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Los golpes de Estado en Colombia






Antonio Alvarez Restrepo,

Colección Sociología Política de Colombia

Litografía Arco
















Los golpes de Estado en Colombia,

Colección Sociología Política de Colombia

© Antonio Alvarez Restrepo

Litografía Arco

Diseño y diagramación

© Ediciones LAVP

9082624010

New York USA

ISBN 9781370398126

Printed by Smashwords

Todos los derechos reservados. Sin autorización escrita del autor-editor no se puede reimprimir esta obra por ningún medio escrito, electrónico, de audio, de video, o reprográfico. Hecho del depósito de Ley en Colombia.









Índice

Consideraciones sobre historia de Colombia

Los golpes de Estado

La dictadura del Libertador

El singular caso de Urdaneta

Una vida infortunada: Obando

Figura de un condotiero

La gran reforma de Núñez

31 de agosto de 1900

Rafael Reyes

Laureano Gómez

Las guerras civiles y el desarrollo económico

Bibliografía






CONSIDERACIONES SOBRE LA FORMA COMO

SE HA ESCRITO LA HISTORIA EN COLOMBIA

El siglo pasado nos legó una preciosa herencia en las numerosas memorias y libros históricos escritos por los protagonistas de muchos de los hechos memorables que entonces ocurrieron. El caso de don José Manuel Restrepo que puede considerarse como el padre de los historiadores de la república, es ejemplar.

Vivo todavía el Libertador, Restrepo publicó en París, en la Librería Americana, Calle del Temple No. 69 la primera parte de la revolución colombiana, en siete volúmenes con tres de documentos importantes, además un atlas con los mapas de cada uno de los departamentos de la república y uno general, todo ello preparado bajo su dirección personal.

En el prólogo de la segunda edición aparecida en Besanzon en 1858, en la imprenta de José Jacquin, Grand Rué No. 14, en cuatro tomos cuidadosamente impresos, cada uno con más de quinientas páginas, el autor explica que ha repetido esa publicación porque la primera "resultó con muchos errores", que la deforman enteramente, sobre todo los nombres propios.

Esta obra de don José Manuel Restrepo es el testimonio más completo que exista sobre lo que fue la historia de nuestro país a partir del siglo XVIII y sobre el movimiento de independencia y las heroicas jornadas del Libertados Simón Bolívar.

En el diario de Bucaramanga Bolívar al referirse a la obra de Restrepo hace algunas observaciones sobre tal obra y dice entre otras cosas lo siguiente:

“Todo el día la pasó su excelencia en recorrer la historia de Colombia del señor José Manuel Restrepo, su ministro del Interior, que se recibió hoy por correo. En la comida el Libertador habló de ella y de los acontecimientos que refiere de Cartagena en el año de 1815.

Citó varios pasajes y dijo que el señor Restrepo los relataba con bastante exactitud. "Su libro a lo menos, siguió diciendo su Excelencia, es una historia y no la faramalla que bajo el título de “Historia de la República de

de Colombia” ha publicado un señor Lallement: que falsedad en los hechos,

que truncados y que falta de detalles, que juicio y que crítica tan erróneos hace de ellos, que política tan trivial y tan rastrera va desplegando.

He visto muchos libros malos pero ninguno peor que el del dicho señor Lallement; no respecto a su estilo, que es conciso y correcto. Luego siguió hablando de la misma obra del señor Restrepo y pasó a tocar lo que se dice del general Mariano Montilla y de su conducta entonces " ¡Ah exclamó su Excelencia, lo que puede el tiempo y las circunstancias sobre los hombres y sus opiniones.

Montilla en aquella época y mucho después era y fue mi más encarnizado enemigo: su odio hacia mí, su envidia, unidos con su ambición, que siempre ha sido grande, le hacía aconsejar y sostener al brigadier Castillo que tenía contra mí iguales sentimientos. Montilla era entonces uno de los más furiosos y activos apóstoles del partido sedicioso que se había levantado en Cartagena contra el Gobierno de la Unión; y en el día ¿Qué es el mismo Montilla?

