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La Danza de la Rosa




Novela




Incluye docenas de testimonios de familias que emigraron a los Estados Unidos.




Betty Viamontes






La Danza de la Rosa



Copyright © 2017 Betty Viamontes


Derechos reservados. A excepción de breves extractos de las revisiones, ninguna parte de este libro puede ser reproducida de ninguna forma, ya sea impresa o electrónica, sin el consentimiento expreso y por escrito del escritor.


Este libro es una obra de ficción. Personajes, nombres, lugares, eventos, incidentes, y empresas son un producto de la imaginación del autor o usados de manera ficticia. Cualquier parecido con lugares o eventos reales, o cualquier persona, viva o muerta, es pura coincidencia.


Título Original: La Danza de la Rosa


Publicado en los Estados Unidos de América por Zapote Street Books, LLC, Tampa, Florida


Traducido por Betty Viamontes


ISBN: 978-0986423772  (edición en español)

ISBN: 978-0986423765 (edición en inglés)


Zapote Street Books LLC, fotografía de la portada por Betty Viamontes
Impreso en los Estados Unidos de América









Les dedico este libro-



A mi madre, una rosa entre las casas en ruinas de la calle Zapote, maestra de la invención, esperanza ante la vida.



A tía Pilar y al tío Mario, por su amor, bondad y abnegación.



A mi esposo, Iván, por encontrarme cuando necesitaba ser encontrada.



A mis lectores que hacen mis libros parte de sus colecciones permanentes.
















Tabla de contenido



Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Testimonios

Créditos y agradecimientos

Sobre la autora






Capítulo 1 – En el mar



NUNCA me consideré una niña normal torpe, impulsiva, impredecible, inteligente, introspectiva, y patética, tal vez, pero no normal. No me sentía como parte de ningún grupo, no importaba cuantas veces lo intentara.

Como la mayor de mis hermanos, yo siempre estaba defendiendo o cuidando a mi hermanito Gustavo, quien era mucho más débil que mi hermana Lynette y yo. El día en que cumplí los doce años, Gustavo se cayó en el portal con un vaso de agua en la mano. Mi madre, Laura, mi tía, Berta, y su marido, Antonio, estaban todos en el trabajo cuando sucedió. El vaso estalló contra el mosaico, se rompió en pedazos diminutos, y las manos de Gustavo aterrizaron encima de los pedacitos de vidrio. Él era un niño delgado de nueve años que parecía tener menos edad, con el pelo castaño y hermosos ojos grandes y marrones. El pobre lloraba inconsolablemente mientras me mostraba sus manos ensangrentadas e incrustadas de vidrio.

A pesar del miedo que yo le tenía a la sangre, le eché un poco de azúcar sobre sus heridas, cuidadosamente le quité todos los pedacitos de cristal que pude y le lavé las manos. Luego coloqué toallas limpias sobre sus cortadas, reuní a un grupo de muchachos del barrio que insistieron en venir conmigo, y nos fuimos en un autobús a la sala de emergencias de un hospital.

Cuando llegó nuestro turno, el doctor frunció las cejas al notar al grupo de niños y niñas que me acompañaban.

¿Dónde está tu mamá? ―le preguntó a mi hermano.

Soy su hermana mayor ―le expliqué―. No puedo llamar a mi madre al trabajo porque está fuera todo el día colectando dinero de las bodegas. No volveremos a verla hasta esta noche y no quería que mi hermano se desangrara.

¿Qué edad tienes? ―preguntó.

Doce ―le dije con convicción.

Aún si se me hubiese ocurrido llamar a mi tía Berta o a tío Antonio cuando mi hermano se cayó, no hubiera podido hacerlo. No teníamos teléfono en casa. Casi todos los que lo tenían pertenecían al gobierno. Cada vez que mi madre necesitaba llamar a mi padre, quien vivía en Miami, usaba el teléfono de una vecina. Estoy segura de que al cabo de unos años nuestra vecina se arrepintió de haberle ofrecido ese servicio, pero ¿quién iba a pensar que cuando mi padre salió de Cuba en el 1968, con el objetivo de reunirse con nosotros en los Estados Unidos poco después, pasarían doce años antes de que lo volviéramos a ver?

Lynette y Gustavo eran menores que yo —mi hermano fue el último en nacer— pero mi figura de palo hacía que algunas personas concluyeran que mi hermana era la mayor.

