Excerpt for Por qué prefiero ser un narco: Es mejor que un ordinario (Las historias de la ciudad: La Frontera Series) by , available in its entirety at Smashwords

Por qué prefiero
ser un narco:

Es mejor que
un ordinario


Joaquín Matos


Copyright © 2016 The House of Randolph Publishing, LLC.
All Rights Reserved.




Gracias. Esperamos que nuestro relato les ayude a entender el contexto de miles de personas como tú que nos han servido de estímulo a lo largo de todo este tiempo. Con tu nombre y correo, ofrecemos gratis, Por qué prefiero ser un narco 2:
Y Su Prima También
de Joaquín Matos.





No part of this publication may be reproduced, distributed, or transmitted in any form or by any means, including photocopying, recording, or other electronic or mechanical methods, or by any information storage and retrieval system without the prior written permission of the publisher, except in the case of very brief quotations embodied in critical reviews and certain other noncommercial uses permitted by copyright law.



LA DEDICATORIA

Aunque no está escrito para todos, este libro esta dedicado a esos analíticos que se han atrevido a hacer la pregunta, "¿Cómo voy a sobrevivir a pesar de la hostilidad de mi entorno inmediato?”







INDICE DE CONTENIDOS

LA DEDICATORIA 3

INDICE DE CONTENIDOS 4

1. 6

2. 11

3. 20

4. 22

5. 24

6. 27

7. 42

8. 44

9. 46

10. 72

11. 79

12. 85

13. 96

14. 111

15. 121

GLOSARIO DE
TERMINOS Y EXPRESIONES 130

LAS HISTORIAS DE LA CIUDAD 134

LIBROS DE LHDLC 136

SOBRE EL AUTOR 138

Este libro contiene ejemplos de argot, expresiones coloquiales y regionalismos. Hemos incluido un glosario de los términos y expresiones utilizados al final del libro.

1.

Desperté con un ratón que no me dejaba ni moverme, los llantos de la niña retuercen mi cerebro y no me dejan ni pensar, ¿dónde carajos estará Erika?

- ¡Erika!, ¡Erika!, la niña no para de llorar, ¡cállala, coño!

Solo un par de pasecitos y quedaría como nuevo. ¿Se habrá acabado la bolsa? Esa tochada está muy cara, y todavía le debo plata al Costello; pero, mejor me hago el loco. ¿Dónde carajos estará Erika, que no viene a callar a la niña?

- ¡Ya, mami!, ¡ya!, tranquila, aquí está papi, aquí está papi. Deja de llorar.

Voy a la sala, prendo un cigarrillo y abro una cerveza pa’ emparejar la pea. ¿Dónde habré dejado la bolsa anoche? Reviso mi teléfono y tengo dos mensajes de Erika: salió a comprar desayuno… ¿desayuno? ¡Si son las dos de la tarde! Seguro esa cabrona anda puteando. Necesito dinero, me estoy quedando en cero y tengo más deudas que el carajo, la leche de la bebita está cada vez más cara y no se consigue un carajo en este país.

- Luis, ya llegué.

- A buena hora, la china no ha parado de chillar y me despertó, ¡nojoda! ¿Qué andaba haciendo? ¿Quién compra desayuno a las dos de la tarde?

- ¡Coño!, estaba intentando conseguir los pañales, tú sabes cómo están las colas.

- ¿Colas? Ya le he dicho miles de veces que en esta casa no hacemos colas.

- Pero, entonces, ¿cómo hacemos? Necesito comprar las cosas de la niña.

- Llame a Marcos, ese le consigue de todo, con sobrecosto, pero se las consigue.

- Ya no queda plata.

- Busque debajo del colchón, ahí queda.

Me comí las empanadas que trajo Erika, ando crisiado y me va a tocar llamar a Costello otra vez. Reviso el celular, tengo llamadas perdidas de Leandro Zambrano y Nicolás Pérez, esos hijueputas van a querer que les pague, pero ya me están haciendo arrechar. Le marco a Costello…

- ¡Aló!, Costello…

- Luis Restrepo, ¿qué pasó, mijo? Me quedé esperándolo la semana pasada.

- Coño, es que he estado ocupado. Usted sabe cómo es la vaina cuando uno tiene hijos.

- ¡No, papá!, una vaina son los hijos y otra muy diferente los negocios. Usted quedó en pagarme la merca la semana pasada y aquí sigo esperando esa plata. ¿No querrá usted meterse en peos conmigo, verdad?

- ¡Costello, por favor!, ¿cuándo yo le he quedado mal a usted? Usted sabe que la vaina está muy jodida, tengo unos tigritos por resolver, pero apenas tenga la plata, yo le pago.

- Usted sabe que a mí no me gusta esperar.

- No, no, créame que yo no quiero hacerlo esperar. A mí también me cargan jodido con la plata.

- Bueno, eso es problema suyo, no mío. Resuelva los inconvenientes que tenga, pero a mí me paga mi plata.

- Claro, claro, usted de eso no se preocupe, varón, yo tengo palabra.

- Bueno, mijo, tiene cinco días, sino, usted ya sabe.

- En tres días tiene su plata, pero… Costello…

- ¿Qué pasó?

- Necesito un poquito de coca, ando seco.

- Luis Restrepo, ¡pero usted si tiene bolas! Todavía me debe plata de las dos últimas entregas, y ¡ahora me pide otra!

- Papi, usted sabe que yo le pago, nosotros somos amigos.

- Los amigos no existen, Luis Restrepo, lo que existe son los negocios. Yo soy un hombre serio y no me gusta andar con muchachitos que no cumplen su palabra.

- Yo le cumplo, mi hermano, se lo prometo, en tres días tiene su billete. Pero deme un par de gramos para coger aire y poder hacer las vueltas que me quedan.

- Luis Restrepo…

- Dígame.

- Aquí lo espero con la coca, pero se la cobro al doble y me paga mañana.

- Pero…

- Al doble, o no tiene nada.

- En media hora paso por allá.

Fui rápido a bañarme para ir a buscar la cocaína. Ojalá el carro no me empiece a joder otra vez.

- Luis, ¿a dónde vas?

- Tengo que salir urgente, voy a hacer un negocio.

- Pero, Luis, teníamos que llevar a la niña al médico.

- ¡Nojoda, Erika!, ¿otra vez? ¿Es que esa carajita no come, que se la pasa enferma?

- El pediatra quedó de revisarle lo de los ojos.

- Ese hijueputa lo que quiere es sacarnos más plata.

- ¿Por qué no vas con nosotros y hablas tú
con él?

- No, no, yo no tengo tiempo, tengo que ir a trabajar.

- ¿Y la plata para la consulta…?

- Le dije que buscara debajo del colchón.

- Pero si ahí no queda nada, Luis.

- ¿Cómo que no queda nada?

- No queda, acabo de revisar.

- Coño e la madre, pero si hace tres días metí ahí un poco de plata.

- Pues ya no hay; usted sabe que sus vicios son muy costosos.

- Jueputa, Erika, ya le dije que no me volviera a salir con eso, o le iba a voltear la cara de un coñazo; aquí la plata la produzco yo, así que yo veré en qué me la gasto.

- Pero, Luis, el pediatra…

- Dígale que no tiene plata, y que él verá si deja que la niña se quede ciega.

- Pero, Luis…

- ¡Me voy!


2.

Salí para la casa de Costello con el ratón haciéndome agonizar. Necesito un pase urgente que me dé vida. ¿Qué habrán terminado de hacer anoche Víctor Archila y Oliver Matamoros con las jevitas? En el camino veo un poco de operativos. Ahorita hay que estar mosca pues los pacos andan viendo qué cazar. Piso a fondo el acelerador para llegar a casa de mi dealer y en la entrada veo las camionetas de sus primos; ¡qué ladilla!, seguro están ahí con todos los guardaespaldas.

