Excerpt for 31 Soledades De La Inmaculada by , available in its entirety at Smashwords



Juan Álvarez IS. Stabat Mater



LAS TREINTA Y UNA

SOLEDADES

DE LA INMACULADA

Edita Instituto Secular Stabat Mater.

C. Fuerte de Navidad, 26. 280044- Madrid



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No nos extrañe el peso que la palabra “soledad” tiene para la vida de la especie humana. Es posible que esta palabra sea la primera piedra del templo del amor divino, adaptado a las personas humanas.



La soledad se presenta habitualmente al corazón del hombre, como el camino más directo hacia la nada. Esto tiene una sabia y doble verdad: Es el camino que tiende a la nada de nuestro ser. De hecho, no somos nada sin Dios y sin los otros. Y, por otra parte, tiende a la nada originaria de donde Dios creó la maravilla de hacernos personas, llamadas a la comunión eterna de amor con Él y con todos.



El mundo interior del hombre actual, se asoma a una inmensa soledad; y siente un inconsciente miedo hacia ella. Pero Dios no tiene miedo a las soledades: son el terreno propicio para el encuentro real y verdadero entre las personas. La Inmaculada también es experta en soledades. Y ambos nos aman.



Cada vez que Dios se acerca a la Virgen, da la impresión de que es llevada a un misterio de soledad cada vez más profundo. Lo mismo cada vez que Jesucristo se acerca a Ella manifestando o descubriendo algún aspecto de su misión Mesiánica, María es llevada a nuevos rincones de soledad que, al fin resulta ser más amor, y redentoramente fecundo.

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PRÓLOGO.


Dos cosas, a modo de advertencia, para todos los que han leído el título que he puesto a estas consideraciones:

En primer lugar, que tengo muy presente al rezar, al pensar, al considerar y al escribir cualquier cosa sobre la Virgen María, que Jesucristo es El único Camino, la Verdad y la Vida. Es el Único Sacerdote, el Único Pontífice, el Único Mediador entre Dios y los hombres. Y, por tanto, todo lo que se diga en estas líneas sobre María, debe considerarse desde estas certezas de fe, sin contradecirlas y sin hacerles sombra alguna.

En segundo lugar, advertir que identificar la palabra “soledad” con la palabra “tristeza” es, sencillamente falso. Las 31 soledades de la Inmaculada, no son las treinta y una tristezas de María.

Entiendo la palabra “soledad” como un itinerario humano que todos hemos recibido en la esencia del alma, para llegar a las fuentes originarias de la libertad y del amor. Leer las palabras “soledades de la Inmaculada”, como quien se va a asomar a un abismo de tristeza, dolor y sufrimiento constantes, sencillamente es delatar que se está pasando por una época de un superficial conocimiento del mundo de los sentimientos humanos; y se pone también de manifiesto, que queda un largo camino por recorrer, para discernir los distintos matices y estados del mundo del espíritu. Si ha sido éste el caso de algunos de ustedes, deben alegrarse porque todos vamos siendo más conscientes de que el mundo del espíritu es todo un universo fascinante por descubrir.

Situarse con prejuicios solo negativos ante la palabra o la idea de la soledad, puede indicar que nunca nos hemos planteado en serio, por ejemplo, que pueda haber diferencia entre sentimientos religiosos y vivencias espirituales, entre emociones sentimentales y sensaciones naturales; o bien diferencias entre emociones afectivas y mociones espirituales; o bien, entre emociones espirituales y mociones del Espíritu. Si no nos hemos planteado discernir en nuestras experiencias íntimas cuales pueden ser de un tipo o bien de otro, es normal que al toparse con la palabra “soledades”, uno intuya cosas negativas.

A simple vista, cualquier persona podría valorar la soledad como una experiencia humana muy diversa en matices. La primera idea que nos viene a la cabeza suele ser la de una impresión de rechazo, por parecernos como un estado anímico negativo de aislamiento y tristeza. Pero es cierto también que hay otros momentos de la vida humana en que la soledad es apetecible y necesaria. Entonces percibimos la soledad, como una necesidad de apartarse de aquello que invade nuestra intimidad; y que ocupa estresantemente nuestra vida. Simplemente con este apunte ya podemos entender, que las soledades de una persona, pueden encerrar una gran riqueza, y pueden ser fuente de grandes gozos humanos y espirituales. Y, si una persona es creyente y tiene un mínimo de atracción por la vida del espíritu y la vida de oración, la palabra soledad siempre es un valor, un bien apetecible y un tesoro buscado.

Todo enamorado valora siempre, como preciado regalo, los tiempos de soledad que puede disfrutar con la persona amada; y desea encontrar también en ella la misma disposición de ese mismo deseo de soledad. Porque entendemos que estar a solas, con la persona amada, es tener la posibilidad de poder expresar y sacar de mí intimidad lo más propio de mi yo para tener la ocasión de entregarlo en ofrenda al ser amado. Y lo mismo esperamos recibir de la otra persona: que nos ofrezca lo que brote de su soledad esencial, y que nos lo ofrezca tan libremente como nosotros le hemos ofrecido de nuestra esencia. La otra realidad de esta misma idea es que el enamorado siempre desea entregar y colocar en la soledad del otro, la ofrenda de amor que ha brotado de su propia soledad enamorada. De modo que podríamos decir que la persona amada nos hace bucear más profundamente en el misterio de nuestra propia intimidad; y como que es desde ahí, desde donde vamos sacando lo que realmente vamos siendo como personas. Añadiendo un nuevo matiz a esto, insistimos en que todo enamorado acude al rincón más íntimo de su soledad interior para pensar y descubrir cuál sería el detalle o el regalo perfecto para la persona amada. Es cierto que también son emocionantes los regalos nacidos de la genialidad improvisatoria. Pero no hay lugar a dudas de que un regalo madurado en el secreto y la soledad de la intimidad, viene cargado de mucha más riqueza humana y espiritual de la persona que lo ofrece. Todos reconocemos a éste un valor mayor.

Puestas estas dos premisas, podemos adentrarnos con humildad y respeto religioso, en la contemplación y en las consideraciones que podamos ir haciendo sobre el misterio del mundo interior, humano y espiritual, que habitaba en esta sorpresa de persona humana que es la “Llenadegracia”. Nadie puede dudar de que Dios ama mucho a esta Mujer; lo mismo que nadie dudará del amor que Ella profesa a su Hijo y a su Dios. Por lo tanto, dadas las premisas que hemos indicado, es lógico que ambos hayan de encontrarse en el misterio de sus propias soledades humanas esenciales.

Esta mujer nos es definida por dos veces como: “Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2,19 y 51). Este rasgo chocante llama mucho la atención. A su nivel, destaca tanto como las noches que Jesús pasaba a solas en oración. A los apóstoles parece que el Espíritu Santo les hace sensibles al misterio de la vida interior que encierran el alma de María y el alma del Maestro.

