Excerpt for En casa con Dios by , available in its entirety at Smashwords

designó el Señor a otros setenta y dos

y los envió por delante...

a todas las ciudades y sitios

a donde Él había de ir...”

(Lc 10, 1)

ALEJANDRA MARÍA. SOSA ELÍZAGA

EN CASA

DE DIOS

Colección ‘Lámpara
para tus pasos’

Ciclo B

En casa de Dios

Colección ‘Lámpara para tus pasos.’

Ciclo B

Portada: Acuarela sobre papel de Alejandra María Sosa Elízaga

EDICIONES 72, S.A. DE C. V.

Jojutla 3 esq Congreso, col. Tlalpan, Del. Tlalpan

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Í N D I C E

Presentación

Sonámbulos I Dom Adviento

Cuando des un regalo II Dom. Adviento

Busca lo que buscas III Dom. Adviento

En casa con Dios IV Dom. Adviento

Oscuridad derrotada Navidad

La mejor bendición Sta María, Madre de Dios

Pedir ayuda o perderse Epifanía del Señor

Encuentro decisivo II Dom. T/Ord.

Desaferrados III Dom. T/Ord.

Su voz IV Dom. T/Ord.

Trabajar sin cobrar V Dom. T/Ord.

Gloria a Dios VI Dom. T/Ord.

Todavía es tiempo Miércoles de Ceniza

Eres polvo, pero... I Dom. Cuaresma

Fin de los reclamos II Dom. Cuaresma

Locura y debilidad III Dom. Cuaresma

Nobleza obliga IV Dom. Cuaresma

Quisiéramos ver V Dom. Cuaresma

Verdadero consuelo Dom. de Ramos

¿Quién nos quitará la piedra? Dom. Pascua

Pedir perdón II Dom. Pascua

Tiniebla iluminada III Dom. Pascua

¡No desechen la piedra! IV Dom. Pascua

Fórmula infalible V Dom. Pascua

Nos amó primero VI Dom. Pascua

Fuerza para soportar Ascensión del Señor

No estamos perdiendo la batalla Pentecostés

¡Heredamos! Santísima Trinidad

Ya ni a quién echarle la culpa X Dom. T/Ord.

Siembra XI Dom. T/Ord.

¿Qué vas a ser? Natividad Juan el Bautista

Fe descubierta XIII Dom. T/Ord.

Fracaso aparente XIV Dom. T/Ord.

Dejar o llevar XV Dom. T/Ord.

Nada temo XVI Dom. T/Ord.

Lo que no pasó XVII Dom. T/Ord.

Nostalgia del pecado XVIII Dom. T/Ord.

Pan para el camino XIX Dom. T/Ord.

Verdadera comida y bebida XX Dom. T/Ord.

Optar XXI Dom. T/Ord.

Lo bueno y lo malo XXII Dom.T/Ord.

El suspiro de Dios XXIII Dom. T/Ord.

Obras XXIV Dom. T/Ord.

A prueba XXV Dom. T/Ord.

Errores ignorados XXVI Dom. T/Ord.

Gracia matrimonial XXVII Dom. T/Ord.

Palabra Viva XXVIII Dom. T/Ord.

Compartir la alegría Domund

¿Qué quieres que haga por ti? XXX Dom. T/Ord.

¿En qué consiste amar a Dios? XXXI Dom. T/Ord.

Fíate XXXII Dom. T/Ord.

Buenas noticias XXXIII Dom. T/Ord.

Reino de verdad Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

Obras de Alejandra María Sosa Elízaga

PRESENTACIÓN

Este es el segundo volumen de la colección de tres libros titulada ‘Lámpara para tus pasos’.

Con esa capacidad suya de ofrecer meditaciones breves pero profundas, sólidamente fundamentadas, pero de lectura fácil y sabrosa, la autora va invitando al lector a releer textos de las Lecturas que se proclaman el domingo en Misa (en este caso las que corresponden al ciclo litúrgico B), para comprenderlos mejor, relacionarlos con su propia existencia y poder decirle, como el salmista, al Señor:

“Lámpara es Tu palabra para mis pasos,

luz en mi sendero” (Sal 119, 105)

Sonámbulos
Primer Domingo de Adviento

¿Sabías que hay una tremenda epidemia de sonambulismo? Probablemente no lo mencionen en las noticias, pero está sucediendo y es muy preocupante porque como los sonámbulos caminan, parece que están despiertos pero en realidad están dormidos y no tienen idea de lo que hacen, así que fácilmente pueden tropezar, caer en un agujero, lastimarse.

Es algo muy grave y por ello es importantísimo evitar contagiarse. ¿Cómo lograrlo? Hay una manera, no cuesta ni un centavo y está al alcance de todos, pero lamentablemente no todo el mundo la aprovecha porque es un poquito difícil aplicarla.

Consiste en no dormir.

Y antes de que alguien proteste, alegando que una buena noche de sueño es indispensable para recuperar las fuerzas, cabe aclarar que no estoy sugiriendo que debamos mantenernos físicamente despiertos (lo cual sería no sólo imposible sino absurdo), sino espiritualmente despiertos. Sí, porque ese sonambulismo al que me he referido, no es del cuerpo, sino del alma, el cual resulta todavía peor, pues sus consecuencias pueden ser no sólo fatales sino eternas.

Tal vez por eso en el Evangelio que se proclama este Primer Domingo de Adviento (ver Mc 13, 33-37) Jesús nos pide que no nos durmamos sino velemos y estemos preparados, porque Él vendrá a nuestro encuentro y espera encontrarnos bien despiertos.

Propone que seamos como un portero que se mantiene alerta porque no sabe si el dueño de la casa regresará al anochecer, a la medianoche, al canto del gallo o a la madrugada.

Los cuatro horarios que Jesús menciona son significativos por lo que sabemos sucedió en cada uno y lo que ello implica hoy para nosotros.

1. Al anochecer fue la traición de Judas, un discípulo que seguramente amaba a Jesús pero no quiso seguirlo, obedecerlo, amoldarse a Su voluntad; simulaba ser de los Suyos pero no lo era. Hoy muchos como él, aparentemente están dentro pero en realidad están fuera. Por ej. quienes se reconocen o se creen católicos pero no viven como lo exige la fe que dicen profesar.

