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LA HUELLA DEL PASADO.





































DE LORENZO ROMÀN.



























































I

El tórrido sol calentaba de una forma exasperante. Eran las cuatro de la tarde de un día cualquiera de primeros de Agosto. Y hacía calor, mucho calor… La calle estaba desierta; nadie se atrevía a salir de su casa; además, al haber pasado la hora de la sobremesa la gente estaba durmiendo la siesta. El aire que se movía era irrespirable y bochornoso. Un perro corría ladrando junto a las encaladas paredes; tal vez huyendo de un desaprensivo, o descontento con alguna pulga que le picaba. La chicharra, encaramada en algún árbol cercano, entonaba su monótona melodía; el zumbido de una moscarda se oía en los cristales. Y hacía calor, mucho calor… En los tendederos la ropa ondeaba al viento cual banderas multicolores; ropa tendida al sol que estaba seca. Los pinares colindantes con las últimas casas, pinos silvestres, desprendían el olor acre de las acículas soleadas. El verano castigaba a este rincón de Andalucía.

Aunque con normalidad las noches eran soportables, dada su ubicación sobre el nivel del mar, pero en las pasadas noches no se notó la bajada del termómetro y se hicieron pesadas e interminables. Pero, a esa hora, a las cuatro de la tarde, la intensidad ultravioleta se hacía gomosa e insoportable.

En el horizonte el azul del cielo se tornaba pálido envuelto en las temperaturas que abrazaban el paisaje, desde la perspectiva que hería el iris de la mirada. Un limón lunero compartía su frondosidad con el azahar de la nueva luna y el fruto amargo y amarillento enhiesto cual senos de mujer. Sus verdes hojas clamaban al cielo el riego de la tarde a la caída del astro padre. Y hacía calor… mucho calor.

De los huertos cercanos el aire transportaba en sus átomos más diminutos un vaho candente de estiércol mojado y fruta madura aún en el árbol. En el silencio de la tarde se podía, incluso, escuchar el rumor exangüe del caudal del rìo; escaso por la carencia de lluvias en la pasada primavera. Las montañas, picudas y grises, rasgaban el cielo con sus lanzas de piedras mohosas y octogenarias; de las cumbres más elevadas volaban los buitres, arrogantes y majestuosos, en busca de la carroña para sustentar a sus polluelos.

En la calle el reciente alquitranado propagaba su aliento fuerte, roto en algunas zonas debido al derretimiento de la materia, e insoportable que el viento distribuía sin prisas; la mejora de asfalto en la zona había dejado piedras negras y menudas disueltas por las aceras. Entre unas matas de jaramagos dos jilgueros picoteaban, batiendo sus alas, las amarillentas flores que son parte de su dieta; pasaban de una mata a otra hasta levantar su vuelo rápido y zigzagueante.

En los patios o en las puertas de las casas, unas sábanas o cañizos protegían, a modo de sombraje, los geranios y clavellinas, además de rosales en flor que con los calores se marchitarían en pocos días; también ellos esperaban el frescor que les obsequiaba el agua al atardecer vertida desde una regadera. Un ejército de gorriones batallaba en una frondosa higuera, disputándose los abiertos higos y compartiéndolos con los himenópteros voladores de avisperos y colmenas.

Las lanceoladas hojas de los eucaliptos se mecían al antojo del viento, dejando caer en sus vaivenes sus capsulares frutos; una veintena de ellos se erguían majestuosos por el declive del terreno que colindaba con los corrales y huertos. En el gallinero se escuchaba el cacareo de una gallina rodeada de sus polluelos, cuello desplumado y cresta rojiza, que interrumpía su clamoreo continuado para picar y escarbar con sus patas en la tierra en busca de algún insecto, o enseñando a su pollada a hurgar en ella en busca de alimento. Un algarrobo daba un poco de sombra al gallinero; de él pendían sus curvados frutos en la frondosidad de sus tortuosas ramas. Cerca, a modo de vallado, se veía la chumbera que en la globosidad de sus tallos mostraba sus espinosos frutos; unos rojizos otros verdes según el momento de maduración.

Al final de la calle, donde el campo se abre a la vista del transeúnte, había una pequeña casa; sendas ventanas, a cada lado de la puerta, estaban cerradas para que el calor no entrara en su interior; la techumbre no daba la sensación de poder resistir por mucho tiempo el peso de sus tejas. En uno de los laterales se describía una hendidura de gran dimensión que había sido enchapada por manos inexpertas; luego, la cal había puesto su blancura inmaculada simulando su ineludible deterioro. En una barra metálica, fijada a la pared con dos garras, se alzaba, majestuosa al cielo, la antena de televisión.

Un Volkswagen rojo recorría despacio, muy despacio, la calle. En su interior la persona que lo conducía, un hombre de más de setenta años, miraba con curiosidad a diestra y siniestra queriendo reconocer cada rincón de la baldía calle.























II

Sentada en una vieja mecedora, con ropas frescas para hacer más llevadero el sofoco del día, había una mujer. Su curiosidad estaba centrada en el aparato de televisión; habían concluido las noticias y esperaba el comienzo del programa de cotilleos; en él se comentarían los devaneos amorosos de algunos artistas o torero. Con un abanico repartía aire sobre su cuerpo denodadamente, como queriendo acaparar todo el frescor que la casa contenía. Al poco la programación inició su andadura, después de la publicidad, con una hermosa presentadora. Su interés se hacía cada vez más notable y una sonrisa se dibujó en sus labios; dejó sobre la mesa, en la que aún estaban los cubiertos además del pan y el vaso de agua vacío, el soplillo, y, aproximándose al receptor, dio por satisfecho el tono de audición.

