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Zephir I




EL HEREDERO

Por Carolina Garzón Rubiano





Copyright 2017. Carolina Garzón Rubiano

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CONTENIDO


EL HEREDERO (Zephir I)

1 RECUERDOS DE INFANCIA

2 EL MEJOR CABALLERO

3 EL HEREDERO PERDIDO

4 LA COLUMNA DE FUEGO

5 CENIZAS

6 IGNISFONT

7 UNA NUEVA PROMESA

8 SOMBRAS

9 EMBOSCADA

10 LA FORJA

11 ESPÍAS

12 OSCURIDAD

13 TRAICIÓN

14 TEGAN

15 DEFENDIENDO A TEGAN

16 SUS VERDADEROS MOTIVOS

17 LA ENTRADA A ZILAR

18 LA CIUDAD SUMERGIDA

19 SIN RESPUESTAS

20 ADIESTRAMIENTO

21 MENTE CERRADA

22 UN PODER SUPERIOR

23 LA CUEVA DE ONIS

24 EL ENEMIGO

25 LUNA AZUL

26 HACIA LA SUPERFICIE

27 MÁSCARAS

28 MUERTE

29 PACTOS ROTOS

30 DESTINO

Acerca de la Autora





EL HEREDERO (Zephir I)

El reino de Zephir atraviesa por su momento más oscuro. El pueblo apenas sobrevive al hambre y a la mano de hierro de la reina Agnes. En el palacio de Cenis, la capital de Zephir, los habitantes del castillo se someten también a la voluntad de la princesa Clarette, hija de Agnes, quien pasa sus días abusando del poder que le da su posición y exigiendo que cada uno de sus caprichos sea satisfecho por quienes están a su servicio.

Julie es una de las personas que trabajan en el palacio y, aún cuando alguna vez fue cercana a Clarette, se ha convertido en el objetivo favorito de la Princesa. Al igual que el resto de los habitantes del Reino, está harta de la situación; todo lo que puede hacer es rogar para que un milagro libre a Zephir de ambas, la Reina y la Princesa, antes de que el pueblo perezca. Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, el corazón de Julie se agita con esperanza ante la perspectiva del reencuentro con su amigo de la infancia, Ben.

Han pasado siete años desde la última vez que vio a Ben, pero Julie nunca ha dejado de creer en la promesa que él le hizo. Todos los problemas y dificultades de su diario vivir desaparecen de su mente cuando recibe la noticia de que Ben está de regreso. No imagina que el reencuentro con su mejor amigo es más de lo que parece. Ben tiene en sus manos la clave para la salvación del Reino y, mientras le ayuda a alcanzar su objetivo, Julie deberá enfrentar el hecho de su relación con Ben nunca podrá ser lo que era; porque nada de lo que creía saber es verdad, sobre él o sobre el mundo en que ha vivido toda su vida. Ni siquiera sobre su propio corazón.







«Si puedes recordarme, siempre estaré contigo».

Isabel Allende







1

RECUERDOS DE INFANCIA


Estoy mirando por la ventana de la habitación, poco menos que desesperada por salir pronto de aquí, para ser capaz de sentir el viento azotando mi cabello y el maravilloso olor de la hierba. El día está precioso, con un cielo limpio e intensamente azul.

Sé que a mí alrededor hablan pero las palabras no llegan a mí. No logro concentrarme. Sólo puedo pensar en que hoy regresa Ben. Miro ansiosa la ubicación del sol, intentando adivinar cuanto tiempo he perdido hasta el momento, sin entender una sola palabra de lo que dicen.

Clarette sigue mirando por el balcón y espera que otra criada le traiga el desayuno. Parece que ya acabó su sesión de contemplación matutina. Me pregunto por qué nos hace venir todas las mañanas a verla pararse en ese balcón. Después de tantos años me sigue sorprendiendo que una persona pueda no hacer nada durante tanto tiempo, sin siquiera hastiarse. Pero eso no es importante, lo principal esta mañana es irme cuanto antes, y parece que ese momento se aproxima cuando nos dice:

―Pueden marcharse.

Me permito una sonrisa de alivio. No veo a Ben desde hace años y quiero darle una sorpresa, esperándolo en la entrada a la ciudad; cuento con el tiempo justo para arreglarme un poco y prepararle algo de cenar.

Estoy llegando a la puerta, pensando en como será nuestro reencuentro, cuando escucho la orden que arruinará mis planes.

―Quédate, Julianne ―«¿La matará decir “por favor” alguna vez?», me preguntó furiosa―. Quiero que me cepilles el cabello. El de hoy es un día muy especial.

Con una punzada de irritación me detengo, giro sobre mis talones y vuelvo sobre mis pasos, coincidiendo con ella respecto a lo especial de este día, aunque dudo que pudiera ser por las mismas razones.

No puedo creer que me haga perder la oportunidad de bañarme en el lago, por algo tan banal como satisfacer su capricho. «¡Hoy quería verme bien!». Obviamente no se trata de lo que quieres cuando vives en un lugar en el que sólo la Nobleza y la Familia Real tienen derecho a contar con una tina de agua para su aseo. Por eso me encanta ir al lago: Agua fresca para aristócratas y plebeyos por igual.

Con la certeza de lo inútil de mi tarea, arrastrando los pies con frustración, me acerco al tocador y lo miro. Lo he visto cientos de veces, pero me sigue pareciendo bonito: la brillante superficie color caoba y esas pequeñas manijas doradas... Es antiguo. Lo sé porque perteneció a la poderosa Esther, Reina de Zephir, la abuela de Clarette.

Me miro en la lustrosa luna del espejo, aunque está un poco gastada, y noto que estoy hecha un desastre. Mi oscuro cabello está medio recogido con una hebilla, que no combina demasiado bien con la usual blusa gris y falda de tosca tela negra que constituye el uniforme de las doncellas al servicio de La Corte de Cenis. La falda es tan larga que tapa por completo mis nuevas botas de cuero, son un regalo de Hannah y quise estrenarlas hoy.

Levanto la vista y me encuentro con el reflejo de mi pálido y ojeroso semblante, y contengo una sonrisa al recordar la causa de ello.

Me he escabullido muchas veces antes hasta la biblioteca de palacio, al principio para cumplir recados de Hannah y luego, para leer todo tipo de cosas. Anoche estaba demasiado emocionada para dormir así que, fui hasta allí y leí una historia de un heroico Caballero que luchaba con monstruos y dragones; y, como siempre, al final rescataba a la indefensa princesa.

Debo confesar que el final no me gustó. Si yo hubiera sido la princesa habría peleado al lado del Caballero en lugar de quedarme gritando, a todo pulmón, pidiendo auxilio. Pero yo sólo soy una doncella común, aquí la princesa es Clarette, y tampoco creo que haya un Caballero que quisiera rescatarla...

Una aguda y molesta vocecilla me saca de mis pensamientos.

―No te quedes ahí parada como una estatua ―me espeta Clarette, con desdén―. Ven y péiname. ¡No tengo todo el día!

Resulta poco menos que gracioso que sea ella quien diga eso. Se me ocurren unos cuantos comentarios sarcásticos que me guardo por prudencia, esa es una cualidad que he desarrollado por las malas.

―Sí, Alteza ―digo con voz monótona y haciendo una floja reverencia.

