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Desconocidos

Publicado por Emma Colt en Smashwords - Published by Emma Colt at Smashwords

Copyright: Emma Colt, 2017

Contacto: H. Manteca

http://emmacolt.com

emma@emmacolt.com


Diseño de cubierta: Emma Colt

Diseño interior: Emma Colt


ISBN: 978-84-947102-0-9


Todos los derechos reservados. Esto quiere decir que intento ganarme la vida escribiendo libros que te apasionen, así que por favor, no realices ningún tipo reproducción, distribución, comunicación pública o transformación totales o parciales sin mi previa autorización, tal y como establecen las leyes sobre la propiedad intelectual (pero estoy segura de que esto ya lo sabes ;). ¡Gracias por apoyar el trabajo de los autores!



Tabla de contenidos

Título y autora

Copyright

Tabla de contenidos

Dedicatoria

Agradecimientos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

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Siempre para H.



Agradecimientos

En primer lugar quiero darte las gracias a ti, lectora o lector, por confiar en esta novela. Espero que te guste tanto como yo he disfrutado escribirla.


En segundo lugar, no tengo suficientes palabras de agradecimiento para H., el cómplice que me animó a iniciar este proyecto a pesar de todas las dificultades. Sin ti, esto no habría salido adelante.



1

Cuando Carol Boutella despertó esa mañana, no podía imaginar que su vida estaba a punto de cambiar para siempre.

El día no había empezado mal. Se había levantado tarde, porque esa noche la familia O’Sullivan celebraba su gala benéfica anual, que era famosa por alargarse hasta el amanecer. No le apetecía asistir a la fiesta, pero como miembro de una de las familias más poderosas, y ricas, de la ciudad, debía hacerlo. Con el paso de los años, la gala de los O’Sullivan se había convertido en un evento obligatorio para toda la alta sociedad de la zona. Nadie podía eludirla si no quería perjudicar su reputación.

Aunque ya era la hora de comer, Carol se vistió rápidamente con sus tejanos y su camiseta más cómodos y cogió su preciada cámara réflex. Tenía tiempo de salir a tomar algunas fotos antes de que llegaran David y Nelly, el peluquero y la estilista que los ayudarían a prepararse para la gala.

Entró en la cocina para coger una manzana y descubrió a sus padres sentados en la mesa con algunos documentos delante. Parecían malhumorados, incluso tensos.

—Buenos días —saludó Carol, extrañada.

—Hola, cariño —dijo su madre sin levantar la vista del papel que tenía delante.

Su padre ni siquiera contestó, tan sólo emitió una especie de gruñido.

—¿Va todo bien? —preguntó Carol.

—Sí, cosas de la empresa, ya sabes —contestó su madre, que ahora sí apartó los ojos del papel para mirarla. Al instante arqueó una ceja—. ¿Vas a salir ahora a hacer fotos?

La pregunta consiguió que incluso su padre reaccionara para dirigirle una mirada de desaprobación.

—Es para el proyecto final del máster, es importante. No os preocupéis, que llegaré a tiempo —aseguró Carol.

Ni su padre ni su madre abrieron la boca, pero sus miradas escépticas lo decían todo.

Llegó tarde.

Cuando cruzó la puerta, gritando que lo sentía, David y Nelly se le abalanzaron medio histéricos, convencidos de que no tenían suficiente tiempo para prepararla. A Carol la situación le habría parecido graciosa, pero odiaba los preparativos para cualquier evento. Todos los esfuerzos giraban alrededor de la necesidad de hacerla parecer más esbelta y disimular sus quilos de más, circunstancias que la ofendían. Ya sabía que no era una sílfide, pero también sabía que no era el muñeco Michelin antes de que lo adelgazaran, y así es como la hacían sentir. Sí, sí, le sobraban unos quilos para ser modelo, pero los tenía bastante bien colocados.

Como siempre, aguantó el suplicio estoicamente y a las seis en punto estaba lista para salir, luciendo un vestido sencillo pero elegante y cómodo, que Nelly no había cesado de repetir que era de corte imperio y, por lo tanto, ideal para su figura. Al final Carol tenía ganas de gritarle que dejara de decir que tenía el culo gordo, pero como el cuello y espalda en forma de V y la falda de corte asimétrico, que mostraba parte de sus piernas al caminar, la hacían sentir sexy, se aguantó y mantuvo la boca cerrada.

La gala se celebraba en la inmensa mansión de los O’Sullivan. El salón de fiestas estaba repleto de estilosos hombres y mujeres que charlaban animadamente, mientras de fondo un cuarteto de músicos los obsequiaba con una agradable música, fingiendo que no les importaba que nadie les prestara la más mínima atención. La mayor parte del tiempo de estas fiestas se consumía saludando a todos los invitados, a los que siempre había que sonreír. En estos actos, las preocupaciones se dejaban en la puerta y se transmitía la imagen de vivir en una nube de felicidad constante.

