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La luz podía esperar



José Manuel Nava



Copyright © 2017 José Manuel Nava

Todos los derechos reservados

Registro de la Propiedad Intelectual: NA-0307/16

Editado por Letra minúscula

Foto de la portada realizada por Esperanza Artigas en Iguazú.

Email autor: navazuga@gmail.com



A Alvarito, un ángel en el cielo

y a Greta, un ángel en la tierra.




PRESENTACIÓN




Alvarito era un niño de diez años que estuvo a punto de ahogarse el día de la Virgen del Carmen de 1985 en la playa de Las Fuentes de Alcocéber. Cuando se sentía absorbido y atraído para perderse en la luz al final del túnel, la voz de una niña que lo reclamaba, no desde el otro lado sino desde la misma playa, le hizo volver.

Ahora, en el verano de 2004, Álvaro es un prometedor pero inestable periodista de 29 años. La búsqueda de aquella niña y el proyecto de escribir un libro en el que encuentre y desvele el verdadero secreto para la educación de los niños y, en consecuencia, ofrezca la salvación al mundo, lo lleva a abandonarlo todo en el afán de cumplir su doble misión y hacer realidad sus sueños.

Si nos decidimos por enfrascarnos en la lectura de “La luz podía esperar”, podemos ser un personaje más de la novela y acompañarlo en esta imposible y apasionante aventura.

O… si lo preferimos, podemos convertirnos en el mismo Álvaro.



AVISO PARA NAVEGANTES




Una gran mayoría de los sucesos relatados en esta novela entre el 16 de julio de 1985 y el 15 de diciembre de 2005 sucedieron TAL CUAL.

El resto de sucesos relatados sucedieron CUAL TAL.




CONDESCENDENCIA




Se incluyen varios cuentos incrustados en algunos capítulos. Es potestad del lector saltárselos sin que por ello se pierda línea argumental. Sí debe advertirse, no obstante, que lo que la novela gane en agilidad, también puede perderse en profundidad y en comprensión del protagonista

Usted elige.


ÍNDICE




PRÓLOGO

Verano de 1985, 16 de julio.

Playa de las Fuentes, Alcocéber, Castellón.


I. LA SINTONÍA ES LA CLAVE

Verano de 2004. Mes de julio.


II. NIÑOS HACIA LA LUZ

Octubre de 2004.

Cuento: Experimento de informática cuántica.


III. EN LA MÁS FRÍA OSCURIDAD

Noviembre de 2004.


IV. CINCO MILLONES DE NIÑOS

Diciembre de 2004.

Cuento: ¡Es el mismísimo Dios!

Por Etiopía.


V. EL AGUA SE TOMA VENGANZA

Enero de 2005.

Reportaje: Cooperantes en Banda Aceh.


VI. EL OBSERVATORIO DE LA INFANCIA

Febrero de 2005.

Cuento: Asalto al Observatorio de la Infancia.


VII. LA EXISTENCIA DEL CÍRCULO CUADRADO

Marzo de 2005.

Diálogos de Acogimiento Familiar.


VIII. ¿QUÉ DIOS OFRECEREMOS A LOS NIÑOS?

Abril de 2005

Cuento: El secreto del Papa.


IX. OVEJAS DESCARRIADAS

Mayo de 2005.

Diario de mayo.


X. LA FAMILIA

Junio de 2005.


XI. GIRO HACIA LA LUZ

Julio de 2005

Ensoñación: Sarayoa, su pandilla y la pólvora mojada.


XII. FRENAZO A UN REPORTERO

Agosto 2005.


XIII. EL SECRETO DE “EL ARCA DE LA ALIANZA”

Septiembre 2005.


XIV. LA IRA DEL PLANETA

Octubre de 2005.


XV. ENAMORARSE

Noviembre de 2005.


XVI. PLENILUNIO

Diciembre 2005.


EPÍLOGO: NIÑOS HACIA LA LUZ

Los 10 secretos del Arca de la Alianza.


OTRA OBRA DEL AUTOR


PÁGINA DE AGRADECIMIENTOS


NOTAS



PRÓLOGO




Verano de 1985. 16 de julio.

Playa de las Fuentes, Alcocéber, Castellón.

―¡Aaalvaaariiitooo..!

—¡Aaalvaaariiitooo..!


Él persistía en su helicoidal viaje por el túnel hacia aquel foco de luz.

La pequeña playa y su paisaje, las personas que le daban vida, se habían congelado como en una fotografía. Si despistaba hacia abajo su mirada, se veía a sí mismo, tumbado boca arriba entre las olas y la arena. Contemplaba su propio cuerpo, el de un niño de diez años, con el que luchaba en el boca a boca una socorrista de la Cruz Roja.

Muerto. Irreversible. Inútiles los esfuerzos, él no quería volver, estaba decidido a no volver. ¡No, no retornaría! Resuelto, encaraba su ascenso hacia la luz.

A las dos de la tarde. Calor ardiente, era como si la playa hubiera sido encerrada en una enorme urna de transparente cristal y en la que se hubiera hecho el vacío, sin aire, solo el éter.

El centenar de personas que aún permanecían en la playa, hombres, mujeres, niños, todos se arremolinaban en torno a la sagrada ceremonia. Los labios salvadores de la joven se adherían una y otra vez a los suyos en un desesperado e inútil ritmo que pugnaba por abrir sus vías respiratorias. Beso con soplo. Golpecito. Beso con soplo. Golpecito. Zis, zas. Zis, zas.

Alvarito dominaba la escena desde arriba, con las gaviotas que planeaban junto a él en sus elegantes y superiores vuelos. Allí, abajo, formando parte del grupo, estaban ellos. Papá y mamá. Él, boquiabierto, dibujando una mueca de incredulidad científica al descubrir que el mayor de sus hijos iba a morir, probablemente ya había muerto. Ella, en el punto más alto de la histeria. Gritos, ayes, noes, ohes, interjecciones cortantes como tijeretazos. ¡Mi hijo, se muere, por Dios, mi hijo va a morir! ¡Por un día! ¡Y ya mañana terminaban las vacaciones!

Alvarito no entendía y nunca entendería esas conductas. Él se encuentra magnífico, mejor que Bastián en su mundo de “La historia interminable”, su capacidad de vuelo desborda la fantasía. Para qué volver.

Allí, sus hermanitos. Javi y Yolanda. Los ojos de Javi se han vuelto circulares y han aumentado su diámetro en, al menos, un centímetro. Yolanda. Pálida, automática, completando la escena repite hasta mil veces: Mamá, mamá, mamá.

Y Alvarito se va cada vez más. El grupo que compone la ceremonia empequeñece poco a poco. Él sube más alto, más alto. Ya traspasa, inmaterial, la urna de cristal. Asciende. Hacia la luz.

—¡Aaaalvaaariiitooo! ¡Vueeelve!

Esa voz... Un segundo grito. Enigmática llamada que por un instante le hace salir de su nueva realidad para tornar a su anterior fantasía en la tierra. ¿Quién lo llamaba, así, de esa manera, con aquella voz, con aquel deseo, con aquel reclamo verdadero, con aquel afán de perfecta sintonía? Por un momento la encontró. Aquella figurita perfecta. La niña tendría unos nueve o diez años. Morenita. Lindísima. Su melena, libre, en perfecto juego armónico con la brisa. Entre todas, única. A lo largo del verano la había contemplado y admirado, tímido, intrigado, silenciando su amor, un niño no puede decir que se gusta de una niña, la había contemplado correr, saltar, chapotear, nadaba como las sirenas, se reía como los ángeles, volaba como las gaviotas, él soñaba despierto con ella por las noches, la salvaba y rescataba en mil aventuras y batallas, pero... ni siquiera podía recordar su nombre...

—¡Aaaalvaaariiitooo! ¡Vueeelve!

Volvería. No podía marchar hacia la luz abandonando la mitad de sí mismo en plena oscuridad. Volvería, la luz podía esperar.




I

LA SINTONÍA ES LA CLAVE




Verano de 2004.

