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Indios Muiscas 500 años

(1492-1992)

Real Historia

Hernán Pérez Correa

Ediciones LAVP






Indios Muiscas 500 años (1492-1992)

Real Historia

©Hernán Pérez Correa

Diagramación y diseño

©Ediciones LAVP

Tel 9082426010

New York City USA

ISBN-9781370356737

Smashwords Inc.


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ÍNDICE

Introducción

El Descubrimiento de América

Fenicios en San Agustín

Procedencia de Cristóbal Colón

Los viajes de Cristóbal Colón

Aparición muisca en territorio colombiano

El rito del matrimonio chibcha

El dios Bochica

Bachué o Fuerachoga

Indígenas actuales

Nemequene

El zipa Tisquesusa

Límites indígenas de los muiscas

Elección de un cacique muisca

La legislación de Nemequene

Los behetrías

Sagipa

Muerte de Sagipa o Saquesaxigua

Sistema racial

Procedencia del indígena americano

Tesoros

Área cultural chibcha

Dominación

Su ejército

Su dios creador

Primer encuentro chibcha

Resistencia pacífica

La serranía de los órganos

Los dioses de los chibchas

Enviado de Bochica

Cómo le crecieron las orejas a Fonzaque

Muzo y sus esmeraldas

La princesa de Guatavita

Resumen y distintas apreciaciones muiscas

Quiénes eran los muiscas

Nombre chibcha

Algunos diluvios

La veracidad de los diluvios

Simbología muisca

Narración

Dogma

Misticismo

Grupos con lengua chibcha establecidos en Colombia

Eran setenta millones de aborígenes

La Constitución Nacional y los indígenas

Indígenas en el Congreso de Colombia

Capítulo Cuarto del Senado

Fundación de Santafé de 6 de agosto de 1538

Fundación de Bogotá

Le disputan el territorio

Tributos y servicios a los indígenas


INTRODUCCIÓN

La presente obra como Historia Real de los Indios Muiscas, tiene como objetivo primordial el de llevar al lector, estudiante o profesor, a investigar más a fondo la relación habida entre el hombre nativo del suelo colombiano, y las diferentes personas que llegaron después a este territorio, compuestas por rasas diferentes a las de este suelo privilegiado y glorioso.

Es porque aquí estaban constituidas sociedades antiguas que sólo han sido posible conocer a través de sus momias o partes esqueléticas, mediante la aplicación del carbono 14, que tiene una vida de 5.700 años, descubierto por Martín David Karen, y su uso aplicado en 1947 por el químico Willard Frank Libbi, con el cual se determina también la edad de todo lo que esté constituido por plantas, o elaborado con estas, como las casas de madera, pergaminos, vestidos, papel y carbón. Siempre se está formando carbono 14 mientras el viejo se descompone.

Analizados pues los elementos necesarios dentro de la investigación para el conocimiento de seres vivientes en épocas muy anteriores a la aparición de los muiscas en nuestro territorio, encontramos que hace unos treinta mil años aparecieron en América, los primeros hombres, según la etapa del paleoindio.

Pero en Colombia sólo se conoce que el primer hombre entró por el Istmo de Panamá hacia el año cuatro mil (4.000) antes de Cristo.

Sólo en los siglos XIV al XVI, es cuando aparecen las aldeas y las poblaciones indígenas, con la cerámica y la orfebrería.

Estos primeros habitantes se distraían en recoger moluscos y frutas silvestres, y los jóvenes se entretenían casando.

A los chibchas los hacen descendientes de los chinos, por cuanto el legislador ancestral de ellos, Chibchacún tenía los cabellos lacios, negro, con su tez rojiza y sus ojos oblicuos.

Todas sus costumbres y los nombres que colocaban a sus pueblos, indican que venían de la China Central. Pronunciemos estos nombres en sílabas así: Zi-pa-quira; Chi-quin-quirá y Mo-ni-quira, conllevan a su fonética silábica, lo que los asemeja un tanto más a la China indescifrable y enigmática.

Plinio el viejo, los relaciona con el papiro que recibiera de manos del Cardenal Vizenchio, y en comunicación con estos primitivos habitantes colombianos o americanos, manifiesta que le informaron personalmente, como su descendencia venía del Mediterráneo, de la rasa etrusca, intelectual, soberana y potente.

Se dice sin embargo que los fenicios establecieron en esta América sanas costumbres, que después pusieron en práctica nuestros indios, por lo que se les atribuye la construcción del templo del sol en Sogamoso (Boyacá) y la construcción de una vía enlosada de tres metros de ancho, que unía los Llanos Orientales desde el Meta hasta Firavitova en Los Andes, por la cual iban y venían caravanas orientales. Otro ramal se desprendía comunicando la región de San Martín que era el Santuario Sagrado de los que adoraban el Sol.