Así que cuando Carol vio a sus hermanos, Alicia y Brandon, conversando en un rincón del salón con una grave expresión en el rostro, se extrañó. Empezó a caminar hacia ellos para averiguar qué pasaba, pero en ese momento la música cesó y la señora O’Sullivan reclamó la atención de todos los invitados con el agudo sonido de una pequeña campana de mano. Carol se detuvo, fastidiada. Quería ir a hablar con sus hermanos, pero había llegado la hora del baile.

A nadie excepto a la señora O’Sullivan le gustaba la hora del baile. Durante diez eternos minutos, todos los presentes debían bailar al ritmo de un vals mientras iban cambiando de pareja cada vez que la anfitriona hacía sonar la dichosa campana. Era una manera divertida de sociabilizarse, decía ella. Era una auténtica lata, pensaba Carol. Bailar así suponía acercarse mucho a desconocidos, cosa que nunca le había gustado.

La música empezó y todos los presentes procuraron buscarse una pareja. Al menos Carol tuvo suerte y la primera tanda le tocó con un viejo amigo de su padre, con el que conversó agradablemente durante los dos minutos y medio que bailaron juntos.

Sonó la campanilla y en seguida se vio en brazos de un hombre al que no había visto nunca y ni siquiera le devolvió el saludo. Era un poco brusco y no paraba de girar la cabeza a lado y lado, como si estuviera buscando a alguien. Después de que ignorara descaradamente sus intentos de entablar una conversación, Carol se rindió. Esos dos minutos y medio se convirtieron en los más largos de su vida.

Carol llegó a los brazos de su tercer compañero de baile de bastante mal humor. Masculló un “hola” sin mirarle y se limitó a observar con desgana a la gente que bailaba a su alrededor. Aunque, a decir verdad, el tacto de la mano de ese desconocido le resultaba bastante agradable, así como el brazo que le rodeaba con firmeza la cintura para apoyarse en el centro de su espalda.

—Creo que esto te gusta tan poco como a mí —dijo el hombre con una voz grave y ronca que le puso la piel de gallina.

Carol sonrió como una niña a la que hubieran atrapado haciendo una travesura.

—¿Tanto se nota?

Levantó los ojos para mirar al desconocido, y durante unos instantes dejó de escuchar la música. Incluso le pareció que los dos se detenían durante un microsegundo. Pero en seguida se dijo que seguramente había sido una sensación provocada por la impresión, y desechó la idea de su cabeza.

Carol se había encontrado con unos ojos grandes y oscuros que la observaban con lo que le pareció genuina curiosidad. Y esos ojos estaban enmarcados por un rostro que consiguió que se le pusiera la piel de gallina otra vez. La frente alta, la nariz fina, la mandíbula recta y fuerte, los labios generosos. Llevaba el cabello castaño corto pero no demasiado corto.

Carol primero pensó que sería agradable acariciar ese cabello, y después que no recordaba haber visto nunca a un hombre tan atractivo. Bueno, en realidad, la palabra más adecuada para describirlo era sexy.

Pero no era sólo eso.

Tenía la sensación de que ese rostro pertenecía a alguien que procuraba parecer endurecido, casi indiferente ante cualquier situación, pero sus ojos decían otra cosa. Eran cálidos y… bondadosos. La hacían sentir bien.

Y seguían mirándola con mucho interés.

Un escalofrío le recorrió la espalda, con tanta fuerza que se le endurecieron los pezones. Intentó mantener una expresión neutra, pero por dentro gritaba que alguien debería haber prohibido a la Madre Naturaleza crear a un hombre así, y al Destino haberlo cruzado en su camino. Porque acababan de convertirla en un cliché, en ese horrible tópico de la mujer que se encuentra con un tipo atractivo y cae rendida a sus brazos, incapaz de resistirse a sus encantos. Bueno, su caso era peor, porque él de momento no había desplegado ninguno de sus encantos, pero ella ya estaba dispuesta a caer rendida a sus brazos.

“¡¿Pero qué dices?! Por el amor de Dios, ten un poco de dignidad, Carol”, se regañó a sí misma.

¿Qué le pasaba? Ella no era así. Le costaba mucho encontrar hombres que le gustaran de verdad, y pasaba un tiempo antes de que decidiera establecer cualquier tipo de contacto físico. Así de triste era su lista de amantes.

En cualquier caso, ese tipo era un desconocido. No tenía sentido que estuviera pensando en todas esas cosas.

“No seas un estúpido tópico”, se dijo.

“Ya, ya, pero seguro que cuando te sonría te derrites”, gritó una vocecita desde el fondo de su cabeza.

En ese momento el hombre sonrió. Era una sonrisa de niño travieso, tan sensual como el rostro del que formaba parte.

Sí, se derritió. Y sintió unas cuantas cosas más por todo el cuerpo que le encendieron las mejillas y la obligaron a bajar la vista, avergonzada.

—Parecías un cordero al que están llevando al matadero —dijo el hombre con esa voz que tenía el mismo efecto que una caricia.

—Lo siento —se disculpó Carol.

Se maldijo a sí misma. Por una vez que conocía a un tipo que, al menos físicamente, parecía más un dios que un hombre, lo había ofendido con su cara de pánfila. Aunque, siendo sensata, ¿por qué demonios debería importarle?

