Excerpt for Ecos de un futuro distante II: Destrucción by , available in its entirety at Smashwords

This page may contain adult content. If you are under age 18, or you arrived by accident, please do not read further.








ECOS DE UN FUTURO

DISTANTE II

(Destrucción)


Alejandro Riveiro







© 2016 Alejandro Riveiro. Todos los derechos reservados


































Ha pasado más de una década desde que me embarqué en la creación del mundo de Ecos de un futuro distante. Poco podía imaginar, en aquel momento, que terminaría creando una trilogía, o que el primer capítulo de esta aventura: “Ecos de un futuro distante: Rebelión” sería publicada en papel.


Ahora, en este segundo tomo de la trilogía del Imperio de Ilstram, te invito a sumergirte en el mundo de Ecos de un futuro distante una vez más, para acompañar a Hans, Khanam, Nahia, y otras caras nuevas, en un viaje que les llevará a los lugares más inhóspitos y recónditos de la galaxia.


Este libro no hubiera sido posible sin el apoyo y el aliento de mi familia, de mis amigos y de todos aquellos lectores que ya os habéis embarcado en esta aventura.


No te voy a robar más tiempo del necesario con estas palabras. El mundo de Ecos de un futuro distante II: Destrucción, te está esperando. ¡Que lo disfrutes!


A. Riveiro





Prólogo

III Edad Galáctica, año 29710 - Presente


Apenas habían pasado unas horas desde que todos se hubiesen reunido en aquel claro del bosque, en la idílica colonia de Ghadea. Era un momento extraño. Por un lado, les embargaba la alegría por haberse reencontrado después de pasar varios años separados, pero por otro, la tensión de saber que estaban allí porque intentaban desviar la atención de Tor’ganil, la malvada criatura que quería hacerse con el control del Imperio de Ilstram para someter a la Humanidad y utilizarla para dominar la galaxia, les hacía sentir extremadamente incómodos:

-¿Por qué en el bosque? Eso es algo que todavía no he entendido -dijo Hans, el emperador.

-Es mejor así -respondió Narún, su hijo-. Tarde o temprano nos encontrará, y queremos asegurarnos de que no ponemos en peligro a la población de la colonia.

-Vale… Pero, ¿una hoguera? -preguntó Tanarum, el grodiano que, muchos años atrás, se había convertido en consejero de los emperadores-. Quiero decir, ¿cuánto tiempo vamos a estar aquí?

La noche apenas acababa de caer y la temperatura todavía era agradable, pero no tardaría en refrescar:

-Todos tenemos preguntas -dijo Ur’madanel, el venerable maestro ur’daeralmán-, y la mejor forma de comprender cómo hemos llegado hasta esta situación es entender qué ha sucedido hasta ahora.

-¿Es que no está claro? -preguntó Aurus, un grodiano, amigo de Tanarum-. Hemos venido escapando de Tor’ganil.

-No me refiero a lo más inmediato -respondió Ur’madanel en tono tranquilo-. Si no a todo lo que nos ha llevado hasta aquí. Del mismo modo que los futuros dependen de muchas elecciones que no sabemos cómo serán, la situación actual es el resultado de muchos factores pasados. Si no los entendemos, no sabremos cómo actuar a partir de ahora.

-Suena tan dramático… ¿tan difícil ha sido escapar de Tor’ganil? -preguntó Mogosh, el soldado lomariano que, décadas atrás, había actuado como portavoz de su pueblo tras el regreso de los auténticos emperadores de Ilstram, a los que había intentado derrocar sin éxito.

-Mucho más de lo que podrías imaginar -respondió Mijuhn, el hijo de Miyana, con la voz apagada.

-Quizá no sea mala idea. No todos estamos al día, y a algunos nos vendrá bien refrescar la memoria -dijo Aurus, mientras miraba furtivamente a Tazmadiel; era un joven ártak que había vuelto con el grupo de Hans. Nunca había visto a una criatura así, y el grodiano no podía evitar sentir cierta fascinación por su presencia en aquel lugar. ¿Qué le había llevado hasta allí? ¿Cuáles eran sus motivos para unirse a una batalla en la que su especie no parecían tener nada que decir?

-Eso es verdad… -dijo el joven cazador- Me habéis hablado de Tor’ganil, pero la verdad es que no sé cuántos años han pasado.

-¿Desde qué? -preguntó Magdrot, ahora convertido en nuevo mariscal del ejército tras el fallecimiento de Ghrast, su antecesor.

-Desde que empezó todo esto. Desde el principio.

-Veinticuatro años -respondió Narún-. Nunca se me olvidará.

-Ni a mí -añadió Mijuhn.

-¿Por qué? -preguntó Aurus con curiosidad.

-Porque el año en el que nacimos -dijo el hijo de los emperadores-, fue en el que se logró evitar que Tor’ganil llegase a Antaria y se hiciese con el poder antes de que mis padres pudiesen regresar.

-Ha pasado mucho tiempo -dijo Khanam, con la voz ligeramente fatigada-. Siento como si hubiese transcurrido toda una eternidad desde aquel entonces.

-Todos hemos pasado por demasiadas cosas -dijo Mijuhn, lacónicamente, con la vista fija en la hoguera.

-No vamos a limitarnos a huir de Tor’ganil, ¿verdad? -preguntó Tanarum-. Decidme que no nos hemos embarcado en todo esto para dar la vuelta en el último momento.

-Eso solo depende de vosotros -dijo Ur’daar, el joven guardián ur’daeralmán que había abordado al grupo en Naarad, más de dos décadas atrás, revelando la existencia de unas criaturas que, para la mayor parte de la galaxia, no eran más que mitos y leyendas-. Los futuros son más inciertos que nunca. Incluso yo tengo dificultad para verlos, pero solo hay una cosa segura. Si abandonáis ahora, si os rendís sin seguir adelante, no solo perderá valor todo lo que nos ha llevado hasta aquí, sino que su victoria será absoluta.

-¿Qué pasaría si eso sucediese? -preguntó Alha, la emperatriz de Ilstram, y esposa de Hans.

-Creo que todos conocéis la respuesta a estas alturas. Tor’ganil cumpliría con su palabra. Acabaría con la vida en la galaxia. Sucedería mucho después de vuestras muertes, no lo veríais, pero volvería a estar vacía de toda vida inteligente. Arrasará con todo, y... -mirando a Khanam, añadió- cumplirá su palabra.

-No permitiré que lo haga -dijo el científico-. No dejaré que su amenaza se cumpla. Eso mismo es lo que me ha dado un motivo para seguir hacia delante, para no rendirme, y no lo voy a hacer ahora.

Todo el grupo se sentó alrededor de la hoguera, formando un amplio círculo. Junto a ellos, sentados en el suelo cerca del fuego, estaban Ur’daar y Ur’madanel. Ninguno de los dos necesitaba el calor de aquellas llamas, pero con el tiempo habían logrado apreciar el significado de estar en compañía de aquellos a los que, por unas cuestiones u otras, habían terminado involucrando en una batalla que iba mucho más allá de lo que nunca hubieran podido imaginar.

-Creo que todos tenemos algo que contar -dijo Ur’daar-. Lo sé, queréis saber lo más inmediato. Qué ha sucedido con el viaje en el que hemos ido en busca de la Tierra, y qué ha sucedido con los que se han quedado en el Imperio. Pero es necesario comenzar desde el principio. No tendremos otra oportunidad como esta. Tor’ganil no nos dará este lujo una segunda vez.

-Después de haber esperado al momento más apropiado para golpearnos -dijo Mijuhn-, ya no se va a detener. O acabamos con él, o acabará con todos nosotros.


