Excerpt for Mar adentro by , available in its entirety at Smashwords

designó el Señor a otros setenta y dos

y los envió por delante...

a todas las ciudades y sitios

a donde Él había de ir...”

(Lc 10, 1)

ALEJANDRA MARÍA. SOSA ELÍZAGA

MAR ADENTRO

Colección ‘Lámpara
para tus pasos’

Ciclo C

Mar adentro

Colección ‘Lámpara para tus pasos.’

Ciclo C

Portada: Acuarela sobre papel de Alejandra María Sosa Elízaga

EDICIONES 72, S.A. DE C. V.

Jojutla 3, esq. Congreso, col. Tlalpan, Del. Tlalpan,

C. P. 14000, CDMX, México

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Í N D I C E

Presentación

Amor, no temor I Dom. Adviento

De vuelta II Dom. Adviento

Alégrense III Dom. Adviento

Dichosa por creer IV Dom. Adviento

Buscarlo y encontrarlo La Sagrada Familia

Tiniebla, niebla y luz La Epifanía

Su compañía Bautismo del Señor

Ojos misericordiosos II Dom. T/Ord.

Nuestra fuerza III Dom. T/Ord.

¿A quiénes amas? IV Dom. T/Ord.

Mar adentro V Dom. T/Ord.

Seis tentaciones I Dom. Cuaresma

Temor y valor II Dom. Cuaresma

El perfil de Moisés III Dom. Cuaresma

Sin pretextos IV Dom. Cuaresma

El Papa y la Palabra V Dom. Cuaresma

Saber decir, saber callar Dom, Ramos

Si Jesucristo no hubiera resucitado Dom. Pascua

¿Por qué no me confieso? II Dom. Pascua

Epílogo para comenzar III Dom. Pascua

Sus ovejas IV Dom. Pascua

¿Cómo probarlo? V Dom. Pascua

Para recordar VI Dom. Pascua

Conversión + perdón= salvación La Ascensión

Lo que todos pueden comprender Pentecostés

Al Padre y al Hijo y al Espíritu Sto Santísima Trinidad

Maravillar a Jesús IX Dom. T/Ord.

Nadie se lo pidió X Dom. T/Ord.

Sol y barro XI Dom. T/Ord.

Una mala y una buena XII Dom. T/Ord.

Pero déjame primero... XIII Dom. T/Ord.

De todos modos XIV Dom. T/Ord.

Ve y haz tú lo mismo XV Dom. T/Ord.

La mejor parte XVI Dom. T/Ord.

El Padrenuestro: guía para tu día XVII Dom. T/Ord.

El tiempo XVIII Dom. T/Ord.

Encargo compartido XIX Dom. T/Ord.

Santos que pinten su raya XX Dom. T/Ord.

De primeros y últimos XXI Dom. T/Ord.

Ni más ni menos XXII Dom. T/Ord.

Cuenta conmigo XXIII Dom. T/Ord.

Búsqueda XXIV Dom. T/Ord.

El dinero y los amigos XXV Dom. T/Ord.

¿Bienes o males? XXVI Dom. T/Ord.

La verdadera recompensa XXVII Dom. T/Ord.

Nueve sinrazones XXVIII Dom. T/Ord.

Misión en riesgo Domund

Oración y justificación XXX Dom. T/Ord.

Atención inesperada XXXI Dom. T/Ord.

Telar XXXII Dom. T/Ord.

Debilidad y fortaleza XXXIII Dom. T/Ord.

Lecciones de un ladrón Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

Obras de Alejandra María Sosa Elízaga


PRESENTACIÓN

Este es el tercer volumen de la colección de tres libros titulada ‘Lámpara para tus pasos’.

Con esa capacidad suya de ofrecer meditaciones breves pero profundas, sólidamente fundamentadas, pero de lectura fácil y sabrosa, la autora va invitando al lector a releer textos de las Lecturas que se proclaman el domingo en Misa (en este caso las que corresponden al ciclo litúrgico C), para comprenderlos mejor, relacionarlos con su propia existencia y poder decirle, como el salmista, al Señor:

Lámpara es Tu palabra para mis pasos,

luz en mi sendero” (Sal 119, 105)

Amor, no temor
I Domingo de Adviento

¿Cuándo sobresaltaría a unos alumnos que su maestra entrara de pronto en su salón de clases? Cuando salió un momento pidiéndoles que se quedaran sentados en sus pupitres, portándose bien y se pusieron a echar relajo, a rayonear el pizarrón y a correr y brincar por toda el aula.

¿Cuándo consideraría un joven, cuyos papás tuvieron que salir de fin de semana, que sería el peor momento para que cancelaran el viaje y regresaran? Cuando avisó en ‘facebook’ que había ‘reventón’ en su casa, y la tiene llena de desconocidos pachangueros que están y la están dejando en un estado deplorable.

¿Cuándo no querría un empleado que terminara el viaje de negocios de su jefe? Cuando se la ha pasado sirviéndose de la caja chica con la cuchara grande.

Queda claro que nos da miedo que nos ‘agarren’ portándonos mal, sobre todo si quien llega cuando menos lo esperamos tiene autoridad para sancionarnos por ello.

Reflexionaba en esto al leer que este Primer Domingo de Adviento, en el Evangelio que se proclama en Misa (ver Lc 21, 25-28.34-36) pide Jesús, refiriéndose al día de Su Segunda Venida: “Estén alerta, para que los vicios, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida no entorpezcan su mente y aquel día los sorprenda desprevenidos; porque caerá de repente como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra.

Velen, pues, y hagan oración continuamente, para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder y comparecer seguros ante el Hijo del hombre” (Lc 21, 34-36).

El Señor nos advierte que un día tendremos que comparecer ante Él, así que no nos conviene dejar que nuestra mente se entorpezca por “los vicios, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida”.

Llama la atención que menciona aparte de los vicios, la embriaguez, siendo que solemos considerarla también un vicio, pero es que tal vez lo que quiere enfatizar es que no se refiere sólo a la embriaguez provocada por el alcohol, sino a todo lo que implica la embriaguez como actitud, aplicado en un sentido espiritual: falsa euforia (alegrarnos sólo por los bienes de la tierra, que son transitorios, y no por los del cielo, que duran para siempre); desaprensión (que no nos importe caer en el pecado), libertinaje (usar mal nuestra libertad; volvernos esclavos de nosotros mismos, de nuestros malos hábitos); violencia (no amar al prójimo), inconsciencia (no darnos cuenta de la presencia de Dios), convertirnos en seres tambaleantes (no cimentados en la roca firme que es el Señor) que no saben lo que hacen y por lo tanto pueden hacer lo que sea, desde un penoso ridículo (olvidar su dignidad de hijos de Dios), hasta un delito grave (tropezar y caer en toda clase de pecados).

