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El anticuento



Óscar Rodrigo



Copyright © 2017 Óscar Rodrigo

Todos los derechos reservados

Portada: Ismael Marqués (ismagina@gmail.com)

Editado por Letra minúscula




ÍNDICE




CAPÍTULO 1 La llamada

CAPÍTULO 2 La reunión

CAPÍTULO 3 Hamlin

CAPÍTULO 4 Investigación en Hamlin

CAPÍTULO 5 El Odiseo Danny

CAPÍTULO 6 El descubrimiento de Caperu

CAPÍTULO 7 La visita a una vieja conocida

CAPÍTULO 8 El rapto

CAPÍTULO 9 El descubrimiento

CAPÍTULO 10 El rescate

CAPÍTULO 11 La huida

CAPÍTULO 12 La recepción

EPÍLOGO

AGRADECIMIENTOS

GRACIAS POR TU COMENTARIO




CAPÍTULO 1

La llamada




En algún lugar de Chinatown, New York City. 9:30 AM.

NEW YORK TIMES, 4 nov. 2018. «En la noche de ayer, 3 de noviembre, desaparecieron 150 niños de la localidad de Hamlin, Condado de Monroe, NY. Nadie sabe el motivo de la misteriosa desaparición de absolutamente todos los infantes menores de 5 años. Se sospecha de la intervención de alguna sociedad criminal que lleva a cabo el rapto de menores para no se sabe todavía qué fines. La policía del condado, junto a un equipo de investigación de la ciudad de Nueva York, está llevando a cabo tan misterioso e inquietante suceso.»

Blanca apuraba su café macchiato en la cafetería de moda mientras tiraba a la basura el ejemplar del New York Times negando con la cabeza una y otra vez. No se lo podía creer, después de tanto tiempo iba a tener que reunirse de nuevo con «la pandilla», como ella llamaba al resto de los muchachos.

La sensación de alarma era inequívoca. Una fuerte migraña en la sien izquierda iba a acabar con ella. Antes de asistir al lugar estipulado para «la reunión» tenía que hacer unas cuantas cosas.

Tiró el aguado macchiato a la papelera y se encaminó al laboratorio.

Abrió las puertas del enorme semisótano como si fuera la reina del lugar… bueno, en realidad lo era. Todos giraron sus miradas hacia ella: cabello negro cortado a lo garçon, ojos verdes enormes y andar seguro y duro. Camisa rojo sangre y pantalón negro, con largos tacones, como a ella le gustaba. Volvieron sus ojos de nuevo a los juegos de probetas, recipientes con distintos alcaloides, ácido sulfúrico, etc…

―Hola chicos. ¿Qué? ¿Cómo va la primera lechada, Angie? ―se interesó Blanca.

Bueno, va todo según lo previsto. En dos días la podremos colocar en el mercado. Tenemos mejor equipo que el año pasado. Menudo desastre con Ling Pao. Casi hace que nos metan en la cárcel a todos.

―¡Chssssh, pero qué dices, loca! ¡Quieres bajar la voz, se van a asustar! Y con lo que cuesta encontrar un buen equipo. ¡Augh!

¿Qué te ocurre? ¿Te encuentras bien? Estás pálida.

―No, es solo la migraña, que esta vez me está dando duro. Hacía siglos que no la sentía así ―explicó Blanca.

Tómate dos días libres. Esto lo tenemos bajo control. Sabes que hasta el fin de producción en dos días no tienes mucho que hacer aquí y… ¡qué diablos, eres la jefa! Anda, yo me ocuparé mientras tanto. Pero métete en camita y te recuperas. ¡Eh! ¡Nada de pendonear en el casino! ¡Qué te conozco! ―decía Angie como regañando a una hermana pequeña agitando su dedo índice ante la cara de Blanca.

―Vale, valeee… supongo que tienes razón. Me tomaré esos dos días de aburrido descanso en camita ―se quejó mirando al suelo la jefa.

El truco había surgido efecto. Mezclar algo de verdad para salirse con la suya, omitiendo sus verdaderas intenciones. Era cierto que tenía migraña, pero para nada necesitaba descanso. Simplemente tomaría esos dos días para viajar a aquella casa en Woodstock, norte de Nueva York, para asistir a la convocatoria del grupo. No tuvo que dar más explicaciones. Además, como había dicho su amiga del alma, Angie: «¡Qué diablos, soy la jefa!».

A apenas una milla de distancia, en el mismo Manhattan, se encontraba la jefatura de policía número 17. Y en ella el inspector Danny Yeo. Neoyorkino asiático de 34 años, bien plantado, fibroso y expresivo. Su abuela siempre le decía que debía haber sido actor, que era más guapo que ese Keanu Reeves.

―A ver si lo entiendo, Mike. ¿Me voy a ocupar de la investigación de la desaparición de los niños de Hamlin de hace dos días?

Sí, Danny. Y no hace falta que te diga que este puede ser el paso definitivo para promocionarte.

―¡Pero si dos días no dan si quiera para abrir una investigación! Algo muy gordo se cuece aquí y no me lo quieres contar.

Órdenes de arriba. No es cosa mía, niño ―le soltó el orondo jefe de policía Mike O’Really. Un pelirrojo con cara de bonachón amante de la cerveza negra, pero que dominaba ese lado de la isla con puño de acero. Tenía como «apadrinado» al bueno de Danny… con sus pros y sus contras para el más joven de los dos.

―En fin, no creo que me vayas a dar mucha más información. ¿Este es el informe? ―preguntó Danny recogiendo un archivo de la mesa―. ¿Quién es el primer contacto en ese idílico pueblo del interior?

Ahí lo tienes todo, pájaro. Anda, no seas vago y léetelo esta vez en lugar de campar a tus anchas por el pueblo como un turista despistado.

―¡Vale, tío, vale! Ya me voy. Suerte con tus Celtics. Lo tienen jodido esta noche contra San Antonio ―dijo Danny guiñándole un ojo.

―Vete de aquí de una vez ―así lo hizo Danny sonriendo al irlandés.

Lo primero que hizo Danny al entrar a su estupendo loft recién heredado fue deshacerse de su Smith and Wesson 44 Remington, descalzarse las Nike de tenis y calzarse una cerveza Guiness tostada… Mike le había aficionado a aquello. «Pocas cosas eran más extravagantes que ver a un asiático beber la cerveza negra por excelencia de Irlanda». Le solía decir Mike. Abrió el informe al azar:

«Pueblo de Hamlin en el Condado de Monroe, Nueva York». Decía el papel. «150 niños desaparecidos con edades comprendidas entre los cinco y un año de edad. No hay pistas del autor del secuestro masivo. Se sospecha de una organización internacional de trata de blancas». ¿Trata de blancas secuestrando prácticamente bebes? Eso no hay quien se lo crea. Nadie había pedido rescate... bla, bla, bla… Estaban más perdidos que Justin Bieber en una plantación de marihuana.

Ese caso no era coser y cantar. Había algo más detrás. Su instinto de poli le advertía, pero no alcanzaba a vislumbrar una respuesta. A la mañana siguiente se pondría en marcha hacia la localidad.

A algo más de cien millas de distancia, en Woodstock, se encontraba la joven Sara, que preparaba la cabaña para los invitados especiales que estaban por llegar al día siguiente. De repente se golpeó el dedo gordo del pie contra la pata de la cama que estaba preparando…

¡Ay, joder, me cagüen la puta de oros, la madre que la parió! ―decía a voz en grito la chavala. El gato Flynn miraba hastiado aquella manera de gritar de su ama.

Al mismo tiempo, en el Venetian Resort Hotel de Las Vegas:

―Vamos, preciosa. Uno solo. ¿Qué te cuesta? No lo entiendo, puedes hacer todas esas cosas, pero un besito en la boca te parece excesivo. No hay quien te entienda chica. Pero estás tan rica que pagaré el precio gustosamente ―dijo el cliente a la prostituta de lujo.

Señor Tanner, ya se lo dije hace dos horas, antes de la cena. Nada de besos en el servicio contratado.