Se manifiesta mi mejor amigo: aquellos rígidos principios democráticos y republicanos que aparentaba entonces han desaparecido; es partidario del absoluto centralismo y es uno de los que más aconsejan la formación del gran imperio americano; de aquella reunión disparatada, impolítica y aún impracticable de las tres repúblicas de Colombia, Perú, y Bolivia y que quiere se extirpen todos los principios demagógicos y todo sistema de pura democracia.

Dicho esto, el Libertador se fue a su hamaca a continuar con la lectura y observaciones sobre la obra del Señor José Manuel Restrepo; no hubo por consiguiente paseo, ni juego, ni conversación".

"Es muy natural el anhelo del Libertador de imponerse de una historia que es la suya propia; de los anales de una nación libertada y fundada por él, de unos hechos que el mismo ha dirigido; de unos sucesos que ha presidido; de unas medidas que ha ordenado y de unos resultados que el mismo ha producido.

Ver pues, como el señor Restrepo presentó todas aquellas circunstancias y acontecimientos, como desarrolla la multitud de ellos, como hace figurar las principales personas que han tomado una parte directa en la interesante causa de la independencia, tanto en los negocios políticos como en los de la guerra, las intenciones, hechos y carácter que les asigna; ver como refiere las campañas, las batallas y combates a que se debe la libertad del país, como sigue el movimiento de los varios ejércitos, amigos y enemigos, el movimiento de la política de los varios gobiernos, sus medidas y providencias: todo esto y todos los demás detalles que deben entrar en la historia de una nación no pueden ser sino del más grande y del más alto interés para el héroe de aquella misma historia.

Nadie tampoco puede ser mejor juez de la exactitud y verdad de dicha obra sino el mismo Libertador. Estoy pues muy curioso de conocer su juicio y opinión sobre ella y sobre el señor Restrepo, como escritor e historiador".

En otra parte del diario de Bucaramanga el Libertador dice: “Restrepo es rico en pormenores históricos, posee una abundante colección de detalles y no hace gracia de ninguno de ellos: los sucesos principales los refiere todos igualmente con exactitud cronológica; pero hay algunos errores de concepto y aún de hecho en varios de sus relatos, particularmente sobre operaciones militares y descripción de batallas y combates.

Su estilo sin ser propiamente el de la historia es vivo y sostenido, a veces, cae en algunas partes en lo difuso y fastidioso pero su obra constituye siempre unos (genuinos) anales históricos y cronológicos de Colombia. Otro defecto suyo es la parcialidad; se descubre en varias partes; con respecto a mí se ve la intención que tiene de complacerme; temería el criticar fuertemente algunos de mis hechos.

Convengo que puede escribirse la historia de los que han figurado en ella aún viviendo estos, pero confieso también que no puede escribirla con imparcialidad el que como el señor Restrepo, se encuentra con respecto a mí, en una situación política dependiente de la mía.

Hago esta observación porque me acuerdo de que se ha dicho con razón que “la posteridad para con los grandes hombres empieza mucho tiempo antes de su muerte y que por lo mismo su historia puede escribirse durante su vida”.

“Sea lo que rucre, no nos hallamos ya en los tiempos en que la historia de las naciones era escrita por un historiógrafo privilegiado y se prestaba fe, sin examen, a cuanto decía.

A los pueblos solo pertenece ahora escribir sus anales y juzgar a sus grandes hombres. Venga pues, sobre mí el juicio del pueblo colombiano: es el que quiero, el que apreciaré, el que hará mi gloria. No el juicio de mi Ministro del Interior".

En otro capítulo del "Diario de Bucaramanga" Perú de la Croix despotrica contra Restrepo y pone en boca del Libertador acerbas críticas contra algunos capítulos de la Historia de la Revolución. Esta parte del célebre Diario habría que tomarlo con precaución porque el militar francés aprovechó esa obra para vapular a distintos personajes de la epopeya que no le eran gratos o con los cuales había tenido roses o querellas, poniendo en boca del Libertador las críticas que el mismo Perú deseaba realizar.