—No pasa nada. Las damas con cara de querer salir corriendo son mis compañeras de baile preferidas —dijo él.

Carol no pudo evitar reírse.

—En ese caso, me esforzaré por poner mi peor cara —dijo, más relajada, e intentó ponerse muy seria, frunció mucho el ceño y entrecerró los ojos.

Ahora se rió él, con suavidad. Durante unos breves instantes se le iluminó la cara, y Carol se derritió otra vez.

—Me temo que más bien pareces un viejo marinero estreñido —dijo él.

—¿Estreñido? —dijo Carol, haciéndose la ofendida, pero incapaz de aguantarse las risa.

Entonces sonó la maldita campanilla y Carol sintió una repentina decepción.

—¿Ya? —se le escapó, pensando que esos habían sido los dos minutos y medio más cortos de su vida.

—Espera —dijo el hombre.

La empujó suavemente para alejarla y le hizo dar media vuelta. Carol vio que el señor McCallister y su enorme bigote se dirigían hacia ella, pero entonces el desconocido apareció delante suyo y volvió a cogerla para bailar. Le guiñó un ojo y le dedicó esa sonrisa traviesa.

—¿Mejor así?

“No sonrías como una tonta, no sonrías como una tonta”, suplicó a su dignidad.

—Mucho mejor —dijo, sonriendo como una tonta.

¿Eran imaginaciones suyas o el hombre la había acercado a él más que antes y ahora su mano reposaba más cerca de su trasero que de su espalda? Sólo con pensar en eso Carol sintió unos estremecimientos muy agradables de cintura para abajo. Se encontró observando su cuello fuerte y se fijó en que no llevaba pajarita. Los primeros botones de la camisa estaban desabrochados, dejando a la vista el principio de unos músculos muy sensuales. Se preguntó si tendría el resto del cuerpo…

“Carol, ya vale”, se reprendió.

No se reconocía a sí misma. Carraspeó, incómoda, deseando que el desconocido no se hubiera dado cuenta de los pensamientos tan… ejem, agitados que le estaban pasando por la cabeza.

Lo miró fugazmente para comprobarlo, y descubrió que él la estaba observando con una expresión que no supo descifrar.

—Lo peor de estas fiestas es que siempre me quedo con hambre —dijo Carol con desenfado, en un intento desesperado por expulsar de su mente todas esas inoportunas ideas.

—Estoy de acuerdo. En vez de tanto canapé y caviar deberían servir chuletas a la barbacoa y cerveza.

Carol rió.

—En casa nunca hemos hecho una barbacoa.

El hombre la miró con los ojos muy abiertos. Casi escandalizado.

—¿No?

—Nunca.

El hombre suspiró, fingiendo estar consternado.

—Esto no puede ser. Algún día tendré que invitarte a una. Soy un experto en barbacoas.

Carol se sonrojó y las piernas le flaquearon un poco, pero consiguió aguantar el tipo.

—Estaría bien —dijo con la voz un poco más rota de lo que le habría gustado.

Entonces sonó la campanilla y el baile se dio por terminado.

Carol procuró frenar la oleada de decepción. Le pareció que el desconocido se resistía un poco a soltarla, pero finalmente la liberó, dejándole la piel agradablemente cálida allí dónde la había tocado. Los dos aplaudieron como el resto de invitados.

Y entonces sucedió lo que nunca se habría imaginado que podría suceder.

La sonrisa se desvaneció de los labios del hombre.

—Disculpa, tengo que irme. Ha sido un placer —dijo sin mirarla.

Y se perdió entre la gente.

Carol se quedó helada, aunque el corazón le palpitó varias veces de manera irregular.

No comprendía qué demonios acababa de suceder. ¿Había hecho algo que había asustado al hombre? Era cierto que la simple mención de invitarla a una barbacoa había hecho que se le encogiera el estómago. Y vale, sí, se había sonrojado, pero había intentado disimular. ¿Acaso había fracasado y había puesto cara de querer lanzarse a sus brazos?

Desconcertada, empezó a pensar que quizá se lo había imaginado todo, que él no se había acercado más a ella en cuanto había podido, que no se había resistido a soltarla.

No había sido real, pero sus ganas habían hecho que lo pareciera.

Una decepción amarga la inundó y sintió que los ojos se le humedecían. “No seas estúpida”, se riñó. Tenía que ponerse en movimiento para pensar en otra cosa.

Se giró para empezar a caminar hacia ningún lugar en concreto. Entonces vio pasar, no muy lejos, a Brandon y Alicia, y recordó las expresiones preocupadas que les había visto antes.

—¡Brandon! —llamó, pero con el ruido de la gente y la música no la escucharon y siguieron avanzado.

Caminó tras ellos. No consiguió alcanzarlos hasta que llegaron prácticamente al otro extremo del salón, donde había menos gente, y siguieron conversando.

A pesar de que esa zona estaba más tranquila, no la vieron acercarse. Sin embargo, ella pudo escuchar perfectamente las palabras de su hermana:

—A ver si empiezas a tomarte las cosas en serio, Brandon. La policía nos está investigando, y sabes que tenemos motivos de sobra para estar preocupados.