Me pongo detrás de ella, que se ha sentado en la pequeña silla a juego del tocador, y descubro que me mira con una expresión rara. No pierdo mi tiempo analizando detalles y comienzo a cepillar la rubia cabellera de la princesa concentrándome contar cuidadosamente: Son cien pasadas a cada lado y cien más atrás. Me siento patética por participar de semejante ritual tan deprimente, aunque con un poco de suerte, uno de estos días podría emplear alguno de mis conocimientos para dejarla calva.

Estoy esforzándome por ocultar la sonrisa que esa idea me produce, cuando ella habla de nuevo.

―Sabes lo que ocurrirá hoy, ¿verdad? ―pregunta con sorna.

―Desde luego, Alteza ―contesto por inercia.

No le presto demasiada atención porque quiero acabar rápido. Es difícil ocultar mi regocijo cuando pienso en que Ben regresa. ¡Ben regresa, hoy!

Él es alguien especial. Fue mi mejor amigo cuando éramos niños y lo sigo considerando como tal. Hace siete años, siete terriblemente largos años, se fue con su padre a viajar por el Reino. Seguramente iban a hacerlo escudero o algo así, no porque no valiera lo suficiente para ser un Caballero sino porque no tenía el linaje. Por eso podíamos jugar juntos.

Estoy ansiosa de escuchar la historia de su propia boca: Los largos recorridos, los caminos llenos de peligros...

Me percato de que la Princesa me mira enojada y tardo unos segundos en comprender que no le he dicho lo que desea oír, así que añado:

―Viene Sir Faeton, por la fiesta del tributo, y trae consigo a su hijo...

―Su hijo que es el famoso Caballero Faeton ―me interrumpe con un chillido, luego se relame antes de repetir su frase favorita―. Él será mi esposo.

Me pregunto si ese hombre lo sabe. He escuchado que realizó hazañas increíbles en las fronteras y que es valiente como ninguno. Aún así... ¡pobre tonto! Ni siquiera se imagina la clase de mujer que tendrá que soportar por el resto de sus días.

De todas maneras me disgusta la idea de que una persona, así sea ese tal Faeton, no pueda elegir con quien compartirá su vida o el camino que seguirá para cumplir su destino. Pese a que yo tampoco tengo muchas opciones, me prometí que solo haré algo como eso cuando lo quiera de verdad.

Clarette clava sus negros ojos en mí y entiendo brevemente que quiere escuchar algo más.

―Es maravilloso, Alteza. ―No puedo decir ni una sola palabra más sin que suene falso. Si eso pasara, seguro que ella sufriría una rabieta y yo pasaría el resto de la semana en un húmedo calabozo.

Deliberadamente ignoro un estremecimiento y vuelvo a concentrar en mover el cepillo por su pelo, recordando que lo difícil será hacer la elaborada trenza con adornos de oro. La ha mencionado mil veces como su peinado ideal para el día de la llegada de los Faeton. Eso significa que tendré que sujetar pequeños mechones, adornarlos con la cinta bordada con hilos de oro y plata, trenzar y sujetar, y todo de nuevo, durante horas, siempre evitando que los adornos se muevan de su sitio en la bonita y hueca cabeza de Clarette.

De repente se me ocurre que con todo el oro que lleva la Princesa en el pelo se podría alimentar a toda una ciudad como Cenis, por lo menos durante un mes. Esa idea me hace sentir asqueada y furiosa de cómo están las cosas en este lugar, así que trato de pensar en otra cosa mientras mis manos se mueven mecánicamente.

El pensamiento que vuelve en mi auxilio es Ben.

Aunque Clarette pensaba que me hacia un gran mal al privarme de los lujos que compartimos alguna vez, en realidad me permitió conocer a una persona muy importante para mí.

Hoy, parece mentira que alguna vez compartiéramos la misma institutriz y la misma habitación en palacio. Aún ahora no puedo explicar por qué trataban a una niña abandonada casi de la misma forma que a la Princesa pero, si bien fue una experiencia interesante y nunca que quejé de las comodidades, aquellos fueron tiempos bastante tristes para mí.

Era muy pequeña cuando mi madre se fue, la recordaba constantemente y siempre esperaba a que volviera. Han pasado demasiados años, su imagen se ha hecho borrosa en mi memoria, aunque al menos ya no siento esa terrible añoranza atenazando mi corazón.

No sé quien era mi madre ni qué hacia pero, hasta algún tiempo después de que se marchara, por alguna razón se me permitió permanecer en el castillo. Clarette y yo lo compartimos todo y fuimos casi como hermanas. Pese a que Clarette era una persona difícil, yo la quería y me esforzaba por ser paciente, confiaba en que cambiaría al crecer y madurar.

Pero, Cecile, el aya que nos cuidaba, también se marchó y fui enviada a dormir con los hijos de los demás criados, sin nadie que se ocupara de mí. Clarette se hizo más dura y distante en su trato conmigo, y dejó muy claro que cualquier antigua simpatía hacia mí quedaba en el pasado. En lo que a ella concernía, yo era otro miembro más de la servidumbre.

En ese entonces yo no tenía ni cinco años y Clarette, pese a ser mayor y muy diferente de mí, era la única familia que conocía. Con su desprecio me sentí abandonada otra vez.

Ahora no me duele la situación, la vida de una doncella no es tan mala y Hannah ha sido como una madre para mí. Lo único que sé es que yo haré lo mejor que pueda, sea quien sea, pero Clarete no tiene ni idea de cómo velar por el bienestar de alguien que no sea ella misma, mucho menos hará nada por un Reino cuya gente ni siquiera se ha interesado por conocer. Con ella en el trono de Zephir todo quedará en manos de los consejeros de la reina Agnes y todo el pueblo sabe que eso no augura nada bueno.

Desde luego, Agnes, la madre de Clarette, será quien saque mayor provecho de ello y por eso quiere conseguirle a su hija un «marido marioneta», así que ella y sus consejeros serán quienes gobiernen, desde atrás, siempre pudiendo sacrificar a la marioneta en caso de que haya problemas con el pueblo.

Agnes es una mujer astuta y calculadora, muy diferente de su hermano el difunto Rey Yeray, quien murió en extrañas circunstancias y sin dejar herederos, al tiempo que su esposa, la Reina, desapareció.

En ausencia de herederos directos, la sucesora al trono fue Agnes, que cedió su derecho a Clarette. Pero todo el mundo sabe que esa mujer se trae algo entre manos... ¡Si existiera un descendiente del Rey Yeray...!

Una vez escuché que lo hubo, que el Rey tuvo un hijo que permanece oculto por su seguridad, pero eso no son más que rumores que la desesperada gente del Reino inventa para darse consuelo. Así que seguimos estando en manos de Clarette y su madre.

Poco después de que Clarette me sacara del castillo para enviarme a las habitaciones de la servidumbre, harta de sus abusos, una noche intenté escapar. Fue entonces cuando conocí a Ben.

Recuerdo que él acababa de llegar a Cenis; aún era pequeño y estaba solo, al igual que yo. Ben no era otro chico más de los que jugaban en el mercado. Él era... diferente, y se convirtió rápidamente en alguien muy importante para mí, alguien en quien podía confiar.

Mi primer recuerdo de él es la imagen de un niño empapado, tendiéndome la mano en medio de la noche. Era un poco más alto que yo y su cabello negro lucía desordenado todo el tiempo, y sus ojos... Siempre me gustaron sus ojos, de un bonito color gris azulado que nunca antes había visto.