Tazmadiel no pudo evitar sentir que era el centro de atención de todos aquellos desconocidos a los que no había visto hasta entonces. Sus compañeros de viaje ya estaban acostumbrados a su presencia, pero el joven cazador ártak seguía siendo una criatura exótica para los demás. Poco a poco, había comenzado a deducir quién era quién y dónde encajaba cada uno en los nombres que había ido escuchando durante el viaje de vuelta al Imperio de Ilstram. Era el primero que quería contar su propia experiencia, explicar a todos, aunque algunos ya lo supieran, qué era lo que le había llevado a embarcarse en aquel viaje; pero también sentía una poderosa curiosidad por saber qué había sucedido mucho antes de que él se uniese a aquella aventura. También estaba deseando escuchar las experiencias de todos los que le rodeaban, incluso aquellos a los que todavía no había tenido la oportunidad de conocer. A fin de cuentas, el tiempo y la convivencia con sus compañeros le había llevado a sentir que formaba parte de una gran familia que iba mucho más allá de la suya. Mucho más lejos de la sangre de su sangre, que permanecía en su planeta natal:

-¿Qué pasó hace veinticuatro años? -dijo tras un breve silencio.

-El mariscal Ghrast… -respondió Alha, que estaba sentada junto a Hans- ideó un plan para expulsarnos de Antaria. Logró que nos secuestraran y nos encerrasen en una prisión del Imperio Tarshtan.

-¿Con qué objetivo? -preguntó el joven cazador.

-Dejar pasar el tiempo para poder designar a nuevos emperadores. Lo irónico es que no estoy seguro de si el pobre diablo llegó a saber que todo eso era algo que había sido planeado perfectamente. Tor’ganil quería aprovechar la situación para, en medio de la confusión, asesinar a los nuevos emperadores, que eran desconocidos por el pueblo, y hacerse pasar por su nuevo gobernante -dijo Hans.

-Creo que lo entiendo… -dijo Tazmadiel reflexivamente- Si la población no llegaba a descubrir qué había pasado, no sospecharían de las decisiones de los emperadores por extrañas que pudiesen parecer en comparación a las que tú hubieras tomado, ¿me equivoco?

-Eso es. Por suerte conseguimos llegar a Antaria antes de que fuese demasiado tarde… -murmuró el emperador.

El mariscal Magdrot observaba la hoguera mientras escuchaba las palabras de Hans:

-En realidad, creo que lo justo es decir que aquello fue el fin del principio, por decirlo de alguna manera. Creo que el auténtico desencadenante de lo que nos ha traído hasta aquí llegó varios años después.

-¿Qué fue lo que sucedió? -preguntó Tazmadiel.

-Espera, ¿estás hablando de…? -interrumpió Tanarum.

El mariscal asintió con la cabeza:

-Pensadlo -dijo-. Desde aquel momento no ha dejado de trabajar en su objetivo. De una manera u otra, incluso cuando no nos atacaba directamente, se estaba preparando para actuar y lanzarse a por nosotros. Darnae, Ecrautes, el borde exterior…

-No os dejéis engañar -dijo Mijuhn-. Tor’ganil siempre ha sabido qué es lo que estaba haciendo. En aquella época yo era demasiado pequeño para poder expresarlo, pero siempre ha actuado teniendo en mente su gran plan. Es algo que no ha cambiado desde que sé de su existencia, ni cambiará.

-Es un objetivo que lleva decenas de miles de años persiguiendo -dijo Ur’daar-, Tor’ganil quiere que la semilla del caos triunfe.

-Eso ya lo sé -dijo Tazmadiel-, pero, ¿por qué? ¿qué beneficio hay en una galaxia sin vida?

-Es una criatura caótica -respondió Ur’daar, mirando a Tazmadiel-, no intentes verlo de otra manera. Como en los últimos cientos de miles de años no ha reinado el caos, está dispuesto a ser él mismo quien lo lleve hasta el rincón más remoto de la galaxia, incluso si eso implica exterminar a todas las especies que lo habitan.

-¿Seguro que tenemos que hablar de todo esto? -dijo Khanam de repente-. Quiero decir, ¿no podemos ir al grano y ya está? Es cierto que todos tenemos algo que contar, pero estoy seguro de que también hay momentos que preferiríamos olvidar...

-Por desgracia no es tan sencillo -respondió Ur’daar-. Si queremos entender qué nos depara el futuro, primero tenemos que mirar al pasado. Es la única manera de comprender por qué nuestras acciones han provocado que hayamos llegado aquí, a este instante.

-Tiene razón -dijo Mijuhn-, si no lo hacemos. Tor’ganil siempre nos llevará ventaja. Siempre irá un paso por delante de lo que hagamos.

-Está bien. Vosotros sois los que podéis ver los posibles futuros -dijo el científico, sin intentar ocultar su resignación.

Tras un breve silencio, Hans volvió a hablar:

-Hace veinticuatro años no hubiésemos podido evitar que Tor’ganil entrase en Antaria de no ser por el sacrificio de Ahrz…

-Y el de Ur’nodel… -añadió Ur’daar.

-Sí -dijo el emperador-. Sin su ayuda todo esto no hubiera sucedido, pero Magdrot tiene razón. Es muy probable que aquella visita a Darnae fuese la que lo cambió todo.

Tanarum volvió a hablar:

-O sea que estáis convencido de que lo que vivimos aquella noche fue el primer paso de este camino, ¿no? -preguntó.

-No lo sé, yo no estaba allí -respondió Hans.

-No. Tú estabas haciendo lo que en realidad nunca tenías que haber dejado de hacer. Gobernar nuestro imperio desde Antaria -dijo el mariscal Magdrot.

Ur’madanel levantó la vista al cielo. Todo parecía tranquilo. No percibía la presencia de Tor’ganil, pero sabía que el tiempo apremiaba:

-Deberíamos comenzar ya. Cada minuto que dejamos pasar solo da más tiempo a nuestro enemigo para localizarnos y atacar antes de que estemos listos.

-La noche de los muertos… -murmuró Aurus- Ahora que comenzaba a olvidar todo lo que vivimos allí.

El mariscal Magdrot se levantó y caminó hacia la hoguera, bajo la atenta mirada de todo el grupo:

-Han pasado dieciséis años desde aquello -dijo-. Fue en Darnae, estábamos luchando contra el Imperio Tarshtan, intentando recuperar la tecnología de portales que Tanarum les había vendido tiempo atrás…

-Era parte del acuerdo al que llegué con El Magnánimo para contar con su ayuda y poder volver a Antaria -dijo Hans-. Sabíamos que sería una guerra muy larga, pero no pensaba que tardaríamos casi una década en lograr avances de verdad. Si mi padre lo viese...

-Nadie podía saberlo -dijo el mariscal-. Es la naturaleza de las guerras; a veces tus enemigos son mucho más persistentes de lo que te gustaría. Batallas que deberían durar unas horas duran meses, y las batallas que crees que van a durar meses terminan en solo unos días.

Tras tomar aire, Magdrot levantó la vista al cielo y prosiguió:

-Conocemos aquella noche con un nombre especial entre todos los que estamos aquí, como ya ha dicho Aurus. La noche de los muertos. De no haber sido por Ur’daar, no hubiésemos salido con vida de allí. Todavía lo recuerdo como si fuese ayer…




Capítulo I

III Edad Galáctica, año 29694

La noche de los muertos—


Habían pasado ocho años desde que Hans y Alha regresaran a Antaria. El emperador, fiel a su palabra con El Magnánimo, la inteligencia artificial que gobernaba el Imperio Grodey, comenzó a planear escaramuzas con las que esperaban poder descubrir qué había sucedido con la tecnología de portales que Tanarum, un ex-fugitivo grodiano ahora convertido en su consejero, había entregado a los científicos del Imperio Tarshtan años atrás. Una tecnología que ahora se había convertido en una preocupante amenaza para la seguridad del imperio Grodey. Al mismo tiempo, ese apoyo era una especie de pago, fruto de la necesidad de Hans de conseguir un ejército que le permitiese volver a Antaria y enfrentarse al golpe de estado del que había sido víctima a manos del difunto mariscal Ghrast.

