado para trabajar. Se sentía tan poca cosa, tan acomplejada. Siempre pensó que era una buena trabajadora, pero ahora….

Era injusto lo que había ocurrido… apretó los puños. Prescindir de ella para colocar en su lugar a esa muchacha… era más joven y más guapa que ella pero gema, a sus treintay pocos años, no se sentía nada vieja todavía y, además, tenía experiencia profesional. Eso era importante a su manera de ver. Cambió la rabia que sentía por pena, al recordar la fallecida relación con Pedro. Nunca habían vivido juntos ni hablaron de casarse pero llevaban varios años de relaciones íntimas, más o menos satisfactorias. Un día, de repente, él le habló de terminar. Le dijo que se sentía diferente, que le apetecía cambiar de ciudad, de trabajo. Quería prescindir de cosas que hasta ahora le habían gustado o había considerado necesarias. En definitiva, quería prescindir de ella. Lo encajó como pudo. Habían pasado dos meses y le echaba de menos. No estaba realmente enamorada, nunca lo estuvo en realidad, pero su presencia le alegraba la vida. Le daba otro sentido.

Oyó llorar a su madre en la habitación contigua.

Era un llanto manso como una lluvia de verano.

Se arrebujó en el edredón. No quiso escucharlo.

Estaba harta de lágrimas.

Cerró los ojos y se sumergió en un sopor agradable. El enorme agujero de su corazón, se hacía más grande y sus pies caían dentro, flotando hacia el infinito. La cama se mecía entre olas acompasadas.

La pena huyó de ella, en forma de pájaro negro. Lo vio perfectamente salir de su pecho.

Un vacío blanco lamió su rostro.

No era desagradable. Olía a pared pintada y a papel nuevo.

Se asomó a una fuente. El agua corría tranquila y clara. En el fondo pudo ver unos ojos alegres, iguales a los suyos y una sonrisa adornando su rostro claro que se difuminaba en el agua. Lentamente fue saliendo de la duermevela.

Amanecía. Podía escuchar cercana la respiración acompasada de su madre.

Las manos le hormigueaban, se levantó descalza a descorrer la cortina.

El frío del suelo le quemaba la planta de los pies. Retornaba al confort de la cama cuando vio su imagen en el espejo.

Bajo el flequillo despeinado brillaban dos faros azules llenos de esperanza.

En ese momento tubo, no solo la intuición y el deseo, sino la certeza de que su vida iba a cambiar.

Enero transcurrió entre rebajas y días fríos, pero febrero trajo mejorías.

Una mañana se encontró casualmente en la cafetería que tenía debajo de casa a una buena amiga que llevaba mil años sin ver. Ambas se alegraron del encuentro. Poco después esta persona la invitó a una ciudad estupenda, donde nunca había estado para visitarla unos días y disfrutar de los carnavales que allí son muy famosos. Al principio se negó a ir, carecía de los recursos económicos necesarios, pero su propia madre, dejando aparte la pena y el egoísmo por tenerla a su lado, la convenció para que se fuera. Lo pasó francamente bien. Allí conoció a José, enseguida congeniaron y se hicieron inseparables. En marzo la llamaron de nuevo para trabajar en el hotel y además pudo conseguir un contrato de camarero para su novio durante ese verano. Las cosas iban mejorando.

En cuanto a las pérdidas que se sufren a lo largo de la vida, el tiempo se ocupa de lamer heridas y poner apósitos donde se van necesitando. Lo importante es saber que una voluntad fuerte y un deseo de cambiar las circunstancias adversas pueden ser muy poderosos para dar un volantazo y convertir en esperanza lo que en un momento dado era sólo una vida ruinosa.

COLOR DE ROSA









Puedo ver entre las enaguas revueltas de mis recuerdos de infancia, una tarde amarilla de verano, de esas que eran tan largas como la estela que dejan en el cielo algunos aviones, y a la vez tan breve como el aroma de las florecillas que deshojábamos en aquellos tiempos.

Te veo envuelta en tu melena negra y tu sonrisa de diez años, ataviada con pantalón corto rojo y camiseta blanca de tirantes, la piel bronceada. Me veo a mí con rizos rubios, piernas esbeltas, cintura todavía ancha y pecho plano, a pesar de mis doce años, como si la infancia no quisiese aún abandonarme a mi suerte. Ambas jugábamos en el jardín de casa con Nube, la perrita caniche de color blanco que papá me había regalado por mi cumpleaños. Tenía sólo seis meses. Era muy revoltosa.

Nos hizo correr y saltar durante horas. Cuando nos fuimos a dormir aquella noche, estábamos extenuadas.

Amaneció un domingo claro. Te noté triste.

-¿Vendrás el próximo fin de semana?.

-No sé.

-¿Qué te pasa? Te noto rara.

-Anoche soñé con Nube. Era un sueño muy extraño. No lo llegué a entender bien pero me ha dejado mal sabor de boca.

-Anda cuéntamelo.

-Yo estaba jugando con la perrita. Tú también estabas allí. Era una casa muy parecida a esta. Me fui y te dejé sola con ella. Pero podía veros por una ventanita redonda. Me di cuenta de que crecías mucho y tenías el pelo muy largo. Mientras Nube se iba haciendo cada vez más pequeña. Corría muy poco, hasta que se paró en seco. Cerró sus ojillos brillantes y se fue tiñendo poco a poco de color de rosa hasta que desapareció.

Dos lagrimones salpicaron de congoja el colacao del desayuno.

Poco a poco fui olvidando tu sueño aunque al principio me impresionó tanto, aún sin comprenderlo, que una noche llegué a soñar algo muy parecido.

