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América una equivocación

Enrique Caballero Escovar

















América una equivocación

©Enrique Caballero

Primera edición

Editorial Hispana

Reimpresión, Diagramación y diseño

Ediciones LAVP

ISBN 9781370690244

Smashwords Inc.







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ÍNDICE

Justificación

Las ideas del mundo antiguo sobre la tierra

Las fantasmagorías a la hoguera y la retractación de Galilea

América, una equivocación

La arrogancia proviene, generalmente de tener uno rotas las medias.

De cómo los reyes de España le escamotearon a Colón su parte

El sino trágico

El garrote y el hambre

Desempleados de la epopeya, héroes cesantes

Vidas paralelas: el hidalgo y el toro de lidia

Balboa, un fugitivo que se esconde en la gloria

En el umbral de un país nuevo

Misión secreta de Jiménez de Quesada

Donde quedaba el Dorado

El botín de don Gonzalo

El papa debía estar borracho

Metamorfosis de los descubridores en conquistadores

Rapiña y catequización

El diablo ayuda a saquear el oro

Organización de la familia indígena

Una raza que se esfuma. Intolerable situación de la mujer

Instituciones platónicas en favor del indio

¿De dónde vinieron los indios americanos?

Florecillas de magia, religión y sexo

De la injusticia nace el derecho

Un encomendero como los otros

Fracaso de los caballeros de la Espuela Dorada

Amanecer del derecho internacional en la cátedra de Francisco de Vitoria

¿Tienen alma los indios?

Por piedad para el indio, esclavitud para el negro

Pedro Claver y Montesquieu

Cartagena y Bahía capitales de la tierra caliente

Esclavitud y aquelarre

La clámide y la tanga

Ojeada a la América actual

Conclusiones y resumen final

El Error de Colón

El tremendo requerimiento

Recalcitrante actitud contra las disposiciones reales

Designación de Pedrarias Dávila

Equivalencia de las viejas monedas castellanas

Bibliografía






JUSTIFICACIÓN

Un país podría definirse como un precipitado de culturas y de corrientes étnicas que afluyen en diferentes momentos históricos sobre un territorio que, en manera alguna, es inerte. Un país es la superposición milenaria de cementerios de pueblos transitorios. El escenario de una lenta marcha. Una angustia. Un interrogante. Una esperanza.

Un país es la peregrinación hacia ninguna parte. Bajo el suelo de Colombia, que innumerables veces ha cambiado de vegetación, es decir, en donde el paisaje ha sido perseverantemente infiel, yacen hachas de sílex confundidas con espadas rotas, herraduras y ambiciones oxidadas, ensueños mutuos.

Pero sobre las espadañas enjabelgadas, sobre los aeropuertos de cemento pretensado, sobre las terrazas en donde se seca la ropa de colores, sobre las altas copas de los eucaliptos (inmigrantes del siglo pasado) sobre los tejados de zinc de las descerezadoras de café, flota un espíritu, el espíritu nacional. Es un espíritu pendular y ciclotímico capaz de superaciones sublimes y de vertiginosas caídas. En el coexisten los genes del heroísmo y los virus de la abyecta resignación.

Y uno ama todo eso, inevitablemente. Aún sin amarlo a conciencia, sería capaz de sacrificarse por esa nebulosa hasta la muerte.

Es lo que llaman el patriotismo.

El patriotismo está hecho de una vaga intuición optimista, que la investigación histórica no siempre confirma. Sin embargo la historia tiene que contar la verdad. Porque hay una historia oficial cargada de falsificaciones estupefacientes. El ideal sería que cada uno llegara a forjarse su propia versión histórica, con sus preferencias y con sus repudios, pues al fin y al cabo se trata de una genealogía colectiva que nos atañe.

Así podrían convivir holgadamente quienes antipatizan gratuitamente con el general Santander, quienes están resueltos a batirse a pistola mordida por la dictadura de Meló y quienes se ruborizan cuando les hablan del zarpazo americano sobre la garganta de Panamá. En esta forma cada jugador de fútbol tendría su balón...

Yo he tratado de formarme mi propia versión histórica, por lo cual no puedo ser tildado de arbitrario. Si doy al público mis desinteresadas pesquisiciones es porque sospecho que alguien puede— por razones de pereza mental o falta de tiempo —encontrarlas útiles, ya que yo he dispuesto de abundantes fuentes bibliográficas y de paciencia. Y porque me entretengo en hacer pesca submarina en el pasado, como un recurso para no contemplar un presente por algunos aspectos repulsivo.

