Excerpt for Te deseo tanto... Novela erótica by , available in its entirety at Smashwords

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TE DESEO TANTO...



J.A. Moralli



Copyright © 2015

Autor: J.A. Moralli

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A Eva
















Primera Parte

La casa estaba en silencio. Alberto se había ido a comprar para que ella se pudiera quedar a solas. La única condición que le había puesto era no hacer nada, sólo leer lo que él le había cargado en el libro electrónico.

Carmen notaba como un nerviosismo mezclado con cierta excitación la invadía, la hacía respirar más rápido y que le sudaran las manos. No, no tenía que ponerse así, sabía que era una tontería, algo inocente ¡si sólo eran cosas que había escrito Alberto! Sí, lo sabía, pero no lo podía evitar, sentía que había algo más en todo eso.

Hacía calor, más de lo normal para el fin del verano, tenía la ventana de la habitación abierta, y entraba algo de brisa, pero no lo suficiente. Se había quedado tan solo en camiseta y braguitas, tendida sobre la cama, con el libro electrónico sobre el pecho, que temblaba de forma casi imperceptible al compás de sus palpitaciones. Lo veía subir y bajar al ritmo de su respiración, como un barquito plano y rectangular que navegaba sobre sus pechos. Intentó juntar fuerzas para abrirlo. No lo entendía… Le sorprendía su propio nerviosismo ¿a que venía tanto miedo?

Desde que Alberto le dijo que estaba escribiendo algo para ella la curiosidad la corroía, se moría de ganas de leerlo, aunque por el otro lado… estaba ese miedo, esa sensación extraña de que algo iba a pasar cuando comenzara a leer.

Él siempre había escrito pequeños relatos, cuentos y novelas históricas, pero nunca le había ido bien; a pesar de haber publicado unas cuantas cosas nunca pudo dedicarse a ello de forma exclusiva, y el pobre seguía con su aburrido trabajo de auditor. Así que, cuando le dijo que le estaba escribiendo una novela erótica, Carmen se había quedado descolocada ¿A qué venía esto ahora? ¿A una prematura y repentina crisis de los cuarenta? ¿Había algún mensaje en todo eso? ¿Alguna llamada de atención? Sentía una mezcla de curiosidad, miedo y vergüenza sobre lo que podría haber escrito.

Respiró hondo, se acomodó en la cama y abrió el libro electrónico, y en un parpadeo apareció el borrador de Alberto.

El encuentro


Ella corrió por el pasillo esquivando a la gente que se agolpaba a su alrededor. Se movía con dificultad intentando no chocar con nadie.

El largo pasillo estaba atestado a pesar de ser finales de agosto. El calor y la humedad no daban tregua. De pronto, desde el final del corredor, la boca del andén comenzó a vomitar el aire caliente y falto de oxígeno, arrastrado por el metro al llegar a su parada. Todavía le quedaba un buen trecho por caminar antes de llegar al andén…, no le iba a dar tiempo.

«Mierda. Todos los viernes igual» pensó. Sabía que en cualquier momento se pondría a pitar anunciando su partida sin ella. Aminoró el paso.

Le tocaría esperar un buen rato en la estación de Sants. Podría haber intentado correr más rápido, pero eso hubiese sido arriesgarse a una caída casi segura. Con los zapatos que llevaba ya sabía que tenía todos los números de perder el tren... Pero valía la pena ponérselos, no cabía duda, entre los tacones y la minifalda sabía que era el foco continuo de las miradas furtivas de los hombres, y alguna que otra mujer. Ella era bajita; así que los tacones eran su oportunidad de ganar unos cuantos centímetros —y nunca desperdiciaba esa oportunidad—. Le encantaba caminar siendo el foco de atención. Además, realzaban la forma de sus piernas y hacían que su pequeño culo pareciera más grande. Siempre se lo habían dicho, y eso le encantaba, le encantaba sentir despertar deseos velados de desconocidos, era algo que la excitaba y la alejaba de los problemas de una realidad cada vez más difusa y apagada.

La carrera la había dejado agitada. Sus pechos parecían que se resistían a seguir dentro de la camisa. Cada vez que tomaba aire, la presión amenazaba con romper la costura de los botones. Pero ya se podía calmar, asumir que llegaría tarde y tendría que pasar otro día a comprar el regalo para su sobrina. Con suerte le daría tiempo para comprarse algo para la cena o, si no, ya se prepararía cualquier cosa en casa. Lo que sí era seguro era que no podría ver a su madre antes que se fuera a trabajar.

Ya estaba llegando al andén. Se moría por un cigarro. Cuando llegara a Sants compraría un paquete en algún bar y saldría a fumar. Sacó el móvil para ver la hora, ya no llegaría al tren de las ocho. Sin prestar atención se llevó la mano a la boca y mordió la uña del dedo índice. Cuando tomó consciencia de lo que estaba haciendo retiró la mano de la boca con cierta rabia. Quería dejarse las uñas largas, pero la ansiedad le podía. Llevaba todo el día con la sensación de que iba a pasar algo, y no sólo porque era viernes, era como si algo fuera a cambiar, una extraña certeza que la mantenía en un estado de excitación permanente. Esa noche saldría, y seguro que se lo pasaría bien. En cuanto llegara a casa llamaría a las chicas a ver qué hacían, pero saldría sí o sí.

El andén estaba lleno de gente. Pensar que tenía diez paradas hasta la estación de tren le hizo resoplar, le tocaba pasar un buen rato embutida en un vagón caluroso y plagado de gente. Después tenía una hora entera para perder… y no se había traído nada para leer.

Alguien la empujó al pasar pillándola desprevenida. Justo a tiempo, el autor del empujón la cogió del brazo con firmeza— Perdón. Casi te tiro... Lo siento.