A medida que crecimos, nunca envidié los pechos más desarrollados de mi hermana, sobre todo porque por alguna razón, yo atraía más a los chicos sin entender por qué, ya que aparte de su figura más llenita, la sonrisa y felicidad innata de mi hermana iluminaban una habitación, mientras que yo actuaba más seria y reservada.

Mi forma principal de diversión consistía en inventar historias en mi cabeza y reducirlas al papel en una vieja máquina de escribir que los estudiantes de mi madre utilizaban para practicar mecanografía. Cuando no estaba escribiendo, me gustaba memorizar los largos nombres de compuestos químicos.

Mi infancia estuvo marcada por una serie de acontecimientos o situaciones que me definieron: el hecho de crecer sin mi padre, el presenciar el intento de suicidio de mi madre cuando yo tenía seis años, y luego, el hacerles frente a los terrores nocturnos, cuando yo temía que volviera a intentarlo.

El día en que ella atentó contra su vida, poco después de que el gobierno le dijera que nunca podría salir de Cuba para reunirse con mi padre, llegué de la escuela justo a tiempo. Mientras caminaba por la casa llamándola, mi pelo, sujetado con una liga en un rabo de mula, se balanceaba de un lado al otro, y la blusa blanca de mi uniforme rojo y blanco se pegó a mi espalda sudorosa. Las gotas de sudor rodaban por mi cara cuando la encontré, de pie en medio de la habitación, con su pelo y su vestido empapados. Me tomó unos segundos entender lo que estaba a punto de suceder, pero luego, al darme cuenta, corrí hacia ella, le quité los fósforos de la mano y me apresuré a buscar ayuda.

Esa fue la primera vez que la salvé, pero la vida o el destino me permitirían salvarla en dos ocasiones más. La última vez sería la más difícil. La gente en Cuba cree en el destino, lo que me hizo preguntarme a mí misma, si desde el día en que nací, ya estaba predispuesto que yo estuviera presente en los momentos precisos en que mi madre me necesitara más.

Durante los años que viví en Cuba, lo más cerca que llegué a sentirme normal fue en la celebración de mi quince años. Mi madre lanzó la fiesta más grande que nuestro vecindario había visto, una fiesta de la cual la gente hablaría durante años, hasta después que nos fuimos de Cuba. Las embarazosas espinillas que surgieron en mi cara a los trece años habían sido casi eliminadas por múltiples y dolorosos tratamientos en el Salón de Belleza Koayam en la calle Galiano, en el barrio de Centro Habana. Mi madre pagó una fortuna por estos tratamientos, dinero que había sacado de la comida. Quería darme un cumpleaños memorable, y eso, lo logró.

Le preguntó a la vecina que tenía la casa más bella de estilo colonial del barrio si podía utilizar su patio para la celebración, un área espaciosa donde la vecina daba clases de bailes españoles. El patio tenía una entrada separada y elaborados suelos de baldosas que, a pesar de la edad de la casa, mantenían la belleza del pasado.

Mi padre me envió dos de los vestidos que usé esa noche: uno de tela estampada (negro con rosas rojas), de tirantes finos y vuelos, y la segunda de una tela beige liviana que caía como una cascada. Su paquete también incluía tela para otros dos vestidos: un lamé de color naranja y plateado y muselina blanca. Mi novio y yo estábamos en el portal cuando llegó el paquete de los Estados Unidos, dos meses antes de mi cumpleaños. Lo abrí con ansiedad, y mis ojos se iluminaron cuando revisé su contenido.

Estoy deseoso de bailar contigo el día de tus quince―dijo.― ¡Te verás linda!

Pero yo no bailaría con él esa noche. Mi madre insistió en que tenía que bailar alguien que tuviera un traje. Quería enviarle fotos a mi padre, y tenían que ser perfectas, así que encontró al pretendiente más inconcebible del barrio: el hijo de un miembro del Partido Comunista.

La gente de la vecindad susurraba cuando me vieron:

¿La hija de un «gusano» bailando con el hijo de un «come candela»? ¿Cómo puede ser?

La respuesta era simple. Todos, hasta los comunistas, querían ser parte de la fiesta más grande del año, por lo que el miembro del partido pidió ser invitado. Mi madre lo rechazó al principio, pero el funcionario parecía implacable.

Proveeré seguridad y todas las bebidas para la fiesta―dijo―. Además, mi hijo puede bailar con tu hija para las fotos. Tiene un buen traje y oí que buscabas a alguien que tuviera uno.

