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No Habrá Silencio

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Sinopsis

Elena es una joven que acaba de terminar su carrera de Derecho. Al poco tiempo de finalizar sus estudios, consigue entrar como becaria en un importante bufete de abogados de Barcelona. De hecho, la eligen como ayudante de uno de los socios fundadores, lo que es una gran oportunidad para ella. Está dispuesta a darlo todo para conseguir que la contraten.

Sin embargo, lo que no suponía es que iba a encontrarse en el bufete con Rubén, un ligue de una noche de la etapa en la que aún trabajaba como camarera en un conocido pub de la Ciudad Condal. Esto lo supone un importante contratiempo, ya que su objetivo principal es labrarse un futuro basado en una reputación intachable. Por su parte, Rubén no está dispuesto a que las cosas entre ellos terminen sin más y acabará convirtiéndose en una obsesión para él.


Prólogo

Si una cosa he aprendido de la experiencia o, para ser más exactos, de la experiencia concreta que voy a relataros a continuación, es que nunca debes llevarte a un ligue de una noche a tu apartamento, da igual si ya le conoces o no. Hay ciertas fronteras que es mejor no traspasar. Presta mucha atención, porque ahora entiendo lo que quiere decir la expresión “escarmentar en cabeza ajena”. Alguna amiga mía ya había tenido alguna mala experiencia y el resultado no había sido demasiado agradable, aunque tampoco había tenido mayores consecuencias. Sin embargo, yo pensé que a mí nunca me pasaría. Es lo que hace el exceso de confianza: te sientes invulnerable. No sospechaba que hubiera la más mínima posibilidad de que me sucediera nada, por el simple hecho de que nunca me había pasado. Las cosas solían salirme bien, ¿por qué debería ser diferente? Además, ser joven implica ser imprudente a veces y no calcular demasiado los posibles riesgos. Y yo ya había sido demasiado responsable. Tocaba saborear las mieles de una vida algo más interesante en ese corto impasse al que llamamos juventud, porque la edad adulta puede llegar a caerte encima con todos sus problemas y preocupaciones sin que siquiera lo esperes. Por desgracia, he aprendido que algunos no entienden lo que significa decir no.

A pesar de todo el miedo que he pasado y que, a día de hoy, sigo experimentando, especialmente si vuelvo a casa por la noche por calles poco pobladas, he decidido que no puede haber silencio. Nunca es una buena opción, por el simple motivo de que le das ventajas a tu enemigo. Mientras guardas silencio, pareces ocultar un secreto que no debe ser revelado y, sin querer, te vuelves un poco cómplice, un poco culpable. Yo no lo descubrí a tiempo y he perdido demasiado en ese fugaz paréntesis en que mi futuro se presentaba brillante ante mí, mientras mi presente se iba desmoronando como un edificio en demolición. Debo contar lo que me ocurrió. Tengo que encontrar el modo de hacerlo, porque cuando lo hice en voz alta no había muchos dispuestos a escucharme. Ahora estoy delante de esta página en blanco tratando de ganarme tu simpatía para que me creas y difundas mi historia. Tal vez así consiga que otras sepan reaccionar a tiempo, no como me pasó a mí.

Las cosas sucedieron así…


CAPÍTULO 1: Etapa universitaria

Sólo faltaban unos pocos meses para que mi etapa como estudiante finalizara para siempre. Habían pasado tan rápido los años de la Universidad que casi no podía creérmelo. Venían a mi memoria las palabras del decano el primer día que acudíamos todos los incautos estudiantes novatos de Derecho cuando decía que, a partir de la época universitaria, el tiempo parece doblar su velocidad y escaparse sin opción de dar marcha atrás al reloj. Ahora aquello me parece un pasado muy lejano.

Debo reconocer que siempre recordaré mi paso por la Universidad como una etapa inolvidable. Puede que suene a cliché, pero es así. Por primera vez desde que comenzara tu etapa académica, estudias algo que verdaderamente te interesa y para lo que te sientes motivado, aunque te pires algunas clases, lo cual forma parte inevitable de la dinámica universitaria. Luego está el hecho de que te sientes mayor, en el sentido de más independiente y madura, capaz de hacer muchas cosas por ti misma que antes ni habrías imaginado que te permitirían hacer como, por ejemplo, compartir piso con alguien o sacarte el carné de conducir y manejar un coche. Éste sí que es un gran momento, ese sentimiento de libertad cuando te subes a tu coche, viejo y destartalado si tienes la suerte de poder comprarte uno de segunda mano al que puedas llamar tuyo, o en el peor de los casos, cuando te lo prestan tus padres, pones tu música a tope y vas a recoger a alguna amiga. Ese momento es inolvidable. Luego está el hecho de que conoces a mucha gente nueva que nada tienen que ver con tu pasado y que, por lo tanto, desconocen tus meteduras de pata y tus errores de la infancia, si llevabas aparato, gafas de culo de vaso o cualquiera de esas tonterías que tanto nos avergüenzan cuando somos niños.

