Excerpt for La crisis de los misiles. Cuba, EE.UU., la URSS. Trece dramáticos días al borde del holocausto nuclear by , available in its entirety at Smashwords

La crisis de los misiles

Cuba, EE.UU., la URSS.

Trece dramáticos días al borde del holocausto nuclear

Hugo Montero

Edición Smashwords

Edición Conjuras

L.D. Books

La crisis de los misiles

© Hugo Montero, 2015

L.D. Books

D.R. ©Editorial Lectorum, S.A. de C.V., 2015

Batalla de Casa Blanca Manzana 147 A Lote 1621

Col. Leyes de Reforma, 3a. Sección

C.P. 09310, México, D. F.

Tel. 5581 3202

www.lectorum.com.mx

ventas@lectorum.com.mx

Primera edición: mayo de 2015

ISBN: 9781514260609

Colección CONJURAS

D.R. ©Portada e interiores: Mariel Mambretti

Características tipográficas aseguradas conforme a la ley.

Prohibida la reproducción total o parcial sin autorización escrita del editor.

Índice

Introducción

Capítulo 1. El mundo en pie de guerra... Fría

Capítulo 2. La operación ANADYR

Capítulo 3. Cuando el mundo se detuvo

Capítulo 4. La crisis de noviembre

Capítulo 5. Lo que la crisis nos dejó

Conclusiones. Qué hubiera pasado si.

Apéndice fotográfico

Bibliografía

Introducción

"No es necesario imaginar a la tierra siendo destruida como una nova por una explosión estelar para comprender categóricamente el creciente alcance de la guerra atómica, y reconocer que, a menos que se evite otra guerra, es probable que traiga la destrucción en una escala que nunca antes fue posible, que en este momento difícilmente puede concebirse, y a la que poca civilización le sobreviviría”.

Albert Einstein

Una caricatura del dibujante alemán Heinz-Dieter Schmid sintetiza de forma perfecta lo que significó para el mundo la llamada Crisis de los Misiles, desarrollada durante el mes de octubre de 1962.

En la ilustración, John F. Kennedy y Nikita Kruschev máximas autoridades de Estados Unidos y de la Unión Soviética en ese trance histórico aparecen absortos en mitad de una pulseada feroz con una mano, mientras que con la otra están a punto de presionar un botón. En la imagen, se añade un sugestivo detalle: los dos mandatarios están sentados sobre un misil atómico.

Sin embargo, otros analistas se inclinan a comparar aquel conflicto con una partida de ajedrez o, como lo hace el poeta argentino Juan Gelman, con una partida de poker:

"Desde que el poker fue mencionado por vez primera en un escrito de 1526, nunca hubo una partida tan siniestra como la que jugaron Estados Unidos y la Unión Soviética en octubre de 1962: la apuesta era la inminencia de una guerra termonuclear”.

Pero en definitiva y sin ironías, los episodios de octubre de 1962 en Cuba fueron un relieve inédito en la historia de la humanidad. Esa imagen del mundo a punto de estallar en mil pedazos, por una riña de intereses entre las dos grandes potencias, no tuvo por cierto mucho que ver con el mundo de la ciencia ficción. Se trató de una realidad latente.

La primera (y posiblemente la última, tomando en cuenta la capacidad destructiva a disposición de ambas potencias) guerra nuclear pudo haber estallado en 1962, y presumir las consecuencias para la raza humana de un despliegue devastador con armamento atómico resulta un ejercicio estremecedor.

Afortunadamente, la reciente desclasificación de 2.700 documentos llevada a cabo por la Nacional Security Archive en Washington, y la también autorizada apertura de los secretos de la KGB soviética, un par de décadas atrás, permiten hoy reconstruir casi en su totalidad los detalles ocultos de uno de los períodos más tenebrosos de la Historia moderna.

Reconocido a nivel mundial con tres nombres diferentes -en Estados Unidos, se lo llama "Crisis de los misiles”; en la URSS se lo conoce como "Crisis del Caribe” y por último, en Cuba, como "La crisis de octubre”- , el conflicto generado por el emplazamiento de misiles nucleares soviéticos en territorio cubano fue el episodio más representativo del período conocido como "Guerra Fría”.

Los historiadores coinciden en atribuirle al periodismo la paternidad de este término: "Guerra Fría”. En ese sentido, el primero en utilizarlo fue el cronista americano Herbert Bayard Swope, en 1946 y para definir el estado de tensión creciente en la Comisión de Energía Atómica en la ONU entre las delegaciones norteamericanas y soviéticas. Un año después, un consejero del presidente Roosevelt, Bernard Baruch, volvería a utilizar la ida de "Guerra Fría” en un discurso ante el Congreso. En cambio, el presidente Harry Truman - quien ha sido señalado como el responsable principal de inaugurar esa etapa, luego de romper los compromisos con Europa asumidos en los tratados de Yalta y Postdam - casi nunca utilizaba esa expresión y prefería hablar de una "guerra de nervios”.