Aprovechando la segunda pausa publicitaria se levantó, y cogiendo los útiles que le habían sido necesarios para el almuerzo los puso en el seno del fregadero. Al estar en pie se apreciaba un cuerpo delgado y seco; el vestido por su amplitud era fresco, tela fina, sin mangas y abotonado en su parte delantera. Su pelo, blanco como la nieve, y los ojos hundidos en sus cavidades; nariz recta y pómulos salientes; la boca la componía una línea horizontal donde un día hubo unos hermosos labios; la piel reseca moteada de manchas oscuras que se hacían más notorias en brazos y manos. En apariencias la mujer tendría sus setenta y cinco años.

Una vez recogida la mesa volvió a sentarse de nuevo sobre la mecedora abanicándose con más brío aún. La hilaridad marcaba la satisfacción y la placidez en su semblante: hacía y deshacía según le viniese en ganas; era de ideas fijas y convicciones claras. Vivía sola por pura sensación de bienestar y tranquilidad; sus tres hijos, dos varones y una mujer, habían tomado caminos diferentes. La hija vivía en una localidad grande cercana; el hijo pequeño decidió buscar trabajo después de sus obligaciones militares en el lugar donde fue destinado, en cambio el mayor echó raíces en el pueblo donde vive y trabaja con su esposa e hijos.

La soledad nunca fue agravante para su bienestar. Tenía lo que tenía y lo acataba con humildad por que habían sido los designios de Dios lo que marcaron su vida desde su lejana juventud. El Estado le había asignado una pensión con la cual tenía un resarcimiento digno y de la cual, cuando podía, ahorraba. Su ilusión más inmediata era arreglar el tejado de su casa; la trabajadora social le prometió conseguirle una ayuda con la cual tampoco tendría suficiente para llevar a cabo la obra; sus ahorros serían imprescindibles y eso suponía un agravante por que, aunque ahorraba todo lo que podía, tardaría mucho tiempo en reunir la cantidad necesaria.

La televisión seguía divirtiendo a la audiencia llevando su programa a términos diferentes; la mujer había reclinado su cabeza sobre el respaldar de su confortable asiento y dormía. Dormía susurrando palabras ininteligibles, muecas sin sentido y a veces roncaba con un ruido asfixiante; el murmullo en que se había convertido la verborrea televisiva le hacía estar entre dos mundos: dormía y no dormía.

El ruido de un motor se detuvo ante su casa y le hizo abrir los ojos con sobresalto; miró el pequeño reloj que tenían en el mueble de cocina y en sus manecillas observó que aún no eran las cinco y media. El calor, además de aportarle una fragancia insoportable le hacía manar pequeñas gotas de sudor de su cuerpo, sintiendo así, de una forma viscosa, como sus secos miembros se humedecían. El cuarto de aseo estaba fuera adosado a la parte posterior de la casa. Se levantó de su asiento, que también estaba húmedo debido a la transpiración de su cuerpo; abrió la puerta de madera pintada de pintura plástica color ocre en cuyo interior vivía la polilla, salió al corral y guiando sus pasos a su derecha entró en el reducido cuarto de baños. Un wáter, una bañera y un lavabo eran los ornamentos de los que se componía tan reducido anexo. Girando el grifo del lavabo puso sus manos en forma de cuenco advirtiendo que la primera agua que salía de él estaba caliente; las tuberías habían sido puestas de forma superficial y eso lo evidenciaba. A los pocos segundos el líquido elemento fue tomando el frescor necesario para refrescarse la cara. Se miró en el pequeño espejo, se sintió cansada y, tomando una toalla que colgaba sobre la pared de un clavo, se secó con suavidad. Se levantó el vestido, bajó sus bragas y se sentó en el wáter dando rienda suelta a la orina; tocó sus bragas advirtiendo su sequedad y se sorprendió. La incontinencia urinaria le estaba jugando malas pasadas; no quería ir al médico, le molestaban, le daban vergüenza admitir los achaques de vieja y lo solucionaba con pequeñas compresas que, cada vez que se las ponía, les recordaban su tiempo de menstruación. Aunque su aniño para las adversidades era desorbitado no estaba exenta de pusilanimidad en caso de enfermedades. La bronquitis padecida en la última primavera le había afectado de forma que el médico le diagnosticó bronconeumonía severa, lo que le obligó a guardar cama durante mucho tiempo. Ella, desde muy joven, había padecido de bronquios y era esa la enfermedad que más temía, pues, pensaba, que con su avanzada edad en una crisis se moriría.

Se puso de pie, se ajustó las bragas y salió; se sintió cansada, muy cansada. Los paseos matutinos, aprovechando el frescor de las mañanas, cada día los estaba alargando más y eso hacía que volviera muy cansada de las caminatas. Le dio pereza tener que lavar los platos que había en el fregadero, pero, fiel a la pulcritud en la que se había criado, tomó el estropajo y el detergente y, afanándose en su cometido, en pocos minutos dejó todo limpio y ordenado. Vivía en una casa pequeña y pobre pero limpia, muy limpia. Su interés por la limpieza le llevó a pasar la escoba, más por costumbre que por suciedad, para recoger las posibles diminutas migas de pan que se le hubieran caído al suelo.