Ben y yo simpatizamos de inmediato. Pronto nos volvimos cercanos y comenzamos a pasar tiempo juntos; fue gracias a su compañía que dejó de importarme el tremendo cambio de mis circunstancias. Nos hicimos buenos amigos, a diario hablábamos, nos escabullíamos en las áreas del castillo que no estaban permitidas y nos hacíamos compañía mientras recorríamos las calles polvorientas de Cenis; éramos inseparables hasta el punto de pasar la mayor parte del día juntos, jugando, persiguiendo a los animales del mercado o probando constantemente sus crecientes habilidades en el manejo del arco.

Sonrío al recordar cuántas manzanas fueron sacrificadas en nuestros juegos de «tiro al blanco» y cuántos disgustos le causamos al viejo Phill, el dueño del puesto de frutas. La mayoría de las veces Ben me ayudaba a escapar de los castigos, me defendía y me consolaba con un abrazo cuando estaba asustada… Aunque teníamos casi la misma edad, Ben siempre me protegía como si fuese mayor.

El día en que su padre se lo llevó de Cenis, fue el peor día de mi vida. Me dolió mucho tener que separarme de él, fue como perder a mi familia de nuevo. Pero antes de marcharse, en nuestro lugar favorito a la orilla del caudaloso río Blake, Ben me prometió que volvería.

He estado esperando por él desde entonces. Supongo que el tiempo y la falta de noticias me hicieron dudar, pero Ben nunca rompió una promesa en los cuatro años que pasamos juntos. Por eso no me sorprendí demasiado cuando, hace cerca de un mes, recibí una carta suya diciendo que llegaría a la capital el día de la Fiesta del Tributo y que quería verme. A partir de ese instante, no he podido pensar en otra cosa que no sea volver a verle.

Contengo un suspiro, desviando la mirada de la cabeza de Clarette hacia la ventana. Han pasado horas desde que comencé mi tediosa labor, lo sé porque el sol está casi en el punto más alto del cielo, y mis manos están entumecidas.

La Princesa, que no ha dejado de mirarme a través del espejo, pide que ajuste nuevamente la corona. Creo que disfruta haciendo que me tarde mucho más de lo normal en esta tontería. Seguro sospecha que tengo prisa, pero dudo que conozca el motivo, gracias a que no tiene idea de que sé leer y escribir, ni de que recibo correspondencia que no pasa por los controles de palacio. Esa es una de las cosas que Hannah me ha enseñado.

Y es que mi querida Hannah es una persona excepcional. Hay quienes dicen que ella es uno de los miembros más antiguos del servicio de palacio, pero a mí sólo me consta que es la mujer más inteligente y generosa que conozco, además de haberse ocupado de mí en medio de las restricciones a las que están sometidos el servicio de La Corte y los habitantes del castillo.

Por un momento me pregunto si Ben sospecha cual es la situación, después de todo, su carta venía camuflada entre un paquete de lienzos para las criadas, que justamente yo debía recoger y que no pasaría por ningún tipo de control, por ser el material de los uniformes del servicio. No. Debe ser una coincidencia, ¿cómo podría saber eso?

La princesa sonríe de forma retorcida y finalmente se digna a permitirme marchar. Entonces cruzo la habitación con un par de zancadas y me lanzo a todo correr por los pasillos.

Durante la celebración de la Fiesta del Tributo hay una ceremonia en la que todos los Caballeros del Reino presentan sus regalos (oro, alimentos, telas, caballos) a la Reina y la Princesa. Agnes aborrece las celebraciones así que Clarette lleva varios años ocupándose de recibir a sus acaudalados súbditos.

Según sus órdenes, todos deben estar en los terrenos del castillo antes del atardecer, así que no deben tardar. Pensando vagamente en desobedecer, entro al salón donde será la cena y lo cruzo, atravieso la cocina en medio de gritos de las otras criadas que me llaman, pero no les hago caso. Hice el doble de trabajo desde que supe del regreso de Ben para poder tomarme este día libre. «Ellas aceptaron el trato, no tengo por qué quedarme», pienso, entre jadeos, sin detenerme.

Finalmente llego al cuarto en el que Hannah y yo dormimos, y recojo el vestido que voy a llevar: Es un sencillo traje gris oscuro con una cinta azul celeste que marca la cintura. Hannah utilizó algún lienzo sobrante para hacerlo, pero es bastante bonito. Será maravilloso usarlo hoy.

Emocionada, me dirijo al lago y me doy un baño rápido, bastante distinto de lo que había imaginado. Me pongo mi vestido nuevo y las botas, y tengo que volver al castillo para buscar mi peine y dejar la ropa que lavaré mañana. En poco tiempo estoy escabulléndome de la caballeriza, detrás de la cual dormimos, y corro hacia el camino para ver las caravanas de Caballeros, y encontrar a mi amigo tan pronto como sea posible.

Pero en la salida del puente levadizo me encuentro con Hannah.

―Julie, ¿a dónde vas? La Princesa ordenó que todos los miembros del servicio debieran estar en el castillo.

―¡Pero yo...! ―comienzo a protestar, desesperada.

―Sí. Hiciste un trato con nosotros y trabajaste muy duro para poder tomarte el día libre... Lo lamento, pero tendrás que ver a tu amigo en otro momento ―afirma, dándome una palmadita cariñosa en el hombro y me indica que la siga.

Mis ojos arden por la frustración. Sólo con pensar en todo lo que hice, que no sirvió de nada, me hierve la sangre. Todo por otro capricho de la «princesita». A regañadientes sigo a Hannah de regreso al castillo. Le anuncio que voy a cambiarme de ropa, pero ella me detiene.

―A lo mejor tu amigo también está invitado ―replica sonriendo―. ¡No te desanimes! Además, este vestido te queda muy bien.

―La Princesa querrá que lleve el uniforme ―comento, encogiéndome de hombros―. De cualquier forma, no creo que los mozos de cuadra y los escuderos estén en el salón esta noche.

―Julianne, no pienses en eso ―contradice con suavidad―. Ya es bastante que tengas que quedarte.

Suspiro y asiento con la cabeza. Estoy tan cansada de cumplir los caprichos de Clarette, ¡de no tener mi libertad! Tal vez esté atrapada en este lugar, pero eso no significa que no pueda ver a mi querido Ben.

«En cuanto tenga oportunidad, escaparé», decido, apretando los puños, y siguiendo los pasos de mi tutora que camina de regreso al palacio.

Después de cien cosas que organizar y de poner flores en cada rincón del salón, estoy lista para escabullirme. Pero maldigo mi suerte cuando veo a los Caballeros que comienzan a entrar con sus pulidas espadas y sus carruajes.

Estandartes con escudos de las familias nobles desfilan por el puente y avanzan ceremoniosamente hacia el castillo, que se alza imponente ante la vista de los visitantes. Algunos de ellos llegan con armaduras brillantes y el rostro cubierto por la visera del yelmo.

Haciendo caso de las palabras de Hannah miro entre los mozos y los escuderos, tratando de reconocer una cara familiar, sin embargo es inútil. No veo a Ben por ninguna parte. Contengo un gruñido de molestia al imaginar a mi querido amigo varado en un solitario camino con una pesada alforja a cuestas y esperando a verme. No puedo evitar sentirme furiosa.

―¡Quédate quieta! ―ordena Emily, dándome un codazo para que deje de golpear el suelo con mi pié.

La observo, enfurruñada. Emily es una chica mayor que yo, que también vive en el castillo y casi siempre me acompaña cuando tengo que ir al río o al mercado. Es buena persona, amable y servicial, pero ahora no tengo ganas de escucharla y sigo moviéndome en mi lugar, con inquietud.