Para María, el ser inmaculada, le da un privilegiado derecho a sentir y disfrutar, por naturaleza, de la más pura alegría; pudiendo llegar a rozar la mayor felicidad que un ser humano podría disfrutar en esta vida. Pero no ignoramos que el constante choque de su naturaleza inmaculada alegre y feliz, con el mundo del pecado y sus consecuencias de tristeza, conllevaría inevitablemente puro dolor. Afirmamos esto, de la misma manera que sabemos que el Verbo eterno de Dios, eternamente feliz en la Trinidad, al hacerse hombre y asumir la responsabilidad de todo el pecado del mundo, hubo de sufrir el choque mortal con el dolor y la muerte; que siempre son consecuencias del mal y del pecado.

El evidente dolor de María habrá de entenderse siempre en este mismo sentido: vivir sin pecado alguno, en un mundo dominado por el Pecado Original y sus consecuencias. Y siendo nosotros conscientes de que el pecado no había sido aún redimido; lo cual añade un matiz irrepetible en cada una de las 31 soledades de La Inmaculada que apuntamos en estas consideraciones, o todas las que le parezca oportuno añadir a nuestra oración o devoción personal.

Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida. Así lo creemos y no tenemos ninguna duda en aceptarlo de este modo. Es la clave de todo lo divino con respecto a los hombres; y de todo lo humano con respecto a Dios. Sin la absoluta centralidad de Jesucristo y sin el señorío absoluto de Cristo, poquísimo o nada, podríamos decir de María de Nazaret.

Pero colocada en relación con el misterio de Jesús de Nazaret, el abismo de profundidades espirituales que se nos abre por delante es fascinante. Si es la “Llenadegracia”, si es La Inmaculada, si es la Nueva Eva, la prefecta redimida, la primera creyente, la figura y modelo de la Iglesia; si los católicos –con todo el respeto a nuestros hermanos protestantes-, le damos el título atrevidísimo de “corredentora” …, en virtud de los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano… A esto añadimos que es “Theotokos”, y Virgen, Reina y Señora de todo lo creado y Asunta al cielo en cuerpo y alma. Si es cierto que afirmamos esto de María, las puertas de entrada al misterio de la vida humana y de la vida en Dios que se abren ante nosotros, son un regalo con horizonte ilimitado de felicidad en el amor.

Al estar tan inseparablemente unida al Verbo Encarnado, Dios ha ido impregnando en Ella los más perfectos frutos y efectos de la redención de los hombres. Ella es la más cristiana de todas las criaturas, sin lugar a dudas; la que más ha sido “cristificada”. La que más íntimamente ha llegado a vivir el misterio del amor de Dios Trinidad por los hombres.

Su alma inmaculada fue creada directamente por Dios, dotándole de una capacidad innata para que su libertad respondiera siempre amando, a toda iniciativa amorosa de Dios que Ella fuera capaz de captar. Así como nosotros no podemos por menos de respirar, por gracia natural de creación, así Ella no podía por menos de responder amando, aceptando cualquier voluntad de Dios, por gracia sobrenatural de redención. Esta docilidad natural-sobrenatural al consentimiento libre de su constante FIAT a Dios, no le privaba de perplejidades, tensiones, desconciertos, soledades, angustias, sufrimientos… como tampoco le privaba de gozos increíbles, de una calidad imposible de captar para los que tuvimos Pecado Original y aún sufrimos sus secuelas.

Siguiendo con la comparación indicada, de la capacidad necesaria de respirar que tenemos, sabemos que la respiración puede ser costosa, dolorosa, angustiosa, entrecortada, agitada… según las circunstancias interiores o exteriores que amenacen la vida; del mismo modo que la respiración se vuelve tranquila, reposada, gozosa, placentera… etc., cuando las condiciones son favorecedoras de la vida. Así, La Inmaculada, amaba gozosamente cuando las circunstancias eran vividas en un ambiente de bien; y amaba dolorosamente, cuando el pecado y sus consecuencias se hacían presentes en su entorno.

El alma inmaculada de María y su libertad perfecta, tampoco dañada por el pecado, hubo de responder y pronunciar su constante fiat a Dios y a los hombres (prójimos, y luego hijos), en circunstancias a veces muy angustiosas, dolorosas y mortales; y en medio de un mundo regido por las leyes del Pecado Original y sus consecuencias; y que no estaba todavía redimido, como ya hemos indicado.

En esta clave es donde nos situamos para rezar las 31 soledades de la Virgen. Dejamos el número 33 para las soledades de Jesucristo que podríamos considerar en nuestra oración, por poner un número que corresponda a los años que El Verbo de Dios vivió hecho hombre entre nosotros, y que ocurren en paralelo con las de su Madre, aunque salvando las distancias infinitas entre persona humana y persona divina. No vamos a poner a María en lugar más espiritual que su Hijo que, al hacerse hombre, nunca ha dejado de ser Dios en el misterio de la Trinidad.

El profundo sentir del Pueblo de Dios, va siendo consciente de que, el papel de María en la espiritualidad que nos va configurando más conscientes como verdaderos hijos de Dios, por Jesucristo, en el Espíritu Santo, es un papel cada día más importante y entrañable. Dentro de la espiritualidad católica y de la vida de la Iglesia, se percibe un sentir general del Pueblo de Dios, que señala estos tiempos y los futuros, como especialmente marianos; y como el mejor sendero para llegar al definitivo Camino, a la Verdad y a la Vida. Yo, por mi parte estoy humildemente convencido que el camino mariano es el mejor atajo para acabar, tarde o temprano, plenamente cristianos; cristificados en el Espíritu. Y que es el sendero que nos lleva hasta lo más íntimo del corazón de la Trinidad, y a la comunión más verdadera con todos los hijos de Dios y de tan buena Madre.

Con este deseo escribo estas consideraciones. Hija del Padre, Madre del Hijo, Esposa del Espíritu Santo. Madre de todos los hombres, Reina y Señora de cielos y Tierra. El Espíritu Santo y la Iglesia nos permiten llamar así a María, y nadie es excomulgado por afirmarlo y creerlo con toda su alma de bautizados.

Y todo comenzó con un: “¡Qué maravilla que existas!” que brotó en el seno de Dios Trinidad, y que fue el origen y la creación de La Inmaculada.

Madrid, 13 mayo, 2017

INTRODUCCIÓN


"...Declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles..." (Pío IX, Bula Ineffabilis Deus, 8 de diciembre de 1854).


Solamente Ella. Caso único. Solo Ella ha recibido, sin ser Dios, la totalidad de la plenitud de la gracia divina en recipiente humano. El dogma de la Inmaculada Concepción de María fue proclamado por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854, en su bula Ineffabilis Deus. El núcleo de la declaración dogmática, son esas palabras que encabezan esta introducción. Es cierto que conocemos el contenido esencial de este dogma, pero he querido resaltar este aspecto de “…en atención a los méritos de Cristo”, porque me parece el elemento esencial que nos permite hablar de María, en clave de un tipo de amor que no existía en el mundo antes de que se hubiera consumado la Redención. De modo que la Soberanía absoluta de Dios, aplicando anticipadamente los frutos de la Redención del pecado, que Cristo realizó, le permitió crear un alma humana, con todos los matices de amor propios de la misericordia perfecta. Y, por tanto, sin pecado alguno; ni el Original ni ningún otro. María sería entonces la primera persona humana a quien se le aplicaría el perdón y la misericordia perfecta, revelada totalmente en la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.


