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SUPERMAN CONTRA LOS MUERTOS VIVIENTES

Y OTROS RELATOS DE ZOMBIS



Elmer Ruddenskjrik

Superman contra los muertos vivientes y otros relatos de zombis


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Copyright © 2017 Elmer Ruddenskjrik

















Dedicado a todos los que persiguen a una persona por la naturaleza de su creatividad… ¿qué clase de mierda tenéis en el hipercráneo?



Y ahora, que comience la función...





SUPERMAN CONTRA LOS MUERTOS VIVIENTES



El aire hacía ondular levemente su capa mientras se dejaba alzar en lenta deriva hacia el continente de nubes, una masa de vapor de agua teñida en tonos rojos y anaranjados allí donde los jirones enrollados despuntaban en el sentido de la gravedad. Los huecos de las alturas se mostraban de un azul de profundidad marina. El Sol, la fuente de todo su poder, la base de la vida en aquel planeta tan distante a todo lo demás en el universo, hacía verse el kilométrico macizo nuboso con la solidez de la roca gastada y pulida y con la dinámica de una marea de agua congelada instantáneamente en mitad de una furiosa tempestad. Kal-El pensaba que era hermoso; no sólo su cielo, también el suelo lo era, antes, a pesar de la superpoblación y la descontrolada explotación del terreno y los recursos por parte de sus protegidos, los terrestres: seres capaces tanto de las más inimaginables proezas, y con infinita imaginación, como de las más antinaturales y perversas de las acciones o actitudes. Realmente, aún se preguntaba si el desastre había sido provocado por ellos; quizá algún experimento que había escapado a las medidas de control, o el desenlace triunfal del plan de una mente genial y desquiciada...

Había empeorado tan rápido que no había tenido tiempo de investigar la causa o la identidad de los culpables. Sólo... sólo había podido luchar, luchar durante semanas, arrasar con millones de personas que se habían abierto paso desde la profundidad de sus fosas bajo tierra o que habían hecho añicos las losas de sus nichos para atacar a los vivos, quienes resucitaban a su vez, en todas partes, en todo el mundo al mismo tiempo. Los resucitados eran como auténticos demonios, rápidos y con la fuerza desatada de un gorila; la gente no era rival contra esos seres, virtualmente inmortales. La mente de analista científico de Kal-El no era capaz de elucubrar una explicación física y lógica, a decir verdad: los seres sólo podían detenerse reduciéndolos a pedazos lo bastante pequeños para no representar una amenaza por sí mismos. De nada les servía a los aficionados al cine de zombis todo su conocimiento, y por instinto todo el mundo disparaba o golpeaba contra las atolondradas cabezas de los resucitados, la mayoría perdiendo la vida a manos de los monstruos de sesera abierta. A golpes, devorados, estrangulados o pisoteados, así terminaban su estresante carrera de supervivencia la mayoría. La masa de muertos aumentaba y se esparcía por el mundo a la velocidad de un maremoto que socavaba la tierra, ascendía la roca, arrasaba madera y metal y aniquilaba toda vida que quedara al descubierto.

La peste que le traía desde tanta distancia la superioridad de todo sentido le recordaba la frustración de la que se había abstraído por esos segundos en los que buscaba la reconfortante luz solar que recargara sus fuerzas. Por debajo, a centenares de metros, el manto negro y denso de la tormenta sobre los restos de Metrópolis, bajo el que se arrastraba una mancha de corrupción provista de infinitos pares de piernas. Suspiró e inició un feroz picado atravesando la estática que arrojó sobre él rayos que su fisonomía extraterrestre dispersó y desvió a su alrededor en la forma de ondas esféricas de ionización que aún se mantuvieron oscilando con movimientos pendulares al salir de las nubes, quemando la humedad de la lluvia furiosa que parecía suspendida en el aire mientras la cruzaba a cinco veces la velocidad del sonido. En la distancia, los supervivientes de la guerra contra los muertos, hacinados en la pequeña isla del Centro Internacional de Convenciones, vieron cómo un rayo esférico se estrellaba contra el río que rodeaba la isla, por el lado sur, quemando y hundiendo el agua por un segundo en la forma de un tubo antes de que ésta se derrumbara hacia el espacio vacío explotando en un géiser de vapor.

