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Cuatro días contigo

Publicado por Emma Colt en Smashwords - Published by Emma Colt at Smashwords

Copyright: Emma Colt, 2017

Contacto: H. Manteca

http://emmacolt.com

emma@emmacolt.com


Diseño de cubierta: Emma Colt

Diseño interior: Emma Colt


ISBN: 978-84-947102-1-6


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Tabla de contenidos

Portadilla

Copyright

Tabla de contenidos

Dedicatoria

Agradecimientos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

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Siempre para H.

Agradecimientos

En primer lugar quiero darte las gracias a ti, lectora o lector, por confiar en esta novela. Espero que te guste tanto como yo he disfrutado escribirla.


En segundo lugar, no tengo suficientes palabras de agradecimiento para H., el cómplice que me animó a iniciar este proyecto a pesar de todas las dificultades. Sin ti, esto no habría salido adelante.

1

—Lidia, no puedes hacerme esto.

—Por favor. Te prometo que te lo compensaré —gritó Lidia por encima de la música a todo volumen, mirándola con ojos implorantes.

Laura resopló y se fijó en el rubio que esperaba un par de metros más allá, mirando el trasero de su amiga con ojos hambrientos. Lidia se le acercó para hablarle al oído.

—¿Sabes el tiempo que hace que no ligo? ¿Y además con un bombón así?

Laura resopló otra vez. Claro que lo sabía. Lidia había expresado su disgusto sobre ese aspecto de su vida como mínimo una vez al día de los últimos dieciocho meses. En circunstancias normales se habría alegrado mucho por ella, sobre todo si el afortunado parecía haber salido del calendario solidario “Los bomberos más sexys”, pero ese día no.

—¡Hemos venido aquí a celebrar mi despedida de soltera! —se quejó.

Lidia no puso los ojos en blanco, pero casi.

—Cariño, no te lo tomes mal, pero esto de despedida de soltera no tiene nada.

—Ya te dije que no me apetecía pasar una noche entera con una polla de goma en la cabeza dando vueltas por toda la ciudad.

—Y yo te dije…

—No quiero volver a entrar en esa conversación —la cortó Laura.

Lidia suspiró y volvió a dedicarle una mirada suplicante.

—Laura, todavía estaremos en Porta tres días más. Sólo te abandono esta noche… bueno, y mañana por la mañana no cuentes conmigo, pero después de la hora de comer seré toda tuya otra vez. Iremos a la playa, volveremos a salir de fiesta y comeremos hasta que reventemos. Te lo prometo.

Laura sabía que no valía la pena insistir y tampoco le apetecía enfadarse. Ahora fue ella la que suspiró.

—Vale —dijo, y añadió con una sonrisa pícara: — Pero dale a ése un mordisco en el trasero de mi parte.

—Oh, lo haré, créeme.

—No lo dudo —rió Laura—. Me voy al hotel.

Se despidieron con un pequeño abrazo y Laura empezó la difícil tarea de abrirse camino entre la multitud que había esa noche en la discoteca, en dirección a la puerta.

Una vez en la calle, cuando el calor húmedo de las noches de julio la abrazó, se dio cuenta de que no había podido evitar enfadarse un poco con Lidia. Y no era por haberle dado plantón cuando se suponía que iban a pasar cinco días ellas solas, sin hombres, para celebrar que Laura se iba a casar, sino por esas palabras que su amiga había estado a punto de pronunciar. Otra vez.

Lidia era su mejor amiga, y una de las cosas que más apreciaba en ella era que no tenía pelos en la lengua. Ninguna de las dos los tenían. Siempre había agradecido la sincera opinión de Lidia sobre cualquier asunto, excepto cuando el asunto era su boda.

Lidia opinaba que si Laura no quería celebrar una despedida de soltera como Dios manda, con todas sus amigas, era porque en el fondo no quería casarse con Javi. Laura había intentado convencerla por activa y por pasiva de que nunca le habían gustado esas celebraciones. Sí, había participado en varias, pero porque a sus amigas les hacía ilusión. Pero que fuera la suya ya era otra cosa. Sin embargo, Lidia no se había dejado convencer. Es más, su comentario siempre era el mismo:

—Ahora piensas eso porque ya se te está pegando la sosería de tu novio. Admítelo, Laura, Javi es un sosainas. O bien te acabarás aburriendo de él o te acabarás convirtiendo en una sosainas como él. Y eso me daría mucha pena. Además, sólo tienes veinticinco años, eres muy joven para casarte.

Cada vez que Lidia decía eso, a Laura le dolía, porque Javi era un buen hombre, tranquilo y atento. Encontrarlo fue un regalo caído del cielo después de la horrible relación con Rafa. Con Rafa todo habían sido discusiones y lloros, una crisis detrás de otra. Con Javi todo era tranquilidad y respeto mutuo. No discutían, todo se hablaba pacíficamente.

El ruido de un coche avanzando demasiado rápido la sacó de sus pensamientos. Ni siquiera se había dado cuenta de que ya había abandonado la amplia calle donde se encontraba la discoteca y había empezado a callejear por Porta en dirección al hotel.

Los únicos presentes en la calle eran ella misma, un hombre que caminaba hacia ella y que sólo se encontraba a unos veinte metros, y el coche que avanzaba hacia ellos a toda velocidad.

Cuando el vehículo se detuvo bruscamente a la altura del hombre, éste también se detuvo. Laura lo imitó. Un escalofrío le recorrió la espalda de arriba abajo y el corazón empezó a latirle con fuerza. Ahí estaba pasando algo raro.

A partir de ese momento, fue como si todo sucediera a cámara lenta.

Las puertas del conductor y el copiloto del coche se abrieron y bajaron dos hombres. El conductor tendría unos cuarenta y cinco años y llevaba el cabello negro peinado hacia atrás. Debía de llevar una buena capa de gomina, porque incluso en esa calle mal iluminada le brillaba. Pero lo que más le llamaba la atención fue el rostro del hombre. Lo tenía extrañamente hinchado, como si hubiera recibido muchos golpes. Había algo en su expresión y su cuerpo alto y robusto que le provocó un rechazo inmediato. Era amenazador.

El otro hombre no debía de llegar a los treinta y era menudo. A pesar de ser claramente musculoso, parecía poca cosa. Sin embargo, su expresión era una continua mueca de desprecio, como si odiara el mundo. No había duda de que era peligroso.

“Son el Gordo y el Flaco”, pensó Laura, extrañada. Ya los había visto antes. Concretamente, en la discoteca de la que acababa de salir. La noche anterior. No tenía ninguna duda al respecto. Se había fijado en ellos porque llamaban la atención, formaban una peculiar pareja que no encajaba en el ambiente del local.

En seguida se dio cuenta de que no era el momento de perder el tiempo con ese tipo de pensamientos, porque el conductor, el Gordo, se había detenido y estaba escudriñando la calle. Laura se tensó, horrorizada. Estaban a punto de descubrirla, y no había que ser una lumbrera para saber que eso no iba a ser bueno para ella.

“Corre”, se dijo a sí misma.

Pero se había quedado petrificada.

“¡Muévete!”, se gritó.

Ahora sí, reaccionó. Pero no echó a correr, aunque era lo que una parte de su cerebro, la que estaba dominada por el pánico, le pedía a gritos. La otra parte del cerebro le decía que si echaba a correr la descubrirían seguro. Tenía más posibilidades de pasar desapercibida si aprovechaba las sombras de la calle para esconderse.