Se nos llama a evitar la embriaguez, no sólo física sino espiritual, de modo que estemos siempre alerta, lúcidos, conscientes de lo que hacemos.

Pero no sólo para poder ‘comparecer seguros’ ante el Señor, sino sobre todo para ser capaces, como pide san Pablo en la Primera Lectura (ver 1Tes 4,1) de vivir “como conviene para agradar a Dios”.

Que nuestra principal motivación no sea la de evitar el castigo.

Qué triste sería que se porten bien esos niños sólo para que no los dejen sin recreo, ese joven sólo para que sus papás no le quiten el coche, ese empleado sólo para que no lo corran.

Cuánto mejor sería que su motivación para portarse bien fuera, en el caso de los niños, que quieren a su maestra que es tan buena y paciente con ellos; en el caso del joven, que ama a sus papás y no quiere desilusionarlos; en el caso del empleado, que no quiere defraudar a su jefe, al cual le está muy agradecido por haberle dado chamba.

El motor que nos mueve a obrar no deber ser el temor sino el amor.

Vivir agradando a Dios porque lo amamos, porque le agradecemos la vida, los dones y bendiciones con que nos colma cada día.

Quien vive así no sólo vive sin temor a que el Señor lo llame a cuentas de repente, sino también disfruta más plenamente la existencia, puesto que vive conforme a la voluntad de Aquel que lo creó y que sabe qué le conviene, qué lo hace feliz.

Y desde luego no hay que olvidar que al final obtendrá una recompensa que supera cuanto pudiera imaginar.

Cabe suponer la gran alegría que sentirían esos alumnos que se portaron bien si la maestra volviera de la dirección a avisarles que por su buena conducta les dieron permiso de organizar una posada; la que experimentaría ese joven, que se portó bien, al ver que sus papás, agradecidos con él porque se portó responsablemente, volvieron trayéndole un regalazo; la que embargaría a ese empleado, al que su jefe al ver lo bien que se encargó de la oficina en su ausencia, lo ascendiera y le aumentara el sueldo.

Pues todas esas alegrías no se comparan con la que experimentarán quienes vivan agradando a Dios, pues además de haber vivido gozosamente y en Su amistad, podrán “comparecer seguros ante el Hijo del hombre”, y recibir la mayor recompensa que Él les puede dar: seguir disfrutando de Su compañía, toda la eternidad.

De vuelta
II Domingo de Adviento

Como un niño que se echa a andar, entretenido con lo que va encontrando, y cuando acuerda ya se ha alejado demasiado de su hogar y no tiene idea de cómo regresar, y la vuelta se le ha llenado de obstáculos que le parecen insalvables: la bajadita que descendió correteando se ha convertido en una empinada subida; los senderitos que recorrió son tantos y tan parecidos que ya no sabe cuál seguir y además ha oscurecido y se ve rodeado de impenetrables sombras, tal vez así somos nosotros.

Quizá nos hemos dejado distraer por muchas cosas que nos han salido al paso y cuando menos lo pensamos nos damos cuenta de que sin saber cómo nos fuimos apartando paso a pasito del Señor.

Tal vez un día sin orar se nos convirtió en un mes; faltamos un día a Misa y nos acostumbramos a ya no ir nunca; dejamos de confesarnos; de leer la Palabra, de asistir a charlas o a retiros, de platicar con Dios.

Y cuando nos damos cuenta y queremos dar marcha atrás, tal vez nos encontramos con una montaña que nos lo impide: una montaña de orgullo, de pretextos, de flojera, de ocupaciones a las que les hemos dado prioridad.

Retornar parece imposible.

Pero entonces llega el Segundo Domingo de Adviento, y descubrimos que Dios nos facilita el regreso.

En la Primera Lectura dice el profeta Baruc (ver Ba 5, 1-9) que “Dios ha ordenado que se abajen todas las montañas y todas las colinas, que se rellenen todos los valles hasta aplanar la tierra”.

¿Por qué ordenó eso Dios? Para que Su pueblo pueda “caminar seguro”, porque Él lo guiará de regreso.

Dice el profeta que habían salido “llevados por los enemigos”; también nosotros nos extraviamos no sólo por nuestra cuenta sino porque el enemigo, el demonio, se la ha pasado animándonos a tomar rutas equivocadas. Y ¡vaya que lo ha conseguido!

Pero lo bueno es que Dios no nos abandona. Ha venido a rescatarnos. Y tiene el poder para quitar todo obstáculo que nos impida tornar a Él.

Con Su gracia echa abajo nuestras montañas, rellena nuestros vacíos, y, como anunció el profeta que Dios haría con Su pueblo, nos guía a la luz de Su gloria y nos escolta con Su misericordia y Su justicia.

Apenas empezamos titubeantes a caminar de regreso y descubrimos que Él ha venido a nuestro encuentro con los brazos abiertos, dispuesto a colmarnos de Su amor y perdón.

Ahora depende de nosotros aceptar Su ayuda. ¿Cómo? Por ejemplo, aprovechemos Su gracia haciendo una buena Confesión; vayamos a Misa a recibir Su abrazo, Su Palabra, a Él mismo en la Eucaristía; apartemos un ratito cada día para dialogar sabrosamente con Él en la oración.

Adviento, tiempo de conversión, de comprender que nunca estamos mejor que cuando estamos de vuelta con el Señor.

Alégrense
III Domingo de Adviento

Del plato a la boca se cae la sopa’, dice un dicho, para significar que se puede perder algo que se creía ya seguro, por ejemplo una cucharada de rica sopa calientita, que por alguna causa se derrama justo cuando uno iba a tomarla.

La gente hace todo lo posible para evitar perder algo bueno que espera; llega incluso a inventar rituales que supuestamente aseguran que lo consiga, como eso de que el novio no debe ver a la novia antes de la boda; que el que va a apagar las velitas de su tarta de cumpleaños y pide un deseo, no debe decir qué pidió o no se le cumple (de todos modos no se le iba a cumplir, pero está bien que no diga qué pidió, porque es un poco penoso para los invitados enterarse de que su deseo fue que ya se fueran, o al menos no se avorazaran sobre el pastel).