Me estaciono, me bajo del carro y saludo a los gorilas.

- ¿Dónde está Costello? –Le pregunto a uno de ellos-.

- Está adentro esperándolo.

Ingreso a la casa y me recibe la señora María de Costello con su habitual cara de miseria.

- Luisito, ¿cómo estás, papá? Armandito está arriba con los primos.

- Hola, señora María, sí, ya hablé con él. Justo voy a buscarlo.

Súbitamente, aparece la enfermera de la madre de Costello, la agarra y se la lleva a la habitación.

- Suba, arriba lo están esperando –Me dice-.

Tembloroso, empiezo a subir las escaleras y me da por pensar que no hubiese llamado a este hijueputa, que cada vez que está con sus primos, se comporta como un maldito peor de lo que es. Afuera de la oficina está el Pancho, el matón de Costello que siempre tiene una cara de perro que no se la quita nadie. A esa escoria, su mamá lo debió haber traído al mundo con arrechera. Mientras me mira desafiante y empieza a requisarme los bolsillos, se asegura de que no traigo armas y me dice:

- Pase, galán, Costello lo está esperando.

¿Por qué demonios todo el mundo me dice que Costello me está esperando? Lo acabo de llamar hace nada, ¿cómo saben todos que yo venía?

Abro la puerta y ahí está el infeliz hablando con sus primos.

- ¡Luis Restrepo!, qué placer, ¿cómo va todo? Venga, siéntese, tome asiento. ¿Ya conoce mis primos, cierto?

- Sí, sí, claro. Hola, ¿cómo están?

Los primos de Costello me miran de arriba abajo sin pronunciar palabra. Está el Kevin y John, esos son los que mandan la mercancía del otro lado de la frontera, esos carajos son los dueños de Cúcuta.

- Luis Restrepo, ¿cuántos años de amistad tenemos nosotros?

- Uy, imagínese Costello, desde carajitos, desde el colegio.

- ¿Usted me aprecia, Luis Restrepo?

- Por supuesto.

- ¿Usted me respeta?

- Claro, claro, ¿cómo no?

- ¿Entonces, por qué hijueputas no me ha pagado lo que me debe? –Pregunta exaltado-.

- Coño, Costello, ya se lo dije, hay gente que me debe billete.

- Ese no es mi problema…

- Lo sé, lo sé, solo estoy esperando que me paguen.

- Mire, Luis Restrepo, usted sabe muy bien que si yo le vendo a usted, es porque eres mi parce; yo ya no ando con esas vueltas de carajitos de estar dealeando droga para mis panas. Y ahora, cuando es con usted que hago esa excepción, entonces tiene las bolas de quedarme mal.

- ¡No, no! Costello, yo sería incapaz, incapaz…

- Luis Restrepo, ¡dígame algo!, ¿qué van a pensar mis primos? ¿Que yo soy un cobarde, que permito que la gente se burle de mí? ¡No!, ¡yo no puedo tolerar eso!

- Con todo el respeto hacia sus primos, Costello, pero usted sabe que eso no es así, yo tengo palabra de hombre, yo le voy a pagar…

- Entonces, tras de que no me ha pagado, usted tiene la santa voluntad de llamar a pedirme más mercancía. Dígame, ¿acaso usted me cree imbécil, Luis Restrepo?

- ¡No, no señor!, en lo absoluto, yo le dije que…

- ¡Pancho! –Gritó Costello-.

- ¿Pancho?, ¿para qué llama a Pancho? No señor, mire…

- Pancho, muéstrele a nuestro amigo Luis Restrepo lo que le hacemos a los que no nos pagan.

- No, Costello, no, ¡no!, por favor escuche…

De pronto, siento un golpe en la cabeza y caigo al suelo de inmediato…

- ¡Armando, por favor!

- ¡Jueputa!, este si tiene bolas. Aparte de que me debe plata, se atreve a llamarme por mi primer nombre. Pancho, dale a este tipo una lección.

Pancho me agarra del cabello y me para del suelo, mientras le pido misericordia. Pero este tipo es una bestia y no sabe de palabras o emociones. Le suplico a Costello que se detenga, pero no se inmuta. Pancho me lleva hacia una silla y comienza a amarrarme. Pienso en resistirme, pero creo que me iría peor. Pancho mide un metro setenta, es pequeñito, pero fuerte como un pitbull el coño e’ madre e igual de feo… me amarra por fin las manos a la silla y los pies también.

- ¿Le cortamos el huevo, jefecito? –Pregunta Pancho-.

- ¡No, no! Costello, por favor no, te prometo que voy a pagarte, te lo prometo.

- Yo creo que sí, Pancho.

Cuando Pancho empieza a desabrocharme los pantalones, comienzo a sudar frío y mi corazón arranca a palpitar como el de un animal salvaje.

- Costello, por favor, por favor, te lo suplico, por los años de amistad.

- La amistad en este mundo, no existe, Luis Restrepo.

Pancho se deshace de mi pantalón, mientras yo grito y grito e intento patalear.

- ¡Cállate, maricón! –Grita Pancho y me suelta un puño en el rostro-.

Mi nariz empieza a sangrar, estoy atolondrado, lleno de adrenalina, de miedo, de estrés.

- Lo que quieran, menos el pipi, lo que sea, menos eso, por favor, Costello.

- ¡Ay, jefe!, pero mire, si lo tiene chiquitico.

Los primos empiezan a reír. Por primera vez se han quitado esa máscara congelada de malditos psicópatas y ríen, se burlan de mí, sienten mi miedo y eso les llena de gozo.

- Yo creo que no vale la pena siquiera quitárselo, jefe, es tan chiquito, que ya es suficiente castigo.

Cuando miro hacia abajo, veo mi pene más chico que nunca. Pancho tiene razón, es tan diminuto como una pasa, quizás los nervios lo llevaron a ocultarse, probablemente tiene cabeza propia y ha elegido meterse en su caparazón para no ser degollado… ….el ser humano es un animal en busca de supervivencia.

- ¡No!, ¡no!, maldita sea, ¡no!, todo menos eso.

Pancho se ríe y me mira a la cara, me da un par de cachetadas, disfruta viéndome sufrir mientras los primos le animan en la propagación de mi desgracia. Costello permanece inmutable, no se ríe, no se amarga, solo presencia mi dolor como si estuviera en otro mundo.

- Adelante, Pancho, degüelle la cabecita.

Empiezo a llorar, mis nervios me retuercen.

- Él quería un pase… ¡dele un jalón para que tenga su cocaína y se vaya contento! –Manda Costello-.

Entonces, Pancho se aparta, saca de un mueble una bolsa de cocaína y coloca una línea en su dedo.

- Dele, mijo, aspírela. –Me dice-.

Inhalo la coca, siento que me llena de agallas y miro a Pancho a la cara.

- ¡Hágale, varón!, haga lo que tenga que hacer.

- Mirá, -dice el Pancho-, se transformó en Power Ranger.

Los primos ríen una vez más. Pancho saca un yesquero, lo acerca a mi pene y lo enciende, mis vellos púbicos empiezan a arder.

- ¡Cabrón!, ¡cabrón!, maldito, Pancho hijueputa, me las vas a pagar, ¡me las vas a pagar!

- Jefe, oiga a este amenazándome, yo creo que deberíamos bajárnoslo. No me gusta ese tono.

- ¡Hágale, Pancho!, si usted quiere ¡mátelo!, pero yo no me voy a ensuciar las manos con un insecto así.

- ¡Máteme, pues!, ¡máteme, hijueputa!, es mejor que me mate, porque si quedo vivo, lo voy a reventar.

Pancho empieza a reír con desprecio y se burla de mi sufrimiento…

- ¿Quiere que le eche una mamada, Luisito? –Pregunta en tono sarcástico y hace un gesto con su boca mientras los primos ríen y Costello no se inmuta-.