Los años fueron pasando.

Yo me he convertido en una muchacha alta y saludable con el pelo muy largo aunque menos rubio que cuando era una chiquilla. En cuanto a ti, sabes que perdimos el contacto hace años. Creo que te marchaste a estudiar a una ciudad lejana y te has establecido allí. Ya ni siquiera nos llamamos por Navidad.

Hoy sin embargo, he vuelto a recordarte. Hace exactamente doce años de aquel sueño tuyo. Ayer fue mi vigesimocuarto cumpleaños. Nube, vieja y cansada, parecía más pequeña que nunca. Diríase que hasta sus patitas habían encogido con la erosión de los años.

Anoche se retiró a dormir temprano a su rincón del jardín, donde refresca durante la madrugada. Esta mañana ha amanecido muy quieta, para siempre, más pequeña aún que ayer, envuelta en una toalla de playa de color rosa que con el viento ha debido desprenderse del tendedero. Yo estaba sola en casa.

Sé que no es un hecho inesperado en absoluto, pero me siento desolada. Le he fabricado un collar con florecillas color de rosa y la he enterrado bajo nuestro árbol favorito.

Al principio pensé llamarte por teléfono para contarte lo ocurrido, pero prefiero enviarte esta carta. Adiós, amiga. A lo mejor nuestros caminos confluyen en otro momento de nuestras vidas. Adiós Nube. Nos vemos en algún sueño.





DAMIAN









Damián y Rosario llevan sesenta años conviviendo. Enlazaron sus veinte años e hicieron a medias el equipaje rumbo a una nueva vida, a un país desconocido dentro de una casa, cuatro paredes pintadas con corazones rojos y un buen puñado de buena voluntad.

El arroz que contenían los platos vibraba como el que les lanzaron el día de su boda.

El pan era dulce, y el vino apasionado.

Durante años buscaron hijos, sumergiéndose cada noche en las brasas, pero estos no llegaron.

Se dedicaron, a partir de entonces, a quererse más aún si cabe, y a continuar dándose enteramente el uno al otro.

Transcurrieron los años y en la chimenea de la alcoba ardían rescoldos de aquella pasión inicial.

Pero la ternura era eterna y entre lazada en sus canas y pequeñas arrugas incipientes se comenzó a construir un entramado de comprensión mutua que muchos por años que vivan, no entenderán jamás.

Ahora son octogenarios.

Damián se ha quedado sordo y tiene mal las piernas. Anda a pasitos cortos por el parque y las aceras, pero lleva como siempre a su esposa del brazo como una cerámica delicada que se fuese a romper.

Ella, por su parte, es delgada y ágil, pero se está quedando ciega debido a una operación quirúrgica que tubo mal resultado.

Ambos se siguen entendiendo cada vez mejor. Ella sabe cuándo él quiere tomar el café sin preguntárselo.

Él sabe los momentos en que no debe hablarle porque está enfadada, sin tan siquiera mirar su rostro.

Ella intuye cuando su marido desea comer, dormir o aparece, solícita, con una manta y le cubre las piernas cuando nota que tiene frío, sin que haya mediado ninguna conversación.

Él sabe cuándo ella desea ver a su familia y, aunque le cueste cada vez más esfuerzo, la acompaña a esa ciudad que cada vez está más lejos, donde residen sus sobrinos y los hijos de estos.

Sabe cuándo se siente vieja y cansada y la consuela con sus manos cálidas. Acariciando ese rostro que conoce de memoria.

Es tanto el intercambio de sentimientos y tanta la coordinación de ambos cerebros, que una mañana cualquiera, ella canta una canción regando las plantas mientras que él, encontrándose en el último rincón de la casa, y a pesar de su sordera, silva afeitándose, la misma melodía que su esposa dedica en susurros a las flores de la terraza.

MADRE





-Madre, algo va mal. Hace dos días que no lo siento. Cuando yo tenía prisa, su pequeño corazón latía acompañando al mío. Cuando reposaba en la cama, él se movía como una olita, meciéndose en silencio. Cuando yo reía, vibraba. Cuando yo pensaba atentamente en algo muy concentrada, él se quedaba quieto, pero yo podía percibir su viva presencia como un aliento cálido en mi vientre.

Pero ahora, ahora madre, no lo oigo. Mis órganos trabajan, mi sangre circula, mis pasos se mueven, mis células están vivas, pero noto que se fue. Que es sólo un trozo de piel y tejidos muertos adheridos a mis entrañas por un hilo.

Solo puedo percibir su llanto, que es el llanto de un muerto.

Solo puedo percibir mi llanto que es la soledad, el vacío en que me he convertido.

-Hija mía, ¿acaso piensas que aquel hombre te ha maldecido?

-Sí, madre. El me pidió pan, yo abrí la puerta sólo un poco. Su rostro me asustaba. Cerré de inmediato.

Hacía frío. Llovía.

Al cabo de un rato, bajé a la calle con usted, madre. Usted lo vio madre. Vio cómo me miró. Sus ojos, como cuchillos afilados, penetraron en mis ojos y en mi vientre. Sé que me maldijo porque en ese instante sentí un frío tremendo y algo que caía desde mi interior hasta un largo abismo.

Madre vamos al río. Necesito lavarme. Mi cuerpo sangra. Él se desprende y llora. Su frágil cuerpecillo se desliza hasta los sollozos.

Madre, ya se fueron el dolor y la fiebre.

-Hija, hija, querida. Ya todo ha terminado. El descansa. Tu descansas. Ya cerramos tus ojos para que no te moleste la luz de aquellas velas. Te vestimos de blanco, a él también. Mírale, ríe a tu lado. Ya ninguna maldición podrá separarle de ti. Descansa hija. Descansa madre.



