Excerpt for Narcotráfico imperio de la cocaina by , available in its entirety at Smashwords







Narcotráfico, imperio de la cocaína

Mario Arango,

Jorge Child,

Editorial Percepción,


Medellín Antioquia

Apartado Aéreo 51103












Narcotráfico, imperio de la cocaína

Manipulaciones políticas en la historia del narcotráfico

© Mario Arango

© Jorge Child

Primera Edición

© Editorial Percepción

Medellín Antioquia

Apartado Aéreo 51103

Diseño y diagramación

Ediciones LAVP

ISBN: 9781370709908

Impreso por Createspace, USA.



Todos los derechos reservados. Sin autorización escrita del autor-editor no se puede reimprimir esta obra por ningún medio escrito, electrónico, de audio, de video, o reprográfico. Hecho del depósito de Ley en Colombia.

Índice

De los autores

Parte preliminar

Los precursores del narcotráfico

Los españoles descubren la coca

Coca y tabaco

Tabaco, marihuana y rebelión

De la marihuana al opio

El mundo alucinante de la Amazonía

El mundo refulgente de las esmeraldas

Chicha, aguardiente y bogotazo

El gobierno que importó la yerba

El presidente que claudicó ante los coqueros

Comida, bebida y medicinas derivadas de la coca

Las fortunas del vicio

La Cosa Nostra descubre el Caribe

Cómo, cuándo y dónde surge la mafia colombiana

Estados Unidos y la marihuana

La droga en la política norteamericana

La droga tema de grandes foros

Interés económico y dominación política en la lucha antinarcóticos

Apéndice









DE LOS AUTORES

En la década de los 80s la lucha contra el narcotráfico aparece como el tema principal de los gobiernos y de los candidatos presidenciales de Estados Unidos y de los países andinos. Aparentemente el consumo de los alucinógenos y estupefacientes ha invadido a sus sociedades, y particularmente es la mayor tentación de la juventud.

Las estrategias de esta lucha, basadas en la destrucción de la oferta (reaganomics al revés) (NA1) han descuidado no sólo la rehabilitación de los drogadictos, sino la provisión de otras fuentes de trabajo para las economías andinas narcodependientes (Colombia, Bolivia y Perú), y de nuevos horizontes culturales para sus jóvenes.

(NA1) Reaganomic: Símil para indicar las políticas económicas del presidente estadounidense Ronald Reagan

La historia del narcotráfico —así se tituló esta serie que apareció entre junio y noviembre de 1984 en El Espectador— nos demuestra la manipulación política del narcotráfico, y de las campañas antinarcóticas, por todos los gobiernos y grupos políticos envueltos en el mercado del vicio. Últimamente más sutiles formas de intervencionismo emplea la lucha antinarcótica promovida por los Estados Unidos en los países andinos.

La politización de la justicia, la pérdida de independencia administrativa y de iniciativa nacional en estos campos ha sido el desarrollo negativo de las campañas de la DEA y la CIA en la lucha antinarcótica en los países andinos.

Este libro expone objetivamente las manipulaciones políticas en la historia del narcotráfico y las consecuencias deprimentes del modelo de dominación norteamericana para nuestros países en su negativa lucha antinarcótica.


PARTE PRELIMINAR

Economía y Contrabando en Colombia — Fuga de Divisas — Lavado de narco-dólares — Efectos económicos y políticos del auge — El problema legal y político.

La concurrencia de dos economías, una legal y otra ilegal, una que paga impuestos y otra que evade impuestos, una que comercia con objetos lícitos y otra con objetos ilícitos, una que controla el oro y las divisas, y otra que trafica con el oro y las divisas, ha sido parte de toda nuestra historia económica.

Sólo que a veces la economía ilegal, clandestina, subrepticia o subversiva, ha sido la locomotora de la economía legal. Tal como ocurrió durante el auge colombiano 1976-1981. En esa época el narco-dólar sostuvo una efímera bonanza. Mañana será apenas parte de nuestra historia del contrabando.

Durante la época colonial el contrabando de oro fue una de las quejas más reiteradas de los virreyes y de los administradores coloniales. A fines del siglo 18 el barón de Humboldt comentaba el gran contrabando de oro en las bocas del Atrato y su contrapartida en contrabando de importación de géneros y otras mercancías de consumo. (NA2)

(NA2)Citado Vicente Restrepo en su "Estudio sobre las minas de oro y plata en Colombia" (1893), Ed. FAES, Medellín, 1979, p. 173 infra.

