Excerpt for Mal menor by , available in its entirety at Smashwords

MAL MENOR

MARÍA MORENO



Mal menor, de María Moreno

1ª Edición –, 2017

© María Moreno

Cubierta: Sol Taylor.

Maquetación: Miguel Ant. Carmona Rogel

Todos los derechos reservados.

All rights reserved.

Esto es una obra de ficción, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.



A mis compañeros, cuya labor docente difícilmente será valorada en toda su generosidad y grandeza.



ÍNDICE

UN DÍA CUALQUIERA

SEPTIEMBRE

UN NIÑO BUENO, UN NIÑO NORMAL

LAURA Y MARIO

DICIEMBRE

MOSTRUM PARENTES

AHORA

ÁNGELES

UN MUNDO DE SOMBRAS

LA MOSCA Y LA ARAÑA

PERSIGUIENDO AL DIABLO

DOS DÍAS

TURISTAS ACCIDENTALES

EPÍLOGO





UN DÍA CUALQUIERA

¿Quién no ha soñado en alguna ocasión que le persiguen y que intenta escapar con el corazón desbocado por el pánico para descubrir que sus piernas no responden, que se mueven como a cámara lenta, si es que acaso se mueven y no están como imantadas al suelo? Esa debió ser la sensación que experimentaba Laura Cerdán mientras corría escaleras arriba subiendo los escalones de dos en dos y hasta de tres en tres: que no llegaría nunca, que se iban añadiendo escalones a medida que subía, como en una pesadilla de la que es imposible despertar. Laura era directora del instituto de enseñanza secundaria Los Álamos desde hacía más de catorce años, justo cuando se inauguró el centro. Tenía más de cincuenta años, aunque aparentaba diez menos. Morena, bastante alta, de complexión fuerte, aunque no gruesa y aficionada a los tacones, cosa que aquel día maldecía según corría escaleras arriba como perseguida por el mismísimo diablo. Había oído un ruido extraño mientras se encontraba trabajando en su despacho, más bien, varios. Dejó caer sobre su pecho las gafas de lectura que llevaba sujetas con una cadena y prestó atención para intentar descifrar qué eran esos sonidos, y saltó del sillón en cuanto notó un tropel en una de las zonas de aulas, justo encima de su cabeza. Mientras corría hacia las escaleras susurraba inaudiblemente, como quien reza una oración, que el sonido no fuera lo que ella creía haber identificado.

Para cuando por fin pudo alcanzar la primera planta, donde se encontraban las primeras aulas del instituto, el pasillo que quedaba a su izquierda estaba inundado por profesores y alumnos que habían salido despavoridos de sus respectivas clases para averiguar qué había ocurrido. Laura se abrió paso entre la gente pidiendo por favor que todos regresaran a sus aulas y cuando pudo alcanzar el ojo de buey por el que se veía el interior de la clase de donde procedía el ruido, gritó a uno de sus compañeros que llamara a la ambulancia y a la policía. Volvió a gritar al resto que volvieran a sus clases, esta vez más enérgicamente, intentando no ser presa del pánico, esperando que nadie viera lo que sus ojos acababan de ver, esperando al menos que nadie fuera capaz de identificar lo que estaba sucediendo. Entre todos los compañeros lograron devolver a todos los demás a sus respectivas aulas mientras Laura intentaba en vano abrir la puerta de la clase en cuestión con su manojo de llaves que ahora mismo se le antojaba un ente con vida propia que escondía la llave concreta que ella estaba buscando. La encontró, y la puso en la cerradura, pero al oír el chasquido del cerrojo del interior del aula, prueba de que efectivamente había abierto el pestillo, dudó si abrir o no.

Sólo se veía a Marcos, de pie, con su expresión despreocupada de siempre, mirándola fijamente desde dentro del aula, con su habitual gesto de no haber hecho nada, el mismo que siempre ponía cuando acababa de hacer alguna tontería, el mismo que a ella le confirmaba que estaba mintiendo, que había sido él el autor de lo que se le acusaba cada vez que algún profesor lo llevaba a su despacho.

Marcos Saldaña era un chaval de 12 años que este curso se había matriculado en el centro para cursar 1º de Educación Secundaria Obligatoria, ESO. De aspecto totalmente normal, pelo castaño, ojos oscuros, más bien delgado y con cara de no haber roto un plato en su vida, Marcos pronto empezó a ser una visita frecuente a su despacho. Los motivos aducidos por los profesores eran varios, desde que molestaba a sus compañeros, hasta que interrumpía sus clases hablando solo cuando se le antojaba, o incluso lanzaba objetos a los demás. Sin embargo, preguntado el interfecto, él no había sido nunca, en ninguna de las ocasiones en que fue llevado al despacho reconoció ser responsable de lo que profesores y alumnos lo acusaban. Según él, eran sus propios compañeros los que hacían las travesuras y después lo culpaban y así había sido desde siempre. Al principio sólo eran cosas más o menos propias de los niños revoltosos de su edad, hasta que con el paso de los días, sus travesuras fueron dando paso a algo más preocupante.

Laura, agarrada con todas sus fuerzas a la minúscula llave, sólo podía verle a él, y de no ser por las pequeñas manchas rojas que podía ver en su cara, y algunas más grandes que salpicaban la pared blanca de detrás, como si de una de las obras de Kandinski se tratara, nadie diría que había sucedido algo tan monstruoso ahí dentro. El aspecto totalmente calmado del chico, unido al silencio que se había creado no sólo dentro sino también fuera del aula, como el silencio que se percibe cuando se te han taponado por completo los oídos, donde se encontraban ella y un puñado de profesores que sabían a lo que se estaban enfrentando, no delataba que los sonidos que ella había identificado desde su despacho fueran lo que temía: impactos de bala.

