Excerpt for de Dom Prosper Guéranger Abad: La Medalla de San Benito by , available in its entirety at Smashwords



LA MEDALLA DE SAN BENITO



Por:

El P.R. DOM PROSPER GUÉRANGER ABAD DEL MONASTERIO DE SOLESMES





Traducido por:

CARLOS ENRIQUE URIBE LOZADA





Traducción al español de la versión en idioma francés:



Essai sur l’origine, la signification et les privilèges de la médaille ou croix de saint benoit





Smashwords Edition

Copyright 2016





































Nota legal:


Título original: La Medalla de San Benito

Diseño de la portada: Carlos Enrique Uribe Lozada

© 2016, de la edición en castellano para todo el mundo

Traducción por: Carlos Enrique Uribe Lozada

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TABLA DE CONTENIDOS



I. DE LA IMAGEN DE LA CRUZ REPRESENTADA SOBRE LA MEDALLA.

II. DE LA IMAGEN DE SAN BENITO REPRESENTADA SOBRE LA MEDALLA.

III. CARACTERES QUE SE LEEN SOBRE LA MEDALLA.

IV. ORIGEN DE LA MEDALLA DE SAN BENITO.

V. USO DE LA MEDALLA DE SAN BENITO.

VI. EFECTOS MARAVILLOSOS DE LA MEDALLA DE SAN BENITO SIGLO XVII.

VII. EFECTOS DE LA MEDALLA DE SAN BENITOEN EL SIGLO XIX.

VIII. GRACIAS ESPIRITUALES.

IX. PROTECCIÓN CONTRA LAS ARTIMAÑAS DE LOS DEMONIOS.

X. PROTECCIÓN EN LOS PELIGROS.

XI. PROTECCIÓN DE LOS ANIMALES ÚTILES AL HOMBRE, Y DOMINIO SOBRE CONDICIONES NATURALES.

XII. LA MEDALLA DE SAN BENITO EN LOS PAÍSES DE MISIONES.

XIII. APROBACIÓN DE LA MEDALLA DE SAN BENITO POR LA SEDE APOSTÓLICA.

XIV. CONSECUENCIAS DEL BREVE DE BENEDICTO XIV RESPECTO A LA MEDALLA.

XV. RITO QUE DEBE EMPLEARSE PARA LA BENDICIÓN DE LA MEDALLA DE SAN BENITO.

XVI. DE LA DEVOCIÓN A SAN BENITO.

NOTA DEL TRADUCTOR









Introducción

PREFACIO DEL AUTOR

No corresponde a los hombres juzgar los efectos del poder y la bondad de Dios. En su sabiduría y providencia, emplea a veces, para venir en ayuda de nuestras necesidades, medios de una extrema simplicidad, con el fin de mantener en nosotros la humildad y la confianza fiel en su providencia. El hombre poco entendido en asuntos de fe se asombra, y hasta se escandaliza, porque le parece que los medios por los cuales Dios opera son desproporcionados a su excelsitud y grandeza. Es orgullo o ligereza pensar así; ya que Dios sólo se pone a nuestro alcance con el fin de inclinarse hacia nosotros.

Qué nobleza, al contrario, hace parecer, cuando elige simples elementos materiales para intermediarios entre él y nosotros, como lo hace con los divinos Sacramentos. Así, muestra hasta qué punto es dueño de todo lo creado ¡que hasta ha llegado a confiar el elemento mismo de su gracia a formas tan humildes y aparentemente tan vulgares! Dirigida por su Espíritu, la santa Iglesia se agrada en imitarlo con mucho, comunicando la virtud divina que reside en ella a los objetos que santifica para ayuda y consuelo del hombre.