Nada ha vuelto ser lo mismo desde entonces. La edad adulta con sus incontables responsabilidades te invade y se apodera hasta del más recóndito rincón de tu ser, además de robarte tu espontaneidad, tus ilusiones y tus sueños mientras va descargando sobre ti su abrumadora dosis de realidad. Llegan los problemas y el afrontarlos a solas, los pagos de la hipoteca, los recibos de la luz, las letras de tu coche nuevo que ya no te proporciona libertad, sino que te ahoga con sus letras que tan puntualmente llegan cada fin de mes. Pero no vayamos tan deprisa. Las cosas han de contarse paso a paso.

Por aquella época, compartía piso con Meritxel, mi mejor amiga. Ella estudiaba Administración y Dirección de Empresas y nos conocíamos desde el colegio. Nuestras vidas siempre habían sido vidas paralelas. Nacidas en el mismo mes y el mismo año, con tan sólo tres días de diferencia. Tanto en el colegio como en el instituto, fuimos alumnas modelo, con buen comportamiento y buenas notas porque nos esforzábamos mucho y nos ayudábamos en todo lo que podíamos. Ambas somos las pequeñas de tres hermanos y vivimos en un pueblo pequeño hasta el momento en el que nos convertimos en estudiantes universitarias, lo que significó volar en libertad para irnos a vivir a un piso compartido en Barcelona o, lo que es lo mismo, la gran ciudad con su inagotable oferta de posibilidades. Una pasada para dos chicas como nosotras.

Aunque estudiamos carreras diferentes, pensamos que sería una buena idea compartir piso, siempre y cuando encontráramos uno que se ajustara a nuestras necesidades, es decir, nada extraordinario: que estuviera cerca de la Universidad o, al menos, bien comunicado y que no fuera demasiado caro, aunque esto último en Barcelona es casi imposible.

A pesar de lo bien que siempre nos hemos llevado y de compartir un montón de intereses, la diferencia básica entre Meritxell y yo es que ella es bastante más tímida y nunca le ha gustado demasiado salir de noche, pues ella es tranquila y hogareña. Sin embargo, yo procuraba acudir a todas las fiestas, universitarias o no, que surgieran. Pensaba que había sido demasiado responsable toda mi vida, sacando buenas notas, llegando a casa a la hora que mis padres me decían, recogiendo siempre mi habitación y ayudando en las tareas del hogar. Era como si hubiera envejecido antes de ser joven. Por lo que a mí respectaba, era el momento de soltarse un poco la melena. Ella, por el contrario, seguía disfrutando de esa responsabilidad y madurez precoz que creo que nunca la han abandonado. De hecho, a los pocos meses de empezar la carrera, empezó a salir con un chico con el que acabó casándose poco después de que ambos finalizaran sus estudios. Era como si su vida hubiera estado escrita antes de comenzar para que todo transcurriera dentro del guión.

Así que, mientras ella pasaba su tiempo libre con Luis en casa viendo alguna película o en el cine o haciendo cualquier otra cosa comedida, yo le sacaba el jugo hasta el último instante y me apuntaba a todo lo que surgiera. Eso sí, cuando tocaba estudiar, yo era la primera que se encerraba en la biblioteca casi sin descanso. Estaba bien disfrutar y pensaba sacarle el jugo a aquellos años, pero eso no podía ser sinónimo de desperdiciar el tiempo, especialmente teniendo en cuenta el esfuerzo que hacían mis padres para pagarme mis estudios y el alquiler del piso.

Para sacarme algún dinerillo extra y ayudar a mi familia con los gastos, empecé a trabajar de camarera en un pub los fines de semana. Conocí mucha gente y cada vez entraba menos en el piso, pues los planes parecían multiplicarse. Meritxell, de vez en cuando, como si de una hermana mayor se tratase, me decía que debía tener más cuidado con mi estilo de vida pues, un día sí y otro también, llegaba a casa a las tantas, a pesar de que siguiera sacando buenas notas.