En la admirable colección de "Documentos para la Historia de la Vida Pública del Libertador" recogidos en catorce volúmenes prietos, por don José Félix Blanco y don Ramón Azpúrua, en el tomo XII, página 569, editado en Caracas en el año de 1877 aparece una carta fechada en Bucaramanga el 3 de junio de 1828, dirigida a don José Manuel Restrepo en la cual Bolívar hace unos comentarios sobre la Historia de la Revolución, documento en el cual expresa su juicio sobre la obra. Esa carta dice así:

Mi estimado amigo y Sr:

Han crecido mi respeto y estimación para U. con la lectura de la "Historia de Colombia". Esta es una de aquellas obras que producen efecto y que causan rivalidades, pero que, refiriéndolas a la posteridad, esta se encarga de lavar las manchas de la calumnia.

Yo me coloco allá, y animado del sentimiento de la justicia de que me siento arrebatado, pronuncio: El autor ha procurado acercarse a la verdad, y la ha publicado con intrepidez. Si ha sido indulgente alguna vez con sus amigos, no por esto ha sido parcial con sus contrarios; y si se ha engañado esto es del hombre.

Discúlpanle los errores involuntarios en que ha caído, la buena fe con que ha solicitado los hechos, y la sagacidad con que los ha juzgado. Sus sentencias son severas contra los que han cometido el mal, y su benevolencia hacia los buenos es una prueba irrefragable de la rectitud de sus principios.

Quéjense en vano los agraviados, que yo absuelvo a Restrepo de la mala fe que se le imputa; pero tengo un cargo que hacerle: es la severidad contra Madrid, que fue más desgraciado que culpable, y más digno de alabanza que de vituperio, porque una vida entera cubre un momento de flaqueza. Su encargo fue presidir los funerales de la patria".

Yo daría este voto con la imparcialidad de amigo reconocido, pues que U. me ha tratado con esta misma imparcialidad benévola. Ambos tenemos hasta cierto grado infinita razón, pues que no nos apartamos de la menor parte de los hechos, y si los otros los miran de otro modo, no es culpa nuestra.

U. posee el buril de la historia, sencillez, corrección y abundancia. Confieso que me ha parecido la obra de U. superior a todo lo que me había imaginado; y cuando U. dé una nueva edición en Caracas donde hay una excelente imprenta, después de haber oído la opinión pública y las alegaciones de los resentidos, dará U. un grande ejemplo de justicia y moderación si a ella agrega U. notas ó correcciones.

Si y o estuviera en el puesto de U., haría esto suplicando al público para que le ilustre, protestando en este aviso que U. no responderá a nadie sino con las pruebas de su imparcialidad. Un papel de esta especie, compuesto con sencillez y sagacidad, puede producir un grande efecto. Desde luego preveo que el público imparcial estará por U. y yo supongo que U. habrá presentido que a nadie se le castiga impunemente, y por lo mismo estará preparado a todos los ataques de la venganza. Nadie es grande impunemente; nadie se escapa, al levantarse, de las mordidas de la envidia.

Consolémonos, pues, con estas frases de crueles desengaños para el mérito.

Ofrezco a U. mi estimación y aprecio.

Simón Bolívar


La obra de Restrepo es, por cualquiera de los aspectos que quiera apreciarse, un verdadero monumento de la historia colombiana. Hasta donde lo permitieron las enconadas pasiones de la época su imparcialidad es notable.

Aún se permite formular algunos juicios severos contra el propio Libertador cuando piensa que se ha equivocado. Los cuatro volúmenes de la edición de Besanzon habría que colocarlos en el más alto sitio por la sobriedad de su estilo, por la honestidad del relato, por el juicioso criterio empleado para apreciar los hechos y las circunstancias que los rodearon.