Carol se quedó petrificada. ¿Que la policía qué?

—El detective ese se ha colado en la gala y anda husmeando por aquí. Lleva una pajarita plateada —añadió Alicia.

—Que mal gusto —dijo Brandon, muy poco preocupado.

—Mucho cuidado con quién hablas y sobre qué, porque…

Carol al fin consiguió reaccionar y acabó de acercarse a sus hermanos.

—Disculpad. ¿Qué acabas de decir sobre la policía?

Alicia y Brandon la miraron, primero sorprendidos, después contrariados.

—No he dicho nada sobre la policía —dijo Alicia, tomando un sorbo de su champán mientras observaba el salón con muy poco interés.

—Te he escuchado perfectamente.

—No es nada que deba preocuparte, Carol. Vuelve a la fiesta a divertirte —dijo Brandon.

—Esta fiesta es una mierda, como todas. ¿De qué coño estabas hablando, Alicia? —insistió Carol, cada vez más molesta.

—Con tanto ruido me habrás entendido mal, hermanita —dijo Alicia.

Antes de que pudiera reaccionar, sus hermanos aprovecharon el paso de un grupo de invitados para desaparecer entre la multitud.

Carol no pensaba permitirles escapar tan fácilmente. Entre cuerpos y brazos pudo divisar el vestido azul de su hermana y lo siguió sin dudar.

Llegó hasta una de las puertas que conducían al inmenso jardín. En la parte más cercana a la casa había bastantes invitados charlando y bebiendo, pero Alicia y Brandon no estaban entre ellos. Parecían haberse esfumado.

“Maldita sea”, pensó.

Entonces le pareció ver por el rabillo del ojo una mancha azul que se perdía detrás de una hilera de cipreses perfectamente recortados. Caminó rápidamente hacia allí, sin olvidar sonreír a todas las personas con las que se cruzaba y procurando esconder la angustia que empezaba a apoderarse de ella. Necesitaba saber de qué estaban hablando. ¿Qué interés podría tener la policía en investigarlos?

Recorrió un camino franqueado por la larga hilera de cipreses, hasta que llegó a una zona que más que un jardín parecía un bosque.

—¿Alicia? ¿Brandon? —llamó en un susurro.

A su alrededor todo era silencio y penumbra. Las voces y la música de la mansión le llegaban amortiguadas y lejanas. Avanzó un poco entre los árboles.

—Alicia. Brandon —repitió, esta vez más alto.

Nada.

Quizá sólo se había imaginado la mancha azul y sus hermanos seguían dentro del salón de fiestas.

De repente se sintió muy sola entre esos árboles y tanta oscuridad. Definitivamente, esa noche iba de mal en peor. Primero la situación tan extraña con el desconocido, y ahora esa noticia sobre la policía.

Se estremeció. No porque tuviera frío, sino por la desagradable sensación de que una amenaza invisible se cernía sobre ella.

Se abrazó a sí misma y empezó a deshacer el camino hacia la mansión.

Al rodear el primer árbol se encontró con la oscura figura de un hombre alto y delgado. Se asustó tanto que el corazón le dio un vuelco y se le escapó un grito. Intentó retroceder, pero su maldito tacón derecho se enganchó con alguna raíz y empezó a caer hacia atrás. Vio que el hombre se abalanzaba hacia ella, y ahora sí que se asustó de verdad.

Sin embargo, lo único que hizo el extraño fue sujetarla por los brazos para que no se cayera.

—Oh —dijo Carol, sorprendida, al verse de pie, sana y salva.

—¿Estás bien? —dijo esa voz grave y ronca que ya conocía.

¡Era él!

—Sí, gracias —dijo Carol, todavía un poco desconcertada.

No sabía cómo reaccionar. Primero se alejaba de ella precipitadamente y ahora aparecía aquí, como si la hubiera estado… siguiendo. Sin embargo, cuando lo miró, sus defensas se debilitaron. En la penumbra que los envolvía, parecía misterioso y todavía más atractivo. Y la firmeza con la que la sujetaba le resultaba demasiado agradable.

—Siento haber desaparecido así. Tenía que hablar con alguien —dijo.

—No me debes ninguna explicación —dijo Carol.

A pesar de lo mal que se había sentido, lo creía sinceramente. Tan sólo eran dos desconocidos que habían compartido un breve baile, no tenían ninguna obligación el uno hacia el otro. Sin embargo, esa disculpa le provocó un agradable cosquilleo en el estómago.

—¿Has salido a pasear? —preguntó él.

—Sí, tenía curiosidad por ver el jardín —mintió con una sonrisa nerviosa. Había estado varias veces en casa de los O’Sullivan y conocía esa parte de la mansión perfectamente—. ¿Tú también has salido a pasear?

El hombre asintió. Su cara volvió iluminarse con esa sonrisa juguetona.

—Si sigues así, me cortarás la circulación de los brazos. No quisiera quedarme sin manos, la verdad —dijo.

Sólo entonces se dio cuenta Carol de que ella también lo había agarrado para no caerse. Con fuerza.

