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ÍNDICE

¿Para qué diezmar en estos tiempos?

¿Cómo se lleva a cabo la obra de Dios en la actualidad?

¿Describe la Biblia más de un diezmo?

Preguntas y respuestas acerca del diezmo

¿PARA QUÉ DIEZMAR EN ESTOS TIEMPOS?

¿Será posible que el diezmar nos enseñe valiosos principios y lecciones, incluso en estos tiempos modernos? Es importante conocer la perspectiva de Dios acerca de este tema tan trascendental.

Vivimos en un mundo que exige respuestas a problemas muy profundos y generalmente insolubles. Nuestra sociedad es egoísta y materialista, y necesita desesperadamente hallar un rumbo espiritual. Sin embargo, la mayoría de las personas dedican casi todos sus recursos físicos a la adquisición de bienes materiales y servicios que les brinden una mejor vida a ellas y a sus descendientes.

No obstante, Dios espera que quienes él está llamando tengan una perspectiva distinta, y que reconozcan que las necesidades y valores espirituales son tan importantes como sus equivalentes físicos. Nuestro Padre quiere transmitirnos verdades espirituales invaluables en este mundo entenebrecido y engañado.

El propósito actual de la Iglesia

Dios está llevando a cabo un maravilloso plan, mediante el cual toda la humanidad tendrá la oportunidad de recibir la vida eterna incluso después de la muerte. Solo las enseñanzas y valores espirituales de Dios son capaces de llenar el vacío espiritual y emocional que actualmente aflige a la humanidad.

Jesucristo comisionó a sus siervos para que predicaran el evangelio al mundo entero y llevaran a todas las naciones las magníficas verdades que él ha revelado, y para instruir a quienes Dios ha llamado a su camino de vida (Mateo 24:14; 28:18-20). Por lo tanto, su Iglesia todavía tiene una gran obra por realizar.

Durante el siglo recién pasado, los medios de comunicación —la prensa, la radio, la televisión y, más recientemente, el Internet— han jugado un papel clave, facilitando a la Iglesia el cumplimiento de su misión de predicar el evangelio. La Iglesia ha debido enfrentarse al interrogante de cómo desea Dios que se financie su obra. Al examinar la Biblia de manera concienzuda y meticulosa, encontramos en sus páginas abundante evidencia de un método financiero consistente y eficaz. Ese método se llama “diezmo”.

La palabra diezmo se deriva de una antigua palabra castellana que significa “décimo”. Diezmar, por lo tanto, es simplemente la práctica de devolverle a Dios el diez por ciento de nuestro sueldo (vea Levítico 27:32). El diezmar es sencillamente una forma de dar, lo cual también es una práctica ordenada por Dios (Mateo 19:21).

Examinemos algunas preguntas muy importantes: ¿constituye el diezmo una responsabilidad personal?, ¿cuál es el fundamento bíblico para esta práctica? Y, tal vez aún más importante, ¿con qué espíritu y actitud debe uno diezmar? Pasemos a analizar algunas escrituras claves.

El diezmo es una forma de adoración con la cual mostramos respeto a Dios: “Honra al Eterno con tus bienes, y con las primicias de todos tus frutos; y serán llenos tus graneros con abundancia, y tus lagares rebosarán de mosto” (Proverbios 3:9-10).

Es necesario que entendamos este crucial aspecto de nuestra relación con Dios, y que nos preguntemos si nuestras acciones reflejan la siguiente actitud: “Le entregaré a Dios mi corazón, mi alabanza, mi gratitud, pero no mi apoyo financiero para su obra”.

El diezmo en la historia bíblica

Antes de que los israelitas entraran en la tierra que Dios les había prometido, él les dijo: “Y el diezmo de la tierra, así de la simiente de la tierra como del fruto de los árboles, del Eterno es; es cosa dedicada al Eterno” (Levítico 27:30, énfasis nuestro en todo este folleto).

¿Por qué se adjudicó Dios el derecho a exigir el diez por ciento de todo el producto que obtenían de la tierra? Porque su petición estaba basada, y aún lo está, en una verdad muy simple y que con frecuencia se pasa por alto: ¡él es el dueño de todo lo que existe!

Esta premisa fundamental se repite una y otra vez en la Biblia: “Del Eterno es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan” (Salmos 24:1; compare con Éxodo 19:5 y Job 41:11). El diezmo es simplemente la porción divinamente ordenada con que nuestro Padre espera que le honremos y agradezcamos, devolviéndole un décimo de todo lo que él nos da.

El primer relato bíblico de esta antigua práctica se encuentra en Génesis 14:18-22. Después de derrotar a cuatro reyes, Abraham diezmó del botín de guerra a Melquisedec, el sacerdote del Dios Altísimo. Obviamente, Abraham entendía muy bien que una forma apropiada de honrar a Dios era entregarle el diezmo de sus posesiones físicas.

Este ejemplo muestra varios principios importantes que podemos aplicar hoy en día. Abraham, cuya ejemplar vida de servicio y obediencia a Dios hizo que el Eterno lo describiera como “el padre de todos los creyentes” (Romanos 4:11), diezmaba voluntariamente, en un acto de gran humildad. Él mostraba respeto y reverencia a Dios y a Melquisedec, quien era al mismo tiempo “rey de Salem” y “sacerdote del Dios Altísimo” (Hebreos 7:1).

En realidad, Melquisedec era una manifestación de Jesucristo antes de su concepción y nacimiento como ser humano (vea nuestros folletos gratuitos ¿Existe Dios?, La verdadera historia de Jesucristo y ¿Quién es Dios?). Hasta ahora, él sigue sirviendo en esa misma capacidad real y sacerdotal (Hebreos 6:20), y el hecho de diezmar es una forma apropiada de rendirle el honor que se merece.

Este ejemplo también refleja la enorme integridad personal y el gran carácter de Abraham, quien decidió guardar su promesa a Dios y no ceder a la tentación de usar el botín de su victoria para sí mismo (Génesis 14:22-23). Él entendía perfectamente el principio de dar un diezmo a Dios, porque él es el dueño “de los cielos y de la tierra” (v. 19). Abraham reconoció que había sido bendecido por el Dios Altísimo, quien hizo posibles su victoria y todas sus bendiciones.

Miopía humana

Los seres humanos solemos pensar que nuestras posesiones son el resultado de nuestros esfuerzos personales. Dios está consciente de esta propensión nuestra, y ordenó a Moisés advertirles a los israelitas que no pensaran “mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza”. En cambio, debían acordarse “del Eterno tu Dios porque él te da el poder para hacer las riquezas” (Deuteronomio 8:17-18). Deberían servir a Dios “con alegría y con gozo de corazón, por la abundancia de todas las cosas” (Deuteronomio 28:47).

Por sobre todo, el diezmo es un acto de adoración a Dios, mediante el cual lo reconocemos como la fuente de nuestra existencia y de todas las bendiciones y favores que recibimos. Jacob, siguiendo el ejemplo de su abuelo Abraham, reconoció esto. Cuando Dios le reconfirmó las promesas hechas a Abraham, Jacob le prometió a Dios: “de todo lo que me dieres, el diezmo apartaré para ti” (Génesis 28:20-22).

La práctica de diezmar fue incorporada más tarde en el pacto con Israel, como una ley escrita y codificada. La tribu de Leví, que no recibió como herencia terrenos de los cuales podría obtener ganancias (Números 18:23), recibiría el diezmo de Dios de los frutos de la tierra, en pago por su servicio eclesiástico a la nación. A su vez, y conforme a lo que habían recibido de los diezmos del pueblo, los levitas diezmaban a la familia sacerdotal de Aarón (Números 18:26-28).