Mes de julio.

Redacción del diario “La Emoción”.

Madrid.



El Señor Redal



―Álvaro, no entiendo ese absurdo empeño tuyo en crear un área de psicología infantil en el periódico y, aún menos, llevarla tú. ¿No te basta con tu columna quincenal sobre la infancia en nuestro país? Lo permito porque estás entre mis niños consentidos. ¿Qué ideas son esas? Lo que nos faltaba en el Diario “La Emoción”. Además, estamos en pleno verano ya. Si al menos fuera durante el curso... Y desde luego, que tú no, ni hablar. En todo caso necesitaríamos un psicólogo, no, mejor, una psicóloga... y de cierto renombre. Ni aún así, eso no se vende... Hay suficiente con las noticias curiosas de niños en los periódicos aquí y allá. Ni un solo día faltan dos o tres por lo menos: el del abuso sexual, el del niño maltratado... al que le fracturaron el cráneo, el del menor que descabeza a sus padres con una cimitarra... Casos sueltos, ya salen cotidianamente por sí mismos. Las agencias lo hacen todo. No debemos desperdiciar un buen periodista como tú en un área que no es rentable al periódico. Ya están bien esos granitos exactos de sal dispersos por la edición diaria.

—Con todo respeto, Sr. Director. De lo que yo vengo hablando es de un trabajo de investigación, una tarea de divulgación y una labor de concienciación.

—¡Atiza! ¡Tú, Álvaro de los cojones! ¿Te crees tú que estás en este periódico para inventar el “Water Gate”? Te insisto en que estamos en el diario “La Emoción”, no en “La Tormenta Perpetua”. ¿Cuántos años tiene usted, jovencito?

—Sr. Redal, mi investigación sería perfectamente vendible además, porque... se ciñe a la problemática del menor en este país. Es una investigación denuncia y de paso... ofreceríamos a los padres una guía para la educación de sus hijos.

—¡Por toda la corte infernal! ¿Quiere usted, señor don Álvaro, hundir este periódico definitivamente? Si estima conservar su puesto de trabajo, tendrá que dedicarse a conservar el de todos... ¡Por los mil diablos! ¿Te crees capaz de reconvertir en ángel bueno al propio Lucifer? Ya llevamos suficiente sambenito como periódico de la contra en Madrid, como para sobrepasar los límites que pongan en riesgo definitivo nuestra propia supervivencia. ¿Cuánto hace que obtuvo el título? ¿Cuántos años tiene, jovencito?

—Veintinueve años, Sr. Redal, Ya hace seis que soy periodista oficialmente reconocido.

—Excelente edad, insuperable currículum, puede dar gracias por no andar de esquina en esquina, cámara al hombro, a lo que se pesque. Bien, seamos prácticos de una puñeterísima vez. Le vengo insistiendo en que lo quiero a usted en la página de Economía o en Los Deportes. Tiene el privilegio de elegir. Tal vez le recomiendo “Deportes”, en pleno mes de Julio: Tiene ahí un filón inagotable y... lleno de preguntas a las que esperan sorpresas cargadas de marketing: ¿Ganará Armstrong su sexto Tour consecutivo? ¿Se consolidará la rusa María Sharapova, bellísima, más que la propia Kournikova, como tenista de la elite mundial? ¡Acaba de ganar Wimbledon, con diecisiete años! ¿Será Grecia, con su fútbol conservador y traicionero, capaz de arrebatar la final de la Eurocopa a Portugal? ¿Es Luis el talismán definitivo que dará la próxima copa del Mundo a España o... estamos ante el penúltimo bluf? ¿Cuál será el bombazo en las próximas Olimpiadas que se celebran en Atenas este verano? Ahí, ahí tiene una mina inagotable y... hasta puede satisfacer su manía por la psicología infantil. Investigue, investigue en las infancias de esos fenómenos, qué los llevó al éxito ¿Fue una infancia feliz? ¿O... tal vez una infancia desgraciada es la que se transforma en la catapulta para el triunfo? Conque... decídase, jovencito o... ya lo sabe. Venga, que tampoco nos pongamos melodramáticos. Su tarea para el verano: Si quiere desfogarse nueve días, están Los Sanfermines, los tiene cerca. Corra ya a Pamplona, ya vibran a tres días del cohete anunciador. Puede profundizar la programación infantil de las fiestas. Y si no, desde ya ¿Economía o los Deportes?

—Los Deportes, Sr. Redal. —Y Álvaro se da la media vuelta, sin un gesto, sin despedirse, sin más de nada...




La doble misión




Tiene claro para qué volvió a este mundo aquel día de la “Virgen del Carmen” de 1985. Otra cosa es que le permitan acometerlo o no. Él no es un niño cualquiera, perdón, no fue un niño cualquiera. No solo estuvo a las puertas de la muerte. Visitó la muerte. Pudo quedarse allí o pudo volver. Eligió volver, no porque la vida terráquea sea más atractiva que la vida de la luz, sino porque le quedan pendientes, aquí, un par, al menos, de misiones:

La primera: Ha de encontrar a la niña cuyo canto de sirena le hizo retroceder para buscarla.

Cuando Alvarito soltó el primer gluglú, unos aplaudían, otros lloraban, el de más allí decía “increíble”, la de más acá adivinaba “ya lo decía yo, este niño no estaba muerto”, un policía advertía lo que le correspondía advertir, “apártense”. Su padre, el padre de Alvarito, ay... su padre, la mueca de incredulidad científica parecía haber ganado forma y hasta aumentado. Su madre, la madre de Alvarito, ay... su madre... continuaba los ayes, ohes, noes, chirriantes interjecciones... como si su hijo no hubiese aún resucitado. Los ojos de Javi se habían almendrado de nuevo y proclamaban enigmáticamente acompañándose de un tic del hombro derecho, “hala, ya tengo otra vez hermano mayor”. Y... Yolanda, ah... querida hermanita Yolanda, era una buena periodista de la situación: “¡mamá, mamá, mamá, Alvarito ha resucitado!”

Tras el último gluglú posible, cuando la socorrista le dio el último beso, (ella y el propio Alvarito sabían que ya no era necesario, pero se lo dio, resistiendo varias décimas más en su adherencia), Alvarito empezaba a pensar que tal vez valía la pena el retorno. ¿Y la niña de la voz de sirena dónde andaba? Todas esas gentes la estaban obstruyendo. “Apártense”, cumplía con su obligación el policía. Nadie le hacía caso, cumpliendo también en eso todo el mundo con su obligación. “¡Aaapááárteeenseee!” bramó Alvarito con toda la fuerza milagrosa de sus pulmones tan castigados por el agua salada. Los componentes del grupo se quedaron tiesos, rígidos como las estacas de amarre de las barcas. “¡Apártense, cojones!” Este último apártense, o quizá este primer cojones del policía fue obedecido instantáneamente.

El grupo describió un círculo que se amplió en varios metros de diámetro, desarrollando la circunferencia suficiente para que todos ocupasen primera fila, incluidos padres y hermanitos. Alvarito se incorporó sentándose. Recorrió de uno en uno, fiero de concentración, a todos los miembros del círculo, completó el recorrido del círculo, dio una segunda vuelta, incrédulo. ¡La niña no estaba! “¿Dónde está la niña, la niña morenita de melena que me ha llamado ¡Aaalvariiito, vueeelveee!? ¿Dónde está? ¿Dónde? Si no viene, me voy…” La madre de Alvarito, finalmente se lanzó hacia su hijo, a besarlo, calmarlo, abrazarlo... “Alvarito, hijo, mío, estás vivo, estás vivo, no había ninguna niña, nosotros estamos aquí”. El policía trataba de sosegarlo, “no había niña, niño, sí había niñas, pero ninguna niña ha gritado <Alvarito vuelve>, hay aquí por lo menos cien personas, alguien la habría oído. Tranquilo, estamos todos nosotros para protegerte”. También en el círculo corría la pregunta. ¿Una niña? ¿Alguien ha oído gritar a una niña “Alvarito vuelve”? No, no, yo tampoco, pobre niño, es una alucinación, sí, alucinación auditiva, lógico, es normal, ¿alguna de las niñas que estáis aquí ha gritado eso?