Mientras se hallaba en esta situación, absorta como estaba en discernir si sería mejor abrir la puerta o no, no pudo oír el sonido de las sirenas acercándose. Nadie esperaba que tardaran tan poco en aparecer, pero casualmente una patrulla de la policía nacional estaba cerca de la zona cuando recibieron el aviso. Cuando quiso darse cuenta, un policía la intentaba apartar desde lejos de la puerta al grito de: “¡Señora, no abra la puerta, por favor!”. Pero ya era demasiado tarde. Si había alguien que debía abrir esa puerta era ella, porque si había alguien a quien Marcos estuviera dispuesto a obedecer era a ella. Entró como una exhalación en el aula, cerrando la puerta tras de sí, y se colocó justo frente al muchacho que seguía mirándola con gesto inexpresivo. Laura tuvo la oportunidad de contemplar lo que había sucedido. La profesora que en ese momento se encontraba en el aula, Carmen, estaba sentada en su silla con la cabeza apoyada en la mesa y el pelo revuelto. De no ser por un reguero de sangre que ya casi no fluía de su nuca, hubiera parecido que se había quedado dormida. Los ojos de Laura, abiertos de forma casi imposible, se dirigieron hacia el otro lado de la clase, donde pudo ver los cuerpos ensangrentados de los tres chicos que, como él, habían aprovechado la hora de educación física para hacer una recuperación de lengua en el único hueco que Carmen tenía libre aquel día. Sandra, la única niña, ni siquiera había suspendido la asignatura. Había sacado todo sobresaliente y éste era el único notable que, según ella, estropearía su boletín de notas, así que le había pedido a Carmen presentarse al examen de recuperación para subir nota. Probablemente, cuando Marcos se dirigió a la mesa de la profesora con la intención de cometer el primer asesinato, ella ni se habría percatado, absorta en su examen como estaría y agobiada por superar ese notable. Sandra siempre fue tan perfeccionista… Laura imaginó cómo la chica habría levantado la cabeza al oír el primer disparo, el que acabó con la vida de Carmen, y fue sorprendida por el segundo, el que acabaría con la suya. Sandra había recibido el impacto justo en la frente y se había derrumbado contra la pared adyacente, como una marioneta que ha sido de repente abandonada en un rincón, quedando para siempre así grabada en la mente de Laura, con los ojos abiertos de par en par y la sangre cayendo sobre su rostro, como preguntándose qué clase de broma macabra era ésta. En medio, sentado en su silla aún, ésta apoyada contra la mesa de atrás quizás por el impacto, y con la mochila sujeta por ambas manos, como si hubiera querido usarla como escudo, se encontraba Rafa, sus ojos fijos en el techo. Por lo que pudo ver Laura, el impacto había alcanzado a la tercera víctima en el cuello y en el pecho, según las heridas que podía ver ella desde donde estaba. Otro chico, Rubén, había tenido seguramente tiempo de levantarse, pues había caído desplomado al suelo detrás de los otros y todo indicaba que no estaba sentado en el momento de recibir los disparos. Seguramente habría visto lo que estaba sucediendo y había tenido tiempo de intentar escapar, pero tampoco lo consiguió. Las heridas que tenía en el costado y en el cuello demostraban que Marcos había tenido que emplearse bien para reducirlo. Y justo detrás de él, lo único para lo que la directora no estaba preparada: otro chico, Nico, boca abajo en el suelo, con la mirada fija en ella intentando no respirar demasiado fuerte para que Marcos, con la pistola aún en la mano, no se diera cuenta de que seguía con vida. Laura, con la palma de la mano derecha casi imperceptiblemente levantada, como si estuviera acariciando el aire, trataba de transmitir al chaval que lo estaba haciendo muy bien, que había sido muy listo y que siguiera así, que ella tenía la situación bajo control y que lo sacaría de allí con vida.

Sería injusto decir que era un espectáculo dantesco lo que Laura estaba presenciando, pues el cruento espectáculo se veía agravado por ser casi todas las víctimas niños de doce años, y lo que para ella era aún peor, el terror a no saber si lo que estaba haciendo era, tal y como ella pensaba, la mejor decisión. En segundos que le parecieron horas, por su mente pasaron las posibilidades que tenía ante ella, y las consecuencias de cada una de las decisiones que pudiera tomar en aquel instante. Le pareció que lo mejor era intentar que Marcos soltara la pistola y que no se diera cuenta de que una de sus víctimas aún estaba con un hilo de vida.

Marcos miraba a la mujer fijamente, con su cara de no ser responsable de nada de lo que había sucedido a su alrededor, pero con la pistola aún firmemente sujeta en su mano derecha. Ella, con el corazón latiéndole a mil pulsaciones por minuto, temblando, aunque manteniendo aparentemente la calma jurándose a sí misma que iba a sacar a Nico de aquel aula con vida, lo miró fijamente y se atrevió a preguntar:

— Marcos… ¿qué has hecho? ¿Sabes lo que has hecho?

A lo que él, tranquilo, seguro, sin ningún atisbo de duda o preocupación, se limitó a responder:

— Yo no he hecho nada, doña Laura, no he hecho nada.

Prácticamente eran las únicas palabras que ella había escuchado de la boca de este chico desde que lo vio en el despacho por primera vez. Él nunca había hecho nada, sus compañeros le provocaban, o el profesor o profesora de turno le tenía manía y lo controlaba en exceso, la cuestión es que él nunca era responsable de nada de lo que se le acusaba. Ni aún hoy, aquí, con la pistola en la mano y rodeado de los cuerpos de los que fueron sus compañeros y su profesora, era culpable de nada.

El muchacho miró hacia la puerta, de donde provenía el tumulto probablemente de la policía planeando cómo entrar sin poner en peligro la vida de la directora. Laura sabía que tenía muy pocas posibilidades de salir de allí con vida, y si tenía realmente alguna, pasaba por ganarse la simpatía y la confianza del chico. Le habló para distraerle de lo que estaba sucediendo en el exterior.

— Marcos, mírame. ¿Puedes darme la pistola? – dijo en tono manso pero firme.

Marcos miró el arma y luego volvió a dirigir su mirada a la directora y sonrió. Laura supo que no tenía la menor intención de dársela. Temblorosa y tartamudeando por primera vez en su vida, avanzó hacia él lentamente mientras le hablaba.

— ¿Qué ha pasado, Marcos? ¿Me lo quieres contar?

— ¿Qué ha pasado? – repitió el chaval – No sé. Yo he llegado y estaban todos así.

— Marcos, por favor…

— ¡Es la verdad! ¡Nunca me creen cuando digo la verdad! No he sido yo. Alguien…alguien habrá entrado y habrá hecho esto. Yo escuché ruido y vine a ver qué pasaba…y…y me encontré la pistola en la mesa…y…

Laura sabía que estaba escuchando las mismas excusas de siempre, y que Marcos no estaba por la labor de reconocer lo que había sucedido. Le miró a los ojos y le dijo:

— Entonces no tengas miedo. Salgamos. Contemos a los de fuera que no has sido tú.

El muchacho mostró un atisbo de duda. Ante la perspectiva de estar en la senda acertada, Laura se envalentonó y su tono se volvió más persuasivo:

— Marcos… ¿qué dices? Yo te apoyaré, y buscaremos al responsable de esto.

El chico la miraba entre dubitativo y reconfortado.

— ¿Usted me cree, doña Laura? – le preguntó por fin buscando apoyo.

— Claro…claro que te creo, Marcos. ¿Cuántas veces hemos hablado ya? Sabes que puedes hablar conmigo. Salgamos fuera, por favor. El responsable de esto puede estar ahí, en otro aula, haciendo lo mismo a otros compañeros, tienes que detenerlo.

Marcos, contra todo pronóstico, dejó la pistola sobre la mesa de la profesora y caminó los pocos pasos que lo separaban de la directora con cierta seguridad. Laura, que incluso ahora mismo no podía creer que esto estuviera siendo más sencillo de lo que a ella jamás se le hubiera ocurrido, se colocó a su lado, ahora más tranquila sabiendo que estaba desarmado, y, ante el asombro de la policía que miraba por el ojo de buey esperando el momento de intervenir, abrió la puerta, quedando los dos bajo el umbral. En cuanto pudieron, dos policías se lanzaron sobre Marcos y lo esposaron, mientras la directora gritaba presa del pánico:

— ¡Dense prisa, por favor, uno de los niños sigue con vida! ¡Dense prisa!

