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Excerpt for Sex Confidential. Fantasías eróticas y otros secretos de nuestra vida sexual by , available in its entirety at Smashwords

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SEX CONFIDENTIAL

Fantasías eróticas

y otros secretos de nuestra vida sexual


SONSOLES FUENTES


Smashwords Edition




Copyright 2018 Sonsoles Fuentes

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Primera edición en formato digital: Julio de 2015.

© Sonsoles Fuentes, 2009, 2015, 2018


Edición en papel:

Primera edición: 2009

© 2009, Sonsoles Fuentes

Tabla de contenidos

Introducción

I. FANTASÍAS FEMENINAS

Lo que la mente esconde

Con el hombre que me gusta

Sexo lésbico

Él y otra mujer… o quizás otro hombre

Con el ex

Con el desconocido

Obligada

Atada

Con varios hombres

Juegos de rol

Dirty talk

Que me miren

Viaje en el tiempo

Historias de terror

¿Puedo contárselas?

II. DUDAS E INQUIETUDES

La primera vez

¿Amor o sexo?

¿Qué pasa con nuestra libido?

Cariño, tenemos que hablar

¿Y tú,... te quieres?

Masturbación femenina

El universo de los orgasmos

Delicias con su lengua

Posturas favoritas

El juego anal, todavía un tabú

¿Nos gusta el porno?

III. SUBIENDO DE TONO

Romper con lo establecido

En el agua

En la tienda erótica

Infidelidad: ¿nosotras también?

Probarlo con otra

Sexo liberal, ¿te atreves?

Ataduras y azotes amorosos

IV. HOMBRES, HOMBRES

¿Son tan simples?

Soñando con ella

Fantasías que les ponen

Qué preocupa a los hombres

Masturbación masculina

Devórale



Introducción



«Recuerdo una aventura corta que tuve con un hombre maduro y experto que me hizo la siguiente apreciación: “Cuando te corres, me da la sensación de que sales fuera de escena, de que te olvidas de todo”. Eso es para mí el sexo. Algo con lo que se debe disfrutar al máximo. Y no existen límites, si algo te produce placer y puedes compartirlo.» (33 años)

«Antes fantaseaba de otro modo. De hecho, creo que no conocía mi propia sexualidad. Me explico: durante mi anterior matrimonio, que duró once años, era todo muy mecánico. Mi ex marido, muy macho hispánico, era un latin lover, pero de hacer disfrutar a las mujeres no tenía ni idea. Él era mi primer amor y yo carecía de experiencia. Por aquel entonces yo tenía fantasías mucho más peliculeras, pero ahora mi compañero me ha hecho descubrir partes de mi propio cuerpo que me dan mucho placer y que yo antes ni conocía, quizás es por este motivo que ahora disfruto tanto pensando en mi pareja.» (36 años).



En mayo de 2008, una asambleísta por el partido del Gobierno ecuatoriano, María Soledad Vela, propuso que el derecho de las mujeres a la felicidad sexual fuera garantizado por la Carta Magna del país.

Algunos miembros masculinos reaccionaron tachando la propuesta de ridícula. ¿Acaso pretendía decretar los orgasmos por ley? La diputada María Soledad Vela aclaró que, sencillamente, demandaba el derecho a estar bien informadas acerca de su vida sexual y a disfrutar de las relaciones sexuales en una sociedad libre, justa y más abierta, puesto que en su país las mujeres han sido vistas tradicionalmente como meros objetos sexuales o como las responsables de la crianza de los niños.

Quizás, lo primero que se te haya ocurrido pensar es que eso ya lo tenemos superado, que tanto las mujeres como los hombres sabemos y aceptamos que tenemos derecho al disfrute sexual, que él ya ha encontrado tu clítoris (¡enhorabuena!) y sabe cómo estimularlo (¡enhorabuena, otra vez!), que ya sabes cómo lograr tus orgasmos y que, a estas alturas, tienes asuntos más importantes que atender. Pero, dime, realmente:

¿Eres sexualmente feliz?

Ah, la felicidad, qué concepto tan difícil de definir y comprender. Quizás se trate tan sólo de un momento fugaz, tan duradero, precisamente, como un orgasmo.

Sin embargo, es posible que al leer la pregunta se haya removido algo en tu interior, que sepas que, en el fondo, no te sientes del todo satisfecha con lo que sucede en tu vida sexual, que, sencillamente, te conformas, como te conformas con el trabajo que tienes, con la vivienda que has podido costearte, con la forma en que te relacionas con tu familia. Además, ¿para qué vas a darle tanta importancia? ¡Si no es más que sexo! ¿Y qué es el sexo comparado con la creación de una familia o el crecimiento espiritual?

Bien, tienes derecho a darle un papel secundario, a colocar otras preocupaciones por delante. Pero, ¿sabes?, me parece que sería una lástima, porque a pesar de la complejidad de la sexualidad femenina, resultaría más sencillo conquistar la felicidad sexual que encontrar la casa que quieres, el empleo que mejor te va o el hombre ideal. Son muchísimas las situaciones que escapan a tu control y que te encantaría modificar: la lista de espera en los servicios sanitarios, la cola del súper, el tráfico denso cuando más prisa tienes, que a tu hijo le gustara estudiar... En cambio, tu sexualidad, la tuya propia, es algo sobre lo que tienes poder. Y, entonces, ¿por qué vas a renunciar a esa faceta de tu vida, cuando tienes la solución al alcance de tu mano? Es así: depende de ti.

Si no te frena el miedo a reflexionar y a lo que puedas descubrir, ahí van unas cuantas cuestiones para colocar el termómetro a tu salud sexual:



• ¿Te cuesta mucho ponerte, aunque cuando te pones te lo pases bien?

• ¿Quieres a tu pareja, pero has perdido las ganas?

• ¿Te limitas a dejar que te hagan, aunque de vez en cuando reconoces que todo podría funcionar mejor si fueras más activa?

• ¿Te molesta que sólo te acaricie con el fin de que estés lubricada y dispuesta para la penetración?

• ¿Pruebas a hacer lo que te apetece o tienes miedo de lo que puedan pensar de ti?

• ¿Actúas como si el placer de él fuera más importante que el tuyo?

• ¿Reprimes tus fantasías sexuales porque te sientes sucia al contemplar las escenas que pasan por tu cabeza o crees que son síntoma de alguna patología?

• De repente, en mitad de un polvo, ¿se te va la cabeza a otra parte que ni siquiera tiene algo que ver con el erotismo? ¿Te pasa con demasiada frecuencia?

• ¿Te angustias pensando en que tardas demasiado en llegar?

• ¿Te invade la tristeza después de masturbarte?



Bueno, ya está bien para una introducción. No pretendo que acabes exhausta antes de comenzar. Tan sólo intento que veas que con el sexo pasa lo mismo que con el resto de tu vida: tienes que conocerte. Y eso significa reflexionar, preguntarse, cuestionarse, porque las fórmulas mágicas o las recetas que valgan para todas no existen.

