Excerpt for Igual que ayer: Cuando te atreves a soñar con más y el corazón te grita que lo quiere todo. by , available in its entirety at Smashwords


IGUAL QUE AYER

SUSANA MOHEL




SMASHWORDS EDITION

© 2017 Susana Mohel



Esta es una obra de ficción, producto de la imaginación de la autora. Los lugares y los personajes son ficticios.

Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia.

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o medio, sin permiso previo y por escrito de la titular del copyright. La infracción de las condiciones descritas puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.


IGUAL QUE AYER

© 2017 Susana Mohel

ISBN: 9781370600328

Corrección de estilo y edición: Marianna Craig

Diseño de portada: H. Kramer










Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin.

Revelaciones 1:8












Que tu vida sea siempre una primavera, princesa

Índice

LA MÚSICA EN EL ALMA DE BRUCE Y ALICE

CAPÍTULO UNO

CAPÍTULO DOS

CAPÍTULO TRES

CAPÍTULO CUATRO

CAPÍTULO CINCO

CAPÍTULO SEIS

CAPÍTULO SIETE

CAPÍTULO OCHO

CAPÍTULO NUEVE

CAPÍTULO DIEZ

CAPÍTULO ONCE

CAPÍTULO DOCE

CAPÍTULO TRECE

CAPÍTULO CATORCE

CAPÍTULO QUINCE

CAPÍTULO DIECISÉIS

CAPÍTULO DIECISIETE

CAPÍTULO DIECIOCHO

CAPÍTULO DIECINUEVE

CAPÍTULO VEINTE

CAPÍTULO VEINTIUNO

EPÍLOGO

AGRADECIMIENTOS

SOBRE LA AUTORA


La música en el alma de bruce y alice


Clare Bowditch – Fall At Your Feet

Joshua Ledet – Trust Me I Lie

Like No Other – AniKiko

New Divide – Linkin Park

Back to Black – Amy Winehouse

The Fighter – Bon Jovi

Incomplete – James Bay

The Scientist – Coldplay

Stay – Sebastian Cole

Somewhere Only We Know – AJ, Dewi

Every Breath You Take – The Police

Now and Forever – Richard Marx

Come What May – Nicole Kidman & Ewan McGregor




CAPÍTULO UNO

Él siguió adelante con su vida. —Me miro en el espejo mientras intento digerir el verdadero significado de esas palabras.

Él siguió adelante con su vida.

Él ya lo superó.

Me superó.

A mí.

A nosotros.

¿Me estás escuchando? —Pregunta Erin a mi espalda, sigo muda, de verdad tratando de ubicar esa frase dentro del contexto de mi vida—. Allie, te estoy hablando, di algo.

Eso quiero, pero las palabras no terminan de salir, tengo la garganta seca, mi lengua parece papel de lija.

Lo que me carcome por dentro es tan poderoso que me ha dejado hasta sin aire.

—Sé que es duro, pero ha pasado el tiempo, es momento de olvidar, de hacer tu vida, de seguir el plan que trazaste.

De nuevo mi atención se centra en el reflejo frente a mí. Los planes que hice, malditos sean, nada me ha salido como había planeado, nada.

Si así hubiera sido, nosotros seríamos felices, comeríamos perdices y haríamos todas esas tonterías que a las que se supone dedican el tiempo las parejas que están perdidamente enamoradas.

Maldita sea.

—Bueno, ella habla —dice ella, con un tinte de risa en su voz—, ya era hora.

¿Qué es lo que quieres? —le pregunto, porque esta conversación ya me supera. No, no es lo que ella me está contando, es la situación en sí misma.

—Comenzando, que hagas algo con esas greñas que salen de tu cabeza, esas a las que osas llamar cabello —haciendo énfasis en sus palabras, tira de unos cuantos de mis mechones—. Dijiste que querías hacer algo con tu vida, pero parece que no eres capaz ni de cuidarte a ti misma, los zombis esos de la serie que le gusta a mi hijo tienen mejor aspecto que tú.

—Sigo pensando en qué hacer, Erin, tengo tres hijos, por si se te olvida —le aclaro—, tengo que tenerlos en cuenta a ellos.

Se supone que sacaste volando a Bruce de la casa, con todo y maletas, porque tu ex era incapaz de ver más allá de su papel de padre amoroso y perfecto proveedor, ahora eres tú quien se escuda tras esos pretextos.

Entonces qué —grito, girándome sobre mis talones, lista para enfrentarla, manos en la cintura y toda la cosa—, ¿debo mandar todo al carajo y salir a vivir la vida loca?

—Al carajo mandaste todo hace más de cuatro meses —replica ella con aire de suficiencia, tiene un punto justo ahí.

Eso fue exactamente lo que hice.

—Pues parece que fue tiempo suficiente para que Bruce se olvidara de que existo.

¿Qué esperabas? —pregunta ella—. El hombre te rogó durante semanas, Alice, semanas. Fui testigo más de una vez de como le cerraste la puerta en las narices, de las cosas que le dijiste, ¿qué esperabas? —repite—, tu ex es un partidazo, otra más inteligente que tú ya le tiró el anzuelo y él parecía muy feliz de dejarse pescar.

—¿Dónde los viste?

Soy una masoquista de lo peor, esto me hace daño, pero no puedo evitarlo, quiero saberlo todo.

Iban bajando las escaleras eléctricas en Nordstrom, traían varias bolsas, parecía que llevaban buen rato haciendo compras, se reían mucho y Bruce la abrazó, ¿sabes? —suspira—, hasta bonito era verlos, luego le arregló la bufanda. Mejor no te cuento de los besos.

Erin sigue contándome lo que vio, cierro los ojos unos momentos para visualizar la escena, casi la tengo frente a mis ojos, aunque no tenga ni idea de quién pueda ser ella. El recuerdo del sonido de sus carcajadas lo llena todo.

—Ella es rubia, delgada, bastante alta, con una buena delantera. —¿No es así que son siempre? Como súper modelos—. Él la miraba como si fuera la única mujer en todo el centro comercial.

Y hasta hace poco yo era la única en el mundo, en su mundo.

¿Hace cuánto no éramos así de felices?

¿Hace cuánto no nos reíamos de una broma que sólo los dos podíamos entender?

¿Hace cuánto nos olvidamos de que necesitábamos tiempo a solas?

Hablando de otra cosa —se interrumpe—, ¿vas a ir a la fiesta de Stephanie?

No, si puedo evitarlo.

—Lo estoy pensando —contesto, sin embargo—, ¿por qué, tienes planes para ir?

—Por supuesto, no me la pienso perder y tú tampoco deberías.

Sigo sin ganas de ver gente, mucho menos exponerme a sus comentarios y preguntas.

¿Quieres ir conmigo a la peluquería? —Pregunta, no tengo idea del tiempo que ha pasado, mientras estaba perdida en mis pensamientos, en mis remordimientos—. Sería bueno comenzar por algo, la fiesta se acerca y no puedes ir así como estás.

Tal vez otro día —respondo con desgana. Tal vez otro día, cuando esto que no quiero calificar como celos, como envidia, como achares, no me esté volviendo loca. En este momento, lo único que quiero es irme a casa, debo preparar la comida, son más de las once y los niños volverán de la escuela muertos de hambre, como siempre.

No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy, dicen por ahí —me acosa mi amiga con esa sonrisa que dice que lo sabe todo.

Tal vez así sea.

