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Secretos de la Guerra

Revelados por Nuremberg

Personalidad y concepción geopolítica de Adolfo Hitler



Raymund Cartier


Traductor

Teniente Coronel Eduardo Múñoz Rivas




















Los secretos de la guerra, revelados por Nuremberg

Personalidad y concepción geopolítica de Adolfo Hitler

© Raymund Cartier

Primera Edición

© Ediciones LAVP

Diseño y diagramación

www.luisvillamarin.com

Teléfono 908-242-6010

New York-USA

9781370719211

Impreso por Smashwords USA



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INDICE


Prólogo del traductor

Prólogo del autor

La personalidad de Hitler es revelada por los documentos y los testimonios de Nuremberg”

Hitler remilitariza la Renania con tres batallones”

El plan de agresión del 5 de noviembre de 1937

Como Hitler se desembaraza de Blomberg y de Fristch y se nombra comandante en jefe”

La guerra contra Polonia fue decidida el 23 de mayo de 1939”

Cómo hizo Hitler el Plan de Sedan”

La operación de Noruega fue la guerra de Hitler”

La campaña de Francia”

"Por qué Hitler no desembarcó en Inglaterra y por qué no tomó a Gibraltar”

Cómo Mussolini salvó a Moscú”

Fueron los marinos italianos quienes salvaron a Suez”

La defección italiana de 1943”

El últimátum de Rodolfo Hess"

El génesis de la guerra contra Rusia”

La derrota alemana delante de Moscú”

Que pensaba Hitler hacer de Rusia”

Una conferencia del general Jodl

mo Hitler se decidió a morir en Berlín”


PROLOGO DEL TRADUCTOR

El interés que despertó en mí el presente libro fue el motivo que me llevó a realizar su traducción, con el ánimo de que al ser editado por la Sección de Imprenta y Publicaciones del Comando General de las FF. MM., y pasando a ser un volumen de la “Biblioteca del Oficial” constituya un pequeño aporte de divulgación cultural entre mis camaradas.

El lapso 1933-1945, pasó sobre el mundo entero dejando en pos de sí amarguras, sufrimientos, miserias y lágrimas; era de pensar que después de este tiempo habría un período de paz y de tranquilidad, pero, por desgracia, una nueva guerra deja presentirse con alcances y consecuencias difíciles de imaginar. La segunda guerra mundial pertenece ya al pasado y nos encontramos al borde de una nueva y por consiguiente, como en la actualidad la historia avanza con "proporciones atómicas", podría pensarse que este libro no tiene ya interés; sin embargo, quien lo lea encontrará en él elementos de juicio para analizar el desarrollo de los acontecimientos del día y la causa de muchos de ellos.

Quienes se interesan por el estudio de la Estrategia verán al estratega revolucionario que fue Adolfo Hitler jugando con los principios y leyes de la guerra, para terminar aniquilado por quienes más pacientemente y con mayor tenacidad los aplicaron. Verán asimismo que el ser humano no puede eludir ni modificar en modo alguno las leyes biológicas, como la ley de la “lucha por la vida”, “el triunfo del más fuerte”, “la función crea el órgano” y “órgano sin función se atrofia”, leyes naturales que rigen y esclavizan al hombre.

Encontrará el lector una serie de notas, la mayor parte de ellas microbio grafías de los personajes que figuran o se nombren, muchos de ellos tan conocidos que dichas notas sobrarían, pero siendo la memoria frágil las he incluido como una ayuda.

Creo que la lectura del libro despertará interés, ya que en él aparecen las respuestas a muchas preguntas que se hacen a diario los revelados por espíritus inquietos e investigativos, como encontrarán también la solución a los enigmas que han dejado de serlo después de Nuremberg.

Este libro, que contiene la esencia misma del secreto político y militar alemán, junto con la obra de Liddell Hart “The other side of the hill”, traducida por el señor general José M. Silva Plazas con el título “Los Generales alemanes hablan”, constituyen un tratado funcional de historia militar contemporánea.

Los documentos llevados por los aliados al Palacio de Justicia de Nuremberg, fueron seleccionados con un cuidado inmenso y en una forma científica e inteligente, constituyendo pruebas verídicas de gran valor. Los testimonios y las declaraciones fueron dados por altos funcionarios, y son sin discusión verdaderos. Teniendo como base esta magnífica fuente de información, Raymond Cartier escribió el libro que tituló "Los Secretos de la Guerra revelados por Nuremberg", cuya traducción ofrezco hoy a mis compañeros deseando que lo encuentren interesante y provechoso.


Bogotá, diciembre de 1951.




PROLOGO DEL AUTOR

El proceso de Nuremberg ha dado a la historia, por lo menos, el adelanto de diez años.

Se trataba por medio de este proceso de castigar a unos criminales; pero estos criminales eran ministros, generales, altos dignatarios y funcionarios, todos ellos, de primer orden que habían estado mezclados en todos los grandes acontecimientos interiores e internacionales desde la llegada de Hitler al poder. En consecuencia, su proceso fue el de una época y el de un país.

Este proceso fue preparado con un minucioso cuidado.

Bastante antes de la entrada de los aliados en Alemania, equipos de especialistas agregados al S.H.A.E.F., Estado Mayor de Eisenhower, fueron constituidos para buscar, inventariar, clasificar, preservar y conservar todos los documentos enemigos cuya naturaleza pudiera dar precisiones sobre las culpabilidades hitlerianas y sobre la conducción de la guerra por el Reich.

El funcionamiento y el trabajo de estos equipos fue descrito al iniciarse el proceso. Constituyó un acierto absoluto y un éxito brillante de organización y de método cuyo mérito corresponde en primer término a los americanos.

Millares de documentos fueron llevados al expediente del proceso; muchos representaban la esencia misma del secreto diplomático y militar. Si Alemania hubiera ganado la guerra o si esta hubiera terminado de una manera menos radical y menos brutal, se hubieran necesitado, muchos años para que llegaran al conocimiento del mundo, si llegaban.

Es, por ejemplo, el caso de los Archivos del Comando Supremo de la Wehrmacht tomados en Flensburg. Es increíble, que en la misma pavorosa catástrofe de abril de 1945, no hubiera habido un oficial ni un fósforo para prenderles fuego y destruirlos, pero los alemanes son papeleros y conservadores.

Gracias a estas dos virtudes los jueces de Nuremberg han tenido a su disposición las directivas de Hitler, sus conferencias secretas, los procesos verbales de sus principales consejos de guerra, los planes del Comando alemán, etc.

Dicho de otra manera, la sustancia misma de la historia, al mismo tiempo que las pruebas definitivas de la premeditación y de los crímenes nazis.

Aparte de los papeles hubo en Nuremberg también los hombres. Todo lo que quedaba de Alemania y del hitlerismo abatidos entró al inmenso edificio del Palacio de Justicia para aportar, generalmente en forma involuntaria, la verdad.

Las deposiciones representan millares de folios; no se limitan a relatar los hechos: aquellas los restituyen en su relieve y en su color.

Para la parte militar, los acusadores han tenido a su disposición todos los grandes jefes alemanes siguientes; cinco acusados:

Goering, Keitel, Jodl, Raeder y Doenitz; docenas de testigos: los mariscales o generales von Brauchtisch, von Runsdtedt, Halder, Milch, Paulus, von Falkenhorst, von Falkenhausen, Guderian, Warlimont, etc.

El objeto del proceso era castigar a los culpables y no el de escribir historia. Es esta la razón por la cual gran número de revelaciones contenidas en los documentos y en los testimonios no han franqueado, o lo han hecho muy poco, la línea de la audiencia.

