include_once("common_lab_header.php");
Excerpt for Runnels, El verdugo de Panamá by , available in its entirety at Smashwords

RUNNELS

El verdugo de Panamá



Andrés Villa

Runnels, El verdugo de Panamá

Copyright © Andrés Antonio Villa Ortega

Diseño de la portada: César Meléndez

Fotografías: Andrés Villa

Mapas e ilustraciones: Colección de Vicente Pascual.

Cecropia Press, 2017

ISBN: 978-9962715-13-9 (eBook, español)

ISBN: 978-9962-715-12-2 (tapa suave, español)

ISBN: 978-9962-715-11-5 (eBook, inglés)

ISBN: 978-9962-715-10-8 (tapa suave, inglés)



Cultivo una rosa blanca en junio como en enero

para el amigo sincero que me da su mano franca.

...José Martí



A mis amigos.

A Jaime Campuzano por su invaluable ayuda.

A mi hijo Ernesto Andrés.

Índice

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Epílogo

Mapas y fotografías

Agradecimientos

Sobre el autor

Las gracias

Camina lentamente, pero lleva un gran bastón”.

Theodore Roosevelt, 1900

Prólogo

Todo depende según quién cuente la historia.

La historia de Panamá está llena de personajes interesantes tales como los generales Omar Torrijos, y Manuel Antonio Noriega, Presidentes como Belisario Porras, Arnulfo Arias, José Antonio Remón Cantera, fatalmente tiroteado, los norteamericanos George Washington Goethals, Teddy Roosevelt, el vizconde francés Ferdinand de Lesseps, o la de un líder popular ismeño como Buenaventura Correoso. También hay páginas dedicadas al almirante Cristóbal Colon, que en su cuarto viaje visitó nuestras costas caribeñas, o la del español Vasco Nuñez de Balboa que en una intrépida travesía cruzó el istmo y descubrió el océano Pacifico. Ese hecho fue el inicio de un camino por donde pasó el oro del Imperio Inca y propició el intercambio de productos agrícolas y animales que cambiaron el mundo para siempre. Pero históricamente hubo alguien que siempre me llamo la atención como un personaje bizarro de la historia panameña, ese fue el tejano Ran Runnels en los tiempos de la construcción del ferrocarril transcontinental, a mediados del siglo XIX.

Yo nací en Panamá, soy de ascendencia norteamericana, de Texas casualmente y con raíces en Inglaterra. Mis antepasados llegaron a este país durante la época de la construcción del Canal. Mi abuela y padre nacieron en Colón y muchas fueron las tardes cuando escuchaba como narraban relatos de cómo había sido la ciudad en los años que parecía una “Tacita de Oro”. Pero nada es lo que uno se imagina y la perspectiva de los hechos depende del observador. Viene a mi memoria una película japonesa titulada Rashomon dirigida por el maestro del cine Akira Kurosawa donde una misma historia es relatada por cuatro diferentes narradores y depende de quién la relata y ninguna versión realmente se parece y en efecto son contradictorias una con la otra ya que son vistas desde la óptica de cada uno. El efecto Rashomon, como se ha llegado a nombrar el fenómeno explica como la subjetividad en la percepción o el recuerdo de un incidente puede producir un relato que a todas luces es verídico para el que lo cuenta pero que en nada se parece a lo sucedido visto por otro narrador.

Panamá para mediados del siglo XIX era parte de Colombia, el Departamento del Istmo era una región pobre y lejana a la atención de los centros de poder en la capital, Bogotá. Cuando se descubre oro en California, la posición geográfica panameña y su condición de ser la parte más estrecha del continente crece en importancia y atrae la atención de todos los exploradores y aventureros que buscaban fortuna.

La joven República de los Estados Unidos desde sus inicios como nación ponía su ambiciosa mirada en todos sus territorios vecinos y se apoyaba con la formulación de teorías como la Doctrina Monroe. Norteamérica veía que su grandeza en un futuro terminaría atrayendo como un gran planeta a sus satélites, a los territorios al sur del río Grande y a las islas de Caribe. Para eso esbozó otra teoría, la del Destino Manifiesto.

En esos tiempos los inversionistas de la ciudad de Nueva York, capital del capital ya tenían visto a Panamá como la ruta más cercana y fácil para llegar a la creciente ciudad de San Francisco. Consideraban que Panamá era el paso obligado para el transporte del correo, de la carga y de pasajeros a la costa Oeste de los Estados Unidos. Cruzar el continente a mediados del siglo XIX significaba correr la suerte de toda clase de amenazas entre ellas las tribus de pieles rojas quienes aún resistían la expulsión de sus tierras. El Cabo de Hornos aun hoy es un paso largo y tormentoso pero en Panamá había una ruta de siglos con una historia exitosa. Había que atravesar un camino de sólo 80 kilómetros. Los intereses norteamericanos buscaban la ruta más rápida y la construcción de una vía férrea prometía facilitar las cosas. La creación de la ciudad de Aspinwall nombrada después Colón fue necesaria para que sirviera como la terminal atlántica del nuevo ferrocarril. Pero antes de su creación el río Chagres, a la sombra del Fuerte San Lorenzo, destruido y abandonado después de la expedición de Sir Henry Morgan, o el Pirata Morgan, dependiendo de la nacionalidad, inglesa o española, de quién relata la historia, fue la vía acuática que permitía llegar a un poblado desde donde empezaba un camino empedrado de la época colonial llamado Cruces. Este camino en medio de la selva llevaba a la nueva ciudad de Panamá, una urbe amurallada que remplazó la urbe saqueada por el señor Morgan en 1671.

