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Genios de la Estrategia Militar XVI

Máximas de Napoleón sobre el arte de la guerra






General José Antonio Páez


Ediciones LAVP


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Genios de la Estrategia Militar XVI

Máximas de Napoleón sobre el arte de la guerra

Análisis de la visión estratégica del gran corso

© General José Antonio Páez

Diagramación y diseño

Ediciones LAVP

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9781370987146

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INDICE

Maxima I

Máxima II

Máxima III

Máxima IV

Máxima V

Máxima VI

Máxima VII

Máxima VIII

Máxima IX

Máxima X

Máxima XI

Máxima XII

Máxima XIII

Notas del General Páez





Máxima I

Los Estados tienen por fronteras o anchos ríos, o cadenas de montaña o desierto. De todos estos obstáculos que se oponen a la marcha de un ejército, el más difícil de superar es el desierto; después las montañas, y luego los anchos ríos.


Nota

Napoleón en su carrera militar parece haber sido llamado a vencer las dificultades que pueden presentarse en las guerras de invasión.

En Egipto atravesó desiertos, venciendo y destruyendo a los mamelucos, tenidos en mucho por su valor y destreza. Su genio supo acomodarse a todos los peligros de tan lejana empresa en país mal adaptado para satisfacer las necesidades de sus tropas.

En la conquista de Italia atravesó dos veces los Alpes por sus más difíciles pasos, a pesar de la estación en que la empresa se presentaba aún más difícil. En tres meses pasó los Pirineos y derrotó y dispersó cuatro ejércitos españoles.

En fin, desde el Rin hasta el Borysthenes no hubo obstáculo natural que detuviese la marcha de su victorioso ejército.


Máxima II

Al formar un plan de campaña debe preverse lo que el enemigo puede hacer, y apercibirse de todos los medios necesarios para hacerle oposición.

Pueden los planes de campaña modificarse hasta el infinito, según las circunstancias, el genio del general, el carácter de las tropas, y la topografía del teatro de la acción.

Nota

A veces tiene éxito feliz una aventurada campaña emprendida contra todos los principios del arte militar; pero este éxito se debe o al capricho de la fortuna o a faltas cometidas por el enemigo: cosas con que nunca debe contar un general.

A veces un plan de campaña, aunque basado en los sólidos principios del arte, corre riesgo de fracasar en su principio, si tiene que habérselas el autor con un adversario que obra comenzando por la defensiva, y tomando después rápidamente la ofensiva, sorprende con destreza de sus maniobras.

Tal fue la suerte que cupo al plan trazado por el Consejo Aulico para la campaña de 1796, encomendada al mariscal Wurmser.

Había contado este jefe con la superioridad numérica de sus tropas para cortar la retirada al ejército francés y destruirlo; basó sus operaciones en la actitud defensiva de su adversario que ocupaba la línea del Adige y tenía que cubrir el sitio de Mantua, al mismo tiempo que la Italia central y meridional. Wurmser, suponiendo al ejército francés en las inmediaciones de Mantua, dividió su fuerza en tres cuerpos que, marchando separadamente, debían venir a reunirse en aquel lugar.

Penetrando Napoleón los designios del general austriaco, comprendió la ventaja que podría obtenerse de dar el primer golpe a un ejército dividido en tres cuerpos separados y sin comunicación.

Apresuróse por lo tanto, a levantar el sitio de Mantua, reunió todas sus fuerzas, y logró por este medio hacerse superior a los imperialistas, cuyas divisiones atacó y batió en detalle.

Así, Wurmser, que creía correr a una victoria cierta, se vio obligado, después de una campaña de diez días, a retirarse con los restos de su ejército al Tyrol, con pérdida de 25.000 hombres entre muertos y heridos, 15.000 prisioneros, 9 banderas y 70 piezas de artillería.

Esto demuestra cuán difícil es prescribir de antemano a un general la línea de conducta que debe seguir durante el curso de una campaña. Depende a veces el éxito de circunstancias que no pudieron ser previstas, y no es de olvidarse que nada pone tantas trabas a los esfuerzos del genio como el verse obligado el jefe de un ejército a ser gobernado por la voluntad ajena.

