Excerpt for Las creencias fundamentales de la Iglesia de Dios Unida una Asociación Internacional by , available in its entirety at Smashwords

CONTENIDO

Dios el padre, Jesucristo y el Espíritu Santo

La Palabra de Dios

Satanás el Diablo

La humanidad

El pecado y la ley de Dios

El sacrificio de Jesucristo

Tres días y tres noches

El arrepentimiento

El bautismo por inmersión

El día de reposo

La Pascua

Las fiestas bíblicas

Las Leyes de Dios acerca de los alimentos

El servicio militar y la guerra

Las promesas hechas a Abraham

El propósito de Dios para la humanidad

La iglesia

El diezmo

Las resurrecciones

El regreso de Jesucristo

Dios el Padre, Jesucristo y el Espíritu Santo

Creemos en un Dios, el Padre, quien existe eternamente, quien es un Espíritu, un Ser personal de suprema inteligencia, conocimiento, amor, justicia, poder y autoridad. Él, por medio de Jesucristo, es el Creador de los cielos y la tierra y de todo lo que hay en ellos. Él es la fuente de vida y aquel para quien existe la vida humana. Creemos en un Señor, Jesucristo de Nazaret, quien es el Verbo y ha existido eternamente. Creemos que él es el Mesías, el Cristo, el Hijo divino del Dios viviente, concebido del Espíritu Santo, como el Espíritu de Dios y de Cristo Jesús. El Espíritu Santo es el poder de Dios y el Espíritu de vida eterna (2 Timoteo 1:7; Efesios 4:6; 1 Corintios 8:6; Juan 1:1-4; Colosenses 1:16).

Creemos que Dios es el Soberano del universo, que existe por sobre todas las cosas. Dios es Espíritu (Juan 4:24) y vive en una dimensión diferente de la de los seres humanos, que son de carne y hueso. Por lo tanto, nuestro entendimiento y percepción de Dios están basados en la revelación que Dios nos ha hecho por medio de su Palabra escrita, la Biblia.

La Biblia nos revela que Dios es el “Padre” y Jesucristo es su “Hijo”. Esta diferencia está implícita desde el comienzo de la revelación de Dios (Génesis 1:1), con el uso de la palabra hebrea Elohim (que es la forma plural de la voz hebrea Eloah, que significa “Dios”). Como podemos ver en Génesis 1:26, el uso del pronombre nuestra en relación con la palabra Elohim nos indica que siempre ha existido comunicación entre estos dos seres.

El Antiguo Testamento enfoca en el Dios de Israel, quien se identifica a sí mismo como “Yo soy” y “Jehová, el Dios... de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob” (Éxodo 3:14-15; el nombre Jehová se deriva del vocablo hebreo YHVH). En Juan 8:58 Jesucristo se identifica a sí mismo como “yo soy”. El Dios que más tarde se conoció en el Nuevo Testamento como Jesucristo es el mismo Dios que liberó a los israelitas de la esclavitud en Egipto y los acompañó en su peregrinación por el desierto (1 Corintios 10:4). Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo encontramos referencias a una Divinidad compuesta por más de un ser (por ejemplo, Salmos 110:1, que se cita en Hechos 2:29-36). El Nuevo Testamento nos dice que estos seres son Dios el Padre y Jesucristo el Hijo (1 Corintios 8:6). El Hijo también es llamado Dios (Hebreos 1:8-9).

Jesucristo es llamado el “Verbo”, quien “era en el principio con Dios” y de quien se afirma que también “era Dios” (Juan 1:1-2). Él creó todas las cosas (vv.3, 10) y más tarde se hizo hombre y habitó entre los seres humanos (Juan 1:14). También es llamado “el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8:29). Los seres humanos tienen el increíble potencial y la gran oportunidad de llegar a formar parte de la familia de Dios (Romanos 8:14, 19; Juan 1:12; 1 Juan 3:1-2).

La relación entre el Verbo y el Padre está más claramente definida en el Nuevo Testamento, cuando “el Verbo fue hecho carne” (Juan 1:14; Filipenses 2:5-11), reveló al Padre a sus discípulos (Mateo 11:25-27), fue sacrificado para el perdón de nuestros pecados y ha sido exaltado nuevamente por el Padre (Juan 17:5).

El Nuevo Testamento destaca la unidad que existe entre el “Padre” y el “Hijo”; no obstante, en numerosos pasajes distingue claramente entre los dos (por ejemplo, en Juan 20:17; Romanos 15:6). En Hebreos podemos ver que Dios hizo el universo por medio de Jesucristo (Hebreos 1:1-3). La relación que existe entre el Padre y el Hijo demuestra claramente el camino y el sistema de vida de Dios. El Padre siempre ha amado al Hijo, y el Hijo siempre ha amado al Padre (Juan 17:4, 20-26). La armonía entre el Padre y el Hijo es una perfecta unidad de mente y propósito. Esta misma armonía es la que Jesucristo le pidió a su Padre que creara entre sus discípulos, él mismo y el Padre (vv.20-23).

Cuando en la Biblia aparece la palabra Dios, puede referirse al Padre (por ejemplo, Hechos 13:33 y Gálatas 4:6), a Jesucristo el Hijo (Isaías 9:6; Juan 1:1, 14) o a ambos (Romanos 8:9), según el contexto de los versículos. El poder y la mente que provienen de Dios son llamados el Espíritu de Dios o el Espíritu Santo (Isaías 11:2; Lucas 1:35; Hechos 1:8; 10:38; 2 Corintios 1:22; 2 Timoteo 1:7). El Espíritu Santo de Dios no es identificado como la tercera persona de una trinidad, sino que aparece frecuentemente descrito como el poder de Dios. El Espíritu Santo le es dado al hombre después del arrepentimiento y el bautismo (Hechos 2:38) como las arras de la vida eterna (2 Corintios 1:22; Efesios 1:13-14).

Dios desea que lo conozcamos para que aprendamos a confiar en él y a amarlo. Podemos aprender mucho acerca de él por medio de los nombres que ha revelado a los seres humanos con los cuales ha trabajado a lo largo de las edades. Estos nombres nos revelan que Dios tiene suprema inteligencia, poder, gloria y sabiduría; que en él se resume toda la justicia, perfección y verdad; que posee los cielos y la tierra; y que es inmortal y digno de todo honor y gloria. Dios es nuestro proveedor, sanador, escudo, defensa, consejero, maestro, legislador, juez, fortaleza y salvación. Él es fiel, misericordioso, generoso, paciente, tierno, justo y compasivo. Dios escucha nuestras oraciones, hace un pacto con nosotros, es nuestro refugio en tiempos de dificultad, nos da conocimiento y quiere darnos la inmortalidad para que podamos compartir la vida eterna con él.

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La Palabra de Dios

Creemos que las Escrituras, tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo, son la revelación de Dios y la totalidad de su voluntad expresada a la humanidad. Las Escrituras son inspiradas en pensamiento y palabra, son infalibles en los escritos originales, son la autoridad suprema y final en la fe y en la vida, y son el fundamento de toda verdad (2 Timoteo 3:16; 2 Pedro 1:20-21; Juan 10:35; 17:17).

Tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo nos revelan el plan de salvación que Dios tiene para el hombre y su desenvolvimiento a lo largo de la historia. En toda la Biblia encontramos el relato de las intervenciones misericordiosas que Dios ha realizado con el fin de salvar a la humanidad y otorgarle vida eterna en su familia. En los libros que componen la Biblia podemos encontrar diferencias según la personalidad, el estilo y el vocabulario del autor. Pero al momento de escribir, todos lo hicieron inspirados por el Espíritu Santo (2 Pedro 1:21). De esta manera, Dios dirigió e influyó en la mente de sus siervos para que escribieran los libros que hoy conocemos como la Palabra de Dios, permitiéndoles hacerlo en su propio estilo.