La mecedora seguía en su sitio, la televisión encendida; cogió de nuevo el abanico y, desplegándolo con una sola mano, lo hizo girar con un movimiento de muñeca que le proporcionaba aire confuso y sofocante. Comenzó a perder interés por lo que acontecía en el programa: concursos, entrevistas… ¿Cómo se podía cotillear tanto, contar historias de la gente que a nadie importaban…? Pero la curiosidad es el punto débil de todos los terrestres; por eso, aunque le producía malestar interior al emocionarse con algunas historias, verdaderas o falsas, se mantenía sentada estoicamente, sin dejar de batir el aire, hasta que la programación terminaba.

Consultó de nuevo su reloj y esta vez las manecillas indicaban las seis y diez minutos; le apetecía un café; se levantó y plegó la mecedora con mucho cuidado, pensando que cualquier día sus desvencijados tornillos cedieron y se rompiera. Abrió la puerta del mueble y de él extrajo una cafetera de puchero; vertió agua asegurándose que el contenido era suficiente y puso sobre ella un par de medidas de café; encendió la hornilla y la puso sobre la llama. Entró en la habitación donde todo su mobiliario eran una cama, una mesilla, un ropero y una coqueta pues no quedaba sitio para más. Cogió unas bragas limpias – eran las segundas que utilizaba aquél día -y un vestido de calle y se dispuso para una ducha ligera mientras hervía el café. El médico le consejo beber descafeinado por sus problemas de hipertensión que adolecía desde hacía tiempo, pero hacía caso omiso a su recomendación y compraba el más puro y aromático.

Se desnudó dejando caer el vestido con sólo hacer resbalar sus tiras que sujetaban sus hombros; la prenda cayó a sus pies formando así un círculo de tela. Se desprendió del sujetador y las bragas y, ya desnuda, entró en la bañera; accionó la ducha y el agua recorrió su desnudez policromada por los años. La reseca piel y sus miembros tomaron suavidad al contacto con el gel de baño, tersura que perdía cuando la toalla secaba los poros de su cuerpo.

Aunque no le importaban sus arrugas – el tiempo pasa para todos en la vida – siempre recordaba con nostalgia su cuerpo de mozuela. Se vistió con bragas limpias y sujetador y con esmero corroboró su higiene corporal; antes de embutirse en el vestido – un vestido de calle fresquito – frotó con agua de colonia su cuello y brazos y así, de paso, ahuyentaría a los mosquitos; llevándose a la nariz el recipiente aspiró su oloroso contenido. Se miró al espejo, observándose como lo hacía a diario, escudriñando cada rincón de su orgullosa vejez. Cogió un cepillo del pelo y moldeó, coqueta ella, su blanca cabeza.

Un aromático olor llegó a través del aire; el café estaba en su punto. Tuvo que darse prisa en cortar el suministro de gas a la hornilla; el burbujeante café hirviendo amenazaba con salirse por los bordes de la cafetera; el suelo estaba limpio y quería evitar que se manchara. Tomó la cafetera por su asa con un paño de cocina para evitar quemarse y vertió su contenido en un vaso de cristal; en él, posteriormente, puso azúcar. Saboreaba el café, sorbo a sorbo, o mojando en él los pequeños bizcochos. Con gran pesar comprobó que los bizcochos se estaban agotando por lo que pensó que debía comprar otra. Soplaba contrariada, por que aún estaba caliente, cuando puso punto y final a la frugal merienda. Dejó el vaso en el fregadero, la bolsa vacía en la basura, cerró con llave la puerta trasera, apagó la televisión y, ya junto a la puerta de salida, se dio cuenta de que no se había cambiado de zapatos: llevaba los de andar por casa; entró en la habitación y se calzó unos de tela azul muy cómodos. Se acercó a la puerta y, tomando el tirador, abrió; un aire caliente le flameó en la cara… Un coche rojo estaba estacionado junto a la acera, cerca de la puerta de su casa. Lo miró, pasó junto a él, sin darle la menor importancia pero su cabeza se giró como un resorte al ver al hombre que estaba dentro. Su cuerpo se tensó… ¡No podía ser él…No podía ser…! Se dio la vuelta entrando de nuevo en la casa y cerró la puerta.







III

Caminó por la casa de un rincón a otro sin saber qué hacer, nerviosa; una ola de calor recorrió todo su cuerpo; notó que la presión arterial se le estaba subiendo y sollozó cubriendo su cara con las manos.

- ¡Por Dios… Por Dios…! - Dijo mientras movía su cabeza en sentido negativo – No puede ser… no puede ser… -

Después de tantos años en qué había pecado para merecer aquél castigo… Había pasado los tiempos más duros de su vida en soledad y educò a sus hijos sin el apoyo y cariño de un padre y, ahora que era una vieja, sin esperarlo volvía… cuando hacía años que su nombre no se pronunciaba en aquella casa, cuando en su recuerdo no queda lugar para su memoria. Las lágrimas resbalaban por la expresión marchita de su cara; no creía lo que le estaba ocurriendo. Con un pañuelo limpió la pituitaria de su nariz. Los designios de Dios, como siempre decía o pensaba, le volvían a señalar un nuevo camino que recorrer en su vida.

