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Medicina para el Alma, Veneno para el Ego

Las Respuestas que el Alma Busca, pero que el Ego Rehuye

Por Ricardo A. Meléndez Jaimes

Copyright 2017 Ricardo A. Meléndez Jaimes

Smashwords Edition

Diseño de portada por Carlos Ortiz Dávila

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DEDICATORIA

A mis padres, mi hermana, mi cuñado, mi amorosa y constante compañera: Gaby López, y todos mis familiares y amigos que me apoyaron para que esta obra fuera posible, y finalmente viera la luz para llevar su importante mensaje a la consciencia de los lectores; frente a los tiempos tan cruciales que nos está tocando vivir, y al mismo tiempo, tan fértiles para la siembra de las semillas de la transformación y trascendencia auténticas; hacia el logro del estado máximo de existencia y gozo por todos buscado.

A los amados maestros, filósofos, científicos y pensadores de todos los tiempos; todos ellos buscadores y realizadores de la verdad, que me inspiraron a escribir este libro.

A mi amado amigo y maestro: Mario Alberto Pacheco Plasencia, quien ya goza de la realidad que sucede a este plano, por haber puesto en mis manos las claves del conocimiento máximo de la vida, y por haberme regalado en vida todas aquellas obras que guiarían mi mente hacia este profundo entendimiento.

ÍNDICE

Introducción

El vacío existencial en ti

¿Quién eres?

El origen de todo: ¿Dios?

La muerte: ¿Un estado de transición?

Reencarnación

Cielo e Infierno, Dios y Satanás, el bien y el mal

Santidad

Meditación

Oración

¿Es Jesús Dios?

La Virgen María

Iglesia

Karma

La verdad detrás de la palabra escrita

El amor

El destino de nuestro planeta

Las ”herramientas”

Conclusiones

Notas

Bibliografía

INTRODUCCIÓN

¿Existe el alma? ¿Qué es el alma? ¿Qué es el espíritu? ¿Es el alma lo mismo que el espíritu? ¿Existe realmente Dios? ¿Existe un Cielo, un Infierno y un Purgatorio? ¿Existe la reencarnación? ¿Existe el karma (1)? ¿Cuál es el sentido o el propósito de vivir? ¿Cuál es el verdadero mensaje de Jesús, de los santos y de los más grandes maestros espirituales de todos los tiempos? ¿Qué es la salvación y cómo se logra? ¿Quién tiene la razón, la ciencia o la religión? De los cientos de religiones, ¿cuál tiene la razón? ¿Cuál es la verdad? Son las preguntas comunes a todos; preguntas inherentes a nuestra propia existencia, que en algún momento, y de una u otra forma, todos nos formulamos. Consciente o inconscientemente todos estamos en busca de la respuesta. La curiosidad por los misterios siempre ha existido como parte de la sed del alma por saber cuál es su origen, cuál es su destino, cuál su verdadera naturaleza, cuál su verdadera misión; sed que se puede apreciar a través de aspectos como la búsqueda de satisfacción, seguridad, paz, inmortalidad, y sobre todo, felicidad. Es esta búsqueda la que nos lleva, sin estar conscientes de ello, a crear, a construir, a conocer, a experimentar, a desear; siempre buscando satisfacción, siempre buscando significado, siempre buscando llenar el vacío existencial, siempre buscando la respuesta.

A pesar de nuestros esfuerzos, a pesar de lo que obtengamos, a pesar de lo que hagamos, la necesidad sigue presente, el deseo sigue presente, la insatisfacción sigue presente, el vacío existencial sigue allí, y logramos llenarlo o satisfacerlo con nada. ¿Será que esto sea así y no exista remedio? No importa cuánta riqueza tengamos, cuántas amistades, cuánta atención, cuánta fama, cuánto poder, nos seguimos sintiendo vacíos; nuestro “apetito” sigue siendo voraz e insaciable. Ello es la razón de que gente que a pesar de tener tanto dinero, tanta fama, no le es suficiente y busca en otros aspectos satisfacción, como las drogas, el alcohol, el sexo, las excentricidades, los excesos. ¿Cuántas veces no hemos sabido de grandes artistas o estrellas del deporte, que teniéndolo “todo”, confiesan que se sienten vacíos, deprimidos, insatisfechos, o se acaban metiendo en problemas, adicciones o escándalos, de los que realmente no tendrían necesidad? ¿Acaso no pasa lo mismo con los hombres de poder, que a pesar de tener inmensas riquezas, fama, influencia, no les es suficiente y quieren cada vez más?

Este vacío existencial es el que lleva al hombre a caer en las tentaciones de este mundo y buscar satisfacción en aspectos externos, como objetos materiales, la búsqueda de amor en otro ser humano, el sexo, y todo lo ligado al placer y las sensaciones agradables que se experimentan a través de los sentidos; así también, en aspectos como el reconocimiento, prestigio, popularidad, fama y poder; generando apego a todos ellos y sintiéndose impulsado fuertemente por estos hacia el egoísmo; y en consecuencia, a ser arrastrado hacia el sufrimiento propio y ajeno, con sus extensos ciclos de repercusiones que han venido creando la realidad dolorosa y sumamente compleja de nuestra existencia terrena y de nuestro planeta.

Ni la ciencia, ni la religión, han podido aportar hasta la fecha respuestas satisfactorias con respecto a todas estas interrogantes. Lo que es más, siguen allí, sin ser contestadas realmente. El vacío sigue existiendo. Al día de hoy, entiendo que “nunca” lo harán realmente; no porque ponga en duda sus capacidades, y muy por el contrario, considero que de estos dos polos, aparentemente opuestos, es la ciencia la que cada vez se acerca más. Hago referencia a que nunca lo harán realmente, porque se trata de preguntas que al final nos toca responder a cada uno de nosotros.

Nunca ningún conocimiento ajeno nos dará satisfacción propia; es sólo el conocimiento propio y la experiencia personal los que hacen que esto sea posible. Aun cuando ciencia y religión pudieran estar en algún momento dado en lo cierto, no serviría de nada, pues corresponde a cada uno de nosotros hacerlo. La respuesta está en el único lugar en donde puedes saber qué es verdad: tu interior. Eres tú quien debe comprobarlo y hacerlo realidad por ti mismo. Ésta es la primera gran verdad que habré de compartirte. El único que puede liberarte de la ignorancia y del sufrimiento, eres tú mismo. Nadie aprende hasta que no lo experimenta en carne propia. Al igual que con cualquier otra cuestión cotidiana, la felicidad, la paz, el amor y la libertad te corresponden a ti lograrlas. Será hasta que tú mismo entiendas qué son y cómo lograrlas, que las hagas realidad. De allí en fuera, tanto este libro como lo que te pueda decir cualquier otro ser humano, la ciencia o la religión, deberás tomarlo como una guía, como un parámetro de referencia, como una posibilidad con cierto grado de certeza o de desacierto; sólo para que tú mismo lo compruebes y lo hagas posible en tu vida. Por más que alguien, aunque sea aquella persona en la que más confías, te prevenga, con base en su experiencia, sobre alguna situación dolorosa, que de entrada luce muy tentadora, y a fin de evitarte que pases por lo mismo que él o ella; lo más seguro es que lo ignores y te aferres, impulsado por la tentación, a llevarlo a cabo, y sea, finalmente, la experiencia propia la que te enseñe; aun cuando como consecuencia te hayas metido en problemas y hayas creado situaciones irreversibles. Lo mismo ocurre en sentido opuesto. El hecho de que alguien haya descifrado el enigma de la vida y alcanzado la felicidad plena, no te va hacer feliz a ti; por más que intente explicártela y describírtela de la manera más precisa y detallada posible. Eres tú el que tiene que hacerlo.

