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CONTENIDO

CAPÍTULO 1: La pregunta de los siglos

Apartado: El Espíritu del Hombre

Apartado: Destino final y rectificación del rumbo: Planeados desde el principio

CAPÍTULO 2: Hijos literales de Dios

Apartado: La familia Dios

Apartado: ¿Adopción o filiación?

Apartado: ¿Qué dijeron los primeros teólogos sobre el potencial divino del hombre?

CAPÍTULO 3: La vida en la familia de Dios

Apartado: La semejanza de Dios

La pregunta de los siglos

¿Por qué existimos? ¿Qué nos depara el futuro? ¿Hay algún propósito o razón para la vida humana? Estas preguntas han dejado perplejos incluso a los más grandes pensadores y filósofos a través del tiempo.

Frecuentemente reflexionamos sobre el significado de la vida. Con su natural curiosidad, los niños preguntan “¿de dónde vine yo?” Y como adultos, especialmente en el ocaso de nuestra vida, tal vez nos preguntemos: “¿Es esta vida física todo lo que hay? ¿Tiene mi vida algún propósito?”

Piense en su propia existencia. ¿Alcanza a ver el propósito de su vida, con todos sus altibajos y su mezcla de alegrías y tristezas? ¿Puede percibir un valor duradero en los afanes, desafíos e incertidumbres de su vida?

¿Por qué nació usted? En las siguientes páginas examinaremos este misterio, uno de los más trascendentales para el hombre.

El papel del hombre en la creación

Una noche hace casi 3.000 años, el rey David ponderaba la aparente insignificancia de los seres humanos comparada con la inmensidad del cielo nocturno. En sus años como pastor de ovejas había pasado muchas noches a la intemperie, contemplando el cielo lleno de estrellas. Fíjese en los pensamientos que él registró en Salmos 8: “Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?” (vv. 3-4).

Al meditar sobre la magnificencia y vastedad del universo, David se preguntó por qué Dios se preocupaba tanto por los seres humanos y su futuro. Él se dio cuenta de que dentro del gran espectro y enormidad del firmamento podemos parecer insignificantes. No obstante, también percibió que en el plan del gran Dios Creador ninguna parte de su creación física se comparaba en lo más mínimo con el propósito que él tiene para los seres humanos.

Al comprender que solamente Dios puede revelar su propósito de habernos creado, David continuó reflexionando sobre el destino del hombre: “Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra. Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies: ovejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo, las aves de los cielos y los peces del mar; todo cuanto pasa por los senderos del mar” (vv. 5-8, énfasis agregado en todo el texto).

David meditaba así sobre el dominio que Dios le dio a la humanidad al momento de la creación, y al hacerlo se valió en parte del mismo lenguaje de Génesis 1:26, donde Dios dice: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra”. Por lo tanto, el hombre fue hecho a la imagen de Dios para reinar sobre su creación.

David se dio cuenta de que Dios ya le había concedido al hombre la capacidad para administrar una importante parte de su creación: nuestro planeta y sus maravillas. Pero él también sabía que había mucho más por venir.

Las palabras de David en el Salmo 8 son citadas posteriormente en Hebreos 2:6-8, con un comentario explicativo al final: “Pero alguien testificó en cierto lugar, diciendo: ‘¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, o el hijo del hombre, para que le visites? Le hiciste un poco menor que los ángeles, le coronaste de gloria y de honra, y le pusiste sobre las obras de tus manos; todo lo sujetaste bajo sus pies’. Porque en cuanto le sujetó todas las cosas, nada dejó que no sea sujeto a él; pero todavía no vemos que todas las cosas le sean sujetas”.

En este pasaje, la palabra “todo” es una traducción del vocablo griego ta panta, o “el todo”, que significa básicamente “el universo”. Esto es lo que Dios ha decidido dejar bajo el dominio del hombre, pero, como se aclara aquí mismo, no todavía.

Es muy posible que mientras contemplaba la grandeza celestial en las alturas, David haya recordado la asombrosa proclamación entregada a través de Moisés de que “el sol y la luna y las estrellas, y todo el ejército del cielo . . . el Eterno tu Dios los ha concedido a todos los pueblos debajo de todos los cielos” (Deuteronomio 4:19).

¡Qué declaración tan asombrosa! Estos versículos revelan que el hombre fue creado para compartir con Dios el dominio sobre todo el universo creado. No obstante, lo descrito es solo un aspecto de una realidad aún más grandiosa.