Aquel tiempo no había pasado en vano. Tanarum, con la ayuda de Aurus, su inestimable compañero y amigo de batallas; Ur'daar, y el propio Hans, habían analizado a fondo los entresijos del Imperio Tarshtan. Cada uno por diferentes motivos: mientras el emperador lo hacía por la necesidad de ser fiel a su promesa con El Magnánimo de ir a la guerra y recuperar aquella tecnología, Tanarum y Aurus lo hacían para poder asegurarse de conocer el terreno en el que posteriormente tendrían que moverse. Ur'daar, por su parte, estaba principalmente interesado en averiguar cuál iba a ser el próximo movimiento de Tor'ganil, que gobernó el Imperio Tarshtan bajo la implacable y tiránica imagen de Gruschal algún tiempo más antes de desaparecer, a fin de anticiparse e intentar ayudar a Khanam a impedir aquel aciago futuro que podía desembocar en la extinción de la especie humana y de cuantas su pueblo había jurado proteger incontables millones de años atrás.

No era el momento de dejar volar la mente a tiempos remotos, pensó Magdrot. El Imperio Tarshtan estaba desgarrado y sumido en una profunda guerra civil desde la súbita desaparición de Tor'ganil, pero sus rivales seguían siendo igual de formidables y organizados en la batalla. Nunca hubiera imaginado que Darnae, la casi idílica capital del Imperio Tarshtan, pudiera ser el escenario del infierno en el que ahora estaban encerrados...


El mariscal asomó tímidamente la cabeza, acercándose a la esquina de aquella gigantesca construcción de madera que debía encontrarse, a su juicio, a poco más de quinientos metros del Palacio Imperial. Habían esperado a la caída de la noche con buen criterio, se decía para sí mismo, en un intento de introducirse en el vasto complejo y encontrar el valioso diseño por el que tanto tiempo habían estado luchando. Sin duda, la oscuridad tenía que ser de ayuda frente a la deficiente vista nocturna de los olverianos. Los narzham, sin embargo, eran un asunto completamente diferente...

Primero tenían que serpentear por aquellas sinuosas calles mientras escuchaban el sobrecogedor silbido de las bombas de plasma que caían a su paso. En realidad, no todas iban en contra de aquel pequeño grupo que lideraba y que consistía de Tanarum, Aurus, Ur'daar y él mismo. Algunas iban en contra del resto del ejército de Antaria que él, como nuevo mariscal del imperio, había dado orden de desplazar para asistir al frente olveriano. Servirían de distracción en aquella guerra civil y, con un poco de suerte, permitiría que por lo menos la gran mayoría de sus enemigos no fuesen conscientes de lo que en realidad buscaban. La irrupción de la guerra civil había provocado que, en ausencia de un líder que dirigiese al Imperio Tarshtan, el conflicto con Ilstram pasase a un segundo plano. Si Hans lo hubiese deseado así, podría haber conquistado un par de planetas sin despertar las iras de las confederaciones vecinas, aunque Magdrot era consciente de que ese no era el estilo de su gobernante, ni la senda que quería tomar en el futuro.

Las calles estaban llenas de cadáveres de olverianos y narzhams. Ambos bandos parecían no tener tiempo para enterrar a sus muertos y, probablemente, no ayudaba que Darnae, como gran parte de las megalópolis del universo conocido, tuvieran cientos de millones de habitantes que ahora, más que nunca, vivían con el temor de que su existencia pudiese llegar a su fin de manera violenta:

-Nunca lo vamos a conseguir... -susurró Tanarum.

-Hay que tener paciencia y mucho cuidado -respondió Magdrot.

-Aun así, no podemos saber dónde va a caer la siguiente bomba... -replicó Aurus.

-Eso no es enteramente cierto -dijo Ur'daar-. Además, tengo la solución para protegeros, pero es muy posible que alertemos a la guardia imperial en nuestro camino hacia el palacio.

-¿En qué estás pensando? -le preguntó el mariscal.

-Un escudo de energía. El único inconveniente es que es del mismo color que mi forma natural. Ese brillo dorado, en medio de la noche, va a hacer que todos los que estén observando en esta dirección nos vean sin ningún tipo de dificultad.

-Genial. Si no nos matan las bombas de plasma, lo harán ellos. De todos modos, ¿a quién defienden? Tor'ganil desapareció hace años -respondió Aurus.

-Defienden un ideal -dijo Magdrot–. Protegen aquello que les dio estabilidad y tranquilidad. Ese salvaje les aterrorizaba, pero gracias a él habían conseguido una posición por encima del resto de la sociedad que ahora ya no es respetada. Se aferran tanto a ese poder como a su pasado, y el resto del planeta está demasiado ocupado matándose mutuamente como para preocuparse por un edificio que ahora mismo no tiene valor alguno.

Tras un breve silencio, Tanarum dijo:

-¿Por qué no aprovechamos las pilas de cadáveres? Quien quiera que esté disparando no va a disparar contra ellas, ¿verdad?

Tras un breve silencio, el militar respondió:

-Tienes razón, seguramente no esperen encontrar a nadie ahí.

-Yo iré delante -respondió Ur'daar.

-¿Estás seguro? -le preguntó Aurus.

-Sí. Estas bombas no pueden hacerme daño. No necesito el escudo para protegerme a mí, solo lo necesito para vosotros.

-Eso es lo que me preocupa. Si alguien ve a un humano que avanza entre bombas sin sufrir ni un rasguño, va a llamar la atención...

-No lo verán -respondió el ur'daeralmán sin mostrar el más mínimo atisbo de duda.

Con paso firme, Ur'daar comenzó a andar hacia la pila de cadáveres más cercana. No dijo al grupo que aquella situación le causaba una repulsión difícil de imaginar. Aún bajo aquel disfraz humano, bajo la figura de Jacob, su naturaleza como guardián de la vida seguía activa. Estaba en su código, en su forma de ser. Su genética le había diseñado para amar la vida por encima de todo. Aquellas pilas de cadáveres eran una visión extremadamente desagradable de lo que podía estar por venir para toda la galaxia si fracasaba en aquella misión de la que se había hecho cargo miles de años atrás. Al llegar a la primera pila, alzó la vista al cielo al tiempo que levantaba su mano derecha. Estaba esperando una señal, ese preciso instante en el que sus compañeros podían moverse sin ser detectados. Solo disponía de un brevísimo lapso de tiempo para saber, a ciencia cierta, dónde iba a caer el siguiente proyectil y hacer que se desplazasen sin ponerles en peligro.

Bajó la mano y, como un resorte, Magdrot y los dos grodianos corrieron hacia aquella pila sin titubeos. Apenas habían recorrido unos metros, el bombardeo sobre aquella zona era insoportable. Cada pocos segundos podían ver y oír deflagraciones a lo largo y ancho de las calles que les rodeaban:

-A partir de aquí toca correr. No importa lo que oigáis, ni lo que veáis, ni lo que sintáis. Nada. Solo corred y seguidme, no tendremos segundas oportunidades –dijo Ur'daar.

Sin dejar lugar a preguntas, aquel extraño ser comenzó su carrera hacia el Palacio. No podía echar la vista atrás para tener la certeza de que le seguían, solo podía saber que era así basándose en que su futuro no había cambiado. Era esa capacidad de ver cuáles eran los futuros más probables los que le permitían decidir cuál era la ruta a tomar. Ur'daar tenía un nivel de habilidad, para navegar por las ramas de los posibles futuros, al que su gente no podía llegar. No solo podía ver mucho más lejos, en cada posible camino, que el resto de sus congéneres; también era capaz de hacerlo mucho más rápido que ningún otro. Ni siquiera Ur'madanel, su venerable maestro, se le acercaba.

Magdrot intentaba seguir los pasos de su compañero. Podía sentir el temblor del suelo bajo sus pies, por el impacto de las bombas de plasma que caían peligrosamente cerca. Sin embargo, ninguna parecía impactar a la distancia necesaria como para ponerles en peligro. En un momento dado, a mitad de su recorrido, Ur'daar giró inesperadamente hacia el medio de la calle, lejos del montón de cuerpos inertes al que se dirigían al principio. Nadie dijo nada. Tanarum estuvo a punto de perder el equilibrio pero Aurus, que venía justo detrás, le ayudó. De no haber sido por él, no hubiera salido de allí con vida. Le debía otra más a su compañero.

Solo unos segundos después, la pila de cadáveres que habían dejado tras ellos salió volando por los aires:

-¡Nos han visto! -gritó Tanarum, el consejero de Hans.

