Excerpt for La fiesta de Dios by , available in its entirety at Smashwords

designó el Señor a otros setenta y dos

y los envió por delante...

a todas las ciudades y sitios

a donde Él había de ir...”

(Lc 10, 1)

ALEJANDRA MARÍA. SOSA ELÍZAGA

LA FIESTA

DE DIOS

Colección ‘Lámpara
para tus pasos’

Ciclo A

La fiesta de Dios

Colección ‘Lámpara para tus pasos.’

Ciclo A

Portada: Acuarela sobre papel de Alejandra María Sosa Elízaga

EDICIONES 72, S.A. DE C. V.

Jojutla 3 esq Congreso, col. Tlalpan, Del. Tlalpan

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Í N D I C E

Presentación

En aquel tiempo I Dom. Adviento

Feraces, no feroces II Dom. Adviento

La Visitación de Nuestra Señora de Guadalupe

De juicios y planes... IV Dom. Adviento

La escuela de la familia Sagrada Familia

Para todos Epifanía del Señor

Calladamente Bautismo del Señor

Llamados a más... II Dom. T/Ord.

Pescador III Dom. T/Ord.

Contraposiciones IV Dom. T/Ord.

Los cerillos de Dios V Dom. T/Ord.

Plenitud VI Dom. T/Ord.

Sonríe, te estamos filmando VII Dom. T/Ord.

¿De qué te preocupas? VIII Dom. T/Ord.

Socios XIX Dom. T/Ord.

¿De qué nos sirven las tentaciones? I Dom.Cuaresma

Desconsuelo y consuelo II Dom. Cuaresma

Noticia compartida III Dom. Cuaresma

Ver y no ver IV Dom. Cuaresma

¡Responde! V Dom. Cuaresma

Su dolor Dom. Ramos

Eso es todo Dom. Pascua

Dolor y misericordia II Dom. Pascua

Consuelos III Dom.Pascua

¿Cómo reconocer Su voz? IV Dom. Pascua

Tu lugar V Dom. Pascua

¿Amas a Dios? VI Dom. Pascua

Poder Ascensión del Señor

Cambiazo Pentecostés

Trinidad Santísima Trinidad

Tribulación y recompensa XIII Dom. T/Ord.

Yugo que libera XIV Dom. T/Ord.

Sembrar y repartir XV Dom. T/Ord.

Semilla buena XVI Dom. T/Ord.

Saber pedir XVII Dom. T/Ord.

Gratis XVIII Dom. T/Ord.1

Para no hundirse XIX Dom. T/Ord.

Rebeldía y misericordia XX Dom. T/Ord.

Como no hay otra XXI Dom. T/Ord.

Criterios XXII Dom. T/Ord.

¿Ayudar a los malvados? XXIII Dom. T/Ord.

Con o sin lupa XXIV Dom. T/Ord.

Contratados y contratistas XXV Dom. T/Ord.

No, pero... XXVI Dom. T/Ord.

El reclamo de los frutos XXVII Dom. T/Ord.

La fiesta de Dios XXVIII Dom. T/Ord.

A Dios, no adiós XXIX Dom. T/Ord.

Misión DOMUND

El Padre y el padre XXXI Dom. T/Ord.

Por si acaso XXXII Dom. T/Ord.

Bienes duplicados XXXIII Dom. T/Ord.

Misericordia y justicia Jesucristo Rey del Universo

Obras de Alejandra Ma. Sosa E.

PRESENTACIÓN

Este es el primer volumen de la colección de tres libros titulada ‘Lámpara para tus pasos’.

Con esa capacidad suya de ofrecer meditaciones breves pero profundas, sólidamente fundamentadas, pero de lectura fácil y sabrosa, la autora va invitando al lector a releer textos de las Lecturas que se proclaman el domingo en Misa (en este caso las que corresponden al ciclo litúrgico A), para comprenderlos mejor, relacionarlos con su propia existencia y poder decirle, como el salmista, al Señor:

“Lámpara es Tu palabra para mis pasos,

luz en mi sendero” (Sal 119, 105)

En aquel tiempo
I Domingo de Adviento

¿Te has fijado que para narrar algo que hizo o dijo Jesús, el Evangelio en Misa comienza siempre -o casi siempre- diciendo: ‘En aquel tiempo’? Probablemente pensamos que ello hace referencia a que lo que se está contando sucedió en tiempos de Jesús, hace mucho; lo tomamos como indicación de que ocurrió en un pasado lejano. Sin embargo esta frase cobra nuevo sentido cuando leemos en el Antiguo Testamento que también la usaban los profetas, pero no para referirse a situaciones anteriores a ellos, sino para anunciar lo que habría de venir, para dar a conocer que las promesas de Dios habrían de cumplirse en un futuro al que frecuentemente se referían llamándolo ‘aquel tiempo’.