Horror de los horrores. Alvarito se sentía fuera de la realidad, la realidad era su viaje a la luz que había abandonado. Este regreso era una pesadilla. Se sentía estafado. ¿Qué había pasado allí? Él la había oído. ¡Y la había visto! ¡Estaba seguro!

—Mamá, mamá —surgió límpida la voz de la niña Yolanda—. “Oh, cielo, mi querida periodista”—. Mamá... yo sí la he visto y la he oído: “¡Aaalvaaariiitoo, vueeelve!”. —La imitación era perfecta, “oh, mi hermanita, amorcito, ella también la había oído”—. La niña sí estaba los demás días. Y hoy; y decía “¡Aaalvaaariiitooo vueeelve!”. Y cuando Alvarito ha vuelto, en seguida he visto cómo se la llevaba su mamá. ¡Por allí!

Misión segunda: Ha de contar al mundo cómo y por qué algunos niños no quieren volver de la luz. Por eso y para eso, se hizo periodista. Por eso, y para eso, está trabajando en una investigación personal. No, no se refiere todavía al tema general de la infancia maltratada en este país. Eso es un secreto a voces en el diario “La Emoción”. Y nadie le hace caso. Su trabajo personal seguirá su rumbo al margen del periódico.

Han transcurrido de aquello diecinueve años. ¡Cuántas veces se ha preguntado desde entonces, cada día, por qué no quería volver! Hoy cree tener la penúltima respuesta. No podría decir que sus padres no lo querían, ni que no eran una familia organizada, o que les faltaba algo importante, ni en lo espiritual ni en lo material. Pero la respuesta precisa lo lleva a concluir que en aquella familia, su familia, Alvarito, el niño inquieto y preguntón de diez años que estuvo a punto de evadirse para siempre hacia la luz, se veía como un extraño. Sus padres deambulaban también por la vida extraños para él. ¿Así se sienten los niños adoptados cuando saben que lo son? ¿O se sienten más extraños cuando no lo saben? ¿Así lo viven los niños que no están con sus padres, sino en una situación de acogimiento? Él y sus dos hermanos, Javi y Yolanda. Alvarito veía a los tres como tres marcianitos que habían caído erróneamente en otro planeta y habían sido recogidos por unas buenas personas.

No había sintonía.

Nunca la ha habido.

Se sentía como extraño entre extraños. Aquí la penúltima respuesta. La última pregunta, dolorosísima en su aguda punzada, hiriente como un hierro de fuego: ¿Se sentía como un extraño? ¿Se sentía? ¿O es que las cosas eran así? ¿Son así? No, ya sabe que aquella era, y es, su familia biológica. La partida de nacimiento no puede mentir. ¿Pero era, y es, realmente su familia?

Fallaba la conexión. Desde este descubrimiento él pasa a comprender por qué no era un niño como los demás. Se iba hacia aquel foco de luz y no conseguían dar con el grito salvador que forzara su regreso. Lloraban porque se iba, se asombraban de que se fuera, aunque... no sabían hacerlo volver. ¿Querían realmente hacerlo volver? La última pregunta, que hoy aún no ha podido responderse, es si el cable que hacía fallar la conexión estaba en él, estaba en ellos, o... estaba en ambos lados. Porque... ese era el problema, que eran dos los lados.

Desde entonces, algo extraño sucedió. Ya no le asustaría la muerte. Sabía que al final de trayecto estaba la luz, la conexión. ¿No era posible la conexión en este mundo?

Era posible. Absolutamente posible. Si no, no hubiera vuelto. ¿A quién le importaba realmente su vida?

—¡Aaalvaaariiitooo vuelve..!

Era un grito de conexión. Era el grito certero, el grito que daba en el clavo. Álvaro no ha vuelto a escucharlo jamás. Desconoce quién fue la autora de aquel grito. Sabe que se trataba de la niña. ¿Dónde está, quién es, aún hoy vive, se acordará de él? Por varios años volvieron a aquella playa, cada verano, durante quince días. Loco de ilusión, convencido de que aquella niña morenita, figurita perfecta, voz de sirena, sus ojos dos imanes de luz, niña de sus mil batallas, la joya más preciosa, única... convencido de que aquella niña iba a reaparecer cualquier verano. Ya no volvió.




Amores infantiles




La primera vez que se topó con ella Alvarito descubrió el amor, sensación hasta entonces bien desconocida. La tarde avanzaba en la playa de las Fuentes a primeros de julio de 1985. Él tenía los 10 años. Ella andaría más o menos por los mismos. La niña saltaba y saltaba sobre la lona de aquellas camas elásticas, transportada de gozo y con aquella celestial sonrisa. Sus ojos se cruzaron, las miradas se mantuvieron y la conexión resistiría las dos semanas de aquel verano, prácticamente sin palabras. Fue la primera y la última vez que la vio por la tarde. Porque después, durante los 15 días solo aparecía en la playa por las mañanas.

¡Qué linda aquella niña! ¡Qué tan elevados saltos! ¡Qué guapa y tan hermosa..! ¡Qué transportadora su sonrisa! ¡Desde la primera vez que la vio ya se enamoró de ella como un loco! ¡Se lo diría “el año que viene”, que él tendría once años, ya no serían simplemente diez!

Está convencido de que ella también se enamoró. Porque solo brillaban sus ojos cuando lo miraba a él y no a los otros niños. Y cuando jugaban a pillar todas las mañanas en la arena solo se chocaba con él, nunca con los demás niños. Y al chocar, siempre se reía, se reía de aquella forma tan especial. Una vez, al chocar, ella le estampó un beso en la mejilla. Y esa vez se reía más que nunca. Luego él a todas horas soñaba con ella, dormido y despierto. Por primera vez en su vida Alvarito empezaba a sospechar el significado de la palabra felicidad, que hasta entonces había creído que se trataba de una palabra que carecía de significado.

Desde aquel “accidente” tan solo una secuela quedó como consecuencia, una terrible consecuencia. Estamos hablando de una gran conmoción, un trauma infantil que bien hubiera podido dejar incluso alguna tara neurológica. No podemos calibrar si un déficit de oxígeno pudo dejar algún rastro en el cerebro. En el examen posterior en Urgencias de Vinaroz, la conclusión fue optimista tras una noche en observación: “Todo normal. Este niño ha resucitado del todo. A casa”. Pero… Desde entonces no ha podido recordar ni tan siquiera el nombre de uno solo de los niños con los que jugaba aquel verano. ¿Cómo se llamaban todos ellos? ¿Cuál era el nombre de la niña? ¡Su memoria jamás lo ha podido recordar! Sus hermanos eran demasiado pequeños, no jugaban con los mayores. ¿Cómo se llamaba ella? ¿Cuál era el nombre de la niña morena de Alcocéber? ¡El olvido lo tortura!

Desde entonces no ha desperdiciado ocasión de relatar, miles de veces si ha hecho falta, su experiencia a cualquier persona con la que haya entablado una conversación amistosa de cierto nivel. ¿Quién sabe? El mundo es una red. Cualquiera de esos cientos de personas a las que él había confiado su historia podría un día milagrosamente volver a narrarla a un tercero, y este a otra, y la otra a aquel, y aquel al de más allá, y el de más allá a alguien que finalmente respondiera: “¿Te digo una cosa? Aquella niña... era yo”. Y entonces, el reencuentro ya sería solo cuestión de una siguiente casualidad...

Los avisos que, por otra parte, Álvaro ha disperso en internet, pueden contabilizarse por cientos: “Se busca a la niña que al mediodía del día 16 de julio de 1985 en la playa de las Fuentes, Alcocéber, Castellón, presenció la escena de reanimación de un niño llamado Alvarito y que estuvo a punto de ahogarse. Ella dio un grito poderoso, “¡Aaalvaaariiito, vueeelveee..! A partir de ese momento, el niño volvió a la vida”.