Durante el virreinato de Ezpeleta dejaron de amonedarse en Popayán grandes cantidades de oro que se fugaron al exterior de las minas del Chocó por el río Atrato (NA 3).

(NA 3)Orlando Fals Borda, “Mompox y Loba”, Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1981, p. p. 87A-55.

Después, en nuestro siglo 20, nadie ha podido calcular el oro que las dragas de la Chocó Pacific extrajeron, también de contrabando, del lecho de los ríos del Chocó.

El oro que salía de contrabando por la Costa Atlántica regresaba —y aún regresa— en grandes proporciones en mercancías de contrabando. Una economía semejante a la institucional pero sin impuestos. Un importante comerciante de Cartagena, don José Ignacio de Rombo, en un informe al rey de España (fines del siglo 18) dice: “A la villa de Mompox han ido a parar todas o las más introducciones clandestinas celebrándose en ella la feria general del contrabando para todo el reino. Calculado en 3.000.000 de pesos el valor del contrabando de importación y otro tanto el de exportación mientras que la importación legal solo subía a 2.562.812 pesos”.

Las esmeraldas sirvieron, en la misma época del quinquenio del general Reyes, de vehículo para fuga de divisas. El sindicato de Muzo, compuesto por ilustres colombianos (Laureano García Ortiz, general Lucas Caballero, y desde luego el propio general Rafael Reyes), con la complicidad del ministro Francisco Restrepo Plata, había pactado —según Laureano Gómez— con la Emerald Company un pago del Estado colombiano por resolución del contrato equivalente a 250.000 libras, cuando en posterior debate parlamentario se probó que la Emerald Company estaba dispuesta a transar por sólo 150.000 libras esterlinas. La diferencia sería la fuga de divisas en esmeraldas que se embolsillaron los intermediarios colombianos de la Emerald Company.(NA 4)

(NA 4) Laureano Gómez "Obras selectas", colección Pensadores Políticos colombianos. Cámara de Representantes, Bogotá, 1981, Tomo XV, p. 355.

Pero la mayor fuga de divisas es la que manejan los bancos norteamericanos en cuentas originadas por colombianos residentes o inversionistas en el exterior. El capital no reconoce patrias y se va libremente de un lugar a otro en busca del lugar, que allí y ahora le ofrezca seguridades y mejores rendimientos.

Cada vez se nota una mayor tendencia, dentro de los capitalistas tradicionales de Colombia, y particularmente la colonia judía, a llevarse su plata en dólares al exterior.

Cada vez son más los grandes capitalistas colombianos que residen la mayor parte del año en los Estados Unidos. Por contraste, son los dueños del narco-dólar los que hace poco manifestaron su interés por retornar al país sus capitales fugados.

El texto de la propuesta, cuasi-apócrifa de los narcotraficantes, presentada al gobierno y la opinión pública por el procurador Carlos Jiménez Gómez, negaba cualquier vinculación de los narcos con las guerrillas y con el asesinato del ministro Lara Bonilla (ocurrido dos meses antes). Prometían los narco-capos, que decían representar el 80 por 100 del narcotráfico en Colombia, entregar toda la infraestructura de la industria al Estado colombiano (pistas de aterrizaje, laboratorios, materias primas, aeronaves, contribuir a la sustitución de cultivos de coca y marihuana por plantas útiles, colaborar en las campañas contra el consumo de marihuana y cocaína y particularmente bazuco en la juventud, y reincorporar a la economía colombiana sus capitales que están en el exterior. (NA 5)

(NA 5) "Texto de propuesta de los narcotraficantes". "El Tiem­po", 4-7-84, 11-C

Este aporte en divisas reintegradas al país, originadas en el narcotráfico, fue estimado (al margen del texto de la propuesta) en 2.000 millones de dólares.

Según el informe del senador (D-Wis) William Proxmire, 1982, “sin la intermediación de los bancos de Miami hubiera sido imposible la economía subterránea del narco-dólar”. (NA 6)

(NA 6) Penny Lernoux, "In banks we trust", Anchor Press Doubleday, garden city, New York, 1984, p. 123.