Al lector le recomiendo recordar cómo fue nuestro istmo en esa época: Una región plagada de terribles enfermedades como la malaria, la fiebre amarilla, el cólera con una alta probabilidad de no sobrevivir un pasaje por estos parajes. Pero antes de que fuera inaugurado el ferrocarril se requirió de una labor titánica de construcción para lograr conectar las dos costas y como un componente importante de esa labor estaba el tema de la seguridad física de los obreros, bienes y pasajeros. Ese famoso tramo entre dos mares era “tierra de nadie”. Hubo un momento en que se encontró a la merced de facinerosos. Los empresarios norteamericanos desesperados empezaron a buscar como imponer el orden en la ruta, antes que su inversión millonaria se esfumase ante la competencia de otros intereses como los del comodoro Vanderbilt quien eligió Nicaragua como una alternativa. Con su amplia red de contactos, los dueños de la concesión Panamá consultaron con el alguacil de San Francisco quien les recomendó un antiguo Texas Ranger de nombre Randolph Runnels.

Los Texas Rangers fueron creados a los inicios de la década de 1820 para defender lo que sería en un futuro el estado de Texas, de los indios comanches y las tropas mexicanas quienes se resistían ante el avance de la marejada de norteamericanos que llegaba lenta pero inexorablemente en búsqueda de un mejor futuro. Ya para 1823, se habían constituidos como una fuerza policial eficaz con una fama que hoy en día es similar a la de la FBI y a Scotland Yard. Steven Austin, padre del estado de Texas, los llamaba la “milicia nacional”. Armados con un Colt calibre .36 de 5 tiros, un escuadrón de Texas Rangers a caballo eran la máxima expresión del ataque relámpago y formidables contra cualquier adversario. No se sabe mucho de Ran Runnels como miembro de ese cuerpo policial pero sí de su paso por Panamá. En esta obra novelesca hemos rescatado una serie de eventos que llegarían a consolidar el inicio de la influencia norteamericana en el istmo. Ran Runnels fue un cowboy, verdugo, asesino, sheriff, bueno, malvado y más, dependiendo de a quien le preguntas. Para algunos, fue el presagio del control norteamericano durante la época de la Zona del Canal ya que su área de operaciones fue la misma sólo que en ese tiempo, entre 1849 y 1855, fue denominada Yankee Strip. Para los inversionistas norteamericanos fue quien por fin logró poner orden en medio de la anarquía. Ran, un hombre religioso, me imagino, se veía armado con la espada flamígera de Dios. Comprometido para limpiar el pecado de la faz de la tierra tal como se lo había predicho tiempo antes su pastor en Texas. Para algunos fue un mal necesario que puso orden en medio de la barbarie. La verdad de lo sucedido realmente dependerá de la óptica de quien relata la historia o de quien la lea. Toda buena crónica depende de un personaje controversial y en Ran Runnels lo hemos encontrado. Una figura que el autor y yo hemos querido rescatar del anonimato de la época en que Panamá estaba unida a la Nueva Granada para ubicarla dentro del contexto histórico de las relaciones entre Panamá y los Estados Unidos.

A Allan Baitel le doy las gracias por presentarme a Andrés Villa y a Andrés por entusiasmarse cuando empecé a relatarle la historia bizarra de Ran Runnels, el verdugo del Yankee Strip. No sabemos hasta dónde llegará esta aventura literaria basada en una historia a la que considero apasionante y verosímil.

Surse Pierpoint

Capítulo 1

La espesura de la selva, la gran diversidad de hojas con todas las formas y tonos de verdes posibles, los árboles que asemejaban gigantes con poderosos brazos, la maraña de lianas que impedían ver más allá, la variedad de sonidos irreconocibles, asombraron a Ran Runnels. Bajo su sombrero blanco navegaba en un cayuco que impulsado por dos negros que manejaban largas pértigas, luchaba contra la corriente del río que bajaba hacia el mar Caribe.

Avanzaban lentamente. Los proeles, así le llamaban a los que maniobraban el largo bote de madera, buscaban las partes mansas del cauce para ganar metros y metros y poder llegar más pronto a su destino.

El cayuco en el que iba Runnels, sólo cargaba pasajeros así que sobrepasaba a otros más pesados que transportaban mercancías. El río Chagres era un pasaje hacia el otro mar, en la parte más angosta del continente americano, el Istmo de Panamá. Nacía de la Sierra Llorona y corría de Este a Oeste para virar bruscamente hacia el Norte en una maniobra magnífica que lo hacía bañar un amplio valle y tornarse navegable hasta su desembocadura.

¡Qué diferencia toda esta vegetación comparada con la libertad de los espacios de las llanuras texanas!, pensó Runnels.

Al viajero le llamó la atención un gavilán que posado en una rama afincada en la fangosa orilla se asomaba al río. Desde ella, el ave con su corvo pico se alimentaba de caracoles pegados a los juncos que sobresalían del agua. Con suma habilidad y ayudado por una de sus garras lograba escarbar a los moluscos de agua dulce a pesar de que ellos se retrotraían en sus conchas.

Así tendré que hacer con los que impiden el libre tránsito de un mar a otro, volvió a meditar Runnels.