También hay algunos que se saben fuera pero aparentan estar dentro, por ej. miembros de sectas que usan lenguaje cristiano sólo para atraer a sus adeptos; mujeres que se autonombran católicas pero promueven el aborto; comentaristas que justifican diciendo ‘soy católico’, despotricar después contra la Iglesia; políticos que proponen un cristianismo sin Cristo.

2. A la medianoche los discípulos dejaron solo a Jesús. No quisieron presenciar Su agonía en el Huerto.

Hoy muchos quisieran seguir a Jesús sólo por los milagros, quisieran buscar atajos a la Gloria sin pasar por la cruz. Se engañan pensando que pueden evadir el sufrimiento y/o desentenderse de los que sufren.

3. Al canto del gallo sucedió la negación de Pedro, uno que se sabía dentro pero aparentaba estar fuera.

Como muchos que hoy se avergüenzan de su fe y no son capaces de vivirla o defenderla cuando es atacada.

4. A la madrugada los miembros del Sanedrín sentenciaron a muerte a Jesús sin haberlo realmente escuchado, motivados por sus prejuicios e intereses de poder.

Son como los que hoy en día condenan doctrinas de la Iglesia que no conocen, llevados por lo que oyen decir a otros, malinformados por los medios de comunicación, influidos por un ambiente anticatólico.

Es interesante hacer notar que Jesús ha mencionado cuatro momentos de la noche en los que todo está negro. Es que cuando nos rodea la oscuridad es más fácil cabecear y sentir sueño. Y en un sentido espiritual, cuando nos encontramos sumidos en sombras (y ¡vaya que así está el mundo!), cuesta trabajo ver claro y es fácil confundirse, tomar lo bueno como malo y viceversa, caer en el sonambulismo espiritual, creerse muy despierto y en realidad estar durmiendo.

¿Cómo contrarrestar todo esto y lograr mantenernos alerta como nos lo pide Jesús? Apartándonos de la oscuridad que nos incita al sueño y dejándonos iluminar por el Señor, en Su Palabra, en la oración, en Misa, en la Confesión.

Que en este Adviento no nos conformemos con encender las velas de la corona o llenar de foquitos el arbolito o la fachada de la casa, sino vayamos al encuentro de Aquel que es la Luz verdadera, la que nos ilumina y nos despierta y nos ayuda a ver, la única a la que no hay tiniebla que la pueda vencer.

Cuando des un regalo
Segundo Domingo de Adviento

¿Alguna vez has invitado a comer o a merendar en tu casa a personas indigentes que te hayas encontrado en las calles? Posiblemente no (para como están las cosas, uno no suele invitar a casa a desconocidos, sean ricos o pobres). Así que lo más probable es que no hayas podido poner en práctica eso que aconseja Jesús:

Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez, y tengas ya tu recompensa. Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos, y serás dichoso, porque ellos no te pueden corresponder...” (Lc 14, 13-14).

Tal vez para muchos resulte difícil o incluso imposible realizar, al pie de la letra, esta propuesta del Señor, pero no deben descartarla del todo, porque hay otro modo de llevarla a cabo, que es muy sencillo y está al alcance de casi todos, especialmente en esta temporada.

Consiste en sustituir las palabras ‘comida’, ‘cena’ o ‘banquete’ por la palabra ‘regalo’. De esta manera se mantiene intacto el sentido original de agasajar a alguien, pero aplicado de otra manera. El consejo entonces sería que cuando des un regalo, no pienses primero en dárselo a tus amigos, hermanos, parientes o vecinos ricos, pues como a su vez te regalarán algo, ésa sería tu única recompensa. Tú da ese regalo a quien no podrá regalarte nada a cambio, pues entonces el Señor se asegurará de que recibas una recompensa, y ésta no será poca, nos lo anuncia Jesús: “se te recompensará en la resurrección de los justos” (Lc 14, 14).

Y cabe aclarar que así como el Señor está hablando de banquete, es decir, no de una comida cualquiera sino de algo muy suculento y sabroso, del mismo modo se trata de regalar algo bueno y bonito, algo que sin duda agradaría a un familiar o amigo tuyo, o te haría quedar muy bien con el jefe o el conocido influyente. Y no tiene que ser costoso, ni siquiera nuevo.

Cuántas cosas guardamos pensando: ‘por si acaso’ las necesito. Pues bien, es hora de aplicar ese ‘por si acaso’ no sólo a uno mismo, sino a otros, y regalar ‘por si acaso’ alguien más necesita esas cosas más que nosotros. Sobra decir que me refiero a cosas buenas, porque quién sabe por qué hay personas que cuando regalan algo a gente necesitada, echan mano de lo viejo, lo roto, lo inservible, haciendo sentir a los destinatarios de su donación que sólo son dignos de recibir lo que ellas tiraron.

Tuve recientemente la experiencia de participar en un acopio de enseres domésticos en el que había un gran contraste entre cosas gastadas y polvorientas, cosas usadas pero excelentes, y cosas nuevecitas; y pensaba: gracias a Dios que quien donó lo bueno resistió la tentación de dárselo a quien pudiera agradecerle y regalarle algo a cambio, y en lugar de eso lo dio anónimamente. Sin duda alguna su satisfacción fue mayor que si se hubiera conformado con hacerlo de otro modo.

Dice san Pedro, en la Segunda Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver 2Pe 3, 8-14) que por ahora Dios nos tiene mucha paciencia, en espera de que nos convirtamos, pero cuando llegue el día del Señor, “perecerá la tierra con todo lo que hay en ella”. ¡Gulp! Eso significa que eso material a lo que tanto nos aferramos es perecedero, por lo que más nos vale desprendernos de ello, y una manera de lograrlo consiste en regalar lo que podamos a quienes más puedan aprovecharlo.

¿Qué tal si en esta Navidad donamos a alguna institución de caridad, cosas buenas y cosas nuevas, regalos que no nos avergonzaríamos de dar a nuestros parientes y familiares? Podemos donarlos en su nombre y regalarles la alegría de saber que recibirán la gratitud y las oraciones de quienes reciban lo donado.

En la Oración Colecta de la Misa de este domingo pedimos “Que nuestras responsabilidades terrenas no nos impidan, Señor, prepararnos a la venida de Tu Hijo”, aplicado a este caso, podemos traducirlo como un llamado a no limitarnos a regalar solamente en Navidad ni a quien nos pueda de alguna manera recompensar, sino todo el año y a quienes tal vez no conozcamos pero en quienes vive Aquél cuyo cumpleaños nos disponemos a celebrar.