Durante las investigaciones de la Comisión Senatorial Proxmire, el presidente del Southeast Bank de Miami, David A. Wollard, al ser interrogado sobre los grandes depósitos de un narcotraficante colombiano en su banco, declaró no tener mayores informes sobre ese cliente y remató con esta inocentada:

Yo me entero de esas operaciones es por los periódicos y no por aquí”. Según las conclusiones de la Comisión Proxmire la mayoría de los banqueros de narco-dólares admiten implícitamente que vale la pena correr el riesgo de manejar dineros sucios ya que las autoridades oficiales no están haciendo mucho que digamos para impedirles su lavado

Otra revelación del informe Proxmire fue que en 1981 los bancos de Florida no comunicaron transacciones en efectivo por 3.200 millones de dólares efectuadas por fuera de los asientos contables legalmente exigidos.

El florecimiento de la banca en Miami se debe al narcotráfico, pero en esta fuente tan aleatoria e inestable puede estar mañana su ruina... Se sabe que los latinoamericanos depositan 4.000 millones de dólares anuales en Florida; y obtener una licencia para abrir un banco en Miami sólo requiere un capital pagado de 1.5 millones de dólares, contra 5 millones en Ohio. Hay bancos en Miami que cobran una comisión de 3% por lavar dólares.

El negocio bancario del narco-dólar ha prosperado en Miami porque la ley se viola descaradamente. Ningún banco pequeño en Miami informa sobre depósitos superiores a 10.000 dólares. Estos bancos de bolsillo son llamados por la mafia lavadoras de a níquel (Coin- washers).

En 1982, después de conocido el Informe Proxmire, se apretaron los controles de la vigilancia bancaria y fiscal en Miami. Hoy el relajamiento de las costumbres financieras, al que debe buena parte de su prosperidad Miami, ha vuelto a renacer. El control de las autoridades parece muy laxo con los cubanos que controlan el mercado de distribución de la marihuana y su correspondiente lavado de dólares. En cambio es cada vez más riguroso contra los narcotraficantes colombianos que dominan la distribución de la coca en los prósperos mercados del morbo en USA.

Ante esta discriminación estamos frente a un caso de doble moral: los narco-dólares que manejan los capos cubanos anticastristas son buenos, y los que manejan los latinos sueltos de Colombia son malos. De ahí que en Miami y New York los narcotraficantes no gusanos tiendan a asociarse a las organizaciones anticastristas para protegerse institucionalmente contra la persecución de los “federales”.

El ingreso al país de los millones de dólares provenientes de las exportaciones de marihuana, cocaína y pastillas alucinantes (llamadas Jumbo) creó un nuevo mundo económico al margen de

la economía tradicional, que gracias a la complicidad de algunos banqueros, la venalidad de funcionarios públicos y la capacidad delictiva de personas deseosas del dinero fácil, se fue poco a poco incorporando a la actividad económica legal a través de la opera

ción conocida como “lavado” de dólares.

En un comienzo la gran masa de narco-dólares ingresaba al país en cajas, maletas, o camuflada en electrodomésticos. Pero los controles impuestos por autoridades norteamericanas y colombianas y los problemas que implicaba su posterior conversión en pesos, dieron origen a las más refinadas formas para monetización de las divisas norteamericanas.

Bajo la presidencia de Alfonso López Michelsen se autorizó al Banco de la República para que a través de la llamada “Cuenta de servicios”, se monetizaran todos los dólares que se ofrecieron. Apareció así la denominada “ventanilla siniestra”, que fue objeto en su época de acaloradas polémicas, y que sirvió para que millones de dólares ingresaran a las reservas internacionales del Banco de la República

Al crearse restricciones para la “ventanilla siniestra”, el “lavado de dólares” tomó otros caminos. Uno de ellos es el de las llamadas exportaciones “ficticias”. Con el objeto de fomentar las exportaciones no tradicionales, el gobierno de Carlos Lleras (1967-Decreto 444), creó varios estímulos para las mismas: el denominado Plan Vallejo y el Certificado de Abono Tributario (CAT).

Con el primero se buscó hacer competitivas en los mercados foráneos muchas manufacturas colombianas, permitiéndole a los productores nacionales importar materias primas y tecnología extranjera sin ningún impuesto, para que una vez procesadas fueran reexportadas.

Con el segundo CAT, se estableció un subsidio a las exportaciones, que llegaba hasta el 12% del valor de las mismas, que se hacía efectivo a través de títulos valederos para el pago de impuestos, que eran de amplia acogida en el mercado bursátil.