Dio unos pasos hacia atrás con mucha cautela. Recordaba haberse detenido al lado del portal mal iluminado de un edificio.

Una sombra negra la engulló justo cuando el Gordo posó los ojos en el portal… y siguió escudriñando la calle.

No la había visto.

Fue en ese momento que Laura se dio cuenta de que todo parecía estar sucediendo a cámara lenta, porque cuando apartó los ojos del Gordo para ver qué estaba haciendo el copiloto, el Flaco, descubrió que apenas se había alejado del coche.

Se estaba abalanzando hacia el hombre que caminaba por la calle, que empezó a retroceder mientras buscaba algo en el bolsillo trasero del pantalón. Poco más pudo hacer, porque el Flaco en seguida estuvo encima suyo y le empujó tan salvajemente que cayó al suelo. Después, le propinó una patada en la cara. El hombre gimió y, aunque no perdió el sentido, quedó aturdido.

El Gordo se acercó a él.

Llevaba una navaja en la mano.

Laura se cubrió la boca con la mano para no gritar. No tenía ninguna duda de qué iba a suceder a continuación.

El Gordo se agachó sobre el hombre aturdido y le clavó la navaja en el corazón.

Entonces todo fue silencio.

El hombre quedó tendido en el suelo, inmóvil. El Gordo y el Flaco lo observaron unos segundos, hasta que parecieron satisfechos. Sin perder más tiempo, regresaron al coche. Antes de subir, escudriñaron la calle una última vez para asegurarse de que nadie los había visto. Laura se aplastó contra la puerta del edificio. Ni siquiera se atrevía a respirar.

Al fin, subieron al coche y se alejaron en seguida. Ni siquiera habían apagado el motor.

Laura tardó largos segundos en moverse. Sabía que debía ir a socorrer al hombre que había quedado tendido en el suelo, aunque en el fondo también sabía que ya no podría hacer nada por él. Quizá por eso no se atrevía a moverse. Por eso y porque temía que el Gordo y el Flaco regresaran.

Al cabo de un minuto, fue capaz de abrir su pequeño bolso y sacar el móvil para llamar a emergencias.

Otro minuto después, reunió el valor suficiente para acercarse al hombre que seguía tendido en el suelo.

—Ay, madre —murmuró.

Estaba muerto.

Acababa de ser testigo de un asesinato.

Laura no comprendía por qué no se ponía histérica. Sería lo normal, ¿no? En realidad, incluso sería razonable. También sería razonable y adecuado sentirse mal por el pobre hombre al que habían arrebatado la vida en cuestión de segundos.

Pero quizá Laura era una mala persona o se trataba de algún mecanismo de defensa de su cerebro, porque sólo podía pensar en que estaba celebrando su despedida de soltera y era muy, pero muy mal momento para ser testigo de un asesinato. Porque algo así no sólo le estropeaba las merecidas vacaciones, sino que podía cambiarle la vida. Al menos durante una temporada.

En esos momentos, Laura no podía imaginarse hasta qué punto esa noche iba a cambiar su vida. Y es que esa vida perfectamente ordenada y alejada del caos que había construido al lado de Javi, estaba a punto de irse al garete.

2

Llevaba un rato esperando en la sala de reuniones de la comisaría.

Habían pasado cuatro días desde esa noche. Desde entonces, Laura tenía la sensación de estar viviendo en una nube de irrealidad.

Después del asesinato, la habían llevado a comisaría, donde había hecho declaración de lo sucedido y había ayudado a confeccionar los retratos robots del Gordo y el Flaco. De por sí ya era una situación muy excepcional. Pero es que después no la habían dejado regresar a casa, por su propia seguridad. No le habían dado demasiados detalles, pero aunque todos parecían estar de acuerdo en que los asesinos no la habían visto, por algún motivo la policía temía que pudieran identificarla de alguna manera e ir tras ella.

Es decir, borrarla del mapa. Eliminarla de la ecuación. Sayonara, baby.

Asesinarla.

Así que llevaba cuatro días encerrada en una habitación de hotel vigilada las veinticuatro horas del día por seis policías que hacían turnos, que apenas le dirigían la palabra y que no sabían decirle cuánto tiempo más podía alargarse esa situación. Al parecer estaban intentando identificar al Gordo y el Flaco, pero estaba claro que de momento no habían tenido mucho éxito.

Ni siquiera podía hablar demasiado por teléfono. Tan sólo le permitían hablar con sus padres, Javi y Lidia una vez al día y durante diez minutos para asegurarse de que no se le escapaba sin querer ningún detalle sobre su paradero. Las charlas con sus padres y Javi la ayudaban a entretenerse e incluso a animarse un poco, pero Lidia se pasaba los diez minutos, es decir, seiscientos eternos segundos, disculpándose por haberla abandonado esa fatídica noche.

Y ahora, encima, le habían hecho una propuesta que sólo podía clasificarse de locura pero que había aceptado como si fuera lo más normal del mundo: regresar a Porta acompañada de dos policías de incógnito. Fingirían ser tres amigos que pasaban algunas noches allí y regresarían a la discoteca con la esperanza de que Laura viera e identificara a los hombres de nuevo.

Así que ahí estaba, esperando a sus dos guardaespaldas particulares, con la sensación de estar viendo una película en vez de estar viviendo su propia vida. En la vida real la gente no presenciaba asesinatos en una calle oscura a las dos de la madrugada. Ni pasaba encerrada cuatro días en una habitación de hotel vigilada las veinticuatro horas del día. Ni se iba con dos policías de incógnito a identificar asesinos.

En otras circunstancias, esta última parte le habría resultado graciosa. Había ido a Porta con Lidia para celebrar su inminente boda, que ya había sido pospuesta, por cierto, pero cuatro días después se había convertido en una espía. Fuentes, Laura Fuentes, muñeco. Desde Porta con amor. Vamos, de ahí podría irse a correr aventuras con Tom Cruise en Misión: Imposible.

Sí, era para partirse de risa.

La puerta se abrió y el Comisario entró, seguido de dos hombres.

—Señorita Fuentes, disculpe la espera —dijo el Comisario—. Estos son el inspector Casas y el subinspector Romero. Ellos la acompañarán y protegerán en Porta.

Laura primero vio al subinspector Romero y pensó que para la misión ultra secreta que tenían entre manos podía estar tranquila. El tío era un armario. Era alto, se notaba que iba al gimnasio y tenía las espaldas, los pectorales y los músculos de los brazos bastante desarrollados. Tenía el cabello negro, unos grandes ojos de color gris, unos rasgos increíblemente atractivos y una sonrisa arrebatadora y pícara. Laura le devolvió la sonrisa, divertida. A ese tipo sólo le faltaba llevar la palabra “rompecorazones” estampada en la frente, se le veía a la legua.

El subinspector Romero le tendió la mano.

—Un placer, señorita Fuentes —dijo.

Laura se la estrechó sin dejar de sonreír y se giró para observar al inspector Casas. En cuanto posó los ojos en él, la atravesó una especie de descarga y el corazón le dio un vuelco. Raro.

El inspector Casas era sólo un poco más alto que ella, ancho de espaldas sin ser un cachas y estaba bien proporcionado. Y era atlético. Y tenía el cabello de un color castaño casi rubio que en verano tenía que coger un tono adorable. Y los ojos de color verde y profundos como el océano. Y los labios tan carnosos que apetecía mordisquearlos. Era un bombón. Tenía que ser agradable acurrucarse entre esos brazos.

Vale, ¿de dónde demonios habían salido todos esos pensamientos?