Tal vez debería comenzar ahora mismo por hacer algo por mí, cambiarme estos pantalones cuatro tallas más grandes y cortarme el cabello, como Erin tanto ha insistido. La pregunta viene siendo, ¿con qué ganas lo hago?

Y más importante aún, ¿con qué motivo?

¿A quién le importaría?

—Voy a llamarle a Martin, seguro que me hace espacio, con la cita concertada no podrás negarte.

—Pero los niños… —esa es mi baza ganadora, ellos necesitan alimentarse.

—Conociéndote como te conozco, seguramente tendrás alguna comida lista en el congelador para sólo calentarla, si no, siempre existen las hamburguesas, una vez al año no les va a hacer daño.

Con esto último me ha callado, ella sabe que no soy muy amiga de las comidas rápidas que pululan por doquier, en eso Bruce y yo siempre estuvimos de acuerdo, desde muy pequeños enseñamos a nuestros hijos a cuidar su alimentación. Algún día, cuando sean mayores, nos lo van a agradecer.

Bruce.

Otra vez él.

¿Por qué no puedo hilar un recuerdo sin que él esté presente?

Poco después Erin me arrastra fuera de su casa que, por cierto, queda a unos cuantos metros de la mía, con rumbo a la peluquería. Según ella el tal Martin tendrá que obrar un milagro en mí, para que esta tarde luzca como sacada de una revista de modas, de este siglo. Sus palabras, no las mías.


✿✿✿


Poco después de una hora, previa escala en mi refrigerador para sacar una de esas comidas de las que tanto le gusta a Erin burlarse, estoy sentada en una silla alta, frente a un gran espejo, con la cabeza llena de papel de aluminio, luciendo más como un marciano que como una mujer.

Vaya que sí tengo el cabello de verdad horrible, veo puntas quemadas y friz por todas partes, pero ni con la impresión logro deshacerme del nudo que tengo desde hace rato en la garganta. Todo lo que quiero es encerrarme en mi baño a llorar, ahí nadie me escucharía. Nadie se daría cuenta de lo que llevo dentro.

Porque me he convertido en una experta en enmascarar mis sentimientos, mi dolor, mis frustraciones. Es un arte que he ido perfeccionando con los años, no crean, hasta eso lleva su trabajo.

Y fue ese el vehículo que conduje por el largo camino que llevó a la perdición de mi matrimonio, al final de mi relación con Bruce. Nos desdibujamos en alguna parte, sin saber a dónde se nos fue el amor, ese que llevamos grabado en el alma por tanto tiempo y que se alejó de nuestra intimidad en alguna parte.

Sí, fue un caso extraño de esos que nadie se explica, un día parecíamos tan felices y al siguiente lo estaba sacando de la casa a patadas. Rota por el dolor de los sueños que se nos quedaron en eso, en sueños, porque nunca pudieron ser.

Compramos la casa perfecta, la hicimos nuestra. Pero ahora de alguna forma se siente hueca, vacía, ni los gritos de los niños han podido llenar ese espacio. Porque ese sólo lo podía llenar el amor, el que se murió sin avisarnos.

Se murió de una grave enfermedad llamada hastío.

Se murió entre sábanas frías.

Se murió entre los besos que no nos dimos y las caricias que se durmieron en las palmas de nuestras manos.

Se murió y ninguno de los dos hizo algo para remediarlo.

Se murió y no nos dimos cuenta hasta que fue tarde.

Porque tuvo más ganas de apagarse que nosotros de hacer algo al respecto. Estábamos cegados por la rutina, por el día a día, por lo cotidiano. Estábamos envueltos en nuestra dedicación por los niños, por las cuentas de la casa, él por su trabajo y yo por mantener al día mi parte del trato.

Lo mató el cáncer de la indiferencia.

Y entonces si lo dimos por muerto, ¿por qué carajo me siento tan mal?

La voz de Martin me trae de nuevo a la realidad en directo y sin escalas.

Sólo van a ser unos cuantos reflejos para darle luz a tu rostro, nada drástico, tu cabello seguirá siendo oscuro. No te preocupes, no vas a salir de aquí convertida en una rubia de farmacia o de peluquería —él se ríe de su comentario e intento hacer lo mismo, pero mi risa es casi un quejido. Estoy a punto de echarme a llorar.

Por fortuna, él se da cuenta de que mi estado anímico no es el mejor y me deja ser, se entretiene en hacer su trabajo y en sacarme del salón lo más rápido posible.

—Gracias por esto —le digo a Erin al salir, de verdad me veo bien, aunque no tenga ganas de celebrarlo—, ojalá lo hubiera hecho hace tiempo.

Eso es cierto, si tan solo…

Ella responde vanagloriándose de que todo lo sabe, de que debería escucharla más a menudo, de que debería por fin decidirme a abrir una cuenta en esa página de citas que tantas veces me ha recomendado. En que tendría que salir de compras con ella un día de estos.

Pero bueno, un paso a la vez.

¿No es eso lo que dicen los alcohólicos?

—Tengo que darme prisa —me apuro en la despedida, dándole un beso en la mejilla—, apenas llego a tiempo por los niños y en casa me espera un desastre.

—Olvídate de la casa por una vez —grita a mis espaldas—, nada va a pasar por que encuentres polvo en las mesitas de la sala, no es el fin del mundo, Alice.

Justo antes de las tres, ocupo un lugar frente a la larga fila de coches frente a la escuela de Ava, mi hija menor. Ella se sube, después de lanzarme un beso, comienza a hablar sin parar de lo que fue su día, alardeando de los comentarios que le dio su maestra sobre el proyecto de la granja en el que estuvo trabajando los últimos días y lo que, según ella llama desastre, llevaron sus compañeros de clase.

Bastante dedicada y responsable es mi niña, para tratarse de una criatura de tan sólo siete años.

¿Me prestas tu teléfono para llamarle a papá? —pregunta, mientras nuestros ojos se encuentran en el espejo retrovisor—. Tengo que contarle, los animalitos de plastilina que me ayudó a hacer fueron los mejores.

—Mejor le llamas de la casa, cariño —replico—, mi bolso está en la parte de atrás del coche y no quiero que te sueltes de tu silla, ya vamos a llegar por tus hermanos.

Ava tuerce la boca, pero no insiste.

—Hey, ma —me saluda Aaron en cuanto se sube a mi SUV, es mi hijo mayor, el hombre de la casa.

Le contesto, esperando que Noah, mi otro hijo, haga lo mismo, pero él parece tener mayor interés en la pantalla de su teléfono. Ya debería haberme hecho a la idea, es lo mismo todos los días. Y de regalarme una sonrisa, mejor no hablemos.

Sabes cuándo empezó todo esto, cuando Bruce se fue. Porque tu hijo extraña a su padre, siempre fueron tan unidos.

Al llegar a casa, Aaron y Noah, se bajan del coche peleándose, como siempre, cada quien tiene sus ideas y no han descubierto la manera de mediar entre ellas. Hoy, ambos están desesperados por ver quién llega primero a la cocina y descubre lo que ahí les espera.

—¿No se supone que les dan de comer en la escuela? —Me quejo falsamente, si de algo disfruto es de su apetito—. Creo que voy a ir a hablar seriamente con el director.

Ambos se carcajean, respondiendo que debería de verdad hacerlo, pues el almuerzo en la cafetería deja bastante que desear y no se compara en nada a la comida preparada por mamá.

Ya hemos terminado de comer y estoy recogiendo los platos, cuando Aaron se acerca a mí, sorprendiéndome con un beso en la frente. A sus trece años ya es más alto que yo.