En más de una ocasión, el admirable Presidente del Tribunal Sir Geoffrey Lawrence, ha detenido a un acusado o a un testigo cuando este comenzaba a relatar un episodio apasionante de la guerra. “Eso no interesa al jurado”, al pronunciar estas palabras lo hacía bien, desde el punto de vista de juez; por otra parte, estaba obsesionado por el pensamiento de ganar tiempo.

Las revelaciones de Nuremberg, por otro lado, eran tan largas y monótonas que la prensa de ningún país tuvo la paciencia ni la posibilidad de dar cuenta de ellas de una manera detallada.

La prensa francesa menos que ninguna otra; basta recordar que los periódicos aparecieron solo en dos páginas la mayor parte del tiempo que duró el proceso.

Las revelaciones de Nuremberg han permanecido, pues, confidenciales. Los espíritus más curiosos continúan haciéndose, con relación al desarrollo de la guerra, preguntas que desde hace mucho tiempo recibieron su respuesta; viven todavía pensando en enigmas que ya dejaron de serlo.

He estudiado los expedientes de Nuremberg durante muchos meses, y no tengo la osadía, de decir que los conozco a fondo; solo puedo decir que conozco lo esencial.

Con mi conocimiento he hecho el libro que sigue. No se trata de una información ni de un análisis del proceso; puedo decir que estos pensamientos han estado, casi por completo, ausentes de mi trabajo; la cuestión, propiamente dicha de las culpabilidades no la trato ni una sola vez; no hago tampoco apreciaciones como tampoco saco conclusiones; me limito a un relato.

Con algunas excepciones el relato se limita a los acontecimientos militares, y está basado exclusivamente en los extractos de los documentos y de los testimonios; hablo lo menos posible, solamente dejo que hablen los expedientes.

He juzgado, sin embargo, necesario extraer de los documentos y de presentar en primer lugar todos los detalles que ayudan a precisar la personalidad tan mal conocida de Hitler.

Es imposible comprender el desarrollo de los acontecimientos si no se coloca en medio del drama al hombre; y seguramente, es en los expedientes de Nuremberg donde los futuros historiadores del dictador encontrarán una parte de su material.

El resto del relato sigue un orden cronológico. Es, de alguna manera, la historia de la guerra escrita por el enemigo y en su campo. Creo que dará sorpresas y hará revelaciones.






LA PERSONALIDAD DE HITLER ES REVELADA POR LOS DOCUMENTOS Y LOS TESTIMONIOS

DE NUREMBERG”

Los expedientes de Nuremberg dan a conocer a Hitler.

Hasta 1945, el mundo lo conocía poco o mal; los testimonios publicados sobre él por algunos tránsfugas como Hermann Rauschnigg no podían ser considerados sino con prudencia. Una consigna prohibía a los editores alemanes publicar biografías del Führer. Los pocos periodistas extranjeros que se le habían acercado y quienes habían sido instrumentos conscientes, o no, de su maniobra política, no habían tampoco apreciado su personalidad real. Los parientes, los íntimos tenían la orden de callarse. Los solos elementos importantes para el conocimiento del “hombre” eran aquellos que se encontraban en “Mi Lucha”, es decir, Hitler visto por Adolfo Hitler.

Contrariamente a Mussolini, que no dejaba ignorar nada sobre él, Hitler lo ocultaba todo rodeándose de misterio. Cuando se hablaba de su juventud miserable, de sus cuatro años de guerra como simple soldado, de su vegetarianismo, de su horror al tabaco, de sus insomnios, de sus cóleras y del poder de su mirada, podía solo trazarse una plumada.

Así, pues, el conocimiento de Hitler es uno de los elementos indispensables para la comprensión de los acontecimientos mundiales durante quince años. Hitler era la figura central del drama. Casi todo se explica por él. Nuremberg rompe el velo. El testimonio más completo sobre él es el de Keitel (NA1), jefe de su Estado Mayor personal. Vivió cerca de él sin interrupción los años de la guerra.

(NA1) El mariscal de campo Wilhelm Keitel, nacido en 1882, participó en la primera guerra mundial y fue nombrado en 1935 jefe del departamento de la Wehrmacht en el Ministerio de Guerra, substituyendo al general Warter von Reichenau, que había solicitado un mando activo. Durante la segunda guerra mundial, Keitel fue jefe del Mando Supremo de las Fuerzas Armadas alemanas (O.K.W.). Fue condenado y ahorcado como criminal de guerra en Nuremberg el año de 1946.

(OKW quiere decir Ober-Komando Der Wehrmacht. OKH es la abreviatura de Ober-Komando Des Heeres, o Mando Supremo del Ejército)


Lo conoció, como conoce, desde un punto de vista incomparable, un “valet de chambre” a su amo. Lo vio trabajar, comer, dormir, delirar y comportarse.

En su declaración no ha dicho todo porque no se le preguntó, y esto es una contrariedad. Sin embargo, en los archivos del expediente hay un interrogatorio enteramente consagrado al Führer y que resumido se expondrá a continuación.

La simplicidad de Hitler, dice Keitel, era real. Su vegetarianismo, su abstinencia al alcohol, la sobriedad de sus vestidos, no eran afectados. No era un asceta, era un hombre de pocas necesidades. Conservó siempre la habitación que había arrendado en Münich al principio de su carrera de agitador.

El departamento compuesto de tres piezas pequeñas y bajas estaba situado en un tercer piso en la esquina de la Prinzregenstrasse. Lo consideró siempre como su domicilio personal. A ese departamento iba de tiempo en tiempo con algunos de sus viejos camaradas, donde pasaban la tarde dedicados a hablar. Un policía hacía los cien pasos en el andén y otro prestaba guardia en la escalera. No había en apariencia ningún otro servicio.

El edificio era modesto. Sus habitantes eran en su mayoría empleados. Algunos habitaban en él desde hacía varios años y durante ese tiempo, su vecino, Herr Hitler se había convertido en el amo del Reich y en el azote del mundo. Un día Martín Bormann compra la casa y se la ofrece a Hitler, quien muestra una satisfacción y una alegría de niño.

Naturalmente, dice Hitler, es necesario que podamos ejercer control sobre los inquilinos, pero, como ahora soy propietario debo conservar el inmueble en buen estado. La casa es grande y me dará preocupaciones”.

De su instalación en Berlín Hitler decía:

En la vieja casa de la cancillería, tengo mi dormitorio, mi comedor, mi escritorio y el salón de música para las recepciones. Sé que son modestos pero me encuentro bien y nadie me hará abandonarla”.

Ordena, sin embargo, construir la nueva cancillería. En diez meses un palacio de mármol que cinco años debían reducir a cenizas, se levanta sobre la Wilhelmastrasse. Antes de su inauguración, para la recepción diplomática del primero de enero de 1939, Hitler recorrió los fastuosos salones y se detuvo delante de la larga perspectiva de vestíbulos y escaleras con los brazos cruzados y sonriente.

Por lo menos hoy, dice, no tendré que avergonzarme delante de M. Francois Poncet, mientras mirará por aquí y por allá con su aire desdeñoso, pues ahora estoy bien alojado y mostraré a esos señores que yo también se representar como es debido".

Asombroso complejo de inferioridad. La sonrisa un poco irónica del embajador de Francia turba a aquél delante de quien tiembla todo el mundo.

Hitler gustaba de la sociedad femenina. Las mujeres saben escuchar y saben admirar. Componían los auditorios delante de los cuales, a lo largo de noches y noches, el insomnio-maniático exponía sus ideas, muchas veces extravagantes, y sus fabulosos proyectos para el porvenir.

Había siempre en Berghof, dice Keitel, cuatro o cinco mujeres. La señora Speer iba muy a menudo, así como la señora von Below, esposa de uno de los ayudantes de campo del Führer. Las señoras Hoszbach y Schmundt iban ocasionalmente. El Führer invitaba a estas señoras cuando se proponía pasar algunos días en Berchtesgaden, con el fin de darles la ocasión de encontrarse con sus maridos”.