Inmaculada, “Llenadegracia”; es el nombre espiritual que el cielo le impone a esta muchacha virgen el día de la Encarnación. Su familia y su gente le llamarán María. Su Dios y su todo, le impone el nombre de “Llenadegracia”. Y el mensajero oficial de Dios saluda a esta muchacha israelita llamándola con el nombre con el que Dios la ha creado. Desde entonces, así ha de constar en los evangelios; y para todas las generaciones (cf. Lc 1,26-38).


Cuando los padres de María, que según la tradición son Joaquín y Ana, haciendo uso de su matrimonio según la ley de Moisés, aportaron el material genético de esa joya de criatura, entonces, Dios Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, prorrumpieron al unísono en un infinito: “!Qué maravilla que existas tú, hija, madre, esposa!”. Y lo expresaron con toda su potencia creadora y redentora y santificadora; aunque en su eterno silencio. El Verbo y el Espíritu Santo nos lo revelarían con el paso del tiempo.



Supongamos que un alma es…


“¡Qué maravilla que existas!”. Supongamos que un alma es eso. Supongamos que el universo sigue su existencia cumpliendo impecable e implacablemente sus propias leyes naturales, y en un momento del tiempo, unos padres engendran un hijo; y justo en ese instante de la fecundación ocurre algo espiritual que no existía hasta ese momento. Y esa realidad espiritual que acaba de comenzar es algo maravilloso, porque es una nueva posibilidad de que dos seres libres se amen. Sin duda que esta expresión es muy pobre para expresar y definir lo que ocurre en Dios cada vez que es creada un alma humana. Esta expresión es quizá poco divina y demasiado humanamente emocional. Pero no tenemos otro camino para llegar a la esencia divina que la que nos marcó el Verbo a modo humano al encarnarse.


Me parece que ésta es una manera bastante sugerente para expresar cómo Dios crea “de la nada” a cada alma: Los padres aportan el material genético corporal y, en el mismo instante de la fecundación, a Dios le brota un matiz de amor único e irrepetible con cada persona. Un matiz de amor totalmente nuevo y que no existía hasta ese “instante en Dios”. Dicho de otro modo: cada vez que Dios se encuentra una fecundación humana, al cumplirse de un modo u otro sus perfectas leyes creadoras, le brota en su ser divino una maravilla; le brota un matiz irrepetible de aceptación y de ofrenda de amor. Establece, por pura iniciativa suya, una nueva relación específica y personal de amor por esa nueva criatura que ha comenzado a existir, en la que han colaborado los hombres y Dios Trinidad. Y esto ocurre siempre, aunque los medios empleados para esa fecundación no hayan sido los moralmente adecuados.


Para Dios siempre es maravilloso el hecho de haber sido engendrado un cuerpo humano. Haya o no haya pecado por medio, el quererse natural de la pareja humana, “crea” un cuerpo humano que Dios acepta siempre maravillado. El engendrado nunca tiene culpa alguna del posible pecado de los engendradores. Esta maravilla surgida en Dios, establece una relación de amor única e irrepetible que capacita al nuevo ser, para establecer una futura correspondencia de amor que, tarde o temprano, ha de ser también aceptación maravillada de la existencia y el ser de Dios. La vocación de la persona humana consistirá en el correspondiente proceso humano y espiritual de acoger y aceptar el originario “¡qué maravilla que existas!”, surgido en Dios; y la correspondiente respuesta libre del hombre en esta vida y en el cielo proclamando por toda la eternidad: “¡Santo, Santo, Santo es el Señor! ¡Gloria Dios en el cielo!”

Pero ocurre, como sabemos por la fe, que esa maravilla que ha brotado en Dios, se ve inmediatamente ensombrecida por la frustración de no correspondencia, que el diablo provocó en el origen mismo de la creación de la especie humana.


De todos modos, una vez que Dios ha creado esa capacidad de relación de amor, ya no puede morir. Será eterna. Habrá de seguirse, por una parte, un proceso de madurez física, al ritmo de las leyes de la creación; y, por otra, un proceso de purificación espiritual, al ritmo de las leyes de la redención; para que pueda darse y restablecerse una libre y maravillada correspondencia de amor entre creatura y Creador.


Esa maravilla que brota en Dios es justamente el alma. Es la creación del alma humana. Es la posibilidad de una capacidad de relación de amor con Dios y con todos, que constituye la esencia del ser persona. En los animales, esta capacidad que tienen de relación, es capacidad solo instintiva en orden a hacer viable su vida natural. En los hombres, además de esta capacidad instintiva, tenemos la libre capacidad de relación de amor.


Como digo, esa capacidad de corresponder amando a ese matiz irrepetible de amor que brotó en Dios, es la manera más sugerente que yo encuentro de definir lo que es la realidad del alma humana. Por tanto, procede directamente de Dios. No existía. Procede “de la nada”. Es Dios quien inicia esa capacidad de relación de amor. Y esto constituye la esencia del “yo”, de cada persona humana.

Resumiendo todo esto que estamos tratando de exponer nos atrevemos a apuntar, entonces, la intuición de que el alma humana es una capacidad de relación espiritual de amor, establecida por Dios mismo en nosotros, que ha recibido la vocación de ser capaz de corresponder amando, de modo único e irrepetible, a ese tono maravillado que brotó en Dios al crearnos en colaboración con nuestros padres.


Lo esencial común de todo tipo de amor.


“¡Qué maravilla que existas!”. A falta de otra expresión mejor, tomo prestada ésta, del filósofo contemporáneo alemán, Josef Piepper (1904-1997). Hace esta afirmación al escribir sobre el amor, en su libro “Las Virtudes Fundamentales”. Cuando leí en mis años de seminarista, esta expresión, con la que este filósofo define lo esencial común a cualquier tipo de amor, la pensé y la recé mucho; y reconozco que me ha servido desde entonces como referencia, cada vez que he tenido que decir o pensar algo sobre el amor.


Es evidente que las relaciones de amor entre los hombres, tienen muchos matices y grados de calidad, cantidad y modo. Aceptando, por tanto, el hecho de los distintos tipos y grados de amor que pueden darse entre las personas, ésta experiencia de maravilla, podría ser la esencia que ocurre en el santuario íntimo de todos ellos. Indicamos brevemente algunos ejemplos de distintas situaciones y grados de amor.


Por ejemplo: el amor de madre, de padre, de hijo, de hermanos, de enamorados, de esposos, de amigos, de colegas; el amor que pueda darse entre compañeros de trabajo, de asociación social o lúdica, etc. Todos los tipos de amor que puedan darse, aun siendo tan distintos, tienen en su esencia esta experiencia de provocarnos, aunque sea muy levemente, una admiración maravillada y gozosa que nace espontanea en nosotros, por el mero hecho de encontrarse y hacerse presente alguien o algo.


