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GENERACIÓN X:

Sólo Para Ser Leído Por Cualquiera




Memorias y Desventuras de alguien que no

eligió nacer en los sesenta, pero que igual lo hizo.


CARLOS GUSTAVO FARINA







Dado que seguramente usted, lector, acostumbra saltarse el prólogo, esta vez no le daré el gusto:




¡No hay prólogo!

¡Adelante con las historias!






ESCOLARIZANDO


No estoy del todo escolarizado, esa es la verdad. Y aunque el verbo escolarizar y sus conjugaciones me resulten de por sí desagradables, porque prefiero decir “ir a la escuela”, debo reconocer que una parte de mi vida como estudiante estará por siempre incompleta: el Jardín de Infantes.

Promediando los años sesenta tuve edad suficiente para iniciar esa etapa de mi vida. Los padres de entonces no se creían obligados a enviar a sus hijos al Jardín y, por ende, no sentían culpa si los chicos se quedaban en casa hasta que les tocara comenzar primer grado.

La presión social a veces hace que mucha gente se corte el pelo, se ponga de novio, y hasta se case y tenga hijos casi sin advertirlo.

Imagino, de todos modos, que a mi madre le resultaría un poco pesado ocuparse veinticuatro horas al día de tres infantes, muy seguidos en edad, empezando por el mayor de cinco años y terminando con la menor, de dos años. En el medio estaba yo, con mis cuatro abriles.

Quizás para aliviar, aunque sea un rato, esa carga es que inscribió a sus dos hijos mayores en el turno vespertino del Jardín n° 2, estatal, ubicado en Origone y Uriburu – así se llamaba entonces Boulevard Buenos Aires – de Monte Grande.

En ese tiempo, a muy poca gente se le ocurriría elegir un establecimiento educativo privado y menos para algo considerado tan superfluo como el preescolar.

El recuerdo es vago y borroso, pero adelanto que mi madre no logró por mucho tiempo su objetivo de quedarse tranquila un rato por las tardes, de lunes a viernes.

Mi hermano comenzaba un abundante y sonoro llanto apenas se le comunicaba que debería asistir a clase; esta conducta no admitía interrupciones y solamente cesaba minutos después de haber regresado a casa.

Por mi parte evitaba el llanto, lo cual no implicaba en modo alguno conformidad con la decisión materna: subía con rostro adusto a la destartalada Estanciera que hacía las veces de transporte escolar y evitaba todo tipo de comentarios en el trayecto.

La fábrica Amat, en su esplendor, indicaba que estábamos llegando; se erguía orgullosa, sin sospechar su futuro de hipermercado, quiebra judicial mediante.

No recuerdo quién tuvo el dudoso privilegio de ser mi maestra en aquella etapa y sería deseable que ella tampoco me recordara.

Sí, en cambio, he retenido un cerco alambrado, barnizado de óxido en el patio y un paisaje descampado alrededor, donde ahora está el Colegio Naciones Unidas.

De mis compañeros, solamente me acuerdo de María del Carmen: su pelo castaño y brilante se ordenaba con dos prolijas colitas. Tenía pecas y mi misma edad.

Es difícil saber cómo empezó la cosa, quizás me le acerqué y ella intentó escapar corriendo; quizás ella corría por otro motivo y yo quise seguirla. La cuestión es que ni bien la pecosa se percataba de mi diminuta presencia, emprendía una rápida carrera en dirección contraria a donde yo me encontraba. Si estábamos en el patio, la niña se refugiaba en el aula.

Por mi parte, no me rendía ni mucho menos. Corría detrás y lograba alcanzarla en algún rincón, pues los varones solemos correr más rápido. Me paraba frente a ella y entonces alternaba miradas a sus ojos con miradas a las puntas de mis zapatos.

María del Carmen, para no ser menos, combinaba con destreza gritos y lágrimas al verse acorralada.

Yo me retiraba.

El ritual volvía a empezar poco después.

