Excerpt for Guardando el Corazón - John Flavel by , available in its entirety at Smashwords

Guardando el corazón

Un punto de vista puritano de cómo mantener tu amor por Dios



por



John Flavel,

traducción por Manuel Bento Falcón



Published by Manuel Bento Falcón at Smashwords

Copyright 2017 Manuel Bento Falcón

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Quisiera agradecer y dar la honra de este libro a mi Salvador, Jesucristo, sin el cual, no tendría ninguna esperanza en esta vida, ni mucho menos en la que está por venir

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Tabla de contenidos



Proverbios 4:23, explicación del texto

¿Qué es lo que implica y supone guardar el corazón?

Razones por las que los cristianos deben dedicarse a guardar el corazón

Tiempos que requieren un cuidado especial del corazón

1. El tiempo de prosperidad

2. El tiempo de adversidad

3. El tiempo en el que hay problemas en la iglesia

4. El tiempo de peligro y distracción pública

5. El tiempo de necesidades externas

6. El tiempo de reunirnos con Dios

7. El tiempo en que recibimos afrentas y abusos de los hombres

8. El tiempo de grandes pruebas

9. El tiempo de la tentación

10. El tiempo de duda y oscuridad espiritual

11. El tiempo de los sufrimientos por la fe

12. El tiempo de una enfermedad mortal

Consideraciones finales sobre la falta de cuidado del corazón

Un llamado a que la iglesia guarde el corazón

Acerca del autor: John Flavel





Proverbios 4:23, explicación del texto



Proverbios 4:23

“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida”.



El corazón del ser humano es su peor parte antes de ser regenerado, pero es la mejor después de la regeneración. Allí se asientan nuestros principios y la fuente de nuestros actos. El ojo de Dios está puesto sobre nuestro corazón, y también deberían estarlo nuestros propios ojos la mayoría del tiempo.

La mayor dificultad en la conversión es ganar el corazón para Dios, y la mayor dificultad después de la conversión es mantener el corazón con Dios. Es ahí donde yace la fuerza misma de la relación con Dios; es ahí donde el camino que lleva a la vida se vuelve angosto, y donde la puerta del cielo se vuelve estrecha. El objetivo de este versículo es darnos dirección y ayuda, y nos proporciona dos cosas:

Primero: Una exhortación: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón”.

Segundo: La razón o motivo para hacerlo: “Porque de él mana la vida”.

En la parte de exhortación consideraremos dos aspectos: Primero nuestro deber, y en segundo lugar la forma de cumplir con él.

Nuestro deber

Guarda tu corazón. El corazón que se menciona aquí no se refiere a la noble parte del cuerpo que los filósofos llaman “La primera que vive y la última que muere”, sino que se refiere al corazón como metáfora, lo que en las Escrituras a veces representa una facultad particular y noble del alma. En Romanos 1:21 se menciona al decir que su necio corazón, es decir, su necio entendimiento, fue entenebrecido. Salmos 119:11 se refiere a la memoria cuando dice “En mi corazón he guardado tus dichos”, y 1 Juan 3:20 se refiere a la conciencia, que incluye tanto la luz del entendimiento como el reconocimiento de la memoria al decir: Si nuestro corazón nos reprende, es decir, si nuestra conciencia, cuyo oficio es reprender, nos reprende.

Pero en este versículo hemos de tomarlo de forma más general, como refiriéndose al alma al completo, al hombre interior. El alma es para el hombre lo que el corazón es para el cuerpo, y la santidad es para el alma lo que la buena salud es para el corazón. El estado de todo el cuerpo depende de la salud y vigor del corazón, y el estado eterno del hombre al completo depende de la buena o mala condición del alma.

Por “guardar el corazón” hemos de entender el uso diligente y constante de todos los medios santos que existen para preservar el alma del pecado, y mantener su dulce y libre comunión con Dios.

Decimos constante porque la razón que se da en el versículo extiende el deber de cuidar el corazón a todos los estados y condiciones de la vida cristiana, y hace que siempre sea obligatorio. Si el corazón debe guardarse porque de él fluyen todos los asuntos de la vida, entonces mientras esos asuntos de la vida sigan fluyendo de él, estaremos obligados a guardarlo.

Lavater compara el texto con una guarnición sitiada, acosada por muchos enemigos en el exterior, y con peligro de ser entregada desde dentro por los ciudadanos traicioneros que hay en ella. Los soldados tienen que vigilar este peligro, o sufrir el dolor de la muerte. Y aunque la expresión guarda tu corazón parece imponernos el trabajo a nosotros, no implica que seamos suficientes para hacerlo. Somos tan capaces de gobernar y ordenar nuestros corazones en nuestras propias fuerzas como lo seríamos de detener el sol en su órbita o de hacer que un río corriese en sentido contrario. Si pudiésemos hacerlo, también podríamos ser nuestros propios salvadores y guardadores, pero Salomón habla con propiedad cuando dice guarda tu corazón, porque el deber es nuestro, aunque el poder es de Dios. El poder que tengamos dependerá de la fuerza motivadora y ayudadora de Cristo. La gracia en nuestro interior depende de una gracia que no es nuestra, “Separados de mí, nada podéis hacer” (Juan 15:5). Hasta aquí es nuestro deber.

La forma de cumplir con nuestro deber

La forma de cumplir nuestro deber es sobre toda cosa guardada, es decir, con toda diligencia. El texto original hebreo es muy enfático: guardar con todo lo que se pueda, o, guarda y guarda, pon una guardia doble. Esta vehemencia con la que se insta a cumplir nuestro deber implica claramente lo difícil que es guardar nuestro corazón, lo peligroso que es descuidarlo.

El motivo para este deber es muy obligado y serio: “porque de él mana la vida”. El corazón es la fuente de todas las operaciones de la vida, es el resorte y el origen del bien y el mal, como el resorte de un reloj que pone todos los engranajes en movimiento. El corazón es el tesoro, las manos y la lengua son el escaparate. Lo que está en ellas viene del corazón, y las manos y la lengua siempre comienzan donde el corazón termina. El corazón trama, y los miembros lo ejecutan: “El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Lucas 6:45). Por tanto, si el corazón se equivoca en su trabajo, los miembros se equivocarán en el suyo, porque los errores del corazón son como los errores de la primera mezcla, que no pueden rectificarse después, o como cometer un error al preparar las letras y sellos en una imprenta, que hacen que se produzcan muchas erratas en todas las copias que se imprimen. ¿Cuán importante es entonces el deber cuyo cumplimiento puede verse en las consecuencias?

La guarda y control del corazón en toda situación es una de las actividades principales en la vida de un cristiano

Un filósofo dijo que es difícil contener las aguas dentro de unos límites, y lo mismo se podría aplicar al corazón. Dios le ha puesto límite, pero ¿cuántas veces no traspasamos, no solo los límites de la gracia y de nuestra relación con Dios, sino incluso los límites de la razón y de la honestidad común y corriente? Esto justifica que nos esforcemos y estemos vigilantes hasta el día que muramos. No es tener limpias las manos lo que nos hace cristianos, porque los hipócritas también pueden mostrar manos limpias, sino la vigilancia purificadora y el ordenamiento correcto del corazón. Esto es lo que produce tantas quejas tristes y cuesta tantos gemidos y lágrimas. Fue el orgullo del corazón de Ezequías el que lo hizo tumbarse en tierra, gimiendo ante el Señor (2 Crónicas 32:25-26)- Fue la hipocresía que invadía el corazón de David la que lo hizo clamar “Sea mi corazón íntegro en tus estatutos, Para que no sea yo avergonzado” (Salmos 119:80). Fue el sentir que su propio corazón se dividía y se distraía en el servicio de Dios lo que le hizo derramarse en oración diciendo: “Afirma mi corazón para que tema tu nombre” (Salmos 86:11).