¡Hay que joderse! Hablas como una comercial de una empresa internacional y eres una simple pu… ―No llegó a terminar la frase, la señorita Rojas le soltó un guantazo que le hizo cerrar la boca todo sorprendido.

―Ahora pórtese como un caballero y sírvame una copa.

El señor Tanner, cincuentón oriundo de Dallas aunque residente en Manhattan, en viaje de negocios no lo dudó y obedeció como un niño bueno alcanzándole una copa de champán a la joven rubia. Cualquiera diría que le iba el papel de sumiso con Caperu.

―Aggh… no, ¡por Dios! ―se quejó Caperu.

―¿Qué ocurre chica? ¿Te encuentras bien? ―se interesó el tejano.

No… ¡augh! ―la sensual Caperu empezaba a atar cabos. Aquella migraña tan fuerte hacía años que no la sentía y solo podía significar una cosa: había que reunirse con «el grupo» por algo urgente que había pasado.

―Oye, por cierto, ¿qué tipo de nombre es Caperu?

Rumano ―dijo ella recogiendo su bolso y sujetándose la cabeza con la otra mano.

―¿Pero dónde te crees que vas, tía? ¿Y yo qué?

―Tome su dinero, tengo que irme. Es urgente.

¿Pero qué te has creído? ¡Esto no funciona así! Nadie rechaza de esa manera a Tadeus Tanner ―aseguró el tipo agarrando fuertemente a Caperu por el antebrazo.

―¡Suélteme, está loco! Se lo advierto ―soltó el bombón.

―¿O si no qu...? ―apenas había terminado la frase Caperu le propinó un puñetazo que hizo volar literalmente por los aires a Tanner hasta estamparse ruidosamente contra la alfombra, inconsciente.

La señorita Rojas salió resueltamente por la puerta del hotel hacia su apartamento para preparar un pequeño equipaje y viajar al encuentro del grupo en la cabaña de Woodstock, Nueva York.

En la misma ciudad de Nueva York, en una oficina de seguros de Lexington, la manager recibía una llamada desde algún lugar al norte del estado.

¿Cómo va todo? Veo que lo volviste a hacer. Después de tanto tiempo. Eso tiene su mérito ―reconoció a su interlocutor, la señora Witch.

―Gracias. Aún mantengo mi encanto, por lo que parece ―le contestó un señor a la mujer.

Siempre tan serio y reservado. ¿Sabes que ninguno de los chicos te ha podido seguir la pista ni de cerca en todos estos años? Es increíble.

―Si, Bana. No parece que tengan muchas luces. A parte de mi talento, claro está.

Menos lobos, señor Duhamel. Pero reconozco que se necesitan arrestos para perpetrar la misma fechoría de 1284, y además en un lugar que lleva el mismo nombre, en pleno siglo XXI. A parte de tener al grupo bastante cerca de ti ―reconoció Bana Witch.

Si bueno, basta de halagos. Yo no vivo de eso. Y nada de nombres por teléfono. En esta jodida ciudad nunca sabe uno quien está escuchando. Hablamos otro día.

Muy bien Piper, cuídate y… dale un beso a los niños de mi parte... ja, ja, ja…, a todos… Yo mientras tanto me pondré en contacto con Wolff.

Piper Duhamel colgó el teléfono con ganas de estampárselo a aquella bruja en la cara. Ella había dado su nombre completo en apenas cinco minutos al teléfono. Y para colmo iba a llamar a aquel vejestorio acabado y enfermo, Wolff. ¡En qué les iba a ayudar aquel despojo! En 757 años no había visto un tipo más calamitoso que aquel.

En ese instante, en algún lugar del Bronx.

En plena lluvia, un señor pasada ya la cincuentena, se protegía torpemente del tiempo bajo su gabardina con olor a Jack Daniels mientras contaba el dinero de una billetera sustraída cuchillo en mano. A la antigua usanza. A Andrew Wolff le gustaba fantasear con que era un caballero con clase, con su largo mostacho prusiano, como lo eran las personas en su época de juventud. Ya nada era igual. Hasta una chica de apenas 18 años le soltó un guantazo mientras Andrew trataba de arrebatarle el iPhone, lanzándole toda clase de improperios que había dejado paralizado al maduro maleante a la vez que ella recuperaba su «manzanita electrónica mordisqueada». El honorable oficio de atracador de caminos ya no es lo que era. El mundo se había transformado en una parodia de una parodia de una parodia de lo que él había vivido en sus años mozos… Pero claro, de eso había pasado mucho tiempo. Ya ni siquiera destrozaba el cuello a sus víctimas a bocados. Él mismo era un esperpento de lo que fue. Pero aquella fuerte migraña que lo había hecho tambalearse mientras contaba el dinero le hizo recuperar esperanzas sobre volver a ser el mismo que fue. El grupo estaba reunido, no cabía duda.




CAPÍTULO 2

La reunión




Aquella lluvia no era normal… a Danny le pareció como un presagio terrible de lo que estaba por acontecer. Así lo habría pensado su querida abuela. No se quitaba de la cabeza el caso asignado. Como era costumbre estaba empezando a obsesionarse, lo cual hacía despertar sus sentidos de sabueso por encima de lo que sus colegas estimaban como una «intuición normal» de investigador. Demasiados niños desaparecidos de un mismo entorno al mismo tiempo. En aquello había algo inusual. Algo fuera de todo conocimiento humano que casi nadie podía llegar a concebir. Aquel secuestro masivo estaba fuera de lo humanamente posible. ¡Y sin testigos! Un escalofrío le recorrió el cuerpo. El cosquilleo había comenzado… estaba emocionalmente inmerso… algo nada recomendable para un investigador.

¡Flshhh, taxi! ―silbó Danny. Allí le aguardaba el conductor de Uber. No le apetecía conducir cinco horas hasta llegar a aquella localidad de Hamlin, y menos con ese temporal. Una vez allí alquilaría un vehículo.

―Señor Yeo, ¿verdad? Adelante, suba.

―Sí, gracias. Disculpe, ¿no va a abrir el maletero para que ponga mi equipaje ahí? ―preguntó Danny.

―Verá, aparte de que hace un frío que pela y la lluvia, tengo un gripazo tremendo. ¿No querrá que conduzca enfermo durante cinco horas verdad? Podría ponerle en peligro ―dijo el señor Advocaat guiñando un ojo. Esto hizo entender a Danny que aquel sinvergüenza no iba a mover un dedo. El inspector se bajó del Toyota Camry y guardó su maleta empapándose hasta las trancas.

―Gracias, muchas gracias por preocuparse por mi seguridad señor… ―dijo Danny no sin cierto sarcasmo.

―Advocaat, Cat Advocaat. Para servirle a Dios y a usted ―dijo el chófer sonriendo y mostrando un colmillo de oro más largo de lo habitual.

A Danny le chocó que aquel tipo se llamase «CAT». En verdad tenía una cara gatuna. Con aquel bigotillo alargado. Casi podía escucharlo ronronear frente al volante.

―Bonitas botas por cierto… ¿Es serpiente? ―quiso saber Danny.

Cocodrilo, señor mío. Gracias. Las tengo desde hace mucho, forman parte de mí. ¡Aughhmmiauu!

¡Qué coj...! ¿Está usted bien? ―preguntó Danny. El coche había dado un bandazo a la derecha bruscamente, pero Cat había recuperado el rumbo. ¿Aquel tipo había maullado? Danny no estaba seguro. El conductor se estaba sujetando la sien izquierda.

¡Augh! Esto… sí, sí... no se preocupe, es una fuerte migraña. Hacía tiempo que no me ocurría ―dijo el taxista de origen holandés con ojos desorbitados. Algo pasaba por su cabeza…

Un par de horas después pararon el coche en un dinner de carretera a reponer fuerzas. Danny tomó asiento mientras Cat volvía del baño. Ciertamente que era todo un personaje aquel taxista de Uber. Muy bajito, camisa verde como de seda, un chalequito, una gorra con visera, bigotito rubio igual que él, entrado en los cuarenta, vaqueros y unas botas demasiado altas para un tipo tan pequeño. Pareciera que se las había robado a alguien y no eran de su talla. Y un mondadientes del que no se separaba en ningún momento.

