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El tesoro visigodo

Luis Molina Aguirre




































© Luis Molina Aguirre, 2017

© El tesoro visigodo

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Imagen portada: Photo by Henry Hustava on Unsplash

Global Copyright Registry. Safe Creative

Número de registro: 1704101666644

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Índice



A

Antroponimia 285

C

Capítulo I 34

Capítulo II 61

Capítulo III 86

Capítulo IV 108

Capítulo IX 208

Capítulo V 129

Capítulo VI 150

Capítulo VII 169

Capítulo VIII 190

Capítulo X 227

Capítulo XI 248

E

Epílogo 265

I

Introducción 10

L

Lista de reyes visigodos 288, 289

O

Otras aportaciones de interés 283

P

Prefacio 12

Prólogo 14

R

Romances Históricos, crónicas del Siglo XIII 279



































A mi padre Manuel, fallecido en abril de 2013, para que allí donde esté pueda viajar por España como tanto le gustaba, con ayuda de mi novela y la preceptiva imaginación.



























































































Introducción



Tantos y tantos años escribiendo y, sin embargo, nunca antes me había pedido nadie que escribiera el prólogo de su obra. Luis Molina fue muy persuasivo aquella tarde diciéndome que se sentiría muy honrado si prologaba su libro, pero yo le aseguré que el honor sería mío, y tras haber devorado con verdadera impaciencia su libro “El tesoro visigodo”, ansiosa por conocer qué acontecería en cada siguiente renglón, debo ratificar que, efectivamente, el honor ha sido mío.

Hace más de una década que conozco a Luis Molina y desde el primer instante he admirado su capacidad de trabajo infinita y sus inagotables ganas de conocer. Es una auténtica esponja humana en búsqueda de conocimiento y disfruta empapándose de arte, de historia, de mitología… Sinceramente, es un lujo conversar con él porque sabe prácticamente de todo, hasta unos límites que a mí misma llegan a sorprenderme en no pocas ocasiones. Este libro es una buena muestra de ello.

A lo largo de mi vida he leído un buen puñado de novelas históricas y puedo asegurar que El tesoro visigodo no tiene nada que envidiarle a grandes obras ya consolidadas y altamente reconocidas. El autor ha realizado un trabajo de documentación francamente bestial, dibujando escenarios y personajes con una verosimilitud y con un nivel de detalle que trasladan al lector por completo al contexto histórico de los acontecimientos que se narran. Las descripciones de las edificaciones religiosas, pormenorizando hasta el más mínimo detalle de sus plantas, estructuras y decoración, te llevan a visualizar el escenario desde su interior, pudiendo percibir sensaciones tales como los olores del campo, la frialdad de las estancias levantadas sobre muros de piedra, la tierra húmeda escarbada de las criptas, el sabor metálico de la sangre discurriendo por los campos de batalla, y el hipnótico brillo de joyas, cruces y tesoros asombrosos.

Luis Molina es, fundamentalmente, un contador de historias; un gran contador de historias. Me confieso lectora habitual y compulsiva de sus artículos y, por supuesto, de toda su producción literaria. Admiro su capacidad de atrapar al lector desde el minuto uno, ya que cuando comienzas a leer alguna de sus novelas (y ésta que se presenta a continuación viene a corroborar nuevamente mis palabras), te dejas envolver por la historia de una forma tal, que conocer qué les va a ocurrir a los personajes, en las siguientes páginas, se convierte en una necesidad.

El libro que tienen ahora mismo entre sus manos, es realmente excepcional por dos motivos fundamentales. El primero es que contiene tal cantidad de datos históricos, de apuntes de arte, de lingüística, citas… que podría compararse su volumen de información con el de una tesis o un tratado…

El segundo es que narra una historia de aventuras que te atrapa sin remedio, con un ritmo trepidante, desde sus primeras páginas. Un argumento vibrante, cargado de misterio y de tensión. “El tesoro visigodo” podría, perfectamente, ser transformado en una película de acción y aventuras que, sin duda, sería un gran taquillazo. Un buen día, dos hermanos (Rodrigo y Verónica Mocube), se reúnen para tratar de poner en claro una misteriosa herencia que proviene de su padre y, con anterioridad… del padre de su padre. Tras visitar al notario que hace lectura del testamento que les deja su madre y, a pesar de los consejos que ésta les ofrece a través de una carta, advirtiéndoles de graves peligros, Rodrigo y Verónica deciden embarcarse en una aventura cargada de emociones e intrigas, que les llevará tras la búsqueda de un tesoro visigodo.

Por el camino incorporarán a la misión a dos viejos amigos, Fernando y Carlitos. También entrará en escena la inspectora Silvia que se ve envuelta en todo este peligroso juego de forma involuntaria. Naturalmente, no podía faltar una sociedad secreta centenaria, cuyo objetivo es hacerse con el tesoro y que complicará las cosas de una forma más que peligrosa a los protagonistas.

No puedo desvelar nada más… Espero que ustedes también se descubran a sí mismos, conteniendo el aliento en más de una ocasión, tal como me ha ocurrido a mí, para no ser descubierta por el “clan” de los Morisalitre… Y ahora, si me disculpan, voy a seguir escavando a ver si logro encontrar alguna pieza del tesoro visigodo. ¿Me acompañan?




Raquel Cubero Calero

Periodista y escritora






Prefacio



Permítaseme una pequeña introducción con la que poder aclarar dos o tres puntos sobre El tesoro visigodo. De este podría decir muchas cosas, pero quizá la más importante es que me ha llevado tres años completos finalizarlo, debido fundamentalmente a la dificultad con la que me he topado a la hora de hallar documentación más o menos fidedigna, contrastar datos, anécdotas y alguna que otra leyenda de dudosa verosimilitud.

Ante todo, he de decir y subrayar que se trata de una novela fundamentalmente de aventuras y que, aunque he procurado ajustarme lo más posible a la realidad, no se trata en ningún caso de un libro de historia. Este hecho lo quiero recalcar con el fin de no llevar a confusión al lector. Si bien sí es cierto que la mayoría de los acontecimientos históricos narrados o bien ocurrieron realmente o bien forman parte de las creencias populares de que así fue. Por poner un ejemplo; respecto de la batalla del Guadalete, hecho histórico que aparece brevemente al principio de la novela, todos los datos son reales, o casi todos, como los lectores comprobarán al llegar a ese punto. Mientras que el supuesto tesoro de la sierra de Salamanca, forma parte de una leyenda que puede ser real o no. Lo más posible, sin duda, es que no lo sea, pero que realmente existe, me refiero a la leyenda, lo puedo asegurar y para ello solo hace falta navegar un poco por internet para encontrar todos los detalles al respecto, o incluso, por qué no, darse una vuelta por aquella zona y preguntar a los lugareños.