Laura carraspeó, incómoda y desconcertada, y se dio cuenta de que el inspector Casas la estaba observando con el ceño levemente fruncido y un destello en la mirada que no supo interpretar. Él no le tendió la mano, sino que se limitó a hacerle un gesto con la cabeza.

—Hola —dijo Laura, agradeciendo no tener que darle la mano.

Con esas sensaciones y pensamientos tan raros que acababan de sacudirla, casi que prefería no tocar al inspector Casas.

Había sido muy raro. Y seguía siéndolo, porque el policía todavía la miraba fijamente.

El Comisario abrió la boca para hablar, pero el inspector Casas se le adelantó.

—Disculpe, señor. ¿Podemos hablar un momento, por favor? En privado —dijo con una voz aterciopelada que provocó que todas las terminaciones nerviosas de Laura se pusieran a bailar emocionadas.

“¡Vaya voz!”, parecían corear mientras un estremecimiento le bajaba hacia la entrepierna. Horrorizada, Laura intentó mantenerse impasible, rezando para sus adentros para que ninguno de los tres hombres que tenía delante se diera cuenta de las absurdas reacciones de su cuerpo.

—Claro —dijo el Comisario—. Disculpe un minuto, señorita Fuentes.

Los tres hombres abandonaron el despacho, cerraron la puerta y se quedaron hablando en el pasillo. Laura podía verlos a través de las paredes acristaladas, pero fue suficiente para ella. Soltó el aire que no sabía que había estado conteniendo y se esforzó por aparentar indiferencia.

No comprendía qué le había pasado al ver al inspector Casas, y tampoco comprendía qué le estaba pasando ahora. Él se había quedado de espaldas al despacho, y sus ojos traicioneros se empeñaban en fijarse en su espalda y en el trasero respingón que se adivinaba bajo los tejanos.

Esto era muy extraño. Nunca le había pasado algo así al ver a alguien por primera vez. Bueno, ella nunca se había negado a sí misma el placer de observar a tíos buenos, pero alterarse así… era raro, sí.

Quizá era que el tal inspector Casas era el tío más bueno que hubiera visto nunca. Con diferencia. De ahí la reacción, sí. Por la sorpresa.

Tenía que ser eso, sí, sólo eso. Ni ella ni nadie era inmune a la belleza. Igual que se emocionaba al catar un buen vino, también apreciaba a alguien especialmente agraciado.

Sólo era eso.

3

—Disculpe la impertinencia, señor, ¿pero no podría asignar la operación a otro inspector?

El comisario le miró con las cejas arqueadas, en ese gesto tan suyo y cuyo significado ya conocían todos perfectamente: ¿De qué demonios estás hablando?

Hugo traspasó su peso de un pie al otro, esforzándose por mantenerse de espaldas a la sala de reuniones a pesar de que cada célula del cuerpo le pedía que hiciera lo contrario. Carraspeó, incómodo.

—Ya sabe que me caso dentro de unos días…

Las cejas se arquearon un poco más. Es decir: ¿Y?

—Preferiría no entrar en una operación especial justo antes de la boda. ¿Por qué no envía a Linares en mi lugar?

—¿Romero con Linares y esa chica en una discoteca? —preguntó el comisario.

A su lado, Adam hinchó el pecho y sonrió. Hugo no tenía ninguna duda de qué estaba pensando su mejor amigo, pero no dijo nada. Se limitó a seguir mirando al comisario, encogerse de hombros y asentir.

Las cejas del comisario ya no daban más de sí, así que éste optó por mirarle como si hubiera desarrollado una grave enfermedad mental.

—¿Has visto bien a Linares y a esa chica? Necesitamos que la señorita Fuentes pueda identificar a dos sospechosos de asesinato, no que Romero se pase la noche apartando a los moscardones que atraerán en una discoteca.

Claro que había visto bien a la chica. Tenía el cabello más negro que había visto nunca, ondulado y cortado en una media melena de aspecto rebelde. Los ojos de un azul intenso parecían cálidos y amables. Y, aunque no se había levantado para saludarlos, bajo su ropa veraniega había podido intuir un cuerpo en buena forma y discretamente voluptuoso. No era una bomba sexual, pero sí era muy atractiva.

Ese era el problema, que estaba para mojar pan. En cuanto había entrado en la sala de reuniones y la había visto ahí, había sentido algo que no era normal.

¿Era normal querer arrancar la ropa y hacer el amor desenfrenadamente a alguien a quien acabas de conocer en la sala de reuniones de comisaría?

No, no era normal.

Luchó contra la erección que crecía bajo sus pantalones, agradeciendo haberse puesto una camiseta holgada capaz de esconder el apuro en el que se encontraba. Porque, teniendo en cuenta que se casaba al cabo de siete días, no parecía muy apropiado ir deseando a otras mujeres con esa desesperación.

Aunque, en realidad, quizá le estaba sucediendo eso precisamente por la boda. Eran los nervios. Era lógico sentirse impresionado ante el compromiso por el resto de su vida, y su cuerpo lo sacaba de esa manera tan irracional.

Además, él tenía claro que quería a Sara. Nunca había conocido a nadie tan dulce, tierna y complaciente como ella. Puede que a su lado las cosas a veces fueran demasiado tranquilas, incluso demasiado fáciles, pero la necesidad de protección que emanaba despertaba su propia ternura. Sí, la quería.

Sin embargo, por más que tuviera bien claros sus sentimientos hacia Sara, prefería ahorrarse el mal trago de tener de luchar contra pensamientos irracionales hacia la mujer que esperaba en la sala de reuniones. Maldita sea, incluso a pesar de estar dándole la espalda su cuerpo se empeñaba en sentir su presencia detrás suyo. Menuda estupidez.

Y teniendo en cuenta que Adam no sólo era su mejor amigo, sino también el hermano mayor de Sara y, por lo tanto, su futuro cuñado, lo mejor que podía hacer era intentar mantenerse alejado de esa… situación.

Conociendo a Adam y viendo la sonrisa que había dedicado a la señorita Fuentes hacía un minuto, sabía que no dudaría en pasarse la ética profesional por el forro y que intentaría echar un buen polvo con ella. Y solía salirse con la suya.

Ese pensamiento lo enfureció, especialmente con Adam. Y después se enfureció consigo mismo por haberse enfurecido.

¿Qué coño le pasaba? Esto no tenía ningún sentido.

—Casas.

La voz del comisario le hizo darse cuenta de que se había quedado ensimismado. Él y Adam le miraban extrañados. Carraspeó y se encogió de hombros, intentando disimular. Era especialmente importante que lo hiciera delante de Adam, porque su amigo podría tener muchos defectos, pero también tenía una capacidad pasmosa de leer a través de la gente. Era uno de los motivos por los que era un buen policía. Hugo tenía que ser prudente para asegurarse de que Adam no sospechara sus motivos reales para librarse del caso.

—Bueno, ¿no hay nadie más disponible? —preguntó Hugo.

—Sois los únicos por aquí que tenéis treinta y pocos años. Si la envío con agentes de cuarenta años la tapadera no se sostendrá —dijo el comisario—. Y ya vale de buscar excusas, inspector Casas. La operación es vuestra.

—Ya, ¿pero cómo sabemos que la chica responderá bien? Si llega a ver a los tipos, podría darle un ataque de histeria. O incluso antes de entrar en la discoteca —objetó Hugo.

—No creo. A pesar de lo que vio y de que lleva cuatro días encerrada en el hotel, ha mantenido la calma. De momento, nadie la ha visto llorar. Ya han empezado a llamarla la Reina de Hielo —explicó el Comisario—. Y no ha dudado cuando le hemos propuesto que regrese a Porta para ver si reconoce a los tipos.