Supe también de alguien que escribió en internet: ‘no quiero mencionar mi entrevista de trabajo porque se me seva’ (sic). Y me enteré de que de nada le sirvió no mencionarlo, porque de todos modos ‘se le sevó’ (doble sic), supongo que el que iba a ser su jefe leyó su cibertexto...

Ya se sabe que todas esas prácticas supersticiosas no sirven para nada, pero evidencian una idea muy arraigada en la gente: que es riesgoso alegrarse por un bien que todavía no se recibe, porque como en este mundo nada es seguro, puede suceder que aquello no llegue nunca.

Pero lo que aplica a las cosas del mundo no aplica a las cosas de Dios. Y por eso a este Tercer Domingo de Adviento en el que se atempera tantito el morado de este tiempo litúrgico y se cambia por rosa para expresar gozo, se le conoce como Domingo ‘Gaudete’, término latín que significa: ‘regocijaos’ o ‘alegraos’, tomado de la primera palabra de la Antífona de Entrada, que a su vez retoma una petición que plantea san Pablo en la Segunda Lectura:

Alégrense siempre en el Señor, se lo repito, ¡alégrense’(Flp 4,4), y más adelante añade: “El Señor está cerca” (Flp 4, 5).

Qué oportuno recordatorio, porque el Adviento es un tiempo para alegrarse por lo que podríamos llamar la triple cercanía del Señor.

La Primera Lectura nos remite a los tiempos antiguos, cuando la llegada del Salvador era solamente una gozosa esperanza, claro, firmemente anclada en la promesa de Dios, que por medio del profeta Sofonías invitaba a Su pueblo a cantar, a dar gritos de júbilo, a gozarse y regocijarse de todo corazón, porque: “el Señor será el rey de Israel en medio de ti y ya no temerás ningún mal”. (Sof 3,15)

Un gozo futuro que se cumplió puntualmente con la venida de Jesús, cuyo Nacimiento nos disponemos a recordar y a celebrar en unos cuantos días.

Pero no para aquí la alegría, hay otro gozo que nos embarga en el Adviento, el de esperar la Segunda Venida del Señor.

En ese caso, decir “el Señor está cerca”, es anunciar que cada vez está más próxima ésa, que Jesús llamó la hora de nuestra liberación (ver Lc 21, 28).

Y desde luego afirmar “el Señor está cerca” es también hacer referencia a que tenemos un Dios cercano, que está siempre con nosotros, que nos ama y que ha cumplido y cumplirá todo lo que nos promete.

Así pues, cuando a los creyentes se nos invita a alegrarnos por algo futuro, podemos hacerlo con toda tranquilidad, porque tenemos la seguridad de que aquello llegará, pues depende de Dios y Él nunca nos defrauda.

Él es el Novio que ya nos vio antes de la boda y de todos modos quiso casarse con nosotros; es Quien cumple nuestro mayor deseo antes de que se lo pidamos y no nos pide que no lo platiquemos, al contrario, que lo proclamemos a los cuatro vientos, porque lo que más anhela nuestro corazón y ya nos lo ha concedido, es gozar de Su amor y Su gracia; es el Jefe que nos contrata para Su viña aunque ya sabe que cometimos y cometeremos errores, y a todos nos paga generosamente y más de lo que merecemos.

Conmueve ver que en este Domingo Gaudete la alegría no es sólo nuestra también es de Dios.

En la Primera Lectura el profeta afirma: “Dios, tu poderoso salvador, está en medio de ti. Él se goza y se complace en ti; Él te ama y se llenará de júbilo por tu causa, como en los días de fiesta” (Sof 3, 17-18).

Qué bello que no sólo nosotros nos alegramos de tener a Dios cerca, sino que Él se alegré también; ello aumenta nuestro gozo, porque ya sabemos que sólo quien ama es capaz no sólo de acompañar las penas, sino de alegrarse con las alegrías ajenas.

Una vez más comprobamos el amor que Dios nos tiene, no sólo por Su cercanía, sino porque causa y comparte nuestra alegría.

Dichosa por creer
IV Domingo de Adviento

Si nosotros hubiéramos estado en el lugar de Isabel, prima de María, cuando ésta llegó a visitarla, como narra el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Lc 1, 39-45), y le hubiéramos dicho a María, como le dio Isabel, “dichosa tú”, ¿a qué nos hubiéramos referido?, ¿por qué la hubiéramos considerado dichosa, es decir, bienaventurada, dueña de una felicidad que sobrepasa cualquiera de este mundo?

Probablemente la hubiéramos llamado dichosa por ser la elegida por Dios; dichosa por ser la Madre de Jesús; dichosa porque gozaría del privilegio sin igual de convivir con el Señor durante muchos años.

Nuestras razones para considerarla dichosa seguramente hubieran estado enfocadas a condiciones que sólo le pertenecieran a Ella, como haber sido concebida sin pecado, o que siendo virgen hubiera engendrado a Jesús por obra y gracia del Espíritu Santo.

¿Se nos hubiera ocurrido llamarla dichosa por haber creído?

Tal vez sí, o tal vez no, por considerarlo demasiado simple, algo que quizá no nos hubiera parecido notable.

Y sin embargo fue la fe de María la que movió a Isabel a llamarla dichosa. ¿Por qué?

Porque la fe no es, como la considera mucha gente, una cuestión meramente intelectual, simplemente pensar, creer, que existe Dios y ya.

La fe implica muchísimo más: confiar en Dios, decirle sí, con toda la mente, con todo el corazón, y respaldar esto con la propia vida.

Habiendo tantas razones para llamar dichosa a María, Isabel elige destacar su fe, porque fue su fe, su “sí” a Dios, ese difícil “sí”, que dijo y sostuvo aun en las condiciones más adversas, el que nos trajo la salvación.

Así como en la Carta a los Hebreos se destaca la fe de Noé, de Abraham, de Moisés, y las grandes hazañas que lograron gracias a esa fe, así también cabe destacar la fe de María, porque gracias a esa fe, se encarnó y nació de Ella nuestro Salvador.

Y la fe de María no terminó allí.

Fue su fe la que le permitió aceptar todo lo que Dios le fue pidiendo: el viaje a Belén y el alumbramiento allí, en difíciles condiciones, lejos de su familia; la huída a Egipto y el regreso; la tremenda e inolvidable profecía que le anunció Simeón, y luego, años más tarde, la separación de Jesús cuando comenzó a predicar.