Con la misma rapidez con que los agentes se habían lanzado a inmovilizar a Marcos, un médico y dos enfermeros de la unidad móvil de urgencias se colocaron junto al cuerpo casi sin vida de Nico. Afortunadamente el niño seguía respirando, aunque con mucha dificultad, y le dieron la vuelta para ver el alcance de las heridas. Una de las balas había entrado y salido de su cráneo dejando un reguero de sangre alrededor de su cabeza. El médico que lo estaba examinando no paraba de decirle, mientras le vendaba la zona de la herida tratando de detener la hemorragia:

— Venga, chaval, que esto no es nada. Mírame. Te vas a recuperar, te lo digo yo.

Finalmente lograron estabilizarlo y colocarlo en la camilla para llevarlo rápidamente a la ambulancia que lo trasladaría al hospital. Laura había sido acompañada por otro agente de policía a su despacho, donde intentarían esclarecer los hechos.

El centro se estaba desalojando con cierta tranquilidad bajo el protocolo de incendios que todos los años se ensayaba. Casi nadie sabía lo que estaba sucediendo, menos aún los alumnos, que bajaban sonriendo ante la idea de perder al menos esta clase gracias al dichoso simulacro. Abajo empezaban a agolparse los padres que habían sido alertados por amigos y vecinos de que algo había sucedido en el instituto y estaban llegando a recoger a sus hijos, así como muchos curiosos que habían escuchado el rumor sobre un atentado. Curiosamente los padres de Marcos no aparecieron. Ellos nunca aparecían. Siempre estaban trabajando o de viaje. Siempre demasiado ocupados como para averiguar en qué lío se había metido Marcos esta vez. Laura recordó que había tardado más de dos meses en poder dar con ellos la primera vez que les convocó al despacho.

Ya sentada detrás de su mesa frente al inspector de policía que se iba a encargar del caso, perdió totalmente la compostura que había mantenido hasta ahora. Apoyó la cabeza sobre las manos, los codos sobre la mesa, y empezó a llorar y a temblar descontroladamente. El inspector avisó a uno de los miembros de la unidad móvil de emergencias para que le administrara un calmante que la aliviara de aquel estado, habiéndose ella negado a ser trasladada al hospital. Lo último que quería hacer ahora mismo era enfrentarse a una multitud furiosa por lo que había sucedido. Mario Requena, el inspector, estaba acostumbrado a este tipo de reacciones, pero nunca pensó que precisamente esta mujer, por su carácter firme y sereno y su fama de ecuánime, pudiera jamás encontrarse en una situación similar. Esperó pacientemente a que Laura recuperara un poco el aliento antes de empezar a preguntar. Afortunadamente la vida en esta pequeña ciudad no ofrecía este tipo de sucesos con frecuencia, de hecho los casos más extraños en que el inspector había participado habían sido suicidios, violencia de género y algún ajuste de cuentas. No en vano llevaba ya veinte años en el cuerpo, tiempo suficiente como para haber visto un poco de todo. De unos cincuenta años, muy alto, de pelo castaño y con bastantes canas que él achacaba a su oficio, de ojos verdes y mirada atenta, guardaba silencio frente a la mujer, que por fin pudo pronunciar:

— Perdona, Mario…Ha sido tan horrible… — dijo entre sollozos. — ¿Qué tal está el otro niño?

Laura no era ahora mismo ni sombra de la mujer que había aparecido en el instituto esta misma mañana, como siempre, arreglada, elegante aunque no excesivamente sobria, feliz consigo misma. No. Ahora mismo sus ojos eran un amasijo de rímel y sombra que se desparramaba hacia las comisuras de sus labios, ya sin ningún resto de carmín. A Mario se le antojó uno de los personajes de Pagliacci, de Leoncavallo, un payaso derrumbado, acabado, enfrentándose al público.

Mario se aclaró la voz antes de hablar, sin poder disimular que no se trataba de un caso más, que la protagonista de esta historia era alguien que no le era indiferente.

— Se lo han llevado al hospital. No he tenido tiempo de verlo muy bien ¿Qué creías que hacías metiéndote en el aula con un chico armado? – dijo.

Ella ya se había imaginado que esta pregunta sería de las primeras en aparecer:

— No lo sé, Mario, no lo sé…sólo quería ver qué había pasado…cuántos niños había en el aula…la verdad es que no lo sé. Lo he llamado tantas veces al despacho, he hablado con él tantas veces que creí que podía hacer algo, arreglar algo… ¡Y cuando he visto que el chiquillo que estaba en el suelo aún respiraba…! Nunca pensé que viviría algo así…jamás…

— Has tenido mucha suerte, Laura. No solamente por cómo ha reaccionado el chaval, sino también por el hecho de que ya no le quedaban balas, aunque dudo que él lo supiera.

El inspector se levantó y llenó un vaso de agua de un depósito que había en el despacho y se lo acercó a la directora, que bebió como si se lo fuera a arrebatar enseguida, mientras le pasaba la mano tranquilizadoramente por la parte superior de la espalda.

— Tranquila, no querrás ahogarte.

Laura soltó el vaso encima de la mesa y Mario continuó hablando.

— ¿Sabes lo que ha pasado, lo que ha cruzado la mente de ese niño para hacer lo que ha hecho?

Ella negó con la cabeza y dijo:

— Sólo sé que ese chico no está bien, que, por lo que yo he podido averiguar, nunca lo ha estado y que hasta que llegó aquí nadie se preocupó de averiguar qué le sucedía. Sus padres lo han llevado a un especialista pero aparentemente el tratamiento no ha dado ningún resultado, en el colegio no se han preocupado nunca de saber la causa del comportamiento extraño del niño…nada. Pero esto… esto no se lo esperaba nadie.

Y justo al pronunciar esas palabras cayó en la cuenta de que estaba mintiendo, de que sí había habido algunos profesores que la habían avisado de lo extremo del comportamiento extraño del chico. Hablar solo por los pasillos, reírse de repente como si alguien acabara de contarle un chiste, lanzarse al suelo de la clase sin motivo aparente, insultar y menospreciar a los compañeros de forma que los profesores no se dieran cuenta…Prefirió mantenerse en sus trece con aquello de que nadie podía haber previsto que las cosas se iban a desmadrar de esta forma, incluso delante del hombre que había entrado y salido durante los últimos veinte años de su vida.

— ¿Nadie ha notado nada extraño esta mañana en él?

— Mario, todo en él es extraño, ya estamos acostumbrados. Hoy empezó como un día cualquiera, él llegó como cualquier otro día, supongo, porque yo no lo he visto hasta que…bueno, hasta que he hablado con él.

— ¿Cómo es posible que haya metido un arma en el instituto?— preguntó el inspector, a sabiendas de que eso no era nada complicado en un centro totalmente normal como éste.

— Sabes que no es difícil. No tenemos detectores de metales, esto no es un instituto conflictivo de las afueras de una gran ciudad, es un centro pequeño, en una ciudad pequeña, aquí nos conocemos todos. La traería en la mochila.