Estamos divididos, en conflicto y viviendo una auténtica pesadilla, porque nuestra percepción de la vida, de lo bueno y lo malo, del propósito de vivir, son diferentes. Entenderás que si todos halláramos las respuestas a todo esto, comprobando que al final se trata de un solo camino, nos llevaría indudablemente a unificar nuestras mentes y nuestros caminos, y a sintonizar nuestros corazones en la misma frecuencia; como los miembros de una gran familia, como los músicos de una orquesta; todos tocando al unísono para crear la misma hermosa melodía, la misma bella experiencia: la del amor y el gozo auténticos. No será difícil imaginar lo que, en consecuencia, esto haría a nuestro planeta y a nuestra, hasta ahora, forma tan equivocada de vivir.

No podemos establecer un rumbo definido cuando no conocemos el destino; y eso es precisamente lo que sucede con el ser humano buscando la felicidad y la seguridad existencial. Todos instintivamente las buscamos. Intuitivamente pretendemos comprenderlas y emprendemos millones de acciones por alcanzarlas, sin saber en primer lugar qué exactamente son; de tal manera que todas esas acciones lo único que logran a lo mucho es brindarnos momentos de placer y satisfacción pasajeros. Nos enfrascamos en un viaje sin rumbo, persiguiendo tan sólo formas fantasmagóricas a las que llamamos felicidad; sin darnos cuenta que persiguiendo el espejismo nos adentramos en terrenos estériles y llenos de dificultades, o peor aún, creyendo que la hemos alcanzado, nos aferramos a la ilusión, y la vida y el tiempo se nos escapan para alcanzar la verdadera meta. No nos damos cuenta que recluimos la felicidad tan sólo a cuestiones placenteras, materiales, relativas, finitas y temporales, y es precisamente de ahí de donde se desprende que lo que puede ser felicidad para mí, no lo sea para ti, no lo sea para otro, no lo sea para los demás. Y es a partir de esta diferencia de “caminos” que se producen “choques”, “colisiones”, fricciones entre todos nosotros. No somos lo suficientemente conscientes de que es esa búsqueda precisamente la que define en primera instancia nuestras vidas, la que define y moldea lo que somos, la que inclusive crea y define nuestra individualidad y nuestra personalidad; pero así también, la que nos lleva a extraviarnos en los múltiples senderos del sufrimiento. La búsqueda de felicidad y seguridad existencial, a su vez, se traduce en la búsqueda de significado, y la búsqueda de significado, a su vez, se traduce en la búsqueda de las respuestas a las preguntas inherentes a nuestra existencia y nuestra trascendencia.

Rezamos, vamos los domingos a misa, decimos fervientes plegarias, hacemos lo que nuestros líderes e instituciones religiosas nos piden, hacemos rituales, honramos a nuestros santos, Dioses y ancestros; nos portamos bien, llevamos a cabo valerosos y heroicos actos de devoción, e inclusive sacrificios; y aun así, nuestras vidas, y por consiguiente nuestras sociedades, siguen experimentando estados de dolor, insatisfacción, desesperación y confusión cada vez más frecuentes y más agudos. Nuestro mundo se torna más caótico, extremo, inmoral, violento, complejo y dividido. Parece que a pesar de estar haciendo “lo que se nos ha dicho”, no está funcionando del todo o está funcionando parcialmente, y sus efectos son de poca duración y efectividad. Los hechos, la experiencia individual y colectiva, y las circunstancias presentes demuestran que lejos de avanzar, estamos perdiendo la batalla. Pero, ¿en qué hemos fallado para estar bien y vivir en armonía, en paz; si aparentemente estamos siguiendo las indicaciones y los valores que nos han inculcado nuestros padres, nuestros profesores; que nos ha dado el sacerdote, la Iglesia o el templo? ¿Por qué se está agudizando el sufrimiento y el sentimiento de insatisfacción, si vivimos en sociedades y sistemas más liberales; además de contar con avances científicos, tecnológicos y médicos que deberían facilitarnos más la vida y encaminarnos a una experiencia más sana, más llena de gozo y libertad? ¿Por qué pareciera que Dios nos ha abandonado y está permitiendo un mundo lleno de sufrimiento, catástrofes, violencia y dolor? Más que darte las respuestas, lo que aquí pretendo es presentarte argumentos lo suficientemente sólidos como para hacer cimbrar las bases sobre las que se sustentan los tuyos; lo suficientemente poderosos como para sacar a tu mente de su zona cómoda de creencias, supersticiones, conocimientos, hábitos, pasividad, y llevarte a ir más allá de todo ello; lo suficientemente contundentes como para hacerte dudar de todo lo que crees saber, e inquietarte por encontrar las respuestas reales por ti mismo. Ésta mi amigo, créeme, es la única manera de comenzar la jornada hacia la felicidad auténtica: el camino de la consciencia.

Lo único que sí te puedo asegurar es que, verdad, una sola; pues, ¿no existe acaso un mismo origen para todas las cosas, al cual la ciencia denomina “Big Bang”, y el misticismo “Espíritu Santo”, el gran “Om” o “Vibración Cósmica”? ¿No existe acaso una sola realidad sobre la que se sustenta toda la existencia, a la cual la ciencia llama “Universo” y la religión “Dios”? Ante un hecho o situación cualquiera, ¿acaso no hay una sola verdad de cómo sucedió; y así también, miles de versiones, como resultado de nuestra apreciación, interpretación, punto de vista, o la manera como intencionalmente lo manipulamos; con base en aspectos tales como si somos testigos o somos informantes de segunda mano, la forma como se vean afectados nuestros intereses, el conocimiento del hecho, la forma como lo comunicamos, nuestra necesidad de llamar la atención, creencias o supersticiones, en torno a ello? Lo único que te puedo asegurar es que, sin relación alguna y con varios siglos de existencia que los separan, los grandes sabios y maestros que han venido a este mundo, como Jesús, Buda, Krishna y Mahoma, han venido a hablar exactamente de lo mismo; a trasmitirnos el mismo mensaje, las mismas claves de liberación, de salvación, del logro de la felicidad y paz auténticas; cada quien a su forma y adaptándose a su época, pero la misma verdad a final de cuentas; tomando en cuenta que la evidencia de su paso por este mundo es el mensaje en sí mismo; y de hecho, lo único importante aquí, más allá de si realmente existieron o no, es el mensaje y su verdad comprobable. Lo único que te puedo prometer es que, el que profundiza sin importar el “camino” por el cual comience, encontrará las mismas respuestas, el mismo “destino”. Entre más investigues y más profunda sea tu investigación, más te acercarás a “él”: aquel “lugar” en el que se unen todos los caminos. Lo único que te estoy presentando es una guía, un atisbo, de lo que tú, en algún momento, comprobarás por ti mismo. Estás destinado a ello, al igual que todos y todo; “no hay otro lugar a dónde ir, ni mayor hallazgo qué hacer”.