Pancho saca el yesquero una vez más y comienza a quemar mis genitales; lo insulto, trato de romper desesperadamente las cuerdas que me atan, pero es imposible y solo consigo maltratarme las muñecas y tobillos. Entonces, cuando siento cómo poco a poco voy perdiendo la virilidad, Pancho saca una navaja.

- Despídase del piojo ese –Me dice contento-.

Yo cierro mis ojos y empiezo a rezarle a Dios. Las carcajadas son cada vez más estridentes y cuando ya dejo de sentir el fuego en mi pene, aguardando la cortada inminente, aprieto los ojos y los labios pero… de repente las cuerdas se rompen.

-Listo, papito, ya está –Me dice Pancho-, quedó como nuevo.

Cuando vuelvo a mirar hacia abajo, mi pene aún sigue allí, rojo, hinchado, hirviendo, pero sigue adherido a mi cuerpo, ¿eso fue todo? –Me pregunto-.

- Tiene veinticuatro horas para traerme mi dinero, Luis Restrepo, ¿le quedó claro? –Dice Costello-.

- Sí, sí, si… -Respondo tartamudeando sin comprender-.

- Y acuérdese, la dosis de hoy vale el doble.

- Pero, pero…

- ¿Algún problema?

- ¡No!, no señor, está bien, está bien.

- Qué bueno es que nos entendamos, Luisito, usted sabe que yo a usted le tengo mucho aprecio, usted es mi parce.

- Sí señor, claro, claro, por supuesto.

- Llámeme Armando cuando quiera, Luisito, llámeme Armando si quiere, pero tráigame mi hijueputa plata porque si no le reviento la cabeza, ¿oyó malparido?

Pancho reía y los primos también. Me paré de la silla y me subí los pantalones. Cuando fui a salir de la oficina de Costello, Pancho se me interpuso en el camino, haciéndome el amague de tirárseme encima para golpearme. Asustado una vez más, yo cerré los ojos por reflejo, y cuando los volví a abrir, se estaba riendo. ¡Ya me las va a pagar este infeliz!

3.

Al salir de casa de Costello, llamé a Víctor Archila de inmediato:

- ¡Aló, Víctor!

- Luisito, ¿cómo está la vaina? Marico, qué locura anoche, esas jevas estaban volteadas.

- ¿Se las cogieron?

- Marico, de bolas, si les metimos perico hasta por las axilas, nos pidieron pipi por horas. ¿Tú que te hiciste?

- Me fui a dormir, tenía que llevar hoy a la niña al pediatra.

- ¿Y todo bien?

- Sí, sí, ya no tiene nada.

- Qué bueno, ¿y hoy qué?

- Marico, te iba a pedir un favor.

- ¿Qué pasó?

- Necesito que me prestes un billete.

- Coño, Luisito, si tuviera, tú sabes que te lo prestaría, pero ando pelando.

- No me caigas a coba, Víctor, quítale a tus papás.

- Tú estás loco. Si me cargan a monte porque dejé la universidad.

- No seas marico, Víctor, sácales de la caja fuerte que esos ni se dan cuenta. Necesito cuatrocientos verdes.

- ¿Y, aparte dólares? Tú sí estás loco.

- Mira, mamagüevo, ¿te acuerdas de toda la coca que jalaste anoche? Esa mierda la puse yo, y ahora debo un platero por eso, así que si quieres seguir metiéndole vainas a la nariz, me tienes que ayudar a pagar la deuda.

- Luis, pero bájale coño, yo creí que éramos panas.

- ¿Panas?, un carajo, los amigos no existen, lo que existe son los negocios.

- Me hubieses hablado claro desde un principio.

- Te estoy hablando claro ahorita. Si no me consigues la plata, te atienes a las consecuencias.

- Pero, Luis…

- Te llamo en una hora, espero que me tengas algo.


4.

Cuando volví a casa, Erika estaba llorando en el sofá, mientras la niña dormía en el corral.

- ¿Qué pasa? ¿Por qué lloras? –Le pregunto-.

- No me hables, Luis, no me hables por favor.

- ¿Pero, qué pasa? –Vuelvo a preguntarle-.

- Ni se te ocurra tocarme, ¡ni se te ocurra!, apártate de mí vista.

- Bueno, bueno, ya bájale dos, ¿cuál es tu mierda?

- Mi mierda, ¿mi mierda? Mi mierda es que no es posible que el médico no haya atendido a Clara porque no tenía cómo pagar una pendeja consulta. Esa es toda mi mierda, si la niña se queda ciega, será tu culpa.

- La niña no se va a quedar ciega, no seas exagerada.

- ¿Y tú, cómo coños lo sabes? ¿Acaso eres médico?

- Mírala, está bien, durmiendo tranquila.

- No me digas una mierda, Luis, mejor lárgate.

- ¡Bueno, bueno, ya va!, vamos a bajarle dos. Esa falta de respeto me la dejas pa’ otro día. Aquí el que paga toda mierda soy yo, y en el caso de que uno de los dos tuviera que irse, serías tú.

- ¿A sí? ¿Vas a dejar a tu hija y a su mamá en la calle?

- ¿De qué carajos estás hablando, Erika? A Clara nadie la saca de esta casa.

- ¿Y si yo me voy, qué piensas? ¿Que la voy a dejar con su padre periquero…?

La expresión de Erika me sacó de quicio. Ya venía tocado por lo que me hizo el maldito de Costello, luego el imbécil de Víctor Archila, y ahora llego y me encuentro con esto… Es que, ¿acaso no puedo tener paz?

Entonces, furioso, le levanté la mano y le volteé la cara.

- Nunca más vuelvas a insultarme en frente de mi hija, maldita –Le aclaré-.

Erika se quedó mirándome desde el suelo sorprendida, el golpe le asentó bien y no volvió a pronunciar palabra; creo que finalmente aprendió la lección.

5.

A las cinco de la tarde vuelvo a llamar a Víctor, pero no contesta mis primeras dos llamadas, ¿ese cretino, estará esperando que vaya a buscarlo a su casa? Cuando voy bajando en el ascensor para montarme en el carro, suena mi teléfono, es él:

- ¿Tienes la plata? –Le pregunté-.

- No, no la tengo. –Me dice de inmediato-.

- Maldita sea, Víctor, te dije…

- Espera, espera, no tengo la plata, pero te tengo un negocio.

- Te escucho.

- ¿Sabes que en Cúcuta hay un paro de transporte?

- ¿Sí…?

- Por eso es que está escasa la vaina y los marihuaneros andan como locos buscando weed…

-¿Y qué pasa?

-Tengo un pana que tiene en su casa diez kilos.

- ¿Diez kilos? Imposible.

- Sí, diez kilos, el carajo tiene un contacto que siempre le entrega panelas de droga.

- ¿Y qué coños vamos a hacer con eso?

- Se la compramos y la revendemos.

- ¿A quién se la vamos a vender?

- Eso es lo de menos. Hoy hay una rumba en casa de un enchufado, esos carajos meten de todo. Vamos pa’ allá y negociamos.

- ¿Quién tiene la marihuana?

- Ya te dije, es un pana.

- ¿Y cómo se llama?

- ¿Importa, acaso?

- Sí, sí importa, de lo contrario, no te estaría preguntando.

- Le dicen Nené.

- ¿Y qué hace Nené?

-Nada, vende weed.

-¿Es traqueto?

- No, ese chamo es sano. Compra su vaina y se la vende a sus panas y ya.

- ¿Y por qué quiere vender tanta marihuana de un coñazo, entonces? Eso está como raro.

- Se va del país, está mamado de la situación.

- ¿Seguro?

- Totalmente.

- Mira que si me estás cayendo a coba, te voy a joder. No tengo tiempo para bromas, Víctor Archila.

- Yo soy un tipo serio.

- Bueno, mosca, no me gusta andar con carajitos. Nos vemos en tu casa en media hora.