Máxima III

El ejército que emprende la conquista de un país tiene sus dos alas o apoyadas en territorios neutrales, o en grandes obstáculos naturales, como son ríos o cadenas de montañas. En algunos casos sucede que una de las alas tiene estos apoyos, y otras veces las dos están descubiertas.

En el primer caso, es decir, cuando ambas alas están protegidas, tiene el general solamente que atender a su frente para no ser roto. En el segundo caso, cuando una sola de las alas está apoyada, debe descansar en ella.

En el tercero, cuando ambas están descubiertas, debe depender de una formación central, y no permitir que los diferentes cuerpos de su mando se aparten de ella, porque si dificultoso es pelear teniendo dos flancos expuestos, se duplica el inconveniente teniendo cuatro, y triplica teniendo seis lo cual sucede si el ejército se divide en dos o tres diferentes cuerpos.

En el primer caso, según dijimos antes, la línea de operaciones puede descansar indiferentemente sobre la derecha o sobre la izquierda. En el segundo debe dirigirse al ala apoyada. En el tercero debe ser perpendicular al centro de la línea de marcha del ejército. Pero en todos estos casos es necesario en cada distancia de cinco o seis días de marcha, tener un puesto fortificado o una posición atrincheradas sobre la línea de operaciones, para poder reunir pertrechos y provisiones de guerra, organizar convoyes, para formar allí un centro de movimiento, y establecer un punto de defensa, a fin de acortar la línea de operaciones del ejército.

Nota

Estos principios generales del arte militar fueron desconocidos o no tenidos en cuenta en la edad media. Los cruzados en sus incursiones en la Palestina parecían no haber tenido otro objetivo que pelear y vencer; tan pocos eran sus esfuerzos en aprovecharse de sus victorias. De aquí es que perecieron en Siria innumerables ejércitos sin más ventajas que la que se deriva del momentáneo éxito que obtiene el número. Ala inobservancia de estos principios se debió que Carlos XII abandonando su línea de operaciones y toda comunicación con Suecia, y lanzándose en la Ukrania, perdiese la mayor parte de su ejército, diezmado por las fatigas de una campaña de invierno en un país desnudo y desprovisto de recursos. Derrotado en Pultawa tuvo que buscar refugio en Turquía después de cruzar el Nieper con los restos de sus ejército reducido a poco más de mil hombres.

Gustavo Adolfo fue el primero que trajo de nuevo el arte de la guerra a sus verdaderos principios. Sus operaciones en Alemania fueron tan atrevidas y rápidas como bien ejecutadas. Las ventajas que obtenía conducían a la seguridad de sus futuras operaciones, impidiendo la posibilidad de cualquier interrupción de sus comunicaciones con Suecia. Sus campañas forman una nueva era en el arte de la guerra.



Máxima IV

Cuando emprenden la conquista de un país dos o tres ejércitos, que obran separadamente hasta llegar al punto fijado para su concentración, debe sentarse principio, que la unión de sus diferentes cuerpos no debe efectuarse cerca del enemigo; pues pudiera éste, con la unión de sus fuerzas, no sólo impedir la de las del adversario, sino batir los ejércitos en detalle.

Nota

Si bien es cierto que, en las campañas de 1757, Federico marchando a la conquista de Bohemia con dos ejércitos, que tenía cada uno su línea separada de operaciones, logró unirlos a la vista del duque de Lorena que cubría a Praga con el ejército imperial; no debe, sin embargo, citarse semejante ejemplo como digno de imitación.

El buen éxito de la marcha dependió enteramente de la inacción del duque, que a la cabeza de 70.000 hombres no hizo nada para impedir la unión de los dos ejércitos prusianos.

Máxima V

Deben regirse las guerras por ciertos principios, pues cada una ha de tener un objeto marcado, y llevarse a término según las reglas del arte. Deben emprenderse solamente contando con fuerzas proporcionadas a los obstáculos que se han de vencer.


Nota

Solía decir el mariscal Villars que cuando se emprende una guerra, es necesario conocer exactamente el número de tropas que el enemigo puede presentar en el campo, pues es imposible trazar ningún sólido plan de operaciones ofensivas o defensivas, sin un perfecto conocimiento de lo que deba esperarse o temerse.

