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La Quinta Planta

Enrique Castellanos Rodrigo

ISBN: 9781370538584



DERECHOS DE AUTOR


Autor: Enrique Castellanos Rodrigo


Código de registro: 1608259004511


Fecha de registro: 25-ago-2016 17:12 UTC


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Dedico éste libro a todos los que estuvieron conmigo en la Quinta Planta. Primero a los más allegados, con quienes compartí emociones y sentimientos antes desconocidos y, seguidamente, a los que siendo extraños, se convirtieron en hermanos y hermanas, en padres y en madres. Y, finalmente, a todos los rostros anónimos con los que crucé mi mirada en aquel pasillo de la Quinta Planta.

E, inevitablemente, se lo dedico a quién volvió a ser ella con el tono de su voz, su sonrisa y su profunda mirada, durante los exiguos momentos que compartimos en la Quinta Planta hasta que todo acabó un mes de Diciembre. Recuerdo especialmente el momento en que ambos rostros se reflejaron juntos frente a un espejo, mientras ella esbozaba una de sus últimas sonrisas. Pero fue, en muchos años, la sonrisa más sincera que me dedicó. Antes de ella sólo hubo ausencia…



No fue hasta después de haber habitado en las entrañas de la Quinta Planta, que supe lo que significaba estar dentro de un dragón y sentir la desesperación de no poder salir por entre sus fauces.



Índice

La Quinta Planta

El Hospital

Manuel

Reflexiones desde la Quinta Planta

Jane

Personas que acabaron en La Quinta Planta: Vida y Obras

Conclusión Final

Datos del Autor

Biografía

Otros Títulos Publicados del Autor



La Quinta Planta

Es extraordinariamente necesario ratificar el hecho de la veracidad de este axioma: en la Quinta Planta la muerte inducida a través de la sedación es la solución final. Su práctica aduce al hecho de que la muerte se prefiere al dolor. La mitigación del sufrimiento cuando ya no existe curación es la vía de escape establecida sin ambages. Nadie, ni paciente ni familiar, optarían por otra solución. Por muy terribles que parezcan éstas aseveraciones, hay que tener en cuenta que sólo si se ha estado en la Quinta Planta estás realidades pueden entenderse por completo.

Por lo tanto, permitir una muerte "natural" en el sentido de dejar que el paciente se apague hasta su última exhalación es del todo improbable. El extremo dolor que experimenta el paciente lo hace imposible.

Ahora bien los pasos que deben de darse hasta llegar a la sedación final son dramáticos. Vivirlos en la Quinta Planta suponen un antes y un después para sus habitantes temporales.

Tal vez todo esto explique porque en los campos de concentración los prisioneros se lanzasen a las vallas electrificadas para morir. Para aquellos que optaban por esta terrible solución significaba la libertad. Liberarse del sufrimiento y del dolor era ya de por sí una liberación del dolor que no puede aguantarse por más tiempo.

Por otro lado, en la Quinta Planta se aprende a vivir con el desequilibrio. Existe la vida, existe la muerte y luego existe la Quinta Planta. Lo blanco y lo negro no definen las cosas. Los grises pueblan las situaciones y las decisiones de la gente, siempre movidos por esto o aquello. Esto ocurre porque no es lo mismo ver a la muerte cara a cara que verla en la distancia. En la Quinta Planta la sientes, la percibes y te la encuentras en toda su manifestación más cruenta. Está en el pasillo, en las habitaciones, en cada rincón, en el olor del aire, en los uniformes de los enfermeros, los médicos y los celadores. Vive en el rostro de todos los que habitan entre sus muros.

Para muchos, sino para todos, será la primera vez en la que el desequilibrio entre en sus vidas. La lectura más plausible será la de encontrar la paz después de haberse enfrentado a ella.

En la Quinta Planta la vida y la muerte se mezclan hasta diluirse. Cuando eso, ocurre los límites de una condición y de otra desaparecen por completo. Es un lugar donde se cierran etapas de la vida y se comienzan otras nuevas. Probablemente no se pueda encontrar otro lugar en la Tierra donde las conciencias se desborden, pugnen consigo mismas, hasta llegar a su punto más álgido de laxitud. Dejarse llevar puede tener consecuencias impredecibles. Desnudar el alma nos coloca en una posición de indefensión que nos aboca a tomar decisiones que únicamente pueden atemperarse si existe el amor genuino.

La Quinta Planta es la Planta de Oncología del Hospital General de cualquier ciudad del Mundo.

Cuando entras por primera vez en el edificio, solo puedes ver rostros anónimos que están unidos por el mismo destino: el del sufrimiento propio y ajeno. Cuando se entra en su pasillo, las conclusiones se agolpan con la misma violencia que produce el embate de las olas contra las rocas de un acantilado.