Es también muy posible que los indios que llevara Cristóbal Colón a los reyes de España, el oro, sus atuendos y manufacturas, fueran la misma familia que encontrara don Gonzalo Jiménez de Quesada cuarenta y cuatro años después, en las verdes y productivas tierras colombianas, especialmente en la epopéyica Boyacá y la cultural Cundinamarca de ensueños libertarios.

Sobrada razón tenían los fundadores de pueblos en el área colombiana para viajar desde el Viejo Mundo enfrentando todos los peligros del poético mar, en busca de un Dorado que nunca tuvieron en sus manos, y que volvieron con ellas ensangrentadas, y con la mísera muestra del precioso metal que ocultaba en sus entrañas pacíficas y señoriales, conocido sólo por el Zipa Sagipa.

Entre éstos, se erguía con sus títulos nobiliarios, el canciller, abogado y teniente, don Gonzalo Jiménez de Quesada, quien con seiscientos hombres como soldados de infantería, y otros setenta de caballería, arrancara en 1536 desde la hospitalaria población de Santa Marta —de don Rodrigo de Bastidas— hacia el majestuoso río de La Magdalena, en busca del precioso y codiciado Dorado.

Cruzaron ciento veinticinco hombres como soldados y cuarenta jinetes el río Suárez, y penetraron al territorio de los zipas, como sombras derruidas por las insanas temperaturas, y esqueletos andantes, más que guerreros españoles, a excepción de su comandante Jiménez de Quesada que gozaba de una perfecta salud cordobesa.

Entró Jiménez de Quesada a Muequetá hoy Punza confundido con tanta belleza en las construcciones de los bohíos y el famoso palacio de gobierno, donde gobernaba con frialdad y honradez el Zipa Tisquesusa.

Los habitantes muiscas de esta región se postraban a los pies de los soldados de Jiménez de Quesada, y se decían entre sí, que los que venían de a caballo, eran jinetes del cielo, enviados por un dios raro y extranjero para castigarlos por sus pecados, y los adoraban.

Tisquesusa se fue, abandonó su trono, aconsejado por su sacerdote más cercano y confiable, llamado Pompón. Se fue lejos, muy lejos, hasta encontrar el último viaje de su existencia, en manos de los suyos, herido mortalmente por el español (soldado) Alonso Domínguez.

Muerto Tisquesusa por los puñales españoles, asciende al trono el capitán de los ejércitos Sagipa. El valor de este indio, sólo es comparable al de los griegos, romanos y africanos, si tomamos como general invicto en muchas batallas a Aníbal Barca de Cartago. Su figura infundía respeto y admiración entre los suyos. Un temor imposible de vencerlo en combate, obligó al militar Hernán Pérez de Quesada, hermano de don Gonzalo Jiménez de Quesada, a tramar toda clase de ardides contra el Zipa, para conseguir información exacta sobre el lugar en que se encontraba el tesoro de El Dorado.

Empezaron torturando a sus súbditos muiscas, y luego al propio Sagipa, pero éste estaba hecho para resistir toda clase de tormentos, incluyendo los más crueles que le aplicaron, por cuanto entendían que era éste, el único personaje que conocía ciertamente el apetecido Dorado, en vista a que les había pedido cuarenta días para llenar de oro todo el apartamento que antes habitara el conquistador, y así lo hizo, y lo mostró a Hernán Pérez de Quesada.

Pero en vista a que no se cesaban los crueles tormentos para él y para los suyos, resolvió volver el oro a su sitio primitivo, y no volver a hablar de él, así le cortaran la lengua, como en efecto se la cortaron, y le sacaron los ojos, y lo ataron a dos postes y lo azotaron, con tal sevicia, que murió en el tormento.

Sólo el padre De las Casas, defensor de los indios atormentados, supo de estos crueles e inenarrables tormentos con que trataban los españoles a los indígenas, pero especialmente a Saquexasigua, el último zipa de Bogotá, y lo trasmitió así a los reyes de España, por cuyo motivo -fue degradado de sus títulos por cinco años don Gonzalo Jiménez de Quesada.

Los tormentos de estos indígenas nos trasladan a los sufridos por el capitán José Antonio Galán, y Policarpa Salavarrieta, asesinados, descuartizados, y repartidos los restos del primero por la jauría española, en las tierras que más tarde tuvieran que abandonar estos sicarios, empujados por la voz solemne de Bolívar, y la espada gloriosa de Santander.