El método que se propone para mejorar el cuidado de nuestro corazón es el siguiente:

Primero: Preguntarnos qué es lo que implica y supone guardar el corazón.

Segundo: Exponer distintas razones por las que los cristianos deben hacer de esto un asunto principal en sus vidas.

Tercero: Ver los momentos de nuestra vida que requieren que guardemos el corazón de forma especial.

Cuarto: Aplicar todo.

¿Qué es lo que implica y supone guardar el corazón?



Guardar el corazón necesariamente presupone una obra previa de regeneración, que ha puesto el corazón en orden y ha hecho que tenga una inclinación espiritual. Si el corazón no es puesto en un marco adecuado primero por la gracia, no hay medio que lo pueda mantener bien con Dios. El ego es el centro del corazón no regenerado, y es lo que lo inclina y lo motiva en todos sus planes y acciones. Mientras esto sea así, es imposible que ningún medio externo lo mantenga con Dios.

El ser humano en su estado original era un todo espiritual uniforme, puesto en un camino recto y bueno. Ningún pensamiento o facultad estaba desordenada: su mente tenía un conocimiento perfecto de los requisitos de Dios, su voluntad cumplía perfectamente con ellos. Todos sus apetitos y su potencial estaban en subordinación obediente.

Sin embargo, por su apostasía, el ser humano se ha convertido en una criatura rebelde que se opone a su Creador. Se opone a Dios como primera causa, al elegir la auto dependencia, se opone a Dios como el mayor bien al amarse a sí mismo, se opone a Dios como el mayor Señor al elegir su propia voluntad, y se opone a Dios como fin último al buscar su propio interés. Así pues, el ser humano camina en un desorden enorme, y todas sus acciones son irregulares.

Pero por la regeneración, el alma desordenada se endereza. Las Escrituras expresan este gran cambio como la renovación del alma a la imagen de Dios, en la cual la auto dependencia es eliminada por la fe, el amor por uno mismo por el amor de Dios, la voluntad propia por la sujeción y obediencia a la voluntad de Dios, y el buscar lo nuestro por el negarnos a nosotros mismos. El entendimiento entenebrecido es iluminado, la voluntad rebelde es dulcemente sometida, y los apetitos insubordinados conquistados gradualmente. El alma que el pecado corrompió en todos sus aspectos, es restaurada por la gracia.



Si presuponemos todo esto, no será fácil entender en qué consiste guardar el corazón, que no es otra cosa que el cuidado constante y diligente de un hombre renovado por preservar su alma en esa posición santa a la que le ha llevado la gracia. Porque, aunque la gracia ha rectificado el alma en una gran medida, y le ha dado un temperamento habitualmente celestial, el pecado la vuelve a descomponer. Aun los corazones tocados por la gracia son como instrumentos musicales, que han de ser afinados de forma exacta, porque pequeñas cosas los pueden desafinar. Si los dejamos aparte por un tiempo, necesitarán ser afinados antes de poder tocar otra lección.

Si los corazones en gracia están en buena disposición para cierto deber, pueden estar torpes, insensibles y desordenados cuando se trata de otro distinto. Por tanto, cada obligación requiere una disposición particular del corazón. Job 11:13 “Si dispusieras tu corazón, y extendieras a él tus manos”, guardar el corazón es, entonces, guardarlo cuidadosamente del pecado que lo desordena, y mantener esa disposición espiritual que lo capacita para una vida de comunión con Dios. Esto incluye seis aspectos particulares:

1. Observar frecuentemente la disposición del corazón.

Las personas carnales y meramente formales no prestan atención a esto. No pueden comunicarse con sus propios corazones. Hay personas de cuarenta y cincuenta años que apenas han hablado una hora en total con sus propios corazones.

Es difícil conseguir que alguien se reúna consigo mismo y haga esto, pero las personas santas saben que estos soliloquios son muy saludables. Los paganos podrían decir: “El alma se hace sabia cuando se sienta en silencio”. Es como si al sufrir una bancarrota no se preocupasen por mirar el estado de sus cuentas. Pero un corazón íntegro sabe si está avanzando o retrocediendo. “Meditaba en mi corazón” (Salmos 77:6) dice David. No podremos guardar el corazón hasta que lo examinemos y entendamos.

2. Humillarse profundamente por las maldades y desorden del corazón.

Ezequías se humilló a sí mismo por el orgullo de su corazón. Como consecuencia se ordenó al pueblo abrir sus manos en oración a Dios, siendo conscientes de la enfermedad de sus propios corazones. Por esta misma razón muchos corazones íntegros se han postrado delante de Dios. “Oh, ¡qué corazón tengo!”. Los santos en su confesión apuntan al corazón, al lugar que duele: “Señor, he aquí la herida”.

Guardar bien el corazón es como guardar un ojo. Si un poco de polvo entra en el ojo, no parará de parpadear y lagrimear hasta que lo haya sacado. De la misma forma un corazón íntegro no puede descansar hasta que haya sacado fuera sus problemas y derramado sus quejas delante del Señor.

3. Suplicar fervorosamente y orar al instante pidiendo gracia para enderezar y purificar el corazón cuando el pecado lo ha contaminado

Salmos 19:12 “Líbrame de los [errores] que me son ocultos”, Salmos 86:11 “Afirma mi corazón para que tema tu nombre”. Los santos siempre han puesto peticiones como estas delante del trono de la gracia de Dios. Este es el motivo por el que más le ruegan. Cuando piden misericordias externas, sus corazones pueden estar más descuidados. Pero cuando se trata del corazón mismo, expanden su espíritu al máximo, llenan sus bocas de argumentos, lloran y hacen súplicas: “Oh ¡cómo me gustaría tener un mejor corazón! ¡Un corazón que amase más a Dios y odiase más el pecado, que me hiciese caminar mejor con Dios. ¡Señor, no me niegues un corazón así. Sin importar lo que me niegues, dame un corazón que te tema, que te ame y se deleite en ti si tengo que mendigar mi pan en lugares desiertos”.

Se dice de un conocido santo, que cuando estaba confesando pecados nunca dejaba de confesarse hasta que sentía quebrantamiento de corazón por ese pecado, y que cuando estaba orando por una misericordia espiritual, no paraba hasta que hubiese saboreado esa misericordia.

4. Imponerse un fuerte compromiso sobre uno mismo para caminar con Dios más cuidadosamente, y evitar las ocasiones en las que el corazón puede verse inducido a pecar.

Hacer votos deliberados y bien aconsejados es, el algunos casos, muy útil para guardar el corazón contra algún pecado en especial. “Hice pacto con mis ojos” dice Job (Job 31:1). Por este medio hombres santos han impactado sus almas y han evitado contaminarse.