Por otro lado, existen personajes como un tal Sosilvo que pretende ser el capitán general del ejército de don Rodrigo. En primer lugar, la figura de capitán general en aquel entonces no existía, ya que se denominaba alférez a aquel que contaba con la confianza del rey para dirigir a sus tropas y, en segundo lugar, el nombre de Sosilvo, en sí, es invención totalmente mía y por tanto dudo que existiese jamás. Otros nombres, como los del grupo Morisalitre, son también fruto de la imaginación de este autor, al igual que un supuesto escritor de nombre Monteclaro, así como su supuesta obra. No obstante, lo anterior, los nombres de la mayoría de personajes que aparecen en la época en la que vivió el último rey de Hispania, don Rodrigo, corresponden fundamentalmente a los nombres de otros reyes visigodos, por supuesto que no todos, y a magnates y potentados de aquel reino. El fin que he perseguido con esto ha sido rescatarles de las amarillentas hojas de los libros de historia donde han sido abandonados y olvidados cruelmente. Al final de la novela he añadido una antroponimia, en la que aparecen los nombres de los personajes más importantes y donde se especifica si existieron o no; también he añadido un mapa con las provincias visigodas que existían alrededor del año 700; y finalmente, en las últimas páginas, he creído muy interesante poner la lista de los reyes visigodos que reinaron en los distintos reinos que existieron en la península ibérica y que espero sea de utilidad.

Además, debo aclarar que he pretendido desde el principio de la narración ser directo e ir al grano lo más rápidamente posible para no aburrir al lector. Que los acontecimientos se sucedan de forma vertiginosa, es la mejor manera de hacer al lector que se interese por una historia, o eso pienso yo. Este hecho puede haberme llevado a interpretar mal algún dato y haberlo expuesto erróneamente o de forma poco clara. Así pues, pido disculpas por los posibles fallos que haya podido cometer respecto de la descripción arquitectónica, histórica y/o filológica que se han ido narrando y describiendo a lo largo de las páginas, no ha sido ni mucho menos mi intención.

En fin, no quiero adelantar más al paciente lector y menos aún confundirlo, antes de que siquiera comience la lectura de la novela en la que ya tendrá tiempo por sí solo de hacerse un lío, espero que no en demasía. Quisiera y deseo de todo corazón que quien lea este libro disfrute de él y que cuando lo finalice no solo tenga un agradable sabor de boca y la tristeza de haber pasado la última hoja, algo que siempre sucede cuando uno termina de leer algo que le gusta, sino que además haya adquirido algunos conocimientos sobre esos desconocidos, para la mayor parte de la gente de hoy en día, como fueron los visigodos. Un pueblo bárbaro que logró, de algún modo, refinarse e imitar, salvando las distancias, al aristocrático pueblo que le precedió, el romano. Y que del mismo modo que ascendieron a la gloria, descendieron al infierno por no saber dejar a un lado el barbarismo que corría por sus venas y, muy posiblemente, la falta de respeto por la vida.







Prólogo



No saber lo que ha ocurrido antes de nosotros es como seguir siendo niños.

Marco Tulio Cicerón



Sosilvo se hallaba especialmente nervioso aquella mañana y una especie de sudor frío lo tenía completamente agarrotado. No era normal en él el hecho de encontrarse en tensión y preocupado por tener el castillo, del cual era el responsable de su salvaguarda, completamente rodeado de los moros de don Julián y de Musa ibn Nusair o del Muza como le llamaban los soldados. Había guerreado en infinidad de batallas al lado de su señor don Rodrigo, habían salvado el pellejo tras las tres rebeliones, el levantamiento de los vascones y la batalla trágica del Guadalete y, en el fondo, este solo era un enfrentamiento más. El problema era que desde lo de Guadalete y su posterior huida, tras la matanza llevada a cabo por las tropas de Táriq Ibn Ziyad, caudillo a las órdenes del moro Muza, las tropas no solo habían mermado considerablemente en número, sino que además la moral de los fieles soldados se encontraba bastante baja. A esas alturas ya se sabía de sobra que Hispania pasaría a manos de los portadores del estandarte de la media luna en un corto espacio de tiempo y que los visigodos ya no podían hacer otra cosa que huir, someterse o morir. Tampoco es que Sosilvo tuviese miedo a la muerte, ni mucho menos, era más bien la inquietud de lo ocurrido y de todo lo demás… de todo lo que había sucedido antes y después del desastre.


Don Rodrigo, hacía años, antes incluso de ser rey, había mandado construir un castillo en lo alto de la sierra Salmantina, el cual disponía de grandes pasadizos subterráneos con los que se facilitaría la huida en caso de ser necesario y con grandes salas para guardar los tesoros de todo el imperio visigodo allí reunidos por su último rey. Se contaba que uno de los grandes salones, el más maravilloso de todos, donde bajaba don Rodrigo con Florinda, su amada y la razón principal del asedio al castillo, tenía las paredes engastadas de oro y brillantes, todo el mobiliario estaba compuesto del dorado metal y de plata, los diamantes, zafiros, rubíes, perlas y monedas de diferentes metales y lugares, se apilaban por todos los rincones en grandes montones. Asimismo, se decía también que el lecho en el que yacían en ocasiones los amantes, era de oro macizo cubierto de ricas pieles y adornado con las coronas votivas de los reyes visigodos que precedieron a don Rodrigo. Además, se contaba que existían diferentes salas con joyas y riquezas, pero que ninguna como esta. Sosilvo sabía que todo lo que se oía por los rincones del castillo era, a grandes rasgos, cierto y que incluso se quedaban cortos en algunos puntos. Él lo sabía porque lo había visto, es más, él ayudó a transportar todos esos tesoros tras la derrota y posterior huida. Sabía de la existencia de una sala especial en la que los objetos de mayor valor y prestigio se amontonaban casi como trastos viejos y otra en la que se podían encontrar las mayores reliquias hechas, no se sabía si por hombres o dioses, en honor del Creador.

El castillo era una fortaleza al estilo de la época, situado en la parte más alta y escarpada de la sierra, donde en condiciones normales y con soldados suficientes se podía afirmar que era prácticamente inexpugnable. Disponía de grandes muros y sillares de piedra maciza, una única torre vigía y diferentes enclaves para custodiar y defender la fortaleza en caso necesario. A su vez, contaba con varias estancias con tejados a dos aguas, todas ellas construcciones muy sencillas, ya que se habían tenido que terminar muy deprisa y no había dado tiempo para hacer nada más al gusto del rey. Las distintas construcciones eran tales como las caballerizas, una iglesia para la oración diaria, una gran cocina que se encontraba prácticamente al aire libre, la sala para que durmiese la tropa por turnos, una sala principal para los capitanes, en la que se reunían y dormían, y un gran salón donde comían, con don Rodrigo, al menos una vez al día. Además, existía otra construcción mayor y de mejor acabado que las anteriores en la que vivían el propio rey y doña Florinda, la hija de don Julián, también conocida por el infiel como Quilama o la Cava.

Pero, bien pensado, tampoco la Cava era el problema ni lo que le quitaba el sueño a Sosilvo tampoco los soldados que se encontraban a las puertas del castillo, soldados del padre de la amante de su señor ni las huestes del moro Muza. Ni siquiera le inquietaba si la indignación de don Julián era legítima o no lo era, o si realmente Florinda había sido raptada, como mantenía su padre, o por el contrario estaba con el rey por verdadero amor como parecía. En el fondo aquello no tenía mucha trascendencia, pero el paralelismo que encontraba con un libro que había leído hacía algún tiempo, llamado la Ilíada, le tenía perplejo. El libro contaba la historia de un príncipe que se enamora de, en este caso, la esposa de un rey. El príncipe decide raptar a la mujer de la que se ha encaprichado y esto lleva a las dos ciudades a la guerra. La destrucción de Troya, la ciudad del príncipe, es total. Si bien es cierto que al cabo de diez largos años de guerra.