Se descubre entonces que los Evangelios emplean esa frase sobre todo para significar que en Jesús ha llegado ‘aquel tiempo’ anunciado por los antiguos, que Jesús es el Mesías, el Pastor, el Rey, el Redentor, el enviado del Padre, el Salvador prometido, que en Jesús se cumplen todas las promesas de salvación que Dios hizo a los profetas. Ahora bien, cabe comentar que esto no implica que todas sean ya una realidad, ¿por qué? porque algunas todavía aguardan su cumplimiento al final de los tiempos. Y a dichas promesas se refieren no sólo autores del Antiguo sino también del Nuevo Testamento, y desde luego el propio Jesús, que al mencionarlas suele emplear expresiones como: ‘en aquel día’, ‘en aquella hora’ o, ‘cuando venga el Hijo del hombre’, (como leemos en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa -ver Mt 24, 37-44-). Descubrimos entonces que estamos, por así decirlo, entre dos tiempos. Por una parte, recordando ‘aquel tiempo’ que los profetas anunciaron y se cumplió con la venida de Jesús, y por otra parte, esperando ese otro ‘aquel tiempo’ anunciado, que se cumplirá al final de los tiempos.

Es interesante tener esto en cuenta justamente hoy, porque inicia un nuevo ciclo litúrgico en el que durante casi todos los domingos se proclamará el Evangelio según San Mateo (que es el evangelista que más se interesa en demostrar que en Jesús se cumple lo anunciado en el Antiguo Testamento para ‘aquel tiempo’ -y por eso en ese Evangelio con frecuencia explica: esto sucedió ‘según estaba escrito’ o tal cosa pasó ‘para que se cumplieran las Escrituras’-), y también porque hoy comienza el Adviento, un tiempo litúrgico que nos invita a reflexionar en este doble ‘aquel tiempo’: el de la venida pasada y el de la venida futura de Jesús y nos propone no sólo recordar la primera sino prepararnos para la segunda.

¿Cómo responder a esa invitación? Sin ir más lejos, podemos, por lo pronto, seguir lo que nos recomienda San Pablo en la Segunda Lectura dominical (ver Rom 13,11-14) y que viene muy al caso no sólo para alistarnos para ‘aquel día’ sino para saber cómo vivir estos días de aquí y de ahora:

Comportémonos honestamente...Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujurias ni desenfrenos, nada de pleitos ni envidias.” (Rom 13, 13).

Y, desde luego, no estaría mal tampoco empezar a buscar la manera para hacer realidad lo que anuncia la Primera Lectura (ver Is 2,1-5) y ver de cómo podemos transformar nuestras espadas en arados y nuestras lanzas en podaderas, es decir, deponer las armas con las que herimos a otros, sea con obras, con palabras o incluso con nuestro hosco silencio y rencor, y sustituirlas por actitudes de misericordia, buena voluntad, comprensión, amistad, solidaridad y perdón.

Que Dios nos conceda vivir y disfrutar este Adviento como un tiempo privilegiado para dejar atrás toda tiniebla y disponernos a esperar la feliz llegada de ‘aquel día’, de ‘aquel tiempo’, caminando, como pide Isaías, “a la luz del Señor” (Is, 2, 5).

Feraces, no feroces
II Domingo de Adviento

Si vieras una foto que muestra a un lobo que vive con un cordero, a una pantera descansando junto a un cabrito, a una vaca y a una osa cuyas crías juegan juntas y a un león (¿vegetariano?) comiendo paja con un buey, probablemente considerarías que o la foto está truqueada o todos estos animales pertenecen a un domador de circo que los tiene sorprendentemente bien amaestrados o que son de algún parque zoológico cuyo encargado, al llevarles comida a algunas de estas fieras no sólo les abrió la reja sino el apetito y terminó en calidad de ‘plato fuerte’, luego del cual quedaron tan llenas que no les quedó hueco ni para un bocadito de cordero, cabrito, vaca o buey. Quizá eso pensarías hoy. Pero si pudieras remontarte a los tiempos del profeta Isaías, descubrirías que esta misma escena tiene una interpretación muy diferente.

Como se descubre al leerla en contexto, como Primera Lectura en la Misa de este domingo (ver Is 11, 1-10), es parte de una visión profética que anuncia un tiempo futuro, un tiempo que habría de llegar, y que era muy anhelado, muy deseado, porque vendría Aquél al que todos los profetas anunciaron, Aquél sobre el que se posaría el Espíritu del Señor, Aquel que vendría a hacer justicia y a establecer la verdadera paz. Y fue para ejemplificar esto último que planteó Isaías que aquel día sucedería lo inimaginable, lo aparentemente imposible: los animales más feroces podrían convivir con los más mansos sin hacerles ningún daño.