―¿Qué… qué desea tomar señor Advocaat?

―Llámeme Cat si le parece. Es un viaje muy largo. Esto... leche fría, sin azúcar ni café ni nada más ―pidió Cat sacándose el palillo de la boca.

―Muy… muy bien. Con que leche... ok.

En Woodstock comenzaban a llegar los primeros invitados.

―¡Hola Sara! ¿Cómo te va? –dijeron los tres sujetos que llegaron.

¡Hola chicos! ¿Cuánto tiempo ha pasado, dos, tres años? ―preguntó Sara Punzel. Eran tres tipos trajeados con suits de calidad, bastante parecidos entre sí pues eran hermanos, regordetes y con las mejillas sonrosadas, signo del buen yantar al que estaban habituados. Rondaban la treintena. Tino, Pino y Nino.

Yo diría que más de un siglo. La última vez sí que fue por algo gordo. Caray Sara, nunca me cansaré de admirar esa maravillosa cabellera que Dios te ha dado. ¡Es impresionante! ¿Tienes idea de qué ha sido en esta ocasión lo que ha ocasionado la llamada? ―dijo el más bajito de los tres tipos.

Apenas he tenido un momento para hablar con Blanca o Isabella. Parece que la primera tiene alguna pista. Nos lo contará cuando estemos todos reunidos esta noche.

Otro invitado salió del Range Rover que acababa de aparcar y se dirigió al pequeño grupo que aguardaba en el porche. Era alto... no, alto no… grande, muy grande. Pelo rubio, mandíbula poderosa, unas espaldas como una cancha de frontón, en fin, un aspecto de jugador profesional de rugby que daba miedo.

¡Buenas tardes a todos! ¿Cuánto tiempo? Qué guapa estás Sara. Y vosotros, los trillizos, estáis igual. Bueno, ya sabéis a lo que me refiero… Dentro de lo que cabe. Estáis un poco difuminados. Claro –Sara le dio un codazo sin disimular al grandullón Hank Hunter.

―¡Quieres tener más cuidado con esos comentarios! ―le susurró la latina morena―. ¡Puedes herir susceptibilidades! Ya sabemos que estamos todos un poco más borrosos que de costumbre…

Dinos Sara, ¿ya tienen al «gancho»? ―quiso saber Nino.

―Creo que está en camino, pero aún no sabe nada de todo esto ―admitió la señorita Punzel.

Poco a poco todo el elenco de invitados se fue internando en la casa intercambiando saludos, algunos animados, otros no tanto. Estaba claro que se hallaban allí por una razón de urgencia.

A pocas millas de allí, cerca de la localidad de Woodbury.

¡Oye, Cat! ¿Por qué vamos por aquí? ¡Esta es la 87! Nos desviamos hacia el Este ―se alarmó Danny.

Oh, ¿en serio? Oh Dios mío, disculpa Dan, en cuanto vea un desvío nos metemos de nuevo en la interestatal.

―Ufff… ―se desesperó el inspector.

Aquella lluvia no tenía visos de dar tregua. Pero Danny comenzaba a dudar de que hubiese sido tan buena idea contratar los servicios del señor Advocaat, parecía un poco despistado y estrambótico. De pronto Cat disminuía la velocidad y guiñaba mucho los ojos, como si quisiese fijar la vista en el lado derecho de la cuneta.

―No… no, no puede ser. ¡Qué coño hace esta aquí! ―dijo atónito Cat. Y comenzó a acelerar como un animal.

¿Qué ocurre? ¿Quién es…? ―apenas acabó la frase. En el arcén se vislumbraba vagamente una figura espigada y alta… muy alta, con un atuendo más oscuro que la más negra noche. Danny no pudo asimilar que tipo de vestimenta era, o siquiera si era una mujer o un hombre. Pero en cualquier caso daba escalofríos. Al pasar junto a la figura el inspector Yeo pudo más intuir que ver como la figura se agachaba y observaba al asustado policía a los ojos.

Era una mujer madura pero esplendida en belleza, de rasgos afilados. Lo que llamaba la atención era su rostro… era pálido como la leche. Por un segundo Danny pensó que se trataba de una albina. Al rato, Cat aminoró la marcha, ya más relajado y mirando profundamente por el retrovisor interior a su cliente. Estudiándolo.

―¿Qué… qué ha sido eso? ―Danny no se explicaba quién podría estar en plena noche con lluvia torrencial al lado de la carretera en medio de la nada. Era una imagen fantasmagórica. Comenzó a creer en los relatos de la chica de la curva.

En una fracción de segundo al lado de Danny se hizo corpórea la mujer que habían visto afuera un minuto antes. Ambos comenzaron a gritar presos del pánico. Ella no estaba siquiera mojada. De pronto la mujer levantó su mano y ofreció la manzana más roja que Danny había visto en su vida. A punto estuvo de cogerla. Estaba como hipnotizado por la fruta, no podía apartar la vista de ella. Al mismo tiempo la mujer sacaba una afiladísima daga plateada con mango curvo de marfil muy despacio. Cat abrió mucho los ojos y dio un frenazo salvaje al coche. Entonces Danny se golpeó en el reposacabezas delantero y despertó de aquella ensoñación recobrando el sentido y sacando su pistola fugazmente entre él y la pasajera inesperada.

¿Quién es esta ricura, Cat? ¿De dónde lo habéis sacado? Me gusta ―dijo la señora observando al chico de arriba abajo como quien inspecciona una cabeza de ganado.

¡Tantos siglos y sigues tan putón como siempre, Mad! ―dijo el lenguaraz Cat.

¿Por qué no te compras un bosque y te pierdes, gatito? Me exasperas, y eso no es bueno para mi cutis. Mira lo difuminada que estoy ―se quejó Mad apesadumbrada.

Danny no sabía qué hacer, era una situación anómala. Cuando se decidió a apuntar en la frente a la mujer esta le arrebató la Smith & Weeson en un movimiento inhumanamente rápido. Yeo no lo vio venir. Al instante tenía la daga en la garganta con un pequeño corte del que brotaba un hilillo de sangre fresca. Mad separó la hoja del cuello y lamió el cuchillo con una sensualidad que dejó obnubilado al joven pasajero.

―Mad, ni se te ocurra. Déjalo estar. No tiene nada que ver con vosotros ―amenazó Cat.

―¡Oh, no me digas! ¿Pero con vosotros sí? Yo no me llevo por los hombres que me quieren imponer reglas, deberías saberlo, lindo gatito.

En ese momento el señor Advocaat sacó su mano derecha del volante y arañó la cara de aquel ser con una fuerza que Danny no esperaba de un hombrecito como aquel. Mad gritó y levantó el cuchillo hacia el conductor. Entonces Danny, haciendo acto de valor, se repuso y recuperó su arma descerrajando cinco tiros sobre el rostro lechoso de aquella mujer con aspecto de modelo madura. Cat ya había puesto en marcha el Toyota negro y con el impulso se abrió la puerta donde estaba apoyada Mad, que estaba toda ensangrentada. Danny sacó su pierna y le dio una fuerte patada a la mujer para expulsarla del coche. Ella cayó semiinconsciente en la carretera mojada bajo la lluvia, rodando violentamente. El coche se alejó más lento de lo que le hubiese gustado al inspector. Volvió su mirada a Cat. El policía estaba sudando. Cuando volvió su mirada hacia el cuerpo de Mad en la carretera la mujer había desaparecido. Danny empezó a negar lentamente con los ojos desorbitados tratando de respirar con normalidad, cosa imposible por la excitación del momento. Se alejaron de allí en un silencio nada reconfortante…

Mientras tanto, en la cabaña de Woodstock.

―Bueno, ¿ya estamos todos? ―preguntó Sara al grupo en el salón.

