Excerpt for Cristianismo sin Dios. Un ensayo filosófico by , available in its entirety at Smashwords





Cristianismo

sin Dios


Un ensayo filosófico




D. D. Puche







Grimald Libros







© 2017 D. D. Puche


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1ª edición

Madrid, 2017

ISBN: 978-1370140442







«Ya la palabra “cristianismo” es un malentendido

–en el fondo no ha habido más que un cristiano,

y ése murió en la cruz. Lo que a partir de ese instante

se ha llamado “evangelio” es ya la antítesis de lo que

él había vivido: una “mala nueva”, un disangelio».


F. W. NIETZSCHE, El Anticristo, 39.









I





El fundamentalismo religioso que se extiende cada vez más por un Occidente que se creía ilustrado –amenazando seriamente la división del Estado y la Iglesia y llevando en ocasiones al primero a legislar en cuanto cristiano– exige hacer una profunda reflexión acerca de Cristo. No tanto acerca del cristianismo como de Cristo, figura histórica sobre la que se erige una religión profesada por un tercio de la población mundial; pero lo que la inmensa mayoría de los creyentes ignora es que no siguen en absoluto su palabra, totalmente deformada tras dos milenios de confusiones y manipulación. Este escrito es una meditación hecha desde un punto de vista ateo, materialista e inmanente [1]; parte de considerar a Cristo un ser humano (¡nada más y nada menos!) para ensayar una reconstrucción de su mensaje originario, oculto –pero aún hoy estimulante– bajo múltiples estratos de sedimentos teóricos e históricos que lo hacen irreconocible para el creyente medio. Sólo en este sentido se podría entender como un escrito “contra el cristianismo”, propósito en realidad secundario del mismo, pues no va dirigido contra Cristo como personaje histórico, sino contra la religión construida sobre su palabra y contra su palabra. Pero para eso antes hay que conocer ésta.

Con independencia de la desfiguración doctrinal en que consiste el cristianismo (aunque seguramente tenga mucho que ver, al producir una insalvable fractura entre la letra y el espíritu de la doctrina, que no puede sino afectar a su praxis), me atrevería a decir que no existe, desde el punto de vista de su práctica, una religión más hipócrita; ninguna en la que se presuma más de lo que no se es, ninguna que más se incumpla, ninguna que propicie un mayor desencaje entre “el interior” y “el exterior” de los creyentes. Ninguna. Desde luego, no se dan esas dislocaciones ni en el judaísmo (que sobradas razones tendría para ser un culto a la muerte, cosa que no es en absoluto) ni en el islam, por centrarnos en las grandes religiones monoteístas; pero tampoco se dan en el budismo –el de verdad, el practicado en Oriente, no sus burdas emulaciones occidentales–, el hinduismo, el taoísmo, el confucionismo, etc. Algo que ya hace sospechoso al cristianismo histórico, de por sí, es su culto al dolor y la muerte, que evidencia, por emplear un lenguaje nietzscheano, la mentalidad mórbida y enfermiza que está tras él. El cristianismo ha convertido el –siempre supuesto– mensaje de Cristo (una llamada a cierta forma de vida, al fin y al cabo; una ética) en el culto a un hombre torturado y crucificado. Ya en el símbolo de la cruz se anuncia el falseamiento que constituye el corazón de esta religión: la muerte y resurrección de Cristo como ejecución del plan de la divina Providencia. Algo totalmente ajeno, como decía, al discurso y la práctica que se pueden rescatar de los evangelios.

Lo que voy a llevar a cabo a continuación es un esbozo de arqueología de éstos. No pretendo decir nada esencialmente nuevo, desde luego: la bibliografía sobre el tema es abrumadora, y nada puede decirse al respecto que no se base en las investigaciones de historiadores y filólogos que han trabajado directamente las fuentes documentales de ese relato históricamente construido al que llamamos “cristianismo”. Lo que sigue es el “poso” que mis lecturas sobre el tema, así como mi propio trabajo y mi interpretación (inevitablemente filosófica, y fuertemente marcada por Spinoza, Kant, Hegel, Feuerbach, Nietzsche, Jung y Campbell) del Nuevo Testamento, han dejado. Una reconstrucción, creo, no menos fiable que la de cualquier teólogo, pues al fin y al cabo, el único hilo conductor que tenemos para “desenterrar” la palabra de Cristo son unos textos –a no ser que creamos en revelaciones hechas a unos pocos elegidos, lo cual ya es partir de una determinada teología– que pueden ser leídos en múltiples claves, sin que ninguna –insisto: a no ser que presupongamos una autoridad religiosa basada en una revelación sobrenatural, cosa que yo desde luego no admito– pueda justificar su superioridad respecto a las demás. Es muy difícil saber con qué quedarse y con qué no de un relato, tras dos mil años y a partir de unos textos escritos como mínimo setenta años después de los hechos relatados, llenos de corrupciones e influencias, y cuya elección (el canon bíblico), ya de por sí, le da un marcado sesgo a dicho relato histórico. Pero aun así, se puede emprender la tarea de rastrear el espíritu originario que dio pie a esos textos. Los criterios filológicos e históricos son muy útiles (imprescindibles, de hecho) hasta cierto punto, llegado el cual, sin embargo, la crítica textual debe dejar paso a un salto hermenéutico que reconstruya, per hypothesi, el núcleo doctrinal que todas las corrupciones históricas esconden (y se ha de hacer precisamente en la medida en que parecen esconder algo). Para ello hay que buscar la coherencia interna, vital, de una doctrina que a todas luces se muestra –para el que quiera verla– entre estratos ajenos a su propia naturaleza. Partiendo de la clave filosófica antes descrita (secular e inmanente), el procedimiento a seguir no puede ser otro que eliminar todo lo sobrenatural del texto para quedarse con un sustrato claramente ético –sin que ello pueda eliminar por completo, obviamente, su base teológico-metafísica–, que constituye aquello únicamente a lo cual cabría llamar la “buena nueva”.


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