A través de la tela del esmoquin y la camisa, sus dedos descubrieron unos antebrazos fuertes y musculosos. Esforzándose como nunca para que sus pensamientos no volvieran a girar en torno a sus músculos, lo soltó a regañadientes.

—Sería una pena que eso pasara, ¿verdad? —dijo Carol con tanta dignidad como le fue posible.

—Y que lo digas —respondió él, con un asomo de sonrisa en los labios.

Carol volvió a estremecerse, porque intuyó que esas palabras estaban cargadas de doble sentido. Como si en realidad hubiera querido decir “la de cuerpos que no podría acariciar”.

Definitivamente tenía que hacer un esfuerzo para dejar de pensar esas cosas. Pero no era fácil, porque ella lo había soltado, pero él seguía sujetándola. Lo hizo en ese momento, sin prisas, acariciándole con delicadeza la piel de los brazos por el camino.

A Carol le faltaba muy poco para olvidarse de todo y perderse en los ojos del hombre, pero el recuerdo de las palabras de Alicia cruzó rápidamente por su cabeza.

Carraspeó.

—Debería regresar dentro —dijo, liberándose de su mirada.

Carol hizo el ademán de ponerse en movimiento, pero el hombre levantó el brazo y lo apoyó en el árbol que tenían al lado, cortándole el paso.

Carol se estremeció de nuevo, aunque ahora fue de miedo.

—No te asustes —susurró el hombre.

—Pues acabas de encontrar una manera muy efectiva de hacerlo —dijo ella con una risa nerviosa. ¿Y si el tipo atractivo resultaba ser un pirado?

El hombre sonrió.

—No te vayas todavía. Por favor.

Un escalofrío recorrió a Carol desde la punta de los pies hasta la raíz de los cabellos. Seguía asustada, pero no del hombre, sino de sí misma. Porque la verdad era que quería quedarse. Vaya si lo quería. Con un desconocido con el que sólo había compartido cinco minutos de baile y una conversación banal.

El hombre se le acercó un poco, muy lentamente.

El aroma de su cuerpo envolvió a Carol, que se estremeció. Le recordaba al chocolate amargo, su preferido. Le gustó tanto que casi se mareó. Carraspeó otra vez, intentando recuperar el control que se le escapaba por momentos.

—¿Sueles hacer esto con todas las mujeres que te encuentras en jardines oscuros y solitarios? Porque, siento decírtelo, es un poco raro —dijo, intentando aparentar indiferencia.

Luchaba desesperadamente por no perderse, por intentar pensar con claridad, pero su fracaso estaba siendo estrepitoso. Su cuerpo prácticamente le pedía que se arrojara a sus brazos. Quería sentirlo contra ella, que le acariciara cada centímetro de la piel…

Sabía que debía resistirse a esa locura, pero la certeza de que el hombre tenía las mismas ganas de abalanzarse sobre ella no se lo ponía nada fácil. Al contrario.

El hombre rió muy suavemente.

—Pues la verdad es que no.

Algo decía a Carol que ese tipo era un experto ligón, pero por algún motivo supo que le decía la verdad.

—Yo tampoco suelo lanzarme a los brazos de desconocidos que merodean por jardines oscuros y solitarios —dijo Carol.

Le costaba creer que esas palabras estuvieran saliendo de su boca. ¿Qué había sido de la Carol siempre tímida y prudente?

—¿Aunque hayas bailado con ellos? —susurró el hombre con la voz un poco rota.

—Aunque haya bailado con ellos —respondió ella con un susurro tembloroso.

El hombre sonrió sólo un poco y entornó los ojos. Carol no sabía descifrar sus expresión, pero notó un cambio en su respiración. Se volvió un poco más profunda. “¿Está intentando controlarse?”, pensó justo antes de que las siguientes palabras se escaparan de sus labios:

—Pero siempre hay una primera vez, ¿no?

—Eso espero —dijo el hombre. Acabó de acercarse a ella y la besó.

En cuanto sus labios se encontraron, Carol dejó de ser Carol y se convirtió en un torbellino de sensaciones que le recorrían el cuerpo y le anulaban por completo la razón.

El desconocido le sujetó la cara con las manos, sin hacerle daño pero con cierta desesperación, y esos labios tan generosos atraparon los suyos para acariciarlos con un beso húmedo y caliente. Él sujetaba algo suave en la mano izquierda, pero estaba tan perdida en ese beso que apenas lo notó. Un leve gemido se escapó de su garganta y abrió la boca. Sus lenguas se encontraron y se enzarzaron en un baile lento al principio, pero que poco a poco se volvió más impaciente, más urgente.

El hombre empujó a Carol y la atrapó contra el árbol. Abandonó su boca, le besó la mejilla y siguió bajando por el cuello. Carol posó las manos en sus hombros atléticos y lo atrajo hacia ella. Quería, necesitaba sentirlo contra ella, cubriéndola, aprisionándola.

Esas manos grandes y fuertes dejaron de acunarle el rostro para bajar por su cintura, le acariciaron el trasero y la apretaron contra él todavía con más fuerza, haciéndole notar la erección que llenaba su entrepierna.