Por otro lado, aunque no sea fácil o cómodo de decir, reconozco que me gustaba tontear con los chicos y no me apetecía nada involucrarme en una relación seria. Era demasiado joven para ello y sólo quería divertirme. Además, no me resultaba difícil ligar y disfrutaba con el coqueteo, especialmente con esa fase en la que todo es un juego de intercambio de miradas y gestos que hablan por sí solos sin tan sólo decir una palabra, aunque la mayoría de las ocasiones no llevaran a nada. Ya llegaría el momento para una relación formal, si es que llegaba, porque encontraba a la persona adecuada. Y si no, no tenía ningún miedo a la soledad, pues siempre he sabido disfrutar de ella. Así que, sí, me aburría enseguida de ellos porque ninguno me resultaba lo suficientemente atrayente como para renunciar a lo que más quería, es decir, mi independencia. Me gustaba mi libertad, la adoraba como si fuera mi mayor tesoro, y no quería que nada ni nadie me la cortara. Lo que son las cosas… Ahora vivo en una prisión.

Recuerdo una noche ya casi a punto de terminar el último curso, que conocí a un hombre tremendamente interesante en el pub. Era bastante mayor que yo, era evidente, aunque eso no me importó. Supongo que estaba un poco harta de niñatos cuasi imberbes que se creen hombretones hechos y derechos y no dicen más que tonterías para intentar ligar. Éste era diferente, a pesar de que debo reconocer que lo que me atrajo de él fue algo tan superficial como su físico y el look tan elegante y sofisticado que tenía. Yo estaba trabajando y era consciente de que no me quitaba la vista de encima, lo cual me halagaba, pues no paraban de entrarle mujeres de diferente edad tratando de llamar su atención. No creo que haya visto un hombre más atractivo en mi vida, con ese porte tan elegante. Que sólo me mirara a mí, me hacía sentir la reina de la fiesta.

Me gustaba ir muy arreglada a trabajar y solía ponerme vestidos bastante sexys y ajustados, con botas de caña y tacones altos. Supongo que, en cierto sentido, he sido víctima de mi vanidad, puesto que me encantaba mirarme al espejo y sentirme deseada por los hombres, por lo que éste no fue una excepción. No sé si eso serán cosas de juventud o simple y pura estupidez. Ahora veo las cosas de forma tan diferente. Si volviera atrás, estoy segura de que haría algunas cosas de otra manera, aunque no me arrepienta de haber exprimido esos dorados años de transición en los que rompes definitivamente el cordón umbilical. A pesar de los errores, reconozco que lo pasé bien, que fueron buenos años y que me sirvieron para crecer y madurar. Aún así, también tengo claro que he pagado un precio muy alto por equivocaciones típicas de la juventud que tantas otras como yo, antes y después, han cometido. Tal vez demasiado.

Recuerdo que cada vez que miraba hacia su lado de la barra, me sonreía. Empezaba el flirteo. Yo le devolvía la sonrisa y nos mirábamos por unos segundos. Sin embargo, tratando de desarrollar un juego diabólico para hacerle sufrir en la medida de mis posibilidades, evitaba acercarme donde estaba él para servir, como si estuviera haciéndome la interesante al tiempo que trataba de enviarle el típico mensaje que uno encuentra en una tienda de souvenirs: “mirar pero no tocar”. Ojalá lo hubiera llevado a cabo. No sabía que mi juego sería tan peligroso para mí en el largo plazo. La realidad es que estaba deseando que fuera él quien se acercara donde yo estaba, como intentando dejarle claro que yo era quien controlaba la situación. ¡Qué ingenua!

De repente, miré hacia su rincón de la barra y ya no estaba. Por unos instantes, pensé que me había salido muy mal la jugada y que había sido demasiado soberbia. Al fin y al cabo, me lo merecía por divertirme jugando con los sentimientos de otros. Además, yo sólo era una chiquilla, ¿qué esperaba?. La desilusión que sentí debió ser palpable, porque a los pocos segundos le tenía frente a mí preguntándome qué me preocupaba tanto en aquel momento. Con esas palabras me estaba declarando que no era yo quien controlaba la situación como yo creía, sino él. El juego de seducción había empezado.

Entre cliente y cliente, me acercaba hasta él y empezamos a hablar. Se llamaba Rubén y tenía treinta y siete años. ¡¡Buff!! ¡Treinta y siete nada menos! Es decir, sabía que no era un crío, pero no esperaba que fuera tan mayor. Teniendo en cuenta que yo tenía veintidós, te puedes imaginar que la diferencia de edad me parecía demasiado, tanto que asustaba. Es cierto que me había hartado de los chicos que tenían más o menos los mismos años que yo y me parecía que no hablaban más que de tonterías insulsas, pero es que el salto era demasiado grande. Daba un poco de vértigo. Sin embargo, tenía un atractivo irresistible y decidí no pensar en la edad que tenía. Además, si es que sucedía algo entre nosotros, no imaginaba que las cosas pudieran ir más allá de una noche. ¿Para qué pensar tanto? Pensar está sobrevalorado. ¿Cuándo iba a conocer a otro hombre así? Probablemente nunca. De vez en cuando, hay que dejarse llevar. Y eso es simplemente lo que yo anhelaba: quería dejarme llevar y que sus labios besaran los míos hasta el amanecer.