Pero aquél hombre era un extraño; no era el que ella conoció, amó y con el que engendró tres hijos; aquél que volvía, después de tanto tiempo sin saber de él, a su casa podía tener una personalidad perniciosa, y ella no podía permitir que nadie venido de la calle, por muy marido que hubiese sido en el pasado, violara su intimidad y alterara su modo de vida aunque fuese con su presencia. El solo pensamiento exacerbaba de manera visible su persona y le hacía sentir con claridad los propósitos de aquella persona: había vuelto para morir.

Se sentía anonadada; pensaba que aún estaba durmiendo en la butaca y que, en cualquier momento, despertaría de un mal sueño: el drama le producía, de algún modo, la obnubilación de sus sentidos y sintió la necesidad de un soplo de aire. Los minutos fueron pasando muy pausadamente; la desazón le provocaba un estado de nervios e inquietud desconocidos hasta ahora. La sorpresa fue mayúscula e inesperada por lo que decidió tomar un vaso de agua; se refrescó la cara con el elemento que rebasó el vaso y cayó en sus manos. Su estado de ánimo sufrió una devastación fulminante, como si un rayo en pleno verano, hubiese caído sobre su árbol, alto y fuerte, reduciéndolo a astillas.

No quería seguir haciendo divagaciones mentales; el hecho, la cuestión no podía tergiversar sus principios, a los que pensaba aferrarse con toda su alma. Siempre pensó vivir en soledad, un aislamiento libre y lleno de despropósitos, hasta el fin de sus días, por lo tanto no quería compartir con un viejo, y menos con él, ni el aire que respiraba. Su decisión era firme e irrevocable.

-¡… y que salga el sol por donde quiera…!- Dijo dando una palmada sobre la mesa.

Había pensado visitar a su hermana que estaba enferma como hacía todos los días. Cuando el calor remitía solía hacer visitas a algún hermano o familiar; así el tiempo se le pasaba con más alegría y regresaba a la hora de la cena en la que tomaba algo frugal. Siempre se dejó llevar por el refrán que decía “si quieres llegar a anciano, acuéstate tarde y cena temprano…” así que a la caída del sol tomaba alguna fruta o yogur, sacaba su silla a la puerta de la calle y, con el abanico batiendo el aire de la noche, disfrutaba el tiempo de tertulia con alguna vecina. Siempre evocaba los recuerdos de su lejana juventud, cuando vivía su padre, que murió cuando ella y sus hermanos eran niños, en tiempos de postguerra, de tuberculosis cuando solo contaba cuarenta y cuatro años. Su madre que aún era joven se quedó sola y con cinco hijos que mantener. Evocaba el olor de los frutales de la huerta: los perales, los manzanos en la época estival; las lechugas, tomateras y pimientos que componían el vergel, además del maizal que sustentaría a los cerdos. Las higueras sombreaban junto a la casa; los cañaverales cerca del rìo, donde los varones de la casa dormían la siesta en las tardes de verano. Cuando recordaba aquellos tiempos la melancolía le hacía suspirar con emoción. Los inviernos siempre fueron más duros; se hacían largos y grises. El rìo en épocas de lluvias anegaba la huerta, a veces con peligro, pues fueron muchas las veces que al echar pies fuera de la cama, comprobaban que el agua entró en la casa; bajaba el caudal y los peces quedaban en tierra; así que la huerta daba frutas y hortalizas en verano y peces en el invierno; sonreía ante aquella anécdota. En el invierno, con su madre al frente, formaban una cuadrilla y salían a fincas ajenas para hacer la recolección de la aceituna; sus manos sufrían el hinchazón que dejaban los sabañones hasta el punto de sangrar por el frìo tan intenso que tenían que soportar y por las heladas tan fuertes que se prodigaban en los meses de invierno.

El tiempo fue pasando y a las hijas les salieron novios, y los hijos se hicieron novios de otras hijas; los mayores se casaron jóvenes y dieron sobrinos a ella y nietos a su madre. Un joven altanero, con botines y sombrero, comenzó a cortejarla; se hacía el encontradizo cuando ella bajaba a lavar ropa al rìo y, entre los cañaverales, hablaba con ella. Al tiempo se casó con él para disgusto de su suegra y siempre maldijo la hora en que la embelesó con sus promesas; luego el viento se fue llevando, cual hojas de otoño, todos su juramentos.

