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Los Monstruos Del Id

-Primer recopilatorio de Historias Pulp-



Copyright © 2017 Historias Pulp

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Ilustración de portada por

xadatambelx



Índice







INTRODUCCIÓN

Este libro es una recopilación de algunos textos de diversos autores que, de una forma u otra, han establecido contacto con Historias Pulp o alguno de sus miembros. Es mejor decir que es una selección de textos de colegas, y no tiene mayor pretensión que la de entretener y ofrecer una muestra de lo que a cada uno le gusta crear.

El nombre “Los Monstruos Del Id” hace referencia a la película “Planeta Prohibido”, de 1956, en la que se llamaban así a los horrores del subconsciente de todo ser inteligente, que se hacían materiales y peligrosos por efecto de una avanzada máquina. Era un nombre de lo más apropiado para nombrar esta amalgama de propiedades intelectuales…

Hay de todo: relatos cortos, otros más largos, poesías e incluso algún ensayo. Han terminado colaborando más autores de los que esperábamos, y estamos muy agradecidos a todos, a aquellos con los que ya contábamos y los de última hora.

Esperamos que, como lector, sepas degustar la macedonia que tienes entre manos…

Y ahora, que comience la función…





ENLACES

Historias Pulp puede visitarse en:

http://historiaspulp.com

Tema musical “Strong Soul” por Akiramarok:

https://drive.google.com/open?id=0BzmT-Z67Ved1dkdCWjJvc2lmUFU







Sobre el autor

Alejandro Escriche Cots

(Palma de Mallorca, 1977)

Le gusta pasear, leer y beber cerveza. Alguna vez ha intentado hacer las tres cosas a la vez, esto con resultados bastante humillantes. Odia la mala literatura y escribir biografías, especialmente la suya. Padre, por encima de todo, de una hija a la que no dejará leer sus libros hasta la mayoría de edad, momento en que podrá avergonzarse de su padre con fundamento. Ha publicado tres libros que de momento son un fracaso estrepitoso, a pesar de lo que dice su madre, que es mucho peor: “Turkesia, El Paciente Uno" (Ed. La Lucerna, 2015) junto a otros dos personajes aún más raros que él; "Potro 67" (Ed. Egarbook, 2016) y “Crónicas Turkesianas” (autoedición), una recopilación de relatos relacionada con el universo Turkesia. Actualmente está terminando su tercera novela, que no tiene título de momento, contando con que las musas tengan a bien iluminarle. Afirma que leer sus libros no es una pérdida de tiempo, pues el tiempo ya viene perdido de serie, y que en peores chorradas te habrás gastado el dinero.



FINERINO

por Alejandro Escriche Cots

 

Corro por un pasillo. Corro como si mi vida fuera en ello. Mi vida va en ello. Los oigo, están muy cerca, son pasos desordenados de una turba confusa pero con una dirección concreta: yo. Oigo cómo chocan entre ellos, se empujan, gritan, aúllan.

Al final hay una puerta, veo luz tras ella, está entreabierta. La alcanzo y entro. Ahí está: mi hija. Mi niñita pequeña. No sé cómo ha podido llegar hasta ese lugar, pero no me importa. Está congestionada de correr, suda, tiembla. La abrazo con fuerza. Dice:

—Tengo miedo, mamá.

—Yo también, hija.

En la habitación no hay ningún objeto, lo único que puede trabar esa puerta es un pestillo oxidado y miserable. Lo pongo. Clac. Ahí está toda nuestra defensa.

—¿Qué vamos a hacer, mamá?

—No lo sé, hija, de verdad que no lo sé.

Vuelvo a revisar con la mirada la habitación. Nada. La repaso nerviosamente con las manos. Ni una ranura, ni una trampilla. Solo suelo, techo, cuatro paredes y una puerta enclenque.

Ya están aquí. Bum. Bum. Dos golpes. Tres. Veinte. La puerta vibra.

—Mamá…

—¡Déjame pensar! —grito. Ella se calla. No debo enfadarme, no puedo permitírmelo. Tengo que pensar en algo. Algo. Bum, bum, bum. Algo. Maldita sea…

Con la mano aún sujeto la pistola. Aprieto un botón y extraigo el cargador. Lo compruebo y queda una bala. Vuelvo a introducirlo. Bum, bum. Al pestillo le han abandonado la mitad de los tornillos. En pocos segundos los tendremos encima. Nos cogerán, nos violarán, nos arrancarán la piel y luego nos comerán a pequeños bocados. Todo esto mientras aún estemos vivas. Quito el seguro del arma. Intento apuntar a mi hija, pero la mano, tambaleante, apunta al vacío, a toda la habitación menos a ella.

—¿Qué haces, mamá…?

—Sabíamos que esto podía pasar… —digo, entre lágrimas—. No pueden cogerte viva… Será rápido, de verdad que lo será.

—Mamá…

Como no puedo apuntar, le pego la pistola a la sien. Ahora tiembla más que nunca…

Me dice:

—¿Nos veremos en el cielo?

Si hay un cielo, tiene que haber un Dios. ¿Qué Dios puede permitir esto? Después de esto habrá lo que había antes. Nada. Pero le tengo que mentir, igual que cuando le decía que Papa Noel existía. Tiene que irse en paz. Una mentira piadosa y de vuelta a la nada.

—Hija… —intento hablar, pero no puedo. Abro la boca y de ahí solo sale una burbuja de saliva.

Se me han atragantado las palabras, estoy asfixiada. No puedo. Acabaré con esto ya. Aprieto el gatillo y es como empujar un tren con un dedo. No puedo. Lo vuelvo a intentar. No puedo. No puedo hablar, no puedo apretar el gatillo. Bum, bum. Me estoy volviendo loca. Por fin lo consigo. Clic. Nada. Clic, otra vez. Clic, una bala defectuosa y tenía que ser esta.

—Mamá…

Mamá, mamá… Mamaldita sea. Tiro la pistola al suelo y agarro su frágil cuellecito con ambas manos. Aprieto. Y aprieto. Ella intenta hablar, boquear y conseguir algo de aire. Pero yo estoy aquí, impidiéndolo. Lloro y lloro. Empieza a ponerse de color azul, veo cómo sus ojos empiezan a enrojecerse, a plagarse de diminutas petequias. Me araña con la poca fuerza que le queda, con esas manos diminutas. Está evacuando la vida y yo la estoy ayudando. Lloro y lloro. Intento decirle que es por su bien, que lo que le va a pasar una vez se abra la puerta es terrible, pero no puedo, solo puedo seguir apretando y llorar. Y ella se va rindiendo… Se fue. No puedo parar de llorar, no puedo parar de moquear. La deposito delicadamente en el suelo. Bum. Un bum más fuerte, el pestillo acaba saltar por los aires y la puerta se abre.

Ahí están, agolpados en el umbral. Son unos veinte o treinta como poco. Están en silencio. Me limpio los mocos con la manga de la camisa y recojo la pistola del suelo. La introduzco en mi boca y lo vuelvo a intentar. Clic. Clic. Nada.

