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Sociología Política de Colombia

Eduardo Santa

Ediciones Tercer Mundo



Sociología Política de Colombia

Radiografía de las inquinas partidistas

© Eduardo Santa

Ediciones Tercer Mundo

Diseño y diagramación

Ediciones LAVP

9082624010

New York USA

ISBN 9781370083848
Published by Smashwords Inc.



Todos los derechos reservados. Sin autorización escrita del autor-editor no se puede reimprimir esta obra por ningún medio escrito, electrónico, de audio, de video, o reprográfico. Hecho del depósito de Ley en Colombia.



INDICE



Preliminar

Presupuestos básicos para una sociología política

Los procesos históricos de nuestros partidos tradicionales

Las actuales estructuras políticas

Las diez grietas del sistema

La alternativa final





PRELIMINAR

Con este mismo título Sociología Política de Colombia publicamos hace ya cerca de diez años un pequeño libro en el cual tratamos de analizar algunos aspectos de la dinámica de los partidos tradicionales.

Agotada rápidamente esa edi­ción un grupo numeroso de amigos y discípulos me ha veni­do insistiendo reiteradamente sobre una segunda edición, a lo cual me había negado, entre otras cosas porque encon­traba incompletos y deficientes los planteamientos iniciales y porque he considerado que en diez años no solo se han modificado los presupuestos de la política nacional sino que, además, el autor ha revaluado algunas de las tesis expuestas en su primera salida.

Sin embargo, considerando de alguna utilidad el material que sirvió para la primera edición y de gran interés para el país el debate público sobre la política colombiana, me in­cliné por preparar esta nueva salida a la luz pública, con nuevos planteamientos y nuevas experiencias.

Quizás haya logrado la objetividad necesaria para analizar el proceso his­tórico de los partidos, sus propias estructuras y su incidencia en la vida nacional, cosa en verdad difícil en un país donde los partidos están en los territorios mismos del corazón.

Pisar sus dominios con el escalpelo en la mano para analizar sus tejidos en forma objetiva y sin complacencias ni compromisos, siempre ha sido considerado como peligrosa herejía lo cual, obviamente, ha sido un dique que ha impedido el desarrollo de la ciencia política en nuestro país.

Sin embargo en los úl­timos años los colombianos hemos empezado a sacudir pre­juicios y quizás ya estemos todas en capacidad de entender que una obra como esta se escribe con el afán patriótico da aportar luces en la interpretación del pasado y del presente de nuestra nacionalidad.

De tal manera, pues, que esta obra no fue escrita para hacer una diatriba ni un panegírico a los partidos ni a sus jefes. La ciencia política no puede estar subordinada a la simpatía o antipatía a grupos o personas, ni puede interferir en el análisis la política del compromiso ni el sentido gregario de la militancia.

Aspiramos, pues, a que los lectores, gente necesariamente ubicada en alguna comarca sentimental y afectiva de la política tradicional, y los jefes mismos de ellas, entiendan el sentido de esta obra no con la benevolencia —que nunca hemos pedido para nuestras obras— sino con la honradez con que deben juzgarse las obras alimentadas con entrañable amor colombianista. Esperamos que su lectura pueda ser de utilidad para los conductores de hoy y de mañana precisamente por su espíritu de crítica y no por el afán de complacencia, que no ha sido propiamente nuestra posición intelectual en el análisis de los problemas colombianos.

EL AUTOR




PRESUPUESTOS BÁSICOS PARA UNA SOCIOLOGÍA POLÍTICA

El hombre es un animal político. Esta frase expresada hace varios siglos por Aristóteles y repetida sin cesar desde entonces, dándole las interpretaciones más amplias o más restringidas, más cabales o más arbitrarias, calificada como la regla de oro de la sociología y como su piedra angular o punto de partida, es para nosotros también la frase con la cual debe iniciarse un estudio de sociología política.

Porque afirmar que el hombre es un animal social o un animal político no solo implica reconocer su carácter gregario sino también su capacidad deliberativa y consciente de darse una organización, de estructurar un estado, de darse una forma de gobierno, de establecer un sistema de normas o de rebelarse contra estas y aquellos, en fin, que su capacidad o su naturaleza gregaria no es simplemente un impulso o un instinto —como sucede en los demás animales gregarios— sino más bien una condición natural sujeta al perfeccionamiento mediante el ejercicio de sus facultades intelectuales en permanente evolución.

Ciertamente el hombre puede discutir sus formas de asociación, puede escogerlas, cambiarlas o superarlas. Su voluntad y su inteligencia inciden directamente en su propia vida social para producir las modificaciones anheladas.