Me esfuerzo por no perder la esperanza y levanto la cabeza, empinándome para intentar ver cada cara. Sólo me detengo cuando uno de los Caballeros con yelmo, que luce en el peto de su armadura una insignia de un león rugiendo, se detiene y me saluda con un movimiento de cabeza.

Parpadeo sin saber que hacer, el gesto tiene un toque de confianza inexplicable. Por su parte, los demás criados me miran con curiosidad ya que nunca habían visto que un noble saludara con tanta naturalidad a alguien del servicio. Aunque reconozco que me sorprendió, a mi no me afecta tanto como a ellos. Sigo demasiado preocupada por Ben.

Cuando vuelvo a mirar, buscándolo. Todos los Caballeros, con y sin armadura, han entrado al castillo y nosotros comenzamos a llevar a los caballos a los establos para brindarles agua y forraje. Mentalmente, reniego de la nueva tarea que me impide ir al encuentro de mi amigo.

Después de un rato, mi ánimo se atempera y comienzo a evaluar las posibilidades: Desde que recibí su carta pensé que Ben era uno de los escuderos de algún Caballero por eso, desecho mi imagen de él esperando en el camino y me digo a mi misma que si no lo vi es porque todavía no ha entrado a los terrenos del palacio. Posiblemente estará dando un paseo por la ciudad o visitando el río. De cualquier manera habría sido difícil hablarle estando en el palacio, tal vez todo ocurrió de la mejor manera para ambos.

Me obligo a superar mi decepción inicial y, después de atar a la argolla de hierro que tengo a mi derecha a tres caballos negros de brillante pelaje y poderosas patas, me apresuro hacia la cocina.

―Pasa las jarras de cerveza y las copas de vino ―me ordena alguien, entregándome una gran bandeja llena de recipientes.

Se me ocurre que buena parte de la comida ya ha sido puesta en las múltiples mesas y, al entrar en el salón, descubro que tenía razón. Las mesas están a reventar de cerdo asado, pollo, cordero y unas poquísimas frutas, pan y papas hervidas. Me abro paso entre la muchedumbre que se arremolina cerca de las mesas y comienzo mi larga tarea de colocar ante cada comensal un recipiente con su bebida favorita. Repito la operación unas diez veces hasta que mi zona está abastecida de licor.

En pocos minutos todos los visitantes tienen un lugar y una bebida. La mayoría son hombres gigantescos, de torsos enormes y modales recios; las mujeres permanecen sentadas en sus lugares, pareciendo sumamente educadas y delicadas... Si todas son como Clarette tengo motivos de sobra para dudar de su compostura.

Unos momentos después, entra la Princesa y todos se levantan. Veo a los Caballeros de la mesa principal, en la que Clarette y los más cercanos de sus nobles cenarán, notando que hay un sitio vacío además de la silla de la princesa.

Los Caballeros de armadura permanecen de pie a un lado, en la parte más alejada del salón, esperando a ser presentados como Caballeros, oficialmente, ante Su Alteza. Probablemente son los que se han ordenado en el último año y, unos cuantos que no habían podido venir en los años anteriores por encontrarse en misión.

Pese a mis prisas, decido quedarme a observar. Es una simple ceremonia en la que se presentan ante La Corte y son reconocidos por todos los Caballeros, pero me parece interesante, por no decir deslumbrante: Uno por uno son llamados, los jóvenes de armadura son llamados por su nombre. Se quitan el yelmo, saludan a la princesa y se sientan con los suyos siendo llamados en adelante con el título de «Sir».

El servicio de palacio permanece de pie a ambos lados de las puertas de entrada que comunican a la cocina. Desde mi lugar veo como pasan, uno a uno, jóvenes de cara ligeramente infantil que se hincan en el suelo y besan la mano de Clarette. No puedo evitar que mi lado frívolo se entusiasme ante estas cosas, y me descubro sonriendo tontamente.

―Faeton ―llama la pomposa voz del pregonero real, con fuerza, y un murmullo recorre a la multitud.

Observo la reacción, con extrañeza, y de repente recuerdo que el joven Caballero Faeton será el futuro Rey, el esposo de Clarette. Siento lástima por él.

Movida por la curiosidad, estiro el cuello para ver la cara del pobre chico al que piensan manipular durante el resto de sus días. El joven Caballero avanza solemnemente, cada paso lleno de elegancia, mientras todos los presentes permanecen en silencio; se pone de frente hacia la Princesa y se quita el yelmo. ¡Estoy en tan mala posición que no diviso su rostro!

El muchacho se hinca y besa la mano de Clarette, quien sonríe de oreja a oreja, con la misma expresión febril de quien ha encontrado una joya particularmente rara. Su entusiasmo me provoca una punzada de inquietud.

Entonces el joven se levanta y se gira, al tiempo que el pregonero anuncia con voz de trueno.

―Os presento a Sir Benjamin Faeton.

La multitud ovaciona y me quedo sin aliento cuando reconozco la alborotada cabellera negra y los ojos de color gris azulado del nuevo Caballero.

¡Es Ben!






2

EL MEJOR CABALLERO

Permanezco de pie, mirándole fijamente, sin poder creer lo que veo y oigo, mientras Ben pasa la mirada por la multitud, con gesto distante, hasta que clava sus ojos en mí. Entonces, esboza una breve sonrisa y va hacia su lugar en la mesa principal.

Creo que me ha mirado, pero debe ser mi imaginación. Es imposible que me reconozca.

Sir Benjamin es un joven alto y fuerte, parece seguro y ágil. Sus rasgos son parecidos a los del Ben que recuerdo, pero no tiene ese algo infantil de los otros Caballeros. Tengo que admitir que es impresionante verlo con la armadura y esa actitud seria y airosa...

Pero no me repongo de la sorpresa. Mi cerebro comienza a funcionar muy lentamente y siento que todo esto es repentinamente desagradable. Estoy inquieta y preocupada.

Mi preocupación tiene mucho que ver con el hecho de desconocer durante tanto tiempo que Ben era un noble y que se haría Caballero del Reino. ¿Por qué no me lo dijo? Me siento tonta al pensar que esperaba... no sé, ver a aquel chico que conocí cuando éramos niños y que todo volvería a ser como antes. Eso queda descartado puesto que yo soy del servicio y él, siendo «Sir Benjamin Faeton», jamás podrá volver a ser «Ben, el amigo de Julie».

Furia, tristeza, decepción y desasosiego, todos juntos, forman un sólo sentimiento en mí. No logro calmarme así que, disimuladamente me deslizo hasta la cocina y de ahí al patio trasero del castillo. Rodeo la estructura de piedra y salgo por el puente, corriendo a toda velocidad, como si todavía esperara encontrar a mi amigo de la infancia parado en el camino, con una alforja maltratada en la mano y listo para quedarse charlando durante horas junto al río Blake.

Estoy tan aturdida que apenas si noto en que lugar estoy, pero el rumor de agua corriendo me hace saber que he llegado, sin quererlo, justo al lugar en el que estaba pensando.

¿Por qué me siento tan mal? ¿Por qué comprendo, de repente, que todo lo que había imaginado era... absurdo? Me siento en una roca y revuelvo el agua con una rama, durante un largo rato, pensando en por qué Ben escribió esa carta, diciéndome a mí misma que debe alegrarme profundamente el que tenga tanta suerte.

Sin embargo, en el fondo, siento que me ha engañado.