Muchas mujeres han cometido el error de confundir la libertad sexual con la adopción de un modelo masculino de sexualidad tradicional, sin comprender que también a ellos se les había impuesto un patrón de conducta determinado con el que muchos se sienten cómodos. Para ser realmente libre es necesario que cada cual encuentre el suyo propio y cambiarlo cuantas veces convenga, averiguar qué es lo que realmente le gusta y cómo disfrutar de los placeres carnales.

En estas páginas vas a encontrar información práctica sobre sexo. Pero, sobre todo, es una radiografía de la sexualidad de las mujeres, tal como la viven actualmente: sus fantasías eróticas, las prácticas favoritas, algunos momentos de sus vidas sexuales, sus dudas y temores, los estímulos eróticos que más las seducen, sus complejos, las situaciones morbosas de las buscadoras de sensaciones fuertes…

¿Por qué las confidencias? Conocer cómo viven el sexo las demás nos tranquiliza y reconforta, nos ayuda a comprender que no estamos solas en el laberinto, a recobrar fuerzas, a afrontar nuestros retos con valentía. Los testimonios de otras mujeres nos liberan y autorizan a ser sexualmente activas. Las pinceladas eróticas de sus vidas nos sirven de estímulo y nos permiten descubrir que no somos tan raras como pensábamos. Pero, desafortunadamente, las mujeres callan en exceso, temerosas del qué dirán.



«No tengo ningún reparo en hablar de mi sexualidad, aunque me resulta más fácil hablarlo con hombres que con mujeres. Así, cuando tenía unos diecisiete años y hablaba con mis amigos varones de sexo, mis amigas decían por lo bajini que qué asco masturbarse. Siempre he tenido más feeling con los chicos, ellas me parecían un poco hipócritas, aunque algunas se salvaban. Con estas experiencias de unas y otras fuimos aprendiendo, como podíamos, y no siempre de la forma más sana. Pero, bueno, intentaremos no repetirlo con nuestros hijos.» (33 años).



Lo que fantasean otras despierta nuestro interés. Es una información muy útil que, además, puede ayudar a despertar nuestro propio deseo (no olvidemos que, por ejemplo, se calcula que el 25% de las españolas sufre de inapetencia, frente a un 10% de hombres). Pero si no compartes las fantasías y preferencias de la mayoría, tampoco pasa nada.

También abordaremos la sexualidad masculina teniendo en cuenta lo que las chicas quieren saber, porque ellos también han sufrido una educación represora que marca la manera de relacionarse con el otro sexo. Y existen muchos tópicos falsos en torno a su sexualidad.

El sexo ha sido un tema candente en los últimos años. En programas de radio y televisión han hablado con sencillez y claridad a los jóvenes, les han dado la oportunidad de preguntar, de expresarse libremente y encontrar respuesta a sus miedos y dudas, han despojado el sexo de los tabúes que reprimían la búsqueda de la satisfacción sin hacer daño a nadie. Las jóvenes se extrañan de que hubo un tiempo en el que se creía que las mujeres no tenían fantasías sexuales, ni tampoco orgasmos, que solamente los hombres tenían ese tipo de necesidades, que jamás se tocaban ni conocían la existencia de su clítoris. Y así debía ser para nuestras abuelas si querían que las consideraran «decentes» y las escogieran para casarse y ser madres. Así de enorme es el abismo que nos separa de esas generaciones.

Pero queda aún mucho trabajo por hacer. Hay que erradicar la culpabilidad que se siente ante el placer; hay que superar la frustración y el miedo a que se nos tache de «chicas malas», desequilibradas o patológicas; hay que buscar nuevas sensaciones (consideradas durante mucho tiempo como aberraciones) que se aparten de los cánones sociales y el sexo convencional. Para que deje de juzgarse con patrones diferentes la conducta sexual de hombres y mujeres. Quien desee conquistar el placer tiene que comenzar por el espacio de la imaginación, su jardín secreto, y lo que tiene más a mano: su cuerpo.

No hay baldosas amarillas que marquen el camino hacia la felicidad sexual. Como dijo el poeta, se hace camino al andar.

Te animo a leer algunos de los artículos que he publicado sobre sexualidad visitando mi blog:

http://www.sonsolesfuentes.com





I. FANTASÍAS FEMENINAS





Lo que la mente esconde



A muchas personas el concepto «fantasía sexual» les evoca la idea de algo que reprimimos pero que desearíamos realizar. El deseo oculto de poner en práctica un juego sucio, depravado, obsceno... según los convencionalismos sociales. Y no es así. La fantasía es una escena que nuestra mente crea y que nos excita. A veces no es más que una imagen o un pensamiento fugaz. Algunas pueden traspasar las fronteras de nuestra imaginación e invitarnos a gozar, otras solamente son placenteras y divertidas mientras no las llevemos a la práctica.

Otro de los tópicos falsos en torno a la sexualidad humana asegura que las mujeres tenemos fantasías de tono más romántico y con más argumento que los hombres. Quizás eran así las historias que imaginaban otras generaciones a las que se les hizo creer que no podían experimentar deseo sexual. Si los placeres que el cuerpo femenino puede proporcionarnos han sido inexplorados durante siglos, imagina hasta qué punto se ha desconocido el territorio del erotismo imaginado. En la actualidad, nosotras sabemos distinguir una fantasía romántica de otra erótica. He aquí el ejemplo de una treintañera: «También tengo otras fantasías en las que aparezco yo perdida en una isla desierta con un tío de lo más bueno. Van pasando los días, surge la atracción y nos dejamos llevar por el deseo. Esa fantasía también me gusta, pero más bien para pasar el tiempo. Por imaginar cosas agradables. Si lo que quiero es excitarme y masturbarme elijo otras». Y en esas otras el contenido de sexo explícito es tan alto como en una película de cine porno. Así lo expone esta licenciada en Filología:



«Creo que una de las fantasías que tengo cuando me masturbo o hago el amor con mi pareja está muy relacionada con mi infancia y adolescencia, porque, aunque yo no estuve interna, sí que fui a un colegio de monjas, y supongo que el uniforme y la disciplina han tenido que dejar alguna huella.

Imagino que vuelvo a ser adolescente y que estoy en un internado con otras chicas. Es un caserón viejo, pero muy bien cuidado por dentro, con varias plantas a las que se accede por una amplia escalera con alfombra roja. Está situado lejos de ciudades y pueblos, entre montañas, y lo dirige una mujer madura, de aspecto severo, pero atractiva. Sin embargo, todos los profesores son hombres.

Todas las internas somos hijas de familias ricas que pagan un dineral para que recibamos una buena formación académica. Pero nuestros padres no pueden imaginarse qué estrategia han ideado la directora y los profesores para motivarnos a estudiar con ahínco. Las buenas estudiantes son iniciadas por los maestros en los placeres de la carne, y a medida que mejoran nuestros resultados académicos, se nos premia con una nueva práctica sexual.