Carol jadeó. En un breve momento de lucidez pensó que las cosas se estaban poniendo muy serias. ¿A dónde conduciría esto? Al fin y al cabo, estaban en el jardín de una mansión repleta de gente. Pero la boca del desconocido empezó a bajar por su pecho y una de las manos empezó a acariciarle el muslo mientras le subía la falda con suavidad, y volvió a perderse en ese mar de sensaciones. Ya no podía pensar.

La otra mano volvió a acunarle la cara, y volvió a sentir el objeto contra la mejilla. Impaciente, pensó que no quería que nada se interpusiera entre esa mano y su piel. Le faltó tiempo para quitárselo y, en un acto reflejo, le echó un vistazo.

Era una pajarita plateada.

Durante unos instantes, no reaccionó. Hasta que las palabras de su hermana regresaron a su cabeza como un disparo: “El detective ese se ha colado en la gala y anda husmeando por aquí. Lleva una pajarita plateada”.

Siguió observando la pajarita. Quería reaccionar, pero no podía. Sentía como si un jarro de agua helada le estuviera cayendo encima muy lentamente, tan lentamente que le provocó ganas de gritar de tan doloroso que era.

Carol sabía que ningún invitado a esa fiesta se pondría una pajarita plateada.

El hombre notó su repentina rigidez y se separó.

—¿Va todo bien? —preguntó, intentando controlar la respiración.

Observó la pajarita que ella sujetaba en la mano y que miraba como si fuera una bomba.

—Estos chismes son muy incómodos. Siempre acabo quitándomelos —dijo con su sonrisa traviesa.

Volvió a acunarle el rostro, intentando captar su atención de nuevo, pero ella le apoyó las manos en el pecho. Sin apartarlo, pero sin mirarlo. Marcando las distancias. Era consciente de que sus ojos la escrutaban, intentando comprender qué había pasado.

Afortunadamente, no se dio cuenta de que Carol se estaba quitando los zapatos con un gesto rápido de los pies.

—Tengo que irme —dijo ella.

Echó a correr en dirección a la mansión, dejando los zapatos entre el árbol y el desconocido.

*

El detective Jake Mulligan se quedó de pie ante el árbol y los zapatos, intentando comprender qué acababa de suceder. Y no se trataba sólo de descifrar por qué la muchacha acababa de salir corriendo, literalmente huyendo de él, sino también por qué se había entretenido con ella cuando se suponía que estaba de servicio.

Se había colado en esa estúpida fiesta de ricachones convencido de que podría aprovechar la multitud para pasar desapercibido e intentar escuchar conversaciones que le ayudaran a avanzar en la investigación sobre la familia Boutella.

Sin embargo, nada más entrar se dio cuenta de que la pajarita lo estaba delatando. Maldijo a Gary para sus adentros. Había insistido, hasta hacerle venir ganas de pegarle un tiro, en que en estas reuniones de la alta sociedad la pajarita plateada era un signo de distinción. Menudo gilipollas. Y él todavía lo era más por dejarse convencer.

Así que se quitó la pajarita y se la guardó en el bolsillo. No pensaba deshacerse de ella. La guardaría porque, en cuanto viera a Gary, se la devolvería y le diría claramente por dónde podía metérsela.

Paseó lentamente entre los invitados mientras degustaba un delicioso Dom Pérignon que nunca había podido ni podría permitirse, observando y escuchando con discreción. No tardó en aburrirse. Las conversaciones eran banales e insustanciales, adornadas con falsas sonrisas y carcajadas forzadas.

Entonces los vio, al otro lado del salón, hablando.

Alicia y Brandon Boutella. Los hijos mayores de la familia, que hacía algunos años que dirigían el imperio familiar junto a sus padres. Gary le había comentado que había una tercera hermana, más joven, pero todavía no tenía demasiada información sobre ella.

Los dos hermanos contrastaban con el resto de invitados porque ni siquiera se molestaban en forzar una sonrisa. Estaban preocupados, y tenían motivos. La tarde anterior, Gary y él habían ido a hablar con ellos en relación al asesinato de un traficante de drogas. Varios indicios habían apuntado hacia la familia Boutella, aunque ellos fingieron no saber de qué les hablaban, claro. Pero ya llevaban un par de semanas investigándolos: en cuanto habían empezado a escarbar en esa capa de supuesto éxito empresarial y reputación social, descubrieron más mierda que la que podrían acoger todas las cloacas de la ciudad.

Jake pensó que parecía un muy buen momento para escuchar qué se estaban diciendo y empezó a caminar hacia ellos, pero entonces sonó esa campanilla y empezó el baile absurdo de cambio de parejas, en el que tuvo que participar para no llamar la atención. Suerte que todavía recordaba algunas nociones de las dos clases de bailes de salón a las que había tenido que asistir para la boda de su hermana. A falta de sus padres, había querido abrir el baile con él, y cómo podía negarse a una petición así.

Su primera pareja fue una chica esbelta y segura de sí misma que se presentó como la hija de la anfitriona y se sorprendió de no conocerlo. Tuvo suerte y llegó el cambio de parejas antes de verse obligado a inventar una excusa que explicara su presencia allí. La segunda fue una señora anciana que sonrió ampliamente al verlo y se aferró con fuerza a sus brazos con la excusa de que, al ser tan mayor, tenía mal equilibrio.