Más allá de todo lo imaginable

¿Qué quiere decir que Dios haya hecho a la humanidad “un poco menor que los ángeles”? Mientras David observaba el vasto firmamento en las alturas, ¿estaba realmente diciendo que el hombre era sólo un poco inferior a estos seres espirituales inmortales? Como criaturas mortales y físicas estamos muy por debajo de lo que la Escritura revela en cuanto al poder y la gloria de los seres que habitan en el ámbito celestial.

La traducción de “un poco menor” en Hebreos 2:7 que ofrece la Nueva Versión Internacional (NVI) de la Biblia, tal vez sea mejor: “Lo hiciste por un poco de tiempo menor que los ángeles”. Esto parece muy probable si se considera la amplia brecha entre nosotros y el ámbito celestial, y su implicación es sorprendente. Porque si estamos a un nivel existencial inferior al de los ángeles solo temporalmente, ¿qué dice entonces esto del futuro?

Medite nuevamente en lo que Dios dijo en Génesis 1:26: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree . . .” En toda la creación física de Dios, él solamente hizo al hombre a imagen y semejanza suya. Dios le dio solamente al hombre el dominio y control sobre la creación. La humanidad es única dentro de la creación de Dios. ¡Y él ha planificado para nosotros un destino trascendental!

El apóstol Pablo se refirió así al maravilloso plan de Dios: “el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos” (Colosenses 1:26; compare con 1 Corintios 2:7; Efesios 3:9).

A través de los siglos, ha sido imposible para la gran mayoría de las personas comprender el espectacular futuro que Dios tiene guardado para aquellos que desarrollan una relación apropiada con él. Como lo explicó el apóstol Pablo: “Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Corintios 2:9).

¡Las Escrituras nos indican que nuestro propósito en esta tierra puede ser infinitamente superior a cualquier cosa que imaginemos, aun en nuestros sueños más extravagantes! ¿No será tiempo de que le permitamos a Dios explicar —de acuerdo a su Palabra— lo que él tiene planeado para nosotros?

Hay un pasaje profético que nos entrega la primera clave en cuanto a nuestro fantástico futuro. Hablando de la resurrección de los muertos, nos dice que vendrá el tiempo en que “muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua”. Y agrega: “Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad” (Daniel 12:2-3).

Esta es solo una breve alusión al asombroso futuro que Dios ha planeado para nosotros ¡para que vivamos para siempre, radiantes de gloria, como las estrellas fulgurantes!

El Espíritu del Hombre

Los seres humanos tenemos un componente espiritual dentro de nosotros. Como dice Job 32:8, “Ciertamente espíritu hay en el hombre”. Y el apóstol Pablo indicó, “Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre, que está en él?” (1 Corintios 2:11).

Este espíritu del hombre es el que imparte el intelecto humano a nuestros cerebros físicos, creando la mente humana. Esto es lo que hace que las personas sean muchísimo más inteligentes que los animales.

No obstante, este aspecto espiritual de la existencia humana no tiene nada que ver con el concepto del alma inmortal. El espíritu del hombre no tiene vida propia. No es una entidad espiritual que “sigue viva” después de la muerte. Como las Escrituras nos muestran, el espíritu humano no tiene conciencia si está separado del cuerpo, porque el hombre es mortal. Cuando morimos, no tenemos conciencia de nada en absoluto, hasta que llegue ese momento en el futuro cuando Dios coloque nuestros espíritus individuales dentro de los nuevos cuerpos que él nos dará, resucitándonos así a la vida.

El espíritu humano es parte crucial de nuestro destino, porque la unión de éste con el Espíritu de Dios es lo que nos hace hijos de Dios (Romanos 8:16). Y tal como el espíritu humano nos infunde el razonamiento humano, el Espíritu de Dios nos otorga un entendimiento espiritual muy superior (1 Corintios 2:10-16). Nosotros no nacemos con el Espíritu Santo, sino que lo recibimos directamente de Dios después de arrepentirnos y bautizarnos (Hechos 2:38).

Lo que el hombre es actualmente

Antes de que podamos comprender el destino eterno del hombre, necesitamos entender claramente qué es el hombre actualmente. Somos seres físicos, compuestos de unas cuantas sustancias químicas de la tierra. Así es como Dios nos creó: “Entonces el Eterno Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Génesis 2:7).