DUENDECILLOS COLORAOS







Levanté por un momento mis ojos del papel preñado de cifras. Posé la mirada en el cielo plomizo que se colaba en el despacho a través de dos grandes ventanales. Me sentía un poco mareada.

-No me cuadran las cuentas. Necesito vender ese piso.

El timbre del teléfono me sacó de mis cábalas.

-Marisol. Tu marido te espera hace ya un rato. Me pide que te recuerde que tenéis entradas para el teatro, y la obra empieza a las ocho.

Era la voz amable de Tina, la muchacha que ocupaba el puesto de ordenanza por las tardes. Consulté la hora y me puse en pié rápidamente. Con las prisas, pisé el rollo de la calculadora. Casi me caigo.

En el ascensor se fue la luz por un momento y se quedó parado. Al pulsar la alarma volvió el suministro y pude bajar sin más incidencias.

Besé a juan. Tenía el gesto enfurruñado.

-Llegaremos tarde. Te crees que vas a heredar la empresa trabajando tantas horas.

-Llevo un rato haciendo cuentas de nuestra economía.

-Peor me lo pones. No quiero pensar ahora en la bancarrota que tenemos encima.

Vaya una tardecita, pensé, cuando al salir por fin a la calle, el viento fresco que anunciaba lluvia, me erosionó las piernas, enfundadas en finas medias que hacían juego con los delicados zapatitos de tacón que había decidido lucir aquella tarde.

-Se me va a colar el frío por todas las rendijas.

Cuando al fin entramos en el teatro, me sentí reconfortada. Fue como si la gran mole construida con ladrillos ardientes me hiciera un gesto de cariño. Al instante me sentí mejor. Ocupamos nuestras butacas y comenzó la obra.

Me embebí en la representación e intenté olvidar mis problemas.

En un momento dado, recuerdo que una luz del escenario que brillaba mucho me deslumbró y cerré los ojos. Entonces fue cuando lo sentí. Noté un viento que pululaba alrededor de mi oído como si quisiera soplarme algo muy bajito y, de repente, tuve la certeza de que el piso estaba vendido.

Abrí los ojos y sonreí a Juan, que miraba concentrado el escenario. Me vino a la mente una copla de carnaval que habla de los duendecillos coloraos que habitan en el teatro por la noche cuando todo se apaga y reina el silencio.

Al salir a la calle le dije a mi marido.

-El piso ya se ha vendido.

-¿Cómo lo sabes? No te he visto hablar por teléfono.

-No. Nadie me lo ha comunicado, pero yo he sentido, en un momento, la seguridad de que es así.

Juan guardó silencio, seguramente no me creyó, pero no quiso discutir más por aquel día. Me cogió de la mano y nos dirigimos a casa por calles titilantes de luz y charcos.

A la mañana siguiente me llamó la chica de la inmobiliaria.

-Marisol, vuestro piso está vendido. Nos tenemos que reunir para hablar de los detalles. Te llamé anoche sobre las ocho y media. No te pude localizar, tenías el teléfono apagado.

A raíz de ese acontecimiento, solucioné en gran manera mis problemas económicos. Ahora vivimos en un piso muy pequeño pero cómodo y alegre en una calle de esta ciudad, cercana a ese lugar donde habita la magia.





EL CONSUELO









Aunque todavía soy joven, me gusta más la música suave que la estridente, la ropa medianamente formal y, en la tele, en vez de ver programas de cotilleo, o ‘realitis’ en los que salen personas semi desnudas, prefiero los documentales sobre animales, países lejanos o coches. Estaba hace unos días embebido en un documental sobre animales domésticos, creo que era algo relativo a la educación de perros que viven en familia, cuando observé a una pareja de caniches incordiando a un gato negro dormido. En ese momento recordé de pronto un emotivo episodio de mi infancia que me hizo sonreir:

Estaba tan concentrado observando el lloriqueo de un gato, que no me di cuenta de que el coche de tía Agustina paró a mi lado en la puerta del colegio. El claxon y la voz estridente me sobresaltaron.

-Sube Luís. No tengo todo el día.

Me acomodé en el asiento trasero. En aquellos años no nos ponían sillitas en los vehículos, pero no era recomendable sentar a un niño de ocho años en el asiento del copiloto. En mi familia éramos, y somos, muy disciplinados en el cumplimiento de leyes y normas.

Me acomodé, pues, sin rechistar. Continuaba oyendo llorar al gato. Se me cogió un nudo en el estómago. Mi tía se apeó en aquel momento para saludar a una amiga. Vaya, ya se le ha quitado la prisa, pensé. Me concentré en los cuadros de colores de mi maleta que chisporroteaban en el sol. Mi amiguito felino continuaba erre que erre. Me dolía oírlo. Sentía una inmensa pena, como si yo mismo estuviese llorando.

Entonces le hablé con mi pensamiento. Estaba lejos para oír mis palabras:

-Calma, gatito, no pasa nada, yo te quiero, eres muy bonito, seguro que tu dueño vuelve pronto. No llores. No llores.

Mi tía seguía charlando con la amiga.

-No llores. No llores -sentí que le consolaba.

Pude oír el silencio del animal y sentí su paz. Tuve sueño. Apoyé mi cabeza en el respaldo.

La puerta del vehículo se cerró de golpe.

Oí lejana la voz de Agustina:

-No te duermas Luisito. Antes tienes que comer. Abre los ojos, mira ahí delante, hay un gatito negro precioso. Creo que está dormido. Vamos, chico, espabila. ¿Sabes? Me está entrando sueño a mí también.