De tal manera que si aceptamos que el gregarismo humano no es simplemente un instinto, una actitud irreflexiva o un impulso inconsciente, sino más bien una condición de su naturaleza intelectiva y que sus formas de organización social deben nacer de la deliberación, de la discusión pública, del análisis y de la crítica, cuando decimos que el hombre es un animal político implícitamente estamos afirmando su capacidad de intervenir en el manejo del estado y por lo consiguiente de hacer valer su opinión expresándola, representándola en su voto o luchando por ella con los medios que le brinden el sistema o las circunstancias.

Nos preguntamos, entonces, cómo puede el individuo participar efectivamente en la discusión pública y en el manejo mismo de la sociedad, a través de qué mecanismos puede cumplir ese cometido y cómo es posible valorar cuantitativa y cualitativamente su capacidad decisoria individual. Al principio puede parecemos esto una utopía —una de tantas utopías que a diario se fabrican en el campo de la ciencia política y que entran fraudulentamente a su caudal y aún llegan a institucionalizarse— pero esa aparente utopía puede convertirse en realidad dentro de un sistema auténticamente democrático en donde el hombre sea realmente un animal político y no apenas un animal gregario. El animal político es deliberante.

Pero no basta la deliberación de unos pocos para garantizar la supervivencia de un sistema democrático, ni siquiera la deliberación de todos, sino que es necesario que esa deliberación se canalice por conductos adecuados para producir la estabilidad o el cambio, según el caso, y que a esa misma deliberación se acompañe una acción pública con la fuerza suficiente de desencadenar las fuerzas motrices de la dinámica política.

Desde que el hombre piensa y actúa como animal político, es decir, como individualidad deliberante con poder decisorio, está actuando dentro de dos fuerzas que a través de toda la historia han configurado los territorios de la política y que son gobierno y oposición, conformismo e inconformismo, estabilidad y cambio, tradicionalismo y revolución.

Esas fuerzas reguladoras del mundo político dentro de las cuales debe moverse el hombre son precisamente la tesis y la antítesis de cuya controversia permanente fluye necesariamente la evolución de las comunidades políticas.

Y es de esa antinomia de donde nacen los partidos como vehículos de canalización de la opinión pública, como instrumentos dentro de los cuales la voluntad consciente de los ciudadanos se expresa y adquiere un valor cuantitativo o cualitativo capaz de producir los fenómenos que son estudio de la sociología política.

De tal manera que los partidos políticos esencialmente con-figuran un binomio: hombre-idea. En ellos ambas cosas son esenciales pues no puede concebirse un partido político sin hombres o un partido político sin ideas.

Las ideas constituyen la arquitectura de su doctrina y los hombres forman la estructura de su organización. Pero, además, ellos tienen su dinámica. En consecuencia, una sociología política debe enfocar los partidos desde este punto de vista: pensamiento-organización-acción.

Primero el hombre piensa, analiza, discute; luego se organiza para que su opinión encuentre los conductos adecuados y para que su voluntad tenga una expresión eficaz y pueda incidir en los destinos de la comunidad, y luego actúa individual y colectivamente para poner en marcha su pensamiento y para traducirlo en hechos conforme a una estrategia previamente definida.

Desde otro punto de vista y con otra perspectiva podemos afirmar, también, que los partidos políticos tienen una estructura y una dinámica. La estructura formal y material está constituida por las ideas y los hombres. Las primeras constituyen su doctrina, es decir, sus programas, y los segundos son base de su organización material.

La acción que desarrollen constituye su dinámica. Pero esa dinámica es fuerza o movimiento centrífugo y centrípeto a la vez. Es dinámica interna cuando el movimiento tiende a estructurar y a organizar el partido, cuando la acción se dirige a crear la arquitectura material del mismo; y es dinámica externa cuando el movimiento incide o se proyecta sobre toda la comunidad.

Pero para que la dinámica de los partidos no esté sujeta totalmente al capricho de las circunstancias o al azar, para que no actúen como fuerzas ciegas e incontroladas, los partidos deben tener una estrategia, un conjunto de normas de conducción coherentes con las realidades sociales, lo cual supone cierta dosis de flexibilidad y cierta capacidad de aprovechar las circunstancias y amoldarse a ellas sin sacrificar los principios fundamentales que inspiran sus doctrinas.