Como sucede en ciertas familias, en donde hay que fijar el ancestro en función de un solo apellido, porque los demás se esfuman o se enredan a poco andar por las notarías o por las casas parroquiales, a Colombia hay que ratificarle su matrícula en la civilización grecolatina, dado que sus abuelos mongoles se consumieron en la niebla y que sus abuelos africanos están solo presentes en la ondulación de las caderas de las mulatas. Y —cuidado— en los puños de tres campeones mundiales de boxeo. No hay que olvidarlo.

Urge, pues, hacerse parte en el juicio sucesorio de Cristóbal Colón.

A este propósito hay que desvanecer una ingenua tentativa, recurrente en la escandalosa prensa internacional- La de descubrir que en la relación de América con Colón... hubo otro hombre. Y que este —caso gravísimo— fue anterior. Ello no querría decir nada. Quien vinculó las tierras vírgenes a la cultura occidental fue el cardador genovés. A los vikingos pudo traerlos por accidente la tempestad y llevárselos la bonanza. Ellos no le cambiaron —para bien o para mal— el rumbo al indio. Ellos nada le aportaron a Europa. La hazaña de Colón no consistió solamente en llegar. Sino en uncir un pedazo de universo a la cultura que floreció en Atenas, en Roma, en Florencia, en París y en Salamanca.

En cuanto a la presencia remota de hebreos y aún de apóstoles, disfraz que se le quiere imponer a Bochica, conviene denunciar que ese fue persistente prejuicio surgido en las cabezas tonsuradas de los cronistas y de los doctrineros, que veían, en detalles como el baño diario y el uso de esencias, demostraciones bastantes del ancestro judío del aborigen.

Ese hallazgo de capuchinos y franciscanos queda cada día más descartado por superficial y por gratuito. Lo de las inscripciones en arameo o en vascuence es tan cuento chino como el de los indios gigantescos de ojos azules. Son rezagos de las mentiras de Américo Vespuci, forjadas para presumir, y para desvelar a los europeos.

Pero aun suponiendo que los hebreos hubieran sentado sus sandalias bíblicas en las costas americanas, y que hubiesen dejado huellas en hostrakones, habría que mostrar perplejidad por el hecho de que pueblo tan obsesionado por la religión —pueblo sacerdotal, pueblo escogido— no hubiese conseguido dejar rastro espiritual alguno. Ningún eco litúrgico.

El hecho es que no tenemos por qué renunciar a nuestra hijuela en la grandeza española, que nos permitiría descender de Hércules. Aunque para mi gusto baste con formar parte del pueblo furioso de España y reverenciar como héroes nuestros al Cid, a los chisperos del Dos de Mayo y a nuestro señor don Blas de Lezo, parado en la epopeya sobre una estaca.

Es una lástima que la Independencia hubiera traído una especie de solución de continuidad, que a muchos hace pensar que comenzamos a vivir el 20 de julio de 1810. En cambio en el Brasil, en donde la emancipación la hizo un emperador y la liberación de los esclavos una princesa —como en un cuento— la masa mestiza se considera emparentada con los fenicios y con los Braganza a través de los fados portugueses y del embrujo de la macumba.

Y esto, fuera de constituir un tónico, es la verdad. De mis estudios, de mis lecturas, yo he sacado, además de unas dioptrías adicionales para mis anteojos por disminución de la vista (y, si usted quiere hacer el chiste, por disminución de la visión histórica) he sacado, decía, unas conclusiones que someto a los transeúntes como un vendedor ambulante, sin pretensiones ni licencia. Sin compromiso.

Mi primera conclusión es la de que la Conquista no fue propiamente la imposición de un pueblo sobre otro, sino el enfrentamiento de dos edades de la humanidad. De dos edades mentales del hombre sobre la tierra. De dos grados en la evolución de la cultura humana. Se enfrentaron, en efecto, el Renacimiento con el Neolítico.

El buen salvaje, desnudo y sin malicia —porque la malicia proviene de la ropa— frente al mercantilismo adorador del oro, con sus condotieros, con sus geógrafos avarientos coleccionistas de islas raras... El primer ademán del indio —ya suficientemente definidor de la miseria de su destino— fue cortarse las manos acariciando las espadas de los conquistadores. Esto hiela la sangre como un presagio funeral.