5. Tener un celo santo y constante sobre nuestros corazones

Un celo rápido por uno mismo es algo que preserva muy bien del pecado. El que guarda su corazón debe tener despiertos los ojos del alma para ver surgir cualquier emoción desordenada y tumultuosa. Si sus emociones se desatan y se ve incitada a las pasiones, el alma debe descubrirlo a tiempo y eliminarlo antes de que vaya a más. “¿Haces bien en esto alma mía? ¿Dónde está tu compromiso?” Feliz es el hombre que teme siempre. Por este temor del Señor se apartan los hombres del mal, se sacuden la pereza, y se guardan de la iniquidad. El que guarda su corazón debe comer y beber con temor, regocijarse con temor, y pasar cada momento de su estancia en este mundo con temor. Todo es poco por guardar al corazón del pecado.

6. Ser conscientes de la presencia de Dios con nosotros, y poner al Señor siempre ante nosotros.

Muchos han visto que este es un medio poderoso para mantener rectos sus corazones, y hacer que teman el pecado. Cuando el ojo de nuestra fe mira el ojo de la omnisciencia de Dios, no nos atrevemos a dejar que nuestros pensamientos y emociones sean vanos. El santo Job no dejaba que su corazón se rindiese a pensamientos impuros y vanos. ¿Qué es lo que le daba motivación para una circunspección tan grande? Él nos dice en Job 31:4: “¿No ve él mis caminos, Y cuenta todos mis pasos?” En frases como esta las almas en gracia expresan el cuidado que tienen de sus corazones. Son cuidadosas de evitar que se desate la corrupción en tiempos de tentación. Son cuidadosas de preservar la dulzura y consuelo que tienen en Dios en cualquier deber. Este es el trabajo más difícil, constante e importante del cristianismo.

El trabajo sobre el corazón es realmente difícil. Realizar nuestros deberes espirituales con un espíritu descuidado y distraído no cuesta demasiado. Pero ponerse delante del Señor y sujetar los pensamientos vanos y dispersos a una atención fervorosa y constante sí que nos costará. Conseguir facilidad y destreza de lenguaje en oración y expresar lo que queremos decir en frases adecuadas y decentes es fácil, pero conseguir que el corazón se quebrante por el pecado al confesarlo, mezclado con la gracia mientras bendices a Dios por ella, sentirte de verdad avergonzado y humillado por aprehender la infinita santidad de Dios y mantener el corazón en ese estado, no solo en el momento, sino después, seguro que nos va a costar gemidos y dolor del alma. Reprimir los actos externos de pecado y componer el área externa de nuestra vida de manera encomiable no es una gran labor. Incluso las personas carnales, siguiendo los principios comunes, pueden hacerlo. Pero matar la raíz de corrupción dentro de nosotros, establecer y mantener un gobierno santo sobre nuestros pensamientos, y hacer que todas las cosas funcionen de manera correcta y ordenada en el corazón no es fácil.

Es también un trabajo constante. Guardar el corazón es una obra que nunca se termina hasta el final de la vida. No hay ningún momento o condición en la vida de un cristiano en el que se interrumpa este trabajo. Mantener la vigilancia sobre nuestros corazones es como cuando Moisés mantenía las manos arriba mientras los amalecitas y los israelitas luchaban (Éxodo 17:8-16). Tan pronto como las manos de Moisés se cansaban y bajaban, Amalec prevalecía. Ser intermitentes en la vigilancia de sus corazones costó a David y a Pedro muchos días y noches tristes.

Además es el asunto más importante de la vida cristiana. Sin esto no somos nada más que formalistas. Todas nuestras palabras, dones y deberes no significarán nada. Dios nos pide “Dame hijo mío, tu corazón” (Proverbios 23:26). A Dios le agrada llamar regalo a lo que en realidad es una deuda. Concede a sus criaturas el don de entregar el corazón, de recibirlo de ellas como si fuera un regalo. Pero si no le damos el corazón, no le importa lo demás que le demos.

Solo hay valor en lo que hacemos en la medida en que nuestro corazón está puesto en ello. Con respecto al corazón, Dios parece que dijese lo mismo que José dijo de Benjamín: “No veréis mi rostro si no traéis a vuestro hermano [Benjamín] con vosotros”. Entre los paganos, cuando un animal se ofrecía como sacrificio, lo primero que el sacerdote miraba era el corazón, y si no era adecuado, el sacrificio era rechazado. Dios rechaza todos los deberes (por muy gloriosos que sean en otros aspectos) que se le ofrecen sin el corazón. El que realiza sus deberes sin el corazón, es decir, sin prestar atención, tiene la misma aceptación ante Dios que aquel que los realiza con un corazón doble, es decir, hipócritamente.

Razones por las que los cristianos deben dedicarse a guardar el corazón



1. La gloria de Dios está muy implicada

La maldad del corazón es algo que provoca mucho al Señor. Los eruditos observan correctamente que los pecados externos son “pecados de gran infamia”, pero los internos son “pecados de más profunda culpa”. ¡Cuán severamente ha declarado el gran Dios su ira desde el cielo contra la maldad del corazón!

El crimen por el que fue acusado el mundo antiguo fue la maldad del corazón. “Y vio que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Génesis 6:5). Por esto Él envió el juicio más temible que se había infligido desde el principio de los tiempos. No encontramos que fuesen sus asesinatos, adulterios, o blasfemias, lo que se alegó contra ellos (aunque estaban contaminados por estas cosas), sino la maldad de su corazón.

Aquello que hizo que Dios se inclinase a abandonar su heredad particular en las manos del enemigo fue la maldad de sus corazones. “Lava tu corazón de maldad, oh Jerusalén, para que seas salva. ¿Hasta cuándo permitirás en medio de ti los pensamientos de iniquidad?” (Jeremías 4:14). Dios tomó nota particular de la maldad y vanidad de sus pensamientos, y a causa de esto los Caldeos vendrían sobre ellos: “El león sube de la espesura,... y ha salido de su lugar para poner tu tierra en desolación” (Jeremías 4:7).

Por el pecado de sus pensamientos es que Dios arrojó a tierra a los ángeles caídos y los guarda con “prisiones eternas” para el juicio del gran día (Judas 1:6). Mediante esta expresión se implica claramente algún tipo de juicio extraordinario para el que están reservados, ya que los prisioneros que tienen más cadenas sobre ellos son probablemente los malhechores más grandes. ¿Y cuál fue su pecado? la maldad espiritual.

Muchas de las maldades del corazón molestan tanto a Dios que Él rechaza con indignación las obras que algunos hombres realizan. “El que sacrifica buey es como si matase a un hombre; el que sacrifica oveja, como si degollase un perro; el que hace ofrenda, como si ofreciese sangre de cerdo; el que quema incienso, como si bendijese a un ídolo” (Isaías 66:3). ¿En qué palabras podría expresarse más el aborrecimiento de un Dios santo por las acciones de una criatura? El asesinato y la idolatría no son peores en lo que a esto respecta que sus sacrificios, a pesar de que materialmente los ofrecen como Él dispuso. ¿Y qué es lo que hizo que sus sacrificios fuesen tan viles? Las palabras siguientes nos informan sobre esto: “su alma amó sus abominaciones”.