Cuando san Juan narra el primer milagro que Jesús realizó, durante una boda, en Caná, dice que viendo el signo milagroso que realizó Jesús (cuando cambió el agua en vino), Sus discípulos creyeron en Jesús (ver Jn 2,11). Cabe destacar que María creyó en Jesús antes que los discípulos. Porque Ella pidió a los servidores que hicieran lo que dijera Jesús, segura de que intervendría (ver Jn 2, 5). Tuvo fe en Él antes que nadie. Fue la primera cristiana de la historia, la primera creyente en Jesús.

Y mantuvo su fe en Él cuando todos los demás lo abandonaron. La mantuvo en el Calvario, la mantuvo al pie de la cruz, la mantuvo cuando se alejó de aquel sepulcro en el que quedó el cuerpo muerto de Jesús.

Muchos santos han comentado en sus escritos que aunque Ella por modestia no lo contó y por eso no aparece registrado en ningún Evangelio, sin duda alguna la primera aparición del Resucitado fue para Su Madre.

La extraordinaria fe de María fue recompensada y con creces.

Y por eso se ha cumplido lo anunciado en la Biblia, que todas las generaciones la llamaríamos dichosa, bienaventurada (ver Lc 1, 48).

El que Ella sea dichosa por haber creído, es algo maravilloso para nosotros, porque es algo en lo que podemos imitarla.

No podemos imitar a María en lo demás: no fuimos concebidos sin pecado, no engendramos al Salvador, etc. pero sí podemos ser como Ella en su fe, en decirle siempre “sí” a Dios.

Pidámosle que ruegue por nosotros para que seamos dóciles a lo que Dios nos pida y nunca le neguemos nada.

El “sí” de María cambió el rumbo de la historia; el “sí” que demos nosotros hoy, puede cambiar el rumbo de nuestro mundo.

Buscarlo y encontrarlo
La Sagrada Familia

Cuando María y José, que volvían de haber ido con Jesús a Jerusalén, por las fiestas de Pascua, se dieron cuenta de que Él no venía con ellos, no apareció una estrella que los guiara, como guió a los sabios de Oriente, al lugar en el que se encontraba el Niño.

Tampoco consultaron, como hizo Herodes, a los sumos sacerdotes y escribas, para que les informaran cuál era su ubicación exacta según la Sagrada Escritura, pues ningún profeta anunció que esto sucedería.

Dios no le envió a María de nuevo al Ángel Gabriel, esta vez a anunciarle dónde podría hallar al Niño, y, si acaso la angustia lo dejó dormir, a san José, tampoco se le apareció otra vez el Ángel del Señor en sueños para indicarle dónde buscar.

Llama la atención que Dios no hubiera resuelto el asunto de inmediato, interviniendo de modo sobrenatural para guiar al instante a María y a José a donde estaba Su Hijo, sino que les permitió experimentar la angustia de sentir que se les había perdido.

¿Por qué pudiendo intervenir espectacularmente Dios no lo hizo?

Tal vez para que hoy nosotros podamos aprovechar el ejemplo de María y de José, si nos llega a suceder que sintamos que perdimos a Dios.

Y si alguien se pregunta asombrado, ¿es que es posible perder a Dios?, ¿qué no está en todas partes?’, cabe responder que no es que Él se pierda, sino que hay quienes por diversos motivos, llegan a percibirlo como ausente, sienten que lo han perdido.

¿Qué hacer si eso llega a suceder? Imitar a María y a José en estas cinco actitudes:

1. No se resignaron a perderlo, se pusieron a buscarlo hasta encontrarlo.

2. No se quedaron sentados esperando que Dios hiciera un milagro, no dijeron: ‘le toca a Dios localizarlo y devolvérnoslo, después de todo es Su Hijo y Él sí sabe dónde está.’ Si duda se encomendaron a Él, pero se pusieron a buscarlo hasta encontrarlo.

3. Aunque estaban “llenos de angustia” (Lc 2, 48), no desperdiciaron tiempo en reclamar o preguntarle a Dios por qué dejó que se les perdiera Jesús; simplemente, como en otras ocasiones, aceptaron sin chistar que lo permitió, y se pusieron a buscarlo hasta encontrarlo.

4. No se desanimaron pensando que no eran aptos para la tarea que Dios les encomendó. Con toda humildad asumieron lo sucedido, se dispusieron a superar aquello, a seguir cumpliendo, en la medida de sus capacidades y limitaciones humanas, la voluntad de Dios, y hacer lo que les correspondía: buscarlo hasta encontrarlo.

Ellos lo encontraron en el templo de Jerusalén.

Hoy podemos encontrar o reencontrar al Señor en la Iglesia, y recibir Su abrazo amoroso, Su perdón, Su Palabra, Su intercesión, a Él mismo en la Eucaristía, y hallarle en la comunidad, en Su nombre convocada y reunida.

En este domingo, en que celebramos a la Sagrada Familia, pidámosles a María y a José que nos ayuden a nunca perder -o a recobrar, si la sentimos perdida- la cercanía con Jesús y la conciencia de Su presencia amorosa en nuestra vida.

Tinieblas, niebla y luz
La Epifanía

Pocos días después de festejar su cumpleaños 94 y a unos días de celebrar, como le gustaba, la Navidad con su familia, mi mamá tuvo un paro cardio respiratorio y fue ingresada al hospital, a terapia intensiva.

Esa primera noche me ofrecí a velar, y como en esa área no había dónde dormir, decidí irme a la capilla del hospital y dedicarme a orar.

La pequeña capilla tiene altar, un Crucifijo en la pared, imágenes de bulto del Sagrado Corazón de Jesús, de la Virgen de Guadalupe y de san José, y algunos otros cuadros religiosos, pero no tiene Sagrario.

Y aunque es comprensible que no hayan querido exponer a Jesús Sacramentado a que alguien sin querer o queriendo le faltara al respeto, yo, que prefiero siempre orar ante el Santísimo, ¡cómo sentía Su ausencia!

Sin embargo no me quejo, fue una bendición contar con una capilla, en la que estuve rodeada de imágenes familiares y queridas, en silencio y soledad.

Pasé horas caminando despacio, alrededor de las bancas, rezando el Rosario, la Coronilla de la Misericordia, mi Docenario de la Infinita Misericordia del Sagrado Corazón de Jesús, a ratos dialogando con el Señor y con María, a ratos simplemente en silencio, sabiéndome contemplada y sostenida por su amor.