Entra uno de ellos, horrible, desnudo, la piel hecha jirones, desgarbado, con un pene enorme y amenazante entre las piernas. Se acerca a mí y me arrebata la pistola de la mano. La introduce en su boca y… Pac. Un ruido seco, una detonación. La bala ha salido limpiamente por la parte trasera de su cráneo, pero él ni se ha inmutado. ¿Pero qué…? Me mira con unos ojos muertos de tiburón y me muestra una sonrisa podrida. Se ríe, se carcajea, el resto le imita. Todos se ríen, ja, ja, ja, ja. Me señalan y no paran de partirse de la risa, una risa repugnante, aguda, como si arañaran mil pizarras. El que entró en la habitación, me agarra de la camisa y me lanza al pasillo. Ahí me quedo de rodillas, escuchando sus risas. Me rodean. Se acabó, ahora empieza mi martirio, solo me queda pensar en un lugar feliz y desmayarme pronto. Pero se limitan todos a tocarme la cabeza. Cuarenta manos sobre mi cabeza. Las mueven en círculos, me masajean el cuero cabelludo, me tocan las orejas, algunas me clavan las uñas en la frente, pero no duele.

Me están robando algo. Algo de dentro de la mollera, lo noto. Pensamientos, recuerdos que huyen, que sé que no voy a volver a recuperar. Se marchan y luego olvido que se han marchado. Uno, dos, tres, cientos de momentos me abandonan, pero olvido el porqué de que me importen. Alguien me pone una pistola en la mano y me la cierra. Me empujan y salgo corriendo de ahí.

Corro por un pasillo. Corro como si mi vida fuera en ello. Mi vida va en ello. Los oigo, están muy cerca, son pasos desordenados de una turba confusa pero con una dirección concreta: yo. Oigo como chocan entre ellos, se empujan, gritan, aúllan.

Al final hay una puerta, veo luz tras ella, está entreabierta. La alcanzo y entro. Ahí está: mi hija.



Sobre el autor

Alfonso Padilla

Escritor mexicano. Autor de la serie de cuentos llamada “Fragmentos de terror” y el proyecto “Que el terror os acompañe” con más de 25,000 visitas mensuales. Es creador y director de la Revista digital Letras y Demonios. Forma parte de los escritores de la revista Cruz Diablo y finalista en el concurso de cuentos “It 30 aniversario”. Ha publicado su primera compilación digital de sus cuentos y está en vías de publicación de su primera novela: “Dime tus pecados”.



EL VIGILANTE

por Alfonso Padilla



Elena bajó las amplias escaleras que conducían a la salida de la casa. Era ridículo el tamaño de estas para la pequeña vivienda. Arriba solo había dos cuartos habitación y uno de servicio. Abajo había una pequeña sala, un baño y una cocina igual de grande y estorbosa como las escaleras mismas. Dejó sobre una mesa el quinqué, ya no lo necesitaría; con él había encontrado la lupa que en un principio creyó que iba a ser muy grande, pero era tan diminuta como su mano. En el mango del objeto había un símbolo raro que la distinguía. Quitó el tablón que atrancaba la puerta y la abrió, un chirrido rompió el silencio y le indicó lo averiadas que estaban aquellas maderas. Miró por última vez la casa y su penumbra y salió.

El bosque era un sitio no menos tétrico y lúgubre que la casa; era finales de otoño y en días nublados como ese, solía verse oscuro inclusive en el día. Los árboles eran grandes y gruesos y estaban lo bastante espaciados como para que Elena pudiese andar libremente entre ellos.

Siguió avanzando, iba despacio, no sabía en qué punto encontraría lo que buscaba. La lupa debía de darle alguna indicación de que su objetivo estaba cerca. Llevaba un amplio vestido grisáceo y un sombrero tipo cloche que le cubría todo su cabello. Abajo, llevaba un corsé que se le había pegado como una segunda piel debido a que estaba bañada en sudor. Empezaba a sentirse agotada por todo el tiempo que estuvo buscando la casa y la lupa.

El bosque presentaba una gran monotonía, la mayoría de los árboles tenían el mismo grosor y apariencia, eran casi idénticos, le parecía estar caminando una y otra vez por el mismo camino. Estuvo así durante un rato hasta que llegó a un grupo de árboles alerce: eran de troncos altos y escasas ramas que iniciaban en la parte más alta, estaban formados y alineados como marcando un camino o la entrada a otro sitio. Se fue por en medio de ellos.

La lupa se puso caliente. La miró con intriga y pensó que era el calor corporal de sus manos; la puso sobre su antebrazo, pero corroboró que era el mango el que estaba casi ardiendo.

Esa era la indicación que esperaba.

Caminó más despacio y cuando terminó el último de los arboles alerce, había una periferia casi redonda sin árboles, solo con un pasto irregular que cubría la circunferencia. Sintió un cambio del ambiente, percibió una energía diferente. Al final de este círculo, había un árbol mucho más grueso que cualquier otro que hubiera visto en su vida. Era de un café muy oscuro (casi negro) y rugoso. Parecía tan viejo como la vida misma, Elena se preguntó si era quizá el primer árbol de la humanidad y de la existencia misma. Si ese roble había estado en el mismo Génesis y en las mismas profecías bíblicas y mitológicas más antiguas. Se acercó un poco más a él, contemplándolo en su totalidad: sus hojas y ramas eran tan oscuros como el tronco mismo, pero con una tonalidad más violeta. Le daban una apariencia de un cabello pintado que matizaba y remarcaba la imponencia del tronco.

La lupa se calentó hasta tal punto que la tuvo que soltar. Elena temió que se le hubiera quebrado con el impacto sobre el suelo, pero no fue así, la lupa seguía ardiendo y sacando humo sobre el suelo. La miró desconcertada sin saber qué hacer. El gran árbol seguía quieto e impávido, mostrando su grandeza en aquel grisáceo bosque.

La lupa dejó de arder y volvió a su color negro. Cuando Elena estaba a punto de agacharse a recogerla, empezó a crecer y a crecer, hasta llegar a un tamaño mucho más grande que el de la mujer. Con trabajo la levantó y la puso frente al gran árbol.

Entonces El Vigilante apareció.

Del gran tronco oscuro y, solo visible a través del lente de la lupa, emergió un ojo gigante que la miraba fijamente. No se movía ni parpadeaba, solo clavaba su energía en Elena con su oscuro iris y sus párpados saltones.

—¿Por qué acudes a mí? —le habló El Vigilante por medio del pensamiento, aunque Elena captó una voz pastosa y grave que se le metía en su cerebro, la voz propia de un árbol.

—Patricio, mi esposo y señor, ha caído presa de un hechizo de una bruja llamada Maibelina. Y yo sé que solo tú, el gran Vigilante, puedes arrebatarle el mal.

Una risa llegó como primera respuesta del árbol a la cabeza de Elena, después le dijo:

—¿Maibelina? Claro que sé quién es, yo la he iniciado. ¿Y por qué debería yo ayudarte?

Elena reflexionó un poco antes de contestar.

—Yo sé que tú eres el líder y creador de las hechiceras. Tú puedes revertir los efectos de la maldad hecha por tus brujas.

—Yo puedo hacer todo, yo puedo colapsar este planeta con un solo parpadeo de mi ojo. ¿Porque crees que nunca parpadeo? Pero, dime tú, mujer insignificante —le dijo entrecerrando su ojo—, ¿qué me darías a cambio de mi ayuda?

Elena dio un paso hacia atrás sin soltar la lupa, la hizo a un lado y descubrió que sin ella, solo había enfrente el gran árbol, no veía al Vigilante; entonces, la colocó de nuevo y respirando profundamente le contestó:

—A cambio te doy mi alma, voy a ser una de las tuyas.

Otra risa llegó a la mente de Elena.

—¿Tanto te importa tu esposo y señor como para cederme tu esencia y poder?