También la admiración puede ser negativa y de rechazo, al percibir al otro como amenaza o como algo malo. Esa es la otra cara del amor no acogido; que se manifiesta como odio y rechazo, en mayor o menor grado. Esto también es cierto y así lo apuntamos levemente sin detenernos a profundizar en ello.


Pero la madre que descubre que está embarazada, el padre que acoge la noticia de su paternidad; o bien, el tono especial de voz o el gesto peculiar y atractivo de un hombre que te cautiva, la belleza de una mujer que te enamora; el amigo que se encuentra con la persona con la que se identifica, el colega de trabajo que comparte conmigo el trabajo bien hecho entre ambos, o la multitud que en un partido de fútbol grita al unísono: ¡¡¡Gooool!!!... en todas estas situaciones brota espontáneamente, como capacidad innata a toda persona, la experiencia gozosa de maravilla admirativa.


Ese impacto de admiración maravillada que experimenta la persona en las situaciones que acabamos de indicar como ejemplos, parece ser que es la esencia común a todas las experiencias y matices distintos de amar. Esa parece ser la esencia del hecho de encontrarse las personas como tales personas que se aceptan unas a otras. Y es el origen de donde brota todo tipo de amor que habrá de rechazarse o acogerse, dando por bueno la realidad o el ser que hemos encontrado. Ante la presencia de un semejante, o de otra cosa creada, o incluso ante la presencia de Dios, el asombro maravillado que ello nos produce, crea, hace brotar, una relación de regalo aceptado, que no existía; brota ahí mismo; dándose la posibilidad de que se cree una primera relación de amor.


Dios es amor (1Jn 4,8)


Asumo con fe y con naturalidad lógica que “Dios es amor” (1Jn 4,8). Por lo tanto, es lógico que sea una esencial, perfecta, infinita y eterna maravilla. Y que la posibilidad de relacionarse con Él, ha de ser algo maravilloso.


Puesto que esto es así, entiendo que Dios es relación. De modo que la única manera de entrar en relación con Dios es que él nos cree amándonos; que sea Él el que tome la iniciativa. Que Él cree una nueva relación de amor con nosotros, haciéndonos partícipes de alguno de los aspectos de su infinito ser maravilloso. Por ello nos crea, llevado por el impulso libre de su esencia de amor. Esto hace que poseamos la libre capacidad de corresponder a su iniciativa, con el mismo tono de amor con que somos amados. De este modo se crea en la historia de los hombres, y para toda la eternidad, un nuevo tono o matiz de amor, único e irrepetible entre Dios y cada criatura humana.


Toda criatura siempre es fruto del amor. El amor es el origen de todo lo creado, porque amar es la esencia del ser y del obrar del Creador. Los seres irracionales corresponden a esta creación amorosa de Dios, sencillamente, existiendo como criaturas. Criaturas que se rigen, en inconsciente obediencia, por las leyes propias de su esencia creada. Y han sido creadas según un específico matiz de amor que puso el Creador en ellas, que no implica una correspondencia libre, sino instintiva; o bien dejándose crear-amar, para los seres puramente materiales.


Los seres libres, sin embargo, hemos de corresponder libremente, y según las leyes de la semejanza con Dios. Todas las personas que componemos la especie humana, debemos responder a esta iniciativa inicial de amor, correspondiendo libremente; concretamente con el matiz de amor de hijos en el Hijo, que instituyó el Verbo al encarnarse y hacerse verdadero hombre.


En los casos en que las personas humanas no puedan nunca ejercer un acto libre, como es el caso de los bebés fallecidos, o las personas que, por cualquier enfermedad, nunca podrán hacer “uso de razón”, entiendo que Dios ha previsto esta correspondencia de amor al Creador-Redentor, condicionándola a la libertad de padres-tutores, y especialmente en la libertad de los padrinos. Si ser padres biológicos es engendrar y acoger completamente una vida humana. Si ser padres adoptivos es acoger completamente una vida humana no engendrada por ellos. Hay que asumir responsablemente el hecho de ser padrinos, de cara a responder con la propia vida y la propia libertad, a la incapacidad espiritual inconsciente de sus ahijados. Entiendo que el papel de padres y padrinos en tema de fe y amor sobrenatural, no es un papel decorativo o anecdótico, sino esencial. Si “funciona” la gracia del Bautismo sacramental o del Bautismo de deseo, administrado a personas que aún no tienen uso de razón y de libertad, habrá que tenerlo muy en cuenta de cara a que los hijos de Dios respondamos por la salvación de muchos, ejerciendo un verdadero padrinazgo espiritual en su favor. Esto que acabamos de decir no es una realidad mágica o automática. Es una ventana bien abierta, humana y teológicamente, para darnos la posibilidad de ejercitar con responsabilidad la virtud natural más digna del hombre, que es la libertad para amar; y la virtud teologal de la Esperanza.


Resumiendo lo que venimos diciendo: entendemos entonces el alma humana como esa capacidad, por pura iniciativa suya, que Dios concede a la especie humana, de corresponder libremente a un peculiar matiz de amor personal, que no existía hasta entonces; y que Dios creó con cada uno de nosotros al crearnos. Ese matiz de amor nos constituye personas humanas, llamadas a corresponder a esa relación de amor, no de otro modo, sino libremente.


Al aplicar estas reflexiones al acontecimiento de la concepción de María, el resultado de esta maravillosa acción divina y humana, fue la creación del cuerpo guapísimo y del alma Inmaculada, de esa persona de raza judía que, a los nueve meses, sería llamada por todos, María de Nazaret.


El matiz perfecto de amor.


¡Es maravilloso que existas, hija!, expresa en silencio el Padre. ¡Es maravilloso que existas, madre!, dice el Hijo. ¡Es maravilloso que existas, esposa; mi historia de amor fecundo!, inspira el Espíritu Santo.


Éste es el origen de la Inmaculada. Y todo, en virtud de los méritos de Cristo. Sin el cual, no hubiera sido posible que la persona humana pudiera pasar de ser imagen y semejanza de Dios, a ser hijos de Dios, en el Hijo.


La correspondencia perfecta a este matiz de amor que Dios ha puesto en una criatura humana, será: “¡Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, ¡mi Salvador, porque…! Porque el Poderoso ha hecho maravillas en mí, su Nombre es Santo...” (cf. Lc 1,46-55).


En el fondo, este canto de María es un puro: “¡Es maravilloso que existas, Dios!”. Así responde esta muchacha nazarena al matiz increíble de amor con que El Poderoso la ha creado. Es una respuesta realmente inmaculada. Una respuesta de amor que se pudo dar libre y conscientemente cuando su cuerpo y su alma maduraron, al cabo de unos cuantos años después de aquel origen maravilloso de la creación de su alma; y a los pocos días de la creación maravillosa de otra alma humana irrepetible y perfecta, nacida en el seno de la Trinidad, al hacerse verdaderamente hombre el Verbo de Dios en las entrañas de esta joven nazarena.