Las Sagradas Escrituras son la única fuente de conocimiento y de verdad que Jesús y sus apóstoles usaron para enseñar el camino de la salvación de Dios. Pero por sobre todo, Jesucristo demostró con su ejemplo de obediencia que las Escrituras son la máxima autoridad en la vida de un cristiano. Al enfrentar con éxito a Satanás, Cristo dijo: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4; Lucas 4:4; Deuteronomio 8:3). En su batalla contra el máximo adversario, el diablo, Cristo citó también otros pasajes (Mateo 4:7, 10).

Cuando Cristo comenzó su ministerio aquí en la tierra, empezó leyendo las Escrituras y afirmando: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros” (Lucas 4:16-21). En Juan 10:35 Cristo proclamó que “la Escritura no puede ser quebrantada”. Siempre citó las Escrituras, considerándolas como una fuente autorizada y valedera en su vida (Juan 7:38, 42). Nada hizo que Jesús perdiera esta perspectiva, ni siquiera el hecho de haber sido traicionado y condenado a la crucifixión (Juan 13:18; 17:12; 19:28; Mateo 27:46; Salmos 22:1; Lucas 23:46; Salmos 31:5).

Los apóstoles siguieron el ejemplo de Cristo. Fueron las Escrituras las que definieron el meollo de la fe, la doctrina y la conducta cristianas. Cuando Jesucristo resucitó, reafirmó toda la instrucción que les había dado a sus discípulos y “... les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras” (Lucas 24:32; 44-45). Fue por medio de las Escrituras que se hacían discípulos en todas las naciones, como nos lo confirma el ejemplo del eunuco etíope (Hechos 8:26-35).

Pablo, el apóstol a las naciones, frecuentemente se apoyaba en la autoridad de las Escrituras para hacer preguntas tales como: “¿Qué dice la Escritura?” (Romanos 4:3; 11:2; Gálatas 4:30). En otros pasajes Pablo confirmó esa autoridad al decir: “Pues la Escritura dice...” o expresiones parecidas (Romanos 10:11; Gálatas 3:8, 22; 1 Timoteo 5:18). Es evidente que tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo fueron escritos no sólo para los cristianos judíos sino también para los cristianos gentiles.

Entre el Antiguo Testamento y el Nuevo existe una marcada continuidad (Mateo 4:4; 2 Timoteo 3:15-16). El Nuevo Testamento se basa en el Antiguo y lo amplifica (Mateo 5-7). La historia comprueba que las únicas Escrituras que existían en la época de Cristo y las primeras décadas de los apóstoles, eran las del Antiguo Testamento.

Una de las características principales del pueblo de Dios es que lee, escucha y practica la Palabra de Dios (Lucas 8:21; 11:28). La Palabra de Dios es el fundamento de la fe (Romanos 10:17; Colosenses 3:16). Dios espera que su pueblo estudie su Palabra constante y diligentemente, con el propósito de aprender, entender y poder mantenerse sin mancha y sin contaminación del mundo (Hechos 17:11; Efesios 6:17; 1 Juan 2:14; Salmos 119:9). A medida que interiorizamos la Palabra de Dios, aprendemos a defender mejor nuestra fe (1 Pedro 3:15). Las Sagradas Escrituras pueden hacernos “sabios para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús” (2?Timoteo 3:15).

La Biblia es la palabra viva que siempre podemos aplicar en las diferentes situaciones de la vida diaria (Hebreos 4:12). Estando en prisión, el apóstol Pablo le recordó a Timoteo que a él lo podían apresar, pero no así la Palabra de Dios (2 Timoteo 2:8-9).

La Iglesia de Dios obedece el mandato bíblico de depender de la Palabra de Dios en su búsqueda de la verdad. Como nos lo dice muy claramente 2 Timoteo 3:16, la inspirada Palabra de Dios es la base de la doctrina, refuta los errores, corrige e instruye. La verdad de la Biblia no solamente enseña y edifica al pueblo de Dios, sino que también santifica y aparta a su iglesia (Juan 17:17). La Biblia es un recurso fundamental en la relación que Dios tiene con su iglesia, “para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra” (Efesios 5:26).

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Satanás el diablo

Creemos que Satanás es un ser espiritual que es el adversario de Dios y de los hijos de Dios. Satanás ha recibido dominio sobre el mundo por cierto espacio de tiempo. Satanás ha engañado a la humanidad haciéndola rechazar a Dios y su ley. Satanás ha reinado mediante el engaño con la ayuda de las huestes de demonios que son ángeles rebeldes, seres espirituales, quienes siguieron a Satanás en su rebeldía (Mateo 4:1-11; Lucas 8:12; 2 Timoteo 2:26; Juan 12:31; 16:11; Apocalipsis 12:4,9; 20:1-3, 7, 10; Levítico 16:21-22; 2 Corintios 4:4; 11:14; Efesios 2:2).

Satanás es el adversario de Dios, como lo demuestra el significado de su nombre tanto en griego como en hebreo. Se opone continuamente a Dios en cuanta oportunidad se le presenta. Desprecia el plan de Dios, en especial lo que Dios está haciendo para llevar a los seres humanos a formar parte de su familia. Por consiguiente, detesta a la humanidad. Es el engañador y el acusador de los hermanos (Apocalipsis 12:9-10). Es asesino y mentiroso y padre de toda mentira (Juan 8:44). Es descrito como un león rugiente que busca a quien devorar (1 Pedro 5:8).

Satanás no es un rival común y corriente. Es un adversario sumamente astuto e ingenioso, dispuesto a cualquier cosa con tal de lograr su meta de engañar a la humanidad, seduciéndola para que peque y se vuelva en contra de Dios, y de esta manera pierda la salvación que Dios tiene dispuesta para ella (Efesios 6:11-18; 2 Corintios 2:11; Lucas 8:12).

Satanás sólo puede hacer lo que Dios le permite (Job 1:12; 2:6). El relato de Job nos demuestra la actitud acusatoria de Satanás y claramente lo describe como un ser literal, con una personalidad bien definida. Cuando vino con el propósito de tentar a Jesucristo, se le presentó como un ser real (Mateo 4:1-11). Su reinado como rey de este mundo terminará cuando suene la última trompeta y Cristo regrese (1 Corintios 15:52; 1 Tesalonicenses 4:16; Apocalipsis 11:15), aunque hacia el final del Milenio será soltado por un poco de tiempo (Apocalipsis 20:3).

De la misma forma en que sus acciones están limitadas por la voluntad de Dios, el tiempo en que podrá actuar también será restringido. Actualmente, es “el dios de este siglo” (2 Corintios 4:4; Juan 12:31). Será depuesto y restringido en la época del reinado milenario de Cristo; luego, hacia el final de los mil años, será liberado por un corto período (Apocalipsis 20:1-3, 7-8). Satanás no dejará de existir, pero el Mesías le quitará toda autoridad “para anular . . . el poder de aquel que tenía el poder de la muerte, es decir, el diablo” (Hebreos 2:14, Biblia de las Américas). El significado más frecuente de la palabra traducida como “destruir” en este versículo es “derrotar” o “inutilizar”.