Busca lo que buscas
Tercer Domingo de Adviento

Busca lo que buscas, pero no donde lo buscas. Busca lo que buscas, pero no donde lo buscas.

Esto que parece acertijo yucateco (lo busco, lo busco y ¡no lo busco!), es en realidad un gran consejo de san Agustín, y aplica muy bien en esta temporada en la que por todos lados vemos anuncios, letreros y tarjetas navideñas que hablan de la alegría, la felicidad, la paz y la luz de la Navidad.

Y es que algunos buscan la alegría navideña tomando ponche ‘con piquete’ en pachangas que de ‘posada’ tienen sólo el nombre; la felicidad en un aguinaldo que se esfuma tan pronto llega; la paz en medio de un atestado comercio; la luz en los foquitos del arbolito, y al final quedan agotados y vacíos.

Otros se van al extremo opuesto y creen que la alegría, felicidad y paz de la Navidad consiste en procurar ignorarla, así que no ponen Nacimiento en su casa, no dan (aunque sí reciben) regalos, ni de broma aceptan reunirse con parientes a los que no toleran y consideran el 25 de diciembre un día como cualquier otro. Al final sus esfuerzos resultan en vano, la Navidad llega y su auto-exclusión del festejo los deja, también, vacíos.

En ambos casos sucede algo semejante, se busca algo bueno pero no se lo consigue porque se busca donde no está; se sabe que está allí pero no cómo alcanzarlo.

Decía san Agustín que sucede como cuando viene hacia nosotros alguien que conocemos pero del que no recordamos su nombre, pensamos: ‘¿cómo se llama?, ¿Juan?, no, no es Juan. ¿Pedro?, no, no es Pedro’. No tenemos claro cómo se llama, pero sí cómo no se llama.

Lo mismo sucede con algunos que confunden que hay algo grande que celebrar en Navidad con ‘celebrar en grande’, con ‘reventones’, decoraciones, cenas, regalos o la supuesta visita del inexistente santa Claus, y buscan inútilmente la alegría, la felicidad y la paz sumergiéndose en todo eso o tratando de evadirlo. Si se preguntaran, ¿es esto la alegría?, sabrían que no lo es; ¿esto me hace en verdad feliz? Dirían que no. Saben lo que buscan, pero no dónde buscarlo.

Dice Juan el Bautista en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Jn 1, 6-8.19-28): “En medio de ustedes hay uno al que ustedes no conocen” (Jn 1,26).

He ahí la razón por la cual quedan defraudados los que creen que la Navidad es sólo una fiesta que toman como pretexto para divertirse o para evadirse. No han captado que no se trata de un fiesta en sí (por más que ahora muchos digan: ‘felices fiestas’, para no decir ‘feliz Navidad’); no se trata de celebrar por celebrar, sino de festejar a Alguien, celebrar que Alguien ha venido a estar en medio de nosotros.

Es en la venida del Emmanuel, del Dios-con-nosotros que hallamos la alegría de sentirnos incondicionalmente amados, la felicidad de sabernos llamados a la vida eterna, la paz de descubrir que en todo interviene Dios para nuestro bien, la luz divina que nos alumbra por dentro.

De niña veía un video de dibujos animados que pasaban el 25 de diciembre: ‘Cómo Odeón quiso robarse la Navidad’ (hoy se consigue en español en DVD como ‘Dr.Seuss’ How the Grinch stole Christmas’, que no tiene nada que ver con la distorsionada versión de Hollywood).

Se trata de un personaje verde, amargado, que vive en la punta de una montaña, dice que odia la Navidad y decide robársela. Se disfraza de sta Claus, y a su perro de reno, baja al valle cuando todos duermen y echa en su trineo arbolitos navideños, adornos y regalos. Deja todo vacío y vuelve a casa.

Espera oír los lamentos de la gente cuando despierte y vea que le robó la Navidad, pero oye un bello villancico, que entonan los habitantes del valle.

Con el canto sube hasta él una luz que lo ilumina, toca su corazón, lo suaviza y lo agranda.

Arrepentido baja al valle, devuelve lo robado y al final comparte con todos un banquete en el que da un suculento bocado a su perrito, al que antes siempre había maltratado.

A mis sobrinas les encantaba que les narrara esta historia, y ahora que ya son mayores de edad les sigue gustando, porque les recordaba, y les recuerda que la Navidad no depende de lo material. Para celebrarla bien no hace falta cenar pavo sino participar del banquete del Pan y la Palabra; no hay que llenar la casa de foquitos, sino dejarse iluminar por el amor de Aquel que es luz del mundo, no se necesita comprar o recibir obsequios de otros, sino aceptar y corresponder al mayor regalo que hay: la presencia de Dios entre nosotros.

En casa con Dios
IV Domingo de Adviento

Casi le da un infarto al sacristán la mañana del 25 de diciembre cuando llegó a la iglesia y vio que en el Nacimiento que habían puesto en el atrio faltaba el Niño Jesús. Pero si lo habían dejado en el pesebre durante la Misa de anoche, ¿dónde estaba?, ¿quién podía habérselo llevado?

Fue a decírselo al padre, salieron ambos, lo buscaron por todas partes y nada.

Ya se estaban preocupando, y él ya había empezado a rezarle a san Antonio, santo al que siempre se encomendaba cuando necesitaba encontrar algo perdido, cuando en eso vieron venir a un niño de la comunidad que traía feliz al Niño Jesús envueltito en una cobija.

Resulta que había pasado por ahí, había visto al Niño en el pesebre, se le ocurrió que seguro tenía frío y estaba aburrido, y se lo llevó a dar la vuelta, a mostrarle la colonia y, sobre todo, su casa.

Contaba el padre que le hizo tanta gracia que ni lo regañó, porque además casi hubiera jurado que al Niño Dios se le veía más sonriente que antes, como que le había encantado el paseo o más bien el cariño con que el chavito aquel se lo habían llevado a pasear.

Recordaba esto y pensaba que aunque lo que hizo este chamaquito puede ser considerado ingenuo, chistoso o fantasioso, tiene, sin embargo, algo muy rescatable: que captó que a Jesús le encantaría que lo invitara a estar con él.