Y después llegó la tercera.

Lo primero que notó fue el suave olor a coco que desprendía. Su mano pequeña de piel suave le hacía agradables cosquillas. Y, aprovechando que no le miraba, pudo observar su cuerpo moldeado con esas deliciosas curvas que quiso recorrer al instante.

Pero en esos momentos parecía infeliz, y eso era una lástima. Habló para distraerla, y cuando levantó el rostro para mirarle, sus ojos azules e irónicos lo atravesaron. Tenía unas facciones suaves que evidenciaban cierta ingenuidad, la nariz respingona, los labios carnosos.

Quiso besarla ahí mismo.

Se contuvo, claro, preguntándose qué le pasaba. Esa chica era una desconocida, y él era policía y estaba de servicio. Intentó olvidarse de sus labios concentrándose en su voz cristalina y la graciosa conversación. En el cambio de parejas debería haberla dejado ir por el bien de su misión, pero fue incapaz. Así que siguió bailando con ella y, todavía no sabía cómo, prácticamente había acabado invitándola a una de sus barbacoas. “¿Y por qué no?”, pensó en un momento de debilidad. Entonces se acabó el baile y vio acercarse a los hermanos Boutella, por lo que tuvo que alejarse de allí. Era probable que ya le hubieran visto, pero no quería encontrarse con ellos cara a cara.

Al alejarse de la muchacha pudo volver a pensar con claridad y se concentró en su objetivo. No tardó en localizar a Alicia y Brandon Boutella al otro lado del salón, hablando con alguien a quien no podía distinguir bien.

Caminó hacia ellos, que en seguida dieron por acabada su conversación con la otra persona y se perdieron entre la gente. Jake siguió el vestido azul de Alicia Boutella hacia las puertas que conducían al jardín. Una vez allí, los perdió. Se giró para observar de nuevo el salón, pero no consiguió encontrarlos. Algo le decía que habían salido fuera, pero en las inmediaciones de la casa no estaban.

Si querían hablar de según qué temas lo más lógico era buscar intimidad. Dedujo que se habían adentrado en la oscura inmensidad del jardín. Procurando aparentar el aire casual de quien simplemente está paseando, Jake avanzó por un camino delimitado por cipreses hasta llegar a una zona que parecía un bosque.

Y allí, al rodear uno de los árboles mientras intentaba localizarlos, se encontró con la chica. Era la última persona que esperaba encontrarse allí. Reaccionó rápido y la sujetó para evitar que cayera al suelo. Ella sólo necesitó unos instantes para recuperarse del sobresalto, pero para él fueron suficientes. Suficientes para volver a apreciar la suavidad de su piel, aspirar el aroma a coco que desprendía, deleitarse con la visión de su cuerpo voluptuoso. Y esos labios…

Se habría abalanzado sobre ella para besarla, comérsela ahí mismo, pero se controló. A su entrepierna no consiguió controlarla y en cuestión de segundos se puso más duro que una piedra. Durante un breve momento volvió a preguntarse qué demonios le pasaba, pero cuando vio cómo ella lo miraba y cómo intentaba disimular su nerviosismo, se olvidó de quién era y qué estaba haciendo allí. Acabó besándola, mandándolo todo a la mierda y dispuesto a perderse en ella, excitándose todavía más al notar, por su manera de besar, que tenía poca experiencia.

Y entonces ella había descubierto la pajarita y había echado a correr.

Maldita pajarita plateada. Maldito Gary y malditos todos sus antepasados y sus descendientes. Y maldito él por haberla llevado en la mano. Para fingir ese aire casual mientras se movía por el jardín había metido las manos en los bolsillos y había encontrado la pajarita. Al adentrarse en la zona más oscura del jardín las había vuelto a sacar, sus dedos rodeando la pajarita sin ningún motivo concreto. Tan sólo había pasado.

A pesar de todo, le parecía un poco absurdo que alguien huyera así por una pajarita plateada. Serían cosas de la alta sociedad.

Pero aún así.

Todo el mundo sabía que los ricos podían llegar a ser un poco excéntricos, pero esto le parecía irse al extremo.

A pesar de la frustración y de que la verga le palpitaba dolorosamente, el detective Jake Mulligan consideró mantenerse indiferente ante la situación, como solía hacer siempre que algo iba mal.

Sí, dejarlo correr era lo más sensato. Estaba trabajando. Había acudido a la fiesta para avanzar en la investigación, no para satisfacer a su entrepierna. Además, por muchas mujeres con las que se hubiera acostado siempre había procurado mantener bien lejos de sí la parte emocional de cualquier relación. No quería esos dolores de cabeza. Y la reacción de la chica había sido muy emocional. Por lo tanto, lo mejor era olvidarla. Allá ella y su comportamiento extravagante de niña rica.

Pero ahí estaban sus zapatos.

El suave aroma a coco todavía flotaba en el aire.

Y quería una explicación.

Al fin y al cabo era policía y su trabajo era encontrar respuestas, así que era normal querer encontrar una maldita explicación.