— Es un arma reglamentaria. Seguro que ya sabes de dónde la ha sacado.

Laura recordó inmediatamente que el padre del chico también era policía. Se le erizó el vello de todo el cuerpo desde la nuca hasta la parte baja de la espalda. Marcos había cogido la pistola de su padre en algún descuido. Las voces de algunos profesores resonaron de nuevo en su cabeza, las de los que habían vaticinado un desastre que ella nunca se atrevió a aceptar: “El día menos pensado le coge al padre la pistola y arma aquí lo de Columbine”. Siempre pensó que eran unos exagerados, después de todo sólo era un chaval desorientado, que acababa de llegar al instituto y a quien le estaba costando un poco adaptarse al cambio. Había visto chicos con un comportamiento bastante más disruptivo que el suyo que habían ido madurando y adaptándose a las circunstancias y al entorno según iban subiendo de curso. Marcos sólo era uno más.

— ¿Por qué no paraba de gritar que él no había sido?— le preguntó el inspector intrigado.

— Él siempre niega lo evidente. Algunos profesores decían que le tiraba del pelo a alguna compañera de delante, que ellos mismos lo habían visto, y que cuando le llamaban la atención él siempre decía que no había sido él, o que no había hecho nada. También aquí, en el despacho, ha intentado culpar a los compañeros o a los profesores de lo que se le acusaba. Decía que lo habían estado acosando desde que empezaron todos juntos en la guardería.

— ¿Sería posible que alguien hubiera entrado en el aula antes y hubiera cometido la masacre, y que él hubiera llegado después…?

Laura le interrumpió:

— Ha sido él, Mario. Siempre era él, desde que llegó, desde la primera vez que le llamamos la atención. De todas formas te daremos la grabación de las cámaras de vigilancia. Estoy segura de que no vas a encontrar nada extraño.

Laura echó de nuevo la cabeza sobre su mano derecha y sollozó en un profundo suspiro:

— ¡Pobres niños! ¡Pobre Sandra! – empezó a llorar de nuevo.— Y Carmen era tan joven, era el primer curso que trabajaba con nosotros…

El inspector se levantó y le puso la mano en el hombro en gesto de consuelo.

— Lo siento mucho, Laura. Siento de veras que tengas que pasar por todo esto. Necesito que pases por la comisaría a prestar declaración. Yo mismo te llevaré ¿Crees que podrás?

— Sí, claro. – dijo ella volviendo a recuperar la compostura.

Mario miró su teléfono y dijo:

— Ha llegado el juez. Voy arriba para que podamos llevarnos los cuerpos cuanto antes.

— Por favor, llámame cuando sepas algo del chico.

Mario asintió. Cuando el hombre salió del despacho, Laura se levantó y miró a través de la ventana, que daba al aparcamiento del instituto. No había ni un coche, excepto el suyo y el de una de las jefas de estudios que seguramente estaría por allí ayudando a la policía o a los enfermeros. Las ambulancias y los coches de la policía y de la guardia civil habían entrado por la puerta principal y habían rodeado todo el edificio. Salió del despacho y se dirigió hacia ellos. Parecía una imagen de una de esas series de televisión de policías que ella solía ver por las noches después de cenar. Sólo se escuchaban el ir y venir de policías y personal médico arrastrando camillas hacia el interior, y las luces ámbar y azules de las sirenas de los vehículos le daban al panorama un aspecto cinematográfico, casi irreal, o eso le pareció a ella mientras los observaba con la tranquilidad artificial que inducen los sedantes.

El cielo estaba totalmente nublado, Laura pensó que era algo bastante extraño para estar a finales de junio, como si el tiempo se hubiera puesto de acuerdo con las circunstancias del día. Hacía mucho calor, y la humedad casi hacía tangible el ambiente. Cuando empezó la mañana nada presagiaba que antes de que acabara la jornada su mundo se volvería del revés. Y eso no era lo peor, si no que había cinco familias que habían perdido de una forma u otra a sus seres más queridos en el interior del recinto que se suponía que ella debía controlar. Y para eso no había posibilidad de enmienda. Pensó que se sentiría así el resto de su vida, preguntándose por qué, por qué no vio lo que otros veían, por qué no había hecho más para evitar la tragedia. Los servicios de urgencias atendían a los familiares de las víctimas que habían ido acudiendo según iban recibiendo la noticia de lo sucedido. Una de las madres se había desplomado en el suelo y la habían llevado al interior de una de las ambulancias. Una pareja había intentado inútilmente atravesar el cordón policial para llegar hasta el aula, convencidos de que su hijo no era una de las víctimas y habían sido acogidos por el equipo de psicólogos responsable de informales de la tragedia. Laura se acercó hasta la zona en la que se agolpaban familiares y curiosos para intentar consolar a los familiares mientras su cabeza trabajaba lo más rápidamente posible elaborando un discurso sencillo que pudiera explicar cómo se había llegado a esta situación. Observando a los familiares abrazarse, desplomarse, llorar o gritar desconsolados intentando aceptar que sus hijos, lo que ellos más querían en el mundo, no iban a volver hoy a casa después de su jornada escolar, supo que nada de lo que hiciera o dijera la libraría del infame peso de la culpa que se había instalado en su mente en el preciso instante en que escuchó los disparos. Y lo que es peor, que tendría que cargar toda su vida con las mismas preguntas que hoy la torturaban. Jamás volvería a cerrar los ojos y encontrarse en paz.

Como a cámara lenta, pero con la rapidez de las imágenes que se saltan hacia adelante en un vídeo, a su mente volvió el mes de septiembre del curso, cuando todo empezó sin que ella lo supiera, cuando el destino fraguó los acontecimientos que cambiarían estas vidas para siempre. Y vio con la nitidez que proporciona la distancia lo que había sido incapaz de ver a lo largo de todos estos meses. Sí, había dado los pasos adecuados para resolver la situación. Sí, había puesto en marcha todos los mecanismos posibles para evitar un desenlace que por muy oscuro que se presentara nada tenía que ver con la gravedad de lo que finalmente había sucedido. Sí… y entonces ¿por qué se sentía peor a medida que las imágenes avanzaban en su cerebro? ¿Por qué pensaba que tenía que haber sido más firme, más dura tanto con los padres de Marcos como con el chaval mismo? ¿Por qué sentía en lo más profundo que había fallado, que todo el sistema había fallado? Mientras caminaba rápidamente hasta el lugar donde se encontraban los familiares de las víctimas, su cerebro se instaló en aquel fatídico mes en que por primera vez escuchó a una de las profesoras quejarse de Marcos.



SEPTIEMBRE

La cafetería que había frente al instituto y donde los profesores solían desayunar cada mañana estaba vacía en el momento en que Laura entró a tomar el segundo café de la mañana. Le dolía mucho la cabeza y el primero no la había despejado en absoluto, así que pensó que tomar otro café y una pastilla era su mejor opción. Se sentó en uno de los taburetes en la barra y cogió el periódico que estaba sobre la misma para echarle un vistazo y sólo tuvo tiempo de mirar la portada cuando el camarero le colocó el café delante y empezó a darle conversación. Laura, viendo que leer el periódico iba a ser tarea imposible, se dispuso a hablar con él.