El lector sospechará, posiblemente, que yo gustaba de María del Carmen y no sabía expresarlo. Es probable que así fuera, pero debo ser honesto y admitir que no recuerdo cuáles eran mis sentimientos mientras la perseguía; es evidente, eso sí, que ambos no comprendíamos bien la finalidad de esas reiteradas carreras.

Para fortuna de esta niña, mi hermano siguió tomando medidas de fuerza contra la decisión inconsulta de integrarlo al proceso educativo y logró que mi madre nos retirara a ambos del establecimiento.

Me enviaron a Jardín muy pocos días.

Apenas si recuerdo haber hecho llorar al sexo opuesto y nada más.

No sé si alguna otra mujer vertió lágrimas por mí desde ese entonces.





PRIMER DÍA DE CLASES


Mi experiencia de deserción escolar no podría haber sido más precoz: abandoné Jardín de Infantes a pocos meses del ingreso.

Sin embargo, nada es para siempre. Inevitable como la muerte y los impuestos, se aproximaba - a fines de los años sesenta - el momento de comenzar primer grado.

La escuela elegida por mis padres era la número 43, dependiente del Estado Nacional y ubicada en Arana 37, frente a la plaza de la Estación.

- Te va gustar la escuela, vas a ver que te va a gustar – repetían mis mayores con una insistencia que, aún a mi corta edad, robustecía en mí la certeza de que la escuela no iba a gustarme en absoluto.

Me tocó el turno de la tarde. No sé si por decisión paterna o porque al momento de anotarme ya no había opción; al menos, las desdichas que con certeza me esperaban no me agarrarían mal dormido.

Por fin llegó el día. Todo en mí lucía flamante y lo era. Un portafolios llamado cartera, de cuero o algo similar, con dos hebillas plateadas en su frente alojaban un cuaderno sin forrar e inexplorado. El guardapolvo me quedaba holgado, pues mi madre, previsora, escogió un talle que me serviría más adelante.

Me serviría para más adelante, claro. Pero no me servía ahora.

Mi hermano empezaba segundo grado y su cara de desesperación me resultaba un signo, inequívoco, de que algo siniestro debería esconderse en esos claustros.

Al llegar, ingresamos por una especie de zaguán o pasillo corto. A la derecha había una oficina, señalada por un cartel metálico y opaco que decía Dirección.

El edificio tenía un patio central rodeado por aulas. Todo ello le daba un aspecto de casa colonial aunque eso, claro está, lo supe años más tarde.

Formamos en ese patio, al que después llamaría colonial, por orden de altura creciente y a mí me tocó el primer lugar. Si hubiésemos formado por orden de masa corporal, yo hubiese ocupado la misma posición: no sólo era el más petiso, sino el más flaco y esmirriado.

Una señora que juzgué muy vieja, ya que fácil pasaba los treinta años, dijo unas palabras de bienvenida.

En la fila, detrás de mí - bueno, todo en la fila ocurría detrás de mí - se escuchaban llantos, algunos desconsolados.

No quise darme vuelta, pues supuse que la vieja treintagenaria iba a reprenderme. En realidad, desde el momento en que formé fila no hice otra cosa que mirar el piso, por eso recuerdo tan bien ese mosaico beige, acanalado.

Por esos canales, formando fila a la hora de la salida en días posteriores, vi correr más de una vez anónimos ríos dorados, fruto de una espera demasiado larga y de una vejiga aún demasiado pequeña.

Unos grandulones se acercaron a un poste alto llamado mástil y colgaron una bandera celeste y blanca, que en casa habían tenido la precaución de explicarme que era nuestra enseña patria.

Así las cosas, la Señorita Alicia de Niz, porque usaba el apellido de casada pero aun así era señorita, nos acompañó hasta el aula y nos dijo que, a partir de ahora, sería nuestra maestra.

El salón de clases estaba al fondo, a la izquierda y me sentaron con Luis, a quien - como imaginarán - jamás había visto. Yo estaba del lado de la ventana, ésta daba a un estrecho pasillo cercado por una medianera verde y descascarada.