¿Y no se lo puede prestar al novio de mi hija? ―Preguntó ella.

No le servirá. Mi hijo es más bajo de estatura que él.

Mi madre lo pensó. Sabía que su vida podría complicarse si no lo invitaba. En ese caso, ¿por qué no sacarle algo? Ella respiró profundamente.

Sólo bailará con ella durante la coreografía, y yo lo estaré observando ―dijo―. Que no se le acerque mucho a mi hija. Ella no está a la venta.

Entendido ―él respondió.

Luego, cuando mi madre le comentó lo sucedido a mi tía Berta, ella elevó las cejas y abrió los ojos.

¿Cómo te atreves a negociar con gente así? ―preguntó Tía Berta, pero mi madre se encogió de hombros.

Ésa era mi madre: maestra de invención, siempre encontrando una manera, una rosa contra un fondo de casas coloniales despintadas y deterioradas de la calle Zapote, esperanza ante la miseria.

Para ahorrar dinero para la fiesta, mamá había trabajado más de doce horas al día durante años: de ocho al mediodía en las bodegas, y del mediodía a la cuatro de la tarde enseñando estudiantes adultos en un aula improvisada cerca de nuestra casa. Entre clases, corría a casa para montar las máquinas de escribir y regresaba al aula después de asignar las lecciones de mecanografía a sus tres o cuatro alumnos. Luego, de cuatro a ocho de la noche, regresaba a las bodegas.

Los fines de semana, mamá vendía mercancías en el mercado negro: verduras que compraba ilegalmente de un campesino que vivía en Güira de Melena, uno de los pueblecitos en la provincia de La Habana, y lápices de ojos que la gente pensaba que mi padre había enviado de Los Estados Unidos. Ella creía que el hombre que los vendía los hacía con materiales robados. Después de todo, el gobierno lo controlaba todo. Muchas personas racionalizaban el robo al gobierno con el dicho:

Ladrón que roba al ladrón tiene cien años de perdón.

Muchos creían que cuando el gobierno de Castro nacionalizó las industrias y los medios de producción, poco después del triunfo de la revolución, le había robado a la gente y por lo tanto se sentían justificados en hacer lo mismo.

Mi madre manejó con maestría cada detalle de mi fiesta: los cisnes que decoraban mi cake, los fotógrafos, la música, la danza de padre e hija donde mi tío Antonio desempeñó el papel de mi padre.

La dueña de la casa donde se celebró mi fiesta nos permitió usar su amplio comedor para el cake y su dormitorio principal para algunas de las fotos.

Así que allí estaba yo, bailando con el hijo de un miembro del partido, con mi vestido largo de muselina blanca, mi cabello castaño claro cayendo en bucles sobre mis hombros, mis uñas recién pintadas de color rosado. Mientras tanto, mi novio me miraba desde la multitud, y yo a él.

Lo siento ―, le dije con mis labios.

Más tarde, mi hermana me dijo que yo parecía una aristócrata de los años pre-comunistas, como las que habíamos visto en películas viejas, con mi piel de marfil y maquillaje profesional que me hacía parecer más bonita de lo que era.

Mi cuello olía a un perfume de flores que una señora rusa, cuya casa Tía Berta había diseñado, le regaló.

Como todos los demás en Cuba, Tía Berta trabajaba para el gobierno, pero no se lo podía decir a nadie. Según ella, el gobierno no quería que la gente supiera que mientras las casas de los cubanos se desmoronaban, los rusos podían disfrutar de casas nuevas.

Aunque no pude bailar con mi novio aquella noche, disfruté mi fiesta de quince. Mi madre me había demostrado lo que era sentirse como Cenicienta por una noche, lo que era sentirse normal. Sin embargo, en aquel entonces, yo no apreciaba ni entendía todo lo que se requería para organizar tal celebración, en un lugar donde la gente casi no tenía para comer.

Pero el sentirme «normal» no me duró. Unas semanas después de mi cumpleaños, un grupo de cubanos condujeron un autobús contra las puertas de la embajada peruana en La Habana matando a uno de los guardias. Los funcionarios de la embajada se negaron a entregar a los ofensores a las autoridades, y como retribución, el gobierno de Castro retiró la seguridad de la entrada. En poco tiempo, más de diez mil personas inundaron la embajada para solicitar asilo político. Muchos estaban cansados ​​de las condiciones de vida en Cuba: las raciones escasas, la infraestructura deteriorada, la falta de libertad. Castro sabía que necesitaba aliviar la olla de presión en que Cuba se había convertido. Un éxodo masivo fue su solución.