Se trata, en este estudio, de uno de estos objetos consagrados, honrado con la aprobación y la bendición de la Iglesia, y reuniendo la virtud triunfante de la santa Cruz que a nosotros ha salvado, al recuerdo de uno de los más célebres Santos de Dios. Cualquiera que gusta y adora al Cristo que nos redimió, cualquiera que tiene fe en la intercesión de los Santos que están en la gloria con Cristo, considerará con respeto la Medalla de San Benito; y si él oye el relato de alguno de los favores celestiales del cual fue el instrumento, dará gracias a Dios que nos autoriza a servirnos de la Cruz de su Hijo como un escudo de protección, y a contar firmemente con el patrocinio de los habitantes del cielo.

Reunimos en este pequeño volumen una serie de hechos que dan prueba de la protección particular que Dios quiere extender sobre los que ponen su confianza en las señales consagradas que describe la medalla. Estos hechos, a los cuales nosotros no proponemos de ninguna manera asignar la calidad de milagros propiamente dichos, nos fueron certificados por personas en quienes tenemos la más entera confianza. Corresponde al lector apreciar su alcance y pronunciarse sobre su valor. En cuanto al número bastante considerable de estos hechos, habríamos podido aumentarlo aún más con la ayuda de información que recibimos de todas las partes; pero creímos mejor el limitarnos, y buscar más bien la variedad que el número.

Nuestro único deseo publicando este ensayo sobre un tema bastante delicado, en un tiempo tomado por el racionalismo que ejerce aún tantas devastaciones, es ser útil a nuestros hermanos en la fe. En los momentos en que experimenten la necesidad de una ayuda particular del cielo, que recurran a la Medalla de San Benito, como lo hacen tantos cristianos, y si su fe es viva y simple, que cuenten con la promesa de nuestro Señor: “esta fe no permanecerá sin recompensa”.





ENSAYO SOBRE EL ORIGEN, EL SIGNIFICADO Y LOS PRIVILEGIOS DE LA MEDALLA O CRUZ DE SAN BENITO

Un gran número de personas desean adquirir información certera y confiable sobre la famosa Medalla que lleva el nombre del gran Patriarca de los monjes de Occidente. Ya varios han publicado prospectos más o menos exactos; sin embargo, nos pareció que ninguno de ellos contenía hasta ahora lo suficiente para que satisficiera plenamente la espera del público, y pensamos que era útil ofrecer a la piedad de los fieles el conjunto más completo de información sobre un objeto que les es tan caro. Con el fin de proceder con orden en nuestra exposición, comenzaremos por la descripción de la Medalla.



San Benito Abad



I. DE LA IMAGEN DE LA CRUZ REPRESENTADA SOBRE LA MEDALLA.

Basta a los cristianos que reflexionen un momento sobre la virtud soberana de la Cruz de Jesús, para entender la dignidad de una Medalla sobre la cual está incorporada. La Santa Cruz fue el instrumento de la redención del mundo; es el árbol saludable sobre el cual fue expiado el pecado que el hombre había cometido comiendo el fruto del árbol prohibido. San Pablo nos enseña que la sentencia de nuestra condena se ligó a la Cruz, y que fue borrada allí por la sangre del Redentor (Col. II, 14). La Cruz con la cual la Iglesia saluda como nuestra única esperanza, especie única, debe aparecer al último día sobre las nubes del cielo como el trofeo de la victoria del Hombre-Dios.

La representación de la Cruz despierta en nosotros todo sentimientos de reconocimiento hacia Dios por el beneficio de nuestra salvación. Tras la santa Eucaristía, no existe nada sobre la tierra que sea más digna de nuestros respetos que la Cruz; y es por eso que le rendimos un culto de adoración referido al Señor cuya sangre divina la regó.

Animados por los sentimientos de la religión más pura, los primeros cristianos tuvieron desde el principio la más profunda veneración para la imagen de la Cruz, y los Padres de la Iglesia sin cansancio rendían alabanzas a esta señal augusta. Cuando, después de tres siglos de persecución, Dios habían solucionado volver la paz a su Iglesia, una cruz apareció en el cielo con estas palabras: “Vencerás con esta señal”; y el emperador Constantino I, a quien era destinada esta visión que le prometía la victoria, quiso que su ejército fuera en adelante al combate bajo un estandarte que ofrecía la imagen de la Cruz como el monograma del Cristo, y que fue llamado el Labarum.