―Falta quien ya sabes. El tardón de turno con el paquete especial ―contestó Hunter haciéndose eco del sentir general.

―¡Oh, por Dios! ¡Ese maldito Cat con sus estrafalarias botas de cocodrilo! ―añadió Caperu.

―Y los mejicanos, ¿dónde andan? ―preguntó Sara.

¡Aquí estamos, órale! ―dijo Gedeón, uno de los siete mejicanitos que entraba el primero a la vivienda―. ¡Hola Blanca! ¡Cuánto tiempo! ¿Qué es de tu vida? ¿Has traído algo de material?

¡Ay que joderse! No, no traigo nada para vosotros. ¿Qué, cómo os va?― Preguntó Blanca.

Vamos tirando, wey. Ya sabes, echo de menos los viejos tiempos en los que vivías con nosotros en aquel lindo bosque de Europa Central ―contestó Pepón.

Eso eran otros tiempos y otro cuento, amiguitos. Ya ninguno somos lo que éramos. Fíjate en Hunter, está más difuminado que un chupachup en la boca de un niño de ocho años ―contestó Blanca―. Ahora soy una mujer de negocios tratando de salir adelante en un mercado de hombres… generalmente gilipollas. Eso me ha hecho tener una buena posición en el siempre inestable negocio de la cocaína.

―Muy apropiado chamaquita, lo de llamarte Blanca Snow y dedicarte al perico. Mira que hacerle la competencia al Chapo un personaje como tú, que comenzó siendo una niña inocente engañada por su madrastra y conviviendo con siete mejicanitos adorables en aquella cabaña del bosque… ―contestó Miguelito.

¿Adorables, dices? Ese que tienes a tu izquierda, Ramírez, no paraba de espiarme mientras me duchaba. Sois una panda de obsesos sexuales. Más me hubiera valido quedarme en el castillo con aquella cabronaza de madrastra.

¡Para el carro, Blanquita! Nos estás ofendiendo al llamarnos «panda», ja, ja, ja, ja, ja ―dijo el gordito Pepón soltando una carcajada y golpeando con el codo a Ramírez.

¡Iros a tomar viento, enanos del diablo! ―dijo harta Blanca.

A pocos minutos de allí un taxi de Uber se acercaba a su destino real.

―Cat, ¿de qué va todo esto? ¿No vamos a Hamlin, verdad? ¿Me estás secuestrando? ―quiso saber Danny.

―Estooo… no, nada de eso, jefe. Sí que vamos a Hamlin, pero antes tengo que pasar por casa de mi abuelita a recoger una cestita ―aseguró Cat que miraba desconfiado por el espejo interior y ajustándose la gorrita.

―¡Pero qué dices, majadero! Vuelve a la interestatal. No sé qué está pasando aquí pero más te vale hacerme caso ―sugirió Danny que apuntaba con su pistola el reposacabezas del conductor.

―Hemos llegado. Entremos ―dijo Cat secamente haciendo caso omiso del arma.

―¡Qué, cómo, qué! ―el joven inspector no sabía cómo reaccionar.

―Mira a la maciza de la cabaña vecina. ¿No es una ricura? Es un poco gordita, pero por Dios que esa Tallulah me trae loco… ―admitió Cat saludando a la chica, la cual le correspondió con un ademán de la mano.

Fuera de la vivienda el parking estaba repleto de coches y se adivinaba un ajetreo de gente dentro. Ambos entraron. Danny, sin soltar la empuñadura de su arma, sentía curiosidad por saber de qué se trataba todo aquello. Cat lo miraba con una media sonrisa.

―¡Hombre, por fin! ¡Ya llegasteis! Su chaqueta, señor Yeo. Tome asiento. Tranquilo somos los buenos ―le aclaró Sara.

Qué consuelo que me secuestren «los buenos» ―ironizó Danny―. ¡Tienen idea de lo que supone hacer eso a un agente de la ley!

Ja, ja, ja… Cálmate pipiolo, aquí nadie está obligado a quedarse. Puedes levantarte y marcharte cuando quieras ―le sugirió un joven de tez color caoba y un sombrero tirolés ridículo.

¡Qué! Oiga… ¿Le pasa algo a su… ehem..., nariz? ―quiso saber Danny sin ser muy consciente de lo que estaba preguntando. El rostro de aquel tipo con esa piel color madera empezaba a cambiar ligeramente. Cualquiera diría que su nariz era cuatro centímetros más larga.

―¿Pero tú… quién eres, el jodido Pinocho? ―dijo sin mucho tacto el policía. El jovencito se fue llorando escaleras arriba y cerró de un portazo una de las habitaciones donde se había refugiado.

―Tendrá que disculpar al señor Ochoa, es muy sensible a las criticas… digamos… ehem… hacia su problema de rinoplastia, ¡oink! ―le quiso aclarar Nino, uno de los tres mellizos.

―Perdone a mi hermano, es un tic que tiene, ¡oink! ―se disculpó a su vez Tino.

No les haga caso, Danny. Están borrachos. Hemos bebido un buen rato mientras les esperábamos... ¡oink! ―concluyó Pino, que se cubría la boca con las dos regordetas manos.

―¿Pero qué es esto, un circo de chiflados? ―quiere alguien explicarme qué hago aquí, ¿Cat? ―Danny estaba cerca de perder los nervios. Su entrenamiento de relajación zen no le servía. Aquello era demasiado.

―Tendrá que perdonar nuestros modales, señor Yeo. Como anfitriona le explicaré poco a poco por qué está aquí ―le informó Sara.

Danny estaba hipnotizado por aquel cabello largo y sedoso con movimientos tan antinaturales. Parecía que aquella melena tenía vida propia.

¡Me cagüen la puta de oros, la leche puta, cabrones, queréis traerle un café de una jodida vez! ―concluyó Sara.

Danny estaba literalmente paralizado. Aquella encantadora latina de pelo espectacular se había transformado en una vulgar chica barriobajera. Era desconcertante.

Tranquilo guapito, esa es Sara Punzel. No te asustes. Tiene el síndrome de Tourette ―le informó Caperu, encendiéndose un pitillo―. No es nada personal. Y deja de sobar la pistola, la vas a desgastar… Aquí no te sirve.

―¡Qué! ―pronunció por enésima vez Danny.

¡Oye, deja de decir «qué», cojones! Pareces una gallina ―sugirió Cat―. Explicarle de una vez, si no le va a dar un ataque aquí mismo.

―Está bien, haré los honores ―sugirió una pelirroja con unas ojeras importantes.

¡Pum! La flaquita muchacha con pinta de campesina sentada frente a Danny cayó fulminada dándose un fuerte golpe con la mesa. Quedó dormida profundamente en mitad de la conversación.

―¡Pero qué coj…! ―apenas llegó a balbucear el poli neoyorkino.

Vale, ya está bien. Menudo espectáculo estamos dando ―dijo Blanca―. Haré las presentaciones. Pero antes le trasladaré, en nombre del grupo, lo que pasa aquí a grandes rasgos. No tenemos mucho tiempo. Señor mío, usted está aquí para ayudarnos a resolver el caso de los chicos desaparecidos en Hamlin. Disponemos de información privilegiada y podemos resolverlo y atrapar al que creemos que es el captor. Pero necesitamos su ayuda y puesto que está usted aquí de manera oficial para resolver este desagradable suceso nos viene de perlas. Además, es nuestro modus operandi desde que existimos.

¿Desde que existen? Se refiere a «desde que nacieron», supongo ―le corrigió Danny.

Supone mal. «Desde que existimos» ―dijo la sensual Caperu.

―¡Hijo de la chingada, no es muy listo! ¿Y este chamaquito nos va a ayudar a resolver el caso? Estamos chingados wey! ―sugirió a su manera Ramírez―. Yo digo que nos volvamos al bosque de nuestra cabaña con Blanca.

―¡Sííí, eso, eso! Gritaban al unísono los siete mejicanos de Chihuahua dando vítores.

―Cerrad el pico, salidos de pacotilla. Eso no va a pasar. Esto es cosa seria ―les amenazó Sara con una mirada asesina.