¿Cómo sabrás si has hallado la verdad? No habrá más preguntas que puedas volver a hacer, ni más respuestas qué buscar. La única manera de saber si estás en el camino correcto o no, es si eres plenamente feliz, si gozas de paz interna absoluta; en ambos casos, al referirme a pleno y absoluto, quiero decir: a un estado de imperturbabilidad o inalterabilidad total. Si es parcial, o sólo consiste en destellos de felicidad o placer, entonces aún no estás del todo en el camino correcto, como tampoco lo está tu percepción.

Si hasta este momento te he venido asegurando que: “verdad, una sola”, entonces, ¿no debería existir el eslabón perfecto entre ciencia, religión y filosofía, de tal manera que estas tres dejen de existir para dar paso a una sola forma de conocimiento? Sin pretender adular de poseer la verdad, mi intención aquí también es precisamente eso: dotar de las bases para el logro de este punto de concilio; un punto común.

Quiero dejar en claro que, a diferencia de quienes escriben respecto de este tipo de temas (filosófico-espirituales), yo soy alguien que de ninguna manera merece el título de maestro, ni mucho menos de santo; ni me he de comparar a tan hermosas y elevadas presencias. Tampoco es mi interés obtener el reconocimiento como tal, y mucho menos me considero a mí mismo un ejemplo de lo que intento transmitir. Muy por el contrario, soy un ser humano como tú, con mis errores y mis aciertos, con mis virtudes y mis defectos, con mis fortalezas y mis debilidades, con mis “ángeles y mis demonios”; soy un ser humano como tú, en esa misma búsqueda de sentido, en esa misma lucha por subsistir y ser feliz, con miedos a vencer, con mis propios problemas y sufrimientos, dominado aún por deseos y tentaciones, dominado aún por impulsos y pensamientos egoístas; soy un pecador, creador de problemas, con equivocaciones al igual que tú.

La razón por la que he decidido escribir este libro no es otra que la de tratar de aportar una luz a las respuestas de estas trascendentales preguntas; el querer compartir el fruto de toda una vida de investigaciones e indagaciones con respecto a los más grandes misterios, sobre quiénes o qué en realidad somos y nuestra búsqueda de sentido y felicidad. Es el desbordante deseo de encender en la conciencia de cada ser humano la llama de la verdad liberadora y esparcir la semilla para hacer de este mundo un mejor lugar, lo que me llevó a escribir este libro; un mundo en donde el sufrimiento que nos provocamos y que les provocamos a los demás sea extinguido; un mundo en donde el egoísmo, el odio, la desigualdad, la guerra, la injusticia, la violencia, sean tan sólo un amargo recuerdo en nuestro proceso evolutivo; un mundo de amor, un mundo feliz. Este libro está inspirado en la luz del conocimiento arrojado por todos aquellos valerosos filósofos, científicos y pensadores, que a lo largo de la historia, se han atrevido a trascender el campo de lo convencional, de lo material, de lo conocido, de lo prohibido; que han desafiado, aun a costa de su propia vida, la incredulidad, las críticas, las burlas, poderosos intereses y sistemas de creencias, para traernos destellos de luz del sagrado conocimiento que se ha encontrado oculto por milenios; debajo del invisible velo de la ilusión, lo aparente, lo externo, y custodiado por sus celosos guardias: la ignorancia, la apatía, la interpretación, el egoísmo, el poder, la mentira, la manipulación, la intolerancia, la barbarie. Conocimiento que antes era considerado campo exclusivo de la religión, el ocultismo y la metafísica; conocimiento que está viniendo a demostrar la veracidad de los mensajes traídos por los más grandes maestros, sabios y santos de todos los tiempos.

Los argumentos aquí presentados de ninguna manera son míos, exclusivos de alguna religión en particular, ni de nadie en realidad; están allí, escritos en el lienzo de la vida que reside tanto a nuestro alrededor como en el interior de cada uno de nosotros; están allí, en los mensajes contenidos en la verdadera espiritualidad. El hecho de que alrededor de éstos se hayan construido religiones, es cuestión de los hombres y su errónea comprensión o interpretación de estas verdades. Su comprensión deberá estar guiada más por el uso del sentido común que por otra cosa.

Considérate ya afortunado por el momento histórico que te está tocando vivir. Nos encontramos ante un momento único en el que no sólo la ciencia ha logrado un gran avance, en donde no sólo están habiendo descubrimientos tecnológicos fantásticos, sino en el que también, y más maravilloso aún, la conciencia de los hombres está despertando a un campo de conocimiento sobre sí mismos, sobre el Universo y sobre la existencia entera, como no se había visto durante los miles de años de historia que nos preceden. Si bien, por un lado nos está tocando vivir tiempos difíciles, violentos, de mucha crueldad, indiferencia, mucho odio, desesperación, sufrimiento, catástrofes, y en general, de una predominante cantidad de “almas perdidas” en el mal; por el otro lado, está habiendo un despertar a la verdad espiritual como nunca antes se había visto. “El rebaño está siendo separado”; tú decides de qué lado estar. Tú decides si dejas pasar esta oportunidad en la evolución de este planeta y te extravías por otros cuantos miles de años después del inminente “holocausto”, o aprovechas este despertar colectivo; “este pasaje a la liberación”. Tú decides si te “alistas para cuando pase el tren o lo dejas ir”.