Dijo finalmente mi tía, ahogando un bostezo, antes de poner el coche en marcha.

VACIO







En la sala de espera gris y fría, sólo la mano amable de Iván sobre el hombro de Yolanda, semejaba una isla confortable en aquel mar revuelto. No había problemas. Mejor dicho, no tenía por qué haber ningún problema. Habían transcurrido ya dos años desde la temible enfermedad y parecía que aquello estaba superado. ¿No era así? La mujer se miró las manos pálidas, casi transparentes, nadando en estas reflexiones. Entonce, ¿por qué estaba tan inquieta?

Miró de reojo el sobre blanco tan inmaculado que casi destellaba luz, el cual contenía su sentencia, balanceándose en la mano de Iván.

Entonces lo supo: “he recaído”. Se asustó de su pensamiento. Creyó haberlo dicho en voz alta. Pero no fue así. Su marido continuaba sonriendo y hablándole de los proyectos para las próximas vacaciones.

-Me parece buena idea volver a visitar las islas canarias.

El la miraba ilusionado, no sospechaba nada. Yolanda sintió pena. Sería terrible el disgusto que se llevaría al conocer el veredicto. Ella había sentido la total certeza de que eran resultados nefastos, sin tener motivo aparente para llegar a esta conclusión.

Durante la media hora que siguió mientras aguardaban a que les tocara el turno, intentó disfrazar sus reflexiones. Estoy asustada, como siempre que vengo a esta clínica. El miedo me viste de pesimismo. Estoy cansada de esperar. Por eso me persigue la negatividad. Yo me encuentro bien, no tengo ningún síntoma extraño….

Más tarde, revoloteo de pasos y faldas, puertas que se abren y se vuelven a cerrar, canturreo de sillas, saludos, apretones de manos, sonrisas… después, una calma chicha durante la apertura del sobre blanquísimo. Leve temblor en las manos del facultativo, leve balbuceo, duda.

Es trágico sentirse como un verdugo pasivo, cuando la vocación de uno siempre ha sido salvar vidas. Bocas abiertas anhelantes, caras de angustia al observar el rostro de don Cosme.

La temible frase, un infierno. La mano de Iván en el hombro de Yolanda, pero esta vez fría y rígida.

Las lágrimas secas, los ojos espantados, el vientre que se retuerce, torturado por la angustia, las gargantas que no responden, la tormenta, el vacío. La sentencia de muerte.



LA SIEMBRA









Manuel mima los tomates que ha sembrado en la azotea. Buena tierra, buena mano y el mejor sol del mundo. Los riega con cariño. La planta le devuelve la sonrisa. Maruja, cada vez más pesada y torpe, le trae una taza de café, haciendo equilibrios para no derramar el preciado líquido, que anima, momentáneamente las escasas fuerzas del hombre. Es dura la vejez. Ella le mira. Su pelo rojizo tiembla bajo el sol, acariciado por la benigna primavera mediterránea. Toma el café y posa su mano en el brazo de la mujer para sostenerse. La observa despacio. Ya no es guapa, pero conserva algo de su antigua belleza; ya se sabe, quien tuvo, retuvo.

Ella se marcha para continuar con sus tareas. Se queda solo.

Se siente cansado. Acaricia los frutos. En sus manos cálidas se derrama energía, la energía de una vida que se acaba y penetra en esos seres rojos y vivos bañados por el sol.



En la azotea, una mujer llora quedamente mientras recoge los tomates y los alinea sobre una vieja mesa de madera.

Son hermosos y saludables.

La tarde se ha vestido de verano.

La monotonía pinta las paredes blancas y las baldosas rosadas. Un grillo mide el tiempo.

Unos meses después, las primeras gotas del otoño, riegan los frutos tan cariñosamente cuidados por Manuel, y en ellos, a pesar del tiempo transcurrido, aún reside un soplo de vida, una gota de la energía que generosamente les transmitió antes de marcharse hacia otra primavera.



LA CARRERA







El sonido del despertador golpea mis sienes como una música siniestra. Me amodorro. Intento volver a dormir pero una nueva bocanada estridente me hace espabilarme de pronto. Al mirar la hora siento como una inyección de adrenalina penetra por mi sangre haciéndome saltar de la cama. Me ducho rápidamente, tomo un café solo y salgo a la calle, bajando los escalones de dos en dos. El aire fresco me saluda, haciendo bullir los bellos de mis brazos.

Miro al cielo. Está oscuro. El sueño me pesa en los ojos todavía. Al entrar en el coche, la luz de una farola me señala una leve carrera en la media. Horror, tengo una reunión importante, esto hay que subsanarlo. Vuelvo a subir a casa y me cambio de ropa. Mi madre se alarma por mi improvisada y alocada vuelta. Me entretiene con su charla. Las dos somos un poco histéricas. De tal palo, ya se sabe….

El caso es que cuando vuelvo a meterme en el coche ya es tardísimo. Arranco y tomo el camino de la oficina. Voy demasiado rápido.

Siento el corazón latiéndome en las sienes.

Sin embargo, al cabo de un par de kilómetros, comienzo a tranquilizarme sin motivo aparente. Mis manos dejan de estar tensas y sostienen el volante casi con cariño. Bostezo. Me embarga una sensación placentera, parecida a la paz que me acompaña el resto del trayecto. No obstante, al entrar en el edificio, observando que llego casi quince minutos tarde, acelero un poco mis pasos. En la escalera encuentro a Natalia, la secretaria de dirección.