La búsqueda, hasta el día de hoy, resulta infructuosa, pero jamás perderá la esperanza. Ha recibido más de cien pistas, todas evidentemente falsas, bromas inocentes, bromas psicopáticas, bromas pesadas... Solo ha archivado un mensaje en su teléfono móvil que, no sabe bien por qué, lo guarda como un posible hilo suelto de madeja: Allá por primeros de julio había recibido un mensaje en su teléfono, de remitente no identificado, que le decía: “Álvaro, la niña de Alcocéber, ‘Donosti’, San Sebastián, apunta en esa dirección”. Y firmaba anonimus-anonima-anonimum, con lo que no sabía si el remitente era hombre, mujer o... neutro.




Noticias deportivas




Pasan los días y Álvaro ha de centrarse en la vida pragmática. Los malditos “Deportes”. El frustrado periodista va completando sus notas más características para estallar cada semana en un artículo de reflexión... técnica. Alguna de las incógnitas que le planteaba el Sr. Redal ya se van resolviendo. Otras continúan en curso. En efecto, saltó la esperada sorpresa, la más esperada en la historia del periodismo deportivo de los últimos tiempos. Es decir, sorpresa menos sorprendente. Grecia, ganó a Portugal, Grecia campeona de Europa, la práctica se impuso al estilito. Goles son amores. Se abre esplendorosa la próxima Olimpíada que se inaugura en Atenas el próximo 13 de agosto. Esperamos que al menos el tío Redal nos facilite un billete para Atenas. ¿No estamos en Deportes? ¿Manejaremos allí el euro? ¿El euro? No, no, en Grecia no. Ah sí, con dos años de retraso Grecia se sumó al euro que llegó a su puesta en circulación el 1 de enero de 2002. Agosto. ¡Todos a Atenas!

¿Y Lance Armstrong? Ya van 5 días de Tour y permanece arriba. En el prólogo de 6,1 Kms. birló más de una decena de segundos a sus más directos rivales. Y en la etapa de ayer, Iban Mayo, la gran esperanza española de Euskaltel, ya perdió más de tres minutos por una “inoportuna caída”. ¿Existe alguna caída oportuna? Naturalmente, todas las caídas son oportunas... para el enemigo. Aquí aparece un interesante apunte aprovechable para el área estrella de Álvaro periodista, la psicología. José Miguel Echávarri, el que fue Director deportivo de Miguel Induráin, dictamina, indudable, en una entrevista: “¿Que quién es el peor enemigo de Armstrong? Es el propio Armstrong, él mismo”. Magnífica respuesta del inteligente. Y Álvaro, que ha estudiado y reflexionado la suficiente psicología, generalizaría: ¿Y el peor enemigo de Pepito, y el de Juanita, el de Tomasito? Naturalmente, Pepito, Juanita, Tomasito, siempre es así.

¿Y Sharapova, María Sharapova? Aquí, sí, la rusa extragaláctica. Tan rusa como Anna Kournikova, tan bellísima, al menos como ella, y ya tiene el triunfo en Wimbledon. 17 añitos. Menor de edad. ¿Resistirá? ¿O habrá sido el sueño de una tarde londinense de verano? Álvaro, no seas cruel, dale tiempo, confía... Y su confianza lo lleva a perder su fantasía en las más lejanísimas galaxias de los sueños masculinos, por segundos su mente ya se ha ido fuera de la cápsula con la impresionante astronauta María Sharapova y flotan los dos en la oscura inmensidad de los espacios tan solo iluminados por la luz de las infinitas estrellas...




María Pérez




―Álvaro, ahí al pie del cañón, ¿eh?

— ¡Oh!

Por el ligero latigazo provocado en el torso de Álvaro, María, (no María Sharapova sino María Pérez...), capta el sobresalto que su frase tópica ha causado en el compañero.

—Álvaro, ¿En qué estabas pensando?

—En María...

—Anda ya...

—¿Qué haces a estas horas, chiquilla? Creía que de 4 a 5 de la madrugada reina el único meridiano que lo deja a uno aquí completamente solo en su tarea.

—Te equivocas en una media hora. Es a las cinco y media cuando tu soledad en esta sala múltiple de trabajo es prácticamente segura. Ahora disfrutemos de nuestra soledad de dos, que es lo que importa. Mmm, mmm… —Y María acompaña su mmm, mmm, acariciando la cara de su amigo desde atrás, mientras por encima trata de informarse de lo que tiene tan absorto al amigo en la pantalla del ordenador.

—Mmm... ¿Por qué no retiras ese salvapantallas, cariño, mi cariño Peter Pan? — Así lo llama de vez en cuando su amiga María.

En ningún sentido ha de cundir la alarma, Álvaro y María son dos buenos compañeros y mejores amigos. No hay más, ni nada menos, entre ambos. Son coetáneos, jóvenes, muy profesionales, inteligentes, prometedor futuro, estimulante presente, ambos se miran mutuamente con muy buenos ojos: ¿Los ojos de María lo ven a Álvaro en toda su objetividad?:

Atrayente como un niño, transparente como un hombre, algo desgarbado como el que se olvida de que existe un alrededor, su mirada un mínimo más allá de la cámara como el que busca ese otro mundo, de refilón; su andar, remarcando un pelín de más cada paso, como el que quiere asegurarse de su marcha, su garganta ha de aclararse cada poco tiempo en un leve carraspeo como quien da salida, de modo intermitente, a su ansiedad. Con todos estos contrapuntos, en asombroso giro, su sonrisa es generosa y frecuente, iluminando en destellos un físico atrayente aunque algo apagado. Limpio e inodoro en el vestir, correcto aunque frecuentemente disarmónico y... repetido. María lo ve guapo en su conjunto, masculino, Ni alto ni bajo de estatura, algún milímetro por debajo de ella, más bien enjuto, ojos verdes, boca firme y delineada, brazos en imperceptible balanceo que solo ella capta. Un hombre al que ella hace tiempo quiere elevar a una tercera dimensión sobre la de compañero y amigo.

Pero... los ojos de Álvaro no llevan tan largo alcance. Sus ojos no la engañan: María es una mujer preciosa, físico a lo Sharapova-Kournikova, precisamente, como una descendiente eslava de las diosas griegas, con la perfección de aquellas estatuas de la Grecia clásica, mejorada por el arte de la naturaleza del siglo XXI. ¡Oh milagro de la historia universal en una Pérez! María: Rubia, los ojos entre verdes y azules, según la luz del día en que la miras, su rostro es la perfección, su cuerpo, para él, es la paz... (Todo el equipo masculino de la Redacción dice que... es la guerra). Por el lado psíquico, a él le encanta la manera de ser de María, imposible sentirse más conquistado y más asombrado de que ella resulte ser su compañera, y más desde que se constituyó, por magia instantánea, en su amiga... Pero... ay, el impertinente pero, ¿verdad, María? Los ojos de Álvaro no caen en la cuenta de que podríamos saltar a esa tercera dimensión.

—María, el cabrito de Redal me ha endilgado los Deportes...

—Pues a mí que no me saque de la Sección de Cinematografía. Yo ahí, encantada. Ahora andamos con Marlon Brando a vueltas. El primero de este mes de julio murió a los 80 años. Ya van apagándose los ecos de sus funerales. Cuando muere un personaje así, original hasta lo patológico, destaca la falta de originalidad de los que comentan su muerte. Asómbrate hasta el pasmo, por ejemplo, del sabio comentario de George Bush: “Estados Unidos ha perdido a un gran actor. Actores como él debieran ser eternos”.

—¡Oh!

—Esta otra de Bernardo Bertolucci me convence más: “Con lágrimas en los ojos, pienso que con su muerte se ha hecho inmortal”

—“Con lágrimas en los ojos”, ahí está la clave, porque aunque la paradoja es preciosa, solo las lágrimas en los ojos la salvan del tópico. ¡Qué suerte tienes, María, de andar en lo que te gusta!