En los años subsiguientes el pago del diezmo fue descuidado y olvidado, con devastadoras consecuencias. Ya en tiempos de Nehemías todo el sistema divino de culto se había desmoronado y desintegrado; la adoración en el templo y la observancia del sábado se hallaban seriamente afectadas (Nehemías 13) y, debido a que no existía apoyo financiero para los levitas, éstos habían vuelto a trabajar sus campos para poder mantenerse (v. 10). El sistema de culto establecido por Dios había sido completamente abandonado.

Nehemías se dio cuenta de que para restaurar el culto divino era indispensable restablecer el diezmo. El corrigió enérgicamente a la nación por ser negligentes con sus diezmos (vv. 11-12) y reanudó esta práctica (Nehemías 10:37-38; 12:44), lo que a su vez permitió que los levitas llevaran a cabo la obra de Dios que les había sido originalmente asignada (Números 18:21).

Hoy en día, la práctica del diezmo juega un papel vital en el sistema general de adoración a Dios dentro de la Iglesia, y promueve nuestra confianza en él. Nos motiva a evaluar cuidadosamente el uso de nuestros recursos físicos, lo que nos asegura un enfoque más equilibrado y apropiado en nuestra relación con el Creador. La negligencia en relación al diezmo impacta negativamente al sistema bíblico de adoración, con consecuencias de largo alcance tanto para nosotros como para la Iglesia.

Otro ejemplo que ilustra lo que significa para Dios el no diezmar fielmente se encuentra en Malaquías 3:8-10. Vemos que el contexto de este pasaje, escrito alrededor del tiempo en que Nehemías luchaba por reformar la nación de Judá, muestra que el diezmo tiene también una aplicación para los tiempos del fin. En este pasaje, Dios corrige a la nación en los términos más duros: les dice que la negligencia en cuanto al pago del diezmo es comparable a robarle a él, y que quienes le desobedecen se exponen a terribles consecuencias.

No obstante, Dios también promete que si reanudamos nuestra obediencia a su ley del diezmo, él nos recompensará con una abundancia “tan grande que no tendrán suficiente espacio para guardarla” (v. 10, Nueva Traducción Viviente). Dios toma muy en serio sus leyes y compromisos con nosotros y, por supuesto, también nuestros compromisos con él.

El diezmo en el Nuevo Testamento

En lo que se refiere al Nuevo Testamento y la experiencia de la Iglesia original, debemos tomar en cuenta varios puntos muy importantes. Primero, el surgimiento de la Iglesia no significó un abandono radical de las prácticas de la nación de Israel. Solo varias décadas después del establecimiento de la Iglesia del Nuevo Testamento, el libro de Hebreos aclara el impacto que la nueva administración de Cristo tuvo sobre la Iglesia y el sacerdocio vigente en esos días. Incluso aquí, es evidente que la mayoría de las leyes relacionadas con Israel no fueron abolidas, sino que a veces se aplicaban de distinta manera.

Durante décadas, la Iglesia fue considerada por los gentiles simplemente como otra secta de los judíos, con la diferencia de que creía en la divinidad de Jesucristo. La Iglesia es el equivalente espiritual del Israel físico y hasta es llamada “el Israel de Dios” (Gálatas 6:16). Pero debido a la desobediencia del Israel físico, la oportunidad de salvación en ese tiempo fue extendida más allá de este pueblo y ofrecida a otros — a aquellos que serían llamados de entre todas las naciones a formar parte de la Iglesia (Mateo 21:43; 1 Pedro 2:9-10). Mediante un corazón convertido, esta nueva nación espiritual por fin obedecería a Dios según su voluntad.

Cuando la Iglesia comenzó, no hubo ningún quiebre brusco en la aplicación de las leyes y principios del Antiguo Testamento. De hecho, el Nuevo Testamento aún no había sido escrito, pero se afirma que la Iglesia fue edificada “sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Efesios 2:20).

Se nos dice que las enseñanzas y ejemplos del Antiguo Testamento fueron escritos para el beneficio de la Iglesia del Nuevo Testamento (Romanos 15:4; 1 Corintios 10:11), de manera que pudiéramos concentrar nuestra atención en ellos. En una de las profecías que hablan del tiempo de la segunda venida de Cristo, se nos amonesta: “Acordaos de la ley de Moisés, mi siervo” (Malaquías 4:4). Fue Dios mismo quien dio su ley a Israel a través de Moisés. Esa ley y la correcta aplicación de sus principios siguen vigentes y son muy relevantes para los miembros de la Iglesia de Dios.

Instrucciones de Jesucristo y los apóstoles

El mismo Jesucristo claramente obedeció la ley del diezmo. En un duro reproche a los hipócritas líderes religiosos, les dijo: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello” (Mateo 23:23). Como quedó registrado aquí, solo días antes de su muerte Cristo confirmó sin ambages que el diezmo debía practicarse, junto con un sincero apego a “lo más importante” de los aspectos espirituales, que obviamente los escribas y fariseos estaban descuidando.

Los israelitas sostenían económicamente a la tribu de Leví por su servicio en el templo, entregándoles a los levitas el diezmo de Dios. Esta manutención hacía posible que Israel adorara a Dios y fuera instruido de acuerdo a su voluntad. Debido a que por razones prácticas el mensaje divino de salvación ya no era predicado por el sacerdocio levítico, esta responsabilidad ahora había recaído sobre la Iglesia del Nuevo Testamento. Los seguidores del mensaje del evangelio daban ayuda monetaria y de variados tipos a Jesús y a sus discípulos y más tarde a otros obreros de la fe, para que pudieran hacer la obra que Cristo le había encomendado a su Iglesia. Algunos ejemplos de este apoyo y los principios relativos a él se encuentran en varios pasajes del Nuevo Testamento, tales como Lucas 8:3; 10:7-8; 2 Corintios 11:7-9 y Filipenses 4:14-18.

El libro de Hebreos describe el cambio de administración que se produjo cuando la Iglesia del Nuevo Testamento —el templo espiritual de Dios (1 Corintios 3:16; Efesios 2:19-22)— reemplazó en importancia al templo físico. Ahora, el dinero era entregado a los apóstoles del Nuevo Testamento (vea Hechos 4:35-37).

¿El diezmo, abolido en Hebreos?

Hebreos 7 comienza relatando cómo Abraham dio diezmos a Melquisedec, rey de Salem y sacerdote de Dios. Como ya hemos visto, él era el mismo Jesucristo preencarnado, según se puede apreciar en la descripción que se hace de él y de sus títulos en este pasaje. Con el establecimiento posterior de Israel como su nación, Dios instituyó un sacerdocio diferente y desde entonces los diezmos fueron entregados a los descendientes de Leví, quienes sirvieron en este nuevo sacerdocio (v. 5). Conforme cambió la administración, también lo hicieron los depositarios de los diezmos. El libro de Hebreos demuestra la forma en que las prácticas y principios respecto al templo físico, los sacrificios y el sacerdocio, ahora se aplican al Sumo Sacerdote, Jesucristo (vv. 22-28).

Lejos de afirmar que el diezmo ha sido abolido, esta sección de las Escrituras enfatiza su apoyo a la reanudación de un sacerdocio “según el orden de Melquisedec” (vv. 15-17). En todos los aspectos, este sacerdocio de Jesucristo es muy superior al sacerdocio de Leví. Se necesitaba un “cambio de la ley” (v. 12) en cuanto al sacerdocio, porque la ley que Dios había entregado a Israel por medio de Moisés no incluía ninguna instrucción que hablara de un Sumo Sacerdote proveniente de Judá (vv. 13-14).