—Mi corazón será tuyo —dijo Elena afirmando con la cabeza, se llevó una mano al corazón y agregó—: ¿Lo harás?

El Vigilante se quedó un buen rato callado, su ojo no parpadeaba ni emitía ningún sonido o movimiento como respuesta. Elena pensó que rechazaría su respuesta, al fin y al cabo, solo era una abnegada esposa buscando recuperar a su esposo.

—Lo haré —dijo al fin el gran árbol—, pero tarde o temprano Maibelina se dará cuenta y entonces tendrás que arreglar cuentas con ella. —Entrecerró el ojo—. Sea pues tu alma mía.

Elena soltó la lupa porque esta volvió a calentarse, pero para su sorpresa no se cayó, se había anclado al suelo. Del ojo de El Vigilante salió una luz que se proyectó a través del cristal en forma de fuego. Fue una llamarada que envolvió a la mujer en su totalidad. No la quemaba, solo sentía un calor reconfortante. A pesar de que no le dolía, su piel comenzó a despellejarse, se le fue arrancando en las brasas hasta desaparecer; entonces, los músculos desnudos cedieron en el calor y comenzaron a derretirse dejando solo el esqueleto de Elena.

La mujer se quedó quieta esperando una desintegración total, pero esta no llegó. El fuego cesó y comenzó a rodearla una capa de luz violeta (como la de las hojas del gran árbol). La luz comenzó a regenerarle sus músculos desbaratados, dándoles la misma tonicidad antes de que se derritieran; después, la piel terminó por adherirse por completo a su cuerpo formando de nuevo íntegramente a Elena. Solo la ropa se había ido, estaba desnuda y sobre su coxis —en el inicio de su columna—, estaba el mismo símbolo de la lupa. Ahora había quedado marcada como una bruja, como perteneciente a la legión de El Vigilante.

—Ahora ya eres mía —dijo el gran árbol—, ya puedes quitarle la magia a tu antiguo esposo y señor. Él podrá rehacer su vida y cuidará de tus hijos. Pero tú, desde ahora, ya eres mía y te iniciaré con los nuevos niveles de placer que jamás habías imaginado.

El gran árbol comenzó a abrirse en dos. En su interior había carne, carne rosada y fresca, eran trozos acoplados en un hermoso collage perfectamente adheridos a su tronco. Era carne viva, palpitante y húmeda, que estaba bañada en un sudor que despertó la libido de Elena.

—Ven al éxtasis —le dijo el gran árbol abriendo más su compuerta, como un gran amante incitándola a una copulación—. Siente un orgasmo mágico, siente el primer orgasmo que sintió Dios al crearme.

Elena se metió con la misma delicadeza con que lo haría en su bañera. Sintió un vapor tibio que la inundó. Sus pies rozaron las carnes que empezaron a agitarse y segregar fluidos transparentes. La nueva bruja se dejó fundir en el placer inmediato; ya después, se encargaría de salvar a su antiguo esposo y despedirse de sus hijos, y lidiaría con la furia de Maibelina. Ahora solo deseaba sentir el éxtasis de las carnes vibrantes del árbol y fusionarse con la totalidad de la vida.

El vigilante se cerró con Elena adentro. La lupa volvió a su tamaño original y regresó a la casa, esperando a la siguiente candidata a bruja de El Vigilante.



Sobre la autora

Aria Veil

(Culiacán, Sinaloa, México en 1998)

Actual estudiante de bachillerato y próxima a cursar la carrera de Derecho. Obtuvo diversos premios en concursos escolares de cuento y poesía, así como el primer lugar en el certamen internacional Ilustra mi poema en 2015 con su poema Sangre fría. Ha ganado cierto reconocimiento en la página web Wattpad, donde sus relatos basados en sus series japonesas y libros predilectos han alcanzado vistas considerables.



LUNA SUCIA

por Arial Veil



Clara despertó con el cuerpo adolorido. Era un dolor leve, como si agujas muy finas estuvieran clavadas en todo su cuerpo. Usando un largo camisón de seda color blanco, Clara se encontró en una habitación enorme y lujosa, como la de una princesa. Las paredes eran color azul cielo, y el tocador parecía hecho de oro, al igual que el ropero y la silla que estaba a su derecha.

Se sintió transportada a otra época cuando abrió el ropero y se encontró con largos vestidos que parecían sacados del siglo XlX. Cuando comenzó a cambiarse de ropa se percató de que el dolor en su cuerpo no desaparecía. Trató de restarle importancia, pues era más preocupante la situación surrealista en la que se encontraba. Eso de despertar como si nada en la habitación de un palacio y usar uno de esos ricos vestidos no era algo que ella hubiera hecho. Ella hubiera salido corriendo de ahí, gritando, buscando a alguien que pudiera darle una explicación.

Clara se miró en el espejo del tocador para maquillarse, pero se dio cuenta de que ya estaba lista. Tenía las pestañas largas y los labios rojos; su cabello estaba hecho bucles como por arte de magia. Entonces alguien entró a su habitación, era un joven alto que vestía como un príncipe. Clara lo reconoció enseguida.

—¿Abel? —dijo ella, sorprendida.

—El mismo —sonrió él, galante, acercándose a ella y tomando su mano—, se nos está haciendo tarde, debemos bajar.

Clara apretó los labios; el joven lucía como Abel, pero no actuaba como él. Su tono de voz, además, era más tranquilo y seductor. Como si el Abel original hubiera asistido todo un año a clases de etiqueta.

—¿Qué ocurre? —dijo Clara—. Esto debería parecerte ridículo.

Abel la miró, confundido. Al parecer él hablaba muy en serio con eso de que se les estaba haciendo tarde. Clara creyó que él se ofendería, pero en cambio, este le sonrió con dulzura y tomó un broche en forma de flor con perlas incrustadas, el cual colocó con mucho cuidado en el cabello de la chica. Ella seguía sorprendiéndose de esa versión elegante de Abel, pues hasta su manera de tomar los objetos era delicada. El Abel original hubiera roto ese broche tratando de ponérselo. Clara comenzó a sentirse como hechizada, y cuando menos lo esperó, ya estaba saliendo de la habitación junto con él rumbo al salón principal. Se escuchaba tenue música de vals. Muchas personas se encontraban ya bailando, pero a diferencia de Clara y Abel, estaban traslúcidas como fantasmas. El palacio y el ambiente eran tan increíbles... La joven de pronto sintió que lloraba. Sujetó la mano de Abel con más fuerza y caminó hasta el centro del salón.

Abel, como todo un experto, comenzó a bailar con ella. Sus ojos brillaban más que de costumbre. Clara sentía un agradable mareo a cada vuelta que daban, no podía dejar de mirarlo. Era la primera vez que lo tenía tan cerca, así fuera sólo un sueño. Quería preguntarle tantas cosas, pero se contenía. No quería arruinar ese momento.

Las horas pasaron sin que Clara se diera cuenta, no se sentía cansada. Ella no quería detenerse, pero Abel, quien al parecer era el príncipe de ese palacio, anunció que era hora de la cena y todos se sentaron en una enorme mesa de oro donde ya estaban servidos todo tipo de platillos, los cuales eran solamente postres. Clara no sentía apetito hasta que un trozo de pastel de chocolate estuvo en su plato. A los pocos minutos, los invitados fantasmas comenzaron a desaparecer como si estuvieran hechos de humo, dejándola a solas con Abel.

—¿Todavía te duele? —preguntó él.

Clara no respondió. Ella no se había quejado del dolor que sentía en su cuerpo y había bailado por horas, no había forma de que Abel lo notara.

