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INTELIGENCIA SEXUAL

Sonsoles Fuentes

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Edición en formato digital: Mayo de 2017

©Sonsoles Fuentes, 2012, 2017

Edición en papel:

Primera edición: febrero de 2012

ISBN Papel: 978-84-15115-85-4

© 2012, Sonsoles Fuentes





Tabla de Contenidos

Introducción. ¿Sexualmente inteligentes?

Capítulo 1. ¿Qué pasa en la cabeza?

Capítulo 2. Con los cinco sentidos

Capítulo 3. El animal que llevamos dentro

Capítulo 4. Sentimientos y emociones

Capítulo 5. Échale imaginación

Capítulo 6. Un hombre, una mujer, o sencillamente tú

Capítulo 7. El aprendizaje que no cesa

Epílogo. Potencia tu inteligencia sexual

Sobre la autora





Introducción

¿SEXUALMENTE INTELIGENTES?





¿Otro libro de sexo?

Sí, mamá, otro.

Empecé a escribir sobre sexualidad por dos motivos. Me espoleaba la curiosidad, esa cualidad con la que nacemos los humanos, aunque algunos la pierden al crecer, la capacidad de emprender la aventura del conocimiento que nos permite huir del tedio, el sencillo placer que nos proporciona aprender y explorar. La otra razón fue escapar de la sensación de ser una rareza, un ser extraño. Porque cada uno es como es, de acuerdo, pero todos tenemos la necesidad de sentirnos integrados en la sociedad que nos rodea, de que no nos marginen, de ser alguien singular y, al mismo tiempo, formar parte de la manada.

Hace unos ocho años anduve navegando entre artículos sobre la imaginación erótica de las mujeres y los hombres, textos en los que se vertían las mismas ideas. Todos ellos aseguraban, sin aportar informes que lo corroboraran, que las fantasías femeninas solían adornarse de romanticismo, mientras que las de los hombres eran de contenido explícitamente sexual.

Mi primera reacción fue de perplejidad. Yo tenía, tengo, fantasías románticas, sí. Pero cuando el deseo hace presencia, las ensoñaciones son de otra índole, de sexo mucho más explícito, sin velas, sin flores, sin chimeneas ni cálidos atardeceres. Me pregunté entonces si las mías serían fantasías masculinas, si no correspondían a mi género, si acaso sería menos mujer que las demás. ¿Y mi modo de sentir la sexualidad, sería también diferente al de otras mujeres? ¿Existe una manera femenina de sentirla? ¿Existe una masculina? ¿Se despierta nuestro deseo con diferentes estímulos? ¿Acaso no afrontamos las primeras experiencias con los mismos miedos? Y por más sexo que hayamos practicado, al rozar nuestra piel con la de alguien nuevo y desconocido, ¿no nos hallamos igual de perdidos?

¿Qué buscamos hombres y mujeres en el sexo? ¿Qué busca cada uno de nosotros en el sexo? ¿Un placer efímero? ¿Unos momentos de cariño? ¿La conexión amorosa? ¿La atención mutua de nuestras emociones? ¿Poseer al otro? ¿Alimentar nuestro ego? ¿El reconocimiento? ¿La felicidad?

Una primera toma de contacto con las amigas me hizo ver que no era la única que alguna vez se había preguntado para sus adentros si no sería sexualmente anormal. ¿Y si no era nuestra imaginación erótica o nuestra sexualidad la que se equivocaba? ¿Y si eran las teorías sobre nuestra manera de gozar o estimularnos las que no atinaban o mostraban una visión sesgada de la realidad?

Así amplié el estudio a personas ajenas a mi entorno, de diferentes edades, nivel formativo y situación económica.

Una de las conclusiones a las que pude llegar, tras recibir las primeras respuestas a mi cuestionario, es que la gente sentía una enorme necesidad de hablar de su sexualidad, de desnudarse sin exhibirse, de encontrar oídos a los que expresar sus miedos, sus dudas y compartir sus experiencias. En este sentido, después de aportarme sus valiosos testimonios, la mayoría de las personas que han participado en los diferentes estudios se han mostrado agradecidas.