Es tal la maldad de los solos pecados del corazón, que las Escrituras a veces apuntan a la dificultad para perdonarlos. El corazón de Simón el mago no era correcto. Tenía pensamientos innobles sobre Dios y las cosas del mismo: El apóstol le ordenó “Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizás te sea perdonado el pensamiento de tu corazón”. ¡Las maldades del corazón nunca son poca cosa! Debido a ellas Dios es ofendido y provocado. Es por esta razón, que cada cristiano ha de guardar su corazón con toda diligencia.

2. La sinceridad de nuestra profesión de fe depende mucho del cuidado que tengamos guardando el corazón.

Una persona que no tiene cuidado del área de su corazón, es bastante probable que sea un hipócrita en su profesión cristiana, sin importar lo eminente que sea en el exterior.

Tenemos un ejemplo impactante de esto en la historia de Jehú. 2 Reyes 10:31 dice “Mas Jehú no cuidó de andar en la ley de Jehová Dios de Israel con todo su corazón”. El contexto nos informa del gran servicio realizado por Jehú contra la casa de Acab y Baal, y también la gran recompensa temporal dada por Dios por ese servicio, que alcanzó a sus descendientes hasta la cuarta generación, sentándose estos en el trono de Israel. Sin embargo en estas palabras es censurado como un hipócrita: Aunque Dios aprobó y recompensó la obra, aborreció y rechazó a la persona que lo hizo por ser hipócrita.

¿Dónde vemos la hipocresía de Jehú? En que no se preocupó de andar en los caminos del Señor con su corazón. Es decir, todo lo hizo de manera poco sincera, y por motivos egoístas: y aunque la obra que hizo fue materialmente buena, al no purgar su corazón de esas inclinaciones egoístas mientras las realizaba, se convirtió en un hipócrita. Y aunque Simón parecía una persona a la que el apóstol normalmente no podría rechazar, su hipocresía fue descubierta rápidamente. A pesar de mostrar piedad y apegarse a los discípulos, mortificar los pecados del corazón era algo extraño para él. “Tu corazón no es recto delante de Dios” (Hechos 8:21).

Es cierto que hay una gran diferencia entre los cristianos en cuanto a su diligencia y destreza en lo que respecta al cuidado del corazón. Algunos conversan más con él, y tienen más éxito que otros. Pero el que no presta atención a su corazón y no tiene cuidado de ponerlo bien ante Dios, no es otra cosa que un hipócrita. Ezequiel 33:31 dice “Y vendrán a ti como viene el pueblo, y estarán delante de ti como pueblo mío, y oirán tus palabras, y no las pondrán por obra; antes hacen halagos con sus bocas, y el corazón de ellos anda en pos de su avaricia”. He aquí una compañía de hipócritas formales, como se evidencia de la expresión como pueblo mío, como si fueran, pero no lo son. ¿Y qué los hizo ser así? Su exterior estaba bien. Había posturas reverentes, palabras elevadas, aparente deleite en los mandamientos “tú eres a ellos como cantor de amores” (Ezequiel 33:32), sí, pero en todo ello sus corazones no estaban con Dios, sino dirigidos por sus propios deseos. Iban tras su propia codicia. Si hubiesen guardado sus corazones con Dios, todo habría ido bien. Pero al no importarles en qué dirección iba su corazón cuando estaban cumpliendo con sus deberes, pusieron la semilla de su hipocresía.

Si algún alma recta deduce al leer esto que “soy un hipócrita también, porque muchas veces mi corazón se aparta de Dios en mis deberes; hago lo que puedo, pero no soy capaz de mantener mi corazón cerca de Dios”, le diría que la solución está en esas mismas palabras. Si dices “hago lo que puedo, pero aun así no puedo mantener mi corazón con Dios”, si verdaderamente haces lo que puedes, tienes la bendición de alguien recto, a pesar de que Dios considere adecuado ejercitarte mediante la aflicción de un corazón descompuesto.

En los pensamientos y fantasías de las mejores personas sigue existiendo algo de descontrol para mantenerlas humildes. Pero si se preocupan de evitarlo y de ejercer oposición cuando estos pensamientos aparecen, y se lamentan después de que lo hacen, ya es suficiente para decir que en ellos no reina la hipocresía. Esta preocupación se distingue en parte en colocar la palabra en el corazón para evitar estos pensamientos “En mi corazón he guardado tus dichos, Para no pecar contra ti” (Salmos 119:11). También en los esfuerzos por hacer que el corazón se conecte con Dios y en pedir la gracia de Dios para evitarlo al comenzar con los deberes. Es un buen síntoma el ejercitar tal precaución, y es evidencia de rectitud oponerse a estos pecados tan pronto se levantan. “Odio los pensamientos vanos”. “El Espíritu es contra la carne”. La tristeza revela la rectitud del corazón.

Si, como Ezequías, nos sentimos humillados por la maldad de nuestro corazón, no tenemos razón por ello para cuestionar su integridad. Pero si permitimos que el pecado se instale silenciosamente en el corazón, y dejamos que el corazón se aleje de Dios habitualmente y sin control, es un síntoma verdaderamente peligroso y triste.



3. La belleza de nuestras palabras nace de la disposición divina de nuestros espíritus.

Hay una hermosura y lustre espiritual en la forma de hablar de los santos. Los santos brillan como luces del mundo, pero cualquier hermosura y lustre que haya en sus vidas proviene de la excelencia de sus espíritus, tal como la vela pone el brillo en la linterna en la que brilla. Es imposible que un corazón desordenado y descuidado produzca una conversación bien ordenada. Y como la vida mana del corazón como una fuente, es lógico que tal como es el corazón, así será la vida.

De ahí que 1 Pedro 2:12 diga: “abstenéos de los deseos carnales ... manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles”, buena o hermosa, como la palabra griega implica. Del mismo modo Isaías 55:7 “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos”. Su camino, indica el rumbo de su vida, sus pensamientos, muestra la disposición de su corazón. Y como el rumbo de su vida fluye de sus pensamientos o disposición del corazón, no se puede tener el uno sin el otro.

El corazón es la fuente de todos los actos, y estos actos están virtual y radicalmente contenidos en nuestros pensamientos; estos pensamientos una vez se convierten en afectos, se tornan rápidamente en acciones. Si el corazón es malo, entonces, como dice Cristo “del corazón proceden los malos pensamientos y homicidios” (Marcos 7:21). Notemos el orden: primero son los pensamientos oscuros y llenos de rencor, luego son las prácticas u homicidios.

Y si el corazón es santo, entonces sucede como con David: “Rebosa mi corazón palabra buena; Dirijo al rey mi canto; Mi lengua es pluma de escribiente muy ligero” (Salmos 45:1). Este es el ejemplo de una vida hermoseada con buenas obras. Algunas ya hechas, otras por hacer (Rebosa mi corazón) ambas proceden de una disposición divina de su corazón.

Si disponemos el corazón correctamente, la vida rápidamente lo mostrará. Por los actos y conversación de los cristianos no es difícil discernir en que disposición se encuentran sus espíritus. Tomemos a un cristiano en buena disposición y veremos lo serias, celestiales y aprovechables que serán su conversación y sus obras de fe. ¡Qué agradable compañero será mientras esto continúe! Hará bien al corazón de de cualquiera el estar con él en tales momentos. Salmos 37:30 “La boca del justo habla sabiduría, Y su lengua habla justicia. La ley de su Dios está en su corazón”. Cuando el corazón está levantado hacia Dios y lleno de Dios, incita diestramente a palabras espirituales, mejorando y sacando ventaja de cada situación para algún propósito divino. Pocas palabras se desperdician.