Ellos, desde luego, no iban a poder aguantar ni diez días y a Sosilvo las preguntas se le amontonaban en la cabeza y le desquiciaban. ¿Cuándo entrarán las tropas enemigas? ¿Cuándo nos dará la orden de evacuar don Rodrigo? ¿Nos dará la orden de huir? Lo que realmente le quitaba el sueño no era su futuro, que no creía tener o la vida de su tropa ni siquiera la de su señor y la amante de este. Lo que no le dejaba dormir eran los más de tres centenares de civiles, mujeres e hijos de sus soldados, que se hallaban bajo su responsabilidad y que sabía que si las huestes de don Julián y del moro Muza, lograban entrar en la fortaleza, y de que lo harían no cabía la menor duda, de hecho, la cuestión se ceñía a dilucidar en qué momento lo lograrían, él no podría protegerlos. Precisamente el hecho de que el enemigo no fuese a dar cuartel a cualquiera que fuese cristiano, lo trastornaba. Los que no fuesen asesinados cruelmente serían arrastrados a la esclavitud y eso sería, sin duda, mucho peor que la propia muerte.

Sosilvo se encontraba pensando en todo aquello cuando don Rodrigo, saliendo de su estancia, lo llamó:

—Sosilvo, reúne a los capitanes en el salón de comidas. Yo iré en breve. Ha llegado la hora de pensar en la evacuación… doña Florinda acaba de reunirse con nuestro Señor Jesucristo en su santa morada.

—Lo siento majestad —consiguió decir a duras penas Sosilvo tras el impacto de la noticia, aunque esta se esperaba que llegase en cualquier momento.


Al poco de recibir la orden de su señor, Sosilvo se encontraba en el gran salón junto a los demás capitanes o lo que quedaba de ellos, esperando al rey de los visigodos. Los otros capitanes eran dos, no había tropa para más. El más alto y joven era Ardabasto, frisaría los treinta, rubio, algo desgarbado y con aspecto de inocente corderito, nada más lejos de la realidad, en combate era de los hombres más fieros que jamás había visto Sosilvo. Un gran guerrero y un excelente capitán, enérgico en el mando, pero que siempre daba ejemplo en la batalla marchando al frente de sus hombres y guiándolos a la victoria casi siempre, a excepción de la del Guadalete que no pudo ser ganada, y, sobre todo, era justo con sus subordinados.

El otro era Sisberto, un perro viejo, bastante despótico con la tropa, deseaba el puesto de Sosilvo y por eso lo despreciaba. Permanentemente enfadado, parecía odiar a muerte a todo el mundo. Era el de menor tamaño de los capitanes, pero sin duda el más peligroso. Moreno, cargado de hombros, perilla negra y una cicatriz que le recorría la mejilla izquierda desde el mentón hasta la ceja. En cierto modo era como un perro de presa, una vez que mordía a su enemigo ya no lo soltaba hasta que no lo había despedazado. A pesar de todo, le era fiel a don Rodrigo sin discusión, al igual que todos los que allí se encontraban.


La estancia era sucia, con poco mobiliario, el que existía se encontraba muy desaliñado, lo justo para sentarse en torno a una mesa y poco más. Destacaba sobre todo por su oscuridad, pues, contaba tan solo con tres ventanucos en forma de tronera que permitían a duras penas la entrada de la exigua luz, y dos grandes candelabros, que eran toda la iluminación con la que contaba la estancia.

La gran puerta de madera que llevaba al exterior se abrió de golpe, permitiendo la entrada a raudales del sol, el cual cegó por un instante a Sosilvo y a sus acompañantes. En la puerta se recortó la figura de su señor don Rodrigo, el último rey visigodo de Hispania.

Se trataba de un hombre de mediana estatura, media melena oscura, ojos duros y en esos momentos ojerosos y tristes, mirada penetrante, cuerpo esbelto pero fuerte a la vez, cara y manos curtidas, al igual que las de Sosilvo, en mil batallas. Pensó el general que sin duda se apreciaba en su señor un claro porte regio ganado a pulso en todas aquellas batallas, muchos amigos y compañeros derramaron su sangre generosamente por ello. Y ahora, al cabo de poco más de un año de la llegada al trono, se llegaba al final del trayecto con más pena que gloria y con un desenlace que no parecía ser muy justo ni apropiado para alguien que había luchado tanto por la unidad de su reino.


Sosilvo era su mano derecha, su capitán general, y lo era porque llevaba con él desde que eran niños. El padre de don Rodrigo, un noble visigodo, lo había acogido en su propia familia tratándolo como si fuese un hijo. Aquello sucedió tras la muerte de sus padres, en un incendio intencionado ocurrido en una de las casas mayorales y varias de menor importancia de la propiedad del noble. Un vecino, también de alta prosapia, de nombre Gundemaro, decidió mandar quemar las casas donde se alojaban los empleados y las de los esclavos de Teodofredo, padre de don Rodrigo. Ocurrió tras la disputa de unas propiedades y terrenos. Realmente y en el fondo solo se trataba de una excusa para justificar el acto, ya que el verdadero objetivo era ganarse el favor de Ervigio, rey visigodo en aquel entonces de Hispania. Este rey no tenía en mucha estima a Teodofredo, ya que temía que pudiese optar a su trono, como lo hacían a menudo otros nobles visigodos y generalmente mediante el regicidio. En realidad, Teodofredo nunca hubiese intentado el asalto al trono de Ervigio ya que era de naturaleza tan noble como su alcurnia. Era un hombre pacífico, dentro de lo pacífico que se podía ser en aquel entonces, y de buen corazón. La prueba de ello existía viva en los supervivientes de aquella matanza, que fueron Sosilvo, dos mujeres y un anciano. El anciano era un esclavo al que se le concedió la libertad, el cual optó por seguir sirviendo al padre de don Rodrigo. Las dos mujeres, que eran libres, fueron recompensadas con terrenos y se fueron a vivir de la labranza de ellos con sus esposos e hijos. Y, finalmente, Sosilvo, que fue acogido por Teodofredo y su esposa, siendo criado y educado del mismo modo que don Rodrigo. En aquel entonces, el huérfano contaba únicamente con 7 años de edad, sus padres habían sido libres y su procedencia había sido griega en el caso del padre y latina en el de la madre. Sosilvo destacó desde el principio en el arte de la espada, la ballesta se le daba particularmente bien y en la disciplina ecuestre era también excepcional. No obstante, don Rodrigo lo superaba en todas las artes del combate, incluidas las anteriormente mencionadas, menos con la ballesta. En ocasiones, Sosilvo, en lugar de entrenar el arte de la guerra como era menester, se escapaba para ir a la amplia biblioteca de Teodofredo. El muchacho pasaba muchas de las horas de las que disponía libres recluido en ella leyendo y aprovechaba para devorar todos aquellos libros que le llamaban la atención por su portada o por el título o incluso por las primeras palabras con las que comenzaban. A menudo coincidía con el propio dueño de la casa y entablaban charlas respecto a este o aquel libro o acontecimientos de un pasaje determinado de un manuscrito en concreto. Casi todos los tomos de la biblioteca estaban redactados en latín, pero había algunos que se encontraban escritos en gótico, la antigua escritura de los visigodos que fueron perdiendo al adoptar las costumbres e idioma de Hispania, y otros, los menos, en griego.