El segundo historiador del Siglo XIX es el general Joaquín Posada Gutiérrez. Los cuatro volúmenes de sus “Memorias Histórico-políticas” son una de las lecturas más apasionantes que puedan encontrarse entre la fronda histórica de la pasada centuria.

Actor y personaje de primer orden en innumerables episodios, amigo fervoroso del Libertador, testigo del proceso que dio vida a la república, su estilo es vivo, animado, polémico a veces y beligerante. En él aparece por primera vez el historiador que vinculado a un partido político, el conservador, censura y critica a sus adversarios y dispara sus flechas desde la torre de sus personales predilecciones.

Sus relatos tienen el encanto de las novelas históricas. Hay figuras evocadas por Posada que se quedan grabadas en la mente del lector por la gracia de las descripciones o por la intensidad del episodio que describe.

Con Posada Gutiérrez surgen los historiadores "políticos", es decir, aquellos que al presentarnos las vidas de ciertos hombres públicos los alaban o encomian si han pertenecido al mismo partido a que pertenece el respectivo biógrafo. Hay dos grandes corrientes que nos vienen del siglo pasado. Los historiadores conservadores defienden con ahínco a Bolívar y justifican su actitud aún en los momentos más difíciles de su gobierno, como aquellos comprendidos entre 1828 y 1830.

Los historiadores liberales en cambio rinden pleitesía preferente al General Santander, le colocan en el más alto pedestal, justifican su actitud en septiembre de 1828 y enjuician severamente al Libertador por su dictadura. Al grupo de historiadores conservadores pertenecen don José Manuel Groot, Gustavo Arboleda, Pedro María Ibáñez, el graciosísimo Cordovez Moure, Venancio Ortíz, Luis María Mora, Manuel Briceño, Soledad Acosta de Samper, José María Samper, Julio H. Palacio, José María Henao y Gerardo Arrubla, Ángel Cuervo, Juan Francisco Ortíz, Eduardo Posada, Alberto Miramón para citar sólo a aquellos que ya traspasaron los lindes de la existencia.

El partido liberal, a su turno ha hecho una contribución no menos importante con los nombres de Salvador Camacho Roldan, Aníbal Galindo, José María Quijano Wallis, Maximiliano Grillo, Roberto Cortázar, Roberto Botero Saldarriaga, Raimundo Rivas, Luis Augusto Cuervo, Laureano García Ortíz, Eduardo Rodríguez Piñeres, Joaquín Tamayo, Enrique Otero D'Acosta.

Estas dos corrientes se hacen patentes cuando se repasan los anaqueles de la biblioteca histórica. Hay casos como el de Mosquera, el de Obando, el de Núñez (Oh Núñez!). Mosquera por haber cambiado de toldas, del conservatismo al liberalismo, ha corrido con grandísima fortuna en la historiografía liberal.

A defender a Obando le han dedicado centenares de páginas sus copartidarios, tratando de liberarlo del cargo atroz que se le formuló cuando se dijo que él había sido el autor intelectual del asesinato de Sucre, capítulo este lleno de extraños episodios, acrecentados por sus enemigos, que hicieron amargos los días de este hombre infortunado, el más infortunado de cuantos campean en las páginas de la historia nacional.

Los historiadores liberales han asumido la defensa de este personaje con pasión beligerante, con razones más empapadas de política que de historia auténtica. Los historiadores conservadores no han sido menos apasionados. El general Santander les produce revulsión automática. Parece no convencerlos.

Estiman que su actitud para con el Libertador es inexcusable. Su participación en el atentado del 25 de septiembre tuvo el agravante de haber pedido a los conspiradores que no dieran el golpe sino después de que él hubiese salido de Colombia rumbo a la Embajada de Washington, con la idea, quizás, de que en tales condiciones no se le implicaría en el atentado, o que, al menos, no se le podrían imponer sanciones por estar ausente.

En los últimos años, para bien de la historia patria, han surgido historiadores que han logrado sobreponerse a la inveterada tradición nacional, con libros que establecen en su plenitud la imparcialidad indispensable para presentar un análisis realista de cada hecho. El Núñez de Indalecio Liévano Aguirre y los varios libros de Eduardo Lemaitre sobre el mismo personaje son ejemplares en este campo.