Con tales exportaciones se buscaba “lavar” dólares y recibir el beneficio del CAT. El negocio era sencillo: firmas especializadas en la compraventa de dólares “negros” compraban a narcotraficantes gruesas sumas en los Estados Unidos, consignándolos allí en sus cuentas bancarias. Posteriormente, vendían en Colombia estos dólares en cheque a los “exportadores” quienes le entregaban a bancos o corporaciones financieras para que éstas procedieron a “legalizar” la exportación, tramitándola ante el Banco de la República, para recibir pesos y CAT.

Muchas instituciones financieras se especializaron en tal actividad, lo cual les reportó jugosas utilidades. Aunque es imposible calcular el volumen de las “exportaciones ficticias”, su porcentaje sobre el total de los registros aprobados se estima en 1980 entre el 10 y el 30%, según conceptos de funcionarios del Incomex. Además, el incremento de importaciones "no-reembolsables" es otro canal de "lavado" de dólares.

Es imposible calcular el volumen de las exportaciones ficticias de servicios, pero si resulta llamativo el hecho de haberse incrementado en plena bonanza marimbera y coquera. Entre 1975 y 1976 pasaron de US$ 465.3 millones (24.3% del total de las exportaciones) a US$ 873 millones (34.3% del total) cifra muy cercana a las exportaciones cafeteras. En 1981 los ingresos por servicios llegaron a US$ 1.734.3 millones.

El balance de la cuenta de servicios, alimentada por narco-dólares principalmente, liquidó un saldo rojo de 277 millones de dólares en 1983... el narco-dólar colombiano se había evaporado.

Los miles de millones de dólares “lavados” por los diferentes mecanismos fortalecieron todo el sistema financiero colombiano, no solamente por el hecho natural de que los dineros líquidos se encausan hacia las entidades captadoras, sino porque a través de algunas instituciones financieras se “lavan” dólares. La millonaria operación de “lavado” de dólares tuvo diferentes repercusiones para la economía colombiana:

1. Fue un factor acelerador de la explosión financiera a partir de 1970, que se caracterizó por el incremento desmesurado de los indicadores económicos y financieros fundamentales: entre 1970 y 1980 las reservas internacionales netas pasaron de US$152

a US$5.416 millones, los medios de pago se incrementaron de $ 22.177 a $314.287 millones; el ritmo de inflación pasó del 8% (1966-69) al 23% anual en el período 1970-1981. El interés subió entre 1966 y 1980 del 6% al 36% anual. El ahorro en certificados de

depósitos a término y en UPAC llegó, en 1881, a $229.000 millones, contra $ 34.000 millones en 1976.

2. Fomentó la inflación, pues se monetizaron miles de millones de dólares provenientes de operaciones que no habían contribuido a la formación de capital productivo ni a la generación de empleo que los importadores no alcanzaron a absorber.

3. La oferta de dinero llegó a superar la demanda crediticia del mismo, y para congelar a M, se pusieron encajes de 100 por 100. Resultado: Altos intereses, caída de las inversiones, desempleo e inflación.

4. El Estado Colombiano, en forma incoherente y sin una política definida frente al narco-dólar, patrocinó con paso tímido y encubridor el ingreso al país del fruto del narcotráfico. Los narco-dólares “lavados” pasaban fugazmente por el Banco de la República (sólo se depositaban momentáneamente mientras se hacía la operación contable para emitir pesos) con el destino, de nuevo, al país de origen, Estados Unidos, en donde el gobierno colombiano, a través de la “Cuenta Especial de Cambios”, los colocaba a rentar en bancos comerciales norteamericanos. Semanalmente, un avión “Hércules” de la FAC retornaba a los Estados Unidos parte del millonario cargamento ingresado al país en “verdes”. En esa forma la "ventanilla siniestra" era una puerta giratoria en donde el dólar entraba y salía sin demorarse en el país.

El narco-dólar tuvo su momento y hoy parece haber sido vencido por la yerba nativa de California y otros Estados de la Unión, y por las exportaciones directas de cocaína procesada de Bolivia y Perú a los mercados norteamericanos. En Bolivia hay provincias enteras que si no fuera por la coca, no podían subsistir.