-No corras, chica. El jefe no ha llegado todavía. Está indispuesto. Y en cuanto a la reunión en el ayuntamiento, se ha suspendido. Vaya usted a saber por qué. Es una falta de formalidad. Estos nuevos alcaldes no saben lo que se traen entre manos.…

Arrullada por las palabras de mi compañera, alcanzo el vestíbulo. Y, sorprendentemente, me encuentro con otra contingencia: el reloj de fichar está estropeado.

¿Lo ves, guapa? Me digo para mis adentros, no merece la pena correr, aunque, interiormente, me embarga cierto resquemor porque me considero una persona disciplinada.

Mis dudas sobre el tiempo y los laberintos mentales se disuelven en una taza de café bien cargado que tomo con gusto, antes de comenzar a realizar mis tareas.

LA LUNA DE OCTUBRE







La luna de Octubre husmeaba entre las rendijas de la persiana. Cerré las cortinas y me dispuse a acostarme. No había trabajado demasiado aquel día pero me sentía más cansada de lo normal. Mi cuerpo embotado se relajó en las sábanas frescas. Pronto me quedé dormida. Ella, mi perra, la que había fallecido dos años atrás, pero que siempre sería mi perra, apareció entre una espesa niebla gris. A mi izquierda vi un montón de basura y zapatos negros muy sucios. El animal se me aproximó, pero no lo bastante como para tener contacto físico, aunque me hubiese gustado acariciar su pelo brillante y suave. Sus ojos, como siempre, llenos de cariño, buscaron los míos. De pronto miró varias veces hacia donde se encontraba el montón de aquella basura y después me miró a mí, muy seria, como si quisiera advertirme. En un momento dado, alguien que no pude ver, le lanzó un lazo delgado y negro desde un lugar lejano. Ella me miró por última vez, no parecía triste, solo conformada con la situación. Cogió el lazo, creo que con el morro, y echándome la última mirada rápida, se alejó por donde había venido.

Desperté tranquila, pero me dolía mucho el vientre Y estaba sudando. Recordé que tenía cita con el especialista para el mes siguiente, pero la adelanté. Siempre me alegraré de haberlo hecho. Mi enfermedad, que en principio no era nada importante, se había complicado en poco tiempo. Me operaron, me aplicaron un tratamiento fuerte. Hace ya varios años de esto. He sobrevivido. Estoy bien, pero siempre recordaré, agradecida, aquella noche de luna.

VIAJERA EN LA NIEVE





Estábamos entrando en el aula, cuando comenzó a nevar. Todos salimos al patio a contemplar el acontecimiento. Hay que tener en cuenta que allí había personas de diferentes provincias, y para algunos de nosotros no era habitual ver una nevada. Los pequeños copos se me antojaban serpentinas bailando en el aire. Entré en el aula porque comenzaba a sentir frío. Con las prisas no había cogido el abrigo y, además, mi calzado, unas manoletinas con calcetines muy finos, no eran muy idóneos para la ocasión. La tarde transcurría lentamente. El temario era bastante aburrido, sobre todo aquel último día del curso. Un compañero de Madrid me había propuesto llevarme a la estación, por lo que estaba bastante relajada. Creo que, en un momento dado, me quedé incluso un poco traspuesta. Lo cual, últimamente, me ocurre muy a menudo. Me han recomendado consultar al médico porque puede ser por algún problema de salud. Pero, a lo que vamos. Salí de la duermevela un poco aturdida. Creo que algún compañero preguntaba, en ese momento, una cuestión absurda, seguramente, con el único propósito de lucirse. Suele pasar en este tipo de cursos de reciclaje. Por desgracia, en nuestra empresa realizamos varios cursos al año y estoy un poco harta de las mismas historias. Para despejarme salí al baño. Observé por una ventana que nevaba intensamente. Consulté el reloj. Comencé a inquietarme, quedaba menos de una hora para la salida de mi tren. Con la que estaba cayendo, el tráfico debía estar infernal. Me sentí mucho peor cuando entré en el aula y, de un vistazo, observé que el compañero que debía llevarme en coche a la estación había desaparecido. Pregunté por señas y un amigo me dijo que estaba indispuesto, o harto del curso, o qué se yo, y se había ido. Horror. Volví a consultar la hora. Sólo cuarenta minutos para la salida del tren. La mayoría de los alumnos pidieron permiso para marcharse dado que se encontraban en mi misma circunstancia. Por supuesto, me sumé con gusto a esta iniciativa. El monitor de turno nos aseguró que tanto el certificado de estancia como la encuesta que hay que cumplimentar al final se nos enviaría a nuestro centro, así que fuimos recogiendo y nos marchamos. Fue difícil encontrar un taxi. Los pies me quemaban agobiados por el frío. Tenía el cuerpo abrigado pero los zapatos, como ya he mencionado, eran muy ligeros. El frío me subía hasta las rodillas, lloraba. No tenía claro si era por el escozor en mi rostro, el frío o debido a la desesperación de no encontrar taxi. Mis manos también comenzaban a incomodarme. Me pesaban demasiado, se volvían torpes. Nunca he llevado guantes. Son molestos pero, en aquella ocasión, me hubiesen resultado de gran utilidad.

Al fin, después de dar muchas vueltas, paró ante mí el tan deseado vehículo. La taxista era bastante desagradable. Me hice un lío al pagarle, creo que no recogí la vuelta.

Penetré en la estación tres minutos antes de la salida estipulada para el tren pero logré mi propósito. Estaba realmente aterida y no podía andar bien con el pie derecho. Creo que empezaba a congelarse en serio. Era tan agradable el calor que desprendía el vagón, o coche, como se dice actualmente. Pero a mí me gusta más la palabra vagón. Me parece más auténtica. A un tren le pega tener vagones, no coches. Pues bien, disfrutando de aquel calorcillo agradable, me acomodé en mi asiento.