Tomé una decisión que, sin saberlo, cambiaría el rumbo de mi vida. Rubén era absolutamente irresistible, no lo puedo negar. O tal vez el hecho de no negarlo sea una forma de justificarme y aliviar en alguna medida mi conciencia. No puedo estar segura. Desde el primer instante supe lo que iba a pasar entre nosotros aquella noche, sin ninguna duda. Nos atraíamos mutuamente, era evidente. Se notaba en el brillo de nuestros ojos al mirarnos, en ese destello de deseo que desprende una mirada felina, en la corriente eléctrica que se transmite por tu cuerpo al mínimo roce con la piel del otro, en el vello que se te eriza en la nuca. Ese fin de semana Meritxell no estaba en casa, así que tenía todo el apartamento para mí sola. En cuanto terminó mi turno, él no dudó en acompañarme a casa. Yo tampoco dudé en aceptar su ofrecimiento. Cada poro de mi piel me lo pedía. No hace falta que te cuente el final de la historia ni creo que sea preciso dar más detalles, tal vez porque, me guste o no reconocerlo, soy un tanto pudorosa. Sí, tal y como te imaginas, vivimos una noche apasionada e irrepetible. Debo decir que también inolvidable, aunque por más de un motivo pero, especialmente, porque constituyó sin saberlo un punto de inflexión.


CAPÍTULO 2: Planes de futuro

Llegó la época de los exámenes finales. Se acabaron las tonterías. Me lo repetía una y otra vez como un mantra para que nada ni nadie me distrajera de mi objetivo. Estaba deseando acabar la carrera y ponerme a trabajar de verdad. Por alguna razón, siempre tenemos prisa en crecer y avanzar, cuando al final, más tarde o más temprano, todo llega. Supongo que somos unos eternos insatisfechos y pensamos que la felicidad absoluta está más allá, en conseguir algo más. Mientras tanto, en el aquí y ahora que es lo único que realmente existe, desaprovechamos la oportunidad que se nos brinda cada día de ser felices valorando lo que ya tenemos. Tal vez sea algo pesimista o me haya vuelto así con el tiempo, pero me da la impresión de que, en lugar de saborear el presente, no paramos de hipotecarlo en pro de un futuro que no sabemos si va a llegar. Y en esa tesitura me hallaba yo en aquella época, tratando de alcanzar la vida adulta cuanto antes, con mucha prisa en quemar aquella deliciosa etapa a la que ahora miro con nostalgia, como si ese fuera el remedio para encontrar la dicha.

Durante ese tiempo, le pedí a mi jefe en el pub que me dejara unas semanas libres para estudiar. Era mucho lo que me jugaba y necesitaba todo el tiempo del mundo para prepararme bien los exámenes finales, aunque tampoco quería despedirme del trabajo por si tardaba en encontrar algo mejor. No estaba demasiado conforme, pero al final conseguimos llegar a un acuerdo. Así que, una vez resuelto aquel tema, me centré en lo que realmente era importante para mí en aquel momento.

Recuerdo que, al principio, Meritxell y yo íbamos juntas a la biblioteca para estudiar. Estaba convencida de que sería lo más oportuno, puesto que sería el ambiente ideal. Al fin y al cabo, era época de exámenes para todos, así que supuse que todo el mundo estaría muy centrado en sus estudios. Sin embargo, esto se convirtió en una tremenda distracción para mí, puesto que conocía demasiada gente y siempre me apetecía más irme a tomar un café con cualquiera que me encontrara que ponerme a estudiar. Meritxell, casi ejerciendo las funciones de voz de la conciencia, no paraba de insistirme en que tenía que buscar una forma para centrarme y olvidarme de todo lo demás. Finalmente, decidí que lo más provechoso para mí era quedarme en casa aislada de la vida social, en la medida de lo posible. Para ello, tenía que apagar mi móvil y mi Tablet, puesto que si cualquiera de los dos dispositivos estaba encendido, evitar la tentación era demasiado difícil.