No recuerdo de qué habló la señorita durante las horas siguientes, pero la clase se me hizo larga y extraña. Más de una vez me ha pasado: conservar una sensación sin recordar qué fue lo que la causó. Sí tengo muy presente que, mirando a la ventana, en voz muy baja, lancé una frase desesperanzada:

“- No voy a salir nunca de acá.”

Me equivocaba. Cerca de las cinco de la tarde, sonó un timbre y nos formaron nuevamente.

Bajaron la bandera y mi cara seria, la misma que tuve desde que ingresé, me hizo quedar como el patriota que esperaban que fuera.

Mi pole position me aseguró ser el primero en salir, apenas hubimos pronunciado el “- Has – ta – lue – go – se – ño – ri – ta.” de rigor.

Afuera, me esperaba mi madre y todo volvía a ser conocido.

Por el momento, si la escuela era el segundo hogar, yo seguía pensando que con un hogar, el que tenía, me alcanzaba.





NOVIA EXTRANJERA


Dicen, quienes presumen de saber, que no hay que ponerse de novio siendo muy joven.

Yo no hice caso de ese consejo y formé pareja antes de cumplir los seis. Esto fue a pocos días de haber comenzado mi educación formal, en turno tarde y con la resignación propia de quien sabe que no existen alternativas: la escuela o barrer las calles de grande, sostenían mis mayores, pero no me dejaban elegir.

Decía que en ese primer grado conocí a Gaia y me puse de novio sin más trámite; lo de sin más trámite debe tomarse al pie de la letra, porque a esa edad no es necesario el consentimiento de la otra parte. Es más, la media naranja suele no enterarse siquiera y el romance no es, por ello, menos tórrido.

En mi caso, Gaia jamás sospechó que era mi novia y no llegamos, siquiera, a cruzar palabra.

Ella era linda e italiana. Llevaba pocos días viviendo en Monte Grande.

Su piel muy blanca contrastaba con un pelo negro y brilloso que rozaba sus hombros, formando melenita.

Recuerdo mi sorpresa cuando descubrí que, pese a su edad, Gaia no sabía hablar. Bueno, saber sabía – pensaba yo - pero hablaba muy mal, no se le entendía. Por ejemplo, no decía mamá como cualquier infante sabe hacerlo: decía mama, sin acento y arrastrando un ratito la segunda m, cual si le costara soltarla.

Pero, pese a sus extravagancias yo la quería; la venda del amor enceguece y anestesia.

En los recreos, Gaia no jugaba con las demás nenas. Solía estar con una maestra de otro grado. Me llamaba la atención que esta maestra, cuando se dirigía a ella, en lugar de corregirla, hablaba igual de mal. Dios las cría y ellas se juntan.

Confieso que mi pasión me llevaba a observarla con mucha frecuencia. Sin embargo, cuando sus ojos apuntaban a los míos, mi mirada comenzaba a pesar cada vez más, hasta estrellarse contra el suelo de manera irremediable.

Cada tarde, al acercarse la hora de volver, planeaba entregar a mi prometida una galletita azucarada, reservada especialmente desde el último recreo. Imaginaba su suave mano rozando la mía al dar las gracias.

Y cada tarde, esa galletita descansaba en mi bolsillo hasta llegar a casa.

El mundo es de los valientes, no mío.

Pero pese a mi timidez, Gaia podía confiar en que allí estaba yo para protegerla. Más de una vez fantaseé con que alguien viniera a pegarle, para tener oportunidad de ejercer una heroica defensa. Ahora bien, si las agresoras eran nenas, no resultaba correcto que les metiera unas piñas; y si eran varones, seguramente yo terminaría cobrando también, petiso y esmirriado como era. En ambos casos, mi posición no resultaba nada seductora y por eso abandoné pronto ese difuso anhelo.

La relación llevaba dos meses y, por lo que ya saben, literalmente no habíamos tenido un sí ni un no. Es que todo transcurrió sin sobresaltos hasta esa semana fatídica en que un lunes, pasado el mediodía, llegué al colegio y Gaia no estaba.

