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REFUGIOS DEL CORAZÓN

MARÍA MORENO




Refugios del corazón, de María Moreno

2º Edición – Febrero, 2017

© María Moreno Villén

Cubierta: China Yanli.

Maquetación: Miguel Ant. Carmona Rogel

Todos los derechos reservados.

All rights reserved.

Esto es una obra de ficción, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.


A la mejor mitad de esta naranja y a mis hijas, los tres motores de mi vida.

ÍNDICE



EMPEZAR DE NUEVO

FRAN, DE FRANCISCO, CHATA”

BYRON, NEGRO COMO LA NOCHE

A VERY MERRY CHRISTMAS

DESPUÉS

EL CAMINO A LA REDENCIÓN

LO QUE NO DEJAMOS ATRÁS

EMPEZAR DE NUEVO

El aeropuerto estaba tan abarrotado como siempre. Era imposible caminar sin tropezar con una maleta o con un viajero. Fuera el calor era insoportable, húmedo y cargado como sólo una ciudad costera podía padecer. Creía que al entrar se sentiría aliviada por el aire acondicionado, pero no fue así, hubiera preferido el calor a esa multitud. Sudaba como nunca lo había hecho antes, las gotas bajaban por su frente, por su pecho, por el labio superior. Le hubiera encantado poder darse una ducha, pero si no corría no cogería el vuelo que había estado esperando durante todo el verano. Empezó a zigzaguear entre la multitud, un pie aquí y otro allá, menos mal que llevaba poco equipaje, de lo contrario ya hubiera tenido algún problema más serio. Sacó el pasaje de su bolso y lo enseñó en el mostrador. Facturó su pequeña maleta. Unos pasos más. Pasó el bolso por el control de seguridad, lo volvió a coger y avanzó rápidamente hacia el avión. Había llegado justo a tiempo, no había cola para embarcar, lo que no sabía es que si hubiera tardado un minuto más, habrían retirado las escaleras para subir. Era la última pasajera.

Una vez dentro una azafata la acompañó hasta su asiento. Se acomodó como pudo en el sillón, se abrochó el cinturón y miró por la ventanilla. ¡Qué estampa más triste! No había tenido tiempo de mirar atrás desde que se había subido en el taxi que la llevó al aeropuerto. ¡Maldito despertador! Debía haber tirado ese trasto la primera vez que lo llevó a reparar, pero le tenía cariño, siempre acababa encariñándose con todas sus cosas. La vista que tenía ahora enfrente no le provocaba ningún sentimiento. Aviones, escaleras, satélites, gente caminando hacía la terminal, gente saliendo de la terminal… La azafata interrumpió sus pensamientos al pasar por el pasillo observando que todos los pasajeros llevaran puestos sus cinturones. Volvió sobre sus pasos y desapareció en la cabina. Lo siguiente que recordaba del viaje era la voz del piloto saludando a los pasajeros. Se echó hacia un lado, suspiró y se quedó dormida. Ocho horas de vuelo son muchas horas para una persona con claustrofobia, y ella lo sabía, así que en cuanto se levantó por la mañana se tomó un relajante que le permitiría soportar tanto rato en el avión. Se quedó dormida abrazada a su bolso, ocho horas de sueño que la llevarían a otra ciudad, a otra vida, sin planes, sin nada que perder, lejos como siempre había soñado. Tan lejos que el dolor no pareciera real, que acudiera a su alma como un mal sueño, una de esas pesadillas de las que te despiertas y te sientes inmensamente aliviado de que haya sido un sueño. Su vida no lo había sido, pero quizás pudiera irse lo bastante lejos de su casa, de sus raíces, de su lengua, como para creer que sí, que lo que le había sucedido le había pasado a otra persona, o que sólo había sido un mal sueño. Si por la mañana te despiertas y no reconoces nada de lo que ves, si la gente con la que hablas no habla tu idioma, si no tienes nada más que un triste bolso con tu documentación y algo de dinero, nada te recordará tu vida anterior, nadie ni nada te arrebatará tu vida actual, porque simplemente no la tienes. Es curioso cómo se puede caminar, hablar, comer y hasta dormir con ese terrible vacío en el alma que te recuerda que estás muerta, que funcionas porque en su día no te dejaron decidir que se acabó, que no soportabas el dolor ni un segundo más, que te ahogabas y querías descansar, no sentir, no pensar, dejar de sentir ese vacío en el estómago que sólo el dolor del corazón puede provocar, esa punzada que se asienta en lo más hondo de tu interior y que te impide respirar. Debería haber sido más cuidadosa aquel día, no haber dejado la puerta del baño sin pestillo. Le hubiera dado tiempo a morir antes de que alguien hubiera podido abrirla.

Abrió los ojos sobresaltada por el zarandeo al que la estaba sometiendo la azafata:

-Señora, hemos llegado, hora de desembarcar.

La miró fijamente, no recordaba dónde estaba. Miró un segundo a su alrededor y por fin se ubicó. El avión, estaba en el avión. Tras sonreír a la chica educadamente, se levantó para colocarse en la cola que la trasladaría lentamente hacia la puerta del avión. Bajó aún adormilada y se dirigió hacia el bus que la llevaría a la zona de la terminal de llegada del aeropuerto. Este aeropuerto era mucho más grande que el de la ciudad de la que no se había despedido y al bajar del vehículo y no escuchar ni una palabra en su idioma se sintió aliviada. Por fin.

Caminaba lentamente, con los ojos fijos en la multitud que esperaba para recibir a los pasajeros. Brazos que se abren, besos, saludos. Ningún sitio como un aeropuerto para comprobar cuánto nos echamos de menos unos a otros. Madres a sus hijos, hermanos a sus hermanas, maridos, mujeres, amigos… Atravesó el primer bullicio y se dirigió a recoger su pequeña maleta. Después de casi media hora esperando junto a la cinta transportadora, finalmente la maleta apareció. Se escabulló como pudo y se colocó detrás de toda esa gente. Miró a su alrededor. Quien quiera que viniera a buscarla ya debería haber llegado. En el mail que le había enviado no habían especificado si era un hombre o una mujer, sólo que alguien acudiría al aeropuerto a recogerla. De repente se encontró ante sus narices una cartulina con su apellido: Miss Santa Cruz. Era un hombre alto, trajeado, de complexión fuerte, aunque ya cerca de los sesenta a juzgar por las arrugas de su rostro. Ella se detuvo y le miró. En su perfecto inglés, le saludó:

-Buenas tardes, yo soy Miriam Santa Cruz.-le tendió la mano que su interlocutor apretó al saludar y sonrió.

-Yo soy Paul, de la agencia. Encantado, señorita Santa Cruz. Veo que era cierto lo de su perfecto inglés. Perdone que lo haya dudado pero nos encontramos con cada cosa cada vez que recogemos a alguien que dice hablar inglés y luego no sabe ni saludar.

Miriam sonrió. El hombre le parecía educado y amable. Le cogió la maleta y le indicó que le siguiera:

-Tengo el coche cerca, no habrá que caminar mucho. ¿Qué tal el vuelo?

-Estupendo.- ¿Qué otra cosa podía decir si había pasado todo el trayecto durmiendo?-Estoy un poco cansada, pero nada más.