Miré mi pie, me di unos cuantos masajes. Comenzó a reaccionar. Menos mal. Creo que estuve a punto de necesitar un médico o, incluso, algo peor. Nunca más se me ha ocurrido viajar a una ciudad donde puede bajar la temperatura a punto de nieve, aunque suene a merengue. Ya me pongo las botas siempre que el termómetro baja de cinco grados, por si las moscas….

Me relajé al observar que mis pies volvían a la normalidad. Dejé de temblar y me tranquilicé. No obstante, volví a preocuparme cuando abrí el bolso para coger un clínex y me di cuenta de que no llevaba el monedero. Estúpida taxista, con esas prisas. En mi aturdimiento olvidaba que la que tenía más prisa era yo.

No llevaba mucho efectivo y, además, las tarjetas y el D.N.I. lo tenía en otra cartera. No había excesivo problema, porque iba directamente a casa. Pero nos quedaban horas de viaje y no podría cenar, en fin. Por lo menos estaba a salvo de la nevada, la congelación, las preguntas estúpidas….

Me relajé. Comenzaba a dormirme cuando noté una presencia a mi lado. No la había visto antes, y está claro que yo subí la última. Llevábamos ya un buen rato de marcha. Era una mujer rubia de edad indefinida. Tenía el cabello suelto más largo de la cintura, y unos ojos azules que echaban chispas. ¿O eran verdes? creo que cambiaban de color según la luz y la intensidad de su sonrisa dulce. Vestía toda también de azul. Llevaba un impermeable ligero brillante con capucha y una bufanda larga y blanquísima que reflejaba las luces. Las medias eran también azules y juraría que calzaba tacones altos. En aquel momento pensé que iba poco abrigada.

-Buenas tardes.

Nos presentamos. Me dijo su nombre: Zari, o algo así.

-¿También viajas hasta el final del trayecto?

-Sí.

Hablamos trivialidades.

Pasé vergüenza cuando me propuso que tomáramos algo en la cafetería.

-No llevo dinero, amiga -le referí lo ocurrido.

Ella me invitó a un bocadillo y un café.

Me sentí reconfortada tanto por el calor de sus ojos y su voz dulce que me mecía, que caí de nuevo en unos de esos sueños que tengo cada vez con más frecuencia, pero esta vez creo que fue más largo. No estoy segura, porque con su compañía se me estaba pasando el viaje en un pis pas.

Cuando desperté no estaba a mi lado. Sentí no sé porqué una gran soledad, parecida al frío que había sentido por la tarde, pero en seguida me recuperé. La alegría y el bienestar seguían acompañándome. Como me había dicho: “Voy contigo hasta el final del trayecto”, la busqué en la cafetería, el vagón contiguo y hasta en el baño pero no encontré ni rastro. Solo el reguero azul de su perfume dulzón me acompañaba.

Finalmente, una noche de otoño, que yo imaginaba vestido de primavera, asomó por la ventanilla. Mi marido y mis hijas me aguardaban en el andén. De vuelta a la rutina cotidiana, olvidé los acontecimientos de aquella tarde.

Al día siguiente, no tenía que trabajar, me levanté tarde, desayuné y me propuse ordenar un poco la casa.

Entré en la habitación de mi hija pequeña. Recogí lápices que andaban solos por el suelo. Arreglé los cojines del sofá. Estaba alineando un montón de cuentos que iban de un lado a otro desordenados, cuando una carátula me llamó la atención. El título decía: Azahara es azul. La ilustración representaba una muchacha de edad indefinida, vestida de ese color y cuyo cabello era tan largo que ocupaba toda la portada. Sus ojos verde azulados parecían saludarme. Su sonrisa grata consiguió arrancar otra de mis labios.

Hay que dejar florecer la imaginación, es importante que crezca entre tanta rutina, tanta indiferencia… y tanto materialismo. ¿No les parece?











AUTORIDAD









Nos introducimos en el pasillo de la culpa, según nos indicaba la autoridad competente. Así llama mi novio al carril donde acostumbran a realizarse los controles de tráfico. Linternas impertinentes nos alumbraban el rostro penetrando indiscretas en el habitáculo. Yo conducía. En el asiento del copiloto mi prima Luci dormitaba. Regresábamos de una despedida de soltera. Eran aproximadamente las cinco de la madrugada. Yo estaba un poco más sobria que mi acompañante, pero no lo bastante como para no sucumbir a un control de alcoholemia. Miré al señor agente que se nos acercaba. En la mirada puse todos los ingredientes necesarios para disuadirle de sus presuntas intenciones: inocencia, súplica, y también autoridad. Cuando llegó a mi lado, le miré directamente a los ojos para transmitirle mi mensaje: “Déjame seguir”. Cuando el hombre pronunció la frase liberadora: “Puede continuar”, puse el coche en marcha con disimulado alborozo, pero prometiéndome que nunca más, pero que nunca más, volvería a conducir en ese estado, y pienso cumplirlo a rajatabla.

PERFILANDO LIMITES









Aquella mañana del mes de julio, desperté aturdida y triste. Intenté diluir mi amargura en una ducha templada pero, al final, aunque algunas esquirlas de angustia quedaron suspendidas en el albornoz, cuando tomaba una buena taza de café muy negro, todavía me sentía mal. Tenía buenas razones para estar preocupada: mi trabajo, poco ilusionante, me ocupaba mucho tiempo, siempre estaba cansada, mi relación de pareja andaba regular, los problemas que nos desunían se manifestaban con más fuerza durante el día que durante la noche, y a pesar de esta circunstancia, tenía serias sospechas de estar embarazada. Ya teníamos una niña de dos años que, por suerte, estaba sana y no era nada conflictiva.