Aunque soy yo quien más tiene que agradecer a quienes han participado con las valiosas y sinceras respuestas a mis preguntas. Ellos y ellas me han dado la oportunidad de realizar un fabuloso viaje a través de sus trayectorias, he aprendido a mantener una mente abierta ante los diferentes modelos de sexualidad que aceptan los demás y a adentrarme con más consciencia en mi propio interior.

He comprendido que el sexo no es siempre divertido o liberador, y también que puede hacernos más felices. El sexo es capaz de acercarnos a nuestra pareja hasta lograr una fusión mágica, y capaz, también, de distanciarnos de ella. He contemplado cómo anhelamos relaciones en las que nos sintamos cómodos y seguros, y que al cabo de un tiempo nos aburrimos de esa misma confianza que nos proporcionaba la dicha. He observado que todavía son muchas las personas que no alcanzan la satisfacción en sus prácticas sexuales y otras que, aun logrando una respuesta orgásmica, no se sienten plenas. O bien que aquello que las colmaba de dicha hace un tiempo ahora las deja indiferentes.

De muchas de las confesiones escuchadas se colegiría que, aunque los actos de los seres humanos tienen como principal motivación la búsqueda de la felicidad, son legión quienes parecen empujados por fuerzas ocultas a adquirir extraños hábitos y se comportan una y otra vez de tal modo que acaban siempre sufriendo.

En las últimas décadas hemos asistido a un bombardeo de información sobre el sexo, estadísticas y rankings que constituyen un reflejo de la gran importancia que damos a la sexualidad en nuestras vidas. Sin lugar a dudas, hemos ganado en tolerancia hacia las distintas maneras de vivir la sexualidad y las orientaciones sexuales, también disponemos de una amplia información sobre los hallazgos científicos que se han hecho sobre el cuerpo humano, la genitalidad y la intervención del cerebro en la actividad erótica. Los jóvenes tienen a su alcance múltiples vías para consultar sus dudas sin los tabúes que tuvieron que padecer sus padres y abuelos, asistimos al comienzo de la destrucción de los patrones sexistas, el universo internauta nos permite acceder a productos del mercado del sexo desde el anonimato, expresiones como orgasmo múltiple, postura del perrito o punto G se nos han hecho familiares, y, a pesar de todo ello, de los supuestos avances en la denominada «salud sexual», el mundo de Occidente sufre una avalancha de depresiones, inestabilidades emocionales, trastornos de la conducta, insatisfacciones y pérdida creciente de felicidad que, a menudo, están asociados a la sexualidad y sus dificultades.

Nos hallamos inmersos en un mundo contradictorio. Como amarrados a un péndulo, llegamos volando desde una sociedad que reprimía los impulsos naturales hasta esta otra obsesionada con el sexo y los placeres fugaces e inmediatos. Sin embargo, sus individuos apenas se toman un respiro para pensar en su propia vivencia sexual:

¿Me hace feliz? ¿Es esto lo que deseaba?

¿Es así como quiero vivir mi sexualidad o hago lo que se espera de mí? ¿Obedecen mis actos a mis deseos más profundos o hago lo que dicen otros que me hará disfrutar?

¿Me he enfrentado a mis bloqueos y limitaciones o aún espero a quien venga de fuera para derrumbarlos, al fabuloso o la fabulosa amante que extraiga de mí todo el potencial?

Mientras pongo en práctica las nuevas técnicas que me sugiere el artículo de una revista, ¿atiendo a los pensamientos, sentimientos o emociones que suscitan mis actos?

Tras obtener un orgasmo o el orgasmo múltiple, ¿alcanzo un auténtico estado de bienestar o me sumerjo en una extraña y repentina tristeza? Una vez obtenido el placer, ¿me resulta desagradable la compañía de la persona con la que me acabo de acostar?

Por ello, más allá de manuales que nos enseñen posturas, prácticas y zonas erógenas, considero que vale la pena plantearnos: ¿vivimos nuestra sexualidad con inteligencia? Y antes aún de esa cuestión, cabe preguntarse: ¿qué es la inteligencia sexual? O bien: ¿cómo es una persona sexualmente inteligente?