Levantó la vista para encontrarse con una sonrisa deslumbrante. El tipo era joven y desprendía un aura de simpatía y una atracción casi indescriptible. Pero no sólo era su aspecto, había algo en él que le transmitía cierta confianza. Algo que irradiaba pero no se veía ¿Un olor?

Tenía la nariz un poco grande, que le resaltaba los rasgos de la cara. Le gustaba su look entre bohemio y arreglado. Pero sobre todo le gustaba la sonrisa. Puede que no se hubiese fijado en él si no fuese por esa sonrisa, hasta parecía que sus ojos también sonreían. No era muy alto, pero le sacaba una cabeza a pesar de que ella llevaba tacones —aunque eso era algo a lo que estaba bastante acostumbrada—. Debería ser unos pocos años mayor que ella.

Sin poder evitarlo se sonrojó y bajó la mirada para decir con un hilo de voz un «no pasa nada» casi inaudible. Se sorprendió ante su propia y repentina timidez. No lo entendía, no podía dejar de mirarlo. Sentía una atracción magnética, algo anormal. Él la miraba y sonreía.

Justo en ese momento llegó el metro y la gente los arrastró en una marea humana que se apelotonaba para meterse en un vagón ya bastante atestado. Durante unos segundos perdió el contacto visual pero logró mantenerse junto a él sin que pareciera nada sospechoso. Quedaron uno frente al otro en un intento bastante digno de que pareciera casual. Eso fue hasta que la gente, que seguía subiendo al vagón, hiciera que se acercaran tanto como para quedar en pleno contacto físico, apretándose.

El calor iba en aumento y comenzaba a sudar, sus pechos estaban clavados a la parte baja del torso de él. Subió la mirada intentando sonreír a modo de disculpa, sabía que tenía la cara roja. Entre los apretones notaba como sus pezones se erizaban. ¿Se habría dado cuenta? Él también le sonreía y vio que estaba rojo, pero pensó que sería del calor ¿O también sería timidez?

Todo en él le era familiar, como una cara de alguien conocido que era incapaz de ubicar. Su olor también le recordaba a algo ya vivido. Había algo en él que le provocaba una atracción irresistible.

En una de las curvas, la inercia los apretó aún más y pudo notar algo muy duro que se le clavaba en la parte alta del vientre. De pronto el mundo se borró y sólo pudo fijar su atención en eso. No podía ser, no podía ser una erección así; en el metro, rodeados de gente. Pero la notaba, no había duda. Levantó la mirada y sus ojos quedaron clavados en los de él, que esbozaba una leve sonrisa cómplice. Eso provocó que una oleada de deseo le recorriera el cuerpo, despertando algo en lo más profundo de su ser, algo que había estado dormido toda su vida y ni siquiera sabía que estaba ahí. Se apretó un poco más contra el cuerpo de él clavando sus pezones contra su pecho sintiendo ese enorme bulto del pantalón cada vez más apretado contra ella. Casi podía visualizar lo que escondía la tela abultada.

En ese momento llegaron a la siguiente parada, la primera de las diez que faltaban para llegar a la estación de tren. Al abrirse las puertas se tuvieron que separar para dejar bajar a los pasajeros que abandonaban el vagón. Antes de que entrara la gente que esperaba en el andén, se intentaron poner lo más juntos posible, pero unas cuantas personas acabaron colocándose entre ellos. Aprovechó para mirarlo, ahora le parecía mucho más guapo que antes. Él la observaba de forma penetrante pero muy agradable. Se sonrieron. Sentía el calor creciendo en su cara. No podía quedarse ahí, quería estar de nuevo junto a él. Las sonrisas tímidas dieron paso a unas miradas cada vez más cargadas de intenciones.

En la siguiente parada, aprovechando que la gente bajaba y subía, y gracias a un par de movimientos nada casuales, se volvieron a colocar uno junto al otro. Esta vez ella estaba con su hombro contra su pecho. No quería darse la vuelta de forma evidente para volver a ponerle las tetas contra el pecho así que, por el momento, se quedó así. De pronto tomó conciencia de que con su cadera le estaba apretando el paquete. Lo notaba abultado contra su cintura y parte de la nalga izquierda. Casi sin pensarlo comenzó a acompañar el movimiento del metro contra el bulto que le apretaba su cuerpo, como si fuese algo involuntario, —sabía que él no lo tomaría así—. Se imaginaba como la polla crecía bajo el pantalón, que le parecía notar cada vez más rígido.

La siguiente parada la pilló desprevenida, y cuando él se separó para dejar pasar a la gente y volvió hacia ella, le dio el tiempo justo para quedar de espaldas contra él y poder apretar su culo contra el hinchado paquete. Él se bamboleaba con el movimiento del vagón. Con cada movimiento notaba como el duro bulto le acariciaba y se apretaba contra su trasero. Le gustaba. Veía en el reflejo de la ventana como él la miraba con deseo. Otra ola de calor y excitación le recorrió el cuerpo. Mirándolo de reojo vio que él no apartaba la vista de ella, una mirada que la taladraba, como si pudiera leerle la mente, como si fuese consciente de la excitación que le crecía por dentro. Eso hizo que volviera a ponerse roja, el corazón parecía que le iba a estallar, le faltaba aire. Notó una humedad creciente entre sus piernas. Acomodó su culo como intentando meterse el paquete entre las nalgas. En la siguiente curva él le clavó el pene como si quisiera romper la ropa que los separaba, y tuvo que hacer un gran esfuerzo para ahogar un suspiro. Se aferraba a la barra para no caerse. Podía ver la mano de él sujeta con firmeza unos centímetros más arriba de la suya. La gente los apretaba y el metro comenzaba a desacelerar al acercarse a la siguiente parada, provocando que la inercia los pegara aún más. Sólo podía pensar en que no se acabara, que no se tuvieran que separar.