Dios es amor. En esta lógica que venimos diciendo, no es extraño decir que su amor trinitario, es el eterno encontrarse de las tres Personas Divinas; cuyo efecto es la maravilla infinita, feliz y eterna, de su puro encontrarse en autoentrega de amor infinito.


Aun sabiendo que vuelvo a repetirme, me parece importante seguir ahondando en lo que venimos diciendo. Volvemos a insistir profundizando sobre esta idea que me parece nuclear: La creación del alma humana de María, ocurrió sin duda como fruto de una irrepetible maravilla perfecta que ocurrió en Dios ante la hija que engendraron Joaquín y Ana, y que brotó con unos matices completamente únicos y exclusivos. Creada con unas peculiaridades de amor tales, que harían posible que Dios pudiera llevar a cabo el misterio de la Encarnación y también el de la Redención.




“En atención a los méritos de Cristo”.


En atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano”. Así nos dice la definición dogmática de la Concepción Inmaculada de María. Por tanto, en virtud de la consumación del amor hasta el extremo por nosotros los hombres. En virtud del Consumatum est del Calvario y del Resurrexit del Domingo. Es la Segunda Persona de la Trinidad, el Verbo de Dios, el que llevaría a cabo en la cruz, la Nueva y Definitiva Alianza de amor de Dios, con el hombre pecador. Así, por el Verbo Encarnado y crucificado, es como se uniría en impensable y nueva maravilla de amor, lo humano y lo divino; en sabiduría divina de locura y de escándalo, como lo describe San Pablo (cf. I Co 1, 18-23).


Este plan de amor de redimir al hombre en pecado, fue la causa. Fue el punto de apoyo, que hizo posible esa maravilla de existencia. Para los que sufrimos las consecuencias del Pecado Original nos parece impensable una existencia inmaculada. Pero fue la redención real que Cristo realizaría en el futuro temporal humano, lo que a Dios Trinidad le hizo brotar de sí mismo la misericordia que creó un alma inmaculada, como presupuesto inicial para establecer una eterna relación de amor con la humanidad.


Y esta maravilla en Dios, brotó en la más estricta y pura lógica de la esencia del amor divino, que siempre es autodonación. En este momento se pudo concretar en el tiempo, el impulso redentor que brotó en Dios en el instante mismo del Primer Pecado, cuando fue profetizado que la descendencia de una mujer, (Cristo, los méritos de Cristo), aplastaría la cabeza de la serpiente (cf. Gen 3,15). Dios se “autodonó” en maravilla, ante el fruto de la unión esponsal de Joaquín y Ana. Y de ello resultó una maravilla inmaculada.


Así, podría decirse, que son los presupuestos que hicieron posible que fuera creada el alma inmaculada de María. La persona de María quedaría marcada en el mismo instante de su concepción, por la omnipotencia creadora de Dios y su omnipotencia redentora. Las dos acciones “ad extra” de la Santísima Trinidad con respecto a nosotros, quedaron implicadas de modo perfecto en la inmaculada concepción de esta mujer. Se crea de este modo, en una persona humana, una posibilidad ilimitada de relacionarse con Dios como hija, madre y esposa. Y con una capacidad de correspondencia de amor tal, que la iba a predisponer inmaculadamente a una colaboración con total docilidad de libre esclava, en la redención del pecado y de la muerte. Una capacidad de libre correspondencia de amor sin ingratitud alguna posible. Una capacidad maravillada, empapándose constantemente de la realidad de Dios y de todos sus dones creados.


Así es como parece lógico y posible el don de la Concepción Inmaculada de María. Dios creó un alma para ella totalmente inmaculada y totalmente dócil a la acción creadora y redentora de la Trinidad.


¡Qué maravilla que existas, María!”. Esto es sinónimo de “Llenadegracia” y de Inmaculada. Y si afinamos en lo profundo un poco más, también es sinónimo de Magníficat. Así lo hemos apuntado ya arriba, al escribir alguna de las palabras de ese canto mariano de amor, que es Palabra de Dios; y que el Espíritu Santo ha seleccionado, para hacerla diaria oración vespertina de la Iglesia en su liturgia de las horas.


Sabemos que Dios no se arrepiente de los matices de amor que expresa hacia sus criaturas. Por ello podemos decir que Dios avala con su amor y poder las palabras inspiradas del Magníficat. Desde aquel mismo instante de aquella concepción inmaculada, Dios esperará de Ella, su fiel y perfecta correspondencia de amor maravillada.


Por comparación similar sobre lo que venimos diciendo, sacamos la conclusión de que, de todos los ángeles y los hombres, Dios espera que igualmente le correspondamos con nuestro peculiar matiz de amor; el que Él mismo puso en nosotros como esencia de nuestra alma libre al crearla. Del mismo modo espera que aceptemos la maravilla que somos los unos para los otros. Y, si esto de ser todos maravillosos los unos para con los otros, nos cuesta reconocerlo mientras vivimos en esta tierra, al menos así ha de ser reconocido y vivido definitivamente para los moradores del cielo. En el cielo, evidentemente, todos sabremos reconocer las maravillas que la misericordia de Dios ha hecho con cada prójimo y con cada uno de nosotros. Y lo experimentaremos con alegría.


Con respecto a María, Dios espera de los ángeles, que la traten como su maravillosa Reina y Señora. Y de nosotros los hombres, espera que la llamemos bienaventurada por todas las generaciones, en la tierra y en el cielo, además de compartir con nosotros el poderla llamar “madre”.


Soledad humana en plenitud divina.


El siervo de Dios Tomás Morales, S.J. (1908-1994), fundador e inspirador de varios institutos seculares, definía el fondo del alma de un consagrado a Dios en medio del mundo, como un corazón que experimentaba soledades humanas en plenitudes divinas. El consagrado en los Institutos Seculares vive su pertenencia total a Dios sin dejar en lo exterior el mundo. No construye un monasterio o un convento, ni se viste con un hábito religioso para distinguirse-apartarse del mundo. Su monasterio de soledad se lo impone el mundo. La verdadera soledad que experimenta el hombre en el mundo, es la situación vital misma desde la que debe entregarse como ofrenda de amor, para la gloria de Dios y la salvación de los hombres.


La fuga mundi siempre ha sido el distintivo esencial de la espiritualidad de monjes, monjas, frailes y consagrados. Así, apartándose del mundo, viviendo en Dios, los religiosos tendrán la misión de poder volver después al mundo y a los hombres para entregarles lo vivido y regalado por Dios a ellos en los rincones íntimos de su vida en Dios. En el caso de los monjes y consagrados en la vocación monacal y contemplativa, su “fuga mundi” consistirá en permanecer ocultos en su clausura, ofreciendo su vida y su libertad en una constante oblación a Dios en favor de la Gloria de Dios y la redención de los hombres. Son luz del mundo como faros en la oscuridad, dando testimonio de que Dios sigue amando a los hombres y no los abandona.