—Por cierto, te presto esta frase del propio Marlon para tus psicologías: “Si se me hubiera querido y se hubieran preocupado por mí, habría sido otra persona”. Lo dice refiriéndose a su infancia.

—Sin duda él habría sido más feliz. ¿Pero nosotros hubiésemos disfrutado del gran actor que llegó a ser? —sentencia Álvaro con su pregunta, que bien puede poner broche a la conversación entre ambos.

—Álvaro, amigo, ¿por qué no eres algo menos psicológico y un tanto más... somatológico?

—María, María—repite el muchacho como signo de advertencia…

—Que a ver si te comes algo menos el coco, cacho idiota... (“Este Álvaro es un ‘negao’ para las mujeres”, piensa María). Ella también conoce la historia de la niña de las Fuentes... (“Probablemente la inocente niña tendrá la culpa, pero ¡qué hace este tío enredado en una historia de hace casi veinte años!”) Ella, María, hace tiempo colabora en la búsqueda de la niña fantasma, porque sabe que hasta que no le pongamos carne y hueso, nombre y apellidos, el mito sobrevivirá por siempre.



Nocturnidad




Cinco y media de la madrugada. La sala múltiple donde trabajan quince de los redactores del periódico ha quedado absolutamente oscura y solitaria. Entre las 5 y las 6 transcurren en efecto, por lo normal, los únicos sesenta minutos en que la sala duerme en su preciada soledad. Pero, hoy, no todo el mundo duerme, y alguien trasiega en la mesa de Álvaro, con el ordenador de Álvaro bien despierto, el cajón fichero fuera de su sitio y con varias carpetas, algunas abiertas de par en par, sobre la mesa. Y ese alguien, pese a lo que pudiéramos suponer, es el propio Álvaro. Ese muchacho algo desgarbado, despistado un tanto, de un guapo muy suyo, no muy alto, embotellado en su mundo, y en esa actitud, un tanto, en efecto, a lo Peter Pan.




II

NIÑOS HACIA LA LUZ




Octubre de 2004

Primeros de octubre. Diario “La Emoción”.

Madrid.




La fuga




Álvaro ha desaparecido durante agosto y septiembre, sin dejar pistas, ha dado la patada al diario “la Emoción” realizando un estrambótico viraje en su propia vida. A María, su amiga María Pérez, no le ha dejado un solo aviso y ella ha quedado rota por la angustia de una amistad brutalmente sesgada, de un solo tajo, del modo más traumático y desconcertante.

—No puede ser, Álvaro no me hubiera hecho esto, algo le ha pasado, es preciso avisar inmediatamente a la policía, Sr. Redal —puntualiza María buscando una tabla de salvación…

—¿A la Policía? En ese sentido me apremia el Presidente del Consejo de Administración, por otros motivos que los tuyos. Álvaro ha abandonado el periódico como un ladrón, con nocturnidad y alevosía.

—¿Álvaro un ladrón? Eso nunca.

—¿No, eh? ¿Te imaginas cómo ha dejado su carpeta de archivos? ¡LIMPIA! ¡LIMPIA! ¿Me oyes? Esos archivos no son suyos, no le pertenecen.

— ¿Se ha limpiado todo el área de Deportes?

No, ¡bien! Eso es lo único que ha dejado. ¡Se ha llevado todo lo que tenía sobre su maldita obsesión de la protección a la Infancia! Y eso es trabajo realizado en, por y para el periódico. Mirton, el Presidente del Consejo, me ha encargado que “presente una denuncia inmediatamente contra ese Álvaro Lumínico o... como se llame”.

—Lumínico es su seudónimo —especifica María.

—El caso es que ahora no sé cómo demonios voy a parar yo esa denuncia porque lo que Álvaro ha hecho es un delito. Y aún queda por ver el resultado de la investigación, que ya se está realizando, pues probablemente se ha llevado consigo otros archivos que ni siquiera eran de su carpeta... En tal caso, sí que está perdido.

¿Qué es lo que hace que Álvaro, un periodista de 29 años, haya mandado a la porra al Diario “La Emoción”, donde disfrutaba de un contrato indefinido en el que ya ha cumplido un trienio, para lanzarse a la aventura siguiendo la estrella de un capricho? ¿La inmadurez, acaso, de un joven movido por quimeras, incapaz de aposentarse en punto firme, royendo el pan duro profesional de cada día que lo catapulte, paso a paso, a una sólida posición? ¿El rechazo de la adultez, la resistencia al crecimiento, la pretensión enmascarada de continuar sin rumbo por los mares de la adolescencia, con la excusa de cumplir elevadas misiones? ¿O se trata de tomar el último tren en busca de sus sueños?

¡Qué duda cabe, ya hay algo infantil e irresponsable en la decisión de Álvaro por su propia ejecución, por el estilo de llevarla a cabo! Ni un adiós siquiera, ni, al menos, esperar el cobro de la nómina de septiembre y zanjar el finiquito. Al Sr. Redal, ni un hasta luego. A los compañeros de la Redacción, solo una despedida virtual. Todos han hallado en su correo electrónico este telegrama: “Fabián, ya tienes libres los Deportes. Amigos, volveremos a encontrarnos no se sabe cuándo, en algún lugar, en algún tiempo, no se sabe cómo, cuando menos lo esperemos nos toparemos los unos con los otros en una nueva dimensión”. La opinión general es que Álvaro ha podido sufrir un brote esquizofrénico. ¿Y a su amiga María? ¿Así la ha dejado? ¿Sin una triste explicación? ¡Es grave!

Ahora todos exteriorizan lo que de siempre han sabido y, en momentos puntuales, cotilleado en dúos, en tríos o en corrillos. “¿Sabéis que Álvaro tuvo una crisis esquizofrénica en la adolescencia?” (Alguien había tenido acceso a su expediente de selección, en los archivos de investigación de empresa: “Crisis psicótica hacia los 15 años. Delirio paranoico en que insistía en haber visitado el túnel de la luz de los que acaban de morir, oía por las noches la voz de una niña que lo había reclamado a este mundo cuando estaba en el otro, pasó 7 días en un brote maníaco en el que, al no encontrar a la niña, se decidía muy ilusionado, plenamente eufórico, a virar de nuevo hacia la luz. Dos o tres veces lo sorprendieron sus padres asomado a la ventana de un sexto piso en actitud totalmente peligrosa. Después de un duro tratamiento que exigió internamiento, psicofármacos y... electroshock, superó la crisis y siguió de modo brillante sus estudios. Muchacho un tanto raro para su edad, distinto, pero, a partir de entonces, ejemplar en lo académico, apañado en informática, maduro y responsable”). Gracias a estas últimas características y a su portentosa imaginación y bella sintaxis en todos sus escritos, el Sr. Redal luchó contra viento y marea frente al Consejo de Administración; Álvaro pasó a nómina y plantilla.

Y ahora había desaparecido sin dejar ni rastro, tan solo el email colectivo a los compañeros de Redacción.




Hacia el norte




El 30 de septiembre tuvo Álvaro conocimiento de la noticia. Jokin, el niño-adolescente, de 14 años, que el pasado 21 se había lanzado desde lo alto de la muralla de Hondarribia, supuestamente había sufrido malos tratos y acoso por parte de sus propios compañeros de aula lo que se presume como un factor clave para poner fin a su vida. Por el Instituto Talaia en el que Jokin cursaba 4º de la ESO es como si hubiera pasado un ángel exterminador, que hubiera congelado la sonrisa de niños y jóvenes estudiantes, hubiera enmudecido sus típicos gritos de alegría y vitalidad por escaleras y pasillos, hubiera nublado los ojos de todos, profesores, padres y madres, porteros, empleados, alumnos...