- Pero, espera, ¿y la plata?

- No te preocupes, de eso me encargo yo.

6.

-¡Aló!, ¿Costello?

-Luis Restrepo, ¿tan rápido conseguiste mi dinero?

-No, bueno, sí, voy a conseguírtelo. Pero necesito que me prestes unas lucas para invertir…

-¿Tú estás buscando que te vuele la cabeza, hijo de las mil putas?

-No, no, esta vez es en serio, te devolveré cada centavo, pero necesito…

-Mira, pedazo de cabrón: de mí no verás ni un céntimo ni un gramo de cocaína más hasta que me traigas mi billete. Tienes plazo hasta mañana o serás hombre muerto, y puedes considerar a tu esposa y a tu hija, como la próxima comida de mis perros…



[…]


Camino a casa de Víctor Archila, vuelvo a recibir la llamada de Leandro Zambrano.

-¿Qué pasó, bichito? ¿Cómo está la cosa?

-Luis, ¡coño!, llevo llamándote desde esta mañana. ¿Dónde estabas metido?

-Marico, trabajando, tú sabes, full ocupado, por eso no te había podido contestar, estaba en medio de un negocio.

-Verga, precisamente por eso te estaba llamando; necesito las lucas que te presté pues me está saliendo un business y ahora me están haciendo falta.

-Pues mira, ahorita, ahorita mismo, no te las tengo, pero déjame terminar de cuadrar la vuelta en la que ando y apenas las tenga, yo te llamo, ¿si va?

-Coño, Luis, con esa paja me cargas desde hace un mes, y yo estoy muy necesitado.

-Bueno, mi brother, yo estoy haciendo todo lo posible pa’ pagarte, pero si no me respetas…

-¿Si no te respeto? ¡Este sí es mi real coño é’ tu madre!, ¿qué tengo yo que respetarte?

-Dale, viejito, si nos vamos a poner con esa actitud, estaremos más jodidos aún, mejor hablamos después.

-¿Chamo, que te pasa a ti? ¿Te volviste loco?

-Hablamos, mi pana. Suerte.

¿Qué tal los carajitos de ahora? Un hijo de papi y mami queriendo montar una de malandro. Ya me estoy hartando de la actitud de la gente y voy a tener que pegarle un quieto; no pienso seguir en este peo con un poco de carajos que piensan que les debo la vida.


[…]


Me empiezo a crisiar y ya necesito batuquearme la nariz otra vez, voy con todo, pero necesito de la mía. Llego a casa, busco el revólver de papá, la mejor herencia que el viejo me pudo haber dejado. Erika no está, seguro se fue con la niña a llorarle a la mamá, pero que ni piense que va a sacar a Clara de esta casa, porque vamos a tener un peo. De salida, llamo una vez más a Víctor y le digo que ya voy en camino a su casa; el pana ni se imagina lo que va a pasar, pero le va a tocar morir callado, pues estoy harto de que la gente me quiera pisotear y pasar por encima. Enciendo el carro, paro en una licorería y compro una botella de ron, que ya la sed me está pegando; me tomo un par de shots y siento que me hierve la sangre, se me activa el coco, paso la avenida Carabobo y llego por fin a donde el mariquito.

-¡Aló!, bajá pues, que ya estoy aquí, afuera de tu casa.

-¡Voy, ya salgo!

Mientras que el mariquito baja, enciendo un cigarrillo y me caigo a palos. Hoy voy con todas, porque mi hija tiene que crecer como una princesa y no voy a permitir que nadie le haga daño. Ahí viene Víctor con cara de trasnocho, está pálido y desaliñado, seguro ni se bañó el balurdo ese. Cuando se monta al vehículo, me pregunta de inmediato:

-¿Conseguiste el dinero?

-Usted quédese tranquilo, que yo tengo todo bajo control.

-Habla en serio, Luis Restrepo, el chamo no es un criminal, y no vamos a llegar a cagarle la jeta.

-Yo soy un tipo serio, Víctor Archila, ¿o acaso le consta que haya sido irresponsable en mis negocios…?

-Bueno, fino, cero peo. Por cierto, ¿no te queda pa’ echarnos un pase ahí? Ya ando que le pego los mocos al techo.

-Yo ando igual que tú, mi brother; pero no te preocupes que luego de esta vueltica vamos a tener suficiente real para caernos a perico como los varones.

-¡Sí va!

-¿Dónde vive el panita este? El tal Nené…

-Ese carajo, vive por Barrio Sucre, al lado de la Iglesia que queda por la Normal. ¿Si sabes?

-Dale, dale, me vas diciendo. ¿Quieres un palito?

-Vamos a darle desde temprano pues.

Con Víctor a mi lado, empecé a conducir hacia el momento que le daría un vuelco de 180 grados a mi vida. Todas las historias de personas adineradas y exitosas en el mundo, comienzan con un sueño, un emprendimiento, una misión; luego, la forma en que lo ejecutas es la que dictamina tu éxito o fracaso. Bebí ron hasta que me empecé a entonar de nuevo… cómo me faltan un par de pases para que la bebida me pase sin filtro. En aquella tarde soleada, la humedad se metía en mi vehículo sin aire acondicionado y nos hacía sudar. Menos mal que en un par de meses ya no tendré que andar en este cacharro cuando me compre una Toyota último modelo full sonido para sacar a todas las jevitas de las discotecas.

-Es esa, esa es la casa. –Me dice Víctor-.

-¿La de rejas blancas y paredes verdes?

-Esa misma es.

-¿El carajo te tiene confianza?

-Bastante, estudiamos juntos en la universidad.

-¿Quiere decir que no estará acompañado?

-¿Qué quieres decir con acompañado?

-Tú sabes, con gorilas a los lados para cuidarle la merca.

-¡No!, qué va, el Nené y yo somos altos panas, por eso me ofreció el negocio cero peo.

-Bueno, fino, dile que nos abra.

-¿Dónde tienes el billete?

-Ahí lo tengo en el bolso.

-Pero nunca te dije cuánto era.

-No te preocupes, traje suficiente. Yo sé cuánto cuesta la vuelta esa.

Nos bajamos del auto y cerramos la puerta. Una sensación apremiante de adrenalina comenzó a circular por mi cuerpo, mientras Víctor Archila camina dos pasos hacia adelante; el desgraciado lleva camisa negra y debe estar sofocado por el calor. De repente, se asoma en la reja un carajo flaco y espigado, cabellos churcos y cara de hippie; este pana es un tremendo marihuanero y nada más y, como saben, los marihuaneros no sirven para hacer negocios, andan solamente en su vaina romántica de amor y paz, y no conocen el mundo real. El tal Nené abre la reja, Víctor lo abraza, el carajo luce contento de saludar a su amigo y me lo presenta:

-Él es el pana que te dije, se llama Luis Restrepo.

-Mucho gusto, mi brother –Le digo-.

-Hermano, es un placer, mi casa es tu casa –Responde-.

¡Hippie, imbécil!, ¿mi casa es tu casa? Ya lo veremos.

Subimos por unas escaleras anticuadas detrás de un garaje y llegamos a una especie de apartamento; cuando el hippie abre la puerta, Víctor Archila pasa adelante y yo voy después.

-¿Trajeron el dinero? –Pregunta el hippie-.

-Claro, mi pana, por eso traje a Luisito, este tipo es un comerciante de primera –Dice Víctor Archila-.

-¿Tienes la mercancía completa? –Pregunto-.

-¡Uy, brother, este pana anda como azaroso! –Comenta el hippie-.

-No, no, nada que ver. Ya bájale, Luisito. Y mira Nené, ¿a dónde te vas?

-Me quiero ir a mochilear con mi jeva hasta donde lleguemos. Por eso necesito las lucas. Arrancamos desde Cúcuta y le damos a Bogotá y bueno, ahí vemos hasta dónde nos lleva. La idea es cruzar Sudamérica.

