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Cuando alguien te dice: “Sé realista, no te puedes ganar la vida escribiendo”

Enrique Castellanos Rodrigo

ISBN: 9781370895113



Dedicado a todas las personas que escriben y a todas las personas que leen lo que otros han escrito. Porque los unos existen gracias a los otros y viceversa.



Derechos de Autor

Autor: Enrique Castellanos Rodrigo

Código de registro: 1709073466544

Fecha de registro: 07-sep-2017 7:37 UTC

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© Todos los derechos reservados





Índice

Nunca nada es lo que parece: pero si quieres escribir, ¿por qué no hacerlo?

¿Quieres ganarte la vida escribiendo? Sé realista y hazlo.

Otro reto: Aguanta en esta carrera de fondo

Los sueños, ¿se relacionan con tu talento?

¿Cómo encontrar tu propio estilo? Descúbrelo mientras escribes

Cómo conseguir convertirte en Blogger FreeLance

Cómo escribir a coste cero (Prepara tú mismo el texto de un libro digital o de papel)

El reto: El equilibrio entre tú mismo y tu tiempo

Las Redes Sociales: Su uso consciente y equilibrado

El resultado final: Escribe por amor al arte

Conclusiones: ¿Quién decide si eres o no escritor?

Otros títulos del Autor

Datos del Autor

Biografía del Autor



Nunca nada es lo que parece: pero si quieres escribir, ¿por qué no hacerlo?

Hace unos años, alguien bienintencionado me dijo: “mira, olvídalo, uno no puede ganarse la vida escribiendo. Sé realista, escribir no da dinero”.

Cuando alguien que nos aprecia (o eso probablemente pensábamos hasta que nos soltó una frase así), nos dice algo como esto, sin duda lo está haciendo porque está pensando en lo que es mejor para nosotros. ¿Verdad que es por eso? O quizás no lo sea… ¿Y sí está pensando en otros intereses como los suyos propios? Bueno, probablemente nunca lo sepamos. Y seguramente sea mejor así (si lo que queremos es seguir conservando su cariño y su amistad). Lo mejor es, entonces, no preguntarnos en exceso porqué alguien nos dice, sea quien sea, una aseveración como la frase del principio, una sentencia lapidaria de esas que ponen en duda el porqué hacemos lo que hacemos. Una buena norma en la vida es no dar vueltas a cualquier cosa que no nos ayude a cumplir con nuestras metas u objetivos en la vida.

El caso es que, si alguien nos suelta una frase como, “sé realista, no te puedes ganar la vida escribiendo”, y justo nos lo dicen en el momento en el que nos estamos iniciando como escritores, a lo mejor eso sea la puntilla que sirva para que nos hundamos y dejemos de escribir. Abandonar nuestros sueños es siempre lo más fácil en la vida. Tirar la toalla, arrojarla al suelo, es, en sí mismo, un ejercicio personal muy sencillo. Por otro lado, seguir el camino del sacrificio y del esfuerzo exige, en la mayoría de las ocasiones, un mayor análisis profundo de nuestra situación personal, valorando los pros y los contras y, normalmente, desestimamos escoger ese camino por considerarlo demasiado complicado.

También pudiera ocurrir que un buen “amigo” o “amiga” nos diga desde el cariño algo así como, “¿y por qué no dejas de perder el tiempo escribiendo? ¿No te das cuenta de que hay muchos escritores? ¿Acaso te crees que la gente te va a leer? ¿Quién te crees, el próximo Pulitzer? Bueno, lo primero sería agradecerle sus amables palabras y, después, intentar ignorarlas. Y decimos intentar ignorarlas porque cuando uno lleva bastante tiempo intentando hacerse un hueco en el mundo de la literatura y parece que no lo ha conseguido, entonces, palabras como las anteriores, se unen a los sentimientos negativos que ya teníamos porque no vemos muchos resultados a el tiempo y el esfuerzo que estamos invirtiendo y, sencillamente, podríamos concluir que hasta aquí hemos llegado. Que lo sensato sería hacer caso a los “amigos” y, quien sabe, quizás a la familia (si es que algún ser querido, con su buena intención, nos ha dicho algo parecido) y abandonarlo todo.