Este cambio de ley comprendía una modificación de tipo administrativo, es decir, la administración de los diezmos cambiaría junto con el traspaso del sacerdocio de Leví a Melquisedec (Cristo). Así, hoy en día los miembros de la Iglesia siguen diezmando aunque el sacerdocio levítico haya concluido, al igual que Abraham diezmó a Melquisedec antes de que se estableciera el sacerdocio de Leví.

El apóstol Pablo se valió de una analogía para señalar que, de la misma manera que quienes servían en el templo eran mantenidos por las ofrendas recibidas en el templo, aquellos que ministraban en la Iglesia debían recibir apoyo económico de ésta. “Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio”, escribió él en 1 Corintios 9:14.

Una cuestión de fe

Cuando usted diezma, está sincronizando su actitud y conducta con los principios universales que se originan en Dios mismo, el gran Dador (Mateo 10:8; 19:21; 20:28; Lucas 6:38; 12:32; Hechos 20:35). El acto de diezmar refleja la naturaleza altruista y generosa de nuestro Creador y Proveedor. Él desea que tengamos la misma actitud suya de dar, de manera voluntaria y alegre (2 Corintios 9:6-8). Mediante los diezmos y ofrendas honramos a Dios y al mismo tiempo apoyamos de manera física la predicación del evangelio. Jesucristo dijo: “Más bienaventurado es dar que recibir” (Hechos 20:35).

Debe destacarse que todo el que diezma debe hacerlo voluntariamente. Aunque Dios compara el no pago de los diezmos con robarle a él (Malaquías 3:8-10), él no obliga a nadie a diezmar. Tal como es el caso de obediencia a las otras leyes de Dios, si diezmamos o no siempre dependerá de nuestra propia decisión. En la actualidad la Iglesia no se rige por la administración levítica de Israel. Bajo dicha administración, el diezmo estaba relacionado con una nación física.

Hoy en día la Iglesia es un organismo espiritual, una comunidad sin fronteras esparcida por muchas naciones. Ahora, tal como fue en el caso de Abraham, no existe ninguna sanción impuesta por seres humanos si no diezmamos; no obstante, el no diezmar conlleva su propia penalidad: primero, disminuye nuestro potencial para el servicio eficaz y una mayordomía responsable ante los ojos de Dios (Lucas 16:10); segundo, nos perdemos las bendiciones tanto físicas como espirituales que Dios promete a quienes dan voluntariamente (Lucas 6:38) y aún más, podemos acarrear una maldición sobre nosotros mismos (Malaquías 3:8-10).

La decisión de diezmar es un asunto de fe. Como le ocurre a la mayoría de nosotros, las necesidades básicas de la vida consumen casi todos nuestros ingresos. El tener fe y diezmar —y de esa manera apoyar la obra de Dios de predicar el evangelio y cuidar a la Iglesia— es una obligación bíblica que ninguno de aquellos que Dios ha llamado puede descuidar. Pero Dios indudablemente bendecirá a los que tienen una fe respaldada por buenas obras, y ellos serán participantes del proyecto empresarial más importante sobre la Tierra, el de proclamar las maravillosas nuevas del Reino de Dios a este mundo caótico y hastiado de las guerras.

El diezmo es un principio universal que no se limita a un pacto en particular; está relacionado con todos los formatos administrativos más importantes que Dios ha usado para trabajar con los seres humanos a través de los siglos. El diezmo se aplica a toda la gente en la actualidad. Dios define los fundamentos de cómo debemos rendirle culto y, sin duda alguna, el honrarlo con una porción de las ganancias que nos entrega es parte de la adoración que él nos ordena.

Cómo profundizar nuestra relación con Dios

Nuestra fe para diezmar está basada en el conocimiento de que Dios es el dueño de todo, incluyéndonos a nosotros, y que lo reconocemos como nuestro Creador y el gran Dador de todas las cosas buenas.

Al devolverle a Dios un diez por ciento de nuestros ingresos, desarrollamos una relación especial con nuestro Creador y dueño. Nos dedicamos a servirle y sostener económicamente la comisión que Jesucristo nos asignó de predicar el evangelio y alimentar a la Iglesia, y como recompensa, Dios promete bendecirnos. Por lo tanto, el diezmo es un asunto profundamente personal entre nosotros y Dios — una manera de demostrarle la intensidad de nuestro compromiso y de nuestra relación con él.

Dios diseñó la práctica de diezmar para que aprendamos a dar de nuestras pertenencias y así apoyar su obra en la Tierra. Con el diezmo le expresamos a Dios en forma limitada, pero tangible, nuestra gratitud por la abundancia de sus posesiones, que él nos permite usar para nuestro beneficio material. En definitiva, aprendemos a convertirnos en lo que él es, en dadores de lo que tenemos para el beneficio de otros.

Vemos, entonces, que el diezmo es precisamente lo opuesto a un enfoque egoísta de la vida. Dios está presto a apoyar esta generosa actitud bendiciéndonos de muchas formas. Él invita a todos a cobrarle su promesa: “Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice el Eterno de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde” (Malaquías 3:10).

¿CÓMO SE LLEVA A CABO LA OBRA DE DIOS EN LA ACTUALIDAD?

Jesucristo le dio a su Iglesia una comisión, en la cual cada miembro tiene un valioso papel que jugar. ¿Cómo se está llevando a cabo esta misión en nuestro mundo moderno?

¿Sabía usted que Jesucristo comenzó personalmente una obra muy especial que ha permanecido vigente por casi 2.000 años? El dedicó su vida física al firme establecimiento de esa obra. En una ocasión en que había estado demasiado ocupado para comer, les dijo a sus discípulos: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Juan 4:34). Más tarde, estableció su Iglesia para que continuara con esa sagrada misión.

¿Cuál es esa “obra”, y cómo se sostiene en este caótico mundo moderno?

La obra de la Iglesia se compone de dos aspectos principales: primero, la Iglesia ha sido comisionada para anunciarle a la humanidad el increíble significado de la segunda venida de Cristo. La mayoría de las personas pueden ver que nuestro mundo está lleno de problemas que desafían todas las soluciones humanas, pero muy pocas comprenden cómo podrá resolver Jesucristo esos dilemas de la humanidad a su regreso. Él ha facultado a su Iglesia para que ponga ese conocimiento a disposición de un mundo confundido.

Las mejores noticias del mundo

Justo antes de ascender al cielo, Jesús les dijo a sus apóstoles: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15). Con anterioridad, les había dicho que “será predicado este evangelio del reino en todo el mundo . . . y entonces vendrá el fin” (Mateo 24:14).

¿Se da cuenta por qué esta buena noticia—el evangelio del Reino de Dios— es tan maravillosa? ¡Usted necesita saberlo! De otro modo, será imposible que entienda el mensaje principal de la Biblia.

Este evangelio —las buenas nuevas que anuncian el venidero Reino de Dios— fue el punto central del ministerio de Cristo (Marcos 1:14-15). Es un mensaje extraordinariamente positivo, lleno de esperanza y propósito para la humanidad, que nos explica por qué el mundo está saturado de confusión y dolor y nos revela además la magnífica verdad de la muerte redentora de Cristo por la humanidad.