Soy animal de costumbres, de modo que para iniciar este nuevo estudio, no he podido reprimir, una vez más, mi hábito de preguntar en mi entorno. Estas son algunas de las respuestas que me han dado:

«Creo que la inteligencia sexual es la capacidad que tenemos de hacer disfrutar al máximo a tu pareja sexual y de disfrutar, a la vez, tú mismo». (David, 24 años)

«Diría que es la capacidad de saber y entender lo que a uno mismo le produce placer en el sexo y lo que no. Una persona sexualmente inteligente es la que encuentra satisfacción en el sexo de forma sana y sin perjudicar a nadie». (Helen, 25 años)

«La inteligencia sexual es el conocimiento en el ámbito del sexo. La persona sexualmente inteligente no pone en riesgo su salud física ni mental en sus actividades sexuales». (Yasmina, 22 años)

«Es inteligente, en este sentido, la persona que conoce a fondo su sexualidad y la de su compañero/a y con ello consigue estar, conforme a las necesidades de ambos, sexualmente satisfecha». (Pedro, 24 años)

Creo que las respuestas de David, Helen, Yasmina y Pedro encierran las claves que buscaba, los componentes de la inteligencia sexual. A saber:

• La adquisición de conocimientos sobre el sexo.

• El profundo conocimiento sexual de uno mismo.

• La habilidad para relacionarse placentera y felizmente con los posibles compañeros sexuales que se crucen en nuestras vidas.

Nos hallamos en nuestros días ante una situación en las antípodas de la que se encontraban nuestros abuelos, cuando mostrar curiosidad y el simple hecho de preguntar era pecado, cuando las pocas fuentes informativas que existían se encerraban bajo llave. Nos enfrentamos ahora a una avalancha de informaciones en la que se nos hace harto difícil escarbar para dar con las respuestas adecuadas. Desde los mitos culturales transmitidos generación tras generación, de los que todavía no nos hemos despojado, hasta la sexualidad que muestran los medios, pasando por todo lo que podemos leer y ver en Internet y en la pornografía, todo conforma ese alud ante el que el ser humano se siente abatido, al igual que sucede en otros ámbitos. Y a menudo, como método de protección, el individuo se esconde en su caparazón y se tapa los oídos, o bien acepta, sin pensarlo, la vía de aprendizaje que se cuela en su madriguera con más rapidez y habilidad. El cine y la televisión se nos plantan en casa antes que el manual o el estudio de riguroso contenido. Los foros internautas donde los chavales se cuentan sus aventuras son más visitados que las webs o las consultas de expertos en sexología. Así no hay forma de librarse de errores, de confusiones, de malentendidos y de falsas creencias.

Una persona sexualmente inteligente se deshace de la pereza y sabe que, si tan enorme importancia tiene la sexualidad en su vida, necesita adquirir un conocimiento veraz del funcionamiento de su cuerpo y de su mente, aunque ello le exija tiempo, esfuerzo y el enfrentamiento a la presión social que impone un modelo de sexualidad que no suele hacernos ni más sabios ni más felices.

Pero de nada sirve explorar el propio cuerpo siguiendo el mejor manual de instrucciones si no tenemos un profundo conocimiento de nosotros mismos. No me refiero sólo a conocer cuáles son los estímulos que despiertan nuestros deseos, los traumas que arrastramos o nuestros prejuicios y tabúes, sino, también, las emociones vinculadas a nuestra sexualidad. Adentrarse en el autoconocimiento implica deshacerse de mitos falsos y arquetipos culturales que afectan a nuestra idea de lo que significa ser hombre o ser mujer, o a la interpretación que hacemos del éxito social que tantas veces se confunde con la satisfacción personal y la felicidad. Es el conocimiento profundo de nuestros deseos, algunos de los cuáles necesitaremos expresar a la pareja, ¿y cómo puede manifestarse aquello de lo que apenas sabemos? Quizás otros tengan que ser dominados, esos deseos que atentan contra la libertad de otras personas o que nos ponen en peligro a nosotros mismos, aquellos impulsos que, si no mantenemos bajo control, podrían dañar nuestras carreras profesionales y nuestras relaciones. ¿Y cómo domar lo que se desconoce?



Una persona que se conoce sabe distinguir entre:

• Estar sexualmente excitada,

• sentir una atracción sexual por alguien,

• estar enamorado o amar a alguien.