—Yo sí me di cuenta —murmura—, te ves linda, mami.

Su comentario me deja con los ojos llenos de lágrimas, en parte, por la sorpresa, en parte por el hecho de que me sentara tan bien un comentario bonito por parte de quienes son mi todo, mi razón de vivir.

Tras dejar todo limpio y guardado en la cocina, me dirijo a la pequeña bodega que tenemos en el garaje de la casa, ahí rebusco dentro de una gran caja plástica por algunas prendas que llevo bastantes años sin ver, creo que desde antes que naciera Noah, y de eso ya van más de once años.

Qué rápido pasa el tiempo.

Debo reconocer que me siento hasta algo tonta al ponerme uno de los vestidos que encontré, es un modelo veraniego bastante sencillo, de finos tirantes tejidos y largo hasta el tobillo.

Me miro en el espejo de mi vestidor y el corazón se me encoge al ver el pálido reflejo de la chica que una vez fui, una que vivía llena de ilusiones, de esperanzas de sueños.

De ganas de amar y de sentirse querida, adorada.

De la chica que una vez se casó enamorada.

Y que pensó que había alcanzado esa felicidad tan añorada.

La realidad ha sido otra.

La felicidad, como todo lo demás, es efímera.

La perfección te consume, te atrapa, disolviéndote en ella.

Sigo parada ahí, como una idiota, cuando escucho la puerta de la casa abrirse, seguido de los gritos de mis hijos.

—Llegó mi papá —ese ha sido Noah.

Nunca le he negado a Bruce la entrada a la casa, sin embargo, lo evito lo más posible. ¿Qué? Me duele verlo, no sé si es por tener el corazón roto o por saber que él se va a ir, porque duele, aún después de meses, sigue lastimándome. Esta casa la compramos para envejecer en ella y, mira tú, la única que seguirá aquí seré yo.

La conmoción sigue y, aprovechando que ellos están entretenidos, sigo en lo mío. Hasta que los pasos de Aaron se detienen en la entrada del vestidor.

—Mamá —dice—, papá dice que si puedes bajar un momento.

—¿Ocurre algo?

—No lo sé —acepta encogiéndose de hombros, en un gesto que es tan él y que al mismo tiempo me recuerda tanto a su padre—, eso fue todo lo que dijo.

Le pido que me dé un momento a solas, necesito recomponerme, juntar fuerzas, subir murallas.

No quiero que Bruce lea a través de mí, porque llevo escrito en los ojos lo que estoy sintiendo. Ahí es donde falla la máscara, porque en las pupilas se dibuja lo que se trae en el alma.

Mientras bajo las escaleras me repito una y otra vez que debo aguantar, guardar silencio, porque no puedo reclamarle, mucho menos decirle que sigo rota.

La oportunidad se me escapó como el viento, de nada vale recordar, ansiar. Es tarde.

Ahora sólo quiero fuerzas, porque algo me dice que falta me van a hacer.

Bruce.

CAPÍTULO DOS

¿Por Dios, es que no podía ser más escandaloso? Los gritos se escuchaban por todas partes, ¿para qué diablos podía necesitarme con tanta urgencia?

Por aquí te andan buscando —me dijo mi hermano al entrar en la sala de la casa en la que vivíamos.

—Más te vale que sea bueno —le advertí y su sonrisa de suficiencia lo dijo todo.

Como en una película de esas que pasa cuadro a cuadro, así mismo se desplegaba la escena ante mis ojos. Miré con la boca abierta, sin dar crédito a lo que estaba viendo. Él estaba ahí.

Increíblemente él estaba ahí.

El chico de la fiesta de la noche anterior, el mismo con el que hablé por más de tres horas. El mismo al que entre bromas y cervezas le conté unas cuantas cosas de mi vida y, sin embargo, nada sustancial.

Bruce —me dijo cuándo se presentó—. Bruce Leighton.

Dime, Bruce Leighton, ¿a cuál de tus famosos tocayos te pareces, a Hulk, a Batman o a El Jefe?

Mi coqueta salida fue recompensada con una sonrisa radiante. Qué guapo era cuando sonreía, podía iluminar la ciudad entera.

Y de alguna manera, sabía que había sido sólo por mí.

—Eso, preciosa —respondió—, vas a tener que descubrirlo tú misma.

Tuve que reconocer que me había encantado la forma en que me abordó y el hecho, de que cuando le dije que me llamaba Alice, no me contestó con lo típico, que dónde había dejado al sombrerero loco o si vivía en el mundo de las maravillas.

Bruce me había encontrado. Estaba ahí, parado en medio de la salita de la pequeña casa que compartía con mi hermano y otros dos compañeros. Llevaba una camisa azul claro, jeans deslavados —con los que se veía mejor de lo que recordaba— y un pequeño ramo de flores de colores en las manos, nada elegante, un sencillo ramillete de esos que todavía venden en cualquier supermercado. Sin embargo, me pareció un gesto romántico, extrañamente enternecedor. Nadie había hecho algo así por mí. Nunca.

Aparecerse en mi casa de esa manera tan intempestiva.

Jamás.

Definitivamente esa era una historia para contar.

De repente me sentí agradecida de haber tomado una ducha hace poco tiempo y de arreglar mi cabello de tal manera que no fuera una maraña loca sobre mi cabeza. Me había puesto un sencillo vestido de algodón azul oscuro, pero al menos estaba lo que podríamos denominar como presentable.

Nada espectacular, pero presentable.

—¿Cómo me encontraste?

Lo cierto que tuve que hacerme de todas las excusas del libro, para negarme a darle mi número de teléfono, toda la información que osé proporcionarle fue el nombre de la calle donde vivíamos.

—Bueno, esta no es una calle muy larga, por fortuna —dijo como si esa fuera explicación suficiente—, sabía que en algún momento te encontraría.

De hecho me encontró, en más de una forma y, con aquellas palabras, estuvo sellado mi destino.

—¿Cuánto tiempo te tomó? —Como siempre, lo primero que salía de mi boca fue una soberana estupidez.

—Poco más de tres horas —reconoció mirando hacia el suelo, en su boca se dibujaba una sonrisa un poco tímida—. ¿Puedo usar tu baño?

Yo te enseño el camino —le dijo mi hermano, no sin antes lanzarme una miradita de esas burlonas que eran su especialidad—. Es bueno ver que traes un chico a casa, para variar.

—Este no lo he traído yo —repliqué—, este se ha aparecido aquí solito.

Hey, que aquí sigo —repuso el aludido y Warren dio por cerrada la conversación dándole una palmada en el hombro.

Había comenzado como una broma, pero Warren —tres años mayor que yo—, también me estaba protegiendo, sabía que en el corto camino por el corredor le haría a Bruce más de una advertencia. Pobre, si después de eso no salía corriendo sería por gracia divina.

De igual manera daba por hecho de a dónde le llevaría mi hermano, al ser la única chica de la casa, ellos compartían el baño, dejándome a mí la comodidad y privacidad de la habitación principal.

Un par de minutos más tarde, escuché sus voces en el corredor, me había dejado caer sobre el sofá, todavía desconcertada —y emocionada—, por la inesperada visita.

—Lo olvidé por completo —anunció—, esto es para ti.

Bruce estiró su mano, ofreciéndome las flores, las recibí con tanto gusto, al verme, esbozó una sonrisa que iluminó por completo la casa, aunque todavía el sol brillaba afuera. No importaba, de él emanaba la luz que me había hecho falta, aún sin darme cuenta.