Sin embargo, a su retorno Cristo comenzará a cumplir las espléndidas promesas que leemos en las profecías bíblicas, aquellas que auguran la resolución de todos los problemas humanos que enfrentamos. Pedro nos dice: “El Señor no retarda su promesa . . . sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9). De eso se trata la obra de la Iglesia — de enseñar a los seres humanos la verdad de Dios, para hacer posible el verdadero arrepentimiento y para compartir la esperanza de un futuro mejor.

Jesucristo volverá a la Tierra y enseñará a las naciones el camino de Dios (Miqueas 4:1-2). Entonces, “no alzará espada nación contra nación, ni se ensayarán más para la guerra” (v. 3). La paz y seguridad reinarán por fin en todo el planeta.

Ningún acontecimiento en la historia de la humanidad es más importante para su bienestar que la segunda venida de Jesucristo; por lo tanto, la Iglesia debe explicar al mundo la trascendental importancia de esta segunda venida.

En segundo lugar, la Iglesia también está encargada de enseñar concienzudamente el camino de Dios a quienes obedezcan el llamado al arrepentimiento. Jesús les dijo a sus apóstoles “Por tanto, haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mateo 28:19-20).

No es suficiente anunciarle a la humanidad que ese maravilloso periodo se acerca. El trabajo de preparación para su Reino debe llevarse a cabo ahora, y unos cuantos serán educados y entrenados para ayudar a Cristo a su regreso. Fíjese cómo planea Jesús utilizar a aquellos que habrán sido ampliamente instruidos y capacitados para enseñar el camino de Dios: “Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono” (Apocalipsis 3:21).

Juan dice: “Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años” (Apocalipsis 20:6). Como asistentes de Cristo, ellos estarán encargados de instruir al mundo sobre los métodos de Dios. “Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra del Eterno” (Isaías 2:3). Como resultado, “la tierra será llena del conocimiento del Eterno, como las aguas cubren el mar” (Isaías 11:9).

Esta es la razón por la cual la obra de Dios es tan importante en nuestros tiempos. ¡No se trata únicamente de proclamar el esperanzador mensaje de que Cristo traerá paz mundial junto con su Reino, sino también de preparar a quienes lo ayudarán a establecer su justicia en la Tierra!

Una misión basada en el dar

Evangelio significa simplemente “buenas noticias”. Por ello es que la Iglesia de Dios Unida, editora de este folleto, publica una revista llamada Las Buenas Noticias. Mediante su contenido proporcionamos a nuestros lectores un conocimiento que contrasta los procedimientos del “presente siglo malo” (Gálatas 1:4) con la maravillosa promesa del “mundo venidero” (Hebreos 2:5).

¿Se ha preguntado alguna vez cómo podemos ofrecer nuestras publicaciones de manera gratuita?

Nuestro enfoque fue establecido por Jesucristo hace mucho tiempo. Él dijo: “de gracia recibisteis, dad de gracia” (Mateo 10:8). Pablo dijo: “les prediqué el evangelio de Dios gratuitamente” (2 Corintios 11:7, Nueva Biblia Latinoamericana de Hoy). Pablo tenía gastos. Sus viajes costaban dinero. Sin embargo, él nunca cobró al público por su trabajo de predicar el evangelio.

La clave radica en otra de las responsabilidades que Dios le ha asignado a su pueblo. Hace mucho tiempo, Dios llamó a Abraham y le prometió “serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Génesis 12:3). Dios le dio a Abraham bendiciones para poder usarlo y mediante él, bendecir a otros. Esta es la manera en que Dios trabaja, y por ello ha permitido que sus siervos difundan gratuitamente su verdad, sin costo alguno para quienes la reciban.

Dios siempre se aseguró de que quienes sometieran sus vidas a él, como Abraham, fueran capaces de financiar el costo que significa llevar a cabo la obra que realizan en su nombre. Pablo lo explicó así: “Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra” (2 Corintios 9:8).

Dios, por su naturaleza misma, es un dador. Las personas que se convierten y se asemejan a él, también se vuelven generosas. Ellas quieren servir a los demás y participar en la obra que Cristo ha encomendado a su Iglesia, y toman muy en serio esta comisión.

Abraham practicaba un principio que más tarde Dios incluyó en su ley, cuando hizo un pacto con la antigua Israel. Cuando Abraham se reunió con Melquisedec, el “sacerdote del Dios Altísimo”, Abraham le dio “los diezmos de todo” (Génesis 14:18, 20).

Jacob, el nieto de Abraham, continuó con esta práctica. “Si fuere Dios conmigo… y de todo lo que me dieres, el diezmo apartaré para ti” (Génesis 28:20-22).

Estos hombres de Dios practicaron el principio del diezmo entregándole a Dios una décima parte de sus ingresos. Más tarde, cuando los descendientes de Jacob se convirtieron en la nación de Israel, Dios usó el diezmo para financiar el servicio de los sacerdotes, los líderes espirituales de la nación. Él le dijo a Israel: “Y el diezmo de la tierra, así de la simiente de la tierra como del fruto de los árboles, del Eterno es, es cosa dedicada al Eterno” (Levítico 27:30).

Jesucristo respalda el diezmo

En tiempos de Jesucristo, él alabó a los fariseos por su obediencia a la ley en lo que se refería a su hábito de diezmar. Pero su fracaso para aplicar las instrucciones de la ley en cuanto a ser amables con los demás los convertía en hipócritas. Jesús dijo: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque diezmáis la menta y el comino” (Mateo 23:23). En este aspecto eran muy meticulosos para cumplir.

Continuando con el mismo versículo: “y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe”. En este aspecto eran negligentes. “Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello”. Jesús enseñó que los siervos de Dios no debían descuidar el diezmo y nos dice claramente que el diezmar es una práctica que debemos obedecer.

En la actualidad, quienes apoyan la obra encomendada a la Iglesia viven por fe, igual que los patriarcas de la antigüedad. Pablo se refiere a los verdaderos discípulos de Jesucristo como a personas que son “de la fe de Abraham, el cual es padre de todos nosotros” (Romanos 4:16).

Por esta razón, ellos tienen la valentía para apoyar esta obra de Dios moderna; creen en la Biblia, y practican el diezmo porque tienen fe en que Dios suplirá sus necesidades. También creen en las palabras de Jesucristo cuando dijo: “No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? . . . Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:31-33). Ellos saben que Dios suplirá sus necesidades si se convierten en sus colaboradores para llevar a cabo su obra.

Cómo se expande la obra de la Iglesia

Después de predicar durante tres años y medio, Jesús contaba solamente con unos cuantos seguidores que permanecieron fieles después de su crucifixión (Hechos 1:15). Pero él ya les había explicado cómo podían mejorar su efectividad, y dijo a sus discípulos: “La cosecha es abundante, pero son pocos los obreros… Pídanle, por tanto, al Señor de la cosecha que envíe obreros a su campo” (Mateo 9:37-38, Nueva Versión Internacional).

Jesús dejó bien en claro a sus discípulos que el envío de obreros a la cosecha es obra de Dios. Solo Dios el Padre puede traer nuevos obreros al arrepentimiento y darles la fe necesaria para llegar a ser parte de la obra que Jesús comenzó. Al mismo tiempo, Jesús les aseguró que Dios haría exactamente eso.

Cuando Pedro predicó un poderoso sermón mostrando que Jesús era el Mesías (Hechos 2:2-4, 14, 22-36), “los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas” (Hechos 2:41). La fuerza laboral de la Iglesia experimentó un dramático aumento en un solo día. Luego, “el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (v. 47).