Después del anuncio de Castro de que aquellos con parientes en Los Estados Unidos que quisieran irse podrían hacerlo si sus familiares venían a recogerlos en un barco o bote, mi madre llamó secretamente a mi padre y le dijo:

Date prisa, no hay tiempo que perder. Ésta es nuestra oportunidad.

Pero no nos informó a mis hermanos y a mí sobre su llamada, tal vez porque quería protegernos del acoso que sufrían aquellos que decidían abandonar a Cuba. La noche antes de que los guardias vinieran por nosotros, le di un beso de despedida a mi novio bajo los ojos vigilantes de mi madre, quien nos miraba desde la ventana de su habitación. Ese sería nuestro último beso.

Después de esa noche mi mundo se derrumbaría dentro un vórtice.

Los funcionarios del gobierno no permitieron que nos lleváramos nada que nos recordara nuestro hogar, ni siquiera un cambio de ropa, y durante los próximos días aprendí lo que era vivir en el infierno.

Primero, el campo de concentración ―donde pasamos varios días sin comer apenas, bebiendo agua de un grifo oxidado, alternándonos para dormir en una silla, siendo aterrados por perros policiales y soldados fuertemente armados, viendo la desesperación de mi madre— y luego, el barco.

Aquella noche, los guardias montaron a más de doscientas personas en un barco camaronero con rumbo a Los Estados Unidos. Era el 26 de abril de 1980, dos meses después de cumplir mis quince años. No mucho después de que nuestro barco saliera del puerto, comenzaron a soplar los fuertes vientos y a caer la lluvia. Treinta minutos más tarde, escuché una voz masculina a través de los altavoces:

Atención, atención. Este es el guardacostas de Cuba. ¡Hay un barco similar a éste cerca de aquí que se está hundiendo! Trae más de doscientos hombres, mujeres y niños a bordo. Si lo ven, hagan lo que puedan. ¡Eso es todo!

Miré en la dirección de donde la voz provenía y noté una pequeña lancha blanca al lado de nuestro bote. Había un oficial parado con un megáfono en la mano bajo el resplandor de una luz amarilla. Después del anuncio, una madre apretó a su hija contra el pecho, un hermano agarró a su hermanita menor de la mano, una pareja joven se abrazó, y un anciano sacó una estampita de la Virgen de la Caridad de su bolsillo y oró.

Entonces el bote del guardacostas desapareció en la oscuridad, y de la radio marina de nuestra nave empezamos a oír los gritos y las llamadas de auxilio. Nuestro capitán apagó la radio y anunció:

Lo siento. No hay nada que podamos hacer. Si los ayudamos, sellaremos nuestro destino. Por favor, oren por ellos.

Mi madre, mis hermanos y yo estábamos sentados cerca de la popa, rodeados de hombres, mujeres y niños que parecían tan asustados como nosotros. Mamá le pidió a mi hermano, a mi hermana y a mí que nos acercáramos a ella y nos agarramos de las manos. Las manos de mamá se sentían como hielo, y su cuerpo temblaba. Después que nos acurrucara junto a ella, la culpabilidad y el miedo desfilaron por sus oscuros ojos.

Por favor, aférrense a lo que puedan ―dijo por decir algo.

Todavía podía oír los gritos en mi cabeza e imaginar la lucha frenética de mujeres y niños para mantenerse a flote. ¿Cuántos morirían innecesariamente esa noche? ¿Cuántos parientes nunca sabrían lo que les pasó a sus seres queridos? ¿Correríamos la misma suerte?

A veces, nuestro barco se elevaba abruptamente con las olas y caía en el vacío que dejaban. Otras veces, el mar chocaba contra nuestro barco sin descanso creando un manantial de agua marina sobre nuestras cabezas.

A pesar de que mientras vivíamos en Cuba, mi madre nos había enseñado a creer en Dios, no me consideraba religiosa entonces. Después de todo, el gobierno no miraba favorablemente la práctica de la religión, pero esa noche, en mis pensamientos, le pedí a Dios que mantuviera a nuestra familia a salvo.

Durante mi niñez, cada vez que escuchaba a mi madre llorar de noche, le pedía a Dios que la cuidara, que le quitara su tristeza. Era importante para mí tener algo en que creer.