¿Quieres algo de tomar, un café, un té dulce, algo?

Después de todo, el hombre había estado varias horas plantado en la calle, buscándome y, aunque fuera casi primavera, el calor en Tucson —la ciudad donde vivíamos en ese entonces—, resultaba agobiante.

—Tengo una propuesta mejor, cena conmigo.

—Es temprano todavía —contesté, era cierto, no daban más de las cuatro de la tarde.

Es tu culpa —replicó mirándome fijamente, por el rabillo del ojo pude ver a Warren apretar los labios para no soltar la carcajada, le di una mirada de aquellas que matan y, sabedor se retiró, no me importaba si iba a buscarle la quinta pata al gato, el caso es que no lo quería ahí—. Vine con toda la intención de invitarte a almorzar, pero me la pusiste bastante difícil.

—Y no pienso facilitártela… —en ese momento me di cuenta de que sabía tan poco de él como él de mí, quise remediarlo en ese mismo instante, sin embargo, también era consciente de que nos quedaba un largo camino por recorrer.

Su carcajada resonó en las paredes de la salita.

—Bueno, eso va a ser divertido —aceptó—, pero espero que cedas lo suficiente para aceptar ir a comer algo conmigo.

Es temprano —insistí—, pero si me das algo de tiempo para arreglarme y luego me invitas a ver una película, tal vez acepte pasar un par de horas contigo.

—Sí a lo segundo —exclamó—, pero no veo necesidad de lo primero, así estás preciosa.

Su cumplido me hizo sonrojar hasta la punta de las orejas, ¿qué diablos me estaba pasando? Yo nunca me ponía colorada, nunca.

Al final decidí no hacer mucho por mi aspecto, si a él le gustaba, por mí estaba perfecto. Eso sí, me cambié los zapatos por unas sandalias de tacón y me eché encima un par de accesorios, unas cuantas gotas de mi perfume favorito y estaba lista para salir.

Entré a la sala, para encontrar a mi hermano hablando sobre estadísticas deportivas, ambos estaban enganchados en una discusión sobre el próximo súper tazón. Por Dios, la temporada no empezaba y ellos ya estaban lanzando apuestas.

La explicación era sencilla.

¡Hombres!

—¡Lista! —Anuncié y Bruce se levantó de un salto, concluyendo de tajo la conversación con mi hermano, sus ojos fijos en los míos.

—Nos vamos —respondió, extendiendo una de sus largas manos y yo no dudé en aceptarla.

Le permití que liderara el camino, sin saber que esa sería la senda que nos guiaría hasta nuestro destino, uno en el que él llevaba la voz cantante.

La dulce ilusión del primer amor, le llaman.

Aquellas dos horas que pensaba que disfrutaríamos juntos, se convirtieron en varias más, pues al salir del cine ninguno de los dos quiso dejarlo hasta ahí, él dijo algo sobre un restaurante de comida mexicana que conocía y a la voz de tacos fui incapaz de resistirme.

Esa fue tan sólo una excusa, lo que de verdad quería era que el reloj dejara de marcar las horas y que ese chico de cabello oscuro y ojos marrones siguiera encantándome con su sonrisa, con aquellos hoyuelos que hacían su aparición cada vez que sus labios se curvaban.

Que esas manos se enlazaran con las mías y que no las dejaran ir jamás.


✿✿✿


¿Arquitectura? —le pregunté mientras le daba vueltas al hielo que se derretía entre los restos de té de mi vaso—. Eso suena a un futuro brillante.

Él soltó una carcajada antes de contestar—: Dios, eso espero, porque ahora todo lo que tengo es muchos planos por dibujar, litros de café por tomar, gastritis y fechas de entrega que son imposibles. Debería presentarle la propuesta al decano de cambiarle el nombre de la facultad a arquitortura. No te extrañe que algún día me presente en tu casa con la camisa al revés, algunos días me olvido incluso de que soy humano.

Siempre puedo ayudarte con eso—contesté y en el momento que esas palabras salieron de mi boca, me arrepentí de haberlas dicho, pues el deseo se escondía entre las silabas, dejándolo suspendido en el aire, pululando entre los dos y la mesa que nos separaba.

Nos miramos a los ojos por unos momentos, sin saber qué decir, si hubiéramos estado en un lugar más privado y con menos gente alrededor…

Ese era el efecto que Bruce tenía sobre mí.

Y esa era la segunda noche y nuestra primera cita como tal.

¿Has sentido alguna vez ese tirón tan fuerte que te arrastra como la corriente de un río embravecido?

¿Cuáles son tus planes? —me preguntó, cortando el silencio.

—Todavía no tengo idea y la presión me está matando, este es el último semestre que puedo tomar generales y sigo sin decidirme, a este paso voy a terminar de mesera en algún restaurante de mala muerte, ¿es normal que a mi edad no sepa qué hacer con mi vida?

Era frustrante reconocerlo, mucho más decirlo en voz alta, odiaba aquellas palabras. Se suponía que a mi edad ya debía haber decidido, pero todo me parecía insustancial, hueco, vacío. Pensar en dedicar mi vida a una sola cosa no me resultaba atractivo, mientras mis amigos y conocidos la llevaban clara, yo seguía perdida en el limbo de la indecisión.

Muy buena impresión, para una primera cita. ¡Bravo, Alice, te superaste a ti misma!

Quise llevar mis manos hasta mi regazo, pero sus dedos me lo impidieron, tomándome suavemente por la muñeca, trazando el borde del reloj que llevaba puesto. La caricia fue suave y al mismo tiempo sugestiva, embriagadora.

—Ya llegará tu momento —susurró y juro que le creí.

¿De qué otra forma iba a ser? Si me miraba con esos ojos tan oscuros que parecían casi negros, las voces de las otras conversaciones a nuestro alrededor se desvanecieron, sólo éramos él y yo en nuestra pequeña burbuja.

Nunca creí que eso del amor a primera vista fuera cierto, todavía sigo sin darle mucho crédito, pero tuve que reconocer que algo fuerte, algo importante —determinante—, estaba germinando entre nosotros.

Bruce siguió contándome sobre sus largas noches en vela, sentado frente a la mesa de dibujo, trazando los proyectos que le encargaban sus maestros.

Te lo juro —me dijo mientras yo no podía parar de reír—. Me he quedado dormido sobre la mesa, una vez por poco daño todo el trabajo que había hecho durante la noche con mis propias babas.

—¡Ugh, Leighton! No había necesidad de ser tan descriptivo —le reclamé todavía entre risas—, ¿ahora cómo me voy a sacar de la cabeza la imagen de ti dormido sobre la mesa mojándolo todo?

—Se me ocurren varias ideas.

Juro que se me detuvo el corazón de sólo imaginarme ese cuerpo delgado entre mis piernas, moviéndose sobre mí, al tiempo que su cuerpo llenaba el mío. Mis pobres calzoncitos de algodón se me habían caído solitos y ya iban camino a la lavadora.

¿Qué? Era una chica de veinte años recién cumplidos y sabía reconocer mi propio deseo y, a pesar de que Bruce no había hecho más que tocar mis manos, el fuego dentro de mí se había encendido.

—¿Quieres tomar un café?

—¡Odio ese brebaje!

Él me miró como si fuera una criatura recién llegada de otro mundo.

A todo el mundo le gusta el café —exclamó casi que indignado—, es el combustible de la vida.