Tengo que descargar mi furia ahora mismo o terminaré haciendo algo realmente malo.

Señalo con la mano un punto al otro lado del río y suelto la energía acumulada. Un segundo después, una explosión pequeña con diminutas llamas azules reemplaza a la hierba, en el sitio que señalé y los pájaros alzan el vuelo deprisa, asustados por el ruido.

Sintiéndome un poco más calmada, me levanto y regreso lentamente, por el mismo camino por el que vine, reprendiéndome a mí misma por haber usado magia sin necesidad. Hannah me ha dicho muchas veces que nadie debe saber lo que me ha enseñado. Es peligroso hacer demostraciones como la que acabo de hacer en el río, pero era la única forma de liberar la tensión.

Todavía no quiero volver al palacio así que, al cruzar el puente levadizo, me dirijo a la izquierda, hacia las caballerizas. He aprendido que el contacto con los animales es muy beneficioso para calmar los ánimos, eso me haría mucho bien en este momento.

Pero tal parece que hoy no es mi día porque, justamente al entrar, Emily me informa:

―Nos quedamos cortos. Tienes que venir a ayudar, porque terminaron de comer. Hay que recoger todo lo del banquete y llevar más vino.

Asiento con resignación y voy tras ella.

Entro a la cocina y tomo una bandeja con copas de vino, después vuelvo al salón y comienzo a repartir bebidas, mientras los demás criados terminan de recoger las sobras y los platos. Algunos de los invitados permanecen en su puesto, pero la mayoría se ha desplazado cerca de la mesa principal para ver el entretenimiento que de momento está a cargo del bufón.

Mientras camino entre toda esa gente, alguien pone una mano en mi hombro. Volteo bruscamente y me encuentro con el rostro de Ben, que sonríe sosteniendo una bebida.

―¡Julie, cuánto tiempo...! ―comienza con entusiasmo.

Su expresión pacífica y alegre sólo logra sacarme de quicio. Entonces veo que la Princesa se ha levantado y está justo detrás de él. Haciendo un esfuerzo por controlarme, doy un paso atrás para romper el contacto y hago una reverencia.

―Sir Benjamin, os felicito. La gloria sea dada a los Caballeros de Zephir —digo parcamente..

Ben me mira sorprendido y baja despacio la mano con la que trataba de detenerme, justo en el momento en que una odiosa voz tras él pregunta con desprecio:

―¿Qué se supone que haces? ¡Insolente! ¿Te atreves a aparecer así, sin el uniforme? Deberías estar trayendo más copas, no importunando a Sir Faeton con palabras insignificantes que no le interesan, viniendo de quien vienen.

Ben gira la cabeza, bruscamente, y aumenta la distancia que lo separa de ella. Su semblante, ahora duro y crispado, me hace pensar que se ha disgustado; pero seguro que Clarette no lo nota. Se cree que lo está impresionando y no sabe cuánto se equivoca. Si él sigue siendo la misma persona que conocí hace un tiempo, debe de estar maldiciendo mentalmente tanta arrogancia.

Me alegra que Ben comenzara a conocerla tan pronto. Claro que eso no hace que disminuya mi enojo ni que me moleste menos el ser repentinamente consiente de la estupenda apariencia de Clarette, con ese magnífico vestido rojo cuya falda forma una hermosa campana escarlata que llega hasta el suelo y hace parecer su cintura más pequeña, y el cabello trenzado con brillantes, cayendo por su hombro y arrancándole destellos a las luces del salón; mientras yo sirvo bebidas, cansada y despeinada, vistiendo un simple traje gris. Odio aceptarlo, pero dudo que pudiera impresionar a nadie en estas fachas.

Este pensamiento me hace preguntarme si querría impresionar a Ben...

Hago una nueva reverencia sin mirar a ninguno de los dos y me llevo la bandeja vacía, incapaz de decir palabra alguna o permanecer un segundo más en este lugar. Sólo deseo que este largo e insufrible día termine de una buena vez. ¡Y pensar que lo esperaba con ansias!

La confusión y la indignación embotan mi cabeza. La princesa ha querido humillarme pero, no le ha salido bien... «¡No tiene derecho a ser una presumida estúpida conmigo, que la conozco tan bien!», pienso, arrojando la bandeja con excesiva fuerza y el choque del metal contra la piedra causa un gran estruendo, aunque con lo ocupados que están, ninguno de mis compañeros se da cuenta.

Si por mí fuera, lanzaría una bola de fuego en medio del salón para que todos se fueran y me iría a dormir. Sabiendo que no puedo hacer exactamente eso, me conformo con no salir de la cocina en lo que resta de la noche y esperar que todo termine para irme a la cama.

Unos minutos después, Hannah entra en la cocina y me ve.

―¿Cómo estás? ―pregunta, acercándose a mí con expresión preocupada.

―Bien ―contesto escuetamente, desviando la mirada.

―Supongo que te fijaste en Sir Benjamin... ―dice con suavidad y me sorprende que ella lo haya reconocido también. Pese a que mi intención era ignorar el asunto, sin darme cuenta, me encuentro susurrándole con amargura.

―¡No puedo creer que sea él! ¡¿Cómo pudo...?! No tiene sentido que un chico común y corriente se convierta en el Caballero más valioso de Zephir. Quiero decir, ¿has escuchado que defendió las tierras de Asladerath y logró mantener a raya a los monstruos del Valle Sgander? ―Hannah me contempla con algo parecido a la compasión―. ¿Por qué no me lo dijo cuando éramos amigos? ―pregunto desengañada―. Ya no podremos serlo nunca más, porque... ―no puedo pronunciar la frase que más me indigna, pero la mirada interrogante de Hannah de persuade de hacer un esfuerzo―. ¡Clarette se va a casar con él! ―murmuro desesperada.

Sin necesidad de más explicaciones sé que Hannah me ha entendido.

―¿Y qué piensas hacer? ―me pregunta en voz baja, compartiendo mi preocupación.

―No lo sé ―contesto, encogiéndome de hombros―. Ni siquiera podemos hablar...

―Pero es tu amigo, ¿no?

―Eso tampoco lo sé ―respondo, notando cuanto me duele no saber a que atenerme.

Hannah comprende mi estado de ánimo y se las arregla para que pueda librarme de la desagradable experiencia de seguir sirviendo bebidas, expuesta a los insultos de Clarette y a la presencia de Ben. El resto de la noche me ocupo de organizar la cocina con Alice y Rose, dos buenas amigas de Hannah. Cuando he acabado anuncio que me voy a la cama y, como nadie se opone, salgo del lugar con paso cansino.

Apenas salgo del castillo, veo que ha oscurecido por completo y cientos de estrellas brillan sobre mi cabeza. Instintivamente, me detengo en medio del camino y miro hacia arriba, preguntándome en qué momento se me ocurrió poner mis esperanzas en alguien que no veo hace tanto... Esa falta de sensatez me está causando mucho dolor, es algo que no debe volver a ocurrir.

Me quedo un rato contemplando las estrellas, tanto que me duele el cuello por la forzada posición, hasta que el ruido una garganta aclarándose me pone en alerta. Doy un respingo y me giro rápidamente hacia quien produjo el sonido. Me sorprende descubrir que es Ben quien se encuentra ante mí. Se ve realmente triste.

―Quisiera tener las respuestas que buscas... ―dice con voz queda―. Pero posiblemente no se trata de mí.