-Bueno, pues la llevaré a casa del señor Grant y podrá instalarse hoy mismo. Aunque creo que la recibirá su esposa, Charlotte, él no está en el país en este momento.

“¿No está en el país?”, pensó Miriam. Claro, si habían acudido a una agencia como aquella para contratar a una asistenta, seguramente se dedicarían a algo que les proporcionara mucho dinero. Sólo conseguir entregar el curriculum fue toda una odisea. Si no hubiera sido por Antonio, aquel compañero suyo de la universidad, que trabajaba en la empresa y le había ayudado a “colarlo” en medio de los que sí iban a revisar, jamás lo habría conseguido. Siempre le pareció buen chico ese Antonio, hacía muchos años que no le veía y sin embargo, cuando se presentó en la agencia para pedirle ayuda, no lo dudó ni un instante. La asesoró sobre el tipo de persona que buscaban, cómo debía vestirse para la entrevista si la llamaban y hasta qué foto debía poner en la solicitud para que inspirase confianza. “Not only” era una agencia de empleo muy exigente ya que quienes acudían a ellos, gente de todas partes del mundo, también lo eran. Pasó la entrevista y consiguió el puesto en NY.

Paul la sacó de su ensimismamiento al preguntarle:

-¿Había visitado antes esta ciudad?

-No, y no por falta de ganas-respondió.

-Le va a fascinar. ¿Puedo hacerle una pregunta? ¿Por qué ha traído tan poco equipaje? Normalmente la gente viene con dos o tres maletas, y no estoy exagerando.

-No sé cuánto tiempo voy a estar, primero debo pasar el período de prueba. Además, en esa maleta está todo lo que tengo.

Miriam le miró con un deje de tristeza que encogió el corazón de Paul. No la conocía, pero desde el momento en que empezó a hablar con ella le había caído bien. Una mujer joven, española, guapa, preparada, que sólo tiene una pequeña maleta, que no tiene planes, ni miedo de no tenerlos, no es lo que solía recoger. Normalmente eran chicos y chicas más jóvenes, estudiantes que buscaban sacar algún dinero para pagarse los estudios o que querían aprender inglés. Otros tenían pretensiones más altas. Esta ciudad es el lugar perfecto para soñar, para creer que uno va a llegar y va a conseguir el sueño americano, trabajar en publicidad, cine, televisión, hacerse millonario... Lamentablemente estos volvían con algo de dinero y la tremenda carga de la decepción. En esta ciudad gigantesca nadie es nadie. Algunas de las personas que contrataban se quedaban para siempre porque habían encajado en el trabajo y habían sido lo bastante realistas como para conservarlo. Habría que ver en qué lugar se colocaba ella. Durante todo el trayecto desde el aeropuerto JFK hasta la zona de Central Park, donde se encontraba la casa donde iba a trabajar, las únicas vistas que les habían acompañado eran carriles de autovía, algún que otro túnel, casas viejas y campo. Ahora que por fin entraban en la avenida y se empezaban a divisar los edificios más propios de una ciudad como Nueva York, altos y majestuosos, Miriam no pudo por menos que exclamar:

-¡Dios mío! Es tal como sale en las películas.

Los ojos se le iluminaron ante el soberbio espectáculo de luces, colores, sonidos, gente…Si hubiera tenido que describirlo hubiera dicho que era como entrar en otro mundo, uno en el que uno se da cuenta de lo insignificante que es ante esa grandiosidad apabullante. Miraba arriba, abajo, miró a Paul, que la miró a su vez sonriendo:

-Esa es la reacción, sí señora.-Y se echó a reír.

A esta reacción sí estaba acostumbrado. Todos aquellos a quienes había llevado a los distintos puestos de trabajo para los que habían sido solicitados habían abierto igual la boca y los ojos, le habían mirado a él como preguntándole cómo puede vivir alguien en una ciudad así y considerarlo lo más normal del mundo.

-No es que no haya visto otras grandes ciudades, en Europa, eso sí, pero esto…esto…la deja a una sin habla.

Una idea le pasó a Paul por la cabeza. Nada descabellada teniendo en cuenta que ya había pasado con muchas otras personas a las que habían contratado.

-Miriam, ¿sabe dónde va a trabajar?

-Pues creo que en casa de un joven matrimonio, los Grant.

A ésta tampoco se lo habían dicho. No se apellidaban Grant. Ahora además tendría la oportunidad de ver el rostro de Miriam cuando viera para quién iba a trabajar. Esto solían hacerlo en la empresa cuando los que buscaban un empleado eran ricos o famosos o ricos y famosos que no querían que nadie se colara en sus vidas sin recomendación. Políticos, artistas, grandes empresarios de la moda, millonarios descendientes de otros millonarios, en definitiva, gente que buscaba personas como mínimo discretas para ser incluidas en nómina, eso sí, con el correspondiente contrato de privacidad que haría que en caso de cometer alguna indiscreción, el trabajador se encontrara en la calle de un día para otro, con una querella interpuesta contra él o ella y con la única certeza de que la agencia no volvería a solicitar sus servicios.

El trayecto no había sido muy largo y Paul no había hablado demasiado, no solía hacerlo nunca porque era un hombre discreto al que más que hablar le gustaba observar. Al girar el coche y adentrarse en aquella calle tan elegante, Miriam se dirigió a él:

-¿Ya hemos llegado?

-Casi-contestó él-Es en ese bloque del final, el blanco. Es un lugar precioso para vivir, y tendrás la suficiente independencia como para entrar, salir y hacer tu vida sin interferir en la de los Grant-y al decir el apellido sonrió-Tendrás un pequeño apartamento independiente con salida por el patio del edificio, con lo cual sólo te cruzarás con ellos mientras trabajas. Además, pasan mucho tiempo fuera, a veces los dos, a veces él, otras veces ella…Enseguida lo entenderás.

Paul bajó un momento y se colocó delante del portero automático con videocámara que estaba situado en la entrada. Era una enorme verja negra barroca de hierro. Miriam, que seguía sentada en el coche, vio cómo hablaba con el video portero y volvía al coche mientras la verja se abría lentamente. Se colocó de nuevo al volante e introdujo el coche en el enorme jardín de la entrada. Unos metros más adelante había varias filas de aparcamiento vigiladas por el correspondiente guardacoches uniformado de azul marino. Aparcó en una de las plazas y salió del coche. Miriam hizo lo mismo. De repente sentía un tremendo malestar. No esperaba un lugar así, tan…de película. No era un edificio muy alto, como los rascacielos que le habían robado la respiración al llegar a la ciudad, pero tenía un aspecto imponente, tan sobrio, tan blanco, tan inmaculado. Paul sacó la maleta del coche y se colocó a su lado:
-¿Lista?

-Supongo que sí.-No sabía qué decir, de pronto tenía la sensación de que algo extraño se avecinaba aunque no podría decir qué. Ante ellos apareció una enorme escalinata de piedra y el portero se acercó a recibirles:

-Buenas noches. La señora les está esperando.

Les acompañó educadamente hasta el ascensor y al cerrarse las puertas se dirigió nuevamente a su mostrador.