Hugo alzó las cejas e intercambió una mirada con Adam, ambos impresionados. Se preguntó si la chica tenía nervios de acero o si era una de esas personas que lo va guardando todo dentro hasta que algo la hace explotar y, cuando eso sucede, lo más prudente es estar en la otra punta de la Tierra.

Adam la observó a través del cristal, pero Hugo se negó a girarse. Aunque se moría de ganas de hacerlo, tuvo que reconocer con fastidio.

Estaba claro que de esta no se libraba. Si seguía insistiendo, Adam sospecharía algo.

Bueno, al menos sabía que sólo se trataba de una reacción irracional de su cerebro y su cuerpo por los nervios de la boda. Suponiendo que la cosa siguiera igual los próximos días, sería incómodo, sí, pero podría soportarlo, ¿no? Por Sara.

Suspiró.

—¿Puede hacernos un repaso de los detalles, por favor? —pidió, claramente malhumorado.

—Claro, muchacho —dijo el el comisario mientras le daba un cachete en el brazo y sonreía al notar su mal humor—. Laura Fuentes, veinticinco años. Hace cuatro noches estaba en una discoteca de Porta con una amiga. La amigo ligó, así que ella regresó al hotel sola sobre las dos de la madrugada. A medio camino se metió por una calle donde sólo había un hombre que se acercaba. Entonces se acercó un coche, dos tipos bajaron, lo apuñalaron y se fueron en el mismo vehículo.

—¿No la vieron?

—Cuando vio el follón tuvo la sangre fría de esconderse en un portal y no salió a pedir auxilio hasta que el coche estuvo bien lejos. Si la hubieran visto se la habrían cargado ahí mismo.

—Vale. Y por lo que he escuchado, el muerto resultó ser policía —dijo Hugo.

El comisario asintió.

—De Madrid. Estaba infiltrado en una red de trata de personas.

—¿Alguien nuestro lo delató? —preguntó Adam, preocupado.

—Posiblemente no, pero no podemos descartarlo. Por eso tenemos a la señorita Fuentes bajo vigilancia, no podemos arriesgarnos a otro chivatazo y que vayan a por ella —explicó el comisario.

Pensar en que alguien podía hacer daño a la chica a la que se negaba a mirar provocó un desagradable escalofrío a Hugo. Ignoró que la piel de los brazos se le puso de gallina, pero se irritó. ¿Desde cuándo se preocupaba así por un testigo? ¿Alguien con quien apenas había intercambiado un “hola”?

—¿Qué ha pasado con la red de trata de personas? —preguntó, esforzándose por centrarse en su trabajo.

—La operación se ha ido al traste, pero detuvieron a los cabrones que ya tenían identificados. Sin embargo, la señorita Fuentes no ha reconocido a ninguno de ellos, así que no sabemos si los asesinos pertenecen a la red.

—Puede haberse confundido.

—Está muy segura. El detalle importante aquí es que está convencida de haber visto a los dos tipos antes en la discoteca esa, Kisses. Había ido un par de veces más.

—¿Cómo de convencida está? —preguntó Hugo, escéptico.

—Al cien por cien.

—Caramba —dijo Adam, claramente impresionado.

Hugo lo miró con el ceño fruncido. Él no se lo creía. Nadie podía estar cien por cien convencido de algo.

—En principio la red desmantelada no tiene relación con la discoteca, así que no tenemos nada más que nos pueda conducir a esos tipos —concluyó el comisario—. Las órdenes son claras. Fingiréis ser tres amigos que pasan unos días en Porta. Durante el día ella no saldrá a la calle y por las noches iréis a la discoteca, a ver si hay suerte con los dos hombres. Méndez ya ha alquilado un apartamento, hablad con él.

El comisario se alejó, silbando alegremente. No había nada que le gustara más que fastidiar bien a sus subordinados.

—Menudo marrón —se quejó Hugo.

Adam sonrió y le dio una palmada en el hombro.

—Una última aventura antes de la boda, cuñado —dijo Adam. Y añadió con una sonrisa que entendió demasiado bien: —Además, estaremos muy bien acompañados.

Hugo sintió ganas de asestarle un puñetazo en plena nariz y volvió a enfurecerse consigo mismo.

—Sigue siendo un marrón, tío.

4

Varias horas después, Laura iba sentada en la parte trasera de un Ford Focus camino de Porta. Como el inspector Casas conducía, se había sentado detrás suyo con toda la intención de verlo lo menos posible. No lo comprendía, pero su presencia seguía alterándola, así que cuantas menos partes de él tuviera a la vista, mejor.

El único problema era que, desde donde estaba, podía ver sus ojos reflejados en el retrovisor, así que tenía que hacer grandes esfuerzos para mantener la mirada apartada del maldito espejo.

Afortunadamente, él no sentía absolutamente ningún interés por ella y no apartaba los ojos de la carretera. Es más, el tipo o estaba de mal humor o nació como uno de los seres más antipáticos sobre la faz de la Tierra, porque a esas alturas todavía no le había dirigido la palabra y se comunicaba a base de gruñidos. Y ella derritiéndose sólo con pensar en esos ojos verdes que la tentaban desde el retrovisor. ¿Se podía ser más patética?

En su defensa, debía decir que le parecía que había algo raro en el inspector Casas. No tenía aspecto de ser alguien antipático, más bien al contrario. Sus facciones, las expresiones de su cara y la manera de moverse más bien lo definían como un trocito de pan. Aunque, en fin, estaba claro que no podía hacer demasiado caso a sus impresiones, tal y como le demostraban los continuos gruñidos del policía.

Al menos el subinspector Romero era muy majo. Un encanto, en realidad, y muy atento. De hecho, al poco de que se hubieran puesto en marcha se giró hacia ella y le dedicó una de sus sonrisas arrebatadoras.

—Antes que nada queremos que sepa que nuestra principal preocupación estos días es garantizar su seguridad. A pesar de regresar a Porta, puede estar tranquila.

Era cierto que el regreso a Porta y a la discoteca la ponía un poco nerviosa, pero procuró enviar todos los pensamientos relacionados con ese asunto a un rincón de su cerebro. Alterarse no la iba a ayudar en nada.

—Gracias —dijo, procurando sonreír.

—Es muy valiente al aceptar regresar.

A Laura se le escapó una risita desganada.

—La alternativa a esto era pasarme el resto de mi vida encerrada en una habitación de hotel. No es que tuviera muchas opciones, ¿no?

El subinspector Romero sonrió.

—No todo el mundo lo hubiera aceptado.

—¡¿Me está diciendo que podía decir que no?! —exclamó Laura, fingiendo sorprenderse.

El policía se rió.

—Ahora ya no puede echarse atrás, señorita Fuentes.

En los últimos días la habían llamado tantas veces “señorita” que empezaba a sentirse como si estuviera en una novela de Jane Austen. Comprendía la formalidad de los policías, pero era un poco cansino.

—Se supone que somos amigos, ¿no? —preguntó.

—Correcto.

—¿No es un poco raro que tres amigos se traten de usted? Los camareros de la discoteca fliparán si nos presentamos diciendo cosas como “póngame una copa para mi amigo el señorito Romero”, ¿no?

El subinspector Romero rió otra vez y asintió.

—Tienes razón —admitió—. Yo soy Adam, y este señor que parece tener un cactus en el culo es Hugo.