También hay que decir que la mayoría de quienes nos dicen esto es porque nos quieren y no desean que lo pasemos mal. Y eso es verdad y hay que agradecérselo. Nos quieren y nos aprecian. Desean que seamos felices. Pero puede ser que hayan interpretado que nuestra única meta de ser escritores es la de después recoger resultados tangibles, como la venta de libros y cosas parecidas. Así que, les daremos las gracias y luego les intentaremos explicar las razones que hay tras nuestra vocación de ser escritores. Podría ocurrir también que nosotros mismos tuviésemos que cambiar nuestra actitud en ese sentido. Si nos vemos demasiado obsesionados con los resultados, es normal que se preocupen por nosotros y que concluyan que lo mejor es que lo dejemos.

Otro factor que puede suscitar este tipo de frases tan amigables como “deja ya de perder el tiempo. ¿Quién te crees, Cervantes o Shakespeare?”, se pueden deber a que, en la sociedad en la que vivimos, está muy introducido ese concepto de que en la vida sólo pueden suceder dos cosas: el fracaso o el éxito. Lo cierto es que medir nuestra escritura de esa manera también la supedita a un ámbito demasiado ambiguo. Porque, siendo honestos, ¿Qué es, en realidad, fracasar o triunfar en la escritura? ¿Se mide el éxito únicamente por el número de ejemplares vendidos o por el número de seguidores que como escritores podamos tener en nuestras redes sociales? Hay un dicho judío que dice que “quien salva una vida salva al mundo”. En cierto modo eso es lo que ocurre con un libro. Quien lee un libro salva un poco su alma porque los libros aportan joyas y verdades a través de un ejercicio mental único e inigualable, con la pausa de la reflexión y la meditación. Así que, si uno de nuestros libros, que tanto esfuerzo y sacrificio nos ha costado escribir, apenas lo leen un puñado de personas, ¿significa eso que hemos fracasado?

Os contaré una anécdota que me ocurrió de adolescente. Estaba rebuscando en el desván de la casa del pueblo, esa casa mítica donde muchos hemos disfrutado del verano durante nuestra infancia junto a nuestros queridos abuelos. Buscando en el interior de algunos baúles viejos, encontré un libro. Se llamaba “La Guerra de las Galias” de Julio Cesar. El libro era de papel fino, incluso la tapa y la contraportada. Estaba muy deteriorado. Sus hojas estaban amarillentas y, al tocarlas, parecía que se deshacían. ¿Sabéis que hice? Lo leí. Probablemente ese ejemplar no lo hubiese leído nadie en décadas. Llevaba guardado allí muchísimo tiempo. Cuando se lo mostré a mi abuela ni siquiera ella se acordaba de que estuviese allí, así que quizás ese ejemplar lo adquiriese mi tatarabuelo o tatarabuela o mi bisabuelo o bisabuela, quién sabe. El caso es que, por muchos años, quizás en un par de generaciones sucesivas, nadie había leído ese libro oculto en ese baúl. Pero era una joya. Y para mí fue uno de los muchos libros que leí durante aquella época que me ayudaron a seguir creciendo como escritor. Así que, ¿cómo se mide el éxito de un libro? Verdad que, una vez más, ¿todo es muy subjetivo?

¿Qué hacer, entonces, ante una afirmación tan contundente de esas de, “déjalo ya que te vas a quemar”? Todo depende de un factor: si creemos en nosotros mismos o no. Por ello, lo primero y más recomendable, sería no tomarnos muy en serio cualquier afirmación externa que recibamos sobre si merece o no la pena seguir haciendo lo que verdaderamente nos apasiona en la vida. Eso es lo que me pasó a mí. Cuando me dijeron, “olvídalo, uno no puede ganarse la vida escribiendo. Dedícate a otra cosa”, me tomé esa frase como un reto personal, como mi gran desafío en la vida. Porque me di cuenta que lo que verdaderamente me hacía feliz en la vida era poder escribir. O, sencillamente expresado, escribir por escribir. Y eso me llevó a reflexionar profundamente en aquella frase que me soltaron.

Por todo ello, preguntémonos, ¿por qué escribimos? ¿Únicamente para ganar dinero? Bueno, creo que escribimos realmente por vocación, porque nos apasiona y porque nuestra meta es, sencillamente, volcar nuestros pensamientos y emociones sobre una hoja en blanco, como si los límites de esa hoja fueron nuestro propio microcosmos, un mundo nuestro, propio, una creación personal e intransferible. Eso somos y eso hacemos. Y ese acto sublime, el de escribir, nos llena tanto, que es como si el resto del mundo se parase cuando nos ponemos delante de esa hoja en blanco que nos reta a llenarla con palabras y más palabras. Dicen que un escritor vive dos realidades bien distintas: la de su propia vida, la real, la cotidiana, la que se enmarca dentro de una rutina diaria y, por otro lado, la vida creada a través de su propia imaginación y que luego plasma en sus escritos o libros. Mientras que la primera contiene límites bien definidos, ¿qué ocurre con la segunda, con la vida que creamos con nuestra mente? ¿Se puede poner barreras a la imaginación, fronteras definidas? Tal vez por eso, quien escribe ya se ha convertido en escritor. No se puede poner barreras a la mente humana como tampoco se las puede poner a los océanos.