Quizás se encontrara enferma. No pregunté, para no violar el pacto de confidencialidad que conmigo mismo había celebrado.

El martes pasó de largo sin novedades y sin Gaia.

El miércoles, María del Carmen, una compañera, dijo en clase:

- Señorita ¿por qué faltó la nena que vino de lejos?

La maestra sonrió tímidamente. Quizás nunca hubiera tocado el tema de no haber mediado esa pregunta:

- ¿Gaia? No, Gaia no va a venir más. Volvió a Italia con su mamá y su papá.

Esa tarde soleada de mayo mi cielo, de golpe, se volvió plomizo. El aire se hizo espeso, asfixiante.

Aquel viejo y gris edificio de la escuela 43 pareció derrumbarse sobre mi esperanza.

Gaia se fue vivir a Italia: la frase suena como un pésimo pareado.

El dolor de su ingratitud me acompañó tres días. O quizás más.

Superarlo no fue fácil ni instántaneo, pero la vida siempre vuelve a empezar.

A la distancia, un mes después y con la madurez que otorga la media docena de años recién cumplida, reflexioné:

- Esa chica no era para mí. Y no sé si en Italia va a encontrar quien le aguante esa costumbre de hablar con tantas “i”, sin que nada se le entienda.





LA SEÑORA DE ROBLES


La Señora de Robles jugaba canasta con otras señoras. Se reunían cada tarde en la casa de mi abuela paterna, allá por Rojas al trescientos.

La Señora de Robles estaba casada con el Señor Emilio Robles, viejo y asmático vecino.

Todo el mundo conocía en Monte Grande al señor Robles; tenía fama de ser un caballero.

Ella fue linda de joven y él supo tener plata; esto facilitó su mutuo enamoramiento y sus posteriores nupcias, según se decía.

La Señora de Robles opinaba sobre todo los temas con esa seguridad y certeza que sólo proporciona la ignorancia.

Admiraba a Nicolino Locche. Recuerdo sus elogiosos comentarios, acerca de esa fantástica habilidad que el mendocino tenía para esquivar los embates adversarios y pegar solamente unos golpes que le permitían ganar cada pelea.

- Locche es un verdadero boxeador, no necesita pegar mucho.- decía.

Y remataba:

- Lo que se dice un verdadero boxeador.

Yo, con mis diez años, estaba de acuerdo.

Ahora, que sigo admirando al gran Nicolino, creo que el concepto de un verdadero boxeador – si por verdadero entendemos típico - tiene más que ver con el tipo que da piñas a lo loco y no con el que apenas castiga.

No siempre era criteriosa la Señora de Robles.

Además, resultaba notoria y desmedida su parcialidad cuando de hablar de los logros de los hijos se trataba.

Si alguien contaba que a un pariente le iba bien, tal relato jamás impresionaba a la Señora de Robles: siempre tenía a mano una anécdota en la cual a su hijo o a su hija – en idéntico rubro - le había ido mejor.

A veces fanfarroneaba la Señora de Robles.

De chico, junto a otros pibes, yo jugaba con su nieto.

A la bolita jugábamos, como nenes de barrio.

Cierta vez, este nieto del que hablo había efectuado un canje que, a la distancia, juzgo desigual: mi hermano y yo obtuvimos doce flamantes japonesas entregando a cambio un bolón lechoso de superficie irregular, secuela innegable de pasadas colisiones.

No obstante, el nieto estaba contento con el pacto y corrió a contar a su abuela la buena nueva. Ella, como siempre, jugaba canasta junto a mis abuelas y otras señoras.

- ¡Mirá, abuela! ¡Conseguí un bolón! – la alegría brillaba en los ojos del niño, que sostenía con dos dedos su nueva pertenencia.

¿De dónde lo sacaste? – dijo, cortante.

Se los cambié a los chicos por doce bolitas chicas. Yo no tenía ninguno de estos…

¡Pero está todo roto! ¡Es una porquería! Devolvéselo.

No, a mí me gusta…

Devolvéselo y pedile tus bolitas, que yo después te compro. No vas a andar con eso, tan estropeado que no sirve más. – prosiguió, terminante.