En la siguiente parada tan solo entraron unos pocos pasajeros más. Notó que alguien la cogía de la cintura. Se giró, era él que le sonreía con una mirada pícara. Sonrió intentado hacerlo de la forma más sensual posible. Él, con la mano que la tenía cogida de la cintura, la apretó contra su miembro. Se acomodó para asegurar que le quedara entre las nalgas. Los dos estaban sudando.

Sin saber muy bien cómo, de pronto tomó conciencia de que estaba por llegar a su parada. No supo qué hacer, no quería parar, no quería separarse. Tenía que pensar algo… rápido.

Poco antes de la parada se giró para mirarlo con un gesto entre invitación y súplica. Él la atravesó con la mirada. Juntando todo el valor que pudo, alcanzó a decir:

—Me bajo en la siguiente.

Él, bajando la cabeza para que quedara a la altura de su oído, contestó:

—Yo también.

En cuanto paró el metro y se abrieron las puertas, él la dirigió hacia afuera sin soltar las manos de sus caderas. Una vez fuera, se apartó un momento para verlo de cuerpo entero y asegurarse que seguía ahí. Él, con una mirada confusa y divertida, no pudo ocultar una erección enorme que se dejaba ver en su entrepierna. Era muy atractivo. Se sentía como drogada, sólo podía pensar en aliviar el deseo que la turbaba. Tenía la mente nublada, el corazón le latía con fuerza y su libido se estaba apoderando de su voluntad. Él, sin previo aviso la cogió de la nuca y acercó sus labios a los suyos. Pasada la primera sorpresa se abalanzó sobre él besándolo con toda su lengua, abrazándolo, apretándose contra él. Nunca había sentido un deseo tan grande. Algo ajeno a ella y que nunca había experimentado se apoderaba de su voluntad. Notó cómo su cuerpo se estremecía. ¿Podría tener un orgasmo con un simple beso? Estaba muy caliente y mojada.

La acorraló contra la pared apartándola del paso de la gente que caminaba compacta hacia la salida del andén. La seguía besando, acariciándole el pelo, bajando por su espalda, mientras se aseguraba de tener su paquete bien apretado contra el cuerpo de ella.

Él se sentó en un banco. El andén había quedado casi desierto. Se sentó sobre él, encarándolo, notando como sus manos le acariciaban la espalda y se deslizaba bajo su falda, tocando sus braguitas empapadas. Podía sentir su polla por bajo la tela del pantalón, notaba lo dura que estaba, y no pudo evitar pensar que el pobre debería estar sufriendo con tanta presión ahí dentro. No podía evitar mover la pelvis buscando que su mano se metiera más adentro. Su cuerpo entero se estremecía de un placer extraño y nuevo.

En ese momento llegó otro metro cargado de gente. Él se separó un instante, ajeno a la gente que pasaba y los miraba con interés. La cogió de la mano y la llevó por el pasillo. Se siguieron besando en la escalera mecánica. Salieron al hall principal de la estación de tren.

—Busquemos un sitio más tranquilo —le susurró él al oído.

—Sí —respondió casi sin aliento—, vamos.

Iban caminando, buscando, como si estuvieran borrachos. De repente vio el lavabo de minusválidos, tenía un cartel de “fuera de servicio”. Se acercó arrastrándolo y abrió la puerta.

El lavabo estaba apartado del pasillo principal tras unos biombos de obra. Alguien había roto la cisterna y sólo quedaba la parte de abajo del inodoro. Olía a pis, pero no tanto como para ser irrespirable. La excitación hacía que sólo pudiera centrarse en él. El fluorescente estaba roto y la luz de emergencia daba a todo una sensación aún más irreal.

Él cerró la puerta y antes de que pudiera terminar de darse la vuelta, ella ya estaba de rodillas desabrochándole el pantalón. Quería liberarlo de toda la presión que estaba sufriendo. En cuanto quitó los botones su miembro salió de forma violenta. Notó su alivio. Observó ese pene espléndido con ansiedad y sin poder evitarlo le dio un beso en la punta. Levantó la vista para sonreírle mientras cogía el tronco de la polla con su pequeña mano. Lo golpeó varias veces contra su lengua y luego lamió toda la circunferencia del glande, antes de metérselo entero en la boca. Lo necesitaba tener dentro. Lo metió todo lo que pudo. Pronto sintió que casi lo tenía en su garganta. Comenzó a chuparlo de una forma frenética, ayudándose de una de sus manos mientras con la otra apretaba el culo de él, empujando hacia sí misma para poder metérselo más y más adentro. Podía escuchar sus gemidos mientras succionaba con fuerza. Notó como la cogió del pelo, haciendo que lo mirara a los ojos, eso pareció excitarlo muchísimo.

De forma apresurada él la levantó y la giró contra la pared, la puso de rodillas sobre el inodoro. Le levantó la falda dejando sus húmedas braguitas expuestas. Comenzó a lamer por encima de la tela, chupando todo el jugo que había soltado su coño excitado e hinchado. Estaba empapada. Sentía como le daba mordiscos suaves mientras las manos subían por su vientre y comenzaban a acariciar sus tetas. Poco a poco quitó los botones de su camisa para meter la mano y apretar sus pezones. Estaban duros y erguidos, la presión de los dedos contra ellos hizo que una oleada de placer recorriera su cuerpo haciéndola suspirar. Creyó que iba a correrse, quería dejarse llevar pero no correrse tan pronto, aunque estaba segura que no lo haría una única vez. Él le apartó las braguitas y comenzó a chupar su coño como si quisiera beber de su jugo, le lamió de forma insistente el clítoris y de ahí pasó a la entrada de su vagina donde metía y sacaba la lengua de forma pausada y suave, penetrándola con la punta de la lengua. La recorría por todo su coño hasta llegar a su ano, que se lo lamió por fuera y fue metiendo la lengua poco a poco mientras no dejaba de apretar los pezones. Lo quería dentro, necesitaba algo más que la lengua, pero él seguía chupando y metiéndole la lengua de forma alternativa entre su coño y su ano, mordiendo con una suavidad húmeda por los alrededores.