El valor que representa este momento, estos tiempos, no tienen igual; pues en ninguna otra fase de la historia del hombre se ha estado ante un conocimiento y un nivel de conciencia colectiva como el que nos está tocando vivir. La difusión de “la palabra” está alcanzando niveles nunca antes logrados. El pensamiento del ser humano ha venido evolucionando durante todo este tiempo; desde el primer hombre que apenas se diferenciaba de los animales por su intelecto, y hasta las más eminentes mentes científicas de nuestro mundo moderno; así como cantidad de hombres y mujeres que están alcanzando niveles de comprensión y sabiduría nunca antes visto. En la antigüedad se creía en Dioses y seres sobrenaturales como una forma para explicar todo aquello que no podía ser comprendido; pero a la par que las religiones y creencias se adoptaban como la manera más fácil de explicar lo desconocido, selectos grupos de hombres y mujeres se evocaban a la tarea de encontrar una explicación más profunda y racional de las cosas; haciendo su aparición filósofos, investigadores, sabios y científicos a lo largo del tiempo; pugnando por encontrar y revelar la verdad detrás de lo aparente, ante la marejada del poder dominante de la ignorancia y el fanatismo violento de las masas. Más importante aún ha sido la presencia que ha tenido nuestro mundo de todas aquellas grandes almas que han “descendido desde lo alto”, para revelarnos la verdad sobre la vida, nuestra naturaleza auténtica, y guiarnos sobre “el camino” que habremos de seguir para liberarnos del sufrimiento y la muerte, y del que ellas son pruebas vivientes. Increíblemente, tanto los buscadores de este mundo: científicos, filósofos, santos y sabios, y los grandes seres que han venido para guiarnos, apuntan hacia el mismo camino, hacia la misma realidad, hacia la misma fuente de vida y conocimiento. Poco a poco los hallazgos de la ciencia comienzan a revelar lo que antes era considerado terreno del misticismo y las religiones. Los descubrimientos siguen sorprendiendo a los científicos; llevándolos a preguntarse una y otra vez: “¿Cómo es que estas verdades ya se conocían desde hace siglos?”. Nos encontramos en un momento único de la historia; pues el eterno conocimiento de la verdad, que se hallaba resguardado y al alcance de unos cuantos afortunados, ahora está prácticamente al alcance de todos. Cada vez son más las almas que arrojan luz sobre estos misterios, y la difusión del conocimiento es cada vez mayor y más sencilla. Miles de años le ha tomado al mundo llegar al nivel de consciencia que muchos están alcanzando en estos momentos; por lo que esto representa una oportunidad preciosa para los que tenemos la fortuna de vivir en estos tiempos, de entender lo que difícilmente estaba al alcance de las mayorías anteriormente; de entender la verdad de quiénes en realidad somos y nuestro verdadero propósito en este mundo; y, como consiguiente, tener frente a nosotros la oportunidad de alcanzar la liberación de este ciclo repetitivo de dolor y sufrimiento que deriva de la vida en la materia y del engaño creado por el ego (2), y que nosotros mismos creamos y regeneramos una y otra vez. Cada minuto que pasa, cada segundo, representa una oportunidad de cobrar consciencia acerca de la más grande verdad sobre nosotros y lo que tenemos que hacer para conquistar la liberación, la felicidad y la paz auténticas; pero al mismo tiempo, cada minuto que pasa, cada segundo, plantean la posibilidad de perderla; pues la muerte siempre estará al acecho y con ella, no habiendo alcanzado la meta divina, el inevitable regreso a este mundo se hace evidente; habiendo olvidado todo cuanto éramos y con ello, todo cuanto habíamos podido avanzar en la senda espiritual, la senda del progreso; volviendo a partir de absolutamente nada, para rehacer una vez más el camino, y correr el riesgo de volvernos a extraviar en este laberinto de ilusión, tentaciones, distracciones y difíciles pruebas. Sólo contaremos con la guía de los diminutos destellos de nuestro subconsciente o memoria universal, bajo la forma de tendencias, aspiraciones, habilidades, fortalezas, debilidades, gustos y carácter, que darán una pista de “quiénes” éramos anteriormente, y del camino y conocimiento que habíamos adquirido.

Imagina el poder que tendrían estas respuestas en nuestras vidas, de ser reveladas, de ser comprobadas. El conocimiento de tales verdades simple y sencillamente cambiaría el mundo completo y nuestras sociedades tal como actualmente son y funcionan; cambiarían nuestra perspectiva de las cosas, y por consiguiente, la manera como nos comportamos, nuestra actitud ante la vida y ante los demás. Pongo aquí un ejemplo muy sencillo: imagina la manera como impactaría nuestras vidas el hecho de demostrar que la reencarnación existe; de entrada, esta demostración, por sí misma, derribaría y dejaría demostradas algunas otras cuestiones sobre las que también hemos estado tan equivocados y confundidos, como lo es la vida después de la muerte, la existencia del alma y el hecho de que no existen un infierno y un cielo en la forma que nos los han hecho creer: separados y eternos. La gente dejaría de temer el proceso de la muerte y viviríamos de manera más plena esta vida; sin la desesperación de querer “acabarnos el pastel de una sola mordida”, por el miedo de que en cualquier momento todo termine y dejemos de disfrutarlo, o por el temor de que alguien más nos lo quiera “arrebatar”. Dicho en otras palabras, dejaríamos de aferrarnos a la vida material y a sus placeres y recursos, bajo la creencia de que tarde o temprano se va a terminar; obsesionados con el impulso de acaparar y acumular de manera desmedida y egoísta. Éste tan sólo es un pequeño ejemplo del impacto tan profundo que esto tendría en nuestras vidas y sobre este planeta. Tal parece que existen grupos de seres humanos que conocen el poder que tiene este conocimiento, que hacen todo lo posible por evitar que sea conocido por las masas; ya que gracias a esta ignorancia, es que ellos dominan y se ven beneficiados. Toda forma de poder se vería amenazada y dejaría de existir si todo este conocimiento fuera revelado y asimilado. El sufrimiento que nosotros mismos estamos creando comenzaría a ser disipado, como consecuencia de ir quitando poder a nuestra forma actual de vivir; es decir, la de una vida entregada a las fuerzas instintivas, los sentidos y los placeres, que dan paso al adversario más poderoso de este mundo: el apego, el miedo y, sus engendros perfectos: el egoísmo y el odio; pues su fuerza emana justo del desconocimiento de todas estas cuestiones tan profundas. Es ese conocimiento el que definirá nuestro rumbo. Es el entendimiento de esas grandes verdades el que determinará nuestra evolución hacia la felicidad auténtica, más allá de la pobre identificación con el cuerpo; para entender poco a poco que somos algo más que el producto de burdas reacciones químicas; algo más que un agrupamiento organizado y funcional de células; para entender que más allá de todo eso, y de este plano y dimensión, seguimos existiendo, y que tenemos metas más elevadas que las de satisfacer nuestras necesidades físicas y egocéntricas.