Keitel conoció también a Eva Braun. Con respecto a esta no hay ningún misterio. Era un repórter-fotógrafo que trabajaba en la fotografía de Hofmann, el fotógrafo personal de Hitler. El Führer la conoció desde los años de lucha por el poder, y es probable que hubiera sido su amante desde entonces, pero una discreción huraña rodeaba los amores del dictador.

Eva Braun, dice Keitel, no era alta; entre una talla mediana y una talla pequeña. Era muy esbelta y muy elegante con cabellos castaños claros. Sus piernas eran perfectas y era la primera cosa que se observaba siempre en ella al mirarla. Era una persona muy bonita. Si no era tímida, era por lo menos muy reservada. Se mantenía siempre a la sombra y era por casualidad que se tenía la suerte de verla en Berghof”.

Keitel desmiente el hecho de que Eva Braun haya tenido dos hijos de Hitler como se ha hecho creer. Asimismo Keitel desmiente otra leyenda; aquella de la pieza misteriosa siempre cerrada, donde el Führer había guardado el recuerdo de un gran amor tronchado por la muerte. Esta habitación no existió.

Hitler no era ni un anormal ni un impotente; era simplemente un hombre de deseos sexuales, débiles e intermitentes, afectados por la pasión del poder.

La atmósfera en la cual transcurría su vida era el aburrimiento.

Tenía a veces accesos de alegría. Eran siempre provocados por éxitos políticos o por una victoria y estaban revestidos de la misma forma delirante que sus furores. Zapatea y ruge cuando tiene conocimiento que sus blindados han alcanzado a Abbeville y casi se desvanece de contento cuando Francia capitula. No era un gran trabajador, pero desconocía el ocio. No era aficionado ni a la caza ni a la pesca, ni al juego; no sabía conducir un automóvil como tampoco sabía nadar, no coleccionaba nada, y como dormía y comía muy poco, su vida se reducía a dos elementos: la conversación y la meditación.

El aspecto verdaderamente monstruoso y al mismo tiempo su verdadero secreto, era su concentración. Era un verdadero torrente al cual no debilitaba nada. Vivía exclusivamente para su obra. Su fuerza era de la misma naturaleza que aquella que da a los maniáticos la idea fija y a ciertos prisioneros la obsesión de la evasión.

Esta pasión sombría y devorante le privaba de todo contacto humano, aislándolo herméticamente. Aparecía a veces amable y al mismo tiempo sonriente, pero entre él y aquéllos que se le aproximaban veinte veces por día, las barreras de la jerarquía no caían jamás. Lannes (NA2) hasta su muerte tuteó a Napoleón; nadie tuteó jamás a Adolfo Hitler.

(NA2) Juan, Duque de Montebello, mariscal de Francia 1769-1809 (N. del T.)

“Él sabía de mí, dice Jodl, que me llamaba Jodl y que era general, y puede ser por mi apellido, que era bávaro...”.

Nada aminoraba la austeridad de su medio y quienes le servían debían decir, casi, adiós a la vida.

El cuartel general del Führer, dice todavía Jodl, era una mezcla de convento y campo de concentración. No había a nuestro alrededor alambradas pero era necesario para entrar o para salir una tarjeta especial, que entre mis oficiales el único que la tenía era mi ayudante el general Warlimont. Ningún ruido exterior llegaba hasta nosotros”.

Alrededor de Hitler no se reía jamás y nunca se podía hacer una chanza, tampoco se podía fumar ni cantar. La existencia era trabajar y aburrirse.

Yo hice todo lo posible por irme, dice Keitel. Veinte veces pedí al mariscal Göering conseguirme un comando en el frente. A pesar de ser mariscal de campo, me hubiera contentado con el comando de una división”.

Jodl dice la misma cosa:

Intrigué para hacerme enviar a Finlandia con las tropas alpinas, pero a Hitler no le gustaban los rostros nuevos”. Es verdad; del principio al fin del relato que va a seguir, se encontrarán siempre los mismos nombres de ayudas de campo: Shumundt, Hoszbach, Below.

No era que Hitler los quisiera, él no quería a nadie, pero como era un hombre de costumbres, quienes habían recibido la lisonjera distinción de ser llamados a su lado debían contentarse con la satisfacción que espera a los elegidos en el cielo: ver al Todopoderoso.

Hitler no era un gran trabajador. No permanecía, como Mussolini, sentado largas horas detrás de su mesa de trabajo. Muchas veces puso en ridículo a su predecesor, el pobre Brüning, quien llevaba su conciencia hasta redactar por sí mismo las leyes que quería someter a la aprobación del Reichstag.

Detestaba los largos informes escritos; la inquietud de su espíritu no le permitía las lecturas largas (con la excepción que se verá más adelante); por esto era aficionado a las lecturas policíacas que devoraba en un momento.

Las solas cosas que preparaba personalmente con el más grande cuidado eran sus discursos. “Los dictaba enteramente, dice Keitel, después los releía, los modificaba y los rehacía dos o tres veces”.

Los acentos salvajes que estremecían al mundo y que parecían brotar de una improvisación inspirada, eran aprendidos de memoria.

Era extraordinariamente difícil, dice aún Keitel, darle un informe verbal; os interrumpía desde la primera palabra y hablaba en vuestro lugar. Cien ideas brotaban sin cesar de su cerebro; era un foco de ideas, y es imposible que haya existido en el mundo un hombre con tantas ideas como Hitler”.

Poseía una facultad extraordinaria de simplificación y de síntesis. El sentido de las cosas, aparecía ante sus ojos, y mientras otros se perdían laboriosamente sobre los caminos del análisis, su intuición le aclaraba los problemas como un relámpago.

Poseía asimismo una capacidad especial para juzgar a los hombres.

Me es suficiente, decía, una hora de conversación con no importa qué persona, para conocerla a fondo y saber exactamente qué puedo temer o esperar de ella”.

Keitel pretende que ha puesto a Hitler en guardia, muchas veces, contra los juicios instantáneos que hacía sobre los generales; el Führer no atendía.

Poseía conocimientos de carácter general que le permitían pasar como un genio ante los ojos de quienes lo veían ocasionalmente. Apasionado por los problemas de la sangre, era capaz de hacer durante varias horas una exposición sobre la sífilis o sobre la selección de razas. No se había sentado nunca detrás del timón de un automóvil, y sin embargo, conocía exactamente todos los tipos de estos; comparaba sus ventajas, diseñaba motores y sugería perfeccionamientos. Había en él, gracias a su fertilidad de imaginación, un verdadero inventor.

Sin embargo, despreciaba profundamente a los técnicos.

Los técnicos, decía, son personas que no saben sino una palabra “NO”. Cuando se les pide algo, comienzan siempre por exponer el por qué no es posible. Nunca ha brotado una chispa creadora del cerebro de un técnico. Me gustan los amateurs y los diletantes; sólo ellos tienen ideas”.

Sobre su desprecio a las objeciones sistemáticas, Hitler había hecho todo un sistema de mando:

Sé, decía, que yo pido lo imposible; es la sola manera de lograr lo posible, y sin embargo no lo logré siempre. Si me contentara con pedir simplemente lo posible, no obtendría casi nada”.

Keitel cita ejemplos:

El Führer me preguntó un día: ¿Cuántos obuses ligeros de campaña producimos por mes? —Alrededor de 100— Ordeno que se produzcan 900. ¿Cuántos cartuchos para artillería antiaérea de 88 producimos? —Más o menos 200.000— Quiero 2.000.000. Pero cada cartucho está equipado con una espoleta de tiempo muy complicada y nosotros no tenemos sino unas pocas fábricas que las construyen. —Hablaré con Speer. El hará construir nuevas fábricas y antes de seis meses yo obtendré mis 2.000.000 de cartuchos”.