Esto fue poco después de aquella noche alocada que pasé con el guapo desconocido de treinta y siete años. No nos dimos el teléfono ni forma de contactar alguna porque, como ya he dicho antes, no me apetecía estrechar lazos con nadie. No me sentía preparada para tener una relación formal con un chico de mi edad y mucho menos para una con un hombre quince años mayor que yo. No obstante, debo reconocer que, durante un tiempo, no conseguía quitármelo de la cabeza. Me descubría en los momentos más insospechados pensando en él, a qué se dedicaría y si habría alguna posibilidad de que nuestros caminos se volvieran a encontrar, lo cual sospechaba que sería muy difícil en una ciudad tan grande como Barcelona. En otros momentos, simplemente recordaba aquel breve paréntesis de nuestras vidas que habíamos compartido. Habíamos pasado una noche muy especial, aunque lo justo sería decir que fue una noche lujuriosa y plena de erotismo, y eso no es fácil de olvidar, principalmente cuando tienes tan sólo veintidós años.

Sobra decir que a Meritxell no le había contado nada de aquello. Creo que, hasta cierto punto, me avergonzaba. Suponía que ella, tan recatada y responsable, no lo entendería y me preocupaba mucho lo que pudiera pensar de mí. Sospechaba que, en cierto sentido, podría sentirse defraudada, no sé muy bien explicar el porqué. Era mi amiga, mi mejor amiga desde que éramos unas niñas. Ella tenía una imagen de mí que intuía que no se correspondía con la realidad de aquel momento. Las dos estábamos entrando en la edad adulta de una forma muy diferente y temía que desaprobara los caminos en los que me estaba adentrando, algunos un tanto peligrosos en los que me apetecía experimentar sensaciones desconocidas para mí hasta ese instante. La cuestión era que yo quería que siguiera valorándome como siempre lo había hecho. En resumen, podría decirse que, por un lado, recordar aquella noche me llenaba de excitación, al mismo tiempo que de vergüenza por otro, porque mis dos yo, el de la niña buena del pasado y el de la joven ávida de experiencias del presente, entraban en un conflicto sin resolución posible.

Los resultados académicos de ambas fueron excelentes. Acabamos la carrera con unas calificaciones muy por encima de la media, así que suponíamos que no tendríamos dificultades en encontrar trabajo. Cuando estábamos solas en nuestro apartamento, hablábamos durante horas de a qué nos gustaría dedicarnos y nos imaginábamos cómo sería nuestra vida veinte años después. Meritxell sería una importante empresaria con cuatro hijos y yo estaba segura de que seguiría soltera porque mi puesto como socia de un importante bufete no me dejaría tiempo para nada, ya que tendría que viajar por todo el mundo. Eso sí, siempre encontraría tiempo para llevar los asuntos legales de la empresa de mi amiga.

- ¿Y no te gustaría tener tu propia familia? - me preguntó en alguna ocasión.

- Nunca lo he pensado. Ahora mi único objetivo es conseguir el trabajo de mis sueños. Ya me conoces, no me gustan las ataduras.

- Sí, ya lo sé, pero es que tiene que ser maravilloso ver crecer a tus hijos y enseñarles a ser buenas personas.

- Y estoy seguro que tú serás una madre fantástica, pero yo no puedo pensar en eso de momento. Soy demasiado joven y tengo muchos sueños por cumplir.

Mientras echaba currículos aquí y allá y esperaba a que me llamaran, empecé a trabajar en una tienda de ropa, así que dejé el pub definitivamente. Estaba segura que era lo mejor, pues así tendría un horario más normal y, aunque el sueldo no fuera mucho mayor y tuviera que echar más horas, era un trabajo que en todo caso está mejor visto si lo quieres incluir en tu currículo como experiencia profesional previa. Intuía que camarera de un pub en horario nocturno no era una buena carta de presentación.

Respecto a Rubén, no le volví a ver. Al menos, por un tiempo.


CAPÍTULO 3: Casualidades de la vida

Empezaba a sentir cierta desesperación al ver que pasaba el tiempo y no me llamaban de ningún trabajo que verdaderamente valiera la pena o que estuviera relacionado con mis estudios. Todos hemos oído hablar de lo difícil que está el mercado laboral, pero no eres verdaderamente consciente hasta que estás en la ardua tarea de encontrar tu primer empleo real. Ya estaba planteándome la posibilidad de probar en el extranjero, tal vez en Londres o en Dublín, porque no me imaginaba mi vida trabajando de otra cosa que no fuera la abogacía. Tal vez esa elección habría sido la correcta, aunque ya nunca lo sabré.