No estaba segura de salir a la calle, tampoco quería dejar de visitar a su hermana, por que el día anterior no lo había hecho y necesitaba saber cómo se encontraba. Poco a poco se fue recomponiendo de valor, el suficiente para no mirarle a la cara; más no podía cerrarle la puerta; aquella, aunque le pesase, era su casa y no podía impedirle el paso. ¿Desde cuándo estaba allí y por qué no había entrado…? A ella le era indiferente lo que hiciera, siempre que no le afectara, su vida le traía sin cuidado. Había vivido muchos años sin él como para empezar a preocuparse. Recordó que hacía mucho rato que escuchó el motor del coche apagarse junto a la puerta y que en la calle hacía mucho calor. El muy cobarde, acaso temía que no lo dejase entrar y, en verdad, se lo merecía y, quién sabe si lo echaron de la casa donde vivía. Ella no quería pensar sobre lo que le hubiera sucedido por que no era de su incumbencia; este incidente en su vida, quiso llamarlo así, se lo anticipó su sentido premonitorio a través de un sueño; una pesadilla varias veces repetida que con el tiempo se hizo realidad. Volvió a sentirse cansada aunque el sofoco fue remitiendo para tonarse de un color pálido; tal vez demasiado blanquecino para su cara. Sus miembros decaían volviéndose pánfilos y tardíos en reaccionar. Notó que la glucosa se le había bajado y fue en busca del remedio: dos cucharadas de esencia de la caña disueltas en un vaso de agua tomándolo en pequeños sorbos, sin prisas pero sin pausa. En unos minutos se sintió mejor; la efectividad de lo ingerido le había realzado de nuevo sus miembros y, sin pensarlo dos veces, decidió salir a la calle; se hacía tarde y, de seguro, también lo sería para la cena, pero igual podía cenar en casa de su hermana como lo hizo otras veces. Antes quería poner a su hijo al tanto de lo acaecido llamándole por teléfono el cual no utilizaba en demasía por ser otro gasto más para su deteriorada economía. Marcó el número y esperó; los tonos se sucedían unos tras otros y nadie descolgaba el auricular por lo que decidió cortar la conexión y dejar el portentoso acontecimiento para el día siguiente. Era probable que le hubiese llegado ya la noticia por que en los pueblos los chismes corren como el viento. Cuando hubo colgado el teléfono, se arregló el vestido y abrió la puerta; siempre mirando al frente, con paso firme, pasó junto al wolksvagen donde estaba sentado el despreciable viejo; por su actitud no pudo ver la sonrisa que se dibujó en el rostro de él ni su leve inclinación de cabeza a modo de saludo. La puerta se quedó cerrada sin ponerle llave. No quiso correr, sus piernas no le obedecían, además pensaría que huía de él; su paso se hizo acelerado, muy acelerado, y en ningún momento volvió la cabeza para ver su cara de nuevo. El hombre que quedó atrás sentado en el coche no le daba miedo, solo le daba pena. Pensó que en este mundo, cuando se llega a la vejez, solo se quieren a las personas por su comportamiento, su proceder y sus acciones a lo largo de la vida, y para él, desgraciadamente, era así. ¿Cómo podía ella recibir a aquél hombre que la abandonó y nunca más supo de él…? Al tiempo que se alargaba la distancia se calmaban sus sentidos, pero un desasosiego le invadía en su, hasta hoy, despreocupada mente: desde que lo vio se había vuelto omnipresente en sus pensamientos. Su caminar se hizo más pausado; saludaba a los vecinos como todas las tardes pero en sus miradas intuía o quería descubrir que conocían la noticia. Trataba de adivinar si era observada en algunos corrillos que a su paso guardaban silencio después de devolverle el saludo.











IV

Un hombre de pelo ralo y gris entró en la casa; su cara mostraba un rictus de cansancio. Desaseado, con barba muy blanca de tres o cuatro días; la frente ancha y alta. En sus ojos, nublados por unas incipientes lágrimas, había signos de tristeza; de su rectilínea boca resoplidos que evidenciaban el fuerte calor. El pantalón azul, ese era su color primario, muy sucio, la camisa desabrochada y abierta dejaba ver su pecho que hedía a sudor de varios días. El raleado pelo era largo y graso recogido en una coleta; algunas hebras se habían desprendido y colgaban sobre su cara y hombros. La prominencia de sus pómulos resbalaba hacia una boca deshuesada y de maxilares anchos; solo en las cavidades de los ojos tenía marcadas secas arrugas. Por lo demás, en toda la extensión de su cara, carecía de signos evidentes que marcasen el paso del tiempo.

Entró y, cerrando la puerta tras de si, se sentó en una silla de eneas dejando sobre el suelo una bolsa de viaje color verde oscuro. La pastosidad de su boca clamaba por un vaso de agua, pero no podía, una vez sentado, ponerse en pie; sus pies estaban hinchados y la respiración se le hacía cada vez más costosa. El silencio era cortante; la luz vespertina dejada paso al ocaso del día. Fragoroso, jadeante, con mucha dificultad se levantó de la silla buscando un vaso donde beber que no encontró, y bebió agua en sus temblorosas manos. Cuando hubo saciado la sed que le embargaba, se secó las manos en el pantalón y con la manga de la camisa recogió el elemento que se le escapaba de su boca. Con mirada escudriñadora miró en derredor cada rincón de la casa; se sintió cansado, sus piernas no mostraban solidez para aguantar su peso; percibió que en ellas se había incrementado la hinchazón y que necesitaba descansar muchas horas. Con afán buscó el cuarto de aseo por la casa por que una necesidad urgente le oprimía entre las piernas.