Parece una utopía, algo irrealizable, pero no sólo es posible sino que está al alcance de nuestra mano hacerlo realidad. ¿Cómo? Nos lo dice San Pablo en la Segunda Lectura:

Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, les conceda a ustedes vivir en perfecta armonía unos con otros, conforme al espíritu de Cristo, para que, con un solo corazón y una sola voz alaben a Dios... Por lo tanto, acójanse los unos a los otros como Cristo los acogió a ustedes...” (Rom 15, 5-6).

Reflexionar el texto de Isaías a la luz del de San Pablo nos invita a reconocer que Aquél a quien esperaban ya ha venido, y vino, como estaba anunciado, a traer una paz sólida, duradera, extraordinaria. Y nos concede la gracia de experimentarla y vivir en armonía. Lamentablemente no hemos querido acogerla ni comunicarla. Y no hacen falta las noticias del periódico o la televisión para descubrirlo, basta con voltear a nuestras propias familias para encontrar muchos obstáculos para que pueda establecerse dicha paz. Y paradójicamente peor aún en estos tiempos en que nos estamos preparando para Navidad. Abundan las amenazas de no presentarse a algún festejo navideño si va cierta persona; las insinuaciones -o claras exigencias- para que no se invite a alguien; las advertencias de no sentar juntas a determinadas gentes porque pueden devorarse o al menos darse dentelladas...

Parece mentira, pero muchas familias se disponen a conmemorar el Nacimiento del Príncipe de la Paz, con ¡una guerra! No puede ser. Necesitamos una buena zarandeada y para ello nada como Juan el Bautista, que, claridoso como era, nos pide, desde el Evangelio dominical (ver Mt 3, 1-12), no sólo: “conviértanse”, sino: “hagan ver con obras su conversión”, en otras palabras: examinemos nuestra manera de ser, de pensar, de actuar, y si no se amolda a la de Aquel que ha venido a ofrecernos Su paz, hagamos lo posible por cambiar y procuremos que ese cambio se note. ¿En qué se nos puede notar? Por ejemplo si ejercemos en nuestra familia y comunidad el perdón, la paciencia, la misericordia, la mansedumbre, la bondad, la amabilidad. Y es que sólo si nos esforzamos en lograr el milagro de que en nuestro mundo lobos y corderos, novillos y leones convivamos en armonía, de verdad, podremos celebrar que nació Jesús, que a nosotros llegó la Navidad.

La Visitación
de Nuestra Señora
de Guadalupe
Solemnidad de Santa María de Guadalupe

Hay de visitas a visitas. Hay unas que no dejan nada bueno; si estás malo, te ponen peor contándote el truculento caso de alguno que tenía lo mismo que tú y se murió; o se la pasan hablando mal de conocidos o desconocidos, dejándote las orejas calientes y el corazón frío; o ‘todo lo que digas podrá ser usado en tu contra’ para luego sermonearte o criticarte. Son visitas de las que lo único que agradeces es que terminen, porque traen puro desasosiego.

Hay otras visitas, en cambio, cuyo buen recuerdo sigues saboreando mucho tiempo después porque te dejan el alma esponjadita y el ánimo alegre y renovado.

Las visitas de María son así. Su presencia dulce y serena, colmaba -y sigue colmando- de paz y alegría a sus visitados. Lo vemos en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Lc 1, 39-48), que no es el que hubiera correspondido por ser Tercer Domingo de Adviento (el de Mt 11, 2-11), sino el que siempre se proclama el 12 de diciembre, Solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe, que nos narra la ‘Visitación’ de María a su parienta Isabel, y que viene de perlas para este día porque en él podemos hallar cuando menos cinco coincidencias con la que podríamos llamar la ‘Visitación’ de Santa María de Guadalupe a Juan Diego:

1. Zacarías e Isabel representan al antiguo pueblo de Dios, que seguía una religiosidad que ya no daba para más, con sus sacrificios de animales y su excesivo número de mandamientos y prohibiciones que muchos cumplían por cumplir, un pueblo necesitado de una profunda renovación interior y que aguardaba con ansia a Aquel que había de venir a salvarlos.

Juan Diego también representa a un pueblo antiguo que a su modo era muy religioso pero cuya religiosidad tampoco daba para más porque había recibido un golpe durísimo, pues con la llegada de los conquistadores no sólo se vieron de pronto víctimas de toda clase de desgracias: epidemias que los diezmaron y guerras que los convirtieron en vasallos, sino enfrentaron la devastadora certeza de que sus dioses los habían abandonado o habían muerto, lo peor que puede suceder a un pueblo profundamente creyente que todo lo hacía en función de su fe, un pueblo que por ello esperaba, necesitaba desesperadamente alguien que los salvara, que los rescatara de su tristeza de muerte y les devolviera el deseo de vivir.

2. Isabel llamó a María: ‘Madre de su Señor’. María se presentó a Juan Diego como la ‘Madre del Verdadero Dios por quien se vive’. En ambos casos no venía sola: traía en su seno al Salvador anhelado.