Y ¿cuál es la razón de que las palabras y actos de tantos cristianos se hayan vuelto tan vacíos y poco aprovechables, y que su comunión con Dios y con otros cristianos se haya secado, sino el hecho de que hayan descuidado sus corazones? Seguro esta es la razón de ello, y es un mal por el que hay que lamentar grandemente. De esta forma, la belleza que debería resplandecer de la conversación de los creyentes hacia los rostros y las conciencias del mundo y atraerlo (que, si no los atrae y los enamora del camino de Dios, al menos deja testimonio en su conciencia de la excelencia de estos hombres y su caminar), se pierde en gran medida para el inexpresable detrimento de la fe.

Hubo un tiempo en el que los cristianos se comportaban de tal manera que el mundo se detenía a mirarlos. Su vida y lenguaje estaba hecho de una fibra diferente a la de otros. Sus lenguas revelaban que eran galileos en cualquier lugar al que fuesen. Pero ahora, como hay tantas especulaciones vanas y han surgido tantas controversias infructuosas, el trabajar el corazón y la piedad práctica se ha descuidado tanto entre los que dicen ser creyentes que la situación, tristemente, ha cambiado. Su manera de hablar se ha vuelto como la de otros hombres, y si viniesen entre nosotros podrían “escucharnos hablar en su propia lengua”. Y tengo pocas esperanzas de ver que este mal se corrige y que el prestigio del cristianismo sea reparado hasta que los cristianos hagan sus primeras obras, hasta que se apliquen de nuevo a trabajar el corazón. Cuando la sal del pensamiento centrado en el cielo se aplique a la fuente, las corrientes serán más limpias y más dulces.

4. El consuelo de nuestras almas depende mucho de guardar nuestros corazones

El que es negligente al atender su propio corazón normalmente es un gran extraño a su seguridad de salvación y a los consuelos que proceden de ella. De hecho, si la doctrina antinomiana fuese cierta, que nos enseña a rechazar todas las marcas y signos de nuestro estado, diciéndonos que es el Espíritu el que inmediatamente nos da seguridad dando testimonio de nuestra adopción directamente sin esas marcas, entonces podríamos descuidar nuestros corazones. Podríamos ser extraños para nuestros corazones sin ser extraños a nuestro consuelo. Pero como las Escrituras y la experiencia nos refutan esto, espero que nunca busquemos consuelo de maneras no bíblicas.

No niego que es la obra y oficio del Espíritu el darnos seguridad, sin embargo puedo afirmar con confianza que si alguna vez obtenemos seguridad de la forma ordinaria en que Dios la dispensa, es porque hemos hecho esfuerzo sobre nuestros corazones.

Podemos esperar que el consuelo llegue de manera más fácil, pero si alguna vez lo disfrutamos de otra forma, estoy equivocado. Sobre toda cosa guardada y probaos a vosotros mismos, este es el método de las Escrituras.

Un distinguido escritor, en su tratado sobre el pacto, nos cuenta que conocía a un cristiano que, cuando era un niño espiritual, gemía con tanta vehemencia buscando la seguridad infalible del amor de Dios que, durante mucho tiempo deseaba fervientemente oír una voz del cielo. A veces, caminando en los campos a solas, deseaba con ansias alguna voz milagrosa de los árboles y las piedras. Esto le fue negado después de muchos deseos y anhelos. Pero, a su tiempo, algo mejor le fue concedido en la manera ordinaria de escudriñar la palabra y su propio corazón.

Una persona culta nos da otro ejemplo similar de alguien que estaba siendo llevado por la tentación a los límites de la desesperación. Finalmente, al conseguir estar establecido y asegurado, alguien le preguntó cómo lo había conseguido, y él respondió: “No fue por una revelación extraordinaria, sino sujetando mi entendimiento a las Escrituras y comparando mi corazón con ellas”.

El Espíritu nos asegura desde luego, testificando de nuestra adopción. Y testifica de dos maneras. Una es objetiva, produciendo aquellas gracias de nuestra alma que son la condición de la promesa. De esa forma el Espíritu y las gracias en nosotros son una: El espíritu de Dios habitando en nosotros es una marca de nuestra adopción. Ahora bien, el Espíritu puede ser discernido por sus operaciones en lugar de por su esencia. Discernir estas acciones es discernir el Espíritu, y no puedo imaginar cómo discernirlas sin una búsqueda y vigilancia diligente en el corazón.

La otra forma en que el Espíritu da testimonio es efectiva, es decir, irradiando el alma con una gracia que descubre la luz, resplandeciendo sobre su propia obra, y esto en el orden natural de las cosas, sigue al trabajo anterior: primero infunde la gracia, y luego abre los ojos del alma para verla. Como el corazón es el sujeto de esa gracia, incluso este testimonio del Espíritu incluye la necesidad de guardar con cuidado nuestros corazones, ya que un corazón descuidado está tan confuso y oscurecido que la poca gracia que hay en él normalmente no puede discernirse. Los cristianos más precisos y laboriosos a veces encuentran difícil descubrir la obra pura y genuina del Espíritu en sus corazones. ¿Cómo podrá entonces el cristiano que es negligente en trabajar su corazón ser capaz de descubrir la gracia?

La sinceridad, que es lo que se busca, yace en el corazón como una pequeña pieza de oro en el fondo de un río. El que la encuentra ha de quedarse hasta que el agua es clara, y entonces la verá resplandecer en el fondo. Para que el corazón esté claro y asentado, ¡cuántos dolores, vigilancia, cuidado y diligencia se requieren!

Dios normalmente no da a las almas negligentes el consuelo de la seguridad, Él no parece avalar la pereza y el descuido. Él da seguridad, pero según su forma. Su mandato ha unido nuestro cuidado y nuestro consuelo. Están equivocados los que piensan que la seguridad puede obtenerse sin trabajo.

¡Cuántas horas solitarias ha pasado el pueblo de Dios examinando su corazón! ¡Cuántas veces han mirado la Palabra y luego sus corazones! En ocasiones pensaron haber descubierto sinceridad, y estaban incluso listos para extraer la conclusión triunfante de su seguridad, para luego aparecer una duda que no podían resolver y destruirla por completo. Muchas esperanzas, temores, dudas y razonamientos han tenido en su pecho antes de llegar a un cómodo reposo.

Pero supongamos que es posible que un cristiano descuidado pueda lograr la seguridad. Aun así sería imposible para él retenerla por mucho tiempo, porque hay una posibilidad entre mil de que alguien cuyo corazón está lleno del gozo de la seguridad retenga mucho tiempo ese gozo, a menos que se emplee un cuidado extraordinario. Un poco de orgullo, vanidad o descuido destruirá en pedazos todo por lo que ha pasado tanto tiempo trabajando en tan cansada labor.

Como el gozo de nuestra vida y el consuelo de nuestra alma se elevan y caen con nuestra diligencia en este trabajo, guardemos el corazón sobre toda cosa guardada.