Pero casi todas las religiones antiguas han enseñado erróneamente que el hombre es una entidad espiritual e inmaterial, confinada a un cuerpo físico por un tiempo limitado. También han enseñado que el hombre tiene una composición dual, es decir, que el ser humano es simultáneamente un cuerpo físico y un alma inmortal.

Aún en la actualidad, la mayoría de la gente cree que después de que nuestro cuerpo físico muere, nuestra “alma” —supuestamente inmortal— continúa existiendo fuera del cuerpo, como una entidad viva y consciente. Esta idea de que tenemos un alma inmortal nunca ha sido enseñada en las Santas Escrituras, sino que la heredamos de las supersticiones de antiquísimas religiones, posiblemente tan antiguas como el Huerto de Edén, cuando Satanás convenció a Eva de que no moriría si desobedecía a Dios (Génesis 3:2-4).

Por el contrario, la Biblia nos dice claramente que nuestra “alma” es mortal y no inmortal, porque puede morir (Ezequiel 18:4, 20; Mateo 10:28). De hecho, las palabras comúnmente traducidas como “alma” en las Escrituras —nefesh en hebreo, en el Antiguo Testamento, y psyjé en griego, en el Nuevo Testamento— se refieren simplemente a criaturas físicas y mortales. Estas palabras son usadas no solo en referencia a los seres humanos, sino que también respecto a muchos tipos de animales, incluyendo aves, reptiles y peces.

La Biblia afirma claramente que la inmortalidad no es algo que ya poseemos. Pablo nos dice concretamente que solo Dios es inmortal (1 Timoteo 6:13-16). Él explica que somos “corruptibles” y “mortales” y que “es necesario que esto mortal se vista de inmortalidad” mediante el cambio de una existencia corruptible a una incorruptible, cuando Jesús retorne al sonar la trompeta final (1 Corintios 15:51-53; compare con 1 Tesalonicenses 4:16; Apocalipsis 11:15).

En la actualidad, los siervos de Dios son aquellos que “buscan gloria, y honra e inmortalidad” (Romanos 2:7), lo que comprueba que todavía no son inmortales. Sin embargo, ellos entienden que al sacrificar su vida por nosotros, Jesucristo “quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio” (2 Timoteo 1:10). La inmortalidad solo es posible por medio del Salvador de la humanidad, Jesucristo (Hechos 4:12).

¡Vemos una vez más que el hombre es mortal, y que la vida humana es transitoria! Somos seres físicos que podemos morir y dejar de existir. Nuestra vida no mora en un alma supuestamente inmortal, y en la Biblia no existe ninguna enseñanza que apoye esta creencia. Cuando morimos, nuestra conciencia se detiene (Salmo 6:5; Eclesiastés 9:5, 10); no se prolonga de otra manera distinta.

Sí hay un elemento espiritual en la existencia del hombre, pero no tiene nada que ver con el concepto de un alma inmortal (vea “El espíritu del hombre”, página 4).

El regalo divino de la vida venidera

Muchos pasajes bíblicos revelan que nuestra única esperanza de vida eterna radica en la resurrección de los muertos con un cuerpo transformado, igual como sucedió con Jesucristo. (Para obtener una explicación detallada sobre lo que realmente ocurre al morir y después de ello, y los numerosos conceptos falsos asociados con la vida después de la muerte, por favor solicite nuestros folletos gratuitos El cielo y el infierno y ¿Qué sucede después de la muerte?).

Por otra parte, la Biblia también afirma claramente que la resurrección a una vida inmortal solo es posible gracias a la benevolente misericordia de Dios: “Porque la paga del pecado es muerte [no vida inmortal de alguna forma o en algún lugar], mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23).

La vida eterna es el regalo que Dios tiene guardado para quienes rechazan el camino del pecado y comienzan a obedecerlo de todo corazón. No es algo que los seres humanos poseen intrínsecamente. Por el contrario, es algo que Dios nos ofrece, siempre y cuando nos apartemos de nuestro antiguo camino pecaminoso y, mediante Jesucristo, aceptemos su perdón y su guía en nuestra vida.

Esto es lo que Dios desea para todos: “Dios nuestro salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:3-4). Él no quiere “que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9). ¡Dios quiere entregarnos su precioso regalo de la vida eterna, y él hará todo lo posible para asegurarse de que recibamos ese destino eterno que él ha planeado para nosotros!