Jaime Duarte French en su obra, erudita como ninguna y con un acopio de información extraordinario, nos da un ejemplo de la historia escrita con una probidad ejemplar. Los historiadores marxistas nos ofrecen una nueva visión de sucesos y personajes examinados con el lente riguroso de la interpretación materialista de la historia.

La independencia que aplican a sus interpretaciones es un elemento nuevo que permite fijar en todos sus contornos muchos de los hechos controvertidos entre historiadores liberales y conservadores.

No es fácil romper una tradición que se ha prolongado en el tiempo por más de siglo y medio. Pero es necesario emanciparse de ese yugo, tratar de revivir el pasado tal como fue, sin buscar excusas que no se acomodan a la verdad, sin tratar de disimular la auténtica faz de los personajes con afeites retóricos, y, menos aún, sin ocurrir a olvidos deliberados de hechos que pudieran comprometerlos. Es necesario estudiar todo el personaje, seguirle en su auténtica trayectoria, bien cuando anduvo por los caminos de la rectitud y de la decencia, o bien cuando se equivocó dejándose arrastrar por sus pasiones imperiosas. Hacer historia es trabajar sobre materiales concretos limitando la participación de la imaginación a sólo lo esencial para dibujar un cuadro atractivo que además sea verídico.

Este libro trata de aplicar siquiera en parte esta teoría.

Sin ánimo iconoclasta, sin voluntad de desdibujar figuras que han recibido el homenaje nacional por su participación en episodios memorables, nos hemos acercado a ellas no sólo para contar aquello que pudiera favorecerlos sino para dar la visión total de sus actitudes a lo largo de su carrera. La mayor parte de los lectores encontrarán aquí aspectos que no conocían, sucesos extraños que los historiadores tradicionales no han mencionado o que apenas si han sido rozados accidentalmente sin deducir consecuencias.

En algunas biografías cuando se llega a uno de estos casos lamentables se salta sobre ellos como sobre una hoguera para evitar quemar el personaje. El temor de que pudiese sufrir mengua los ha hecho callar aquella parte de la historia en la cual aparecen sus debilidades y flaquezas. La figura que se nos presenta entonces es una figura mutilada, incompleta, falsificada. Repasando las páginas de libros dedicados a contarnos la historia de quienes actuaron en la pasada centuria, se puede ver que allí sólo aparece la parte mostrable de cada personaje.






LOS GOLPES DE ESTADO

Es tal la variedad y multiplicidad de los golpes de Estado en nuestro tiempo que todas las definiciones conocidas resultan limitadas e incompletas. El célebre "Coup de Etat", bautizado así por los franceses, ha adquirido posición relevante en la historia contemporánea. Basta sólo pensar que Adolfo Hitler y Benito Musolini, los dos famosos dictadores de esta centuria, llegaron al poder mediante Golpes de Estado largamente preparados.

Desde allí, hasta los innumerables derrocamientos de gobiernos en las nuevas naciones africanas o los que se han multiplicado en casi todos los países de América Latina, la historia del Siglo XX es una sucesión de Golpes de Estado en los cuales se refleja la impaciencia de los pueblos que tratan de buscar por la violencia un nuevo camino para la solución de sus problemas.

En la Enciclopedia Británica se lee que el "Golpe de Estado" es una súbita acción por medio de la cual un individuo o un grupo, usando por lo común una violencia limitada, captura posiciones de la autoridad gubernamental sin conformarse a los requerimientos normales establecidos para cambiar los gobiernos en forma distinta a la que prescriben la constitución y las leyes.

En forma más restringida, un "golpe de Estado" resulta simplemente del abrupto reemplazo del personal que controla un gobierno; pero distinto a una revolución, no altera las bases económicas y sociales ni distribuye el poder entre los grupos políticos que le compiten." En la Enciclopedia Espasa aparece una definición más concreta cuando se afirma que "un golpe de Estado" es una medida violenta mediante la cual una agrupación o cuerpo político o una persona se apoderan del poder con ayuda de la fuerza armada.