"Otra vez, un poco antes del fin del año de 1944 pregunta a Speer: ¿Cuántas ametralladoras producimos mensualmente? —3.500— Para mi regalo de navidad, es decir, a partir del mes de enero, quiero 7,000. . . No, mi pequeño Speer, no comience a decirme que es imposible. No me diga nada y deme mis ametralladoras. Usted no va a negar un regalo de navidad a su Führer".

Cuando los financistas decían a Hitler: “No hay dinero”, les respondía: “Ustedes están para encontrarlo”. Cuando los industriales le decían:

El tiempo falta”, les respondía: “Arréglense sin él". Cuando los generales le decían: "Faltan hombres”, era raro que no les dijera: “Háganlos”.

“Después del desembarque de Normandía, cuenta Keitel, Hitler me dijo:

Puesto que vamos a tener un nuevo frente, nos hacen falta unas divisiones nuevas. Vea cuántas puede formar con el ejército del interior". —A primera vista una docena. Hitler se enfadó: "—Es absolutamente grotesco, quiero cuarenta divisiones". Discutimos hasta el punto que yo quedé casi enfermo y llegamos a una especie de compromiso sobre la cifra de veinticinco divisiones. Pero no se contentó con esto; llamó a Jodl, al Jefe de Estado Mayor del Ejército, al Comandante de las Reservas y al Comandante del Ejército, del Interior. Les hizo una especie de discurso de propaganda, al fin del cual les daba ocho días para llevarle proposiciones concretas. Finalmente, formamos veinticinco divisiones de infantería y cinco divisiones blindadas, total treinta.

“Hitler me dijo entonces:

¿Ve usted que yo tenía razón? Si le hubiera hecho caso no hubiera tenido sino diez divisiones. Es necesario siempre pedir lo imposible. Pero nosotros no habíamos podido satisfacerlo sino retirando algunos regimientos del frente para poderlos bautizar divisiones”.

Estas exigencias furiosas, esta negación sistemática de lo imposible apoyadas por espantosas furias y amenazas terribles, permitieron, muy seguramente, que Hitler obtuviera de Alemania un rendimiento gigantesco de verdaderos éxitos militares e industriales. La contraparte la constituyeron el fraude y el engaño. “Los generales, decía Hitler con satisfacción, no se acercaran nunca a decirme:

Me faltan cañones, tanques, municiones...” Sabían cuidarse, pero los informes que rendían eran muy a menudo falsos y más de una vez, en lugar de la fuerza real sobre la cual contaba Hitler, se encontraba una cosa aparente y vana.

Sin embargo, decía Keitel, Hitler era extremadamente desconfiado: “Sé muy bien, decía, que los informes que se me dan están siempre orientados en el sentido de mis ideas. Es por esto que debo estar seguro doblemente de un hecho antes de creerlo”.

La desconfianza de Hitler había nacido con él: hacía parte fundamental de su carácter huraño y receloso, habiéndose fortificado a lo largo de su vida; en su juventud pobre y dura y en la lucha difícil por el poder.

Muchas veces había estado a punto de ser devorado por uno de esos remolinos del partido nazi, y había vivido mucho tiempo acechado por figuras patibularias como la de Roehm o la de Strasser. Llegado a la cima

del poder, inconmovible en apariencia, conservaba el ojo sombrío y la inquietud de los tiranos. La reunión total del comando entre sus manos no era solamente una consecuencia de su fantástica autoridad, era, al mismo tiempo, una medida de precaución.

La instrucción y los debates de Nuremberg arrojan sobre la esencia y funcionamiento del gobierno nacional-socialista una claridad total y definitiva. Allí estaba Hitler y eso era todo.

No tenía un consejero, no tenía un amigo, no tenía tampoco un confidente; no se encuentra a su alrededor la sombra de esa eminencia gris que tanto se ha buscado; tampoco un Richelieu, ni un Sully, ni un Talleyrand o un Fouché. Hitler estaba trágicamente solo. El Tercer Reich se componía de un monstruoso genio y de incondicionales arrodillados.

Durante el proceso, Göering hacía esfuerzos desesperados para conservar su importancia. Aún, en el banquillo de los acusados ya con la cuerda al cuello, continuaba reivindicando agresivamente su condición de segundo personaje del III Reich, pero sus mismas declaraciones desmentían sus pretensiones. Era como los otros, como todos los otros; no tenía ninguna participación en las decisiones de Hitler.

En el mes de marzo de 1939, declara Göering, pasaba mis vacaciones en la Riviera cuando recibí una carta de Hitler en la que me anunciaba que Checoslovaquia se había convertido en una amenaza intolerable y que había resuelto liquidarla.

Regresé inmediatamente a Berlín. Hitler me mostró un documento del servicio de informaciones y me dijo que Checoslovaquia estaba a punto de convertirse en el porta-aviones de Europa. Le recomendé paciencia haciendo hincapié en que la violación del tratado de Münich representaría para Chamberlain una pérdida de prestigio que llevaría al poder, muy seguramente a Churchill. Hitler no me escuchó.

Había llegado solo unas horas antes que el presidente Hacha (NA3) y yo estaba irritado porque todo el asunto había sucedido por encima de mí y lo demostré negándome a acompañar al Führer a Praga”.

(NA3) Emilio. Jurista y hombre de estado checo, nacido en 1872. Ocupó diversos cargos en la administración austro-húngara; juez de la Corte Internacional de La Haya; presidente de la república checoslovaca (1938-1939), cargo en que permaneció bajo la administración alemana

Esta susceptibilidad de su primer teniente no producía ninguna impresión sobre Hitler. Antes como después se abstuvo de pedirle su parecer; cuando hubo decidido hacer la guerra a Rusia, la decisión más importante

de la historia de Alemania, le telefoneó: “He decidido hacer la guerra a Rusia”. Goebbels (NA4)era un fantoche a quien una palabra de Hitler acobardaba; Hess no era otra cosa que un super-ayudante de campo; Bormann era un estúpido; Himmler no fue nunca consultado para nada; Ribbentrop no contaba para nada. Los misteriosos inspiradores que venían a hablar al oído para darle sus consejos no existieron nunca. Más adelante se mostrará qué era el Estado Mayor.

(NA4) Pablo José. Político alemán (n. 1872). Ministro de Propaganda desde 1933 y presidente de la Cámara Cultural del Reich. Escribió los siguientes libros: “Lenin o Hitler”, "Señales del tiempo nuevo" y la “Lucha por Berlín”. Hizo suicidar a su familia y se suicidó después, pocas horas antes de la caída de Berlín.

Nunca, ha dicho Goering, se ha preguntado a un general si aprobaba tal o cual política. Durante las exposiciones del Führer no había ocasión de saber si los generales aprobaban o no los planes militares de Hitler:

Mi Führer, creo que vuestra opinión es errada y no estoy de acuerdo con ella ni con las medidas que habéis tomado". Una intervención como ésta hubiera sido incomprensible, y quien hubiera intervenido así, habría sido fusilado y se le hubiera tomado por un loco”.

Ninguna de las iniciativas políticas del III Reich ha sido debatida. El Consejo de Estado, del cual tenía la presidencia nominal Schacht, no fue reunido una sola vez. Se encuentran cientos de consejos para la ejecución y ninguno para la decisión. Esto sucedía siempre de la misma manera: Hitler convocaba a tres o cuatro de los altos personajes directamente interesados en sus proyectos y les decía: "He aquí lo que quiero hacer. ¿Qué me proponen ustedes?", al principio escuchaba las objeciones, al fin no escuchaba nada.