Kal-El se abrió espacio girando sobre sí mismo, moviendo el agua a su alrededor y desperdigando el ejército de muertos que vadeaba por el fondo cruzando hacia la carne viva de la isla, avanzando unos sobre otros en una marea submarina de varios cuerpos de altura. La masa zombi rugió al sentir el sacudirse de la vida entre ellos, con sus gargantas sin aire haciendo vibrar el agua en un rumor que por cada solo individuo sería imperceptible al oído humano, pero que en conjunto producía un concierto unísono, tan implorante como inquisidor, que removía la tristeza y la repugnancia natural de la humanidad inherente de Superman.

Cansado y harto, sabiendo que sólo estaba ganando tiempo para los últimos de sus conciudadanos, incapaz de abandonar una lucha que no acabaría como no fuera arrasando el planeta entero, les devolvió a los resucitados su grito sordo de frustración en el momento en que los más próximos intentaban arañar y mordisquear la piel inquebrantable, alguno llevándose un pedacito rasgado de traje azul o de la capa roja por trofeo; un sonido que se propagó por el agua con una potencia tal que los tímpanos explotaban, e incluso buena parte de los huesos del cráneo de muchos muertos vivientes se partían por la vibración.

Desde la isla, los supervivientes sintieron el leve seísmo que producía su voz, antes de ver el río iluminarse en rojo y bullir: Kal-El calcinó a los muertos en todas direcciones, evaporándolos junto con el agua que le rodeaba, produciendo un vertiginoso torbellino, un cono gigantesco y abismal de agua que giraba mientras caía donde desaparecía la que se convertía en vapor. Se desplazó usando la levitación, sin que el agua mermara en absoluto su avance, hacia la orilla desde la que la masa zombi se arrojaba al río como un afluente contaminado, una gigantesca catarata de cuerpos putrefactos que hizo estallar en llamas ascendiendo de las profundidades con el calor de sus ojos aún encendido en la forma de un haz de láser de cuarenta metros de amplitud. Los cadáveres vivientes salían impulsados hacia los cielos, completamente inútiles, cayendo por todas partes a centenares de metros alrededor, muchos hacia la oscuridad cada vez más ponzoñosa del agua del río de Metrópolis, la mayoría derrumbándose como un manto de brasas hacia la calle mayor desde la que se avecinaba toda la jauría.

Superman subió un poco más en su vuelo, mientras arrojaba su aliento gélido hacia los cuerpos carbonizados, al tiempo que moldeaba con más láser de su visión calorífica el conjunto de cuerpos calcinados y retorcidos, forjando y templando con ambos poderes una sólida bola repugnante de carbón orgánico. Descendió a toda velocidad antes incluso de que el inmenso martillo fabricado tocara el suelo, y le dio impulso con una feroz patada que lo estrelló contra la calzada de Metrópolis con la fuerza de un meteorito cayendo desde más allá de la atmósfera. El impacto sacudió la tierra, cientos de calles se resquebrajaron, los edificios se partieron en dos, derrumbándose sobre sí mismos o contra los adyacentes, mientras un huracán de cristal y hormigón se desperdigaba por kilómetros, aplastando a la infinita muchedumbre zombi bajo un manto de metralla al que siguió la caída de buena parte del suelo de la ciudad sobre el vacío de los varios niveles de metro subterráneo.

Los cadáveres sufrían una mutilación y aplastamiento que sólo las civilizaciones azotadas por el cataclismo natural más salvaje podrían haber conocido en el curso de su extinción, mientras los supervivientes de la isla del Centro Internacional de Convenciones resultaban protegidos de la debacle por Kal-El, que volaba a velocidad supersónica manteniendo a raya el denso polvo del impacto con su aliento, y desviaba a terribles puñetazos los pedazos gigantescos que la ciudad moribunda había escupido al cielo en su exhalación final, y que ahora caían como las bolas de cañón de un bombardeo, numerosas y letales.