El objeto de los golpes de Estado suele ser unas veces el establecimiento de una dictadura y otras la ruptura del equilibrio de los poderes públicos establecidos por la constitución a las leyes orgánicas del Estado." Los diferentes casos colombianos caben muy bien en esta definición. Todos los golpes se han dado bajo la protección de las fuerzas armadas y han producido gobiernos dictatoriales.

En el Diccionario Enciclopédico de Ciencias, de Victor Desplats y Luis Gregrorie, el Golpe de Estado se define así: "Medida violenta a la que recurre un gobierno cuando no le bastan los medios legales. En Francia dos veces estableció el imperio y las dos por golpe de estado: el 18 brumario del año VIII y el 2 de diciembre de 1851. La monarquía legal fue al contrario derribada por el golpe de estado que intentó Carlos X con las famosas ordenanzas de 1830.

Se ha ensayado justificar los golpes de estado diciendo que la salud pública los hace a veces necesarios. Pero ¿Cómo puede exigirla salud pública la violación de la Ley? ¿Y quién apreciará tal necesidad? En realidad pueden encontrarse circunstancias atenuantes a una acción que en todos los casos, constituye un cambio político".

A esta definición habría que agregar que hay varias maneras de apreciar el Golpe de Estado según las personas que lo realicen y las circunstancias en que ocurran. En un país de tan accidentada trayectoria política como Colombia los dichos “golpes” han sido relativamente escasos.

En los 170 años de vida independiente, si se compara nuestra historia con la de otros países latinoamericanos y si se tiene en cuenta la muy escasa cultura de nuestras masas y el belicoso temperamento de los colombianos, son muy pocos.

Asimismo es muy curioso que no hayamos asistido a una serie ininterrumpida de tales golpes si se tiene presente que la adhesión de los partidos políticos a los gobiernos que ellos mismos han creado es muy frágil y que por regla general los gobernantes, a partir del segundo año de su mandato, se van quedando casi solos porque las gentes principian a mirar muy pronto, con mucho mayor interés, las nuevas figuras que un día habrán de sustituir al mandatario que ocupa el palacio de los presidentes.

Durante mucho tiempo en Colombia se sostuvo por expositores y tratadistas de derecho la tesis de que este era un país ajeno al golpe de estado, inconmovible en su fidelidad a las normas democráticas, estéril para las dictaduras, tierra amante de la constitución y de la ley, democracia auténtica que podría presentar su historia limpia ante el concurso mundial con orgullosa satisfacción.

En los últimos tiempos bastó sólo que alguien, apoyado en la fuerza pública, decidiera apoderarse del gobierno para que todas aquellas falsas teorías se vinieran abajo y para que tirios y troyanos se inclinaran reverentes ante el nuevo amo que, erguido sobre un pedestal de bayonetas y fusiles, los miraba con desprecio, por su gesto adulatorio y sumiso. No había tal tradición jurídica infrangible, no había tal culto por las instituciones legítimas.

Desde las más altas jerarquías intelectuales hasta la alegre bohemia de los barrios, todos a una se juntaron para aplaudir al que llegaba sin más títulos que los que nacen de la fuerza. Fue esta una amarga lección que le demostró al país cuan frágiles son los llamados principios democráticos y cuan débil la estructura sobre la cual hemos levantado al estado colombiano.

Diversos golpes de estado

Si se entiende por golpe de Estado la súbita interrupción de las normas jurídico-políticas para dar campo a un gobierno que ofrezca otros programas o que desee poner fin a un estado de cosas que no debe prolongarse, los golpes de estado ocurridos en Colombia desde 1828 hasta 1982 son ocho, así:

El Primero: lo dio el Libertador Simón Bolívar (27 de Agosto de 1828), después del fracaso de la Convención de Ocaña.