No toleraba que nadie tuviera una idea del conjunto de su política y de sus intenciones; decía:

Cada uno no debe ser informado sino de lo que le concierne directamente, y únicamente en tiempo oportuno, esto es, lo más tarde posible”

Los diplomáticos ignoraban los planes militares; los militares ignoraban los diplomáticos. Quienes suministraban el armamento ignoraban la política para la cual servirían los instrumentos que forjaban.

Le era prohibido al O.K.W. (Comando superior del Ejército), dice

Keitel, dar a la Wilhelmstrasse (nombre con que se conocía el Ministerio de Relaciones Exteriores) la menor indicación sobre las operaciones militares” y, “era prohibido a la Wilhelmstrasse, dice Ribbentrop, dar al O.K.W., la menor indicación sobre la marcha de la diplomacia". Speer,

ministro de Armamento del Reich, afirma que supo la entrada de las tropas alemanas en Polonia por la radio. “Esto parece mentira, pero estoy convencido que es verdad”.

Pero esos ciegos aceptaban su ceguera. Sobre los mismos bancos de Nuremberg, han justificado un sistema de gobierno que hizo de ellos ruedas de un engranaje que los condujo finalmente al presidio y a la horca.

La democracia, ha dicho Goering, hubiera llevado a Alemania a una catástrofe; solo el Führer podía salvarla”.

Cabe decir, que inquietudes reales y vivas habían nacido en ciertos de esos hombres como consecuencia de ese sistema monstruoso. Se verán más adelante pruebas repetidas. Sin embargo, los mismos que no eran nazis, los mismos que no compartían la ideología de Hitler lo obedecieron, lo siguieron y le sirvieron.

La historia debe tener en cuenta la influencia inaudita que ejercía Hitler sobre las inteligencias y sobre las voluntades. Los documentos de Nuremberg, los interrogatorios de los acusados, las declaraciones de los testigos muestran que fueron estos mismos hombres quienes conocieron íntimamente al Führer y quienes próximos a él le ayudaron a formar la atmósfera casi embrujada en la cual se desarrolló el drama alemán.

El testimonio más impresionante sobre este particular, es el de un hombre, ya muerto, cuyo nacimiento y pasado lo alejaban del nacional-socialismo y que trató de detener a Hitler, pero a quien Hitler engañó, escarneció y destruyó: el mariscal von Blomberg (NA5)

(NA5) (Werner von). Nació en 1878. Entro a formar parte del E. M. alemán después de la primera guerra mundial. Formó parte de la delegación alemana ante la Sociedad de las Naciones, hasta 1933. Ministro de Guerra desde ese año hasta 1938 en que renunció

Era, ha manifestado a los magistrados instructores de Nuremberg, casi imposible contradecir a Hitler, no solamente porque hablara siempre con volubilidad y una gran violencia, sino porque era un hombre que hablando con otro lo influía de tal manera que se estaba casi forzado a seguirlo y compartir sus ideas.

Era lo mismo dirigiéndose a un hombre que a un millón. Su magnetismo personal era formidable y tenía un gran poder de sugestión”.

Keitel, que no era muy inteligente y que no puede ser comparado con

Blomberg, decía: “Hitler era un formidable motor”; tan formidable que arrojó a Alemania a su ruina.

Uno de los rasgos más extraordinarios de Hitler, dice Keitel, era su apego casi incomprensible por los Alte Kámpfer. (Viejos luchadores).

Los viejos luchadores, era los nazis del principio, los de las primeras reuniones en las cervecerías de Múnich, los del putsch de la Feldernhalle. Casi todos eran aventureros a quienes la política había convertido en asesinos. Dieron a Alemania sus Reichsleiter y sus Gauleiter, una aristocracia patibularia de la cual algunos estuvieron sentados como acusados en los bancos de Nuremberg: el marinero Sauckel, el maestro de la escuela Kaltenbrunner. Casi todos venían de las capas más bajas de la sociedad, y muy pocos eran originarios de Prusia, ya que esta región aportó al nazismo un contingente muy débil; eran, como Hitler, de las regiones del sur y del oeste. Todos se habían enriquecido en forma escandalosa y se resarcían de los años de miseria. Hitler lo sabía y lo aprobaba; “¿Por qué, decía, quieren que mis viejos luchadores permanezcan con las manos vacías? Han combatido y han sufrido; es justo que sean recompensados; después de todo, ellos han ganado lo que tienen". El asceta protegía a esos bandidos.

Nada, dice Keitel, podía acabar con el apego de Hitler por sus viejos luchadores; les conservaba su amistad personal aun cuando se veía obligado a privarlos de sus funciones por faltas repetidas, por una incapacidad manifiesta y muchas veces por infracciones a las mismas leyes penales”.

Había ante todo en Hitler un jefe de clan, más bien un jefe de bandidos. La virtud mayor ante sus ojos eran la fidelidad a su persona. Quienes observaban esa fidelidad tenían derecho a su protección y a su indulgencia que los colocaba por sobre las leyes. Quienes no la observaban morían. La camaradería era el sentimiento humano más fuerte del corazón de Hitler.

Mussolini entraba en una categoría análoga. La estimación y admiración que sentía Hitler por él eran enormes; le tenía una real afección personal. Muchas veces, la política y la incapacidad militar italianas colocaron a Alemania en dificultades fatales y sin embargo, nunca hubo una palabra de impaciencia ni de ultraje en labios de Hitler, pues Mussolini era su camarada de combate; como él había nacido entre los pobres y como él había servido y sufrido con el uniforme anónimo del soldado en las trincheras; el paralelismo de sus dos vidas y de sus dos carreras era de gran influencia en Hitler.

“Vivimos, decía, el mismo destino”.

Por el contrario, Hitler detestaba todas las élites tradicionales. Declaraba que el papel de la aristocracia había acabado. Advertía sin cesar que la burguesía no tendría puesto en la nueva Alemania. Odiaba a los diplomáticos, llamaba a la Wilhelmstrasse el “club de los derrotistas” o la “casa de las dificultades”, y sobre todo, odiaba a los generales.

Este odio, contra los generales, aparecerá a cada momento en el relato que va a seguir. Los maltrataba, injuriaba, molestaba y destruía. No es seguro, pero es probable que golpeó a un mariscal. A la luz de las revelaciones de Nuremberg, el atentado del 20 de julio de 1944 (NA6), ese hecho inaudito, en la Alemania Hitleriana, aparece como la consecuencia lógica, como un acto de defensa de una casta humillada y despreciada, que le dio ocasión a Hitler de hacer palidecer a los anarquistas más exaltados; los generales comprometidos, fueron ahorcados y colgados de ganchos de carniceros.

(NA6) Militares alemanes atentan contra la vida de Hitler en su cuartel general. El autor material de la tentativa, coronel conde von Stanffenburg fue ejecutado. Hitler en su discurso anunció que castigaría sin piedad a los comprometidos; y anuncia que Himmler sería el jefe de las fuerzas del interior

Los hechos relatados por Keitel prueban la injusticia sistemática de Hitler con los jefes del Ejército. “Espiaba la ocasión de sorprenderlos en falta y al menor error los relevaba del comando. Les hacía pagar las faltas que él mismo cometía; Hitler lo sabía y lo reconocía, diciendo:

Es preciso que los generales lleven sobre ellos la responsabilidad de los fracasos, porque ellos pueden ser cambiados y mi prestigio es un capital único que no puede dejarse debilitar por ningún motivo”.

Los generales alemanes hicieron toda la guerra con una amenaza permanente suspendida sobre sus cabezas, sometidos a las volubilidades y violencias del tirano; vigilados, espiados, delatados por el partido nazi. El ejército alemán no tenía comisarios políticos; tenía algo peor, los soplones de Himmler.