A su mente volvieron las dudas que lo atormentaban, desde que el reverendo Jesse Herd le profetizara una terrible aventura: “Yo te veo cumpliendo una misión en tierra extranjera. Una larga jornada por agua, y viajando por un gran río lleno de demonios y monstruos y la pestilencia aguardándote en la oscuridad”.

Hacía pocos años se había descubierto oro en California y esa mágica palabra era suficiente para desatar la codicia del hombre blanco. No había barrera que le impidiera la búsqueda de riquezas. Donde hubiera tesoros allí iría el hombre blanco, aun arriesgando su propia vida. Por el oro, afrontaría los más grandes abismos, subiría altas montañas y enfrentaría a las tribus nativas más feroces. Así era el hombre blanco… tenaz, osado, arriesgado.

Todos creían que el oro estaba allí, en California, al alcance de la mano. Sólo había que llegar. Pero eso sí, hacerlo lo más pronto posible, antes que los demás.

Pero no era fácil. Desde la costa Este de los Estados Unidos los separaban miles de kilómetros de llanuras y ríos, y deberían enfrentar a los belicosos pieles rojas. Si se lograba sortear todo eso todavía quedaban las montañas Rocosas de traicioneros y estrechos pasos con cumbres coronadas de nieve.

Había otras opciones, pero darle la vuelta al continente por el Cabo de Hornos era una tarea de meses. Entonces Panamá se convertía en la clave del asunto de viajar más rápido y fácil hasta California. Era una ruta que además utilizaba un camino colonial español que aún mantenía sus piedras en forma de cruces. Con solo mirar el mapa se comprendía la importancia de Panamá.

Se decía que por allí había más ventajas, pero en cada recodo del río, en el poblado de Ventas de Cruces y en la selva que lo separaba de la Ciudad de Panamá había el peligro de terribles enfermedades que aniquilaban a un hombre en pocos días. Y ahora atraído por la gran cantidad de aventureros, familias y riquezas que por allí pasaban, habían surgido bandas de despiadados bandidos.

Runnels vio cómo tras una curva del río apareció un poblado.

Es Gorgona, Míster —dijo el negro que lideraba el singular cayuco construido ahuecando el tronco escogido entre muchos de la selva y talado durante el embrujo de la luna llena.

Los oblicuos rayos solares se colaban por la copa de los árboles iluminando como una caricia al hombre del sombrero blanco cuya figura no encajaba con el panorama selvático ni con el río de peligrosas aguas turbias. No era el mismo sol de la mañana, ni mucho menos el de candentes rayos del mediodía y comienzos de la tarde.

Míster, pasaremos aquí la noche. Ya los hombres están cansados de lidiá con el Chagres y mañana, si Dios lo permite, antes del mediodía estaremos en Venta de Cruces. No es bueno estar fuera de los poblados cuando cae la oscuridad. Hay mucha gente malosa por allí esperando la noche pa’ jacé maldad.

—Y hay lagartos, más grandes que un hombre —dijo el otro negro.

—¿Cómo es eso?

—Bandoleros, ¿no sabe usté que en el Camino de Cruces asaltan y hasta matan y roban las mulas de las caravanas?

Runnels sonrió con disimulo recordando a los forajidos del Oeste o a los crueles cheyenne, a los comanches, a los apaches o a los sioux de su país. Recordó aquella comitiva que lo había ido a buscar a su rancho en Texas.

Esa vez le causó mucha extrañeza ver aquel hombrecito todo vestido de negro, como poco a poco se fue haciendo realidad, al acercarse desde el horizonte hasta el portal de su casa con una solicitud increíble. Que viajara hasta Panamá a prestar servicios a una compañía internacional. ¿Dónde quedaba ese país con un nombre tan romántico? Volvió a recordar los sermones de Herd: “Hermano Runnels, cuando esa misión le sea ofrecida no podrá eludirla. Es la voluntad de Dios”.

También pasó por su mente la vez que sintió que el fuego divino lo tocaba convirtiéndolo en siervo de Dios. Fue un calor muy grande que recorrió todo su cuerpo y lo hizo caer de rodillas. Después lo invadió una agradable sensación de paz. Pero ahora dudaba.

El golpe de la quilla del cayuco al chocar con la orilla lo devolvió a la realidad. El vaquero tomó sus alforjas de cuero, las mismas que llevara en la grupa de su cabalgadura en aquellos días de los Texas Rangers. Su caballo no cabía aquí entre esta selva que le parecía un muro impenetrable verde, húmedo y misterioso.

Con su equipaje al hombro caminó tras los negros hacia los bohíos que formaban el poblado. Todas las edificaciones querían asomarse al río sin conseguirlo. Gorgona era sólo un claro que el hombre había ganado a la selva. Una cantina donde se podía comer y beber aguardiente era el centro de todo. Albergaba una media docena de putas de cuarta categoría para aquél cuyas ganas fueran tantas que lo impulsaran a desafiar el peligro de las enfermedades venéreas que probablemente existieran en el prostíbulo.

Los días de bares y whiskys habían pasado para Runnels. Ahora era un hombre de Dios. Entró a la taberna mostrando a todos su baja estatura que trataba de disimular con su vistoso sombrero blanco y sus botas vaqueras. Sus revólveres los tenía en uno de los bolsillos de sus alforjas que no estaban asegurados para poder esgrimirlos rápidamente. Cuántas veces la velocidad de manos al manejar sus armas le había salvado la vida.