A través del retrovisor, Laura vio que éste fulminaba con la mirada a Adam.

—Mucho gusto —dijo ella.

—Igualmente —dijo Adam.

Hugo se limitó a gruñir como si todo aquello le pareciera una soberana estupidez. El tío era borde, borde.

—Bueno, Laura, espero que todo este asunto no haya trastocado en exceso tu vida personal.

A Laura le pareció un comentario puramente cortés para darle conversación, pero vio que Hugo dedicaba una mirada enfadada a Adam. ¿Sería que al tío le parecería mal que hablaran? De verdad, era un malgasto conceder genes de tío bueno a alguien con un carácter tan agrio.

Bueno, pues ella no pensaba darle el placer de achantarse ante su antipatía. Iba a seguir la corriente a Adam y hablar con él todo lo que quedaba de trayecto.

—Pues un poco sí que me ha trastocado la vida, la verdad. Iba a casarme este sábado, pero hemos tenido que posponer la boda.

Laura no vio, sino que sintió que los ojos de Hugo se clavaban en ella a través del retrovisor. Se esforzó por ignorarlo y mantener la mirada fija en Adam.

—Vaya, lo siento —dijo éste.

—Supongo que habría podido ser peor.

Adam señaló a Hugo.

—Aunque parezca mentira, este de aquí también se casará dentro de un par de semanas.

Hugo miró a Adam otra vez, molesto.

—Enhorabuena —dijo Laura, intentando ignorar las inoportunas emociones que la invadieron. Sorpresa (¿quién en su sano juicio se casaría con alguien tan borde?) y decepción (estaba claro que ella no estaba en su sano juicio).

Por toda respuesta, él le dedicó uno de sus gruñidos.

Ella y Adam siguieron conversando animadamente. Lo agradeció, porque a medida que se acercaban a Porta no podía evitar que los nervios se escaparan poco a poco de ese rincón donde había intentado encerrarlos. Cuando se detuvieron a comprar unos bocadillos para cenar, apenas fue capaz de probar bocado, cosa rarísima en ella.

Sobre las diez de la noche entraron en el apartamento de tres habitaciones donde se iban a alojar. Después de que los dos policías lo inspeccionaran, Adam anunció que había llegado el momento de cambiarse para ir a la discoteca y cada uno se encerró en su habitación.

Ahora sí, Laura se puso como un flan. Mientras deshacía la maleta y se cambiaba las manos le temblaban ligeramente, y tuvo que detenerse varias veces a respirar profundamente para calmarse.

Cuando estaba acabando de ponerse los zapatos, escuchó un golpe suave en la puerta.

—¿Lista? —preguntó secamente una voz aterciopelada.

Laura resopló. La antipatía de ese policía no iba a ayudarla con sus nervios. Pero no estaba dispuesta a dejarle ver que su actitud la afectaba.

Se levantó, cogió aire y abrió la puerta. Primero le llegó el aroma que desprendía. A jabón y algo más que sólo podía ser su olor natural. Al identificarlo, le provocó un estremecimiento. O quizá se lo provocó el conjunto. Iba vestido de manera sencilla, con tejanos y una camisa negra, pero le quedaba tan bien que tuvo que hacer esfuerzos para no abrir la boca con admiración. Se limitó a carraspear.

—Estoy lista —dijo.

Él la miró de arriba abajo, esbozó una sonrisa burlona y se apoyó en el marco de la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho.

—¿Vas a ir vestida así? —preguntó.

Laura miró hacia abajo para observarse la ropa. Se había puesto un vestido negro escotado y ajustado y unos zapatos de tacón, no demasiado altos.

—¿Qué pasa? —preguntó, desconcertada.

—Se supone que tenemos que pasar desapercibidos.

—¿Y?

—Ese escote y ese vestido no pasan desapercibidos —dijo sonriendo todavía más, como si la situación fuera muy divertida.

Laura se dio cuenta de que había dicho esas palabras con toda la intención de ser desagradable. Parecía que quería hacerla rabiar. Pero de nuevo, era extraño. Era como si se estuviera esforzando por ser antipático. Lo estaba haciendo bastante bien, pero seguía siendo desconcertante.

La verdad, ya no sabía si el tío realmente era un gilipollas o si ella veía cosas que no existían sólo porque se moría de ganas de que le cayera bien.

En cualquier caso, había decidido que no iba a achantarse, así que le dedicó una sonrisa traviesa.

—¿Te gusta?

Hugo puso los ojos en blanco, en un gesto que quería decir “ya te gustaría”.

—Será mejor que te cambies.

Laura se rió sin humor.

—Vine aquí para ir a la playa y salir de fiesta, pero unos pirados mataron a un pobre hombre, yo llevo cuatro días encerrada en un hotel por mi propia seguridad y ni siquiera he podido pasar por casa a buscar otra ropa. Así que la alternativa a esto es un bañador. ¿Prefieres que vaya a la discoteca en bikini?

Hugo resopló y se giró hacia el pasillo, por donde se acercaban los pasos de Adam.

—Será mejor que cojamos el bate de béisbol para apartar a todas las lapas que se le echarán encima —dijo.

Adam asomó la cabeza por la puerta y la observó de arriba abajo.

—No sufras, Hugo, entre los dos podremos controlarlos —dijo mientras sonreía y guiñaba un ojo a Laura.

Laura no pudo evitar sonreír a su vez. Este Adam era más peligroso… Algo le decía que iba a esforzarse para que al final sólo gastaran dos de las tres habitaciones. Sin embargo, eso no la preocupaba demasiado. Adam era un ligón, pero también parecía bastante inofensivo. Se notaba que si alguien le decía que no, respetaría las distancias.

—Quizá podríamos fingir que uno de los dos es su novio —propuso Adam.

—No. De momento intentaremos pasar sin hacerlo —dijo Hugo secamente mientras Laura escondía una sonrisa—. ¿Nos vamos?

Hugo hizo un gesto a Laura para que saliera de la habitación delante suyo. Cuando ya estaba en el pasillo se detuvo.

—Mierda. Perdón, un momento, he olvidado tomar…

Entró en la habitación de nuevo y buscó el blíster en su neceser. Cogió una de las pequeñas pastillas, se la metió en la boca y la tragó sin necesidad de tomar agua.

—¿Estás enferma? —preguntó Hugo.

—Son los anticonceptivos —dijo, esperando incomodarlo un poco. Aunque sólo fuera un poquito.

Satisfecha, lo vio respirar profundamente una vez.

—Vale. ¿Podemos irnos de una vez? —dijo, como si ya lo hubiera pedido treinta veces.

—A la orden, jefe —dijo Laura dedicándole una sonrisa burlona, y salió de la habitación caminando con la cabeza bien alta.

5

Hugo no podía estar de más mala leche con el mundo. Especialmente con Laura por estar tan buena en general, por ponerse ese vestido negro que casi le había provocado un infarto, y por parecer inmune a su mal genio.

Él se estaba esforzando por marcar las distancias. No había abierto la boca en todo el trayecto hasta Porta y se había limitado a emitir gruñidos. Y cuando por fin le había hablado, había procurado ser bastante desagradable. Había desplegado la conocida mala leche de Hugo, esa que su familia, amigos y compañeros de trabajo conocían y que le había valido más de una crítica a lo largo de su vida. Incluso Sara optaba por dejarle en paz cuando estaba así.

El sentido común le decía que era la táctica más eficaz: si caía mal a la chica, ella también sería borde con él y sería mucho más fácil borrar todos esos estúpidos impulsos que sentía cuando estaba a su lado.