A veces pienso, que mi obsesión por este trabajo empezó por algo tan absurdo como ver los capítulos de Ally Mcbeal con mi madre cuando era pequeña, una serie que, por otra parte, no es estrictamente de mi tiempo pues, en la época en la que la echaban en la televisión yo apenas era una niña pequeña. A las dos nos encantaba, tal vez por el hecho de que compartíamos algo juntas. Nos gustaba sentarnos en el sofá del salón bajo una manta y yo me abrazaba a ella. A mí no me interesaba lo que ocurría en la serie, sólo quería estar junto a mi madre y muchas veces me quedaba dormida en su regazo. Era un momento sólo para las dos y mi madre, que era ama de casa, siempre decía cosas como “¿te imaginas que tú algún día llegases a ser abogada en un importante bufete? Eso sería fantástico”. Tanto empecé a imaginármelo que, al final, se convirtió en un objetivo firme y real. Y eso que, aunque suene presuntuoso, puedo decir que podría haber elegido casi la carrera que hubiera querido porque mis notas del instituto eran excelentes.

Como iba diciendo, empezaba a desesperarme, no porque hubiera pasado un tiempo excesivo, sino porque yo sentía prisa por empezar a demostrar mi valía. Nunca se me ha dado bien posponer mis deseos o esperar. Este caso no era una excepción. Sin embargo, la suerte parecía estar de mi parte y, una vez más, no tendría que esperar demasiado para ver mis deseos cumplidos. Por extraordinarias coincidencias del destino, un día vi en la tienda a uno de mis profesores de la facultad que iba con su mujer y su hija para comprar ropa para ésta última. Mi relación con él durante la carrera había sido muy buena, pues yo siempre mostraba mucho interés en las asignaturas que nos impartió, entregaba trabajos extra para subir nota y estudiaba mucho. Yo le confesé que estaba agobiada por no haber encontrado nada aún y él me contó que había coincidido recientemente con un colega que trabajaba en un bufete de la Avenida Diagonal. Me planteó que le enviara por mail mi currículo con mis datos de contacto y él se lo haría llegar personalmente. Este encuentro casual cambió mi vida. Por desgracia, en más de un sentido y no todos para bien.

En menos de quince días después de este encuentro casual, me llamaron para hacer la entrevista. Recuerdo cada minuto de ese día como si fuera ayer, tal vez porque los momentos trascendentales de nuestra vida dejan una impresión especial en nuestra memoria, hasta el punto de poder revivirlos con tan sólo cerrar los ojos. Me levanté temprano, más de lo habitual, y me preparé el desayuno. Recuerdo el olor del café recién hecho, su aroma tranquilizador y reconfortante, la sensación de calor de la taza entre mis manos. Me había preparado unas tostadas con tomate y aceite, pero apenas pude probar bocado de lo nerviosa que estaba. Dediqué mucho tiempo a peinarme y maquillarme, porque quería causar buena impresión. La noche anterior había estado buscando vídeos en YouTube sobre cómo hacerte peinados sofisticados para ir al trabajo y finalmente encontré un recogido ideal, entre otras cosas, porque no era difícil de hacer. Para vestir elegí un clásico, un traje de chaqueta y pantalón con una camisa y unos zapatos de tacón. Resultó ser una elección fácil puesto que, desde que comencé a estudiar la carrera, había empezado a comprarme de vez en cuando ropa que pudiera necesitar cuando encontrase un puesto en un despacho de abogados, así que ya tenía un buen fondo de armario para ello.

Recuerdo también que me impresionó la sobriedad del bufete. Ocupaba dos plantas de un edificio antiguo y estaba decorado con un estilo bastante conservador. Los suelos estaban perfectamente encerados, tanto que casi podías ver tu reflejo en las baldosas. En la sala de espera había sillones y butacas de estilo clásico, al igual que las lámparas, y las mesas y los muebles eran de madera maciza, todo en colores oscuros, aunque no demasiado. Mientras esperaba sentada en uno de los sillones de piel suave, repasaba mentalmente posibles formas de presentarme y como dirigirme de forma correcta a mi entrevistador para causarle la mejor impresión posible.

Cuando por fin me llamaron para que pasara a su despacho, me encontré una habitación amplia con una decoración muy similar a la que había visto en la antesala. Era un hombre con un porte que no te dejaba indiferente. Su manera de hablar, sus gestos, denotaban cierta clase y un elevado nivel cultural. Cuidé mucho mi postura, sentándome en la butaca cuando me lo ofreció con la espalda bien erguida y la cabeza alta, mostrando seguridad en mí misma.