Por eso mismo, a la hora de determinar si uno es o no escritor, podríamos caer en el error de supeditarlo a opiniones de terceros. Esto es mucho más habitual de lo que pensamos. Y eso ocurre porque los seres humanos somos sociables y necesitamos tener la aceptación del entorno que nos rodea. Esto también nos ocurre como escritores y escritoras. Por ejemplo, enviamos a una editorial una de nuestras novelas y, sin esperarlo, la rechazan. O presentamos un relato corto a un concurso literario y no resulta seleccionado ni ganador. También puede ser que escribimos un post en nuestro blog y nadie lo visita. Y el colofón es que autopublicamos un libro y, para nuestra decepción, nadie lo compra. ¿Significa eso que nos somos escritores o escritoras? O lo que puede resultar más drástico, ¿Qué no somos buenos en el arte de la escritura? Todo en la vida es subjetivo. Sinceramente, en mi caso particular, no escribo esperando un resultado. Escribo porque me apasiona. Y eso es lo que me llevó a escribir, por ejemplo, este libro de Autoayuda. Con el mismo estoy intentando explicar que, si deseas escribir, debes, como consecuencia natural de lo que tu mente y tu cuerpo te piden, escribir, sin más diatribas que tomar en cuenta. Si lo deseas escribe. Olvídate de las metas y los objetivos. Deja que la palabra fluya a través de tu espíritu. Es sano y bueno. Es lo que somos.

Los seres humanos poseemos la cualidad de ser creadores artísticos. Mi disciplina nunca fue la pintura o el dibujo. Tampoco fue la música, por mucho que me empeñé en tocar un instrumento durante un año para luego descubrir que ni siquiera era capaz de distinguir un SOL de un LA. Pero escribir, siempre lo he hecho. Siempre he escrito. Creo que comencé a hacerlo cuando alguien me puso un lápiz en las manos y me mostró que, cada vez que movías la muñeca, ocurría algo mágico sobre el papel en blanco. De pronto se formaban letras. Luego esas letras formaban sílabas y, por último, las sílabas formaban palabras. Y ese fue mi gran descubrimiento en la vida: la magia estaba en las palabras y, dependiendo de cómo conjugarlas, transformarlas, mezclarlas y posicionarlas, podía, de forma natural, crear y crear frases, textos, párrafos, páginas llenas de vida y sentimiento. ¿Cómo sabes si escribir es tu vocación? Es como estar enamorado. Se siente el mismo hormigueo en el estómago cada vez que empiezas a escribir. Si lo sientes, entonces ya sabes que estás hecho para esto.

Así que ante la frase de, “olvídalo, déjalo, estás perdiendo el tiempo con eso de escribir”, simplemente saqué esta conclusión: cuando uno hace algo que le apasiona sin esperar nada a cambio, entonces, ha llegado a encontrar su verdadero propósito en la vida. Y sí, ahora quiero agradecer en lo más profundo de mi corazón a aquella persona que me soltó aquella frase. Porque me ayudó a entender los motivos que había tras mi ejercicio habitual de escribir. No lo hacemos para ganar dinero. Tampoco escribimos para vender libros. No es nuestro objetivo llenar de críticas creadores las redes sociales cada vez que alguien mencione un libro nuestro. Lo que nos anima a enfrentarnos al reto de comenzar un nuevo libro, entendiendo el sacrificio y tiempo personal que debemos de invertir en este acto, no es conseguir un objetivo determinado que se traduzca en dividendos económicos. No vemos el acto de escribir como un acto económico. Escribimos porque nos apasiona escribir. Es simple, pero es que en la sencillez está muchas veces la belleza.