Me imagino con el uniforme puesto, sentada en la mesa del despacho de uno de mis profesores. Su físico no tiene ninguna importancia, apenas acierto a ver su rostro, es un tipo del montón. Él está sentado en un sillón de oficina, y yo frente a él. Llevo unas bragas blancas de algodón, de las inocentes, y aún están en mis tobillos, sobre los calcetines y zapatos. Él ha echado mi falda hacia arriba y la tiene sujeta con sus manos, mira mi coño y me sonríe con lascivia. Yo no sé qué va a hacer. Hasta ese momento solamente me había llamado unas cuantas veces para acariciar mi clítoris con sus dedos. Entonces inicia un recorrido con la punta de su lengua que comienza en una rodilla y dibuja una línea hacia la ingle. A continuación hace lo mismo con la otra pierna, y lame también el trazo que marca el borde de mis bragas, bajo el vientre y sobre el monte de Venus.

Yo permanezco levemente inclinada hacia atrás, sosteniéndome con las palmas de las manos sobre la mesa, para no echarme del todo. El profesor me quita las bragas de los tobillos y coloca sus manos en mis rodillas para abrirme las piernas. Ahora puede abrazar con su boca los labios menores de mi vagina y lamerlos, pero sin tocar directamente el glande del clítoris (no lo soporto, casi me duele). Coloca mis piernas sobre sus hombros sin separar su rostro de mi entrepierna y recorre con la lengua la entrada de mi vagina, para seguir por el perineo. Está a punto de rozar el ano, pero se detiene. Yo no puedo creer que exista algo tan delicioso como el placer que siento. Temo perder el sentido o el control de mí misma.

Él deposita mis piernas sobre la mesa y se pone en pie. Está situado entre ellas. Con las manos sobre mis hombros me empuja con suavidad para indicarme que me deje caer sobre la mesa. Le obedezco. Soy una chica muy obediente. El profesor, que continúa de pie, agarra de nuevo mis piernas para situarlas sobre sus hombros. Yo me sujeto con las manos al borde de la mesa, por encima de mi cabeza. Advierto que, después de dejar las piernas sobre los hombros, se está quitando la correa del pantalón. De repente, mi instinto hace que gire mi cabeza hacia un lado y me doy cuenta de que la directora está sentada en un rincón, a oscuras, observando la escena.

Noto algo que roza los delicados labios de mi vagina y que se coloca en la antesala para introducirse con mucha suavidad hacia adentro, con pequeños empujones. Es su pene, y mi vagina hambrienta se ensancha para recibirlo, estoy completamente mojada. Me penetra por completo y siento que un intenso estremecimiento recorre mi columna vertical, hasta mi cerebro para llegar de nuevo a las paredes vaginales y a la zona del clítoris, deteniéndose por un momento en el ano.

Mientras siento la presión que recorre arriba y abajo las paredes carnosas, él recoge con una de sus grandes manos todo el monte de Venus y dibuja con suavidad un círculo, iniciando un movimiento rotativo que estimula toda mi zona clitoriana. No sé de dónde viene mi orgasmo, si de ahí o surge de mis entrañas, pero alcanza mis sienes y me lleva a la locura.

Estoy temblando cuando saca su falo, coge mis piernas, las une y las deja con suavidad sobre la mesa, hacia un lado. Yo me quedo en posición fetal sobre ella, no puedo moverme. La directora se levanta y me acaricia el pelo sin dejar de sonreír. Me habla con ternura:

—Ahora ponte las bragas y vete a dormir.

Bajo la escalera que conduce a la puerta principal, y también a las habitaciones. Las piernas apenas me responden, me sujeto con fuerza a la barandilla y me siento en uno de los peldaños. Entonces percibo unos sonidos que proceden del cuarto del conserje. Tiene la persiana de la ventanilla echada, pero la luz se cuela por las hendiduras. Me acerco e intento mirar por las rendijas, noto que hay gente y los sonidos se definen: es una voz femenina que gime.

Me dirijo al pasillo donde se encuentra la puerta de acceso a la conserjería. Está entreabierta, y ahora puedo ver qué sucede: una de las alumnas de mi curso con peores calificaciones está siendo poseída por el conserje. Él es un hombre mayor que los profesores y menos agraciado. Las niñas de papá del internado le tratábamos con cierto desprecio. Pero ahora parece otro hombre, así, de pie, penetrando a mi compañera por detrás. Ella está echada boca abajo sobre una mesa de la consejería, con los pies en el suelo. Tiene puesto ya el camisón, subido hasta la cintura, con las bragas blancas a la altura de las rodillas y unas zapatillas infantiles. Mantiene la boca y los ojos abiertos, pero no ve nada. Todos sus sentidos se concentran en el placer que siente. De repente me doy cuenta de que el pene del conserje no entra en la vagina de ella, sino en el culo. No sabía que también podían llenarte por ahí. Vuelvo a sentir pulsiones en mi clítoris, y percibo que mi ano también se torna sensible.

Yo creía que las buenas estudiantes gozábamos de ciertos privilegios, pero estábamos engañadas. Pensaba en ello mientras descubro que el conserje me mira con una sonrisa malévola, perversa. Sin dejar de penetrarla, levanta una mano y me invita a entrar con una señal de su dedo. Yo empujo la puerta con suavidad y timidez. Y él se inclina entonces sobre mi compañera para alcanzar su clítoris con la mano y acariciarlo al mismo tiempo que agiliza el ritmo del coito, hasta que ella se corre con una furia que envidio y deseo para mí.

Él saca su pene y se sienta, dejándose caer en el sillón. Su falo sigue erecto, aún no se ha corrido. Vuelve a pedirme que me acerque con una indicación y me da una orden:

—Arrodíllate.

Obedezco. Me arrodillo ante él y su miembro. Él sujeta mi cabello sin hacerme daño y con una suave presión me obliga a meterme el pene en la boca.

—Tus profesores no te han enseñado bien —dice con voz risueña y tranquila.

Mi compañera se arrodilla junto a mí y me toca el brazo para que me aparte.

—Mira, se hace así —me dice ella mientras se humedece los labios.

Recorre el pene del conserje, rozándolo con los labios entreabiertos y la punta de la lengua. Y al llegar al glande dibuja alrededor de él húmedos círculos, para tragárselo después y volver a levantar la cabeza, como si succionara el glande.

—Ahora hazlo tú.

Yo la imito.

—Como si fuera un helado, pero sin tragártelo del todo —oigo que me dice.

Y continúo con la felación hasta que noto el estremecimiento de él y el líquido llena mi boca.

Agotado, él sostiene mi cara cogiéndome la barbilla con una mano, con la otra coge una servilleta de papel y me limpia los labios de semen.

—Eres una buena alumna. La próxima vez te la meteré por detrás, como a ella. Te lo prometo. Ahora vete a la cama.