¿Qué ha pasado? Él no puede entretenerse y enmohecer en los “Deportes” dando vueltas a la crisis del Madrid, o sacando punta durante varios días a la frase motivadora del Seleccionador Nacional de fútbol: “Reyes, usted es mil veces mejor que el negro”, en alusión a su compañero de equipo en el Arsenal, o sacando petróleo de “El Levante como equipo revelación del año”. Nada tiene contra tal área del periódico, la respeta como a ninguna, aunque a él no le gusta nada, no sirve para eso, cualquiera de sus colegas es capaz de hacerlo mejor que él, el propio Fabián, que suspira por la Sección de Deportes y lo habían desterrado a Economía.

Un niño, porque aún no tiene edad para haber dicho del todo adiós a su infancia, Jokin, ha preferido huir de la oscuridad hacia la luz y él, Álvaro, tiene que estar allí, cerca de la noticia, para conocer, para profundizar, para ayudar. Y, de paso, se decide a iniciar la recogida de material para su libro “Niños hacia luz”, donde quiere concentrar su investigación y su mensaje. Y allí, donde aún reluce todo el fulgor de la noticia, allí se ha marchado con una pequeña maleta, todo su equipaje, a Hondarribia.

El clima vacila aún indeciso entre el verano y el otoño, Hondarribia, la bilingüe Fuenterrabía, enclave mágico que con una sola llave abre el País Vasco, Navarra y Francia. Junto al mar, el brioso, sonoro, apasionado mar Cantábrico. Con sus vertientes del casco antiguo, primoroso y con solera, sus casas señoriales hacia la playa, y esta, la playa, algo apartada, aunque próxima, acogedora de tan variadas gentes, edades, ideas, teorías, procedencias. El obstáculo que Jokin hubo de salvar no fue la playa, sino la muralla, en esa rima disonante de yeísmo cacofónico. Y no vio otra forma de salvarla, sino saltándola, desde la oscuridad de la noche, en busca de la luz.

Fuenterrabía, unas quince mil almas, pueblo a escasos kilómetros de ‘Donosti’. En la entrañable ‘Donosti’, la señorial San Sebastián, ahí, en la capital, ha buscado Álvaro su alojamiento, en una sencilla y económica pensión de la calle Elkano en el casco Viejo, una transversal al Boulevard y desde la que se perciben los olores mezclados de la brisa salada del mar, el pescado del puerto, el aire dulzarrón de las pastelerías, el olor cargado de los pinchos, el aroma, tal vez imaginado, del viejo chacolí.


30 de octubre.




La manifestación de Hondarribia




La decisión de Jokin lo ha traído a Álvaro hasta aquí.

Y hay otra razón, una razón secreta, como tomada al vuelo, secundaria en este caso según quiere convencerse a sí mismo, pero muy atrayente y poderosa. Allá por primeros de julio había recibido un mensaje en su teléfono, de remitente no identificado, que le decía: “Álvaro, la niña de Alcocéber, ‘Donosti’, San Sebastián, apunta en esa dirección”. Y firmaba anonimus-anonima-anonimum, con lo que no sabía si el remitente era hombre, mujer o... neutro. Entonces no había hecho caso, y ahora el destino lo traía precisamente hacia el Norte en estos momentos. La niña de Alcocéber, niña del grito y el reclamo, tenía unos amigos que eran de “San Sebastián” y hablaban en euskera. Él los había oído: “Goazen, ezkerrik asko, bai, ez... etorri”... Álvaro no había comunicado a nadie este detalle. San Sebastián, ‘Donosti’, unos 200.000 habitantes. ¿Por qué no dar entre alguno de ellos con un hilo desde el que desenredar la madeja?

Así, aunque él ha venido a Hondarribia a lo que ha venido, no deja dormir ese sexto sentido que podría llevarlo a una pista sobre la niña de Alcocéber. La niña de Alcocéber tendrá ahora unos 30 años, será morenita, no se la imagina sin su melena al viento, ni sin su sonrisa perpetua, ni sin esos ojos que lo llaman, le resulta muy difícil, imposible, imaginársela como una mujer adulta. ¿Y él? ¿El propio Álvaro? ¿Se ha reinvestido de adultez? ¿O ha quedado anclado en aquella playa de Alcocéber, a la edad de diez años, en un retorno de frustrado encuentro, que lo llevaría a marchar, incompleto, amputado, sin la mitad de sí mismo por la vida?

El sexto sentido, bien alerta, le hace percibir una palabra de estas frases que poco antes de la manifestación ha cogido al vuelo: “Sarayoaren tutoreak diren aiton-amonak ez dira etorri, Donostian egongo bizi baitira” “Ez, aiton-amonak urtero joaten dira Alcoceberrera, Castellonen, urte asko dira han etxe bat dutela”. De este diálogo en euskera no captó nada, como es lógico más que la palabra Alcocéber. Aquí, no obstante, saltó la antena. Esto le dio pie a preguntar a su compañero de manifestación, Iñaki, “qué es lo que han dicho esos, de Alcocéber” “Que los abuelos de Sarayoa, tutores de la niña, que es una alumna del instituto Talaia, donde estudiaba Jokin, no han venido a la “manifa” siendo que ella era muy amiga de Jokin. Y que están en Alcocéber donde tienen una casa hace muchos años”. “¿Podría hablar con esa niña”? “No sé, estos críos se han vuelto muy suspicaces...Tú mismo.” (Iñaki es un antiguo compañero de curso de Álvaro cuando coincidieron ambos en la Universidad de Navarra, Facultad de Ciencias de la Información, ambos estudiaban periodismo). Iñaki. Muy vasco él, le cuesta dar los primeros pasos en una relación, pero cuando por fin se han andado juntos unos cuantos metros, ya tienes un amigo para toda la vida. Lo que no surgió entre ellos en cuatro años de Facultad (años 1993-1997) está a punto de surgir ahora en esta fecha del sábado, 30 de octubre de 2004.

La manifestación arranca del paseo de Butrón, junto a la playa, para finalizar al pie de la muralla de Hondarribia donde murió Jokin. La hora, las cinco en punto de la tarde. Una pancarta la abre en su rótulo silencioso: “Berriro gerta ez dadin” “Que no vuelva a ocurrir”.

(Un nuevo anglicismo se ha colado en nuestros corazones: El bullying, de siempre ha existido, “bullying”, el “acoso escolar”, la conspiración del silencio en torno al mismo, el acoso y derribo de un alumno, de un compañero, el chantaje moral de que nadie puede ser el “chivato” del asunto, y quien menos, la víctima). ¡Que no vuelva a ocurrir!

La manifestación es silenciosa ¿Nueve mil? ¿Quince mil personas? ¡Qué más da! Basta el recuerdo de Jokin para simbolizar la protesta unánime. En definitiva, todo un pueblo, el pueblo de Hondarribia que se aúna en un solo clamor, un clamor de silencio que corta el aire con su filo… Se levantan miles de logotipos clónicos en las manos de los manifestantes: Un rectángulo enmarcado por una gran J, la J de Jokin, una gran J amarilla, como la luz que Jokin buscó. “Nik, J” (Yo mismo, J) en fondo verde, el verde deportivo de Hondarribia, el verde de esperanza.

El recorrido termina al pie de la muralla, dándose lectura a un comunicado y cerrándolo con una lluvia de flores en el lugar donde el cuerpo de Jokin apareció sin vida. Jokin ya se encuentra en otra dimensión.