Sin embargo, seamos realistas. Cuando ponemos a disposición del lector una obra literaria también sabemos que, tal y como funciona el mundo, para que esa obra pueda subsistir y crecer, debemos de permitir que esté colocada en una editorial física y online y que, para ello, nos exijan ciertas transacciones económicas que, intentando poner con el coste más bajo posible, se hace luego disponible al público. De otra manera podríamos sacar copias impresas y regalarlas al viento. El mundo funciona como funciona y, al final, no queda más remedio que adaptarse a la simbiosis existente entre lector, el escritor y la editorial. Pero al final, lo importante es que, después de ese periplo no exento de dificultades, que podamos dar rienda suelta a la imaginación y que se nos permita que los libros vuelen fuera de las ventanas de nuestras casas, que vuelen alto, muy alto, por los cielos del mundo para que sus palabras lleguen a lectores tan lejanos como los que pueda haber en la otra parte del mundo. Eso también es bello, aunque indudablemente no es nada sencillo sino algo muy complejo.

Todo lo anterior es muy bonito. Puede parecer hasta místico. Pero, ¿qué podría ocurrir si, en realidad, escribiésemos para ganarnos la vida y sí, para ganar dinero? Bueno, podría ser este nuestro motor. Nadie debe de juzgar a nadie por sus motivos. Son, de hecho, muy personales y cada persona tiene tras de sí decenas de historias que, para bien o para mal, nos han hecho exactamente como somos, con nuestras virtudes y con nuestros defectos. Así que si nuestra meta es intentar ganarnos la vida con la escritura, también hay que aplaudirlo. Sin embargo, hay que ser especialmente realistas. Es muy difícil, muy complicado y casi imposible ganarse la vida escribiendo. Un ejemplo desde el punto de vista de la venta de libros: si queremos recibir un sueldo de 1.000 € al mes (este es, dicho sea de paso, un sueldo básico para cubrir nuestras necesidades materiales más inmediatas), e intentamos recibirlo por la venta de nuestros libros, ¿cuántos libros deberíamos vender cada día para mantener ese sueldo? Si un mes tiene 30 días, lo dividimos por los 1.000 euros y la cuenta resulta en 33,33 € al día o, en otras palabras y haciendo números redondos, necesitaríamos vender más de 30 libros al día (considerando que el Autor tuviese 1 € de beneficio por día). Si queremos ser más magnánimos con estas cifras, digamos que el Autor recibe 2 € por la venta de cada libro. Entonces necesitaría 15 libros vendidos diariamente. Pues bien, he aquí el reto. Algunos lo han conseguido pero, siendo honestos, conseguir esto es casi un milagro.

Por eso decíamos antes que, si escribimos para obtener beneficios económicos tangibles, entonces puede ser que nuestro espíritu de escritor se pueda deshacer rápidamente como una casa de naipes. Poner nuestras ilusiones y esperanzas en los beneficios económicos nos puede sepultar de inmediato.

¿Qué podríamos hacer ante todas estas situaciones? ¿Por qué no meter en el mismo saco todos los anteriores motivos? Es decir, escribamos por pasión, por devoción, porque nos hace estar vivos y también para vender algún libro, para dar la oportunidad a los lectores que nos puedan leer, con la idea de seguir aprendiendo (porque uno siempre tiene que ser humilde y pensar que no lo hace todo perfecto y que siempre se puede ir perfeccionando el arte de la escritura), para poder sentirnos mejor con nosotros mismos y porque escribir es, y de eso estoy plenamente convencido, la mejor ocupación que puede hacer un hombre desde el punto de vista artístico. Estoy convencido de que un músico o un pintor dirán lo mismo de su vocación. Ahí está la grandeza en el ser humano, en que exista la variedad en la expresión artística.

Cómo última reflexión antes de entrar en materia, es importante concluir que, muy probablemente, ni en esta vida ni quizás en cinco como está, consigamos triunfar como escritores o escritoras desde el punto de vista del sentido del triunfo de la sociedad en la que vivimos. Es increíble ver el porcentaje de tiempo y esfuerzo que debemos de invertir para darnos a conocer como escritores, sobre a todo a través de las redes sociales, para promocionar nuestros libros. Es cierto que son una herramienta muy poderosa y parece que nos vemos abocados a tener que emplearlas queramos o no. Pero, desde el punto de vista del escritor o la escritora, ¿os imagináis las obras que podríamos desarrollar si todo ese tiempo lo pudiésemos invertir en escribir? Porque, en realidad, eso es lo que queremos hacer, ¿verdad? También hay que añadir que, como escritores, es un placer poder interactuar con los lectores y que, sin duda, ellos no solo se lo merecen sino que es necesario hacerlo. Y no solamente porque el lector lo demande sino porque el escritor también lo necesita. Un escritor o escritora nunca debe de caer en la soberbia de pensar que lo sabe todo. Es todo lo contrario. El que escribe siempre está en un proceso continuo de aprendizaje. Y los que más le pueden enseñar son precisamente los que leen sus libros. Por ejemplo, si un lector nos señala un error en uno de nuestros libros, ¿Por qué no escucharlo y corregirlo?