Me retiro a mi habitación con mi compañera, ansiosa, deseando que llegue la noche siguiente y que él cumpla su promesa.» (36 años)



No hay que tener miedo de los pensamientos libidinosos, ni siquiera cuando imaginas que eres secuestrada por un grupo de guerrilleros que te someten a todo tipo de abusos durante días de cautiverio. Eso no significa que seas rara, que padezcas algún tipo de patología y ni mucho menos que desees pasar por una experiencia semejante. Es más: algunas de las fantasías que podríamos llevar a la práctica pueden decepcionarnos desde el momento en que la situación escapa a nuestro control y se pierde la magia. La mente es el único espacio en el que somos realmente libres. Es el más seguro y donde ejercemos nuestro absoluto dominio. Acepta tus fantasías como una extensión natural de tu vida.

Otra aclaración: las personas que fantasean con frecuencia no son las más reprimidas ni las que tienen menos oportunidades de practicar y disfrutar de su sexualidad. Ni tampoco quiere decir que realicen en su mente lo que no están dispuestas a hacer por mojigatería o hipocresía. La mujer que cuenta esa fantasía en el internado que acabas de leer habla de la estupenda relación sexual que tiene con su marido, con quien siempre queda satisfecha gracias a lo bien que se conocen el uno al otro.

Las fantasías no son un sustituto del sexo real. Sin intención de cometer la grosería de generalizar, la inactividad en el campo imaginario suele indicar que existen escollos en la respuesta sexual, ya sea en la fase de la excitación o en la de satisfacción.



«Jamás he llegado al orgasmo aunque me gustaba mi marido y me enamoré con locura de un amante. He acudido a una psicóloga y me ha recomendado que lea las fantasías de otras mujeres, porque yo no tengo ninguna.» (36 años).

«Me casé virgen. Comencé a disfrutar con mi marido cuando me enamoré de otro hombre con el que nunca tuve relaciones sexuales. Al imaginarme con él mi cuerpo cobraba vida.» (65 años).



Por todos estos motivos no es de extrañar que los sexólogos nos inviten a tener fantasías, que consideren que es en ese jardín secreto donde podemos elaborar los mejores afrodisíacos. Son más efectivos que cualquier fármaco y, claro está, sin efectos secundarios negativos. Tener fantasías es una de las recetas para mantener en forma el apetito sexual y recuperarlo cuando se ha perdido, como en aquellas épocas de mucho estrés o de cambios hormonales o cuando aparece el monstruo de la rutina y se instala en la relación de pareja. Las fantasías eróticas reducen los niveles de ansiedad durante el acto sexual y combaten la actitud negativa que algunas personas puedan tener frente al sexo.

En definitiva, si quieres despertar el deseo y tener sexo, piensa en el sexo, porque el órgano sexual por excelencia es nuestro cerebro.

¿Con qué fantaseamos las chicas? El catálogo de nuestros pensamientos es de lo más variopinto, y el lenguaje que utilizan para contar las fantasías demuestra el gran salto que han dado las nuevas generaciones para expresarse libremente. Ahí va un aperitivo de las escenas que más nos ponen.





Con el hombre que me gusta



«Mi mayor fantasía es estar en un lugar cálido, como en la arena de la playa, totalmente desnuda. Mi marido también está desnudo. Las olas del mar nos mojan mientras él tiene su boca en mi sexo y también lo humedece con su lengua. Mmmmm, qué bien se le da el sexo oral. Y yo acaricio todo su cuerpo hasta que llegamos a un profundo y lento orgasmo.» (35 años).



«Estar en una casa de montaña, con la chimenea encendida y jugar con mi pareja sobre una manta de pelo. El calor de las llamas nos acaricia, nos sentimos seguros y protegidos. Él reparte besos húmedos con mucha suavidad por toda mi piel y luego yo le beso a él.» (34 años).



Efectivamente, muchas mujeres fantasean con su pareja. ¿Alguien lo dudaba?

No faltan las que todavía se excitan al imaginarse con su partenaire al cabo del tiempo. Aunque son legión las que se quejan de la aparición del sexo mecánico, del fin de aquella pasión febril que se apoderó de ellos en los comienzos de su historia sentimental, del estrés que gobierna sus vidas y de que, aunque amen a sus compañeros, ya no sienten ese deseo que antes se desataba cuando contaban anhelantes los minutos que quedaban para encontrarse.

De todos modos, hay que reconocer que el novio o la pareja estable suele ser el protagonista de las fantasías femeninas cuando la relación está en sus inicios. Cuando te pasas el día pensando en que vas a verle; cuando te vistes y maquillas para él; cuando eliges esos zapatos que te hacen las piernas esbeltas e intuyes cuál será el movimiento de la comisura de sus labios en cuanto te vea; cuando recuerdas aquella manera en que te miró, lo que te dijo el otro día mientras hacíais el amor y la forma en que paseó su mano sobre tu monte de Venus y entre tus nalgas.

Y más adelante, cuando todo eso forma parte de la rutina, quizás fantasees con él en otro lugar, en otra situación excitante, que se aparta de lo doméstico y cotidiano. Como en el ejemplo de la pareja en la playa que cuenta la treintañera. Un espléndido escenario al que viajar con la imaginación, relajarse después de un agotador día de tensiones y encontrar la libido que creíamos haber perdido. O probando juegos que no has realizado aún:



«Otra de mis fantasías, que espero llegar a practicar, es la de jugar con consoladores y otros artículos con mi pareja.... Eso me gustaría mucho, y él no ha dicho que no, pero no tengo una idea prefijada de lo que haré o de cómo será o lo sentiré... ¡Espero que hayan juegos para aplicarle a él!» (37 años).



Aun así, y aunque son muchas las jóvenes que comienzan imaginándose en una cabaña solitaria junto al relajante calor de una chimenea, las primeras fantasías con el flamante novio pueden ser un poco «salvajes», como la de esta administrativa de treinta y cinco años:



«Ahora, desde que tengo amante, mi cabeza empieza a imaginar, y lo único que pienso es en darle placer a él: taparle los ojos, atarle las manos y sentarlo en una silla, empezar a besarle detrás de la oreja, recorrer su cuerpo con mi lengua, que me suplique que se la coma, comérsela y meterla dentro, cabalgar y conseguir que aúlle de puro gozo. Seguro que un día se lo hago».



O prueban con situaciones arriesgadas, por aquello de que puedan pillarles en plena faena, ya sea con el novio o con el amigo con derecho a roce:



«Últimamente, lo que más ronda por mi cabeza son los lugares públicos. Tengo muchos para elegir, pero si tuviera que escoger uno sólo, sería los lavabos de mi facultad. La fantasía se desarrolla de la siguiente manera: yo estoy en clase y, de repente, mi novio entra y se sienta en la fila de detrás sin que yo lo sepa. Recorre mi espalda con la yema de los dedos, me giro y lo veo. Me vuelvo a girar para seguir la clase y, entonces, él empieza a pasarme papelitos con todo lo que me haría en ese momento. Cuando termina la clase, tan sólo puedo pensar en hacerlo con él, así que rápidamente vamos a los lavabos y nos encerramos en uno. Nos empezamos a besar de manera supersalvaje, estamos a mil y nuestras respiraciones se escuchan demasiado. Así que él me tapa la boca para indicarme que no podemos hacer tanto ruido. Me besa el cuello, me da mordisquitos, recorre todo mi cuerpo con sus manos. Yo ya estoy que no puedo aguantar más. Le desabrocho los pantalones, me los desabrocha y me penetra...» (20 años).