— ¿Qué tal la primera semana? ¿Está siendo muy dura? – le preguntó el joven de no más de cuarenta años a Laura.

— Bueno, como todos los inicios de curso: exámenes de septiembre, matrículas, alumnos rezagados…llevas aquí media vida, ya sabes cómo funciona el tema.

El camarero, Miguel, a quien todos llamaban Micky desde que era un chaval, se sirvió un zumo de naranja de una jarra y se colocó de pie, con las manos apoyadas en la barra, justo frente a Laura.

— Este año vais a tener a un alumno rarito, pero rarito de cojones.

Laura lo miró. ¡Qué mal hablaba siempre este hombre! Jamás lo había oído pronunciar una frase que no incluyera o acabara en alguna expresión similar. Sonrió a medias y le preguntó:

— ¿Quién?

— Vive en mi bloque. Se llama Marcos. Ya te acostumbrarás a escuchar ese nombre día sí y día también.

— ¿Y eso? – preguntó Laura algo intrigada, aunque pensando que se había acostumbrado a tantos nombres que uno más no importaba.

— ¡Está zumbado!

— Todos los chavales a estas edades están un pocos zumbados.— sonrió ella.

— No, Laura. Digo zumbado de verdad, chalado.

Laura pensó que estaba exagerando. Si el chaval realmente estaba tan mal, probablemente no acabaría en un instituto normal de la ciudad, habría sido evaluado y lo habrían enviado a algún centro donde pudieran atender sus necesidades especiales. No contestó. No iba a desgranar todo el mecanismo de la enseñanza para explicarle a este tipo cómo funcionaba. Sonrió educadamente de nuevo, a lo que Micky, pasando la bayeta por la barra, respondió:

— Ya me irás contando…no digas que no te avisé.

Si Micky había aprendido algo de su oficio de camarero era cuándo hablar y cuándo callar. Pensó que Laura no parecía muy cómoda con la conversación, aunque no podía imaginar el motivo, si es que lo había y no eran todo figuraciones suyas. El caso es que él sabía mucho sobre ese chico, y sabía que tendría oportunidad de contarlo a medida que el curso fuera avanzando. No sólo lo conocía porque era vecino de su urbanización, sino también porque había sido compañero de su hijo desde la guardería. Se le ocurrió que cada cual lleva su cruz, y a su hijo le había tocado el chalado del bloque durante el tiempo que durase al menos su educación primaria. Después, con un poco de suerte, cada uno iría a un instituto diferente y su hijo, Carlos, sería libre al fin. Pero la suerte no lo acompañó tampoco en su paso a la educación secundaria, teniendo que compartir de nuevo centro con él.

Laura tomó su segundo café en silencio, rápidamente, pensando en las nuevas incorporaciones de profesores que habían tenido lugar en la primera semana de septiembre, y tratando de adivinar cuándo vendrían los que aún faltaban. El resto del claustro eran ya viejos conocidos, compañeros que llevaban en el instituto, como poco seis o siete años, algunos de ellos los diez que hacía que se había inaugurado. Dejó sobre la barra el importe del café y se marchó despidiéndose educadamente del camarero.

Saludó a algunos profesores y alumnos en su camino de vuelta a su despacho y se sentó pensando por dónde sería mejor empezar para no alentar demasiado el dolor de cabeza que amenazaba con estropearle el día. Siempre había padecido migrañas nerviosas, que se manifestaban precisamente en momentos de estrés, y ésta debía ser alguna de ellas.

El centro funcionaba como siempre en estos días. Exámenes de recuperación, incorporación de nuevos alumnos a los primeros cursos de la Educación Secundaria Obligatoria, así como de nuevos profesores que bien se trasladaban desde otros centros o a quienes les habían asignado el mismo por ser interinos o personal en comisión de servicios.

Hoy no tenía nada demasiado importante entre manos. Mañana tenía que recibir a los nuevos alumnos, una tarea que siempre le resultó agradable. Le encantaba ver esas caritas asombradas ante la perspectiva de estudiar en un instituto. Lo miraban todo como si acabaran de entrar en otro mundo. El salón de actos se les antojaba gigantesco, comparado con el de los colegios de donde venían. Los profesores entraban y salían de la sala mientras ella hablaba y les contaba cosas sobre el funcionamiento del centro, los distintos profesores que les darían clase a lo largo del curso, las normas que tenían que respetar si no querían acabar en su despacho y cosas por el estilo. Normalmente presentaba a alguno de los profesores que sabía que tenían afinidad con los alumnos más pequeños, y éstos les contaban alguna anécdota a los chavales. Finalmente ponía un vídeo que se había rodado hacía un par de cursos, pero que seguía viniendo bien pues nada había cambiado en el centro ni en el equipo directivo que el vídeo presentaba.

Pues bien, el día siguiente llegó y aquel alumno del que Micky le había hablado apareció con él. Por supuesto ella no sabía quién era, pero cuando tuvo que llamar la atención a un alumno que no paraba de dar codazos a sus compañeros de fila, mientras ellos intentaban escuchar el discurso de la directora, le preguntó su nombre.

— Marcos Saldaña — contestó el niño sin pestañear. Cualquier otro alumno se hubiera sentido incómodo, incluso asustado ante el hecho de que una directora de un instituto al que acababa de llegar lo interpelara directamente. Pero Marcos no.

— Bien, Marcos Saldaña. ¿Hay algo que quieras compartir con nosotros? — insistió Laura.

— No.

— Pues entonces, ¿no crees que sería mejor que dejaras de dar codazos a tus compañeros y atendieras la explicación? Seguro que te vendrá muy bien saber quiénes serán tus profesores, tus compañeros, tu aula… ¿no te parece?