Colaboradores en la misión de la Iglesia

No todos los obreros del evangelio eran ordenados formalmente. Pablo habla de muchos que ayudaban de diferentes formas, incluyendo a dos mujeres que se esforzaban junto a él “en el evangelio, con Clemente también y los demás colaboradores míos, cuyos nombres están en el libro de la vida” (Filipenses 4:3).

Estas personas apoyaban los esfuerzos de Pablo en muchas maneras. Por ejemplo, Pablo elogia a los filipenses por su generosidad para apoyar su obra en otras regiones. Él menciona: “pues aun a Tesalónica me enviasteis una y otra vez para mis necesidades... estoy lleno, habiendo recibido de Epafrodito lo que enviasteis; olor fragante, sacrificio acepto, agradable a Dios. Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta” (Filipenses 4:16-19).

Las ofrendas de estos cristianos financiaron la obra de Dios que llevaba a cabo el apóstol Pablo.

Y en la actualidad también es así. La Iglesia de Dios Unida proclama la verdad de Dios a través de medios de comunicación hablados y escritos, como la revista Las Buenas Noticias, su Curso Bíblico, además de varios folletos de inestimable valor y una amplia variedad de material disponible en Internet. Los miembros de la Iglesia participan activamente de muchas formas, que incluyen sus fervientes oraciones y contribuciones para cubrir los gastos de esta misión crucialmente importante.

El compromiso de estos obreros y muchos otros en la Iglesia de Dios hace posible que la misión de la Iglesia continúe, casi 2.000 años después de que Jesús la iniciara. Y gracias a este profundo compromiso, otros pueden recibir gratuitamente Las Buenas Noticias y otras publicaciones.

Como Jesús mismo dijo, “Más bienaventurado es dar que recibir” (Hechos 20:35). Sus verdaderos discípulos están convencidos de que él era sincero cuando dijo: “De gracia recibisteis, dad de gracia”. Cristo está usando los esfuerzos combinados de sus muchos y muy dedicados colaboradores para mantener viva y funcionando la comisión que le dio a su Iglesia.

¿DESCRIBE LA BIBLIA MÁS DE UN DIEZMO?

¿Cuántos diezmos se mencionan en la Biblia? ¿Cuáles son los propósitos de los diezmos descritos en la Palabra de Dios?

Muchas personas se sorprenden al saber que Dios revela en su Palabra siete festivales anuales (Levítico 23). Estas temporadas especiales del año han sido designadas por el Creador como “convocaciones santas” (vv. 2-4), reuniones o asambleas en las cuales el pueblo de Dios debe congregarse. Igual que el sábado semanal, Dios apartó estos festivales como algo sagrado para él.

Dios nos muestra en su Palabra que estas fiestas santas son ocasiones dedicadas a adorar en grupo y abstenerse del trabajo normal. Ellas tienen el propósito de enseñar al pueblo de Dios su maravilloso plan de salvación para toda la humanidad; son recordatorios de la intervención de Dios en bien de su pueblo y presagian ciertos acontecimientos muy significativos en el cumplimiento de su plan divino (Colosenses 2:16).

El pueblo de Dios ha observado estas fiestas desde tiempos ancestrales. Jesús las observó durante su vida (Lucas 2:40-43; Juan 7:37) y sus apóstoles y la Iglesia original continuaron haciéndolo después de su muerte y resurrección, en obediencia a los mandamientos de Dios (Hechos 2:1; 12:2-4; 18:21; 20:16; 27:9; 1 Corintios 5:8).

La Biblia registra que en varias ocasiones, cuando un líder justo guiaba al pueblo de Dios de vuelta al Eterno después de periodos de engaño y descuido en su relación con él, los festivales eran celosamente observados, como parte importantísima de esa reforma espiritual (2 Crónicas 30; Esdras 3, 6; Nehemías 8).

La profecía bíblica nos muestra que se aproxima el tiempo en que Dios se asegurará de que los habitantes de la Tierra sean obligados a observar obedientemente sus festivales (Zacarías 14:16-19). (Para una explicación más profunda sobre el significado de estos días, solicite o descargue nuestro folleto gratuito Las fiestas santas de Dios).

Una vez que logramos entender la necesidad de observar estos festivales como Dios ordena, surge automáticamente una pregunta: ¿de dónde sacamos los recursos económicos para asistir a ellos?

Las asambleas del pueblo de Dios para rendirle culto como grupo con frecuencia implican gastos importantes: alojamiento temporal, comidas, transporte y, además, el costo de proveer un lugar apropiado para llevar a cabo los servicios religiosos. ¿Nos da Dios alguna instrucción sobre la forma en que deben cubrirse estos gastos relacionados con las fiestas? Por supuesto que sí. Dios nos da instrucciones respecto a un diezmo de nuestros ingresos anuales, que debe ser usado para la observancia de estas fiestas. Examinemos las Escrituras para entender mejor esto.

Un diezmo para la obra de Dios

En otra sección de este folleto analizamos el primer diezmo de que nos hablan las Escrituras. Este primer diezmo, que para Dios es sagrado, se usa para financiar la misión de la Iglesia de propagar el evangelio y cuidar a aquellos que Dios llama a ser parte de su Iglesia. Como se explicó, este diezmo debe ser entregado por el pueblo de Dios para que pueda llevarse a cabo la comisión de la Iglesia. La retención de este diezmo es comparable con robarle a Dios (Malaquías 3:8).

El primer diezmo es “cosa dedicada al Eterno” (Levítico 27:30). Bajo su pacto con Israel, Dios ordenó a su pueblo que entregara su diezmo a sus representantes de ese tiempo, los levitas (Números 18:21). Dios les concedió el diezmo a los levitas para ayudarlos a llevar a cabo su papel asignado de guiar apropiadamente al pueblo en su culto de adoración. Los miembros de las otras once tribus no debían usar este diezmo para ningún propósito personal, sino que debía ser entregado en su totalidad a los levitas.

Jesús confirmó que quienes sirven a Dios deben continuar entregando este diezmo, un diez por ciento de sus ganancias, ya que le pertenece a Dios y no a ellos mismos (Mateo 23:23). El ratificó que el diezmo sigue vigente; pero ahora Dios, por medio de Jesucristo, está haciendo un “nuevo” y “mejor” pacto con su pueblo (Mateo 26:28; Hebreos 8:6-13) y ya no está limitado a la nación física de Israel.

El grupo que Dios está usando ahora se ha ampliado para incluir a personas de todas las naciones y que componen la Iglesia de Dios, “el Israel de Dios” espiritual (Gálatas 6:15-16; 3:26-28). Este cambio ha exigido revisiones administrativas, incluyendo quienes reciben el diezmo de Dios, que ya no debe ser entregado a una tribu física de Israel, la de los levitas.

El sacerdocio fue cambiado (Hebreos 7:12) cuando Cristo fue crucificado y resucitado para convertirse en nuestro Sumo Sacerdote. Ahora, bajo el Nuevo Pacto, entendemos que este diezmo debe ser recibido por aquellos que Dios ha designado como ministros de Cristo para llevar a cabo su obra.

Un diezmo para observar los festivales de Dios

El primer diezmo debía ser entregado íntegramente a los levitas y el dador individual no podía usar nada de él para gastos personales. Es importante recordar esto cuando examinemos las instrucciones más detalladas que Dios nos da acerca del diezmo.

Note que Dios ordenó a su pueblo asistir en grupo al lugar que él escogiera para observar las fiestas santas anuales (Deuteronomio 16:16). Junto con acudir a este lugar, se les ordenaba traer sus diezmos (plural — Deuteronomio 12:6).