A medianoche entraron a la capilla una señora joven y un hombre mayor. Él se sentó, ella se arrodilló ante la cruz y se puso a llorar amargamente.

Recé en silencio por ella y para no incomodarlos me salí y seguí caminando por los pasillos del hospital, sobre todo por el de terapia intensiva, donde los familiares de los pacientes pasaban también la noche, intentando dormitar en incómodos asientos, o parados en un rincón o caminando también, con los ojos enrojecidos de sueño o de llanto.

A las dos de la mañana me permitieron pasar al área restringida de terapia intensiva, a estar con mi mamá, que estaba inconsciente. Iban a ser sólo cinco minutos pero me vieron tan tranquila que una enfermera me trajo una silla, y me dejaron más de una hora, que pude aprovechar para rezarle, hablarle, incluso cantarle quedito sus Salmos favoritos.

Cuando volví a la capilla, me sorprendió hallar un ambiente muy distinto al que había dejado. La joven seguía allí pero se había calmado, y por su mirada serena fija en la imagen de Jesús, era fácil deducir en Quién había encontrado la paz.

Recordé esta escena al leer el texto del profeta Isaías, que forma parte de la Primera Lectura que se proclama este domingo en la Solemnidad de la Epifanía del Señor:

Mira: las tinieblas cubren la tierra y espesa niebla envuelve a los pueblos; pero sobre ti resplandece el Señor y en ti se manifiesta Su gloria” (Is 60, 2).

Lo había leído muchas veces, y siempre lo había relacionado con el Nacimiento de Aquel que se llamó a Sí mismo “luz del mundo” (Jn 8,12), y con la luz de la estrella que guió a los Sabios de Oriente a adorar al Rey recién nacido, pero ahora cobró para mí una especial actualidad, dejó de referirse a un pasado lejano y se convirtió en la interpretación de lo que me tocó vivir.

En la mitad de la noche, cuando las tinieblas cubrían la tierra, en la oscuridad de los pasillos y salas del hospital, en medio del sufrimiento de los que estaban allí internados o acompañando a alguien internado, sintiéndose como envueltos en la espesa niebla de la incertidumbre y el dolor, no todo era oscuridad. Brillaba una Luz.

Era la luz del Señor que brilla para quien sepa contemplarla con los ojos de la fe.

Y a los que la percibimos, a la señora joven que recobró la paz, a mí que gracias a Dios nunca la perdí, a algunas otras personas y a tres religiosas que al amanecer entraron a orar, nos iluminó interiormente, nos dio fortaleza, y despejó toda sombra de angustia, desesperanza y tristeza.

Y lo extraordinario es que no sólo brilló esa luz para nosotros, y no sólo aquella noche, sino que brilla todo el tiempo, a todas horas, para cuantos ponemos nuestra mirada en el Señor.

Después, al seguir leyendo el Misalito, vi que el Evangelio dominical narra la adoración de los Magos de Oriente (ver Mt 2, 1-12) y pensé que cuando en medio de las dificultades y dolores de la vida nos dejamos iluminar por la luz del Señor, cuando dejamos que sea la luz del cielo la que nos guíe, nos volvemos capaces de encontrarnos con Dios donde menos lo esperamos, en lo más sencillo, en lo que nos toca vivir.

Y es un encuentro maravilloso, que nos deja llenos de gozo y hace surgir en nuestro corazón el deseo de agradecerle, de adorarle.

Y quisiéramos imitar a los Magos y ofrecerle oro a Jesús, para significar que nos gloriamos de tenerlo por Rey y le pedimos que reine en todas las circunstancias de nuestra vida, y nos ayude a vivir edificando siempre Su Reino.

Y quisiéramos ofrecerle incienso, para adorarle y expresar que lo reconocemos como nuestro Dios y Señor, y nos proponemos amarlo y seguirlo sólo a Él.

Y quisiéramos ofrecerle mirra, agradecidos porque vino a compartir nuestra condición humana, nos amó hasta dar Su vida por la nuestra, y no sólo nos acompaña y nos comprende, sino nos rescata de aquello que más nos hubiera abrumado y entristecido: sufrir sin sentido y morir para siempre.

NOTA:

Mi familia y yo agradecemos sus oraciones por el eterno descanso de mi mamá, que falleció el 23 de diciembre, tras noventa y cuatro años de una vida plena y bendecida.

Encomendamos su alma a la misericordia infinita del Señor y al abrazo amoroso de María.

Su compañía
Bautismo del Señor

Un adolescente que entra a una escuela nueva y quiere caerle bien a los alumnos más populares, ¿se sentaría a la hora del almuerzo con el grupito del que se burlan?

Alguien que va a empezar a trabajar en una empresa y quiere quedar bien con ciertos ejecutivos, ¿se pondría a tomar café con los empleados a los que aquéllos desprecian?

La joven que va a conocer a los parientes de su novio y quiere impresionarlos muy favorablemente, ¿llegaría a su reunión familiar acompañada de la primita ‘sangrona’ o la tía ‘metiche’ a la que detestan?

Seguramente la respuesta en los tres casos es ¡no!

Quien quiere quedar bien, quien desea poder introducirse en cierto ambiente y recibir aceptación, cuida mucho el ‘qué dirán’, desea dar una buena impresión y no que de entrada vayan a juzgarle mal.

Por eso llama la atención lo que narra el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Lc 3, 15-16.21-22).

Dice que el pueblo estaba atento, esperando al Mesías, es decir al Salvador que Dios le había prometido desde antiguo, y que todos pensaban que quizá era Juan el Bautista, pero éste los sacó de dudas y les dijo que aquel a quien esperaban era más poderoso que él, y que bautizaría con Espíritu Santo y con fuego.

Las gentes estaban ansiosas de conocer a ese personaje en el que tenían puesta su esperanza, y seguramente pensaban que lo reconocerían porque sería alguien muy importante, que destacaría por encima de todos, que como enviado por Dios tendría ciertas cualidades, se comportaría de cierta manera, tendría poder, sería un gran líder.

Dice el Evangelio que “sucedió que entre la gente que se bautizaba, también Jesús fue bautizado.

¿Qué?, ¿leímos bien?

Antes de iniciar Su ministerio público, en el que proclamaría el Reino de Dios; antes de comenzar la importante misión con la que se revelaría como el Mesías anunciado, Jesús ¡se metió al Jordán entre los pecadores a los que Juan bautizaba!, ¡se dejó ver en medio del grupo menos recomendable que había! ¡Vaya comienzo!