La Cruz es un objeto de terror para los espíritus malignos; ante ella retroceden siempre; ante su presencia no tardan en liberar su presa y en huir. Tal es para los cristianos la importancia de la Cruz, y la bendición que esta aporta, que, desde los tiempos de los Apóstoles hasta nosotros, es uso imperecedero para los fieles reproducir frecuentemente esta señal sobre ellos mismos, y, para los Ministros de la Iglesia, de emplearlo sobre todos los objetos que el carácter sacerdotal les da el poder de bendecir y santificar. Nuestra medalla, que representa en primer lugar la imagen de la Cruz, está perfectamente conforme a la digna piedad cristiana, y, por este solo motivo, ya de toda clase de devoción.





II. DE LA IMAGEN DE SAN BENITO REPRESENTADA SOBRE LA MEDALLA.

El honor de aparecer sobre la misma medalla con la imagen de la santa Cruz fue concedido a San Benito, con el fin de mostrar la eficacia que esta señal consagrada tuvo entre sus manos. San Gregorio el Grande, que escribió la vida del santo Patriarca, nos lo representa disipando sus propias tentaciones con la señal de la Cruz, y con esta misma señal que hizo sobre un brebaje envenenado, rompió el barro, descubriendo la mala intención de los que habían atentado contra su vida. Si el maligno espíritu, para asustar los hermanos, hace aparecer en fuego al monasterio del Monte-Cassino, San Benito disipa al momento este prodigio infernal representando sobre las llamas fantásticas la misma señal de la Pasión del Redentor. Si son agitados sus discípulos internamente por las sugerencias del tentador, les indica para remedio el formar sobre su corazón la imagen de la Cruz.

En su Reglamento, quiere que el hermano que acaba de leer al pie del altar el compromiso solemne de su profesión, poner la señal de la Cruz como un sello irrevocable sobre la cédula de sus votos. Llenos de confianza en el poder de esta señal consagrada, los discípulos de San Benito operaron por medio de la Cruz innumerables prodigios. Bastará con recordar a San Mauro quien retornará la vista a un ciego; a San Plácido curando a numerosos enfermos; San Richmiro liberando cautivos; San Vulstano preservando a un obrero que caía de la cumbre de una iglesia; San Odilón extirpando del ojo de un hombre herido una astilla de madera que le tenía atravesado; San Anselmo de Cantorbery expulsando los espectros horribles que acosaban a un anciano moribundo; San Hugo de Cluny aplacando una tormenta; San Gregorio VII deteniendo el incendio de Roma, etc. Todos estos prodigios y miles otros que contienen las Actas de los Santos de la Orden de San Benito, fueron realizados por medio de la señal de la Cruz.

La gloria y la eficacia del augusto instrumento de nuestra salvación fue celebrada con entusiasmo por el reconocimiento que hicieron los hijos del gran Patriarca. Sin hablar de la intervención de la santa Cruz que recitaba San Udalrico, obispo de Augsburgo, y que se celebraba en coro en las Abadías de Santa Rosaura, Reichenau, Bursfeld, etc. El Bienaventurado Rhaban Maur y San Pedro Damian dedicaron los esfuerzos de su poesía a la santa Cruz; San Anselmo de Cantorbery compuso para alabarla admirables rezos; el Venerable Beda, San Odilón de Cluny, Ruperto de Deutz, Ecberto de Schonaugen y muchos más, dejaron Sermones sobre el tema de la Santa Cruz; Eginiardo escribió un libro para apoyar su culto contra los Iconoclastas, y Pedro el Venerable defendió en un tratado especial el uso de la señal de la Cruz, atacada por los herejes petrobrusianos.