Y si nos ponemos clásicos y continuamos aplicando la sabiduría de Sócrates, reconozcámoslo: sólo podremos hacer el amor de la mejor manera posible admitiendo que sobre la otra persona no sabemos absolutamente nada, al menos, de entrada. Es el punto de partida propicio para iniciar la búsqueda, la exploración, el descubrimiento. Disfrutando del proceso sin la ansiedad de llegar al final de tan delicioso viaje. Y es también una nueva oportunidad de descubrirnos a nosotros mismos. Porque somos los mismos, pero somos diferentes al rozar otra piel, al abrazar otro cuerpo, al tomar contacto con otro ser.

«Recorrer un cuerpo en su extensión de vela es dar la vuelta al mundo. Atravesar sin brújula la rosa de los vientos, islas, golfos, penínsulas, diques de aguas embravecidas; no es tarea fácil —sí placentera—. No creas hacerlo en un día o noche de sábanas explayadas. Hay secretos en los poros para llenar muchas lunas». Son palabras de la escritora nicaragüense Gioconda Belli.

A solas o en compañía, ¿por qué no convertir nuestra sexualidad en una travesía apasionante?





1

¿QUÉ PASA EN LA CABEZA?





Los humanos gastamos toneladas de desodorante al año, litros de perfume, kilómetros de carmín y ríos de rimel. ¿Con qué fin? Si en algo somos exactamente iguales al resto de las especies es en el gran objetivo que guía nuestros actos: sobrevivir. Como individuos, sí, y también perpetuar nuestros genes e impulsarlos a un futuro en el que puedan superar las adversidades cuando nosotros ya no estemos en este mundo para proteger esa herencia.

La naturaleza ha diseñado nuestro cerebro con tal propósito, la supervivencia de la especie, y mientras no prefiramos las técnicas de fertilización asistida o la clonación (el día en que tenga lugar tal acontecimiento habremos alcanzado la cima de la estupidez), la misión de la mente será emparejarse. Sin embargo, que se queden tranquilos los más románticos. No nos amamos ni tenemos sexo con el único objeto de reproducirnos. También nos procuramos bienestar físico y emocional, y una grata convivencia con nuestros compañeros de viaje, con el grupo social en el que crecemos. Del mismo modo que explorar los misterios que encierra el firmamento no impide que podamos emocionarnos ante la contemplación de una lluvia de estrellas, tampoco el saber qué pasa en nuestra cabeza cuando nos sentimos atraídos por alguien nos veta a disfrutar de la magia del enamoramiento o de la deliciosa experiencia del intercambio de caricias eróticas.

Los especialistas han determinado que existen tres tipos de impulsos relacionados con el apareamiento:

• El deseo,

• el amor y

• el apego.

En cada uno de ellos se desencadena una actividad cerebral en la que intervienen distintas sustancias químicas. Son procesos que deambulan por circuitos cerebrales diferentes, según se ha podido demostrar al escanear los cerebros de personas que pueden excitarse contemplando imágenes eróticas o al ver la fotografía de aquel o aquella de quien están enamorados. Las regiones que se activan son diferentes en un caso u otro. Puede que una persona no haya oído hablar en su vida de la testosterona, los estrógenos, la dopamina o la oxitocina, pero quien es inteligente sabe distinguir cuando siente uno u otro impulso. Sin embargo, en las ocasiones más afortunadas, esos caminos cerebrales logran conectarse.



La química del deseo

La vibración del vehículo en el que viajamos, la visión de un escote, el fragmento de un libro o el aroma que nos evoca un recuerdo pueden despertar el deseo, no el de estar con alguien en concreto, sino la primaria necesidad de practicar el sexo.

Pocas personas confunden el simple desahogo con el anhelo de fundirse en brazos del ser amado. Así debería ser, tendríamos que distinguir el deseo de copular del deseo de amar. Sin embargo, no cabe duda de que nos sentimos más empujados a fijarnos en alguien cuando el deseo sexual se mantiene despierto.

La testosterona y otras hormonas sexuales masculinas son las pócimas creadas por la naturaleza para encender la sed de sexo. Ninguno de los afrodisíacos inventados durante siglos por cocineros o por la industria farmacéutica ha logrado equiparar su poder al de estas sustancias que inundan nuestro cerebro y el flujo sanguíneo. Alcanzan niveles notables durante la adolescencia y los veintitantos, ya seas hombre o mujer, puesto que estas hormonas están presentes en los cuerpos de ambos, de ahí que sean estos los años en los que chicos y chicas se masturben con más frecuencia. Me parece interesante conocer este dato para calmar la preocupación de muchos jóvenes que se asustan ante el ansia constante de practicar el sexo, aunque sea en solitario. Es la etapa, además, de iniciación a la vida, que coincide con la necesidad de conocer, de curiosear, de explorar, de experimentar. No hay mejor taller de sexualidad que el autoerotismo.