Mi segunda sorpresa fue el enterarme de que el Derecho Internacional había nacido en la cátedra libre de Salamanca. Es decir, que España, por un lanzazo del remordimiento, había tenido piedad del indio que acababa de descuartizar. Que había sido un fraile, el inmortal Francisco de Vitoria, quien se había enfrentado al papa y al emperador.

Que el todo poderoso Carlos V había acogido las tesis de la oposición, lanzadas por otro fraile, el padre Las Casas, que inicialmente no fue otra cosa que un encomendero tan rapaz como los otros. Que, en consecuencia, Carlos V, dominador de la tierra, había dictado las Nuevas Leyes, que constituyen una reparación legislativa sin precedentes y que, por último, con los ojos nublados por la melancolía se había retirado al monasterio de Yuste.

A ocuparse "del gran negocio de la salvación del alma". Cuando tenía cincuenta y siete años. Y cuando sobre todo el cuerpo del orbe brillaban las escamas de plata de las corazas de los tercios arrolladores del imperio.

Mi cuarta sorpresa fue el encontrar que un pueblo capaz de semejante viraje humanitario resolviese, al proscribir el cautiverio de los indios, decretar, sustitutivamente, la importación de "semovientes africanos", es decir, de esclavos negros.

Mi mayor desconcierto se produjo, sin embargo, ante el misterio insondable del indio, un día inquilino exclusivo del continente. No se puede afirmar con certeza de donde vino. No se puede decir con certeza como construyó ciudades y monumentos con monolitos tan grandes como tranvías, cuando desconocía la rueda.

No se puede decir con certeza cuándo y por qué olvidó esa milagrosa orfebrería que se niega a revelarnos su secreto. El indio actual no solo es un amnésico perfectamente desvinculado de los monumentos de sus antepasados sino que carece de conciencia étnica. El enigma de la raza indígena, al menos en Colombia, constituye un caso extravagante en el discurrir de la humanidad. El indio, en efecto, a la llegada de los españoles, decide auto-eliminarse.

El mestizaje mismo es una variación del suicidio, porque procede de la decisión de no producir más indios puros. El control de la natalidad, que llega al sacrificio de las criaturas del sexo femenino, es también una táctica de eliminación colectiva.

Me parece que en Méjico, en Centroamérica y en el Perú había florecientes organizaciones estatales, pero no así en Colombia, en donde todo indica que el nativo atravesaba una época de irremediable degeneración, que aceleró la Conquista con su implacable fanatismo.

También me causó estupor el hecho de que don Gonzalo Jiménez de Quesada no hubiese pensado nunca en descubrir "los nacimientos del Río Grande de la Magdalena", como me revelaron en el colegio, sino en caerle por la espalda al Perú. Y que se hubiera adelantado un largo y confuso proceso entre venezolanos, panameños, ecuatorianos, cartageneros y samarios para saber a quién pertenecía el Nuevo Reino de Granada y dónde quedaba al fin Bogotá. De la cual se sostenía documentadamente que estaba situada en el corazón de Venezuela.

Porque aunque se trataba de tentáculos administrativos del unitario y compacto Estado español, la discusión hubiera tenido consecuencias dilatadísimas sobre el mapa de Suramérica desde el momento en que se adoptó —para hacer el deslinde de las naciones una vez emancipadas— el principio del Uti Possidetis.

Como que las repúblicas nacieron alinderadas por las anteriores jurisdicciones territoriales de la Colonia. Todo se originaba en el ansia de ponerle el guante a los tesoros de El Dorado. Porque El Dorado, para los venezolanos de Federmán y de Alfinger, quedaba en el actual Santander del Sur, en la Mesa de los Santos. Para los ecuatorianos de Belalcázar, en Guatavita.

Para los cartageneros en Cundinamarca o Boyacá, que constituían el territorio Chibcha y que ellos tenían la idea de que demoraban, respecto del río Magdalena, del mismo lado que Cartagena, que era lo que importaba a don Pedro de Heredia, un capitán madrileño que por haber quedado desnarigado en una reyerta debía tener el aspecto divertido y sombrío de una estatua antigua. Para Quesada, representante de la gobernación de Santa Marta, El Dorado se escondía en el mitológico país de las Amazonas, más allá del páramo de Cruz Verde, hacia los Llanos infinitos, en donde los ríos inmensos brillan al sol como cadáveres de relámpagos.

De manera que nuestra historia está engastada en una serie de equivocaciones.