La ocupación por el ejército boliviano de la región de Chapare llevó a que el Senado censurara al Ministro del Interior, y a que un Comité del Congreso recomendara llamar a cuentas al propio presidente Siles Suazo. El ejercitó se ha lavado las manos por su operación de Chapare distinguiendo entre "hoja de coca" —pan del pueblo indígena— y “cocaína”—pan de la élite gringa—. El despacho internacional cita a un oficial que dijo: “No tenemos na

da que ver con las hojas de coca. Sólo venimos a capturar a los traficantes y a desmantelar las fábricas de cocaína”. (NA 7)

(NA 7) N. Y. Times News Service, Joel Brinkiey, Cochabamba, re­producido en "El Tiempo", Bogotá, 1 -10-84, p. 6-c.

El manejo de la economía originada en los narco-dólares fue equivocado en Colombia. No supieron los gobiernos a los que les tocaron las bonanzas marimberas y coqueras aprovechar estas ganancias ocasionales del comercio exterior colombiano, como tampoco supimos aprovechar la ganancia ocasional por alza de los precios del café entre 1975-1977. La propuesta de los narcotraficantes de este año, no era mala, simplemente llegaba muy tarde cuando el comercio de exportación de la cocaína estaba decayendo para Colombia, y sólo seguía sirviendo el narcotráfico como pretexto sanitario para las intervenciones políticas antiguerrilleras de Washington en Colombia. Los activos que ofrecía la propuesta que hemos citado estaban ya muy menguados, y el posible capital repatriable estaba inflado y su reintegro al país no estaba asegurado.

La debilidad del Estado colombiano, como estructura totalizadora y directora de la nación colombiana, le impidió a los gobiernos de las bonanzas, administraciones López y Turbay (1976-1981) aprovechar racionalmente las ganancias ocasionales del narcotráfico para el crecimiento económico colombiano. Hoy, esta misma debilidad del Estado, y su completa ausencia en muchas regiones y actividades sociales, ha permitido la ingerencia política de Washington en diversas ramas del Estado con el pretexto internacional sanitario de exterminar las fuentes del narcotráfico.

Dentro de un Estado tan impotente y desprogramado como el colombiano, la guerra contra las drogas es un mecanismo de los gobiernos para mostrar poder y prestigio en un campo policivo, con ayuda externa, cuyo éxito puede medirse día a día por el número de “bajas” en detenidos, o en avionetas, drogas, laboratorios, fincas, dólares incautados a los narcotraficantes.

O se mide por hectáreas de marihuana y coca, y otras adyacentes exterminadas con los temibles herbicidas del paraquat y

el glifosato, por órdenes de la embajada de Estados Unidos. Esta politización impuesta desde afuera, desde Washington, sobre las relaciones de producción del narcotráfico determina, consecuentemente, la politización de la justicia colombiana en su capítulo de los delitos contra la salud.

La diplomacia de la droga ha venido politizando la justicia colombiana hasta el punto de que el embajador de Estados Unidos se ha convertido en una especie de procurador foráneo de los procesos que adelantan nuestros jueces contra el narcotráfico y otros delitos “conexos” en virtud de leyes colombianas, incluyendo el Tratado Internacional de Extradición, suscrito en Washington por Colombia y Estados Unidos el 14 de septiembre de 1979.

Este tratado se ha politizado hasta el punto de reducirlo en la práctica a los delitos que comprende el narcotráfico y particularmente a los delitos y contra los delincuentes señalados por los Estados Unidos. Hoy parece que el excelentísimo embajador Lewis Tambs no tenga nada más que hacer que ocuparse de la justicia colombiana y haya reducido su misión en Colombia a las funciones de director de la política antinarcótica en el país. Y más que de la política de la policía antinarcótica.

El gobierno del presidente Betancur en 1984 demostró reacciones muy dependientes en el campo del narcotráfico.

Desplegó los inusitados poderes del Estado de Sitio para organizaría persecución policiva y judicial de los narcotraficantes a raíz del asesinato del ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla que la voz de las comunicaciones le fue atribuyendo a la mafia blanca.

Sin embargo, por los contactos que Lara Bonilla venía cumpliendo en diversas fuerzas de la llamada nueva izquierda (guerrilleros, intelectuales, agitadores cívicos, comunicadores de la Internacional Socialista, etc.), Lara se perfilaba dentro de estos

grupos como un muy posible candidato unificador de la nueva izquierda para un frente popular nacional. Este desenlace próximo de la nueva izquierda colombiana posiblemente no le gustaba a las fuerzas reaccionarias del país y de los Estados Unidos; y de ahí que su asesinato también hubiera podido ser un crimen político.