Satanás fue creado como un ángel de muy alto rango y autoridad (Ezequiel 28:14, 16). En Isaías 14:12 es llamado “Lucero, hijo de la mañana” o “lucero de la mañana, hijo de la aurora” (Biblia de las Américas). Es llamado “querubín ungido”, y parece que fue investido con un rango cuando menos igual al del arcángel Miguel (Judas 9). Satanás fue creado perfecto y sin mancha, pero más tarde escogió el camino del pecado y de la rebelión (Ezequiel 28:12, 15, 17). Según el testimonio de Jesucristo, esta sublevación fue apoyada por una tercera parte de los ángeles, que lo siguieron en su levantamiento (Apocalipsis 12:4; Lucas 10:18). Él y los ángeles rebeldes (los demonios) trataron de derrocar a Dios y fueron derrotados y expulsados de su presencia (Isaías 14:12-15; 2 Pedro 2:4). El reino de Satanás está caracterizado por las tinieblas y no por la luz (Lucas 22:53; Efesios 6:12; Colosenses 1:13).

En ciertas circunstancias, el diablo y sus demonios pueden apoderarse de y gobernar a los seres humanos y también a los animales (Mateo 8:28-33; 9:32-34). Satanás mismo se apoderó del traidor Judas (Lucas 22:3). Cristo, con una autoridad mayor que la de Satanás, durante su ministerio aquí en la tierra expulsó demonios y les ha dado a otros el poder para hacer lo mismo (Marcos 16:17).

Para describir a Satanás se usan diferentes nombres que nos permiten conocer sus acciones perversas, sus características y su modo de proceder. Algunos de estos nombres son: Apolión, Abadón, Belial, Beelzebú, el gran dragón y el príncipe del poder del aire.

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La humanidad

Creemos que la humanidad fue creada a imagen de Dios con el potencial de convertirse en hijos de Dios, partícipes de la naturaleza divina. Dios formó a la humanidad de carne, que es sustancia material. Los seres humanos viven por el aliento de vida, son mortales, sujetos a corrupción y descomposición, carentes de vida eterna salvo como don de Dios dentro de los términos y condiciones de Dios tal como se expresan en la Biblia. Creemos que Dios puso a Adán y Eva la opción de la vida eterna por obediencia a Dios, o muerte por el pecado la muerte. Ahora la muerte reina sobre toda la humanidad porque todos han pecado (Génesis 1:26; 2 Pedro 1:4; Hebreos 9:27; 1 Corintios 15:22; Romanos 5:12; 6:23).

El primer capítulo de la Santa Biblia nos revela que Dios creó al hombre y a la mujer a su propia imagen (Génesis 1:26-27). La humanidad ha sido creada con un potencial verdaderamente asombroso, ya que el futuro de los seres humanos es el de llegar a ser hijos en la familia de Dios (1 Juan 3:1-2; 2 Pedro 1:4; 2 Corintios 6:18).

El carácter del omnipotente Dios es perfecto. Él es intrínsecamente bueno y no puede pecar. Aunque Dios es todopoderoso, no crea un carácter perfecto en los seres humanos por simple mandato divino. El desarrollo del carácter requiere de la decisión consciente de un ser libre, que elija conducir su vida de acuerdo con el conocimiento de lo que es moralmente bueno y lo que es moralmente malo. También exige que escoja el bien y que rechace el mal.

Cuando Adán y Eva, nuestros primeros padres, fueron creados, recibieron una existencia física de duración limitada. “Entonces El Eterno Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Génesis 2:7). La palabra hebrea nefesh, traducida como “ser viviente” en Génesis 2:7, es usada en cuatro ocasiones en el primer capítulo del Génesis en relación con animales (Génesis 1:20, 21, 24, 30); y es traducida como “persona” en la frase “persona muerta” de Números 6:6. Más tarde, Dios le dijo al primer hombre: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás” (Génesis 3:19).

El libro bíblico de la sabiduría que se conoce como Eclesiastés nos exhorta: “Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque en el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría” (Eclesiastés 9:10). Los seres humanos son mortales, sujetos a la corrupción y descomposición. Los seres humanos no poseen inmortalidad en forma de “alma”. Carecen de vida eterna. Una de las oraciones que encontramos en la Biblia dice así: “¿Qué provecho hay en mi muerte cuando descienda a la sepultura? ¿Te alabará el polvo? ¿Anunciará tu verdad?” (Salmos 30:9).

Dios desea dar a cada ser humano el don de la vida eterna y hacerlo miembro de su familia. La vida eterna no es algo que uno pueda ganarse. Sin embargo, Dios no dará la vida eterna a nadie que no se someta a él y a su ley (1 Corintios 6:9-10). En la Biblia, la vida eterna dentro de la familia de Dios es llamada salvación. Según lo que Dios nos revela por medio de las Escrituras divinamente inspiradas, la salvación no es algo que van a alcanzar automáticamente todos los seres humanos. Él la otorgará sólo a quienes hayan demostrado que están dispuestos a obedecerle (Apocalipsis 21:7-8).

Dios no tiene ninguna obligación de preservarnos como sus hijos por la eternidad, disfrutando de la vida en el mundo espiritual, pero sabemos que Dios es amor (1 Juan 4:8). Así, sin ningún asomo de egoísmo y en un acto lleno de amor hacia nosotros, él ha formulado un plan mediante el cual los seres humanos pueden recibir la salvación, la máxima bendición posible que un Creador amoroso puede darnos (Lucas 12:32).

Cuando Dios creó a los primeros seres humanos, Adán y Eva, les dio acceso al árbol de la vida, símbolo de la vida eterna (Génesis 2:9; 3:22). Les advirtió que no comieran del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, que simbolizaba la decisión del ser humano de determinar por sí mismo, sin tener en cuenta a Dios, qué era bueno y qué era malo. Les enseñó que no debían desobedecer sus instrucciones reveladas, y que si lo hacían cometerían pecado (Génesis 2:9, 16-17). El pecado conduce a la muerte (v. 17; Ezequiel 18:4, 20; Romanos 6:23). Todo pecado que comete una persona es un acto que deteriora su carácter. El pecado daña a la persona y a la sociedad en general.

Adán y Eva tenían libre albedrío, pero bajo la influencia de Satanás desobedecieron el mandato específico que Dios les había dado (Génesis 3:1-6). Los primeros seres humanos comenzaron a vivir de una manera contraria a la voluntad de su bondadoso Creador; se acarrearon la pena de muerte, acerca de la cual Dios les había advertido anteriormente. Ningún ser humano ha vivido una vida sin pecado, excepto Jesucristo, el Hijo de Dios (Eclesiastés 7:20; Hebreos 4:15). A pesar del pecado de los seres humanos, el plan maestro de Dios no ha sido frustrado. En su supremo conocimiento y sabiduría, Dios ha provisto los medios necesarios para que los seres humanos puedan reconciliarse con él (Juan 3:16-17). Los seres humanos todavía pueden desarrollar el carácter santo que se requiere para poder recibir el maravilloso don de la vida eterna como hijos de Dios (1 Corintios 15:22; Gálatas 2:20). Sin el rescate proveniente de Dios, la muerte se enseñorea de toda la humanidad, porque todos han pecado (Romanos 3:23).

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El pecado y la ley de Dios

Creemos que el pecado es infracción de la ley. La ley es espiritual, perfecta, santa, justa y buena. La ley define el amor de Dios y se basa en los dos grandes principios de amor a Dios y amor al prójimo, y es inmutable y oblogatoria. Los Diez Mandamientos son los 10 puntos de la ley divina del amor. Creemos que quebrantar cualquier punto de la ley trae sobre la persona la pena del pecado. Creemos que esta ley espiritual fundamental revela el único camino a la vida verdadera y el único camino posible a la dicha, la paz y la alegría. Toda desdicha, miseria, angustia y pena ha venido de la transgresión de la ley de Dios (1 Juan 3:4; 5:3; Mateo 5:17-19; 19:17-19; 22:37-40; Santiago 2:10-11; Romanos 2:5-9; 7:12-14; 13:8-10).