Algunos años más tarde, mis recuerdos bloquearían los gritos que escuché esa noche, y mi hermana, quien tenía trece años cuando nos fuimos, me recordaría que no había sido un mal sueño.

De repente, la voz del capitán captó mi interés:

Atención, por favor. Tengo algo que explicarles ―dijo.

Se detuvo por un momento, y todos los ojos se centraron en él. Aunque estaba oscuro, la luz del bote me permitió distinguir su silueta imponente, pero no su rostro.

Fui a Cuba a recoger a mi familia y salí de allí con un barco lleno de extraños ―agregó. ―A los hombres sacados de las cárceles esta noche y obligados a venir conmigo, tengan en cuenta que hay muchas familias aquí. Si alguien se atreve a ponerles un dedo encima, no dudaré en meterle una bala en la cabeza y echarlo por la borda. ¿Está claro?

Tragué en seco y miré a nuestro alrededor. Hasta entonces, no sabía que las personas sacadas de las cárceles nos acompañaban. Un grupo de hombres sin camisa cercanos asintió con la cabeza:

El mar está agitado ―continuó―, y va a empeorar. Ayuden a las mujeres y a los niños si se marean. Compartiré la comida y las bebidas que tengo con todos ustedes. Sé que muchos no han comido durante varias horas.

Tras el anuncio, el capitán regresó a la cabina y, momentos después, nuestra nave empezó a oscilar mucho más que antes, como un juguete que subía y bajaba con el movimiento de las olas. Comencé a pensar en mi padre. ¿Lo volveríamos a ver? ¿Sería la larga espera en vano?

Todo lo que conocía quedaba atrás en La Habana: mi pequeño grupo de amigos, mis diarios, la vieja máquina de escribir que me salvó de mí misma, mi lenguaje español, tía Berta y tío Antonio, quienes habían sido como padres, sus dos hijas. Mi madre nos explicó, durante el encierro en el campo de concentración, que ese era el precio que teníamos que pagar.

Un día lo entenderán ―nos dijo.

Mientras nuestro bote retozaba violentamente, a los caprichos del viento y el mar, pensé en mi abuela. Padecía de diabetes y no la habíamos visto desde que salimos de Cuba, pues el capitán llevó a los enfermos y ancianos dentro de la cabina, para protegerlos del mal tiempo.

Mi abuela ya se había desmayado una vez durante los días en que el gobierno nos mantuvo en un campo de concentración cerca del puerto de Mariel. El largo período sin comer, luego de nuestra llegada al campamento, le provocó el desmayo en menos de cuarenta y ocho horas.

Miré a mis alrededores. Vómito y lluvia volaban llevados por el viento, salpicaban mi cuerpo y mi ropa: un par de pantalones verdes que ahora me quedaban demasiado grandes, y una blusa blanca, sin mangas, que mostraba mis brazos esqueléticos.

En una ocasión, nuestro barco se inclinó tanto hacia un costado que temí que una mujer, a unos cuantos metros de mí, caería por la borda. Un par de hombres sin camisa corrieron hacia ella y la agarraron por los tobillos justamente antes de que la perdiéramos.

El caos reinaba mientras las personas enfermas se precipitaban a los bordes del barco para vomitar, mientras que otras, al no encontrar un espacio, vomitaban en la cubierta.

Las luces de La Habana habían desaparecido y yo sentía las palmas de mis manos poniéndose heladas a medida que el miedo se posesionaba de nosotros. El capitán les ordenó a sus hombres que distribuyeran refrescos, pero ninguno de los pasajeros sabía cómo abrir una lata de Coca Cola. Sus hombres trataron de enseñarnos, y algunos de nosotros torpemente rompimos la pestaña de metal, lo que forzó que los hombres del capitán tuvieran que abrir las latas rotas con un pequeño cuchillo.

¿Cuándo llegaremos a los Estados Unidos? ―le preguntó mi hermano a mamá.

Mi hermano, quien tenía once años cuando salió, había sido afectado por la ausencia de mi padre más que mi hermana y yo. Mi madre decía que los varones necesitaban a sus papás, y en el caso de mi hermano, era cierto. A diferencia de mí, él nunca consideró a tío Antonio como un padre. Mi hermano y tío Antonio eran demasiado diferentes, para conectarse en un nivel intelectual o emocional. Mi hermano, como papá, era bueno con sus manos y se preocupaba poco por los libros, mientras que el tío no hacía ningún trabajo físico y siempre estaba enterrado en las páginas de libros sobre ingeniería e historia.

