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EL ASESINATO DE SANDINO

Documentos testimoniales

recopilados por Eduardo Pérez Valle



PRESENTACIÓN

Hemos estructurado este documento sobre la muerte del Máximo Héroe de nuestra nacionalidad a la manera de un testimonio múltiple, si no estrictamente dialogal, al menos afecto de cierta forma dialogísmica. El resultado fue una mesa redonda monologada. En ella, al par que introducimos en la narración cierta dinamia por sí muy deseable, logramos ordenar cronológicamente los diversos aportes, para forjar el gran retablo trágico de la noche del 21 de febrero de 1934.

A lo largo de la exposición se encontrará a veces afirmaciones contradictorias, algunas probablemente erróneas, otras abiertamente falsas, pero que no hemos excluido, sino que hemos procurado conservar precisamente para dejar constancia de esos puntos oscuros en que deben centrarse futuras investigaciones; y que, a falta de otros méritos, siquiera dan relieve y contraste a las verdades fundamentales.

Las declaraciones de Bliss Lane pretenden dejar cimentada la no ingerencia, la neutralidad e inocencia de los yanquis frente al asesinato; pero algunos de sus mismos párrafos descubren el juego y demuestran todo lo contrario.

Con esta edición renovamos nuestro homenaje a la memoria del General de Hombres Libres, cuando ya es una luminosa realidad su palabra profética: “Nosotros iremos hacia el sol de la libertad o hacia la muerte; y si morimos, nuestra causa seguirá viviendo: otros nos seguirán”.

Participan en este Testimonio:

GUSTAVO ALEMÁN BOLAÑOS
Escritor, autor de varios libros sobre Sandino.

PABLO EMILIO BARRETO
Periodista, antiguo reportero del diario La Prensa, de Managua.

ARTURO BLISS- LANE
Ministro de los Estados Unidos en Nicaragua.

SALVADOR CALDERÓN RAMÍREZ
Ministro de Nicaragua en México, delegado de Sandino a los arreglos de paz con el Presidente Sacasa.

ABELARDO CUADRA VEGA
ex-Teniente de la Guardia Nacional, hombre de confianza de Somoza y uno de los participantes en la conjura contra la vida de Sandino y sus lugartenientes.

GUILLERMO E. CUADRA G.
Antiguo miembro de la Guardia Nacional; primer graduado en la Academia Militar de Nicaragua.

JUAN FERRETTI
Coronel del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional y uno de los ayudantes de Sandino.

FRANCISCO GURDIAN G.
Periodista del desaparecido diario La Noticia, de Managua.

MARIO PARODI
Comerciante e industrial de Managua.

SERGIO RAMÍREZ MERCADO
Escritor, Vice-Presidente de la República.

FRANCISCO RODRÍGUEZ
Chofer del carro oficial del Ministro de Agricultura de Sacasa, Sofonías Salvatierra.

SACK
Ministro de los Estados Unidos en Costa Rica.

SOFONÍAS SALVATIERRA
Ministro de Agricultura del gobierno de Sacasa y Delegado del Ejecutivo en la zona norte del país.

GREGORIO SANDINO
Padre de Augusto C. Sandino.

JAMES SAXON
Escritor norteamericano que visitó Nicaragua a raíz de la muerte de Sandino. Recogió sus averiguaciones en el libro Sailing South American Skies.

CESAR VIVAS
Periodista, redactor del fenecido diario La Noticia, de Managua.





CALDERON RAMÍREZ:

Esta parte de mi testimonio se refiere a lo acaecido hace más de un año, durante el viaje de paz del General Sandino a Managua, en 1933. Pero es bueno exponerlo porque ofrece importantes facetas de la personalidad del Héroe.

El 2 de febrero acababa de arribar el General a la Casa Presidencial, en medio del alborozo del pueblo, cuando yo llegué a esa mansión.

Había pedido en esos momentos un vaso de agua, y, al llevárselo, ofrecierónle finísimo cognac; pero él negóse a tomarlo. Ante la instancia de los allí presentes, él repetía:

Agua clara de montaña es lo único que he tomado en estos últimos años”.

Serenado un tanto, y después de pasearse en el recinto, enlazó mi brazo con el suyo y erramos por los corredores. Mientras caminábamos, díjome:

Yo no dispararé un tiro más. Haremos la paz, aunque se opusiera el mismo señor Presidente. Mi resolución es irrevocable. Por ese ideal he venido, desafiando los riesgos y haciendo cara a los rencores y odios de la Guardia. Para mí no quiero absolutamente nada; solamente garantías para mi gente. Mis hombres, después de la agitación de la guerra, necesitan templar sus músculos en el trabajo. Mi suprema aspiración se reduce a tonificar sus rudas conciencias con la coherencia y la disciplina del orden. Así como los llevé al matadero para repeler a los invasores, anhelo, hoy día, hacerlos entrar en el deber y enseñarles que si el ayer era de pólvora, destrozo y aniquilamiento, el hoy y también el mañana deberán ser de actividad constructiva y de fecunda reparación”.