—No me duele nada —respondió Clara.

—Lo siento —dijo Abel mirando una botella transparente que tenía a su derecha. El líquido era rojo, y el corcho tenía forma de corazón—. Creo que debo de decírtelo — el joven descorchó la botella y llenó una copa—. Te he estado drogando todas estas noches.

Clara apretó los labios, comenzando a recordar todo lo que había sucedido; las manos de Abel no dejaban marcas, y era Clara la que pedía más. Ya tenía una respuesta, estaba en esa copa que Abel sostenía con mirada culpable frente a ella.

—Creo que empiezo a entender—dijo Clara, poniéndose de pie y caminando hacia Abel.

Ante los ojos de él, ella estaba tan hermosa como siempre. Llevaba toda una vida conociéndola, y sabía que lo había arruinado todo al decir la verdad. Clara, a menos de un paso de distancia, lo miraba fijamente mientras él continuaba sentado en su silla dorada. Ella le sonrió, quitándole la copa. Bebió lentamente el líquido rojo, el cual se le escurrió hasta el cuello.



Sobre el autor

Ermenegildo Buendía



DE LA INTERMITENCIA

Ermenegildo no es un buen escritor, ni siquiera uno decente, los textos aquí presentados son apenas legibles y más convendría saltar las páginas, sin embargo, henos aquí reseñando algo sin valor (¿se podría ser más posmo?).



Ermenegildo Buendía, personaje nacido en la década de 1980 en la hoy llamada Ciudad de México, de descendencia oaxaqueña, tal vez de ahí su terquedad por escribir. Le gusta ser considerado diletante. Inclinado desde la juventud a la lectura miscelánea, se llenó de libros, casi todos ellos robados de la librería donde trabajó desde los 17 años (situación que hasta le enorgullece), comenzó tardíamente a escribir, siempre con un afán de confesión y pocas veces con ganas de ser leído. Ha tenido una formación variopinta, intermitente, dispar, pero sobre todo trunca. Pasó por el Instituto Politécnico Nacional donde cursó algunos semestres de ingeniería mecánica industrial, estudió en la Universidad del Golfo de México otros tantos semestres de la Licenciatura en Psicología y actualmente está inscrito en la Universidad Autónoma de México en la Licenciatura de Derecho, así como verán, la inconstancia es una de las características que definen a Ermenegildo, él mismo refiere que sus escritos provienen de ahí, de la inconstancia. Pasa largos periodos en los que apenas toma el ordenador y aún más largos cuando de escribir se trata. Sus textos apenas trabajados surgen de momentos en los que el aburrimiento y hastío amainan, dejan una pequeña rendija y liberan un poco su pobre imaginación.

Por favor, no sean demasiado rígidos, si es cierto eso de que de todo se puede obtener algo bueno, seguramente encontrarán por lo menos el consuelo de que, al final, siempre hay alguien peor.



¿QUÉ SERÁ DE MI NOMBRE?

(Un paso más cerca de la inmortalidad)

por Ermenegildo Buendía





¿Qué será de mi nombre?

¿Qué será sí una onda llena de olvido recorre tu cuerpo, si en ti no hay una sola reminiscencia de mi ser, si la única huella que dejé, fue la del olvido?;

¿Será la omisión?

Saber mi existencia puramente eliminada, enviada al océano del vacío, donde el silencio y la oscuridad me ahogará, sofocará, extinguirá como la vida del anónimo; esa dulce pero inútil vida.
Pongo mi nombre, mi vida, en tus manos, confiando en que mi existencia no será en vano, en que un sólo suspiro dirigido hacia mí bastará, me resucitará, me llenará de vida y fundirá con tu ser, con tu alma, y, al final, me sabré eternamente vivo.





ENTRADA MÍSTICA

por Ermenegildo Buendía



Entrada mística

que huele a tierra húmeda;

paralelogramo que se abre

y se convierte en triángulo.

Tu llamada penetra por mis poros

invitándome, incitándome a descifrarte

con la llave de mi cuerpo.

Eres el poliforme Oráculo

que recitará el poema de la vida

mientras que yo, su asistente,

seré arrebatado en el éxtasis de sus versos.

Boca sonriente de Dios

trágame y muéstrame tus entrañas,

bésame, y déjame besarte

bajo el resplandor de tus rayos,

divino haz de luz

que no me deja más que a tientas,

ciego como el destino

y transparente como la muerte.



EL NACIMIENTO DE LA LLUVIA

por Ermenegildo Buendía



Cargado el barco de plata,

Ennegrecido por su carga

De lágrimas.

Viaja, se detiene al escuchar el canto de sirenas

Voladoras, negras como él.

Se ancla a su voz de cascabel.



Melancolía y alegría.

Negra esperanza.



El canto que ruega,

Pide saciar la sed del firme ondulante

De lengua subterránea.

Ondulante, multicolor, firme, marrón.



Lágrimas lunares,

Gotas de claridad,

Destellos solares.



Penetra la piel con tristeza,

Y reverdece la alegría.

Penetra la piel con júbilo,

Porque ha llegado la hora de morir.

Descarga tu negra carga

Regresa a tu blanca calma.



El canto que ruega,

Pide la muerte para la vida,

Pide iniciar sobre la muerte.



Sirenas canten, lloren, rían.

Rueguen por más lágrimas dulces,

Que la tristeza y la alegría son el pan de mi piel.

Rueguen por más lágrimas agrias

Para la sed de mi fe.

ESPERANZA

por Ermenegildo Buendía



"Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habrá después, uno ha creído que la esperanza se convertirá en la madre de la más punzante pesadumbre que luego, al incumplirse, se transmutará en hiel y sufrimiento. Uno lo ha creído a veces, pero hoy no, hoy creo lo contrario.

He maldecido al tiempo con sus vueltas y su bochorno, pero este río, a pesar de estar lleno de piedras, sigue fluyendo, y hoy soy un pez que habla peces hechos de esperanza y te hablo a ti. Te hablo para que te escurras en el tiempo y nades conmigo."



A MÁS B

por Ermenegildo Buendía



Los dos sujetos estuvieron sentados, uno frente al otro, observando sus vasos vacíos durante un largo rato antes de pedir otra ronda, antes de emitir ruido alguno siquiera.

—Dos más, por favor —dijo A

La mesera, en cuestión de unos instantes, atendió la orden, como si solo hubiera estado esperando a que pidieran algo.

B al fin salió de su letargo, dio un gran sorbo y dijo:

—En todos los jodidos medios de comunicación han hecho resúmenes, lo que dejó el año, ¡carajo! Me rompe las bolas. No logro entender, ¿qué importancia tiene el paso de un año? ¿Por qué celebrar su inicio o su fin? ¿Acaso hemos hecho algo para que suceda? El universo seguirá su expansión, ¡por Dios! Llevamos media hora de existencia en el reloj cósmico. ¿Hacemos algún esfuerzo consciente para seguir existiendo? La maquinaria perfecta se encarga de todo, entonces, ¿qué celebramos?

A, después de haber bebido la mitad de su vaso, dio un gran respiro, parecía estar tomando la fuerza necesaria para contestar y, finalmente, dijo:

—Creo que celebramos el pasado, una de las pocas pertenencias que nos son otorgadas: el recuerdo.

—Me pregunto si tiene algún sentido —contestó B con fastidio.

—Pienso que de alguna forma nuestra existencia se reafirma en el recuerdo, vendría a ser una especie de prueba o, al menos, eso nos gustaría creer.