Nosotros creemos que Dios ha creado al hombre con el propósito de que llegue a ser parte de su familia, reciba la inmortalidad y viva en armonía con él y con sus semejantes por la eternidad (Hebreos 2:6-13). Para poder disfrutar de la eternidad junto a Dios, debemos compartir también su forma de pensar, estar de acuerdo con su perspectiva, seguir su camino de vida, y apreciar y preservar los principios que están expresados en su ley (Filipenses 2:5-13). En las Sagradas Escrituras, que son la revelación escrita de Dios a la humanidad, él nos revela el conocimiento esencial que necesitamos, por medio de sus leyes y enseñanzas (2 Timoteo 3:15-17). Esto establece los cimientos de la relación eterna que Dios desea tener con nosotros. De ahí que sea imperativo que cualquiera que desee tener esa clase de relación con Dios obedezca las directrices de la ley de Dios tal como están reveladas en su Palabra.

El pecado, que es la transgresión de la ley, entró en la humanidad en el huerto del Edén. Satanás les mintió a Adán y a Eva respecto al árbol del conocimiento del bien y del mal (Génesis 3:4; Juan 8:44). Contrariamente a la engañosa predicción de Satanás, Adán y Eva sí murieron. Como descendientes de ellos, todos somos mortales (Hebreos 9:27). No es una coincidencia que la presencia universal del pecado en todos los seres humanos (Romanos 3:23) esté relacionada con la muerte y con el hecho de que Dios ha retenido su don de la vida eterna (Romanos 6:23).

La forma en que el pecado se extiende se demuestra claramente en la tendencia generalizada que tienen los seres humanos de hacer caso omiso de la ley de Dios y desobedecerla (Romanos 8:7). A menudo, el autoengaño es una característica que comparten aquellos que se apartan del camino perfecto de Dios (Jeremías 17:9; 10:23). La influencia de Satanás se distingue claramente, tanto directa (Efesios 2:1-3) como indirectamente por el comportamiento de aquellos a quienes engaña (2 Corintios 11:13-15).

Después de convertirse en el enemigo de Dios debido a su rebelión, Satanás ha ido reclutando encubiertamente a toda la humanidad en su propia batalla, ya que todo pecado, además de las consecuencias que trae para los seres humanos, es por definición algo contrario a Dios (Génesis 39:9; Salmos 51:4).

La violación de cualquier instrucción de Dios es pecado (1 Juan 5:17), pero también podemos pecar cuando no hacemos lo que sabemos es correcto (Santiago 4:17) y cuando actuamos en contra de nuestra conciencia (Romanos 14:23). Además, el pecado es una fuerza que nos esclaviza y de la cual necesitamos ser liberados y redimidos (Romanos 7:23-25). Nosotros no podemos liberarnos por nuestros propios medios (1 Pedro 1:18-19). Debido a que cualquier forma de pecado nos aleja de Dios (Isaías 59:1-3; Efesios 4:17-19) y finalmente produce la muerte, no importa cuánto obedezcamos después de haber caído en transgresión, ya no podemos eliminar sus consecuencias (aunque la obediencia es un requisito que Dios espera que cumplamos). Solamente el sacrificio perfecto de Jesucristo puede liberarnos (Hebreos 2:14-15) y reconciliarnos con Dios.

La gracia de Dios nos permite obtener el perdón de nuestros pecados (Romanos 3:24), y así el cristiano encuentra libertad por medio de la obediencia a la ley de Dios (Santiago 1:21-25). En lugar de ser esclavos del pecado debido a la desobediencia, servimos a Dios obedeciéndole y siguiendo su camino, lo que lleva a la vida eterna en su reino. Esto se nos ofrece como una dádiva generosa e inmerecida (Romanos 6:16-23).

A los ojos de Dios es muy grave volver a nuestra antigua vida pecaminosa (2 Pedro 2:20-22). Sin embargo, el único pecado que no puede ser perdonado es el rechazo voluntario del sacrificio de Jesucristo, por el cual se hace posible el perdón de los pecados (Hebreos 6:4-6). Este pecado es descrito por Cristo como “la blasfemia contra el Espíritu Santo” (Mateo 12:31); es el rechazo deliberado y consciente del poder y la autoridad de Dios. Después de que todos los seres humanos hayan recibido la oportunidad de ser salvos, aquellos que no hayan querido arrepentirse serán destruidos (Apocalipsis 20:14-15); así se cumplirá el castigo por el pecado, la segunda muerte.

Aunque cada persona debe responder por su propio pecado (Ezequiel 18:4, 20), Satanás el diablo es identificado como el engañador de la humanidad, el verdadero responsable de que ésta haya seguido el camino del pecado (Apocalipsis 12:9; 20:1-3).

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El sacrificio de Jesucristo

Creemos que Dios amó tanto a este mundo de débiles pecadores que dio a su Hijo unigénito, quien fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero volvió sin pecado en carne humana. Ese Hijo, Jesucristo, murió como sacrificio por los pecados de la humanidad. Su vida, por tratarse del Creador de toda la humanidad, tiene más valor que la suma de toda la vida humana. Por tanto, su muerte es suficiente para pagar la pena de los pecados de todo ser humano. Al pagar esta pena, hizo posible, conforme al plan de Dios, que se perdonaran los pecados de cada persona y de la humanidad en general, y que éstas fueran libradas de la pena de muerte (Hebreos 4:15; 9:15; 10:12; Juan 1:18; 3:16; Colosenses 1:16-17, 22; 1 Juan 2:2; 4:10; Efesios 1:11; Apocalipsis 13:8).

Jesucristo es el punto central del cristianismo. El perdón de los pecados y el don de la vida eterna son posibles únicamente por medio de su sacrificio. Somos reconciliados por su muerte, pero salvos por su vida (Romanos 5:10). Las Escrituras describen a Jesucristo mediante varios títulos, a saber: el Verbo (Juan 1:1), nuestro Salvador (1 Juan 4:14), nuestro sumo sacerdote (Hebreos 9:11), nuestro Señor (Apocalipsis 22:21), el Hijo de Dios (Apocalipsis 2:18; 1 Juan 5:5), nuestra pascua (1 Corintios 5:7), el Hijo del Hombre (Apocalipsis 14:14) y Rey de reyes y Señor de señores (Apocalipsis 19:16).

Cristo es nuestro Salvador y el sacrificio por nuestros pecados. Aunque era divino, se convirtió en ser humano a fin de morir por los pecados de la humanidad (Filipenses 2:5-7). Fue hecho un poco menor que los ángeles para sufrir la muerte (Hebreos 2:9). Como el Hijo del Hombre, pudo experimentar las pruebas de la vida humana (Hebreos 4:15) para poder entendernos mejor como nuestro misericordioso sumo sacerdote (Hebreos 2:17). Cristo fue nuestro Salvador y dio su vida para que nosotros pudiéramos vivir. Sufrió una muerte horrenda como nuestra Pascua, a fin de que pudiéramos entender la magnitud del pecado y la suprema importancia de su sacrificio, que él hizo por cada ser humano.