Cuando se tira el primer tiro, dice dicho mariscal, nadie puede calcular el resultado de la guerra.

Es, por lo tanto, de la mayor importancia reflexionar maduramente antes de empeñarla. Cuando esta se ha decidido, observa el mariscal que, a los planes mejor combinados y llevados a efecto con intrepidez, se han debido siempre los resultados más gloriosos. Cuando decidamos emprender la guerra, añade, lancémonos a ella con vigor y sin fútiles consideraciones.

Máxima VI


Al principio de una campaña, es materia de grave consideración si se debe avanzar o no; pero, una vez tomada la ofensiva, hay que sostenerse hasta el último trance. Por diestras que sean las maniobras de una retirada siempre debilitan la moral de un ejército, que pierde las oportunidades de conseguir un feliz éxito, mientras el enemigo las tiene casi seguras. Además, las retiradas siempre cuestan más hombres y materiales que los más sangrientos encuentros, con la sola diferencia de que, en una batalla, la pérdida del enemigo es casi igual a la nuestra, mientras que una retirada, la pérdida es solo de nuestra parte.

Nota

El mariscal de Sajonia dice, que las retiradas más favorables son las que se hacen ante un enemigo débil y poco arrojado, porque si acaso persigue con algún vigor, puede muy fácilmente ser derrotado por el que retira.

Sin embargo, es un gran error, dice el mariscal, seguir el proverbio que dice: A enemigo que huye puente de plata. No, perseguidle ahincadamente y lo destruiréis.

Máxima VII


Un ejército debe estar dispuesto todos los días, todas las noches, y todas las horas del día y de la noche, a oponer toda la resistencia de que es capaz. Con este objeto, el soldado debe estar siempre provisto de armas y municiones; la infantería no debe estar sin su artillería, caballería y generales; y las diferentes divisiones del ejército deben estar constantemente en estado de sostener, ser sostenidas y protegerse mutuamente.

Las tropas, ya hagan alto, acampen o estén en marcha, deben siempre ocupar posiciones favorables con cuanto se requiera para un campo de batalla; v. g., los flancos deben estar bien cubiertos, y toda la artillería colocada de modo que tenga campo libre para hacer sus descargas con las mayores ventajas. Cuando un ejército marcha en columna debe tener avanzadas y flanqueadores para examinar bien el terreno que se tiene al frente, a la derecha, a la izquierda, y siempre a tal distancia que pueda el grueso del ejército desplegarse en posición.

Nota

Las siguientes máximas tomadas de las memorias de Montecuculli, me parece que vienen bien en ese lugar, y pueden formar un útil comentario a los principios generales expuestos en la máxima precedente:

Cuando se emprende la guerra dejemos, a un lado las dudas y los escrúpulos. Tengamos por seguro el buen éxito; confiemos en que la Providencia, o nuestra prudencia, o que la falta de talento por parte del enemigo le impidan aprovecharse de sus ventajas. La primera seguridad para el éxito es conferir el mando a un solo individuo.

Cuando se reparte la autoridad, las opiniones de los jefes varían con frecuencia, y las operaciones carecen de aquella unidad de acción que se requiere para vencer. Además, cuando una empresa es común a muchos y no encomendada a sola persona, no se lleva adelante con vigor, ni se toma mucho interés por el resultado.

Después de habernos conformado estrictamente a todas las reglas del arte, y seguros de que nada hemos omitido para conseguir el feliz éxito eventual, confiemos el resultado a la Providencia y descansemos tranquilamente en la decisión de esa potencia superior.

Suceda lo que suceda, debe el General en jefe permanecer firme y constante en su propósito: ni le ensoberbezca lo próspero, ni le abata lo adverso; porque en la guerra la buena y la mala fortuna se suceden alternativamente, y forman el flujo y reflujo de las operaciones militares.

Cuando un ejército es fuerte y aguerrido, y el del contrario débil y compuesto de soldados bisoños o enervados por una larga inacción, entonces deben emplearse todos los medios para hacerlos entrar en batalla.