5. La mejora de nuestras gracias depende de guardar nuestros corazones

Nunca he sabido de una gracia que crezca en un alma descuidada. Los hábitos y las raíces de la gracia están plantadas en el corazón, y cuanto más profundamente plantadas están, más floreciente es la gracia. En Efesios 3:17 leemos sobre estar “arraigados” en la gracia; la gracia en el corazón es la raíz de cada palabra llena de gracia en la boca, y de cada obra santa en las manos. Es verdad, Cristo es la raíz de un cristiano. Pero Cristo es la raíz que da origen, y la gracia es la raíz originada, plantada e influenciada por Cristo; y según esta crece bajo la influencia divina, los actos de gracia son más o menos fructíferos o vigorosos.

Ahora bien, si el corazón no se guarda con cuidado y diligencia, estas influencias fructíferas se detienen y son cortadas. Multitud de vanidades caen sobre ellas y devoran su fuerza. El corazón es, por así decirlo, el recinto en el que multitud de pensamientos se alimentan cada día. Un corazón en gracia guarda diligentemente y alimenta muchos pensamientos sobre Dios en un día. “¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos! Si los enumero, se multiplican más que la arena; Despierto, y aún estoy contigo” (Salmos 139:17-18) Conforme el corazón los alimenta, estos se renuevan y alegran el corazón. “Como de meollo y de grosura será saciada mi alma, Y con labios de júbilo te alabará mi boca” (Salmos 63:5).

Pero en el corazón descuidado multitud de pensamientos vanos y necios trabajan continuamente y dejan de lado los pensamientos espirituales sobre Dios en los cuales el alma debería refrescarse. Además, el corazón descuidado no saca provecho de ningún deber u ordenanza que realiza o a la que asiste, aunque estas sean los conductos del cielo por los que se derrama la gracia y esta produce su fruto. Una persona puede ir con un espíritu falto de atención de una ordenanza a otra, ponerse todos los días bajo la mejor enseñanza, y nunca mejorar a causa de ello, porque un corazón descuidado es como una fuga en el fondo de un cubo, no habrá influencias celestiales, por ricas que estas sean, que puedan permanecer en un alma como esa.

Cuando la semilla cae sobre el corazón que es común y está abierto como una calzada libre para todos los viajantes, los cuervos vienen y la devoran. ¡No! No basta con oír a menos que cuidemos como oímos; una persona puede orar y nunca mejorar a menos que sea vigilante en la oración. En una palabra, todos los medios son bendecidos para mejorar la gracia, según el cuidado y lo estrictos que seamos en guardar nuestros corazones en los mismos.

6. La estabilidad de nuestras almas en tiempo de tentación depende del cuidado que ejerzamos al guardar nuestros corazones

El corazón descuidado es una presa fácil para Satanás en el auge de la tentación. Sus principales ataques se levantan contra el corazón. Si logra ganar el corazón, lo gana todo, porque este es el que dirige al hombre entero. Y ¡Cuán fácil conquista es un corazón descuidado! Sorprender un corazón así no es más difícil que el hecho de que un enemigo entre en una ciudad cuyas puertas están abiertas y sin guardia. Es el corazón vigilante el que descubre y suprime la tentación antes de que se haga fuerte.

Los estudiosos observan que este es el método por el que las tentaciones maduran y llegan a tener toda su fuerza. Está la excitación que produce el objeto, o el poder que tiene para provocar nuestra naturaleza corrupta; esto se produce por la presencia física del objeto o por la especulación cuando el objeto (aun estando ausente) se sostiene frente a nuestra alma mediante la imaginación. Luego sigue el movimiento del apetito producido por el engaño que lo representa como un bien sensual. Después la mente reflexiona sobre los mejores medios para conseguirlo. Lo siguiente es la decisión, o la elección de la voluntad, y, por último, el deseo o el pleno involucramiento de la voluntad con ello. Todo esto puede suceder en un breve instante, ya que los movimientos del alma comienzan y terminan rápido. Cuando se llega así de lejos, el corazón ya ha sido ganado. Satanás ha entrado victorioso y colocado sus insignias sobre las paredes del fuerte real. Pero si el corazón se hubiese guardado al principio, nunca se habría llegado a esto. La tentación hubiese sido detenida en el primer o segundo acto.

Y, de hecho, en esos primeros actos se detiene fácilmente, ya que, con el movimiento de un alma tentada a pecar, sucede como con una roca cayendo por una colina: se la detiene fácil al principio, pero una vez que se pone en marcha, va adquiriendo fuerza en el descenso. Por tanto, lo más sabio es vigilar los primeros movimientos del corazón para detectar y detener el pecado allí. Estos movimientos de pecado son débiles al principio. Un poco de cuidado y vigilancia pueden prevenir muchos males. Pero el corazón descuidado, al no prestar atención a esto, entra en el poder de la tentación como los sirios entraron ciegos en medio de Samaria antes de que supiesen que estaban allí.



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Tiempos que requieren un cuidado especial del corazón



Espero que estas consideraciones convenzan a mis lectores de que es importante guardar el corazón con toda diligencia. Procedo en tercer lugar a considerar esas temporadas especiales en la vida de un cristiano que requieren nuestra mayor diligencia en el cuidado del corazón, aunque (como se observó antes) el deber siempre nos obliga y no hay momento o condición de la vida en que podamos excusarnos de esta obra; sin embargo, hay temporadas señaladas, horas críticas que requieren una mayor vigilancia sobre el corazón.

1. El tiempo de prosperidad



Cuando la providencia nos sonríe. En ese tiempo, cristiano, guarda tu corazón sobre toda cosa, porque estará muy inclinado a crecer en seguridad en sí mismo, en orgullo, y en volverse terrenal. Bernard dice: “Ver a un hombre humilde en tiempo de prosperidad, es una de las mayores rarezas del mundo”.

Incluso el buen Ezequías no pudo ocultar un temperamento vanaglorioso cuando llegó su tentación, de ahí que se advirtiese a Israel: “Cuando el Señor tu Dios te haya introducido en la tierra que juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob que te daría, en ciudades grandes y buenas que tú no edificaste, y casas llenas de todo bien, que tú no llenaste, y cisternas cavadas que tú no cavaste, viñas y olivares que no plantaste, y luego que comas y te sacies, cuídate de no olvidarte del Señor” (Deuteronomio 6:10-12). Y así sucedió porque “engordó Jesurún, y tiró coces” (Deuteronomio 32:15).

¿Cómo puede entonces el cristiano guardar su corazón del orgullo y la seguridad carnal cuando la providencia le sonríe y confluyen las comodidades creadas por el hombre? Hay varias ayudas para asegurar el corazón frente a las peligrosas trampas de la prosperidad.

En primer lugar, pensemos en las cautivadoras tentaciones que vienen con una condición próspera y agradable. Son pocos, muy pocos los que viviendo en los placeres de este mundo escapan a la perdición eterna. Cristo dice (Mateo 19:24) “es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios”, “Ni muchos poderosos, ni muchos nobles [son llamados]” (1 Corintios 1:26).

Tenemos una buena razón para temblar cuando las Escrituras nos dicen que, en general, pocos son salvos. Mucho más cuando nos dicen que de ese grupo en el que estamos, pocos serán salvos. Cuando Josué llamó a las tribus de Israel a que echaran suertes para descubrir a Acán (Josué 7), no hay duda de que él temió. Cuando se eligió a la tribu de Judá, su temor aumentó. Pero cuando la familia de los de Zera fue elegida, llegó la hora de temblar. Del mismo modo cuando las Escrituras llegan a decirnos que de las personas de tal clase muy pocos van a escapar, es hora de alarmarse.