Salió trastabillado y a punto de caer viendo infructuosa su búsqueda por el apremio que le causaba la imperiosa necesidad; metió la mano en la bragueta y se desahogó desde la puerta trasera. La satisfacción interior dibujó una leve sonrisa en su cara; una sonrisa efímera al percatarse del lugar donde había evacuado. Salió al patio y abrió la puerta que daba acceso al adosado cuarto de baños; abrió el grifo del lavabo y, cogiendo agua en sus manos, la desparramó sobre el orín absorbido por la tierra; aquél baño era muy diferente a los que él conocía. Se bajó el pantalón y se sentó con mucha dificultad en el wáter dando rienda suelta al excremento. Un sudor frío manaba de su cuerpo; un agudo dolor le oprimió la tripa y tuvo dificultad para realizar sus deseos; el estreñimiento volvió a jugarle una mala pasada. Con mucha paciencia y esfuerzo consiguió desprenderse de alguna defecación, que desprendía un olor nauseabundo, impregnando el aire de tan reducido aseo. El inconveniente surgió al querer levantarse, trató de lograrlo, pero sus brazos temblaban al tratar de lograrlo, y más de una vez tuvo que desistir; en sus piernas le hormigueaba la sangre que encontraba dificultad para hacer el recorrido por sus venas debido a la tumefacción de las mismas. Una vez conseguido su propósito tomó el rollo de papel celulosa y desprendió un trozo con el que limpió su dolorido ano; tiró de la cisterna y salió.

En el exterior se hacía de noche. Como un fantasma se movió por la casa intentando recodar algún ángulo de la misma que le resultase familiar; nada, en ningún lugar encontró señales evidentes de su lejano paso por ella, ni fotos ni cuadros. Era irrebatiblemente cierto que en aquella casa hacía muchos años que le olvidaron; evidentemente era así y así lo presentía. Después de tanto tiempo… Había vuelto a su casa y no esperaba que nadie le mirara; él sentía la guadaña de la muerte cercana y regresó para morir aquí, para ser enterrado en la misma tierra que cubría a sus ancestros.

Dedujo cuál era la habitación donde ella dormía, y no se equivocó; se fue a aquella donde había dos camas y eligió la de la derecha que tenía la almohada más voluminosa, se quitó la ropa y se acostó. Miró al techo y observó que conservaba su antigua estructura, solo que la caña estaba recubierta por infinidad de capas de cal, parcheada por alunas partes con yeso aplicado con manos inexpertas.

Apagó la luz y no tardó en dormir profundamente; el cansancio le rindió sin apercibirse que el abotargamiento se le hacía cada vez más patente. En la noche la temperatura descendió unos grados. Un rumor de pesadillas se apoderó de su sueño, voceaba a veces en un monólogo poliglota. La vehemencia de sus palabras dejaba paso, cuando cambiaba de interlocutor, a un tono triste y valetudinario. Se le escuchaba llorar en una síntesis apocalíptica y extraña mencionando varios nombres ininteligibles. La respiración se le hacía a cada instante más costosa y tosía con dificultad. Callaba, y el silencio volvía a reinar en la estancia, herido solamente por un ronquido apagado y leve.

-¡Rolf, ayúdame a caminar… tú eres mi amigo…!- La frase fue pronunciada con toda su nitidez, suplicante y en sentido coadyutorio.

En el firmamento brillaban miles de estrellas; la calma reinaba en esta noche de verano, los grillos entonaban su rutinaria melodía, el aire trasladaba y traía la fragancia de los jazmines.

-Rolf, soy yo, tu amigo, despierta Rolf… - Dijo abriendo los ojos en la oscuridad.

Estaba soñando, no había dudas, evocaba tiempos pasados; sintió pesadez en las piernas y necesidad de orinar, pero no podía levantarse, le era imposible salir de la cama. No tenía noción de la hora; seguía teniendo sueño y quería dormir pero se estaba meando y no sabía cómo levantarse. De a poco fue resbalando su pesadez dentro de la cama y con la ayuda del cabezal se sentó en ella; los pies se le hincharon de forma alarmante y, mentalmente, trató de incentivarse animándose a caminar.

-¡Scheisse…!- Soltó mientras trataba de dar un paso.

Ante la imposibilidad recurrió a una silla donde antes dejó la ropa, empujándola y apoyándose en ella, y muy despacio salió de la habitación. La incógnita era salir al patio donde estaba el cuarto de baños; el peldaño que había en la entrada podía hacerle dar con toda su anatomía en el suelo. No quería encender la luz y caminaba a oscuras, despacio, muy despacio, pero al entrar en la cocina, a la que tenía que acceder para pasar al patio, no se percató que el suelo de la misma era dos centímetros más alto, por lo que, al desplazar el lazarillo que le mantenía de pie, hizo fuerza sobre él y cedió, lo que le provocó la caída y que rodase por el suelo. El golpe no fue estruendoso en demasía pero en la amplia frente quedó marcado un rasguño en sangre.

Scheisse… hurenson…! – Maldecía.-¡Que me meo… que me meo…!-

Y se meó. Sin poder contener la orina, caído en el suelo, se orinó en mitad de la cocina. Apoyado nuevamente en el respaldo de la silla, con más dificultad de lo esperado, volvió a ponerse de pie. La impotencia, similar a la de un reo inocente, sabiéndose indefenso a las puertas de su ajusticiamiento le invadió el alma y, al llegar junto a la cama, se sentó sobre ella y lloró. Los sollozos, faltos de elocuencia, no trataban de persuadir de manera alguna, justificable o no, la razón de su vuelta. Había vuelto, aquella era su casa, y nadie que no supiera los motivos de su ausencia era juez para condenarle. Sabía que volvía a un mundo vacío donde muy pocos le recordarían, donde solo encontraría desprecios y olvido; el cansancio le fue venciendo irremisiblemente, se desprendió de los calzoncillos mojados por la orina y se cubrió con las sábanas; al poco, con un hipido en el pecho, se quedó profundamente dormido.