El niño simplemente asintió. Laura había reconocido perfectamente el nombre en cuanto él lo había pronunciado como el del chaval del cual le había hablado el camarero de la cafetería de enfrente, y pensó que, después de todo, no parecía un chico en absoluto fuera de lo normal. No era el primero ni sería el último en querer aparentar que no le importaba la trascendencia del paso que estaba dando en ese momento, ni todo lo que pudieran decirle los nuevos profesores, ni lo enorme que fuera el nuevo centro de estudios. No le importaba porque él ya había ido cambiando de uno a otro a lo largo de su corta carrera como estudiante, y siempre había logrado sacar de quicio a todo el mundo y salir airoso. Ella ya conocía unos cuantos así. Algunos alumnos que habían empezado como él habían mantenido su actitud, habían repetido varias veces, todas las que les permitía la ley, habían incluso pasado por los servicios sociales, y finalmente habían dejado la educación al llegar al límite de edad, los dieciséis años. Otros, sin embargo, habían ido adaptándose a la nueva situación, y con el tiempo, habían quedado como los típicos alumnos que incordian pero que no hacen daño a nadie, o como los que simplemente empiezan llamando la atención hasta que se dan cuenta de que no es buena idea destacar por tus salidas al despacho de la directora. En ambos casos, el papel de las familias había sido decisivo, pues la educación, a pesar de que se quiera dar a entender a través de administraciones o medios de comunicación, es cosa de muchos, no sólo del centro educativo. Un alumno con mal comportamiento es un alumno perdido solamente si su familia no reacciona. Sin embargo, si un chaval destaca por su mal comportamiento y se llama a sus padres para hacerlos conocedores de la situación y buscar una solución conjunta, lo más probable es que vuelva al redil y todo quede en agua de borrajas. Lamentablemente esto no siempre ocurre y Laura también lo sabe muy bien. Padres que nunca contestan al teléfono, o que lo primero que dicen al entrar en su despacho es que ellos tampoco saben qué hacer, o que siguen recompensando al alumno a pesar de su mal comportamiento y de sus malas calificaciones, quién sabe por qué motivo, si por miedo a que empeore o por pura comodidad, o por algún extraño sentimiento de culpa, o porque después de todo tampoco es tan importante estudiar...Padres divorciados que intentan compensar al niño por todo lo que ellos creen que le están quitando al vivir separados y no ofrecer un modelo típico de familia, familias donde existe el maltrato a distintos niveles, hacia la madre y los hijos por parte del padre principalmente, madres solas que no pueden ocuparse de los estudios de los chicos porque se pasan el día de casa en casa fregando y limpiando para poder llevar un plato a la mesa y pagar la vivienda, padres solos, los menos, la verdad sea dicha, que no han rehecho sus vidas después de un divorcio o de haber enviudado. Padres que opinan que ellos sólo son responsables de los hijos en el hogar y que esa responsabilidad recae en la institución educativa cuando los chavales no están con ellos, abuelos que se han tenido que hacer cargo de sus nietos sin tener ya ni las ganas ni los recursos para cuidarlos y educarlos, y tantos y tantos otros casos que abundan a diario en este entorno donde lo primero debe ser el bienestar y la protección del alumno, y donde se fracasa en algunas ocasiones, muchas menos de las que se podría.

Los primeros días de clase para un alumno nuevo en un instituto siempre son algo confusos. Un profesor por asignatura, nuevos compañeros, cambios de clase, laboratorios de idiomas, y todo lo que ello conlleva puede generar estrés hasta que sus jóvenes mentes asimilan la nueva situación y se adaptan. Pero si hay algo que le gusta a los alumnos es la clase de educación física, y en este centro más aún pues el profesorado es muy joven, con mucha vocación y ganas de trabajar y de que se deje atrás la idea de la hora de “gimnasia” en la que el profesor se dedicaba a leer el periódico mientras los alumnos jugaban al fútbol o corrían alrededor del instituto. Elisa, una de las profesoras del departamento y también la más joven, adoraba estar con los chicos, sobre todo con los más pequeños, e intentaba hacer de cada clase una experiencia para ellos. Con ella practicaban todo tipo de ejercicios y aprendían lo que es el yoga o el tai chi, preparaban bailes, organizaban partidos y juegos en los que a veces se competía entre clases y los mejores conseguían un buen regalo, nada importante, casi siempre algo relacionado con las nuevas tecnologías, que es lo que más agradecían los chavales.

Elisa era muy joven, no tendría más de 25 o 26 años, de tez morena y cara infantil, enormes y rasgados ojos marrones y pelo castaño oscuro, delgada y menuda, no muy alta. Su mejor virtud era su sonrisa dulce y franca. Siempre sonreía y andaba por el centro con su ropa de deporte, sus cronómetros colgados al cuello, balones debajo del brazo y todo lo que pudiera hacer su clase entretenida para los chicos.

Aquella mañana, a las 10.30, Elisa estaba recibiendo a sus alumnos como siempre, sonriendo y dispuesta a contarles cómo iba a transcurrir el curso, intentando transmitirles las ganas que tenía de trabajar con ellos. Los había llevado al patio, a la parte en que no daba el sol, para charlar con ellos un rato e irles conociendo. No había refrescado aún y la humedad hacía el aire espeso y desagradable. Todos los chicos la escuchaban atentamente, tomando nota mental de la indumentaria que debían adquirir y de dónde hacerlo. El departamento de educación física había acordado un par de cursos atrás que lo mejor era que los alumnos utilizaran una indumentaria de verano y otra de invierno, tipo uniforme, por la única razón de que se centraran en la asignatura y no estuvieran pendientes de quién llevaba el mejor chándal o las mejores zapatillas. Así, durante la época de buen tiempo todos vestirían pantalón corto y camiseta de manga corta y durante los meses fríos, llevarían un chándal azul marino. Siempre zapatillas de deporte blancas. Simple y práctico. La indumentaria llevaba el logo y el nombre del centro pues competían en baloncesto, fútbol y otros deportes con otros institutos de la ciudad. Mientras hablaba, Elisa no pudo evitar reparar en que un alumno de la fila de atrás estaba ensimismado, miraba al cielo, o al árbol que tenían justo detrás, o quizás a ninguna parte. El resto la miraban, se miraban entre ellos, atendían, pero este chico simplemente miraba hacia arriba como si estuviera perdido en otro mundo, o viendo algo que sólo sus ojos eran capaces de captar. Pensó que sería buen momento para recapitular y de paso devolver al chico al lugar y momento en que se encontraban sin necesidad de llamarle la atención delante de todos sus compañeros y precisamente el primer día.

— Muy bien. ¿A todos os ha quedado claro? ¿Tenéis alguna duda, alguna pregunta? – Nadie contestó, y tampoco el chico moreno flacucho que miraba hacia arriba reaccionó.

Entonces se le ocurrió que les haría decir sus nombres y les fue preguntando de uno en uno, hasta que llegó a él.

— ¿Cómo te llamas?

El chaval la miró como acabando de despertarse, como si sus palabras lo hubieran traído de vuelta a una realidad que ahora mismo no recordaba. Sin embargo, acertó a decir:

— Marcos Saldaña.

— Vale, Marcos. ¿Te has enterado de cuáles son las normas de la clase de educación física?

— Sí.

— ¿Te gustaría formar parte de algún equipo?

— No.

Monosílabos firmes, seguros, de alguien a quien no le preocupa dar explicaciones a un adulto. Curioso, pensó Elisa. No llevaba demasiado tiempo en la enseñanza, pero sí había observado que los alumnos nuevos suelen ser tímidos, que en seguida se sonrojan cuando alguien se dirige directamente a ellos, que se hacen un lío intentando dar explicaciones cuando se les pregunta algo, y que los compañeros normalmente se ríen, no de él, sino de la suerte que han tenido de que no se les hubiera preguntado a ellos. Pero Marcos aparecía firme, serio, seguro de sí mismo. Pensó que quizás se tratara de un chico distraído más y no le dio importancia.