El manejo caliente del problema del narcotráfico le impidió al presidente Betancur, frente a la propuesta de Panamá (tan mal presentada por el procurador general y por el expresidente López Michelsen) hacer lo que hace poco recomendaba mi noble profesor de derecho comercial en la Nacional, doctor Emilio Robledo Uribe a saber.

La primordial responsabilidad de los gobernantes colombianos es desarraigar el narcotráfico en Colombia, y si para ello ofrecen su colaboración los narcotraficantes ¿no será un deber de los gobernantes oírlos?

Y más adelante agrega: “Tendremos que negarles la patria a los narcotraficantes arrepentidos, y dejar que prospere el narcotráfico en Colombia —que no podrá desarraigarse sin la ofrecida colaboración de éstos— so pretexto de que la justicia de Estados Unidos pueda llegar a tener cuentas con ellos las cuales tendrían que ajustarías inexorablemente?” (NA 8)

(NA 8) Emilio Robledo Uribe, "El Diálogo con los Narcotraficantes", "El Tiempo, 2 de octubre de 1984, p. 5-A.

Las consecuencias del doble mal manejo económico y político de la lucha antinarcótica por todos los gobiernos, y que se debe en parte a la obra silenciosa de los prejuicios heredados, al miedo al Tío Sam y a compensar con bolillo la gran debilidad e incompetencia del Estado, es la mejor radiografía de la crisis del establecimiento colombiano.

En Colombia el problema es el bazuco, que no necesita extradición ni órdenes de los Estados Unidos para enseñarnos a tratarlo con glifosato o paraquat. Y simultáneamente con el bazuco está el problema grande que no les interesa ni a Reagan ni a Móndale, ni a nadie en la Casa Blanca: 150 mil niños que mueren anualmente por desnutrición y 3 millones de niños campesinos que no reciben ninguna educación y que así de romos se vuelan a la ciudad a fumar bazuco. Tenemos, pues, otros problemas y otros intereses más importantes que la extradición colonial.



PARTE PRIMERA

LOS PRECURSORES DEL NARCOTRÁFICO

CAPITULO I

Los Arhuacos - Estatutaria coquera — La reina de la coca —Coca signo viril —Dosis personal — Chibcha mambeo —Chibcha connection—Indios mulas —Tributación en coca— Otros narcóticos chibchas — La coca como dinero — Legado de Manco Capac.

Para las grandes culturas indígenas americanas el arbusto de la coca tenía un origen divino. Los incas la recibieron de Mama Oclio y Manco Capac, fundadores del imperio. Bochica de paso hacia el altiplano, enseñó su cultivo a los indígenas del río Chicamocha, proveedores de la hoja a los muiscas.

Y en los templos de Sogamoso y Chía los sacerdotes la usaban en los grandes rituales.

Se estima que su cultivo y consumo en el Nuevo Mundo data de más de mil años antes de Cristo. Su nombre proviene de una de las culturas más desarrolladas del Alto Perú, la Aymará, en donde se le llamaba kkoka, que significa arbusto.

Al arribo de los españoles, el cultivo, tráfico y consumo de coca y de sus derivados con calidades estimulantes, eran prácticas generalizadas entre los chibchas y otros pueblos del actual territorio colombiano. Inclusive, había tribus especializadas en su tráfico.

Fue tan voluminoso el tráfico de la coca que su importancia mercantil se deduce del hecho de haber sido la coca entre los chibchas uno de los productos que servía de base al intercambio, jugando el papel de moneda.

Pero no sólo consumían coca. Los chibchas eran adictos a una variada gama de narcóticos y alucinógenos vegetales, además de la coca, tales como el borrachero y el yopo, que era un rapé he –

cho de una semilla. (NA 9)

(NA 9) Gerardo Reichel-Dolmatoff, “Colombia Indígena-período prehispánico”, Manual de Historia de Colombia, p. 101, Colcultura, Bogotá, 1978

Era tan intenso el consumo de narcóticos en el Nuevo Mundo que el propio Cristóbal Colón quedó fuertemente impresionado en 1493, con los curanderos de la isla La Española, que aspiraban por la nariz un rapé llamado cohoba, que les producía visiones, les permitía diagnosticar enfermedades y adivinar los sucesos futuros.(NA 10)

(NA 10) Octavio Aparicio, "Drogas y Toxicomanías", p. 404, Editorial Nacional, Madrid, 1979

El consumo de la coca fue una característica de la mayoría de las culturas indígenas suramericanas. El tratadista Luis Duque Gómez señala que “el cocaísmo estaba bien extendido entre la población nativa antes de la llegada de los hombres de ultramar”. (NA 11)

(NA 11) Luis Duque Gómez, “El cocainismo en Colombia”, Boletín de Arqueología, v. i. p. 446, Bogotá, 1945.