3. Isabel se preguntó: “¿Quién soy yo para que la Madre de mi Señor venga a verme?” (Lc 1,43), también Juan Diego se reconoció indigno de que lo hubiera tomado en cuenta, a él que se consideraba tan sólo ‘un hombrecillo de campo, mecapal, parihuella, cola, ala...’.

4. María, digna Madre de Aquel al que alabó a Dios porque puso Sus ojos en ella, pequeña y humilde, ahora que lo llevaba en sus entrañas, supo poner sus ojos en la pequeñez y humildad de Juan Diego, y condescender a salir a su encuentro, hablarle en su lengua, con ternura y cariño y transmitirle un mensaje de una forma que él y todos los de su pueblo pudieran comprender y aceptar.

5. Dos ‘tocayos’ cuyo nombre significa ‘favor de Dios’, Juan el Bautista y Juan Diego, fueron elegidos como mensajeros para anunciar a sus respectivos pueblos la Buena Nueva, la llegada del Salvador, de Aquel al que Zacarías se referiría luego diciendo: “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte” (Lc 1, 78-79).

Santa María de Guadalupe vino de visita trayendo ese Sol que iluminó a quienes se sentían envueltos en tinieblas, perdidos y solos; vino a encauzar su fe, restaurar sus corazones rotos y darles una nueva y sólida esperanza. Y por eso hoy estamos de fiesta y celebramos, porque además, a diferencia lo que hizo con su parienta a Isabel, aquí no vino de visita y se marchó a los tres meses, aquí pidió una casita porque quiso quedarse, y se quedó, a vivir entre nosotros.

De juicios y planes
IV Domingo de Adviento

Un joven tranquilo, al que le gusta vivir metódicamente y sin mayores complicaciones, tiene una novia que trabaja en un importante instituto internacional que está desarrollando un proyecto de gran trascendencia mundial para beneficio de la humanidad. Ella le platica que hay una tarea delicadísima, parte fundamental del proyecto, que tiene que ser realizada por una mujer, por lo que los dirigentes de dicho instituto van a elegir de entre todas las ejecutivas, la más capaz para encomendarle dicha tarea. Entonces por una ‘filtración’ de un archivo súper secreto de ese instituto él descubre que la elegida será su novia y la noticia lo estremece. Se pone a pensar que esto es algo que no sólo va a alterar completamente los planes que ambos tenían, sino que, si se casa con ella, va a tener que participar en algo que siente que lo rebasa, algo de lo que honradamente no se cree capaz. Así que con todo el dolor de su corazón decide terminar la relación con ella, porque le da temor ser un lastre que le impida a ella desarrollar plenamente el extraordinario proyecto que le encomendarán.

¿A qué viene esto a colación? A que como es un ejemplo situado en nuestro tiempo podemos entenderlo y quizá nos ayude a tratar de entender lo que, toda proporción guardada, probablemente sintió José, cuando María, con quien se iba a desposar, concibió por obra y gracia del Espíritu Santo y él se dio cuenta y comprendió que había sido elegida para llevar a cabo el proyecto divino de la salvación, el que anunciaron los profetas por los siglos, el que todo su pueblo aguardaba con ansia, y decidió dejarla porque no se creyó digno de participar en aquello.

Dice el Evangelio que se proclama en Misa este Cuarto Domingo de Adviento y también en las Primeras Vísperas de Navidad (ver Mt 1, 18-24), que cuando José se dio cuenta de que María estaba embarazada: “no queriendo ponerla en evidencia pensó dejarla en secreto”(Mt 1, 19). Hay quien interpreta esto como que no quiso ‘echarla de cabeza’ porque pensó que ella había tenido relaciones con otro hombre, suposición que no le hace justicia ni a María ni a José.

Consideremos esto: Ella fue concebida sin pecado y permaneció así toda su vida por lo que sin duda irradiaba pureza, tenía la mirada limpia, una actitud en todo que no daba pie a que nadie pensara mal de ella. Lo de que no quiso ‘ponerla en evidencia’ no se refiere a que no quiso dar a conocer algo supuestamente vergonzoso, sino a que no quería revelar que ella había sido la virgen anunciada por Isaías (ver Is 7,14), la elegida para traer a este mundo al Emmanuel, puesto que Dios mismo lo estaba conservando en secreto.

Y cuando había decidido dejarla, como para no interferir en el plan divino, ¡Dios mismo lo invitó a participar en él, y de qué modo! Le envió un Ángel a que no sólo disipara sus temor por sentirse indigno de ser esposo de la que había concebido por obra del Espíritu Santo, sino le hiciera ver que Dios lo había tomado en cuenta para servir nada menos que como padre adoptivo del que habría de nacer. Y por eso le dijo: “y tú le pondrás el nombre de Jesús” (Mt 1,21). Poner el nombre al hijo era derecho y deber de su padre, que con ello expresaba su potestad sobre su hijo. Como quien dice, que Dios le confió Su Hijo amadísimo a José, aceptó que en adelante Jesús fuera conocido como ‘el hijo del carpintero’.