Esa estrategia supone por lo consiguiente la defensa simultánea de su organización y de sus programas, sacrificando en veces lo accidental para conservar lo fundamental, pero también supone la búsqueda de los caminos eficaces para la conservación del poder público, cuando el partido lo detenta, o para la conquista del mismo, cuando está en la oposición, o simplemente para aumentar el grado de ingerencia en el manejo de la comunidad y, sobre todo, cualquiera que sea su posición dentro de las jerarquías de la opinión, para conservar y aumentar su caudal numérico de integrantes, su prestigio y la solidez de sus programas.

Entonces, un partido político podría definirse como una agrupación temporal o permanente de personas guiadas por una directiva singular o plural, unidas por intereses o aspiraciones comunes, de acuerdo con un programa de principios y conforme a una estrategia para la conquista o la conservación del poder público o para ampliar el radio de su influencia en el manejo de la comunidad. Creemos que en esta definición están integrados todos los elementos constitutivos de un partido. Desmontemos el concepto anterior, pieza por pieza, para analizar —así sea someramente— cada uno de ellos:

1° Un grupo de personas. Estas son por naturaleza el elemento esencial y objetivo de los partidos. Los individuos son las células integradoras de los tejidos de toda agrupación social. Constituyen la base estructural de los mismos.

No es verdad que los partidos estén integrados o deban estar integrados por ciudadanos, es decir, por personas a quienes la ley les reconozca el ejercicio de los derechos políticos pues aún las personas que no tienen la calidad legal de ciudadanos pueden influir en la orientación y en la acción de los partidos, pueden estar afiliados a ellos y desarrollar una actividad a su servicio.

De otra parte las personas que por razón de la edad no han llegado a la ciudadanía son precisamente las reservas futuras de los mismos, su retaguardia, los relevos generacionales que garantizan su permanencia y su continuidad temporal.

Por esta razón los partidos deben preocuparse por el fortalecimiento, organización y adoctrinamiento de sus sectores juveniles creando comités de esta naturaleza. Se trata simplemente de fortalecer las células jóvenes y de capacitarlas en mejor forma para el correcto ejercicio de sus funciones políticas en el futuro.

Por estas razones no aceptamos las definiciones que se han dado por algunos sociólogos sobre partidos políticos montadas sobre el concepto de que son agrupaciones de ciudadanos. Para ser miembro de un partido solo se requiere, como requisito básico, tener capacidad deliberativa. Un partido político, desde este punto de vista, es comunidad de animales políticos.

2° Temporalidad. Los partidos políticos pueden ser permanentes o transitorios. La historia está llena de ejemplos en uno y otro sentido. En ocasiones una agrupación de esta naturaleza se organiza para alcanzar finalidades muy concretas que, una vez alcanzadas, significan la extinción de la comunidad política.

Por esta razón los partidos políticos que aspiran a lograr estabilidad y permanencia tienen principios básicos, normas generales de filosofía social y programas mínimos que tienden a satisfacer necesidades momentáneas.

De otra parte los partidos políticos tienden a desaparecer cuando se estatizan, cuando se anquilosan, cuando no renueven sus programas adecuándolos a las realidades sociales, cuando su dinámica no lleva el ritmo de la propia dinámica social o cuando carecen de una estrategia de conservación.

3° Una directiva. Es algo así como la cabeza, el cerebro, el centro motriz de la organización. Puede ser unipersonal o multi-personal. La jefatura única puede ser útil y necesaria en comunidades acostumbradas al caudillo, al líder carismático.

A veces es fenómeno natural, aunque pudiera ser inconveniente, cuando dentro de la comunidad política emerge una personalidad muy fuerte y autoritaria que logra imponerse sobre todos los demás.

La dirección unipersonal o multipersonal constituyen fenómenos intrínsecos a la dinámica del partido y pueden también estar condicionadas al momento histórico. En épocas de grandes crisis políticas ha surgido el caudillo capaz de superarlas con la autoridad necesaria para evitar la deserción y el deterioro.

4° Comunidad de intereses y aspiraciones. Las personas que integran un partido político necesariamente deben tener una comunidad de intereses y aspiraciones, las cuales constituyen el elemento aglutinante y le dan cierta unidad a la agrupación.

En virtud de esto todo partido político supone cierta homogeneidad demográfica. Un partido puede ser regional cuando el aglutinante es la lucha por reivindicar las aspiraciones de una provincia. Es racista cuando sus aspiraciones y su lucha son de este tipo como, por ejemplo, algunas agrupaciones de gentes de color que logran organizarse como partido.