-¡Silencio! -respondió Magdrot- ¡No os paréis!

La frecuencia de los proyectiles aumentó. Cada vez caían más y más. Era evidente que les habían detectado y sus enemigos no parecían dispuestos a dejarles salir con vida de aquella trampa mortal. Prosiguieron su huida mientras las bombas detonaban cada vez más cerca del grupo, destruyendo los montones de cuerpos de víctimas que habían sido apiladas a medida que la guerra se recrudecía.

-Disparan a ciegas -dijo Aurus-. Si no fuera así ya nos hubieran destrozado. No nos ven.

-No pienso detenerme a averiguarlo, no se lo pondré tan fácil –le replicó su viejo amigo, Tanarum.


De algún modo, totalmente inexplicable para los demás, Ur'daar había conseguido conducirles hasta el final de aquella sinuosa calle, entrando en un edificio de madera que parecía aguantar en medio de aquel infierno. El bombardeo era cada vez más intenso, parecía que sus atacantes no se habían dado cuenta de que ya no estaban en la calle.

-No tardarán en averiguar cuál es nuestro objetivo –respondió el mariscal.

-Lo sé –replicó el ur'daeralmán.

-Ahora la pregunta es, ¿cómo nos encargamos de ellos? -preguntó Magdrot mientras señalaba, con la cabeza, al grupo de guardias que custodiaban la entrada al palacio, a solo unos metros de ellos.

-Por las malas –dijo Aurus, mientras acariciaba el guante de su mano derecha, que ahora presentaba un aspecto metálico en lugar del habitual color rojizo de la piel de los grodianos.

-¿Qué es eso? -le preguntó el mariscal.

-Es capaz de liberar la energía de cien soles. Es nuestra arma de defensa cuando alguien nos amenaza cuerpo a cuerpo. Solo los que tenemos implantes podemos usarla.

-¿No necesitas conectarlo a algo? -insistió Magdrot.

-¿Conectarlo? Que arcaico. Utiliza el aire que nos rodea, lo carga eléctricamente y lo canaliza a través de la superficie del guante. A menos que el planeta se quede sin atmósfera, es inagotable.

-¿No tenemos otra alternativa? ¿Solo podemos pelear? -preguntó Tanarum.

-Me temo que sí -respondió Ur'daar-. Si nos ven, e intentan dar la voz de alarma, tendremos que matarlos. Si ellos están fuera, es posible que en el palacio haya muchos más.

-¿No puedes saberlo a ciencia cierta? -le preguntó Magdrot.

-Todavía no. Ahora mismo es tan probable que el edificio esté lleno de guardias como que esté completamente vacío.

Sin decir nada más, el milenario ser alzó la mano al cielo. De la nada, se materializó su fiel bastón, para gran sorpresa de Aurus, que dejó escapar una exclamación:

-Pero qué...


A simple vista no parecía más que un trozo de madera, pero era su fiel arma. La que había elegido durante su rito de adultez decenas de miles de años atrás. Pocas veces había tenido que blandirla en combate desde aquel entonces. La última vez había sido en una pelea de entrenamiento con su difunto compañero, Ur'nodel, en un intento por demostrar a Khanam y Nahia las habilidades de combate de los daeralmán. Esperaban que el anciano científico pudiera ver, en aquel ejercicio, la clave para derrotar a su gran enemigo...

Magdrot echó mano de su rifle de plasma:

-No, esta vez no, mariscal –dijo Ur'daar.

-¿Por qué? -preguntó contrariado.

-Si no hay nadie, el ruido hará que los demás nos encuentren en un santiamén. Si hay alguien ahí dentro, perderemos el factor sorpresa. Esta vez vas a tener que utiliza tu espada.

En silencio, Magdrot bajó la mano para desenvainar aquella ligera arma metálica. No le gustaba, le parecía lenta, extremadamente anticuada y poco efectiva. Sabía que en la Tierra, miles de años atrás, armas como ésa fueron, durante un efímero período de tiempo, el arma preferida de los ejércitos que camparon por su superficie.

Por algún motivo, que le era completamente desconocido, Ur'daar se había empeñado en enseñarle a utilizarla algún tiempo atrás, arguyendo que en el futuro le sería mucho más útil que las destructivas armas que los humanos venían empleando desde poco antes de abandonar su planeta natal.

Aprovecharon las sombras de la zona tanto como pudieron, pero rápidamente comprendieron que no podrían acercarse hasta los guardias sin ser vistos mucho antes de poder darles el golpe de gracia:

-Iré yo solo –dijo Ur'daar-. Esperad aquí.

Con un gesto de su mano, hizo desaparecer su bastón de madera. Segundos después, para sorpresa de sus compañeros, vieron como poco a poco la figura de su aspecto humano, al que llamaba Jacob, iba cambiando hasta parecerse a la de un narzham, como aquellos que vigilaban el acceso al edificio.

Se dirigió hasta ellos de la manera más natural posible. Aquellos seres de aspecto simiesco, a medio camino entre el humano y el mono, eran extremadamente fuertes pero de inteligencia más bien limitada. Magdrot y los demás, desde la esquina del palacio, mantuvieron la vista fija en su compañero, aunque no podían oír sus palabras:

-Hola –dijo Ur'daar acercándose a los vigilantes.

Le inspeccionaron cuidadosamente de arriba a abajo, con cierto aire de desconfianza:

-¿Quién eres? -preguntó uno de ellos.

-Nadie –respondió secamente.

Acto seguido, se abalanzó sobre aquel guardia a la velocidad del rayo, propinándole un golpe seco en la cabeza. Se incorporó, y antes de que el otro vigilante llegase a empuñar su arma, invocó su bastón de la nada y le noqueó con un potente golpe en la nuca.

Hizo una seña a Tanarum, Aurus y Magdrot:

-Camino libre -respondió una vez estuvieron reunidos.

-Si ibas a hacer esto, podías habernos ahorrado los preparativos -dijo Tanarum con sarcasmo.

-¿Están muertos? - preguntó Aurus.

-No, solo incapacitados. Pero debe haber más dentro, aún puedo percibir el peligro.

-¿Estás seguro?

-Ahora sí... -replicó el ur'daeralmán mientas miraba a su alrededor-. Algo ha cambiado. Justo ahora.


De repente, dio la espalda al grupo y al palacio. Miró hacia el río que había delante de ellos, y con un rápido gesto indicó a todos que se metiesen en el palacio. Instantes después, una tremenda explosión arrancaba trozos del suelo y los enviaba volando en todas direcciones.

-¿Qué ha sido eso? -preguntó Tanarum contrariado-. ¿Nos han vuelto a ver?

-Ésta ha sido diferente –dijo Aurus-. Esa potencia... Ahora sí están muertos –añadió mientras señalaba los cuerpos sin vida de los guardias a los que Ur'daar había noqueado hacía solo unos instantes.

-No tenemos mucho tiempo –respondió Ur'daar-. Aurus tiene razón, esa explosión no era una bomba.

-¿De qué estás hablando? - preguntó Magdrot.

-Era energía, mariscal. La misma energía que usamos los daeralmán. Es inconfundible.

-¿Cómo es eso posible?

No hubo tiempo para explicaciones. Aquel extraño sonido...

-¿Qué ha sido eso? -preguntó Aurus.

Los cuatro se miraron confusamente. Parecía que no estaban solos en aquel lugar, a pesar de la enorme explosión que acababan de presenciar y que tenía que haber acabado con todo con lo que impactó.

-Son ellos... -dijo Tanarum señalando los cadáveres de los guardias

-Pero qué... -añadió el mariscal mientras retrocedía lentamente, adentrándose aún más en el interior del edificio.

En cuestión de segundos comenzaron a aparecer por todas partes. Eran narzhams y olverianos, vacíos de toda vida, que se dirigían hacia el grupo a paso ligero:

-¿Cómo es posible? ¿Están todos muertos? -preguntó Tanarum a Ur'daar.

-Sí... Y sin embargo se mueven. Nunca había visto algo así.