Al acabar la manifestación, aprovechando la mediana euforia que se ha apoderado de todos los presentes tras un árido, interminable mes de octubre lleno de contención, de tensión y de pena, Álvaro se irá hacia Sarayoa, “Niña, quisiera preguntarte”… “Me llamo Sarayoa y no soy ninguna niña”. En efecto, Álvaro se ruboriza dos o tres veces al año y ahora acaba de ocurrirle. La niña no es muy alta, está magníficamente desarrollada, sus atributos adolescentes no envidiarían los de ninguna mujer adulta, y para colmo es guapa. “Perdona, qué torpe, es que estamos tan sensibilizados ahora... Quería…” “Hamabost urte batitut, euskeraz hitz egiten al duzu”, le lanza la... chica “¿Cómo dices? Ah, perdón, soy maketo, eh... de Madrid...” “Que eso de maketo ya no existe, tontorrón, lo que te digo es que sepas que tengo ya quince años, soy algo mayor que Jokin aunque estaba en mi curso”... “Verás, no hacemos declaraciones…” “Es que... amiga... Sarayoa, soy periodista y…” “¿Periodista? Menos. Vaya, me has caído bien, que un periodista de Madrid se interese por esto y además venga a la manifestación sin... cámara fotográfica ni nada... ¿Qué Quieres saber?” “Oh, bonita, no te voy a molestar con Jokin, lo que quiero saber...” ”Bonita, qué palabra tan cursi, aquí no se estila, quizá por eso me gusta, puedes decírmela otra vez”. “Ah, preciosa”, “¿Preciosa?” “Digo... bonita, de lo que quiero hablar es de la casa que tus abuelos tienen en Alcocéber”. “¡Jaungoinkoa, Dios, qué tío tan raro, digo… qué periodista!” “Ya te contaré los motivos, de eso quiero hablar” “Mis aitatxis (1) tienen la casa en Alcocéber, en la playa del Cargador, es una casa valenciana restaurada, la tienen desde hace más de 20 años y siempre van. Todos los veranos se los pasan allí”.

—¿En la playa del Cargador? El Cargador está a menos de media hora a pie de la playa de las Fuentes —ahora sí que el periodista se anima en el diálogo y quiere zambullirse en él—. ¿No será la casa típica valenciana, que aún existe, junto a su gemela, y que nos resultaba a los niños un tanto misteriosa? Los dueños eran muy simpáticos. Y eran vascos… De puertas para adentro no sabíamos nada. Los niños algo mayorcitos nos escapábamos muchas tardes a jugar y bañarnos en los alrededores. La llamábamos la casa misteriosa…

—Sarayoa, nahikoa da, berandu goaz eta.

—Me reclaman mis amigos. ¿Cómo te llamas tú..? Tengo que irme.

—Mi nombre es Álvaro, he de volver a verte. ¿Cómo hacemos?

—Llámame al móvil.

—Oye, que es una menor... —puntualiza uno de los amigos de Sarayoa.

—Y cómo te llamo, si no me sé el número —ignorando Álvaro la interferencia del amigo.

—Yo tampoco me lo sé de memoria —dice Sarayoa con una sonrisa.

—Goazen, Sarayoa, goazen —la reclaman sus amigos.

—No te preocupes, Álvaro, el destino ha de volver a conectarnos, seguro...

—Sarayoa, ¿Puedo hablar con tus abuelos? ¿Están en la manifestación?

—Que no…. Desde el año pasado vivimos en San Sebastián. Pero yo acabo ya la ESO en Hondarribia.

—Sarayoa, nahikoa da, berandu goaz eta —insisten los amigos.

—Agur, pesado, que me voy…

Y Sarayoa se despide entre la muchedumbre que se reparte por ahí al disolverse la manifestación. Álvaro está convencido de haber hallado un hilo, un filo, un... filón... ¿Pero cómo contactará con su nueva amiga quinceañera? No están las cosas como para darse una vuelta por el Instituto…

Por primera vez ha topado con una pista fiable. Además esta Sarayoa, le encanta. Su espontaneidad verdaderamente lo desarma.




“Elkano Kalea”. San Sebastián




Tras las emociones de la manifestación del 30 de octubre, Álvaro busca refugio en su pensión de la Calle Elkano en ‘Donosti’. Su cuerpo está al borde del agotamiento, pero su mente no encuentra momento para descansar, ha de resolver primero la agitación que lo revoluciona desde que supo que Jokin, un inteligente muchacho de 14 años, se había lanzado en la nocturnidad, desde lo alto de la muralla de Hondarribia. Esto fue para él como un fogonazo que iluminó esta etapa de su vida. Él también se ha lanzado el pasado verano desde su muralla. De noche, y cuando nadie se lo imaginaba, tomó todos sus bártulos y se arrojó desde la muralla del Diario “La Emoción” y dejando atrás la oscuridad se lanzó en busca de la luz. Y la luz lo ha traído hacia el Norte, en Fuenterrabía, Hondarribia, donde la aventura más importante de su vida, interrumpida hace casi veinte años, está a punto de proseguir.

Así, aquí y ahora, en su humilde pensión del casco viejo de ‘Donosti’ se siente libre, volador, iluminado, una luz inmaterial fortísima llena la estancia, un flexo con bombillita de 60 vatios, sobre la mesita de trabajo, una digna mesa de estudio, de madera vieja, con un cajón que lo ha llenado todo con su ordenador portátil. La lucecita del flexo resulta testigo humilde de esa luz. Un sencillo dormitorio de pensión: La cama, en un ángulo, cama individual que de momento no le sirve para nada porque lo último en que piensa es en acostarse. Un armarito empotrado con cinco perchas; de sobra, para el austero vestuario que ya ha organizado. Una escuálida estantería de paja que resulta suficiente para colocar dignamente los cinco libros que en este momento le hacen compañía. ¿Y la mesilla? Dos mesillas. Extrañamente, dos. A nivel organizativo, son su salvación.

Detengámonos en los libros:


“Y los niños se suicidan”

P. Castells Cuixart

Editora Planeta. Barcelona


“Vida después de la vida”

Raymond A. Moody

Editorial Edaf. Madrid


“Los niños y la muerte”

Elisabeth Kübler-Ross

Edit. Luciérnaga. Barcelona


“La muerte: un amanecer”

Elisabeth Kübler-Ross

Edit. Luciérnaga. Barcelona


“¿Vida eterna?”

Hans Küng

Edit. Cristiandad. Madrid


Álvaro deja a cargar la batería de su teléfono móvil, dispuesto a recuperar su uso cuando lleva, con toda intención, un mes inservible, “está apagado o fuera de cobertura...”




“Niños hacia la luz”




Entre tanto va a ponerse a trabajar sus apuntes con vistas a su libro en proyecto: “Niños hacia la luz”:

Alvarito no se suicidó en aquella playa de Alcocéber cuando tenía 10 años. Era un buen nadador y, como todos los días, se fue más allá de las dos puntas de la U que cierran la playita de las Fuentes. Hacía tan solo media hora se había zampado un gran bocata de chorizo porque iban a pasar todo un día de playa. Cuando el niño hacía entre las suaves olas sus encajes de siempre, despacio, sucesivamente a los cuatro estilos, una corriente de agua fría recorrió su cuerpo provocando aquel ligero escalofrío. Un remolino extraño se enredó en el interior de su estómago, la vista se le nublaba por momentos, ¿la sangre le faltaba en el cerebro?, no recuerda más de aquello, solo que despertó en las alturas y vio ya su cuerpo tumbado boca arriba sobre la arena, (hoy diría “en decúbito supino”), y a una preciosa joven de la Cruz Roja en plena batalla con sus manos y sus labios para rescatarlo. ¡Qué paz! El túnel por el que ascendía en movimiento de tirabuzón era de límites transparentes y le permitían observar desde lo alto toda la escena que se componía sobre la superficie, en la playa. Él era capaz de traspasar los pensamientos de sus familiares:

Mamá pensaba de su padre: “Tú has tenido la culpa, imbécil, te he dicho que vigilaras que el chico no se bañara antes de las 3 y media. Era el mayor de mis hijos, no acababa de ser como a mí me gusta, demasiado libre, en exceso original, pero era mi hijo, ¡mi hijo!, va a morir, no por favor, está muerto, que no muera por favor...”

Papá, que se decía: “Vaya y ahora seguro que esta me echará a mí la culpa. Calma, a lo mejor no muere. Si resucita, ¡Dios lo quiera!, voy a hacerme más consciente de él, en adelante. No me he enterado de que tengo un hijo mayor, y ya tiene 10 años, tenía…”

Javi: “¡Oh, no! ¿Con quién jugaré al fútbol playa? ¿Quién me apuntará lo que tenemos que decir cuando desobedecemos? ¿Quién dormirá de mi mano cuando tengo miedo por las noches?”