Pues ya ves que no —repuse a la defensiva.

—¿Cómo sobrevives a los exámenes finales sin cafeína?

—Hay muchas otras maneras de ingerir cafeína, para eso se producen al año montones de toneladas de té verde.

—Hablando de menjurjes —se quejó con cara de asco.

Volvimos a la casa en su camioneta, un modelo bastante viejo, pero bien cuidado. Eso hablaba de él con la intensidad de mil altavoces, Bruce conservaba con cariño de lo que consideraba suyo.

Una virtud de todos admiran, pero que sólo pocos son capaces de cultivar.

¿Ahora sí me vas a dar el número de tu teléfono? —Preguntó una vez estuvimos parados frente a mi puerta.

Todavía ni tocaba la cerradura, pues buscaba distraerme del encanto de su boca jugueteando con las llaves.

—No lo sé —contesté y de su garganta salió un sonido mezcla de carcajada y gruñido—, ¿qué vas a hacer para convencerme?

—Tengo un par de trucos bajo la manga —murmuró.

Ni tiempo tuve de pedirle que me mostrara su magia, porque sus labios tocaron mi cuello, la electricidad recorrió mi cuerpo, como si hubiera sido alcanzada por un relámpago, cuando su lengua dibujó un sendero húmedo por mi piel, yo ya no podía negarle nada, el bendito teléfono era lo de menos.

Aquella noche entré en la casa, sintiéndome maravillosamente extraña, mi vida acababa de dar un vuelco, mi historia había girado en una dirección inesperada, Bruce no estaba entre mis planes.

Bien dicen por ahí que las mejores cosas son aquellas que llegan sin esperarlas.

Sólo que no tenía idea hasta qué punto eso era cierto.

Pero tendría que pagar un precio por vivir en el cielo, así fuera temporalmente y eso significaría caer en el infierno, directo y sin escalas.

Han pasado más de quince años desde aquella noche, jamás me he arrepentido, Bruce me hizo muy feliz, y nuestra felicidad fue aún más grande al darme los mejores regalos que he recibido alguna vez.

Mis tres hijos.

Por ellos todo ha valido la pena.

Hasta el dolor, pero eso no quiere decir que esto que me está comiendo por dentro fuera más llevadero. Porque después de vivir en El Edén, como Adán y Eva, conocer el infierno es devastador.

Sólo espero que alguna vez me pueda volver a sentir completa.

CAPÍTULO TRES

Con cada escalón que bajo, regreso a la realidad, deseando haber tenido más tiempo para recomponerme. No han pasado más que unas cuantas horas desde que hablé con Erin, todavía no he tenido tiempo de procesar todo lo que me dijo, ahora tengo que verlo y, por el bien de mis hijos, fingir que todo está bien, que puedo llevar la fiesta en paz y tan amigos como siempre.

No, no creo poder hacerlo.

Francamente me siento humillada. Expuesta al vendaval.

¿Celosa?

¿Envidiosa?

No, nada de eso. Lo mío es otra cosa, algo más profundo.

¿Cómo pudo borrar de tirón toda nuestra historia?

Porque no hay nada que tire más fuerte que un par de tetas, según me dijo mi amiga, la rubia es poseedora de uno. ¿Qué le vamos a hacer?

Cierro los ojos antes de que mis pies toquen el primer piso y mi mundo se mueve. Lo que me faltaba, venirme a partir la crisma justo ahora.

Hasta que un par de manos tomándome por los brazos me detienen.

Esas manos que jamás pensé volver a sentir sobre mi cuerpo. Su toque es tan poderoso que me electriza o me quema. Sin embargo, nada es más poderoso que sus ojos oscuros buscando los míos.

Y su sonrisa.

—Aquí está la mujer con la que me casé —dice todavía sonriéndome.

Una, dos, tres, cuatro, cinco… nueve palabras. Y cada una de ellas es como un mazo directo a mis costillas.

—Buenas tardes, Bruce —contesto secamente, cuando por fin logro reponerme.

—¿Te hiciste algo en el cabello? —Pregunta sin contestar mi saludo.

—Nada importante —suelto—, ¿para qué me mandaste llamar?

Bruce se queda en silencio, ahí parado, mirándome fijamente.

—¿Puedes llamar a Beth? —Pregunta después de unos momentos—. Me gustaría hablar contigo fuera de la casa.

Mierda, mierda, mierda.

Triple mierda.

Me la va a soltar.

¿Qué otra cosa va a ser?

Como una robot voy en busca de mi teléfono, para después marcar el número de la chica que con alguna cierta frecuencia me ayuda a cuidar de mis hijos, rogando que diga que no puede, que tiene algún examen para el que estudiar. Pero, por supuesto, no cuento con tanta suerte.

—Así estás perfecta —contesta Bruce cuando le pregunto si debo cambiarme de ropa, pues no tengo idea de a dónde vamos a ir—. De hecho ese vestido siempre me ha gustado.

—¿Esta cosa vieja? —No es falsa modestia, lo juro, saben bien que lo acabo de sacar de la quinta maleta del closet de almacenamiento. Literalmente es una cosa vieja.

Y bastante.

Quince minutos más tarde, Beth está frente a la puerta de la casa, dispuesta a cumplir con la labor. Con cada uno de esos minutos, mi ánimo se va a pique.

Lo sé, lo sé, la culpa es mía.

Fui yo quien tomó la decisión, ¿eso hace que el dolor sea menos?

¿Eso hace que sea más fácil?

No, la respuesta es no.

Por supuesto que no.

Porque en medio de todo, de la decepción, de la tristeza y de los escombros de los sueños rotos, él sigue siendo él. El hombre del que me enamoré. Mi esposo, el padre de mis hijos.

El amor de mi vida.

¿Dónde podré conseguir un manual de instrucciones para desenamorarme?

¿Venderán un librito amarillo de esos para a prueba de tontos?

Creo que en toda mi vida, ningún trayecto en coche se me ha hecho tan eterno. Jamás me había parecido tampoco como si el aire se escapara por alguna parte y que me pudiera sofocar, a tal punto de que literalmente estoy sudando como un caballo.

¿Buca te parece bien? —Asiento, en silencio, fijando mis ojos en el letrero frente a nosotros, mientras él estaciona el coche junto a la acera.

Este ha sido desde que nos mudamos a vivir a la ciudad, uno de nuestros restaurantes favoritos. Sirven comida italiana casera, nada sofisticado, pero nos encantaba. Solíamos venir aquí a menudo, casi siempre en compañía de los niños, quienes son capaces de ingerir cantidades asombrosas de pasta y albóndigas.

A diferencia de los fines de semana, cuando hay que hacer una larga fila para entrar, hoy nos hacemos de una mesa sin mayor esfuerzo.


Intento distraerme contemplando detenidamente el montón de imágenes antiguas que decoran las paredes del local. Unos momentos después hemos ordenado y mis nervios siguen en aumento, me ha traído aquí, a un lugar que alberga cientos de recuerdos felices, para reemplazarlos cruelmente con lo que ciertamente será el peor de todos.

Imbécil.

—¿Quieres una copa de vino?

Niego con la cabeza, el licor no va a ayudar a pasar el mal trago.

Tequila más bien es lo que yo estaría necesitando.

Traen la comida y juro que los ravioles me saben a paja seca, hago poco más que darles vueltas en mi plato hasta que Bruce para en seco el tren de mis pensamientos, poniendo junto a mi plato un sobre que quién sabe de dónde habrá sacado.