Al volver a la sala de profesores, se cruzó con Elena, la jefa del departamento de inglés, que iba camino de la cafetería a tomar su desayuno, como cada día. Elena rondaba los cuarenta, y ya llevaba muchos años dando clases, y algunos de ellos en este instituto. A Elisa le gustaba mucho hablar con ella porque tenían mucho en común, a pesar de la diferencia de edad. Ambas adoraban a los animales y participaban activamente en grupos que se dedicaban al rescate y reubicación de animales abandonados. Además, Elena tenía la virtud de la sencillez y la humildad, nunca tenía lecciones que dar, porque ella seguía aprendiendo de su trabajo cada día. Cada alumno, cada curso, era un punto de partida para absorber nuevos conocimientos y experiencias. Lo normal en la sala de profesores era todo lo contrario, gente que ya estaba de vuelta de todo y a la que le encantaba contar sus batallitas en la enseñanza con la excusa de aconsejarla, cuando, como todos los seres humanos, seguramente ellos tampoco aceptaron consejo alguno a lo largo de sus carreras. Por eso, en cuanto la vio le pidió que la esperara para ir a desayunar. Cuando dejó sus cosas en la sala se unió a ella, que la esperaba en el hall, hablando con el responsable de mantenimiento, y juntas salieron en dirección a la cafetería. Elisa no tardó en contarle lo del alumno nuevo que no le había prestado atención en toda la hora y que parecía estar teniendo una alucinación. Elena se echó a reír. Le encantaba la forma que tenía Elisa de contar las cosas, como si todo fuera muy importante y trascendente. Supuso que sería cosa de la edad.

— Son los primeros días, ya sabes.— se limitó a contestar mientras se acomodaba en el taburete y hacía un gesto a Micky para que le sirviera el desayuno de siempre.

— Ya, ya. Pero es que nunca me había pasado. Es un crío raro.

— Claro que nunca te había pasado. Llevas un par de años dando clase.

Micky se acercó con los cafés y las tostadas y dijo casi susurrando:

— ¿A que sé de quién habláis?

Las dos profesoras se miraron extrañadas.

— De Marcos Saldaña.— dijo él en tono triunfal, con una ligera sonrisa de complicidad en los labios.

— ¿Cómo lo sabes? – preguntó Elena, que era quien más confianza tenía con el camarero debido a que además de clienta de la cafetería, había sido profesora de una de sus sobrinas.

— Porque siempre que oigo a un profesor hablar de un alumno “raro”, sabiendo que ese niño está en el centro, no puede ser de otra manera.

Micky se apoyó en la barra con la intención de acercarse más a las mujeres para hablar en voz más baja:

— Ese niño es un peligro. Está con mi hijo desde la guardería. ¿Sabes lo que dibujó una vez? Se dibujó a sí mismo, en una especie de cómic, empujando a un crío por la ventana, y luego dibujó al crío muerto en el césped, con las tripas fuera, rodeado de sangre. Le dijo a mi hijo que era él, y que algún día sería realidad.

— ¡Por Dios, Micky! – exclamó Elisa. — ¿Eso es cierto?

— Tan cierto como que estamos aquí los tres hablando. Estaban en primero de primaria. Mis padres recogieron a mi hijo del colegio a la salida, y estaba temblando. Les contó lo que había pasado y ellos me lo contaron a mí. Os podéis imaginar cómo me puse. Al día siguiente fui al colegio a hablar con la profesora del niño y le llamó al despacho para hablar con él. Y tuvo los santos cojones de decir que mi hijo se lo había inventado, que él no había dibujado nada, y que era al contrario, que mi hijo lo amenazaba para que le diera sus cosas.

— ¿Y qué pasó?

— Pues pasó lo que pasa cuando un niño tiene por padre a un policía y por madre a una abogada dueña del bufete más famoso de la ciudad. Que se presentaron los dos en el colegio diciendo que si volvían a tener noticias de que otro niño había amenazado al suyo, no dudarían en denunciarlos al Ministerio de Educación. Y que la profesora tuvo que reconocer que ella nunca había observado nada extraño, a parte del comportamiento ausente de Marcos, que no era ninguna novedad ya en el colegio. El dibujo tampoco apareció, así que mi hijo quedó como un mentiroso y un delincuente.

Micky a estas alturas ya no hablaba bajo, estaba frente a las dos profesoras que le miraban anonadadas, porque lo que estaban oyendo acerca de un niño de seis años no se acercaba en absoluto al comportamiento que se espera de un crío de esa edad.

— Mi hijo tuvo hasta pesadillas. Y no creáis que lo dejó tranquilo. Seguía haciéndole gestos, mirándolo mal, enseñándole los puños en plan amenazante. Pensamos incluso en cambiarlo de colegio.

— ¿Y por qué no lo hicisteis? – preguntó Elena intrigada. – Yo no me lo hubiera pensado.

— Porque de repente fue como si se olvidara de él. Empezó a ignorarlo tanto en el colegio como en la calle, como si no lo reconociera. Se buscaría otra víctima…vete a saber…

— ¿Y ya no habéis tenido más problemas con él?

— Nosotros no, pero otros padres sí. Si los inspectores se dedicaran a hacer su trabajo en vez de estar leyendo el periódico en sus despachos, ese niño estaría internado en algún centro especial, os lo digo yo.

Elena sonrió ante el comentario. Obviamente, Micky no tenía ni idea de cómo funcionaban estos temas. No es que ella tuviera demasiada tampoco, por suerte no se había enfrentado nunca a algo tan difícil, pero sí había tenido casos de abusos a menores por parte de los padres u otros familiares, y sabía el procedimiento. Lo primero es informar al trabajador social del centro, que después de llevar a cabo unas pesquisas informará a la policía y de ahí se derivará todo al juzgado, donde se encargarán del caso. Si se demuestra el abuso de cualquier tipo se nombrará un tutor y se sacará inmediatamente al niño del entorno hostil. Si fuera necesario el niño pasaría a la tutela del estado y se le internaría en un centro. Luego estaban los casos que se perdían en la desidia del funcionariado y el laberinto inmenso de la burocracia gubernamental. La profesora pensó que habría que investigar si éste era uno de ellos.

De vuelta al instituto, las dos profesoras iban comentando lo que acababan de escuchar, sorprendidas de que un niño tan pequeño hubiera sido capaz no sólo de comportarse como un mafioso sino además de salir airoso echando la culpa a su víctima. Precisamente después del recreo Elena tenía clase con el grupo en el que se encontraba Marcos y si algo le fastidiaba ahora mismo es que ya no tendría la oportunidad de saber si el comportamiento del niño hubiera logrado captar su atención de no tener la información que ya tenía acerca de él. Sólo hay una oportunidad para la novedad, y ella ya no la tenía.