Su vagina y su ano se fueron dilatando invitando a entrar más adentro a esa lengua que no paraba de moverse. Comenzó a sentir como le subía un orgasmo y comenzó a estremecerse. Le cogió de la cabeza para apretarla contra su culo, hundiéndola entre sus nalgas. Él siguió metiéndole la lengua hasta que se apartó un momento. Notó que su culo, mojado de sus propios jugos y la saliva de él, ya estaba lo bastante dilatado. Él se levantó y metió muy despacio el glande, eso le hizo retorcerse de placer. Apretó su culo contra él gimiendo, notando como el pene entraba más y más dentro de su cuerpo, abriéndose paso. No hicieron falta ni dos movimientos para que sintiera un fuerte orgasmo. Nunca había tenido un orgasmo anal como aquel, estaba fuera de control. Él siguió moviéndose, apretando dentro suyo. No paraba de estremecerse de placer, separó sus nalgas para tenerlo más adentro. Notaba los golpes de los huevos contra su coño. Él sacaba y metía su polla casi entera, pero dejando siempre la punta dentro. Tenía espasmos con cada embestida. Notaba como caía el jugo de su propio sexo resbalándose por las piernas.

Él la sacó y la levantó del retrete. Pudo ver que su erección era enorme, el glande estaba púrpura.

—Súbete —le dijo él cuando se sentó en el inodoro.

Antes de subirse no pudo evitar volver a chuparle la polla, lamiendo y succionando de forma incontrolada mientras él gemía. Sabía que podía tener otro orgasmo. Se sentó sobre él, dejando sus tetas a la altura de su boca y le acercó una para que le chupara el pezón. Introdujo su pene dentro de su coño con facilidad, lo que hizo que se arqueara de placer dejando sus tetas expuestas. Él aprovechó para apretarlas y lamer sus pezones turnándoselos cada pocos segundos. Mientras lo cabalgaba, él deslizó su mano por su espalda, buscando. Deslizó dos dedos dentro de su dilatado ano, provocándole un placer enorme. Comenzó a follarse los dedos con el culo y la polla con el coño, sintió cómo le subía un nuevo orgasmo que la hizo gemir de placer de forma descontrolada. Él también gemía, cada vez más fuerte. De pronto tuvo miedo a que se corriera dentro. Pero también quería que la llenara de semen caliente, lo deseaba más que nada, de una forma irracional. No podía parar, el orgasmo no acababa nunca y se iba haciendo cada vez más intenso, él tenía los dedos metidos hasta los nudillos en su culo y ella no paraba de mover las caderas sobre él teniendo espasmos simultáneos en su coño y ano.

Sin que parara el orgasmo pudo sacarse la polla —a pesar de la resistencia de él— y volver a chupar. Quería su semen, lo quería todo. Mientras chupaba y succionaba se masturbaba. Su ano seguía teniendo espasmos. No hizo falta chupar mucho más para que él comenzará a intentar salirse de su boca.

—Me corro —gimió.

Pero no paró, metió la polla todo lo que pudo dentro de su boca y siguió de forma salvaje hasta lograr su objetivo: que se corriera. Nunca le había gustado el sabor del semen, pero de una forma irracional quería que se corriera, quería tener su semen caliente en la boca.

Él se estremeció, gimió y se corrió de forma abundante en su boca. Desconociéndose a sí misma comenzó a tragarlo sin dejar caer nada. Siguió sin parar hasta que no quedó nada por tragar y siguió chupando. Seguía envuelta en un orgasmo interminable, en esa nube de placer que parecía no tener fin. Se seguía masturbando y lo seguía chupando, no podía parar, era algo superior a ella. Pillándola bastante desprevenida, se volvió a correr en su boca. Lo volvió a tragar con una sonrisa, entre sorprendida y gratificada. Después se comenzaron a calmar mientras él le acariciaba el pelo, entrando en un estado de relajación muy placentero.

Se sentía bien y muy tranquila. En un estado de paz total que la unía de forma muy íntima a él, como algo familiar. Ambos respiraban de forma agitada.

Se besaron un par de veces más entre jadeos. Se pusieron bien la ropa y, abriendo la puerta tan solo unos centímetros, se aseguraron de que no hubiese nadie fuera. El pasillo estaba desierto, abrieron la puerta y salieron del lavabo entre risas ahogadas.

Le daba vergüenza a esas alturas pero no podía esperarse más. Así que intentando parecer lo más tranquila posible le dijo:

—¿Cómo te llamas? —mientras se le escapaba un suspiro como si acabara de correr una maratón.

Él sonrió con una timidez que no había visto hasta ese momento.

—Raúl, ¿y tú?

—Julia —dijo devolviéndole la sonrisa. Se sintió bastante torpe.

—¿Quieres ir a tomar un café?

Julia había sacado el móvil del bolso para comprobar que había perdido el tren, no saldría otro hasta una hora más tarde. Tampoco le importaba. La pregunta le hizo sonreír.

—...¿café? —repitió un poco incrédula.

—O... ¿mejor una cerveza? ¿O ir a comer algo, mejor? —dijo él mientras la cogía de la cintura y la acercaba, besándola en los labios.

—Vale, llévame a donde quieras —le dijo al oído mientras le acariciaba el paquete. Se moría por un cigarro— ¿Fumas?

—Tabaco no —dijo él.