«Actualmente he dejado atrás las fantasías con personas que no me atraen. Me resulta más excitante pensar en los chicos que en realidad me han proporcionado placer. Imaginar qué haré cuando los vea la próxima vez, imaginar cómo me gustaría que me tocaran. Soy muy novata en temas de sexo, así que de momento mis fantasías son un poco infantiles. Me atrae pensar en distintos lugares donde haría el amor. El más recurrente es sin duda alguna la playa. Me excita un montón imaginar que voy con mi amigo a pasar el día en la playa y, tras tomar el sol un rato, nos vamos a jugar al agua y, al final, el juego se convierte en una sesión de sexo supersensual y excitante. Después nos quedamos en la playa hasta que no queda nadie y repetimos la experiencia fuera del mar, temiendo que alguien nos descubra, o incluso deseando que alguien nos vea...» (26 años).



«Mi mayor fantasía, la que más me pone y me excita, es hacerlo con mi chico en un lugar público. Sé que está muy vista, pero no puedo evitarlo. Cada vez que vamos a una boda, una comunión o algún acto de este tipo, donde hay mucha gente conocida y desconocida, en cuanto nos tomamos una copita mi cabeza empieza a hacer sus maquinaciones... Estamos en el postre, o incluso en el café, y yo empiezo a decirle cosas obscenas al oído, con mi mano puesta sobre su paquete. Y noto que va creciendo y poniéndose dura y eso me excita cada vez más. Nadie se da cuenta, pero nosotros estamos muy cachondos y sólo pensamos en follar sobre la mesa. Ya no nos importa nadie. Nos metemos debajo de la mesa, cuyos manteles son muy largos y llegan hasta el suelo, y entre los pies de los invitados empezamos a hacerlo, muy salvajemente. Él me tiene que tapar la boca porque mis gemidos son muy fuertes y, aunque ya han puesto la música para el baile, alguien podría oírnos y asomarse... Una vez terminado (con uno no tendría suficiente para sofocar todo el ardor que siento, así que echaríamos al menos tres polvos), salimos de debajo de la mesa, tan tranquilos, poniéndonos bien la ropa. Nos damos cuenta de que estamos solos en la gran sala de fiesta, todos se han ido, no se oye nada ni a nadie. Noto que mi deseo aún no se ha calmado del todo, así que me reclino sobre una de las mesas en la que hace un ratito había gente comiendo e invito a mi chico a que me vuelva a follar. Lo que nosotros no sabemos es que sí que hay alguien. Uno de los camareros ha vuelto en busca de su bandeja y está en un rincón, mirándonos. Yo me doy cuenta pero continúo, más cachonda aún que antes.» (20 años).





Sexo lésbico



«Sinceramente, una de mis máximas fantasías a día de hoy es estar con una mujer. Supongo que, al no saber mucho sobre el tema, me gustaría que fuera ella la que se insinuara, la que se atreviera a dar el primer paso. Puestos a pedir, me encantaría que la chica fuera morena, con ojos negros, morenita de piel, y argentina. Me gustaría atar a la cama a mi novio, o a un hombre que me gustara. La chica y yo nos tocamos, y nos hacemos las cosas más sucias de la manera más elegante posible, mi lengua desciende por su vientre color de miel oscura y ella acaricia mi pubis con sus dedos mientras miramos sus ojos encendidos, los de ese hombre atado que no puede participar. Y no, mi fantasía no es un trío (ya participé en uno), puesto que el hombre no llega a intervenir.» (19 años).



«La calle está oscura. Me debato entre el miedo y el silencio de la noche. Ya la ciudad duerme y sólo resuena mi respiración en un estrecho camino.

Oigo algo... quizá el sonido de algún coche lejano, o la televisión de un ciudadano en busca del sueño. Pero no, alguien me sigue. Oigo un suspiro y una mano invade mi hombro. Me giro asustada y ahí están. Los ojos más bonitos que jamás he visto. Una sonrisa que brilla hasta deslumbrarme. Ese cuerpo que sin tocarlo me aprisiona. Una chica (una mujer, mejor dicho) de unos treinta años mirándome. Le pregunto quién es y la respuesta se haya en un beso. Aturdida, enloquecida por la situación, continúo mi marcha. Ella se acerca por la espalda y consigue rodearme con sus brazos. Me aprisiona el pecho, y me dice al oído: ‘Quédate, sólo por esta noche, sé que no me conoces, sé que no puedes volar, pero conmigo todo es posible’. Paralizada, siento que sus manos bajan hasta mi cintura. Le dejo hacer, no sé quién es, no importa, me está gustando. Sus manos calientes se adentran en mi tanga y allí arden con el fuego que desprendo. Me acaricia y yo... yo sólo suspiro... sólo anhelo más y más. Al momento le cojo las manos, y la llevo conmigo a una vieja pared de la misma calle. Le digo que me enseñe y ella, sin pudor, lo hace. Rompe mi camisa y amasa mis pechos, lame mis pezones, lame mi ombligo y desciende con la mayor dulzura y pasión jamás contenida. Mi pantalón se desabrocha y da la bienvenida a un vaivén de juegos de dedos rápidos y hábiles. Me hacen pensar que no hay más mundo aparte de nosotras. Acabamos desnudas, en medio del callejón, sin vergüenza ninguna y llevadas completamente por una enorme excitación. Sí, desnudas una encima de la otra, bailando al compás de la Luna y sintiendo ese momento como el más morboso de todos. Sentir su pubis contra el mío, su lengua en mi más preciada intimidad, sus dedos enredándome el pelo. No quiero que ese momento acabe nunca... Lástima que sólo sea una fantasía...» (20 años).



La fantasía erótica con otra mujer es, quizás, la número uno en el imaginario femenino. Es lógico si tenemos en cuenta que los medios de comunicación, la publicidad, el cine y artistas de todos los tiempos han insistido en mostrar las formas femeninas como el gran objeto del deseo.

Es, además, una fruta prohibida según las convenciones sociales. Las prácticas sexuales con personas de nuestro mismo sexo son conductas trasgresoras, y traspasar los límites siempre provoca un subidón especial de adrenalina. Puede que sea una amiga o una desconocida, que sólo haya otra mujer o varias, que se incluyan vibradores o no se utilicen más que las manos, los labios, la lengua, la piel. Con o sin presencia de los hombres. Con mucho sexo oral.