-¡Qué tripeo, men! Suena genial.

-Sí, mi pana, hay que vivir la vida al máximo, pues este pueblo está poniéndose como peligroso.

-En eso tienes razón –acoté-.

-¿Y qué tal, Víctor, que te saliste de la universidad?

Mi impaciencia comenzó a crecer. Estos malditos hippies piensan que van a vivir dos mil años cuando lo que yo quería en este momento era ir directo al grano, sacar la mercancía y llenarme de billete…, pero este pana no para de hablar, de hacer preguntas estúpidas e insistir en las mismas sandeces; les falta visión y determinación, y por eso siempre serán un pedazo de escoria.

-Mira, Luis, mi pana, ¿no quieres un porrito?

-No, mi viejo, gracias, no fumo maría.

-Coño. Perdón, mi brother.

-No, nada que ver, si quieres fumar, adelante.

-¿Tú quieres, Víctor? ¿Te acuerdas de los pegues en la universidad? Qué tripeo.

-¿No tendrás algo de white mejor? –Preguntó Víctor Archila-.

-Jaja, épale, dándole ahora a la blanca, quién se lo iba a imaginar. No men, yo le bajé a esa vuelta, me tenía cabezón. La verde me relaja más, ando más chill.

-Bueno, ¿vamos a ver la mercancía, o qué? –Insistí una vez más-.

-Men, ¿tienes apuro? –Pregunta el hippie-.

-Mi hija está enferma, tengo que hacer rápido este negocio para poder llevarla al médico.

-¡Oh!, lo siento, no sabía, de haberlo dicho antes… ya voy, ya traigo la marihuana.

Cuando el hippie se perdió entre los pasillos del pequeño apartamento, y Víctor Archila empezó a reclamarme con susurros sobre mi actitud atropelladora, lo mandé a callar y le dije que no se entrometiera. A los cinco minutos, salió el tal Nené con una paca negra.

-Ahí está, pueden revisarla si quieren. Es de la buena.

Me arrodillé con Víctor Archila y desnudamos la paca negra; adentro estaba envuelta toda la mercancía y rasgué un poco el envoltorio. Tenía razón, era de la buena.

-¿Y el dinero? –Preguntó el hippie saliéndose por primera vez de su parsimonia y mostrando gestos de ansiedad-.

-Mi brother, ¿amor y paz, no? –Le respondí-.

-¿Qué quieres decir? –Preguntó nuevamente el hippie-.

-Déjate de juegos, Luis Restrepo, dale el dinero a Nené y vámonos de aquí –Acotó Víctor Archila-.

-¡Esperen, esperen!, ¿cuál es el apuro ahora? La conversación empezaba a ponerse interesante, ¿cuánto dijiste que era por todo?

El hippie comenzó a darme explicaciones sobre el precio de la droga: el paro de transporte en el vecino país había jodido el tráfico, había escasez y por ello estaba tan costosa; pero, a mí, sus explicaciones me sabían a mierda y no le daría un solo centavo. Entonces descargué mi bolso y lo coloqué sobre una mesa que estaba a mi costado e introduje mi mano hasta sentir el frío revólver compenetrarse con mi tacto; casi me costaba creer que estaba a punto de quitarle la vida a un ser humano pero, a su vez, pensaba: ¿en qué va a cambiar el mundo con la muerte de esta basura? Mi corazón no paraba de latir e imaginé que se debía de pronto a la ansiedad de la primera vez. Quizás debía ir entrenándome poco a poco para llegar a tener la sangre más fría.

-Fue un placer hacer negocios contigo
–Le dije al hippie-.

Desenfundé mi arma y la apunté de inmediato a su frente tan rápido, que al tipo no le dio ni tiempo de reaccionar; cuando se abrió su boca de forma espontánea producto de la sorpresa, la bala ya estaba alojada siguiendo la trayectoria que iba perforándole su cráneo. Víctor Archila reaccionó de inmediato, gritó y trató de írseme encima mientras el cadáver de su amigo Nené recién acababa de desplomarse y caer al suelo.

-¿Te has vuelto loco? –Gritó Víctor Archila-.

-¿Te vas a poner del lado mío, o del lado de los cadáveres?

-Pero, ¿qué te pasa? Veníamos a comprarle la marihuana. No tenías por qué matarlo.

-¿Y tú tenías el billete para pagarle, pajudo? Estoy haciendo esto por los dos, porque ahora si vamos a poder hacernos las lucas.

-Pero no, ¡no!, yo no me prestaré para esto, no lo voy a hacer.

-Mira, menor, te lo pregunto por última vez, ¿estás conmigo, o estás con los muertos?

Si quieres te puedo volar las tapas como al hippie de mierda este.

-¿Pero, qué te pasó, Luis? ¿Qué te sucedió? Tú no eras así, tú no eras así…

-Me pasó que me cansé de que estuvieran pisoteándome, me mamé de tener que estar rogando para conseguir de la white, de que tuve una hija y tengo que darle de comer, porque no puedo ponerla a pasar necesidades. Y si para ello tengo que deshacerme de un par de escorias, no me va a temblar el pulso. Ahora, ¿qué vas a hacer, Víctor Archila? ¿Te pegas, o te vas a mariquear?

-Yo no quiero, yo no quiero ser parte de esto. Te juro, te juro, que no le diré a nadie de esto, pero…

De pronto, escucho un sonido proveniente de la habitación de donde el hippie había sacado la marihuana, mando a callar a Víctor Archila y me acerco sigilosamente. El ambiente de gritos se transformó de repente en un silencio absoluto; abro la puerta y no parece haber nadie en la habitación, camino hasta el baño y veo que la ducha está vacía… cuando abro el armario, ¡oh no!, me encuentro qué sorpresa, no puede ser, ¡no lo puedo creer!, ¡maldito hippie!, maldito y miserable hippie… es un tesoro de mil ciento cincuenta dólares en efectivo, todos los ahorros de este hijo de puta. Tomo el dinero y lo meto en mi bolsillo (ya tengo resueltas mis deudas, pienso), pero en el momento en que estoy a punto de cerrar la puerta y abandonar emocionado la habitación, vuelvo a entrar y me agacho para ver debajo de la cama en donde yace una mujer llena de lágrimas en su rostro.

-¡Mi amor!, cuánto lo siento, estabas en el sitio equivocado a la hora equivocada.

Como ya accioné mi arma una vez, elijo halarle de los pies para luego ahogarla, (un disparo puede pasar por la detonación de fuegos artificiales, pero ya dos es diferente); la mujer empieza a gritar, le propino un golpe en el estómago para sacarle el aire, y en el momento en que saco su cuerpo por completo y la empiezo a estrangular mientras ella intenta defenderse inútilmente, siento un golpe en la cabeza.

-¡Maldito Víctor de mierda!

-No tienes por qué hacer esto Luis, no tienes por qué, de verdad, tranquilízate, no la mates, ¡no la mates, por favor!

Furioso, saco una vez más el revólver de mi cintura.

-Tú pudiste haber sido uno de los míos –Le digo a Víctor Archila-.

Cuando le apunto a la cabeza, empieza a pedirme misericordia, pero ya estaba decidido que había perdido su oportunidad de vivir: el cielo no se posa a sus pies dos veces en una misma tarde. Voy acercándome, él se arrodilla, me implora, y cuando ya está a mi merced, le golpeo la cabeza en repetidas ocasiones con el arma, me encarnizo, y no me detengo hasta ver su cráneo totalmente deforme y lleno de sangre; en el momento en que me percato de que ya no respira más, vuelvo a la habitación en donde la mujer que yace postrada en el suelo, parece haber muerto también. Observo a mi alrededor, y me cuesta creer que le quité la vida a tres personas en menos de cinco minutos; pero no siento pena ni pesar al saber que algunos hombres eligen tan solo sobrevivir, mientras otros deciden rendirse a la potestad de los más fuertes; yo, por mi parte, no sirvo para eso, a mí me temen, o me temen.