El origen de la coca y la primera cultura que inició su consumo no se conocen. Pero se han encontrado restos de ella en sepulcros que datan de un milenio antes de Cristo. Vale la pena resaltar que el tratadista Buhler afirma que los arhuacos fueron los primeros conocedores de la droga (NA 12)

(NA 12) Remedios de la Peña Begué, "El uso de la coca en Améri­ca", Revista Española de Antropología Americana, p. 181, Madrid, v. 6, 1971.

Aunque poco se sabe sobre una de nuestras más grandes culturas, la agustiniana, de lo que sí se está seguro es de que sus integrantes fueron ávidos consumidores de coca, conclusión a la que han llegado los investigadores al analizar las características de su monumental estatutaria.

En efecto, el tratadista José Pérez de Barradas afirma: “Algunas estatuas de la cultura de San Agustín presentan abultamientos circulares en las mejillas que han sido considerados como representación de pelotas de coca”. (NA 13)

(NA 13) José Pérez de Barradas, “Antigüedad del uso de la coca en Colombia”, Revista de la Academia Colombiana, No. 11, p. 324, Bogotá, 1940

Entre ellas sobresalen el famoso doble yo, la cabeza en relieve de la estrella, y muchas otras, todas pertenecientes a la época floreciente de la cultura agustiniana. En los quimbayas, en el sitio llamado El Espejo (Quindío) se encontró una estatua con características que denotaban el consumo de coca.

La mayoría de cronistas españoles de la conquista, con muy contadas excepciones, legaron amplios relatos sobre el consumo de coca. Cieza de León, por ejemplo, señala: “En todas partes de las Indias por las cuales viajé me di cuenta de que a los indios les es muy agradable llevar hierbas o raíces en sus bocas... en los distritos de Quimbaya y Anserma... en los pueblos sujetos a Cali y Popayán”.

Otros tratadistas relatan cómo el arribo de los españoles el mambeo fue comprobado entre los indígenas asentados en las zonas que hoy constituyen Antioquia, Caldas, Bolívar, Magdalena, Guajira, Sabana de Bogotá, Huila, Cauca y Nariño. (NA 14)

(NA 14) Duque Gómez obra citada p. 446.

El consumo de la coca como narcótico constituía uno de los pilares culturales de las sociedades indígenas. Según sus leyendas, la coca tenía un origen divino.

Pardal afirma que “la masa del pueblo miraba la coca como un objeto sagrado y digno de admiración”. (NA 15)

(NA 15) Pérez de Barradas, obra citada, p. 325.

Los sacerdotes de Bochica la usaban como anafrodisiaco y para prolongar sus ayunos (NA 16), y en el Perú su cultivo era privilegio de los incas, los hijos del sol.

(NA 16) Enrique Pérez Arbeláez, “Plantas útiles de Colombia”, p.339, Litografía Arco, Bogotá, 1978

La mezcla de lo divino y erótico en la coca radica en que, según la leyenda, por voluntad de los dioses la primera planta de coca germinó en el cuerpo muerto de una bella cortesana.

A la coca los indígenas le atribuían todas las virtudes y bondades. Por ello, bajo el imperio de Mayta Capac, el cuarto inca, su esposa, la reina, por sus atributos y cualidades excelsas, era llamada por el pueblo la reina de la coca.

El consumo de la coca estaba íntimamente ligado a la virilidad del hombre indígena. La ceremonia de iniciación de los niños varones predestinados para jefes se realizaba entre los chibchas de la siguiente manera.(NA 17) “... después le perforaban la nariz y las orejas y le colgaban narigueras y zarcillos, lo vestían con las mejores mantas, lo presentaban al cacique, quien lo confirmaba en su ministerio, le daban nuevas mantas, un calabazo con cal y una mochila con coca”.

(NA 17) Edith Jiménez, "Los chibchas. Boletín de Arqueología, v. I, 1945.

Por el resto de sus días el futuro jefe llevaría siempre consigo, hasta la sepultura, el poporo con cal y la mochila con hojas de coca. Sería ésta una de las características que diferenciarían al hombre de la mujer, pues a esta última no le era permitido el consumo de coca. Hasta en esto fueron machistas nuestros antepasados.