-Como no hagamos algo, nosotros también estaremos muertos -exclamó el diminuto Aurus, mientras echaba a correr hacia un grupo de aquellos seres inertes que parecían moverse por voluntad propia.

Antes de que Magdrot pudiera articular palabra, observó como el grodiano alzaba su mano derecha contra el pecho de un olveriano. Al contacto, un breve destello blanco envió a todo aquel grupo por los aires contra las paredes de la sala. El aire se impregnó rápidamente de un olor a carne quemada en extremo desagradable para Magdrot. Sus pequeños acompañantes no tenían un sentido del olfato tan desarrollado como el de los humanos y Ur'daar no parecía especialmente afectado.

-Tenemos que llegar hasta la sala del trono –dijo el mariscal–, si el Imperio Tarshtan todavía conserva los planos de la tecnología de portales que les diste, los encontraremos allí.

-Vamos -añadió Ur'daar.

Tan solo pudieron dar unos pasos antes de ver cómo por la escalera bajaba un inmenso número de seres inertes.

-Vienen más... -dijo Aurus.

-Los narzham y los olverianos debieron utilizar el palacio para proteger los cadáveres de sus difuntos de las bombas que caían en las calles -respondió Magdrot.

-Cuando el Palacio se quedó sin espacio, comenzaron a apilarlos en las calles -añadió Tanarum.


El grupo comenzó a abrirse paso por los peldaños hacia la primera planta. No tenían ni idea de cuánto tendrían que subir hasta llegar a la sala del trono del emperador, pero lo que sí sabían era que cada paso iba a tener que ser conquistado con sudor y sangre.

Ur'daar dejó atrás aquella extraña forma de narzham para adoptar, una vez más, su forma de ur'daeralmán; mucho más ágil para el combate que les esperaba. Alzó la mano derecha, y de la nada, volvió a aparecer, una vez más, su bastón de energía:

-Si queremos sobrevivir, vamos a tener que ser muy crueles...

-¿Qué quieres decir? -le preguntó Magdrot.

El guardián hizo un gesto con la cabeza, señalando al grupo de cadáveres medio calcinados que Aurus había dejado atrás:

-Tendremos que dejarlos igual, o peor.

Por instinto, Magdrot cogió la espada. Sin pensar muy bien en lo que hacía, la levantó al aire y lanzó un potente mandoble contra el cuello de un narzham. Cerró los ojos dejando que el sonido del choque contra el suelo, de la cabeza que acababa de cercenar, fuese la confirmación de que había traspasado un punto sin retorno. A pesar de su experiencia militar, nunca había mutilado a otro ser, vivo o muerto. Ahora tenían que ir un paso más allá si querían salir vivos. Era una lucha por su supervivencia ante un rival para el que no se habían preparado.

Ur'daar luchaba a una velocidad frenética. Mientras los demás podían despachar a unos pocos muertos, el guardián se los quitaba de encima por decenas, utilizando la energía y su bastón por partes iguales. Era el que más rápido y el que más efectivamente podía abrir un camino hasta lo alto del edificio.

-Vamos –dijo el ur'daeralmán-. Los cuerpos sin vida de la calle no tardarán en llegar a palacio.

Siguieron ascendiendo. Aurus y Tanarum se empleaban a fondo con los guantes energéticos. Era raro que un grodiano entablase combate cuerpo a cuerpo. Su especie no estaba concebida para una defensa tan física. Por suerte, la potente tecnología que habían desarrollado sus ancestros les hacía más llevadero aquel calvario. Así habían conseguido colonizar mundos que les hubieran resultado muy hostiles de otro modo. Los dos amigos eran conscientes de que sin aquella ayuda, seguramente hubieran sido víctimas del mismo destino de aquellos desdichados a los que ahora estaban calcinando y lanzando por los aires con toda la violencia de la que aquellos artilugios eran capaces.

El grupo entero se sentía salvaje. Como si se tratase de una manada de criaturas que habían vuelto a sus instintos animales más básicos. Incluso Ur'daar se comportaba como aquel joven impulsivo que fue antes de terminar su rito de adultez. No podían pensar en el hecho de estar enfrentándose a muertos, a cuerpos sin vida que parecían obedecer algún oscuro designio que escapaba a todas las mentes, incluso a la del ur'daeralmán.

-¿Qué tecnología es esta? -preguntó Tanarum, visiblemente contrariado-. A los grodianos nunca se nos hubiera ocurrido intentar manipular a nuestros difuntos.

-Los tarshtanos no son capaces de desarrollar algo así -dijo Aurus-. De eso puedes estar completamente seguro.


El grupo continuó subiendo, en cada planta parecía que la resistencia iba en descenso pero seguían siendo ampliamente superados en número a cada escalón que conquistaban. No habían encontrado signos de vida salvo por los dos guardias que protegían la entrada al recinto. Algo no encajaba en todo aquello, se decía Magdrot. Tenía la certeza de que no podían ser los únicos seres vivos en aquel inmenso edificio. No cuando los guardias parecían protegerlo con tanto recelo. Sin embargo, todo lo que había allí dentro era... muerte. Por mucho que estuvieran defendiendo una idea de tiempos pasados, tenía que haber algo de valor allí. Eso sin contar con los cadáveres a los que seguían enfrentándose. ¿Cómo podían estar cobrando vida ante sus propios ojos? No solo se movían, se estaban lanzando a combatir contra el grupo. De no ser por Ur'daar, seguramente hubieran perecido muchos minutos atrás.

Finalmente, consiguieron llegar hasta la decimocuarta planta. Allí se encontraba la sala que albergaba el trono del emperador, y por primera vez desde que se hubieran internado en el recinto, pudieron tomar aire y reponer fuerzas. Todos salvo Ur'daar estaban exhaustos. Se habían enfrentado a centenares de cadáveres andantes, y lo peor es que todavía quedaban más. El ur'daeralmán podía sentir sus pasos en los pisos de abajo. Los cuatro se encaminaron hacia la enorme puerta que se encontraba frente a ellos. Sin mediar palabra, Magdrot la abrió de un certero espadazo.

Por fin lo habían conseguido, estaban en el lugar desde el que, durante cientos de años, Tor'ganil, bajo la apariencia del tiránico y anciano dictador Gruschal, había gobernado con mano de hierro el Imperio Tarshtan. El grupo se adentró en la sala y la observó en silencio. Había sido vaciada por completo, a excepción del trono, probablemente durante las revueltas previas a la guerra civil, cuando la población se dedicó a saquear todo aquello de valor que pudo encontrar a su paso.

-Tiene que estar aquí -dijo Ur'daar.

-Me estás diciendo que nos hemos enfrentado a un ejército de muertos para llegar… ¿a una sala vacía? -replico Aurus.

-Aquí no hay nada –respondió Magdrot.

-Es absurdo. Nadie protegería un palacio vacío –dijo Tanarum.

-Sí si lo que protegen es un símbolo del poder que una vez defendieron... -dijo el mariscal-. A fin de cuentas, eran fanáticos del poder establecido.

-No está vacío -respondió Ur'daar-. Ahí hay algo.

Señaló hacia una pared a la derecha del trono:

-Es solo un muro –dijo Aurus.

-Lo parece –replico el joven ur'daeralmán-. Ha sido ocultado a vuestros ojos, pero es perceptible para los de mi especie. Observad.

Hizo un gesto con su mano y, ante la mirada atónita del grupo, apareció un enorme mueble, similar a un armario. Magdrot se acercó y lo examinó cuidadosamente:

-Es una especie de caja fuerte.

-Puedo abrirla –respondió Aurus.

El grodiano se acercó diligentemente al lugar, y manipuló la puerta con su guante, abriéndola en pocos segundos.

En su interior vieron un sobre muy deteriorado, consecuencia, sin duda alguna, del paso de los años. Magdrot lo cogió y enseñó un fajo de papeles al grupo.

-Son los planos. Estoy seguro. No olvidaría lo que provocó que fuese encarcelado en aquel lugar del que Aurus me sacó la primera vez -dijo Tanarum.

-¿Cómo ha podido ocultar el Imperio Tarshtan esto? ¿Qué clase de tecnología han empleado para ocultar esta parte de la sala?.