―¿Y qué información se supone que manejan, señores? ―quiso saber Danny ya mal de los nervios desde que se subió a ese maldito taxi y conectando la grabadora.

―A ver por dónde empiezo… ―comenzó Blanca.

¿Qué tal por las presentaciones? ―sugirió Danny―. Si, como dicen, son «los buenos» no tendrán reparo en identificarse.

Este tío habla como un poli de aeropuerto, ja, ja, ja... ¡oink! ―observó Pino.

Dejadme hablar y calladitos ―ordenó Blanca―. Guardamos una curiosa relación con el supuesto raptor. No es que sea familiar nuestro pero… digamos que lo conocemos muy bien.

―Siga, por favor.

―Le pido por favor que preste detenidamente atención a nuestros nombres. Son la clave y me evitará muchos quebraderos de cabeza para explicarle cosas que quizás no esté preparado para entender como humano limitado que es.

―¿Qué me está diciendo? ¡Qué ustedes no son humanos! ―dedujo Danny.

Yo soy Blanca Snow ―comenzó la presentación haciendo caso omiso de la última pregunta del policía. Hizo una pausa para que él asimilase y conjeturase con ese nombre―. Este joven que usted ofendió con lo de su nariz es Pepín Ochoa, carpintero. Su amigo, el taxista con botas es Cat Advocaat, como usted debe saber. La anfitriona de la casa con ese pelo tan largo es Sara Punzel. Estos tres señores mellizos que tienen un almacén de material de construcción son Pino, Tino y Nino Piggen. La chica con narcolepsia es Isabella Durmm, ama de casa, vive con un gilipollas que la trata como un trapo. Esa belleza rubia del gorrito rojo que lo desnuda con la mirada es Caperu Rojas, digamos, «dama de compañía» en Las Vegas ―Caperu saludó con un gesto militar de su mano sobre la frente―. Y el grandullón es Hank Hunter. Vendedor de coches usados en el Bronx ―Danny echó mano de su pistola cuando escuchó eso último, pero se contuvo―. Oh, se me olvidaba. Disculpad amigos. Estos siete mejicanos descarados regentan una cadena de restaurantes a lo largo de la costa Este. Ramírez, Pepón, Miguelito, Panchito, Juancho, Tacos y Mole.

¿Cómo se te quedó el cuerpo, wey? ―preguntó socarrón Juancho.

―¡Me tomas el pelo! Solo falta la bruja, el lobo y la madrastra ofreciendo una manz… ―de pronto cayó en la cuenta del suceso paranormal en el coche y miró con ojos desorbitados a Cat. Danny sudaba y temblaba… se tuvo que sentar.

―¡Qué pasa con ese café...! La madre que os…. ―increpó Sara.

―¡Eehh, calma tía..! Ya va ―dijo Ochoa.

―Guapito, ya te ha dicho aquí antes la señorita Snow que somos los buenos. El lobo, la bruja y la madrastra están en el otro bando ―le informó Hunter.

Uy..., «guapito», dice. Creo que le gustas Danny ―dijo Ramírez moviendo la mano de arriba a abajo muy femeninamente.

―Cállate o te callo ―dijo contundente Hank Hunter. El mejicano tragó saliva.

Danny tomó el café de una vez. Todos esperaban su reacción. Para sorpresa de los presentes fue calmada y normal.

―Continuó Danny ―dijo Blanca―. Somos personajes salidos de cuentos. De cuentos tradicionales. La mente colectiva… el inconsciente colectivo, como diría Karl Jung, ha hecho que existamos en un plano real, conviviendo con vosotros. Para eso se necesita que un gran número de personas crean en nosotros de una manera auténtica, real, sincera ―Danny iba asintiendo, su mente funcionaba en ese momento a mil por hora.

Como existe el Mothman, el Chupacabras o últimamente el Slenderman ―añadió Sara―. El caso de este último es peculiar y novedoso. Las nuevas tecnologías lo han traído a nuestro mundo. Fue producto de un rumor puramente creado en las redes hasta que cobró tanta fuerza en la mente colectiva que hoy en día existen fotografías de él circulando por internet, y déjame decirte que no todas son fake. Existimos gracias a las conciencias de los niños cuando sus madres los arropan por la noche y les cuentan las historias en las que aparecemos. Eso, a lo largo de cientos de años, ha permitido que seamos reales, aunque no puramente humanos. Yo por ejemplo tengo tres siglos.

Pues tienes unos melones muy bien parados para ser tan mayor. Ja, ja, ja ―dijo Panchito riendo su propia gracia y haciendo reír al resto de enanitos, los tres mellizos y a Cat.

¿Cómo sé que no sois una panda de locos? Eso que contáis es increíble y, por otro lado, ¿qué tiene que ver con el caso? ―sopesó Yeo.

―Oye, ¿es que no te acuerdas de lo que nos ha pasado ahí fuera, en medio de la lluvia con la tipa de la manzana roja? ―le recordó Cat con botas.

―Joder, no me digas que esa zorra de mi madrastra está por aquí ―se sorprendió Caperu.

―Zorra, dice… ―soltó Hunter señalándola con el pulgar.

Tío, supéralo. Tu bisexualidad no ayudó a lo nuestro, ¿sabes? Con todo lo buenorro que estás. Ya te vale ―dijo Caperu defendiéndose.

―¿Y tenías que liarte con Wolff? ¡Ese matarife del tres al cuarto! Y que además destrozó a tu abuela antes de que tú llegases con la compra ―le echó en cara Hunter.

Eso nunca se probó. Además, es mil veces más hombre que tú. Tiene ese «algo salvaje» que nos encanta a las mujeres. Y tú siempre perfumadito, afeitadito… ―dijo Caperu.

―¡Me debo a mis clientes!

Ahora habla como tú, Caperu. ¡A ver si al final vais a tener la misma profesión y los mismos gustos sexuales, tía! Ja, ja, ja, ja ―sugirió Cat.

―Bueno, dejad los trapos sucios para otra ocasión ―sugirió Blanca, cansada de escucharlos―. Como verás, algunos estamos más difuminados que otros. Se nos ve con un cierto apagón en nuestra imagen.

―Sí, es verdad ―admitió Danny.

Eso es porque las madres cuentan nuestros cuentos a sus hijos cada vez menos. Y si esto sigue así vamos a terminar por desaparecer. Dependemos de que la gente crea en nosotros, ¿entiendes?

Ahora habla como Trump, ja, ja, ja ―dijo Ochoa.

―Algunos personajes tenéis cierto brillo, ¿a qué se debe? ―inquirió Danny.

―Yo, Blanca, tengo alguna película que otra, al igual que Caperu. Algunas conciencias, seguramente los niños más pequeños, pensaron que estaban viendo una historia real. Eso nos dio años de vida y brillo, sin achaques ni enfermedades.

En cuanto al caso ―prosiguió Caperu― precisamos de tu ayuda profesional para dar con el paradero del que sospechamos es el autor del delito. Creemos que es uno o varios de los personajes de cuentos. Todos nosotros tenemos un vínculo muy fuerte, y a veces lo que afecta a uno afecta al grupo en general. Cuando uno de nosotros atenta contra los humanos está yendo en contra de la razón por la que fuimos creados, que es la de dar buenas lecciones a la humanidad sobre los valores que rigen el universo y a la bondad y amor humanos. Es entonces cuando empezamos a desaparecer y posiblemente caigamos en el olvido para siempre. Es por eso que tenemos que parar a ese secuestrador, tenemos miedo de que vaya a hacer algo peor, y ya no solo porque podamos desaparecer, sino por el bien de esos niños. Al fin y al cabo vivimos gracias a su inocencia y capacidad de creer en lo imposible. Algo que los adultos deberíais aprender.

―Te creo... esto… de alguna manera, dentro de mí y como investigador sé que estáis diciendo la verdad. Aunque me cuesta… ―admitió Danny.

Lo sabemos, por eso estás aquí. Por eso te hemos escogido ―añadió Isabella.