Míster, hemos conseguido para usted un cuarto en esta fonda. No todos tienen esa suerte, muchos pasan la noche en los portales. Dentro de un rato le servirán la cena y no sé qué quiere hacer después —dijo el negro insinuando a las mujerzuelas que desde un rincón del espacio principal del bohío miraban curiosas al recién llegado.

Runnels le dijo en su español fronterizo, con desprecio, a su guía: —Mañana apenas amanezca sácame de aquí. Tengo que estar en Ventas de Cruces lo más pronto posible.

La noche pasó lentamente en ese cuartucho de tablas burdas sin pintar con techo de palmas, con una sucia tela tapando el hueco que hacía de puerta, y con una ventana que los negros le aconsejaron cerrar. Runnels había cenado un plato de yucas hervidas sazonadas con sal, las que encontró blandas y sabrosas y un pescado cubierto en harina y frito en una paila llena de aceite. Como bebida pidió agua hervida y en ellas echó hojas de té. Siguió al pie de la letra los consejos de un lavandero chino que conoció en Nueva Orleans, puerto en que había embarcado: “No bebas agua en esos lugares, bebe té caliente o frío”. Después dormitó con la mano muy cerca de sus armas.

Con las primeras luces, unos feroces rugidos lo hicieron incorporarse de su camastro. Instintivamente tomó sus armas y salió a enfrentar el sonoro peligro.

Cálmese, Míster, son sólo monos aulladores. Pareciera que están aquí mismo pero ’tan lejos. ¿Lo asustaron? Es su concierto en las mañanas. En las tardes también los oirá. Se mueven de árbol en árbol. Se alimentan de hojas y frutas.

El negro con una sonrisa burlona se incorporó del portal donde había pasado la noche y comenzó a preparar la partida. Después del incidente los viajeros reanudaron la marcha. En los trópicos el sol aparece y calienta rápido. Pero en el istmo existía una eterna lucha entre la lluvia y el candente astro, y Runnels llegó al poblado asentado en el medio de la ruta con un torrencial aguacero.

Venta de Cruces era una de las claves del camino transístmico. Era un puerto fluvial y la terminal del camino de herradura que siglos atrás habían construido los españoles por donde pasaba la riqueza y el comercio con sus colonias del sur de América.

Corrales de mulas, cantinas, garitos, hoteles, gente tratando de salir de allí lo más pronto posible. Otros tratando de vivir de los que llegaban dotaban de un ambiente de histeria al lugar.

Allí nada era legal. Los extranjeros veían al sitio como tierra de nadie donde la jurisdicción de la Nueva Granada, país al que pertenecía Panamá en esa época no contaba. Había mucha gente armada que consideraba que solo sus revólveres al cinto garantizarían su integridad. Se tenía que caminar con cuidado. Claro que estaban los agentes de las compañías de vapores, pero ellos solo eran un atenuante del caos que imperaba.

En Venta de Cruces se preparaba una gran caravana de mulas que llevara de forma segura a los pasajeros del vapor Falcón hasta la ciudad. Era el mismo en el que había viajado Runnels.

Con sus alforjas al hombro, saltó al muelle de tablas de maderas alineadas sobre los pilotes que se adentraba al río. Con una mirada de agradecimiento y una moneda de cinco dólares que voló por los aires el pasajero del cayuco se despidió de los remeros.

Bajo el chaparrón que caía inclemente, sorteando charcos, se dirigió hacia el mayor hotel en la plaza del poblado. A pesar del aguacero había una gran actividad. Se movían gente y mercancías que iban hacia Panamá con rumbo a California, o pasajeros que hacían la ruta a la inversa.

A su paso Runnels observaba todo. El éxito de su tarea necesitaría de poder descifrar un acertijo en el que esas caravana y sus mulas y muleros eran los protagonistas principales.

El salón del hotel le recordó aquéllos del lejano oeste. En el fondo un mostrador que servía bebidas. Se aproximó a él y olvidando sus votos a Dios pidió un whiskey bourbon para combatir el frío de sus huesos que provocaba lo empapado de sus ropas. Lo apuró de un solo trago con algo de arrepentimiento y se preguntó: ¿Podré cumplir con mi misión?

Enseguida se volteó y apoyó sus codos y espalda contra el mostrador para observar mejor todo a su alrededor. En una mesa lejana vio a un hombre vestido con ropaje oscuro, que le hizo una seña invitándolo a sentarse con él.

Pidió otro vaso de bourbon, esta vez doble y lentamente se dirigió hacia su contacto.

***

Runnels en su habitación ya se había cambiado sus ropas mojadas. Había trocado el sombrero blanco por otro oscuro. Ahora lucía como un parroquiano más del poblado. Un pasajero que buscaba la mejor forma de llegar a los muelles de Panamá para subir a un vapor con rumbo a California.

Nadie quería quedarse un minuto más en este país. Las historias que contaban eran espeluznantes. Hablaban de la fiebre amarilla, una enfermedad que te llevaba a una muerte lenta en que los ojos se tornaban de ese fatídico color y de la epidemia del cólera terriblemente contagiosa que vaciaba intensamente tus intestinos y que podía acabar en poco tiempo con toda una familia e impedirte subir a cualquier barco por el temor a que propagaras el mal.

La lluvia había cesado, Runnels salió del hotel. Ya había hablado con su contacto y éste le sugirió que hiciera lo que tenía que hacer en este lugar y tratara de viajar a la ciudad y entrevistarse con otra persona que le daría más instrucciones de su misión en el istmo.