Para el historiador británico Eric Hobsbawm, es posible describir esta etapa como:

"... la contienda de un período que no podemos calificar claramente como de guerra o de paz ateniéndonos a las definiciones tradicionales; de ahí la invención de la expresión Guerra Fría para describirlo”.

El enfrentamiento entre dos concepciones antagónicas y expansivas en el mundo, como el capitalismo (occidental) y el comunismo (oriental), ocupó todos los planos de un planeta bipolar, en un lapso que se inició con los tiempos de posguerra y alcanzó hasta el derrumbe del mundo socialista en 1991.

En esas décadas, la perspectiva competitiva lo abarcó todo: desde la contienda deportiva, pasando por la propaganda, el arte y la ciencia, pero muy particularmente se hizo profunda en materia armamentística.

Durante décadas, el mundo fue el escenario de un inestable juego que alternaba períodos de tensión con momentos de distensión, conforme cada una de las potencias avanzaba y retrocedía con sus piezas dispuestas sobre el tablero.

Para el sociólogo estadounidense Noam Chomsky, la raíz de aquella confrontación entre miradas antagónicas del mundo se puede ubicar en la economía:

"Es cierto que por su naturaleza la Unión Soviética constituía un desafío inaceptable. Su autarquía económica especificada interfería con los planes de los Estados Unidos para la reconstrucción de un sistema global basado en un comercio y en una inversión (relativamente) libres que, bajo las condiciones de mediados de siglo, se esperaba que estuviera dominado por corporaciones estadounidenses y fuera altamente beneficioso para sus intereses, como ciertamente lo fue. El telón de acero privaba a las potencias industriales capitalistas de una región que, se esperaba, suministraría materias primas, oportunidades de inversión, mercados y mano de obra barata”.

Un Armagedón en camino

Pero, en la ciénaga más profunda de la Guerra Fría, fueron las armas nucleares el mayor terror de todos. Utilizadas como amenaza y como método de presión, esas armas nucleares asomaban entre sombras como las únicas capaces de ponerle un punto final a la especie humana.

¿Qué otra cosa fueron los ataques nucleares estadounidenses que devastaron las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945- donde murieron 135 mil y 65 mil personas respectivamente- , sino un mensaje intimidatorio destinado a la otra gran potencia naciente en ese momento, la URSS?

Mediante una política que vale calificar como de amenaza y chantaje, Estados Unidos - en definitiva, el único país del planeta que empleó armamento atómico en combate, vale destacarlo- mantuvo durante algunos años el monopolio de las armas nucleares y fue ganando posiciones en el ajedrez global. Al menos hasta que en 1949 (fecha en la que la URSS detonó su primer artefacto nuclear) se percató de que la amenaza nuclear no era solamente una bayoneta psicológica que podía utilizar contra sus enemigos ideológicos, sino que también podía destruir su propio imperio.

Comenzó entonces la mayor y más absurda carrera armamentista de la historia, en la que obviamente Estados Unidos partía con amplia ventaja, por los años en los que ya venía aplicando una avanzada tecnología nuclear a sus armas, y particularmente porque su industria no había sufrido la devastación que había padecido su par soviética durante la Segunda Guerra Mundial. En esa carrera, la disuasión nuclear ocupó un lugar ambiguo entre la amenaza y… el límite, y todo ello en un contexto de tensiones impredecibles.

Pero la ventaja norteamericana pasó al recuerdo en 1957, cuando la URSS anunció, para sorpresa de todo el mundo, que había logrado colocar un satélite artificial en órbita, el Sputnik, a partir del lanzamiento de un cohete intercontinental. Un éxito que se sumó a los posteriores en la carrera espacial soviética (la perrita Laika, primer ser vivo en orbitar alrededor de la Tierra; y Yuri Gagarin, primer ser humano en realizar esa hazaña y volver con vida, etc.) y a la contundente propaganda soviética. Esa máquina de propaganda, en verdad, multiplicaba el efecto de cada avance científico y lo exageraba en otras ocasiones, cuando los intentos no habían sido tan venturosos. Pero terminó por despertar la preocupación entre los políticos norteamericanos, asombrados de ver cómo el adversario comunista tomaba la delantera en esa crucial carrera.