El hombre se empeña en destruir lo que le ha costado edificar durante mucho tiempo. No somos capaces de valorar lo que tenemos porque nuestra propia ansiedad nos envuelve en un inconformismo inusitado. Los periodos de engaño deben acabarse con actos desesperados que se convierten en un testimonio constante de lo que realmente somos. Este retrato de nuestro espectro se ve en los espejos de las habitaciones de la Quinta Planta.

Los objetivos vitales se transforman, de pronto, en alcanzables y ejecutables. Los miedos y temores desaparecen. Los propósitos crecen, echan raíces. La renovación del espíritu tras horas de meditación se agota hasta evaporarse. Nos reiniciamos. Nos convertimos en nuevas personas. Nos volvemos más poderosos. Es incluso posible construir el resorte que, al accionarlo, deponga las pasiones y borre los deseos.

Alguien dijo, seguro que un rostro anónimo, probablemente una persona sencilla, una de esas sin grandes proezas vitales, una pequeña alma que nació sin pretensiones y que murió en el silencio de la noche de los tiempos, que en la Quinta Planta todos somos iguales. No existen diferencias de credo, raza o políticas. Entre sus muros todos los hombres son hombres y todas las mujeres son mujeres. La condición humana se eleva hasta su grado más primitivo. El polvo que nos forma se diluye hasta mezclarse con el insondable amanecer de los que se despiden en el sueño de la eternidad. Por eso la Quinta Planta no es un lugar como cualquier otro. No desearás estar allí nunca pero, si alguna vez debes de visitarlo, no olvidemos que una vez que hemos pasado, ya nada seguirá siendo igual en nuestras vidas. Esto es lo más legítimo que una persona puede llevarse consigo para el resto de su vida.



El Hospital

Dentro del Hospital está la Quinta Planta.

El Entorno del Hospital General se antoja dinámico y práctico. Edificarlo en una avenida que sirve de circunvalación de la ciudad fue un acierto. Se erige hacia lo alto, hasta coronar su azotea, en la última planta, precisamente la Quinta. Y es que después de ella, por su significado y dimensión, ya no es posible inventar otro lugar con otro propósito. Lejos quedan las expectativas de curación.

En el largo pasillo de la Quinta Planta solo pervive un pequeño guiño a la vida. Pero es tan pequeño que es mejor cerrar los ojos a su realidad deleznable.

El hospital está jalonado en sus extremos por dos aparcamientos, uno privado, vallado, cubierto parcialmente, exquisitamente limpio y con un asfalto impoluto, con dos casetas para expedir tickets y recaudar dinero, con máquinas automáticas para dinero en metálico y dinero de plástico, de crédito o débito. El color verde de la valla se pierde con un contorno perimetral de césped junto a la acera de acceso. Pero su color no es verde. Es rojo, como el de la sangre, como el color del sufrimiento. Un negocio dentro de otro, de aquel que se lleva sin piedad cajas de madera alargadas saliendo de la sala de espera de la morgue en una camilla alargada de base metálica opaca.

Cuando se mira hacia la caseta se ve un rostro desconocido, un hombre gordo, descuidado en su aspecto, indiferente al dolor que le rodea, insensible al aire que golpea su rostro. Envejece sentado en una silla cuya tapicería se ha desgastado por el uso y el paso del tiempo y que ha dejado de ser cómoda y ergonómica desde hace ya mucho tiempo. Pero eso a nadie le importa, ni al que paga ni al que se sienta sobre ella.

En el Hospital hay dos entradas principales aunque la mayoría de los usuarios dicen que hay tres porque también cuentan el acceso que existe en la zona de urgencias. Sin embargo alguien señalo que había cuatro entradas. Contaban la morgue porque aunque de allí se salí, también había algún vivo que quebrantaba su largo, estrecho y gélido pasillo para acceder al sótano y subir furtivamente hasta la planta baja, como si se hubiese presentado hasta allí sin haber rasgado el manto espeso de la muerte.

El Hall de entrada del área materno infantil permanece abierto todos los días hasta las once de la noche. Después de esa hora sus puertas de cristal se cierran y el hall permanece vacío y en silencio, aunque las luces se quedan encendidas, como si estuviesen esperando a alguien. La batería de baños, tan práctica durante el día, se queda por la noche totalmente inutilizada. En el hall el silencio suena. Esto es cierto. El silencio tiene sonido. Es un ruido latente, continuo, como un silbido quedo que atraviesa los tímpanos para no abandonar nuestras cabezas mientras estamos atrapados en sus garras. Quizás sea el sonido de nuestras conciencias o tal vez sea lo que define a ambas cosas.