¿Qué no le importó perder credibilidad, que cuando empezara a predicar Sus oyentes recordaran que lo vieron con un grupito de mala reputación y pensaran mal de Él?

Evidentemente no.

Jesús no se guiaba por los criterios del mundo.

No consideró que hubiera personas ‘non gratas’, nunca se mantuvo a ‘prudente distancia’ de los pecadores.

Y no le importaba si lo juzgaban o criticaban, quiso hacerse cercano a todo ser humano, fuera justo o pecador.

Y así como fue entonces sigue siendo hoy.

Aunque seamos pecadores, aunque los demás, e incluso nosotros mismos, pensemos ‘pestes’ de nosotros, el Señor no nos desprecia ni se aleja.

No le importa el ‘qué dirán’, no le preocupa ser visto en nuestra compañía.

Nos ama a pesar de nuestro pecado, depende de nosotros reconciliarnos con Él y disfrutar Su compañía.

Ojos misericordiosos
II Domingo Tiempo Ordinario

‘Te vengo a contar un tremendo chisme del que me acabo de enterar!

‘Esto habla muy mal de ellos, ¿cómo no se prepararon?’

‘Es un gran descuido, debería darles vergüenza.’

‘Ya ni la amuelan, ¡pudieron haberlo evitado y no lo hicieron!’

‘Esto les pasa por no ser previsores, ahora que asuman las consecuencias.’

‘Que se las arreglen solos, para que aprendan’.

‘Vamos a platicárselo de una vez a todos sus invitados’.

Todas estas frases tienen algo en común, pudieron ser pronunciadas, pero no lo fueron.

Se las pudo haber dicho María a Jesús cuando se dio cuenta de que en la boda a la que ambos habían sido invitados, se les había terminado el vino.

Pero no las dijo.

Y eso que la ocasión lo ameritaba.

Que se acabara el vino en plena boda era algo muy penoso desde cualquier punto de vista.

Si se considera que lo que narra el Evangelio según san Juan este domingo (ver Jn 2, 1-11) fue un hecho histórico que realmente sucedió, era bochornoso que en una celebración nupcial, una fiesta importantísima que solía celebrarse durante varios días, se acabara la bebida.

Si se interpreta este pasaje como una metáfora en la que con la referencia a la boda se alude a la alianza de Dios con Su pueblo, es todavía más reprensible que éste se hubiera quedado sin vino, que representa el amor, la acogida del don de Dios, y que sólo le quedaran unas grandes tinajas vacías, es decir, un culto ritualista, externo, que ya no significaba nada, que ya no tocaba su corazón.

Así que por dondequiera que se lo vea, la falta de vino podía haber suscitado una crítica, un duro juicio por parte de la Madre del Señor, pero no fue así.

Ella no fue con él para hablarle mal de los que no tenían vino, sino simplemente para hacer notar que les faltaba, para poner su caso ante la mirada misericordiosa de Jesús.

No dijo ninguna de las frases reprobatorias mencionadas al inicio, solamente: “Ya no tienen vino”.

Una observación delicada, discreta; el puntual diagnóstico de una situación que ella aprovechó no para juzgar ni condenar, sino para interceder.

Meditando en este pasaje contemplaba un cuadrito del rostro de la Virgen de Guadalupe, copia fiel del original, y me pareció que en los ojos de ella está perfectamente representada María como la percibimos en este pasaje evangélico.

Tiene una mirada atenta, aguda, que no pierde detalle, pero mira sin críticas, sin reproches, sin aspavientos, sin fruncir el ceño; es una mirada llena de paz, de bondad, que vuelve a nosotros ésos, sus ‘ojos misericordiosos’, como decimos en la oración.

Qué consolador tener la certeza de que cuando María nos mira y capta hasta el fondo todas nuestras miserias, nuestra falta de amor, nuestras tinajas vacías, no se aleja horrorizada ni le pide a Su Hijo que nos dé una reprimenda, sino le encomienda nuestro caso, sabiendo de antemano que Él, que no sabe negarle nada, no se quedará de brazos cruzados e intervendrá para nuestro bien.

Por eso ni me gustan ni creo en ciertas publicitadas apariciones de la Virgen que han proliferado últimamente, en la que dizque amenaza, anuncia catástrofes, y hasta regaña a sus supuestos videntes por no darle la debida difusión a sus apocalípticos mensajes; no corresponde para nada con lo que de ella nos dice la Palabra de Dios y lo que contemplamos en la imagen que ella misma nos dejó.

Prefiero tener presente un bello canto de Misa que empieza pidiendo: “María, mírame, María, mírame. Si tú me miras, Él también me mirará’. Es que donde la Madre pone la mirada, también la pone el Señor, ella para encomendarnos, Él para rescatarnos; ambos para colmarnos de su amor.

Nuestra fuerza
III Domingo Tiempo Ordinario

Cualquiera hubiera creído que lloraban de emoción.

Eran miembros del pueblo de Israel que habían permanecido o estaban de vuelta en Jerusalén después de la época del destierro a Babilonia.

En un extraordinario esfuerzo colectivo habían logrado reparar las puertas de la muralla, y ahora se hallaban reunidos ante una de ellas, en una gran plaza, escuchando, como hacía mucho no la escuchaban, la Palabra de Dios.

En el texto del profeta Nehemías que se proclama este domingo en Misa como Primera Lectura (ver Neh 8, 2-4.5-6.8-10) se narra el momento en que ante “los hombres, las mujeres y todos los que tenían uso de razón” (Neh 8,3), el sacerdote Esdras trajo el libro de la ley (la que Dios dio a Moisés), se subió a un estrado levantado especialmente para esta ocasión, con toda solemnidad abrió el libro, ante lo cual los asistentes se pusieron de pie; bendijo a Dios y todos se postraron rostro en tierra.

Entonces comenzó a leer, y estuvo leyendo desde el amanecer hasta el mediodía.

Dice el texto bíblico que “todos lloraban al escuchar las palabras de la ley” (Neh 8,9).

Uno podría suponer que ese llanto se debía a que les emocionaba participar de ese momento inolvidable, pero según diversos comentaristas bíblicos, la razón del llanto de los ahí presentes era otra: el miedo.

Les daba miedo escuchar lo que Dios pedía de ellos, y darse cuenta, por una parte, de que no habían vivido conforme a Sus preceptos, y, por otra parte, sentirse incapaces de lograrlo y temer que por ello Dios fuera a castigarlos.