Tomo las pacas de marihuana y las meto en el bolso que traje. Para cuando la policía se percate de los asesinatos, ya habrán pasado algunos días; en este país, una muerte es un evento de absoluta cotidianidad y ningún agente va a devanarse los sesos por descubrir quién asesinó a un par de hippies y a un imbécil. Cuando ya estoy a punto de marcharme, se me viene una corazonada: ¿realmente asesiné a esa mujer? ¿Habré tenido suficiente tiempo para dejarla sin vida? Entonces vuelvo a la habitación para chequear sus signos vitales, su pie derecho parece haberse movido un poco, acerco mi mano a su pecho y siento latir su corazón.

-¡Maldita, perra mentirosa!

Cuando estrello mi puño contra su rostro, la impostora comienza a gritar y aplasta mi pene con su rodilla.

-¡Zorra, zorra, vas a morir! –Le digo-.

Con mi mano derecha tapo su boca y con la izquierda estrangulo su cuello; poco a poco, va dejando de respirar y sus piernas dejan el pataleo, pero esta vez sí me aseguro de que haya perdido la conciencia por completo; en medio del forcejeo se ha desgarrado su vestido y al ver algunas partes de su pecho, la virilidad masculina me obliga a despojarla de sus prendas… ¡maldita hippie!, tiene unas tetas demasiado grandes para el estilo de vida que llevó. Entonces pienso en penetrarla, pero, ¿si ya está muerta? ¿Estaré tan enfermo? ¿Seré capaz de cogerme una muerta? Sin embargo, mi pene empieza a levantarse y a él no le importa si ese cuerpo moribundo respira o no… él solo ve las tetas y no puede evitar sentirse excitado, se pone templado, pero cuando voy a tocarlo me arde y las quemaduras se hacen sentir. Entonces, me replanteo la situación porque no puedo cometer errores, ¡no!, no puedo…, si me cojo a esta mujer, quedarán rastros de mi semen en su cuerpo y eso me delataría.


Me paro y dejo el cuerpo tirado en el suelo, asegurándome de limpiar bien los lugares donde creo que hayan podido haber quedado impregnadas mis huellas, al igual que el antiguo revólver de mi padre. Coloco el arma en las manos de Víctor Archila y disparo al cadáver del hippie una vez más; por pura precaución, extraigo el teléfono de Víctor Archila y me lo llevo, porque no quiero que haya forma de que lo vinculen conmigo. Finalmente, tomo el bolso y me despido de los muertos sin dejar ningún rastro.

7.

¡Aló!, ¿Costello? Ya tengo tu dinero, pasaré a dejártelo de inmediato. No quiero más problemas, ¿vale?

- Luis Restrepo, amigo mío, qué gran noticia. Así me gusta escucharte, ¿qué hiciste?

¿Robaste una vez más a la suegra?

- No, mi hermano, esos días quedaron en el pasado. Ya te dije, una gente me debía una plata, y solo me encargué de que me pagaran, es todo.

- Yo acabo de salir, pero allá quedó el Pancho; entrégale el dinero que yo me aseguraré que no te vuelva a molestar.

- Voy de inmediato; Costello, una cosa más…

- ¿Sí?

- Dile que me saque cinco gramos de la blanca.

- ¿Tienes cómo pagarlo?

-En dólares. Por eso no te preocupes.

-Así me gusta hacer negocios contigo.

-No te preocupes, a partir de ahora, nuestra forma de hacer negocios va a cambiar.



[…]


Afuera de la casa de Costello me espera el Pancho, y cuando ingreso al garaje, da un par de pasos con su cara de maldita rata aproximándose a mi vehículo.

-¿Dónde está el dinero? –Me dice de inmediato-.

-No te preocupes, lo tengo aquí, ¿tienes lo mío?

-¿Desde cuando haces tú las preguntas? Dame el dinero primero, Costello dijo que pagarías en dólares.

-Tranquilo, mi hermano, aquí lo tengo todo, y hasta para darte propina.

-¿Qué hiciste? ¿Robaste un banco?

-Todo bien, hermano, aquí está lo suyo.

-Tenga su mierda, Luis Restrepo, espero no volver a verlo por aquí.

-Un placer haberlo visto, Pancho.

-¡Ah!, por cierto…

-¿Qué pasa?

-¿Cómo sigue la chiripita quemada?

El maldito del Pancho empezó a reír, yo subí el vidrio de mi carro y arranqué; camino de vuelta a mi casa me juré que cobraría venganza contra esa maldita bestia.


8.

Regresé a casa sabiéndome poseedor de una pequeña fortuna que pronto empezaría a crecer. En el camino, llamé a Oliver Matamoros pues, seguramente, él sabía dónde era la fiesta de la que Víctor Archila me había hablado. El teléfono repicó un par de veces, pero nunca contestó; ¿será que me está evitando, el muy desgraciado? En el trayecto, esnifé un par de líneas y me volvió la vida, casi sentí lástima por el imbécil de Víctor Archila, pero él mismo se buscó su destino, y uno no puede tener lástima en este mundo por nadie, salvo por los hijos.

Llegué a mi edificio una vez más y subí el ascensor asegurándome de dejar la mercancía en el portamaletas cerrado; cuando abrí la puerta de mi apartamento, me percaté de que Erika había vuelto.

-Cariño, ¿cómo te fue?

Ella no pronunció palabra, parecía seguir molesta.

-Ven, no peleemos más, hoy fue un gran día. Alégrate.

-La niña sigue enferma –respondió a secas-.

-¿Necesitas el dinero para la consulta? Ten, toma cien dólares, cámbialos y compra lo que necesitas.

-¿De dónde sacaste ese dinero, Luis?

-Te dije que tenía pendiente unos negocios, no tienes de que preocuparte.

-Pero, Luis…

-Con un contacto del gobierno conseguí productos de primera necesidad a precio regulado, ya después revenderlo, es lo más sencillo del mundo.

-¡Ay, Luis!, cuánto me alegra, de verdad.

Cuando me acerqué al corral y vi que la niña estaba dormida, me senté en el sofá y me bajé los pantalones.

- ¡Erika, ven aquí!

- ¿Luis?

- Bésalo, ven, necesita que lo beses, acarícialo con calma.

- Pero, qué… ¿por qué está tan rojo? Luce maltratado, ¡Luis!

- Es una larga historia, no te preocupes, no volverá a ocurrir. Ven, chúpalo, eso es todo lo que necesita. Quiero llenarte la boca de semen.

9.

A las 7:15 de la noche, apareció Oliver Matamoros, recibo la llamada de su celular y voy a la sala para hablar con él.

-¡Aló!

-¡Ho! Mi pana, ¿cómo estás? Estaba dormido, por eso no te había contestado.

-¡Verga!, ¿hasta qué hora le diste?

-¿Qué? Yo creo que no he dormido. Pero necesito caerme a pases, estoy que muero.

-Aquí te tengo unas líneas pa’ cuando quieras.

-¿Me estás cagando, verdad?

-Brother, me extraña, tú sabes que yo soy un tipo serio, pues yo no ando como los carajitos cayendo a paja.

-¿Nos pegamos la rumba?

-Sí va, Víctor me había hablado de una rumba en casa de…

-Sí claro, donde Villasmil, el enchufado, para allá van puras perras.

-¿Conoces al tipo? ¿Vamos para allá?

-Por supuesto, nos invitó a Víctor y a mí; por cierto, ¿has hablado con él? He estado llamándolo pero el carajo nada que contesta.

-Justo iba a preguntarte lo mismo porque yo también lo llamé y nada, ni idea.

-Quién sabe qué le habrá pasado, seguro sigue muerto...

-A lo mejor. A lo mejor sigue muerto –respondí-.