Los sipas y los zaques eran, ante los ojos de los muiscas, seres superiores, y los tenían como dioses, a quienes no se podía mirar a los ojos, porque de inmediato moría el que así lo hiciera. Por ese poder especial que era sólo una leyenda, llegó a Tunjo el conquistador, en busca del zaque Quemuenchatocha.

Este gobernante muisca, tenía la virtud de ser un hombre poderoso a su manera; gobernante ecuánime, sincero, modesto, no engreído con el mando supremo sobre sus súbditos, que le pagaban tributo de maneras. Lo pintan rechoncho y bonachón, como muestran las imágenes populares de Buda. No presentó ninguna resistencia a los invasores a quienes esperó sentado en su trono sin el más leve movimiento pendenciero. Allí estaba el soberano muisca en todo su esplendor de gobernante muisca.

Sereno, majestuoso, con sus ojos oblicuos, convencido de que cuando lo miraran, morirían de inmediato. Jiménez de Quesada llegó hasta él, con su espada en alto, en actitud desafiante. Quemuenchatocha notó que su mirada no producía ningún efecto ante los españoles, y murió de tristeza, como mueren los esperanzados en sus grandes poderes.

En el momento de la salvaje llegada de los invasores, la población indígena —muisca— era de seiscientos mil (600.000) habitantes, trabajadores de la tierra, artesanos, mineros, ingenieros, sacerdotes, médicos, esclavos muchos de ellos de sus superiores inmediatos; y así los continuaron los españoles a todo lo largo de su estadía en tierra colombiana.

Se distinguían para efectos sociales en nobles, que eran los caciques; los sacerdotes de alto rango que no obedecían a los caciques; la clase de los guerreros. Al zipa y al zaque, los tenían como a dioses. Estaban los mercaderes, artesanos y labradores del pueblo. Era una sociedad más organizada que la nuestra, en donde se apretujan los esclavos de la sociedad, habitantes de tugurios, pordioseros y otros.

Quedaron pues los muiscas sin gobernante especial, hasta cuando llegó por el Oriente un hombre montado en un camello, que dicen era de tez blanca, alto de cuerpo, envuelto en un manto rojo con una capa oscura encima, de barba abundante y blanca, frente ancha, pelo liso, brasas largos y pulidas sus manos, con ojos brillantes que parecían relámpagos, con una voz suave y musical, como la de los arcángeles del Antiguo y Nuevo Testamento. Dicen que tal vez un discípulo de Jesús, llamado Santiago, o alguien posterior a éste que ya había sido bautizado en espíritu, y tenía la virtud de predicar el Evangelio, en la forma que lo hacía este hombre llamando Bochica.

Bochica convocó al pueblo muisca y le indicó el nombre de Hunzahúa para lo que lo eligieran popularmente como a su jefe máximo, y se le tuviera por Zaque y soberano a la vez. El pueblo escuchó la voz del hijo del Sol y sacerdote máximo de Sogamoso c Iraca.

Hunzahúa reinó durante doscientos cincuenta años. Extendió su gobierno por todo el territorio comprendido entre las sabanas de San Juan de los Llanos y las montañas de Opón. Fundó la ciudad de Hunza en su nombre, pues era el primero de la dinastía de los Zaues de Cundinamarca. Después los españoles le dieron el nombre de Tunza o Tunja.

Bochica caminaba al lado de los indígenas con los principales jefes de las distintas tribus, enseñándoles la manera de tratarse entre sí, con mucho amor y comprensión entre todos, rogándoles mantener la paz para siempre. Los enseñó a tejer, a leer, a escribir; a conocer a un dios supremo, dueño de los cielos y de la tierra, principio y fin de todas las cosas, que camina más allá de las nubes y que se localiza en los corazones de todos los seres vivientes.

Un día desapareció Bochica y sólo volvió cuando por medio de oraciones le suplicaron su regreso para apartar las aguas que inundaban la sabana de Bogotá, y formar luego el Salto del Tequendama.

Allá más adelante nos encontramos con el legislador muisca, el gran Nemequene que como Moisés con los israelitas, les trae la ley, a la cual serán sometidos en adelante.

Es un raro personaje que no asistió a ninguna universidad para obtener los títulos que la historia le da en abundancia sobre la aplicación del derecho universal, en todas sus formas.