El impacto mató de ataque al corazón a tres personas, y causó aturdimiento y pérdida temporal de audición al resto; por acto reflejo, todo el que no cayó desmayado se tiró al suelo, y muy pocos consiguieron sobreponerse a la pérdida de equilibrio y la desorientación lo suficiente como para poder volver a incorporarse, y sólo para visualizar el infierno desatado más allá de la orilla de su isla. El mundo era una negrura sucia de la que el gris mate de la tormenta era techo. El interior de las nubes seguía destellando con furiosos relámpagos cuyo trueno era imposible distinguir del murmullo de la destrucción que acontecía en Metrópolis, que caía y caía sobre sí misma y cada vez más profundo, como si fuera un circuito de fichas de dominó.

No había acabado con todos los muertos vivientes que quisiera. De hecho muchos se escabullían de entre los escombros aún en movimiento, ignorando su falta de algunas partes o lo agujereado de sus cabezas o torsos. Cuando estaba pensando en sobrevolar los supervivientes para comprobar su estado, aún explorando toda Metrópolis con un veloz barrido a rayos x desde las alturas, un nuevo rumor unísono llegó a su audición supernatural. Gozaba de la intensidad aquejada de rabia y maldición de la masa zombi, y hasta del monótono rugido coral, pero estaba hablando, ¡hablando! Muchas voces antinaturales alzando una declamación desde las profundidades del centro de la ciudad, cercado por barricadas de edificios desplomados.

—¿Cuánto tiempo más? —aullaban esas voces, en el idioma de cualquier ciudadano de Metrópolis, perfectamente comprensible para él, aunque no comprendiera cómo podía estar pasando—. ¿Cuánto tiempo seguirás tratando de evitar lo que ha de pasar?

Kal-El atravesó la atmósfera de polvo y ceniza de cadáveres pulverizados que inundaba las calles, aterrizando en mitad de la plaza que había sido centro del barrio más comercial de la ciudad. Entre la densa polución del desastre que había ocasionado, Superman podía ver algo palpitar. Una cosa grande y amorfa, pero que rodaba con cierta solidez, no sin amenazar desparramarse en la dirección en la que convulsionaba, distinta a cada segundo. Parecía avanzar con aleatoriedad, pero sin duda lo hacía hacia él, ahora que había tomado tierra. Superman se había enfrentado a muchas cosas raras, hasta alcanzar sus 54 años de edad: había conocido seres de otros mundos, de otras dimensiones, y de especies inimaginables y desconocidas del todo para el extenso escrutinio del universo de su raza, los kriptonianos, e incluso había sufrido en sus carnes la impotencia del sometimiento mediante la magia de muy extraños personajes. Pero ahora se le dirigía de voz y presencia una cosa harto repugnante...

—¡Fuera, por favor, fueraaaaa! —le rugía, o le rugían, según se mirase—. ¡Hazte cargo de que éste no es asunto tuyo, no te concierne, no debes influir en esto, y de todas formas en ninguna forma puedes influir...!

La cosa seguía avanzando. Empezaba a simular un remedo de ser bípedo, de características homínidas. Ya daba pasos, en vez de rodar, pero Kal-El no podía concederle más dignidad al ser, o lo que fuera. De alguna forma una fuerza mantenía juntos en posturas difíciles, imposibles, a los muertos vivientes, que se aglutinaban aplastados, truncados unos contra otros, en bolsas de carne reventada de la que sobresalían huesos y órganos, con los brazos y piernas asomando con movimientos espasmódicos allí donde probablemente no habían encontrado lugar para encajar.

Al caminar, el peso de cada paso hacía sonar todos los cuerpos al unísono, rompiéndose y rasgándose toda la materia cárnica, astillándose todo hueso, haciéndose papilla ponzoñosa al tiempo que de alguna manera simulaba ser algo dotado de alguna solidez. Superman sentía verdaderas nauseas en su estómago, en ayunas desde cerca de un mes. Sus ojos azules, hundidos por el cansancio y la vela constante, enrojecidos por la extenuación de sus poderes oculares, rompieron a llorar de rabia, mientras le gritó a la cosa, de la que no quería saber nada, de la que no quería recibir órdenes y que ni siquiera quería estar viendo moverse... ¿Acaso se había vuelto loco? ¿De verdad estaba viendo eso?