Pero dicho esto, aclaro que lo que sentía en esos momentos no era la inquietud normal por mis asuntos cotidianos, sino algo así como un presentimiento de que algo nefasto estaba a punto de suceder.

Cogía el bolso para ir al trabajo, estaba dando las últimas instrucciones a la cuidadora de mi hija cuando sonó el teléfono. La voz de mi cuñado Arturo me cortó la respiración. Tenía poco contacto con la familia, pero además, por lo que más me alarmé, fue por lo intempestivo de la hora. Debían ser escasamente las siete y media de la mañana.

-El abuelo se ha puesto muy enfermo.

-¿Qué le ha pasado?

-Ayer se desmayó en la ducha. Tu madre nos telefoneó en seguida y lo llevamos a urgencias. Creo que tiene un problema serio de corazón, pero además están investigando porque probablemente tenga un tumor maligno.

Me quedé muda y temblorosa. Mi padre siempre había estado muy sano y todavía era joven. En estos tiempos no se considera demasiado mayor a una persona con setentaydos años.

-¿Estás ahí, Marisol?

-Estoy pensando que voy para allá. Me organizo y me pongo en camino.

Llamé a mi marido que, en ese momento, debía estar volviendo a casa del turno de noche, pues trabajaba como celador en un hospital. Di instrucciones a la canguro, besé a mi niña y me dispuse, después por supuesto de llamar al trabajo, donde no recibieron muy bien la noticia de mi marcha, a irme.

Introduje en una bolsa de viaje dos o tres prendas inútiles, algunos documentos, una botella de agua y me metí en el coche. Por el camino eché gasolina. Desde mi residencia hasta mi pueblo hay más de dos horas de viaje.

Cuando llegué al hospital donde mi padre estaba ingresado acuné cierta esperanza. La familia estaba un poco menos pesimista de lo que había presupuesto durante la conversación con Arturo. Habían hablado con el médico y parecía que el enfermo se encontraba mejor. Teníamos de todas formas, que esperar a las pruebas.

Él estaba todavía en la UCI así que no tenía ningún sentido permanecer allí durante la noche, porque hay un horario de visitas durante el día y luego no hay nada que hacer. Mi madre y mis hermanas no habían dormido nada, así que nos fuimos a descansar. Me instalé en casa de mi madre que estaba histérica y no me dejó dormir. La consolé cuanto pude. A la mañana siguiente nos encontramos con la agradable sorpresa de que habían trasladado al enfermo a planta y además las pruebas para saber si tenía un tumor maligno habían dado negativas. Le ví, se alegró de verme. Nos abrazamos. La emoción nadaba en sus ojos apagados, que en otros tiempos habían sido tan vivos.

Su pelo blanco estaba mate y despeinado, sin el brillo y la suavidad de siempre. Estaba mucho más delgado y la voz, que había sido como la mía, demasiado fuerte, se había convertido en un hilito triste. Me apené pero disimulé para darle ánimos.

En las tres semanas que siguieron nos turnábamos para acompañarle durante la noche.

Yo hablaba por teléfono cada dia con mi hija, que al final se quedó con mi buena amiga mari. Nunca podré agradecérselo bastante. El padre tenía unos horarios muy poco habituales de trabajo y no podíamos contratar una chica para tanto tiempo. Cuando hablaba con él, intentaba consolarme, pero lo notaba frío, y en ningún momento tuvo la intención de venir a verme. Me dolía su falta de interés, pero así son las cosas. Lo cuento porque ha venido al caso pero eso no es, de ninguna manera, lo más importante de esta historia.

Me quedé pues, como iba diciendo, cinco o seis veces de noche en el hospital. Tenía con mi padre una charla escuálida tras la que se dormía. Yo acurrucada en el duro sillón, me quedaba traspuesta pero apenas podía relajarme. El rumor de las voces cercanas provenientes de enfermos y acompañantes, en la misma habitación, me parecían amenazas y me soliviantaban. Abría los ojos cansados y me ponía a contar sombras. Escuchaba respiraciones que se me antojaban fantasmagóricas. A menudo sentía frío y mi cuerpo estaba tan abotargado por la mañana que no me recuperaba la ducha ni el desayuno, en casa de mi madre. Después un ratito de descanso y vuelta a empezar. Normalmente, durante el día, nos turnábamos también para visitarlo, pero claro, como me encontraba inquieta, me pasaba casi todo el día allí, incluso comía en la cafetería más cercana. Solo un gazpacho o una tapa de paella, me estaba quedando en los huesos. En cuanto a la trayectoria de la enfermedad, aunque los médicos decían que las cosas no iban mal, yo, con o sin fundamento, presentía lo peor.

Y lo peor llegó.

Aquella noche se quedó con él mi hermana lucía. Yo dormitaba. Recuerdo que antes de atender al teléfono miré de reojo las impertinentes cifras del despertador, perfiladas en verde fluorescente: las seis y cincuentaycinco. La voz de mi hermana sonaba muy alterada. Despierta a mamá y veniros para acá. Llama a Loli y Arturo. No los localizo. Papá se está asfixiando.

Lo que siguió lo recuerdo como una película pasando a muchas revoluciones. Y aun así, no comprendo cómo pude llegar tarde. Mi madre tomaba una dosis muy bien despachada de pastillas para dormir y tardó una eternidad en ponerse en marcha. Por otra parte, como tenía el móvil descargado, descuido imperdonable, intenté llamar a mi hermana Loli desde el teléfono fijo. No la localicé.