—Claro, del recuerdo no tenemos prueba alguna, más que el recuerdo mismo.

—Lo se, lo se B —contestó A con infinita paciencia.

—Mi memoria me dice que crecí en el estado de México y en el distrito federal, sin grandes sobresaltos, ¿es cierto esto? Borges, en uno de sus cuentos, hace que el narrador se cuestione sobre la veracidad del recuerdo que está a punto de referir y llega a la conclusión que es del todo vana dicha duda, ya que la única verdad es la propia.

—Lo recuerdo B, también Borges, en otro cuento dice: “el pasado es arcilla que el presente labra a su antojo. Interminablemente.”

—Entonces el recuerdo es una de las manifestaciones de nuestra existencia, un acto de fe. Por tanto, ¿celebramos nuestra existencia?

—Es una respuesta.

Ambos terminaron su bebida, quedaron un rato en silencio. Luego, A comenzó de nuevo:

—En general, se piensa que el paso del tiempo es del pasado hacia el futuro, de atrás hacia adelante —B asintió sin decir nada, mientras A seguía—: ¿Qué consecuencias traería pensar lo contrario? “El nocturno río de las horas fluye desde su manantial que es el mañana eterno.”

—Hasta donde recuerdo, Unamuno nunca defendió dicha postura, pero ok, continua.

—Primero, se me ocurre que esta creencia vendría acompañada del refuerzo de otra creencia: el destino. Pensar que el tiempo viene a nosotros desde el porvenir, es pensar que todo está escrito.

B ya había pedido sendos vasos y la mesera los llevaba a la mesa. A interrumpió su discurso, dio las gracias y bebió.

—Los años que viviré ya han sido contados —prosiguió—, las palabras que diré, las palabras que escribiré, ya han sido dichas y escritas.

—¡Venga, A! —interrumpió B— ¡Ya hemos muerto! La vida, entonces —continuó B, después de sosegarse–, sería la continuación de la muerte.

—”La vida no es sino una metáfora, una invención con que la muerte —¡también ella!— quiere engañarse”, escribió Octavio Paz. La vida está escondida tras el velo del porvenir, de la muerte —remató A, y encendió el último cigarrillo.



YO, NO YO

por Ermenegildo Buendía



Yo, he sido, seré y soy.

Hormiga, burro, cerdo.

Dos ayer, tres mañana, uno hoy.

Soy el río desbordado

De ennegrecida agua,

Que a fuerza de voluntad

Rompe su cauce.

Soy el rojo tigre, que con

Tranquilidad

Devora otro tigre.

Soy el sauce,

Alivio de brujas,

Panacea del hombre.

Sueño que despierto en el sueño,

Sueño despierto que sueño.

Nazco y padezco hambre,

El sufrir es mi ceño,

Enfermedad sin nombre.

No, no soy, no fui, no seré.

Se piensa, se llora, se muere.



PERSEVERANCIA

por Ermenegildo Buendía



ZADSD era un hombre con una vitalidad increíble, parecía jamás cansarse, siempre tenía una enorme sonrisa y estaba dispuesto a todo, su personalidad parecía englobarse en una frase que él decía para referirse a sí mismo: “soy un simple enamorado de la vida”.

Esta afirmación, aunque baladí a primera impresión, guiaba cada acción que realizaba y cada pensamiento que pasaba por su mente; así, un buen día le cruzó por la cabeza la terrible idea de la muerte. Verse en un ataúd, petrificado, frío, sin su característica sonrisa en el rostro, un atuendo negro y un semblante aún más negro, le ponía la piel de gallina. Por tanto, decidió sencillamente no morir, dejar eso de la muerte a los demás y dedicarse a la eternidad.

Comenzó, como era lógico, por buscar los medios más radicales, todos ellos sin efecto positivo para su propósito: ingesta de fetos, inyecciones de células madre, baños en sangre de doncellas y mancebos jóvenes, rituales de todo tipo, y nada de nada, seguía siendo tan mortal como siempre. Después de mucho intentar se le notaba cansado, cosa que realmente merecía atención, ya que era algo inaudito por tratarse de él.

Un día, caminando por la calle, escuchó a unas personas hablar de un difunto, del cómo había estirado la pata y había partido a mejor vida (cosa que dudaba profundamente, “mejor vida” para nada, ¿qué mejor que la vida, sino la vida misma?) y eso lo animó a realizar el último intento, la última acción desesperada. Compró una sierra, algo de anestesia, desinfectantes, gasas y una silla de ruedas, lo necesario para jamás estirar la pata.

Sobre el autor

Galligato Râvi

Mi nombre es Rodrigo Méndez Hernández. Mi pseudónimo artístico es Galligato Râvi. Nací en la Ciudad de México el 31 de agosto de 1985. Estudié la licenciatura y maestría en Historia, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Cursé el seminario taller para escritores titulado “Escritura y géneros”, impartido por el departamento de Educación Continúa de la propia FFyL. En dicho espacio pude aprender con maestras como Beatriz Espejo, Ethel Krauze, Sandra Frid, Raquel Castro, entre otras. Posteriormente estuve en un taller de escritura creativa impartido por Alma Delia Murillo y Julia Santibáñez. Los géneros literarios que cultivo son la novela, el cuento y la poesía. Cuento con un libro de cuentos publicado que se titula “Los Pequeños Cuentos del Balón” por Editorial Endora en 2014. También soy autor de la novela “Paraíso”, disponible gratis y completa en la red social Megustaescribir de Random House.



Enlaces:

https://www.facebook.com/galligato1985/

http://megustaescribir.com/obra/36892/paraiso



HASTA NO VERTE MORIR

por Galligato Râvi



Ya pasaron muchos años desde la última vez que disparé este revólver. No es que sea un pacifista, ni mucho menos uno de esos locos que prefieren llamar la atención en la calle con un picahielo y el pito de fuera. Lo que pasa es que dudo, algo dentro de mí se congela e inutiliza mis dedos. Todo se vuelve caótico, a tal grado, que me vuelvo incapaz de pedir hasta una pinche pizza por teléfono; el maldito mudo que se me queda mirando cada vez que intento articular cualquier palabra, incapaz de girar como el cilindro ahogado de mi arma.

Ahora tengo otro problema. Tengo que matar al Omar. No es que me cause un gran pesar, pero la neta matar a un cabrón así sin darle chance de nada y a sangre fría, es rascarle demasiado los huevos al tigre. El chavo me cae bien. No lo puedo evitar. Tenía una forma tan descarada de inventar nuevas maneras de hacer las “entregas” que hasta daban ganas de aplaudirle.

Una vez fuimos al Sangrons de Barranca del Muerto para finiquitar un negocio frente a los ojos de un judas. El tipo ni se dio color. La noche anterior nos pusimos a empaquetar la melcocha en cuadritos y se los pasamos a mi hermana Agustina, que trabaja de mesera en el turno de la mañana. Al llegar, luego luego, se fue a la cocina e intercambió el azúcar por la merca. Después de unas cinco tazas de café estábamos más pasados que un perico en ayunas. Pasada la prueba los clientes dieron su visto bueno y se llevaron veinte terrones de nuestra mejor cosecha. El judas, que nos había acompañado para pagarle su tajada de un bisnes anterior, nomás dijo que no anduviéramos de pendejos adictos al dulce porque nos daría una diabetes tamaño Chapo Guzmán.