Ay, los juicios y los planes humanos suelen ir por un lado distinto al de los juicios y planes divinos y con frecuencia sucede que no coinciden los dos. Es significativo y nos da mucho para reflexionar, que cuando más indigno se creía José, más digno lo halló Dios...

La escuela de la familia
Solemnidad de la Sagrada Familia

¿Por qué habrá querido Jesús venir a este mundo dentro de una familia? Hacía muchos siglos que había creado al ser humano, ya había tenido buen tiempo para ver cómo se comportaban las familias y, sobre todo, para oír a todas horas las incesantes quejas de quienes alzaban la vista al cielo para reclamar: ‘Señor, ¿por qué pusiste a éste en mi familia?’, ‘Señor, ¿por que me diste a éstos por hermanos?’, ‘Señor, ¿por qué elegiste para mí a esta mamá?’, ‘Señor, ¿qué no podías haberme escogido unos parientes mejorcitos?, a ver si me los cambias, porque ¡¡ya no los aguanto!!’

Con tanta experiencia, Jesús bien podía haber preferido aparecerse de repente, ya adulto, en este mundo, pero pudiendo elegir libremente, optó por seguir el camino que seguimos todos los seres humanos, y quiso nacer en una familia. ¿Por qué? Desde luego porque era el modo de compartir verdaderamente nuestra condición humana, y cabe pensar incluso que quiso acompañarnos cuando sufrimos por nuestros ‘parientes incómodos’, pero todavía podemos pensar que hay otra razón, y es que a pesar de las quejas que durante siglos había recibido de aquellos a los que les parecía que sus familias dejaban mucho que desear, Él siguió considerando valiosa la familia, y quiso demostrar que no sólo la había creado para que otros pertenecieran a ella sino que Él mismo estaba dispuesto a formar parte de una.

Tenemos así una especie de ‘aval divino’ que da fe de que Dios recomienda la familia, que la considera el mejor medio no sólo para que un ser humano crezca amado, comprendido y protegido, sino para que pueda desarrollarse bien, aprendiendo y practicando valores, virtudes y cualidades esenciales que le servirán para salir adelante en la vida, por ejemplo, entre otros, los mencionados por San Pablo en la Segunda Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver Col 3, 12-21):

Compasión:

En familia podemos aprender a ponernos en el lugar de los otros, comprender lo que los hace sufrir, solidarizarnos con ellos.

Magnanimidad:

En familia podemos aprender a tener tolerancia con los defectos de los demás y a disculparlos.

Humildad:

En familia podemos aprender a aceptar las críticas sin ofendernos, a no humillar a los otros, y a no tener inconveniente en hacerles un servicio sin repelar, ni anunciar que ya hemos hecho demasiado y que ahora le toca a otro.

Afabilidad:

En familia podemos aprender a dominar el malhumor y a tratar a los demás con alegría y caridad.

Paciencia:

En familia podemos aprender a sobrellevar sin exasperarnos los defectos de los demás, y a no desesperar si no reaccionan cómo y cuándo esperamos.

Perdón:

En familia podemos aprender a disculpar con prontitud y de corazón al que nos ofende.

Amor:

En familia podemos aprender a compartir con los demás el amor que Dios ha derramado en nuestros corazones a manos llenas.

Paz:

En familia podemos aprender a convivir con quien piensa distinto, con quien solemos tener desacuerdos, con quien nos cae mal.

Enseñanzas y consejos:

En familia podemos aprender a compartir, delicada y oportunamente, lo que sabemos.

Gratitud:

En familia podemos aprender a ser agradecidos, en primer lugar con Dios, que nos ha colmado de dones, uno de los cuales es la familia, y también agradecer a quienes nos rodean.

Respeto.

En familia podemos aprender a no imponernos a los demás, a no atropellar su dignidad, a no invadir su privacidad.

Obediencia:

En familia podemos aprender a aceptar que no siempre se haga nuestra voluntad, a cumplir nuestro deber con prontitud y a tener disponibilidad.

Como vemos, la familia puede ser escuela que nos cobije y nos enseñe, nos acoja y nos lance a edificar en el mundo el Reino del amor. ¿Cómo lograrlo? Imitando a la Sagrada Familia, en cuyo seno, en cuyo centro siempre estuvo el Señor.

Para todos
La Epifanía del Señor

Para los judíos y para el resto del mundo; los cercanos y los lejanos; los que lo estaban esperando con ansia desde hacía siglos y los que no tenían ni idea de que habría de venir; los que supieron advertir Su llegada y aquéllos a los que les pasó completamente desapercibida; los que vivían en tierra de sombras y los que se sentían iluminados aunque estaban a oscuras.