Yolanda: “¡Alvarito! Es mi hermano, está muerto, Voy a llorar: ¡Buaaah!”. Y era la única que en realidad lloraba.

Alvarito no se suicidó en aquella playa, aunque estuvo a punto de consumar su, digamos, subliminal suicidio, al comparar el atractivo de la luz superior del final del transparente túnel con los tonos grises, nublados, negruzcos, de la escena inferior. Abajo, a plena luz del sol de julio, la playa iba quedándose en tinieblas...

Así que no volvería, cuando entonces... surgió poderoso, nítido, resplandeciente... aquel desesperado grito:

—¡Aaaalvaaariiitooo! ¡Vueeelve!


Regresó. No podía marchar hacia la luz abandonando la mitad de sí mismo en plena oscuridad. Volvería, la luz podía esperar.

"Y después todo el mundo dice que la niña no existió, que tan solo fue el efecto de una alucinación originada por la falta de oxígeno en mi cerebro. Solo mi hermana Yolandita pareció oír y ver a la niña también, pero cuando se convirtió en Yolanda me traicionó. Hasta yo mismo olvidé prácticamente la historia.

Hacia los catorce años, cuando nuevos fenómenos revolucionaban mi organismo, la imagen de la niña retornó, el grito reclamante resonó de nuevo. A ratos veía a la niña, ella me hablaba, me llamaba, me pedía que fuese a buscarla, como si jugase conmigo al escondite. Se lo conté a Yolanda, ella a mamá, mamá al cura, el cura al médico, y el médico me mandó llevar a un hospital. Allí escuché cómo dictaminaban mi locura. Me curaron, bendito sea Dios, con unas pastillas y con electricidad.

Curado. Ya a nadie diría que en sueños sí la continuaba viendo y ella seguía hablándome. No lo diría a nadie, hasta llegar a la Redacción del Diario “La Emoción”. Allí hay gente universitaria, comprensiva, lo entienden casi todo, hay varios que hasta creen en los fenómenos paranormales…”

Ya no estaba loco, pues, porque solo la oía en sueños. Pero nadie puede arrancar de su mente que la niña de Alcocéber existe, si no es por ella hubiera consumado aquel suicidio subliminal

“Las experiencias, por cientos, que relata Elisabeth Kübler Ross, sobre “la vida después de la vida”, son verdad; y yo soy uno de ellos. Y como ella misma dice, los niños y los ciegos, que no han podido por diversa razón conocer ciertas cosas de la vida material, constituyen la mejor prueba al desvelar experiencias que solo en esa “fase” han podido vivir”.

Por todo lo que ha leído y vivido hasta la fecha, deduce que el adulto suicida busca simplemente huir del dolor, de la angustia, del terror.

El niño, el adolescente, no solo huye, sino que busca: En mayor o menor medida, según en cada caso, busca aquello de lo que más carece, aquello cuya falta lo está matando. Y en tal sentido se lanza a la búsqueda de estima, caricias, presencia, atención, diálogo, aventura, juego, seguridad, espacio, respeto, reconocimiento, compañía, calor, alegría, ilusión, verdad, sintonía, libertad, crecimiento, paz, amor.

En síntesis: Los niños, los adolescentes, algún joven tal vez, al suicidarse, no huyen en realidad de nada, van en busca de algo, hacen su trayecto precipitado desde la oscuridad... hacia la luz.


Tras este parto literario que brota del fondo de su alma han transcurrido las dos horas en que el teléfono móvil le avisa de “carga completa”. Por primera vez en mes y pico va a poner al día el uso de su móvil. No entiende cómo el móvil, semejante estorbo, empieza a ser adictivo para tanta gente en la actualidad. Lo activa perezosamente. Inmediatamente estalla el aviso de casi 100 llamadas perdidas, la bandeja de mensajes se halla a tope. Abre el último mensaje recibido, el que aparece, por tanto, en primer lugar. Ha llegado hoy mismo, ahora mismo, hace cinco minutos, 1 de noviembre a las dos y tres de la madrugada:

Álvaro, C., de cariño y de… , ¿dónde diablos estás? Llevo 100 llamadas perdidas en un solo mes. ¿Abandonas así a una amiga que naufraga en altamar? María Pérez”.






CUENTO: “EXPERIMENTO DE INFORMÁTICA CUÁNTICA”



Por Lumínico


HOMENAJE A JOKIN, que en busca prematura de la luz, un 21 de septiembre, se lanzó, a la edad de 14 años, desde la muralla de Hondarribia.

Jokin era uno de los alumnos más inteligentes de 4ª de la ESO del instituto Talaia, si no el que más.

Jokin, todo un monstruito en informática. Uno de esos genios de nacimiento que vienen surgiendo los últimos años.

Bill Gates reúne en sus instalaciones a tres mil programadores informáticos y les encomienda esta misión: “Crear un programa que se retroalimente a sí mismo, en definitiva, se autoanalice, descubra las leyes que lo rigen, profundice científicamente en su funcionamiento para interferir sobre sí mismo con vistas a una mejora perpetua. Un programa que una vez lo hayáis creado y puesto en marcha, no precise de vuestra intervención ni de la intervención del hombre sino para mantenerlo vivo, ofrecerle el aire que respire, el agua de la que beba, el pan de que se alimente. En concreto, electricidad, descanso, el día y la noche, datos que lo motiven y le den misión, un soporte normal, disco duro, memoria, conexión a internet... Es decir, estructura material. Sin embargo, los protagonistas, los archivos, ellos por sí mismos, buscarán, fracasarán, encontrarán, colaborarán entre sí, se interferirán, se matarán, crearán otros archivos a partir de ellos mismos. El programa ha de estar siempre renovado para lo que los archivos no habrán de ser eternos, les llegará la hora de su muerte y unos serán sucedidos por los otros. Todo ello, respetando en todo momento las leyes del propio programa, no podría ser de otra manera”.

Eso no tiene mayor dificultad”, es la respuesta unánime de los tres mil informáticos. Solo se precisan medios, tiempo y organización. Tiempo al tiempo, ese programa llegará.

No, no”, precisa Bill Gates “no se trata de que logréis el programa haciendo discurrir a vuestras sesudas cabezas, sino que entre todos establezcáis los millones y millones de combinaciones al azar posibles, hasta que deis, por casualidad, con aquella que es la correcta, aquella combinación de bits y más bits, que descubre ese programa autoprogramable que emprenderá la lucha por el perfeccionamiento de sí mismo. Porque no se trata de inventar nada. Esa combinación existe, solo se trata de encontrarla.

Imposible”, responde Badgatosso, un informático de origen crackeriano. Porque las combinaciones son infinitas, infinitas... millones y millones interminables de combinaciones dentro de nuevas combinaciones y el infinito no se acaba nunca y... además esa combinación puede no existir...

Esa combinación existe en el infinito como posible, luego ahí está” contraataca Goodgatessa, un informático de origen hackeriano.

Ojo”, precisa Bill Gates, “no solo quiero que descubráis si existe tal fórmula, sino que la encontréis y además que la encontréis en una combinación de azar, sin retorcer vuestras mentes lo más mínimo”.

Entonces se trata de que previamente diseñemos un súper-programa gigantesco de producción de azar, para que sea capaz de realizar tantos millones y millones de múltiples combinaciones por nanosegundo que la búsqueda, aunque larguísima, no resulte interminable”, puntualiza Praxogato.

Quiero que tengáis en cuenta una clave importante”, precisa el propio Bill Gates, que además de científico, empresario y primer multimillonario, es un visionario y, como tal, un mensajero llegado a la Humanidad. “Considerad que esa capacidad de autodirección, de autoestudio, de actuación sobre el propio programa, no la tendrán lógicamente todos los archivos, está claro, sino solo los archivos ejecutables”. Los ejecutables, *.exe , serán algo así como el ser humano en la tierra. Los otros archivos, con otras extensiones que no sean “exe” pueden hallar un parangón con los animales, los vegetales y... los seres inanimados”.


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