En cambio, Laura se lo había tomado literalmente a guasa. Nadie se había tomado nunca su mala leche a guasa. Era muy desconcertante y, maldita sea, le habría gustado sentirse ofendido o contrariado, pero la chica sólo había conseguido aumentar su curiosidad por ella.

Por si eso no fuera suficiente, había sido ella quien lo había incomodado a él con el comentario sobre los anticonceptivos. Y lo había puesto duro como una piedra al contestar ese “a la orden jefe” con un tono de voz que quería ser burlón pero que más bien había resultado provocativo.

Esta situación era de locos y no tenía ningún sentido.

Ni ella ni Adam habían dado muestras de sospechar de la rapidez con la que había rechazado la propuesta de que uno de los dos se hiciera pasar por su novio. Podía mentirse a sí mismo y asegurar que lo hacía para evitar que Adam se pasara la ética profesional por el forro otra vez, cosa que algún día le traería problemas serios.

Sin embargo, la triste realidad era que sabía que Adam se lo haría venir bien para acabar siendo él el supuesto novio, y a partir de ahí era solo cuestión de tiempo que Laura acabara cayendo. Porque Adam no respetaba nada, ni la ética profesional ni las parejas, aunque estuvieran a punto de casarse. Seguro que el futuro marido de Laura no la merecía, pero eso daba igual. No estaba nada bien entrometerse entre una pareja que iba a pasar por el altar. Hugo ya sabía que Laura podía ser inmune a su mal genio, pero no lo sería a Adam. Conocía muy bien el efecto que su amigo ejercía sobre las mujeres. De hecho seguro que ya tenía a Laura casi en el bote, porque se la había empezado a trabajar en el coche.

Por eso había rechazado la propuesta de Adam, porque le enfurecía pensar que su amigo prácticamente tenía a Laura comiendo de la mano. Incluso podía imaginárselos juntos en la cama, con Laura completamente desnuda, el cabello revuelto y desparramado a su alrededor, la piel suave y caliente, el cuerpo flexible, los labios tentadores y húmedos, igual que su lengua, su…

Por Dios, tenía que parar.

Se giró hacia su amigo y lo descubrió mirando el trasero de Laura con una sonrisa de lobo hambriento en los labios.

—Por una vez intenta mantener la polla en los pantalones —le susurró Hugo.

—Tu amor por Sara hace que no te fijes en otras mujeres, tío, pero para los demás seres humanos es muy difícil resistirse a ciertas tentaciones —dijo Adam mientras le daba una palmada en el hombro.

Hugo se sintió aliviado al ver que Adam no sospechaba que tenía la cabeza llena de pensamientos… poco apropiados, pero la mención de Sara le provocó una oleada de culpabilidad. Por estar con ella no había dejado de mirar a otras mujeres porque sólo era eso, mirar. Pero lo que le estaba pasando con Laura iba un poco más allá, y casi le parecía que le estaba siendo infiel.

Si Adam supiera lo que estaba pensando respecto a Laura le partiría la cara, porque su amigo estaba cortado por un patrón tan conocido como contradictorio: mujeriego empedernido pero tremendamente protector con su hermana pequeña.

Al fin salieron a la calle, céntrica y repleta de restaurantes, cafeterías, tiendas que abrían hasta las tantas y turistas. Porta era una ciudad costera de veraneo, así que a finales de julio estaba en pleno apogeo.

Caminaron calle abajo en dirección a la discoteca, que les quedaba a menos de cinco minutos a pie, Adam y él flanqueando a Laura y vigilando discretamente a su alrededor. Los dos se habían asegurado de memorizar los retratos robots de los sospechosos.

Laura cerró los ojos y aspiró aire con fuerza, disfrutando de la suave brisa que les acariciaba la piel y el cabello.

—Llevaba cuatro días sin caminar más de diez metros seguidos por la calle. Qué alivio —dijo. Y entonces añadió: —Mañana podríamos bajar un rato a la playa, ¿no?

—Ni de coña —respondió Hugo casi indignado, no por lo absurdo de la propuesta, sino porque no había podido evitar imaginársela en un bikini minúsculo que le quedaba estupendamente.

Al escuchar las risitas de Adam y Laura se dio cuenta de que ella sólo había estado bromeando.

—Aunque no lo parezca, normalmente es majo, ¿eh? Sólo que de vez en cuando se le cruzan los cables y se pone en plan ogro —dijo Adam—. Es que echa de menos a su novia.

—Ya veo, ya —comentó Laura, dedicándole una mirada rápida y una sonrisa.

De repente, Laura se detuvo y ellos la imitaron.

—¡Un momento! —exclamó—. Esto no es una broma: supongo que podremos tomar una copa, ¿no? No me vais a salir con una historia tipo estamos de servicio, ¿verdad?

Adam sonrió.

—Tú lo has dicho.

—¡Venga ya! —se quejó, cómicamente desesperada—. Al menos una.

A su pesar, Hugo sonrió al ver su reacción.

—Nada de alcohol —dijo.

—Por favor. No me emborracho hasta el tercer gintonic. Dejadme tomar sólo uno. Prometo que vuestro jefe no se enterará —suplicó.

Hugo se dio cuenta de que Adam empezaba a dudar y le lanzó una mirada de advertencia.

—No —dijo—. Sigamos caminando, por favor.

Laura obedeció, claramente fastidiada.

—Definitivamente, esto parece una novela de Jane Austen —le pareció que farfullaba.

—¿Qué?

—Nada, cosas mías.

—En el apartamento sí puedes tomar una copa. Si quieres cuando regresemos podemos comprar algo —propuso Adam.

Hugo fulminó a su amigo con la mirada, consciente de sus intenciones. Definitivamente quería partirle la cara.

—Supongo que podría… —empezó a decir Laura, pero Hugo la interrumpió para cambiar de tema.

No estaba dispuesto a escuchar hacia dónde iba la conversación entre ellos dos.

—Por lo que nos han dicho, la discoteca es bastante grande.

—Es mediana —puntualizó ella, y siguió hablando: —Los primeros metros son como un pasillo muy ancho, con la barra a mano izquierda. Al final de la barra el local se abre a la pista de baile, que tiene un buen tamaño. Al fondo hay una barra más pequeña y al lado están los baños. Hay un segundo piso, de estos tipo balcón desde donde puedes ver la pista de baile. Ahí arriba hay otra barra, mesas y algunos sofás. Y una puerta que creo que debe dar a las oficinas de la discoteca.

Hugo y Adam la miraron y después intercambiaron una mirada, sorprendidos por el detalle con el que acababa de describir el local.

—Vale. Calculo que ahí debe de caber bastante gente. ¿Cómo de segura estás de poder reconocer a esos tipos? —dijo Hugo.

—Muy segura.

—¿De verdad?

—Es que me llamaron mucho la atención. En una discoteca la gente baila, habla, bebe. Incluso cuando se va de un lado a otro, la manera de caminar… no sé, los que buscan un sitio van bailando y mirando a su alrededor, los que van al baño quieren cruzar cuanto antes la marea de gente. Pero esos tipos parecía que paseaban —explicó, y se encogió de hombros—. Quizá trabajan allí.

—¿Viste algo más que te llamara la atención? —preguntó Hugo, cada vez más asombrado.

Ella se lo pensó.

—Creo que vi a un tipo pasándole droga a otro. Se dieron la mano de una manera rara —dijo. Después sonrió—. Y una chica salió del baño bastante despeinada y con cara de acabar de echar un buen polvo.