Más de una mujer admite que le gustaría probarlo alguna vez en la vida, pero a la hora de la verdad, siempre encuentran algún pretexto para no hacerlo. También hay mujeres lesbianas que se excitan imaginando un pene, y eso no significa que se hayan equivocado de orientación sexual. De hecho, las que lo cuentan aseguran que no se sienten atraídas por los hombres.



«Me imagino en un lugar público conociendo a una mujer, de rasgos exóticos y espléndida figura. Nos miramos y provocamos un encontronazo. De repente, y casi sin mirarnos, empezamos a besarnos y a tocarnos (yo nunca antes había pensado en una mujer como amante, y no me considero lesbiana y tampoco bisexual). La imagino besándome entera mientras nos miran. Y yo me dejo, acepto sumisa sus caricias. Prefiero ser yo la que reciba placer de ella más que darlo.» (28 años).



En la fantasía de esta empresaria se da otro hecho muy recurrente en el sexo lésbico imaginado: la protagonista se ve como sujeto pasivo. Y es que son muchas las que admiten que les excita ser lamidas de arriba abajo por otra mujer, pero que les produce rechazo ser ellas quienes las besen.

O puede que ni tan siquiera participen en ella, como es el caso de esta treintañera: «Me excita mucho pensar en dos o más mujeres haciendo el amor, aunque no soy lesbiana. Es una fantasía con la que sueño desde hace años. Veo a dos mujeres que viven juntas en un piso y se incorpora una tercera. Esta chica nueva es bastante tímida y reservada y las otras dos son muy lanzadas y les gusta el sexo. Llega un día en que están viendo la tele sentadas en el sofá y la más tímida se encuentra en medio de las otras dos. Se acaban de duchar y van bastante ligeritas de ropa. De repente, a una de las más lanzadas se le abre la bata de seda que lleva y sonríe a la del medio. La otra chica se levanta, se dirige a la de la bata y comienzan a besarse y a tocarse. La más tímida mira sin saber qué hacer, pero comienza a estar muy excitada. Las otras dos siguen con sus juegos y en un momento dado, incluyen a la tímida en ellos. Una le empieza a quitar la ropa mientras la otra la besa y todas están muy, muy excitadas. Y así transcurre la escena, que puede variar. A veces una de ellas mira mientras las dos hacen el amor».

La escritora Nancy Friday, que comenzó el estudio sobre las fantasías femeninas en los Estados Unidos en la década de los setenta, veía en estas escenas imaginadas un reencuentro con la ternura materna. Quizá se trate de una conclusión psicoanalista que no pueda explicar todos los casos de mujeres que se excitan con estas imágenes. De hecho, no siempre es tierna la conducta de las mujeres que aparecen en las fantasías. Fíjate en la esta chica:



«Lo cierto es que siempre me he considerado poco diversa en mis fantasías, soy obsesiva. Soy bisexual, pero mis fantasías son casi exclusivamente con mujeres. También me ha excitado siempre, y mucho, imaginarme a dos hombres follando. De cualquier forma, todas las historias que me cuento a mí misma para masturbarme son de dominación. Me encanta imaginar que tengo una jefa autoritaria, o una amante muy refinada, y siempre mayor que yo, que me somete sexualmente, o una médica a cuya consulta acudo o la madame de un burdel en el que trabajo...

Voy a centrarme en una para ser más precisa... Yo soy una chica de compañía de una mujer rica, y voy con ella y una amiga suya, también muy poderosa y borde, a la playa. No me hacen caso en toda la tarde, pero al llegar la hora de cambiarnos me ordenan que me meta con ellas en la ducha. El agua fría cae y yo me corto porque sé que hay más personas cerca, pero a ellas no les importa. Me desnudan, me acarician y también me pegan. Me obligan a que le coma el coño a una de ellas, mientras la otra me azota o me introduce los dedos violentamente por el ano... Si me estoy masturbando, en ese momento suelo correrme. Me gusta sentir el placer mezclado con el dolor, me gusta sentirme dominada por ellas y sé que al final yo también tendré mi parte.» (29 años).



Y otra aclaración: las que han cruzado la línea y han probado el sexo lésbico descubren que no todas las mujeres saben cómo hacer el amor a otra mujer. Para nosotras el cuerpo y el placer del sexo femenino no deja de ser un misterio, tanto o igual como pueda serlo para los hombres, puesto que cada mujer siente de forma distinta. Es la prueba de que nuestros cuerpos no son aparatos de fabricación en serie para los que sirve el mismo manual de instrucciones.



Él y otra mujer… o quizás otro hombre



«Somos tres. Él, otra chica y yo. Él nos mira sentado desde un sillón y nosotras nos acariciamos. Ella es muy guapa y tanto él como yo la deseamos, sin embargo, sólo yo puedo tocarla.

Ella disfruta conmigo pero no siente interés por él. Mientras nosotras jugamos, él se excita y noto que su sexo se hincha, la respiración se acelera, se pone nervioso. La chica y yo no estamos desnudas y nos metemos mano entre la ropa. Ella acaricia mis pechos bajo la camisa entreabierta, yo exploro sus muslos bajo la falda. Nos miramos de cerca hasta casi besarnos. Nos gusta sentir nuestro aliento agitado. Poco a poco nos desprendemos de nuestras prendas hasta quedar del todo desnudas y nos masturbamos una a la otra. Nos acercamos algo a él, que también se masturba, atento a cada uno de nuestros movimientos. Ahora yo voy a practicarle sexo oral mientras la chica será quien mire. Después ella se acercará y también lo hará, pero siempre bajo mi control. Él no podrá tocarme más que a mí y cuando esté completamente excitado, la chica se alejará y será a mí a quien penetre.» (23 años).



La fantasía del trío en la que participan un hombre y otra mujer es una de las coincidencias entre la imaginación masculina y la femenina. Y tanto en la una como en la otra a menudo se cumple una premisa: uno de los integrantes es la pareja. Cuando la invitada en el trío es otra mujer, se juega además con otra de las fantasías más recurrentes: el sexo lésbico.



«Las fantasías que más me gustan son: tener sexo con una chica muy femenina y apasionada mientras mi pareja nos mira y se vuelve loco. Acariciándonos, comiéndonos y follándonos mutuamente. Nosotras decidimos cuándo puede participar él. Utilizamos dildos y aceites esenciales. Nosotras tenemos muchísimos orgasmos. Y, cuando no podemos más de cansancio, él se corre encima de las dos. Otra fantasía es irme de marcha con mi marido y su mejor amigo. Bailamos, bebemos, nos reímos un montón y, sin darnos cuenta, me estoy besando y acariciando con ambos. Mientras mi marido me penetra a cuatro patas, hago una felación a su amigo. Yo voy con un vestidito muy sexy, me lo subo y me pongo encima del amigo a cabalgar, tratándolo con mucho cuidadito. Pero no quiero que se corran, quiero mucho sexo y de calidad. Él está tan cortado que tengo que cogerle las manos para que me acaricie los pechos. Consiguen que me corra muchas veces. Cuando los tengo agotados dejo que se tumben y se la chupo a los dos. Se vuelven a poner muy a tono y entonces mandan ellos. Me ponen a galopar encima de uno mientras el otro me penetra analmente. Estamos los tres a tope. Eyaculan encima de mí y se la chupo con mucho amooooor.» (34 años).