Es el conocimiento progresivo de la verdad al que debemos que el día de hoy tengamos teléfonos celulares, computadoras; que podamos volar en el cielo a velocidades supersónicas; que podamos viajar al espacio; que tengamos sistemas globales de información y comunicación, como lo es la maravilla tecnológica de nuestro tiempo llamada internet. Seguramente te estarás preguntando: ¿Y qué tiene que ver la verdad y las cuestiones espirituales con todos los avances científicos y tecnológicos que acabo de mencionar? Bien, pues todos ellos son descubrimientos, y los descubrimientos únicamente se logran por medio del esfuerzo por comprender, por conocer, por entender cómo funciona la vida; por entender cómo funcionan las cosas, cómo funcionan las leyes de la naturaleza. No son el producto de meras creencias, ideas disparatadas o hipótesis dejadas al aire o en el abandono; no son cuestiones de fe; son auténticos esfuerzos por entender a profundidad. Así como los descubrimientos científicos tienen una aplicación práctica a través de la tecnología, así también los descubrimientos espirituales lo tienen directamente en nosotros, los cuales en el fondo también son “científicos”. El conocimiento viene a tomar el lugar de lo que comenzó siendo una idea, una creencia o cuestión de fe. Las leyes o principios que, una vez entendidos o descubiertos, hicieron posible la invención del celular, son un ejemplo claro de cómo esto va produciendo un avance y una mejora en nuestras vidas. Detrás de una computadora existen aspectos técnicos y de ingeniería que a su vez se apoyan en leyes de la Física que fueron descubiertas en algún momento de la historia, y que fueron aplicadas para producir una herramienta tan versátil y tan formidable como lo es este dispositivo electrónico. Hay un “antes y un después” detrás de cada uno de estos descubrimientos, y la manera como vienen a revolucionar y a impactar nuestras vidas son de una manera muy significativa. De la misma forma, el entendimiento de leyes y principios de la vida, hasta ahora insospechados, tendría un impacto tan tremendo, que sería capaz de llevar nuestras vidas hacia niveles muy superiores. Pongo otro ejemplo muy sencillo: en muchas de las culturas antiguas del continente americano se tenía el temor de que al caer la noche, el Sol no fuera a volver a salir, por lo que surgieron infinidad de supersticiones y rituales que involucraban ceremonias, e inclusive sacrificios, para evitar que esto sucediera. Fue hasta que la astronomía descubrió las leyes y las fuerzas que gobiernan los movimientos de los astros, que se disiparon estos temores y supersticiones, y con ellos, todo el modo de vida de estas culturas y de sus sucesores se vería fuertemente afectado. He aquí otro ejemplo: antes de la existencia de la Biología y de las ciencias médicas, se creía que las enfermedades eran castigos divinos o cuestiones malignas; por lo que se recurría a una serie de prácticas religiosas, rituales mágicos o remedios alquímicos que de ninguna manera aliviaban al enfermo, e inclusive, muchas veces empeoraban su condición. Fue hasta el descubrimiento de la vida microscópica, y el nacimiento de las ciencias médicas y la Biología, que todo esto cambió radicalmente; y el modo de actuar y vivir de las personas en torno a esto de igual forma sufrió un cambio total. Es por esta misma vía que todos estos misterios habrán de ser resueltos; pero a diferencia de la manera como te ves beneficiado con los descubrimientos que hace otro en el terreno de la ciencia y la tecnología, como en el caso del teléfono celular; de nada te servirá o beneficiará, en el caso de las cuestiones espirituales, los hallazgos o descubrimientos que hagan los demás para que tú seas feliz o dejes de sufrir; eres tú y sólo tú el que deberá hacerlo, como ya lo mencioné anteriormente.

He de despedirme, no sin antes advertirte que este libro “sacudirá” tu existencia, cimbrará tus creencias, e inclusive, te hará dudar con respecto a quién eres y todo lo que has hecho y obtenido hasta este momento para ser feliz. Bien te podrás sentir bendecido por lo que aquí encontrarás o sentir ofendido, fortalecido o vulnerable, aliviado o consternado, protegido o amenazado. No olvides que a final de cuentas, el hecho de que hayas llegado hasta aquí es porque te encuentras ya en búsqueda de mayor sentido o significado en tu vida. La elección final es tuya. Como en la película de “The Matrix(3), si optas por tomar la píldora azul, habrás de cerrar este libro, despertar en tu cama, y parecerá que lo hasta aquí dicho fue sólo un sueño; de manera que podrás continuar con tu vida tal cual ha sido hasta ahora y seguir creyendo en lo que tú quieras. Si decides tomar la píldora roja, habrás decidido iniciar la jornada que habrá de llevarte al paulatino despertar a la verdad de la vida, a su verdadero propósito, a la verdad de quién eres, y conducirte hacia la liberación definitiva, hacia la bienaventuranza verdadera. ¿Estás dispuesto a pagar el precio por ella? ¿Estás consciente de todo lo que implica? ¿Estás consciente de la responsabilidad y del peso de los sacrificios? Si es así, ¡adelante! ¡Despierta y ve por ti mismo! Permite que este libro se convierta en la píldora roja que te conduzca a ser testigo de la verdad por ti mismo; la verdad que habrá de llevarte a alcanzar la liberación en forma definitiva de la esclavitud de la que hasta ahora ni siquiera habías sido consciente. ¡Recuerda! Una vez que “la hayas tomado”, no habrá marcha atrás.

Si este libro logra transformar al menos una vida, habré logrado mi cometido.



Ricardo A. Meléndez Jaimes

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El vacío existencial en ti

Mientras nuestra mente esté ocupada en la dualidad, la insatisfacción siempre estará presente. La sed del alma siempre existirá, no importa cuánto puedas llegar a tener, cuánto puedas llegar a lograr, cuánta atención puedas llegar a obtener; siempre estará presente, y estarás oscilando de estados relativos de satisfacción a estados de insatisfacción, de placer a sufrimiento, de alegría a tristeza; sin encontrar descanso, sin encontrar alivio, porque te encontrarás confundido, aferrándote al placer, al aparente sentimiento de satisfacción, a las sensaciones agradables de este mundo; creyendo que en eso consiste la felicidad y la vida misma, y volverás esto el propósito de tu existir, tu razón de ser; encaminando todos tus esfuerzos, todo tu tiempo a que así sea; llenándote de miles de ocupaciones creadas por ti para lograr esa falsa ilusión. Tu vida entera estará orientada al logro de este propósito; como aquel que corre detrás del viento queriéndolo atrapar entre sus manos.

Crearás fortunas, erigirás palacios, construirás verdaderos imperios, viajarás hasta los confines de la Tierra, harás la guerra, impondrás tu voluntad, someterás, oprimirás, abusarás y explotarás a otros, engañarás y matarás, con tal de lograr eso que tú llamas “felicidad”. Desperdiciarás tu vida entera en el logro de esto, y al final, te darás cuenta que aun cuando materialmente has obtenido todo lo que has deseado, el vacío sigue allí, tan intenso como en un principio. La sed del alma aún te quema por dentro, y caerás en la cuenta de que todo lo que has hecho en una vida no ha servido de nada, pues seguirás anhelando más bienes, más satisfacciones, más compañía, más placeres, más atención; aferrándote a todo esto como aquel que quiere contener el agua dentro de sus puños, quedándose al final con nada. ¿No te das cuenta de que eso, justo eso, es lo que te aleja de experimentar felicidad?

Podremos tener riquezas y enorme cantidad de posesiones, pero, ¿acaso esto nos dará satisfacción y felicidad? Podremos tener fama y atención alrededor nuestro hasta el cansancio, pero, ¿acaso esto mitiga nuestro vacío y sensación de soledad? Podremos tener a nuestro lado al hombre o mujer "de nuestros sueños", pero, ¿acaso no habremos adquirido conjuntamente el miedo a perderlo?, naciendo con ello el apego, y convirtiéndose en una fuente de intranquilidad y preocupación en la que yace latente la semilla de los celos, el odio, el sentimiento de pertenencia y posesión, el deseo de dominación, sometimiento y violencia, que tarde que temprano aflora entre los amantes y, en general, en toda relación interpersonal que esté gobernada por el deseo. Podremos conquistar medio mundo, pero, ¿acaso esto nos llevará a conquistar nuestra mente, siempre atrapada en su torbellino de pensamientos y emociones, y con su insaciable deseo de querer más?