Julia sonrió.

No había más. Ahí acababa el borrador. El corazón de Carmen latía con fuerza. Notaba su cara caliente y pensó que se debería haber puesto roja, estaba excitada aunque avergonzada. ¿Qué pasaba por la cabeza de Alberto? ¿Cómo podía escribir esas cosas? Ella esperaba algo más suave pero eso era porno. Mientras había ido leyendo notaba como su coño se hinchaba, se metió la mano bajo las braguitas «Estoy chorreando». Se levantó de la cama y fue al lavabo a secarse, seguía con la mano dentro de las braguitas y con una tentación creciente de acariciarse, pero no, ella no era de masturbarse. Además, dentro de poco llegaría Alberto y lo último que le apetecía era que la encontrara en medio de un orgasmo. En el lavabo pensó en ducharse aunque imaginó la cara de satisfacción de Alberto cuando la viera con el pelo mojado. No quería darle ese gusto y prefirió limpiarse en el bidé. Tenía el clítoris hinchado y el contacto con el chorro del agua le estaba dando un placer que le costaba cortar, no parecía que fuera muy buena idea para tranquilizarse.


Cuando Alberto llegó con la compra ella ya estaba preparando la cena y recompuesta. No podía quitarse de la cabeza la escena del lavabo que había leído antes. Era muy guarro, todo demasiado detallado, pero también era como si Alberto hubiese estado allí con ella todo el rato. Sólo recordarlo la volvía a excitar.

¿Lo has leído?

Sí, todo. Hasta que salen del lavabo —dijo y haciéndose la ofendida agregó—. Estás muy mal de la cabeza. —Mientras le daba golpecitos en el pecho y él se reía—. ¡Eres muy cerdo!

Entonces… ¿te ha gustado?

¿De verdad te gustan esas cosas?

Es literatura, no algo que vaya haciendo yo por ahí.

¡Joder! ...y en el metro. —No lo decía enserio, seguía avergonzada. Alberto salió de la cocina en silencio.

¿Lo seguirás leyendo? —preguntó desde el pasillo.

Claro, quiero ver que más pones.

Ya te he puesto más en el libro, ya me dirás que te parece.

Él sonrió. Carmen sabía que había un juego en todo eso y le gustaba. Acabaron la cena y no volvieron a hablar del tema del borrador.

Les gustaba fumarse un porro a medias antes de dormir; siempre lo hacían. Alberto se quedó dormido al poco tiempo pero ella no podía, sin poder evitarlo le venía a la mente las escenas del metro y el lavabo. Se imaginaba ser Julia, y se imaginaba cómo sería sentir eso, Raúl se le mezclaba con Alberto, sabía que era Alberto. Se levantó intentando no hacer ruido. Al llegar al comedor vio el libro sobre la mesa. No sabía cuándo Alberto lo había dejado ahí. Toda la casa estaba en silencio salvo el ruido del segundero del reloj de la pared. Se acomodó en el sofá y siguió leyendo.

Raúl


Todavía no podía creerlo. Nada de lo que había pasado era algo que se hubiese podido imaginar tan solo un par de horas antes. Julia era muy atractiva, pequeñita pero sexy y despertaba su libido como ninguna otra mujer lo había hecho. Algo precioso y salvaje al mismo tiempo. Seguía atrapado por su torbellino a pesar de acabar de correrse dos veces seguidas. Sólo pensar en eso lo sorprendía y lo excitaba, jamás se había corrido dos veces seguidas. Y lo había hecho en su boca, en esa boca de labios carnosos que ahora le sonreían.

Salieron de la estación y caminaron un rato entre los coches aparcados. La gente caminaba en dirección contraria. Se estaba haciendo de noche pero el calor no disminuía, sería una noche calurosa de esas que lo hacían dar vueltas sudando en la cama.

—Me gusta tu nombre, Julia, es muy bonito y no muy común —dijo intentando sacar algún tema. Aunque ese le pareció el peor que pudo escoger.

—Pues yo conozco unas cuantas.

—El mío sí que es común —eso hizo que Julia sonriera. Su sonrisa era hermosa y espontánea.

—¿Sales con alguien? —Había hecho la pregunta sin pensarla y ya se estaba arrepintiendo al momento de soltar la última sílaba.

—Eres un poco cotilla, ¿no? —le dijo Julia con una indignación fingida y después estalló en una carcajada— ¡Qué cara se te ha quedado! —Pero al poco tiempo recuperó como pudo la compostura— Perdona, era una broma. No, no estoy con nadie, ni novios, ni maridos, ni líos.

—Eres una graciosilla, ¿eh? —le dijo Raúl sonriendo y ambos se rieron juntos.

—Y tú, ¿estás casado? —le preguntó Julia.

—No.

—Entonces... ¿Vives sólo?

—Más o menos... Comparto piso.

—¿Con tu novia?

—No, con otra persona. —Raúl pensó que no había nada de malo en que esa persona fuese una mujer, una amiga de hecho… pero no le pareció prudente sacar el tema en ese momento.

—¿Nada? ¿Ni un rollete?

—No —sonrió. De forma involuntaria le vino la imagen de Laura.

Laura


Laura fumaba dando largas caladas mientras se arreglaba las uñas. El porro le iba haciendo efecto, dándole una sensación de confort y ensueño. Terminó de fumar mientras se le secaban las uñas. Siempre quedaba un poco mareada, pero se le pasaba enseguida.

Se quedó acostada en el sofá mientras veía la tele. Sin saber cómo, empezó a pensar en el pene de Raúl, hacía tiempo desde la última vez que le había hecho una mamada pero lo recordaba con todo detalle. «Ahora le haría una» pensó y eso le hizo sonreír.