La caravana estaba casi lista para partir. Las mulas ya estaban cargadas. Los equipajes de los viajeros, las valijas del correo se encontraban protegidas de las lluvias con forros encerados y debidamente fijadas con cuerdas a los lomos de los mansos pero a veces tozudos animales. Las mulas todas se parecían.

El texano buscó con la mirada al hombre que parecía tener el liderazgo del convoy de animales y se acercó a él.

—¿Hay espacio para otro viajero?

—¿Viaja usted solo? ¿Cuál es su equipaje?

—Viajo con mis alforjas y estoy listo para partir.

—¿Puede montar sobre una mula?

—Eso no es inconveniente.

—Bueno, partimos en una hora.

La caravana de unas veinte mulas y más de sesenta viajeros partió lentamente del centro del poblado. Tomó una de sus calles y desapareció por un trillo que se adentró en la selva. Allí las mulas con sus cascos herrados encontraron el famoso camino hecho de piedras. La naturaleza no había podido destruirlo. Sus partes se mantenían unidas gracias a la inventiva de sus constructores. El diseño español había colocado una fila de piedras grandes a lo largo que partía el camino en dos. De tanto en tanto colocaron hileras de pedruscos que cruzaban la primera y formaban perfectas cruces. Esto permitía una presión entre ambas formaciones, que las mantenía en su lugar soportando las corrientes de aguas que formaban las lluvias. Los cuadrados resultantes fueron rellenados con piedras más pequeñas formando una superficie que se apoyaba en contrafuertes pétreos en los linderos del camino.

Runnels cabalgando en su mula pudo notar cómo las ramas de árboles, palmeras y arbustos amenazaban su paso. Vio lo bien que las pezuñas de los animales se adaptaban a la vía. El trayecto sólo duraba unas seis horas. En Panamá todo estaba cerca. No había montañas altas, era la vía ideal para el comercio mundial.

De repente sonaron disparos que rebotaron haciendo eco en toda la selva. Cientos de pequeños loros formaron una endemoniada algarabía y echaron a volar espantados. Todo un sentimiento de alerta recorrió a la caravana, que detuvo su andar.

Al rato dos mulas solitarias aparecieron y fueron tomadas por sus arreos por los guardianes de la caravana.

—Estas mulas son las que llevaban a una familia de viajeros que no quiso esperar y unirse a nuestro conjunto y contrató un guía para viajar solos. Creían que llegando más temprano conseguirían cupos en un vapor que partía al amanecer a California. Ahora parece que los han asaltado. ¡Alerta todo el mundo! ¡Guardias alisten sus armas, sigamos adelante!

Muy pronto se toparon con un espectáculo doloroso. Una mujer y un niño lloraban junto al cuerpo inerte de un hombre que tenía una herida en el cuello. Todas sus pertenencias aparecían esparcidas sobre el camino.

—Unos bandoleros han matado a mi esposo y nos han robado todos nuestros ahorros. El guía nos ha abandonado —dijo gimoteando la dama.

Ya avanzada la tarde la caravana llegó a las afueras de la ciudad, llevando a las víctimas del asalto. Desde las faldas de un alto y solitario cerro pudieron ver que tenía murallas y que se asomaba a una perfecta bahía. Las torres de sus iglesias resplandecían con el sol que se perdía por el Oeste.

Panamá era famosa. Fue la primera ciudad fundada por los españoles en el lado Pacífico del continente. Siempre importante, atrajo la atención y fue saqueada por los piratas ingleses siglos atrás. Esta era la nueva versión de la urbe tras el saqueo, por eso ahora lucía murallas.

Estaba tan estratégicamente situada que se construía un ferrocarril para unirla con el otro mar. Pero para que la acompañara también se creaba una nueva terminal sobre una isla en las costas del Caribe. Las ciudades paralelas, cada una asomándose al mar, estarían unidas por el nuevo ferrocarril transcontinental. El primero en el mundo.

Runnels tan pronto llegó a Panamá dejó a la mujer en un hotel con la promesa de que haría todo lo posible para que viajara a California donde tenía parientes esperándola. Se había impuesto la tarea de ayudarla.

Capítulo 2

La reunión de los empresarios en ese amplio salón se daba entre una nube de humo que salía de habanos que sostenían en sus manos. Por los grandes ventanales se podían ver los muelles de la ciudad de Nueva York. La estancia estaba elegantemente amoblada, con grandes anaqueles llenos libros y pinturas costosas sobre las paredes. El hombre al que todos le llamaban por su apellido, Aspinwall, se movía delante de un gran mapa del continente americano que estaba sobre una pesada mesa de trabajo. Chupaba su cigarro, lo sostenía con la boca y levantaba el pliego con las dos manos. Dio unos pasos y se deshizo de su cigarro, lo colocó en un fino cenicero de cristal. Volvió a colocar el pliego geográfico en la mesa e hizo gestos para que sus otros seis compañeros dejaran sus cómodos sillones de cuero negro, repujados con botones y se colocaran a su lado.

—Por favor dejen los habanos en los ceniceros. El humo no va a dejar que vean lo que quiero mostrarles.

Entre risas, los empresarios obedecieron y volvieron a agruparse sobre los bordes de la mesa.