No escatimó persona ni lugar alguno para conducirlos en su sabiduría a terrenos de legalidad, para que disfrutaran de mejores días, y entendieran que el hombre en su diario trajinar, tenía la libertad de acción, sin que esta libertad se convirtiera en libertinaje. Les enseñó hasta dónde llegaban sus derechos, y cuando se chocaban con las paredes del vecino, su hermano y coterráneo. Los enseñó a ser fuertes en los combates, y les propuso vestir a los cobardes con trajes de mujer.

Mandó que a los ladrones les pusieran fuego en los ojos.

Mandó que el asesino pagase con su propia vida su condena.

Mandó matar a quien forzase a una mujer soltera.

Mandó que si de parto muriese cualquier mujer casada, su marido perdiese la mitad de su hacienda, y diese al suegro y a la suegra o hermanas y parientes más cercanas.

Tuvo siempre presente la buena voluntad en todos los actos de sus subalternos, y gobernó con austeridad.

Hacía todo esto porque entendía claramente que la acción penal corresponde al Estado, y que él era, sin duda alguna, el único representante del Estado, para fines penales, y para los fines civiles, naturales y confesos.

Fue Nemequene entre otros pocos, el inventor de la ley.

De los diluvios universales, esta obra abre su portada con el diluvio que terminó con todos los habitantes de la tierra, siendo su protagonista Noé.

El de la sabana de Bogotá lo produjo el castigo de los dioses muiscas por seguir sus habitantes las enseñanzas y prácticas del demonio llamado Chibchacún, a quien Bochica castigó después, obligándolo a cargar la tierra eternamente. Por eso, cuando éste se cansa de un hombro para pasarla al otro, hay siempre un terremoto, que causa graves daños y muertes en la tierra donde tiene su epicentro, y después hasta donde va.

En los indios guaraníes su diluvio fue protagonizado por Tanderé que en vez de construir un barco, o subirse al pico más elevado de su lugar, para eludir el proceso de las aguas que subían y subían rápidamente, se trepó a una palmera, y desde lo alto esperó pacientemente a que las aguas bajaran su caudal.

Los hubo también en el Mediterráneo, en Europa y en el Oriente Medio. Ut-Napshtinn en Babilonia; Baisbasbate, sobreviviente descrito en el Mahabarata, de la India, escapado de una inundación no anunciada con anterioridad. Yima, en la leyenda Persa y Deucalión de la mitología griega, quienes repoblaron la tierra arrojando desde los cielos piedras que se convirtieron en hombres. De allí que se diga que hay gentes de cabeza dura, como piedra.

Sin duda alguna los diluvios existieron con el correr de los tiempos, por todas las causas que los de-terminaron, y de las cuales la historia tiene muchas reservas.

Claro que uno de los más ciertos, después del de Noé, es el de la sabana de Bogotá, por cuanto tenemos a nuestro lado el Salto del Tequendama, como único testigo vivo de aquella tragedia.

Los muiscas tenían distribuida su existencia en todas las cosas afines con este mundo picaresco y atrevido. Así que cuando se tratara de orar y arrepentirse, buscaban sus dioses, los cuales creaban ellos mismos, según sus necesidades.

Aquí nos encontramos con un compañero inseparable en sus borracheras, llamado Nencatoca, semejante al mohán del Tolima, que se les aparecía en forma de oso o de zorro, y bailaba con ellos como cualquier invitado de honor.

Ayudaba a traer maderas desde los cerros cercanos para construcción de los bohíos o templos. Su alimento primordial era la chicha, y no se le encontraba tirado en el suelo, ni al atardecer, ni al amanecer del día siguiente a la parranda. Era muy necesario, les ayudaba a los muiscas en toda clase de menesteres, inclusive en las labores de tejidos.

Luego los acompañaba el diablo por todos los rincones de su andar obligándolos a cometer toda clase de sacrificios humanos horrendos, con descuartizamientos de las personas; los empujaba hacia los placeres mundanos más bajos, los pervertía haciéndoles perder el juicio. Su nombre: Guahaioque. Póngale cuidado.

Su sistema religioso estaba centrado en Sugamuxi, hoy Sogamoso en el departamento de Boyacá, donde los muiscas levantaron un templo sobre los cuerpos inocentes de sus esclavos mejores, con sus cabezas ya huecas, para que allí depositaran su ofrenda a los ídolos que conservaban el sitio religioso, consistente en tunjos de oro puro que los muiscas elaboraban con delicadeza y especialidad por ser para su ídolo preferido.

A pesar de las insanas costumbres, ellos que todo lo sabían, habían ordenado a los suyos, que después de ser torturados por sus enemigos o superiores, volvieron después a ellos trayéndoles cualquier regalo en señal de perdón a sus ofensas.