Os contaré una anécdota al respecto. Cuentan que Miguel Angel, el famoso artista italiano nacido en Caprese el 6 de marzo de 1475 y fallecido en Roma el 18 de febrero de 1564, quien desarrolló su arte en campos como la arquitectura, la pintura o la escultura, terminó su famosa escultura llamada “El David” y la expuso al público. Durante la exposición, se le acercó un zapatero del lugar y le señaló que las sandalias que había puesto en la escultura no correspondían con el calzado que se llevaba en Israel cuando David se enfrentó a Goliat. Miguel Angel, lejos de molestarse por esa observación, decidió hacer caso al zapatero y, esa misma noche y, una vez que la exposición se hubiese cerrado al público, modificó los pies de la escultura eliminando el calzado de los mismos. Sea cierta o no esta anécdota, puede servirnos de ejemplo para mostrar lo importante de mantener siempre una menta abierta a los consejos y observaciones que nos puedan dar los lectores. Rectificar es de sabios. Avanzar hacia adelante significa muchos veces dar dos pasos atrás. Borrar un texto que a nosotros nos parecía perfecto pero que varias personas nos señalan que es incorrecto, no es, para nada, un sacrilegio. La mente abierta debe de ser practicada principalmente por el Autor. Eso nos hará, sin ninguna duda, mejores escritores y escritoras.

Llegados a este punto, intentaremos, con realismo, ayudar a los escritores a saber cómo ganarse la vida con la escritura (aunque parezca una paradoja). Esto significa que conseguirlo quizás no llegue a través de lo que nosotros pensábamos que era el camino para alcanzarlo. Pero si deseamos escribir, podemos continuar haciéndolo con esperanzas renovadas cada día. También veremos cómo perfeccionar la escritura en algunos ámbitos y a seguir cultivando la meta de seguir escribiendo con tesón, esfuerzo y dedicación. Y dado que estamos en la época de la autopublicación y la promoción del Autor, dedicaremos dos capítulos que mostrarán como publicar un libro a coste cero y como promocionarnos con equilibrio a través de las redes sociales.

¿Estamos preparados? ¿Afrontamos el reto de aprender unos de otros? Pues si es así, adelante y continuemos leyendo porque, por encima de todo queremos escribir porque nos consideramos escritores y escritoras. Y el que nos diga, “sé realista, no te puedes ganar la vida escribiendo”, en realidad, todavía no ha entendido lo que significa sacarnos palabras de la chistera de nuestra mente para crear con ellas nuevos mundos por descubrir. No nos enfademos. Expliquémosles con cariño lo que significa.

Nosotros, a lo nuestro. Avancemos en el siguiente capítulo.



¿Quieres ganarte la vida escribiendo? Sé realista y hazlo.

Cuando uno repasa la vida de decenas de famosos de artistas a lo largo de la historia del hombre, uno encuentra un denominador común en todos ellos. Muy pocos consiguieron ganarse la vida económicamente con su arte y la mayoría de ellos murieron pobres y arruinados. De acuerdo, entonces lo dejamos y ya está, ¿no? No, ni mucho menos. Pero el hecho anterior nos ayuda a ser realistas y, aunque parezca una paradoja, a intentar ganarnos la vida con lo que nos apasiona.

Aprendamos de algunos artistas del pasado.

El caso de Wolfgang Amadeus Mozart (compositor de música) es peculiar. Hasta un año antes de su muerte en 1.791, vivía gracias a los préstamos que le hacían. Prácticamente pasó toda su vida sufriendo por este motivo. Fue precisamente en el último año de su vida donde tuvo varios patrocinadores que le permitieron estar tranquilo en este campo. Pero le duró poco porque falleció al poco tiempo.

Vincent van Gogh (famoso pintor neerlandés que falleció en 1.890) siempre vivió a expensas de la ayuda económica que le daba su hermano. En vida nunca alcanzó la fama y a nadie le interesaban sus cuadros.

Emily Elizabeth Dickinson (poetisa estadunidense), murió sin un centavo. Pero al fallecer, ocurrió algo maravilloso. En la habitación donde residía encontraron hasta 40 libros encuadernados de manera artesanal, que contenían la parte principal de la obra de la autora. La colección se completaba con más de 800 poemas que nunca habían sido publicados y ni siquiera vistos por nadie, a excepción de la propia poetisa. El resto de su obra la constituían las poesías que ella misma insertaba en sus cartas.