Hay una pequeña tienda en un extremo, en uno de los lados. Delata su ubicación un escaparate de cristal que rompe con la monotonía de la pared que un día fue blanca y que ahora luce llena de pequeñas manchas y con un color ceniza continuo. Tal vez sea un reclamo de en lo que se convierten los cuerpos una vez que han pasado por la Quinta Planta. En la tienda, un paciente o un acompañante pueden matar su aburrimiento. Comprando revistas que llenan sus páginas con la vida de famosos del país. Allí también se pueden conseguir bombones y flores y cuadernos y bolígrafos y tarjetas y tantas y tantas cosas efímeras que parece que prescindir de ellas es un pecado. Pero son cosas, sólo eso. Absurdos objetos que intentan distraer la mente de un acontecimiento inevitable e irreversible.

En la Quinta Planta nadie regala flores a los pacientes. Es un mal augurio aunque, probablemente, nadie lo haga porque es muy posible que las flores lleguen después, como parte del ritual mortuorio. Una flor, ¿qué significa? ¿el brotar de la vida o el marchitar de las fuerzas?

La entrada principal del Hospital General de cualquier ciudad tiene un acceso directo desde el exterior. Un puente peatonal termina en sus escaleras elevándose por encima de la avenida de la circunvalación que rodea con sus brazos grises miles de familias enjauladas en edificios de metal y piedra. Muy pocos usan el puente, como si el hecho de desplazarse por sus pendientes supusiese robarle a la vida unos minutos irrecuperables. Aunque, si de tiempo se trata, lo cierto es que en la Quinta Planta el tiempo no existe. Se pará, se diluye en lágrimas contenidas, en gemidos no escuchados, escondidos, donde la dignidad pugna con la entereza. Cuando se ignora el puente se opta por un paso de cebra. Es la elección de la mayoría. Ahí solo se requieren unos segundos de paciencia desde que se pulsa el botón del semáforo y hasta que se enciende la luz que indica el paso de peatones.

La entrada principal es siniestra. Muchos hombres y mujeres siniestros lo atraviesan también. Por eso da miedo traspasar su umbral. Por eso se buscan sonrisas en vez de lloros. De la entrada nace un largo pasillo, estrecho, que parece una caverna escavada en el suelo. Cuando andas por el mismo parece que nunca se acaba. Transcurre longitudinalmente por debajo de todas las instalaciones del Hospital. Desde las once de la noche es el único acceso general. Se convierte en el paso obligado para todo aquel que quiera abandonar o entrar el Hospital.

Si estás en la Quinta Planta, debes de bajar hasta la segunda planta y, una vez allí, tomar el acceso del que nace este pasillo, abandonando, carente de vida, que te expulsa sin misericordia.

Luego solo hay que seguir su senda hasta llegar a la Quinta Planta.



Manuel

Las líneas que trazan la vida de una persona suelen ser de trazos gruesos. Como un dibujo, las líneas principales componen lo que se desea representar. Pero para dibujar a la vida, también se necesita utilizar líneas de trazos más delgados, sutiles, casi tenues, para resaltar los pequeños detalles.

Probablemente sean los hechos más sencillos los que puedan definir la vida de una persona. Los recuerdos se componen de ese tipo de trazos. Se suelen olvidar de los pasajes más relevantes, eludiendo la luz de los focos que iluminan los grandes logros. Entonces la memoria, muy segura de sí misma, estima necesario fijarse en lo sencillo y cotidiano lo que supone, muchas veces, centrarse en lo breve.

Nos pasamos media vida luchando por aspirar a alcanzar logros y la otra mitad de la vida lamentándonos por el tiempo que hemos desperdiciado por ir tras estas metas. Porque, una vez conseguida la meta, ¿qué nos queda? En el camino hemos podido perder nuestra conciencia, nuestra moral e incluso nuestra dignidad. Vivir sin metas supone una bendición cuando esas metas son efímeras e infructíferas.

Todo eso fue precisamente lo que experimentó Manuel. Manuel fue un habitante de la Quinta Planta.

Una mañana de Noviembre recibió la noticia de que su madre había sido hospitalizada en el Hospital General, en la Quinta Planta. La razón ya la conocía. El desenlace final también. Por ello se preparó para ir a verla para, con toda probabilidad, despedirse de ella. Manuel quería aprovechar esa visita para poder vivir los últimos momentos de lucidez con los que todavía contaba su madre, antes de que la enfermedad cubriese la mente de su progenitora con un velo de oscuridad. Las dosis de morfina ya habían comenzado, en pequeñas dosis, pero sus garras ya habían atrapado a su madre con la intención de arrastrarla a ser un desmemoriado de manera absoluta.

El viaje era largo. La distancia que separaba a la ciudad en la que Manuel vivía y la población materna donde se había criado suponía un día de viaje en automóvil. Antes de partir, pudo arreglar los asuntos en el lugar donde trabajaba y se preparó para iniciar un viaje sin retorno. Sería la primera vez en su vida que entraría en la Quinta Planta.


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