Debí de causarle buena impresión, pues me incorporé casi inmediatamente a mi nuevo puesto como becaria ayudando a uno de los socios fundadores del bufete que precisamente era el amigo de mi profesor. Resultó que su amigo, por tanto, no sólo trabajaba en el bufete o era un abogado asociado o uno junior, sino que su puesto allí era mucho más importante que el de un mero integrante más de la empresa, así que la oportunidad que se abría ante mí era de las que hay que coger por los cuernos y no soltarla por nada del mundo. Y estaba decidida a no dejarla escapar, costase lo que costase. No daba crédito a la suerte que había tenido aunque, por otro lado, tampoco quería menospreciarme puesto que mi currículo académico era extraordinario y me había esforzado mucho. No trato de vanagloriarme con esto, pero lo cierto es que no todos pueden estar entre los primeros de su promoción y precisamente ese era mi caso. Mi expediente académico hablaba por sí sólo y me convertía en una de esos pocos privilegiados.

Es cierto que, al principio, mi trabajo no era demasiado interesante. Sospecho que eso es lo habitual en cualquier profesión. Era una becaria joven que acababa de aterrizar y poco sabían de mí. Tenía que ser paciente y doblegar mis inquietudes y mi prisa por alcanzar la cima. El camino era arduo y yo lo sabía, aunque tuviera que recordármelo a mí misma con cierta frecuencia. No obstante, poco a poco, me fui ganando la confianza del señor Alemany, el contacto de mi profesor de la carrera, el mismo que personalmente me había llamado para hacer la entrevista inicial. El señor Alemany era un hombre de edad avanzada muy serio y muy exigente. Estaba ciertamente muy comprometido con la marcha del bufete, lo cual supongo que es normal cuando se trata de tu proyecto de vida, aquel que un día fundaste poniendo en él todo tu tiempo, esfuerzo e ilusión, además de, sin lugar a dudas, una importante inversión económica. La verdad es que había conseguido, junto con sus otros socios, crear un despacho de abogados que era muy reconocido y prestigioso, lo cual no era fruto de la casualidad sino, precisamente, de ese nivel de exigencia que se autoimponían ellos mismos y que, por consiguiente, pedían a todos aquellos que trabajaran para ellos.

De hacer labores casi de su secretaria personal, atendiendo llamadas, repasando su agenda y algunos documentos que precisaban de alguna corrección, pasé a revisar alguno de los casos que llevaba e incluso a ayudarle en la preparación de otros. Después de ello, empecé a acompañarle en algunas de las entrevistas que tenía con ciertos clientes para posteriormente ir con él a algún juicio. Solía presentarme como su ayudante personal y una de las promesas del bufete, lo cual me agradaba de forma evidente. A su lado, sentía que mi sueño poco a poco se convertía en realidad. Por otra parte, estaba aprendiendo a pasos agigantados. Incluso, en algunos momentos, pensaba que en pocas semanas había aprendido más allí que en todos los años de carrera. Anhelaba por encima de todo que me contrataran y pasar a formar parte de su plantilla estable pero, en cualquier caso, sabía que el simple hecho de estar allí ya me abría las puertas de otros bufetes. Tenía ante mí una oportunidad única e irrepetible, de esas que no puedes echar a perder porque estás segura de que, si lo haces, te arrepentirás toda la vida.

Me encantaba llamar a mi madre para contarle como iba mejorando mi posición dentro del bufete, aunque no fuera una mejoría tangible en el sentido de que no se había producido una mejora paralela en mi contrato. Sin embargo, sin lugar a dudas, sí había cambiado mi situación allí en lo que a mis funciones dentro del despacho se refería. Mi madre se sentía muy orgullosa y no paraba de decirme que siempre había confiado en mis posibilidades y que no había dudado ni por un segundo que conseguiría todo aquello que me propusiera. Supongo que es lo natural, quiero decir, las madres siempre ven lo mejor en sus hijos y les alientan para que sigan adelante y no se rindan. La mía siempre fue así. Siempre veía lo mejor en mis hermanos y en mí y no paraba de recordarnos que éramos capaces de realizar grandes cosas siempre que confiáramos en nosotros mismos. Nos insufló ese ánimo durante toda nuestra infancia y adolescencia. No se cansaba de repetirnos lo importante que era esforzarse porque no siempre el premio está al final del camino, sino en el trayecto que recorres mientras lo buscas. Como se suele decir, lo importante del viaje no es el destino, sino el viaje propiamente dicho.