En una ocasión, Nikita Kruschev expresó ante la prensa que la Unión Soviética construía “tantos misiles como salchichas” en un reducto científico escondido, en las montañas del sur. Ante la pregunta de su hijo, que conocía la verdad del desarrollo misilístico soviético y sabía a las claras la amplia ventaja en ese rubro que tenían los norteamericanos, escuchó de su padre una respuesta que lo dejó azorado: la verdad no era lo importante; lo que importaba era todo aquello que los norteamericanos pudieran creer de aquella farsa destinada a la opinión pública.

Sabedores o ignorantes de cuánto de toda esa información era cierta o producto de las usinas de propaganda comunista, lo único concreto fue la expansión del pánico entre en la población norteamericana, la famosa “histeria de guerra”, que disparó los precios de los comerciantes y de los constructores de refugios atómicos.

Fue un verdadero clima de paranoia, que sería también utilizado durante décadas por las distintas gestiones gobernantes en Washington para garantizar un abultado presupuesto destinado a gastos militares. La excusa era invertir para lograr una “compensación”, y para limpiar la afrenta que significaba ver a los soviéticos avanzando más rápido que los estadounidenses, y hasta liderando el desarrollo tecnológico y armamentístico mundial.

"Destrucción mutua garantizada”

Desde agosto de 1961, la URSS realizó unas treinta pruebas de armas nucleares, entre ellas la detonación de un artefacto de 58 megatones, el explosivo más potente que se había hecho estallar hasta entonces. El gesto de Kruschev, que rompía la tregua firmada tres años atrás entre las dos grandes potencias, también generó la respuesta de un Kennedy presionado, que debió reanudar a su vez las pruebas nucleares norteamericanas.

De todos modos, la realidad era bastante distinta a la meneada fábrica de salchichas de Kruschev. Para 1961, la superioridad de Estados Unidos respecto de los cohetes intercontinentales era de 4 a 1, según versiones neutrales. Específicamente, el secretario de Defensa de Kennedy, Robert McNamara (protagonista central de la crisis de los misiles), detalló años después que, para octubre de 1962, Estados Unidos contaba con 229 cohetes intercontinentales, 105 de alcance medio e intermedio emplazados en Turquía, Italia y Gran Bretaña, además de nueve submarinos armados con 16 misiles "Polaris”, con un alcance promedio de 1.500 kilómetros cada uno. Y todo un arsenal que incluía 1.500 bombarderos desperdigados en todo el mundo, 600 de ellos eran bombarderos pesados B52.

En esa misma etapa, la URSS contaba con 48 cohetes intercontinentales y 543 de alcance medio; dos centenares de bombarderos pesados, y 80 misiles instalados en submarinos.

O sea que, según las cifras de McNamara, la brecha nuclear favorecía a Washington por un aplastante 17 a 1 respecto de Moscú, pese a que los informes previos de la CIA (quizá influenciados por la propaganda soviética) no eran tan optimistas respecto de la ventaja norteamericana.

Al fin de cuentas, y a pesar de la enorme desproporción en arsenal nuclear a favor de Estados Unidos, en caso de una conflagración mundial con armas atómicas, era muy probable que no hubiese vencedores. Tan sólo habría vencidos.

Las dos partes en pugna tenían la capacidad de destruir blancos civiles del enemigo, incluso después de recibir un primer golpe sorpresivo. Era el concepto bautizado la sigla en inglés MAD: "Destrucción Mutua Asegurada”.

En ese sentido, Kennedy no tenía dudas. Sabía que Estados Unidos contaba con una apreciable ventaja en ese rubro, pero también era consciente de que esa superioridad le alcanzaba apenas para "matar varias veces todo lo vivo existente en la URSS”, mientras que los soviéticos sólo podrían ser capaces de exterminar "una vez todo lo vivo” en Estados Unidos.

La ironía de Kennedy no era exagerada. Baste con mencionar que, en 1945, las bombas que estallaron en Hiroshima y Nagasaki tenían una potencia destructiva de 13 y 20 kilotones respectivamente, pero ya en 1962 el desarrollo tecnológico había posibilitado una explosión de entre 5 y 10 megatones, es decir, entre 300 y 700 veces más poderosa que la bomba de Hiroshima.

El esbozar apenas un ejercicio de imaginación y suponer una gran ciudad norteamericana o soviética padeciendo una explosión de ese calibre, sumadas además las consecuencias posteriores (fogonazo, radiación, contaminación de la atmósfera, destrucción total, etc.), provoca un estremecimiento que le otorga a esa crisis, se la llame como se la llame, su verdadero y terrible sentido.