¿Qué podemos aprender de estos ejemplos y de muchos otros que podríamos seguir citando?

Qué, sin duda, es natural que un artista desee ganarse la vida con su arte. Pero que, en la mayoría de los casos, si comparamos el número de artistas que han “triunfado” en vida con los que no lo han hecho ni lo harán nunca o que lo hicieron de manera póstuma, encontramos que “ganarse la vida” desde el punto de vista económico es un hecho bastante utópico. Pero también encontramos otra lección. Que el factor económico no es el principal. Hay muchos otros, que antes enumeramos. Así que, sí, es posible “ganarse la vida escribiendo”. Porque la ganancia no es solo la económica. Hay muchas clases de ganancias.

Por otro lado, debemos ser realistas con lo que significa la autopublicación

Lo primero que tenemos que tener en mente es que, si queremos autopublicar nuestros escritos, con el objetivo de conseguir dinero a cambio y, quizás, vivir de ello, es bueno desde el principio desmitificar este concepto desde el comienzo.

Es muy difícil vender un libro digital, como explicábamos antes con los números. Seguramente quien nos compre un libro (y tal vez las primeras ventas lleguen por compromiso) sea la familia o algún amigo. Por eso, es clave entender que la autopublicación se concibe más como la oportunidad que jamás antes ha existido en la historia de que, por fin, un escritor “Indie” o independiente pueda poner públicamente a disposición de millones de personas lo que ha escrito. Porque, en esencia, eso significa escribir. Escribir es compartir. ¿Y no nos parece que esto sea un milagro? Sin duda que lo es. De tener nuestra novela metida en un cajón a tenerla puesta a la luz de millones de personas. Gracias, Internet.

No lo olvidemos: escribimos porque deseamos que otros puedan leer lo que pensamos e imaginamos, independientemente de los resultados. Incluso, hay muchos que escriben sin ese propósito, y que lo hacen simplemente porque escribir es equiparable a hablar. Es la forma más directa y contundente de expresarnos con nuestros semejantes. Es una necesidad tan intrínsecamente humana que, no hacerlo, nos convertiría en animales. Por eso nosotros si tenemos esa capacidad y ellos no.

Y eso es lo que la autopublicación en Internet nos permite hacer. Ser personas que nos comunicamos con otras millones de personas a través de la red. De ahí que el mero objetivo económico sea tan difícil de obtener porque, si nos fijamos a fecha de hoy, ya hay decenas de miles de escritores y escritoras que se autopublican. Así que conseguir nuestro propio espacio es como decir a una pequeña piedrecita de un río que sobresalga por encima de las demás. Quien lo consiga que se sienta afortunado.

¿Por qué apelamos a estos sentimientos? Para evitar la frustración, la congoja de no conseguir los resultados que esperábamos si solo los asociamos a un objetivo económico. Y para evitar esa cruenta comparación, ponemos sobre la mesa la posibilidad real de autopublicar de una manera rápida y sencilla. Esto conseguirá que, con el paso del tiempo, nos sintamos satisfechos porque siempre podremos pensar que tampoco hizo falta invertir una cantidad muy elevada de sacrificio y esfuerzo a la hora de preparar los formatos de nuestros escritos para luego no obtener dividendos a cambio.

Bueno, este es tan sólo un enfoque orientado a esta tarea. Solo intenta trasladarnos la idea real de cuál es la situación y cómo podemos sobrevivir al impresionante universo de la autopublicacion. ¡Y muchos dicen que estamos todavía en los comienzos! Pues si eso es así, será maravilloso ver algún día como todo el mundo, cada persona, ha puesto su impronta en este universo al escribir un libro y autopublicarlo. Para un escritor, ver eso en algún momento, será como ver cientos de amaneceres a la vez. Dará sentido a la vida y elevará el espíritu humano hasta cotas inalcanzables.

Así pues, ¿cómo podemos denominar el término “ganarse la vida”?

El diccionario traduce la palabra “ganar” como “Adquirir una cosa, generalmente dinero o algo bueno, con el trabajo, el esfuerzo o la suerte”. Pues bien, si no obtenemos dinero (que este es un de los factores que se pueden obtener), ¿qué otras cosas buenas podemos obtener con nuestro trabajo y esfuerzo?