―Desde luego que no, Mi Señor ―contesto fríamente, ocultando mi rostro en las sombras. Estoy tan enojada que no puedo evitar ser brusca con él. ¡No me gusta que me mientan y Ben lo sabe! O lo sabía... hace tiempo.

De repente comienzo a entender que muchas cosas pueden haber cambiado, para ambos, en estos largos años. Eso no me gusta.

―Pensé... pensé que te alegraría verme. Supongo que me equivoqué ―murmura contrariado―. Después de todo, ahora sólo somos dos desconocidos.

El dolor en su voz logra hacer que baje mi guardia. Sin embargo no puedo pasar por alto el hecho de que me mintió, así que trato de mantener una actitud distante.

―Me temo que ahora es así, Mí Señor. Sois alguien que no conozco, un Caballero del Reino. No tengo nada que ver con vos. Como podéis ver ―digo, señalo vagamente mi sencilla apariencia―, soy sólo una criada ―concluyo atropelladamente, fracasando en el intento de ocultar mi frustración.

―Para mí, sigues siendo «Julie» ―afirma, encogiéndose de hombros.

―Pues no comprendéis la situación en la que nos encontramos los dos.

―Yo sigo siendo el mismo ―replica con evidente ansiedad―. Mírame.

Hasta ahora había mirado al horizonte, al suelo o a la oscuridad; pero, persuadida por su petición, me obligo a mirar al hombre que tengo en frente.

Desde nuestro breve encuentro en el salón noté que ya no tenía puesta la armadura, pero no pude fijarme mucho en los detalles. Mis ojos examinan las finas botas y el elegante traje verde oscuro, buscando…

Es más alto de lo que imaginaba, mucho más que yo. De niño era delgado, ese es un rasgo que aún conserva, es atlético más que musculoso. En sus manos se distinguen algunos callos, posiblemente por el uso de las armas. Recorro con la mirada su pecho, ancho y fuerte, antes de encontrarme finalmente con un rostro que conozco muy bien.

Sus facciones se han hecho serias, incluso un poco duras. Repentinamente recuerdo lo que he escuchado acerca de las fabulosas batallas del Caballero Faeton, cuando ni siquiera se me ocurría que pudiera ser él, y me siento sobrecogida.

Nuestros ojos se encuentran y los suyos, de un bonito gris azulado, me devuelven una mirada idéntica a la última que me dirigió antes de marcharse.

Entonces una sensación agradable, de reconocimiento, me llena de alegría y disipa todos los sombríos pensamientos que me torturaban. Tiene razón. ¡Sigue siendo «Ben»!

Sonrío aliviada y su expresión grave se suaviza de inmediato. Parece más que contento con mi cambio de actitud. En un arrebato de entusiasmo, lo abrazo impetuosamente.

―¡Eres tú! ―exclamo emocionada, con voz extrañamente aguda.

―Eso es lo que he tratado de decirte desde que llegué ―exclama riendo, devolviéndome el abrazo con fuerza. Esta es la respuesta a mi pregunta. Sabía que podía esperar que fuera el mismo chico, mi mejor amigo.

Cuando nos separamos mis mejillas arden y no es para menos, porque Ben no es exactamente la misma persona. De hecho, ahora es un joven y atractivo hombre que ha peleado batallas legendarias, todo un héroe. Y, yo soy una mujer. Ambos dejamos de ser chiquillos escuálidos y su sola presencia me resulta impactante.

Aunque la luz de la luna nos ilumina, no logro ver si también está sonrojado, pero noto que sus ojos brillan y me cuesta un poco apartar la mirada. Desconcertada, descubro que me ha puesto nerviosa.

Vuelvo a hablar, tratando de disimular mi exaltación.

―Aún así, lo que te dije es cierto, Ben. Los Caballeros no...

―No me importa lo que piensen. Somos amigos y eso no va a cambiar ―un gesto desafiante se apodera de su rostro y sólo puedo pensar en que es fascinante. De repente se me ocurre, por un instante, que tal vez hay un tipo de cambio que no me disgustaría…

Sacudo la cabeza, azorada por las extrañas ideas que invaden mi mente en este momento, y hago un esfuerzo para concentrarme en lo que diré.

―Eso parece ahora, pero no sabes cuántas cosas pueden pasar después de esta noche. Sobre todo... ―súbitamente descorazonada, al recordar las palabras de Clarette esa misma mañana, murmuro―. Sobre todo después de que te conviertas en Rey.

―¿De qué hablas? ―pregunta sorprendido, después de un tenso silencio, y creo saber la razón: Tal y como había imaginado, el futuro esposo de la Princesa no tiene ni idea de que va a serlo.

Echo un nervioso vistazo alrededor. Podría haber alguien observando la escena y no quiero que nadie se entere de nuestra conversación.

―Vamos. Tenemos mucho de que hablar ―digo, indicándole con un gesto que me siga.

Caminamos en silencio hacia un tranquilo lugar detrás de la rústica estructura de barro ubicada en la parte posterior de las caballerizas, es el lugar en el que dormimos los criados, y seguimos bajando a través de una pequeña colina hasta quedar a la altura de un antiguo pozo que ya no se utiliza. Le dedico una mirada resentida al pasar, es la razón por la que el agua debe traerse del lago y sólo la princesa, unos cuantos nobles y los servidores más cercanos que viven en el castillo sean merecedores de una provisión decente.

Cuando llegamos al lugar que considero seguro, le pido a Ben que se detenga y él se vuelve hacia mí.

―Aquí podremos hablar tranquilamente.

―Explícame eso de ser el Rey ―pide sin tardanza.

No quisiera contestarle, pero con su expresión tensa reclama que se lo diga y tiene derecho a saberlo.

―Bueno, verás... ―tardo un poco en ordenar mis pensamientos. Finalmente, decido decir exactamente lo que oí, por desagradable que sea—. Corrían rumores de que en esta Ceremonia del Tributo la Princesa presentaría al hombre que escogió para ser su esposo y, desde luego, el nuevo Rey.

»Hay muchas intrigas de por medio, pero nadie cree que sea un buen cargo, menos aún con la reina Agnes cerca, aunque diga que ha cedido el trono a Clarette ―Ben escucha atentamente mis palabras, de repente me siento incómoda―. Esta mañana, cuando estaba peinando a la Princesa ―veo que frunce el entrecejo y me pregunto qué estará pensando, sin embargo continuó hablando―, ella misma me dijo que el hijo del Caballero Faeton sería su esposo. No sabes con que seguridad lo dice ―murmuro acongojada―. No me sorprende que no estuvieras enterado, porque justo hoy estaba pensando que el pobre tonto que fuera ese tal Faeton, probablemente ni se imaginaba lo que tienen planeado y... ―me detengo en seco comprendiendo que se me ha ido la mano y sin atreverme a mirarlo, en tono de disculpa, aclaro―. No sabía que eras tú y obviamente no eres un «pobre tonto»... ―tímidamente levanto la mirada, esperando su reacción.

Por un segundo creo que se ha preocupado, pero tal vez es sólo impresión mía. En un parpadeo, Ben sonríe.

―¡No me digas que lo sabías!

Se toma su tiempo para contestar mientras me impaciento cada vez más. Al fin, dice misteriosamente:

―Clarette está confundida. Eso es todo.

―¿Qué significa «confundida»? —La forma como lo ha dicho me deja intrigada.