Y es que muchos creyentes ponen en su casa un Nacimiento y se conforman con dejar a Jesús ahí para contemplarlo a ratitos y olvidarse de Él el resto del tiempo mientras hacen otras cosas, pero Él no quiere quedarse ahí, quiere participar también de esas otras cosas.

Es como esa visita que consideras ‘de cumplido’ y a la que dejas sentadita en la sala mientras vas a prepararle un refrigerio y en eso te das cuenta de que te ha seguido a la cocina y no le importa el tiradero que dejaron los niños, o que los trastes del desayuno estén sin lavar, y ni tiempo te da de avergonzarte de que vea esa parte de tu casa que no le pensabas mostrar porque te das cuenta de que se encuentra de lo más a gusto platicando o se acomide a echarte la mano preparando la botana o se sienta a ver el partido en la tele o se pone a hacer lo que sea que la familia esté haciendo, integrándose como un miembro más.

Dios es así. No quiere que lo dejemos en el Nacimiento y nos desentendamos de Él, le gusta salir de ahí y entrar en nuestra vida.

En la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver 2Sam 7, 1-5. 8-12.14.16), vemos que cuando el rey David se estableció se puso a pensar que no estaba bien que él habitara en una casa y que el arca de la alianza de Dios estuviera en una tienda de campaña, pero Él le mandó decir: “¿Piensas que vas a ser tú el que me construya una casa para que o habite en ella?” (2Sam 7, 5) y luego mencionó algo que no se lee en la Lectura pero que resulta muy significativo, que Dios no había habitado en una casa, sino que había ido de un lado para otro en una tienda y que había estado con David dondequiera que había ido (ver 2 Sam 7, 6.9).

Por lo visto a Dios no le gustaba tanto la idea de permanecer solo en una casa lejos de Su pueblo, sino la de estar con él en todas partes.

Lo comprobamos en el Evangelio dominical (ver Lc 1, 26-38). Cuando Dios decidió poner Su morada entre nosotros, no descendió del cielo a habitar en un palacio o en una mansión, sino quiso encarnarse en el seno de María y venir a compartir realmente nuestra condición humana, hacerse uno de nosotros. Y seguramente no le ha de hacer gracia que celebremos Su Nacimiento limitándonos a ponerle una casita de madera para recordarlo a ratitos y arrullarlo el 24 en la noche como para que se duerma y nos deje tranquilos, sino quiere que lo tengamos siempre presente, que lo dejemos acompañarnos a todos lados, que le platiquemos, que le permitamos ayudarnos, meterse ‘hasta la cocina’, que lo integremos a nuestra familia, que nos sintamos tan ‘como en casa’ con Él que lo dejemos iluminar con Su amorosa presencia no sólo la Navidad, sino cada momento de nuestra existencia.

Oscuridad derrotada
Navidad

¿Le temes a la oscuridad?

Ante esta pregunta casi todas las personas responden que no, que el temor a la oscuridad es cosa de niños.

Y es que como nos rodean toda clase de luces artificiales, rara vez nos quedamos a oscuras. Y aún cuando sucede un apagón, sabemos que basta con sacar el celular o la linternita de mano o incluso encender un cerillo para que nos alumbren, y hay veces en que ni eso necesitamos, por ejemplo, si nos hallamos en casa sabemos ubicarnos aunque estemos a oscuras, sentimos que tenemos la oscuridad digamos domesticada, que aunque ésta nos envuelva no corremos más riesgo que golpearnos el dedo chiquito del pie con la pata de una silla, mesa o cama.

¡Ah!, pero ¿qué sucede cuando nos vemos de pronto sumergidos en una negrura inesperada que no dominamos? Entonces sí que nos da miedo.

Sin ir más lejos, el otro día, a la pregunta: ‘¿cómo te fue de temblor?’, mucha gente contestaba que lo que más la asustó fue que al mismo tiempo que se le movía el piso, se fue la luz, todo se puso negro y se sentía que algo se caía. Eso sí que la espantó.

Lo mismo sucede en nuestra vida. Hay veces en que se nos mueve el piso, tal vez por una enfermedad o la muerte de un ser querido, o por la falta de trabajo, o por una infidelidad de la pareja, o por haber sido víctimas de la delincuencia, y todo se nos pone negro, no vemos claro y sentimos que algo cae o decae, quizá la salud, la paz, relación conyugal, un proyecto, una esperanza. Experimentamos un verdadero terremoto emocional, y entonces sí que nos invade el miedo y nos preguntamos desesperadamente si acaso hay una luz que pueda librarnos de esa tiniebla en la que estamos sumidos.

La buena noticia es que sí la hay, y este domingo en la liturgia todo nos lo anuncia.

En la Misa de las primeras vísperas el salmista proclama: “Señor, feliz el pueblo que te alaba y que a Tu luz camina” (Sal 89, 16); en la Misa de medianoche dice el profeta Isaías: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció” (Is 9,1); en la Oración Colecta de la Misa de aurora se pide: “Señor, Dios Todopoderoso, que has querido iluminarnos con la luz nueva de Tu Verbo hecho carne, concédenos que nuestras obras concuerden siempre con la fe que ha iluminado nuestro espíritu”, y en la Misa de día, afirma san Juan: “Aquel que es la Palabra era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.” (Jn 1, 9).

Es significativo que el Adviento siempre termina apenas empezado el invierno, cuando los días son más cortos y las sombras llegan más temprano a adueñarse del ambiente, y sin embargo el ánimo de los creyentes no se ensombrece, y no porque llevemos cuatro semanas prendiendo progresivamente las cuatro velas de la corona de Adviento, sino porque hoy resplandece en nuestros corazones una luz como no hay otra, una que no encendemos nosotros sino Dios, la luz de la Navidad, que no es la que titila en las casas o comercios, sino aquella de la que nos dice san Juan que “brilla en las tinieblas y las tinieblas no la vencieron” (Jn 1, 5); una Luz que no sólo nos alumbra sino nos afianza por dentro, gracias a la cual ni se nos mueve el piso, ni se nos cae el ánimo, ni necesitamos ninguna otra porque esta Luz nos sobra y nos basta.