Aquí vamos.

—¿Qué es esto? —Lo sé, lo sé, claro que lo sé. Mi pregunta no tiene ni sentido.

Ábrelo —y el idiota se atreve a sonreír mientras me lo pide.

No me jodas, ¡no me jodas!

—Ábrelo, Alice —insiste.

Con manos temblorosas levanto la pequeña solapa amarilla y saco un manojo de papeles pulcramente organizados.

Ciertamente son documentos, algo del seguro y otras cosas legales, según entiendo relacionadas con su trabajo.

Es perfectamente entendible, la seguridad de los niños está primero. Siempre los hemos puesto por encima de todo, incluso de nosotros mismos.

Los lazos que hace años unimos en el altar comienzan a soltarse.

Sigo leyendo, hasta que veo mi nombre aparecer.

Acabo de renegociar mi contrato con la empresa —se explica—, el proyecto hotelero ha sido bueno para todos, esto también es tuyo, Alice. Tuyo y de mis hijos.

Las manos me tiemblan, esta vez, por una razón diferente. Bruce no tiene por qué hacer esto, de verdad que no.

—No tenías que hacerlo —y es cierto.

La mano de Bruce se acerca a la mía y al sentir su calor, algo se mueve dentro de mí, tanto, que tengo que cerrar los ojos. Esto es demasiado, no puedo, no puedo. No.

—Prometí que te daría el mundo.

Nunca lo necesité, Bruce —replico indignada y hasta enojada—, yo quería otra cosa.

Ese es el quid de todo esto.

Por eso estamos como estamos.

Intentando vivir cada quien por su lado. Sí, lo sé. Intentar es la palabra clave aquí.

Escucha, mi vida. —Al escucharlo llamarme así me dan ganas de soltarle un guantazo, él perdió ese derecho—, lo que tengo es tuyo, lo sabes.

Su mano busca de nuevo la mía, pero yo soy más rápida.

—El dinero no va a solucionar nuestros problemas —he levantado la voz más de lo que tenía pensado, pero es que la rabia se ha apoderado de mí, volvemos a lo mismo de siempre.

Y lo peor es que todavía no se ha dado cuenta.

Lo que quería era otra cosa.

Estoy a punto de vomitar lo poco que he comido. Sí, en todas direcciones como la niña del exorcista. Traigan el agua bendita, porque me estoy transformando.

Mejor aún, una camisa de fuerza y que alguien me meta en ella.

—Llévame a casa, Bruce —le pido, bueno, le exijo, levantándome de la mesa—. Llévame o me voy sola.

—Allie… escúchame… —ruega, aunque caballero como siempre, se ha levantado de la mesa, tratando de detener mis pasos.

¿Qué me vas a decir? —le suelto—, Tú tienes tus razones y yo tengo las mías.

—Dime lo que quieres que diga, lo que quieres que haga y sabes que lo cumpliré, pero dímelo, habla conmigo, mi amor.

Me lo quedo mirando, lista para soltarle unas cuantas. Y, sin embargo…

Estamos tan perdidos… tan lejos el uno del otro —reconozco—, hace mucho dejamos de buscar lo mismo, Bruce, eso es lo que nos separó. Tú querías un mueble más y yo anhelaba sentirme mujer.

Él se queda paralizado, casi sin respirar, como un boxeador al que le han dado un buen golpe, hasta que paso por su lado, buscando la salida.

¿Quién apagó el aire acondicionado? Muero de calor aquí.

Me estoy ahogando.

De reojo lo veo arrojar un par de billetes sobre la mesa y correr detrás de mí, poco me importa el espectáculo gratuito que le estamos ofreciendo a los demás comensales, todo lo que quiero es volver a mi casa, a la soledad de mi cuarto. A la cama que compartimos y que ahora está fría.

Tanto como lo estuvo desde hace ya bastante tiempo.

Es el sepulcro de nuestro amor y así tengo que vivir a diario, rodeada del mausoleo de nuestros sueños.

En la casa perfecta, sintiéndome más incompleta que nunca.

Más imperfecta que nunca.

—Alice —me llama, sus pasos han sido rápidos, está detrás de mí, su mano tomándome del brazo.

¿Qué es lo que quieres? —Le pregunto a gritos, haciendo un movimiento brusco, soltándome de su agarre.

A mi familia —murmura—, quiero a mi familia de vuelta.

—Puedes ver a los niños siempre que quieras, nunca te he negado eso, lo sabes.

—Eso no es suficiente.

Cómo si no lo supiera.

Es mucho lo que nos separa, ambos somos conscientes de ello y, si a todos nuestros problemas, le agregamos que ya él ha conseguido en brazos de quién consolarse, la distancia se hace gigante.

Infranqueable.

Dame una oportunidad —me pide—. Volvamos a empezar, mi amor.

—Es tarde, Bruce.

—¿Ya no me necesitas?

Nadie es indispensable, la gente se muere y la vida sigue.

El dolor por lo que le he dicho se hace evidente en sus ojos oscuros y también en los míos.

Es tangible.

—¿Vives mejor sin mí?

—Vivo —respondo, queriendo reconocer que existo, así sin más.

Todo se vuelve borroso, los sonidos a nuestro alrededor se han quedado enmudecidos por el latido de mi corazón roto, estoy a punto de desmoronarme aquí, en plena calle. El cuerpo me tiembla, ¿por qué tiene que ser así? Esto debería ser más sencillo, como quien corta el apéndice con un bisturí. Que alguien venga y me anestesie, quiero dejar de sentir, quiero que deje de dolerme.

Sé que te preguntarás por qué no acepto su propuesta, eso sería tan fácil, ¿verdad? Pero después, en unos cuantos días volveríamos a lo de siempre, seguiría desapareciendo como un fantasma entre el papel tapiz que adorna las paredes, entre el bullicio y las peleas de los niños. Entre el tiempo que tardo en hacer la comida y poner la ropa a lavar. Entre la rutina y la comodidad, entre querer y no poder.

Entre anhelar y jamás conseguir.

Prefiero estar sola y saberlo, que tener a alguien a mi lado y seguirme sumergiendo en ese vacío. No hay peor soledad que esa. Créanme, soy testigo de primera mano.

—Taxi —grito, llamando la atención del coche que justo va pasando por la calle.

Me subo tan rápido como puedo y pronto estoy camino a casa. Desmoronándome en el vinilo pegajoso del asiento trasero, ante la mirada lastimera del conductor.

Me quedo sentada largo rato en el columpio de madera que cuelga en el porche, intentando recomponerme. No quiero que mis hijos me vean así, ya los pobres están lidiando con bastantes cambios, pues a ninguno le ha sido fácil ver a su padre salir de esta casa. Bruce siempre ha sido un padre atento, devoto, amoroso. Pero aunque eso fuera un factor importante de nuestra relación, los faltantes eran tantos, que al final pesaron más las ausencias.

Los besos que no nos dimos.

Las caricias que nunca nos profesamos.

Todas esas cosas que nunca nos dijimos.

No sé qué clase de magia ha hecho Beth con los niños, pero al entrar, cada quien está en su cama, listo para dormirse. Al menos ellos no tendrán que ver el estado en el que me encuentro.

Camino por los largos pasillos, consumida por el silencio que los ensombrece todavía más, observando las fotos que cuelgan de las paredes como quien ve una película pasar. Como si fuera la vida de otra persona, todo parece tan distante, tan ajeno, tan lejano.