―Es una larga historia... que te contaré después ―murmura con un suspiro―. Pero la verdad es que no me casaré con Clarette ―asegura. La serenidad de su voz hace que mi angustia disminuya un poco. Tampoco se me escapa el hecho de que Ben, pese a ser un Caballero al servicio de la Princesa, insiste en referirse a Clarette por su nombre y no por su título.

Hay un montón de preguntas saltando por todos los rincones de mi mente, pero antes de formular alguna siento un cosquilleo extraño y levanto la vista. Ben me observa atentamente de arriba abajo. Me siento incómoda al ser examinada de este modo.

―¡¿Qué haces?! ―reclamo molesta ante su descarada inspección.

―Lo mismo que tú hiciste hace un rato ―contesta con un dejo de burla―: Ver lo que el tiempo ha hecho contigo ―se detiene en mi rostro y siento la sangre acumularse en mis mejillas bajo esa penetrante mirada. Entonces, ya sin asomo de risa y con voz ronca, murmura―. Has... crecido ―Sus ojos brillan de una forma extraña y me cuesta mucho responder con naturalidad.

―Tú también ―digo, con la boca seca. Y, tratando de disimular mi nerviosismo, agrego en son de broma―. No queda mucho de mi enclenque compañero de juegos.

Ben deja escapar una suave risa, y me hace sonreír, al responder:

―Queda más de lo que crees, Julie ―«Había olvidado cuánto me gusta el sonido de su risa», pienso por un instante. Mas súbitamente un gesto serio se adueña de su rostro cuando dice―. Ahora, cuéntame qué pasó.

Se refiere a mi situación en Palacio. De niños siempre me decía que Clarette, tarde o temprano, se daría cuenta de que su hermana de crianza no podía ser tratada como una doncella cualquiera. Le ha sorprendido verme entre el servicio y más aún que Clarette me hablara con tanto desprecio.

―Pues... que estabas equivocado ―respondo, con un suspiro―. Terminé siendo una criada del servicio de Palacio. Ella sigue siendo una pesada y se empeña en molestarme todo el tiempo, me hace la vida imposible... Pero no tengo a donde ir. Así que, por ahora, no tengo más remedio que aguantar ―mientras me escucha, la molestia de Ben se hace evidente. «Ya imaginaba que se disgustaría, siempre ha sido muy protector conmigo». En cuanto el pensamiento cruza por mi mente, me siento extrañamente feliz. Suspiro e intento volver a concentrarme en mi explicación―. Vivo con los demás, en esa casa de adobe que vimos de camino hacia aquí. Hago más o menos lo mismo que los demás, aunque ella trata de reservar para mí los encargos más desagradables ―ahora mismo es claro que está furioso. Esa expresión indignada lo hace parecer peligroso y me sobresalta la repentina conciencia de que mi querido Ben ha estado peleando contra todo tipo de cosas desde hace mucho. Un poco nerviosa, me apresuro a calmarlo―. ¡Está bien, Ben! ¡No es tan malo como parece! De hecho... ―no parece convencido, por lo que intento enumerar las ventajas de mi posición actual para apaciguar su ánimo―. La gente que trabaja en el castillo es muy buena y nos ayudamos mutuamente, por lo que nos las arreglamos bastante bien. Y tengo a Hannah. ¿La recuerdas?

―Por supuesto —responde Ben, de inmediato—. Ella siempre cuidó de ti. También te enseñó a leer y a escribir.

―Sí. Todavía vivo con ella y me ha enseñado muchas cosas más... ―Ben me dirige una mirada curiosa y, aunque confío plenamente en él, me veo obligada a desviar el tema―. También he aprendido a evitar los castigos.

―¿«Castigos»? ―pregunta, frunciendo el entrecejo. Sólo después de haberlo dicho se me ocurre que, tal vez, no ha sido buena idea mencionar eso.

―Ya sabes, cuando Clarette se molesta se desquita con alguien y... ―los recuerdos son desagradables, pero trato de sonreír―. Tiene una mano sorprendentemente pesada para ser una delicada princesa... ―comento en tono de broma, restando importancia al asunto.

Ben me observa con tal seriedad que rápidamente comprendo que he metido la pata, está más furioso que antes. Inexplicablemente sigo hablando, sin pensar. Es como si no le pudiera ocultar nada.

―... También hace que encierren a algunos en las mazmorras por días, incluso semanas… ―mi voz se apaga por la fuerza de los malos recuerdos.

―¿Por qué? ―pregunta él, bruscamente.

―Por cualquier cosa ―explico, haciendo un esfuerzo por reponerme―. Si algo le sale mal, si no le gusta la comida, si ha sido rechazada por un hombre, si alguien se atreve a replicarle... Lo que sea. ―Es extraño, pero me siento menos frustrada contándole todo.

Ben hace un ruido raro, como un gruñido, y pregunta:

―¿A ti también...?

—Al principio fue bastante difícil, pero de algún modo me las arreglé para aguantar. Hace un buen tiempo que no me pone un dedo encima, aunque ganas no le faltan ―respondo, encogiéndome de hombros—. Hago lo posible por no darle la oportunidad.

―¡Esa mujer es una salvaje! ―replica furioso―. ¡La Princesa no actuaría así!

Doy un respingo al notar las palabras que ha dicho con tanto enojo.

―¿A qué te refieres? ―pregunto intrigada y él parece arrepentirse grandemente de haber abierto la boca.

Ben duda un poco, luego, me mira a los ojos y parece decidirse.

―No regresé sólo para presentarme como Caballero, Julie ―lo miro interrogante y, tras unos segundos de confusa incomodidad, continúa explicando―. Sabes que han habido ciertos rumores sobre la sucesión al Trono... ―confirmo lo que dice con un movimiento de cabeza―. Digamos que algunos son algo más que rumores. Hay otro Heredero de la Corona...

―¡¿Qué?!

―¡Shhh! ―con un gesto, me indica que baje la voz y susurra―. Esto no lo saben muchos en Cenis, pero supuse que alguna información se habría filtrado...

―Sí. Escuchamos algo de eso, pero... ¡nunca creímos que fuera verdad! ―comento, atónita.

―Pues, lo es. Mi padre hizo una promesa y yo... ―parece buscar las palabras adecuadas y finalmente, dice―, tengo que encontrar al Heredero para cumplirla ―quiero preguntar qué clase de promesa hizo su padre y por qué debe intervenir él, pero levanta una mano indicándome que lo deje continuar―. Este no es un buen momento ni un buen lugar para discutir el asunto ―me advierte con severidad y comprendo que no dirá nada más, por ahora.

Debo admitir que todavía no me acostumbro a ver una expresión tan seria en el rostro de Ben, pero su semblante no me detiene para hacer una última pregunta.

―Si encuentras al Heredero, ¿él será el nuevo Rey?

―O la nueva Reina ―responde sombrío―. No sabemos mucho, excepto que Su Majestad Anheria huyó con su hijo y por eso no lograron asesinarlos. Pero hablaremos largo y tendido, mañana.

―En el río ―propongo, contenta de contar con su confianza―. En el lugar de siempre.

―Me parece bien ―acepta tranquilamente. De repente se pone serio y añade―. Pero quiero pedirte algo.

―Sí. Lo que quieras ―contesto intrigada.

Un pequeño temblor en sus labios deja paso a una maravillosa sonrisa cuando dice:

―Por favor, nunca vuelvas a llamarme «Sir Benjamin».