Para los fervorosos creyentes y para los que no tenían fe; los que abrazaban su religión y los que la atacaban; los que conocían las Escrituras y los que no las conocían; los que, conociéndolas, procuraban cumplirlas y los que aunque las conocían no se dejaban ya mover por ellas.

Para los que se sabían necesitados de Él y para los que pensaban que no les hacía falta; los insatisfechos y los satisfechos; los preocupados y los despreocupados; los interesados y los indiferentes; los desesperanzados y los que mantenían la esperanza.

Para los que conocían el sufrimiento y para los que todavía no habían sufrido; los maltratados y los privilegiados; los atropellados en sus derechos y en su dignidad y los admirados y respetados; los que caminaban ligeros y los que se arrastraban agobiados por la carga; los enfermos y los que tenían salud.

Para los que no poseían nada y para los que creían tenerlo todo; los que se conformaban con poco y los ambiciosos; los desprendidos de los bienes de este mundo y los avariciosos; los que pasaban hambre y los que comían de más.

Para los felices y para los afligidos; los contentos y los descontentos; los de dulce carácter y los amargados; los que estaban rodeados de seres queridos y los que no tenían a nadie en este mundo.

Para los llenos de amor y para los llenos de odio; los de buena voluntad y los malintencionados; los que sabían perdonar y los rencorosos; los que querían vivir en paz y los que querían hacer la guerra; los pacíficos y los violentos; los mansos y los iracundos.

Para los virtuosos y para los viciosos; los veraces y los mentirosos; los honrados y los corruptos; los caritativos y los envidiosos; los castos y los lujuriosos; los humildes y los orgullosos.

Para los que entendían el sentido de su existencia y para los que no le hallaban razones; para los que apenas comenzaban su vida y para los que estaban ya por terminarla; para los hombres y para las mujeres, de cualquier raza y condición.

Para todos vino el Señor; para todos brilló Su estrella. ¿Quién la supo captar?

Nos lo dice el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 2, 1-12): No fueron aquéllos de los que cabía esperar que hubieran sido los primeros en darse cuenta, los que estaban más cerca, pues estaban cegados por sus propios intereses, demasiado ocupados en sus propios asuntos; fueron unos sabios del lejano Oriente, sensibles a las señales del cielo, quienes no sólo contemplaron la estrella sino supieron interpretar su fulgor, comprender que los invitaba a seguirla y aceptar su callada y luminosa invitación. Y entonces ella los fue guiando, conduciendo, hasta el mismísimo lugar donde había nacido el Rey, el Salvador prometido y anhelado, el deseado de las naciones, el Sol que nace de lo alto, el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, Aquél a quien San Juan llama “Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1,9), la única capaz de rescatarnos de toda tiniebla, de toda desesperanza.

Y desde entonces esa Luz del Señor sigue brillando para todos, esperando que todos la veamos, que dejemos que nos alumbre el corazón y nos mueva a salir de nosotros mismos, buscarlo a Él, y poder decir, al encontrarlo: “vimos surgir Su estrella, y hemos venido a adorarlo” (Mt 2, 2).

Calladamente
El Bautismo del Señor

‘El bien no hace ningún ruido y el ruido no hace ningún bien’. Sabio dicho que le oí a mi mamá alguna vez, y que ahora recuerdo porque resume admirablemente lo que plantean las Lecturas que se proclaman este domingo en Misa. Empiezo de atrás para adelante: el Evangelio narra que Juan el Bautista estaba en el río Jordán, bautizando a quienes querían expresar con un bautismo de agua que estaban arrepentidos de sus pecados y deseaban quedar limpios de ellos, cuando en eso llegó Jesús y le pidió que lo bautizara. Él, que nunca cometió pecado y que por lo tanto no tenía de qué arrepentirse, Él, que venía a salvar a todos los pecadores, no quiso hacer alarde de Quién era, no se presentó allí a anunciar la salvación como esos predicadores que encuentra uno en algunos púlpitos televisivos, que creen que a fuerza de gritos convertirán a sus oyentes. No. Él simplemente se colocó allí, en medio de todos, como uno de tantos, asumiendo plenamente Su abajamiento, Su renuncia a los privilegios de Su condición divina (ver Flp 2,6-7).

Y así siguió. Dice San Pedro en la Segunda Lectura, que después de que Jesús fue bautizado “pasó haciendo el bien” (Hch 10,38), y lo hizo como lo hacía todo, calladamente. Tal como lo había anunciado el profeta Isaías siglos antes, en el texto que se proclama como Primera Lectura: “No gritará, no clamará, no hará oír su voz por las calles.” (Is 42, 2-3).

Siendo Todopoderoso, el Señor eligió voluntariamente no hacer nada por la fuerza, venir discretamente, humildemente, a hacerse uno de nosotros. Y en Él tienen cumplimiento diversos textos proféticos de la Sagrada Escritura que la gente no solía relacionar entre sí: los que anunciaban que Dios habitaría en medio de Su pueblo y los que anunciaban que Dios enviaría a un Salvador.