Si por fuera el edificio ya era impresionante, por dentro no tenía nada que envidiar. Paredes de mármol blanco, espejos, cuadros, ascensor último modelo…Ahora sí que se estaba poniendo nerviosa. El ascensor se abrió y dio paso a un rellano enorme donde había dos puertas también enormes y al parecer antiguas, una frente a otra, pero a una gran distancia para tratarse de un bloque de pisos, aunque no fuera uno cualquiera. Ellos se dirigían a la puerta blanca. Cuando se colocaron frente a ella, Paul pulsó el timbre. Sonó una especie de campanada y el ruido de unos pasos acercándose a la puerta, que finalmente se abrió.

-Bienvenidos, adelante.

Una mujer alta, delgada, vestida con unos leggings negros y camiseta larga y gris les saludó. Miriam juraría que la conocía pero eso era imposible, ¿cómo podría? Mientras la seguía por el enorme pasillo que conducía al salón, Miriam vio que no llevaba zapatos, sólo unos calcetines de esos que llegan al tobillo, y que estaba despeinada, como si acabara de levantarse. Alzó la vista y una foto de una preciosa mujer sonriendo junto a un hombre guapísimo que sonreía aún más casi la sacudió. Ahora sí que la había reconocido, aunque distaba bastante de la imagen de la mujer que les había recibido. ¿Cómo no iba a reconocerla si no había revista o programa de televisión en que no apareciera? Aunque ahora que caía en la cuenta, hacía bastante que no había leído nada sobre ella. Sobre Charlotte Richards, la estrella de cine-musa-de-moda-omnipresente en anuncios publicitarios y todos los demás adjetivos que se puedan usar para hablar de la nueva diva de Hollywood. Imitada hasta la saciedad por chicas y mujeres de todas las edades, su pelo, su aspecto, su ropa. Ella no había tenido la oportunidad de ver sus películas pero sí que había sido bombardeada con su imagen en las marquesinas de los autobuses, en las portadas de las revistas de moda, juraría que aparecía en la revista que hojeó la última vez que fue a la peluquería, justo antes de iniciar su aventura.

La mujer les acompañó amablemente hasta el sofá con chaise longe que se encontraba al fondo del enorme salón, justo enfrente de la chimenea y les ofreció asiento.

-Veo que te he sorprendido-le dijo educadamente a Miriam, mirándola fijamente.

-Lo siento, perdone…yo…no sabía…no tenía ni idea…

Charlotte la interrumpió:

-Mejor así, seguro que nos hemos evitado algún disgusto.

Paul la interrumpió:

-Es la señorita Santa Cruz, Miriam Santa Cruz

-Encantada. Supongo que ya no hace falta que me presente.

Miriam no sabía a dónde mirar. Se sentía pequeña, apabullada. Esta mujer destilaba seguridad por cada poro de su piel. La mirada fija, la sonrisa justa, las palabras perfectas, hasta el tono de voz era el adecuado. Esta vez se dirigió a Paul:

-Si no tiene nada más que comentarme le enseñaré a Miriam su apartamento.

Paul parecía no encontrarse muy cómodo. Miró a Miriam y se levantó:

-Nada más, señora. Si hay algún problema, si necesita algo, o tiene alguna duda…

-No se preocupe, se lo haré saber, aunque sinceramente espero que todo salga bien. Acudir a una agencia como esta debe servir de algo, y debo decirle que me la recomendaron encarecidamente. Le acompaño a la puerta y luego sigo con ella.

Durante unos instantes Miriam tuvo la oportunidad de observar su alrededor. El enorme sofá blanco de piel, la alfombra, la gran chimenea, el suelo de parquet, las fotos…Claro que había visto a esta mujer en mil sitios y ahora que se fijaba, también al hombre, a su marido. No podría decir ni cómo se llamaba, ni en qué películas o series o programas de televisión le había visto, pero recordaba esa cara de chaval travieso y a la vez dulce, esos tiernos ojos azules, tranquilos, esa mirada apacible. Debían tener más o menos la edad de ella, pero a juzgar por las fotos eran mucho más felices: comidas con amigos, escenas de playa, cenas con famosos, entregas de premios… Jóvenes, ricos y famosos. ¿Qué más se puede pedir?

En aquel momento Charlotte entró de nuevo en el salón. Fría pero educadamente, la misma actitud que había mantenido desde que les recibió, le pidió a Miriam que la siguiera para enseñarle la casa y el apartamento en el que iba a vivir mientras trabajara para ellos.

Justo a la salida del salón, separada solamente por un enorme arco, se encontraba la enorme cocina. Estaba un poco desordenada, desaliñada, pero era preciosa, con una gran isla cuadrada en el centro sobre la que pendía una enorme campana metálica en tono cobre. Los muebles eran de un estilo entre rústico y moderno, de color cerezo con preciosos tiradores imitando al bronce. También había una mesa de madera redonda rodeada de cuatro sillas y adornada con unas flores. Había una puerta de cristal que daba a una enorme terraza. No llegó a entrar en ella, pero sí pudo distinguir algunos muebles de mimbre y una enorme sombrilla blanca. A la salida de la cocina y el salón se encontraba el pasillo que conducía a los dormitorios y los baños. Cuatro dormitorios todos con baño en suite, según le iba explicando Charlotte más otros dos completos en el pasillo. Ella iba abriendo puertas y señalando el interior y Miriam se limitaba a intentar mantener la boca cerrada ante tanta opulencia. Había una chimenea en el dormitorio principal, que debía medir el triple de lo que ella consideraría normal, con un enorme balcón que daba a la calle cubierto con una preciosa cortina blanca. Muebles seguramente de anticuario, figuras de mármol y lámparas de alabastro. Habían conseguido que el piso tuviera un carácter indefinible. Ni antiguo ni moderno, ni demasiado pomposo ni sencillo, juvenil, pero sobrio. Al pasar por una habitación que permanecía cerrada, Charlotte le aclaró:

-Este cuarto es de Jason. Tendrás que entrar a limpiarlo aunque él te diga lo contrario, aquí es donde estudia los guiones, escucha música, lee y no sé qué otras cosas. Yo no suelo entrar y las pocas veces que lo he hecho me ha espantado el desorden que hay. Es un poco…caótico.

Este comentario le hizo pensar que probablemente la cuidadosa decoración había sido cosa de ella, como en la mayoría de las parejas que conocía.

Al fondo del ancho pasillo había una puerta que conducía a unas escaleras que llevaban a una planta más alta. Subieron las escaleras y llegaron a una terracita cuadrada, un poco abandonada desde su punto de vista, al fondo de la cual se encontraba el apartamento donde viviría Miriam. Se entraba directamente al salón, que incluía una pequeña cocina en un lateral. Enfrente, un pequeño pasillo que tenía un baño a la derecha y un dormitorio al fondo. Ya está, esta era la realidad, su casa ahora. Nada que ver con lo que acababa de visitar, para su enorme alivio. Al menos no vería a sus jefes nada más que en horario de trabajo: “De 9 a 5 a no ser que te comuniquemos otra cosa”, le había informado Charlotte.

-Muy bien, pues esto es todo por hoy. Supongo que querrá descansar, así que la dejo. Nos veremos mañana a las nueve. ¿De acuerdo?

-Por supuesto, señora.

Charlotte sonrió educadamente, dio media vuelta y se marchó con ese caminar elegante que solo una diva podía tener.