-Eso es lo desconcertante -dijo Ur'daar-. No es tecnología... Es energía daeralmán.


De repente, el grupo guardó silencio. Habían oído un ruido en el interior de aquella vasta y desangelada sala.

-¿Qué ha sido eso? -preguntó Tanarum.

-He sido yo -vociferó una profunda y terrible voz, al tiempo que ante ellos se materializaba una figura negra, de un aspecto muy similar a la de Ur'daar, pero que no transmitía su seguridad ni calidez...

-No puede ser -respondió el joven ur'daeralmán-. Eres...

-Hola Ur'daar -replicó el ser que había sido dueño de sus pesadillas más terribles durante milenios-. Por fin nos conocemos.

-Tor'ganil.

-Espera, para el carro. ¿Este es el tío que intentó colarse en Antaria? -respondió Aurus-. ¿No había desaparecido?

-He vuelto. Me he dedicado a... madurar. A crecer, a mejorar... a llevar la evolución de los tor'daeralmán al siguiente escalón... Soy el redentor de mi especie.

-El ejército de los muertos -dijo Magdrot-. Has sido tú.

-Evidente. ¿Por qué intentar luchar yo solo para someteros a mi control cuando puedo utilizar cuerpos inertes que harán cuanto desee? -dijo el pérfido ser.

-Eres detestable. No puedes interferir en el ciclo de la vida. No tienes derecho a manipular a los que han trascendido esta existencia. No te lo permitiré.

Tor'ganil se rió enérgicamente:

-¿Quién me va a detener? ¿Tú? ¿El ur'daeralmán que ni siquiera sabe cómo enfrentarse a mí? La vida es solo un paso antes del caos. En la muerte es donde estos seres por fin nos son útiles, Ur'daar. Somos sus creadores. Somos sus dueños. De hecho, inexperta criatura, tengo que darte las gracias. Sí, a ti. Gracias por impedirme entrar en Antaria. Gracias por haberme hecho entender que necesitaba ir más allá. Necesitaba hacer que nuestra especie avanzase para poder lograr mi objetivo. Si no me hubierais detenido aquel día, jamás hubiera pensado en algo así... Tú me has hecho más poderoso. Así que dime... ¿Quién me va a detener? -remató desafiante.

Ur'daar le observó pausadamente. Tor'ganil estaba jugando sus cartas. Aunque podía parecer que solamente estaba pavoneándose ante el grupo, el ur'daeralmán había percibido el aumento de energía en su entorno. Estaba en frente de un rival con un poder formidable, muy superior a lo que había llegado a estimar, y estaba usando ese poder para acorralarles.

-Veo tu estrategia. Sé qué es lo que intentas. No pondré fin a esta batalla. Pero no te dejaré hacerles daño.

-No es de mí de quién se tienen que preocupar -dijo la malvada criatura entre carcajadas, al tiempo que Magdrot y los grodianos notaban cómo el suelo comenzaba a temblar ante lo que parecía el movimiento de un gran número de cuerpos.

-Se acercan -dijo Tanarum-. Vienen otra vez a por nosotros.

-Estoy agotado -dijo Magdrot.

-Tendréis que luchar por vuestras vidas... Sin la ayuda de vuestro luminoso amigo -dijo Tor'ganil-. En cuanto a eso -añadió, mirando a los papeles que todavía sostenía el mariscal-, haced lo que os plazca con ello. Ya no los necesito Ni a este imperio.

Acto seguido, sin mediar palabra, el tor'daeralmán extendió sus brazos, materializando sus espadas, y se abalanzó sobre Ur'daar. El joven ur'daeralmán invocó su bastón rápidamente y se preparó para repeler el inminente ataque.


Tor’ganil no solo era rápido, era un luchador mucho más experimentado al que no le faltaban recursos para ponerle contra las cuerdas. Sin embargo, Ur’daar no estaba preocupado por sí mismo, sino por sus compañeros. Sin su ayuda, el ejército de los muertos les pondría en serios apuros. Veía en sus ojos y en sus movimientos que estaban extenuados. Eran presas del límite de sus cuerpos, algo desconocido para los daeralmán. Eso le impedía centrar toda su atención en su enemigo.

-¿Tú eres el que ha de ponerme fin? ¿El que va a impedir que el universo vuelva al caos? -le espetó el tor’daeralmán tras un rápido intercambio de golpes que terminó con Ur’daar arrinconado contra una de las paredes y una de las espadas de su oponente en su cuello.

-No te dejaré utilizar la vida que nuestros antepasados han creado para tu propósito. El destino de la galaxia no te pertenece -replicó.

Inmediatamente después, el joven ur’daeralmán se convirtió en un haz de luz y se materializó justo detrás de Tor’ganil, que reaccionó repeliendo rápidamente el intento de golpearle con su bastón.

-¿Por qué eres tan pertinaz en proteger a las especies inferiores? -dijo Tor’ganil mientras ambos intercambiaban golpes-. No merecen nuestra consideración. Les damos la vida y la oportunidad de sobrevivir a su propia destrucción si son capaces de evitar el caos. Y todo, ¿para qué? Son rémoras. Un día, cuando lleguen a la conclusión de que somos una amenaza porque no pueden controlarnos, planearán nuestro exterminio. Intentarán sucedernos. ¡En nuestro Universo! Un universo sin nosotros, sin sus creadores. Por eso el caos tiene que volver a reinar, Ur’daar. Subyugaré a la especie humana al precio que sea, y me aseguraré de que todo se sumerja en una espiral de caos y destrucción que ni tú ni nadie podrá detener. Este universo volverá a ser solo de los daeralmán.

-¡No te lo permitiré! -gritó Ur’daar.

-¿Qué vas a hacer para impedirlo? ¿Matarme? No podrías por mucho que lo intentases.

El joven guardián sabía que lo que su rival decía era cierto. No estaba en su mano poner fin a sus artimañas.


Mientras las dos criaturas intercambiaban golpes al fondo de la sala, Magdrot, Tanarum y Aurus hacían frente a la llegada de más cadáveres comandados por Tor’ganil. Estaban exhaustos, pero el estruendo de la puerta, al caer al suelo, les sirvió como confirmación de que no iban a disponer ni de un segundo de respiro. Sin pensarlo, Aurus salió corriendo hacia la masa de criaturas, que caminaba hacia ellos, usando su guante para deshacerse de tantos como fuese posible.

El trío era consciente de que lo único que podían hacer era ganar tiempo. Necesitarían la ayuda de Ur’daar para sobrevivir:

-Venir aquí ha sido un error… -dijo Magdrot.

-No. Vuestro emperador hizo una promesa y ahora la está cumpliendo. ¿Cómo podíais saber que este tal Tor’ganil volvería a aparecer aquí y ahora? -respondió Aurus.

-Era una trampa y nos hemos metido de lleno en ella -respondió el mariscal.

-Saldremos de esta, igual que hemos hecho en el pasado -dijo Tanarum, mientras se afanaba por quitarse de encima a tantos cadáveres como podía.

Ur’daar tenía serias dificultades para concentrarse en Tor’ganil. Sabía que necesitaría algo más que su habilidad en el combate cuerpo a cuerpo para obligar a su rival a abandonar el palacio y dejar de reanimar a los muertos. Se estaba viendo superado constantemente, y los seres comandados por el malvado tor’daeralmán no parecían dispuestos a marcharse por las buenas. En un momento de despiste, su rival volvió a arrinconarle contra la pared:

-Observa a tus amigos, Ur’daar. A diferencia de ti y de mí, ellos se cansan. Te obligaré a ver cómo mueren ante tus propios ojos. Te obligaré a sentir… miedo. Ese sentimiento que les domina. Ese sentimiento que les atenaza y les paraliza. ¿Sabes por qué, Ur’daar? Porque son débiles. Porque son inferiores. Porque son… marionetas.

-No les abandonaré a su suerte -respondió el joven ur’daeralmán.