Y repitió con énfasis:

– Yo después te compro…

Debimos deshacer el acuerdo.

Todos los contratantes lo lamentamos.

Delante de mis ojos, la alegría de su nieto se volvió decepción.

Era una vieja de mierda la Señora de Robles.





CACHO


Apenas supe leer con alguna fluidez, me convertí en un gran consumidor de historietas.

Por ello, mi niñez conoció algunos lugares dedicados a la venta de revistas usadas. Eran frecuentes, además, dos maneras adicionales de contratación: entregar una revista pagando una módica diferencia para llevarse otra o aportar dos revistas propias para recibir una a cambio. En la librería “El Arca de Noé”, de Dardo Rocha al 100, allá por los años sesenta y setenta, muchos chicos efectuaban este tipo de operaciones. Era un lugar oscuro y antiguo, polvoriento, atendido por un señor alto que me recordaba a John Wayne.

Sin embargo, yo solía ir con esos fines a lo de Cacho, quien tenía un kiosco en la esquina de Dardo Rocha y General Paz.

El pequeño comercio había sido edificado sobre la vereda misma, utilizando el modo de construcción tradicional, con ladrillos, revoque y un pequeño techo de tejas. No sé si tenía permiso municipal o si, como solía suceder en nuestro medio entonces y sucede ahora, alguien decidió que aquel era un buen lugar para poner un kiosco y lo levantó de guapo, nomás. Estaba pintado con esmalte sintético, el mismo que se usa, por ejemplo, para pintar rejas, y eso le daba un brillo más que notorio. Esta característica, sumada al color naranja que Cacho había escogido, evitaba que el lugar pasara inadvertido.

Todo era muy humilde. Además de los pilones de revistas ajadas, amarillentas, muchas veces sin tapa, se veían pastillas, caramelos y mercadería de bajo precio en general.

Cacho era una persona joven, tendría alrededor de treinta años, morocho, de pelo negro bastante largo y vestido sin demasiado esmero. Es posible que hubiera sido algo hippie en los sesenta y luego, en los setenta, domesticado y enquioscado, conservara la fachada como homenaje a esos tiempos de paz, amor y rebeldía.

Cacho, aunque amable, nunca resultó demasiado comunicativo. Al verme llegar, sacaba a la vereda una pila de revistas que yo repasaba hasta elegir las que quería. El esperaba fumando y quemaba de esa manera, literalmente hablando, su exiguo capital.

A la sazón, por mi corta edad, no me preguntaba un montón de cosas que ahora sí me pregunto, cuando no tienen ya importancia ni respuesta: ¿De qué manera vería Cacho pasar sus días en ese pobre recinto, de un metro y medio por lado? ¿Por qué había elegido ese lugar que no era, ni es ahora siquiera, el sitio ideal para poner un quiosco? ¿Tendría familia que mantener, con tan poca mercadería y con tanto tiempo de dedicación, ya que abría temprano y cerraba casi a la noche?

Viene a mi memoria en este momento una tarde plomiza, luego de un violento temporal que derribó una pared y cortó para siempre el sueño de una nena, en Rojas al quinientos, a dos cuadras de mi casa. En el barrio, el estado de ánimo no era el mejor y, para distraerme, compré a Cacho una revista de Luzbelito, aquel pequeño y travieso demonio, a quien ya nadie recuerda.

Hoy pasé por General Paz y Dardo Rocha, para buscar en esa esquina algún vestigio, con la esperanza de hallar, al menos, un cimiento delator de aquellos tiempos. Mas no hubo caso, treinta años son más que suficientes para borrar los rastros de otros días.

Ya nadie recuerda a Luzbelito, dije, como al quiosco anaranjado, vistoso, demolido, como a Cacho, melancólico y silente.





EL EXILIO


Mi hermano tenía asma. Tenía asma todo el tiempo y estaba extremadamente flaco. El contaba entonces con trece años, uno y medio más que yo.

Mis padres no sabían qué hacer y los médicos menos.