Entre las más famosas Abadías de la Orden de San Benito, un gran número de estas fueron fundadas bajo el título de la Santa Cruz. Recordaremos solamente el célebre monasterio construido en París por el obispo San Germano; en la diócesis de Meaux, y fundado por San Faron; la Abadía de la Santa Cruz, fundada en Poitiers por Santa Radegunda; en Burdeos, bajo el mismo título, el que construye Clovis II; la de Metten en Baviera, Reichenau en Suiza, Quimperlé en nuestra Bretaña; y en los Vosges, los cinco famosos monasterios quiénes estuvieron dispuestos para formar el uno con el otro la figura de la Cruz.

El Salvador del mundo, por un favor especial, parece haber querido confiar a los hijos de San Benito una notable parte de la Cruz sobre la cual readquirió a los hombres. Se colocaron fragmentos de esta madera consagrada bajo su guardia; y el cristiano podría alegrarse, por decirlo así, de contemplar el instrumento de su salvación, si se reuniera bajo sus ojos las porciones que se conservaron en las Abadías de esta Orden. Entre los monasterios favorecidos de tal tesoro, citaremos, en Francia, a Saint-Germain-des-Prés, a París; Saint-Denys; Santa-Cruz de Poitiers; Cormery, en Touraine; Gellone, etc.; San Michel de Murano, en Venecia; en España, Sahagun; en Suiza, Reichenau; en Alemania, San-Ulrich y Saint-Afra, en Augsburgo; Saint-Michel, a Hildesheim; Saint-Trudpert, en el Bosque-Negro; Moelk, en Austria; la famosa Abadía de andersheim, etc. Pero la misión más gloriosa otorgada a los Benedictinos para la gloria de la santa Cruz fue la llevar este instrumento de salvación en numerosas regiones por su predicación apostólica a los herejes.

La mayor parte del Occidente se arrancó a las tinieblas de la infidelidad por su celo, y bien se sabe cuánto Inglaterra debe a San Augustin de Cantorbéry, Alemania a San Bonifacio, Bélgica a San Amado, la Holanda y Zelanda a San Willibrord, Westfalia a San Switbert, Sajonia a San Ludigero, Baviera a San Corbiniano, Suecia y Dinamarca a San Ascario, Austria a San Wolfgang, Polonia y Bohemia a San Adalberto de Praga, la Prusia a San Othon de Bamberg y Rusia al segundo San Bonifacio.

En resumen, estas son relaciones que tienen con la santa Cruz las grandes obras relativas a la persona y al nombre de San Benito. Está permitido concluir que es con una conveniencia particular que se reunió la imagen de este santo Patriarca sobre una misma medalla con la de la Cruz del Salvador. Se lo comprende más fácilmente aún, si se consideran los relatos contenidos en las Actas de dos grandes discípulos siervos de Dios, San Plácido y San Mauro. Uno y otro, al hacer sus usuales prodigios, tenían el hábito de bendecir, con la invocación de la ayuda de la Santa Cruz y el nombre de su Santo Fundador, consagrando así desde el principio el uso cuya medalla debía ser la expresión durante el tiempo.

San Plácido acababa apenas de dejar a San a Benito para viajar a Sicilia; a Capoue, se le pide la curación del párroco de la iglesia de esta ciudad. Después largas resistencias por su humildad, impone su mano sobre la cabeza de este sacerdote alcanzado de una enfermedad mortal, y lo cura repentinamente, pronunciando estas palabras: “En nombre de Nuestro Señor Jesús Cristo, que por los rezos y la virtud de nuestro Maestro Benito, lo retiró sano y salvo en medio de las aguas, que Dios recompense tu fe y te vuelva tu primera salud.”