Nunca había estado enamorada de él, pero sabía que lo quería, como a un hermano tal vez; bueno, no, nadie se tira a su hermano, por lo menos nadie que no esté enfermo del cerebro. A pesar de eso le atraía, como algo físico, sexual y, aunque se hubieran acostado juntos unas cuantas veces, seguían llevándose bien. En el fondo era la relación ideal. Los dos habían traído de vez en cuando algún ligue pero jamás habían sentido celos.

Hacía ya como dos meses que no salía con nadie. Recordar que estuvo con el imbécil de José María la irritó. Ese subnormal con su pene que no sabía ni cómo usarlo. «Hay tíos que piensan que follar es correrse lo más rápido posible». Quería encontrar a alguien con quien follar como lo hacía con Raúl, jugando, de una forma natural. ¿Por qué no podía ser Raúl? Ella no quería cristalizar la idea de plantearse una relación seria con él, pero ¿no tenían ya algo parecido a eso?

Se levantó y fue a buscar una cerveza a la cocina. Cuando abrió la nevera vio las botellas de vino blanco y cambió de idea. Descorchó una botella y se la llevó, junto a un vaso, al comedor.

Cuando volvía al sofá vio su reflejo en el espejo. Toda despeinada, larguirucha y flaca, caminando un poco encorvada. Se puso recta de forma instintiva. El pasillo estaba lleno de lienzos, tenían la casa hecha un asco. «Bueno, es lo que tiene ser una artista» pensó con una sonrisa. En la tele dejó puesto un canal de música y se puso a ver vídeos mientras bebía el vino a tragos lentos, saboreándolo. No quería comer pero el porro le estaba haciendo tener cada vez más hambre. Volvió a pensar en Raúl ¿dónde estaría? Si estuviese en casa estarían los dos fumando y bebiendo. Después podrían salir a cenar algo… o ir de tapas y juntarse con los demás. O se podrían quedar en casa…, «Le chuparía la polla», pensaba mientras bebía a sorbitos el vino. «Me tiraría vino en las tetas y se lo haría chupar». Se estaba poniendo cachonda, se acarició por encima de las braguitas y notó que estaba hinchada y húmeda. «¿Dónde se había metido? ¿Iba a ir a lo de Xavi o iba a venir directamente?» No recordaba que dijera nada al respecto.

Cogió el teléfono y miró; ningún WhatsApp. Lo dejó caer a su lado en el sofá mientras seguía acariciando distraídamente sobre las braguitas. Ahora ya sólo podía pensar en Raúl. «¿Le digo que vuelva ya?» Se preguntó, primero pensó en poner alguna excusa, pero no se le ocurría nada…, le podría decir que había preparado algo para cenar y que se pasara antes de salir. Había quedado con los demás a partir de las once de la noche en El Pinchito, el bar donde solían tomar algo. «Pero si está con Xavi, igual se vienen juntos» Eso le hizo pensar en Xavi y Raúl…, los dos juntos con ella. «No estaría mal», pero sabía que eso era algo irreal, además eso sí que sería cagarla con Raúl... y con Xavi. Una cosa era sexo esporádico con Raúl y otra comenzar a tirarse a todos los amigos. «Además Xavi es un capullo enamoradizo». Lo que tenía con Raúl no era algo que pudiera tener con cualquiera.

Raúl


Estaban tomando unas cervezas con unas patatas fritas de bolsa en un bar cercano a la estación. Raúl no podía dejar de mirar a Julia, era como si nunca hubiese visto a una mujer tan hermosa y atractiva. No quería separarse nunca de ella. De vez en cuando el móvil de ella vibraba al llegarle un mensaje, ella dejaba la conversación un momento para leerlo y luego seguir hablándole. Salvo esos momentos, no apartaba la mirada de él. No paraba de sonreírle y según se conocían, cada vez la veía más hermosa y atractiva.

—No pienses que esto lo hago siempre —le dijo Julia con cierto rubor.

—¿El qué? ¿Tomar unas cervezas?

—No tonto... —Notó que se ponía roja—. Tirarme a un desconocido en un lavabo.

—Ni yo... —Raúl sonrió—. Quiero decir… a una desconocida. No a un desconocido, ¡eh! ¡Que tampoco! —Se estaba liando, se sentía como un payaso. Julia rio, con una risa que le rebotó en el pecho a Raúl.

—¿Cómo puedes ser tan bonita? —le había salido casi sin pensarlo, sonaba cursi, pero no le importaba.

—Tonto —le sonrió Julia.

—Lo digo de verdad, eres perfecta. Me parece increíble que estés soltera.

—Eso es que me ves con buenos ojos —dijo distraída. Y tras una corta pausa, como volviendo de sus pensamientos, agregó—: gracias. No me van mucho los cumplidos.

—No lo son, sólo digo lo que veo. —Esta vez sí se arrepintió de ser tan cursi, pero ¿qué le pasaba?

Julia volvió a reírse, y se estiró para besar a Raúl, metiendo su lengua dentro la boca de él y dejándole el sabor de su boca..., cerveza y un fondo de patatas, para luego perderse en su lengua y sus caricias.

—Tengo hambre ¿pedimos algo de comer? ¿o vamos a otro sitio? —le dijo mientras miraba a Raúl con deseo.

—¿Te gusta el japonés? Hay uno aquí cerca bastante bueno. —Por la expresión de la cara de Julia parecía que ese no era “el otro sitio” que pensaba. Se sentía torpe y gilipollas.

—Vale, terminamos las cervezas y vamos. Deja que avise a mi madre que llegaré tarde.


Ya se había hecho de noche, la pequeña brisa cálida que soplaba entre las calles estrechas daba un punto de irrealidad a todo. La oscuridad y el calor daban una familiar sensación de intimidad. Como si la noche fuera un techo que se extendía sobre los edificios. Como estar en una bañera cálida y oscura.