Nadie ha comprendido nunca, dice Keitel, por qué el Führer se privó de los servicios de un excelente hombre como el mariscal List. Ninguna falta profesional podía reprochársele, condujo de una manera extremadamente brillante la campaña de los Balcanes, y el mismo Hitler se mostró varias veces satisfecho. Hubo, sin duda, una sorda maquinación, trabajo de fuerzas ocultas; pudo ser Himmler quien logró hacer inscribir sobre la lista negra el nombre de List.

Palkenhorst conquistó a Noruega. Cubierto de honores hizo mal en quejarse de un regimiento de S. S. que hacía parte de su ejército; Hitler dijo: “No son mis hombres los que son malos, es el Comando de Falkenhorst”. El general desapareció.

Hitler tenía por el mariscal von Kundstedt una consideración particular. Decía:

Si Rundstedt tuviera diez años menos le confiaría el Comando en jefe del Ejercitó. Sé muy bien que es un General del antiguo modelo prusiano que no quiere el nacional-socialismo, pero es un excelente hombre de guerra y quiero que la historia me haga justicia cuando diga que en mis escogencias militares no han jugado otras consideraciones diferentes”. Sin embargo, por tres ocasiones dijo refiriéndose al mariscal:

“Es un viejo, ha perdido sus nervios, no lo quiero más”.

La animosidad de Hitler contra sus generales tenía causas numerosas y profundas. Encontraba en el Ejército, dice Keitel, el viejo espíritu burgués contra el cual había combatido durante quince años. Cuando Roehm intentó reemplazar la Reichswehr por los guardias de asalto, Hitler tomó partido contra Roehm, porque reconoció que no podía privarse de la experiencia de los militares de la vieja generación, pero no los quería”.

El simple soldado de la primera guerra mundial que había arrastrado su miseria en todas las trincheras de Francia, tomaba revancha de un jerarquía militar que lo había despreciado mucho tiempo. Había en Hitler, el conquistador y jefe de ejércitos un antimilitarismo rencoroso contra los galoneados.

El Estado Mayor se opuso mucho tiempo a sus proyectos y por esto, le guardó un rencor furioso, un verdadero odio. Hitler era infalible y el Estado Mayor le había hecho la ofensa de dudar de él.

El Führer, dice todavía Keitel, “era extremadamente sensible a la idea de que los generales no lo reconocían completamente”. Se le pidió que explicara más su palabra y respondió: “Naturalmente, Hitler no decía nada, pero para explicar el asunto, se decía a sí mismo:

Los generales me consideran como el antiguo cabo de la última guerra, y cuando les trato asuntos militares ellos se interrogan y se preguntan cómo puedo saber yo eso”.

Repito que Hitler nunca me ha hablado de la cuestión, pero como

observador silencioso puedo decir que ese sentimiento era muy profundo en él. Desgraciadamente, no fui yo solo quien lo notó.

Otros también se apercibieron y lo aprovecharon contra tal o cual. Sabían que había un medio infalible para perder a un general ante los ojos de Hitler; dicho medio era informar que había comentado una orden diciendo: “Es imposible, es ridículo”; ese hombre estaba perdido”.

Puede decirse que Hitler consideraba en bloque a los generales como fósiles o como imbéciles. Les reprochaba la esterilidad total de su imaginación, sus negativas de adoptar la ideología nacional-socialista, las ideas

caducas que traían entre sus botas como una cierta concepción caballeresca de la guerra, que lo llevaban a transportes de furor. Decía: “No puedo esperar de mis generales que me comprendan pero puedo exigir de ellos que me obedezcan”.

Delante de los más altos jefes de la Wehrmacht ha dicho cosas como estas: “Estas ideas son muy altas para ustedes, no están a su alcance pero reténganlas bien porque quiero ser obedecido”.

Su odio era sobre todo reservado al ejército terrestre, pues en él encontraba en mayor escala el antiguo espíritu prusiano. “Tengo, decía, según Jodl, una aviación nacional-socialista, una marina cristiana y un ejército reaccionario”. El vocablo reaccionario en la boca de Hitler no estaba lejos de ser sinónimo de embrutecido. En consecuencia, trataba a los aviadores con cordialidad, a los marinos con deferencia y a los generales del Ejército terrestre como a perros.

Pero a estos hombres de guerra profesionales los dominaba Hitler desde muy alto. Es indispensable resignarse a ser sorprendido. Pero las pruebas están allá en Nuremberg. Los testimonios, los documentos y los debates muestran los vastos conocimientos y las sorprendentes capacidades militares de Hitler.

Establecen sobre toda otra consideración que Hitler fue a la vez el creador y el jefe efectivo del nuevo ejército alemán. Y fue él solo; se busca en vano un consejero, un asesor, un genio oculto; no se encuentran sus auxiliares y sí algunas veces sus opositores. Keitel y Jodl reunidos representan más o menos al lado de Hitler lo que representaba Berthier al lado de Napoleón.

Los otros, Brauchischt, Rundstedt, Rommel, Guderian, no han sido sino tenientes, así como lo fueron de Napoleón, Augereau o Murat, pero nunca como lo fueron Davout y Massena. Tengo la firme convicción que en la historia este hombre funesto será un modelo de Capitán, y en las academias de guerra, si es que estas existen en la era atómica, sus campañas se estudiarán como en otro tiempo las de Gustavo Adolfo o las de Federico el Grande.

El Führer, dice Göering, influyó personalmente de una manera profunda nuestro rearme. Tenía vastos conocimientos militares; su curiosidad estaba orientada sobre todo hacia la marina como hacia la artillería. Muy frecuentemente decidía por sí mismo sobre el número, y el tipo de cañones, ametralladoras, etc., a fabricar.

Su gran interés estaba en el ejército y solamente a partir de 1944 se

interesó en las cuestiones de la Luftwaffe. Al principio no se mostró muy interesado por los tanques, pero comprendió muy aprisa su importancia, y gracias a él tuvimos tanques pesados. Los exigió contra el parecer del Estado Mayor del Ejército que no los quería. Realizó todas las campañas de Polonia y Francia a base de Divisiones Blindadas.

Su manera de comandar era la siguiente:

Daba directivas a los generales, recibía los planes de los diferentes comandantes en jefe, los coordinaba haciendo una síntesis que comentaba delante de los principales generales. Consultaba, pedía pareceres, pero debo reconocer que todas las ideas estratégicas eran esencialmente suyas. Era muy devoto de la estrategia”.

El Führer, dice Keitel, no había recibido ninguna instrucción militar pero tenía las intuiciones de un genio; se había formado a sí mismo y había estudiado solo la táctica y la estrategia. Nosotros, los generales no estábamos delante de él como maestros; estábamos como alumnos.

Todos los oficiales que lo han conocido podrán atestiguar que estaba informado de la organización, del armamento, del equipo y del comando de todos los ejércitos, y aún más extraordinario, de todas las marinas, y era imposible sorprenderle en error en un solo punto. Durante los años que pasé en su cuartel general pude verificar que consagraba sus noches a estudiar las obras militares de Clausewitz (NA7), de Moltke (NA8), de Schlieffen (NA9).