Quien vive en la riqueza no tiene paz, pues vive ocupado en mantener y seguir haciendo crecer la complejidad del imperio material que ha construido. No tiene descanso, pues está involucrado en cientos de actividades, sumergido en cantidad de conflictos por la desigualdad y la lucha de poder que generan su riqueza; intranquilo por el miedo a perder todo lo que posee, y del cual, mediante su apego, ha pasado a ser parte. Quien no tiene nada, tampoco tiene paz, pues vive ocupado por sobrevivir y angustiado por saber qué va a comer el día de mañana, dónde resguardarse de las inclemencias del clima y de la hostilidad del entorno; soportando los ataques de las enfermedades a las que no puede hacer frente por la falta de recursos. Quien vive de la fama, de recibir atenciones y de buscar compañía, no tiene paz, pues siempre estará ocupado brindando atención y tiempo a sus amistades y admiradores; acosado por seguidores; adicto a su necesidad de elogio, de ser el centro de atención, de ser escuchado, de afecto, compañía, prestigio y reconocimiento; temeroso de la soledad, que sin saberlo, es en ella donde reside la única oportunidad de hallar la paz que tanto buscamos.

Sin darte cuenta, todas esas acciones que emprendes para buscar satisfacción en los aspectos externos de este mundo, son las que más tarde te esclavizarán. Deberás ser muy cauteloso de lo que haces, de lo que dices, de lo que piensas, de lo que sientes y de lo que decides, pues todos estos aspectos se pueden volver contra ti en la forma de consecuencias que habrán de afectarte, sacarte de “rumbo”, meterte en problemas, generar hábitos insidiosos, meterte en adicciones, y al final, crearte sufrimiento. Efectos que muchas veces no se logran revertir en una sola vida. ¿Cuánto tiempo lleva transformar los aspectos más arraigados de la personalidad? ¿Cuánto tiempo lleva erradicar el alcoholismo, cambiar una determinada forma predominante de carácter, debilidad, creencia o costumbre? ¿Cuánto tiempo lleva fortalecer la mente para no ceder ante una tentación que anteriormente era irresistible, como la lujuria o la gula? ¿Cuánto tiempo lleva controlar los impulsos más naturales y arraigados de la personalidad, como la ira, la venganza, la envidia, los celos? ¿Cuánto tiempo lleva crear firmeza de carácter para dejar de ceder a las tentaciones y situaciones que sabemos que no son buenas, o para decir: “no”, ante alguna oferta que de antemano sabemos nos va a acarrear intranquilidad y problemas? ¿Cuánto tiempo tarda dejar ir determinada situación, anhelo, recuerdo, trauma, forma de pensar? ¿Cuánto tiempo lleva desapegarse de una persona, un gusto, un hábito, una adicción, una fobia? Más aún, ¿cuánto tiempo lleva aquietar la mente, al grado de sumergirla en completo silencio y experimentar el gozo supremo del perpetuo y perfecto estado de calma?

Una mente inquieta es una mente sin paz. Una mente preocupada es una mente sin paz. Una mente ocupada es una mente sin paz. Una mente angustiada es una mente sin paz. Una mente con miedo es una mente sin paz. Una mente apegada es una mente sin paz. Una mente “enamorada” es una mente sin paz. Una mente deseosa es una mente sin paz. Una mente expectante es una mente sin paz. Una mente aprehensiva es una mente sin paz. Una mente adicta es una mente sin paz. Una mente aburrida es una mente sin paz. Una mente arrepentida es una mente sin paz. ¿Qué estás haciendo para tener paz, y en consecuencia irradiarla?

Con base en lo anterior, no será difícil de entender por qué nos sentimos en nuestras vidas tan alterados, estresados, sin tiempo, irritables, abrumados, preocupados, frustrados, y sobre todo, sin encontrar paz; con un sentimiento de abandono, de soledad, de insatisfacción, de vacío, de buscar “qué hacer”. Como irás descubriendo a lo largo de los siguientes capítulos, es la interiorización la única capaz de llenar ese vacío.

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¿Quién eres?

¿Crees que eres Juan? ¿Crees que eres Alicia? ¿Crees que eres Alejandro? ¿Crees que eres ese nombre con el que fuiste registrado y te identificas? Definitivamente no. Te guiaré a saber quién eres por medio de lo que no eres.

Nos dejamos llevar por la idea de que somos el cuerpo que vemos reflejado en el espejo, el nombre con el que fuimos registrados al momento de nacer, la personalidad que nos hace únicos frente a todos los demás. La respuesta a esto es: sí y no a la vez. En efecto eso eres tú, si lo vemos desde el punto de vista de lo relativo. No, si lo vemos desde el punto de vista de lo absoluto. Como verás en el siguiente tema, todo, absolutamente todo lo que existe, participa de ambas naturalezas simultáneamente: relativo y absoluto. El aspecto relativo existe en el mismo instante que algo justamente existe, por el simple hecho de existir. El aspecto absoluto corresponde a la esencia de la cual emana precisamente ese aspecto relativo, y ese aspecto absoluto es el mismo para todas las cosas; no cambia, no tiene límites, no tiene duración, es inmutable, es el símbolo de infinito comprobado y comprendido en las Matemáticas; presente detrás de la progresión numérica de todas las cosas. El aspecto relativo es inherente a cualquier cosa que exista, y está reconocido plenamente por la ciencia. Cualquier cosa, por el hecho de existir, es relativa, dual, temporal y limitada; posee dimensiones, desde un átomo hasta un planeta, desde un elemento hasta una montaña, desde una célula hasta un organismo, desde una bacteria hasta un ser humano, desde la energía y hasta un pensamiento, desde el cuerpo y hasta el alma. Para que algo exista necesita ser dual; es decir, definido por al menos dos aspectos que lo delimiten (polos u opuestos); de otra forma estaríamos hablando de algo infinito, y algo infinito, es simplemente el Infinito mismo (aspecto absoluto). No puede haber dos cosas infinitas, pues una limitaría a la otra y ya no sería infinita ninguna de las dos; por tanto, el Infinito es el Infinito, y es uno.