Después de zafarse una vez más, Ur’daar creó un lazo de energía alrededor de Tor’ganil, con el que intentar detenerle el tiempo suficiente para ayudar a sus amigos:

Apartaos! -vociferó. Los tres hicieron caso a su compañero y dejaron vía libre para lo que quiera que fuese que el joven guerrero estaba planeando hacer.

Alzó su mano izquierda, de la que salió un potente haz de energía en dirección a los muertos, destruyendo a un gran número en un abrir y cerrar de ojos. Acto seguido, creó un muro de energía para bloquear la entrada. Sus amigos estarían a salvo, al menos por unos instantes, y tendrían tiempo de recuperar sus fuerzas.

Pero no él. Vio como un haz negro de luz se materializaba delante de él. Una sensación punzante en su pecho le hizo saber que había cometido un grave error. Miró hacia su torso y pudo ver cómo su cuerpo había sido atravesado por una de las espadas de Tor’ganil, que había aprovechado su distracción para atacarle y someterle.

-¡Ur’daar! -gritó Aurus.

-Predecible. Débil. Inexperto -dijo el cruel ser mientras atravesaba al ur’daeralmán con su segunda espada y le lanzaba contra una pared cercana-. Sabía que solo tenía que mencionar a tus amigos para que tu atención se desviase por completo.

Tor’ganil se acercó hacia él, colocando su mano en su cabeza.

-Serás el tercer ur’daeralmán al que mate. Pero antes, absorberé todos tus recuerdos, tus memorias, tu conocimiento… Lo usaré para destruir a los tuyos. Sí, tú serás el responsable de su perdición.

Los ur’daeralmán no sentían dolor como los humanos y el resto de especies inferiores del universo, pero si había algo que se le aproximase, desde luego tenía que ser muy similar a lo que Ur’daar estaba sintiendo. Era como si una fuerza invisible estuviese intentando hacerse con su mente, destruir su voluntad, y poner fin a su propia existencia.

-Ah, Ur’nodel… -dijo Tor’ganil, a medida que comenzaba a invadir la mente del guardián- Todavía recuerdo cómo sucumbió. Era mejor luchador que tú y consiguió alejarme de Antaria. Disfruté matándole, que es mucho más de lo que podré decir de ti.

-No lo conseguirás -dijo Ur’daar con gran dificultad.

Sentía que su mente le fallaba. El muro de energía que bloqueaba la entrada a la sala desapareció.

-Khanam… ¿Es este? -el pérfido Tor’daeralmán explotó en carcajadas-. ¿De verdad crees que un humano me va a matar? ¿A mí? ¿Esa es tu gran esperanza? Iluso. Empiezo a creer que eres tan inocente y tan simple como las especies a las que intentas proteger.


Magdrot, Tanarum y Aurus luchaban con todas sus fuerzas contra una nueva oleada de muertos:

-Esto no tiene fin -dijo el mariscal-. Si no hacemos algo diferente no conseguiremos zafarnos de ellos.

-Ur’daar necesita nuestra ayuda -dijo Aurus.

-¿Qué podemos hacer? -preguntó Tanarum-. Los daeralmán absorben la energía, ya lo sabes. La espada de Magdrot tampoco serviría.

-Ya. Quizás -dijo Aurus-, las dos cosas juntas sí funcionarían y podríamos utilizarlas para hacerle daño.

-¿De qué estás hablando? -preguntó Magdrot, extenuado, mientras el grupo se esforzaba por quitarse de encima a los cadáveres, que seguían llegando incesantes.

-Sólo es una idea. Son energía, ¿no? Tiene que haber una forma de desestabilizarlos. Si cojo tu espada y la electrifico con mi guante, quizá sea suficiente para molestarle y obligarle a prestarnos atención. Aunque solo sea lo suficiente para que Ur’daar se libre de su control.

-¿Un metal electrificado? ¿Es lo mejor que se te ocurre? -preguntó Tanarum- No le haremos ni cosquillas.

-Aurus tiene razón -dijo el mariscal-. Si seguimos así lo único que conseguiremos es morir. Ur’daar nos necesita y nos necesita ya -añadió mirando al joven guardián.

-Absorben la energía, ¿no? Es decir, no les atraviesa, sino que deben de incorporarla a la suya propia. El metal de la espada, sin más, le atravesaría como si fuese aire y no pasaría absolutamente nada. La combinación de las dos tiene que provocar algo. No sé el qué, pero tiene que funcionar. Es un presentimiento -dijo el pequeño grodiano.

Magdrot le dio su espada a Aurus:

-Lo que sea que vayas a hacer, hazlo rápido -dijo.

El diminuto ser cogió la espada del mariscal. Para alguien de su estatura y complexión, hubiera sido demasiado pesada y difícil de levantar, pero gracias a los implantes cibernéticos de su especie, pudo sujetarla como si fuese una pluma.

Echó a correr hacia la oscura figura del tor’daeralmán, levantando el brazo con el que sujetaba la espada e ionizando el guante en el proceso, mientras se acercaba a su enemigo:

-¡Tor’ganil! -gritó al llegar.


El tor’daeralmán estaba tan centrado en su oponente que no había sentido la presencia del diminuto grodiano. Inmediatamente, sintió un golpe en el costado. La espada había chocado contra su cuerpo. Era algo nuevo para él, y para Ur’daar. De algún modo, tal y como Aurus había supuesto, la combinación de electricidad y metal hicieron que el arma impactase contra su cuerpo.

Ni siquiera fue un golpe fuerte, mucho menos para un daeralmán, pero la desestabilización que sintió fue suficiente para que la vil criatura perdiese toda su concentración. Provocó que incluso el ejército de muertos que atosigaba a Magdrot y Tanarum quedase completamente inerte durante unos pocos segundos.

Enfurecido, se giró y asestó un tremendo golpe a Aurus, con una de sus espadas de energía. El grodiano intentó repelerlo con su guante, en vano. Salió despedido contra la pared cercana, donde impactó con tanta fuerza que quedó inconsciente.

Ese brevísimo lapso de tiempo fue suficiente para que Ur’daar pudiese zafarse del férreo control que Tor’ganil estaba ejerciendo sobre él. Empujó al tor’daeralmán y consiguió librarse de la espada que todavía le aprisionaba y que le mantenía anclado contra la pared. Materializó su bastón y se lanzó a por su enemigo.

-Magdrot, Tanarum. Venid, ¡rápido! -gritó.

-No conseguirás detenerme -respondió el tor’daeralmán desafiante.

-Ni lo pretendo -dijo Ur’daar.

Las dos criaturas se enzarzaron en un nuevo intercambio de golpes, mientras Magdrot y Tanarum corrían hacia Aurus. El grodiano tenía un corte profundo en la cara, sangraba profusamente.

-¿Está muerto? -preguntó Magdrot.

-No -dijo Tanarum-. Pero sus implantes no funcionan. Si estuviesen activos ya estaría recuperándose. Nuestra tecnología se ocupa de curarnos cuando nos hieren. Si no los arreglo morirá.

-¿Puedes hacerlo aquí?

-No tengo las herramientas necesarias para reparar sus implantes, en la nave podría hacerlo sin demasiada dificultad.

El mariscal miró a su alrededor. Los daeralmán seguían intercambiando golpes, y el ejército de los muertos volvía a avanzar hacia ellos, reduciendo la cantidad de espacio libre en la sala con cada segundo que pasaba.

-¡Ur’daar! -gritó el mariscal- Necesitamos tu ayuda si queremos sobrevivir en este lugar.

El joven guardián sabía que no era el momento de derrotar a Tor’ganil, pero necesitaba hacerle desistir para poder salir de allí. Su única oportunidad era protegerse a sí mismo, y al grupo, con algún tipo de barrera que fuese impenetrable tanto para los muertos como para su enemigo. Lo primero era sencillo, una simple barrera de energía mantendría al ejército alejado de él y sus amigos, pero lo segundo era más complicado... Tras asestar un fuerte golpe a su oponente, se giró hacia sus compañeros y alzó sus manos, creando una barrera que protegía la zona en la que se encontraban.

-Apártate, Magdrot -dijo Tanarum, más relajado al entender que Ur’daar había creado aquel campo protector para que estuviesen a salvo de sus enemigos.