—¡¡Los estás matando a todos!! —rugió con la voz reverberante que sólo a un dios podría atribuirse, preso de una ira descomunal, toda su poderosa fibra extraterrestre, alimentada por el sol amarillo durante tantos años, aquejada de una tensión tal que la alta temperatura de su cuerpo estaba fundiendo las partículas de humedad a su alrededor.

—¡Ellos lo han elegido así! —mascullaron las bocas, algunas ahogadas entre los pliegues de carne y las vísceras que se frotaban en constante movimiento, otros rostros apretados contra los restos de las vestimentas de otros cuerpos, como jugando a ser fantasmas. Los cadáveres se mantenían prietos con una gravedad descomunal dotando a la forma que componían cada vez más consistencia, hasta el punto de empezar a resultar en una masa forzuda, que se mantenía en pie resuelta, imitando bastante bien una forma humanoide del tamaño de un autobús, aunque sin cabeza. Siguió explicándose, la pesadilla de cuerpos cimentados en sí mismos.—¡La masa crítica de su conciencia colectiva ha superado con creces lo permitido, el dispositivo de seguridad ha sido activado, alienígena! ¡Van a desaparecer y no lo puedes evitar!

Kal-El estalló de furia, incapaz de mantener más la calma tras toda la devastación que había ido desperdigando por el planeta en un vano intento de detener a los humanos resucitados. Su lucha contra ellos por defender a los aún vivos no sólo terminaba con los restos de la civilización, sino con el mismo clima, con las demás especies naturales de la Tierra. No sería descabellado escuchar a algún superviviente decir que Superman llevaba tiempo al borde de la locura; de hecho la mayoría había empezado a pensar, en el momento de mayor recrudecimiento de la lucha contra los zombis, a nivel mundial, que sus métodos eran tan perjudiciales como el uso de las armas nucleares. Ni él mismo sabía ya si seguía cuerdo, escuchando el críptico discurso de un montón de zombis amalgamados.

—¡¡¡CÁLLATE!!! —rugió, el estampido sónico de su voz haciendo temblar la carne apretada de la criatura, crepitando con la vibración los huesos aplastados y debilitados, removiendo el polvo de hormigón y vidrio con la fuerza de un huracán.

Se lanzó directamente contra la criatura, deshaciendo la imposible unión entre los cuerpos, y partiendo por la mitad buena parte de todos ellos, las vísceras deformadas explotando como soltadas repentinamente a la falta de presión del espacio. Mientras el ser caía derribado por el impacto que lo había agujereado a la mitad, Superman continuó volando, ascendiendo a toda velocidad para dejarse caer hacia la masa de cuerpos que se sacudían buscando de nuevo la espantosa unión.

Cayó directamente en mitad de ellos, aplástándolos bajos sus pies, golpeándolos contra el suelo con una fuerza que provocó un cráter de varios metros de profundidad, hundiéndose con ellos bajo tierra, mientras la sangre y las entrañas explotaban a su alrededor, volviendo rojo por completo su traje y su piel, haciendo a su boca saborear los fluidos podridos y pastosos que mantenían engranados los movimientos de las criaturas semimuertas... Piernas arrancadas de cuajo, y con las articulaciones desviadas, intentaban patearle mientras torsos sin brazos y manos que se arrastraban solitarias intentaban morderle y arrancarle la piel: la masa de los muertos se cerraba sobre él como la trampa de una planta carnívora, mientras cada uno de los individuos que la formaban hacía lo imposible dentro de sus capacidades para intentar acabar con él.

Los muertos se apretaron, convirtiéndose en su techo, paredes y suelo. Le echaban sus alientos malolientes y sin calor, y le manoseaban a golpes de uñas que se desconchaban y de dientes que se partían bajo la presión desesperada con la que lanzaban los mordiscos, todo eso mientras le restregaban sus vísceras pútridas colmadas de excrementos por todas partes. La bola parecía estar intentando asfixiarle, encerrándole bajo un peso mucho mayor del que la cantidad de muertos realmente sumarían... Algo sobrenatural intentaba matarle o disuadirle, pero Kal-El podía aguantar la respiración durante cerca de una hora sin problemas, permitiéndose incluso volar por el espacio gracias a cómo soportaba su cuerpo las altas presiones o la falta absoluta de ellas. Intentó destrozar la presa empujándola y soltando devastadores puñetazos, pero las carnes se deshacían bajo su empuje, adhiriéndose a su cuerpo en movimiento como una pasta inquebrantable.