Al entrar en clase los alumnos estaban sentados, como suelen estar los primeros días, antes de tener confianza suficiente en sí mismos y en su absoluto conocimiento de los profesores. En un par de semanas ya sabrían con qué profesor era posible hablar o levantarse, y con cuál iba a ser difícil hasta pedir una goma de borrar. Si para los profesores los alumnos nuevos son un enigma, para los alumnos los profesores son como un libro abierto, clasificados y descritos con exactitud: el que siempre llega tarde, la que no te deja ni respirar, el que te pone a copiar la hora entera si molestas, la que te manda en seguida al despacho del jefe de estudios, el bueno, la blanda, el simpático, la bruja…No se puede perder de vista la idea de que ellos son siempre treinta y cinco contra uno, así que les es mucho más fácil conocer a siete profesores que a un profesor conocer a doscientos alumnos. Elena jugó mentalmente a un juego: adivinar quién era el famoso Marcos. Echó un vistazo a los niños mientras se dirigía a su mesa a soltar las cosas pero no observó ninguna nota discordante, ningún niño destacaba por su aspecto sobre los demás. Así que hizo lo que siempre hacía: pidió a los chicos que sacaran su libreta de inglés para dictarles las normas de comportamiento en la clase, así como la forma de puntuar los exámenes, el trabajo y la actitud de los alumnos a lo largo de cada trimestre. Los chicos copiaban mientras ella dictaba. Hacía mucho calor en el aula, a pesar de tener aire acondicionado pues así se había acordado el curso anterior: las aulas que dieran al patio, que era donde más daba el sol y por lo tanto más calor hacía, contarían con aire acondicionado durante los meses de verano. Cogió su abanico de la mesa y se abanicó un poco el rostro antes de empezar a sudar. De repente, un chico se lanzó al suelo en la fila de atrás. Elena se sobresaltó, aunque casi ni tuvo tiempo de darse cuenta de lo que había pasado. Para cuando se percató, el niño ya se había vuelto a sentar y los demás se reían a carcajadas.

— ¿Se puede saber qué haces? – dijo dirigiéndose al chaval.

— ¿Yo? – contestó él como si realmente no supiera de qué le estaba hablando.

— Claro, tú. – siguió la profesora — ¿Por qué te has tirado al suelo?

— Yo no he hecho nada.

Elena ya sabía de quién se trataba. Le miró fijamente y le espetó:

— Bueno, bueno, bueno…ya tenemos aquí al gracioso del curso. ¿Marcos, verdad?

El chico sintió un inmenso regocijo en el hecho de que a los pocos días de entrar al nuevo instituto su nombre ya hubiera resonado en los oídos de los profesores. Siempre había sido así, pero era la primera vez que estaba en un centro nuevo. Creía que le supondría más esfuerzo hacerse notar.

— Y vosotros, los demás, no le riais la gracia. Lo peor después del gracioso de turno son los compañeros que le aplauden. Bien, Marcos – dijo volviendo a mirarlo fijamente – Te recomiendo que te comportes de ahora en adelante, porque ni yo ni mi clase vamos a perder el tiempo contigo. La próxima vez que tengas ganas de hacer otra tontería no dudaré en mandarte a jefatura de estudios. Allí sí que más te vale tener una explicación.

A la salida de clase aquel día, Elena se detuvo un momento al pie de las escaleras a esperar a que la marabunta de niños corriendo desesperadamente hacia la calle desapareciera y poder así vislumbrar si Laura estaba por allí. Una vez la vio, se dirigió a ella, que estaba en el quicio de la puerta, controlando la salida de los chavales más pequeños, y le contó lo que había hablado con Micky durante el recreo.

— Vamos, Elena – le contestó ella en actitud condescendiente — ¿En serio te parece raro el comportamiento del niño? ¡Es sólo un crío más!

— Sería sólo un crío más si no estuviéramos hablando de él a menos de una semana de empezar el curso. Y si nadie nos hubiera hablado de él.

— Hay que darle una oportunidad. Micky es muy exagerado, y está claro que está dolido con el niño por lo que le hizo a su hijo. Pero eso fue en la guardería. ¿Cuánto tiempo ha pasado ya de eso? ¿Ocho, quizás nueve años?

— Micky dice que su hijo no es el único con el que tuvo problemas.

— Bueno, pues demos tiempo al tiempo. Si es un chico problemático, como así parece, saldrá pronto a relucir, ya sabes cómo funciona esto. A ese tipo de niños les encanta hacerse notar. No creo que debamos preocuparnos demasiado.

Y, dicho esto, echó a andar para su despacho a recoger sus cosas, mientras Elena, mirándola sin verla, aparcaba en un rincón de su memoria esta conversación y las de toda la mañana. Ella lo llamaba “resetearse”, y lo había encontrado muy útil una vez había aprendido y perfeccionado la técnica. Durante años cometió el error de llevarse a casa los problemas, las conversaciones, los llantos de los críos cuando suspendían o se portaban mal, las llamadas telefónicas a padres, las discusiones con compañeros y superiores, pero un día, no sabía ni cuándo ni por qué, descubrió el maravilloso arte del reseteo, de dejar todo en su casillero, al igual que sus bolígrafos y su libro del profesor, hasta el día siguiente, cuando volviera a ser importante. Al principio no fue tan sencillo, pero como en cualquier disciplina, la práctica surtió efecto y se encontró a sí misma tomando una copa de vino en su cocina, mientras preparaba la comida del viernes a mediodía, sin pensar en nada de lo que había ocurrido a lo largo de la semana. ¡Bendito viernes! Hasta el lunes a las ocho de la mañana se acabó el trabajo.





UN NIÑO BUENO, UN NIÑO NORMAL

Una noche cualquiera de un mes de octubre hacía doce años, después de casi doce horas de parto, por fin llegó al mundo Marcos Saldaña, al hogar de Manuel, policía municipal de la localidad, y Teresa, abogada que despuntaba por aquel entonces en su profesión. Ambos en la treintena, no se molestaban en ocultar su orgullo por haber alcanzado la estabilidad profesional y familiar a una edad óptima para empezar a tener hijos y no dudaban un instante en hacerlo saber a amigos y familiares. Manuel, alto, de ojos oscuros y mirada inquieta, de tez tostada por muchas horas de sol y cuerpo esculpido a base de otras tantas en el gimnasio, fanfarrón por parte de padre, aislado de pequeño por los grupos de amigos del colegio debido a su bizquera, que consiguió eliminar tras muchos años de tratamiento y operaciones, se tomaba lo de ser policía local como si fuera en realidad uno de esos policías de Nueva York que tanto abundaban en las series de televisión. Para alguien que jamás ha tenido ningún tipo de poder sino todo lo contrario, que se ha visto sometido por el grupo, ser policía local debía parecerse mucho a la posibilidad de ejercer algún tipo de control sobre sus semejantes. Teresa, por el contrario bajita y muy delgada, morena de piel y pelo y de enormes ojos negros, la mayor parte de las veces, desafiantes, nunca se supo si por carácter o por pura deformación profesional, había heredado el bufete de su padre y vivía empeñada en demostrarle al difunto progenitor que tener una hija era lo mejor que le había pasado en la vida, muy a pesar de lo que él siempre había pensado.

Marcos fue un niño no sólo deseado sino programado. Sus padres habían decidido que el otoño y el invierno eran las mejores estaciones para un bebé recién nacido, y con esa idea le habían engendrado nueve meses antes, ni un día más ni un día menos, así que no tuvo más remedio que nacer según lo planeado. No lloró al asomar a este mundo, aunque esto no es para nada raro en los recién nacidos. Enseguida abrió sus ojos grises como el mercurio para observar su alrededor, como siendo consciente de haber llegado a su destino, como si la sorprendente falta de oscuridad no le fuera del todo inesperada.


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