Pero ¿cuál es en realidad ese destino? Estudiemos lo que la Biblia nos revela.

Destino final y rectificación del rumbo: Planeados desde el principio

El apóstol Pablo nos dice que Dios hizo planes para nuestro maravilloso futuro aun antes de crear a nuestros primeros padres, Adán y Eva. Él diseñó nuestro destino “según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos”(2 Timoteo 1:9).

Nuestro futuro eterno fue parte del gran plan y propósito de Dios, incluso antes de que este mundo existiera. Ya en ese entonces Dios había decidido que solo un perfecto Redentor podría llevar a cabo su plan maestro, porque previó que los seres humanos se desviarían del camino que les había trazado.

Al crear al primer hombre y a la primera mujer, Adán y Eva, Dios les dio a escoger entre dos caminos de vida. Les entregó a ambos claras instrucciones para que tomaran del árbol de la vida. Como su creador, Dios quería que ellos desarrollaran una estrecha relación personal con él. El árbol de la vida en el Huerto de Edén simbolizaba una relación basada en la obediencia, que los conduciría a la vida eterna (Génesis 2:9; 3:22).

No obstante, tenían también otra opción—¡una que podría resultar desastrosa! En lugar de escoger la vida mediante la obediencia a Dios, podían optar por una vida de desobediencia a Dios en la que decidirían por sí mismos qué era bueno y qué era malo. Esta alternativa estaba simbolizada por otro árbol del huerto: el árbol del conocimiento del bien y del mal (Génesis 2:16-17; 3:1-6). Dios les ordenó explícitamente no comer de este árbol, pero no les impidió hacerlo, sino que les dio libre albedrío.

Mediante sus deliberadas acciones, Adán y Eva rechazaron el camino de vida que Dios les había ordenado (Génesis 3:6). En lugar de confiar en Dios para que les mostrara la manera correcta de vivir, escogieron el confiar en sí mismos. Se embarcaron así en un camino equivocado, que es una mezcla del bien y el mal.

Como consecuencia de su decisión acarrearon sobre sí mismos la pena del pecado, que es sufrimiento y muerte (Romanos 6:23). Desde aquel momento, la humanidad ha seguido su ejemplo y se ha corrompido por el pecado (Romanos 5:12). Todos han fracasado en seguir el camino revelado de Dios (Romanos 3:23). Hasta nuestros días la humanidad sigue en este mismo camino, que lleva a la muerte (vv. 9-12).

Por este motivo, el plan de Dios contempla un Salvador, el Mesías, “el cordero (sacrificatorio) de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Por medio del sacrificio de Jesucristo los seres humanos pueden ser reconciliados con Dios, y el perdón de sus pecados que Dios les concede anula la pena de muerte (Colosenses 1:20-22).

Gracias al perdón y a la ayuda de Dios, el hombre puede corregir su camino para recibir de él el regalo de la vida eterna (Romanos 6:23; 8:11). El destino del hombre radica en esta vida eterna. (Lea acerca de cómo los seres humanos pueden reconciliarse con Dios en nuestros folletos gratuitos Transforme su vida y El camino hacia la vida eterna).

Hijos literales de Dios

Las Escrituras indican que todas las personas son descendientes de los dos primeros seres humanos, Adán y Eva. Nosotros somos su familia inmediata. Y por haber sido creado directamente a semejanza de Dios, Adán era hijo de Dios (Lucas 3:38; compare con Génesis 5:1-3). Por lo tanto, si somos descendientes de Adán, también somos hijos de Dios. Dios es nuestro Padre porque él engendró a nuestro primer padre humano. Como nos dice Hechos 17:28-29, “Porque linaje suyo somos”.

Sin embargo, el propósito de Dios trasciende la creación de seres mortales y perecederos. Él está en el proceso de modelar y formar “una nueva creación” (2 Corintios 5:17, NVI), engendrando a sus propios hijos espirituales—inmortales e incorruptibles, imbuidos de su misma naturaleza y carácter.

Mientras mejor entendamos lo que esto significa, más nos maravillaremos, no sólo del majestuoso propósito de Dios, sino que también de lo que esto significa para cada uno de nosotros en el plano personal.