La mejor bendición
Santa María, Madre de Dios

Nunca se me ocurrió preguntarle qué es lo que iba diciendo, pero sí me daba cuenta de que mi mamá movía los labios y murmuraba algo muy quedito mientras nos daba, a cada uno de mis hermanos y a mí, su bendición, e iba trazando con sus dedos una pequeña cruz sobre nuestra frente, otra sobre nuestros labios, otra sobre nuestro pecho y luego al final la grande que iba de la frente al pecho, de un hombro al otro. Nos la daba cada vez que íbamos a salir de casa y antes de irnos a dormir (y a sus 93 nos la sigue dando porque las mamás nunca nos dejan de bendecir).

Fue ya de adulta cuando en una plática con una amiga, ella comentó las palabras que su mamá pronunciaba cuando les daba a ella y a sus hermanos su bendición. Eso despertó mi curiosidad, le pregunté a mi mamá cuáles decía ella y resultó que eran ¡exactamente las mismas palabras! Eso me desconcertó, ¿cómo es que ambas mamás coincidían si ni se conocían?

Entonces, preguntando aquí y allá descubrí que muchas mamás usan esas mismas frases, que aprendieron de sus mamás, éstas de sus abuelas y así por generaciones. ¿Cuáles son y de dónde las sacaron? Lo descubrimos en la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver Num 6, 22-27).

En ella vemos que Dios prácticamente le dicta a Moisés las palabras que se deben usar para bendecir a Su pueblo: “Que el Señor te bendiga y te proteja; haga resplandecer Su rostro sobre ti y te conceda Su favor. Que el Señor te mire con benevolencia y te conceda la paz” (Num 6, 24-26). Y al terminar de decirlas le promete bendecir a quienes invoquen así Su nombre.

Con razón esta manera de bendecir goza de tanta popularidad, claro, así como no hay mejor oración que la del Padrenuestro porque el propio Jesús nos la enseñó, no hay mejor bendición que ésta con la que el propio Dios nos invita a invocarlo.

Y resulta muy significativo que en ella no nos anima a pedirle las cosas que muchos suelen considerar valiosas, como salud o una larga vida, o dinero o poder, sino lo que realmente necesitamos:

Que nos bendiga, es decir que derrame en nosotros Su amor y Su gracia, la que vamos necesitando momento a momento para enfrentar lo que nos toca vivir.

Que nos proteja, sí, que nos guarde de todo mal y nos libre de caer en las tentaciones, porque como dice san Pedro, el diablo anda como león rugiente buscando a quién devorar (ver 1Pe 5,8).

Que haga resplandecer Su rostro sobre nosotros, es decir que Aquel que es la Luz ilumine nuestro camino, especialmente en estos tiempos en que nos envuelve la oscuridad de la violencia, la injusticia, la falta de fe.

Que nos conceda Su favor, que no es que nos haga ‘un favor’, sino que nos dé lo que desde Su sabiduría y misericordia, considere que será mejor para nuestra salvación.

Que nos mire con benevolencia, que es realmente la manera como nos suele mirarnos Él, que se definió a Sí mismo como “compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel” (Ex 34,6).

Y por último, pero no por ello menos importante, que nos conceda la paz, esa que necesitamos tanto, no sólo en nuestro mundo, en nuestro país, sino en nuestra familia, en nuestro corazón. La paz que nos permite renunciar a la venganza y abrirnos al perdón; la paz que nos mantiene serenos aun en la enfermedad o ante la muerte de un ser querido; la paz que nos aquieta el alma y nos permite percibir y disfrutar los dones que Dios nos da.

Como se ve, es la bendición perfecta y queda claro por qué tantas mamás recurren a ella para bendecir a sus hijos (y me parece muy bello que se proclame en la Liturgia en este día en que celebramos la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, porque segurito que ella, que es también Madre nuestra, la usa para interceder por nosotros), y quisiera proponer que no te conformes con recibirla de mamá o papá o darla a hijos o nietos, sino que la conviertas en una plegaria tuya, con la que cada día te encomiendes y encomiendes a tus seres queridos a Dios, pidiéndole:

“Señor:

Bendícenos y protégenos

haz resplandecer Tu rostro sobre nosotros

y concédenos Tu favor

Míranos con benevolencia

y concédenos la paz.”

Amén

Pedir ayuda o perderse
La Epifanía del Señor

—Vamos a preguntar.

—No, si ya sé por dónde es.

—Lo mismo dijiste hace rato.

—Sí pero ahora ya me orienté.

—Es la segunda vez que pasamos por esta esquina.

—-Imaginaciones tuyas, yo creo que vamos bien.

—Pues a mí me parece como que nomás estamos dando vueltas...

Esta conversación, que suele tener lugar cuando un conductor se empeña en demostrar (por lo general a su novia o esposa), que sabe muy bien por dónde va, aunque en realidad no tiene ni idea, expresa una realidad muy común: hay mucha gente a la que le gusta sentir que se basta sola, que no necesita de nadie para llegar a donde quiere ir. Y esa actitud, que en la vida cotidiana puede ocasionar simplemente llegar tarde, en la vida espiritual puede resultar desastrosa, puede provocar sencillamente no llegar.

En estos tiempos en los que impera la mentalidad de ‘hágalo Ud. mismo’, se han puesto de moda cursos de superación personal en los que se convence a los asistentes de que ellos son sus propios amos, y mucha gente vive convencida de que no necesita de Dios ni de la Iglesia ni de nadie que le diga qué hacer o por dónde caminar, llama la atención lo que leemos en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 2, 1-12): que unos Sabios de Oriente que avistaron en el cielo una nueva estrella, interpretaron su aparición como señal del nacimiento de un rey al que debían ir a conocer y adorar, y emprendieron un viaje guiados por dicha estrella, cuando llegaron a Jerusalén pidieron indicaciones para averiguar a dónde estaba el rey, ¡se atrevieron a preguntar! Es inaudito.

Considera esto: Si creyeras que a ti te está iluminando el camino una luz celestial, seguramente sentirías que no necesitabas instrucciones de nadie, ellos en cambio las pidieron. Y resulta significativo que preguntaron a Herodes, él a su vez consultó a los sumos sacerdotes y escribas, y éstos señalaron el lugar exacto, pero ninguno los acompañó.

Seguramente a los viajeros les ha de haber extrañado y tal vez decepcionado, la incoherencia de esos hombres que sabían dónde había nacido nada menos que un rey y ¡no iban a verlo!, pero no por ello dejaron de seguir sus instrucciones.