El resto de la noche transcurrió placentera; nada turbó su sueño. Llevaba tres días sin descansar en una cama y la tumefacción de sus miembros, que percibieron la relajación del descanso, remitía con el paso de las horas, aunque muy lentamente. Había recorrido muchos kilómetros solo sin ingerir apenas alimentos; cuando se detenía a repostar compraba leche y agua. Era víctima de una polidipsia severa que le obligaba a ingerir mucho líquido, sobre todo agua, por lo que necesariamente llevaba siempre una botella en compañía. Sentía sequedad en sus labios y una pastosidad persistente en su boca. Sus glándulas reproductoras de saliva, debido a la toxicidad de algunos componentes en la industria donde trabajó, habían secado sus fuentes de producción.















V

A la mañana siguiente, cuando los gallos en los corrales vecinos cantaban, Teresa estaba despierta. No durmió bien esa noche; había escuchado las primeras voces y después el trajinar del intruso por la casa, torpe y descalzo.

La puerta de la habitación estaba cerrada con llave y así tenía que estar en adelante; aquél viejo impúdico no debía traspasar la línea que marcaba su intimidad. Estuvo meditando casi toda la noche en estado de vigilia, originada por su inquietud, haciendo una valoración de lo que se le avecinaba; también pensó en sus hijos, en su madre y en lo cruel que la vida se la había manifestado. No quería vivir junto a un desconocido, por que él era un extraño que un buen día se personó en su casa, como un ocupa cualquiera en busca de sus derechos.

Valoró debidamente la situación, el problema, el futuro, por que, aunque se dice que los viejos no tienen futuro inmediato, ella siempre pensaba en el mañana para sus proyectos. Pensó en asilarse, en vivir con alguno de sus hijos; la primera idea partía de una convicción perseverante: esa sería su fortuna en un futuro no muy lejano; la segunda, efímera y la exacerbaba, pues no concebía el pensamiento de verse privada de sus decisiones; además, su nuera y yerno no eran santos de su devoción, aunque, a veces, pensaba que los sentimientos eran mutuos. Nadie quería hacer un acercamiento por las partes y ella no estaba por la labor de condescender con ellos; no quería pensar en esa posibilidad, sin embargo, se le fue toda la noche haciendo y deshaciendo maletas. Rezó varias veces el Padrenuestro, rogándole al Altísimo por una vejez tranquila y sosegada, súplica que solo tenía un sentido: rezaba para que el vejestorio se marchara; aunque con una personalidad carente de egoísmo, por primera vez en su vida pensó solo en ella. Sin embargo él solo pensó en él durante muchos años, por ese motivo, ahora que había vuelto, el egoísmo debía hacerse notar en ella…

-¿Y la comida… o también tendría que alimentarlo…?

Había calculado, mientras escuchaba a los gatos correr en el tejado, si él tendría jubilación alguna, por que, aunque no quería su dinero, lo que se llevase a la boca, por pequeño que fuera, tendría que pagarlo; no estaba de acuerdo, ni de pensamiento, en compartir con él ni siquiera el aire que respiraba. En las muchas noches de soledad y vigilia, como esta misma, que le había tocado vivir, se hizo muchas preguntas sin respuestas: dónde estaba, tendría hijos con otra mujer, o, acaso, se habría muerto… Preguntas sin respuesta, suposiciones que no la herían lo más mínimo; se volvió inmune al pensamiento que le recordase algo vinculado con él; el tiempo lo hizo desaparecer del ángulo más diminuto de su memoria. Por eso muchas veces se preguntó si no fue un sueño que perturbó su juventud, sembró sus semillas en su cuerpo y su vida, sus hijos, desapareciendo de ella como había llegado, con engaños y mentiras.

A veces, en los primeros tiempos de su marcha, recibía pequeños giros postales a través de correos o alguna carta que posiblemente ni él escribiera; la cantidad de dinero no cubría ni el sustento de sus hijos y, cada día que pasaba, su correspondencia se hizo más breve y distante hasta que el olvido invadió su memoria. Ahora, cómo decía a sus hijos que su padre había vuelto… Qué representaría para ellos aquél hombre que en sus momentos difíciles, que fueron muchos, no lo tuvieron a su lado… Posiblemente ninguno de ellos reconocería en aquél hombre a su padre y si lo aceptaban, solo sería por condescendencia y esa virtud a ninguno le sobraba. Podían perdonar, aunque ella nunca lo haría, pero jamás olvidarían que en su casa siempre existió un vacío; vacío que se terminó ignorando con el tiempo.

Se marchó a trabajar a Alemania con una maleta llena de ilusiones y la promesa de ahorrar para construir una casa nueva y grande: promesas e ilusiones; creando un mundo de promesas incumplidas e ilusiones rotas. El tiempo pasa y a cada cual pone en su sitio, en el lugar que le corresponde en la vida, tarde o temprano. Ni siquiera deseaba que el destino, por que a ella le afectaría, le hubiese marcado el regreso que nadie en su casa quería.