Colón calculó mal la cintura de la tierra. Jiménez de Quesada creyó poder conducir al Perú a un puñado de convalecientes desde el Caribe. Belalcázar creía que el Nuevo Reino estaba a tiro de ballesta de Urabá. Hasta la Santa Sede incurrió en errores de inconsecuencia al combatir en América el incauto ¿paganismo de los nativos, mientras el Vaticano ardía en esa fiebre de paganismo grecorromano que fue el Renacimiento.

De tal museo de equivocaciones he sacado el título de este libro: América una equivocación.

Este es el primer volumen de algo que podría llegar a constituir una biografía de Colombia por entregas.

El segundo volumen —Se Deus quizer— deberá salir el año entrante. Desfilan por sus páginas el Virrey Arzobispo y los Comuneros, olorosos a incienso y a tabaco. También los precursores de la Expedición Botánica y los defensores de Cartagena, que hicieron voltear grupas a la escuadra británica en el mar Caribe. Su temática responde a lo más significativo y puntiagudo de la Colonia.

Me he puesto a escribir con la idea ilusionada de que si la historia recupera su capacidad de sorpresa y los historiadores readquieren la humildad necesaria para asombrarse, las nuevas generaciones buscarán ese alcaloide de encantamiento, ese yagué fascinante para inquirir por los hontanares de su presente y de su futuro.

Porque es importante que la historia recupere su poder mágico y pierda su aroma de naftalina-

Enrique Caballero Escovar


PRIMERA PARTE


Ved de cuan poco valor

son las cosas tras que andamos

y cañemos

Jorge Manrique

Coplas a la muerte de mi Padre


LAS IDEAS DEL MUNDO ANTIGUO SOBRE LA TIERRA

Creo que es cosa buena, para entender el descubrimiento de América, tratar primero de reconstruir el inconsciente histórico —llamémoslo así— de un genovés del siglo XV. De contera se explica uno ese gesto de disimulada avidez con que los príncipes prestan oídos a un vagabundo fantasioso y de la desconfianza con que —aunque lleve un universo entre su morral de peregrino— le rechazan.

Por aquel tiempo se ve salir el polluelo del Renacimiento de la cascara de la Edad Media. Se oye el gran resuello de alivio del hombre que se quita la coraza opresora para vestir el jubón de brocado e inicia la tarea de completar, enriquecer y peraltar su espíritu con conocimientos variadísimos e irrespetuosos análisis científicos. Es el humanismo. La era de los malos pensamientos. De la irreverencia intelectual.

La cosmografía y la geografía deben indicar la ubicación de la criatura. La anatomía y la biología balbucientes se atreven a descubrir los misterios del cuerpo y la filosofía se convierte en una especie de arqueología intelectual para averiguar qué pensaban los griegos: Platón, Aristóteles, Plutarco, Tolomeo, Estrabón.

Las bibliotecas de los conventos se cierran, y se abren las pinacotecas de los Papas. Se derrumba el castillo como un guerrero herido y se decora el palacio, como un galán amador.

Por el inconsciente de Cristóbal Colón vaga un hombre que no es difícil identificar: Marco Polo. Por ese aspecto Marco Polo viene a ser un poco nuestro abuelo. Marco Polo anuncia su libro con cierta algarabía de vendedor de específicos.

Ha sido dictado a un compañero de celda: cuánto debe a las cárceles la historia... Son los días en que, a la salida de misa, vende el buhonero mapas, indulgencias y afrodisíacos. Grita así Marco Polo: emperadores y reyes, duques y marqueses, condes y caballeros y todos los demás deseosos de conocer las diversas razas humanas y las particularidades de los reinos, provincias y regiones de todo el Oriente, tomad este libro y en él encontraréis las grandes maravillas y curiosas características de los pueblos, especialmente de Armenia, Persia, India y Tartaria, relatadas con veracidad por Marco Polo, sabio y culto ciudadano de Venecia, que cuenta con claridad las cosas que vio y las que otros le explicaron!

Los dos hermanos Polo y el hijo de uno de ellos (Marco), se habían asomado, en efecto, a los ignorados imperios amarillos. En un barco primero, en peludos y pequeños caballos luego, llegan los tres a la corte de un jefe tártaro. El hecho de ser extranjero, cuando la locomoción era tan ardua que llevaba meses y aún años ir de un reino a otro, constituía un título e imponía ciertos rituales en que la curiosidad y la hospitalidad se confundían.