Sin embargo, los institutos seculares, han de vivir solo para Dios en pleno mundo. Su vocación acoge el carisma de ser plenitud divina entre las soledades humanas. La Eucaristía diaria en la que comulgan, hace de sus vidas una constante misa, donde Cristo se ofrece al Padre en el Espíritu Santo desde el templo de su cuerpo y su vida consagrada, siendo Iglesia viva en medio del mundo. Han sido suscitados por el Espíritu Santo, en el siglo XX, con la aprobación de la Iglesia (Pío XII, Provida Mater Ecclesia, 2 febrero, 1947), justamente para vivir su plena consagración sin salir del mundo; con una entrega a Dios y a los hombres, tan plena como la de los monjes y religiosos.


En principio, el mundo material sigue siendo terreno seguro, bajo el dominio de las leyes perfectas de Dios Creador. Pero el mundo del ejercicio de la libertad, es la frontera del mundo espiritual. Y este mundo espiritual está afectado por el sello del puro bien; o bien, por el Pecado definitivo y esencial. En el orden de los seres espirituales, está el puro bien que es Dios y el mundo espiritual, cada uno en su nivel, de los hombres y de los ángeles; cuya libertad tiene que elegir rechazar el mal y optar positivamente por el bien. En el ejercicio de la libertad de los hombres, estamos afectados por el Pecado Original y también por la Redención ya realizada. Las dos realidades seducen a las decisiones libres del alma. Tras la Encarnación, el mundo afectado por el Pecado Original y sus consecuencias, está redimido; y, por tanto, está empapado hasta las entrañas de Dios, el Creador y Redentor; de modo que la elección libre del bien siempre es posible, aunque esté sujeta a muchas dificultades. Cuando la libertad opta por el bien, Dios avala que sean vencidas todas las maldades. Cuando la libertad se arrepiente del mal elegido y acepta el perdón, nadie le impide a Dios ejercer su poder absoluto de amar misericordiosamente.


En el mundo de los ángeles hay una clara separación entre los que orientaron y siguen orientando su libertad hacia el puro bien. Y los ángeles que pervirtieron la inmensa gracia de la libertad: eligieron en oposición directa y contraria a Dios; y se decidieron libre y definitivamente hacia el error y el mal.


En el mundo de los hombres, continúa el drama de la libertad que ha de decidirse constantemente entre la elección del bien y la opción por el mal. Cuando la gracia de Dios entra en contacto con las cosas y las personas afectadas por el Pecado Original, siempre se produce una pequeña o más grande… tensión, lucha, drama… Pero si la gracia topa con otra gracia, en ella encuentra gozo, enriquecimiento, apoyo, alivio, ánimo, fortaleza, etc.


El mundo en el que vivimos los hombres está afectado de estas dos realidades de pecado y redención. Por tanto, la soledad que el hombre experimenta en esta tierra, siempre estará expuesta a toparse, o con el pecado y sus consecuencias; y esto será fuente de soledad dolorosa hasta el “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado” (cf. Mt 27,46). O bien, se topará con los frutos de la redención ya realizada y vencedora; y esto será fuente de un tipo de soledad gozosísima, hasta estallar en puro magníficat.


Esta especie de drama que constantemente se está desarrollando en la vida del hombre sobre la tierra, es el ambiente habitual donde el amor goza desde la fuente de su soledad originaria. O bien se hunde en la dolorosa soledad donde el dolor del amor frustrado cae, al no ser capaz de vencer al mal que nos tentó y en el que consentimos.


En esa soledad humana esencial, es donde experimentamos lo más específico de lo humano, que consiste en constatar que nada es maravilloso sin Dios. Pero justamente ahí es donde la plenitud de amor divino hacia nosotros se vuelca en misericordia. Entonces podemos hablar de soledad humana en plenitud divina.


La otra cara de esta misma realidad es que, cuando más humanamente maravillosos nos creemos ser, sin Dios, experimentamos que, en la plenitud humana, se encierra ausencia y soledad divina. El olvido de sí mismo, la autoentrega de sí, sigue siendo la ley universal de la correspondencia de amor; la única ley que hace brotar la maravilla. El Magníficat no puede brotar jamás de un espíritu humano que se tiene a sí mismo como último valor. De hecho, brotó de un espíritu de esclava: La Esclava del Señor (cf. Lc 1,38).


Dos maneras de ser “la Esclava”


La Inmaculada no deja de sorprendernos por la cantidad de matices de vida humana con los que Dios le regaló. Su inmaculada concepción tuvo consecuencias irrepetibles, en virtud de los méritos de Cristo, por supuesto; porque sin esta premisa, nada en Ella sería coherente. Pero desde esa clave, podemos afirmar que el reconocerse como “la esclava del Señor” (Lc 1,38), además de ser cierto, encierra otra cara oculta. El talento que Dios entregó a la humanidad con esta mujer tiene su cara y su cruz. Por una cara tiene el valor de ser libremente “la esclava del Señor” del amor. Y tiene la otra cara escandalosa, la cruz de esa moneda: la realidad del hecho de haber sido forzada y obligada, por el pecado de los hombres, a asumir libremente, el llegar a ser la esclava de otro que se hizo a sí mismo señor: el pobre señor del odio, el diablo.


Entiendo la alarma que pueda producir en el lector leer semejante afirmación. Precisamente, ser La Inmaculada es justamente afirmar que María jamás estuvo sometida al poder del pecado y del diablo. ¿Cómo es posible afirmar, entonces, que fue obligada a asumir libremente el ser sometida como esclava del señor del odio, del diablo?


Tratamos de justificar esta loca y escandalosa afirmación. Entendemos esta afirmación en el sentido que San Pablo afirma que “Cristo se hizo pecado por nosotros” (2Cor 5,21). Del mismo modo misterioso que podemos afirmar que Cristo, siendo Dios, se hizo pecado por nosotros; en ese mismo sentido misterioso, afirmamos que La Inmaculada se sometió libremente como esclava del pobre señor del odio. Y no cabe otra lógica para poder afirmar estas cosas, que la idea también paulina de la loca y escandalosa sabiduría de Dios mostrada en la Cruz de Cristo. Para ello distinguimos entre los dos momentos culminantes de la respuesta, con la que el libre corazón de esta mujer Inmaculada responde a la Voluntad de Dios:


El día de la Encarnación, el amor inmaculado de un corazón como el de esta muchacha, había llegado a la certeza evidente de ser la “esclava” del Señor. Por pura gracia de correspondencia de amor al infinito de Dios por ella, había llegado a este estado objetivo de amor: el más humilde y el más disponible para la correspondencia perfecta de amor. Así había llegado a la mayor libertad para ser la esclava del Señor.


En el otro momento culminante en la existencia de María, día de la Redención, el pecado de los hombres había colocado a su corazón inmaculado también como “la esclava”. Pero una esclavitud totalmente opuesta y distinta. En la Encarnación el amor activo le llevó a ese estado de “esclava del Señor”. Ahora el amor pasivo, el amor padecido, el amor en la Pasión, le llevó a ser esclavizada por el mismo pecado de los hombres que crucificó a su Hijo, sometiéndole a la muerte y una muerte de Cruz. María es sometida por el dolor humano, por los poderes del infierno, del poder de la noche que aquella tarde, parecía realmente triunfar… La Virgen del Viernes y Sábado Santos, le llevaron igualmente, a un inmaculado y pasivo amor de Pasión con su Hijo.