En Hispania se hablaba un latín vulgarizado, ya que los romanos habían dominado la península durante ocho siglos. Aunque es cierto que los romanos tardaron dos siglos en conseguir someter a los diferentes pueblos de Hispania, en contraposición de los nada más que ocho años que tardaron en someter a los vecinos de la Galia, no es menos cierto que al poco de llegar estos ya se empezó a adoptar el latín como lengua común y a esas alturas era el único idioma que se hablaba en toda la península, claro está, a excepción del de los vascones y el de los recién llegados invasores musulmanes, que traían su propia lengua y cultura bárbara.


Don Rodrigo mandó tomar asiento a los presentes, mientras él permaneció en pie mirando ensimismado uno de los candelabros encendido y con un aspecto de cansancio eterno. Sus palabras sonaron rocosas y tristes, por lo demás, con cadencia de agotamiento, un agotamiento de una década de guerras permanentes y un año de reinado en el que no había existido tregua alguna para el monarca y sus fieles.

—Ha llegado el momento crucial de tomar una decisión trascendental en nuestras vidas. La situación la conocéis todos tan bien como yo mismo. Estamos rodeados y sitiados desde hace un mes. El enemigo nos supera en una proporción de veinte a uno, la única razón por la que no ha tomado el castillo aún es por los gruesos muros con los que mandé construir esta fortaleza y porque sabe que le saldrá mucho más barato en vidas esperar a que nos entreguemos o nos muramos de sed y de hambre, ya que el agua y la comida se nos acaban, las enfermedades se están cobrando sus primeras víctimas y más que se van a cobrar como continuemos mucho más tiempo aquí. La moral de los hombres está hundida… En fin, todo es negativo y la situación verdaderamente compleja. Las posibilidades reales de salir con vida de la fortaleza son nulas para nosotros y escasas para el resto de nuestra gente…

Pero aquí no solo estamos nosotros —dijo levantando la cabeza y alzando la voz como para darse ánimos a sí mismo y a sus capitanes —, aquí se halla también el último reducto libre visigodo de Hispania. Hombres y mujeres que aún no han sido sometidos a la espada implacable y cruel del moro, a la esclavitud o tortura indigna que no se merece ningún ser humano nacido libre. Aquí se encuentra lo que queda de nuestros compatriotas, nuestra sangre, nuestra civilización, nuestro orgullo, nuestra religión. Y es por ellos por los que debemos derramar hasta la última gota de nuestra sangre. Para que ellos puedan huir y salvar la vida, la dignidad y la libertad. Dios Padre omnipotente nos ayudará y protegerá para llevar a buen término esta nuestra particular y compleja empresa. El Señor hoy reclama nuestra sangre por todos los pecados cometidos en el pasado. Con el fin de salvar a nuestros hijos, nosotros se la entregaremos generosa y gustosamente, sin protestar y con alegría en nuestros corazones, porque de ella manará el fruto de un futuro mejor con el que nuestros descendientes podrán levantar un país al fin unido, libre y cristiano, como con el que yo he soñado tantas veces, como el que logró Leovigildo. Nuestro sacrificio no será en vano y nuestros descendientes se sentirán orgullosos de lo que un día como hoy, con el reino ya perdido, hicieron un pequeño grupo de godos cristianos para salvar al mundo del infiel. Que Dios nos dé fuerzas para no desfallecer ni retroceder ni un solo codo en nuestro propósito.

Los escudos se hicieron sonar contra la madera de la mesa, al estilo godo, satisfechos por el ánimo de su rey e inflamados de ínfulas por aquellas palabras.

—Como sabéis —continuó don Rodrigo—, este castillo fue construido con infinidad de galerías subterráneas que se comunican con otras naturales de la propia montaña. Estos corredores deberían servir para que los niños y las mujeres puedan escapar sin problemas y, sobre todo, sin peligro. Pero para ello debemos sacrificarnos nosotros. Debemos darles el suficiente tiempo y que cuando el infiel se dé cuenta de lo que ocurre, ellos hayan podido escapar a su alcance.

Las galerías fueron realizadas para sacar las joyas y riquezas que contienen algunas cuevas subterráneas, pero ya es tarde para eso. El tesoro se quedará aquí escondido con la esperanza de que no sea encontrado por nadie más que por aquel que debe heredarlo, aquel que, en un futuro, espero no muy lejano, pueda comprar con él, ya sea con su oro o ya sea con armas y sangre, un reino. Un reino ahora perdido…

Antes de daros las últimas órdenes para llevar a cabo el plan que he trazado, deseo explicaros qué es lo que ha sucedido y la razón del sacrificio que habéis de llevar a cabo en las próximas horas. Siendo como soy el legítimo rey de Hispania, no tendría necesidad de daros semejantes explicaciones, pero aun así lo voy a hacer, porque creo que vuestra lealtad y porque vuestro sacrificio bien merece una respuesta a vuestras posibles preguntas respecto de Florinda.

En primer lugar, he de deciros que Florinda ha muerto hace una hora. La razón de su muerte, según el médico, ha sido por falta de agua potable. Su cuerpo estaba muy débil, beber poca agua y la poca que bebía que estuviese en mal estado ha dado al traste con su delicada salud. Según mi punto de vista, ella ha muerto de pena. Ver a su padre y a su amado esposo pelear hasta entregar un reino a una fuerza invasora extranjera, ha sido demasiado doloroso para su corazón que no lo ha soportado.

A pesar de que ella no fuese mi primera esposa, sí que fue a la que más amé. Le fui fiel hasta el final y ella me lo ha sido a mí. Florinda, en contra de lo que puedan pensar muchas personas incluido su padre, me amaba profundamente, tan profundamente que en lugar de ponerse a salvo cuando tuvo ocasión, se quedó conmigo hasta el final. Eso, don Julián, no será capaz de entenderlo jamás.

No os diré que voy a perder un reino por una mujer. Os diré, que voy a perder el reino que deseaba compartir con una mujer. No espero que lo entendáis ni que compartáis mi punto de vista ni mis malogrados anhelos, solo os pido que lo aceptéis como leales súbditos que debéis ser y que de hecho habéis sido hasta ahora.

Una vez dicho lo anterior. Tú, Ardabasto —dijo señalando con el dedo a este—, tienes como misión proteger con tus hombres el portón principal para que nadie acceda por él. Lo primero que van a intentar es entrar al castillo por el punto más débil y ese es la puerta de acceso a la fortaleza.