Uno de estos diezmos, como ya hemos visto, se dedicaba total y exclusivamente para el uso de los levitas. Pero Dios da aún más instrucciones de otro diezmo (singular) que debía ser usado por el individuo para comer, pero no en su casa. Debía apartarse y gastarse en la localidad central designada para guardar la fiesta, y exclusivamente en las fiestas anuales (Deuteronomio 12:17).

Sería innecesario prohibir el consumo personal en el hogar si hubiera solo un diezmo, el “primer diezmo” que examinamos más arriba. Dios ya había especificado claramente que el primer diezmo tenía que ser dado en su totalidad a los levitas (Números 18:21), sin embargo, en Deuteronomio 12:18 se le daba a la persona el derecho a consumir el diezmo, siempre que esto fuera parte de su gozosa observancia de los festivales bíblicos.

Este diezmo para uso personal en la observancia de las fiestas es un segundo diezmo, algo adicional y muy distinto del primer diezmo que se entregaba a los levitas. En Deuteronomio 14:22-26 Dios explica en más detalle el propósito de este segundo diezmo, o el diezmo para las fiestas. Éste debe ser usado por el pueblo de Dios para disfrutar la abundancia física que él provee, durante sus fiestas, mientras lo adoran y aprenden a honrarlo y obedecerlo de una manera que lo complace a él y les proporciona bendiciones a ellos.

El historiador judío Josefo, quien vivió en tiempos de Jesucristo y provenía de una familia de sacerdotes, documentó el entendimiento que se tenía en aquellos días sobre este diezmo festivo. En uno de sus libros encontramos la siguiente afirmación, que resume y parafrasea los mandamientos que Dios entregó por medio de Moisés: “Sacaréis una décima parte de vuestros frutos, aparte del que habréis asignado para darlo a los sacerdotes y los levitas, el que podréis vender en el país, pero será para ser usado en las fiestas y sacrificios que se celebren en la ciudad santa. Porque es conveniente que gocéis los frutos de la tierra que Dios os da en posesión” (Antigüedades de los Judíos, libro 4, capítulo 8, sección 8).

Aunque la necesidad de sacrificios físicos concluyó con el único y perfecto sacrificio que Cristo hizo individualmente, Dios espera que nosotros continuemos observando sus fiestas, como obviamente hicieron los apóstoles y la Iglesia original.

En la actualidad, los miembros de la Iglesia de Dios Unida, una Asociación Internacional, entienden y observan estas fiestas de Dios que tienen un profundo significado. Además, también practican el método que Dios ha revelado en su Palabra para financiar estas fiestas y ahorran una décima parte de sus ganancias anuales para poder asistir a ellas.

Aquellos miembros que están en condiciones de hacerlo, también contribuyen con una porción de su segundo diezmo para solventar los gastos de la Iglesia en la observancia de estos festivales, que incluyen el alquiler de lugares de reunión y la asistencia económica a las personas que de otra manera estarían imposibilitadas de asistir. Todos se reúnen en diversos lugares alrededor del mundo para regocijarse ante Dios y aprender directamente de su Palabra acerca de su maravilloso plan de salvación.

Un diezmo para ayudar a los pobres

Ya hemos visto las instrucciones que se encuentran en la Palabra de Dios para el financiamiento de la obra de la Iglesia y la observancia de las fiestas anuales de Dios. Las Escrituras, sin embargo, encierran aún más instrucciones financieras: cómo debemos cuidar de los pobres. Dios no se olvida de ellos.

Jesús reconoció que siempre habrían condiciones que causarían verdadera pobreza y necesidad en algunas personas (Juan 12:8). Pero él también dijo que es mejor dar que recibir (Hechos 20:35). Sus apóstoles enseñaron lo mismo, que los cristianos tienen la obligación de ayudar a otros que sufren necesidades apremiantes (Gálatas 2:10; 1 Timoteo 5:3).

La enseñanza de Jesús y de sus discípulos es una continuación de los mandamientos que se hallan en la Palabra de Dios respecto a la obligación que tienen los que cuentan con más recursos de ayudar a quienes son verdaderamente necesitados. Dios da instrucciones dos veces en las Escrituras respecto a un diezmo que debe ser guardado y distribuido cada tercer año.

El “primer” diezmo y el diezmo para las fiestas (“segundo”), debían apartarse cada año. El primero debía llevarse a un lugar de adoración centralizado para su distribución, y el segundo, para ser gastado personalmente (Deuteronomio 12:6, 17-18; 14:22-27). El diezmo especial del tercer año, sin embargo, se administraba de manera muy distinta. Debía ser ahorrado localmente y guardado en cada ciudad o pueblo (Deuteronomio 14:28; 26:12) para el uso de los levitas y los pobres de la comunidad: el extranjero, el huérfano y la viuda.

Fuentes históricas describen tres diezmos

Josefo afirma claramente que este diezmo recolectado para los pobres era diferente a los otros dos: “Aparte de los dos diezmos, que como os he dicho, deberéis pagar todos los años, uno para los levitas y el otro para las fiestas, deberéis aportar cada tres años un tercer diezmo para ser distribuido entre los necesitados, las mujeres viudas y los niños huérfanos” (Antigüedades de los Judíos, libro 4, capítulo 8, sección 22).

En el libro apócrifo de Tobías, que muchos eruditos fechan alrededor del año 200 a.C., el autor escribe: “Muchas veces era yo el único que iba a Jerusalén, con ocasión de las fiestas, tal como está prescrito para todo Israel por decreto perpetuo; en cobrando las primicias y las crías primeras y diezmos de mis bienes y el primer esquileo de mis ovejas, acudía presuroso a Jerusalén y se lo entregaba a los sacerdotes, hijos de Aarón, para el altar. Daba a los levitas que hacían el servicio en Jerusalén, el diezmo del vino, del grano, del olivo, de los granados, de los higos, y demás frutales: tomaba en metálico el segundo diezmo de los seis años, y lo gastaba en Jerusalén. Entregaba el tercer diezmo a los huérfanos, a las viudas y a los prosélitos que vivían con los hijos de Israel; se lo llevaba y entregaba cada tres años, celebrando una comida con ellos conforme a lo que se prescribe en la Ley de Moisés y conforme a los preceptos que me dio Débora, madre de nuestro padre Ananiel, pues mi padre había muerto dejándome huérfano” (Tobías 1:6-8, Biblia de Jerusalén, pág. 502, 1971).

Ciclos de siete años

Es importante notar que existía un ciclo de siete años. El séptimo año era destinado al descanso de la tierra y durante él no se plantaba ninguna cosecha (Levítico 25:1-7, 18-22), por lo cual no había “ganancias” en el séptimo año. Dios había prometido bendecir con suficiente abundancia en el sexto año a quienes le fueran fieles, para que pudieran dejar la tierra descansar en el séptimo. Podemos concluir, entonces, que el diezmo que se apartaba cada tercer año en realidad se guardaba en los años tercero y sexto de un ciclo de siete años.

De no haber sido así, hubiera habido un problema en el año vigésimoprimero, ya que las dos leyes juntas (un diezmo de las ganancias cada tercer año, y un descanso de la tierra sin ganancias cada séptimo año) hubieran causado un gran conflicto en el año veintiuno. El relato de Deuteronomio 14:28-29, que habla sobre el diezmo especial para los pobres cada tercer año, continúa inmediatamente después, en Deuteronomio 15:1, con instrucciones concernientes a la naturaleza especial de cada séptimo año, y explica más detalladamente que el “tercer” diezmo se aplica a los años tercero y sexto de un ciclo de siete años. Es decir, el séptimo año se descuenta y se comienza de nuevo el ciclo de seis años en el octavo año.