Hugo y Adam volvieron a intercambiar una mirada sorprendida.

—Disculpa, ¿a qué te dedicas? —preguntó Adam.

Laura dudó antes de responder.

—Empecé a estudiar el doble grado en derecho y criminología, pero lo dejé por… bueno, cosas varias, y entré a trabajar en un operador logístico que da servicio a farmacias.

—¿Y esa capacidad de observación tuya te sirve de algo para tu trabajo? —preguntó Adam.

Laura rió de manera encantadora, entrecerrando los ojos y ladeando la cabeza.

—No —contestó.

“Menudo desperdicio de talento”, pensó Hugo.

—¿Y ese trabajo te gusta? —siguió preguntando Adam, que seguramente había pensado como él.

Laura se encogió de hombros.

—Supongo. No creo que me quede allí toda la vida, pero es donde conocí a mi novio y, bueno, no sé. En fin, ya veremos —acabó Laura, que de repente parecía un poco confusa.

“Si es que es una cría”, pensó Hugo. Aunque su actitud no lo demostrara y estuviera a punto de casarse, se llevaban siete años. Ella sólo tenía veinticinco, por Dios, si ni siquiera sabía qué hacer con su vida. Él y Sara ya habían dejado esa horrible fase atrás hacia tiempo. “¿Lo ves? Otro motivo por el que esto de estar tan alterado por ella no tiene ningún sentido”, se dijo.

En ese momento giraron por un esquina y Hugo divisó, al final de la calle, el cartel rojo que parpadeaba sin parar: “Kisses”, “Kisses”, “Kisses”, rezaba una y otra vez. Estaban llegando a la discoteca.

Por el rabillo del ojo vio que Laura se tensaba y aminoraba ligeramente el paso. Su respiración se volvió más profunda y ruidosa. Mientras seguían avanzando, se mantuvo atento a esa primera muestra de nerviosismo. Al parecer, no era la Reina de Hielo. Más bien era de las que se guardaba los nervios dentro hasta que explotaba.

La respiración de Laura se aceleró y se detuvo en seco. Hugo reaccionó antes de que pudiera hacerlo Adam. Ambos sabían que era un mal momento para que Laura tuviera una crisis. En la calle había bastante gente y estaban demasiado cerca de la discoteca. Si montaban una escena, muchas personas podrían fijarse en ellos. Ya no podrían regresar y perderían la oportunidad de identificar a los asesinos. Los dos sabían lo que debían hacer, y los dos sabían qué consecuencias tendría.

Hugo agarró a Laura por la cintura y la obligó a caminar hacia la pared de una casa cercana que quedaba oculta entre las sombras de la noche, intentando no pensar en lo bien que se acoplaba su brazo a su espalda y sus curvas. Ella se dejó llevar y se apoyó contra la pared. Estaba muy cerca de empezar a hiperventilar.

—Tranquila —dijo Hugo mientras le apartaba el cabello de la cara con delicadeza.

—No puedo… —susurró ella.

—Mírame —dijo él con suavidad mientras le sujetaba el rostro entre las manos.

Ella se estremeció y clavó esos ojos azules en los suyos, provocándole un escalofrío. Estaba muy asustada. Hugo quiso abrazarla, pero en esos momentos lo que necesitaba era que saliera de ese estado. Rápido.

—No vamos a dejar que te pase nada, ¿vale? Entraremos allí y no nos apartaremos de tu lado. Y si ves a los dos tipos, nos aseguraremos de que no te vean, ¿de acuerdo? —dijo, y añadió: —No voy a dejar que te pase nada. Para eso estoy aquí.

Ella asintió, esforzándose por controlar su respiración, aunque no acababa de conseguirlo. Hugo apoyó una mano en la pared, acercándose mucho a ella, sin apartar la otra mano de su rostro perfecto.

—Aunque, si lo prefieres, puedo aprovechar para besarte y meterte mano. Sería una buena manera de empezar la noche.

Laura frunció el ceño, como si no acabara de comprender qué había dicho. Entonces abrió mucho los ojos y lo miró con rabia. Le propinó un buen empujón.

—¡¿Qué dices, gilipollas?!

Esa era su chica, pensó Hugo satisfecho. Le dedicó una sonrisa traviesa.

—Que se hace tarde —se limitó a responder, y la cogió de la mano y tiró de ella.

Mientras regresaban al lado de Adam, Hugo pensó que no podía seguir comportándose como un cabrón con ella. Aunque lo escondía bien, la situación la afectaba, y sus comentarios bordes no la ayudarían. Al contrario. Además, la pobre no tenía la culpa de que él estuviera pensando en desnudarla e imaginarse perdido entre sus piernas una media de dos veces por minuto. Lo que necesitaba en esos momentos era apoyo y su obligación era prestárselo. Si su estúpido cuerpo seguía reaccionando ante ella de manera irracional, tendría que aguantarse y llevarlo lo mejor posible.

También debería dejar de pensar en ella como “su chica”. No parecía muy sensato.

Adam los observó acercarse con el semblante serio.

—Con los arrumacos que acabáis de protagonizar, me temo que ahora será difícil evitar fingir que uno de los dos es su novio —dijo su amigo de mala gana.

Laura observó a Adam mientras descifraba sus palabras, y después miró a Hugo. No parecía que la idea le gustara demasiado.

Hugo procuró mantenerse impasible, pero ya se estaba arrepintiendo, la verdad, porque ahora iba a tener que pasarse la noche tocándola, cosa que le apetecía demasiado hacer.

¿Por qué se había metido en este lío? ¿Qué más le importaba si Laura y Adam acababan enrollándose? No era problema suyo, podían hacer lo que les diera la santa gana.

Pero ahora ya era tarde para arrepentirse.

—Tranquila, no hace falta cruzar ciertas líneas —dijo para tranquilizarla.

—Claro. Pero si te pasas te cortaré las manos —respondió ella.

Hugo no pudo evitar sonreír con ganas.

—Lo tendré presente.

6

Laura caminaba cogida de la mano de Hugo, intentando comprender qué estaba pasando.

En cuestión de minutos, el tío borde había pasado a ser primero amable, después tierno, y finalmente le había soltado esa burrada. ¿A qué demonios estaba jugando? ¿Y por qué le resultaba tan agradable que le rodeara la cintura con el brazo y le sujetara así la mano? A pesar de que hacía unos instantes había estado a punto de sufrir un ataque de ansiedad, había sido muy consciente de cómo le acariciaba el cabello y le acunaba la cara con dedos delicados. El gesto le había provocado escalofríos.

Casi habría preferido que se hubiera encargado Adam de tranquilizarla. Sabía que con la excusa de fingir ser pareja intentaría ligar con ella, pero también sabía que podría mantenerlo a raya. Pero Hugo la desconcertaba. No comprendía por qué reaccionaba así ante su presencia y su contacto.

Bueno, quizá se debía a la falta de costumbre de que otro hombre la tocara así, como sólo lo haría Javi. Al fin y al cabo llevaban más de tres años juntos, era normal que ese tipo de contacto con otra persona se le hiciera extraño.

Un parpadeo rojo la sacó de sus pensamientos. Había estado tan concentrada que no se había dado cuenta de que se acercaban a la puerta de la discoteca. Adam ya la estaba abriendo.

Laura se tensó y se resistió un poco, impresionada. Volvía a sentirse como un flan. Parecía que las piernas se le habían vuelto de mantequilla y, con el calor que hacía, en cualquier momento se le fundirían y se desplomaría al suelo.