Usó su poder de levitación para subir con la bola de carne a cuestas a una velocidad tal que prácticamente se apareció más allá de la atmósfera, donde los cadáveres no soportaron las bajas temperaturas, convirtiéndose en un gigantesco copo redondeado de cristal. Superman lo hizo añicos proyectándose en dirección de descenso hacia Metrópolis, pero tan pronto como dejó tras de sí una vez más la frontera negra de la tormenta, descubrió que en la isla de los supervivientes se había desatado la locura por la matanza a manos de los muertos vivientes.

Las personas que habían muerto de infarto a causa del poderoso impacto del martillo de cadáveres carbonizados de Superman se habían alzado de nuevo para atacar a los demás, todo eso mientras él había estado enfrentando su desconcierto ante la infame megamente conformada por los muertos. La gente corría en círculos o intentaba saltar al agua del río, pero los muertos recientes no se cansaban y resultaban implacables, incluso se tiraban tras los que echaban a nadar, agarrándose a ellos para arrastrarles hacia el fondo mientras les propinaban golpes y mordiscos... Kal-El se maldijo en silencio, apretando los dientes hasta hacerse sangrar las encías y tensando los puños hasta el punto de hincarse las uñas en las palmas. Todo era inútil: incluso de la muerte natural volvían los humanos como cadáveres asesinos, y el puñado que había estado intentando mantener con vida estaba siendo masacrado bajo sus pies. No había futuro para sus protegidos. Estalló en una locura desatada, voló directamente contra el Centro Internacional de Convenciones de la isla, fundiendo con su mirada de láser la cúpula y su interior, y los cimientos bajo las varias plantas de aparcamientos, y la tierra blanda y arenosa de más abajo, haciéndola cristalizarse en rojo blanco mientras volaba en mitad de ese infierno, hacia el que se precipitaba toda la isla, junto a los muertos vivientes y los pocos supervivientes que aún sollozaban sin esperanza. Todo caía sobre él, hacia él, allí abajo, donde era señor del fuego bajo la tierra: el fuego de sus ojos, con el que veía tanto como destruía. Sacudía a manotazos el fluido que parecía vivo, que ondulaba por la fusión de sus ojos y la semisolidificación en las partes más alejadas del centro de las llamas de luz. La isla siguió hundiéndose por su centro hacia el lago de magma que él conformaba.

Kal-El, enloquecido de dolor y desesperación, era la viva imagen de un demonio de los que imaginaban las religiones de los terrestres, flotando en mitad de un fuego que no era tal, un medio que él creaba y del que a la vez formaba parte, disparando hacia los cielos, más allá de las nubes, gigantescos pedazos de cristal fundido con sus propias manos, que no mucho después empezaban a caer a millares por todos lados sobre la vasta extensión de Metrópolis y más allá. Las legiones de muertos vivientes no tardaron en verse arrolladas por ríos de fuego propagado por los pedazos de cristal ardiente que chocaban contra la ciudad y rodaban centenares de metros rebotando en los edificios. Y él, arrancado por el horror y el fracaso de su hermandad con la humanidad, tras terminar de vaciar su furia infructuosa, dejó el cráter en mitad de Metrópolis, permitiendo a la caída continua del agua del río enfriar, en la forma de gigantescos pétalos de cristal ondulado, la masa de magma.

Superman había perdido a la raza humana (lo único que le unía a ese mundo y a la vida) por razones oscuras o antiguas que no alcanzaría nunca a comprender. Se alejó tan rápido como la física se lo permitía, atravesando el vacío del espacio, con la mirada fija en el vacío eterno de más allá. Se lanzó tan lejos como pudo durante todo el tiempo en que era capaz de contener la respiración.

Tan lejos que ni hubiera podido ya distinguir su valioso sol amarillo del resto de estrellas, de haber querido volver la vista atrás.