Hoy en día, también hay quien se decepciona por la incoherencia o la falta de buen testimonio de algún sacerdote, y tal vez se pregunta, ¿por qué debo confesarme con éste al que por lo que se ve le hace más falta que a mí la Confesión?, ¿por qué debo recibir la Comunión de éste al que le falta caridad o devoción?

Quienes por el mal testimonio de un sacerdote se sienten tentados a establecer su propia relación con Dios y ya no dejarse guiar por la Iglesia, deben tomar en cuenta que la validez de los Sacramentos no depende de la santidad de quienes los administran, y que así como a pesar de sus limitaciones y defectos, los sumos sacerdotes y escribas supieron interpretar correctamente la Escritura y guiar a los sabios de Oriente hacia donde estaba el rey, del mismo modo hoy en día, independientemente de que sean santos o pecadores, los sacerdotes saben guiarnos hacia donde está el Rey.

Y así, por ejemplo en la Confesión, nos conducen hacia Su abrazo; en Misa nos conducen a Su encuentro en la Palabra, en la Eucaristía, en la comunidad convocada por Él. Prescindir de su ayuda es como tratar de ir de una ciudad a otra abriendo brecha a través del monte en lugar de aprovechar una supercarretera bien trazada, amplia y gratuita.

Para poema suena bonito eso de ‘se hace camino al andar’, pero en la vida espiritual resulta fatigoso e inútil tratar de orientarse por cuenta propia, sin pedir ayuda de nadie, teniendo a la Iglesia que no sólo nos indica por dónde caminar, sino nos da lo necesario para llegar.

Encuentro decisivo
II Domingo del Tiempo Ordinario

¿Te acuerdas dónde conociste a tu primer amor?, ¿a tu mejor amigo?, ¿a tu cónyuge?

Es una pregunta a la que nadie me ha respondido con un ‘no’, y me ha sorprendido que muchos señores, que por lo general no pecan de detallistas, son capaces de recordar hasta los más mínimos detalles de aquel primer encuentro. ¿Por qué? Porque hay encuentros que te cambian la vida, después de los cuales ya no sigues igual porque marcan un ‘antes’ y un ‘después’ en tu existencia, y eso los hace inolvidables. De unos encuentros así nos hablan las Lecturas que se proclaman este domingo en Misa.

La Primera Lectura (ver 1Sam 3, 3-10.19) nos cuenta cómo fue la primera vez que se encontró con Dios el joven Samuel, quien con el tiempo llegaría a ser un gran profeta pero que en esta primera ocasión todavía no sabía reconocer la voz de Dios, creía que lo estaba llamando el sacerdote para el cual trabajaba, y al pobre no lo dejó pegar los ojos en toda la noche.

Por su parte el Evangelio (ver Jn 1, 35-42) nos cuenta el momento exacto en el que dos discípulos de Juan el Bautista comenzaron a seguir a Jesús y se quedaron con Él.

Tenemos aquí dos ejemplos distintos de encuentros con Dios después de los cuales se transformó la vida de aquellos que los vivieron, pero no pensemos que esto se dio en ‘automático’, sólo por estar en la presencia del Señor; ha habido muchos que se han topado con Él y han seguido ‘en las mismas’.

Hay que notar que en ambos casos se dio lo que se necesita para que ese encuentro con Dios sea de veras significativo: total disponibilidad. Cada vez que Dios llamó a Samuel éste se levantó de inmediato, aunque todavía no sabía que era Él quien lo llamaba. Y cuando Jesús preguntó a aquellos discípulos: ‘¿qué buscan?’, no le contestaron: ‘nada, nomás aquí paseando’, sino le preguntaron: ‘¿dónde vives?’, y no por mera curiosidad ni porque fueran empleados del INEGI levantando un censo, sino porque querían saber dónde poder encontrarlo.

Y tanto Samuel como aquellos discípulos recibieron indicaciones a las que hicieron caso y que son las que marcaron toda la diferencia. A Samuel se le pidió responder al llamado del Señor diciendo: “Habla, Señor, Tu siervo te escucha” (1Sam 3,10), y a los discípulos les pidió Jesús: “Vengan a ver” (Jn 1,39). Dos invitaciones que implicaban, por una parte, abrir el oído y el corazón a la voz del Señor y, por otra parte, no conformarse con saber dónde estaba, sino ir a ver, en otras palabras, comprobarlo por sí mismos.

Estas dos invitaciones siguen vigentes hoy para nosotros. Es preocupante que hay muchos creyentes que lo son por inercia, porque nacieron en una familia cristiana, pero para ellos Dios es una especie de ‘amigo de sus papás’ con el que conviven un ratito los domingos, pero con el que no tienen ninguna relación personal y del cual es fácil alejarse y olvidarse. Les hace falta darse la oportunidad de descubrir que puede convertirse en amigo suyo también, y no sólo uno más sino el mejor, porque Su amistad es, como ninguna otra, fiel, solidaria, incondicional y se puede contar con ella siempre, porque a diferencia de los amigos de este mundo Él ni se muere ni se va. ¿Qué hacer para lograr esto? Buscarlo, aceptar Su invitación de ir a ver a dónde vive y comprobar que es posible encontrarlo al escuchar Su Palabra, al entrar en comunión con Él en la Eucaristía, al visitarlo en el Sagrario, al dialogar con Él en lo más íntimo. Sólo así será posible tener ese encuentro decisivo que transforme la existencia bajo la luz de Su amorosa presencia.

Desaferrados
III Domingo del Tiempo Ordinario

¿Eres de los que se aferran a algo y no lo sueltan por nada? Probablemente sí. Todos tenemos la tendencia a aferrarnos a cosas, situaciones y personas.

Tal vez sería mejor preguntarte a qué te aferras, y más aún, a dónde te conduce aferrarte a eso.

Aferrarse en sí no necesariamente es algo negativo, puede ser incluso muy positivo. Por ejemplo si te aferras a tu fe durante una crisis, podrás enfrentarla con fortaleza; si tu vida es un caos pero te aferras a tu ratito de oración, de diálogo íntimo con Dios, equilibrarás las cosas y hallarás la necesaria paz.

Pero si, por ejemplo, por aferrarte a obtener cierto nombramiento, pasas por encima de quien sea, pisando cabezas y dando ‘puñaladas traperas’, o si por ganar una determinada cantidad no te importa hacer algo ilegal, entonces eso a lo que te estás aferrando no te lleva a nada bueno, todo lo contrario, porque no te deja responder a la invitación del Señor a vivir el amor, la verdad, la justicia, la libertad de que gozamos como hijos de Dios.