Hugo se giró y la miró con el ceño levemente fruncido. Sin darle tiempo a reaccionar, tiró de ella para hacerla pasar delante. Se pegó a su espalda y la rodeó con los brazos de manera protectora.

Al instante, Laura sintió como si estuviera en una burbuja, dentro de la cual sólo estaban Hugo y ella. Los sonidos de la discoteca y de la gente que tenían alrededor habían quedado en segundo plano, amortiguados, lejanos. En cambio, percibía con total claridad el cuerpo fuerte y cálido de Hugo detrás suyo, la combinación de aromas que desprendía, los brazos que la rodeaban y a los que se aferró con fuerza. No fue consciente de apretarse contra él hasta que lo sintió aumentar la fuerza de su abrazo. Laura cerró los ojos, abrumada por la incorrecta sensación de estar donde debía estar, de pertenecer allí. No quería ir a ningún otro lugar.

No se dio cuenta de que habían cruzado la puerta de la discoteca hasta que los latidos de la música a toda potencia y el aire cargado del local rompieron bruscamente la burbuja y la golpearon con fuerza.

Laura se tensó de golpe, demasiado consciente y culpable por cómo se había sentido entre los brazos del policía, y súbitamente temerosa de encontrarse cara a cara con el Gordo y el Flaco.

—Todo irá bien —le dijo Hugo al oído.

Laura sintió un alivio inmenso al descubrir que Hugo había atribuido exclusivamente al miedo su manera de aferrarse a él. Se relajó un poco y observó a su alrededor. Había mucha gente, pero el Gordo y el Flaco no estaban entre ellos.

Acabó de relajarse. Se dio cuenta de que había estado temiendo encontrarse con ellos en cuanto entrara en la discoteca. Las probabilidades de que algo así pasara eran muy bajas y, obviamente, no había sucedido. Además, sabía que no la habían visto. Aunque los tuviera a sólo un palmo de distancia, no pasaría nada. Si la hubieran visto presenciar el asesinato, se habrían encargado de ella allí mismo.

Hugo debió de notar que se tranquilizaba, porque la soltó y le pasó el brazo por la cintura. Le dedicó una sonrisa algo tensa que ella se esforzó por devolver, aunque no tenía dudas de que le salió tan forzada como a él, y caminaron hacia la barra, donde Adam había encontrado milagrosamente un hueco vacío.

—¿Qué queréis beber? —les preguntó Adam.

—Un gintonic —se apresuró a contestar.

Sí, por favor, necesitaba una copa. Ya sabía que no podía emborracharse, por su propio bien, pero definitivamente la necesitaba. Sólo una.

Adam sonrió, divertido, pero Hugo hizo como si no la hubiera escuchado. Hizo un gesto al camarero, que se acercó.

—Tres cervezas sin alcohol —pidió.

Laura se inclinó rápidamente hacia el camarero.

—He cambiado de idea y prefiero un gintonic —dijo.

El camarero asintió y se alejó. La sonrisa de Adam se amplió y miró a Hugo. Éste se la había quedado mirando con las cejas levantadas, serio pero claramente divertido por el desafío de Laura.

—Muy bonito —dijo.

Ella se esforzó por apartar todas las emociones y sensaciones que esa noche la estaban abrumando. Como si no pasara nada y la situación fuera de lo más normal. Así que dedicó una sonrisa traviesa al policía.

—Prometo que después me pasaré al zumo de piña.

Laura esperaba que Hugo gruñera o soltara un comentario borde en cualquier momento, pero se limitó a intercambiar una mirada con Adam.

—Creo que necesita una clase sobre qué significa estar bajo protección policial y de servicio —dijo Adam.

Laura se rió.

—Siento informaros de que siempre fui una estudiante rebelde y sacaba malas notas —informó.

Lo último era una verdad a medias, pero no quería que se pasaran la noche diciéndole qué podía hacer y qué no podía hacer.

El camarero trajo las bebidas y Adam pagó. Laura cogió su copa y la chocó contra la cerveza de Hugo, como si brindara.

—¡Vamos a bailar! —exclamó.

Los dos policías la miraron como si no pudieran creerse sus palabras. Casi parecían escandalizados. Laura miró al cielo y se le escapó una risa suave.

—Dios, ¡que es broma! —dijo—. ¿Los maderos no tenéis sentido del humor o qué?

—¿Maderos? —preguntó Hugo, casi como si le costara pronunciar la palabra.

—Oh, ¿preferís pasma? —preguntó Laura procurando hacerse la inocente—. ¿Bofia?

Adam soltó una carcajada, pero Hugo la observaba con los ojos entrecerrados y una media sonrisa que no supo interpretar. Parecía que quería decir algo, pero que se estaba conteniendo.

—Tío, casi que me alegro de que sea tu novia y no la mía —dijo Adam.

Hugo le siguió la broma y puso cara de estar sufriendo un auténtico suplicio. Laura se hizo la ofendida.

—Tú te lo pierdes —dijo a Adam—. Vamos a la pista de baile, ahí es donde vi a los tipos.

Sin esperar respuesta, echó a caminar hacia el interior de la discoteca. No había dado ni dos pasos cuando el brazo de Hugo la rodeó por la cintura y la atrajo hacia él como haría un novio.

—Lo de la clase iba en serio —le dijo al oído—. Primero Adam, después tú y yo detrás.

Que Hugo y ella tuvieran que hacerse pasar por pareja iba a ser un problema porque, cada vez que el policía la tocaba, le provocaba reacciones inesperadas. E indeseadas. En esos momentos se había olvidado de respirar y se le habían erizado los cabellos de la nuca. Sintió ganas de cerrar los ojos otra vez y dejarse caer hacia atrás para que el policía la meciera.

Pero se contuvo.

Esto no estaba bien. Y no podía permitir que él se diera cuenta de todo lo que removía en su interior. “Joder, Laura, que el hombre está a punto de casarse. Y tú también”, se dijo.

No supo de dónde sacó las fuerzas, pero se esforzó por insensibilizarse al contacto de Hugo y giró la cabeza para contestarle también al oído:

—A la orden, jefe.

Quería decirlo en tono burlón, pero la voz le salió ronca y poco firme. Deseó con todas sus fuerzas que él no se hubiera dado cuenta de su flaqueo, y se sintió aliviada cuando lo escuchó reír por la nariz mientras la apartaba de él algo bruscamente.

—Pasa, va —dijo, como si la diera por imposible, y la empujó con suavidad para que caminara detrás de Adam.

En la pista de baile, la música retumbaba a todo volumen. Al verse rodeada de tanta gente y de esas luces que no paraban de moverse, Laura sintió que los nervios volvían a hacer acto de presencia.

Se obligó a recordar que el Gordo y el Flaco no la habían visto y que iba bien protegida por dos policías. Se concentró en la música para no pensar en otra cosa, y el ritmo no tardó en recorrerle el cuerpo. De repente sintió la imperiosa necesidad de liberar toda la energía que tenía acumulada en su interior, después de haber pasado cuatro días encerrada en una habitación de hotel. Empezó a bailar discretamente mientras se movían entre la gente, sin olvidar observar a su alrededor en busca de los dos tipos.

En un momento en el que se giró un poco, descubrió a Hugo observándola con una expresión extraña en el rostro. Estaba serio, aunque no parecía enfadado. Antes de que se pusiera borde otra vez, se apresuró a decirle:

—Llevo cuatro días sin pisar la calle. Si no me muevo reviento.

Él se limitó a dedicarle una media sonrisa y a sacudir la cabeza, como si definitivamente la diera por imposible.


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