Empero, si el adversario tiene la ventaja en tropas, debe evitarse un combate decisivo, limitándose sólo a impedir sus progresos, acampando ventajosamente y fortificando los pasos favorables.

Cuando los ejércitos son casi iguales en fuerzas, es de desearse que en vez de evitar la batalla se trate de darla con ventajas. Con este objeto debe procurarse acampar siempre en frente del enemigo; moverse cuando él se mueve, y ocupar las alturas y terrenos favorables que estén en su línea de marcha; apoderarse de todos los edificios y caminos adyacentes a su campo, y apostarse ventajosamente en los lugares por donde deba pasar.

Mucho se ganará con hacerle perder tiempo, estorbar sus designios retardar su progreso y ejecución. Pero si un ejército es inferior al del enemigo, y no hay posibilidad de maniobrar contra él con buen éxito, abandónese la campaña, y retírense las tropas a las fortalezas.

El principal objetivo de un general en jefe en el momento de la batalla, debe ser asegurar los flancos de su ejército.

Es verdad que es preciso buscar buenas posiciones favorables para lograr este objeto, pero, como quiera que estas son fijas e inmóviles de por sí, serán solamente ventajosas al General que quiera esperar el choque del enemigo, y no al que marcha al ataque.

Un general, por lo tanto, puede sólo descansar en el especial arreglo de sus tropas, para rechazar cualquier ataque de su adversario sobre su frente, flanco o retaguardia.

Si un flanco de un ejército descansa sobre un río o en una barranca impasable, debe colocarse toda la caballería en la otra ala para envolver al enemigo más fácilmente con su superioridad numérica.

Si el enemigo tiene sus flancos apoyados en bosques, debe enviarse la caballería ligera o infantería para atacarlo de flancos o retaguardia durante el calor de la batalla. Si es posible también debe darse un ataque a los bagajes para aumentar la confusión.

Si un general desea batir la izquierda del enemigo con su ala derecha, o la derecha con su izquierda, debe reforzar el ala que ataca con la flor de su ejército. Al mismo tiempo la otra ala no debe entrar en acción, y debe lanzarse rápidamente el ala agresora para abrumar al enemigo.

Si la naturaleza del Herrero lo permite, debe acercarse al enemigo a la sordina y atacarlo antes que se ponga en guardia. Si se descubren en el enemigo muestra de temor, como cuando se le ve confuso y desordenado, debe perseguírsele inmediatamente sin darle tiempo a restablecerse. Toca entonces a la caballería entrar en acción y cortar la artillería y bagaje del enemigo.

El orden de marcha ha de estar siempre subordinado al orden de batalla que debe arreglarse de antemano. Está bien regulada la marcha de un ejército cuando es regida por la distancia a que debe efectuarse, y por el tiempo que exige su ejecución. El frente de la columna debe disminuirse o aumentarse según la naturaleza del terreno, cuidando siempre de que la artillería vaya por la carretera.

Cuando hay que pasar un río colóquese la artillería en batería en la orilla frente al punto por donde se va a cruzar. Es una ventaja un río que forma un giro o un ángulo; también encontrar un vado por el lugar donde se quiere efectuar el paso.

Mientras se procede a la construcción de los puentes debe avanzar la infantería a cubrir a los trabajadores, manteniendo, el fuego contra la ribera opuesta; pero tan pronto como se termine la obra hágase pasar un cuerpo de infantería y caballería, y algunas piezas de campaña. La infantería debe atrincherarse inmediatamente a la cabeza del puente, y es también prudente fortificar que el enemigo aventure un movimiento ofensivo.

La avanzada de un ejército debe estar provista de guías fieles y de un cuerpo de gastadores, los primeros para señalar los mejores caminos, y los segundos para hacerlos más accesibles.

Si el ejército marcha en destacamentos, el comandante de cada uno de ellos ha de llevar escrito el nombre del lugar donde deben reunirse todos: este debe estar suficientemente separado del enemigo para impedir que lo ocupe antes de la unión de todos los destacamentos. Por lo tanto, es importante tener secreto el nombre de dicho punto.

En el momento que un ejército se aproxima al enemigo, debe marchar en el orden en que intenta combatir. Si hay algo que temer tómense precauciones proporcionadas al grado del peligro.