Es por eso que la voz del Padre que se escucha cuando Jesús es bautizado, emplea las mismas palabras del profeta Isaías al presentar a Su elegido, a Aquel en quien tiene Sus complacencias, pero marcan una diferencia abismal: no se trata simplemente de un siervo, de un elegido, se trata, nada menos que del ¡Hijo de Dios!. Tras de siglos de estar a la espera de que Dios respondiera al profeta que clamaba: “¡Ah, si abrieses los cielos y descendieses!” (Is 63,19), el Señor respondió de manera extraordinaria, abriendo en efecto los cielos y haciéndose presente entre nosotros.

Recién salidos del tiempo navideño, cuando lo tenemos todavía muy presente pequeñito, arropado en pañales, recostado en un pesebre, San Mateo nos muestra a Jesús igualmente humilde, pero ya adulto, recorriendo nuestros caminos, solidario con nuestra humanidad caída, dispuesto a sumergirse silenciosamente en las aguas en las que pretendemos lavar nuestras miserias, pero no para quedarse en ellas sino para ayudarnos a salir y seguirlo.

A Aquél del que dijo Juan: “entre vosotros hay uno al que no conocéis” (Jn 1,26), se ha quedado entre nosotros y sigue haciendo el bien, ¿sabemos reconocerlo a nuestro lado?


Llamados a más...
II Domingo del Tiempo Ordinario

Una amiga me compartió una anécdota que cambió su vida: había ido con su tío a pedir chamba a la bolsa de trabajo de una parroquia, y cuando la señorita que llenaba el formulario le preguntó a él de qué quería trabajar, y él le respondió: ‘de lo que sea’, ella le explicó que tenía que poner algo específico en la solicitud, pero él insistió en que podía trabajar en lo que fuera porque sabía hacer un poco de todo y mientras no fuera ilegal o pecado no le sacaba la vuelta a nada, no le daba flojera trabajar.

Me contó que la sorprendió mucho la disponibilidad de su tío y se sintió avergonzada de sí misma, pues ella estaba considerando solicitar empleo poniendo muchos ‘peros’ para que no la pusieran a hacer ciertas cosas relacionadas con su chamba que le daban flojera.

Su tío consiguió empleo ese mismo día y tiempo después le comentó que su trabajo le resultaba muy variado porque hacía lo que se ofrecía; ella le preguntó si le pagaban bien y si estaba contento, a lo que respondió que sí, pero que no era por el dinero, aunque le parecía bien lo que ganaba, sino porque le gustaba poder hacer de todo. Y cuando ella cuestionó si no sentía que lo explotaban pidiéndole hacer demasiadas cosas, su respuesta se le quedó grabada: ‘No, qué va. No me explotan, me aprovechan, que es distinto, y eso me hace muy feliz’. Esa afirmación la impactó y la hizo reflexionar y darse cuenta de que no sólo en la chamba sino en la vida, podía tener dos actitudes: tratar de hacer lo menos posible, con lo cual descansaría pero se sentiría desperdiciada, o hacer lo más que pudiera, con lo cual quizá a veces se cansaría, pero se sentiría, como su tío, aprovechada, satisfecha y feliz.

Lo que me platicó vino a mi mente al leer los textos de la Misa de este domingo, y meditar que tanto las Lecturas como el Evangelio tienen dos elementos en común.

El primer elemento es un llamado de parte de Dios. Él crea a cada ser humano, lo dota de muchas cualidades para que sirva para muchas cosas y lo envía al mundo. Es significativo leer en la Primera Lectura que Su enviado fue elegido “desde el seno materno” (Is 49,1); que Pablo reconoce, en la Segunda Lectura, que su vocación es “voluntad de Dios” (1Cor 1,1) y que en el Evangelio, Juan el Bautista menciona al que lo “envió a bautizar”(Jn 1,33). Tenemos así una vocación, un llamado divino.

El segundo elemento es una especie de ampliación de ese primer llamado, en la que el Señor pide a Sus enviados más de lo que ya les había pedido (y cabe pensar que más de lo que quizá habían pensado que les pediría).

El Señor no sólo llama y envía una vez; suele seguir llamando, seguir encomendando nuevas y diferentes tareas, y con ello nos permite no desperdiciar ni una sola de nuestras habilidades. El que nos creó y nos ama, sabe mejor que nosotros de qué somos capaces, y no quiere que desaprovechemos Su gracia, que es exactamente lo que hacemos cuando nos encerramos en los límites que nosotros solitos nos marcamos al pensar que sólo servimos para una cosa.