SUCEDÁNEO DE CHOCOLATE



—… y entonces le dije, ¡de bastante mala hostia, la verdad!, le dije…

Aquel tipo no paraba de hablar. No era mala persona. Y, para ser justos, me había salvado un par de veces, a riesgo de perder su propia vida.

Vaya, el tipo sabía pelear. También sabía de supervivencia. Sabía cómo y hacia dónde moverse en el momento adecuado, tanto a la hora de pasar desapercibido como durante las refriegas. Incluso se había tomado la molestia de pasarse días enteros enseñándome cómo defenderme, con las manos desnudas y con el cuchillo (lo único parecido a un arma con lo que yo contaba). Todo lo hacía por mí. Por si nos veíamos forzados a separarnos, decía. Por si le mataban.

Vaya, no era un tipo con pelos en la lengua, que pudiera decir. Todo lo decía tal cual lo pensaba, o como le gustaba decir, “tal cual es”. Siempre con “la verdad por delante”. Sí, era un tipo sincero, y directo. Decía (y hacía) lo que creía mejor, le gustara o no a cualquiera… Incluido yo, claro.

Sus motivaciones eran siempre las más nobles. Vaya, el tipo era noble de cojones, sí. De hecho, ayer mismo estuvimos a punto de morir porque se empeñó en urdir un complicado plan de distracción para poder sacar a un hombre y su hija pequeña de un autobús escolar asediado por una multitud de muertos vivientes.

Nos pasamos como dos horas observando desde una azotea cercana el interior del autobús con los binoculares, escuchando los gritos de socorro que nos lanzaba el hombre desde la parte corrediza superior de uno de los ventanales laterales delanteros. No podía atraer más la atención de los muertos vivientes, así que no importaba… pero nosotros sí, y por eso en ningún momento le contestamos. Solo mirábamos desde ahí arriba, desde la azotea… Y él, mi compañero quiero decir, mascullando su plan, empeñado en salvar a aquellos inesperados supervivientes. Un par de horas antes, cuando había decidido subir a aquella azotea para “analizar mejor la situación”, a mí se me había ocurrido decirle que era una locura, que allí había al menos un par de cientos de muertos vivientes, y que aquel hombre y su hija no serían más que una carga. Su respuesta fue tan sincera y directa como siempre.

—¡Oye, tío! Antes de decir cosas así párate a pensar que lo mismo podría haberse dicho de ti cuando me busqué la vida para sacarte de aquel despacho en el que estabas atrapado. Párate a pensar que me recorrí yo solito, a oscuras, con la ayuda de una puta linterna, todas aquellas oficinas, limpiándolas de puñeteros zombis para ti, por el simple hecho de que me viste y me pediste ayuda desde aquella ventana de aquel séptimo piso. Te saqué, ¿no? Y te he enseñado todo lo que sé, ¿no? Porque eso debemos hacer los que estamos vivos. Ayudarnos unos a otros.

Y me había clavado su fuerte dedo índice en el pecho, dos veces, y justo sobre el corazón. Para recalcar sus palabras. Para que calaran más dolorosamente en mí.

Y, como dije antes, dos horas y pico después, ya estábamos ejecutando su plan. Él había saltado al cercano edificio de al lado, y había descendido todos los pisos (con el peligro que entrañaba de encontrarse muertos vivientes por las escaleras) hasta salir a la calle en una zona despejada. Y había llamado la atención de la muchedumbre de muertos vivientes a base de golpear cubos de basura y llamarlos de todo a grito pelado. Los muertos vivientes no se mueven muy bien ni muy rápido, pero, joder, sería de muy cabrón no reconocer que hay que tener valor para hacer eso: para pedirles que intenten morderte el culo, y más cuando son tantos.

Como unos veinte minutos después (los tiempos los digo estimados, hace mucho desde que viera un reloj que funcionara) el autobús estuvo lo bastante despejado de muertos andantes como para que me atreviera a bajar y hacer mi parte. Quedaban cerca de la veintena de ellos, golpeando con manos y frente, y arañando con uñas y dientes, la carrocería del autobús por ambos flancos. Me deshice de los más cercanos a la puerta delantera de acceso, y el hombre me dejó entrar cerrando la puerta tras de mí antes de que me siguieran los demás.


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