—Quiero mostrarles las distintas rutas que existen desde la costa este de los Estados Unidos para llegar a California. Miren, la primera, la más larga de más de trece mil millas da la vuelta por el Cabo de Hornos, más abajo de Argentina. Un barco de nuestra empresa tomaría entre seis meses a un año para completar la ruta.

—Pero Aspinwall, hay otras rutas cruzando el istmo centroamericano —repuso un banquero.

—A eso voy. Hay varias rutas en las que nuestros vapores podrán tocar las costas del mar Caribe y entonces los pasajeros crucen por tierra hasta las orillas del océano Pacífico y después vuelvan a embarcar rumbo a la costa oeste de nuestro país. Tehuantepec en México es la más cercana a cualquiera de nuestros puertos, ya sea Nueva Orleans o Nueva York.

—Esa es interesante —dijo uno que volvía a la mesa entre volutas de humo tras una vez más fumar de su cigarro.

Aspinwall lo miró con fastidio pero retomó la explicación.

—Esta ruta es la más peligrosa y larga. Se tiene que cruzar México a caballo, a pie o en mula. En lo personal no me gusta. Sería someter a nuestros pasajeros a dificultades y muchos peligros. Los mexicanos no nos quieren. Podrían tomar venganzas por los territorios que últimamente han perdido.

Todos asintieron al ver que desde el pueblo de Barra en el golfo de México al océano Pacífico el mapa del Norte mostraba una gruesa franja de territorio. Eso significaba kilómetros y kilómetros de peligros.

—La segunda ruta es por Nicaragua. Navegar por el río San Juan hasta el lago Nicaragua y allí por tierra al Pacífico. Son alrededor de 4,900 millas y se gastan entre dos meses de viaje. Esa está mejor, pero aún hay otra.

En el rostro de uno de los empresarios se dibujó una mueca de disgusto cuando vio que Aspinwall continuaba con la explicación y se aprestaba a mostrar otra opción. El tenía intereses en Nicaragua y si los empresarios reunidos se decidían por esta ganaría mucho dinero. Y quién sabe si podría desbancar a Aspinwall como líder de esta aventura financiera.

—Como pueden ver, a simple vista Panamá es la parte más estrecha del continente —dijo y con un dedo cubrió el apéndice geográfico que unía el norte y el sur de América y dividía los dos grandes mares que lo enmarcaban.

—Esta ruta ya está siendo utilizada por la mayoría de nuestros vapores. Tarda como mucho un mes para que un viajero que salga desde Nueva York llegue a California. Creo que debemos redoblar la apuesta por Panamá. Estoy dispuesto a construir un ferrocarril. Son sólo unas decenas de millas. Me atrevo a construir una ciudad, para que sea la terminal caribeña. Hay una isla que es la clave de todo. Está muy cerca de la costa, rellenamos un pasaje para colocar las vías y listo. Para mí en Panamá está el futuro. Podemos fijar y negociar con Nueva Granada y tener el dominio de una franja entre dos mares. Les aseguro que ganaremos mucho dinero. ¿Qué les parece si la llamamos el Yankee Strip?

Las risas llenaron el salón. Aspinwall los miró a todos a la cara a uno por uno, y entonces preguntó: —¿Están de acuerdo conmigo?

Un coro de asentimiento fue la respuesta. Eso era lo que el obeso inversionista quería oír. Entonces se dirigió a una mesilla que sostenía una bandeja de cristal con vasos del mismo material y con un gran frasco lleno de coñac y sirvió tragos para cada uno de sus socios. Con una mirada de satisfacción los invitó a brindar.

—Fantástico, Míster Aspinwall. Su osadía es tan grande como la de nuestro gobierno que lo ha llevado hasta dominar territorios a los que considera de interés nacional.

—¡Ja ja ja! —rió el líder la reunión—. Lo dices y no lo sabes. Panamá es un sitio clave para que nuestra nación tome el liderazgo del mundo entero.

—Por el Yankee Strip —brindó Aspinwall.

—Por la ruta de Panamá —dijo otro.

—Por el primer ferrocarril que cruzará un continente —dijo el tercero.

—Por la nueva ciudad de Aspinwall.

Ya estaba decidido. La Pacific Mail Steamship partiría desde Nueva York a Chagres y otras líneas lo harían desde Nueva Orleans, y la nueva ciudad se llamaría Aspinwall.

Los abrazos, los deseos de buena suerte, se multiplicaron. Las ofertas de apoyo financiero también saltaron al tapete.

Después de eso uno por uno, con simples estrechones de mano se fueron despidiendo de Aspinwall y saliendo de su oficina que estaba en un segundo piso de uno de los más importantes edificios de Nueva York.

Sólo quedaba un invitado con Aspinwall en el salón. En el momento de la despedida, el anfitrión le retuvo la mano y lo atrajo a su cuerpo y le dijo con mucha serenidad: —Te conozco muy bien y sé que no estás de acuerdo conmigo. No sé porque no quieres apoyar al Yankee Strip. Recuerda que el que no está conmigo está contra mí. Soy un gran aliado, pero también soy un enemigo terrible.

El tipo no dijo nada. Se limitó a abrazar a Aspinwall, a sonreír con hipocresía y a salir cortésmente por la puerta de fina madera, bajar las escaleras y alcanzar la calle de la ciudad más importante de los Estados Unidos, maldiciendo su suerte y planeando intrigas.

Capítulo 3

Frente la ventana de la habitación del Hotel América con vista a la bahía, Runnels pudo ver los vapores entrando con la marea llena. El sitio marino no tenía mucha profundidad y el embarque de pasajeros debía hacerse en botes de remos.