Tú, Sisberto —le dijo mirándolo a la cara—, tu misión es coger a tus soldados y lanzar al enemigo todo lo que tengamos. Primero flechas, luego aceite y luego lo que sea menester, sillas, mesas incendiadas, lo que haga falta para alejar el máximo tiempo posible a las tropas de don Julián y de Musa ibn Nusair de nuestras murallas.

En cuanto a ti, Sosilvo… —se giró don Rodrigo para enfrentarse a su capitán general —lo siento, pero no vas a poder contar con más de diez hombres. Tu misión es dirigir a los civiles fuera de estos muros y ponerlos a salvo.

—¡Pero mi señor…! —protestó Sosilvo.

—Esta vez no hay peros que valgan, Sosilvo. Dentro de una hora te veo en mis aposentos para darte instrucciones más precisas… ¿Recuerdas aquel libro del que me hablaste en cierta ocasión? ¿Cómo se llamaba?… ¡ah!, sí, la Eneida. Iba sobre un tal Eneas que tenía que dirigir los restos de su pueblo a la libertad para que pudiesen sobrevivir a la destrucción de Troya. Pues ese, aunque no te guste, es tu papel. Si no recuerdo mal, a Eneas tampoco le gustó tener que obedecer tal orden, pero lo hizo y salvó a su pueblo, dándoles una nueva oportunidad.

Sisberto, el cual permanecía callado con aire pensativo, preguntó a su rey.

—Disculpe la osadía majestad, ¿cómo se puede saber en qué momento van a intentar entrar en la fortaleza las tropas enemigas?

—Porque voy a salir a comunicar a don Julián la muerte de su hija. Dudo que tras la noticia tarden mucho tiempo en intentar asaltarnos —apuntó don Rodrigo con semblante triste.

—¡Pero señor!... puede suponer su muerte —afirmó Ardabasto en un tono más alto de lo habitual.

—Gracias por preocuparte Ardabasto, pero yo ya estoy muerto, igual que todos vosotros. Con la muerte de Florinda y con la pérdida de Hispania ha muerto mi alma, solo queda, pues, que muera el cuerpo. Os pido que me hagáis un juramento aquí y ahora. Me ocurra lo que me ocurra, vosotros me seréis leales hasta la muerte y seguiréis con los planes hasta el final. Vuestro objetivo debe ser salvar la mayor cantidad de visigodos posible. ¡Juradlo ahora!

Todos a una juraron solemnemente cumplir con los deseos de su señor.


No había transcurrido una hora del juramento, cuando ya se hallaba Sosilvo en los aposentos de don Rodrigo. Su gesto era de contrariedad a la vez que de expectativa. No sabía qué pensar, ¿podía ser que su señor, después de tantos años de fiel servicio, después de tantas vicisitudes y de tantas batallas juntos, hubiese perdido la confianza en él?

—Mira Sosilvo —sus palabras denotaban que la confianza que existía entre ellos era más que patente, aunque desde luego Sosilvo nunca había perdido la perspectiva de quién era y a quién servía —… los planes que tengo para ti son algo complejos de llevar a cabo, pero solo confío en ti para ejecutarlos. Mi padre confiaba en ti. Hasta tal punto era así que en cierta ocasión me dijo que si alguna vez tuviese que poner mi reino en manos de alguien, que fuese solamente en las tuyas. Te quería como a un hijo… Ahora, en cierto modo, le voy a hacer caso.

Verás, tienes dos misiones. La primera es sacar a la gente de aquí. Cuando empiece la refriega, sacarás a todo el que puedas del castillo por los túneles subterráneos. Es muy importante realizar esto justo en el momento en que las hordas enemigas ataquen por la puerta principal, ya que solo así podréis salir al exterior sin ser descubiertos, de lo contrario se correría un riesgo innecesario que podría provocar la muerte de más inocentes y el hallazgo del tesoro. Y eso no debe ocurrir bajo ningún concepto.

Una vez fuera de la fortaleza deberás dirigirte con los supervivientes y con diez soldados que deberán ser de tu total confianza y que elegirás tú mismo, hacia el norte. Debes ir hacia el reino Astur, allí aún hay amigos y se podrá poner a salvo, definitivamente, nuestro pueblo. De esos diez soldados quiero que vaya contigo Pelayo como tu lugarteniente, él siempre me ha sido fiel y es un buen amigo tanto tuyo como mío. Si tú fallas o mueres, él deberá tomar tu relevo y llevar a buen puerto la segunda misión que te voy a encomendar… ¿Recuerdas a mi hijo Sisebuto?

—Claro majestad —asintió con cara de desconcierto el general.

—Bien, él es tu segunda misión. Es mi único hijo y ha de ser la persona encargada de devolver Hispania a los cristianos. Para ello es fundamental que pueda contar con tu ayuda y con la de Pelayo, además de la del tesoro que aquí dejaremos hoy, pero que deberéis poder recuperar en un futuro no muy lejano para que Sisebuto pueda reconquistar el reino.

—Debes buscarlo, ahora debe estar próximo su regreso de Tierra Santa. Cuando lo encuentres, lo llevarás al tesoro, del cual solo tú y Pelayo conoceréis su exacta ubicación. Con el tesoro en su poder, solo habrá que esperar al momento propicio para comenzar la reconquista, ya sea comprando al moro ya sea pasándolo a cuchillo.

—En fin, Sosilvo, como me aconsejó mi padre, que era el tuyo también, lo dejo en tus manos. Voy a enterrar a Florinda en la cueva principal, donde las paredes están engastadas de oro, ya que considero que es el lugar adecuado para enterrar a una reina. Después, saldré a entregarme a don Julián. Reza por mi alma pecadora Sosilvo.

—¡Mi señor!... yo cumpliré con lo encomendado como siempre lo he hecho, no lo dude, pero creo que su sacrificio es innecesario. Podríamos resistir aquí todos o planear una huida sin necesidad de que entregue su vida nadie.

—Eso, Sosilvo, sabes de sobra que no es posible. La gente necesita tiempo para escapar y yo soy su rey. Yo les proporcionaré ese tiempo, se lo debo después de tantos sinsabores como les he hecho pasar.


Al abrirse el portón la expectación era máxima, tanto dentro de la fortaleza como en el exterior, tal y como había previsto don Rodrigo. Los grandes soportes chirriaron y el armazón de madera maciza crujió espeluznantemente. Tras un asedio de cerca de un mes, la puerta se encontraba seriamente dañada y con evidentes signos de no soportar mucho más tiempo los ataques enemigos, a pesar de los remaches y parches diferentes que habían puesto los habitantes de la fortaleza para reforzarla.

Don Rodrigo avanzó firme, como de costumbre, al igual que siempre que se enfrentaba cara a cara con la muerte. La mirada la tenía fija en la figura a caballo que se encontraba frente a él. Un hombre de pelo y barba cana, bolsas en los ojos y con una pose regia que le daba un aire monárquico, aunque no fuese más que el conde de Ceuta. A su lado se hallaba otro jinete con aspecto de infiel, tez morena, nariz aguileña y pelo que comenzaba a blanquear por las sienes, no así la barba que era oscura al igual que sus ojos, unos ojos que parecían divertidos con lo que estaba ocurriendo allí y que daban la sensación de pertenecer a una persona de la que no se pudiese fiar uno. Sin duda se trataba del moro Muza en persona. Tras él, su caudillo Táriq, observaba la escena como indiferente de lo que acontecía.