―No perdamos más tiempo, descansemos esta noche y dirijámonos a Hamlin mañana por la mañana. Buenas noches a todos ―se despidió Sara Punzel.

No eran conscientes nuestros amigos de que afuera, en el linde del bosque con la casa, había una figura con gabardina apestando a Jack Daniels y unos ojos verde claro, gélidos, observando el próximo movimiento del grupo. Marcó un número en su teléfono.




CAPÍTULO 3

Hamlin




Un ruido en el exterior de la casa puso en alerta los sentidos policiacos de Danny levantándolo de la cama a las 3:30 de la madrugada. Descorrió la cortina del ventanal y observó el exterior… Nada, una calma total ahí fuera. Un venado se acercó al porche, levantó las orejas y salió corriendo hacia el bosque. Pronto se adivinó una figura oscura, grande, entre la maleza de la vegetación cercana a la casa, por la entrada posterior. Otro golpe seco se sintió bien cerca, en la pared externa de la cabaña. Danny sacó su arma, ya no le cabía duda de que ahí fuera había alguien. El policía sintió que por detrás le tocaba el hombre con un dedito insistente.

Danny se giró bruscamente y puso la pistola en la frente de Cat.

―¡Jesús, qué susto me has dado! ―admitió el inspector Yeo.

¿Susto? ¡Hostia, si eres tú el que me ha puesto el cañón en la cabeza! ¡Hay que joderse! ―dijo suspirando el de las botas de cocodrilo.

Hay alguien o algo ahí fuera, acechándonos. Silencio ―ordenó Danny.

En ese instante una figura lánguida y rubia forzaba la cerradura y entraba al salón sin mucha dificultad. Caperu fue la primera en asomar la cabeza desde su habitación hacia el salón y darse cuenta del intruso.

―¡Alertaaaaa! ¡Están aquí! ¡Ellos están aquííí! ―gritó la prostituta.

En ese momento el visitante rubio inesperado sacó un arcabuz enorme y disparó sobre la cabeza de la chica, destrozó una parte importante de la pared, cayó una gran cantidad de polvo sobre el hermoso cabello de la señorita Rojas. Los gritos de Caperu y el enorme estruendo hizo que todos cobrasen conciencia del ataque. Piper ya estaba introduciendo la segunda carga en su arma del siglo XV.

En el exterior, un grupo de arqueros vestidos al estilo Robin Hood comenzaban a lanzar flechas sin parar sobre la casa, rompiendo cristales y atravesando paredes. Danny no daba crédito. ¿Qué tipo de arma podría atravesar una pared de esa manera lanzada con un arco? Una de las flechas rozó mínimamente su hombro.

¡Agh, pero qué…!

Tranquilo tío, no es nada, sobrevivirás! ―le consoló Blanca, que había entrado en la habitación de Danny―. ¿Aún estás aquí? Pensaba que nos habrías dejado en plena noche…

―Al pipiolo le conviene tenernos cerca, Blanquita. Tenemos una información que él no tiene y a pesar de que no parece que tenga muchas luces no es del todo idiota ―aseguró Cat.

¡Eh, qué estoy aquí delante! ―se quejó Danny.

―¿Y? ―dijo con descaro Cat.

Danny suspiraba mirando al cielo incrédulo.

¡Movámonos! Saben que estamos aquí y no tardarán en llenar todo esto de flechas. Bajemos al salón, los chicos necesitarán ayuda. Es un ataque en toda regla. Danny disparó un par de tiros por la ventana y se movieron al piso de abajo. Piper descargó un soberbio cañonazo sobre la escalera por la que bajaban los chicos. Pulverizó la barandilla y la mitad de los escalones de caoba.

―¡Maldito cabrón hijo de perra, chupapollas! ―describió Sara Punzel al arcabucero―. ¿Tú sabes lo que cuesta esa madera, jodido majadero?

La morena latina lanzó uno de sus zapatos a Piper y le acertó en la cabeza haciendo que se tambalease un poco, lo que le proporcionó tiempo suficiente para abalanzarse sobre él y clavarle la dentadura en el antebrazo.

―¡Coño, Sarita, tienes la cabellera más tupida del reino, pero en la lengua no tienes pelos, eh guapa! ¡Oink! ―observó Tino, uno de los mellizos.

Mientras tanto, muy apropiadamente, el lobo entró por la chimenea.

―¡Cómo en los viejos tiempos, eh Andrew! ¡Oink! ―le reprobó Tino.

―Mirad a ese. ¿Se cree Santa Claus o qué coño le pasa? ―se sorprendió Cat.

Andrew Wolff estaba dentro con una navaja que más parecía un alfanje árabe que un cuchillo corto.

Con todo el ajetreo del salón había una puerta del piso de arriba que todavía no se había abierto… y era sorprendente que nadie hubiera salido aún de allí. Era la de Isabella Durmm. Caperu se acercó sigilosamente y puso su oído pegado a la puerta…

―¡Ay… miénteme, Ochoa, miénteme! ―se escuchaba implorar entre jadeos a la chica.

Al principio Caperu pensó que Isabella estaba en peligro, pero luego comenzó a dilucidar lo que el sinvergüenza de Pepín Ochoa estaba haciendo con la narcoléptica amiguita.

―¡Toc, toc, toc! ―golpeó la puerta Caperu―. ¡Dejadlo ya, tortolitos! Nosotros jugándonos la vida y vosotros jugando a los médicos.

Pepín salió y se ajustó la camisa dentro del pantalón, todo rojo y con una nariz de dieciocho centímetros. Caperu se le quedó mirando sumida en sus pensamientos y sobándose la barbilla…

―¡Joder, Caperu, que inoportuna! Para un casquete que pego ―se quejó el pequeño vasco, Ochoa.

―¿Dónde está Isa? ―preguntó Blanca.

¿Tú qué crees? Durmiendo como una bebé ―dijo todo orgulloso Pepín frotándose las uñas sobre el chaleco.

―¡Estamos en medio de una batalla, majadero! ¡Poneos a cubiertooo! ―le explicó Blanca.

En ese instante Piper ya había cargado su arcabuz y lo disparó en el área donde se encontraba Pepín. ¡Pum! El rubio arcabucero acabó por derribar la puerta por la que un segundo antes había hecho su aparición el latin lover con piel color caoba. Danny comenzó a dispararle sin poder precisar el tiro, ya que los arqueros estaban atravesando el salón de este a oeste con sus flechas especiales. Ochoa estaba tirado en el suelo con innumerables cascotes de la pared sobre él arrancados de cuajo.

¡Dios, pero qué le pasa a esta tía, no se despierta ni con un cañonazo! ―se sorprendió Caperu, que había asomado su linda cabeza rubia por el gran hueco de la habitación que había dejado el disparo de Piper Duhammel.

Él se había liberado ya de la presa de Sara por un momento.

La hermosa latina se puso en pie frente al extraño invitado y sacudió su irreal cabellera negra…

―No… no puede ser ―se sorprendió Danny ante lo que estaba viendo.

En ese instante Wolff había saltado sobre él aplastándolo contra el suelo e inmovilizándolo. Aun así Danny no perdía de vista el enfrentamiento de Sara Punzel con el arcabucero Piper.

El rubio espigado había comenzado a montar su carga en el estrafalario pistolón, pero eso requería un tiempo. Danny no se explicaba por qué ese tipo había optado por entrar con un arma tan imprecisa, pesada y poco recomendable si estaba entrando «al asalto» a un lugar plagado de gente.

De repente, en una sacudida de cabeza ponderosa y rápida, Sara atizó con sus negros cabellos la cara de Piper rasgándola en la mejilla y haciéndolo caer al suelo todo lo largo que era el personaje. Cayó a plomo, como un tronco recién cortado. El pelo de Punzel se había convertido en una sucesión infinita de látigos metálicos finísimos de color negro azabache, con una punta en cada uno de ellos terminada en agujas azules. Hasta el maduro Wolff se había quedado con la boca abierta mientras sujetaba la mandíbula del policía con ambas manos.