-¿Qué vas a hacer?

-Hay que detener la hemorragia o Aurus morirá. Estos guantes, al canalizar energía, también se calientan. Así que puedo cauterizar su herida. Sobrevivirá, aunque puede que tenga una cicatriz más en la cara.

-No creo que se vaya a quejar -dijo el mariscal.

-Ni yo.

El humano se alejó unos pasos mientras el diminuto grodiano ionizaba su guante. Acercó sus dedos con mucho cuidado al rostro de su amigo, que permanecía inconsciente, y cauterizó la herida. Tenía que ser extremadamente cuidadoso. Los implantes cibernéticos de Aurus no estaban activos y su cuerpo podía entrar en shock. Tras unos instantes, se alejó de su amigo.

-Creo que con eso bastará…

-¿No se va a despertar? - preguntó Magdrot.

-No. Vamos a tener que cargar con él, y buscar una forma de salir de aquí.

-De eso me puedo encargar yo. Comparado con nosotros, sois lo suficientemente ligeros como para que un humano pueda llevaros a hombros la distancia que haga falta. Pero necesitamos que Ur’daar vuelva con nosotros.

-Tor’ganil no le va a dejar irse. Por lo menos, no mientras estemos vivos. Ya se ha dado cuenta de que nos puede utilizar en su favor.

-Entonces ayudémosle a escapar -dijo el mariscal.

-Imposible. Allá donde vaya Ur’daar puede ir él.


En el otro extremo de la sala, los daeralmán seguían intercambiando golpes, sin que ninguno pudiese llegar a dominar a su oponente claramente en un combate que seguía librándose a una velocidad frenética:

-Eres pertinaz, pero no entiendes que ya has perdido esta batalla -dijo Tor’ganil-. Si no puedo matar a tus amigos, si no puedo dominar a este imperio, entonces encontraré otro. Por mucho que lo intentes, no podrás proteger a todos los seres humanos de la galaxia.

-No te lo permitiré -gritó el joven ur’daeralmán mientras le asestaba un fuerte golpe con el bastón a la altura del cuello.

Tor’ganil ni siquiera se inmutó. Sabía que no podría matar a aquellos seres, en el palacio, mientras Ur’daar estuviese allí. Sabía que el imperio de Ilstram, al menos por el momento, estaba protegido por los ur’daeralmán.

Comprendió que la muerte de esas criaturas ya no era un objetivo prioritario. No lo conseguiría allí, no así. Era más importante escapar sin ser perseguido. Sin dudarlo, sujetó el bastón de Ur’daar y le atrajo hacia sí:

-Es el momento de terminar esta función, mi joven enemigo. Este palacio será la tumba de aquellos a los que has jurado proteger.

Acto seguido, inmovilizó a Ur’daar, clavándolo en la pared con las dos espadas de energía, y se giró hacia el lugar en el que se encontraban Magdrot, Tanarum y el inconsciente Aurus.

Con un gesto, mientras Ur’daar intentaba zafarse del haz de luz y de las espadas, disipó la barrera de energía, y gritó:

-¡Morid!

Bajó sus manos en un gesto brusco y todo el palacio comenzó a temblar. Las paredes comenzaron a romperse,y el suelo bajo sus pies comenzó a ceder. Tor’ganil se dirigió hacia Ur’daar, intentando mantenerlo inmovilizado un poco más. Sabía que, en cuanto la pared en la que le había clavado con sus espadas cediese, el ur’daeralmán podría zafarse sin dificultades.

-¿Qué elegirás Ur’daar? ¿Salvarás a tus amigos o intentarás perseguirme? ¿Qué es más valioso para ti? ¿La posibilidad de salvar a unos seres irrelevantes con los que has creado un vínculo ridículo, o el juramento de tu pueblo de proteger a las especies que tus ancestros han creado con el paso de los años?

Sabía que era una pregunta que no necesitaba respuesta. El joven ur’daeralmán se iría a por sus amigos, sería incapaz de marcharse en su búsqueda, y eso le permitiría desaparecer durante un tiempo para preparar sus próximos pasos. De momento, Tor’ganil ya había conseguido lo que quería. Se había dejado ver de nuevo. Había mostrado que su poder estaba en un nivel mucho más allá de lo que ningún daeralmán pudiera haber imaginado y, sobre todo, era un recordatorio de que no había olvidado ni al Imperio de Ilstram ni su objetivo. Por mucho que hubiesen pasado años desde que desapareciese la figura del tiránico dictador Gruschal, con la que había dominado al Imperio Tarshtan, su objetivo seguía siendo el mismo.


El suelo fue lo primero que comenzó a derrumbarse. Ur’daar vio con impotencia cómo Magdrot, Aurus y Tanarum desaparecían ante sus ojos. Justo después, la pared comenzó a ceder y a venirse abajo. En ese momento, Tor’ganil se convirtió en un haz de luz y desapareció. Pasaron unos segundos hasta que sus armas desaparecieron y el joven daeralmán quedó libre. Sin dudarlo, intentó alcanzar a sus compañeros. La inmensa altura del palacio jugaba a favor de Ur’daar y en contra del trío. Si no les mataba la caída, porque los pisos no llegasen a derrumbarse lo suficientemente rápido, morirían aplastados bajo la inmensa mole que se les estaba viniendo encima. Se convirtió en un haz de luz y bajó hasta la base del palacio en un instante. No tardó en encontrar a Magdrot, Tanarum y Aurus, que estaban cayendo a una velocidad demasiado alta como para sobrevivir. Necesitaba reducir la velocidad a la que caían y, además, protegerles de todos los fragmentos del edificio que se estaban viniendo abajo. Con un gesto de una mano, los atrapó con haces de luz alrededor de cada uno de ellos, reduciendo su velocidad poco a poco. Con la otra mano, creó una esfera a su alrededor para mantenerlos a salvo.

Estaban suspendidos en el aire, mientras veían como caía lo que quedaba del edificio. No podían ver a Ur’daar, pero sabían que les había salvado la vida. Magdrot y Tanarum estaban aturdidos, y Aurus seguía inconsciente. Unos instantes después, cuando el edificio ya se había derrumbado por completo, el silencio cayó sobre la ciudad. El estruendo había sido tan grande que había provocado que toda la actividad bélica parase en seco. Los tarshtanos nunca llegaron a saber qué había pasado con el ejército de los muertos, pero sí pudieron observar, sin ningún tipo de duda, las consecuencias del retorno de Tor'ganil al lugar en el que, durante siglos, había reinado con puño de hierro. La destrucción del Palacio Imperial de Darnae solo sirvió para recrudecer la guerra civil aún más, con cada bando acusándose mutuamente de la pérdida de un edificio que, hasta el inicio de aquel conflicto, había representado el centro de poder de su reino.


***

III Edad Galáctica, año 29710 - Presente


-De todo eso, solo recuerdo que me desperté en la nave. Sigo sin recordar todo lo que pasó en el palacio. Me lo habéis contado mil veces y sigo sin creerme que hiciese aquello -respondió Aurus-. No sé en qué estaba pensando para lanzarme de cabeza a por Tor'ganil de aquella manera. No me reconozco…

-Yo lo que sigo sin entender es por qué nos dejó marchar. Podía habernos matado cuando clavó a Ur’daar en la pared -dijo Tanarum.

-Lo hizo porque era la única manera de que no le siguiese -replicó el joven ur’daeralmán-. Tor’ganil sabía que no le dejaría escapar así como así, pero que era mucho más probable que me hubiese decantado por salvaros si estuvieseis en peligro.

-Quizá si nos hubieses dejado morir allí no estaríamos en esta situación -respondió Magdrot.

-Lo consideré. Pero los futuros que se derivaban de esa posibilidad acababan irremediablemente en la victoria de Tor’ganil, y eso significaba que os hubiera dejado morir sin tener ninguna posibilidad clara de victoria, era una mala decisión desde cualquier perspectiva.

El mariscal le miró atónito:

-¿Lo estás diciendo en serio?


Continue reading this ebook at Smashwords.
Purchase this book or download sample versions for your ebook reader.
(Pages 1-46 show above.)