Por fin se quedó sola. Se sentó en el pequeño sofá que había delante de la cocina y puso los pies sobre la mesa. Se quitó lentamente los zapatos y miró a la puerta de entrada que daba a la terraza. No estaba mal, impersonal y soso, como de no haber estado habitado en algún tiempo. No tenía hambre, pero curiosamente se sentía muy cansada, como si no hubiera dormido en días. Se acomodó en el sofá y sin darse cuenta, lentamente, se quedó dormida. Y por primera vez en años no tuvo ninguna pesadilla. Su mente estaba tan ocupada ordenando toda la información que estaba recibiendo que no tuvo tiempo ni para atormentarla como venía siendo habitual.

Era septiembre, por la puerta de la terraza entraba una suave brisa que inundaba el pequeño salón. Se oían ruidos de fondo a lo lejos. Sirenas, coches…Ahora mismo nadie diría que se encontraba en una ciudad tan enorme. No señor.

Se despertó despacio cuando los primeros rayos de sol se reflejaron en su cara, abrió los ojos y se encontró con la luz que entraba por la puerta de la terraza. Estiró los brazos, era temprano, estaba amaneciendo. Menos mal que no se había quedado dormida en su primer día de trabajo. Lo que necesitaba ahora más que el aire que respiraba era una café y una ducha. Charlotte le había dicho que hoy tendría que comer de lo que hubiera en la cocina de abajo, ya que tendría que hacer su propia compra cuando acabara la jornada. Así que se metió en la ducha y se sintió exactamente como necesitaba, fresca, limpia, renovada. Encima de la cama había un uniforme de un tono rosa claro, abotonado delante y con dos bolsillos, a los pies de la misma estaban las zapatillas blancas de cuña. Colocó su maleta sobre la cama y sacó un práctico conjunto de ropa interior visón que se enfundó como un guante. Se puso el uniforme, las zapatillas y se recogió el pelo en un moño. No iba a maquillarse, no lo necesitaba, su piel blanca con las mejillas rosadas, sus enormes ojos azules enmarcados por dos cejas cobrizas, su color natural, el color de su pelo. Sus labios no eran finos, pero tampoco gruesos, y tenían un tono que podría pasar por el color de alguna barra de labios rosa oscuro. Se miró al espejo del baño y se sintió satisfecha con su aspecto. Pulcra, limpia, como creía que debía aparecer en su primer día de trabajo. Miró el reloj de su muñeca. Aún eran las ocho. Pero necesitaba un café urgentemente. Se dirigió a la puerta y, cruzando la terraza, bajó por las escaleras que conducían hacia el piso. La puerta estaba abierta, así que simplemente entró. Todo estaba en silencio y en penumbra, las cortinas del salón, a lo lejos se veían cerradas. Se detuvo en la cocina y abrió unos cuantos armarios cuidadosamente buscando una cafetera. No vio ninguna. Dirigió su mirada hacia la encimera de la cocina y vio una de esas cafeteras expresso modernas, tipo cafetería. Miró que tuviera café y la puso en marcha. Se echó en la encimera esperando que el café estuviera listo y una voz masculina la sobresaltó:

-Buenos días. Soy Jason.

Se dio la vuelta y se encontró con aquel hombre que había visto en las fotos. Tan alto y tan guapo como en las mismas, vestido con un pantalón vaquero y una camiseta azul marino, descalzo, que le tendía amablemente la mano para saludarla. No pudo decir nada. Tendió su mano y sonrió. Jason se sorprendió. No la esperaba así. Charlotte le había dicho que vendría una chica latina y él se había imaginado alguna sudamericana bajita y morena, como alguna otra que había desfilado por la casa. Pero esta mujer no tenía nada que ver con lo que esperaba. Le pareció guapa, muy guapa. No parecía la típica mujer que se dedica a limpiar las casas de los demás. Le sonrió:

-Tú debes ser la chica nueva.

-Miriam, señor, me llamo Miriam. Encantada de conocerlo.

-Por favor, llámame Jason.-No sabía por qué había dicho eso. Charlotte le hubiera dicho que nunca se le había dado bien mantener las distancias. –El olor del café me ha despertado.

-Lo siento, no sabía si habría alguien…es una tonta costumbre que tengo…

-No te preocupes, no me ha molestado. Al contrario, me tomaré uno contigo si no te importa.

Miriam empezó a ponerse nerviosa. No esperaba esta familiaridad, no después de cómo la había recibido su mujer ayer. Suponía que él sería igual de distante, pero ahí estaba, sonriendo, sentado en una de las sillas de la mesa de la cocina, con el periódico delante y maldiciendo alguna noticia que no le acababa de gustar. Ella empezó a tomar el café que estaba ardiendo, casi se quemó los labios, pero no quería seguir allí.

-La señora no me dijo ayer cómo o por dónde empezar, había pensado…

-Bueno, supongo que tú sabrás qué hacer.

-Me dijo que limpiara su habitación.

-¿Dijo mi habitación? ¿Estás segura de que no dijo “la cueva”, “la madriguera”, o algo parecido?

Él se echó a reír y ella sonrió amablemente.

-No te preocupes, entra si quieres. No creas que tengo monstruos ni nada que pueda atacarte, es solo que me gusta tener mi espacio. Yo no creo que esté tan mal. Después me darás tu opinión. ¿Qué te ha parecido tu alojamiento?

Este hombre la miraba con una familiaridad como si la conociera de toda la vida, no era una mirada incómoda, al contrario, le resultaba agradable que alguien al menos le hiciera esa pregunta, aunque no fuese sincera, aunque fuese una pura formalidad. Lo extraño es que parecía sincera, como su mirada, como su actitud. La había cogido totalmente por sorpresa.

-Estoy muy contenta, señor… perdón. Estoy contenta, gracias.

Salió de la cocina como alma que lleva el diablo y se dirigió a la última habitación. Abrió la puerta, era un vestidor, enorme, pero no muy cuidado. Pensó que eso sería lo último que haría, mejor empezar por el salón y la cocina y después ir limpiando cada cuarto. Tenía que limpiar todo de modo que se viera su trabajo, que cuando Charlotte volviera se preguntara cómo había vivido tanto tiempo sin alguien como ella en casa. Volvió a la cocina, donde Jason seguía tomando su café delante del periódico y se atrevió a preguntar:

-En cuanto a la comida…

-¿No te ha dado Charlotte ninguna instrucción?

-No, y estaba tan cansada que no me acordé de preguntar.

-Pues debe haber algo con lo que te las puedas arreglar en el frigorífico. Cuando compramos solemos hacerlo por internet y nos lo traen a casa. De todas formas estamos solos tú y yo, algo encontraremos.

Miriam le preguntó:

-¿No está aquí la señora?

-No. Esta mañana nos hemos cruzado en la entrada. Tiene que ir a Los Ángeles con su representante a una audición para una película. Volverá en un par de días.

-Muy bien. Lo haré lo mejor que pueda hasta que vuelva.