Me sentía feliz. Me sentía orgullosa. Me sentía capaz de conquistar el mundo. Las cosas estaban yéndome muy bien, aunque eso no se reflejase todavía en mi nómina. No me importaba, porque eso no era lo más relevante en aquel instante. Veía la satisfacción en los ojos del señor Alemany, y no sólo cuando me reconocía mi buen trabajo verbalmente. Así que no, aún no me preocupaba no ganar demasiado, entendía que eso eran las piedras del camino. Era joven y tenía claro que todo llegaría a su debido tiempo si seguía mostrándome eficiente en el trabajo. No me daba miedo esforzarme o echar las horas que fueran necesarias. Estaba dispuesta a lo que hiciera falta. Nada podía torcerse, ¿por qué iba a hacerlo? Había llegado hasta ahí por mis méritos, aunque también por la ayuda de mi profesor de la Universidad, eso no lo podía negar. Después de haber metido la cabeza, con ayuda o sin ella, ya todo dependía exclusivamente de mí. Solamente yo podía estropearlo, y no tenía ninguna intención de meter la pata. Al menos, eso es lo que pensaba.

Pero los planes normalmente hay que cambiarlos. Pocas veces salen a la perfección de principio a fin. Surgen imprevistos, sucesos azarosos que irrumpen sin pedir permiso y requieren un reajuste inesperado. Se suele decir que hay que prever los imprevistos, pero es que algunos son imposibles de ver con antelación porque no existe ni la más mínima señal que te alerte de que se avecina algo que alterará el curso natural de las cosas.

La gran sorpresa me la llevé el día que acudí a una reunión del bufete en la que se había convocado a la mayor parte del personal para informar de los cambios que se iban a llevar a cabo en la firma en los próximos meses. No puedo ni imaginar la cara que debí poner, aunque sé lo que sentí. Supe sin dudarlo que había palidecido, pues notaba como la sangre dejaba de regar los capilares de mi rostro. Un sudor frío perlaba mi frente y mis piernas parecían no querer sujetarme ya con la misma firmeza que lo habían hecho hasta entonces. Sospecho que los que estaban a mi lado pensaron que estaba al borde del colapso.


CAPÍTULO 3: Nunca nada es lo que parece

Tal y como solía hacer, aquella mañana llegué muy pronto al despacho. Lo había convertido en una rutina y a diario llegaba a la hora que lo hacían las secretarias y el personal administrativo, es decir, justo cuando abrían la oficina, ni un minuto después. Para cuando llegaba el señor Alemany, yo ya había repasado los expedientes del día, había revisado la legislación que podría estar relacionada con los casos que llevara y había preparado todo el papeleo que pudiera necesitar. Era importante mostrar iniciativa y yo quería dejar claro mi interés en el trabajo y que estaba dispuesta a hacer todos los esfuerzos posibles para ganarme la confianza de los socios. Por lo tanto, también me mostraba dispuesta a colaborar con los otros miembros del bufete si demandaban mis servicios y les podía resultar útil. El mensaje tenía que ser directo y transparente: si estaban pensando en contratar a algún abogado nuevo en el medio plazo, yo tendría que ser la mejor opción que tuvieran sin lugar a dudas.

Así que, sí, debo reconocer que me mostraba muy diligente y dispuesta a realizar todas las tareas que se me encomendaran. Las horas extra tampoco suponían un problema para mí. Estaba siendo una trabajadora modelo que hacía honor a las recomendaciones que había hecho mi profesor de la facultad. De hecho, había sido yo la que se había encargado de preparar las carpetas para la reunión de aquel día, aunque no era una de mis funciones, para que todo estuviera dispuesto hasta el más mínimo detalle. Todo este esfuerzo no estaba siendo en vano, ya que el señor Alemany había empezado a reconocérmelo y me lo había señalado en más de una ocasión. Ya no eran meras frases de agradecimiento u observaciones acerca de cómo estaba realizando mi labor, era algo más. “Señorita Cervera, es usted de lo más eficaz. Creo que tendrá un gran futuro en esta empresa. Espero no olvidarme de darle las gracias a su profesor por su recomendación porque ha sido un gran acierto”, solía decirme cada vez con mayor frecuencia. Mis esperanzas ante dichos comentarios no paraban de crecer, pues intuía que sus palabras llevaban implícito el mensaje de una posible incorporación a la plantilla del bufete. Siempre he sido una soñadora, exactamente de esas que, en determinadas ocasiones, parecen incluso sufrir una crisis de ausencia porque son capaces de soñar despiertas de una manera muy vívida, a pesar de continuar con los ojos bien abiertos. En esos momentos, cuando le escuchaba decir cosas del estilo, me imaginaba luciendo un perfecto traje de marca con unos deslumbrantes Manolo Blahnik a conjunto, mientras entraba en los juzgados de la Vía Laietana paseando mi maletín de piel lleno de documentos importantes. Y me decía para mis adentros: “algún día”.


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