Los abrumaba tener que cumplir la ley y los abrumaba el temor de sufrir las consecuencias de no cumplirla.

Con razón lloraban.

Dice el texto que el gobernador, el sacerdote y los levitas que estaban explicando la ley a los ahí presentes, les dijeron que era un día consagrado al Señor, que no debían estar tristes ni llorar; los animaron a organizar banquetes y a convidar a los necesitados.

Y les pidieron: “No estén tristes, porque celebrar al Señor es nuestra fuerza” (Neh 8,10).

Es una frase que tal vez en el momento no resultaba muy consoladora: celebrar no les quitaba el miedo de incumplir.

Tal vez haya que tomarla como una frase profética, tal vez sea uno de esos textos de la Biblia de los que dice el Papa Benedicto XVI (en su más reciente libro: ‘Jesús de Nazaret. La infancia de Jesús’), que estaban aguardando su cumplimiento, es decir, que cuando fueron escritos o pronunciados, todavía no ocurría a plenitud lo que anunciaban.

Y lo bueno es que éste ya se cumplió.

En Jesús.

Y si hoy nos pasa como a ese pueblo que lloraba al constatar su debilidad y miseria, su incapacidad para cumplir lo que Dios le pedía, y si hoy también nos damos cuenta de que no damos ‘el ancho’ ni somos como el Señor querría que fuésemos, a diferencia de lo que le sucedía a ese pueblo, nosotros no lloramos de miedo, porque hemos ya constatado que “celebrar al Señor es nuestra fuerza”.

Celebramos que Dios no nos contempla desde el cielo esperando de nosotros algo que nos parece inalcanzable, sino que se hizo uno de nosotros, para tendernos la mano, para ayudarnos a cumplir Su voluntad y para sostenernos si tropezamos o caemos.

Celebramos que nuestras miserias imperdonables tienen perdón porque Él vino a asumirlas para redimirlas.

Celebramos que cuando nos damos cuenta de que hemos fallado en lo que esperaba de nosotros, cuando reconocemos que no hemos correspondido como debíamos a Su amistad, a Su amor, podemos acudir a reconciliarnos con Él y gozar de Su perdón y de Su abrazo.

Celebramos, sobre todo, que lo celebramos, válgase la redundancia, en cada Eucaristía, en la que nos da todo lo que necesitamos para poder vivir como nos pide: Su amor, Su Palabra, a Sí mismo en la Sagrada Comunión.

Celebramos que nos liberó de aquel pesado yugo de la ley y nos dio en cambio Su yugo suave y ligero: el yugo del amor. (ver Gal 4, 4-5; 5,1-6; Mt 11, 29-30).

Puede ser que constatar nuestra debilidad y miseria nos duela y nos entristezca, pero no nos desanima ni desespera si celebramos al Señor. En Él radica nuestra fuerza.

¿A quiénes amas?
IV Domingo Tiempo Ordinario

Si te pidieran que escribieras los nombres de las personas que amas, ¿cuántas hojas necesitarías?, ¿una?, ¿dos?, ¿diez?, ¿más?

Toma un momento para pensar qué nombres anotarías.

¿En quiénes pensaste?

Casi te puedo asegurar que en tus familiares y amigos.

Déjame preguntarte, ¿pusiste en la lista el nombre de esa persona que te cae muy mal?, ¿de ese pariente al que no puedes ver ni en pintura?, ¿de esa gente a la que quisieras evitar a toda costa pero a la que te topas inevitablemente en tu parroquia, escuela, trabajo o vecindario?

¿Incluiste sus nombres en tu lista de las personas que amas?

Es posible que no.

Y si te pregunto por qué, probablemente me dirías: ‘porque no los soporto, no los ‘trago’, ¿cómo los voy a incluir en la lista de quienes amo?’

Solemos confundir amor con atracción y afecto.

Pensamos que amar significa sentir bonito, querer pasar tiempo con el ser amado, darle abrazos y besos y demostrarle nuestro amor regalándole un corazón de chocolate el 14 de febrero.

Pero ése no es el concepto cristiano del amor.

El amor, en cristiano, consiste en desear el bien del amado, sobre todo en un sentido espiritual, con miras a su salvación eterna.

E implica primero que nada, encomendarlo a Dios, y, cuando es posible y prudente, ayudarle en alguna forma concreta, por ejemplo haciéndole un favor, o apoyándole en algo que necesita.

Cuando se entiende así el amor, se descubre que no hay por qué limitarlo a unos cuantos que sentimos más cercanos o que nos parecen simpáticos.

Puedes amar al que ‘te revienta el hígado’, al que te crispa los nervios, al que se dedica a hacerte la vida imposible, al que te ha hecho o ha hecho un gran mal.

Cuando leemos en la Biblia que Jesús nos pide amarnos unos a otros como Él nos ama (ver Jn 13, 34-35), no se ve que debajo diga, en letras minúsculas: ‘aplican restricciones’, entonces, ¿por qué nos limitamos a amar a los cercanos, a los agradables, a los que nos caen bien?

No hay pretextos para excluir a alguien de nuestro amor.

Y ¿cómo debe ser ese amor?

Nos lo dice san Pablo en la Primera Carta a los Corintios, que se proclama este domingo como Segunda Lectura en Misa (ver 1Cor 12, 31 -13,13).

Este bello texto es uno de los más conocidos del Apóstol, porque suele leerse en las bodas, pero lamentablemente en esos momentos los novios están tan nerviosos que no se enteran de nada, y en la concurrencia tal vez los sentimentales suspiran diciendo ‘qué bonito’, y los cínicos piensan: ‘ajá, sí cómo no, eso es imposible de cumplir, no saben la que les espera’, pero quizá nadie se siente personalmente aludido, interpelado, nadie exclama: ‘¡esto me compete!, ¡Dios me pide a mí amar así!’

Y ¿cómo es ese amor al que san Pablo se refiere en su carta?

Es un amor a la vez fuerte y delicado; que lo abarca todo en general, pero se expresa en gestos concretos, de manera especial.

Es un amor que podemos manifestar en cada situación de manera diferente pero clara, evidente.

Y así, por ejemplo, a veces consiste en no tener envidia, sino alegrarnos de lo bueno que le sucede a otro, incluso si queríamos para nosotros el bien del que disfruta; o renunciar a presumir; o no reaccionar con grosería sino con dulzura y amabilidad; o deshacernos del rencor y esforzarnos en no limitar nuestra capacidad de perdonar.