No hay que temer las reacciones del cuerpo, hay que escucharlo y aceptar que cada cual tiene las suyas propias. Aunque la testosterona quiera regir nuestra voluntad, no siempre somos conscientes de lo que el cuerpo siente, quiere o necesita.

Muchos de los obstáculos que impiden disfrutar de los placeres tienen raíces de corte histórico. Pesan mucho los siglos en los que se ha intentado reprimir la sexualidad femenina por una razón: que los varones se aseguren de que sus hijos son sus hijos.

Hace algo más de treinta años se llevó a cabo un experimento que consistió en comprobar el grado de excitación de las mujeres que escuchaban relatos eróticos. Se les colocó en la vagina un fotopletismógrafo, aparato que mide signos de excitación sexual como la vasocongestión y la lubricación. Sucedió que un 42 % de las mujeres se excitaron según indicaba el aparato, pero ellas aseguraban que no habían percibido ningún efecto lubricante. Es posible que respondieran como creían que debía responder una chica virtuosa en aquella época, pero también, y aún es más grave, habría que considerar la posibilidad de que estas mujeres sufrieran tal grado de represión que no pudieran ser conscientes de lo que sucedía entre sus ingles. ¿Se puede disfrutar de la sexualidad con ese corsé constriñendo la mente? Es una pregunta retórica.

Para algunas personas no ha sido necesario recibir sermones contra el impulso natural que puede nacer al recibir el chorro de la ducha sobre el pubis, les ha bastado con ver durante la infancia las expresiones de asco o rechazo en el padre o la madre ante una imagen erótica o al escuchar un comentario de índole sexual en la televisión para que quede impreso en su cerebro y tenga un efecto en el patrón de conducta. Las personas estamos adiestradas para negar cualquier información que nos inquiete y nos provoque ansiedad, aunque esa información provenga de nuestro cuerpo. La mala educación sexual, la castradora, impartida en el seno de la familia y en el entorno social en el que se crece, impide que el cerebro perciba las variaciones fisiológicas que experimenta el cuerpo cuando se visiona una película erótica o al recibir las primeras caricias en una noche prometedora.

El impulso sexual no es igual en todas las personas. Y esto no es ni bueno ni malo. No existe un grado normal del impulso que se pueda sentir o una periodicidad normal de las ganas de tener sexo. El conflicto aparece cuando mantenemos una mala relación con ese impulso, cuando nos angustia y queremos reprimirlo o cuando no encontramos forma humana de satisfacerlo, como les sucede a las personas con trastornos obsesivos o a los adictos.

Las alabanzas y censuras que recibimos durante el crecimiento van a determinar el modo en que se vivenciarán nuestras experiencias. Percibir la excitación a causa de unas imágenes pornográficas o por la atracción que sentimos hacia un desconocido que viaja en el mismo autobús que nosotros, puede desencadenar un estado de ansiedad cuando nos han censurado cualquier tendencia a curiosear en el mundo del erotismo. Para calmarla se recurre al engaño o al autoengaño, a desoír las señales del cuerpo y de la mente.

Por fortuna, el cerebro es un órgano de asombrosa plasticidad. Mientras lees estas líneas está cambiando. El conocimiento de otros modelos de conducta tiene un efecto en nuestra inteligencia emocional, y es fantástico: significa que podemos desandar el camino e iniciar un nuevo aprendizaje, adiestrarnos, despojarnos de patrones culturales y adquirir las habilidades necesarias para entablar relaciones sanas o disfrutar de una sexualidad saludable y sin prejuicios. Un aprendizaje que nos ayude a superar los sentimientos de culpabilidad que puedan generar las prácticas masturbatorias o fantasear con perversas escenas, descubrir que nuestro impulso sexual es menor o mayor que el de otras personas —incluyendo el de nuestra pareja— o entender que no te debes forzar a realizar prácticas que no te gustan, con las que no te sientes bien y en absoluto disfrutas.