Pronto un ciego se presenta, pidiendo a su vez ser curado. Plácido hecho sobre sus ojos la señal de la Cruz, acompañada de este rezo: “Mediador de Dios y de hombres, Señor Jesús Cristo, que descendió del cielo a la tierra con el fin de iluminar a aquéllos quiénes están en las oscuridad y las sombras de la muerte; que diste a nuestro bienaventurado Maestro Benito la virtud de curar todas las enfermedades y todas las heridas, dígnate, por sus méritos, volver la vista a este ciego, para que, viendo la magnificencia de tus obras, te tema y te adore como soberano Señor”. Dirigiéndose a continuación al ciego, Plácido añadió: “Por los méritos de nuestro muy santo Padre Benito, yo te pido en nombre del que creó el sol y la luna para ser el ornamento del cielo, y que tiene dado al ciego de nacimiento los ojos a los que naturaleza le negó la vista, ordeno que te estén curados; ve a anunciar a todos las maravillas de nuestro Dios”. El ciego recuperó inmediatamente la vista.

Podríamos citar aún otros hechos milagrosos de la vida de San Plácido, curaciones de enfermos o liberación de poseídos, en los cuales la invocación o el recuerdo de San Benito, entonces aún vivo, se unía al empleo de la señal de la Cruz. Se entiende, en estos relatos, que hasta los propios enfermos reconocían y declaraban esta misteriosa relación.

San Mauro, dejando al gran Patriarca que lo enviaba a reproducir su Regla en las Galias, no tardó tampoco en operar numerosos milagros, como ya lo mencionamos. Estos milagros se realizaron por medio de la santa Cruz, y el santo Abad tenía el hábito también de adjuntar a la virtud divina del instrumento de nuestra salvación la intervención de San Benito. Testimonio del mismo fue cuando después de tener arrancado de la muerte a uno de sus compañeros de viaje, hizo esta declaración frente a los testigos del hecho: “Si la divina majestad, se dignó operar este prodigio por medio del madero de nuestra redención, esto no es pues debido a un hombre, sino al divino Redentor a quién es necesario asignar la gloria, aunque nadie puede dudar que no sean los méritos de nuestro Santo Padre Benito que nos obtuvo esta gracia. “

Es pues evidente por los hechos, que desde el principio de la Orden benedictina, este método de recurrir a la bondad divina se puso en uso con pleno éxito. San Benito estaba aún sobre la tierra, y sus discípulos se dirigían a Dios en su nombre; pero así ya con la confianza en sus méritos se pedía al cielo, el poder de intercesión de tal Santo de Dios que debía aumentar aún cuando fuera elevado en la gloria.







III. CARACTERES QUE SE LEEN SOBRE LA MEDALLA.

Además de la imagen de la Cruz y la de San Benito, la medalla ofrece un determinado número de letras donde cada una representa una palabra latina. Estas distintas palabras reunidas forman un sentido que manifiesta la intención de la medalla. Su objetivo es expresar los vínculos del santo Patriarca de los monjes de Occidente con la señal consagrada de la salvación de los hombres, y de proporcionar en mismo tiempo a los fieles el medio de emplear la virtud de la santa Cruz contra los espíritus del mal. Estos caracteres misteriosos están dispuestos sobre el lado de la medalla donde figura la Cruz. Se deben observar en primer lugar los cuatro que son colocadas entre las astas de la Cruz:

C S

P B

Significan: CRUX SANCTI PATRIS BENEDICTI; en español: La Cruz del Santo Padre Benito. Estas palabras ya explican el objetivo de la medalla.

En la línea perpendicular de la propia Cruz se lee:
C S S M L
Lo que quiere decir: QUID CONSAGRÓ SIT MIHI LUX; en español: Que la Santa Cruz sea mi luz.

En la línea horizontal de la misma Cruz se lee:
N.D.S.M.D.

Lo que significa: NON DRACO SIT MIHI DUX; en español: Que el dragón no sea mi dueño.

Estas dos líneas reunidas forman un verso pentámetro, cuyo sentido es una manifestación del cristiano, expresando su confianza hacia la santa Cruz, y su resistencia al yugo que el demonio le quiere imponer.

En torno a la medalla se encuentra una más larga inscripción que presenta en primer lugar el santo nombre de Jesús, expresado por el monograma familiar: I.H.S. La fe y la experiencia nos enseñan bastante de la omnipotencia de este Nombre Divino.