Volvemos a decir que parece escandaloso y herético hacer semejante afirmación. Lejos de mí afirmar que la Inmaculada pudo tener en algún momento de su existencia la más leve mancha de culpa o de pecado. Pero la misma suerte espiritual que hubo de correr su Hijo, hubo de correr Ella misma. Jesucristo fue crucificado, muerto y sepultado, por nuestros pecados que; que, en el fondo consisten en dejarse llevar de las tentaciones del maligno y consentir en ellas, dando paso así, al triste poder de la acción del diablo. María es la esclava del Señor, por libertad de amor. Pero el pecado de los hombres, sometidos bajo la ley del pecado Original, bajo la ley del diablo, la obligó a ser sometida como esclava de los infiernos, en aquel viernes y sábado santos, donde el Verbo de Dios “descendió a los infiernos”.


El recorrido que hubo de realizar esta mujer, desde la primera esclavitud a la segunda, es un camino de misteriosas soledades humanas, en pura plenitud divina... pero en la más pura fe teologal. Misterio, -exceso de verdad-, que le obliga a caminar toda su vida como “peregrina de la fe”, como la describió el papa San Juan Pablo II en su encíclica sobre la Virgen.


María, verdadero “iconostasio”.


Nuestros hermanos ortodoxos, fieles a su rica tradición litúrgica, conservan en la celebración de la Eucaristía el “iconostasio”. El espíritu litúrgico de este elemento consiste esencialmente en permitir que se siga celebrando el “Sacramentum”, el “Mysteriun Fidei”. El iconostasio es un elemento litúrgico que encubre y protege, la intimidad del altar, en la Iglesia donde se está conmemorando el amor extremo de Dios por los hombres en la celebración de la Eucaristía. María es sin duda la perfecta realidad que permite que el misterio de Dios se siga realizando entre nosotros y que siga siendo eficazmente salvador en favor nuestro.


Sabemos que a María se la define por dos veces en el Evangelio de Lucas como la que guardaba todas las cosas meditándolas en su corazón (cf. Lc 2,19 y 51). Algo habría en el ambiente de la primitiva Iglesia, para que San Lucas resaltara con tanta claridad este detalle. Se ve que este vivir tan desde dentro todas las cosas, debía ser una peculiaridad muy marcada en la Madre del Señor.


Hay que señalar que los primeros cristianos que pudieron llegar a conocerla, aparte de los apóstoles, la conocieron cuando Ella había vivido intensamente muchos y profundos misterios de Dios y de los hombres. No es extraño, entonces, que todos notaran que Ella llevaba por dentro algo muy especial; aunque sin perder en su vida cotidiana, la normalidad y sencillez de quien está más pendiente de los demás que de su propio yo.


¿Pero qué es lo especial y esencial que María llevará siempre en su intimidad? No cabe responder de otro modo sino aceptando que su interior encierra todos los misterios de la maravilla de la Creación; y los misterios de la maravilla de la Redención. La primera de las dos maravillas que lleva dentro, es el eco de aquel: “Y vio Dios que todo era muy bueno… y descansó Dios el día séptimo de todo el trabajo que había hecho” (cf. Gen 1,31). Pero la otra maravilla era más misteriosa y mayor. Encerraba un infinito dolor que Ella no conocía todavía, pero que ya lo comenzaba a percibir desde su infancia. Esta maravilla superior, era eco del futuro momento culminante aquel en el que se oiría en la historia: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34); y algo después cuando, a su futuro hijo, “entonces, con una lanza le atravesó el costado” (Jn 19,34). Además, de lo que ocurriría al tercer día de esto, que es lo que daría sentido a todo.


La primera maravilla siempre será de puro gozo por el bien. La segunda, dolerá siempre infinitamente y llevará el sello del Misterio Pascual. Entre este vértigo estarán siempre las treinta y una soledades de la Inmaculada, que llevará dentro. Esto es lo que oculta el iconostasio de su existencia.


Todo esto podría llevarlo María dentro, porque no tenía pecado original. Con esto quiero decir que todo su ser tendrá siempre una agilidad especial para pasar de un estado de ánimo a otro sin dificultad. Porque lleva dentro los dos misterios juntos. La Inmaculada es capaz de pasar del puro gozo al misterioso dolor sin interferencias sicoafectivas, consecuencia del Pecado Original, de ningún tipo. De modo que tenía la capacidad de ir adaptando su corazón y toda su expresión corporal y anímica, a las situaciones de caridad que requerían las personas y las circunstancias con las que se encontrara. Los otros, no Ella, eran los que configuraban las reacciones y vivencias de su yo íntimo y de sus expresiones. Era capaz de vivir como nadie, las fiestas y los duelos; y pasar de una capacidad a otra de empatía, con tal agilidad de cuerpo y espíritu, que a nosotros nos resulta imposible valorar, puesto que no estaba sujeta interiormente al daño que el Pecado Original dejó en la naturaleza humana; y nosotros sí que lo estamos. La narración de las bodas de Caná que describe San Juan en su Evangelio es prueba de esto que estamos diciendo (cf. Jn 2.1-11).


Ni su alma ni su cuerpo conocen por naturaleza, ni la tristeza ni el dolor. Estas dos experiencias humanas le vendrán siempre por influencia externa. Vive todo por dentro y desde dentro con experiencia natural y real de alegría; y el dolor con el que se topa con frecuencia, le llega siempre desde fuera. Tiene el don de la perfecta caridad inmaculada; y el constante “olvido de sí misma” era natural en Ella. Dios y los otros, eran el centro de su vida. Su yo inmaculado estaba siendo configurado siempre por el primero y segundo mandamientos, de amar a Dios con todo su ser y al prójimo… de una manera que casi le… escandalizaba a Ella misma.


El misterio de su divina soledad humana en plenitud divina, le hacía ser foco constante de caridad, y por tanto de alegría; con todas las variedades y matices que tiene la alegría que brota de la inabarcable riqueza del amor verdadero. Y a la vez, vivía intensamente el dolor por el mal…


Pero juntamente con esto, en medio de la experiencia dolorosa del mal, y precisamente a causa de ello…, Ella descubría un algo más, dentro de su conciencia. Percibía como una moción espiritual de amor, que Ella descubría en el fondo de su alma… pero que no tenía referencia ninguna para poder expresarla… Su conciencia percibía esto como una maravilla más maravillosa todavía que la que experimentaba normalmente con el puro bien. Lo captaba con claridad inexpresable…, pero todo lo humano que le rodeaba, le hacía pensar que era locura y escándalo… incluso que era pecado contra la ley y los profetas, que afirmaban de parte de Dios otras normas distintas a las que Ella percibía en el secreto de su conciencia… Ya bullía dentro de su misterio interior, amor de redención: amor a los enemigos. Pero Ella no lo sabía… Lo experimentaba por dentro, pero era incapaz de revelarlo. La revelación explícita de este tipo de amor sería tarea de otra Persona.