En el libro ‘Luz del mundo’ se le planteó al Papa Benedicto XVI que, como es sabido, no aspiraba a ser obispo, ni Prefecto, y mucho menos Papa, si no daba miedo tener que aceptar que sucediera una y otra vez lo que menos esperaba, a lo que respondió, como siempre sabiamente, que en su ordenación le dijo sí al Señor, y ese sí implicaba aceptar todo lo que Él le fuera pidiendo, y confiar en que si se lo pedía sería porque estaría a su lado para ayudarle a cumplirlo.

Hoy más que nunca el Señor está necesitando trabajadores para su Reino que, como el tío de mi amiga, estén dispuestos a trabajar en todo lo que se ofrezca sin poner ‘peros’, y nos va proponiendo proyectos que sabe podemos realizar. Nos dice, parafraseando Sus Palabra en la Primera Lectura: es poco que hagas sólo esto, tengo para ti pensado ¡mucho más! Es poco que ames sólo a tu familia, que hables de Mí sólo a los tuyos, que ayudes sólo a tus conocidos; puedes abrir tu corazón a muchos otros. Sueño para ti grandes cosas, que pongas todos tus dones al servicio de muchos... Lo de hasta ahora es bueno, pero es poco, porque Yo sé que tú puedes hacer ¡tanto más! La pregunta es: ¿lo harás?...

Pescador
III Domingo del Tiempo Ordinario

Si alguien trabaja en lo que le gusta y sabe hacer, de seguro no querría cambiar de oficio. Por ejemplo quien disfruta manejar su taxi no querría pasar ocho horas encerrado detrás de un escritorio y viceversa, a quien le gusta emplearse en una oficina no querría pasarse el día yendo de aquí para allá. Lo que probablemente sí aceptarían ambos sería aprender a realizar mejor su chamba, mejorar lo que ya son.

No sorprende que el Señor lo sepa, el que nos creó conoce perfectamente nuestra psicología, pero sí llama la atención cómo lo toma en cuenta. Él, que tendría todo el derecho y la autoridad de pedirle a alguien a quien llama a Su servicio que renuncie a aquello para lo que es bueno, que nunca más vuelva a ocuparse de hacer algo que se le da, para lo que tiene facilidad y vocación, no lo hace. Al contrario. A Aquel que nos dio nuestros dones y capacidades no le gusta que los desperdiciemos sino busca siempre modos de aprovecharlos al máximo.

Lo vemos en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 4, 12-23). En él se nos narra que

Jesús caminaba por la ribera del mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado después Pedro, y Andrés, los cuales estaban echando las redes al mar, porque eran pescadores. Jesús les dijo: ‘Síganme y los haré pescadores de hombres’...”

(Mt 4,18-19)

Los invitó así a darle un giro distinto a lo mismo que sabían hacer, hallarle un nuevo objetivo, infinitamente más pleno y satisfactorio: los invitó a poner sus cualidades al servicio del Reino de Dios. Tender sus redes no ya en el mar, esperando sacar muchos pescados, sino en el mundo, con la esperanza de salvar de sus turbulentas aguas muchas almas.

Dice el Evangelio que en respuesta a esta invitación ellos de inmediato lo siguieron. Y vemos que siguieron siendo pescadores, pero con ese sentido que transforma y engrandece cualquier tarea por insignificante que sea: el de trabajar para el Señor.

Y ni siquiera cuando Pedro fue nombrado por Jesús la roca sobre la que edificaría Su Iglesia (ver Mt 16, 18-19) dejó de lado su vocación, al contrario, se afianzó tanto en ella que incluso su barca se volvió símbolo de la Iglesia y heredó su título y su labor de pescador espiritual a todos sus sucesores.

Qué oportuno resulta que se proclame este texto ahora que estamos festejando la noticia de la beatificación de Juan Pablo II, porque en él tenemos una clara muestra de que aceptar la invitación del Señor ni daña ni desvía ni suprime las cualidades de quien es llamado, sino todo lo contrario. Su agudeza e inteligencia, su talento como orador y escritor, su sensibilidad y empatía; su facilidad para comunicarse en alguno de los muchos idiomas que hablaba o incluso con una simple sonrisa y una mirada, su fe inquebrantable, su firme esperanza, su caridad y compasión, bondad y alegría, paciencia y afabilidad, rectitud y valentía, todo se aprovechó cuando aceptó seguir al Señor, primero como sacerdote, luego como obispo y después como cardenal. Y cuando le tocó poner las manos sobre el timón de la barca de Pedro, sus virtudes fueron aún más aprovechadas en su nueva encomienda. Fue un pescador de almas que navegó con su brújula siempre orientada hacia el Señor, nunca dudó en surcar los océanos buscando toda clase de peces, y con el mismo amoroso afán lanzaba una red inmensa que capturaba a millones, que un anzuelito para rescatar de las aguas turbulentas a quien acudía a solicitar su consejo, en un encuentro personal. Y cuando el clima le era adverso y parecía que su afán sería en vano, no escatimaba esfuerzos, bogó siempre mar adentro.


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