Cubierta tenía la cabeza con un sombrero de amplias alas, anudado al cuello un pañuelo de roja seda, abiertas las solapas de su blusa, dejaban ver: una cadena de oro, su pluma de escribir, la canana nutrida de cartuchos y el pomo de una pistola calibre 45.

Más tarde, quedábase recostado en un sillón, al parecer abstraído en una idea fija; concentrado su espíritu en una especie de fantaseo teosófico, colmado su cerebro de visiones astrales, ultraterrestres.

Al tornar al mundo de las realidades abrió el chorro de su palabra sibilante, atropellada y nerviosa. Los moldes del lenguaje hablado parecían estrechos para plasmar y contener el material intangible de sus llameantes ideas, las cuales brotaban de los recónditos senos de su conciencia como carbones encendidos o como las piedras y las lavas candentes de un volcán.

Le veía allí en frente: congestionadas las mejillas, coronada la frente por su cabello lacio e hirsuto, deshaciendo la hilaza de su plática, acompasando su voz con los ademanes de sus brazos que encogía y estiraba, moviendo su cuerpo como si ejecutara los esguinces de un esgrimista.

Serenóse y en los mohines de su rostro y en los pliegues de su sonrisa, que sus labios dibujaban apaciblemente, mezclábase ahora la lumbre irónica y melancólica de nuestros aborígenes.

Por último, cuadróse a pocos pasos de mí, y formando con sus pies, forrados de botas altas, un ángulo de 45 grados, y al mismo tiempo agitando con su diestra el chambergo que semejaba ala potente de águila que iba a batir el espacio, finalizó su perorata con estas palabras:

Hoy por hoy —como dice una revista que recibí del Uruguay— nuestro gran negocio es el negocio de la paz”.

Guerra a la guerra, pues la concordia debe ser el dogma de todos los nicaragüenses. Yo no pongo condiciones. No deseo más que el convenio pacífico contenga términos de honra nacional. Nada para mí y garantías para mis muchachos”.

CESAR VIVAS:

Durante las últimas horas de la tarde de su último viaje a Managua (21 de febrero de 1934), Sandino recibió la visita del reportero Julio César Aguilera (Bachiller Aguilera), quien era reportero de La Nueva Prensa, de Gabry Rivas, y gozaba del aprecio del guerrillero.

Horas antes Aguilera junto con otros reporteros había entrevistado al Jefe Director de la Guardia Nacional en el Campo de Marte, quien hizo algunos comentarios a unas declaraciones anteriores de Sandino.

Somoza dijo en su entrevista que Sandino había dado unas imprudentes declaraciones a la prensa nacional al hablar de sus propósitos de gobernar en una región del país, lo cual —dijo Somoza— la Guardia Nacional no lo puede tolerar. Luego hablando como él acostumbraba en sus conferencias de prensa off the record, comentó: “Sandino ha firmado su propia sentencia de muerte”.

La tarde de ese día de la entrevista con Somoza —como dejamos dicho— el bachiller Aguilera visitó a Sandino en casa del señor Salvatierra. A esa hora tanto el señor Salvatierra como don Gregorio Sandino, el propio Sandino y sus ayudantes se preparaban para partir hacia la Presidencial donde el Presidente los esperaba con una cena.

El guerrillero recibió cordialmente al bachiller Aguilera y le ofreció un folleto bolivariano, de los mismos que había obsequiado a otros amigos durante su anterior o penúltimo viaje:

Aguilera al ver a Sandino que se dirigía al carro que lo conduciría a la Presidencial en un viaje del cual no volvería más, le dijo: “General, ¿no teme usted que le suceda algo?”

El guerrillero, ajustándose su chaqueta de cuero, replicó ya como despidiéndose: “Tenemos que correr riesgos y estoy dispuesto a todo”.

FRANCISCO GURDIÁN:

Sandino fue preavisado de su propio asesinato y el de los suyos con bastante antelación; pero el guerrillero no quiso creerlo. Y aducía que estaba en muy buenas relaciones con el Presidente Sacasa y el General Somoza, Jefe de la Guardia Nacional.

Este mismo trágico día Sandino era homenajeado con un almuerzo íntimo en el Club Internacional, que se ubicaba sobre la Avenida Bolívar, 100 varas al Sur del Parque Central.

Al medio día un grupo de jóvenes sandinista llegaron azorados a buscarlo en su alojamiento. Los recibió Sócrates Sandino, quien les indicó el lugar donde el General debía almorzar con los amigos.

—Esto es urgente. Debemos verlo. —¿De qué se trata?

—De algo grave, que incumbe a todos.