Estos misterios son lo que iremos tratando de descubrir en su alma, pidiéndole a su esposo San José que nos acompañe en el intento. Dios quiera que se nos vaya regalando como don, contemplar el modo como Ella lo va viviendo. El vértigo de vivir entre estas dos maravillas, es posible que constituya el rincón más secreto de su intimidad y de sus soledades de amor.


Ella desconocía aquello de… “en atención a los méritos de Cristo”. María era un verdadero iconostasio incluso para sí misma. Dios obraba maravillas en Ella, lo sabía con certeza, pero pocas veces sabía cómo lo realizaba. Esto le llevaba a una constante disposición a dar vueltas a todo en su interior, en diálogo íntimo con el Dios de la historia de su pueblo, pero que era percibido por Ella de una manera tan particular y personal.


Del mismo modo que María era un verdadero iconostasio para sí misma, en el sentido de que Dios obraba realmente en Ella, sin ser consciente de ello. Así mismo, es inevitable mantener viva la sospecha que debe estar de fondo en el lector a medida que va adentrándose en este mundo de “soledades” donde Dios trabaja oculto, sin nosotros ser conscientes de ello. Una manera de poner un poco de luz en el misterio de nuestra propia existencia es mirar las grandezas que Dios ha realizado en, y a través de, esta Mujer. Sin duda Dios quiere realizar grandes proezas de redención en el misterio de nuestras pobres soledades humanas, pero el Pecado Original y sus consecuencias en nosotros construyen una especie de misterioso iconostasio, un verdadero muro, que nos impide casi siempre ver, sentir y experimentar, la acción redentora que Dios no deja de realizar en el santuario de nuestra alma y en el templo de Dios que es nuestro cuerpo. Lo que iremos considerando en este libro tiene también este objetivo: consentir en la acción de Dios en nuestras soledades y vivir, en la fe, su obra redentora a través nuestro.





LAS TREINTA Y UNA SOLEDADES








1.- Soledad de ser Inmaculada.

María es Inmaculada. Es “LA INMACULADA”. Es el matiz espiritual que más la define. Otros aspectos de su vida como el ser Virgen, el ser Madre, ser Reina… eso lo comparte de algún modo con otras personas, con otras mujeres de la historia; aunque a una distancia espiritual desproporcionadamente inmensa. Pero el ser Inmaculada, es un caso único, un caso aislado, separado, distinto… SOLO Ella ha sido y es Inmaculada. Ésta es entonces, su primera y básica soledad esencial. María será siempre conducida por el Espíritu Santo a la raíz de esta solitaria esencia de su alma, cuando quiera obrar a través de Ella, algún prodigio de especial fecundidad redentora.

Es cierto que todas las personas somos semejantes unos a otros. Incluso podríamos hacer unos pocos grandes grupos clasificatorios donde ir situando a cada persona. En cuanto a los elementos esenciales de su ser, la clasificación podría reducirse a unos pocos elementos: mujeres y hombres, distintas razas que cada vez tienden irremisiblemente al mestizaje, distintas lenguas que cada vez se van reduciendo a menos; y unas poquitas grandes clasificaciones más. Pero en la gran aldea global a la que va tendiendo la humanidad, todos nos vamos uniformando en casi todos los aspectos. El avance de la globalización parece caminar en este sentido.

Así parece que van evolucionando los tiempos y las edades de la especie humana. Lo global, el pensamiento único, lo políticamente correcto, las modas y las corrientes de opinión; incluso todos vamos enganchándonos en esa gigantesca “net” que nos interconecta a unos con otros y con todos. Parece que hemos sustituido el misterio del Cuerpo Místico espiritual, por esas no tan misteriosas redes tan materiales a las que nos conectamos. Esta corriente tiende a invadir nuestro mundo social y casi todos los ámbitos de nuestra vida privada, esto es cierto.

Pero hay un aspecto de nuestro ser que es absolutamente único e irrepetible: nuestro matiz de amor. Solo nuestra capacidad de acoger y ofrecer amor nos hace únicos e irrepetibles. Todo amor verdadero brota del santuario de nuestra intimidad, cuyos guardianes son el silencio y la soledad. Es desde ahí, desde donde obra nuestro auténtico yo personal. Las decisiones de amar o no amar, siempre se toman a solas y en silencio. Aunque sean una soledad y un silencio mínimos.

Nuestras respuestas de amor son como un eco del primer matiz de amor nuevo con el que fue creada nuestra alma “de la nada”. Del silencio originario, de “la nada”, es desde donde Dios creó un matiz irrepetible de amor hacia nosotros. Todo amor nuestro, solo es una respuesta a este matiz de amor primigenio que nos puso en relación con Dios, y nos dio posibilidad de relacionarnos también amorosamente con toda la creación y con nuestros semejantes. Solo Dios es amor, puro autoentregarse. Y los demás seres somos, en la medida que acogemos ese amor con el que fuimos creados y que nos hace existir. No responder a este amor esencial creador nos condenaría a la soledad esencial completa, sin posibilidad de relación ninguna. Algo así ha de ser esencialmente el infierno: la frustración absoluta de cualquier tipo de relación personal, el alejamiento ilimitado hacia la soledad eterna, en eterna huida hacia el abismo del vacío de uno mismo, tratando de escapar de la invasión, difusiva por esencia, del amor creado, expresado, acogido y correspondido.

Ya indicamos en la introducción, que La Inmaculada Concepción de María debió de brotar de lo íntimo más íntimo de la esencia de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, al pensar crear la naturaleza humana. Y porque su origen brota de la esencia de lo más íntimo de Dios con respecto a la especie humana, su destino es la correspondencia más total y plena, con mayor plenitud.

El tono y el matiz de amor que brotó de la esencia trinitaria del Padre, Hijo y Espíritu Santo, debió tener tal perfección, que penetró sin obstáculo alguno en el mundo de lo humano, a pesar de que aún estaba controlado por la tiranía esclavizadora del Pecado Original. En el mundo del pecado sólo la absoluta omnipotencia de Dios se podía imponer, invadiendo con su gracia perfecta el mundo del pecado, aun sin haberlo redimido todavía.

Lo humano era dominio del diablo, es cierto. Pero sabemos que en el mismo instante que apareció el pecado, apareció el plan de revelar el amor de misericordia. En el mismo instante en que el diablo consiguió su presa, Dios inyectó en el pecado el virus redentor de su Promesa. Por lo tanto, la omnipotencia de Dios ejercía su soberanía invadiendo con su poder. Si el diablo ejercía su poder en lo humano, Dios también ejercía el suyo con misteriosa sabiduría perfecta. Entraba en ocasiones en lo humano; y lo hacía estableciendo alianzas y relaciones con algunos hombres escogidos, con el fin de llevar a cabo su plan redentor. Libremente comenzó a establecer pactos de fe y alianzas de fidelidad, con los hombres.


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