Crisóstomo dice: “Me pregunto si alguno de los gobernantes se salvará”. ¡Oh cuántos han sido dirigidos al infierno en los carros de los placeres terrenales, mientras que otros han entrado a golpes en el cielo por la vara de la aflicción! ¡Que pocos llegan a Cristo con presentes, como las hijas de Tiro! (Salmos 45:12) ¡Qué pocos de entre los ricos ruegan por su favor!

En segundo lugar, nos puede ayudar a ser más vigilantes y humildes en tiempo de prosperidad el considerar que, entre los cristianos, muchos han sido peores por tenerla.

¡Cuán bueno hubiese sido para algunos de ellos si nunca hubiesen conocido la prosperidad! Cuando nacieron en una condición baja, cuan humildes, espirituales y celestiales eran. Pero al prosperar, ¡que alteración cayó sobre sus espíritus! Así sucedió con Israel. Cuando estuvieron en una baja condición en el desierto, eran “santidad al Señor”. Pero al entrar en Canaán y ser alimentados ricamente el lenguaje fue: “somos libres; nunca más vendremos a ti” (Jeremías 2:31).

Las ganancias externas normalmente se logran con pérdidas internas; así como en una condición humilde sus empleos civiles acostumbraban a tener un cierto sabor a sus deberes religiosos, en una condición exaltada sus deberes normalmente tenían sabor a mundo. Aquel cuyas gracias no son obstaculizadas por sus riquezas, es en verdad rico en gracia. En el mundo hay pocos Josafats, de quien se decía “tuvo riquezas y gloria en abundancia. Y se animó su corazón en los caminos del Señor” (2 Crónicas 17:5-6)

¿No mantendrá nuestros corazones humildes en la prosperidad el pensar en cuánto han pagado muchos hombres piadosos por sus riquezas, que por ellas han perdido aquello que todo el mundo no puede comprar?

En tercer lugar mantengamos humilde nuestro vano corazón con esta consideración: Dios no valora a ningún hombre más por estas cosas. Dios no valora a ningún hombre más por sus excelencias externas, sino por las gracias internas que posee; estas son los adornos internos del Espíritu, que son de gran valor a ojos de Dios. Dios menosprecia la gloria del mundo, y no acepta a nadie por ser una gran personalidad, “sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (Hechos 10:35).

Si el juicio de Dios fuese igual que el del hombre, podríamos valorarnos por esas cosas y afirmarnos sobre ellas. Pero solo somos algo si lo somos según el juicio de Dios. ¿No se mantendrá humilde mi corazón y dejará de vanagloriarse si considero esto?

En cuarto lugar ¿cuántas personas al borde de la muerte han lamentado su necedad al poner su corazón en estas cosas, y han deseado no haberlas conocido nunca? Que terrible fue la situación de Pío Quinto, que murió gritando de desesperación: “Cuando era de baja condición tenía alguna esperanza de salvación, cuando llegué a ser cardenal, comencé a dudarlo mucho; pero después de llegar al papado, no tengo esperanza alguna”.

Otro autor también nos cuenta la triste historia real de un rico opresor, que había amasado una gran fortuna para su único hijo. Cuando iba a morir, llamó a su hijo y le dijo: “Hijo, ¿en verdad me amas?” El hijo respondió que: “la naturaleza así como su indulgencia paternal le obligaban a ello”. “Entonces (dijo el padre) exprésalo en esto: mantén tu dedo en la llama de una vela mientras digo una oración”. El hijo lo intentó, pero no pudo soportarlo. Al verlo, el padre prorrumpió en esta expresión: “No pudiste soportar quemarte un dedo por mí, pero para conseguirte esta riqueza he puesto mi alma en angustia y mi alma y cuerpo deben arder en el infierno por ti. Tu dolor hubiese sido por un momento, pero los míos serán una llama que nunca cese”.

En quinto lugar el corazón puede mantenerse humilde al considerar la naturaleza obstructora que tienen las cosas terrenales sobre un alma que de todo corazón está dedicada al camino hacia el cielo. Nos cierran mucho del cielo en el presente, aunque puedan no cerrarnos el cielo al final.

Si nos consideramos peregrinos en este mundo, y de camino al cielo, tenemos tanta razón para deleitarnos en estas cosas como un caballo la tiene para deleitarse por una pesada carga. En el desprecio ateísta de Juliano había una seria verdad. Cuando arrebataba sus fortunas a los cristianos les decía: “Esto es para que estéis más preparados para el reino de los cielos”.

En sexto lugar, ¿es nuestro espíritu todavía vano y elevado? Entonces hagámosle considerar el día en que se hará recuento, ese día en el que se nos hará recuento de todas las misericordias que hemos recibido. Creo que esto debería asombrar y humillar al corazón más vano que haya jamás habitado el pecho de un santo.

Podemos tener por cierto que el Señor registra todas las misericordias que nos ha concedido, desde el comienzo hasta el fin de nuestras vidas. “Pueblo mío, acuérdate ahora desde Shittim hasta Gilgal” (Miqueas 6:5). Sí, son enumeradas y registradas en orden en una cuenta, y: “a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará” (Lucas 12:48). No somos más que administradores, y nuestro Señor vendrá a tomar cuentas de nosotros, y ¡cuán gran cuenta hemos de hacer, cuando tenemos tanto de este mundo en nuestras manos! Qué gran testigo serán nuestras misericordias contra nosotros, si tenemos un pobre fruto de ellas.

En séptimo lugar, una reflexión que nos hace sentir humildes es considerar que las misericordias de Dios obran sobre nuestro espíritu de forma distinta a lo que lo hacen sobre el espíritu de otros, en los cuales se convirtieron en misericordias santificadas del amor de Dios. ¡Oh, Señor! ¡Qué triste es pensar en esto! Es suficiente para hacernos tumbar en el polvo cuando consideramos que esas mismas misericordias hicieron más humildes a otros. Cuanto más los elevó Dios, más se humillaban ellos ante Él.

Así fue con Jacob cuando Dios le dio tanto: “menor soy que todas las misericordias y que toda la verdad que has usado para con tu siervo; pues con mi cayado pasé este Jordán, y ahora estoy sobre dos campamentos” (Génesis 32:10). También fue así con el santo David. Cuando Dios le hubo confirmado la promesa de construirle una casa y no rechazarlo como hizo con Saúl, él se pone delante del Señor y le dice: “¿quién soy yo, y qué es mi casa, para que tú me hayas traído hasta aquí?” Ciertamente, así lo requería Dios. Cuando Israel le trajo los primeros frutos de Canaán, ellos debían decir: “Un arameo a punto de perecer fue mi padre” (Deuteronomio 26:5).

¿No exaltan otros a Dios cuando Dios los levanta a ellos? Y cuando Dios nos levanta a nosotros ¿Habremos de abusar más de Él y exaltarnos a nosotros mismos? ¡Cuán impía es una conducta como esa!