Una familia según la imagen de Dios

Pablo explica esta nueva creación haciendo un contraste entre el “viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos”, y la “nueva naturaleza, creada a imagen de Dios y que se distingue por una vida recta y pura, basada en la verdad” (Efesios 4:22-24, versión Dios Habla Hoy).

En este pasaje, Pablo describe una transformación indispensable por la que deberá pasar la humanidad. Esto comprende, primero que nada, un cambio en la naturaleza y el carácter de las personas. El segundo paso es la resurrección, una metamorfosis absoluta mediante la cual se convertirán en seres espirituales capaces de vivir eternamente.

Dios está llevando a cabo esta transformación a través del poder del Espíritu Santo. Uno de los términos que describe esta transformación espiritual es salvación. Pablo se refiere a quienes recibirán esta salvación como a “hijos de Dios”: “El Espíritu mismo [es decir, el Espíritu Santo de Dios] da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (Romanos 8:16-17).

¿Podemos comenzar a entender el significado de esta inspirada declaración de Pablo? Nos explica el por qué estamos aquí, y la razón misma de nuestra existencia, de por qué nacimos. Le da significado a la vida misma, y explica por qué Dios desea que toda la humanidad llegue al conocimiento de la verdad. Las Escrituras nos dicen que Dios está creando una familiasu propia familia. ¡Y nosotros tenemos la incomparable oportunidad de ser parte de ella, de la familia de Dios!

Esta relación familiar, en la que llegaremos a ser hijos de Dios el Padre, ¡es el corazón y la esencia del magnífico plan de Dios para la humanidad!

Desde el comienzo mismo de la humanidad, este propósito ha sido claramente enfatizado por Dios. Fíjese nuevamente en las palabras de Génesis 1: “Entonces dijo Dios: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza’ . . . Y creó Dios al hombre a su imagen; . . . varón y hembra los creó” (vv. 26-27). Tanto hombres como mujeres fueron creados a imagen y semejanza de Dios, para que fueran como él.

Este lenguaje bíblico se refiere a la familia. Notemos que solo después de crear a las plantas y animales para que se reprodujeran “según su género”, Dios dijo “hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” (v. 26). Esto demuestra que el hombre fue creado de acuerdo “al género divino”. De hecho, para ayudarnos a comprender el paralelo de la creación del hombre a la imagen y semejanza de Dios, Génesis 5:3 dice que más tarde, el primer hombre, Adán, “engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen, y llamó su nombre Set”. Así es que Dios estaba esencialmente reproduciéndose a sí mismo a través de la humanidad. Estudiaremos este tema más adelante.

Dios afirma claramente que su familia incluye a personas que ahora son hombres y mujeres físicos, y que son sus hijos e hijas: “pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya que no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:26-28).

Generalmente, y con bastante frecuencia, la Biblia se refiere a los hijos físicos de ambos sexos como “hijos” porque esa era la costumbre en los tiempos en que se escribió la Biblia. Tal costumbre ha continuado en muchos idiomas durante siglos. En los idiomas hebreo y griego, en los que originalmente se escribió la Biblia, la palabra “hijos” por lo general se usaba para referirse a los “descendientes”. De manera similar, nosotros usamos las palabras humanidad y hermanos en un sentido general, para incluir a ambos sexos.

Dios también nos dice “Y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso” (2 Corintios 6:18). Al igual que tanto hombres como mujeres son hijos de Dios por medios físicos, también pueden llegar a ser sus hijos por medios espirituales.

¿Somos verdaderamente los hijos de Dios?

Pero cuando Dios nos llama “sus hijos” y nos instruye para que lo llamemos “nuestro Padre”, ¿está hablando en sentido literal? ¿Está Dios realmente engendrando otra familia semejante a él mediante un proceso reproductivo? ¿O será que esta expresión suya se refiere a que él es también Padre de la raza humana por medio de la creación?

Por ser el creador de todo cuanto existe, Dios es también Padre de los ángeles, y los llama “hijos de Dios” en Job 38:7. No obstante, él desea ser Padre de los seres humanos en un sentido mucho más trascendental, un privilegio que ni siquiera se le ha concedido a los ángeles.