Independientemente de lo que te hayan enseñado hasta el momento, tienes muchas oportunidades de descubrir qué te vale y qué no para excitarte o intensificar el placer, de apartar las informaciones absurdas basadas en imposiciones morales, y abrir tu mente para captar tus percepciones y tus emociones.

Las subidas y bajadas de la testosterona también explican que muchas mujeres perciban cómo aumenta o disminuye su deseo según el momento del ciclo menstrual en el que se encuentran, o que tarden más o menos en llegar al orgasmo según cuál sea ese período. ¡Cuántas mujeres se angustian por estar pendientes de llegar al clímax, en lugar de disfrutar de cada instante de placer! Isabel Allende dijo una vez: «Escribir es como hacer el amor. No te preocupes del orgasmo, preocúpate del proceso».

Un cerebro que ha aprendido a reaccionar correctamente no se deja arrastrar por la irrefrenable necesidad de tener una relación sexual con alguien de cualquier manera. Por más urgente que sea su deseo, calcula las consecuencias de sus actos y sabe si ha de ponerle freno o puede dejarse llevar. Nuestro cerebro tiene un componente que nos alerta de la amenaza, como puede sucederle a una mujer que acude a un local y se ve rodeada de desconocidos. Ese componente es la amígdala. Es una pequeña región que forma parte del sistema límbico, que desencadena las reacciones de huida, lucha o paralización ante el peligro. Si funciona como debe, la amígdala advierte a esa mujer de que salir de un lugar público con un hombre al que acaba de conocer puede suponer una amenaza para su supervivencia. Llevándola a cierto estado de ansiedad, le grita: «¡Cuidado, puede ser un psicópata y destriparte!».

Imagina ahora que mientras el desconocido la invita a una copa, se le acerca una persona que resulta ser amiga de ambos y realiza las presentaciones pertinentes. El desconocido ya no lo es tanto. Rápidamente se eleva el nivel de serotonina en el cerebro de la mujer, sustancia que le produce una sensación de calma que le ayuda a confiar y es posible que vuelva a obedecer a su impulso sexual y a pasar con él un ratito placentero.

¿Cuándo se podría deducir que la amígdala no funciona como debiera? Cuando la persona se olvida de practicar un sexo seguro, con quien apenas conoce, o cuando reacciona exageradamente alarmada, como la mujer que sufre un trauma de dolorosas experiencias y ve como un agresor, sin que le haya dado motivos, a cualquier hombre que se sienta atraído por ella.

En ambas situaciones, ya sea porque la amígdala no realiza sus funciones de alarma o bien porque la mantiene en hiperalerta, se hace necesario un reaprendizaje o algún tipo de terapia que ayude a corregir el fallo. También se produce un «error de cálculo» cuando la persona con ganas de sexo se empeña en interpretar una respuesta positiva de alguien que se está negando a mantener relaciones con ella. Personas que acosan por carecer de suficiente inteligencia para analizar cuáles son sus auténticas posibilidades antes de atacar o insistir.



El cerebro enamorado

Naturalmente que el impulso sexual puede nacer al enamorarnos de alguien, pero algunas personas con fuertes necesidades sexuales y afectivas se creen equivocadamente enamoradas de aquel con quien se acuestan. Saber distinguir el impulso sexual del amoroso es una manifestación de la inteligencia emocional y, por supuesto, sexual.

En esa misión de perpetuar nuestros genes, necesitamos fijarnos en una persona concreta, alguien con quien nos apetezca tener una prole y cuidar de ella hasta que sepa defenderse. Pero la biología no tiene el poder absoluto sobre nuestro comportamiento sexual. ¿Qué hace que nos sintamos atraídos por alguien?

Cada uno de nosotros construye, sin saberlo, un mapa mental que determinará que pongamos los ojos sobre una persona y no sobre otra, un patrón que determina lo que nos va a excitar sexualmente. Estos mapas se desarrollan entre los cinco y los ocho años de edad. El factor cultural tiene una influencia notable en su trazo. Y también que nos encontremos en un momento de nuestra vida en el que estemos predispuestos a dejarnos llevar por el sentimiento amoroso, a centrar toda nuestra atención en una persona, a entregarnos a ella en cuerpo y alma.


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