En una de mis favoritas, posamos todos sonrientes, sentados frente al árbol de magnolias que sembramos en el jardín cuando nos mudamos a vivir aquí hace unos ocho años. Para que la primavera siempre viva en nuestra casa, dijo Bruce y yo le creí.

La mujer en la imagen luce feliz, hasta radiante, ignorante de lo que está por venir, ciega ante el futuro.

¿A dónde se perdió?

Las luces de un coche iluminan la entrada, estoy más que segura de quién se trata, me abrazo, esperando que entre, acopiando las pocas fuerzas que me quedan, dispuesta a mantenerme en mis trece. Firme en mi decisión.

A lo lejos escucho a mi teléfono sonar una y otra vez, pero la puerta jamás se abre. Los minutos pasan, hasta que por las cortinas, veo al choche de Bruce alejarse.

Suspiro aliviada, él se ha ido. Se ha dado por vencido.

Tal vez sea hora de hacer lo que tantas veces me ha aconsejado Erin y buscarme un buen abogado, de poner algo de orden en el caos que gobierna mi vida.

Un paso a la vez… me digo.

Primero me queda una larga noche por delante.

Unas horas para que me entre en la cabeza, y en el corazón, que esto es lo mejor.

Porque tengo que encontrar la manera.

La manera de volver a ser yo.

De dejar de ser sustantivo y volver a ser el verbo.

El soy de mi propia vida.


✿✿✿


—Vamos, niños, dense prisa —los apuro a la mañana siguiente—, se hace tarde.

Es lo mismo todos los días. Noah nunca puede levantarse a tiempo, Aaron se tarda más tiempo de lo debido duchándose y Ava se reúsa a ponerse el uniforme, algunos días la falda no le gusta, otros son los zapatos, total, que siempre salimos corriendo, sorteando el tráfico y rogando a Dios que lleguemos antes de que suene la campana. Vivimos a las afueras de la ciudad, en una zona poco poblada, casi campestre. Eso nos permitió hacernos de una casa más grande y cómoda a un mejor precio. A decir verdad, compramos una propiedad en ruinas y la reformamos a nuestro modo.

Pero bueno, nada en esta vida es gratis, para ser puntuales, debemos salir siempre un poco más temprano.

Al encaminarnos, por la angosta carretera veo estacionado un camión de mudanza en la propiedad más cercana a la nuestra, hasta que vendieron la vieja casa de los Trubber. Espero que sean buenos vecinos, mentalmente me hago el recordatorio de hornear al menos una docena de bollos para darles la bienvenida a nuestra calle. Un artículo más a la ya de por sí larga lista del mercado.

Hoy es día de pasar por el banco, surtir la despensa y, por lo visto, también de jugar a la repostería.

Hora y media después, subo las escaleras que conducen a la terraza delantera, llevando una bolsa con la compra en cada mano, ansiando una buena taza de té y unas galletas de las que deben quedar en la cocina.

Suelto uno de los paquetes sobre el tapete de la entrada, dispuesta a cazar entre la locura de mi bolso de mano las llaves. Hasta que algo extraño me detiene en seco.

Un par de flores rojas que no logro reconocer, atadas con un cordel descansan sobre el tapete de entrada. Volteo para todos lados, buscando al perpetrador de la bromita. Todo se ve igual que siempre.

Exactamente igual.

Bueno, en un vecindario como este, no se presentan cambios a menudo.

Bonita broma te has gastado esta vez, Erin.

No puede ser otra persona la responsable. Y, sin embargo, en lugar de arrancarme una carcajada, otra vez ha conseguido dejarme al borde de las lágrimas.

CAPÍTULO CUATRO

—¿Tienes que estudiar este fin de semana? —Escuché a Bruce preguntarme desde el otro lado de la línea.

Como casi todas las noches de entre semana, cada quien se quedaba en su casa, ocupándose de sus deberes, eso sí, gran parte de esas horas las pasábamos pegados en el teléfono. Para disgusto de mi hermano, quien siempre estaba esperando que la chica de turno se comunicara con él.

—Sólo me resta terminar el trabajo de estadística —acepté. Habían pasado ya un par de meses desde aquella tarde en que Bruce se presentó sin avisar y desde entonces cada vez estábamos más envueltos el uno con el otro.

El cuento de hadas había comenzado.

Lo extrañaba como una loca, quería estar con él a todas horas y esas que no pasábamos juntos se me convertían en verdaderas eternidades. ¿Me vería como una adolescente si le pedía una de sus camisetas para dormir con ella?

Bruce era lo que siempre había querido para mí. Guapo, atento, responsable, cariñoso. Generoso, incluso con los pocos recursos que tenía disponibles, siempre se esmeraba en hacerme sentir especial. Única.

Yo tengo que entregar unos planos que me encargó el arquitecto Mercer, espero cobrar el lunes y con eso llegar a fin de mes —suspiró cansado y el corazón se me encogió ante la perspectiva de que los días pasaran y no nos pudiéramos ver.

Sí, sí, era una idiota. Estaba ilusionada. Cada minuto se me hacía un año, cada día una tortura. Un fin de semana entero me parecía igual que el purgatorio.

Sin saber qué decir, dejé escapar un suspiro. Rezando por que el calendario apurara su paso y las vacaciones por fin hicieran su aparición.

—¿Quieres venir a pasar el fin de semana conmigo? —Preguntó.

¿A tu casa? —Repliqué sorprendida y ante mi tono de voz él soltó una carcajada.

—¿A dónde más si no? —Contestó—. Quiero verte, estar contigo, tocarte.

—Puedes venir, si quieres.

Otra carcajada resonó en la línea.

¿Es que quieres que tu hermano cumpla con su amenaza?

Dios, Warren era una pesadilla. Más celoso que mi padre, quien mostraba mayor interés por la bebida que por mi seguridad, sin embargo, parecía haber entrenado bien a mi hermano. Creo que de alguna manera, Warren se había hecho con la tecnología capaz de detectar el momento preciso en que las manos de Bruce se colaban por debajo de la tela de mi blusa o el dobladillo de mi falda.

Eso sin contar las veces en que tocaba la puerta, amenazando con derribarla, si se daba cuenta de que nos quedábamos más de unos pocos minutos en la privacidad de mi habitación.

Eso, o secretamente nos estaba entrenando para las olimpiadas del calentón. Francamente, más de una vez estuve tentada a pedirle a Bruce que me llevara a un hotel, pero conociéndolo, se iba a negar rotundamente, era un caballero y yo me moría de ganas de que me perdiera un poco el respeto.

¿Qué? No iba a ser la primera ni la última chica en acostarse con el novio en un motel.

Sin embargo, la idea de irme a su casa sonaba mucho más tentadora, más especial, más íntima.

Perfecta.

—¿Y Warren? —Porque donde me viera salir de ahí maleta en mano, le iba a dar un infarto, me encerraría a piedra y lodo.

Rapunzel me iba a quedar en pañales.

—De tu hermano me hago cargo, no te preocupes.

¿Lo vas a mandar a secuestrar?

—Tranquila, Allie —susurró—, yo me encargo de tu hermano.

Mmmm… bueno, si él quería meterse en ese campo minado y arriesgar su propio pellejo, ¿quién era yo para impedírselo?

¿Qué tienes planeado?

—Esa es una sorpresa —anunció, sin dar mayores detalles.

—¿A qué hora quieres que llegue el sábado?