Don Julián, mientras, miraba a don Rodrigo con curiosidad, con un brillo imposible en los ojos, que parecía proceder de piedras preciosas. Cuando estuvo a veinte metros escasos le espetó:

—¿Qué, ya te rindes? Pero si esto no ha hecho más que empezar. Devuélveme a mi hija y prometo que no os torturaremos a ninguno de los que estáis dentro del castillo.

—Verá don Julián, no puedo entregarle a Florinda; primero porque ella nunca habría querido algo así. Y segundo… Florinda ha muerto a causa de la falta de agua potable, debido al asedio que su padre, vos, ha llevado a cabo sobre mi fortaleza durante el último mes.

Se produjo un silencio ciertamente largo e incómodo, se podía respirar la tensión en el aire, incluso el moro Muza parecía seriamente contrariado. Don Julián solo miraba a don Rodrigo y este, a su vez, le mantenía la mirada muy fija, muy tranquila, sin duda peligrosa. Al tiempo, habló de nuevo el último rey visigodo:

—Yo, don Rodrigo, rey legítimo de Hispania, os ordeno que depongáis las armas y os entreguéis para ser tratados como reos de lesa majestad. Si lo hacéis, juro ante el verdadero Dios de los hombres ser condescendiente con los súbditos de Hispania, no así con el invasor extranjero que deberá pagar con sus vidas de herejes la osadía de invadir mi reino y de asesinar a mis fideles.

Don Julián permanecía callado, como pensativo, mientras que Musa ibn Nusair se sonrió y se dirigió a don Rodrigo:

—¿Es posible que seáis realmente tan valiente? ¿O es que sois estúpido? ¿Cómo puede ser que un hombre salga aquí, desarmado y sin ninguna escolta, nos diga que ha muerto la hija de don Julián, mi aliado, y que, además, nos insulte dando órdenes en nombre de un poder que ya no existe, si es que alguna vez existió?

—Le diré a vuestra merced, moro infiel, que no soy estúpido, si eso le sirve de algo. Insisto, depongan las armas inmediatamente y vos y don Julián serán ejecutados como corresponde a hombres de su categoría y posición, reconociéndoles sus posesiones y privilegios a sus descendientes.

En ese momento, don Julián agarró la ballesta de un soldado y la disparó contra don Rodrigo, mientras gritaba:

—Muere ahora, igual que murió tu caballo en el río Guadalete bajo mis flechas, ¡maldito! ¡Muere!

El pequeño venablo le alcanzó a don Rodrigo en el cuello, saliéndole la sangre a borbotones al ritmo de los latidos de su cansado corazón. Al momento, desde la fortaleza, se lanzaron una hondonada de flechas que hizo retroceder a los criminales regicidas.

El rey fue recogido por sus vasallos casi sin vida ya y llevado a sus aposentos, el pelo impregnado de su propia sangre, la mirada perdida, el rostro pálido y los labios exangües. Antes de morir agarró la mano de Sosilvo y le dijo con su último estertor:

—Amigo… tienes una misión, ahora como me dijo nuestro padre, todo está en tus manos.

Y el último rey de Hispania cerró los ojos para siempre. Sosilvo y los otros capitanes enterraron a don Rodrigo en la misma cueva en la que había sido depositada horas antes Florinda. No hubo protocolos ni ceremonias, a excepción de la oración corta que rezó en voz alta el capitán general.


En el exterior, las tropas enemigas se habían reorganizado y procedían al asalto por la puerta del castillo, tal y como había previsto don Rodrigo. Ardabasto protegía la puerta, o lo que quedaba de ella. Sisberto mandaba cargar y disparar las flechas una y otra vez al mismo tiempo que ordenaba quemar mobiliario para lanzarlo sobre los invasores. El aceite, ya preparado con antelación, se echaba sobre los portadores de los arietes que golpeaban el portón con furia. Entre tanto, Sosilvo había organizado ya a la gente y procedía a la evacuación por las galerías subterráneas. Cuando iban a meterse en los pasadizos, el capitán general miró las defensas del castillo por última vez y alcanzó a vislumbrar a los soldados de Ardabasto que cedían al empuje enemigo y que estaban siendo aniquilados. A su vez, este se encontraba asaetado con cuatro flechas, mientras seguía moviendo la espada y gritando órdenes ya inútiles. Sosilvo cerró brevemente los ojos y rezó una oración por el valiente y leal capitán, acto seguido se introdujo en los pasadizos.

Por su lado, Sisberto, mandó a sus hombres reagruparse y, al ver que la fortaleza estaba ya perdida, ordenó la huida, sin dejar de pelear, por uno de los pasadizos subterráneos que discurría en dirección contraria a la del capitán general, para que los siguiesen los infieles y así poder darles tiempo de ponerse a buen recaudo. El capitán salió en las cercanías del pueblo de Segoyuela donde hizo, con los hombres que le quedaban, frente al infiel, peleando hasta morir todos y ganando un tiempo precioso para Sosilvo y los demás cristianos que huían con él.


Tras una dura marcha de cerca de tres meses con la muerte de algunos niños y mujeres, escondiéndose por el día y marchando por la noche, Sosilvo llegó con Pelayo al reino Astur. Este se mostraba ante ellos como un paraje salvaje e infranqueable y no sin gran esfuerzo y sufrimiento, lograron llegar a Cánicas, lugar en el que por fin encontraron amigos y refugio.


Pelayo era un noble, nieto del que había sido rey visigodo Recesvinto e hijo de Favila, asesinado por el antecesor de don Rodrigo, Witiza. Tras la muerte de su padre, don Pelayo se escondió en el reino Astur, sitio en el que tenía amigos y familia. Más tarde se marchó a Tierra Santa, donde conoció a Sisebuto, el hijo de don Rodrigo. Cuando murió Witiza, don Pelayo regresó a Hispania para apoyar el encumbramiento al trono de don Rodrigo, quedándose en Jerusalén Sisebuto. Combatió con don Rodrigo y con Sosilvo codo con codo en la batalla del Guadalete. Tras la derrota se refugió en Toledo y al conocer que don Rodrigo seguía vivo en Salmántica, no dudó en ir en su busca para luchar de nuevo junto a su amigo y rey.

Sosilvo, en el largo trayecto a Asturi, le había contado a Pelayo la última voluntad de su señor. Habían acordado que Sosilvo se ocultase en la ermita del Santo Sepulcro situada en la localidad de Linares de Riofrío, muy próxima a la fortaleza asaltada, con el objetivo de poder proteger el tesoro. Mientras, Pelayo organizaría una resistencia contra el moro allí en el reino Astur, último reducto visigodo. Mandaría delegaciones en busca de Sisebuto al que consideraban el legítimo heredero de don Rodrigo. También se acordó que le haría llegar a Sosilvo las novedades sobre la resistencia y la marcha de la búsqueda del hijo del rey asesinado, por medio de sus hombres, al menos una vez al año. Así se acordó y así se hizo durante largo tiempo.