Enumeremos algunas:

Hacer algo que nos llena de manera personal.

El placer de que otros nos puedan leer.

Aumentamos nuestra dignidad y autoestima.

Conocemos personas nuevas dentro del círculo de escritores y lectores.

Hemos conseguido nuestra meta: ser escritores y escritoras.

Dejaremos obras póstumas tras nuestra muerte: un libro es eterno. Nunca puede ser destruido. Es el mejor medio que existe para dejar a otros lo que somos, lo que fuimos y lo que deseamos ser.

Estos son sólo algunos de los beneficios no relacionados con el dinero que podemos conseguir. Seguro que a ti, querido escritor o escritora, se te ocurren muchos más.

Pero la palabra Ganar también tiene otro significado: “Conseguir una cosa tras mantener un enfrentamiento, disputa o competencia con otra persona”.

¿A quién ganamos? ¿Contra quién luchamos cuando escribimos? ¿Contra nuestro prójimo, los lectores, los escritores? No. Esto no se trata de demostrar quien vende más libros, quién tiene más seguidores en las redes sociales o quién escribe más libros. Nuestro prójimo, como decíamos antes, es nuestro amigo y aliado. Crecemos con ellos. Aprendemos de sus sinergias. Avanzamos escuchando sus consejos y críticas constructivas. Entonces, ¿quién es esa persona con la que disputamos o competimos? Somos nosotros mismos. Cada vez que escribimos luchamos contra nosotros, nuestras debilidades y nuestras virtudes. Intentamos superara el reto de rellenar una hoja en blanco. Creemos en lo que hacemos aunque el resto del mundo lo ponga en duda. Es nuestro reto personal. Porque, al final, a todos nos pasa que nos asolan las dudas, esos sentimientos que nos dice, como un taladro que golpea nuestras mentes que, en realidad, no merece la pena el esfuerzo, que para qué escribir, que si luego no vendes nada, que nadie te leerá, que no tienes talento, que esto no es lo tuyo, que es mejor que lo dejes, ah, y eso que ya hemos dicho repetidas veces: “sé realista, no te puedes ganar la vida escribiendo”.

Pero, no pasa nada. Todos nosotros somos realistas y queremos ganarnos la vida escribiendo y, por eso, lo hacemos.

Podríamos terminar esta sección con las palabras de un escritor Español quien dijo:

“El banco era mi trabajo. Me veía obligado a ganar dinero para comer. Con la literatura no ganaba un duro, pero me esforzaba en ello porque era y es mi propia vida. Sin ella no podría vivir. No concibo un día sin pensar en ideas literarias, sin tomar notas, sin llevar mi cuadernito, apuntar algo, discutirlo un poco… no, no me lo imagino”.

Estas palabras son de José Luis Sampedro (escritor, humanista y economista español, Barcelona, 1 de febrero de 1917-Madrid, 8 de abril de 2013). Para mí, son las mejores palabras nunca escritas que definen mejor lo que es ser una escritora o escritor en los tiempos en los que vivimos.



Otro reto: Aguanta en esta carrera de fondo

Dicen que escribir depende de la inspiración, de que se crucen los astros en el universo o de que nos vaya mal en la vida durante un periodo de tiempo y que es ahí donde mejor uno puede escribir, después de un periodo de sufrimiento. Todo esto y cosas similares son como poner una cuchara en la boca de una botella de champán para que no se vaya el gas. Básicamente te lo tienes que creer. La realidad de la vida de una escritora o de un escritor es que, como cualquier otro arte, escribir requiere tesón, disciplina, trabajo, regularidad, aprendizaje, técnicas y, por supuesto, mucho pero que mucho corazón. Sin estos ingredientes, las palabras, por muy inspiradas o inspirados que nos sintamos, no van a salir o fluir por arte de birlibirloque. Por eso decimos que escribir es como una carrera de fondo. Hay que entrenarse, colocarse en la salida, comenzar a correr y aguantar hasta la meta. Y, una vez cruzado el umbral de la llegada, es probable que no recibamos el premio que esperábamos. Así que, ante este panorama, ¿merece la pena aguantar como escritores?