Vienen a continuación, comenzando a derecha, los siguientes caracteres:

V. R. S. N. S. M. V. S. M. Q. L. I. V. B

Estas iniciales representan los siguientes dos versos:

VADE RETRO SATANA; NUNQUAM SUADE MIHI VANA; SUNT MALA QUAE LIBAS; IPSE VENENA BIBAS.

En español: Apártate Satanás; no vengan a aconsejarme tus vanidades: el brebaje que pagas es el mal; bébete tú mismo tus venenos.

Estas palabras supuestamente salieron de la boca de San Benito; las del primer verso, en la tentación que probó y que triunfó por la señal de la Cruz; las de segundo verso, en el momento en que sus enemigos le presentaron un brebaje mortal, que él descubrió produciendo la señal de la vida sobre el barro que lo contenía.

El cristiano puede apropiarse estas palabras siempre que esté cercado de tentaciones e insidias del enemigo invisible de nuestra salvación. Nuestro Señor mismo santificó las primeras palabras: Vade retro, Satana: Retírate Satanás. Su valor se prueba pues, en el hecho que son garantizadas por el propio Evangelio. Las vanaglorias que el demonio nos aconseja son la desobediencia a la ley de Dios, las pompas y falacias del mundo. El brebaje que nos presenta este ángel de oscuridad es el pecado que da la muerte al alma. En vez de aceptarlo, debemos dejárselo, como el legado que se eligió él mismo.

No es necesario explicar detenidamente al lector cristiano la fuerza de esta invocación que opone a las astucias y violencias de Satanás todo lo que él teme más: la Cruz, el santo nombre de Jesús, las propias palabras del Salvador en la tentación, y por fin recordar las victorias que el gran Patriarca San Benito adquirió sobre el dragón infernal. Basta con pronunciar estas palabras con fe para sentirse inmediatamente seguro, y para desafiar todos los obstáculos del infierno. Aunque no conocemos todos los hechos que demuestran hasta qué punto Satanás teme esta Medalla, la única valoración de lo que ella representa y de lo que expresa, bastará para hacernos considerarla como una de las armas más potentes que la bondad de Dios hayan puesto entre nuestras manos contra la malicia de los demonios.





IV. ORIGEN DE LA MEDALLA DE SAN BENITO.

Sería imposible asignar con precisión el tiempo en el cual comenzó el uso de la medalla que acabamos de describir (por error, una más alta antigüedad de nuestra medalla hacia Paulo Diácono en su himno sobre San Benito: Aether pluit numismata. Estas palabras son una alusión simplemente a un milagro referido por San Gregorio el Grande, en la “Vida de San Benito”, capítulo XXVII.); pero podemos constatar las circunstancias que ayudaron a su propagación, y prepararon su aprobación expresa por el Vaticano.

En 1647, en Natremberg, Baviera, unas hechiceras, acusadas de haber ejercido maleficios contra la seguridad de los habitantes de la región, fueron encarceladas por orden de la autoridad pública. En la instrucción del caso, declararon que sus maniobras supersticiosas siempre habían permanecido sin resultado en los lugares donde la imagen de la santa Cruz se suspendía o se ocultaba en la tierra. Añadieron que nunca habían podido ejercer ningún poder sobre la Abadía de Metten, y que esta impotencia les había hecho concluir que la Cruz protegía este monasterio. Los magistrados consultaron a los Benedictinos de Metten sobre esta particularidad. Se hicieron investigaciones en la Abadía, y se observó pintadas sobre las paredes varias representaciones de la santa Cruz, acompañadas de los caracteres que informamos más arriba. Estas señales se remontaban a una época lejana; pero desde hace tiempo se les había dejado de prestar atención. Quedaba por explicar estos caracteres cuyo sentido se perdía, y que solo podían revelar la intención del porque se habían trazado así estas Cruces.


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