En estas escenas se dan varios elementos muy comunes en las fantasías de muchas mujeres: que él actúe como un voyeur durante mucho tiempo y que, tanto en el trío con otra mujer como en la que participa otro hombre, exista mucho sexo oral. Aunque esta práctica es la más imaginada en todo tipo de fantasías, independientemente del número de personas que la protagonicen.

La gratificación oral que se busca en las ensoñaciones suele contener un mensaje: pocas veces se encuentran las mujeres con un amante que sepa hacerlo bien, como pocas son también las que tienen la valentía de pedir lo que desean.

Aunque muchas mujeres rechazan llevar a la práctica la fantasía del trío, no son pocas las que se ven capaces de dar el paso:



«La fantasía que se repite constantemente es que me voy a Ibiza a descansar y allí conozco a dos chicos con los que convivo un tiempo en una casa blanca, cerca del mar. Ellos me cuidan, me miman y también mantenemos relaciones sexuales con uno u otro, según el momento, o con los dos a la vez. En el trío me gusta imaginar que uno me penetra mientras le practico sexo oral al otro. Chupársela a los dos alternativamente también me parece excitante, o dejármelo hacer por ambos en el agua con el cuerpo lleno de barro. Luego vuelvo a mi ciudad y me quedo con los buenos recuerdos. No tengo ninguna fantasía que no se pueda cumplir; todas son factibles.» (33 años).



«Mi fantasía es un trío con mi novio y otro chico. Lo hemos hablado y él me ha dicho que le gustaría ver cómo me desenvuelvo con dos tíos (uno él, por supuesto) y, la verdad, es algo que me da muchísimo morbo. Me gustaría que el trío fuera con un chico de confianza y que no fuera nada preparado, sino que surja de forma más o menos natural. Pensar en tener dos bocas recorriendo mi cuerpo y cuatro manos tocando mi piel es algo que me excita muchísimo.» (20 años).



«Otra experiencia que no he hecho realidad, y creo que no haré nunca, es montármelo con mi pareja y otro chico, en una habitación con cama redonda toda llena de espejos y un jacuzzi redondo de los que te quitan el hipo. Me veo con un picardía impresionante, de color negro, de encaje, ellos dos desnudos. Uno empieza a chupar todo mi cuerpo, el otro me pide que le haga una felación. Entonces cada vez me pongo más cachonda. Cuando llevo un rato chupándosela me empieza a follar mientras que mis labios húmedos recorren el pene del otro. Durante la penetración vamos cambiando de posturas. Me da igual cuáles sean, ya que me gustan todas; así no se hace tan monótono. Yo estoy superexcitada y mi pareja me mira, mientras que el otro chico me penetra con una cara de satisfacción que ni yo me lo creo. Esta fantasía dudo que la lleve nunca a cabo, ya que sería incapaz de proponérselo a mi pareja.» (25 años).





Con el ex



En una fantasía te puedes permitir la osadía de tener sexo con una persona con quien mantener relaciones provocaría un grave conflicto. El compañero de trabajo es un personaje habitual, también el jefe, una amiga, el novio de esta, el profesor y… sí, tu ex. Una chica escucha de nuevo las frases obscenas que un ex amante le decía por teléfono; otra recuerda un día morboso en la playa con su ex; otra, a un ex con el que practicó el sexo anal o al que conocía las artes del cunnilingus a la perfección…



«Mi fantasía más común es imaginarme dentro de una discoteca, en una zona oscura pero donde todo el mundo me pueda ver, y que venga mi ex novio y me folle hasta que no pueda más. Después, viene otro hombre, desconocido, y hace lo mismo. En ese momento no me fijo, pero cuando termino con los dos, me doy cuenta de que todo el mundo en esa zona está observándome, y que los hombres están excitados al máximo, deseando acostarse conmigo. Con ese ex novio, con el que estuve tres años, el sexo era fantástico, pero sufrí mucho con sus infidelidades. Eso nos fue distanciando hasta que rompimos.» (20 años).



Suelen fantasear con sus parejas del pasado las mujeres que, como en este caso, recuerdan buenas experiencias sexuales con ese hombre, pero con los que la relación fuera de la cama era difícil. En cambio, los ex no suelen ser protagonistas de la imaginación erótica de las mujeres que se han separado y se sienten liberadas después de largas convivencias que acaban en tedio y erosión.

A veces, un reencuentro con ese antiguo amante extraordinario puede hacer que nos replanteemos una segunda oportunidad. Pero, aunque en la cama todo vaya tan bien como en otros tiempos, los problemas no solucionados que generaron la ruptura suelen reaparecer.



«Sucede en la facultad donde estudié, en el despacho donde realicé mi tesis. Voy allí con uno de mis ex y sin venir a cuento rodeo su cuello con mi brazo y comienzo a besarle, le bajo los pantalones, le masturbo, me masturba y al final lo hacemos sobre la que era mi antigua mesa de trabajo. Da igual si hay alguien o no, o si pudiera venir alguna persona. Es el momento, la necesidad. No es algo violento, aunque no es sutil. Simplemente es, como diría yo, pasión, deseo, pero a fin de cuentas eso es una fantasía, ¿no?» (27 años).



«A ver, la verdad es que cuando hago el amor sólo pienso en ese momento, en esa persona y en lo que hacemos. Cuando me masturbo pienso en las cosas que me hace. Me excita más, la verdad, hacer el amor con alguien a quien quiero aunque en ese momento no sea mi pareja. Algo así como un reencuentro o una reconciliación. Soy soltera y hace muuuuucho que no hago el amor. Estoy en proceso de intentar volver con mi ex pareja. Bueno, no sé si llamarle así. Era un amigo con quien perdí la virginidad, y después de un tiempo me enganché y ya no supe nada más. Me gustaba el sexo con él, aunque después de un tiempo manteniendo relaciones me di cuenta de que hasta ese día no había tenido un orgasmo.» (20 años).





Con el desconocido



«La fantasía que más me ha excitado es esa en la que yo me encuentro en mi cama plácidamente durmiendo y no sé por qué me viene a visitar un hombre todas las noches con el que hago el amor de manera pasional. Distingo y veo su cuerpo, pero la cara no (es como si estuviera borrosa). Cuando me despierto, tengo unas ganas enormes de tocarme y masturbarme.» (20 años).



El hombre sin rostro es uno de los protagonistas más recurrentes de las fantasías femeninas. Es una manera que tiene la mujer de involucrarse menos en lo que en ella sucede, de no implicarse emocionalmente ni alimentar un deseo, puesto que no se va a encontrar con él a la mañana siguiente, en el trabajo, en el parque donde lleva al niño… Y es también el personaje más frecuente en la fantasía de la violación. Así, se vale de la imaginación para asumir un nuevo papel: el de la mujer que se da permiso para sentir y gozar.