—Preciosa —contestó—, el viernes paso por ti a eso de las seis.

¿De viernes a domingo? —Pregunté asombrada—. ¿Me vas a aguantar tanto tiempo.

—Lo único que debería importarte es si voy a dejarte volver.

En ese momento deseé tener una amiga cercana a la que preguntarle qué hacer, mi experiencia en hombres se limitaba a un extendido desastre que terminó hace poco más de un año. Nunca había sentido eso, ese tirón, esas ganas de comerme el mundo a mordiscos —bueno, el mundo se limitaba al chico con el que soñaba todas las noches—. Unas ansias locas me recorrieron entera, ese desasosiego por llenar el espacio que nos separaba, por colmar ese ansiedad, esa hambre. Ese deseo que se hacía sentir cada vez con más fuerza.

Con más intensidad.

Con mayor magnitud.

Como el temblor que precede al gran terremoto, así era.

Ya estaba contando las horas para el fin de semana.

Porque cada vez que sus labios tocaban los míos, los míos querían fundirse con ellos. Porque cada vez que sus dedos buscaban debajo de mi ropa, la piel me ardía como quemada por el sol.

Sí, porque él se estaba convirtiendo en mi sol, en el centro de mi universo.

—Si quieres puedo preparar algo para cenar juntos el viernes —sugerí, después de todo, él tenía que estudiar y conocía de lo mucho que se esforzaba por solventar sus gastos.

Alice, no te estoy invitando a venir para que me alimentes —respondió, sonando hasta indignado—, tengo otros planes para ti.

Pero es que, Bruce… —repliqué ya sin muchas ganas, eso de los otros planes sonaba realmente incitante.

—Todo lo que quiero es que estés lista cuando pase a recogerte.

Sinvergüenza, se estaba burlando de todas las veces que había tenido que esperar a que terminara de arreglarme, porque como cualquier mujer, nunca encontraba qué ponerme o el par de zapatos perfecto. No es que tuviera mucho de dónde elegir, pero bueno, algunas veces ese era el gran problema.

—¿Te voy a ver antes del viernes?

Apenas era martes… los días se me iban a hacer eternos.

Te llamo mañana en la noche —dijo en lugar de darme una respuesta concreta, lo dicho, la semana se me iba a hacer infinita.

—¡Ya cuelguen ese teléfono! —Escucho gritar del otro lado de mi puerta—. Hay más gente viviendo en esta casa que necesita comunicarse con el resto del mundo.

—Ya escuchaste —refunfuñé.

Tranquila, preciosa, hablamos mañana —prometió, antes de desearme buenas noches y despedirse en medio de los gritos de Warren.

Inmediatamente comencé a hacer mentalmente una lista, tenía que pasar por el centro comercial de manera urgente.


✿✿✿


La historia siempre había sido mi clase favorita, pero aquella mañana de miércoles las palabras del maestro me parecían ruidos ininteligibles, balbuceo inentendible, un zumbido tan molesto como el de un panal de abejas. No estaba entendiendo nada, porque no podía sacarme de la cabeza a Bruce y sus promesas.

El proyecto sobre el rol de la mujer en política estadounidense del siglo XX es para dentro de dos semanas —anunció el profesor Meyer—, recuerden que vale veinte puntos. Ahora voy a anunciar a sus respectivos compañeros.

Uno por uno fue llamando nuestros apellidos, hasta que fue mi turno.

—Doyle, a ti te toca trabajar con Tacker. —Volteé a buscar por todo el salón a mi compañero, hasta que un chico rubio de bastante buen ver levantó su mano haciéndome señas.

El maestro nos dio unos diez minutos antes de terminar la clase para ponernos de acuerdo sobre el trabajo que teníamos pendiente, que resultó ser bastante extenso, pues no sólo debíamos investigar sobre la lucha por alcanzar el derecho a votar, sino también los cambios que fueron promovidos por todas aquellas pioneras.

¿Te parece si nos reunimos entre lunes y martes en tu casa para comenzar con esto? —Preguntó Cody tocando levemente mi brazo.

—Mejor en la biblioteca —sugerí—, los lunes tengo clases toda la tarde y me es mejor trabajar desde aquí, además, si necesitamos material extra de consulta estaremos en el mejor lugar.

Él se acercó un poco más y, en respuesta, retrocedí unos centímetros.

—Hola, preciosa —susurró, acariciando mi cuello con sus labios.

¡Bruce! —Lo saludé en voz alta, la sorpresa había sido grande.

Tomando mi cuello entre sus manos, me dio un beso de esos que te hacen olvidar que existe un mundo a tu alrededor, dejándome mareadita.

Sabía por qué lo estaba haciendo, claro que sí.

Pensé que no te iba a ver —le dije haciendo un puchero, mientras él no le quitaba el ojo de encima a mi compañero de clases—. Cody, este es mi novio, Bruce Leighton.

Se dieron la mano a regañadientes, vi en la fiera expresión de Bruce que estaba marcando su territorio.

Claramente incómodo, Cody se despidió después de unas cuantas palabras más.

Eres un bruto —lo reprendí—, no había ninguna necesidad de todo ese show de macho cavernícola.

—Por joder que no —espetó—, el imbécil ese te estaba comiendo con los ojos.

¿Y eso qué? Puede mirar todo lo que quiera, mientras de ahí no pase, Bruce, es mi compañero de clase y tenemos un trabajo que entregar juntos.

—Pues me dices cuándo y en dónde y ahí voy a estar.

—Qué y luego me vas a orinar alrededor para que todos sepan que soy tuya.

—Sólo si tú quieres —se rió, con la malicia brillándole en los ojos.

—Claro que no quiero —respondí—, ya cálmate, Hulk, no te me vayas a poner verde aquí.

—Ese tipo te vuelve a poner una mano encima y entonces va a saber quién soy yo.

—La próxima vez mejor márcame la frente —agregué poniendo los ojos en blanco.

No me des ideas, Alice —concluyó antes de darme un beso en el cuello, esos que tanto le gustaban. Y a mí también—, no me des ideas.

—De verdad pensé que te iba a ver hasta el viernes —comenté cambiando el tema a uno más agradable, a pesar de su pequeña demostración estaba dichosa de verle.

—Creo que tienes en muy alta estima a mi resistencia.

Sus brazos rodearon mi cuerpo y yo me dejé envolver por su aroma a fresco, a limpio.

A mi lugar en el mundo.

Tomados de la mano, salimos del edificio, con dirección al estacionamiento. Bruce había sugerido que fuéramos por unos emparedados a un local que estaba a unos cuantos kilómetros del campus, acepté encantada. Él tenía tiempo entre clases y yo estaba dispuesta a entregarle mi vida entera.

Caminando con nuestros dedos entrelazados me sentía como una celebridad, la persona más importante del mundo, una emperatriz. Bruce siempre me contestaba que era él quien se sentía un cabrón con suerte.

El rey de la selva. Sus palabras, no las mías.

Por fortuna, el jueves pasó bastante rápido, pues me entretuve adelantando algo del trabajo de historia, había dedicado buena parte de mi tiempo libre a pedir libros en la biblioteca, otro tanto a hacer resúmenes, puede que estuviera todavía llevando materias generales, pero eso no significaba que no diera lo mejor de mí para sacar buenas notas. Otra cosa a la que dediqué un largo rato fue a hacer una parada en el centro comercial. Mi presupuesto no era mucho, pero buscando entre los aparadores había encontrado un par de cosillas bastante interesantes.


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