Hasta esa noche, tío Antonio había sido el único padre que yo había conocido. Tenía seis pies de altura. Era uno de los hombres más altos de nuestro vecindario, y poseía una cabellera negra que a través de los años se había tornado gris. Él personificaba la palabra «inteligente» debido a las gafas que sólo se quitaba cuando iba a dormir, más su incesante leer y teorización.

Un vecino le contó a tía Berta que un día, cuando él regresaba de su trabajo de ingeniero, un carro casi lo atropella porque cruzó la calle leyendo un libro. Otro vecino le repitió la misma historia un año después. En aquel barco, en el medio de la tormenta, ya yo comenzaba a extrañar a tío Antonio.

Por un momento, mi atención se volvió hacia Gustavo, quien todavía estaba esperando que mi madre le respondiera. Mi hermano tenía su cabello y su ropa empapados, mientras su rostro delgado parecía brillar. Mi madre cerró los ojos, masajeó su cuello con una mano y golpeó su dedo índice contra su regazo nerviosamente.

Tu padre no sabe que nos fuimos en otro barco ―dijo finalmente―. Así que no, dudo que estará allí.

¿Y cómo podría saberlo? Después de mi abuela enfermarse en el campamento, mi madre logró ganar la compasión de uno de los oficiales, y éste nos permitió marcharnos antes de nuestro turno. Mamá tenía miedo de que papá no les creyera a los oficiales cubanos cuando llegara su turno para recogernos y se enterara que ya nos habíamos ido. Esperaba él no hiciera algo que luego lamentaría.

Mi madre sujetó detrás de sus orejas mechones de su pelo rubio. Luego, mientras se frotaba la nuca de nuevo, notó que la miraba. Acarició mi cabeza suavemente. No sonreí, sólo miré hacia el otro lado.

Yo podía probar el salitre del mar en mis labios y oír las olas golpeando nuestro barco con tanta fuerza que a veces pensé que perderíamos la batalla. Algunas personas seguían vomitando, pero me estaba volviendo insensible al olor.

No sé por cuánto tiempo nuestro bote luchó contra el mar. De alguna manera, después de un rato largo, me quedé dormida. Cuando me desperté, sin saber cuánto tiempo había pasado, me di cuenta de que la oscuridad nos había abandonado y el sol se elevaba en el horizonte. Cuando mis ojos se centraron en la distancia donde el cielo azul besaba el mar, no distinguí la tierra, sólo el suave movimiento de las aguas tranquilas.

Un par de pájaros blancos volaron por encima de nosotros haciéndome pensar que tal vez la tierra estaba cerca. ¿Me imaginaba las tranquilas tonalidades de azul que me rodeaban? ¿Era esto lo que sentía al llegar al Cielo? Respiré el aire de la mañana y cerré los ojos para disfrutar de la quietud, pero la famosa risita de mi hermana hizo que me diera cuenta de que mi entorno no era el de mi imaginación.

¿De qué te ríes? ―le pregunté.

Tu rostro y tu ropa están cubiertos de vómito. Pareces un zombi.

Mi hermana encontraba el humor en las situaciones más difíciles, un rasgo de su personalidad que me hubiera gustado tener, pero yo siempre buscaba una razón para estar amargada, o más bien, ansiosa; tal vez porque yo tendía a sobre-analizar las cosas. Mientras mi hermana aliviaba el estrés estallando en una risa contagiosa, yo estaba eternamente preocupada, temerosa siempre de lo que sucedería después.

Miré a mis hermanos y a la gente que nos rodeaba. Todos teníamos la ropa y el cuerpo incrustado en vómito y olíamos a podrido. Pero el saber que estábamos a salvo me hizo descartar nuestra apariencia y nuevamente me quedé dormida. Mi sueño fue interrumpido por el altavoz del capitán.

Necesito su atención, por favor ―dijo―. Por primera vez pude ver su rostro con claridad. Tal vez, la forma en que lo recuerdo hoy no es como parecía, ya que el tiempo suele cambiar los recuerdos. Me lo imagino como un hombre alto, de cabello oscuro, una barba llena, piel bronceada y dientes blancos que brillaban como diamantes.

Hubo un problema con la navegación ―dijo―. La tierra que ven allá no es Estados Unidos. Es Cuba.