Es religioso cuando se identifica con aspiraciones y propósitos de esta naturaleza o se inspira en principios o filosofías del mismo tipo, como los partidos católicos. Es clasista cuando agrupa personas de una misma clase social y sus programas tienden a establecer un gobierno de clase o cuando se lucha por reivindicaciones atinentes a la misma.

Es gremial —y esto es muy frecuente en organizaciones políticas transitorias— cuando la agrupación lucha por intereses propios de determinado sector dedicado a una actividad específica como los partidos mineros o los partidos agrarios que esporádicamente han aparecido en algunos países en algunas épocas históricas.

Pero —aún más— un partido puede no tener un interés de los anotados anteriormente, puede ser indiferente desde el punto de vista religioso, puede ser policlasista, etc., pero siempre habrá un común denominador que actúe como agente catalítico, como aglutinante, produciendo la homogeneidad demográfica: personas identificadas en la lucha por la libertad, por la democracia, por la monarquía, etc. Estas aspiraciones y estos intereses constituyen la doctrina del partido y están expresados en sus programas.

5° Los programas. Los partidos políticos, en realidad, no son fines sino medios. El fin perseguido a través de ellos, el fin último, es el bienestar de la comunidad, entendido e interpretado de acuerdo con la doctrina del mismo. El bienestar común puede ser una cosa diferente para unos y otros.

Libertad, justicia, igualdad, tolerancia, orden, autocracia, democracia, monarquía, anarquismo, etc., son formas y elementos dentro de los cuales puede encontrarse esa panacea denominada el bien común. Parlamento, sufragio, sindicalismo, corporativismo, abolición de clases, organización jerárquica, son elementos estructurales de la organización social patrocinados por los partidos para lograr la anhelada panacea.

No queremos incurrir en la manoseada ingenuidad de aseverar que la finalidad de los partidos políticos es la felicidad de los pueblos ya que, en verdad, la felicidad individual o colectiva no es problema de la política ni pueden darla los gobiernos, puesto que ella es elemento demasiado subjetivo que para unos puede llegar al propio masoquismo o al goce con el sufrimiento y la miseria o puede inclusive emanar de la propia ignorancia, del vicio o la abyección.

Pero al menos permítasenos afirmar que los partidos persiguen el bienestar común como un conjunto de fórmulas gubernamentales puestas en práctica sobre el terreno de la realidad y con las limitaciones propias de cada país y de cada época. Y ese conjunto de fórmulas, en abstracto, esos principios generales con los cuales los partidos pretenden llegar al bien común, constituyen su doctrina.

Son principios normativos generales y abstractos que lindan con los terrenos propios de la filosofía social. Pero, aparte de esto, que podríamos denominar programas básicos, dentro de los cuales deben moverse los partidos con alguna amplitud y por mucho tiempo, casi por toda su existencia, so pena de transformarse en otros, los partidos políticos tienen también programas mínimos, eventuales, transitorios, con los cuales están fijando en rápida y fugaz dinámica su posición frente a los problemas momentáneos del país o del mundo, dando soluciones a esos mismos problemas. Sin embargo un partido político puede carecer de un programa fundamental y organizarse para contemplar y solucionar problemas momentáneos de cualquier orden pero, entonces, su existencia está condicionada a la existencia misma del problema.

Son los partidos transitorios. Se organizan para combatir o derrocar una dictadura, para organizar la nación corporativamente, para obtener la independencia política, para sortear una crisis económica, para combatir un hombre o un sistema, etc. y para nada más.

Conquistado el propósito o superada la etapa histórica desaparecen. Solo un conjunto de principios básicos, un programa fundamental con entronque en la filosofía social, puede darle permanencia a los partidos.

Pero para lograr el bienestar de la comunidad los partidos deben luchar por la conquista de los instrumentos. No se puede transformar un país con la sola enunciación de los programas. Hay que obtener el poder público o, al menos, tener una decisiva intervención en los mecanismos de dominación, es decir, en el Parlamento, en el ejecutivo, en los diversos organismos de la administración pública.

Porque es desde ellos o con ellos que se procura el bien común. Y esto nos lleva a pensar que al lado de la doctrina, programas básicos y programas mínimos, los partidos deben tener una estrategia que les permita conservar, conquistar o compartir el poder público. De ella hablaremos más adelante.