Todas estas costumbres tan semejantes con las que nos enseñaron a nosotros, en nuestra religión, que si alguien te da en la mejilla izquierda ponle enseguida la derecha, sin ningún rencor; nos obliga a apreciar lo escrito por historiadores en el sentido de que esta raza de indígenas, vino del Viejo Mundo, trayendo todas sus costumbres, las paganas, las laboriosas y las propias de la sabiduría mundial.

Además, como nosotros, los muiscas creían que a la muerte de la persona sus almas abandonaban los cuerpos, y se iban por ríos desconocidos en canoas hechas de telarañas hacia confines no determinados todavía, pero que son verdaderos.

No compartían el adulterio, lo castigaban con crueldad y sevicia, tal como es narrado en el caso del Príncipe de Guatavita, que mandó cortar los órganos genitales a quien indujo a su mujer a cometer este delito, y una vez preparados los dio a comer a su infiel esposa.

Claro que esta mujer tomó también la determinación de venganza contra su esposo y padre de su única niña, llevándola en sus brazos a la media noche, custodiaba y guiada por la luz de la luna, también su diosa, hasta las orillas de la laguna de Guatavita, a donde después de murmurar una oración, se arrojó con ella a las profundidades de sus aguas, de donde sólo sale cada año a respirar.

Ella, su hija y el Príncipe, están allí con todo el oro puro con que envolvían sus cuerpos para bañarse. Los súbditos muiscas pagaban sus tributos, no como el I.V.A., de nosotros, sino en especie, variando su cuantía de uno a otro cacicazgo. Se cobraba en frutos de la tierra, en animales de caza y en mantas. Su no pago voluntario era penado nada más ni nada menos, que con la horca. Esto ocurría en los dominios del cacique o señor de Hunza.

Cuando había un deudor moroso, en vez de enviar a cobrar a los chepitos, le enviaban con un criado, un gato león, o un oso que criaban en sus casas, para este efecto; amarrábanlo a la puerta del deudor, en su casa; y tanto a este animal como a su portador, tenían que mantenerlos y darles alojamiento hasta cuando se hiciera efectivo el pago de la deuda.

Dividían los muiscas el tiempo por estaciones de invierno y verano. Luego lo subdividían en lunaciones, de tal manera que formaban el año de doce meses y trescientos sesenta y cinco días. Durante este tiempo determinaban sus festividades, celebrándolas con buena na música y suficiente chicha. Cantaban, bailaban, citaban, confundían sus penas y las emborrachaban para que no salieran de su cuerpo.

Porque a decir verdad, los muiscas eran sumamente alegres y sentimentales. Todo lo celebraban con música y chicha de maíz. Así hacían los sacrificios al dios Sol para despedir a sus pequeños hacia los confines lejanos del universo, donde habitan las estrellas y se divisa en transparencia metafórica, su dios Bochica.

Según ellos, allá los están esperando sus antepasados que obraron el bien en la tierra, y con ellos, Tisquesusa, Sagipa, Quemuenchatocha y Nemequene.

Sus vigilantes eran conocidos con el nombre de güechas, y se encargaban de proteger la naturaleza, conservando el medio ambiente; hacer cumplir las órdenes de sus superiores sobre la adoración en la laguna; impedir la tala de los árboles, y advertir la presencia de extraños en todo su territorio de la Serranía de los Órganos. Todo el orden de esta región estaba bajo su autoridad, y sólo a ellos había que obedecer ciegamente.

En este lugar se da en abundancia el hermoso frailejón, el más grande del mundo, pues llega a una altura de doce (12) metros. Toda la arboleda medicinal y necesaria a fines comerciales se da en este lugar en abundancia. Por aquí estaba el musgo con que se adornaban grandes variedades de trabajos manuales. Se sacaba lo apenas indispensable para construcción de sus casas, templos, bohíos y cuanta cosa necesaria inventaran los muiscas.

Por eso vienen aquí a la pesca cotidiana los muiscas, porque en este parque de Chingaza había de toda clase de animales, incluyendo al legendario oso de anteojos.

Se veía volar el águila copetona con cuyo plumaje se adornaban las coronas que portaban obligatoriamente los sacerdotes más destacados de los muiscas. Ellos sabían que estos pájaros hermosos, eran los mensajeros de sus dioses vigilantes.

Están aquí las mirlas y los sinsontes y los turpiales en fila orquestal alegrando la tarde de los venados, y los oídos de sus habitantes, a cuyo canto al amanecer, saltan de sus camas rumbo al campo generoso que los alimenta y cuida como una madre a sus hijos, ya que los muiscas llaman madre a la tierra.


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