«Hay una fantasía que solo tuve una vez, pero que me hizo llegar a un orgasmo fantástico:

Yo voy en el coche, que se avería en mitad de una carretera comarcal. Después de esperar, me recoge un hippie atractivo aunque un poco guarro, que va con una furgoneta. No me dice nada, me subo y sin mediar palabra va metiendo su mano por mi minifalda y me masturba. Yo me dejo, sin mirarlo ni una sola vez me voy excitando más y más. Luego, para en una gasolinera, bajo y voy al lavabo. Cuando estoy dentro, entra él y me aplasta contra la pared y me penetra vaginalmente por detrás, muy fuerte, a la vez que me dice palabras obscenas al oído: “Siempre había querido follarme a una pija como tú, así, como si fuera una perra, en un lavabo mugriento…” y cosas por el estilo.

Luego volvemos a la furgoneta y yo se la chupo mientras él conduce. Para en el arcén y me hace pasar detrás, donde me folla con la ropa puesta y con un perro alrededor que ladra sin parar.» (25 años).



El valor de la trasgresión aumenta cuando, además de montarse la escena con un desconocido con quien no existe ningún tipo de vínculo emocional, se elige un escenario que simboliza la represión sufrida en los años de iniciación a la vida, como puede deducirse de este testimonio:



«Mi fantasía, que no me gustaría hacer realidad y me causa vergüenza, tiene lugar en la catedral de mi ciudad, en verano, rodeada de las imágenes que me hicieron adorar cuando era pequeña en el colegio, con un hombre de color con un miembro enorme. Yo estaría rezando y él se acercaría por detrás, me taparía la boca y sin hablar me haría el amor allí mismo en el suelo, tapándome la boca para que no oyera nadie mis gritos (la iglesia estaría llena de gente rezando como yo). Después se iría sin decir nada y yo estaría buscándole para repetir el gran placer que me había dado.» (47 años).



Cuando te imaginas sintiendo placer con un desconocido, quizás estés superando uno de los clichés y mitos sexuales falsos que más daño han hecho en el logro de nuestra satisfacción: que una mujer no puede sentir deseo, ni mucho menos alcanzar el clímax, con un hombre del que no está enamorada. ¿Cómo vas a enamorarte de un tipo a quien no has visto en tu vida y cuyo rostro ni siquiera distingues con claridad en tu fantasía?

Como botón de muestra, la escena imaginada por una veinteañera que tiene novio desde hace cinco años con el que busca piso para convivir:



«Sucede en una piscina, donde hace bastante calor. Estoy tumbada en la hamaca leyendo un libro, llevo un bikini de braguita pequeña y sin parte de arriba. Me doy la vuelta y empiezo a untarme bronceador. Entonces aparece un hombre. Yo termino de ponerme crema por delante y me voy a dar la vuelta cuando el desconocido se acerca y se ofrece a ponérmela por la espalda. Yo accedo, me doy la vuelta y empieza a masajearme. Noto la crema fría y sus manos calientes. Está sentado en un lado de la hamaca y empieza a extenderla lentamente. Primero, los hombros, la espalda; ahí se detiene. Después me aparta un poco la braguita por el culo y se detiene un rato; baja hasta las piernas y los pies, pero vuelve a subir. Yo estoy realmente excitada. Él se da cuenta y vuelve al culo. Entonces tira un poco de la braguita y pego un respingo. Así que, como no digo nada, con cuidado me roza suavemente con los dedos. Está húmedo y lo acaricia poco a poco hasta que aparta del todo el tanga y me masturba mientras yo gimo y me retuerzo de gusto. Cuando estoy llegando al orgasmo pone su cara entre mis muslos y empieza a chuparme, hasta que me voy en sus labios.» (22 años).



No hay conversación, ni un juego de seducción que preceda el contacto físico, como en esta otra:



«Una fantasía en la que pienso a menudo mientras me masturbo (y me ayuda a ello) es tener un encuentro de sexo salvaje con un desconocido. Me imagino andando por mi casa... cuando llaman a la puerta y/o alguien me agarra de la cintura con fuerza y me empuja contra la puerta para cerrarla. Un hombre desconocido que, la mayoría de las veces ni imagino su físico, forcejea conmigo. Mientras intento huir, él me empuja una y otra vez contra las paredes intentado arrancarme la ropa y acariciando con brutalidad mi cuerpo. De esta manera llegamos al dormitorio, donde me coge en brazos y me tira en la cama. Allí intenta penetrarme. Al principio me resisto, no me gusta, es un desconocido e intenta hacer algo que yo no quiero. Pero cuando ata mis muñecas al cabezal de la cama empiezo a flaquear. Aquella situación me excita cada vez más. Él está sobre mí y, aunque hace movimientos bruscos, no siento dolor. No me hace ningún daño, sino todo lo contrario. Un inmenso placer recorre mi cuerpo. Aunque en la fantasía aún me resisto a esa penetración forzada, mientras me imagino la escena me excito más y más hasta llegar a un increíble orgasmo.» (20 años).



Es una fantasía de rebelión. Puedo buscar el placer sin compromiso, con un hombre a quien no amo, sin dependencia emocional (¡qué liberación!), pero que sabe cómo satisfacerme. Por mucho que deseen vivir este tipo de aventuras cuando salen de copas y con ganas de ligar, las mujeres temen poner en peligro su integridad física al irse con alguien de quien ni ella ni su grupo de acompañantes sabe absolutamente nada. ¿Y si se han topado con un psicópata? Sólo en tus fantasías eres la controladora absoluta de cuanto sucede. ¡Ni siquiera has de molestarte en explicarle cómo te gusta que te lo hagan!



«Todo sucede en una fiesta a la que acudo sin saber con quién me voy a encontrar. Me siento libre y dispuesta a divertirme. Un hombre de alrededor de cuarenta y cinco años, con muy buena planta, se acerca y me habla. Desde el principio su voz me resulta muy seductora. Me habla susurrando, muy cerca del oído. Escucho cómo suspira. Cuando me roza, se detiene en mi brazo o en la espalda, y me pone a cien. Me pide que le acompañe a una zona reservada. Está oscura y suena música. Me siento tan excitada como nunca antes. Apenas hablo, y me dejo llevar. Me acaricia muy despacio, me desnuda y me siento totalmente dispuesta, con ganas de abrazarle, tocarle y tener sexo. De pronto se vuelve más agresivo en los movimientos, me agarra con mucha fuerza y me penetra muy fuerte. En mi fantasía eso me gusta y me excita aún más. Aunque siento también inseguridad. Desde que comienza la fantasía él no ha dejado de hablarme y de sugerirme lo que podíamos hacer, hasta dónde podríamos llegar. Pero también es más agresivo en lo que dice y cómo. Cuando termina la penetración y eyacula, enseguida comienza de nuevo. Ese momento en el que regresa la excitación es de los que más me gusta.» (31 años).


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