Miré hacia la dirección que él señalaba y distinguí los contornos de la costa. Después de esa declaración, el miedo y la confusión contrajeron las caras de la gente. ¿Cómo puede ser? Habíamos estado viajando durante horas.

Mi madre le dirigió una mirada de incredulidad al capitán, como esperando que éste rectificara. Momentos después, volvimos a escuchar el altavoz:

¡Vamos, vamos, no se preocupen! Esa no es la costa de Cuba. La tierra que ven es Estados Unidos.

De pronto, las familias y personas que se no se conocían se abrazaron y lloraron lágrimas de la felicidad, mientras que el capitán sonreía.

Ha sido un placer traerlos a tierras de libertad, pero tengo un favor que pedirles ―dijo. La gente se fijó en él, con los rostros llenos de curiosidad―. Cuando lleguen a Norteamérica, nunca olviden que mi barco 'Capt. J.H.’ los trajo a estas tierras. Si hay algo que quiero que recuerden de esta noche, por favor recuerden el nombre de mi barco.

Me repetí ese nombre a mí misma varias veces para retenerlo en la memoria, aunque estaba segura que los acontecimientos de aquella noche, la generosidad del capitán, y el nombre de su barco estarían grabados en mi mente para siempre.

Más tarde, nuestro barco se uniría a los cientos de ellos, que llenos de gente llegaban a Key West. Trabajadores de la Cruz Roja, soldados estadounidenses, monjas y otros trabajadores esperaban nuestra llegada y nos ayudaron a desembarcar. Mi abuela tuvo que ser sacada del barco en una camilla después de la larga noche en el mar.

¡Bienvenidos a América! ―decían los soldados, los voluntarios y las monjas con sonrisas en sus rostros.

Las monjitas nos dieron estampas religiosas, y una de ellas colocó un crucifijo en la mano de mi abuela, cuando los paramédicos se la llevaban en la camilla.

Los trabajadores de la Cruz Roja le proporcionaron a cada pasajero una pequeña bolsa que contenía artículos de tocador. Algunos de los voluntarios nos llevaron a un área con montones de ropa de uso donada, nos dieron una bolsa plástica grande a cada uno, y nos permitieron llevar toda la que cupiera en la bolsa. Un par de horas después, mi abuela se reunía con nosotros en el área de procesamiento. Uno de los trabajadores la trajo en una silla de ruedas a donde estábamos. Ya no estaba pálida como antes y llevaba un vestido beige donado. El trabajador le dio a mi madre la bolsa de mi abuela llena de ropa.

La acogida cálida que mi familia recibió contrarrestó la visión que tenía de mi nuevo país. Durante mi niñez, mis profesores habían descrito a Estados Unidos como un país que se preocupaba poco por los menos afortunados, pero esta bienvenida sugería un lugar muy diferente y validaba la percepción de mi madre, quien siempre había visto a este país como un lugar donde los sueños se hacían realidad.

Unos días más tarde, me enfrenté a la realidad junto con mis padres, mientras caminábamos por las calles de Miami, hipnotizados e intimidados por nuestros alrededores. Teníamos que escalar una montaña muy alta para alcanzar los sueños de mi madre. No hablábamos el inglés, mi padre, Rio, no había tenido éxito en este país durante los años que estuvo solo, y ahora con más bocas que alimentar, yo no veía cómo podríamos salir adelante.

Yo había dejado parte de mí en Cuba. ¿Cómo podría cambiar a mi tío Antonio, el único padre que tuve hasta entonces, por alguien que apenas me conocía? Apreciaba todos los años que mi padre esperó por nosotros, pero yo no estaba lista para olvidarme de mi pasado.

Laura, mi madre, era una mujer enamorada del amor y tenía grandes sueños para cada uno de nosotros. Me llevaría muchos años comprenderla. ¿Podríamos llegar a la altura de sus expectativas? También me preguntaba si llegaría a sentirme normal alguna vez.






Capítulo 2 – El comienzo




Desde el momento en que llegué a Miami, sospeché que Rio, mi marido, ocultaba algo. Debajo del brazo siempre llevaba una bolsa de cuero color marrón, con una pistola de calibre .45 adentro. Se mantenía atento a sus alrededores como un leopardo acechando a su presa.

Él no se parecía al hombre que salió de Cuba en el 1968, con una cabellera copiosa, una sonrisa esperanzada y la convicción de que pronto volvería a ver a sus tres hijos y a mí.