Jesús vivió una vida perfecta y por lo tanto no merecía la pena capital. Sin embargo, su muerte estaba predestinada desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8). Aunque Jesucristo fue acusado en varias ocasiones de quebrantar la ley de Dios, nunca violó ningún mandamiento y fue el sacrificio perfecto. Aceptamos su sacrificio como algo imprescindible para nuestra salvación. A medida que nuestra vida se va asemejando más a la de Jesucristo, nosotros “tomamos nuestra cruz” y lo seguimos a él (Lucas 14:27), lo que significa que estamos dispuestos a sufrir y a ser perseguidos por seguir su ejemplo (1 Pedro 2:19-23). Estamos profundamente agradecidos con Dios el Padre, porque dio a su Hijo como el sacrificio perfecto por toda la humanidad (Juan 3:16).

Todos los pecados les son perdonados a quienes se arrepienten verdaderamente y aceptan el sacrificio de Cristo. Para el perdón de los pecados se requiere el supremo sacrificio: la muerte de Jesucristo. Su crucifixión, ocurrida hace más de 1.900 años, era absolutamente esencial en el plan divino de salvación y redención.

Al entender esta doctrina fundamental podemos estar seguros de que nuestros pecados han sido perdonados. Podemos proseguir nuestra vida cristiana con la confianza de que por medio del sacrificio de Jesucristo podemos ser reconciliados con el Padre. Como resultado de esta reconciliación, podemos desarrollar una relación con nuestro Padre que nos infunde confianza y esperanza en nuestro futuro. Podemos esperar la vida eterna en el Reino de Dios, que nos será dada por su gracia como resultado del sacrificio que Jesucristo realizó voluntariamente por cada uno de nosotros.

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Tres días y tres noches

Creemos que el Padre levantó a Jesucristo de la muerte después que su cuerpo hubo permanecido tres días y tres noches en el sepulcro, haciendo así posible la inmortalidad para el hombre mortal. Luego, ascendió al cielo, donde ahora está sentado a la diestra de Dios Padre como nuestro Sumo Sacerdote y Abogado (1 Pedro 1:17-21; 3:22; Mateo 12:40; 1 Corintios 15:53; 2 Timoteo 1:10; Juan 20:17; Hebreos 8:1; 12:2).

Uno de los acontecimientos más dramáticos, alentadores y esperanzadores de todos los tiempos fue la resurrección de Jesucristo. Dios el Padre resucitó a su único Hijo, Jesucristo, quien había sido crucificado y sepultado en una tumba en las afueras de Jerusalén. Su muerte, permitida por su Padre y aceptada voluntariamente por Jesús (Juan 10:17-18), pagó la pena por los pecados de todos los seres humanos que habrán vivido alguna vez, con la condición de que se arrepientan verdaderamente de esos pecados. Su muerte estaba predestinada por el Padre y el Verbo desde la fundación del mundo como un requisito necesario para la salvación de la humanidad (1 Pedro 1:20).

De esta manera Dios, en su soberana justicia, misericordia y amor, hizo posible que a todos los seres humanos les sean perdonados sus pecados (si demuestran arrepentimiento y fe) y que por medio de la sangre de Cristo como el Cordero de Dios sean reconciliados con él (Mateo 26:28; Apocalipsis 12:11). Pero la muerte de Cristo no fue el fin de todo. Somos reconciliados con Dios por medio de la muerte de Jesús, pero salvos por su vida (Romanos 5:10).

Solamente por medio de la resurrección de Cristo a la inmortalidad podemos tener un Salvador viviente quien, como Sumo Sacerdote, intercede por nosotros ante el Padre (1 Timoteo 2:5; Hebreos 4:15-16; Romanos 8:26-27). La principal razón que tenemos para creer en el evangelio del Reino de Dios y en que podemos ser salvos de la muerte eterna es el hecho de que Jesucristo fue levantado de entre los muertos (1 Corintios 15:14-19). Su resurrección es la base de la esperanza que los seres humanos tenemos de poder recibir la vida eterna (1 Pedro 1:3).

Jesús ofreció a los de su generación tanto el hecho como los detalles de su resurrección como la única señal divina de que él era “más que Jonás” y “más que Salomón” y que su mensaje debería conducir a sus oyentes al arrepentimiento (Mateo 12:39-42). Dijo que de la misma forma en que Jonás había estado tres días y tres noches en el vientre del gran pez (Jonás 1:17), él estaría tres días y tres noches —un período de 72 horas (Juan 11:9-10; Génesis 1:5)— en el corazón de la tierra (la tumba). En otro pasaje también afirmó que debería “ser muerto, y resucitar después de tres días” (Marcos 8:31).

El problema que se presenta con la creencia más comúnmente aceptada acerca de la crucifixión y la resurrección, es que no hay tres días y tres noches entre el viernes por la tarde y el domingo por la mañana. Nosotros creemos que el peso de las pruebas bíblicas e históricas nos lleva a la conclusión de que Jesús murió el miércoles por la tarde, fue sepultado apresuradamente en la tumba de José de Arimatea esa misma tarde antes de la puesta del sol (que era la víspera de un sábado anual, el primer día de los Panes sin Levadura; Juan 19:30-31, 42; Marcos 15:42-46) y fue resucitado por el Padre poco antes de la caída del sol el día sábado, exactamente tres días y tres noches después de haber sido sepultado, tal como lo había dicho.

Esta explicación concuerda con los detalles que encontramos en las Escrituras. No es necesario esforzarse para encajar apretadamente tres días y tres noches entre el viernes por la tarde y el domingo por la mañana con base en especulaciones acerca de partes de días y de noches. Armoniza los relatos de las mujeres que compraron especias aromáticas, que se encuentran en Marcos 16:1 y Lucas 23:56. En el primer pasaje, las mujeres piadosas descansaron fielmente durante el día sagrado y después fueron en busca de las especias. En el segundo relato, las mujeres prepararon las especias y luego descansaron durante otro día santo.

Estos relatos armonizan si entendemos que durante la semana que estamos estudiando hubo dos días de fiesta. Jesús fue sacrificado en la Pascua (Mateo 26:18-20; 1 Corintios 5:7), que era el día de la preparación (Marcos 15:42) para el primer día sagrado anual del calendario judío, el primer día de Panes sin Levadura. Las mujeres esperaron a que este día terminara y entonces compraron las especias y las prepararon; descansaron nuevamente en el sábado semanal de Dios, y después, el domingo muy temprano, fueron hasta la tumba de Jesús con el propósito de ungirlo con las especias.

Ellas visitaron la tumba después de los dos días santos de esa semana (la palabra sábado en el griego original de Mateo 28:1 debe ser traducida en plural). El sábado anual (los días de fiesta anuales también se llaman “sábados” [Levítico 16:31; 23:24]) se celebró un jueves, y después celebraron el día de reposo semanal. Cuando ellas llegaron al sepulcro el domingo bien temprano, lo encontraron vacío y el ángel les anunció que Jesús había resucitado y ya no estaba allí (Marcos 16:6).

Contamos con suficientes pruebas históricas y bíblicas para afirmar que la crucifixión y resurrección de Cristo ocurrieron en el año 31 d.C. Entre esas pruebas están el cumplimiento de la profecía de Daniel concerniente a la venida del Mesías (Daniel 9:24-26; Esdras 7 [el decreto de Artajerjes] y el análisis cuidadoso de tres acontecimientos fundamentales, a saber: la fecha probable del nacimiento de Jesús, la edad a la cual comenzó su ministerio y la duración de su ministerio.

Según el calendario calculado de los judíos, la Pascua del año 31 d.C. ocurrió un miércoles, y la muerte de Jesucristo en ese día cumplió su papel como el verdadero Cordero Pascual de Dios (1 Corintios 5:7). El día siguiente, es decir el jueves, era un sábado (día santo) anual (Juan 19:31). Ese jueves los principales sacerdotes y los fariseos fueron ante Pilato a pedirle permiso para sellar y cuidar la tumba de Jesús (Mateo 27:62-66). Más tarde, el domingo, Jesús resucitado caminó por el sendero de Emaús y habló con dos de sus discípulos, quienes le comentaron sobre todas las cosas que habían acontecido, incluso la visita que los dirigentes hicieron a Pilato el jueves (Lucas 24:13-14, 20). Mencionaron que ese día, el domingo, era el tercer día que todas esas cosas habían acontecido (v. 21).