Caminaban pegados, hablando de cualquier tema, como desesperados por conocerse. A Raúl le había sorprendido como le había costado a Julia explicar en que trabajaba, la verdad era que no lo había entendido bien, pero no quería que pensara que era tonto, así que dejó de preguntar sobre el tema. En cambio su trabajo era mucho más fácil de explicar.

—¿Hace mucho que haces tatuajes? —A Julia le fascinaba la profesión de Raúl— No te he visto ninguno ¿los tienes muy escondidos? —Se había sacado un cigarrillo del bolso (de los que compró en el bar) y se lo estaba encendiendo.

—No tengo ninguno... ya sé que es raro, pero nunca me he decidido por nada como para comprometerme para siempre.

—¡Te puedes tatuar mi nombre! —Julia reía mientras lo decía— Un “Julia” con letras grandes que te cubran todo el brazo.

—¡Sí, claro! —Raúl también reía con todo el cuerpo—, ¡e ir marcado como una vaca! Además dicen que da mala suerte tatuarse el nombre de tu pareja.

—¡Hala! ¿Pareja ya? —Se reía Julia mientras se colgaba del brazo de Raúl. Él la apretó contra sí mismo y la besó en los labios

— ¿No te parece bien?

Julia le contestó comiéndole la boca.

—Es extraño, es como si no pudiera separarme de ti —dijo Raúl —. Es todo como un sueño ¿No te parece?

—Sí, pero no me quiero despertar. Nunca me había sentido así.

—Ni yo.

Se quedaron unos segundos en silencio y eso lo reconfortó aún más. Era como si eso aumentara la sensación de intimidad. Se abrazaron mientras caminaban por la calle hasta llegar a una puerta con un par de telas negras colgadas.

—Es aquí —indicó Raúl manteniendo la puerta abierta y, cogiéndola de la cintura, la guió hacia el interior, mientras Julia entraba con cara de sorpresa al japonés.

Laura


Estaba en braguitas en el sofá y seguía teniendo calor a pesar de estar todas las ventanas abiertas. Casi se había acabado la botella de vino, se encontraba muy a gusto y bastante borracha. La televisión seguía a lo suyo, con los videos musicales de fondo, mientras ella se masturbaba de forma distraída. De repente, como una bofetada de realidad, tuvo miedo a que Raúl entrara y la encontrara así. Pero salvo esa primera sensación desagradable, se excitó mucho más al imaginarse que él entraba y la miraba mientras ella se acariciaba el clítoris y bajaba por sus labios deslizando los dedos dentro. No pudo más y se quitó las braguitas. Tanteo sin mirar en la librería que estaba detrás del sofá y, tras el libro de Anaïs Nin, sacó un consolador. Siempre lo tenía ahí para situaciones como esa. Lo chupó imaginando que era la polla de Raúl y luego se lo metió, como si fuese él quien la penetraba de forma suave y luego cada vez más fuerte. No le hizo falta mucho más para llegar al orgasmo. Se corrió de una forma suave y tranquila.


Un poco más tarde el hambre la venció y fue a buscar un poco de pizza fría de las sobras del día anterior. Volvió a mirar el móvil; sólo mensajes de su hermana que no se aclaraba con un vestido; y Marta que quería ir a dar una vuelta, tomar algo y después ir a bailar. Siempre estaba igual, siempre intentando ligarse guiris o cualquier subnormal de cejas depiladas. Nunca se ponían de acuerdo por donde salir y menos en los tíos. Y la última vez la había liado con el imbécil de José María, su puta moto y su musculitos depilados. No le hacía ninguna gracia salir con un tío que se cuidaba más que ella. Le había dado una oportunidad porque no tenía nada mejor pero no pretendía volver a hacerlo, por lo menos no con alguien que follara tan mal como José María. Pero bueno, siempre que bebía un poco, esas promesas se esfumaban.

Cogió el teléfono y llamó a Marta. Quedaron en una hora para que la pasara a buscar. No sabía que haría Xavi. Solían salir los cuatro muchas veces, junto con Raúl. Pero, que ella supiera, sólo Raúl y ella se habían liado alguna vez.

Se quedó unos minutos en el sofá estirada, pensando en si llamaba o no a Raúl. Era raro que no hubiese dado señales de vida. Se decidió por la solución más elegante, le mandó un WhatsApp intentando que fuese lo más inocente posible.

«Hola, capullo!»

«Nos vamos con Marta a tomar algo y veremos qué hacemos luego»

«Si no tienes planes dame un toque y te vienes.»

«No se admiten excusas, eh!»

Dejó el móvil y se fue al baño esquivando pinturas, telas y pinceles. Todo era suyo. Tenía que recoger todo eso o Raúl se acabaría cabreando. Se quitó el sujetador y se dio una ducha rápida.

Carmen estaba cansada, no había habido mucha “acción” en las últimas páginas, no sabía por dónde saldría Alberto con la historia de Laura, pero le parecía que podía tener potencial. Le costaba reconocerse en Laura, la veía con una seguridad y naturalidad extrañas.

Cerró el libro, se fue a su habitación y se deslizó en la cama. Seguía pensando en Raúl y Julia restregándose en el metro, besándose como adolescentes que no se podían controlar, dominados por un deseo exagerado, follando en un lavabo como animales. Eran muy guarros, sin pararse a pensar nada, sólo sexo. Cuando volvió de sus pensamientos se dio cuenta que se había llevado la mano bajo sus braguitas y se acariciaba el clítoris hinchado. Pensó en despertar a Alberto, pero le dio pena. Quería despertarlo con una mamada, notar como su polla crecía en su boca. Pero no, mejor dejarlo dormir, al día siguiente se tenían que levantar pronto. Se intentó tranquilizar, pero tardó un buen rato en conciliar el sueño.