Se agachó, recogió los zapatos y se encaminó hacia la mansión.

*

Carol avanzó con rapidez entre la gente, intentando disimular su agitación y rezando para que nadie se fijara en que iba descalza.

Fue directa hacia la salida, donde casi suplicó que le devolvieran su chaqueta y le llamaran un taxi para regresar a casa. No pensaba despedirse de nadie, ni siquiera avisar a su familia. Ya les enviaría un mensaje desde el vehículo.

—¿Se encuentra bien, señorita Boutella? —preguntó el mayordomo de los O’Sullivan, mirando sus pies descalzos.

Carol forzó una risa despreocupada.

—Sí, me los he quitado para caminar por el césped y no recuerdo dónde los he dejado —dijo procurando, y consiguiendo, parecer una estúpida.

—Espere, enviaré a alguien a buscarlos —dijo el amable mayordomo.

—No se preocupe, de verdad. No me encuentro muy bien y quiero ir a casa. Sólo llame al taxi, por favor —insistió Carol con su mejor sonrisa.

El mayordomo no insistió y se alejó.

Carol prefirió esperar en la calle, donde no había nadie más. Se quedó allí de pie, abrazada a sí misma, tiritando aunque no hacía frío.

No comprendía cómo había podido pasar.

Carol tenía una cualidad que los demás le admiraban y de la que ella se enorgullecía: la primera impresión que se llevaba de una persona era la acertada. Era capaz de detectar al hipócrita más hábil con tan sólo mirarlo a la cara una vez. En cuanto se encontraba con una buena persona, lo sabía al instante. Era su genial intuición, su sexto sentido, y nunca le había fallado.

Hasta esa noche.

El “desconocido” la había engañado por completo. En sus ojos había visto bondad y su cuerpo le había transmitido un deseo sincero, pero sólo se había acercado a ella para intentar sonsacarle información sobre su familia.

¿Cómo no se había dado cuenta? ¿Cómo había podido ser tan infinitamente estúpida? Nunca se había sentido tan humillada. Y desamparada.

Miró hacia el final de la calle, deseando que el taxi llegara de una vez.

—Creo que has olvidado algo —dijo una voz grave y ronca detrás suyo.

La piel se le puso de gallina y los pelos de la nuca se le erizaron.

Carol se maldijo a sí misma, porque esa reacción no era por el miedo. De nuevo, esa voz tan especial había sido como una caricia para su piel.

Ignorando las reacciones de su cuerpo traicionero, se giró procurando transmitir tanto desprecio como le fue posible. Se sobresaltó al descubrir al hombre bastante más cerca de lo que esperaba, tendiéndole sus zapatos.

Por algún absurdo y condenado motivo, su expresión entre indiferente y burlona lo hacía parecer todavía más atractivo. Y esos ojos le seguían pareciendo sinceros y bondadosos, maldita sea. Estaba claro que, por lo que a él se refería, Carol no podía fiarse de sí misma. Y tenía que desterrar de su cabeza pensamientos tan inoportunos como “sensual” y “para mojar pan”.

Cogió los zapatos sin mirarle.

—Gracias —dijo con frialdad.

Le dio la espalda de nuevo, apartándose un poco de él. Ese aroma a chocolate amargo no le permitía pensar con claridad.

Miró otra vez hacia el final de la calle. La llegada del taxi empezaba a ser muy urgente.

—¿He hecho algo que te ha molestado? —preguntó él.

No parecía enfadado, casi parecía que la situación lo divirtiera. Menudo cabrón.

—Lo sabes perfectamente —respondió Carol.

Respiró aliviada al ver que un taxi giraba por la esquina. Se acercó rápidamente y se detuvo an-te ellos. A Carol le faltó tiempo para coger la manilla de la puerta trasera, pero el hombre apoyó la mano en el vehículo, impidiéndole abrirla.

—La verdad es que no lo sé —susurró.

A Carol le flaquearon un poco las piernas. Su voz al lado del oído y el brazo fuerte que casi la rozaba le recordaron los besos y las caricias que le había regalado en la penumbra del jardín.

Se enfadó consigo misma. ¿Cómo era posible que, a pesar de lo que sabía, la cercanía del hombre la encendiera así? Lo único que debería sentir era repugnancia.

—Tendrás que exprimirte el cerebro para averiguarlo. Pero ve con cuidado, no vayas a matar a tu única neurona con tanto esfuerzo —espetó sin girarse.

Intentó abrir la puerta otra vez, pero él apoyó la otra mano en el vehículo, atrapándola entre sus brazos.

—Si sólo tengo una neurona, con más motivo necesito tu ayuda —susurró el hombre, todavía junto a su oído.

Carol se giró, enfadada y alterada por el escalofrío que le estaba bajando desde el oído, pasando por los pezones, en dirección a la entrepierna. Miró al hombre, desafiante. Él la observaba con una sonrisa burlona en los labios. La estaba mirando a los ojos, pero después desvió la mirada descaradamente hacia sus labios, recorrió el cuello y siguió bajando hacia su escote, donde la dejó clavada.


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