El Segundo: lo dio el general venezolano Rafael Urdaneta (10 de Enero de 1831), héroe de la independencia, después del retiro de Bolívar del Palacio de San Carlos.

El Tercero: (Abril 17 de 1854), célebre en la historia de Colombia por la guerra que suscitó, fue dado el por el general José María Melo al General José María Obando, su jefe y amigo.

El Cuarto: ocurrió el 23 de mayo de 1867 cuando una parcialidad del partido liberal apresó al general Tomás Cipriano de Mosquera después de que este había roto sus relaciones con el congreso y se había proclamado dictador.

El Quinto: lo dio el 10 de septiembre de 1885 el doctor Rafael Núñez cuando siendo presidente de Colombia, salió a un balcón del Palacio de San Carlos y dijo ante una manifestación pública que había ido a congratularlo por los éxitos obtenidos en la guerra: "La constitución de 1863 ha dejado de existir".

El Sexto: es el célebre golpe de Julio 31 de 1900 cuando el vicepresidente José Manuel Marroquín se posesionó de la presidencia y ordenó poner preso al anciano presidente titular doctor Manuel Antonio Sanclemente que vivía en la población de Villeta. Fue este un golpe incruento, urdido y preparado en los pasillos del palacio, sobre el cual se ha hecho mucha literatura.

El Séptimo: (Diciembre 13 de 1904) lo dio el general Rafael Reyes quien en su calidad de presidente de la república puso de lado la constitución y las leyes y principió a gobernar por decretos que hacían más fácil su acción de mandatario.

El Octavo: (13 de Junio de 1953) fue dado por el general Gustavo Rojas Pinilla contra el Doctor Laureano Gómez.




CLASIFICACIÓN DE LOS GOLPES DE ESTADO

El profesor Antonio J. Rivadeneira en su historia constitucional de Colombia dice lo siguiente:

"El golpe de Estado. Su exegeta es Nicolás de Maquiavelo quien lo definió como la manera de derrocar un régimen por medios no previstos en la constitución. Su dinámica corresponde mejor a las leyes de la profundidad e implica desde un punto de vista eminentemente revolucionario, no el relevo de una camarilla sino todo un cambio de hombres y de sistemas."

"El golpe de Estado supera en número a las otras formas de la revolución y presenta dos figuras peculiares: el golpe de estado revolucionario cuando se dirige contra un gobierno absoluto y el golpe de estado contra-revolucionario cuando se dirige contra un gobierno popular, vale decir escogido por el pueblo.

Uno y otro tienen necesidad del pueblo aunque sean obra exclusiva del ejército o cuenten con el apoyo de este".

No estamos de acuerdo con esta distinción y nos parece que podría decirse que los golpes de Estado pueden clasificarse así: los golpes de Estado dados contra un gobierno legítimo por quien no tienen ningún título para hacerlo y los golpes de Estado dados desde el gobierno por personas que ejercen la autoridad o tienen títulos para ejercerla.

En el primer grupo, es decir en los que han sido dados por personas que no tenían ninguna investidura como gobernantes, que estaban fuera del marco de la organización estatal, habría que presentar dos en el caso colombiano: el primero fue el dado por el general José María Melo contra el presidente legítimo general José María Obando y el segundo fue el que encabezó el general Gustavo Rojas Pinilla, contra el presidente Laureano Gómez en 1953.

Tanto Melo como Rojas eran comandantes del ejército pero carecían de ningún título legal para ejercer el poder. Fueron dos golpes incruentos en los cuales se violaron de un tajo la constitución y las leyes de la república para satisfacer la ambición de quienes se apoderaron del gobierno.

El segundo grupo está constituido por aquellos golpes en los cuales participaron personajes que tenían títulos para ejercer el poder, en ausencia del primer mandatario. Estos podrían calificarse como de segundo grado porque las personas que se apropiaron del mando habían sido electos vicepresidentes o designados de acuerdo con las normas legales imperantes en cada caso y estaban en ejercicio de ese mandato.