El uso, preparación y consumo de la coca condujo a los chibchas y demás culturas indígenas a la elaboración de variados objetos artesanales y de orfebrería: mochilas para guardar la hoja, morteros de madera, piedra u oro para molerla, pipas nasales, finas cucharitas para introducirla a la boca y poporos, es decir, toda una sofisticada gama de artículos.

De éstos sobresale el poporo, que era un pequeño recipiente hecho en calabazo o en oro, según la jerarquía del consumidor, en el cual se llevaba la cal para mezclarla con las hojas trituradas de coca y producir así la síntesis que genera el alcaloide.

La mochila y el poporo eran compañeros inseparables del hombre indígena, pues en ellos portaba consigo lo que hoy llamaríamos la dosis personal.

El poporo era un símbolo de la cultura chibcha. Y para que no quedara duda de su trascendencia, nuestras autoridades monetarias lo estamparon no hace mucho en uno de los billetes del Banco de la República, y en moneda fraccionaria de veinte pesos.

La cal para liberar el alcaloide de la hoja de coca la obtenían por los más variados caminos: cenizas de hojas de guarumo (rico en cal), cenizas de huesos o caracoles o la extraían de canteras calizas o de piedras ricas en el mineral. Las leyendas o tradiciones no cuentan quién y cuándo descubrieron este proceso químico.

Las hojas trituradas y la cal se introducían y mezclaban en

la boca. Humedeciéndolas con saliva se formaba una bola que incesantemente movían de un lado a otro. Era el famoso mambeo, aún practicado por la mayoría de nuestros indígenas.

Al mambeo los chibchas dedicaban parte importante de su tiempo. Según los autores Henao y Arrubla, cuyos textos sirvieron a varias generaciones de colombianos, los chibchas dividían el empleo del mes en tres décadas: la primera en mambear, la segunda en cultivar sus labranzas y la tercera descansaban en sus casas.(NA 18)

(NA 18) Henao y Arrubla, "Historia de Colombia", p. 148, Libre­ ría Voluntad, Bogotá, 1952

El mambeo, hasta el arribo de los conquistadores españoles, estaba reservado para fechas especiales, festividades o eventos de trascendencia colectiva o individual. No era una práctica continua. Su consumo diario fue generalizado por los colonizadores peninsulares.

También utilizaban los indígenas la coca en la medicina: la infusión de sus hojas servía para curar males estomacales, bronquiales y dolores dentales. Se la consumía como estimulante y depresor en sus jornadas de ayuno. Y para otros efectos era el laurel criollo: con ramas de su arbusto ceñían las cabezas de sus bellas doncellas y emperadores nativos.

La coca, conocida entre los chibchas con el nombre de hayo, había provocado entre los indígenas el surgimiento de una amplia red de caminos y traficantes, para entrelazar los centros de producción con los mercados consumidores.

Como su cultivo es característico de regiones cálidas, se especializaron en él algunas tribus situadas al norte del conglomerado muisca, los pueblos asentados en ambas márgenes del río Chicamocha, es decir, chibchas y laches. Así, la cultivaban intensamente para la exportación los indígenas de Chitagoto y Ocavita, en la ribera izquierda, y los de Ura y Cheva, en territorio lache.(NA 19)

(NA 19) Germán Colmenares, “Historia económica y social de Co­lombia 1537-1719”, p. 282, U. del Valle, Bogotá, 1973,

Igualmente, con fines de exportación, se encontraron culti

vos en el valle del río Garagoa, en el pueblo de Gacha, cerca de Ramiriquí. A los pueblos productores de la preciada hoja llegaban semanalmente los traficantes de la época, los comerciantes indígenas de Busbanzá y Paipa, quienes adquirían la producción del valle de Chicamocha, y los de Sichacá e Icaga, quienes compraban las cosechas de las vegas del río Garagoa

Como podemos observar, las áreas de la coca estaban claramente demarcadas: unos pueblos la producían y otros la consumían, y para entrelazar a unos y otros, ciertas tribus se habían especializado en el tráfico, cuyos comerciantes, a lomo de indio, llevaban sobre sus espaldas las pesadas cargas de hoja de coca, a través de abruptas montañas y rudos climas, a los grandes centros de consumo del actual altiplano cundiboyacense.


Purchase this book or download sample versions for your ebook reader.
(Pages 1-25 show above.)