El grupo, integrado por los estudiantes universitarios Luis Bermúdez, Juan José Meza, Carlos Castillo Ibarra, Carlos Hernández Salinas y Mario Valle, tomó un coche de caballos y se encaminó al Club Internacional. Ya con Sandino, en un aparte, le expusieron lo que sabían, y que en casi todo Managua se sabía también, a través de un rumor que corría de boca en boca y se acentuaba por momentos: que algo se tramaba contra él.

Los mismos estudiantes, ante la negativa del General de tomar precauciones, sólo quedaron esperando el trágico desenlace.



CALDERÓN RAMÍREZ:

El General Portocarrero y yo fuimos a recibirlo. Hacía un año que nos habíamos separado, y nuestro encuentro fue de lo más efusivo y cordial. La primera plática la tuvimos en la casa de don Sofonías Salvatierra, donde él, su hermano Sócrates y tres o cuatro compañeros se alojaron.

Mientras Sandino daba unos cuantos golpes de cepillo a su traje y preparábase para marchar con nosotros a la Casa Presidencial, nos dijo:

Persevero en el propósito de entregar el resto de armas, cumpliendo así el pacto que firmamos el 2 de febrero del año pasado. Solamente deseo que el gobierno garantice la vida de mi gente. Yo sostengo que es indispensable encauzar la organización de la Guardia conforme a las normas constitucionales. La Intervención extranjera dejó una serie de acuerdos ilegales que anulan las facultades y prerrogativas del Comandante General y de hecho ponen el poder militar del país en manos de la Guardia. De esta manera, el señor Presidente tiene nada más que apariencias de mando. Los supremos dictadores son los miembros de la Guardia, y como ésta abriga pasiones de odio, temo un atentado de ella contra nosotros. Mi resolución es marcharme de Nicaragua y solamente pido protección legal para los que integran la colonia agrícola que he formado en Wiwilí. Si el Ejecutivo no puede promulgar la nueva reglamentación, conciliándola con nuestra carta fundamental, puede llevar a cabo esas reformas la Asamblea Nacional”.

Hogaño habíase transformado en un completo gentleman el guerrillero de antaño. No usaba ahora armas ni arreos bélicos Vestía con un terno gris-perla, de corte inglés, correctamente tallado, ostentando corbata negra que se destacaba sobre la pechera suave de una nívea camisa. La cadena de su reloj estaba dividida en ambos lados del chaleco; y en la bisectriz del ángulo, formado por los dos hilos de oro, colgaba un relicario que, según me informaron, guardaba el retrato de su esposa Blanca, que acababa de morir”.



FRANCISCO RODRÍGUEZ:

—El 21 de febrero de 1934, entre 5 y 6 de la tarde, salí, como chofer que era, de casa de don Sofonías, llevando en el carro oficial Chevrolet a Sandino, su padre, don Gregorio, a mi patrón, don Sofonías, y a los generales Francisco Estrada y Juan Pablo Umanzor. Iban para la Presidencial.



SALVATIERRA:

El 21 de febrero se hizo público el arreglo de la cuestión segoviana, y los diarios pidieron copias de las cartas para publicarlas. De la Casa Presidencial consultaron al general Sandino su opinión, y éste contestó que no veía inconveniente en darlas. Tenía dispuesto ir al otro día a Niquinohomo a ver a su mamá, y en la tarde fue a la Casa Presidencial a verificar una gestión a favor de su amigo el doctor Escolástico Lara. Yo le envié el automóvil de la Secretaría de

Agricultura, y poco después de las cinco de la tarde llegó acompañado del propio señor Lara, de su padre don Gregorio y de los generales Francisco Estrada y Juan Pablo Umanzor. Pocos minutos después salió el Presidente, y en torno de Sandino se hizo una rueda de amigos distinguidos. El héroe segoviano hablaba con buen humor; refería episodios de la guerra constitucionalista, que todos oían con agrado por la manera interesante con que se expresaba.



BLISS LAME:

Ayer en la mañana recibí a Somoza, quien me había telefoneado que deseaba verme urgentemente sobre un asunto importante. Me informó que el Presidente había intercambiado cartas con Sandino, implicando que la Guardia debía ser organizada dentro de seis meses; también que el General Portocarrero, ex-candidato sandinista para Presidente, había sido escogido como delegado del Gobierno en los Departamentos de Estelí, Nueva Segovia, Jinotega y Matagalpa.

Somoza, quien pareció inusualmente excitado, declaró que el nombramiento de Portocarrero era un insulto a la Guardia, y pondría a la misma bajo el control de Sandino. Le aconsejé calmarse y sugerí que yo conferenciara con Calderón Ramírez para determinar la verdadera situación. Somoza me dijo que él deseaba proceder inmediatamente contra Sandino, y que si yo le hacía un simple guiño de ojo, lo encarcelaría (would “lock him up”). Nuevamente aconsejé cautela y le sugerí las posibles consecuencias de cualquier acción violenta, tal como una guerra civil.


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