Empezó a abrir los armarios y a recopilar productos y otros enseres de limpieza y se dirigió al salón para empezar por allí. Le esperaba una larga jornada, justo lo que ella quería, un trabajo mecánico que le impidiera pensar, que requiriera su atención. Llevaba el móvil en el bolsillo, sacó sus auriculares, se los colocó, pulsó el play y empezó a limpiar. Era el primer día y había que causar buena impresión. En su teléfono, la canción de Measure, Begin again, le recordaba que estaba haciendo lo correcto, empezar de nuevo, ya no quería tener miedo nunca más. No quería recordar, hubiera dado media vida por conseguir no recordar nada de los últimos cinco o seis años de su vida, una vez casi dio su vida entera. Se acabó lamerse las heridas. Iba a mover todos los muebles, a limpiar cada estatua, cada cuadro, la cristalera que daba a la calle…había mucho por hacer y ella no tenía intención de parar hasta caer rendida. En el fondo la había relajado mucho saber que Charlotte no estaba en la casa, la intimidaba, la hacía sentirse insignificante. Esperaba poder hacer todo lo suficientemente bien como para que cuando volviese se llevara una agradable sorpresa. Primero todo lo visible, después los detalles.

Tras una larga mañana limpiando el salón y la cocina, vaciando cada armario, ordenando cada cajón, tenía mucha hambre. Se quitó los auriculares y se dirigió al frigorífico. Era la una. Ni de broma hubiera comido a esta hora en España, aunque claro, tampoco había trabajado de esa forma desde hacía mucho tiempo. Abrió el frigorífico y se dio cuenta de que lo primero que necesitaba esta pareja era ir al supermercado. No sabía si de eso se encargarían ellos o ella, y pensó que si volvía a cruzarse con Jason, le preguntaría. Al menos había pasta, algo de queso, nata…Prepararía unos espagueti con salsa y si lo que se veía al fondo era un paquete de salmón ahumado sería la mujer más feliz del mundo. Sacó una olla de uno de los armarios de la parte baja de la cocina y la llenó de agua. Una pizca de mantequilla, algo de sal y ¡a cocer!

Se sentó en la mesa de la cocina a hojear el periódico, pero realmente no le estaba prestando ninguna atención. Su mente había vuelto a traicionarla llevándola al pasado, a la época en la sí era feliz. Cerró los ojos y olió el aire, la brisa marina, sintió el agua en su cuerpo, escuchaba risas infantiles, carcajadas, chapoteos.

-¿Qué es eso que huele tan bien?-dijo Jason entrando en la cocina.

Miriam abrió los ojos sobresaltada y se puso de pie de un salto.

-Perdona-se disculpó Jason al ver su reacción- ¿Te he asustado?

-No, tranquilo. Es que no sabía si habría alguien en casa.-contestó ella ya repuesta del susto.

-¿Sabes? Has entrado dos veces en la cocina y las dos veces has hecho que venga a buscarte…Esto empieza a ser una costumbre. Siento haberte asustado.

-En serio, no importa.-se dirigió a la cocina donde el agua que había puesto en la olla hervía sin parar y añadió los espagueti-Sólo es agua con mantequilla, voy a preparar unos espagueti para comer. ¿Le gustaría probarlos?

-¿Hablas en serio? Estás hablando con un hombre que lleva dos días sin llevarse nada decente al estómago, claro que quiero probarlos.

Miriam no sabía cómo dirigirse a este chico que tanto la intimidaba con su dulzura, su mirada, su forma de hablar… pero tenía que preguntarle algunas cosas que no podían esperar o acabaría haciendo algo que pudieran considerar de mal gusto.

-Verá…yo me preguntaba… ¿dónde debo comer?

Jason la interrumpió:

-Cuando lleves aquí algún tiempo te darás cuenta de que la intendencia de la casa no es lo mío, eso es cosa de Charlotte. A ella se le da muy bien dar instrucciones, sabe tratar a la gente. A ver, las otras chicas que han trabajado aquí han comido aquí, en la cocina. Pero no te preocupes demasiado, a veces no estamos aquí, si quieres puedes subir a tu apartamento.

-Comeré en la cocina. Procuraré hacerlo antes o después que ustedes. Perdón.-dijo, levantándose.

Movió los espaguetis y sacó una olla más pequeña para preparar la salsa. A medida que ésta se calentaba, el dulce olor de la nata y el salmón ahumado inundó la cocina.

-Huele francamente bien.-dijo Jason.

-Gracias. Es lo único que he encontrado en el frigorífico que me ha dado una idea de lo que podía preparar, está en las últimas. Había un ratón con una pancarta pidiendo que alguien hiciera la compra.

Jason se echó a reír ante la ocurrencia.

-¿Te importaría comer hoy conmigo? No me gusta comer solo.

-Por supuesto que no.

En cualquier otro lugar, con cualquier otra persona, hubiera pensado que estaba intentando ligar con ella, pero sabía, sentía que este hombre no tenía ningún tipo de doblez ni mala intención, que lo que decía era lo que realmente pensaba y que no haría nada que pudiera molestarla en ningún momento. “Extraña forma de ser para alguien que gana tantos millones de dólares”, pensó. Miriam sacó un mantel y lo colocó sobre la mesa. Colocó dos platos de pasta, uno frente al otro y dos tenedores. Sacó unas servilletas del primer cajón de uno de los muebles de la cocina y se dispuso a sentarse a comer frente a Jason. Éste se levantó y se dirigió al frigorífico a por algo para beber.

-¿Quieres beber algo?

-No, gracias.

-Yo tomaré un refresco de cola.

Se sentó frente a ella y se dispuso a comer. Realmente había hecho un milagro con lo que había encontrado en la nevera. A él no le gustaba cocinar, si tenía hambre y no encontraba nada que hubiera sobrado de lo que hubieran pedido el día anterior se hacía un sándwich o se comía unas galletas o unos cereales. Charlotte tampoco era muy buena en la cocina, se había acostumbrado a pedir o traer la comida de algún restaurante o a comer fuera. Aunque últimamente comer fuera era cada vez más difícil porque al día siguiente encontraban fotos en las revistas de ellos dos desayunando, comiendo o cenando. No entendía qué importancia podía tener eso para el público, pero indudablemente la tenía, y si se podía insinuar que Charlotte estaba embarazada, o que estaban enfadados, o que eran la pareja ideal, mejor que mejor. Puro morbo.

-Dime, Miriam. ¿De dónde vienes? ¿Cómo has acabado aquí?

-Supongo que habrá visto mi ficha de la agencia.

-Ya te he dicho que eso lo hace Charlotte. Y no recuerdo que me haya mencionado nada especial.

-¿Por qué tenía que haber algo especial?-se sorprendió ella.

-No sé. Por ejemplo, la forma en que hablas, tan correcta, tan bien pronunciada, tan neutra. ¿Dónde aprendiste inglés? En la calle no, desde luego.

-No, claro. Aprendí en el colegio.

-No sabía que fueran tan buenos con los idiomas en España.

Miriam se mostró incómoda sin darse cuenta, pero Jason sí se percató, así que cambió de tema, pero como solía hacer siempre, sin ninguna sutileza:

-OK, nada de preguntas sobre ti. ¿Quieres preguntarme tú algo?

-Pues no. No.

-¿Ni siquiera la típica pregunta de cómo llevamos la fama?

-Supongo que para ustedes será rutinario, es decir, estarán acostumbrados. Y si algo he observado es que si uno no quiere no tiene por qué salir en ciertas revistas.