La respuesta es contundente y es que sí, ¡sin duda que merece la pena correr esta carrera! El premio no está en la llegada, está en el recorrido, en el trayecto que nos llevará durante muchos meses y, en algunas ocasiones, hasta años, en la creación de un libro. Cuando lo conseguimos, es casi como tener una hija o un hijo. A veces sucede que el premio se recibe al final. Puede ser que ganemos un certamen literario. A mí me ha pasado. He ganado un par de ellos con dos relatos cortos a los que les tengo mucho cariño. Ahí el premio se ha traducido en una cantidad económica menos impuestos. Y cuando todo eso termina, te das cuenta de que tu vida sigue exactamente igual. La cuantía económica no ha sido en realidad lo que ha hecho que cambien las cosas o sigan igual. Ganar un certamen sirve sobre todo para ratificar que quizás no lo hagas tan mal en esto de la escritura. Pero, ¿sabéis qué? Siguiendo en la línea que hemos dicho anteriormente, lo importante no es tener algún tipo de reconocimiento que nos diga que escribimos bien o mal. Lo relevante es que si deseamos hacerlo lo haremos. Y al igual que ocurre con cualquier otra materia o disciplina que se practica, por el simple hecho de que estaremos escribiendo y escribiendo, entonces, por inercia, mejoraremos.

Y he aquí un consejo que yo recibí y que comparto con todos vosotros. Si deseamos estar mucho tiempo escribiendo, entonces sigamos extendiendo nuestro universo de conocimiento a través de la lectura. Seguramente cuando fuimos jóvenes leímos mucho. Y gracias a esa lectura descubrimos nuestro propio estilo, nuestra propia manera de expresar nuestras ideas. Luego, en edad adulta, comenzamos a escribir y nos dedicamos tan de lleno a ello que quizás olvidamos algo tan importante como seguir leyendo en paralelo. Pero al igual que no hay que abandonar la escritura tampoco hay que abandonar la lectura. Y, por cierto, ya que estamos promoviendo la importancia de seguir leyendo para crecer como escritoras o escritores, ¿por qué no dar una oportunidad a esos libros de compañeros y compañeras del oficio que, como nosotros, se están abriendo paso y están dando a conocer sus libros? Probemos leyendo nuevos libros de ellos y de ellas. Seguro que en esos libros descubriremos nuevas joyas, nuevos “talentos” (como suele decirse) e historias originales que nos llegaran al alma. Porque, ya lo dijo alguien alguna vez (o quizás no), “no solamente de clásicos vive el hombre”.

¿Por qué decimos que escribir es una carrera de fondo? Otro factor tiene que ver con las presiones diarias que recibimos. A veces escribir va por rachas y cuesta mucho mantener la regularidad. Es como la temporada de ir al gimnasio. La mayoría de la gente lo abandonamos en invierno y lo retomamos en primavera pensando en el verano. Es evidente que el esfuerzo se triplica si deseamos alcanzar algún beneficio físico en tres meses que si lo hubiésemos repartido en seis meses. De hecho dicen que, desde el punto de vista del físico, que cuando uno deja durante 1 mes de ir al gimnasio, volver a recuperar los beneficios obtenidos nos cuesta hasta 3 veces más de esfuerzo. Lo fácil hubiese sido seguir con la rutina que ya hubiésemos conseguido, esa rutina a la que nuestro cuerpo ya se había acostumbrado y que realizarla ya no nos costaba tanto esfuerzo como al principio.

Sirva el ejemplo anterior para entender lo importante de la regularidad de escribir. Cuanto más escribamos, más fácil nos resultará hacerlo. Con el tiempo, experimentaremos como las palabras saldrán de nuestra cabeza como un rayo, de manera contundente y precisa. Nuestro vocabulario se fortalecerá y ampliará por el uso de nuevas palabras y expresiones. El cerebro es un musculo que también requiere entrenamiento. Así que hay que entrenarlo. Escribamos todos los días, aunque sean un par de páginas bien trabajadas. No perdamos la costumbre. Si pensamos que esto es un poco exagerado, hagamos la prueba. Dejemos, durante un par de meses de escribir. ¿Verdad que nos costará volver a empezar cuando queramos retomar la escritura?

Siguiendo con la analogía de la carrera de fondo, ¿cómo sabemos si estamos en plena forma en el arte de la escritura y que ya la empezamos a dominar? Hay dos caminos que nos lo indican. El primero es si hemos conseguido o no sacar de nuestro cerebro el conocimiento lingüístico que tenemos dentro. El segundo es si a la vez que escribimos visualizamos perfectamente en nuestra imaginación las escenas, diálogos y situaciones que estamos describiendo de tal manera que podemos ver hasta los más mínimos detalles. Po ejemplo si somos capaces de percibir los olores, la temperatura corporal de los personajes, que perfume o colonia llevan, el timbre y tono de sus voces y cosas similares a estas.


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