La desgracia en el camino de la mujer y su hijo lo había impresionado. El episodio le hizo recordar los trenes de carretas asaltados por los indios. Tantos eran los deseos de llegar a California que la gente arriesgaban sus vidas buscando un futuro mejor. Sí que había visto a la muerte muy de cerca.

Runnels dejó el hotel y se dirigió a la oficina de la Pacific Mail Steamship Company donde su agente principal en el istmo lo esperaba.

Mi nombre es Adam Smith. Puede llamarme Smith y yo lo llamaré Sheriff. Eso sólo entre usted y yo. Su misión en el istmo es delicada y debe ser lo más secreta posible. Hay mucho dinero en juego. Este país es la base para que inversionistas de Nueva York fijen con éxitos y ganancias una nueva línea de vapores, que responda a la gran demanda de viajeros para llegar a la costa oeste de nuestro país.

Runnels se sentía incómodo ante la presencia de aquel petimetre. Notaba un grado de falsedad en sus palabras.

La necesidad por la ruta panameña, por la Yankee Strip, crece y crece. Estos empresarios visionarios han creado la Pacific Mail Steamship Company, una empresa con más de cinco vapores que une ambas costas de los Estados Unidos, con la ruta terrestre como complemento, por supuesto. Cuando el transporte del oro, el correo, y la ola migratoria hacia el oeste se hizo gigantesca se redobló la apuesta y ahora están empeñados en construir un ferrocarril que viajara en pocas horas de uno a otro mar. Pero entonces surgieron los salteadores de caminos que ponen en peligro todos estos planes. Aquí es que entra usted, Sheriff. ¿Cree que podrá hacerlo? ¿Cree que podrá salvar la Yankee Strip?

Runnels acusó el golpe que venía disfrazado con la pregunta burlona. Ahora sí estaba seguro: El tipo no confiaba en él. Quizás si hubiera sido un hombre alto y fornido el otro lo hubiera apreciado más. Desde joven había tenido que lidiar con las desventajas de ser un tipo bajo.

En Texas, pensó, hay un dicho: ‘Dios nos creó iguales. El coronel Colt nos hizo algunos más iguales que otros’.

—¿Qué grado de apoyo tenemos de las autoridades locales?

—Este es una de las claves del asunto. Panamá es parte de la República de Nueva Granada. También conocida como Colombia. Los Estados Unidos tienen un tratado para construir un ferrocarril y garantizar la seguridad en la zona transístmica. Pero no queremos levantar tanto polvo, mostrar nuestra eficacia y hacer notar lo ineptas que son las autoridades colombianas.

—Ya veo —dijo Runnels. No se lo dijo pero lo pensó: Trabajaría como un agente encubierto.

—Amigo, no se guarde nada. Dígame lo que piensa. Usted y yo estamos en el mismo barco y debemos llevarlo a buen puerto.

—En su debido momento pondré todas mis cartas sobre la mesa. Todavía no tengo todas las piezas de este juego. ¿Los panameños qué clase de gente son?

—Ellos deben sentirse privilegiados de tener un paso tan importante para las rutas comerciales que nacen y se desarrollan. Hay mucha gente mestiza y negra, sin educación, son mayoría, pero en la ciudad hay un grupo de comerciantes importantes con los que tratamos y entre ellos Colombia escoge a sus funcionarios. A mi manera de ver cometieron un error al independizarse de España y unirse a la Nueva Granada. Si fueran un territorio independiente ya formarían parte de los Estados Unidos, como sucedió con Texas. Entre esos comerciantes hay muchos que piensan que Panamá debe terminar formando parte de Norte América.

Es un poco diferente, pensó Runnels. En Texas, los anglosajones sobrepasaron a los mexicanos que allí vivían. Y si no fue así, por lo menos tuvieron líderes que los organizaron.

—¿ No piensa igual? Usted es texano.

—Puede ser. ¿Se relaciona con lo del Destino Manifiesto?

Runnels conversaba a medias. Lo demás lo completaba con aseveraciones mentales. Eso del Destino Manifiesto eran “leguleyadas” con que la gente del norte de su país justificaba sus pretensiones. Aunque al territorio de Texas le había servido de teoría para formar parte de la unión.

—¿Tenemos ambiciones sobre este territorio?

—Usted es muy directo amigo, digamos que su importancia para nosotros crece día con día.

Es cuestión de los inescrupulosos capitalistas del este, pensó Runnels. Gente a la que solo le interesa el dinero. Aunque él ya había recorrido la ruta y visto sus ventajas. Si su destino fuera California, ya estaría navegando hacia allá en uno de los vapores de la línea. Sin darse cuenta sacó una imagen del bolsillo de su chaqueta y sin mirarla comenzó a jugar con ella entre sus dedos.

—Bueno, déjeme ver cómo es el ambiente de Panamá y volveremos a conversar.

—¿Qué es eso que tiene entre sus dedos?

—El daguerrotipo de una amiga, pero ya va en camino a su destino.

Desde la postal la joven mujer sonreía con un raro camafeo colgado en su cuello.

Capítulo 4

Runnels paseaba alrededor de los corrales de mulas. Le agradaba el olor de sudor y boñigas de esas bestias. Había muchas cosas iguales entre esta operación y sus actividades en los tiempos de los Rangers. Trabajó como vigilante fronterizo, una especie de guardián del orden. En aquellos tiempos Texas fue un territorio bravío, con la resistencia de los indios que no querían la presencia de los hombres blancos y con gente que no respetaba las leyes ni al prójimo.