Todos los años, en la víspera de la muerte de don Rodrigo, llegaban a la ermita un grupo de soldados de unos diez individuos, para dar las novedades oportunas a Sosilvo. Pero tuvieron que pasar hasta once años, para que por fin un grupo de soldados llegaran con noticias de Sisebuto.

Las noticias eran ciertamente malas. Sisebuto había regresado de Tierra Santa al poco de morir su padre y al descubrir que había muerto a manos de don Julián, solo deseó buscar venganza y en ello empeñó su patrimonio y su vida. Dio con don Julián en Ceuta y allí lo mató delante de todos sus súbditos y de su hijo Agila, siendo apresado en el acto y ajusticiado al poco tiempo por el homicidio. De tal suerte que Sisebuto jamás pudo saber los planes que don Rodrigo había preparado para él.


Entre tanto, Musa ibn Nusair, había continuado con su conquista de la península, llegando a las puertas del reino Astur. Este se encontraba protegido por don Pelayo y su pequeño, pero valiente, ejército. A esas alturas don Pelayo ya había sido nombrado rey de los Visigodos, después de proclamar desde lo alto de una peña a sus súbditos, Asturias es España y lo demás tierra conquistada. Días antes se había producido una gran batalla llamada de Covadonga porque allí se llevó a cabo y donde por fin, después de once años, se logró la primera victoria. Sin duda un pequeño destello de esperanza para el pueblo visigodo que llevó a don Pelayo a la creencia firme de una posible reconquista. Esa gran victoria desembocaría en que el moro Munuza se dejase la vida y la dignidad. Este había sido nombrado por Musa ibn Nusair gobernador de Gijón y le había dejado al frente de la difícil tarea de reducir a los insurrectos del reino Astur. Y allí, en el monte Auseva, en el valle de Cangas, fue donde tuvo lugar la gloriosa batalla de Covadonga, en la que Dios, por fin, le otorgó a don Pelayo y a los cristianos una victoria más que merecida y necesaria. Fue justo en ese instante cuando el dios de los cristianos comenzó a ganar al de los mahometanos y empezó la reconquista de Hispania, una reconquista que duró ocho largos siglos, en la que se le fue ganando terreno palmo a palmo al moro, poco a poco con mucho esfuerzo y mucha sangre derramada. Pero esa es, sin duda, otra historia.


Puesto que atravesar con el tesoro la distancia que les separaba a Sosilvo de don Pelayo con los campos plagados de infieles era absolutamente imposible, y tras las malas noticias de la muerte de Sisebuto, Sosilvo decidió asegurarse de que el tesoro visigodo no fuese encontrado jamás por nadie que no fuese cristiano y godo y que, además, tuviese la intención de reconquistar Hispania, acordándolo así con don Pelayo por medio de valientes mensajeros, los cuales se jugaban algo más que el pellejo en sus travesías.

Tapó las entradas a las galerías subterráneas con piedras e hizo parecer que todo aquello había sido creado por la naturaleza y no por la mano del hombre. Una vez hecho esto, se dedicó a escribir un manuscrito realizado en gótico, la escritura primigenia de los godos, y en latín. En este manuscrito, Sosilvo contaba todo lo acontecido desde la batalla perdida del Guadalete hasta la muerte de don Rodrigo. En ello empleaba el tiempo y la vida sin tener contacto con ningún mortal a excepción de sus hombres de confianza, que, aunque no vivían con él, cada cuatro días iban allí para suministrarle todo aquello que necesitara. También contaba con la visita de los soldados que aún iban una vez al año a darle noticias de los avances de don Pelayo. Además, el abad del cercano monasterio del Santo Sepulcro, que visitaba la ermita del mismo nombre, iba cada tres o cuatro días con el fin de confesar a Sosilvo y comprobar que no le faltase nada.

Un buen día se presentaron en la ermita un grupo de jinetes cristianos muy bien armados. Al frente de ellos marchaba un hombre rubio, alto, con apariencia de gran fortaleza física. El grupo portaba un estandarte rojo con un gran ojo en el centro de una especie de pirámide y con unas letras bordadas en oro que rezaban vindicationis et remunerationis, lo que venía a significar algo así como venganza y recompensa, en la parte superior del estandarte, también bordado en oro, se encontraba escrito un nombre: Morisalitre. El jinete que dirigía al grupo desmontó y se dirigió a Sosilvo:

—Busco a un tal Sosilvo, en otro tiempo capitán general del rey visigodo don Rodrigo. He buscado por doquier, tanto en Al-Ándalus como en el reino Astur y Vascón, después de más de dos lustros la única pista real que he podido hallar sobre su paradero, me ha conducido hasta esta ermita de la sierra de Salmántica. ¿Sois Vos?

—¿Quién desea saberlo? —preguntó como quien no quiere la cosa Sosilvo.

—Agila, hijo de don Julián y conde de Ceuta, asesinado a manos de Sisebuto hijo de don Rodrigo, quien raptó y después asesinó a mi hermana Florinda.

Se hizo un largo silencio, ambos se observaron con curiosidad, hasta que Sosilvo contestó:

—Se equivoca vuesa merced, no conozco a ningún Sosilvo, yo solo soy el guarda de la ermita. Lo siento, quizá debería...

—¡Mientes cobarde! —espetó furioso quien decía ser hijo de don Julián.

—¿Por qué debería yo de mentir? Se lo repito caballero, lo siento, se ha equivocado de persona. Lamento que haya hecho un viaje tan largo para nada.

—¡Maldito bellaco! Te sacaré el corazón con mis propias manos, igual que se lo saqué al hombre que antes de morir me dijo que tú eras Sosilvo. No sé si te sonará de algo el nombre de Ardo. Él fue, con su último estertor, quien me proporcionó esta pista.

Ardo había sido el jefe de los soldados que cada año iban a darle noticias a Sosilvo, desde hacía ya más de diez años. Un hombre leal, que había estado desde el principio con don Rodrigo y que tras su muerte marchó bajo las órdenes de don Pelayo. Ardo era no solo uno de los hombres con los que se batió en un sinfín de ocasiones el cobre, sino que también se trataba de un buen amigo y alguien a quien de verdad había apreciado en vida.

—Tu infamia será vengada. Agila, yo seré el que te saque las entrañas a ti, miserable. Pero antes, dime, ¿qué puedes querer tú de mí? Sisebuto fue ajusticiado por tus hombres ¿qué otra venganza buscas, canalla?