-Bueno, eso es verdad a medias. ¿Habías oído hablar de nosotros antes?

-Si le soy sincera sé que son famosos, sé que son actores porque los he visto en prensa y en publicidad, pero no he tenido mucho tiempo de ir al cine o de ver la tele últimamente. Tampoco presto a estos temas mucha atención, la verdad.

-¡Qué raro! Es decir, las otras chicas que han trabajado aquí sí que sabían quiénes éramos, incluso nos mencionaban series o películas que habíamos hecho…Es curioso hablar con alguien que no me conozca. Tendré que acostumbrarme.- añadió con un gesto de fingida preocupación.

Miriam había terminado su plato, pero esperaba a que él acabara para levantarse y recoger la mesa antes de seguir con la limpieza del resto de la casa. Jason acabó de comer y se levantó:

-Estaba delicioso.

Y antes de que pudiera decir nada más su teléfono móvil empezó a sonar. Lo miró, descolgó y se fue hacia su cuarto charlando animadamente con alguien.

Miriam recogió la mesa y la cocina y se dispuso a seguir limpiando. El siguiente paso era limpiar el dormitorio principal. Si Charlotte volvía, como esperaba, cansada del viaje, lo primero que haría sería entrar en su cuarto a darse una ducha o a echarse un rato, y debía dejar aquella habitación como sabía que a alguien que aparentemente tenía tanto autocontrol le gustaría. Deshizo la cama por completo y le dio la vuelta al colchón. Buscó en el armario unas sábanas que poner y una funda para el edredón, y volvió a hacer la cama. Limpió los muebles con una bayeta y un pincel humedecidos en limpia muebles. Abrió los cajones y distribuyó la ropa interior, los papeles y todo lo que encontró. Quitó las cortinas, como ya había hecho con las del salón, para lavarlas y aprovechó para limpiar el balcón. Se asomó y vio la hermosa calle ancha debajo. Si no supiera que sólo había que llegar a la esquina y girar a la derecha para encontrarse con el bullicio de la gran ciudad, ni siquiera se lo hubiera imaginado. Hacía sol, pero no hacía mucho calor, lo que facilitaba enormemente su trabajo. Curiosamente no estaba cansada. Mañana tocaba compra. Jason le había dicho que comprara lo que quisiera, pensando en lo que iba a preparar a lo largo de la semana. Por hoy había terminado.

Recogió todos los productos de limpieza, echó un último vistazo por si había algo fuera de lugar y salió por la puerta de atrás hacia su pequeño apartamento en la terraza. Definitivamente tenía que hacer algo con él, unas plantas, unas velas perfumadas, una guirnalda de luces, había que personalizarlo. Estaba muy bien, pero sin ningún detalle. Tenía que convertirlo en su hogar.

“FRAN, DE FRANCISCO, CHATA”

Se dirigió al cuarto de baño y se duchó. Luego se puso un pantalón vaquero ajustado, unas zapatillas planas ideales para caminar, una camiseta y un pequeño bolso cruzado. Sacó su guía de la maleta y se decidió a ir a dar un paseo a pie, hasta donde sus piernas la llevaran. Ya se alejaría en otro momento, cuando se encontrase preparada. Se soltó el pelo y se puso sus gafas de sol. Se puso un poco de brillo en los labios y se lanzó a la calle a ver qué encontraba alrededor. En cuanto abandonó la casa y salió a la avenida principal la vida volvió a sus venas. La avenida estaba llena de tiendas, cafeterías, restaurantes, floristerías…hacía siglos que no venía un lugar así, quizás desde que estudiaba inglés en Londres. Aunque esta calle podía haber pertenecido a París, o a Viena, o cualquier otra capital de las que había visitado, y conocía algunas más. Parece que hacía miles de años de aquellos viajes, de su vida, de su pasado. Tenía sentimientos encontrados desde que había llegado a la ciudad. Por una parte notaba como cumplía su objetivo de cambiar de vida, de olvidar todo lo que había sucedido antes de llegar aquí, antes de todo, notaba que se iba sintiendo mejor, con ganas de salir. Desde que concibió la idea de marcharse de España había centrado su pensamiento en ello y ahora sabía que había hecho lo mejor. Pero por otra parte se sentía tan culpable, tan avergonzada, por estar viva y por querer estarlo, por tener ganas de sonreír por primera vez en muchos años, por pensar en velas perfumadas y plantas y hasta por estar pensando en recoger algún gato para tener compañía en casa. No tenía derecho. Cuando tus seres más queridos han desaparecido, cuando sabes que ya no vas a verlos más, que no crecerán, que no estudiarán, que no se enamorarán…

-Perdón, tenía curiosidad por saludarte.

Miriam se detuvo de golpe. Ni se había dado cuenta hasta dónde había llegado, sólo que estaba frente a una de esas cafeterías famosas con cafés de todo tipo y sofás para disfrutarlos. Frente a ella, un hombre alto, delgado, algo calvo, de enormes ojos azules, la miraba fijamente. Se había dirigido a ella en español, así que algo sabría de ella.

-Soy Fran, de Francisco, chata, no de Frank, pero es que queda muy fashion, ¿no? ¿Trabajas en casa de la bruja de Charlotte Richards. No me mires así, esto es un pueblo, como todo. Desde que has llegado al bloque no se ha hablado de otra cosa. Di algo, nena.

Definitivamente este tío escapado de una after gay había logrado captar su atención.

-Soy Miriam.

-Ya, nena, hasta eso llego. Yo trabajo justo en la puerta de enfrente de la casa de la Richards, pero mi jefe es un banquero, marica, pero banquero. Aunque no ha salido del armario, ya ves, está divorciado, tiene hijos y va por ahí con ese aire tan respetable…Pero yo limpio, nena, yo limpio…-le dijo mientras la golpeaba suavemente con el reverso de la mano en el brazo.-Y sé lo que entra en esa casa…aunque también puedo contarte lo que pasa donde tú estás. ¿Qué tal el primer día? Me han dicho que el míster está solo. Aún no puedo creer que lo haya dejado sólo, será la primera vez, chica. Lo tiene totalmente controlado, no te habrá visto muy guapa cuando se ha atrevido a dejarlo sabiendo que estás tú, o será que la mala pécora no cree que el galán se vaya a fijar en una criada. ¡Como es tan clasista la muy zorra!

Miriam estaba totalmente abrumada. Su cabeza no podía asimilar tanta palabrería incomprensible de golpe ni tanto aspaviento En un par de minutos se había presentado y le había contado cosas de su trabajo que seguramente le hubiera costado descubrir años. Ella no era muy dada a los chismes y tampoco era muy observadora, así que o las cosas pasaban enfrente de sus narices, o ni se enteraba.

-Pues mi primer día ha estado bien, y de lo demás…no sé qué decirte. ¿Cómo sabes…?

-¿Qué has llegado? ¿Qué te llamas Miriam? ¿Has visto ese portero tan elegante que te acompaña al ascensor? Pues es un chismoso, es portero, ¿qué esperas? Le dijo a Tatiana, la que trabaja en casa del ministro, que la Richards había despedido a su prima el mes pasado y que había acudido a una agencia nueva para encontrar a otra asistenta porque las que le mandaban de ésta nunca le duraban mucho. La muy guarra, si no hay quien la aguante, si este hombre es un santo…Total, que ya hemos estado pendientes y le dijimos al portero que nos avisara cuando llegara la nueva. Ahora ya lo sabes todo, nena.