Cuando íbamos de vacaciones a la Costa, se sentía perfectamente.

“El clima de mar lo ayuda” decía todo el mundo con razón.

Eran los últimos días de marzo y la decisión resultaba tan difícil como inevitable: nos radicaríamos en alguna ciudad balnearia, para evitar que el deterioro físico de mi hermano pusiera en peligro su vida.

Se barajaba la posibilidad de instalarnos definitivamente en Mar del Plata, donde habría mejores posibilidades laborales para mi padre, comerciante y único sostén del hogar. El pondría allí una sucursal del negocio que tenía, con otros socios, en Monte Grande.

Por el momento y como medida de emergencia, iríamos con mi madre, mi hermano y mi hermana, dos años menor que yo, a instalarnos en el departamento de mi abuela, calle 3 al 700 de Santa Teresita. Mi padre, por razones de trabajo, quedaría en Monte Grande y nos visitaría los fines de semana.

Once años de vida montegrandense habían hecho de mí una persona, mejor dicho una personita, muy arraigada.

Sentí el primer escalofrío cuando se gestionó nuestro pase escolar de la Escuela 37 hacia una escuela de allá.

Mi hermano, que había repetido tercer grado más por vago que por enfermo, cursaba séptimo conmigo. Mi hermana estaba en quinto.

Las maestras y los compañeros de toda la vida me veían triste.

- Nosotros también sentimos que ustedes se vayan. - dijo mi amigo Chanchi, tal vez porque sabía que el dolor, compartido, duele un poco menos.

- Si, pero ustedes pierden dos compañeros y nosotros perdemos treinta. – respondí.

Cada visita a la casa de Víctor y de Pablo, que antes era rutina, tenía entonces sabor a despedida. La mirada a cada árbol, a cada esquina, a cada vereda, tenía sabor a última vez. Y en los momentos más pesimistas, creía que efectivamente así sería.

No siempre uno sabe que se esta despidiendo, pero sí en este caso.

El viaje en el Fiat 1500 se hizo largo. En esos años, parte del camino era de tierra y había llovido el día anterior.

A poco de llegar, comenzamos a cursar en la escuela Nº 7, Ricardo Gutiérrez, calle 41 entre 4 y 5 de Santa Teresita, a ocho cuadras del departamento en que acabábamos de instalarnos. Nos tocó el turno mañana y viajábamos en transporte escolar: dos novedades.

Luis, el chofer del micro, no quería que volviéramos con Polo, que manejaba el otro micro. Se enojaba si llegaba a enterarse. Deberíamos volver con él aunque el recorrido de vuelta fuera, en nuestro caso, mucho más largo y más lento. A la distancia, creo que solamente un niño toleraría tales caprichos; pero hete aquí el inconveniente: éramos niños y entonces lo tolerábamos.

La cuestión era, claro, tratar de integrarse. Pero nunca me había pasado eso de ser nuevo en un grupo.

Mis compañeros, definitivamente, no me caían bien. A la distancia, creo que tal cosa resultaba esperable y no era, por supuesto, culpa de ellos: mi estado de ánimo hacía imposible que alguien me simpatizara.

Además, hay algo arraigado, creo, en la naturaleza humana y es el reflejo de mirar con recelo al desconocido. Eso les pasaba a ellos con nosotros; y seguramente eso es lo que nosotros también les demostrábamos.

Tino, un pibe del otro séptimo de quien nunca más supe, fue el único que nos dio charla desde el comienzo, nos preguntó por qué estábamos allí y nos hizo sentir menos extraños.

No mucho más durante los primeros días.

Me llamó la atención, eso sí, la inmensa libertad que tenían en ese lugar los chicos de once o doce años: salían de noche, viajaban solos en transporte público y algunos hasta conducían vehículos.

A veces, en esas muy frías mañanas costeras, mientras esperábamos el colectivo conducido por Luis, cruzábamos algunas palabras con Pepe y Dany, nuestros vecinos que vivían a la vuelta, en la 34. Pepe cursaba con mi hermano y conmigo; Dany era un año menor, estaba en sexto.