Ahora poseía una mirada cautelosa, estaba casi calvo, y sus brazos revelaban gruesas venas. Aunque se mantenía delgado, su musculatura, piel bronceada y actitud firme parecían intimidar a la gente.

Rio usaba pulóveres oscuros de jersey que tenían un solo bolsillo, donde siempre llevaba una cajita de cigarros Moore Menthol. Fumaba a menudo, a veces más de un paquete al día. Diariamente bebía varias latas de cerveza Coors, Michelob, o cualquier otra marca que estuviera a la venta. Lo notaba nervioso a menudo, rascándose sus brazos peludos. Otras veces, su mente se iba lejos. Hubiese querido saber lo que estaba pensando.

A mí, el tiempo tampoco me perdonó. Ya no me parecía a la mujer que Rio había dejado en Cuba. Mis cabellos negros se habían vuelto blancos, pero mis hijas me convencieron para que lo tiñera de rubio, y con mi piel rosada, parecía más alemana que cubana, excepto que, a riesgo de estereotipar, mi corta estatura me traicionaba. Mi cuerpo era de un grosor adecuado para los estándares cubanos, pero no para mi nuevo país adoptivo, donde las mujeres mucho más delgadas estaban en estilo. Pero lo último que me preocupaba era la manera en que lucía. Cosas más importantes dominaban mi mente: el futuro de mis hijos, la hermana que dejé en Cuba, mi nueva vida con Rio, y sobre todo la extraña manera en que se comportaba. Cuando algún hombre visitaba nuestro apartamento en Miami, él ordenaba a los niños que entraran a su dormitorio y se quedaran allí hasta que el visitante se marchara.

― ¿Por qué los niños necesitan esconderse? ―le pregunté.

Él me abrazó con el mismo calor de antes, cuando estábamos recién casados. Me besó en los labios, pidiéndome que no me preocupara. Cada vez que me besaba de esa manera, recordaba por qué me había enamorado de él. Lo imaginaba sentado detrás de su escritorio en la fábrica de ventanas en La Habana, recostado, el olor de su colonia debilitando mis piernas y las de las mujeres de la fábrica.

Mi madre me había advertido que no me casara con él. Me dijo que debía casarme con un abogado o un doctor, pero me enamoré de él desde el momento en que lo vi.

Decidí darle a Rio su espacio y dejé de hacer preguntas por un tiempo. Pero con el paso de los días, me di cuenta que había mucho sobre mi marido que no conocía. Sin embargo, lo amaba y le estaba eternamente agradecida por nuestra libertad, una libertad por la que yo había pagado un alto precio. Aunque Rio reclamó a mi hermana y a su familia, cuando los funcionarios del gobierno llegaron a nuestra casa en la calle Zapote, su lista no los incluía. No tuve más remedio que dejarlos atrás.

Y aquí estábamos, en el verano del 1980, Rio y yo juntos nuevamente después de doce años de separación, actuando y sintiéndonos como recién casados, pero con dos hijas adolescentes, Tania y Lynette, y Gustavo, nuestro hijo de once años.

No conocía a Rio como la mayoría de las esposas conocen a sus maridos después de estar casadas por más de dieciséis años. Nuestra separación nos impactó en forma diferente a la de un divorcio. Los divorcios tienen un carácter definitivo. En nuestro caso, nuestras vidas permanecieron suspendidas por un período durante el cual el gobierno de Cuba mantuvo control total.

El tiempo nos cambió, y estábamos descubriendo poco a poco cuánto lo hizo.

Me gustaba ver a los niños hablando con su padre acerca de la escuela y actuando a su alrededor como si siempre él hubiera estado en sus vidas, sobre todo, Gustavo. Resplandecía cuando pasaba tiempo a su lado. Yo los observaba, notando su parecido, desde sus cuerpos delgados y sus rostros apuestos, hasta aquél sentido del humor que la gente admiraba. Durante años, los niños del barrio le habían dicho a mi hijo que no tenía padre, y ahora él aprovechaba cada minuto con ese papá que tanto anheló.

―Vamos, papá. Déjame ayudarte a limpiar el carro ―le decía.

Rio sonreía y me miraba con ojos agradecidos. La familia con la que Rio soñó durante los años que vivió en un orfelinato, cuando era un niño, estaba por fin completa, pero su pasado insistía en perseguirle.


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