Los arqueros no paraban de hacer su trabajo. Tino y Pino sacaron a Isa de la cama medio desnuda... portaba unas enaguas antiquísimas. Ella seguía dormida. Y la llevaron hasta la cocina. Allí estaban parapetados el grupo de mejicanos con distintos tipos de cuchillos y utensilios de cocina. Habían volteado la mesa y se ocultaban de las flechas como podían. Los tres mellizos Piggen tomaron la iniciativa y comenzaron a lanzar todo tipo de cacharros que encontraron en la cocina hacia afuera, donde se encontraban los arqueros. Parece que eso los detuvo momentáneamente, en parte por lo sorprendente de aquel peculiar ataque.

Danny estaba inmovilizado. Andrew debía pesar unos 140 kilos. Era enorme y seguía encima de él tratando de romperle el cuello con sus manos, pero Danny se escabullía gracias a su entrenamiento de judo. En un momento dado pudo desenfundar la pistola y le descerrajo tres disparos certeros al pecho. Wolff cayó de espaldas, pero a los pocos segundos logró levantarse de nuevo trabajosamente y sonreír al investigador. Danny pensaba que lo había visto ya todo en esta vida hasta que subió a ese maldito taxi.

―¿Sabes joven? Yo ya no estoy para estos trotes. Será mejor que acabe contigo de una vez y me deje de jueguecitos peliculeros ―admitió Wolff desde su gélida mirada verde esmeralda.

Miraba a un lado y a otro en lugar de centrarse en Danny.

¿Buscas a alguien? ¿Se te ha perdido algo? ―preguntó Caperu desde el piso de arriba consciente del efecto que produciría en su antiguo amante.

Andrew se quedó observando a Caperu un largo rato. Tiempo suficiente para que Danny tomase de las manos del inconsciente Piper el arcabuz cargado y lo disparase sobre el hombro de su enemigo.

Entonces, desde la puerta del sótano, hizo su aparición como si de una diva se tratara, Mad. Con su atuendo negro ceñido y asiendo una enorme manzana roja.

―¿Qué pasa, hijita, no te alegras de verme? ―preguntó sin mucho tacto Mad a Blanca ―me han dicho que tu laboratorio está siendo todo un éxito en los bajos fondos de Manhattan.

―¡Vaya, vaya! Pero mira a quién tenemos aquí ―dijo Pancho.

―¡Vosotros manteneos al margen, panda de pervertidos! ―sugirió Mad. Wolff se arrastró hasta ella y se puso detrás ―tranquilo perrito, estás a salvo conmigo.

Y tras estas palabras lanzó la manzana hacia Pancho. La supuesta fruta sacó unas espinas de acero conforme se acercaba a la cara del mejicano. En una fracción de segundo hizo su aparición Cat, que inmediatamente saltó sobre Pancho y apoyándose en su hombro consiguió impactar una patada a la manzana mortal devolviéndosela a Mad. El curioso artilugio se le clavó en el muslo.

―¡Agh, maldito gato cabrón! ―se sorprendió Mad.

―Vamos, vamos… eso es más propio de Sara que de usted. Compórtese ―le sugirió irónico Cat―. Ah, y coja a su perrito y lárguese. No es bien recibida en esta casa.

Mad y Wolff agarraron por la solapa el inconsciente cuerpo de Duhamel y se largaron lo más rápido que pudieron.

―Tenéis suerte de que tenga que ir a buscar el antídoto para el veneno de la manzana… ―dijo Mad saliendo por la puerta con sus compañeros.

Los arqueros también se retiraron adoloridos.

―¡Uff, estuvo cerca! ―dijo Caperu.

―Sí, gracias. Me has salvado de esa mole. Gracias por distraerlo ―agradeció el poli.

―Sí. Esta tipa, ahí donde la ves, con su carita dulce de modelo de Victoria’s Secret, estuvo liada con Wolff. Parece que ese vejestorio todavía guarda sentimientos hacia ella ―informó Ochoa a Danny.

¿Estooo… qué, qué ha pasado? ―preguntó Isabella despertándose.

¿Qué? ¿Por fin te han hecho el amor como tiene que hacerse, maciza? A ver cuando dejas al memo de tu marido ―le soltó Ochoa al tiempo que Isa se ruborizaba.

―Bueno, bueno. Ya está bien, lo mejor será que nos preparemos y vayamos directamente a Hamlin a averiguar dónde podemos encontrar el escondite de ese Piper y los muchachitos. Se nos han escapado esta vez, pero estoy seguro de que a partir de allí podremos dar con todos ellos ―sugirió Tino. En ese momento Hunter salió del baño…

―¿Qué ha pasado aquí? ―dijo el vendedor de coches.

―No puede ser. Nos habrías venido de perlas y tú ahí metido ―dijo Cat.

―¡Oye, yo no tengo la culpa de que me hubiera sentado mal la cena de anoche! ―se defendió Hank.

Mientras tanto, en algún lugar al norte del estado de New York.

¡Cómo! ¿Pero qué me decís? ¡No habéis podido acabar con ellos! ¡Con todos esos arqueros que enviamos y el arcabuz! ¿Y tus manzanas, Mad? ―se exasperó Bana.

Son más duros de lo que pensábamos, jefa. Además, ese policía tampoco es cosa fácil. Creo que han encontrado a un buen candidato para ayudarles ―aseguró Mad, que en ese trío hacía de superintendente y portavoz.

El lobo y Piper estaban bien parapetados tras la espalda de la señora de las manzanas tratando de no ser alcanzados por la retahíla de insultos y malos modos de la temible señora Witch. La manager de seguros era la que se hacía cargo de la operación. Los demás, como Piper, eran el brazo ejecutor, las piezas de ajedrez que aquella dama utilizaba para el beneficio de aquel siniestro grupo.

―Bana, déjeme explicarle… ―comenzó suavemente Duhamel.

―Nada de excusas. Los teníais cerca y ni siquiera me habéis traído cautivo al objetivo principal de vuestro asalto.

―Tienes que entender que se hicieron fuertes en la cabaña y desde la cocina consiguieron refrenar el ataque de los arqueros... ―se excusó Wolff mirando al suelo.

―Y encima sales herido. Pero, ¿cómo?

Bana estaba ya fuera de sí y en ese estado todos sabían lo peligrosa que era. Entonces la cabecilla del grupo agarró a su gato por el cuello y le separó la cabeza del tronco lanzándoselo al peculiar grupo que la observaba con pavor. El gato consiguió todavía patalear un par de veces, sin cabeza, antes de quedar estampado sobre la gabardina de Andrew Wolff, que retrocedió estupefacto.

―Lo… lo sentimos Bana, no volverá a ocurrir. A estas alturas deben estar todos en dirección a Hamlin ―se disculpó nuevamente Mad.

―Por supuesto que no. Mi escoba de 542 años de antigüedad puede partir en dos a un hombre… y hace tiempo que no le doy uso, necesito engrasarla. Así que ¡más os valeeee! ―les gritó Bana―. Piper márchate hacia el lugar de presidio de los niños y vosotros dos trazad el plan previsto, ya sabéis: ¡TRA-ED-ME-LOOOO!

Al mismo tiempo, en Woodstock, el numeroso grupo de personajes de cuento cargaba el microbús que Sara había alquilado para dirigirse hacia Hamlin.

―Oye Sara, ¿no crees que llamaremos mucho la atención con este trasto, todos juntitos en una localidad tan pequeña? ―observó Blanca con acierto.

Tranquila, nos haremos pasar por turistas despistados y nos alojaremos en algún hotel cercano a la localidad en Brockport. Ahora en junio celebran en Hamlin unas fiestas locales y eso nos viene que ni pintado. Además, el Lago Ontario está cerca y hay algún campo de golf. Tranqui, no te vas a aburrir.

―Mujer, no creo que vayan a celebrar nada estos días después de que desaparezcan todos los niños y en plena investigación ―acertó a deducir Cat.