Otros han sido capaces de dar crédito a Dios por toda la gloria de lo que disfrutan, sin engrandecerse ellos mismos, sino a Dios, por sus misericordias. Así dice David: “Que sea engrandecido tu nombre para siempre, ... y que la casa de tu siervo sea firme delante de ti” (2 Samuel 7:26) Él no devora la misericordia que le ha dado el Señor y le succiona toda su dulzura sin mirar más allá de su propia comodidad. No, él solo se preocupa de la misericordia recibida salvo en el hecho de que Dios sea magnificado en ella. De igual manera cuando Dios lo ha librado de todos sus enemigos dice: “Mi fortaleza y mi cántico es el Señor, Y él me ha sido por salvación” (Salmos 118:14).

Los creyentes del pasado no ponían la corona sobre sus propias cabezas como hacemos nosotros en nuestra vanidad.

Las misericordias de Dios han fundido el corazón de otros en amor al Dios de las misericordias. Cuando Ana recibió la misericordia de un hijo, dijo: “Mi corazón se regocija en el Señor” (1 Samuel 2:1), no en la misericordia recibida, sino en el Dios de la misericordia. De igual modo fue con María: “Engrandece mi alma al Señor; Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador” (Lucas 1:46-47). Esa palabra significa hacer más espacio en el espíritu para Dios; sus corazones no se contraían por lo recibido, sino que se engrandecían para Dios.

También las misericordias recibidas de Dios han servido como restricción para evitar el pecado de otros. Esdras 9:13-14 dice “Ya que tú, Dios nuestro. . . nos diste un remanente como este, ¿hemos de volver a infringir tus mandamientos?” Las almas limpias sienten sobre ellas la fuerza del amor y la misericordia que las obligan.

Las misericordias de Dios hacia otras personas han sido como aceite en los engranajes de su obediencia, y los han equipado más para el servicio. Si las misericordias que hemos recibido tienen el efecto contrario sobre nuestros corazones, tenemos grandes motivos para temer que no hayan llegado a nosotros en amor. Es suficiente para rebajar el espíritu de un creyente el ver el dulce efecto que las misericordias han tenido sobre otros y los amargos efectos que han tenido sobre él mismo.

2. El tiempo de adversidad



Cuando la providencia no nos sonríe y acaba con nuestras comodidades externas, miremos nuestro corazón y guardémoslo con toda diligencia para que no se resienta contra Dios ni desmaye bajo su mano; porque los problemas, aunque sean santificados, siguen siendo problemas.

Jonás era un buen hombre, y aun así ¡cuánto se irritó su corazón bajo la aflicción! Job era un espejo de paciencia, y aun así ¡cuánto se descompuso su corazón en la tribulación!

Cuando nos encontremos bajo grandes aflicciones encontraremos difícil tener un espíritu compuesto. ¡Cuántas prisas e inquietud generan las aflicciones incluso en los mejores corazones! Veamos entonces cómo un cristiano que está bajo gran aflicción puede evitar que su corazón se resienta o desmaye bajo la mano de Dios. Ofreceremos varias ayudas para guardar el corazón que se encuentra en esta condición.

En primer lugar, mediante las circunstancias que se cruzan, Dios está buscando fielmente el gran diseño de su electivo amor sobre las almas de su pueblo, y ordena todas estas aflicciones como medios santificados para conseguir ese objetivo. Las aflicciones no vienen por casualidad, sino por diseño. Por el diseño de Dios son ordenadas como medio para producir a los creyentes un bien espiritual: “De esta manera, pues, será perdonada la iniquidad de Jacob” (Isaías 27:9), “Pero [Dios nos disciplina] para lo que es provechoso” (Hebreos 12:10), “Todas las cosas nos ayudan a bien” (Romanos 8:28).

Las aflicciones son como obreros de Dios en nuestros corazones, que sacan el orgullo y la seguridad carnal de ellos, y haciendo así, su naturaleza es transformada, de forma que se convierten en bienes y beneficios. “Bueno me es haber sido humillado” (Salmos 119:71) dice David.

Por tanto es seguro que no tenemos motivos para reñir con Dios, sino más bien para maravillarnos de que Él se ocupe tanto en nuestro bien que utiliza cualquier medio para cumplirlo. Pablo podía bendecir a Dios si en alguna manera lograba alcanzar la resurrección de los muertos. “Hermanos” dice Santiago, “tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas” (Santiago 1:2).

Nuestro Padre está realizando un sabio diseño sobre nuestras almas, ¿haremos bien entonces en enfadarnos con Él? Todo lo que Él hace es con referencia de algún objetivo glorioso sobre nuestras almas. Es nuestra ignorancia del diseño de Dios lo que nos hace pelear con Él. En ese caso nos dice, como dijo a Pedro: “Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después” (Juan 13:7)

En segundo lugar, aunque Dios se ha reservado la libertad de afligir a su pueblo, ha atado sus manos con la promesa de que nunca apartará su misericordia de ellos (Isaías 54:10).

¿Somos capaces de contemplar esta porción de las Escrituras con un espíritu resentido y descontento? “ Yo le seré a él padre, y él me será a mí hijo. Y si él hiciere mal, yo le castigaré con vara de hombres, y con azotes de hijos de hombres; pero mi misericordia no se apartará de él” (2 Samuel 7:14-15). ¡Oh corazón, corazón orgulloso! ¿Haces bien en estar descontento cuando Dios te ha dado el árbol completo, lleno de ramas de consuelo creciendo en él, solo porque permite que el viento sople y haga caer unas pocas hojas?

Los cristianos tienen dos tipos de beneficios, los beneficios del trono y los del reposapiés. Beneficios movibles e inamovibles. Si Dios ha asegurado unos, nunca dejemos que el corazón se preocupe por la pérdida de los otros. Si hubiese apartado su amor, o sacado nuestras almas del pacto, ciertamente tendríamos motivos para estar entristecidos. Pero no lo ha hecho, ni puede hacerlo.

En tercer lugar, recordar que es nuestro propio Padre el que ordena las aflicciones, es algo de gran eficacia para guardar el corazón de hundirse en medio de ellas. Ninguna criatura mueve su mano o lengua contra nosotros sin su permiso.

Si la copa es amarga, pero es la copa que el Padre nos ha dado ¿cómo podemos sospechar que lo que contiene es veneno? No seamos necios, pongamos el caso en nuestro propio corazón ¿podríamos darle a un hijo algo que lo destruyese? ¡No! antes nos haríamos daño a nosotros mismos que hacerles daño a ellos. “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos...” ¡Cuánto más Dios!

La simple consideración de su naturaleza como Dios de amor, compasión, y tiernas misericordias, o de su relación con nosotros como padre, esposo y amigo debería ser suficiente seguridad incluso si Él no nos hubiese dado palabra para tranquilizarnos en estos casos. Sin embargo, también tenemos su palabra, a través del profeta Jeremías: “no os haré mal”. Estamos demasiado cerca de su corazón para que Él nos dañe, y nada le entristece más que nuestras sospechas infundadas e indignas acerca de sus planes.

¿No se entristecería un médico fiel y de corazón amoroso, cuando después de haber estudiado el caso de su paciente, y haber preparado las más excelentes medicinas para salvar su vida, lo escuchase decir: “¡Oh, me ha descompuesto! ¡Me ha envenenado!”, simplemente porque le produce dolor la operación? Oh, ¿cuándo tendremos un corazón inocente?


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