Pero todo por servir se acaba. El pedo del Omar es que no respetó la regla básica del negocio: no te drogues con tu propia mercancía. Don Genaro fue muy explícito con todos nosotros desde el inicio, lo dijo derecha la flecha; pueden cogerse a mi mujer, pueden plomearse al wey equivocado, pueden andar sin calcetines, pero lo que nunca les voy a permitir es que se pierda un miligramo de dinero. Todo se fue al hoyo. El morro siempre fue un drogadicto de vocación, cuando entraba a las cocinas parecía niño en juguetería, se le encendían sus ojitos solo de ver calentarse la nieve en el horno. El cabrón se ponía tan mal cuando no probaba nada que iba a la farmacia para comprarse talco de bebé y metérselo por el brazo y la nariz.

Intenté salvarlo por todos los medios pero fue inútil. Le traté de explicar al patrón que con él podríamos hundir a los de Tepito, a los culeros de la Unión y a los de Tacubaya. Que por fin volverían los días dorados como cuando éramos amos y señores de la ciudad. Nada. La instrucción fue clara:

—Llámalo, invítalo a tu casa, el wey anda de volado con una de las muchachas del Golden’s, dile que ella estará ahí. Así irá desarmado, sin ninguno de nuestros escoltas, te lo estoy entregando de pechito. ¡No me falles! Siéntate viendo hacia la puerta, déjalo que toque el timbre, tú dile que está abierto, que pase. Cuando veas su puta jeta le disparas, no le des chance ni de respirar. Ayer uno de los chalanes lo vio llevarse en una bolsa tres paquetes de la blanca, veinte caramelos y cinco hadas verdes. Conoces las reglas. Avísame cuando esté hecho, descárgale toda el arma. ¡Puta madre!

Ya oigo sus pasos subiendo la escalera. Se siente como el maldito infierno tocando a la puerta. ¿Por qué yo? ¿Por qué es así la vida? No puedes fallar, no debes. Cierra los ojos y cuenta hasta siete revólver. Uno; Santo Malverde no me desampares. Dos; no pedirás perdón por matar. Tres; no dejarás que nadie te chingue. Cuatro; no creerás en el amor. Cinco; no dejarás pasar un fallo. Seis; no traicionarás. Siete; Asesinarás a tu mejor amigo. Bang Bang. Silencio.





Balas saliendo encabronadas al vacío,

mermelada de fresa que brota del corazón.

Ojos cerrados sin haber besado mujer

¡Hasta no verte morir!



Dos minutos después…



Este puto no se petatea, no es por correoso, ni por valiente, ni por sincero. Ya se las olía. Es tan drogadicto y tan listo que sacó la pólvora de todos mis proyectiles y se la inyectó por donde Dios le dio a entender. Ya nada puede hacerle daño. Lloro de felicidad, río de pena. Soy hombre muerto.



LA NOCHE DE LOS SAPOS

por Galligato Râvi



En los caminos se oye maldecir

una vieja historia de guerra;

como esas que cuentan las viudas

cuando remiendan sus pechos huérfanos.



Hálito de otoño canta a los muertos,

en vano intenta despertarles.

Un lecho de hojarasca cubre miembros pútridos

de la amenazante boca lubricada del tiempo.



Por las madrugadas se escuchan aullidos

de los cuerpos atravesados por lanzas;

parecen cristales que se rompen con un suspiro,

de una hetaira que canta recién al amanecer.



Las armas nunca llegaron,

pero eso no detuvo a los soldados.

Incapaces de disparar flecha alguna,

abatieron a sus enemigos con palabras.



De sus entrañas emergió el ave fénix

y muchas otras larvas que adormecen la espada.

El enemigo quedó tan aterrorizado,

que nada pudo hacer para defenderse del amor.







Como éste quedó embelesado,

los héroes apolíneos lamieron su sexo.

Con la lengua de los sapos bien afilada

y el sabor a sal de los amantes agradecidos.



Un general despertó de su éxtasis,

aunque se moría de vergüenza

no tuvo piedad ni sigilo.

Mandó a colgar a todos de los testículos.



A partir de ese día

el valle rinde respeto a los púberes,

que sin temor a ser masacrados

prefirieron manchar la campiña de blanco antes que rojo.



DESPERTAR

por Galligato Râvi



Cuando por fin logro regresar a casa, después de una pesada jornada de trabajo, mis pensamientos se funden con los de ella. La felicidad me invade como pocas veces sucede en la vida y ya no tengo miedo. Allá afuera siento que los páramos me chupan el alma y las sombras de los árboles ahogan los resquicios de luz por donde se detienen las miradas; es como presenciar desde la cima de una montaña un mundo destruido y barrido por los estertores de la soledad.

Esta noche se ve muy bonita, con las mejillas manchadas de colorete y el vestido amarillo que le regalé el primer año que cumplimos de novios. Siempre recordaré ese día porque cayó una tormenta demencial cuando estábamos de excursión a campo abierto, por lo tanto no había un lugar donde guarecerse. En vez de correr, dejamos pues, que el agua nos chupara hasta los huesos ya de por sí corroídos por tanta fricción de amarnos.

Cuando escampó, estábamos helados y como no quería que se enfermara la tiré al suelo y sin desvestirla le hice el amor para que el calor de los cuerpos mantuviera su corazón latiendo. Fue hermoso ver su sonrisa después del clímax y pude notar cómo la tierra gemía de placer, a tal grado que a nuestro lado miles de girasoles brotaron al instante. Nos creímos dioses por haber parido a la primavera.

Mírala, ahí está, tan bella sentada junto a la chimenea. Con las manos entrelazadas murmurando una letanía; parece flotar sobre todos los desfavorecidos que no han encontrado amor. ¡No te preocupes, cariño! Yo te voy a dar de cenar, no te levantes. ¿Quieres puchero o ensalada? Has perdido algunos kilos, no te quiero ver desmejorada, debes alimentarte bien para estar sana y soportar el frío del invierno. Un poco de grasa no le hace daño a nadie, además me fascina lamerte los entresijos carnosos que se forman entre tus axilas y tus pechos, es una sensación tan agradable como dejarse caer en un almohadón de pluma de ganso.

¿Quieres que ponga música? ¡De acuerdo! Veré en los viejos CD’s de tu hermana algo para animarnos, algo festivo pero desde luego que no alerte a los vecinos. Tiene que ser una melodía que se sienta como cuando uno navega por un río y se regocija en el remanso de alrededor, una especie de viaje a ninguna parte. ¿Mecano? ¿Hombres G? ¡Vaya gustos tan raros! Bueno, pondré a los primeros para que no te asustes. La noche se está poniendo turbia.

Los gatos clavan sus garras sobre los tejados, de vez en cuando vienen atraídos por el olor de la cocina, donde yacen esqueletos de pescado y manzanas podridas. El bote de basura está repleto, no he separado la basura, de un momento a otro los encargados de limpiar se negarán a llevarse nuestros restos de candor. Hace meses que no friego los pisos, es que me da un miedo terrible de que te resbales con el jabón, la ropa sin lavar se ha acumulado en el cesto, tengo miedo a perder tu esencia a sándalo.

Me pongo a pensar en los años que tenemos por delante, tantos lugares que visitar y muy poco tiempo para abarcarlos todos. Ayer soñé que estábamos en una isla griega, el mar era tan largo y ancho que se perdía en tu cintura. A ratos me angustiaba porque yo trataba de jalar tu mano pero la corriente era fuerte. Una ola nos arrastraba tierra adentro pero tú ya no estabas conmigo, habías partido a un viaje lejano, por más que te buscaba en la línea del horizonte solo quedaban residuos del aire. Luego, un incendio emergía de la arena. El barniz de la civilización se reducía a cenizas.