3

EL HEREDERO PERDIDO

La casa de adobe está compuesta por dos habitaciones grandes, una para los hombres y otra para las mujeres del servicio, y una muy pequeña; en esta última dormimos Hannah y yo. Es un hogar sencillo, pero lo bastante cálido para permitirnos pasar la noche sin necesitar encender una chimenea, incluso en invierno. La cama de Hannah y la mía están ubicadas a lo largo del reducido espacio, una al lado de la otra y, en frente, hay una mesita para distintos usos, principalmente para escribir, aunque nadie lo supone. Es bien sabido que sólo los nobles y los aristócratas pueden recibir ese tipo de instrucción.

Unas cuantas velas están puestas en sencillos candelabros que permiten llevar la luz a donde sea que la necesitemos. Somos muy cuidadosas con el manejo del fuego, sería fatal si una de los pabilos encendidos se cayera porque estamos justo al lado de las caballerizas, que están llenas de heno, y provocaría fácilmente un incendio.

Después de la larga caminata con Ben, entro en la habitación, ansiosa de resguardarme del frío entre las cobijas, cuanto antes. Desecho esa idea, cuando veo que Hannah me espera despierta, en silencio. Parece disgustada.

―¿En dónde estabas? Se supone que regresarías antes para descansar y poner tus ideas en orden ―no deja que le explique y responde a su propia pregunta―. Estabas con Benjamin.

Su repentina sonrisa suspicaz que me hace sentir incómoda.

―Hablamos un poco. Eso es todo ―digo, para que no comience a imaginar cosas.

―Y, por lo que veo, tú ya no lo detestas ―comenta con sorna.

―Nunca lo he detestado ―contesto, sin hacer caso de su tono―, Ben es mi amigo —me quito las botas y notando el daño que han recibido mis pies con las carreras del día. Aplico un pequeño encantamiento y, poco a poco, el dolor va disminuyendo—. Además, todo ha sido un terrible malentendido. Esta situación es tan extraña... —confieso con un suspiro y me dejo caer en la cama―. Mañana le preguntaré si es cierto todo lo que dicen, si las historias sobre sus hazañas son verdad.

―Entonces, ¿volverás a verlo? ―por la forma como lo pregunta no logro saber si está enojada, preocupada o entusiasmada.

―Sí ―contesto―, mañana. Pero a escondidas. Es peligroso, para ambos, y no quiero que ninguno de los dos tenga problemas.

Hannah me está estudiando. Lo hace a menudo y, pese a que inicialmente me molestaba, estoy bastante acostumbrada a su exhaustiva observación, con los brazos cruzados y los ojos fijos en mí. Sé que presiente que hay algo importante en todo esto y quizás es eso lo que despierta su interés en Ben. Pero su siguiente pregunta toma por sorpresa.

―Y, ¿qué te parece?

La conozco y he llegado a entender que sus palabras pueden significar varias cosas distintas, de acuerdo a la expresión y el tono con que las diga. En este momento, su pregunta significa «¿Cómo te sientes respecto a él?» y, ya que la respuesta podría ser más complicada de lo que imagina, no me queda más remedio que admitirlo. De otro modo, Hannah se dará cuenta de que le estoy mintiendo.

―No esperaba que nuestro reencuentro ocurriera de esta manera ―siento la mirada minuciosa de Hannah sobre mí pero, en esta ocasión, no me perturba porque estoy diciendo la verdad―. Él es un poco diferente... ―admito, desviando la mirada―, pero han pasado muchos años y yo también he cambiado. Aún así creo que sigue siendo el mismo «Ben»… ―vuelvo a mirarla a los ojos y su curiosidad me causa gracia―. En realidad no sé qué debería sentir, ni qué ocurrirá de ahora en adelante… ―confieso, encogiéndome de hombros, con una sonrisa involuntaria―. Sólo sé que me alegra mucho volver a verlo, saber que está bien.

Hannah guarda silencio por un momento, sin quitarme los ojos de encima. Quizás está evaluando mis palabras. Con ella todo es una evaluación permanente.

Recuerdo cuando empezamos mis lecciones de magia, me advirtió que no abriera la boca porque nadie debía enterarse de lo que estábamos haciendo. Cada noche me interrogaba acerca de con quién había hablado y de qué, solamente para comprobar que cumplía con mí promesa y mantenía en secreto el asunto.

Siempre se daba cuenta de cuándo trataba de mentirle o de ocultar parte de la información, entonces me recordaba que con ella no debo tener secretos. Eso ocurrió hace mucho, ahora no me molesto en intentar engañarla, porque no quiero ni puedo hacerlo.

Claro que, usualmente respeta la privacidad de mis sentimientos... ¿Por qué le interesa tanto lo que me pase con Ben?

―¿Te dijo lo que ha venido a hacer en Cenis? ―pregunta y, de nuevo, me toma desprevenida.

Dudo que Ben sepa que algunas personas sospechan que tuvo otros motivos para venir a la ciudad, aparte de su presentación como Caballero.

Hannah espera mi respuesta, pero no puedo decir nada. Le prometí a Ben que guardaría silencio y eso es exactamente lo que haré, al menos hasta convencerlo de que Hannah es la persona más confiable de todo Zephir.

―Sí ―admito. Sé de sobra que ella no me lo preguntaría si no tuviera una teoría sobre el viaje de Ben―, pero me ha pedido mantener el asunto entre los dos... ―no me gusta la posición en la que me pone tener secretos con Hannah, sin embargo, le di mi palabra. Trato de aclarar la situación―. Hablaré con él para que te lo cuente.

―Preferiría que averigües más, antes de decidir si es buena idea que hable conmigo.

No entiendo lo que quiere decir, pero estoy demasiado cansada. Decido que será mejor pensar en sus extrañas palabras mañana.

Comienzo a ponerme el camisón de dormir y se me ocurre, repentinamente, que tengo una pregunta importante para Hannah.

―¿Alguien se fijó en que Ben no estuvo toda la velada en el castillo?

Me preocupa que lo hubieran seguido o que hubieran escuchado nuestra conversación. Ben habló porque yo lo presioné así que, si sus planes se arruinan por nuestra conversación, me temo que será por mi culpa.

Espero ansiosa a que Hannah confirme o desmienta mis temores y su semblante serio hace que espere una mala noticia.

―La Princesa buscó a Sir Benjamin durante toda la noche, parecía muy interesada en él ―una punzada de pánico me taladra el pecho, pero Hannah me tranquiliza con una sonrisa―. Sin embargo Sir Faeton padre le explicó a Su Alteza que su hijo se había retirado para descansar luego del largo viaje desde Marbemont.

Afortunadamente ha estado cubierto por su padre. Más relajada, me hundo entre las cobijas y le doy las buenas noches; pero antes de que me duerma, Hannah me pregunta:

―¿Le dijiste algo acerca de...?

―No ―contesto, sabiendo que quiere que le diga si hablé con Ben de mis conocimientos de magia―. Te prometí que no lo haría.

Me giro y quedo de frente hacia ella, que se ha sentado en su cama y sostiene un pergamino a la luz de la vela encendida en el candelabro de la mesita lateral. Probablemente estaba leyendo, como acostumbra casi todas las noches, antes de que yo regresara. Coloca el pergamino sobre su regazo, mirándome con aire pensativo. Y, luego de un breve suspiro, dice:

―Benjamin parece un muchacho especial. Creo que... no sería peligroso confiarle algunos detalles.

¡No puedo creer lo que está diciendo! Eso significaría que confía en Ben más que en nadie que yo conozca. Sospecho que sabe algo sobre él que no me ha dicho.


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