Sobre este aspecto, Robert McNamara señalaría años después que el conflicto generado en Cuba:

"… no ilustra la importancia sino al contrario, lo poco importante que es la superioridad nuclear cuando se halla enfrentada a la existencia de fuerzas de represalia termonuclear capaces de sobrevivir a un primer ataque”

Sin embargo, y más allá de la carrera armamentística, parecía evidente que ninguna de las dos potencias estaba particularmente interesada en provocar una guerra mundial. En este sentido, y como ejemplo, la periodista y corresponsal en Moscú Lois Fischer señaló en 1954:

"En años recientes los rusos han derribados aviones estadounidenses e ingleses, la fuerza aérea de los Estados Unidos ha hecho fuego contra aviones rusos; se han canjeado coléricas notas de protesta,… pero nada ha resultado. Los accidentes sólo se convierten en incidentes que conducen a la guerra cuando una nación la anda buscando. Y en la actualidad ni Rusia ni el Occidente andan a la busca de conflictos que conduzcan a la guerra atómica”.

Los líderes de las grandes potencias del globo sabían que precisaban el poderío atómico como herramienta de presión y amenaza, pero al mismo tiempo eran conscientes del peligro que significaba organizar una ofensiva bélica con ese armamento como punta de lanza.

Tal vez ellos también sabían los riesgos de desplegar su propio poderío, en sintonía con lo que decía irónicamente Albert Einstein:

"No sé con qué clase de armas se peleará la Tercera Guerra Mundial, pero la Cuarta Guerra Mundial se combatirá con palos y piedras”.

Capítulo 1

El mundo en pie de guerra fría

"Nunca antes o desde entonces, la supervivencia de la civilización humana estuvo tan en juego como durante esas pocas semanas de peligrosas deliberaciones”.

Sheldon Stern

Historiador de la Biblioteca Presidencial John F. Kennedy

¿Quién era quién en el mapa geopolítico global a principios de la década del sesenta?

Nikita Kruschev fungía entonces como presidente del Consejo de Ministros de la Unión Soviética desde 1958, y había encabezado el arduo proceso de "desestalinización” desde la muerte del líder máximo de su país en 1953. Crítico del culto a la personalidad y del exceso de poder de Josef Stalin, Kruschev había pasado en poco tiempo a tomar las riendas de un Politburó rebosante de silenciosas maniobras palaciegas.

Su famoso informe secreto de febrero de 1956, en el que ponía el acento en la necesidad de perseguir una reforma de fondo, asumiendo los errores cometidos en el pasado y apartándose de las políticas llevadas a cabo por Stalin, le había permitido posicionarse en un lugar destacado para la nueva etapa que se iniciaba en la URSS: la era del "deshielo”.

En mitad de ese proceso de gradual apertura, de muy lejos llegaron al Kremlin noticias confusas. Una revolución caribeña en ciernes, un puñado de guerrilleros barbudos que derrocaban a un dictador y tomaban el poder, una multitud ocupando las calles, y muchos rumores que circulaban sobre la identidad ideológica de los rebeldes...

La curiosidad era una mosca que perseguía a Kruschev. Sin certezas sobre la perspectiva del proceso revolucionario cubano, pero muy interesado en obtener una caracterización justa, Kruschev envió en febrero de 1960 a una delegación encabezada por su viceprimer ministro, Anastas Mikoyan, a La Habana.

A su regreso a Moscú y extraoficialmente, la conclusión del enviado oficial fue que el rumbo elegido por Cuba avanzaba hacia el socialismo, lo que despertó un entusiasmo singular. "Estábamos como niños con un juguete nuevo”, ironizó el enviado sobre el clima de entonces.

Y no era para menos.

El juguete caribeño

El experimento cubano era el primer enclave socialista en América Latina, y se ubicaba a escasos veinte kilómetros de la costa del gigante capitalista.

En su entusiasta informe posterior, Mikoyan detalló que la dirección cubana ya preveía el hostigamiento militar y el aislamiento económico de parte de Washington y que, por ese motivo, estaba interesado en acercarse a la URSS en busca de ayuda.

Con la autorización del Kremlin, el enviado soviético otorgó a La Habana un crédito de 100 millones de dólares, además de firmar numerosos tratados para la compra de azúcar y la venta de petróleo. Pero, de alguna manera, fue el propio hostigamiento de Estados Unidos el que terminó consolidando el acuerdo estratégico entre cubanos y soviéticos, acuerdo que significó un cambio de raíz en la economía caribeña. Cerrados los mercados internacionales para sus materias primas (como la caña de azúcar, principalmente), ahora cada kilowatio industrial le costaba 345 gramos de petróleo. Petróleo que, por supuesto, Cuba no tenía. Sólo después de la fallida invasión de Bahía de Cochinos, Fidel Castro anunciaría públicamente que la cubana era una revolución socialista; y, para entonces, el acercamiento político y económico a la URSS ya era casi un hecho. En palabras de Kruschev: "La URSS había ganado una Cuba socialista sin disparar un solo tiro”.


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