Olvida la cena, ¿vamos a la cama? Sabía que dirías que sí. Quiero meter mis dedos en tu vagina y sentir que la humedad brota de tu océano delator. Tú podrías aferrarte a mí para que no te desbordes, hacer que la realidad cobre sentido, chocar contra las paredes cavernosas del miembro convertido en cala que te recibe dichosa. ¿Me prometes que no me abandonas? ¿Sientes el rumor que entra por la ventana? Yo ya lo he escuchado, se quedará junto a nosotros hasta que vuelva a clarear y todos los fantasmas desaparezcan…



Aprieta

Engulle

Aprieta

Engulle

Aprieta

Engulle

Deja venirme primero.

****

¡No me penetres más, cariño! ¿No ves que estoy muerta? Entiérrame y olvídame, no me tengas encerrada aquí adentro. Ya no puedo servirte embalsamada, mucho menos lubricada. Lo que estás cometiendo es anatema, es desquiciamiento. Te prometo que si te deshaces de mí ya no tendrás que esconderte en la madrugada, muerto de miedo y frío por no tener a nadie en tu cama. Te haré el amor a distancia, a través de los olores del florero con girasoles que cambias cada nuevo día, como aquel en que morí en tus brazos después de la lluvia.





Sobre la autora

Gerald Dürden

Bloguera y escritora autodidacta de cyberpunk, narrativa gótica y fragmentos sueltos; de veintiún años y procedencia española, inspirada por H. P. Lovecraft.

Blog:

https://centzontotochtin.es



EN 1985 LA GENTE ANDA DEL REVÉS

por Gerald Dürden



«El futuro. ¿Qué es el futuro? ¿Acaso una especulación insustancial basada en la mutable sustancia de un presente tornado en pasado con cada segundo consumido? ¿Una proyección consistente? Sea lo que fuere, cuando el futuro se toma por pasado y el pasado se convierte en futuro, el absurdo presente resultante es capaz de dar a la luz a las más curiosas manifestaciones.»

Meditaciones sobre la termodinámica de líquidos congelados respecto a la desviación cuántica del eje gravitacional de Júpiter en tanto que es equidistante a la elipsis de la Tierra, Orson Esteiner.

En 1985 la gente anda del revés.

Ya lo dijo Orson, la gente anda del revés: se inmiscuye en los asuntos de los demás y la privacidad persiste como un ente foráneo montado en un OVNI rumbo a Júpiter junto con Dignidad, Valentía y Buen Hacer. En 1985 la gente siempre anda insultando y discutiendo, pero no de política, coches o gobiernos; sino de peajes, felpudos y niños gritando, perros y gatos, heridas y desesperación, guerras inventadas y discursos proféticos.

En 1985 la gente habla del revés.

Gesticula, balbucea, gorjea incoherencias repelentes formuladas con las mínimas cotas de conocimiento. Chilla indignamente y no respeta el turno ajeno, la falacia extraña que es introducida en discusiones interminables sobre insustanciales quehaceres. Todo el mundo expresa y nadie piensa. En 1985 el razonamiento es atípico.

Allá en la Quinta avenida, donde se cruzan en perfecto eje de abscisas las dos arterias derruidas de una ciudad destruida, levantada y embellecida con propaganda pegada como tiritas; niños permanecen demasiado ocupados siendo alineados en los centros de reeducación donde su tránsito se cuenta por miles. No sea que sus padres padezcan simpatía.

En 1985 el día es la noche, la noche es el día, el amanecer es el crepúsculo y el crepúsculo la madrugada. Pues la nueva legislatura dispuso que las franjas horarias fueran transmutadas en horarios transitorios, alternados según el estado de humor de un comité dedicado a medir la calidad del humo. Las horas son grises y los relojes sólo cuentan con cinco horas, reservando una de ellas para los bisiestos, cuando se celebra la Navidad y caen las reuniones bisemanales del Gobierno. Ya sabes, unas reuniones tan importantes y trascendentales que son emitidas al inicio del crepúsculo en una estática llena de mugre informática. El resto es alto secreto, como el presupuesto de las marchas presidenciales y los trajes nuevos de las primeras damas y embajadores. Lo típico, tan rematadamente cliché y anodino que muchas veces me pregunto cómo es posible este mundo de 1985.

En 1985 todo es repetitivo y rígido.

Los habitantes y su mentalidad, como los florines de las corbatas y los logotipos de las carrocerías. Maravilloso y populoso. Populoso no suena nada mal. Todo es maravilloso, apabullante y opulento. ¡Esto es 1985 y a nadie le preocupa que su vecino haya desaparecido en circunstancias indignas dignas de atrevidas incógnitas! Aquí nadie ni siquiera te pregunta la hora. ¡Están tan aterrorizados! No se atreven a levantar la vista cuando paso por los callejones con mi séquito personal. Alicaídos, fluyen en masa para ser pegados por la gendarmería mientras que con conformismo y atroz estoicismo ruegan que les aumenten la pena. ¡Pues su líder es justiciero, perfecto y dignatario como la Dignidad! Este mundo absurdo es decorado con programas dedicados a la realización de lo más honroso desterrando lo inmisericordiosos.

En 1985 existe la religión.

LA MÍA. Pues esta única religión es dictada por mí y todos deben cumplirla porque es el fin de su existencia, y su existencia y vida me pertenecen. Esos borregos jamás comprenderán este mundo de 1985 donde la gente anda del revés porque es mío, solo mío, mío mío mío y exclusivo, para mi más sádico disfrute. Quiero que todos se arrodillen y supliquen en mi nombre, ah no espera, ¡que ya lo hacen! Fantástico y embriagador, hoy me siento generoso. Voy a cerrar dos granjas y condenar a los campesinos por injurias inventadas contra mi persona, mi ego, y todo lo que represento y reafirmo en este perfecto mundo sumido en mi imperfección.

¡Porque todo es según mi absoluta voluntad! ¡No existen héroes ni villanos sólo el yo y nadie más! Poderoso e impertérrito, soy como una estatua puesta en una permanente plaza soportando incombustible los remanentes del Tiempo. En este mundo de 1985 yo digo qué es lo que se tiene que poner la gente, qué es lo que tiene que hacer, qué es lo que tiene que decir; y lo más importante, qué es lo que tiene que pensar. Nadie me hace sombra y habito enfrascado en mi Castillo de Cristal en medio de sirvientes rotos y guardianes desquiciados. ¡Pues 1985 es mío y solo mío! Río y río, porque yo tengo el poder y los medios. Yo decreto y sopeso. Yo soy la jefatura. Porque yo soy un tirano y rey, un ser perfecto por encima de la inmunda masa y sospecha.

En 1985 los hombres trabajan a destajo y las mujeres exactamente lo mismo, soy igualitario y equitativo. En 1985 existe el pensamiento único, el cual por supuesto es el mío. En 1985 no existe la censura porque todo pasa por mi mano, no existen los intelectuales porque son instruidos para cumplir mis deseos de progreso. En 1985 la gente sonríe cuando me ve porque saben que hago lo mejor para ellos y nadie recrimina ni un ápice. Soy perfecto.

Orson Esteiner. Fallecido en 1985.

Un ser perfecto nunca justifica sus acciones.