En la Segunda Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver 1Cor 7, 29-31), san Pablo nos invita a vivir desaferrados a las cosas de este mundo, que es pasajero, y en la otras Lecturas dominicales podemos descubrir dos buenas razones para hacerle caso.

La Primera Lectura (ver Jon 3, 1-5.10) nos habla de Jonás, a quien el Señor había enviado a la ciudad de Nínive a exhortar a sus habitantes a convertirse, pero no quiso ir porque no quería que los ninivitas se convirtieran ni que Dios los perdonara.

Se parece a un caso del que me acabo de enterar que me puso los pelos de punta: alguien llamó a un padre para que fuera a darle los últimos auxilios espirituales a una moribunda, pero cuando llegó, el hijo de ésta le impidió entrar, diciéndole: ‘No tengo nada contra la Iglesia ni contra Ud, padre, pero no lo voy a dejar pasar porque mi mamá es una tal por cual y no quiero que Ud. la confiese y ella se salve; quiero que ella se muera y se vaya al infierno’.

¿Se imaginan? ¡Nunca había oído cosa igual! Un caso extremo de aferrarse al rencor. Ojalá alguien le haya hecho ver a ese joven que por su acción tal vez su mamá pasaría la eternidad en el infierno, pero ¡él la acompañaría!

No supe qué pasó después pero ese joven, aferrado a su rencor y a su enojo, ojalá haya tenido tiempo de desaferrarse, como Jonás, que luego de mil peripecias que sufrió por necio, al fin aceptó hacer lo que Dios le pedía, con tan buen resultado que no llevaba ni un día de camino, de los tres que se requería para recorrer toda la ciudad, y ya todos sus habitantes se habían convertido gracias a sus advertencias.

Y en el Evangelio (ver Mc 1, 14-20) vemos cómo Jesús invita a Sus primeros cuatro discípulos a seguirlo, y ellos no se aferraron a aquello de lo que hasta ese momento disfrutaban (y eso que dos de ellos probablemente gozaban de buena posición económica, pues ayudaban a su padre, que tenía trabajadores) sino que lo dejaron todo para ir con Jesús.

Tenemos dos ejemplos, uno de alguien que se desaferró de algo malo y otro de unos que se desaferraron de algo que hasta el momento era muy bueno, y en ambos casos la razón de su ‘desaferramiento’ (si se me permite la expresión), fue quedar libres de lo mundano para aferrarse a lo divino, en otras palabras, tener entera libertad para poder cumplir la voluntad de Dios, hacer lo que les pedía, ir a donde los enviara, y, en el caso de los discípulos, estar con Él.

Queda claro que no se trata de desaferrarse para quedarse con las manos vacías o en el vacío, sino para ponerlas en las manos de Dios y caminar con Él a dondequiera que desee llevarnos.

Su voz
IV Domingo del Tiempo Ordinario

Nadie lo hubiera imaginado al verlas tan bellas, tan perfectas, tan seguras de sí mismas.

Eran las últimas finalistas de entre miles, de un concurso para elegir a la mejor modelo profesional. Les habían dejado de tarea hacer en un pizarrón un dibujo que representara su voz interior y lo que ésta les decía todo el tiempo.

Uno hubiera creído que en ellas dicha voz sería como la del espejito de la madrastra de Blancanieves y se la pasaría diciéndoles ‘tú eres la más bella’, pero resultó ¡todo lo contrario!

Sorprendentemente todas dibujaron su voz interior como un monstruo de mirada enojada y boca descomunal de la que salían, en un globito, como en las caricaturas, ¡un montón de despiadadas críticas! Resulta que todas estas jóvenes, sin excepción, albergaban en sus adentros un juez peor que el de la ‘Tremenda Corte’, que se la pasaba juzgándolas duramente, diciéndoles cosas como: ‘qué gorda estás’, ‘qué fea es tu nariz’,¡ ‘qué panzota!’, ‘nunca la vas a hacer’, ‘estás espantosa’, ‘eres la peor de todas’ y así por el estilo. Parece increíble que ellas, que, según los estándares modernos, son unas bellezas despampanantes, se sientan ¡tan feas!

Por lo visto el eco de tanta palabra negativa tiene un efecto devastador y duradero. Pero no pensemos que es algo que sólo les sucede a ellas. Muchas personas viven gravemente afectadas por frases que les fueron dichas a lo largo de su vida y que han quedado retumbándoles en la cabeza y lastimándoles el corazón; voces del pasado, de los papás, maestros, hermanos, compañeros de la escuela o del trabajo, críticas destructivas que han hecho y siguen haciendo mucho daño: ‘no sirves’, ‘nunca harás nada bueno’, ‘por más que te esfuerces, no será suficiente’.

¿Qué hacer al respecto?, ¿cómo silenciar todas esas voces? Sólo hay una solución: Abrir los oídos. Pero no nada más para que todo ese nefasto palabrerío salga fuera como una molesta mosca a la que se le abre una ventana, sino, sobre todo, para dejar que entre y se quede adentro, lo único que puede contrarrestar esa dañosa cháchara, lo único que puede acallarla: la voz de Dios.

En la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver Dt 18, 15-20) nos enteramos de algo comprensible pero triste: que en un momento dado el pueblo israelita le dijo a Moisés: “No queremos volver a oír la voz del Señor nuestro Dios...pues no queremos morir” (Dt 18,16). Es que para ellos la voz de Dios era como el trueno, como un terremoto, les daba pavor, y por eso Él, comprensivo, tuvo que enviarles profetas que hablaran en Su nombre. Ah, pero a nosotros hoy la voz de Dios no nos provoca miedo, todo lo contrario, porque gracias a Jesús sabemos que la voz de Dios es la voz del Padre, que nos ama, la voz del Hijo, que dio Su vida por nosotros, la voz del Espíritu Santo, que nos comunica Su amor.