Los Polo llevaban brillantes mercaderías. Pero como son aventureros y no mercaderes —no confundir— se las regalan al extraño caudillo que por ellas les había propuesto compra. Este ademán arriesgado les valió el verse colmados, a su turno, de valiosísimos presentes con los cuales los italianos, al regresar a su tierra, asombrarían a nobles y plebeyos.

Allí, a Venecia, les mandó buscar años después un ser mítico y omnipotente: El Gran Kan. El Gran Kan que mandaba sobre millones de cuerpos, se intrigó poderosamente con la existencia de alguien que gobernase las almas por delegación celestial, lo cual le pareció inusitado y espléndido y envió a Roma en compañía de los Polo a uno de sus más allegados barones de nombre Cogatal "con el objeto de que su santidad le mandara un centenar de sabios de la ley cristiana y de las siete artes". Para ello les dio a los Polo un pasaporte intemporal y universal.

Por doquier los tres venecianos aculasen, correrían por su cuenta. Tres años tardaron estos en llegar a un puerto turco. La nieve azotaba sus trajes de camello y oso cuando tuvieron que abandonar, agonizante, a Cogatal bajo una tolda desflecada. Al llegar a Venecia se encontraron con que Clemente IV acababa de morir. Casi dos años se vieron retenidos en Italia antes de que Gregorio X fuera elegido. Este recibió a los venecianos, les oyó, midió la magnitud de la oportunidad y les hizo acompañar por dos teólogos eminentes, cargados de presentes, de instrucciones, de recomendaciones y de bendiciones para tan ansioso y poderoso hermano separado.

Iban estos dos nuncios papales más que a catequizar el universo de Confucio, a sellar y protocolizar su entrega al catolicismo, como cuando Constantino, como cuando los príncipes merovingios se convertían junto con su familia, sus ejércitos y su pueblo. Pero los buenos frailes, sin medir la trascendencia de la ocasión que les brindaba el destino—anexar interminables territorios budistas a su fe— y enterados de que Bondogdero, sultán de Babilonia, había invadido a la China, se desmayaron de pavor.

Trémulos, arrojaron a los pies de los Polo todos los privilegios y cartas que traían para halagar al pueblo chino, y dando la espalda a una raza y a un mundo, más de media cristiandad potencial, "acogiéronse a la protección del Maestre de los Caballeros de Malta y bajo su amparo se regresaron temblando de miedo". Dios haya hallado para ellos, en su infinita misericordia, algún lugar de refrigerio.

Marco Polo, junto con su padre y su tío, siguió su viaje a Kaiping, sede de la nueva corte del Gran Kan. Kublai Kan, por entonces amo y señor de la raza amarilla, retiene al joven Marco Polo gracias a su fascinación personal. El valido y protegido europeo se mueve como un cortesano más por entre los ceremoniosos séquitos que rodean a las cuatro emperatrices; porque cada una de las esposas de Kublai tenía una servidumbre de trescientas damas vigilada por decenas de eunucos. Como tanto regalo, poder y molicie, producen tedio, el Kan Kublai lo combatía, principalmente, entregándose a la caza.

Pero no vaya a creerse que para él la entretención cinegética constituía un esforzado deporte. En realidad se limitaba a dirigir y observar los zarpazos de sus tigres y de sus leones sobre animales indefensos. Las piezas que aquellas fieras cobraban eran cerdos y asnos salvajes, búfalos, osos y ciervos. Es un emocionante espectáculo —dice el veneciano— ver con qué violencia y ferocidad se precipitan los tigres y leones cuando son soltados en persecución de las pobres bestias de antemano escogidas. Cuando se llega al paraje seleccionado, se abre la jaula del tigre o del león.

En esas jaulas suele colocarse un perrillo con el cual se familiarizan las fieras y las hace más fáciles de conducir, sobre todo para volver a enjaularlas. Las jaulas de las fieras cazadoras deben ser colocadas en dirección contraria al viento para que los animales buscados como víctimas no puedan oler a las fieras y huir.

A los rígidos, ascéticos guerreros occidentales los relatos de Marco Polo alucinan y les ponen a soñar. Con desconcierto leen que "los habitantes de estos reinos son hombres pacíficos que no saben manejar las armas". Aquellos andantes caballeros que rinden pleito a las inalcanzables damas de sus pensamientos, sin perjuicio de yacer en los establos con mozas de venta o de ejercer el derecho de pernada sobre las insípidas hijas de los pecheros, se enteran de insospechadas variedades del amor en Oriente.