En los tiempos modernos, la tendencia de los gobiernos nacionales a establecer impuestos obligatorios destinados a programas de bienestar social y atención a los pobres ha ocasionado un dilema. Si el gobierno cobra impuestos a una persona a través del seguro social y otros tributos similares, y utiliza esos fondos para el cuidado y manutención de los pobres, ¿está un cristiano, además, obligado a pagar este diezmo especial? Si pagamos impuestos para este propósito —en cantidades muy superiores a un décimo de los ingresos correspondientes a dos años en un período de siete— ¿debemos igual separar un diezmo durante dos años de cada seis, destinado también al cuidado de los pobres?

¿Qué debemos hacer hoy día?

Al examinar este tema, el Consejo de Ancianos, principal entidad administrativa de la Iglesia de Dios Unida, ha analizado el asunto y ha concluido que cuando los cristianos son obligados a pagar altos impuestos para bienestar social, cosa común en muchos países, es apropiado que queden exentos de hacer una doble contribución para el mismo propósito. Como es un asunto administrativo, el consejo ha emitido la siguiente declaración:

“El Consejo de Ancianos ha resuelto que debido a que siempre habrán miembros de la Iglesia cuyas necesidades no podrán ser adecuadamente atendidas por los programas sociales gubernamentales, y a que el claro ejemplo en las Escrituras establece que la Iglesia debe cuidar a sus miembros necesitados (Levítico 19:9-10; Isaías 58:7; Mateo 25:35-40; Gálatas 2:9-10), que aquellos miembros de la Iglesia que estén en condiciones de hacerlo, sean animados a contribuir al Fondo de Ayuda de la Iglesia, para que pueda cumplirse el mandato de cuidar a los pobres de la Iglesia”.

Esto representa la interpretación y aplicación de la Iglesia de Dios Unida en cuanto al tercer diezmo en los tiempos actuales.

PREGUNTAS Y RESPUESTAS ACERCA DEL DIEZMO

¿Es el diezmo algo voluntario?

Sí, en el sentido de que todos quienes honran a Dios obedeciendo sus instrucciones lo hacen de manera voluntaria. Dios nunca obliga a nadie a actuar en contra de su voluntad; sin embargo, él también espera que diezmemos y compara el descuido del diezmo con robarle a él mismo, explicando que el no diezmar acarreará una maldición (Malaquías 3:8). Así, el diezmo no es voluntario en el sentido de ser “opcional”, y Dios tampoco permite que nosotros decidamos arbitrariamente la cantidad mínima que debemos entregarle. Mediante este sistema de diezmos, él establece el monto mínimo que debemos devolverle de todo lo que él nos da. Y como Dios es nuestro Creador y todo lo que existe le pertenece (Salmos 24:1; Hageo 2:8), él tiene todo el derecho de establecer este sistema de asistencia financiera para sus propósitos espirituales.

¿Se practicaba el diezmo antes del pacto nacional de Dios con Israel?

Abraham y Jacob entendían y practicaban el diezmo. Abraham entregó un diezmo de todo el botín conseguido en cierta misión de rescate (Génesis 14:20); y Jacob, al acercarse más a Dios, prometió darle un diezmo (una décima parte, o un diez por ciento) de las bendiciones que el Eterno derramaría sobre él (Génesis 28:22).

¿Diezmaban los sacerdotes y los levitas?

Dios entregaba un diezmo a los levitas por su trabajo en el tabernáculo y como herencia (Números 18:21, 24). De ese diezmo que recibían, debían también pagar un diezmo (v. 26). Dios escogió de entre la tribu de Leví a Aarón y a su familia para que sirvieran como sacerdotes (Éxodo 4:14; Números 3:10), y debido a que Aarón y su familia eran levitas, se esperaba que ellos también diezmaran.

¿Era el diezmo algo justo para Israel?

La intención de Dios era que Israel fuera un modelo para las otras naciones (Deuteronomio 28:1). En Romanos 2:6-15, el apóstol Pablo explica que todas las naciones serán juzgadas por la misma ley de Dios. El cristianismo de la Biblia no desmiente esa ley ni su conexión con Israel; por el contrario, aquellos que llegaron a ser parte de la Iglesia del Nuevo Testamento también fueron llamados “el Israel de Dios” (Gálatas 6:16).

¿Estaba limitado el diezmo solo a los productos de la tierra?

En Génesis 14, Abraham rescató a muchas personas y bienes (v. 16). Él dio un diezmo “de todo” este botín (v. 20; Hebreos 7:2), pero su diezmo no se limitaba a los productos agrícolas. En 2 Crónicas 31:5 leemos que los israelitas “trajeron asimismo en abundancia los diezmos de todas las cosas”.

Como la economía de la antigua Israel era predominantemente agrícola, este versículo describe detalladamente aquellos productos. Pero también debemos observar que la frase “el diezmo de todas las cosas” se refiere a otros productos no agrícolas. Igualmente, en Proverbios 3:9 se nos dice: “Honra al Eterno con tus bienes, y con las primicias de todos tus frutos”. Dios quiere que lo honremos con todos nuestros ingresos, no solo con los productos de la tierra. Sería contradictorio asumir que Dios esperaba que solo los agricultores diezmaran, eximiendo a todos los demás de esta obligación.

¿Cuántos diezmos aparecen en la Biblia?

La Biblia explica que los diezmos (que quiere decir la décima parte, Levítico 27:32, Traducción en lenguaje actual) se usaban para tres propósitos: para sostener económicamente el ministerio levítico (Números 18:21), para hacer posible que el pueblo de Dios observara las fiestas que él ordenaba (Deuteronomio 14:22-27) y para ayudar a los pobres (vv. 28-29). Aunque algunos afirman que solo se guardaba un diezmo, que la persona dividía entre estas tres categorías según su conveniencia, las instrucciones bíblicas contradicen esta suposición.

En Números 18:21 leemos que Dios daba a los hijos de Leví todos los diezmos, o décimos, de las ganancias. Si los levitas solo debían recibir una parte de un diezmo, Dios no les hubiera prometido el diez por ciento. Dios, por supuesto, no miente (Números 23:19; Tito 1:2). Asimismo, Deuteronomio 14:23 habla de la persona que usa una décima parte, el diez por ciento de sus ganancias, para las fiestas. Y Deuteronomio 14:28-29 habla de un diez por ciento cada tercer año, que debía usarse para ayudar a los necesitados. Solo si hay tres diezmos se justifican adecuadamente las diferentes instrucciones expuestas en estos pasajes.

¿Existe alguna evidencia histórica, fuera de la Biblia, que hable de más de un diezmo?

Josefo, el historiador bíblico judío del primer siglo que escribió extensamente sobre la historia judía y sus costumbres, en dos ocasiones explica que había más de un diezmo. Primero anota: “Sacaréis una décima parte de vuestros frutos, aparte del que habréis asignado para darlo a los sacerdotes y los levitas, el que podréis vender en el país, pero será para ser usado en las fiestas y sacrificios que se celebren en la ciudad santa. Porque es conveniente que gocéis los frutos de la tierra que Dios os da en posesión, para honor del donante” (Antigüedades de los Judíos, libro 4, capítulo 8, sección 8).