Selección de la recopilación

MIDNIGHT DREARY



DESORDEN SUSTANCIAL

por Gerald Dürden



Cayendo en el vacío,

suspirando sin aliento,

soñando con seres impíos,

mi mente divaga extenuada,

en este antro de desesperanza,

donde los caballeros mueren

y las putas danzan descorazonadas.

¿Quién soy yo?

Una sombra más aquí debe estar,

nadie más debe aportar.

Caminando tenuemente por el callejón,

un hombre lustroso y amable

entonando baladas sin parangón.

Más sombra que yo endeble

con mis pesadillas salientes

escabrosos riscos pereciendo

en lo más profundo de mi ego.

¿Quién seré yo?

Nada más que un gusano

corrompido y ultrajado,

roto en mil martirios

sin esperanzas, sin sueños,

sin conciencia, navegando

por este mar ventoso,

de sirenas venéreas y umbrías nieblas.

¿Quién quedará por juzgar al condenado?

Jueces sin nombre apilados,

cadenas convertidas en serpientes,

troncadas redes.

Nadie debe esperar,

mas solo yo caminando

entre filas de cadáveres

innominados e innominables

¿Qué fue de la niña?

Murió por una riña.

¿Qué fue del juglar?

Murió en un duelo al matar.

¿Qué fue de mí?

Encerrado en el purgatorio

sin más esperanza que el viejo cojo.

¿Cuáles son tus secretos?

Grité colérico.

La ofrenda del excomulgado.

Gritó enhiesto.

Azorado en su seno

nadie más dictará el preso.

Extendiéndose presurosa más allá del firmamento,

una estrella gira ominosa,

Azathoth aguarda en su lecho,

los fellás se han desvelado.

Todo quedará olvidado.

Todos huyen, nadie queda.

Tan sólo yo postrado ante la pena.



EL CONDE SIN ROSTRO

por Gerald Dürden





La tanatomanía como una fascinación artística.



El conde sin rostro, paupérrimo bellaco, atracó con su destartalado barco en uno de los puertos arruinados de Portulano, rodeado de escabrosos riscos y pendencieros correligionarios, tuertos muchos de ellos por otear con iracunda obcecación las torres blancas alzadas en las cumbres de la Almar’Hatrhim, violácea cordillera de la cadena Hathrhim. A otros les habían arrancado las manos, pillos demonios que zarandeaban las almas de los escasos devotos, aprisionados en las celdas puestas en carromatos que recorrían las avenidas en orientación noroeste hacia la prisión maldita de los rescoldos apodados como Urho, muro que arrinconaba inexpugnable los ídolos envueltos en sotanas grisáceas para disipar los idilios sumergidos en fatigosas delectaciones. Exculpaciones de la consumación advenida por el sacrílego regocijo de los que cometen pecado y farfullan la oración de salvación desdentados.

Aire agitando aterciopeladas cortinas. Descubrió la punta de una pluma. Un folio vacío extendido a la siniestra del libro.

…El conde sin rostro se dirigió a las cordilleras dispuesto a encontrarse con el desalmado que le robó… le robó a su ¿amada?… ¿su carruaje? ¿sus joyas? El conde sin rostro se dirigió a las cordilleras dispuesto a reencontrarse con el caballero X, al que le debía una… El caballero se había debatido interiormente por combatir la maldición arrojada quince años antes por la bruja…Tachón.

Un renglón inferior.

… La muerte había zarandeado los hálitos ulteriores del viviente caballero herido, implorante a la divina mortaja que le permitiese guardar unos últimos rescoldos de animosidad antes de fenecer devorado por el olvido. La muerte le miró fijamente, se rio de él. De su insignificante existencia, de sus banales placeres, de los sueños cercenados por la herrumbre de la predestinación. Consumidos. No vales nada e importas menos, le interpeló la muerte. El caballero en indigna réplica sollozó y sollozó. Burdo gesto que alentó la sorna de la Muerte. Muere. Muere. Muere, repetía la Parca. La muerte será tu última morada. Espacio de belleza inusitada. Hogar de las ánimas, del polvo en que te convertirás, pues tú, funesto, en mal día torciste el camino, acabaste avasallado por una pesadumbre irracional que te dirigió a cometer regicidio y después el suicidio. Muere, te digo, no te aferres al imposible. El caballero descolocó una mueca. Sus ojos se deslizaron hacia las cuencas, de sus pupilas no se rastreaban ni los círculos externos. Su tez se tornó cadavérica, blanquecina, tensa como el cuero, rígida, pero a la vez tersa y blanda. La Muerte sonreía. El caballero se precipitó hacia el suelo, exhortando un último grito mudo, inaudible para los esclavos descarnados que danzaban imbéciles alrededor. Muere. Muere te ordeno. Te exijo que te mueres. El caballero, que encima era muy feo, se cayó directamente sobre el suelo.

Recargó la tinta de la pluma.

No es suficiente…

Un reloj de carrillón resonaba las diez en punto.

No es suficiente… Un poco más.

…La Muerte, sentada en su trono, recibió al siguiente enviado por Caronte. Éste, un simple proletario, un borracho, inculto e ignorante, que extendió sus manos en señal de frívola limosna. A qué has venido, cuestionó con sorna la Muerte. Pero el proletario, rendido por la inopia, alzó un poco más las manos para que la misma Muerte, con discordante abnegación, le tirase a sus mugrientas palmas un par de monedas…

Tachón.



La piel se le desprendía suavemente. Ágilmente. La Muerte sonreía. Clamaba por sus diversiones…

Tachón. Frustración. Cansancio. Colocó la pluma en su sitio y arrugó el papel. Cerró el libro. No se le ocurría nada que fuera suficientemente bueno como para ser narrado. Y estaba agotado. Una diáfana neblina retrocedía en el exterior, tragada por los bosques. El reloj de carrillón anunció las diez y cuarto.



ALCANTARILLADO

por Gerald Dürden



Amalgama indefendible de juicios infalibles. Atronadora malversación de los tejidos caleidoscopios de una realidad abyecta que reniega de su ordinaria inclemencia. Postrada en el suelo de un alcantarillado abandonado, envilecido, apestado por la refriega intermitente de los arañazos de las negras ratas que corretean confusas, sin direccionar, hacia vete a saber dónde y cuándo regresarán. Desafecta me hallo. Desgracia aprisionada por el anquilosamiento de la mortaja. Mortífera degradación avistada por la erosión de las ruinas de la ciudadela singular que se erguía destruida, descarnada, mustia y aterciopelada entre las arenas columnatas de un desierto sin nombre. Innominado. Innominable. Como mi estado de atenuada parálisis.

Previamente a mi condenada, rebusqué entre las amargas aguas de la cloaca un sentido inconexo de mi tergiversada persistencia. Pensamiento rumiante como el centeno anegado por el salado oleaje. Despropósito pingüe de una prístina desazón, arrollada por el maridaje comunal de abotargamiento y autorrealización. Dicterio que posterga un avejentar iracundo de epiróticas dolencias. Colmado resoplido. Indiferencia extraterrena. Postrada en el suelo de un alcantarillado abandonado, donde sin direccionar los juicios infalibles arañan, truena una malversación de los tejidos envilecidos de una refriega intermitente apestada de vete a saber dónde y cuándo abyecta se reniega confusa en una amalgama infalible de juicios indefendibles.



DESAFECTO INFRINGIDO

por Gerald Dürden

En un callejón escondí mi corazón. Debajo del cielo. En la manta que resguardaba una alcoba.Nunca pude reencontrarme con mi corazón. Mi angustiado corazón que tanto desánimo me insuflaba.

Anónimo.


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