—Lo sabía. Sabía que lo que se decía del capitán favorito de don Rodrigo era un embuste, eres tan cobarde como lo fue él y como lo era su hijo, quien me suplicó que le perdonase la vida cuando el verdugo levantaba el hacha para cortar su puerca cabeza —afirmó el nuevo conde de Ceuta, más escupiendo que hablando —. A tu pregunta te contesto antes de acabar contigo, ya que ese es el objeto de mi búsqueda, de lo contrario ya estaría tu cabeza ensartada en mi espada. Lo que quiero de ti es bien sencillo. Mi padre, antes de morir asesinado vilmente por Sisebuto, me contó que existía un tesoro jamás soñado por nadie, ni por el moro más rico de Al-Ándalus. Me contó que don Rodrigo guardó todo el tesoro de los visigodos y que lo escondió en algún lugar, posiblemente de estas montañas —dijo haciendo un amplio gesto con los brazos intentando abarcarlo todo —. Como es natural, una vez muerto tu señor, el único que puede saber algo al respecto eres tú y claro está, de esto es de lo que va el asunto… Dime dónde se encuentra el tesoro y te prometo que tu muerte será rápida e indolora, de lo contrario te aseguro que sufrirás un tormento jamás conocido por hombre alguno.

—¡Ja, ja, ja! —tronó la risotada de Sosilvo por toda la sierra al tiempo que Agila se ponía rojo de cólera —. Eres un pobre diablo, al igual que tu difunto padre que, además, era un traidor. Yo desconozco la existencia de ningún tesoro. Solo estoy en esta ermita esperando el fin de mi vida, tratando de purgar los grandes pecados cometidos a lo largo de mis muchos años de guerras. Como te digo, yo de tesoros no sé nada de nada, estás llamando a la puerta equivocada conde.

—Si eso es cierto, tu muerte la has elegido tú.

Agila echó mano a la empuñadura de la espada que llevaba enfundada al cinto, pero antes de que le diese tiempo siquiera a desenvainar la mitad de la Tizona, Sosilvo ya había sacado la suya, le había dado un tajo profundo en la pierna derecha y le tenía colocado el filo reluciente y ahora sanguinolento en el cuello, donde se apreciaba el claro e intranquilo latido de la yugular. La tentación de separarle la cabeza del tronco era verdaderamente fuerte, pero Sosilvo sabía dos cosas; una que, si mataba al conde, sus soldados acabarían con él en un abrir y cerrar de ojos, y la otra era que, si él moría, jamás se sabría el paradero del tesoro de los visigodos. Por tanto, decidió obrar con prudencia y tragarse su orgullo y rencor hacia ese hombre tan detestable y orgulloso.

—Agila, tu vida no vale nada, solo tengo que girar ligeramente la espada para degollarte como a un cerdo —le dijo al oído, pero en alto para que lo oyesen sus hombres.

—Si haces eso morirás y lo sabes —apostilló el hombre, que tenía la mirada medio extraviada y que carecía de mucha convicción en lo que decía.

—Yo no tengo nada que perder ¿y tú? —le inquirió fríamente Sosilvo.

Se produjo otro silencio casi eterno. En la mirada del hijo de don Julián se apreciaba claramente el miedo, casi el terror. El sudor goteaba por su rostro hasta llegarle al pecho.

Sosilvo agarró de la lorica a Agila mientras continuaba con la espada apoyada en su cuello y comenzó a decir a los soldados que lo acompañaban:

—Dejad las armas en el suelo y retiraos, o se queda sin cabeza vuestro señor.

El conde movió la cabeza afirmativamente, como indicando que así lo hiciesen. Los soldados soltaron todos los pertrechos de guerra que portaban consigo y retrocedieron sin apartar la mirada de la escena. Después de que se hubiesen alejado lo suficiente, Sosilvo soltó a Agila y le espetó con desprecio:

—Ahora vete con tus hombres y no vuelvas jamás, la próxima vez juro que te mataré.

—Hoy me retiro, pero volveré y cuando lo haga no seré tan amable como lo he sido en esta ocasión, la próxima vez te sacaré personalmente la piel a tiras —afirmó con rencor —. No importa que yo viva o muera, la compañía Morisalitre fue creada por mi padre para perseguir y acabar con todos aquellos que hayan tenido que ver con don Rodrigo y para conseguir el tesoro visigodo. Aunque yo muera, mientras viva alguien que tenga que ver con ese monstruo o continúe sin aparecer el tesoro, los Morisalitre seguirán buscando su venganza y su recompensa. Aun cuando pasen mil años, ahí estaremos procurando nuestro éxito, te lo garantizo… —miró a los ojos del capitán general y le dijo casi en un susurro, como hablando para sí —. Pobre diablo, en verdad que no sabes de qué sois poseedores… Esa ignorancia es la que os ha destruido y la que a ti te enterrará.

—Ve, pues, con Alá, el falso Dios al que sirves. Tú y toda tu familia no sois más que unos miserables perros infieles, os vendisteis al sarraceno por envidias y odios. No sé qué clase de animal es peor; el judío que es culpable de la crucifixión de nuestro Señor Jesucristo y que va de la mano, en esta infame masacre a los hispanos, de los seguidores de Mahoma; los bárbaros sarracenos que matan niños y mujeres sin piedad allí donde llegan y que son infieles y herejes por natura; o tú y los tuyos que sois traidores hasta el tuétano. Los primeros tienen la justificación de la persecución llevada a cabo por nuestros reyes Alarico II, Recaredo, Sisebuto y Égica. Los segundos podríamos justificarles por su desconocimiento y su barbarismo, además de la influencia satánica que Belcebú ejerce necesariamente sobre ellos. Pero a vosotros… a vosotros no hay forma de justificaros. Vuestra existencia en la tierra será como vuestra fortuna haga que sea. Pero vuestra muerte será cruel como la vida que habéis llevado. Tras la muerte, por muchas monedas que llevéis para pagar al barquero Caronte, deberéis suplicarle y arrastraros ante sus pies huesudos para cruzar la Estigia y, una vez hecho esto, no lograréis engañar al can Cerbero con vuestras mañas, ya que Satán os tiene reservado en el Tártaro un lugar especial para arder y purgar vuestras culpas toda la eternidad. Un lugar reservado única y exclusivamente a la peor de las especies que habitan el mundo, la especie de los traidores. Traidores como vosotros. Con vuestra mezquindad, cobardía y traición, os habéis condenado hasta el fin de los días. Vosotros arderéis eternamente.


Tras la visita del hijo de don Julián y los Morisalitre, Sosilvo fue plenamente consciente del peligro que corrían tanto él como sus fideles como el tesoro. Mandó cavar día y noche bajo la ermita a sus hombres de confianza, creando una especie de caverna, un hipogeo, en el que Sosilvo logró terminar su manuscrito y en el que pudo esperar la próxima llegada de Agila y sus soldados, el cual sin duda volvería. Tapó entradas e hizo que pareciese que allí no había nada más que el suelo de la propia ermita, grabando en este las palabras latinas Invictus Pelayo y justo debajo se podía apreciar una especie de letras más dibujadas que escritas: . . .

Después, dio órdenes precisas a sus hombres y los mandó a diferentes puntos del antiguo reino de Hispania. Portando todos los objetos de gran valor con el fin de ocultarlos a los ojos de los invasores y demás posibles enemigos, no así de los amigos. Fueron enviados donde no pudiesen ser encontrados más que por aquellos que deberían devolver el reino a los cristianos y con el juramento de llevar a cabo la misión encomendada. Jamás podrían hablar de todo lo que conocían, decir quiénes eran ni de dónde venían, tampoco a quién servían ni a quién habían servido.






















































Capítulo I



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