-Bueno, qué coño, ¿entonces, te llego a tu casa?

-No, no, aquí está Erika y la niña, mejor yo te busco en un rato. Estate listo.

-Fino, si va.


[…]


Me metí a bañar para quitarme el sudor y la peste del día… pues en las últimas veinticuatro horas, no solo llevaba unos cuantos golpes y quemaduras en mi cuerpo, sino también tres muertos encima. Me pasé el jabón por mis partes íntimas, lo restregué en las axilas, en medio de mis piernas, me aseguré de limpiar bien el culo y me di cuenta que mi pene todavía se encontraba adolorido. Cuando salí del baño, Erika estaba amamantando a la bebita, me acerqué a Clara y le di un beso en su frente; al ver esos ojos tiernos e inocentes, tuve la certeza de que estaba haciendo lo correcto: mientras yo viva, a esa niña no puede faltarle absolutamente nada.

Empecé a vestirme con una camisa a cuadros y unos pantalones, y mientras me peinaba, Erika empezó con la interrogadera:

-No molestes, mujer, tengo una reunión de negocios. Tú sabes cómo es, hay que complacer a los enchufados y llevarlos de fiesta para que sigan dándote contratos.

De inmediato guardó silencio y no puso ninguna objeción; me preguntó si quería cenar y le dije que no, pues la coca siempre hace que uno pierda al apetito.

Me subí nuevamente al carro y tomé la botella de ron; en lo que iba del día, ya llevaba más de la mitad solo en shots; y pensar que Víctor Archila, quien hacía solo un par de horas yacía muerto, fue el que inauguró esta botella conmigo.

Oliver Matamoros vivía en casa de sus padres a un par de cuadras de mi apartamento en Barrio Obrero, una quinta enorme rodeada de jardines de esas que ya no se construyen; en esa casa se había fraguado la perdición del menor de los Matamoros, pues sus padres siempre se la pasaban viajando a Europa y Asia y habían dejado a su hijo al cuidado de unas muchachas de servicio que no supieron contenerlo. Así había pasado su vida Oliver, desperdiciando la fortuna de sus padres, dañando su cuerpo desde temprana edad, y cogiéndose a cuanta jeva se le pasara por delante; creo que de necesitar un socio adecuado, este sería el tipo correcto; todo lo que tenía que hacer, era engatusarlo con drogas y llevarlo poco a poco y con paciencia.


[…]


A lo lejos, lo veo venir desaliñado como siempre, con pasos intermitentes y con botella de tequila en mano.

- ¡Mi hermanazo!, ¿cómo sientes el ambiente de esta noche? –Me pregunta-.

- Bien, bien, y con esos ánimos tuyos, mucho mejor.

- ¿Vamos a pegar un soplo?

- Tenga, mijo, aspírele.

Coloqué la línea de cocaína en mi mano y el maldito de Oliver Matamoros se la jaló de un solo golpe; yo sabía que teniéndolo allí comiendo de mi mano, el hijo de puta haría cualquier cosa que le pidiera.

- ¿Qué vamos a hacer? –Le pregunto-.

- Unas jevitas, unos tragos, una vaina.

- ¿Vamos de una a la fiesta? –Vuelvo a insistir-.

- No, brother, qué va, todavía es muy temprano, van a pensar que somos gente desocupada.

- ¿Nos comemos unos culitos antes?

-¿Qué tienes pensado? –Me pregunta con interés-.

-Unas prepago de la Católica, ¿las sacamos, o qué?

-Esas mismas fueron.

Saco nuevamente mi celular y empiezo a hacer un par de llamadas. Madame Sofía, una vieja escurrida y asquerosa que tiene una casa a un par de cuadras de la universidad, es quien controla el tráfico de mujeres en la ciudad (ofrece las habitaciones de su hogar como residencia a las estudiantes que vienen de otras ciudades y poco a poco, las va metiendo en ese mundo).

-¿Hola? Madame Sofía, le habla su amigo, Luis Restrepo, ¿cómo está usted?

-¿Luis Restrepo? ¿Luis Restrepo? ¿Qué no eres tú el carajo que venía con Leandro Zambrano?

-Ese mismito, ¿recuerda? El mes pasado fuimos y le alquilamos a tres de sus mujerones.

-¡Ay, papá!, disculpe, con tanto macho que visita estas cuatro paredes, a uno hasta se le olvidan los nombres.

-No se preocupe, Madame, ¿cómo está todo? ¿Cómo va el negocio?

-Pues mijo, figúrese usted, jodido; ya los estudiantes no tienen tanto poder adquisitivo como antes y ahora hay que reinventarse para dar un servicio más corporativo. Estamos en eso, pero tengo que ir con calma porque uno no puede soltarle esas muchachitas tan crudas a los viejos.

-La entiendo, la entiendo. Precisamente por eso la llamaba. Tengo aquí a un amigo que vino desde Margarita, solo para conocer a las mujeres de Madame Sofía. Es usted famosa en toda Venezuela.

-No puede ser… ¿De verdad? Bueno, tráigalo y aquí lo atendemos como Dios manda.

-Me alegra escucharla decir eso porque en un par de minutos estaremos allá. Puede ir arreglando la mercancía.

[…]


Llegamos en un santiamén a las antiguas edificaciones donde se albergan las mujeres más corrompidas de toda la ciudad venidas de Maracaibo, Mérida, Valencia y el resto del país con los sueños de convertirse en profesionales pero que terminan convertidas en putas (hoy día les llaman ‘prepago’). Estaciono mi auto en las oscuras y deterioradas calles del centro, y el vigilante de la casa de Madame Sofía, me promete echarle un ojo al vehículo; mientras le doy algo pal’ fresco, en la entrada de aquel edificio desagradable me recibe la anfitriona. Antes de dirigirnos hacia ella, le digo a Oliver Matamoros que me siga la corriente.

-¿Luis Restrepo, Luis Restrepo eres tú? –Me pregunta la doña-.

-Por supuesto, Madame Sofía, qué placer verla más hermosa que nunca.

La vieja se me acerca emocionada, y pega sus labios babosos y arrugados a mi mejilla derecha impregnados en un perfume agrio con el que intenta ocultar su putrefacta vejez.

-¿Y este galán, quién es? –Pregunta, sin quitarle los ojos de encima a Matamoros-.

-Él es mi amigo margariteño del que le hablaba, Madame, vino de la isla directo a su casa y le prometí que nos complacería con sus mejores mujeres.

-¡Ay, pero por supuesto!, a este chico tan guapo las niñas no le van a querer cobrar.

Oliver Matamoros sonrió sonrojando sus cachetes e inmediatamente se acercó a Doña Sofía y le besó la mano.

-Madame, es todo un placer –Le dijo con coquetería-. ¿Me acepta la invitación para tomar un trago de tequila?

-¿Tú como que quieres emborracharme?

-Por supuesto, ¿para qué querría estar sobria? –Le dijo-.

-¡Ay, Luisito!, tienes que traerme más seguido a estos amigos tan encantadores. Te acepto el trago, pero déjame ir primero a buscar a las niñas.

Cuando Madame Sofía se perdió detrás de una cortina, Matamoros empezó a reír.

-Estás que te coges a la vieja, ¿no? –Le pregunto-.

-El que coge viejas, coge doble.

-¡No, marico!, eres un desagradable, yo pensé que yo estaba loco, pero tú…

-¿Nunca te has cogido una vieja?

-No, una así, nunca, ¡nunca!

-No sabes de lo que te pierdes. Esas carajas tienen la experiencia de la vida y las ganas del universo. Lo maman como las diosas, te juro que no te arrepentirás.

-No sé, no me imagino a Doña Sofía meneándose…

-Pruébalo, y verás…

Tras los sádicos comentarios de mi amigo Matamoros, Madame Sofía salió detrás de la cortina en compañía de sus cinco niñas prepago; las cinco salieron en faldas y sostenes con lencería negra, labios rojos y cabello lacio.