Pero aun, desde el punto de vista relativo, ¿qué exactamente eres? Te conforman tantos aspectos relativos que ni siquiera eres consciente de todos ellos, y por el otro lado, todos esos aspectos relativos nunca son los mismos; segundo a segundo están cambiando. ¿Acaso tus células son las mismas segundo a segundo? ¿Acaso tus pensamientos son los mismos segundo a segundo? ¿Acaso tus emociones son las mismas segundo a segundo? ¿Qué eres exactamente entonces? ¿Eres Javier, Enrique, Sofía, Ana? Así es como eres llamado; entonces, ¿quién o qué en realidad eres? ¿Eres ese cuerpo esbelto, fornido, de piel blanca, morena, obscura, rojiza, alto, bajo? ¿Eres esa cara que miras en el espejo, de ojos rasgados, pequeños, grandes, azules, verdes, cafés, de labios gruesos, delgados, boca amplia, pequeña, nariz grande, pequeña, recta, achatada, respingada? Ése es tu cuerpo; entonces, ¿quién o qué en realidad eres? ¿Eres ingeniero, arquitecto, contador, ama de casa, zapatero, panadero, licenciado? Ésa es la ocupación o profesión que decidiste adoptar como una forma para “ganarte” la vida; entonces, ¿quién o qué en realidad eres? ¿Eres bondadoso, malvado, noble, rebelde, risueño, melancólico, cariñoso, gruñón, alegre, colérico? Ésos son aspectos que definen tu carácter; entonces, ¿quién o qué en realidad eres? ¿Eres honesto, deshonesto, leal, desleal, sincero, hipócrita, humilde, arrogante, valiente, cobarde? Ésos son valores en ti; entonces, ¿quién o qué en realidad eres? ¿Eres rico, pobre? Ésa es tu situación económica; entonces, ¿quién o qué en realidad eres? Y así podemos proseguir de manera interminable, pero, como puedes darte cuenta, son infinidad de aspectos relativos los que hay en ti, y que en conjunto podríamos decir que dan como resultado lo que tú eres o quien eres. Pero ni siquiera esto es cierto del todo, pues como ya te mencioné, todos y cada uno de estos aspectos a su vez están cambiando, aun tu cuerpo que daría la apariencia de no hacerlo. Tu cuerpo está en continuo cambio: engordas, adelgazas, creces, envejeces. Tu salud está constantemente cambiando: enfermas, sanas. Tus órganos van sufriendo cambios y deterioro: tu estómago, tu hígado, páncreas, corazón, cerebro, tus huesos. Tus células están en total actividad: regenerándose, multiplicándose, reemplazándose, llevando a cabo miles de procesos metabólicos, de respiración, de reparación, autoregeneración. Los átomos mismos, detrás de las incontables moléculas que forman los compuestos, que a su vez forman las células de tu cuerpo, están en ininterrumpido movimiento: protones y neutrones, electrones orbitando alrededor de sus núcleos, interactuando con los de otros átomos para formar moléculas a través de enlaces iónicos, etcétera. Así como con la materia, tus hábitos van cambiando, tus ideas van cambiando, tus emociones cambian de momento a momento; pensamientos de todo tipo pasan por tu mente, todos en un incesante fluir. ¿Cómo puedes decir qué eres si cualquier aspecto que señales de ti como tal, está en constante cambio? Eso que dices que eres, en el momento que lo dices, simplemente ya dejó de serlo. Son aspectos con los que tú mismo te has identificado; y más bien, en realidad eres tú quien ha adoptado cada uno de estos aspectos, que se adhieren a ti por la fuerza del hábito, y de acuerdo a lo que deseas ser y experimentar momento a momento; muy similar a cuando vas de compras y vas echando en tu carrito lo que deseas probar o repetir, o como la ropa que decides ponerte cada día, de acuerdo a tus deseos, al lugar al que vayas y estado de ánimo. Aun las ideas, las creencias, el conocimiento y todo lo que define tu forma de pensar y sentir, son cosas que “te pones”. En realidad, lo que define cada uno de estos aspectos es tu deseo de experimentarlos (“ponértelos”). Todas estas cosas las puedes cambiar momento a momento, transformándolas, despojándote de ellas, reemplazándolas. Todo ello va definiendo eso que llamamos personalidad, pero al final, esa personalidad tampoco eres tú. Por tanto, la pregunta aún no queda resuelta: ¿Quién o qué eres tú realmente?

Por el otro lado, no existe separación real entre tú y todo lo demás que existe. ¿Acaso crees que entre tú y la pared que tienes enfrente, entre tú y la persona que tienes a tu lado, entre tú y el objeto más próximo que tengas a la vista, entre tú y la galaxia más remota del Universo, existe verdaderamente un vacío que te separa? La respuesta es no; el vacío como tal no existe. Aun aquello que los científicos llaman vacío, que separa los cuerpos en el espacio, no es tal. La ciencia no ha podido ir más allá del espacio subatómico que aparentemente separa a las partículas elementales de la materia entre sí, aunque ya existen al respecto teorías en el campo cuántico, que indican que tal separación no existe. Todo es un campo unificado de “sustancias” tan sutiles, que no existe hasta el momento aparato capaz de identificarlas y medirlas. Como veremos más adelante, todo es un campo unificado de energía y “consciencia”. La diferencia entre aspectos tan palpables como la materia y tan sublime como el alma o la mente, como aspectos relativos, es que el mismo “Todo” está más “condensado” en la primera y casi nada en la segunda. Pero ambos, como aspectos opuestos, son, a final de cuentas, la misma “cosa” con distintos grados de condensación (manifestación). Es la misma tela, sólo que más plegada, o con más dobleces en un lado que en el otro. Desde este punto de vista, tampoco eres un individuo como tal; tu individualidad es relativa, pues en realidad no estás separado de todo lo demás.

La pregunta sigue en el aire sin responder todavía: ¿Qué o quién en realidad eres? La respuesta que más se acerca a responder esta trascendental pregunta es: la mente, el alma; pero aun, cuando a estas alturas no hemos comprobado su existencia o definido qué realmente son, éstos siguen siendo aspectos relativos, sujetos a las leyes de cambio; de tal forma que, tampoco eres eso en realidad. Pero aun así, tú no eres en realidad tus pensamientos, ni tus emociones. Siempre existe alguien más allá de todo esto que “observa”, “fabrica”, dirige y controla esos pensamientos, esas emociones; por tanto, no puedes ser ninguno de estos aspectos tampoco. ¿Qué eres entonces?, ¿eres consciencia, inteligencia, atención pura, voluntad? Por el momento demos el nombre de: “el observador”, a ese alguien que está más allá de todo aspecto relativo de tu ser y que mejor define quién eres.