6° La organización. Podría decirse que la organización in-terna es parte de esa estrategia y ello es en cierta forma una verdad incontrastable. Pero nosotros vamos a llamar estrategia no propiamente el movimiento de organización, de integración del partido como cuerpo, sino más bien las posiciones que ese cuerpo organizado vaya tomando en el tablero de la política general de la nación, sus relaciones con los otros partidos y con las otras fuerzas que se mueven en el ajedrez de las realidades sociales, en una palabra su modus operandi en cada una de las circunstancias de la vida social.

La organización de un partido supone la constitución de un núcleo central, de un epicentro de donde puedan emanar las órdenes supremas, las consignas y los propios programas. Su-pone una jerarquía del centro a la periferia, de arriba hacia abajo. Pero el poder o la autoridad de que gocen esas jerarquías supremas supone, al menos en una democracia, un movimiento de abajo hacia arriba y de la periferia hacia el centro. ¿De dónde pueden emanar los poderes y la autoridad que ejercitan los de arriba en relación con los de abajo? Naturalmente que de estos últimos que son la base de la organización.

Pero aparte del epicentro, del núcleo supremo de autoridad, de donde procedan las órdenes superiores para todos, llámese jefatura única, caudillo, directorio central, etc., debe existir en un partido moderno un conjunto de órganos regionales, gremiales o simplemente demográficos en los que se cumpla a cabalidad el principio de la división del trabajo y la consiguiente distribución de tareas y de responsabilidades.

Los partidos modernos están constituidos de tal número de organismos secundarios como para que a ellos se vinculen todos sus integrantes, como para que no se quede un solo miembro fuera de su organización como una especie de tuerca o de tornillo sueltos.

Dentro de esos organismos secundarios tenemos los comités regionales, los comités gremiales, los comités juveniles, las organizaciones femeninas, y todos los asociados tendrán que hacer parte, como células individuales, de uno de estos.

Bien porque se pertenezca a una región o a una zona determinada, porque se esté dentro de un gremio o dentro de una actividad laboral humana o porque se sea joven, viejo o mujer. Nadie podrá escapar a esta gama compleja de clasificaciones.

Pero aún dentro de ellas, en un partido moderno, caben otras divisiones que pudiéramos llamar terciarias que generalmente se denominan células, conjunto relativamente pequeño de personas incrustadas en esas clasificaciones geográficas, gremiales o simplemente demográficas, con directivas propias, con contactos personales permanentes y cada cual con tareas y responsabilidades específicas.

De otra parte algunos partidos modernos establecen también otras clasificaciones que suponen mayor o menor grado de autoridad y de responsabilidad, mayor o menor número de obligaciones y de derechos, como son las que corresponden a los militantes y a los simpatizantes.

Problema mucho más complejo en la organización de los partidos es el que se refiere a los medios de comunicación masiva. Porque no basta la existencia de un número determinado de organismos dentro de los cuales se encuadren los afiliados sino que también es indispensable la existencia de los vehículos de opinión dentro del partido para adoctrinar, para informar, para criticar, para debatir.

La discusión pública no es solo un fenómeno que se opere de partido a partido en el parlamento o en las plazas sino que esa discusión debe ser permanente dentro del mismo partido para que sus directivas reflejen exactamente el pensamiento de las mayorías propias, después de un examen en el cual puedan participar los asociados con la iniciativa y la autocrítica.

Pero los medios de comunicación masiva no son únicamente los vehículos de expresión sino que, hoy por hoy, los partidos cuentan con otros organismos que pudiéramos llamar instrumentos de servicio a través de los cuales se hace o puede hacerse un discreto proselitismo y son a la vez puntas de lanza o medios de penetración en la conciencia pública como por ejemplo los comités de alfabetización, los dispensarios de salud, las cooperativas de afiliados, los consultorios gratuitos que algunos partidos modernos sostienen para llevar su ayuda, su gesto de solidaridad humana, no solamente a los afiliados sino a los sectores en los cuales el partido quiere extender su radio de acción proselitista.

Esto nos hace pensar que los partidos modernos son empresas demasiado complejas en las cuales se quiere que todos y cada uno de los asociados participe, delibere, opine, critique y también reciba beneficios a manera de estímulos, es decir, que vea la acción de su partido, que a todo momento se sienta ligado a él, comprometido con él, vinculado a él no solo a través de sus deberes sino también a través de un cumulo de derechos correlativos a aquellos.

Pero volviendo al problema de los medios de comunicación masiva podríamos decir que ellos consisten en los periódicos, revistas, boletines, programas de radio y de televisión, centros culturales, cooperativas, dispensarios, consultorios, etc. de que se valen los partidos para cumplir estos tres principios fundamentales en su organización: instruir, informar y servir.


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