En resumen, nosotros creemos que Jesucristo, el Cordero de Dios, murió por nuestros pecados en la Pascua, permaneció sepultado tres días y tres noches (72 horas), y después resucitó. Luego, después de tener contacto con los discípulos durante algún tiempo, ascendió al cielo para sentarse a la diestra del Padre, muy por arriba de todos los demás en poder, gloria y honor (Efesios 1:19-23).

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El arrepentimiento

Creemos que todos los que se arrepienten de sus pecados en total entrega y obediencia voluntaria a Dios, y que con fe aceptan a Jesucristo como su Salvador personal, reciben perdón de sus pecados por un acto de gracia divina. Tales individuos son justificados, perdonados de la pena del pecado y reciben el don del Espíritu Santo, que literalmente mora dentro de ellos y les proporciona el amor divino, lo único que puede cumplir la ley y producir justicia. Son bautizados por el Espíritu en el Cuerpo de Cristo, que es la verdadera Iglesia de Dios. Creemos en un verdadero cambio de vida y actitud. Solamente los que tienen la presencia interior del Espíritu Santo y son guiados por el mismo, son de Cristo (Hechos 2:38; 3:19; 5:29-32: 2 Corintios 7:10; Juan 3:16; Efesios 1:7; 2:7-9; Romanos 3:21-26; 5:5; 6:6; 8:4, 9-10, 14; 13:10; Jeremías 33:8; Juan 14:16-17; 1 Corintios 12:12-13; Filipenses 2:3-5).

El arrepentimiento de las obras muertas aparece en Hebreos 6:1 como parte del fundamento que nos lleva a la perfección y a la vida eterna. Jesús recalcó la importancia del arrepentimiento cuando en dos ocasiones afirmó que “si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lucas 13:3, 5). Dios requiere que todos se arrepientan (Hechos 17:30; 2 Pedro 3:9).

En el primer sermón de que se tiene conocimiento en tiempos de la iglesia del Nuevo Testamento, Pedro exhortó a sus oyentes a que se arrepintieran (Hechos 2:38). El arrepentimiento va más allá de sentir pesar y remordimiento por las acciones del pasado (2 Corintios 7:8-11). El verdadero arrepentimiento implica el reconocimiento de que nuestra naturaleza se opone a Dios (Romanos 8:7). Esto exige una transformación, un giro completo de nuestra vida, un cambio en el que dejamos de seguir el camino del mundo para seguir el camino de Dios (Isaías 55:7-8; Hechos 26:20). Es un sometimiento total y una obediencia voluntaria, basados en el conocimiento de la forma en que Dios quiere que vivamos nuestra vida.

El arrepentimiento comienza con nuestra súplica para que Dios perdone nuestros pecados y la aceptación de Jesucristo como nuestro Salvador personal. No es una decisión basada únicamente en las emociones, aunque éstas desempeñan un papel importante (Hechos 2:37), sino que es una decisión de obedecer sinceramente a Dios por la fe en Jesucristo. Por medio de la fe en Jesucristo, su justicia se convierte en nuestra justicia (Filipenses 3:8-9; Romanos 8:1-4). El arrepentimiento no es una simple conformidad con un sistema religioso o cierto código de leyes. La confianza en Dios y sus caminos nos lleva a vivir de acuerdo con su voluntad y manifestarlo por medio de obras de justicia (Santiago 2:17-26). El verdadero arrepentimiento no es algo que la persona pueda originar por su propia fuerza. Es un don de Dios (2 Timoteo 2:25), una de las cosas buenas que nos da nuestro Padre celestial (Santiago 1:17). Él es quien nos guía al arrepentimiento (Romanos 2:4).

El arrepentimiento es uno de los aspectos principales en el proceso de conversión, y Pedro lo expresó muy bien en su primer sermón: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38). Debemos arrepentirnos del pecado, que es la transgresión de la ley de Dios (1 Juan 3:4). El arrepentimiento precede al bautismo.

Después del arrepentimiento y el bautismo, a la persona le es dado el Espíritu de Dios mediante la imposición de las manos (2 Timoteo 1:6). Entonces el Espíritu Santo nos guía para que vivamos de acuerdo con el camino de Dios (Romanos 8:14). Ahora tenemos el amor de Dios, que nos motiva para cumplir con sus leyes (1 Juan 5:3). Los verdaderos cristianos tienen el Espíritu de Dios (Romanos 8:9) y luchan por vivir de la misma forma en que vivió Cristo (1 Juan 2:6).

El arrepentimiento comprende tanto tristeza como gozo. El arrepentimiento nos conduce a una maravillosa y eterna relación con nuestro amoroso Dios, nuestro Creador y el dador de la vida. El arrepentimiento hace que nos fijemos en el amor y la misericordia de Dios, y el perdón de los pecados hecho posible por el sacrificio de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. El arrepentimiento es necesario para que podamos despojarnos del “viejo hombre” y llegar a formar parte de la familia de Dios (Efesios 4:20-24). Jesús dijo: “Arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:15). Ciertamente, una de las razones que tenemos para alegrarnos es ¡la expectativa de formar parte del Reino de Dios!

Poco después de arrepentirnos, debemos ser bautizados y recibir el don del Espíritu Santo (Hechos 2:37-38) para que sean perdonados todos nuestros pecados pasados (Romanos 3:25). Después debemos vivir una vida guiada por el Espíritu de Dios, creciendo en la gracia y en el conocimiento, dando fruto y siendo cada vez más perfeccionados en santidad y en justicia (2 Pedro 3:18; Mateo 13:23; 2 Corintios 7:1).

El arrepentimiento es un proceso continuo y no un suceso único en la vida del creyente. Una persona convertida deberá seguir batallando continuamente contra el pecado en su vida (1 Juan 1:8-10; 2:1). La naturaleza humana estará presente todo el tiempo que vivamos y luchará continuamente con nuestra mente, incitándonos a pecar (Romanos 7:17, 20-21). No obstante, sentiremos la necesidad de obedecer y complacer a Dios. El amor de Dios que está presente en la persona (Romanos 5:5) reconoce el camino perfecto de Dios y desea seguirlo, pero también se da cuenta de la debilidad de la carne (Romanos 7:12-25).

Mientras el creyente mantenga una actitud arrepentida, luchando continuamente por vencer el pecado (Apocalipsis 2:7, 11, 17, 26; 3:5, 12, 21), Dios no le condena (Romanos 8:1). Mediante el arrepentimiento y la fe en que el sacrificio de Jesucristo cubre nuestros pecados, una persona convertida se mantiene en este proceso de lucha y de conversión durante toda su vida.

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El bautismo por inmersión

Creemos en la ordenanza del bautismo por inmersión en agua después del arrepentimiento. Mediante la imposición de las manos, con oración, el creyente recibe el Espíritu Santo y se convierte en parte del Cuerpo espiritual de Jesucristo (Mateo 3:13, 16; Juan 3:23; Hechos 2:38; 8:14-17; 19:5-6: 1 Corintios 12:13).

Juan el Bautista introdujo el bautismo de arrepentimiento, el cual estaba relacionado con el concepto del perdón de los pecados (Mateo 3:1-6; Marcos 1:4-5). El mismo Jesús fue bautizado por Juan (Mateo 3:13-17), no porque tuviera algo de qué arrepentirse o porque necesitara ser perdonado, sino para dar ejemplo a sus discípulos a lo largo de los siglos.