Amar así no es fácil, puede costar trabajo, puede doler y duele. Entonces, ¿por qué hay que hacerlo? Porque el amor es la fuerza con la que Dios transforma el mundo, el amor vence al odio, el amor es luz que derrota toda oscuridad. Y además quien ama se queda con el alma consolada, plena, colmada de la paz y el gozo que sólo y siempre proviene de cumplir la voluntad de Dios.

Y no olvidemos que cuando Dios nos pide algo, antes nos da Su gracia para que lo podamos realizar.

Y en este caso, primero nos colmó con Su amor y luego nos pidió que amemos (ver 1Jn 4,19).

Así que podemos y debemos amar a todos con el amor con que nos ama Jesús (ver Jn 15, 9-12).

Afirma san Pablo que aunque tengamos una fe tan grande como para mover montañas, o repartamos en limosnas nuestros bienes o nos dejemos quemar vivos, si no amamos no somos nada.

Y decía san Juan de la Cruz que al final de nuestra vida seremos examinados en el amor, así que más nos vale prepararnos para el examen desde ahorita...

Si te pidieran que anotaras todos los nombres de las personas que amas, ojalá no respondas que te sobraría con un cuarto de hoja, sino que ni todo el papel del mundo te podría alcanzar, porque no hay nadie a quien no ames o a quien no tengas la disposición de amar.

Mar adentro
V Domingo Tiempo Ordinario

Desde que enviudó tu suegra se volvió más criticona y entrometida; cuando la visitas no ves la hora de salir de allí más rápido que aprisa. Entonces se enferma y tal vez pides ‘piadosamente’: ‘Señor recógela, para que no sufra’. Pero el Señor no sólo no la ‘recoge’, sino permite que se mejore, pero ya no puede seguir viviendo sola. Tu cónyuge se la lleva a vivir a tu casa. Ahora te toca atenderla ¡a ti!

Harto de las ‘broncas’ en tu trabajo, solicitas una chamba en otra parte. Ya te sueñas lejos de tu irascible jefe y de compañeros con los que no te sueles llevar. Entonces en el otro empleo te avisan que por ahora no te van a poder contratar. No te queda más que renunciar o quedarte, e intentar contribuir a mejorar el ambiente en lugar de simplemente huir.

Estuviste todo el día atendiendo gente, ya sientes ‘bomba’ la cabeza, no puedes más, ya lo que quieres es irte a descansar, pero en el instante en que te dispones a cerrar, llega alguien a solicitar tu ayuda diciendo que es urgente.

Hay veces en que sientes que las circunstancias te empujan a meterte a fondo en una situación de la que hubieras deseado salir corriendo, porque pide de ti más amor, más paciencia, más comprensión, más disponibilidad de la querrías dar.

En un caso así, ¿cómo reaccionar?

Puedes enojarte, despotricar, hacerte el hígado ‘chicharrón’.

O bien puedes reaccionar como Simón.

¿Y cómo reaccionó él?

Lo descubrimos en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Lc 5, 1-11).

Allí se nos narra lo que sucedió un día en que Jesús se puso a predicar a orillas del lago de Genesaret desde la barca de Simón.

Éste y sus compañeros habían pasado la noche entera intentando pescar y no habían conseguido nada, así que ya estaban lavando las redes, como quien dice, habían decidido dar por finalizada su decepcionante jornada.

Cuenta el Evangelio que cuando Jesús terminó de predicar le dijo a Simón: “Lleva la barca mar adentro y echen sus redes para pescar” (Lc 5, 4).

¡Podemos imaginar la cara que ha de haber puesto Simón cuando oyó tal propuesta!

Probablemente le vinieron a la mente las escenas de la noche anterior, las incontables veces en que lanzaron las redes al agua, esperaron y esperaron, las recogieron, vieron que estaban vacías, las volvieron a arrojar y así una y otra vez y no pescaron nada. Seguramente él y sus compañeros se sentían hartos, frustrados, cansadísimos, ya lo que querían era olvidar el mal rato e irse a su casa a dormir.

¿De dónde sacar ánimos para volver a arrastrar las redes a la barca, empujar ésta y hacerse nuevamente a la mar?

¿Qué razón suficientemente poderosa, convincente podría haber para intentar semejante cosa tan contraria a lo que se les antojaba hacer?

La primera reacción de Simón fue mencionar que ya habían pasado toda la noche intentando inútilmente pescar.

Tal vez esperaba que Jesús dijera: ‘¡Qué barbaridad, se merecen un receso, mejor váyanse a descansar!’.

Pero cabe pensar que conforme hablaba notó que Jesús no retiraba su propuesta y tal vez captó algo en Su mirada, que le hizo tener confianza en que debía obedecer lo que le mandaba.

Y además no hay que olvidar que todavía resonaba en sus oídos lo que Jesús predicó, que no sabemos qué fue, pero sin duda lo conmovió.

Así que, aunque la petición de Jesús no sólo contradecía su lógica de pescador sino iba a contracorriente de lo que hubiera querido hacer, a su réplica inicial Simón añadió sin transición: “pero en Tu Palabra, echaré las redes” (Lc 5, 5).

No antepuso sus reparos humanos a la gracia de Dios, sino dejó que ésta lo tocara, lo moviera, lo iluminara.

Sus palabras expresaron la más poderosa razón que hay para volver a navegar mar adentro, para volver a echar las redes.

¿Qué significa eso en cristiano?, ¿a qué se refiere?

A volver a amar cuando sentimos que se nos terminó el amor; volver a comprender, volver a perdonar, volver a ayudar; reintentarlo cuando nos querríamos zafar.

Que, por ejemplo, cuando hemos estado echando y echando las redes tratando de pescar amistad o solidaridad de gentes con las que convivimos; cuando nos cansamos de lanzar las redes en una situación familiar turbulenta, tratando de ver si pescamos un poco de entendimiento y buena voluntad; cuando en cualquier circunstancia de nuestra vida no obtenemos la pesca que deseamos y nos sentimos tentados a lavar las redes, abandonarlas en la orilla y mandar todo a volar, sepamos reaccionar como Simón y volver a empezar.

Y no por necios ni por ‘aferrados’, sino como él, fiados en la Palabra de Jesús, que suele proponernos que demos vuelta en ‘u’, que hagamos lo contrario a lo que nos dicta la emoción del momento, que iniciemos cuando nos sentimos tentados a terminar.


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