Al fin, cuando salimos a la calle, era domingo y muy temprano, no encontramos taxi. Después de varios intentos fallidos, nos paró uno que estaba libre. Fueron minutos agobiantes. Mi corazón iba a saltarme del pecho. Mi madre no dejaba de llorar y a mí todo me daba vueltas. El camino, que ya de por sí era largo, se me hacía interminable. El taxista había puesto música. Creo que era algo parecido a flamenco o canción española, no lo recuerdo bien. En un momento dado, consulté la hora. Eran las ocho menos veinte. Tuve, de pronto, un sentimiento que no puedo explicar muy bien. Fue algo parecido al recogimiento. Un ligero escalofrío, como una pequeña caricia, me erizó la piel, sentí algo solemne que me impulsó a decir al taxista “por favor, apague la música”. Creo que lo dije tan seria que el buen hombre me pidió disculpas. Poco después llegamos al destino. Las escaleras eran resbaladizas. Yo tiraba de mamá que se quedaba atrás y se equivocaba en la encrucijada de los pasillos. Por fin, el último corredor. Era largo y muy blanco. La puerta de la habitación estaba cerrada. Salió una enfermera al escuchar los golpes nerviosos que le propinamos a la madera.

-Ha fallecido.

Ese fue su escueto saludo. Hay un antes y un después de aquellas palabras. La orfandad es un túnel negro tachonado con espinas del que jamás se sale aunque te acostumbres a vivir en él.

Mi madre se deshizo en lágrimas. Mi hermana Lucía estaba en el baño, pues con la fatal noticia se había sentido indispuesta. Loli seguía sin aparecer. Por lo visto había tomado un ansiolítico fuerte, porque se encontraba mal y no escuchó el teléfono hasta un rato después. No la culpo. La vida es muy difícil y todos no somos igual de fuertes. Pero el caso es que me tocó a mí hacer todos los trámites. Encendí un cigarrillo. Las enfermeras me regañaron y me metieron en un cuarto para que nadie me viera fumar. Busqué un enchufe y conecté el móvil, hice todos los trámites, la compañía, los familiares, etc. Al cabo todos fueron apareciendo y, bueno, ya se sabe, después sucedió lo que normalmente ocurre en estos casos. Mi madre y yo nos metimos en el ascensor con un enfermero y la camilla con el cadáver para trasladarlo a otra zona del hospital. En ese momento, no se por qué, recordé algún chiste del finado, relativo a fiambres y, aunque estaba fuera de tiempo y de lugar, me sonreí.

Más tarde, el traslado al tanatorio, las visitas, los llantos, los besos, las flores, el olor penetrante que deja la mezcla de las mismas junto con el ambiente del lugar y unido a un principio de descomposición de la carne…

A mí me hubiese gustado verlo vivo. Compartir con él su último minuto de vida. Me culpé durante un tiempo por no estar allí. Compartiendo su último aliento hasta que unos días después me di cuenta de que él, que tanto me quería, se despidió de mí.

Cuando leí el parte de defundción mis ojos se fijaron en la hora de la muerte: las ocho menos veinte de la mañana. Recordé que exactamente a esa hora sentí, con su último suspiro, un beso de despedida.

Él sigue viviendo en nuestra memoria, y también perviven sus genes. Mi hijo pequeño tiene los ojos negros de su abuelo y creo que, aunque todavía es pronto para asegurarlo, también ha heredado su buen corazón.

CHISPAZOS







Cuando terminé de hacer las albóndigas, plato favorito de mi hija adolescente, ella irrumpió en la cocina:

-Mamá, me hago un bocata y me voy a la playa.

Me puse hecha una furia.

-Últimamente cocino para nada. Tu padre tampoco viene a comer.

Se fue dando un portazo. La tarde transcurrió lenta, aderezada con mis nervios que iban creciendo exponencialmente de minuto en minuto. Finalmente, sobre las siete de la tarde, me acerqué a la estación a esperar su vuelta. Cuando la vi, la alegría me hizo estremecer y sentí como si ella volviera a nacer. Nos Abrazamos. Muchos años después me confesó que un tren estuvo a punto de atropellarla aquella tarde, al cruzar imprudentemente la vía.





……..





Siempre que mi madre me llamaba por teléfono, decía: “Hola, María, soy yo, tu madre”. Solía empezar de esa manera. Hace unos meses, concretamente el viernes de Dolores, recibí un mensaje en el móvil, que decía: “Hola, María, soy yo, tu madre. No olvides felicitar a tu tía Lola. Hoy es su santo”.

Comprendo que debió de ser un error. Alguien debió enviar ese mensaje a la persona equivocada. Además, mi nombre es demasiado común. Pero no pude evitar sobresaltarme al leer las letras blancas que brincaban sobre el fondo azul intenso de la pantalla. Yo tengo una tía que se llama Lola pero hace siglos que no la veo y en cuanto a mamá, murió hace diez años.

……..





Había discutido con mi novio. Decidí pasar aquella noche en casa de mi tía. Mi padre me llevó. Al despedirse escuché que le dijo en voz baja: “No dejes que la niña llame a ese muchacho. Aunque tengas que quitarle el móvil No me gusta nada. Han discutido por enésima vez”. Su interlocutora le respondió: “No puedo hacer eso. No estaría bien”. Me reí para mis adentros. No pensaba llamarle, pero a media noche, intenté enviar un mensaje a una amiga y mi móvil no funcionaba. Inexplicablemente, porque tenía batería, cobertura y todo lo que hace falta. A la mañana siguiente, se recuperó solito.


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