La palabra bautismo proviene del vocablo griego baptizo, que significa “sumergir”. Según esta definición y de acuerdo con la Biblia, la única forma apropiada de bautismo es una inmersión total en agua. Juan el Bautista escogió un sitio especial en el río Jordán, porque allí había agua suficiente para hacerlo (Juan 3:23).

Para el cristiano, la ordenanza del bautismo es de crucial importancia. En una sola ceremonia, la muerte, sepultura y resurrección de Cristo acuden a la mente del creyente y se relacionan directamente con su propia “muerte” simbólica, su “resurrección” de la “tumba acuática” y el comienzo de una vida nueva (Romanos 6:3-6; Colosenses 2:12-13). Dentro de este simbolismo también está presente la promesa de la futura resurrección del creyente en el Reino de Dios. El pecador que ha sido perdonado emerge de las aguas del bautismo para vivir una nueva vida en Cristo, libre de la pena del pecado que merecía por los pecados que había cometido. Las aguas del bautismo lavan simbólicamente esos pecados. En este sentido, el bautismo es un reconocimiento exterior del deseo genuino que siente el creyente de someterse y rendirse totalmente a Dios y a su camino de vida (Efesios 4:20-24).

El bautismo, ordenado por Dios, debe ser precedido por la fe y el arrepentimiento (Hechos 2:37-38; Marcos 16:16). El simbolismo propio del bautismo deja en evidencia la disposición para “sepultar” la vida pecaminosa del pasado (Romanos 6:11). El hecho de que reconozcamos nuestra culpa y la necesidad de que Cristo nos salve de las consecuencias del pecado es algo de fundamental importancia. Este arrepentimiento está caracterizado por un cambio de corazón y de conducta, basado en una fe personal y una entrega total a Jesucristo y a Dios el Padre (Lucas 14:25-33; Colosenses 2:12). Sólo debe bautizarse una persona madura que pueda entender y apreciar cabalmente el compromiso de por vida que se requiere para hacerlo. La Biblia no nos dice en ninguna parte que se deba bautizar a los niños.

Después del bautismo se realiza una oración y se imponen las manos. Esto es parte del procedimiento que nos permite recibir el Espíritu de Dios (Hechos 8:14-18). Es por medio del Espíritu Santo que Cristo vive su vida en el cristiano (Juan 14:16-17, 23; Gálatas 2:20). Al seguir este proceso, el creyente entra a formar parte del cuerpo espiritual de Cristo (1 Corintios 12:12-13), lo que produce gozo en los cielos (Lucas 15:7).

En la comisión que Jesucristo dio a sus discípulos, incluyó la autorización para bautizar a los creyentes (Mateo 28:18-20). Así, aquellos que han sido llamados por Dios al arrepentimiento (Juan 6:44) buscan el bautismo para el perdón de los pecados, siguiendo el ejemplo y la instrucción de Jesucristo.

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El día de reposo

Creemos que el séptimo día de la semana es el sábado del Señor nuestro Dios. En este día se nos ordena descansar de nuestras labores y adorar a Dios, conforme a las enseñanzas y el ejemplo de Jesús, los apóstoles y la iglesia del Nuevo Testamento (Génesis 2:2-3; Éxodo 20:8-11; 31:13-17; Levítico 23:3; Isaías 58:13; Hebreos 4:4-10; Marcos 1:21; 2:27-28; 6:2; Hechos 13:42-44; 17:2; 18:4; Lucas 4:31).

El sábado fue creado y apartado para el hombre desde el tiempo de la creación. Dios bendijo y santificó el séptimo día y en él descansó de todas sus obras. El sábado fue el día posterior a la creación del primer ser humano, un tiempo separado para que el hombre diera prioridad a una relación personal y estrecha con su Creador (Génesis 2:2-3).

El sábado fue creado y apartado para el hombre y su beneficio directo. Jesucristo es Señor del sábado, lo que establece una conexión perpetua entre el Creador y este tiempo santo (Marcos 2:27-28). Es un tiempo muy especial para que el hombre profundice y afiance su devoción a Dios y su relación con él. Cuando dejamos de buscar nuestros propios caminos, encontramos gozo en lo que le agrada a Dios (Isaías 58:13-14).

En Éxodo 20:8-10 Dios dio instrucciones concernientes a la observancia del sábado. El hombre debe “acordarse del día de reposo para santificarlo”. El hombre recuerda y santifica el sábado cuando descansa en este día y lo dedica a adorar a Dios. Cuando los cristianos siguen este patrón están siguiendo el ejemplo de su Creador y están recordando a aquel que les dio vida.

En Deuteronomio 5:12-15 Dios vuelve a enfatizar la necesidad de guardar el sábado. Nos explica que el sábado no solamente nos recuerda que fuimos creados por Dios, sino que él es quien nos libera de la esclavitud (ver también Lucas 4:18-19). El antiguo pueblo de Israel recordaba que había sido liberado de su esclavitud en Egipto. Los cristianos recuerdan que Jesucristo los liberó de la esclavitud espiritual (Romanos 6:16-18).

Además de las instrucciones dadas en el momento de la creación y en los Diez Mandamientos, Éxodo 31:13-17 nos indica que el sábado es una señal entre Dios y su pueblo y que constituye un pacto perpetuo. Debe ser santificado por quienes han sido llamados, como un recordatorio de que Dios es quien los ha apartado y de que son sus hijos.

Cuando Jesús regrese a la tierra y establezca el Reino de Dios, el sábado será guardado semanalmente como una forma de adoración y servicio a Dios (Isaías 66:23).

La prueba de que queda un reposo sabático para la humanidad (Hebreos 4:9) fue confirmada por el ejemplo viviente de Jesucristo (Lucas 4:31) y, después de su muerte y resurrección, por sus discípulos.

Siguiendo la ley de Dios y el ejemplo de Cristo, Pablo instruía a los gentiles en el día sábado (Hechos 13:42-44). Dondequiera que iba Pablo, conforme a su costumbre enseñaba en el séptimo día y establecía congregaciones que guardaban el sábado (Hechos 17:2; 18:4). No existe ningún ejemplo en los escritos de los apóstoles o en las prácticas de la iglesia del Nuevo Testamento que nos indique que hubo algún cambio con respecto a las enseñanzas que recibieron de Cristo.

En conclusión, el sábado conmemora la creación y le recuerda al hombre que Dios es su Creador. En la actualidad, aquellos que guardan el séptimo día de la semana tienen presente que Dios es quien los ha redimido del pecado. Finalmente, el sábado señala hacia el regreso de Cristo y el establecimiento del Reino de Dios, cuando habrá verdadero descanso para toda la humanidad (Hebreos 4:4-10).

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La Pascua

Creemos en la observancia de la Pascua del nuevo pacto la noche del 14 de abib, el aniversario de la muerte de nuestro Salvador (Levítico 23:5; Lucas 22:13-14).

El hecho de que Jesús haya instituido los nuevos símbolos del pan y el vino para la Pascua, y se haya referido al vino como “mi sangre del nuevo pacto” (Mateo 26:28; Marcos 14:24), muestra claramente que la ceremonia de la Pascua es una observancia del nuevo pacto (Nuevo Testamento). Además, Jesús identificó personalmente esta ceremonia conmemorativa (Lucas 22:19) como “esta pascua” (v. 15), y la observó el mismo día que estaba estipulado en Levítico 23, el 14 de abib de acuerdo con el calendario hebreo.