"Las cortesanas de Kin Sai, ciudad de más de millón y medio de habitantes, son mujeres de muy cumplido saber, perfectas en las artes del halago y del retozo, con expresiones adaptadas a cada persona; extranjero que haya disfrutado de su habilidad, ya no se recobra de la impresión de embriaguez por los placeres sexuales" .. .

A Cipango (el Japón) que sería tema obsesivo del Descubridor de América, lo describe así Marco Polo: "Cipango es una isla que se halla hacia Levante, en pleno océano... sus habitantes, muy independientes, poseen oro en cantidades extraordinarias... todo el techo del palacio del soberano está cubierto de oro... hay mesas de oro macizas. Es casi imposible formarse una idea de su riqueza. También hay perlas grandes y rosadas".

Dar con Cipango, seguir hacia la India, llenarse de oro, caer en la tentación de amores insospechados, escaparse de la jaula de la Edad Media, era no solamente el sueño del genovés sino de sus contemporáneos ilustrados... Contemporáneos ilustrados, sí. Porque la minoría, que estimaba realizables este tipo de navegaciones —inventados .ya como habían sido la brújula, el cuadrante y el astrolabio y echadas ya también a la mar las ágiles carabelas portuguesas— esa minoría, repito, estaba compuesta por científicos un tanto heréticos y por embrujados hombres de mar.

En cambio el vulgo creía que la humanidad civilizada se hallaba cercada por monstruos y demonios. Que el Atlántico era una fábrica infernal de tempestades. Que el sol pasaba tan cerca del ecuador, que abrasaba la tierra y hacia hervir las aguas del mar. Que alguna isla era imantada y se sorbía los clavos y herrajes de las embarcaciones, ahogando su tripulación. Que una inmensa serpiente engullía cualquier navio que pretendiese traspasar sus dominios.

Entre Colón y uno cualquiera de sus marineros —mentalmente— se diseña la misma ecuación que entre don Quijote y Sancho. Pero al revés. El marinero es quien ve gigantes y ejércitos incontables y quien palidece ante enigmáticas amenazas. En cambio Colón no puede convencer al contramaestre de que se trata de tangibles molinos y carneros.

Otra sombra se pasea por la subconsciencia de Colón Es la sombra de don Enrique el Navegante, príncipe de Portugal, de cuyos retratos sirve siempre de fondo una carabela que avanza, como un poema, entre parejas rimas de espuma. La historia de Portugal tiene sobre todas las de los demás pueblos, la ventaja de ser inverosímil. Portugal duerme sobre una cornisa de roca.

El mal dormir de las potencias no consiguió, sin embargo, echarlo al mar. Tal vez desde antes los portugueses ya se habían arrojado al mar. Solo dejaban en casa a unos pocos pastores cuidando las ovejas. Y cuidando los límites.

Quedaban también esas viejitas de pañoleta negra que uno ve todavía rezando a las cinco llagas de Cristo, de las cuales el país hizo su escudo. Ah, esas viejecitas portuguesas que sólo consideran posible el milagro. Ellas son Portugal. Portugal invencible, colgado del cielo. Alguna vez fueron mozas garridas y por siglos tuvieron a sus hombres debatiéndose entre la tempestad.

La tempestad era la gimnasia habitual de las naos portuguesas. Eso era Portugal. Y —además—- unos diplomáticos de casaca y gorguera que —guiñando el ojo a Inglaterra— engatusaban a España lindamente. Don Enrique, a quien dieron el legendario apelativo de El Navegante, es para algunos quien —con la toma de Ceuta— separa la Edad Moderna de la Edad Media. Qué sé yo. Lo que importa es que Ceuta encierra en sus dos sílabas un simbolismo inmenso.

Y que allí se inicia la gloriosa era de los descubrimientos. De Ceuta había zarpado en el Siglo VIII el Tarif Ben Zeyad, caudillo berberisco que dominó la Península Ibérica al vencer al rey Rodrigo, el que folgaba del Tajo en la ribera con la fermosa Cava sin testigo.

Tercer hijo del Rey Juan I, don Enrique tenía el espíritu batido por huracanes místicos y poblado de sueños ultramarinos. Su estampa recordaba la de un cruzado estoico y su mente parecía distante y meditabunda bajo el flequillo frailuno. La realeza de Portugal, después de la Guerra de Sucesión contra los castellanos, que culminó con la victoria lusitana de Aljubarrota, "quiso lavarse las manos con sangre de infieles".


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