Cuando hay que pasar un desfiladero, las tropas deben hacer alto más allá del extremo hasta que todo el ejército haya pasado. Para ocultar los movimientos de un ejército es necesario marchar de noche por bosques y por valles, por los caminos más retirados y distantes de todos los lugares habitados. No debe permitirse que se enciendan fuegos; y para más favorecer el designio, conviene que se muevan las tropas por órdenes verbales.

Cuando el objeto de la marcha es tomar un puesto o auxiliar una plaza sitiada, la avanzada debe marchar a tiro de fusil del cuerpo principal, porque así está apercibido para un ataque y dispuesto a vencer toda oposición.

Cuando una marcha se hace con objeto de forzar un paso ocupado por el enemigo, hágase un ataque fingido sobre un punto, y después con un rápido movimiento diríjase un ataque verdadero a otro.

A veces se obtiene buen éxito fingiendo retirarse a la primitiva línea de marcha, y por una repentina contramarcha, apoderarse del peso antes que el enemigo pueda volver a ocuparlo. Algunos generales han logrado su objeto engañando al enemigo con una maniobra, mientras un destacamento, al amparo de unas alturas, ha sorprendido el paso por una marcha oculta. Como el enemigo estaba ocupado en vigilar los movimientos del cuerpo principal, el destacamento tuvo oportunidad de atrincherarse en su nueva posición.

Un ejército acomoda su modo de acampar al mayor o menor grado de precaución que requieren las circunstancias. En un país amigo las tropas se dividen para procurar mejor acomodamiento y surtirse de lo necesario. Pero teniendo al enemigo en frente, el ejército acampará siempre en orden de batalla. Con este objeto, es de suma importancia cubrir una parte del campo, cuanto se pueda, con defensas naturales, como un río, una cadena de rocas o un barranco. Téngase también cuidado de que el campo no sea dominado, y que no haya, para una libre comunicación, entre los diferentes cuerpos, obstáculos que puedan impedir a las tropas socorrerse mutuamente.

Cuando un ejército ocupa un campo fijo, es necesario estar bien surtido de víveres y municiones, o al menos que ambas cosas se encuentren a una distancia en que puedan ser fácilmente obtenidas. Para asegurarse de esto, debe establecerse bien la línea de comunicación y tener cuidado de no dejar una fortaleza enemiga a retaguardia.

Cuando un ejército está en cuarteles de invierno, se hallará más seguro, ya fortificando el campo, para lo que debe escogerse un lugar cerca de una gran ciudad comercial, o un río que ofrezca facilidad de transporte o ya distribuyéndolo en cerrados acantonamientos, de modo que las tropas estén cerca las unas de las otras y puedan suministrarse mutuo auxilio.

Los cuarteles de invierno de un ejército pueden también protegerse construyendo pequeñas obras cubiertas en todas las líneas de aproches a los acantonamientos y apostando avanzadas de caballería para observar los movimientos del enemigo.

Debe empeñarse una batalla cuando haya razones para espera victoria o cuando corre riesgo el ejército de ser destruido sin combatir; también cuando hay que socorrer una plaza sitiada, o cuando se desee impedir que llegue un refuerzo al enemigo. Es también útil empeñar batalla cuando hay una coyuntura favorable que se presenta, tal como apoderase de un punto o paso no defendido, atacar al enemigo cuando ha cometido algún error o cuando la falta de acuerdo entre sus generales favorece la empresa.

Si un enemigo rehúsa un combate, puede obligársele a entrar en él, o sitiando una plaza de importancia, o cayendo sobre él de improviso y cuando no pueda hacer fácilmente una retirada. También después de fingir una retirada, hacer una rápida contramarcha, atacarle vigorosamente y obligarle a entrar en acción.

Las diferentes circunstancias en que se debe evitar o rehusar una batalla son: cuando se vea más peligros en la derrota que ventajas puedan sacarse de la victoria, cuando uno es inferior en número al adversario y se esperan refuerzos; sobre todo, cuando el enemigo está desventajosamente situado o está contribuyendo a su propia ruina con algún efecto inherente a su posición, o con los errores y divisiones de sus generales.


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