Bueno, a nosotros no nos va a importar mucho… ¿verdad, pichoncito durmiente? ―dijo picaronamente Ochoa a Isabella. Ella prefirió ignorarlo centrándose en su equipaje.

Danny, tú irás con nosotros en el bus las primeras millas, luego te pasarás al coche con Cat. Supuestamente eres el investigador del caso y no conviene que te vean llegar en un bus de turistas. Pero te hospedarás en nuestro mismo hotel: el Dollinger ―le informó Blanca, que era la que llevaba la voz cantante―. Por el camino te iremos informando de cómo están las cosas y de lo que acabas de vivir ahí dentro esta noche.

―Me parece bien. Necesito que me aclaréis algunas dudas ―admitió el inspector Yeo.

Pronto se pusieron en marcha y Danny no pudo resistirse a lanzar su primera pregunta que le aguijoneaba el cerebro. Estaba sentado con Caperu.

Dime Caperu, ¿cómo es que le disparé de muerte a aquel grandullón al que llamáis Wolff y al poco se levantó como si nada? Es imposible, no llevaba chaleco, lo habría notado.

Danny ―le dijo Caperu en tono comprensivo y poniéndole una mano en el muslo―. Ese hombre no es un hombre cualquiera, al igual que yo no soy una mujer corriente ni ninguno de los que ves en este bus lo es.

―Eso me consta.

Ninguno de estos personajes puede morir por arma convencional. Lo que de verdad puede acabar con nosotros es el hecho de que las madres dejen de contar nuestra historia a sus hijos o que se nos aniquile con un arma antigua, de nuestra época, sujeta a cierta liturgia ceremonial para que cause efecto a seres mágicos, si nos quieres llamar así.

¡Un conjuro sobre el objeto! ¿Eso es lo que tenía ese arcabuz del tipo rubio? ¿Esperas que me crea eso? ―inquirió Danny.

Estás hablando con el personaje cuya abuelita fue engullida por un lobo y, además, llevo siempre un gorro rojo… ¿Eso no te da pistas? Ja, ja, ja. Tranquilo. En este mundo, Danny, hay cosas que todavía los humanos tenéis que descubrir. Por desgracia hay cierto tipo de gente poderosa a la que le interesa manteneros en la más oscura ignorancia. El mal del siglo XXI. Y vosotros aceptáis la realidad que os imponen a pies juntillas sin rechistar. Si alguien se dedica a limpiar baños durante treinta años no se plantea otra cosa. Y a base del tremendo bombardeo de ocio en esta sociedad esos señores poderosos matan cualquier atisbo de creatividad o descubrimiento de lo que la «verdad» esconde.

Sí, amigo, estáis jodidos con tanto videojuego, tanta porquería de redes sociales, tanto deporte y tanto porno. Tendréis que dejar todo eso algún día si es que queréis liberaros del yugo de la apatía con el que os tienen sometidos sin que os deis cuenta ―aseguró Sara.

― ¿Ellos… quiénes son? ―interrogó Danny.

―Ellos son los personajes de cuentos contrarios a nosotros, aunque nuestros propósitos son los mismos ―le explicó Caperu.

¿Y qué propósitos son esos?

Sobrevivir Danny, sobrevivir. Nosotros a través de los cuentos. Nuestros enemigos prefieren otro método más radical. Nosotros los llamamos «los anticuento». A ellos les da lo mismo que se cuenten nuestras historias por la noche al pie de la cama de los niños pequeños.

Sí, Danny ―continuó Tino―. Están por las nuevas tecnologías. Quieren que se cuenten sus historias a través de filmes de Hollywood y videojuegos. Es otra manera de sobrevivir y de contar la historia de cada uno. Nosotros no estamos dispuestos a pasar por el aro y sucumbir a los nuevos sistemas de contar historias. Estimamos que se pierde la honorabilidad de ser contado dentro de un cuento. Estamos en contra de esas herramientas de «ocio» que usa el sistema para tener las mentes ocupadas en algo improductivo para la especie humana y para nosotros mismos. ¡Oink!

Señor Yeo, como digo yo: «El ocio del siglo XXI mata el genio que cada persona lleva en su interior» ―añadió Blanca―. Además, estamos en contra de las malas artes de este grupo de anticuentos.

Pero… según me ha parecido entender unas horas antes en la cabaña, usted señorita no se dedica precisamente a actividades lícitas.

Danny, la señorita Snow tiene un laboratorio supuestamente de coca…, ―comenzó explicando Isabella mientras Danny se sorprendía por aquella declaración abierta de producción de droga ante un agente de la autoridad.

Lo que Isa no ha acabado de explicarte es que ese producto de Blanca es falsamente tomada por cocaína, pero lo que ella está tratando en realidad es de proporcionar a los cocainómanos un producto con similares características, a primera vista, de dicha droga. Lo que en realidad hace es crear un deseo y el cliente no se da cuenta de que está produciendo una enzima artificial en su organismo capaz de anular esa dependencia. ¿Lo he explicado bien, guapa? ―argumentó Hunter, que era quien conducía.

­ ―Yo misma no podría haberlo explicado mejor, Hank.

―¿Entonces no es una actividad ilícita? ―quiso saber Danny.

No, estamos en concordancia con el Gobierno. Pero «el mercado» no lo sabe.

Oh, ya veo ―Danny estaba de una pieza con la boca abierta.

En aquel momento Hank dio un volantazo y el bus quedó cruzado en la carretera, todavía en las inmediaciones de Woodstock.

―Eh tío, ¿qué pasa, estás flipao? ―quiso saber Ochoa.

No... Mirad ahí, en la cuneta, en el bosque ―dijo Hunter con gesto compungido.

Todos observaron un terrible accidente de un motorista con el rostro ensangrentado y la pierna derecha totalmente destrozada por el peso de su Triumph Bonneville. El otro cuerpo, una chica rubia que supuestamente sería el copiloto, había salido despedida muchos metros sobre el asfalto mismo y estaba inmóvil y literalmente bañada en un charco de sangre. La ambulancia acababa de llegar y se ocuparon de las víctimas rápidamente. Los chicos decidieron reanudar el camino cuando los servicios de emergencias se ocuparon de las víctimas.

Llegados a unas pocas millas de distancia del hotel el bus paró a un lado para que Danny bajase de él y siguiese el camino hasta el final en el coche que conducía detrás de ellos el tal Cat Advocaat. Para los siguientes días el taxista iba a ser su chofer y su supuesto ayudante.

Bienvenido de Nuevo, Sr. Yeo ―dijo Cat―.Ya estamos cerca. Póngase cómodo. Bueno, póngame al día. ¿Tiene novia, hijos? ¿Vive con sus papás?

―No.

¿No, qué?

―No a todas y a cada una de las preguntas ―le informó Danny.

Oohmm… Eso es muy triste, inspector Yeo.

Bueno, es lo que hay. Mi trabajo es absorbente y a excepción de alguna relación esporádica no hay una señora Yeo todavía esperando despierta a que llegue, allá en la city. Supongo que no he encontrado la horma de mi zapato.

―No desespere. Ahí mismo ―dijo Cat señalando el bus― hay alguna a la que parece que le interesa usted. Un gato se da cuenta de esas cosas…

―¿Qué? ¿Cómo? ¿Un gato? Pero, ¿qué está diciendo? En ese bus hay… alguien que… ―no acertaba a decir Danny.

Ehem... no me haga caso, ya sabe que estamos todos un poco locos en esta peculiar aventura. Pero hay cosas que el instinto no pasa por alto y esa atracción animal entre usted y la dama de ese bus es ineludible. Acabarán liados… ―aseguró Cat.

No creo yo que… ―apenas no acabó Danny la frase un fuerte golpe delante, en el bus, hizo que Cat tambalease el coche sin pararlo.

¡Pooom! Algo pesado se había abalanzado entre el parabrisas y el capó del microbús. Una sombra grande y amenazadora. Ochoa, que era el que conducía en ese instante, quedó petrificado.

―¡Pero que coj…! ―apenas logró decir el improvisado chofer mientras giraba el volante bruscamente a un lado y a otro asustado.


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