La mutua desconfianza fue cediendo a medida que empezamos a conocernos, tal como ocurre en el mundo adulto y con cuestiones, seguramente, más importantes.

En la escuela, durante un recreo, me hallaba parado junto a un grupo de compañeros, formando un círculo en el patio. Todos hablaban. Yo escuchaba y prestaba atención, pero la charla me era razonablemente ajena. Pepe comentó que, después de la escuela, solían ir con su hermano a pescar a un estanque cercano al Golf Club. El Golf era un hermoso predio arbolado, con lindas casas, de acceso libre y muy poco movimiento.

Y aunque no me hablaba a mí, dije tímidamente:

- Me gustaría conocerlo.

- Bueno, hoy a eso de las dos de la tarde, los paso a buscar a vos y a tu hermano. Vamos a ir en bici. Creo que Dany se prende también. – dijo Pepe.

Acabábamos de tender el primer puente.

Y así es que Pepe, Dany, mi hermano y yo recorrimos, pedaleando, las diez cuadras que, aproximadamente, nos separaban del Golf Club. El estanque en el que supuestamente pescaríamos era un tanque australiano y, a decir verdad, ni por asomo se advertía la presencia de peces.

No importa. Igual la velada resultó amena. Y una tibia sonrisa se me dibujó a la vuelta.

Dos días después, Rita, la chica más linda del grado, nos invitó a su cumpleaños. Por supuesto que fuimos y la pasamos bastante bien. Hablamos poco, no contradijimos a nadie y sonreímos, agradecidos por la posibilidad que nos brindaban.

De a poco, las primeras horas de la tarde, después de la escuela, se transformaron en ocasiones para reunirse con los compañeros de la escuela y con otros chicos del barrio. Andábamos en bicicleta y corríamos carreras en las despobladas calles. El Negro Ramón, un pibe muy alto que – después supe – murió muy joven, pedaleaba como nadie y no había quien pudiera alcanzarlo. Incluso Claudia, la hermana más chica de Dany y Pepe, que apenas tenía ocho años, participaba de esas bicicleteadas como acompañante, en el portaequipaje.

Más tarde, a veces me encontraba con Dany y charlábamos de todo un poco. Filosofábamos diría, pero el término resulta demasiado pretencioso.

Cada tanto, subíamos de a diez o doce chicos a la Estanciera conducida por Silvio, quien pronto cumpliría catorce y para nosotros era grande.

Mis nuevos compañeros empezaban a caerme bien, pero extrañaba demasiado la ciudad en que nací. Y la tristeza no admitía distracciones: me atrapaba antes de dormir, al despertar, cuando estudiaba…

Una chica de apellido Romero, organizó un baile en un local, vacío como casi todos en esa época del año, que quedaba en Mar del Tuyú. La cita era a la noche y había que andar alrededor de cuarenta cuadras por esas calles no muy bien iluminadas. Nadie tenía miedo, claro. Llegamos al lugar caminando y en grupo. Disfruté tanto de la larga recorrida nocturna, para mí impensada en Monte Grande a esa edad, como de la fiesta.

La noche del 29 de junio hicimos, por supuesto, la fogata – que llamábamos fogarata – de San Pedro y San Pablo. La cita fue en la esquina de las calles 3 y 34, entonces baldía y hoy más que edificada.

Y en esa época ocurrió la muerte del presidente Perón, que no pudimos seguir por la tele porque no teníamos. Apenas vi unas imágenes, muy borrosas y con interferencias, en la casa de Dany. De a ratos, con suerte y con muchas rayas, podían sintonizarse en ese entonces dos canales, que transmitían desde Mar del Plata.

Por fin, al cabo de tres meses y pico de añorar mucho, dado que mi hermano se había recuperado lo suficiente, decidimos regresar a Monte Grande.

Nuestros recientes amigos, al saber la noticia, nos organizaron una despedida en el bowling Bambocha, calle 2 entre 34 y 35. Por supuesto que la cita también fue a la noche y la pasamos muy bien.