(NA7) Carl von Clausewitz (1780-1831); general alemán; combatió contra Napoleón en el ejército prusiano, en 1806; en el ruso, en 1812 y 13 y en el de su patria, hasta la caída del Emperador. A continuación fue Director de la Academia de Guerra de Berlín, durante 14 años, siendo uno de los creadores de las modernas doctrinas bélicas. Historiador filosófico, miró las campañas napoleónicas desde este punto de vista. Su obra más famosa es “De la Guerra”

(NA8) Helmuth, Carlos Bernardo, conde de Moltke (1800-1891). Nació en Dinamarca, hijo de un oficial alemán contratado en el ejército danés. Se educó en la Escuela Militar de Copenhague, y, después ofreció sus servicios a Prusia que los aceptó. Se graduó de oficial de Estado Mayor en la Academia de Guerra de Berlín. En 1834, estuvo de asesor en el ejército turco. Vuelto a Prusia continuó preocupándose de su perfeccionamiento profesional y del de la oficialidad de su mando. Condujo en calidad de jefe del Gran Estado Mayor General, las victoriosas operaciones de 1866, contra Austria, y 1870-71, en Francia. Continuador de las ideas de Napoleón y Clausewitz, buscó siempre la batalla de aniquilamiento: producir un Cannas. El resultado no fue bueno en Konniggratz (3.VII-1866), por mal cumplimiento de sus órdenes; pero fue brillante en Sedán (1P-IX-1870), donde el ejército francés (Mac Manon) resultó copado

(NA9) Conde Alfredo von Schlieffen (1833-1913), mariscal prusiano. Teniente en 1854; hizo las campañas de 1866 y 1870-71, oficial de Estado Mayor, permaneció en él la mayor parte de su vida; fue Jefe del Gran Estado Mayor desde 1891 a 1905. Estos últimos 14 años de su actividad militar los dedicó, especialmente, a seguir las huellas de Clausewitz y Moltke; inculcar la ofensiva y el espíritu de Aniquilamiento en el ánimo de la oficialidad alemana. Autor del renombrado plan para la guerra de 1914 que fracasó debido a motivos de ejecución.

Eran ellos quienes habían inspirado los conocimientos y las ideas que producían nuestra estupefacción.

La sola nota discordante es dada por Brauchistch: "Hitler se tomaba por un gran genio militar y se equivocaba". Pero Brauchistch fue tratado tan duramente por el dictador, que su juicio no puede ser perfectamente objetivo. Por el contrario, Jodl, general del Estado Mayor, familiar de las grandes campañas y de los grandes capitanes de la historia, reconocía y estaba maravillado por la simplicidad y el atrevimiento de las ideas estratégicas de Hitler.

Se encuentra uno ante un caso extraordinario de vocación. Está perfectamente de acuerdo con el personaje; el hombre que a partir del momento en que ha tenido conciencia de sí mismo no ha vivido sino para la dominación, buscando en el arte militar la dilatación de sus instintos y la realización fie sus fines.

Su primera lectura fue una historia de la guerra franco-prusiana de 1870; un paquete viejo de artículos ilustrados atado con cuerdas que encontró en un viejo armario de la casa paterna, y en cuya lectura se enfrascaba hasta perder la noción de la realidad. Decía de sí mismo:

He sido siempre un soldado. Mi carrera no se comprende sino dándole el sentido militar”; decía todavía: “La decisión más dura de mi vida fue la que tomé en 1919 cuando después de una larga lucha conmigo mismo resolví dejar el Ejército y convertirme en político”.

En realidad, esta última aseveración, formulada delante de una asamblea de Generales, el 22 de agosto de 1939, y consignada en el documento 798 P. S. de Nuremberg, es ciertamente grotesca. Hitler había entrado en el ejército como entraron decenas de millares de hombres en 1914, y en esa hecatombe, Hitler no fue más que un insecto cuya vida dependía de la trayectoria ciega de una bala o de un obús.

Había servido durante algún tiempo como individuo de enlace de un estado mayor de regimiento, y es muy sorprendente que ninguno de los oficiales con quienes estuvo en contacto haya visto en él la madera suficiente para comandar media sección.

En 1919, cuando la desmovilización, fue recibido en la Reichswehr como Bildungs-offizier (oficial de propaganda), situación equívoca, casi despreciable, que hacía de él la mitad de un soplón y la otra mitad de un soldado, pero que le daba la ocasión de comer y medio cuarto en el cuartel del 4° Regimiento de Infantería en Münich. No había, por consiguiente, dejado el ejército. Sin embargo, la pretensión de no haber dejado de ser soldado no era del todo falsa. La prueba está en que había estudiado sin descanso no solamente lo que debe saber un soldado, sino todo lo que un gran jefe debe saber.

Sus conocimientos técnicos (en materia de armamento y organización, etc.), los debía, como los conocimientos sobre automovilismo, a su facultad de asimilación. Y sus principios de estrategia, como Keitel lo ha hecho notar, al estudio de los maestros como Clausewitz, Moltke y Schlieffen y a las grandes campañas de la historia, sobre todo las de Federico II (NA 10).

(NA 10) Federico II, (1712-1786). Sucedió a su padre Federico Guillermo I, en 1740; conquistó la Silesia, en 1742 (tratado de Breslau); de 1755 s. 1763, se batió contra Francia, Austria, Sajonia, Suecia y Rusia, en la llamada "Guerra de 7 años", de la que salió virtualmente vencedor; ensanchó los límites de su reino y le dio abundancia y prosperidad

Esto merece reflexión. La gran guerra no se aprende en los trabajos de los Estados Mayores, pero sí (como se había olvidado en Francia) por la frecuentación de los grandes espíritus militares de todos los tiempos. Hitler es una lección. Deshaciéndose de generales rutinarios que vivieron más de lo necesario después de la derrota de 1918, este amateur revolucionó la guerra.

Fue de los primeros en comprender la superioridad que le da a la ofensiva esa fortaleza móvil y esa artillería volante que son los tanques y la aviación. Reencontró el principio de la maniobra que los Estados Mayores habían echado a perder. Desarrolló, sobre algunas ideas precisas y simples, un conjunto de campañas que la historia militar colocará entre las clásicas: Polonia, Noruega, Francia, Los Balcanes.

Después, como era un loco, perdió el sentido de lo posible. Perdió también la noción del carácter un poco ficticio del poderío militar que había creado, y terminó por ser absorbido y destruido por las grandes fuerzas del mundo que había provocado, despertado y coaligado. Militarmente hablando, cometió en la conducción de sus guerras, enormes faltas que se explican por la imposibilidad para un espíritu como el suyo, de aceptar un revés para evitar un desastre.

El caso no es nuevo en la historia de la humanidad. El último ejemplo, antes de Hitler, lo fue Napoleón.

La vocación militar de Hitler es un elemento indispensable para la comprensión de los acontecimientos. No podía escapar a la guerra, porque él llevaba en sí el don funesto de esta.

Solo en la guerra buscó su expansión. Se sentía nacido para comandar ejércitos. Decía: “No he hecho nuestro instrumento militar para no servirme de él”. Pertenecía a la raza maldita y probablemente eterna de los verdugos del mundo. Se pronuncian contra él muchas maldiciones y valdría, más bien, evitar decir que fue un gran capitán; esto lo explica todo.

¿Qué idea tenía Hitler?

Existen en los archivos de Nuremberg los procesos verbales de dos conferencias dictadas por Hitler a los principales generales de su ejército: una, el 22 de abril de 1939 antes de la campaña de Polonia (documento 798 P. S.); la otra, el 23 de noviembre del mismo año antes de la campaña de Francia (Documento 789 P. S.).

En estas dos conferencias, Hitler se retrata:

Esencialmente, dijo el 22 de abril, todo reposa sobre mí y todo depende de mi existencia. Nadie tendrá probablemente nunca como tengo yo la confianza del pueblo alemán. Y no habrá probablemente en el porvenir un hombre que tenga la autoridad que tengo yo. Es por esto que mi existencia es un factor político del más grande valor. Pero puedo ser eliminado en cualquier momento por un loco o por un idiota”.

La segunda conferencia, la del 23 de noviembre, fue una reprimenda. La irritación se apoderaba de Hitler, pues los hombres a quienes se dirigía no tenían confianza en él. Es por esto que se extendió largamente sobre sí mismo y sobre su genio: “El fin de esta conferencia, dijo al comenzar, es el daros una idea de mis pensamientos y de haceros conocer mi voluntad.”