En la entrada de la ciudad, por los lados del cerro Ancón, estaban los establos de las mulas que hacían el recorrido hasta Venta de Cruces. Este era un negocio del que vivía mucha gente del arrabal. La ciudad tenía varias partes: El barrio de San Felipe, dentro de los muros, en el que operaban los empresarios era uno de ellos. Allí todo era ordenado, con plazas e iglesias. Era un bonito lugar. Afuera de las murallas se había formado un suburbio llamado Santa Ana. El arrabal era un sitio insalubre de gente negra. Panamá había sido un importante centro de distribución de esclavos para todo el continente. Llegaron del Africa a Portobelo, el antiguo puerto colonial caribeño venido a menos, y cruzaban el istmo como ahora los viajeros, aunque cargados de cadenas, en un estado de esclavitud perpetua, hasta un mercado en las afueras de la ciudad manejado por escoceses. Ellos manejaban una concesión producto de acuerdos entre España e Inglaterra. De esa actividad solo quedó en el lugar el nombre de Caledonia, pero todos estos detalles incidían en el comportamiento de una población en gran parte negra con el resentimiento vivo aún de haber sufrido esa miserable condición. De estar en el estrato social más bajo, de ver pasar las riquezas por sus narices y no poder alcanzarlas.

Había un tercer sector alrededor de los muelles con hoteles, cantinas y depósitos que respondía al movimiento de los viajeros.

Runnels vio la llegada de una recua de mulas. Algunos viajeros se apeaban de los cuadrúpedos y seguían a pie hacia la zona de hoteles cercanos a los muelles. Esta vez no había pasado nada, todos sus integrantes llegaron sanos y salvos. Las mulas fueron recibidas por los corraleros. Se les refrescó, se les encerró y se les dio de comer.

Runnels con disimulo vio el movimiento de los trabajadores, de los porteadores, de los hombres que guiaban los animales recorriendo el camino.

De repente comprendió que con la llegada del ferrocarril llegaría el progreso, pero también el fin de una época. Mucha gente quedaría sin trabajo en el arrabal, en Gorgona, en Venta de Cruces, en San Lorenzo. Es más, todo eso desaparecería. Habría descontento, y malestar para algunos y beneficios para otros que se adecuarían a los acontecimientos, pero la vida era así. Nada dura para siempre. Los años pasan y las cosas cambian, pensó.

Runnels siguió caminando hacia los muelles y ahora observaba la operación del embarque de pasajeros. Con la marea alta los botes iban y venían llenos de pasajeros. Le sorprendió que los boteros fueran gente blanca. Los mismos viajeros que llegaban desempeñaban esas labores con tal de ganar algunos dólares más en su camino a California. Vio a varios negros locales y algunos otros de rasgos indígenas, se le parecieron a los mexicanos, y notó cómo veían con desconsuelo que no eran tomados en cuenta en el movimiento de embarque y desembarque de personas. Solo algunos vendedores de frutas, y algunos porteadores, conseguían beneficiarse con el tránsito por su país.

La noche caía sobre la ciudad. Por la zona del puerto también había bares, cantinas y mujeres. Siempre las putas eran protagonistas en los sitios donde había riquezas. El oficio más antiguo del mundo era un elemento que complementaba toda operación exitosa. Panamá siempre había sido puente, puerto y puerta para lo bueno, para lo malo.

El vaquero caminó por las calles fangosas y entró en uno de estos sitios, el que vio más animado. Humo de cigarros, olor a cerveza rancia, a orines de borrachos. Mesas de póker, de dados y una barra en el fondo cual un altar donde todos iban a rendir pleitesía a un rechoncho cantinero. A un costado, una escalera que comunicaba con los cuartos de las damas.

Runnels se acercó al mostrador y pidió un whiskey. Desde que estaba en Panamá había roto sus votos de abstinencia. En su mente se reprochaba por eso. No quería reconocerlo, pero afrontaba un reto que no sabía si podría superar. Ya había pasado por eso en lo días de los Rangers. Cabalgando contra el tiempo por su vida y por la de otras personas. Persiguiendo bandoleros y forajidos por los que se ofrecían recompensas. Gente malvada que quería convertir a Texas en un territorio sin ley. Indios que luchaban por su territorio. Pero los Rangers estaban allí para cumplir una misión civilizadora y ayudar al deseo de los inmigrantes de construir un nuevo país. Eso se lo habían dicho sus superiores. Todo cuerpo armado, toda misión, debía apoyarse en una teoría que la respaldara. Él estaba de acuerdo con eso. ¿Cuál sería la que respaldaría sus acciones en Panamá?

El cantinero le recibió con una mirada llena de curiosidad. Le quitó el tapón a una botella y llenó un pequeño vaso de vidrio sin derramar una gota del ardiente líquido. Runnels lo apuró de un solo trago y chocó el grueso fondo del vaso contra el mostrador indicando que lo volviera a llenar.

—¿Está sediento amigo?

—¿Es eso malo?

—No amigo sólo pregunto. ¿Va de paso, cuándo embarca?

—Los cementerios de mi pueblo están llenos con cantineros preguntones como tú.


Purchase this book or download sample versions for your ebook reader.
(Pages 1-23 show above.)