El regreso resultó glorioso para mí, no tenía donde guardar tanta alegría. De vuelta a la Escuela 37 y a terminar la primaria, viaje de egresados a Córdoba incluido, con mis amigos de toda la vida.

Un tratamiento médico exitoso en Capital Federal, hizo que la mejora de mi hermano resultara definitiva.

Durante los siguientes años, cada evocación de esa breve estancia invernal en Santa Teresita, me provocaba angustia. El recuerdo del sufrimiento que me causó el desarraigo impedía cualquier ejercicio de agradable nostalgia.

Al pasar el tiempo, comenzaron a acudir a mi memoria las personas que nombro en este relato y muchas otras. Entonces, cada tanto volví a mirar la vieja foto escolar, ésa que justo tomaron durante los meses en que mi hermano y yo cursábamos. Aún lo hago: la observo y recuerdo cada uno de los nombres de mis compañeros, anotados al dorso en su momento. Si ellos miraran la foto, muy probablemente no registraran quién era ese pibe chiquito y flaquito, un tal Carlos, que estuvo apenas unos meses.

Y de a poco, al cicatrizar la herida, los recuerdos se volvieron risueños. Como dijo Serrat:

“Tus recuerdos son cada día más dulces 
el olvido solo se llevo la mitad.”

Y es que el olvido se lleva lo feo, lo triste; se lleva esa mitad. Y nos deja lo agradable, claro. Nos deja las sonrisas, las bicicleteadas, los viajes en Estanciera, las fogaratas…

Santa Teresita es hoy uno de mis lugares en el mundo.

Estará ligada siempre a mi existencia tal como la viví en ese invierno, durante mi forzado exilio infantil: con esa gente amistosa, querible, solidaria.

Y con ese modo de vida tan libre y tan tranquilo que, quizás, como tantas cosas, ya no exista.






UNA PROHIBIDA


Siempre me gustó ir al viejo Cine Monte Grande, ése que cerró en los años ochenta y que estaba ubicado en Mariano Acosta, entre Alem y Vicente López.

Sé que soy una excepción, un rara avis. Era más que frecuente, entre nuestros coterráneos, llamar “raterío” o “pocilga” a nuestra sala fílmica. El cine conservaba su aspecto original y el deterioro, producto del paso del tiempo sin un adecuado mantenimiento, era la causa de esos comentarios. A mí, repito, me gustaba el lugar tal como estaba, con sus afiches pegados en los vidrios, su boletería a la izquierda, sus puertas vaivén de madera para acceder a la sala y su humilde quiosco a la izquierda, al costado del baño.

El interior de blancas paredes descascaradas y cielo raso manchado de humedad tampoco era molestia.

Con doce años recién cumplidos, sentía un poco de bronca y malsana curiosidad al advertir que muchas de las películas en cartelera eran “prohibidas para menores de dieciocho años”, tal la calificación vigente en 1974.

Ni se me hubiera ocurrido, claro está, intentar sacar entrada en esos casos. Bueno, ni se me hubiera ocurrido, de no haber traído Víctor el rumor, estimulante, de que a su vecino, apenas un año mayor que nosotros, lo habían dejado entrar al Cine Monte Grande, más de una vez, a ver una prohibida.

A partir de allí, todo fue cuestión de esperar, junto a Víctor, que el cine pusiera en cartel alguna de esas cosas para hacer el intento.

Pasaron dos semanas en las que sólo se exhibieron películas aptas para todo público, que, dadas nuestras recientes expectativas, nos parecían exclusivas para lactantes.

Por fin, coloridos carteles anunciaban, para el próximo jueves, la proyección de “La Mary”, con Susana Giménez y Carlos Monzón. Debajo, en letra más chica, leímos con deleite: “Prohibida para menores de 18 años.”

Entonces el jueves, a las siete de la tarde, dos horas después de la escuela, me encontré en la puerta del cine con Víctor, con mi hermano, un año mayor, que no dudó en acompañarnos y con el flaco Larquín, un compañero de grado que escuchó hablar del proyecto y quiso formar parte.


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