La miraba con una cara entre divertida y sorprendida, por supuesto orgullosísimo de su presentación y del impacto que había causado en Miriam. Le encantaba llamar la atención, seguro que no le había costado nada abordarla de ese modo en la calle y soltarle todo lo que le acababa de decir.

-¿Bueno, qué? ¿Te vas a quedar ahí parada? Invítame a un café por lo menos, aunque sea por lo que te estoy entreteniendo.

Miriam se echó a reír, de veras, alucinada y encantada de que este personaje le hubiera prestado tanta atención sin conocerla siquiera. Se dio la vuelta y señaló el café.

-Venga, nena, aquí mismo, anda. Detrás de ti.

Ella no podía parar de reír, no se podía ser tan marica sin que fuera intencionado, sin que hubiera un poco de interpretación. Pidieron dos capuchinos y se sentaron en uno de los sofás que tenía delante una mesa pequeña cuadrada.

-¿Qué te pareció la bruja?

-La verdad, no he hablado mucho con ella. Altiva, elegante, educada, distante…

-Es una petarda, ya me darás la razón. ¿Sabes que le exige al pedazo de marido que tiene que la mencione en todas sus entrevistas? Vamos, para que quede claro que está pillado, por si alguna otra le tira los tejos.

-Se fue cuando llegué, así que no he tenido oportunidad de hablar con ella.

-Ni aunque estuviera aquí. ¿Qué crees, que se va a dignar ni a mirarte? Ya hablarás con Tatiana y te contará lo que su prima ha llorado en esa casa. ¿Y qué, qué vas a hacer ahora?

-Pues había pensado comprar unas plantas para la terraza de mi apartamento y unas velas…algo para alegrarlo un poco.

-Te voy a llevar a una tienda que hay en la siguiente calle que vas a alucinar. Tienen de todo y nada que ver con los precios que se ven por aquí. Estos se creen que somos millonarios, los muy maricones.

Miriam siguió tomando su café sorbo a sorbo mientras observaba a Fran. Debía tener unos treinta y cinco años, más o menos como ella. Y hablaba a la velocidad de la luz. Era abrumador escucharlo, y más para ella, que llevaba siglos sin hablar con nadie. Desde que salió del hospital apenas había tenido alguna conversación telefónica con alguna amiga, pero después de todo lo que le pasó, hasta sus amigas habían dejado de llamarla, probablemente por miedo a no saber cómo hablarle, qué decirle. Sus recuerdos de esta época estaban un poco emborronados debido a los sedantes y a los antidepresivos. No recordaba que nadie hubiera ido a verla al hospital. Ya no tenía familia, era hija única y sus padres habían muerto hacía unos años en un accidente de tráfico. Al menos nunca le comunicaron que hubiera tenido visita. Y cuando por fin acabó el tratamiento y se supuso que estaba preparada para volver a su vida normal, tampoco nadie acudió a recogerla. Salió del hospital sola, con la misma pequeña maleta que había traído a esta ciudad y casi con las mismas cosas. Probablemente la persona con la que más había hablado después de con el amigo que le consiguió el empleo fue Paul.

-¿Llevas mucho tiempo en Nueva York, Fran?

-Seis años. Vine igual que tú, a través de una agencia que contrataba personal supuestamente de confianza para trabajar en casa de famosos y ricos. He tenido mucha suerte si me comparo con todas las que han trabajado donde tú estás ahora. Creo que ha habido una cada seis meses. La penúltima fue la más lista.

-¿Por qué?-le preguntó ella que ya estaba bastante intrigada con todo lo que le estaba contando este personaje.

-Pues fue la que sacó algo de pasta yendo a programas de televisión y hablando de Jason y Charlotte. Primero intentó chantajearlos con no sé qué fotos que decía que tenía. Y como no pareció dar resultado, empezó a hacer negocios con un representante de este tipo de personajillos que pretenden subirse al carro contando la vida de sus jefes. Perdió el trabajo, sí, pero a saber lo que habrá sacado con todo lo que largaba. Y hubiera trabajado mucho tiempo porque era fea y a la Richards no le preocupan las feas. Por cierto, tú eres guapísima. No me quiero imaginar el aspecto que tendrás con un poco de maquillaje y otra ropa.

Ella se miró de arriba abajo. ¿Qué le pasaba a su ropa? Él, como comprendiendo lo que pensaba, le dijo:

-A ver, entiéndeme, como cuando uno se arregla para irse de fiesta.

-¡De fiesta! Pues debe hacer años que no he salido de fiesta.

-No te preocupes, te irás. Nos juntamos un grupo muy majo de gente, casi todos hispanos, para salir por ahí, ir a cenar o a ver algún musical, bailar…ya te llamaré. Por cierto, dame tu móvil que te hago una perdida y así estamos en contacto.

-No tengo móvil.

-¡Qué! – gritó Fran con los ojos saliéndose de las órbitas. Pues eso hay que arreglarlo. Ahora mismo compramos uno.

Acabaron de tomarse el café y salieron camino de la tienda que le había mencionado Fran al principio. Era un local muy pequeño, casi toda la fachada la ocupaba el escaparate que estaba a rebosar de cosas. Tenía de todo lo relacionado con la decoración, cojines, colchas, lámparas, marcos de fotos, espejos, hasta algún mueble antiguo. Por dentro no estaba mucho más ordenada, apenas se podía andar entre la infinidad de cosas que abarrotaban el poco espacio de que disponía el local. Fran la convenció de que se olvidara de las plantas, se acercaba el otoño y luego uno de los duros inviernos de Nueva York. No era buena época para las plantas y menos para alguien como ella, que le había confesado que jamás había tenido mano para ellas. Al final se compró algunas velas perfumadas, cajas decoradas y dos lamparitas tipo Tiffany que ya pensaría dónde colocar. Después fueron juntos a una tienda de móviles a comprar uno para Miriam. Al salir de la tienda, Fran se despidió:

-Te dejo, reina. Me están esperando.

-¿Tú no te alojas aquí?

-Al principio sí, pero después me eché novio y me marché a un apartamento compartido. Luego me quedé sin novio y ya me había acostumbrado al lugar, así que me quedé. Tampoco me sale muy caro y estamos tres. Bueno, lo dicho, nos vemos mañana. Cualquier cosa que necesites, ya tienes mi teléfono.

-Muchas gracias, Fran. La verdad es que me ha encantado charlar contigo. Hacía mucho que no me reía tanto.

-Eso creía. Tienes pinta de haber salido de un convento. ¡Ciao!