Luego continúa diciendo: “Aparte de los dos diezmos, que como os he dicho, deberéis pagar todos los años, uno para los levitas y el otro para las fiestas, deberéis aportar cada tres años un tercer diezmo para ser distribuido entre los necesitados, las mujeres viudas y los niños huérfanos” (ídem, libro 4, capítulo 8, sección 22).

Otras fuentes históricas antiguas, incluyendo la Septuaginta (traducción griega del Antiguo Testamento que data de mediados del siglo II a.C.) y el Libro de los Jubileos (obra apócrifa escrita alrededor del año 100 a.C.), describen múltiples diezmos. Ciertos escritores eclesiásticos posteriores como Jerónimo (que vivió alrededor de los años 347-420 y fue el traductor principal de la versión Vulgata Latina de la Biblia) y Crisóstomo (347-407), también enseñaron que los israelitas pagaban múltiples diezmos.

¿Qué tan importante es el diezmo para Dios?

En Malaquías 3:8 Dios dice: “¿Robará el hombre a Dios?” Dios dice que quienes se rehúsan a darle diezmos y ofrendas están robándole— y quebrantando así uno de los Diez Mandamientos (Éxodo 20:15; Deuteronomio 5:19).

Los comentarios sobre el diezmo en el libro de Malaquías, ¿se refieren solo al sacerdocio o también a los demás israelitas?

Algunas de las instrucciones de Dios en el libro de Malaquías estaban dirigidas a los sacerdotes (Malaquías 1:8) porque ellos tenían la responsabilidad de enseñar al pueblo la ley de Dios (Deuteronomio 33:8-10; Malaquías 2:7). Pero Dios no indicó que los levitas eran los únicos culpables de desobediencia. Cuando Dios se refiere a la negligencia para pagar diezmos y ofrendas, dice que “la nación toda” era culpable de este pecado (Malaquías 3:9).

Aun cuando los primeros dos capítulos de Malaquías se enfocan en los pecados de Israel en aquel tiempo, los últimos dos capítulos hablan de la segunda venida de Cristo y del lago de fuego. Curiosamente, la reprensión de Dios respecto al diezmo se encuentra inserta en esta sección bíblica eminentemente profética. Más aún, los temas tratados en Malaquías (respecto a la ley de Dios, los maestros fieles, evitar el divorcio, pagar los diezmos) eran temas importantes para todos los israelitas en la época en que se escribió este libro, y hoy en día continúan siendo igualmente importantes para el pueblo de Dios.

¿Ha sido abolido el diezmo bajo el Nuevo Pacto?

De ninguna manera. Aunque hay quienes suponen que las leyes de Dios fueron abolidas por el Nuevo Pacto, tanto Jeremías 31:31-33 como Hebreos 8 y 10 confirman que bajo el Nuevo Pacto las leyes de Dios serían escritas en el corazón de los creyentes — no abolidas ni eliminadas.

Aunque el Nuevo Testamento incluye cambios de un sacerdocio físico al sacerdocio espiritual de Jesucristo y el reemplazo de los sacrificios ofrecidos a él, todos estos ajustes quedaron documentados en el Nuevo Testamento. Hebreos 7 habla sobre los cambios en cuanto al sacerdocio. Jesucristo, sacerdote según la orden de Melquisedec (Jesucristo preencarnado como el sacerdote que recibía los diezmos de Abraham), ha reemplazado a la familia de Aarón. La implicancia obvia aquí es que como Jesucristo ahora había reemplazado como Sumo Sacerdote a la familia de Aarón, el ministerio de Jesucristo se había hecho cargo de la función de los levitas y por lo tanto ahora sería el destinatario de los diezmos para continuar la obra de Dios.

También es muy importante notar que aunque Dios entregó temporalmente los diezmos a los levitas por su servicio, el diezmo siguió siendo algo sagrado y que le pertenecía a él (Levítico 27:30). Cuando Dios lo asignó a los levitas y la gente se rehusaba a pagárselos, Dios dijo que el pueblo le estaba robando a él— no a los levitas. Los cristianos, que están bajo los términos del Nuevo Testamento, continúan honrando a Dios mediante sus diezmos y ofrendas.

¿Qué dijo Jesús acerca del diezmo?

En Mateo 23:23 Jesús criticó severamente a los líderes religiosos de ese tiempo por su distorsionado entendimiento espiritual. Eran muy meticulosos para diezmar hasta las especias y hierbas más minúsculas, dijo Jesús, pero “dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe”. Jesús dijo que ellos deberían haber puesto mayor énfasis en estos principios espirituales más importantes, “sin dejar de hacer aquello”. Aquí, Cristo sostuvo que el diezmo era una práctica que debía continuarse.

¿Por qué Pablo no menciona el diezmo en sus cartas?

Estando consciente de que toda la Escritura era inspirada por Dios y útil para instruir en justicia (2 Timoteo 3:16-17) y que la única Escritura disponible en su tiempo eran los libros que hoy conocemos como el Antiguo Testamento, Pablo no consideró necesario repetir en sus cartas todo lo que decía la ley de Dios. Sus epístolas contienen respuestas a temas específicos y no fueron escritas como un nuevo conjunto de leyes para reemplazar la instrucción de Dios que se encuentra en los primeros libros de la Biblia.

¿Por qué no tomó Pablo los diezmos de los corintios? ¿Es este el nuevo modelo a seguir por los ministros, según el Nuevo Testamento?

Entre los corintios se contaban algunos de los más enconados detractores del apóstol Pablo. En 1 Corintios 9:1-23, él defiende su cargo ministerial y argumenta que tanto él como Bernabé tienen derecho a recibir apoyo financiero de los corintios por su servicio a la Iglesia (vv. 13-14). Pero aunque tenían este derecho, explicó Pablo, no lo ejercitaban porque les preocupaba que podría poner un “obstáculo al evangelio” (v. 12). Él no quería ser acusado de codicia o de pretender ser mantenido por los miembros en Corinto. Para evitar tales acusaciones, se rehusó a recibir cualquier tipo de ayuda económica de parte de ellos.

Para mantenerse económicamente, Pablo trabajaba como fabricante de carpas (Hechos 18:1-3). En 2 Corintios 11:5-13 Pablo reflexiona sobre su decisión: “¿O cometí un pecado al humillarme a mí mismo para que ustedes fueran exaltados, porque les prediqué el evangelio de Dios gratuitamente? A otras iglesias despojé, tomando salario de ellas para servirles a ustedes”. Luego explica que los hermanos en Macedonia habían pagado los gastos que él no había podido cubrir mientras se hallaba en Corinto: “Cuando estaba con ustedes y tuve necesidad, a nadie fui carga; porque cuando los hermanos llegaron de Macedonia, suplieron plenamente mi necesidad, y en todo me guardé, y me guardaré, de serles carga” (v. 9, Nueva Biblia Latinoamericana de Hoy).

La decisión de Pablo de no aceptar ayuda financiera de los corintios fue una situación excepcional, motivada por las actitudes acusatorias de los demás.

¿Cómo debo calcular el pago de mis diezmos?

Los diezmos deben calcularse según las “ganancias” que uno recibe (Deuteronomio 14:22, 28; 2 Crónicas 31:5). Para determinar sus utilidades, uno debe restar de los ingresos totales el costo suscitado por el negocio mismo. Por ejemplo, en el caso de un agricultor, el costo de semillas, fertilizantes, equipos y otros gastos relacionados con su trabajo debe ser extraído de las ganancias de una cosecha antes de determinar las utilidades.


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