Se levantó antes que Alberto y se dio una ducha. Cuando fue a la cocina Alberto ya estaba preparando el desayuno.

¿Has leído un poco más? El Kindle estaba en el comedor —le dijo con una sonrisa pícara.

Sí, ya ha aparecido la compañera de piso ¿Para qué la pones?

Creía que haría más interesante la historia

¿No es un poco irreal? Digo lo de ayer… Yo no me tiraría a un desconocido en un lavabo. Y menos tragarme el semen así como así.

Son fantasías, no quiere decir que las hagas.

Ya... no sé…

A ver... Dime cosas que te exciten ver o imaginar, no que lo vayas a hacer tú misma.

Ya sabes lo que me excita. —A Carmen le daba vergüenza decir algo que fuese demasiado guarro.

Sé lo que te gusta hacer, no lo que te gusta imaginar.

Me da vergüenza. Lo hablamos esta noche, ¿vale?

¿Te llevas el libro al tren?

Pero no leeré eso, prefiero leerlo en casa.


Cuando volvió por la tarde fue un no parar, comprar para la cena, ir a mirar ropa con su hermana, pasar por casa, dejar las cosas y preparar la cena. Terminó justo a tiempo para que llegara Alberto de una de sus reuniones.

Cuando ya estaban en la cama y con la casa en silencio Alberto le preguntó qué le gustaría que saliera en el relato mientras le pasaba el porro. Ella fumó pensativa.

Podrían follar en la bañera, de pie no, si es bajita.

Sí, eso podría estar bien.

También estaría bien que follaran en un parque o que le hiciera una mamada.

Bueno hay más personajes.

Pero a mí me gusta Julia ¿no soy yo?

Tú eres las dos, un poco de cada.

Eso le gustó, le hizo sentirse sexy. Él pensaba en ella cuando escribía. Sin saber por qué eso la excitó.

De pronto noto que él le metía la mano entre las piernas y comenzaba a acariciarle bajo las braguitas. Se iba a dar cuenta que estaba húmeda. Ya tenía un dedo dentro mientras con la otra mano le acariciaba las tetas y comenzaba a besarle el cuello.

¿Te excita que escriba esto?

Sí —dijo ella con la respiración entrecortada, buscando la polla de Alberto bajo sus calzoncillos y encontrándosela ya dura.

¿Me ayudarás a escribirlo? —dijo mientras acercaba su polla, apartando sus braguitas y metiéndole la punta —¿Qué pondrías? Algo bien guarro.

No sé, me da vergüenza. —Ella comenzó a usar la polla de Alberto como un consolador. La empujó hacia dentro y entró — Me gusta el sesenta y nueve... —dijo entre gemidos —Y que me chupes.

Él le levantó las piernas y metió su miembro dentro de ella, sintió un leve dolor que se amortiguó con los movimientos que iba haciendo.

También... podrías poner que se chupen con vino, o cava.

Le estaba costando hablar, cada vez estaba más excitada. Los movimientos de Alberto se iban haciendo cada vez más rápidos, mientras ella comenzaba a sentir como se contraía todo su cuerpo anticipándose al orgasmo. Se corrió pero no de una forma salvaje, fue algo cómodo y agradable, tranquilo. Al momento se durmió.


Alberto le había prometido que le dejaría nuevas páginas en el libro electrónico al día siguiente. Ella esperó impaciente a volver a casa para leerlas. Había tenido que dejar el libro para que Alberto le pusiera algo nuevo y no pudo releer nada de lo que ya estaba escrito.

Cuando llegó Alberto no estaba. Sobre la cama encontró el libro electrónico. Lo abrió y apareció el borrador. Pasó las páginas hasta donde había llegado la última vez, pero esta vez no acababa. Seguía unas cuantas páginas más.

Se quitó la ropa quedando solo con las braguitas y se puso a leer.

Julia


Había comido en varios restaurantes japoneses pero este era distinto. Era muy pequeño, casi un pasillo. Sólo había espacio para una barra y un par de mesitas al fondo. Los cocineros estaban vestidos con unos kimonos blancos estampados con dibujos en azul marino, y unos gorros pequeños de cocinero de la misma tela. El local estaba casi vacío salvo por un par de personas que estaban comiendo en la barra. Parecía como si lo hubieran sacado de una película japonesa.

Raúl la condujo a una de las mesas libres que estaban al fondo. Enseguida apareció una chica con un kimono azul a tomarles nota. Todo eso le daba un aire mucho más onírico a todo. Desde que había subido a ese vagón de la línea azul estaba viviendo a dos pasos de la realidad, todo parecía igual pero todo era distinto. Ella se sentía distinta.

—¿Traes a muchas chicas por aquí? —No estaba muy segura de si estaba bien hacer esa pregunta.

—Venimos con los colegas de vez en cuando, nos gusta bastante.

—Se ve muy auténtico.

—Es que son japoneses de verdad.

—Pues ya me recomendarás lo que pido.

—Claro, ¿te gusta el sushi y el udon?

—El sushi sí, el udon no sé lo que es.

—Los fideos gordos —dijo Raúl como si fuese algo que todo el mundo conocía. Julia asintió para no quedar en evidencia. No tenía ni idea de qué hablaba.

—No los he probado, pero los pedimos, así ya sé qué son. Me encanta probar cosas nuevas —dijo guiñándole un ojo.

Cada vez que miraba a Raúl se sorprendía de su atractivo. Era como hipnótico mirarlo. Como si fuese un modelo. No tan alto ni tan aniñado pero indudablemente la de una forma irresistible. Había ganado enteros desde que lo vio por primera vez.

Laura


Estaba vestida y secándose el pelo cuando sonó el interfono. Era Marta.


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