Jesús mismo estableció la celebración del servicio de la Pascua del Nuevo Testamento la noche anterior a su muerte. Pablo confirmó que debemos guardarla en “la noche que fue entregado” (1 Corintios 11:23-26; Lucas 22:14-20; Juan 13:1-17), al comienzo del 14 de abib. Jesús utilizó específicamente el nombre de “pascua” para esta ceremonia conmemorativa especial (Mateo 26:18; Lucas 22:8, 15). Dio instrucciones a sus discípulos sobre cómo, cuándo y dónde debían hacer los preparativos para celebrar esta nueva forma de representar la muerte del Mesías (Lucas 22:7-13).

La Pascua del Nuevo Testamento no está relacionada únicamente con la muerte del “Cordero de Dios”. También tiene que ver con su sufrimiento (Lucas 22:15). Debemos recordar todo el sacrificio que hizo, tanto su agonía como su muerte. Su suplicio, muerte y sepultura ocurrieron el 14 de abib. Los símbolos del pan y el vino reemplazaron los corderos que se usaban para el sacrificio en el Antiguo Testamento (Éxodo 12) y que prefiguraban a Jesucristo.

Jesús, como el Cordero de Dios, es “nuestra pascua” (1 Corintios 5:7). El pan y el vino representan su sacrificio total, tanto su sufrimiento como su muerte.

La muerte de Jesús ocurrió en la tarde del día 14 de abib, pero su sufrimiento comenzó desde la noche anterior cuando todavía estaba con sus discípulos. “Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte . . .” (Mateo 26:37-38).

Nosotros conmemoramos la muerte de Cristo como nuestra Pascua al comienzo del 14 de abib, la noche en que Jesús fue entregado, y guardamos la fiesta de los Panes sin Levadura desde el principio del día 15 de abib hasta el final del 21 del mismo mes, en conformidad con lo que se ordena en las Escrituras. El relato bíblico es sumamente claro en este aspecto y no tenemos ninguna dificultad para discernir la secuencia correcta de los acontecimientos: primero la Pascua y a continuación los días de Panes sin Levadura.

Como Cristo es nuestra Pascua, el pan y el vino son símbolos que nos recuerdan su sufrimiento y muerte. Jesucristo y sus discípulos, siendo judíos, habían celebrado la Pascua durante toda su vida. Pero ahora había nuevos símbolos. Cristo les enseñó a sus discípulos el profundo significado de la Pascua mediante los nuevos símbolos y por medio de su sufrimiento final y su muerte el día 14 del primer mes.

Después de decirles a sus discípulos que bebieran el vino, Jesús dijo: “porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mateo 26:28). Cristo instituyó los símbolos de la Pascua porque esto iba de acuerdo con su papel de “mediador del nuevo pacto” (Hebreos 12:24).

Con su sacrificio, pagó la pena de todos los pecados de la humanidad (1 Pedro 3:18). Cuando nosotros participamos del pan y del vino, reconocemos que su cuerpo y su sangre fueron ofrecidos para cubrir nuestros pecados. Somos reconciliados con el Padre por medio de la fe en el sacrificio de Jesucristo. Esa reconciliación nos permite tener acceso al Padre y hace que podamos presentarnos confiadamente delante de su trono de gracia para encontrar ayuda en tiempos de necesidad (Hebreos 4:16). Gracias a su sacrificio, podemos ser sanados espiritual, física, mental y emocionalmente (Isaías 53:4-5; Santiago 5:14).

Cuando comemos el pan, simbolizamos a Cristo viviendo en nosotros (Juan 6:53-54). También representamos nuestra unión con Cristo y con cada miembro de su cuerpo, la iglesia (1 Corintios 10:16) y nuestro consentimiento de vivir conforme a la palabra de Dios.

Jesús nos exhorta para que celebremos la Pascua en memoria de él (Lucas 22:19-20). Pablo dice claramente en 1 Corintios 11:20-26 que la iglesia debe reunirse para comer el pan y beber la copa. El propósito de esta ceremonia es anunciar la muerte del Señor hasta que él venga, simbolizando la única forma en que la humanidad puede ser reconciliada con Dios el Padre. Pablo también nos dice que por medio de la muerte de Jesús nosotros somos reconciliados con Dios el Padre, pero que somos salvos por su vida (Romanos 5:10).

Jesús estableció el lavamiento de los pies como parte de la ceremonia de la Pascua. Después de dar un ejemplo personal de servicio lavando los pies de sus discípulos, dijo: “Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis” (Juan 13:17).

Estos tres elementos: el lavamiento de los pies, el pan y el vino, forman parte de la ceremonia que anualmente celebra la Iglesia de Dios Unida, una Asociación Internacional. Celebramos esta ceremonia sólo una vez al año, poco después de la caída del sol al comienzo del día 14 del primer mes del calendario hebreo, como está establecido en la Palabra de Dios.

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Las fiestas bíblicas

Creemos en la observancia por orden divina de las siete fiestas anuales dadas por Dios a la antigua Israel y guardadas por Jesucristo, los apóstoles y la iglesia del Nuevo Testamento, y que serán guardadas por toda la humanidad durante el reinado milenario de Cristo. Estas fiestas revelan el plan de salvación de Dios (Colosenses 2:16-17; 1 Pedro 1:19-20; 1 Corintios 5:8; 15:22-26; 16:8; Santiago 1:18; Éxodo 23:14-17; Levítico 23; Lucas 2:41-42; 22:14-15; Juan 7:2, 8, 10, 14; Hechos 2:1; 18:21; 20:16; Zacarías 14:16-21).

Cuando Dios liberó a la nación de Israel del cautiverio en Egipto, le ordenó que llevara a cabo ciertas ceremonias especiales para adorarlo durante las épocas de cosecha (Éxodo 23:14-16; Deuteronomio 16:1-17). Dios definió estas celebraciones como sus festivales, o “las fiestas del Eterno” (Levítico 23:2-4). El mensaje del evangelio y el plan de salvación de Dios cobran más significado cuando entendemos que las cosechas agrícolas anuales representan las cosechas espirituales de seres humanos gracias al don divino de salvación por medio de Jesucristo (Mateo 9:37-38; Juan 4:35; 15:1-8; Colosenses 2:16-17).

Los siete días santos son sábados anuales. Son santas convocaciones, asambleas obligatorias para el pueblo de Dios. Estos días son sagrados porque han sido santificados (apartados) por Dios. Él le ordena a su pueblo que se reúna para adorarlo y para aprender acerca de él y de su plan. Su propósito no se limita solamente a que nos convoquemos para venerarlo, sino que además desea que tengamos compañerismo espiritual y nos regocijemos juntos (Levítico 23:1-4; Deuteronomio 14:23-26; Nehemías 8:1-12).

Según leemos en el Nuevo Testamento, Jesucristo y la iglesia continuaron guardando fielmente estos días. Jesús celebró estos festivales y nosotros, como sus seguidores, debemos andar como él anduvo (Juan 7:8-14; 1 Juan 2:6). La iglesia del Nuevo Testamento comenzó en una fiesta anual, el día de Pentecostés (Hechos 2:1-4). Los apóstoles y los discípulos de la iglesia primitiva continuaron guardando estas fiestas mucho después de la muerte y resurrección de Jesús (Hechos 18:21; 20:16; 27:9; 1 Corintios 5:8). Pablo confirma la vigencia de su observancia y los compara a “sombras”, es decir, una reseña o guía permanente de los grandes acontecimientos que aún están por cumplirse en el plan de salvación de Dios (Colosenses 2:16-17). Además, le dijo a la congregación en Corinto: “Celebremos la fiesta” (1 Corintios 5:8).


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