Con la alborada desaparecieron las primeras estrellas y entró la luz del día por las rendijas de la ventana. Miró el reloj que marcaba algo más de las seis y no había dormido. Desechó la idea de su paseo matutino; esperaría a que él se levantara de la cama y, así, poder poner en claro lo que ella pensaba y, de paso, saber lo que quería, cuáles eran sus propósitos y hacer una resolución a ambas decisiones. Quería ser inflexible y, a la vez, mostrarse impasible ante lo que se le avecinaba; necesitaba coger al toro por los cuernos desde el primer momento; pensaba que él ya no estaba para hacer promesas, ni ella, con sus años, se las iba a creer. Con decisión irrevocable, echó los pies de la cama; con menos ímpetu de los que lo hacía cada día, obvio no había dormido, se calzó las zapatillas y se cubrió con una bata fresca.

Abrió la ventana de la habitación aspirando el aire fresco de la mañana y levantó la mirada hacia el azul perpetuo del cielo; la época estival se hacía larga e insoportable; en pocas horas el termómetro señalaría temperaturas intolerables; las faenas, si las había, se hacían con el frescor de la mañana y así se volvían más llevaderas y aceptables. Abrió la puerta de la habitación atusando su pelo y una fragancia nauseabunda le abofeteó en la cara; instintivamente taponó su nariz con el pulgar e índice de la mano derecha, buscando con ansiedad abrir otra ventana y, a su vez, la puerta del patio. La comunicación del aire hizo más llevadero el hálito que impregnaba la estancia. Varias arcadas retortijaron en su estómago cuando vio el suelo húmedo de orina, que le obligaron a salir rápidamente hacia el wáter. Esperó unos segundos, la sudoración fría la inundó, y el vómito no se produjo. Con las manos en la frente se miró al espejo; sus ojos despedían destellos de asombro y desprecio; una vez recuperada de la primera impresión descolgó la toalla y se secó lentamente; su cara recuperó su serena semblanza. En los momentos duros en los que tenía que decidir o tomar una decisión se mostraba serena y condescendiente.

Llenó un cubo de agua, vertiendo en ella desinfectante y detergente, y con la deshilachada fregona se dispuso a recoger el hediondo elemento, con lo cual intuía que comenzaba un nuevo periplo de desdichas y sinsabores. Tenía la convicción, no le cabía la menor duda, de que el causante de aquella apestoso ingenio no era otro que el vejestorio aquel, demente y senil. Al remover la orina con la fregona empapada en agua y sus ingredientes de desinfección, a fetidez del elemento se volvió se volvió más desagradable; nauseas incontenibles y secas fueron las razones etiológicas de una subida de presión desmesurada. Se sintió mal pero no quería administrarse comprimidos con el estómago vacío. El agua al contener desinfectante en abundancia, se pintó de un tono rojizo por la dilución de la pintura que coloreaba el suelo, compuesto por una capa de fino hormigón, marcado a cuadros en forma de baldosas, y pintura de colorete que la recubría; daba la sensación de que el suelo tendría que pintarse de nuevo. En la habitación contigua el hombre no dejaba de rebullirse.

Encendió la hornilla del gas con un encendedor de piedra, y sobre ella, situó un recipiente con agua; en un vaso puso una infusión de manzanilla y, cuando el agua hubo hervido, llenó el vaso hasta sus bordes y con una cucharilla, con la que puso el azúcar, comenzó a remover la olorosa infusión. Sorbo a sorbo fue bebiendo el aromático líquido y, al final, con la última succión tomó el comprimido diario de la hipertensión.

El aire de la mañana, fresco, agradable y agradecido, entraba por la ventana y salía por la puerta o viceversa, dejando en su recorrido un grato olor a hierbabuena de un huerto cercano y, además, secaba la gran mancha del suelo mojado; el hervor de la manzanilla también había impregnado el aire con su aroma dulzón y meloso que se expandía por la casa. Cada segundo que transcurría la luz del día recuperaba su intensidad. Una golondrina cruzó con su vuelo fino y asaetado por el vano que dejaba la ventana entrando en la casa; en un abrir y cerrar de ojos volvió a salir por donde segundos antes había entrado, dejando en su fugaz visita la estela de su paso en forma de excrementos que cayó sobre la mesa.

-¡Coño con la golondrina…!- Exclamó sorprendida.- Casi se caga en la manzanilla…-

De un rollo de papel celulosa blanco con grabados multicolor, cortó una hoja que estaba marcada con una línea de agujeros, y recogió el regalo, que en forma de buenos días, le dejó la simpática avecilla.

Se sintió mejor, aunque un poco asustada; los remedios le estaban devolviendo a su estado natural; dejó el vaso en el fregadero y decidió vestirse con ropas ligeras, de estar en casa, por que no pensaba salir. Del ropero descolgó un pantalón negro, muy amplio, con miles de diminutas margaritas blancas; un poco anticuado, pero en ese momento no tenía otra prenda más adecuada para vestirse; con él sacó una blusa de color blanco. Unas bragas, compresas para la incontinencia y un sujetador. Salió hacia el cuarto de baños donde se aseó debidamente; la puerta cerrada y una toalla a modo de cortina en la ventana. Aquél vejestorio podía levantarse de la cama y sorprenderla acicalándose en su más estricta intimidad.


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