Como puedes darte cuenta, hasta ahorita hemos hablado de aspectos que tú tienes, mas no de quién eres. Cada que hablamos de alguno de estos aspectos como “tu” o “tuyo”, estamos hablando de algo que te pertenece, o que más bien “adoptaste”, y no de quién eres en realidad. El problema de todo esto es que nos identificamos con cada uno de estos aspectos, al grado de creer que nosotros somos eso; comenzando por el cuerpo mismo. En esto justo consiste la “trampa” de esta vida. En esto consiste precisamente la gran prueba. Justo deberíamos empezar por esto, por saber qué o quiénes en realidad somos y cuál es nuestro verdadero propósito. Justo deberíamos empezar por saber que no somos nada de eso que creemos que somos. De allí nace la ilusión que en adelante se apoderará de nosotros y sobre la cual habremos de basar nuestras vidas; siempre sobre un camino falso, que al final del ciclo, cuando la muerte nos alcanza, se derrumba estrepitosamente; para irnos con absolutamente nada de lo que hayamos hecho. Como muchos argumentarán: nos iremos con la satisfacción de haber logrado lo que quisimos y de haber disfrutado de los pocos o muchos placeres que hayamos encontrado en esta vida; pero a final de cuentas, esto no es suficiente para evitar que sigas existiendo, como ya lo comprueban numerosas y asombrosas experiencias de gente alrededor de todo el mundo, que fallece por cierto lapso. Tampoco es suficiente para que esto erradique el sufrimiento de tu existencia, como tampoco lo es para evitar que la realidad de las leyes que operan la existencia te lleven a proseguir y renacer de acuerdo con la manera como tus actos en esta vida hayan configurado tus siguientes existencias; de acuerdo con la ley de causa y efecto, mejor conocida como “karma”, como ya veremos más adelante. De esta falsa ilusión, proviene el sufrimiento en cada uno de nosotros y el sufrimiento que les provocamos a los demás. De esta falsa ilusión, es que surge el egoísmo, y con él, todos los males que nos aquejan: avaricia, discordia, guerras, odio, desigualdad, abuso, injusticia, intranquilidad. De esta falsa ilusión, es que tenemos el mundo que tenemos, y que la paz sigue siendo no otra cosa que una mera idealización. Es por esta falsa ilusión que nos mantenemos en el camino de lo aparente y no en el camino de lo real. Es por esta falsa ilusión que confundimos la felicidad con placer. Es por esta falsa ilusión que creemos que somos únicamente este cuerpo que poseemos, y que al morir, termina nuestra existencia. Es por esta falsa ilusión que estamos llenos de tanto miedo y apego. Es por esta ilusión que existe la maldad en nosotros, y la llevamos al mundo. Es por esta ilusión que nos entregamos sin resistencia a las tentaciones, y damos desenfreno a nuestros impulsos y deseos; aun a cuesta de la felicidad, la dignidad, e inclusive, la vida de otros. Pero hemos decidido creer únicamente, y no saber la verdad. La comodidad y el apego nos llevan a que sigamos posponiendo lo más importante en nuestras vidas: comprender quién en realidad somos y realizar lo que ello implica (única y auténtica forma de erradicar el sufrimiento y experimentar verdadero gozo, amor y paz). El mundo definitivamente sería un lugar muy distinto si cada quien resolviera esta trascendental pregunta.

Al igual que cada cosa del Universo entero, desde un átomo, y hasta la forma más compleja de vida, están evolucionando, cambiando, transformándose; así también cada uno los miles o millones de aspectos relativos que te definen, y que hasta ahora has creído que eres tú. Llegará el momento en que todos y cada uno de ellos se “disgreguen” en aquello que les dio origen y forma, o más bien, a través de su transformación progresiva, alcancen su estado primario e indiferenciado (estado previo al Big Bang del que habla la Astrofísica), para así cumplir con la ley de ciclos o el gran principio de ritmo, y recomenzar todo de nuevo. Pero hasta el momento, gracias a las experiencias de miles de personas que han experimentado la muerte por un cierto lapso, y niños que han comprobado su existencia en vidas pasadas, todo indica que la mente, “el observador” al que ya hicimos referencia, no está sujeto a la transformación de los aspectos relativos de la personalidad y la individualidad.

¿Qué o quién en realidad eres entonces? La única respuesta a la que nos dirigen todas las conjeturas, no hará menos que sorprenderte, y con justa razón, pues no es una respuesta para la que quizás estés preparado, y que más bien, en este preciso momento no alcances a comprender del todo. Es una respuesta que en algún momento, a lo largo de tu existencia, encontrarás por ti mismo: eres todo, y al mismo tiempo, como parte de ese todo, eres los aspectos relativos que te hacen individual, diferente y único; aspectos relativos que, como acabamos de ver, en algún momento serán uno con el Todo, quedando de ti únicamente el Todo, y al ser todo, acaso no eres todos y todas las cosas al mismo tiempo; la totalidad de todo cuanto existe y es. Por otro lado, ¿qué “atributos” posee eso que las religiones llaman Dios?, ¿acaso no es precisamente Aquél, que es todo y está en todo? Y si tú eres precisamente eso, ¿acaso no eres Dios mismo, pero en tu aspecto relativo de Él? ¿Acaso no serías su auténtico “hijo”, hecho a su imagen y semejanza?, ¿un rayo de luz del gran Sol, y el Sol al mismo tiempo?, ¿una ola del mar, y el mar al mismo tiempo? Dejemos de lado la palabra “Dios” y quedémonos por el momento tan sólo con el concepto de “Todo” como un campo unificado, organizado, cíclico, autorrenovable, en constante e infinita transformación. Los siguientes capítulos te ayudarán a comprender mejor todo esto.

De acuerdo con los grandes maestros, es en la “totalidad” que el alma se libera de toda atadura, toda dolencia, todo sufrimiento, para experimentar el gozo indescriptible de ser uno con todo y en todo. La buena noticia que te tengo es que, no necesitas esperar a que todo lo que conforma tu relatividad (individualidad o personalidad) alcance su estado primordial junto con el Universo, después de unos cuantos miles de millones de años, para experimentar la totalidad. A diferencia de la materia bruta, de las plantas o los animales, tú tienes la capacidad y el libre albedrío de alcanzarlo en el momento que lo desees. Todo es cuestión de que la profunda comprensión de todo esto se abra paso en tu consciencia, para acelerar el proceso transformador que habrá de llevarte a este bienaventurado estado; para encontrar y tomar el atajo que habrá de llevarte a la salida del gran laberinto creado por la ilusión de la vida y de nuestra propia mente; para emprender los cambios, en ti necesarios, para alcanzar el estado supremo de gozo que cualquier forma de vida pueda alcanzar: el de la felicidad y paz auténticas e imperturbables, al que los santos y los altos maestros espirituales de todos los tiempos nos han invitado.

Lo que en este libro trataremos, será precisamente lograr que des el primer paso en todo ello: el de la comprensión. Pues la felicidad verdadera no es posible si antes no se es consciente de estas grandes verdades; no es posible si antes no sabes para qué estás aquí y qué hacer al respecto. En lo que atañe a los mecanismos o técnicas para lograr esta hazaña, te recomiendo seguir y practicar las enseñanzas de los venerables maestros que lo han logrado; al final, todos ellos han venido a mostrar el mismo camino, pues no hay otro.

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El origen de todo: ¿Dios?

Por un lado, la ciencia nos dice, de acuerdo a su hasta ahora aceptada teoría del Big Bang, que todo cuanto existe (limitado sólo a la materia y energía que hasta ahora sólo conoce y manipula), provino de la “explosión” de un “punto” supercondensado de materia, en donde estaban contenidos todos los principios y potenciales de la materia (átomos), y la energía; dando lugar a la diseminación de todos estos elementos, radiación, energía y electromagnetismo, que posteriormente formarían elementos, compuestos, y estos a su vez, se empezarían a organizar en torno a centros gravitacionales, para dar lugar a la formación de planetas, sistemas solares, galaxias y todo cuanto existe en el Universo, incluida la vida; como así lo indican las diversas teorías de panspermia, la creación de “caldos” de compuestos orgánicos y de condiciones planetarias ideales para su surgimiento, propuesta por Alexander Oparin, y su posterior evolución, de acuerdo con la teoría de la evolución de las especies de Charles Darwin.


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