Y antes de marcharse le plantó un beso en la cara. De camino a casa, Miriam se detuvo en un pequeño supermercado y compró algunos refrescos, algo de leche, pan, embutido, y algunas cosas para ir llenando los armarios y el frigorífico de su nuevo hogar. Pagó, asió sus bolsas con fuerza y echó a andar sobre sus pasos hasta que se encontró de nuevo en su pequeño apartamento. A juzgar por lo que había dicho Jason, probablemente Charlotte tampoco estuviera al día siguiente. Terminaría de limpiar lo que le quedaba aunque tuviera que marcharse más tarde. Fran había conseguido despertar su curiosidad. No había que ser muy lista para darse cuenta de que Jason y Charlotte eran distintos, ya en el primer encuentro ella se había percatado de ello, pero llevaban algunos años juntos, algo que tampoco era muy normal en este mundillo de los famosos. Sin embargo, Jason se veía feliz, despreocupado, aunque le había visto tan poco que no podía juzgar. Vació las bolsas y colocó todo en su sitio. Puso una vela y un jarrón con unas flores tan bonitas que hubieran pasado por reales encima de la mesa que había en el comedor. Distribuyó otra vela en su cuarto y en el cuarto de baño, donde también colocó un ambientador eléctrico, y finalmente puso una de las lámparas en una especie de taburete cuadrado que había decidido usar de rinconera y la otra en la mesilla de su habitación. Ya estaba anocheciendo, así que encendió la lamparita que había colocado en la rinconera del salón y se fue a buscar un sándwich a la nevera. Puso la tele y le reconfortó oír ruido, dejó de sentirse sola casi al instante. Tomó su cena frente al televisor, con las piernas dobladas sobre el sofá, y en cuanto acabó se tumbó para ver la película que ponían a continuación. Hacía fresco, tanto que cerró las ventanas pues tenía la carne de gallina. Por segunda vez en años se quedó dormida sin tener que tomar ninguna píldora. La especialista del hospital le dijo que no debía darse demasiada prisa en dejar la medicación, que tenía que estar preparada y después hacerlo poco a poco. Pero no estaba siendo un proceso consciente. Ya no tomaba antidepresivos desde principios del verano y el último ansiolítico que tomó fue cuando subió al avión, momento que parecía estar a años luz de éste, y que apenas había ocurrido hacía unos días.

Al abrir los ojos a la mañana siguiente pensó que lo de dormir en el sofá se estaba convirtiendo en una costumbre, y se echó a reír. De nuevo repitió el proceso del día anterior: se duchó, se vistió y se peinó, esta vez con una cola en vez de un moño. Se acercó al espejo y recordó lo que Fran le había dicho el día anterior, que estaría muy guapa con algo de maquillaje. Sacó un pequeño neceser del cajón del mueble bajo lavabo y se delineó un poco los ojos, se puso rímel, coloreó sus mejillas suavemente con un colorete rosa que le daba un aspecto fresco y saludable y por último, se pintó los labios, también en un tono rosa. Se vio muy favorecida y se preguntó a sí misma por qué se había maquillado hoy después de tanto tiempo. Recordó a Jason y enseguida espantó ese pensamiento. ¿Estaría hoy en casa? ¿Lo vería? Se avergonzó al pensar en sí misma como una de esas admiradoras locas capaces de cualquier cosa con tal de ver o tocar a sus ídolos. Pensó que era un poco mayor para esas tonterías y que lo que le había pasado es que su naturalidad, la dulzura que emanaba de sus inmensos ojos azules, y ese aspecto de niño perdido habían causado en ella el mismo efecto que probablemente causaba en sus admiradoras. Fran le había dicho el día anterior que tenía legiones, y hasta le había recomendado un par de páginas web donde encontrar información, imágenes de sus películas, fotos y chismes sobre su vida personal. De nuevo pensó que era demasiado mayor para esto. Sonrió a su imagen en el espejo y salió del apartamento dispuesta a acabar la tarea para la que había sido contratada. Eran las ocho y media de la mañana cuando entró a la casa y se dirigió a la cocina a prepararse un café, igual que había hecho el día anterior. Y se sorprendió de nuevo pensando que quizás Jason aparecería alertado por el olor del café recién hecho. Pero no fue así. Tomó su café y se preparó para seguir limpiando tal y como se había propuesto. La siguiente habitación que iba a limpiar era la suya. Llamó antes a la puerta por si él estaba dentro, pero nadie respondió. Al abrir se sorprendió al ver que el cuarto estaba ordenado. Era una habitación grande con un sofá al fondo y una mesa pequeña delante. Las paredes estaban forradas por librerías llenas de libros, papeles, fotos. Curiosamente en estas fotos no estaba Charlotte. Eran fotos de un chico rubio vestido de jugador de fútbol, el mismo chico algo más mayor junto a un perro, luego junto a una mujer muy guapa y otras dos chicas. La mujer le recordaba a Jason. Pensó que sería su madre. Había un par de pósters en la pared donde se encontraba la puerta, uno de Casablanca, la película y otro de Star Wars.

Había una pared dedicada a todo tipo de aparatos, desde ordenador fijo, ordenador portátil, incluso un equipo de música Bang and Olufsen que la dejó con la boca abierta. Unos auriculares en la mesa pequeña, unos papeles sobre el sofá… ¿Este era todo el misterio? ¿Esta era esa habitación tan extraña donde se escondía la estrella? Fue sacando el contenido de cada estantería, limpiando y volviendo a colocar cada cosa en su sitio. Si había aprendido algo era que a nadie le gusta que le cambien las cosas de sitio, de hecho hay gente que se vuelve loca cuando no encuentra algo porque alguien lo ha cambiado de lugar.

Limpió el gran ventanal que estaba cubierto por un estor que también desmontó para lavar. Recordó sus auriculares y se los colocó en las orejas. Un poco de música siempre viene bien, es cierto eso de que la música amansa a las fieras. La mañana transcurrió tranquilamente, de habitación en habitación, de baño en baño, afanándose en cumplir su objetivo de dejar el piso como nadie lo hubiera limpiado antes. Sacó toallas limpias bordadas que dobló y perfumó para después colocarlas en cada cuarto de baño, ordenó el inmenso vestidor por temporadas. Jamás había visto tanta ropa, tantos zapatos, tantos bolsos… Los vestidos de noche eran el sueño de cualquier mujer, largos, cortos, con lentejuelas, con chantilly, con encajes, negros, rojos, nude, plata, dorados, de tirantes, palabra de honor, asimétricos. Los zapatos se contaban por decenas. A juego con los vestidos que había visto algunos, otros no. Hasta la ropa aparentemente más informal debía costar una fortuna. Bolsos, chaquetas y abrigos de piel, bufandas y fulares a juego. Todo un derroche de colores y texturas que ella nunca hubiera imaginado que una sola persona pudiera tener en su armario. No quería ni imaginarse lo que debía costar una sola de esas prendas, uno sólo de esos pares de zapatos. Probablemente no hubiera acertado, nunca había comprado algo así.

Cuando quiso darse cuenta eran las dos de la tarde. Todo estaba listo. La casa seguía vacía. Pensó que comería algo antes de repasar un poco el suelo y colocar las cortinas que había lavado el día anterior así que se dirigió a la cocina y sacó un sándwich de la nevera y un refresco. Se quitó los auriculares y encendió el televisor de la cocina para luego sentarse a la mesa. No había visto tantos canales de novelas en su vida. Dejó de cambiar de canal cuando encontró uno de documentales que emitía uno sobre una ciudad de Grecia. En realidad no le prestaba atención, pero siempre le había gustado el ruido de fondo de un televisor.


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