Cuando comencé mi obra política en 1919, mi firme confianza en el éxito final estaba basada en una observación atenta de los acontecimientos y sobre un estudio de sus consecuencias. Es por esto que nunca he perdido la confianza, aun en medio de los fracasos, que no me han sido escatimados. La Providencia ha dicho su última palabra y me ha conducido al éxito. Por encima de todo tenía una noción clara del desarrollo de los acontecimientos históricos y la voluntad de tomar decisiones brutales, he tenido siempre la certeza de alcanzar mi objetivo”

Cuando tomé el poder, en 1933, un período de luchas difíciles se presentaba ante mí. Tenía necesidad de reorganizarlo todo, comenzando

por la masa del pueblo, siguiendo con el ejército, y simultáneamente librar a Alemania de sus cadenas. Abandoné la Sociedad de las Naciones y denuncié la conferencia “desarmamentista”. Era una decisión difícil. El número de quienes predecían que el resultado de esto sería la reocupación de la Renania por los franceses era muy grande, y el número de los que creían en mí, muy pequeño.

La decisión de rearme vino en seguida. Una vez más fueron numerosos los profetas de la catástrofe y muy raros los creyentes. A pesar de todo remilitaricé la Renania con un resultado que era considerado, en esa época, como imposible. El número de los que tuvieron confianza en mí fue todavía más pequeño”.

La enumeración continúa y el razonamiento vuelve siempre como una obsesión: “He querido y no se me ha creído pero tenía razón”; la primera pretensión de Hitler era la infalibilidad.

Hitler continúa:

Entre los factores favorables de la situación actual, debo nombrar mi propia persona y calificarla sin modestia: soy irreemplazable. Ni un militar ni un civil pueden hacerlo. Tengo conciencia de mi inteligencia y de mi fuerza de decisión.

No terminaré la guerra sino con la destrucción del adversario; no aceptaré ningún compromiso. Atacaré y no capitularé. El destino del Reich depende de mí, de mí solamente". Esta última frase da a conocer profundamente a Hitler.

Su sombrío cerebro lleno de abstracciones terribles le presentaba una guerra fatal entre las grandes fuerzas y las grandes pasiones que se disputaban el mundo. Y se juzgaba él solo capaz de conducir a Alemania a la prueba de fuego que le esperaba.

El Führer, dice Göering, hablaba muy a menudo de una guerra inevitable entre el nacional-socialismo y el bolcheviquismo. Admitía, a veces, que este conflicto podía esperar años y reconocía que durante este tiempo le sería posible obtener pacíficamente ventajas sustanciales para Alemania. Pero decía con más frecuencia:

“Es necesario que la guerra se realice mientras yo viva”.

Ahora bien, Hitler era supersticioso. “Hitler lo negaba, dice Keitel, pero dejaba conocer, por ejemplo, que era muy sensible al viejo proverbio alemán de “Lo que comiences en viernes no durará toda la semana”.

Era todavía más susceptible a la influencia de su horóscopo. Los astros y la lectura de las líneas de su mano estaban de acuerdo para anunciar

le que obtendría un éxito fulminante, una ascensión vertiginosa, pero que su carrera sería bruscamente interrumpida; había concluido que moriría joven, y esta idea le obsesionaba.

Los profetas habían pagado su profecía. La profesión de adivino estaba prohibida en Alemania, y los que insistían en decir la buenaventura estaban hacinados en los campos de concentración en compañía de los renuentes en pagar sus deudas, los homosexuales, los comunistas y los intelectuales. Pero estos rigores no borraban del espíritu de Hitler la impresión producida por su horóscopo.

Sabía que el tiempo con que contaba para realizar su inmenso designio era implacablemente corto.

Por otra parte, no le era suficiente que la guerra se realizara mientras viviera; era necesario que se efectuara antes de que fuera demasiado viejo.

Había llegado al poder a los 44 años. La reorganización interior le había tomado media docena de años sobre el lapso breve que le estaba fijado por el destino. Tenía todavía que dar a Alemania un espacio vital y al pueblo alemán la soberanía del mundo.

Decía que estos fines no podrían obtenerse sino por la fuerza. Cerca ya de los cincuenta años le quedaba por recorrer una carrera de combates y de conquistas, la cual, Carlos XII(NA11) comenzó a los 16 años, Alejandro (NA 12) a los veinte y Napoleón (NA13) a los veintiséis.

(NA 11) Carlos XII. Rey de Suecia (1682-1718), célebre por las victorias que alcanzó contra ejércitos mucho más importantes que el suyo. A los dieciséis años ya entró en campaña contra los dinamarqueses, y a los dieciocho infligió una sangrienta derrota a los rusos y después a polacos y sajones aliados de aquellos.

En 1708-1709 llevó a cabo en Rusia una campaña memorable en la que obtuvo grandes triunfos; pero la inclemencia del clima y una herida que sufrió, desbarataron sus planes y tuvo que huir a Turquía, donde permaneció tres años. En una atrevida fuga volvió a Suecia y al poco tiempo inició una campaña contra Noruega, siendo destrozado por una granada enemiga. Por su valor e inteligencia es Carlos XII una de las figuras más interesantes de la historia.

(NA12) Alejandro III de Macedonia, apellidado el "Grande" (356-323 a J. C.). A la muerte de Filipo, su padre, subió al trono, a los 20 años de edad (336); terminó de adueñarse de Grecia (tarea comenzada por su antecesor). Fundó un poderoso imperio y murió en Babilonia, teniendo solamente 33 años. Uno de los más brillantes capitanes de la antigüedad.

(NA 13) Napoleón Bonaparte (Ajaccio, 1769 - Santa Elena, 1821. Subteniente en 1785; capitán en 1793; coronel el mismo año (Tolón); general de brigada en 1794; de División en 1796; primer cónsul en 1799 (18 Brumario); cónsul vitalicio en 1802; Emperador en 1804; guerrero desde 1796 a 1815, en Europa, África y Asia, contra todas las potencias europeas, dirigiendo personalmente, 60 batallas. Genio militar por excelencia, cuya vida es para el profesional, una maravillosa fuente de experiencias y ejemplos.

El tiempo espoleaba al dictador. En muchas ocasiones, los documentos de Nuremberg mencionan este miedo de Hitler de estar demasiado cogido por la edad. El 5 de noviembre de 1937, cuando exponía a sus generales el vasto plan de agresión del que se hablará más adelante, les decía: “Una cosa debe ser tenida en cuenta: el envejecimiento del partido y de su jefe”. No es necesario buscar más lejos la explicación de la prisa irreflexiva con que se precipitó a la guerra. Despreció ventajas importantes que hubiera obtenido con un poco de paciencia y de astucia. Se armó demasiado aprisa y lo demostraré más adelante. Se comprometió en las hostilidades sin haber llevado a Alemania a su pleno poderío; más o menos cinco años antes del momento preciso que le había sido indicado por sus mejores expertos, y que él mismo reconocía.

Cometió faltas fundamentales por tres razones:

Primera. Porque se consideraba como el único hombre capaz de conducir a Alemania a la Victoria;

Segunda. Porque el genio militar que sentía en sí mismo lo impulsaba irresistiblemente a querer comandar en jefe;

Tercera. Porque tenía miedo de morir antes de haber cumplido su destino, o, de ser en ese momento decisivo un anciano.

Como la idea que de él mismo tenía, la idea que Hitler se hacía del mundo aparece en los documentos de Nuremberg. Revela cómo el dictador juzgaba y pesaba a sus asociados, y cómo a los adversarios con los cuales tendría que contar, y cómo, en consecuencia, deducía sus posibilidades de éxito.


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