-¡Qué hermosas mujeres! -Exclamé-.

-Tú lo sabes muy bien, aquí solo lo mejor.

Oliver Matamoros casi se les tira encima como perro en celo.

-¡Las quiero a todas! –Susurró de inmediato en mi oído-.

-Espera, espera, déjame negociar con la vieja.

Me acerqué y comencé a verlas detalladamente: había una morena con un culo que no podía dejar de observar. Cuando fui a ponerle las manos encima, Madame Sofía me advirtió.

-¡Espera!, ¡espera!, querido Luis, no money, no business.

-Doña Sofía, no sabía de sus conocimientos de otros idiomas.

-¡Ay, mijo!, aquí hemos tenido clientes que vienen desde Cúcuta, incluso los Estados Unidos, Italia y China… somos una empresa internacional. Y si no me crees, que lo digan mis damas aquí presentes.

–Y, hecho su comentario, comenzó a reír con una gracia absurda-.

-Con la calidad de mujeres que tiene usted aquí, no lo pongo en duda.

Con mis ojos seguía estudiando la mercancía y cada segundo que pasaba observando a las mujeres, era un segundo en el que se rebajaban las pretensiones económicas de la Madame; con este tipo de gente uno tiene que aprender a negociar, eso lo aprendí con los dealers callejeros aunque, por supuesto, estas tácticas no aplican a tipos como Costello. Había una pelirroja, una rubia artificial, la morena, otra de piel trigueña y ojos claros, y una quinta más blanca que la leche, todas con senos operados, ojos excesivamente maquillados, labios rojos, diseños de sonrisa, mujeres cuyos cerebros están programados únicamente para ponerse buenas y dejarse coger por gente con plata.

-¿Cuánto por la de piel trigueña? –Pregunté-.

-¡Ay Luisito!, no, no, qué pena, de negocios no se habla frente a los empleados.

Usted coja las que quiera, luego usted y yo arreglamos.

-¿Seguro, Doña Sofía?

-Segurísima.

-Matamoros, escoge una. –Le dije-.

-Yo no puedo con una, yo necesito dos.

-Eso me gusta. Él me gusta, Luis Restrepo, ¿cómo me dijiste que se llamaba?

-Oliver Matamoros.

-¡Oh, sí!, los hombres de la isla son muy encantadores.

-Las mujeres de los Andes, también –agregó, el adulador-.

La Madame, comenzó a reír. A esas alturas, no sabía bien lo que Matamoros se traía entre manos, y finalmente dijo:

-Sería un placer compartir a la morena con la rubia, haríamos una mezcla genial.

-¿Piensan sacar a las niñas de la residencia, o desean habitaciones? –Preguntó la vieja-.

-No, no, sería mucha molestia; además, tenemos negocios por resolver en un par de horas.

¿Podríamos ocupar sus cuartos? –Pregunté-.

-Por supuesto, por supuesto. ¿Dos habitaciones, o desean compartir?

-No somos personas egoístas, Madame Sofía, Ud. sabe que donde caben dos, caben cinco.

-Me encanta, me encantan las personas así. Niñas, ya saben, ustedes tres, Lorena, Yuri y Karla, vayan a la habitación japonesa y prepárense. Ustedes dos, galanes, vengan conmigo, que debo darles la charla previa.

Madame Sofía nos dirigió a una pequeña habitación a mano derecha de la recepción que hacía las veces de oficina; una vez allí, su actitud encantadora se desvaneció, y apareció otra determinante.

-Y bien, ¿cómo piensan cancelar? Ya sabes por qué tu amigo Leandro dejó de venir, y no quiero que ocurra lo mismo contigo.

-Doña Sofía, me sorprende, usted sabe bien que soy un hombre de palabra. Dígame de cuánto estamos hablando y le cancelaré de inmediato.

-Por la noche, cada una de ellas cobra ciento cincuenta mil bolívares, pero como solo será un par de horas y tu amigo es delicioso, les dejaré todo en trescientos.

Matamoros se acercó a mí por la espalda, me tocó el hombro y me dijo al oído:

-Déjame negociar con la vieja.

Yo me hice a un lado y el tipo empezó a hablar.

-¿Me acepta, ahora sí, el trago de tequila?

-Por las buenas, puedo darte mi cuerpo, amigo mío, pero no rebajarte ni un solo centavo.

-No espero tal cosa, ¿le molesta si aspiro un poco de coca?

-Quizás podamos compartir.

-¡Ah!, ¿con que eso le apetece más?

-Por supuesto, esa droga me rejuvenece.

-Pues, no se diga más, Luis Restrepo, sírvele a nuestra amiga Sofía un jalón.

Me acerqué al escritorio de la Madame y esparcí la cocaína; ella, sin recelo, acercó su nariz y de un soplo limpió la mesa, luego se manoseó la nariz y respiró hondo.

-¡Ha! Esto era lo que necesitaba – Dijo en voz alta-.

-¿Y, el tequila? –Preguntó Matamoros-.

-Ahora sí, invítame lo que quieras, mi amor.

La doña le aceptó un par de shots a mi compañero e, increíblemente, había logrado ablandarla… y eso, eso era algo que yo nunca había visto en mi vida; en definitiva, -me dije-, éste es el carajo que necesito a mi lado. Tras palabrearla, la Madame se dispuso a aceptar 150 dólares y resultamos pagando tres por el precio de una. Entonces, nos encaminamos hacia la habitación, y cuando ingresamos, estaban las tres mujeres desnudas acostadas en la cama, con las piernas abiertas.


[…]


Oliver Matamoros lamía la vagina de la morena con una dedicación especial; en mis años de vida, jamás vi a un hombre haciéndole sexo oral a una puta con tanto empeño. La pelirroja, mientras tanto, me lo mamaba, pero mi pene seguía afectado por las quemaduras, razón por la cual no quería sobrepasarme con la acción y me regocijaba viendo a la rubia lamer los senos de la morena e intercambiar unos cuantos besos. Yo me encontraba muy cómodo desde mi tribuna observando el trío de Matamoros con las dos putas, quien, de vez en cuando, aspiraba una nueva línea y ponía a la pelirroja a que hiciera lo mismo; mi compañero había emborrachado a las suyas a punta de tequila, hasta que acabó la botella; cuando se hartó de usar su lengua, puso en cuatro a la morena para deleitarse con su culo, se lo metió con todo y manejándola desde el cabello, la ponía a hacerle sexo oral a su compañera. Aquellas escenas eróticas me hicieron eyacular muy pronto llenando de semen la boca de la pelirroja; pero Matamoros no se detenía, y cuando sintió que estaba por venirse, se paró de la cama y vino a pedirme otro pase, se lo esnifó y volvió a la cama. De pronto, escucho que se abre la puerta y me volteo escandalizado de un susto cuando veo a Madame Sofía ingresar desnuda a la habitación.

-¡Quiero tirarme a ese margariteño! –Me dice-.

Yo guardé silencio… quedé atónito al ver ese cuerpo lleno de arrugas en busca de acción; al percatarse del hecho, Matamoros sacó el pene del ano de la morena, invitó a la vieja a acercarse y se lo metió en la boca… el muy maldito lo había hecho y lo disfrutaba como nunca, mientras yo me lamentaba de que se hubiese acabado el tequila y maldecía a la vez al hijo de las mil putas del Pancho por haber lastimado mis genitales. A pesar de que ya estaba exhausto, llamé a la rubia y le pedí a la pelirroja que se sumara al otro grupo al que también llegó directo a mamarlo, pero una vez que Oliver Matamoros agarró a la vieja, no la soltó más, y el único momento en que se lo sacó, fue para acabarle en la cara a las otras dos putas.


Continue reading this ebook at Smashwords.
Download this book for your ebook reader.
(Pages 1-34 show above.)