Se comprende entonces que en el Salmo responsorial de la Misa dominical pidamos: “Señor, que no seamos sordos a Tu voz”. Generalmente entendemos esta petición en un sentido de obediencia, de no ‘hacernos los sordos’, sino escuchar lo que Dios quiera decirnos y cumplir Su voluntad, y desde luego es así. Pero cabe también interpretarla como una súplica a Dios para que nos ayude a escuchar Su voz por encima de las otras voces que resuenan en los oídos de nuestra mente; Su voz, que es siempre misericordiosa, bondadosa, sabia; que si nos indica nuestros errores no es para deprimirnos sino para corregirnos; que si nos muestra lo que hacemos mal es porque sabe que podemos hacerlo bien; Su voz, que tiene siempre un mensaje positivo capaz de contrarrestar los mensajes negativos que nos han lastimado. Si otras voces nos dicen: ‘no vales nada’, Su voz asegura: “Eres valioso a Mis ojos” (Is 43,4); si otras voces insinúan: ‘nadie te quiere’, Su voz te declara: “Con amor eterno te he amado”(Jer 31,3); si otras voces afirman: ‘todos te han olvidado’, Su voz te revela: “Yo no te olvido. Míralo, tengo tu nombre tatuado en las palmas de Mis manos” (Is 49, 15-16).

Trabajar sin cobrar
V Domingo del Tiempo Ordinario

Imagínate que vas en busca de chamba a un centro que ofrece ‘bolsa de trabajo’, y te dan una solicitud en la que te preguntan cuál de estas tres opciones prefieres: ‘trabajar y cobrar’, ‘cobrar sin trabajar’ o ‘trabajar sin cobrar’, ¿cuál elegirías?

Hice esta pregunta a unos jóvenes. Varios de ellos, sin pensarlo dos veces contestaron muertos de risa: ‘¡cobrar sin trabajar!’, pero luego reconsideraron y admitieron que a la larga se sentirían mal de recibir un sueldo sin haber hecho nada para merecerlo; la mayoría eligió la opción ‘trabajar y cobrar’, pero hubo una muchacha que respondió: ‘pues yo averiguaría qué clase de trabajo es ése en el que no cobras, porque puede ser algo tan padre que la paga es lo de menos; en muchos lugares al principio no te pagan, en lo que aprendes y ves si te quedas, pero ya luego igual consigues el puesto y te pagan’.

Su respuesta nos pareció muy sensata, y dio pie a un intercambio de ideas al final del cual concluimos que cuando se trata de trabajar en algo que te encanta, porque te permite aprender mucho, o desarrollar al máximo tus dones y capacidades o sentirte útil, o hacer un gran bien, el salario no es lo más importante.

San Pablo hubiera estado de acuerdo. En su Carta a los Corintios escribe que todos tienen derecho a vivir de lo que hacen, y pone varios ejemplos (ver 1Cor 9, 13-14), pero enseguida declara que él no ha hecho uso de ese derecho, en otras palabras, que no cobra nada. ¿Por qué? Porque recibe otra recompensa. ¿Cuál? Nos lo dice en la Segunda Lectura que se proclama este domingo en Misa:

¿En qué consiste mi recompensa? Consiste en predicar el Evangelio gratis, renunciando al derecho que tengo a vivir de la predicación” (1Cor 9, 18).

Al leer esto tal vez muchos se pregunten, ‘¿cómo puede decir que su recompensa es que no le paguen?, ¿que clase de recompensa es ésa?’

A quienes están demasiado acostumbrados a juzgarlo todo en términos monetarios, les suena muy raro que alguien hable de una recompensa que no implique dinero o algún bien material; olvidan que existe otro tipo de recompensas, que no se miden en metálico porque se reciben en lo más hondo del alma. Me refiero, por ejemplo, a la satisfacción de poder hacer algo positivo por otros; a la alegría de compartir lo que se tiene con quien lo necesita; a la paz de tener una conciencia limpia...Y en el caso de san Pablo, se trata de la recompensa que le dará Dios por predicar el Evangelio. Y ¿en qué consiste esa recompensa? Podría decirse que consta de dos partes:

La primera es inmediata, porque como la voluntad divina es siempre buena, sabia, bienhechora, quien vive cumpliéndola es colmado de una dicha como no hay otra; vemos en las cartas de Pablo, que a pesar de todas las dificultades que enfrentaba, vivía sereno y gozoso.

Y la segunda parte llega al entregarle cuentas a Dios, al enfrentar ese momento en que Él prometió pagar a cada uno según su conducta (ver Mt 16,27). Pablo estaba seguro de recibir la mejor recompensa, la de pasar la eternidad con el Señor, disfrutando para siempre de Su amor.

Pero quizá alguien diga, ‘bueno, es muy fácil no cobrar si se tiene dinero, puede ser que Pablo haya sido rico, pero yo tengo que cobrar por mi trabajo’, a lo cual cabría responder que Pablo no era rico, y si no cobraba por predicar era para que no hubiera alguien que por falta de dinero se quedara sin oír su predicación y sin escuchar la Buena Noticia de Jesucristo, pero sí trabajaba. Sabemos que era tejedor de tiendas y que ejercía su oficio para no serle gravoso a nadie (ver Hch 18,3; 1Tes 2,9). El asunto aquí es que él consideraba que lo más importante en su vida no era el dinero, sino predicar, dar a conocer el Evangelio. Una ‘chamba’ por la que obtenía y obtendría una recompensa celestial.

Retomando la cuestión planteada al inicio, se confirma que lo que se hace gratis puede resultar infinitamente (en el amplio sentido de la palabra) satisfactorio. Y nosotros tenemos el privilegio de poder experimentarlo. ¿Cómo? Dedicándonos, como san Pablo, a predicar el Evangelio. Y antes de que alguien salte y diga: ‘¡Pero yo no tengo facilidad de palabra!, ‘¡pero no tengo tiempo!’, ‘¡pero ya me dedico a otras cosas!’, déjenme aclarar que esta propuesta no necesariamente implica ir físicamente a predicar con palabras (aunque desde luego todos tenemos la tarea de compartir con otros la Palabra de Dios y animarlos a descubrir cómo les habla a través de ella), sino sobre todo, con hechos.

Leía el otro día en un relato autobiográfico de Walker Percy, un premiado novelista norteamericano, que cuando él estaba en la universidad era ateo, y le llamaba la atención que uno de sus cuatro compañeros de cuarto, se levantaba todos los días de madrugada para ir a Misa. Doce años más tarde, contribuyó a su conversión recordar aquel ejemplo sencillo, callado, de alguien que demostraba con hechos lo importante que era Dios en su vida.


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