El primer golpe de este tipo fue dado por el general Santos Acosta contra el general Tomás Cipriano de Mosquera.

Santos Acosta era designado y tenía pleno derecho para suceder al titular, pero sólo en el evento de que se presentase la vacancia absoluta por muerte, enfermedad o demás causales señaladas por la constitución. Lo que no tenía derecho Santos Acosta era de substituir al presidente sin que este renunciara, poniéndolo preso, como él lo hizo, con violación flagrante de todas las normas legales vigentes.

El segundo caso en este grupo es el de don José Manuel Marroquín quien, empujado por un grupo notable de políticos conservadores, asumió el mando y puso preso al doctor Manuel Antonio Sanclemente, que era en ese momento el presidente legítimo de la nación.

Una confabulación política tramada a espaldas del anciano Sanclemente permitió llegar al solio de los gobernantes a un hombre ejemplar por muchos aspectos, pero ausente, como su principal, de los verdaderos problemas del estado e incapaz de dominar las gravísimas circunstancias existentes en el país en aquellos tiempos.

El tercer grupo lo integran presidentes de la república que, en pleno ejercicio de su mandato, pusieron de un lado la constitución y las leyes y se arrogaron poderes plenos con prescindencia de los cuerpos representativos de la nación, mediante la clausura del congreso.

Estos son los casos del Libertador Simón Bolívar en 1828, de Rafael Núñez en 1855 y de Rafael Reyes en 1904.

Uno se pregunta si realmente pueden calificarse estas acciones como golpes de Estado o si más bien deberían tener otra definición por la forma como obraron los tres presidentes, que al suspender las normas vigentes convocaron inmediatamente el congreso o asambleas constituyentes para que trabajaran en el estudio de la nueva legislación.

Como hecho curioso habría que anotar que Bolívar, Núñez y Reyes son las más altas cifras en el proceso de cambio de la nación colombiana y llenaron con sus hechos la mayor parte de la historia nacional.

El primero nos libertó, el segundo creó la república unitaria donde reinaba la anarquía de los estados dispersos y el tercero le dio el gran impulso, que aún perdura, a la modernización de la vida institucional y al desarrollo general del país.

Bolívar, Núñez y Reyes son los tres grandes hitos de nuestra historia y si un día se vieron en el caso de suspender las normas legales que los constreñían fue tan sólo para dar un nuevo aliento a la obra por ellos principiada, obra gigantesca a cuya sombra han vivido y prosperado sucesivas generaciones colombianas hasta nuestros días.

Comentario final

Al revisar la historia nacional me pareció siempre curioso que el número de golpes de Estado en nuestro país haya sido tan escaso, si comparamos lo que aquí ha sucedido con las demás naciones de este continente.

Países de tan sólida estructura social, tan bien poblados, como Argentina y Chile han debido soportar frecuentes cambios de gobierno en el siglo y medio de su existencia. Venezuela presenta muy pocos porque allí el problema fue de otra índole:

Durante casi un siglo estuvo en manos de tres dictadores (Guzmán Blanco, Cipriano de Castro, Juan Vicente Gómez) que se perpetuaron en el gobierno en períodos superiores a los veinte años para cada uno de ellos. En Méjico el sistema democrático para la elección de presidente no se aplica.

El país ha aceptado un extraño método de acuerdo con el cual el presidente en ejercicio escoge, con la asesoría de unos pocos dirigentes del partido que gobierna, a quien haya de ser su sucesor.

Las condiciones internas de su política dejan muy poco campo para la actuación de otros partidos que pudieran promover golpes de estado.

En los demás países de América Latina, con la excepción de Costa Rica, los altibajos de la política presidencial son permanentes. Poseemos en el mundo el record mundial en esta especialidad.

Así nos juzgan al menos los analistas extranjeros que se interesan por el tema. El caso de Colombia es notable. En los 172 años de vida in-dependiente puede presentar una sucesión de cincuenta y tres presidentes elegidos conforme a las normas de la constitución y las leyes.


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