En el libro de Hebreos se puede apreciar esto: “Porque ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: ‘Mi Hijo eres tú, yo te he engendrado hoy’, y otra vez: ‘Yo seré a él Padre, y él me será a mi hijo?’” (1:5). En este versículo se hace una comparación entre la naturaleza de los ángeles y la de Jesucristo, el hijo divino de Dios. Sin embargo, aquí también existe una aplicación a los seres humanos.

Debemos reconocer que como “Hijo unigénito de Dios”, Jesús está en una posición inmejorable (Juan 1:18; 3:16; 1 Juan 4:9). En su calidad de Verbo Divino, él estuvo con el Padre incluso antes de su concepción humana (Juan 1:1-3, 14). Después, mediante el poder del Espíritu Santo proveniente de Dios el Padre, fue concebido de manera sobrenatural como Jesucristo, el ser humano, en el vientre de María, cuando ésta todavía era virgen (Lucas 1:35; Mateo 1:20).

Jesús no tuvo un padre carnal, sino que su padre directo fue Dios el Padre, incluso en el plano físico, por medio del Espíritu Santo. Al mismo tiempo, Jesús también fue engendrado por el Padre (compare con Juan 5:26; 6:63). Y al momento de su resurrección, después de su muerte, Cristo regresó junto a su Padre y a la gloria que habían compartido juntos, habiendo orado así justo antes de morir: “Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Juan 17:5).

Aunque los demás seres humanos no somos concebidos físicamente de la manera sobrenatural en que lo fue Jesucristo, podemos, no obstante, seguir su ejemplo para llegar a ser concebidos espiritualmente por Dios, aun cuando sea en los años posteriores de nuestra existencia física. Los cristianos convertidos también son llamados “nacidos” de Dios (1 Juan 5:1, 18), como hijos de Dios (Juan 1:12; Romanos 8:16, 21; 1 Juan 3:1-2), y, como se explicó anteriormente, como “hijos e hijas” de Dios (2 Corintios 6:18).

En efecto, estos hijos son descritos en 1 Pedro 1:23 como “siendo renacidos, no de simiente corruptible [simiente viene del griego sperma y aquí quiere decir que ellos no provienen de la célula espermatozoide masculina que fertiliza el óvulo femenino para producir la vida mortal y perecedera], sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre”.

Esta vida incorruptible e imperecedera, a la que son guiados por las Escrituras, es el resultado del Espíritu de Dios que él ha implantado en ellos, porque “El que da vida eterna es el Espíritu de Dios” (Juan 6:63, Traducción en Lenguaje Actual). De hecho, el Espíritu Santo es el agente de la concepción espiritual. Note una vez más las palabras de Pablo en Romanos 8:16: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios”. Y por medio de ese Espíritu, se hace posible que nosotros seamos “participantes de la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4), la misma naturaleza de Dios.

Volviendo al libro de Hebreos, debemos comprender que aunque la expresión “ser engendrados por Dios” no se aplica a los ángeles, sí se aplica a Jesucristo, y no solamente a él, sino que también a sus seguidores. Se nos dice que los ángeles son “espíritus dedicados al servicio divino, enviados para ayudar a los que han de heredar la salvación” (1:14, NVI).

Estos seres humanos convertidos son los hijos de Dios, los hermanos de Cristo, que al igual que él, son engendrados de Dios. Además, se nos dice que Cristo va a “llevar muchos hijos a la gloria . . . Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos [es decir, como mencionan otras traducciones, del mismo padre o de la misma familia]; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos” (2:10-11).

Jesús es el “primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8:29). Éstos deben ser “nacidos del Espíritu” (Juan 3:6) para llegar a ser como él, que ahora, como “espíritu vivificante” (1 Corintios 15:45), se sienta “a la diestra de Dios” (Hebreos 10:12).

De hecho, ellos se unirán a Jesucristo en gloria y majestad como “hijos de la resurrección” (Lucas 20:36), siendo Cristo “el primogénito de entre los muertos” (Colosenses 1:18; Apocalipsis 1:5).

Todo esto deja muy en claro que los cristianos convertidos por el Espíritu se convierten en hijos de Dios, verdadera y literalmente, gracias a una regeneración espiritual—siendo nacidos otra vez a nueva vida por medio del Espíritu Santo. Así es que Dios está gestándonos según su “género”, como se afirma en Génesis 1 —no solo como modelos físicos de sangre y carne, sino que también como entidades espirituales iguales a él (Juan 4:24). Algunas personas se valen de unos cuantos versículos para afirmar que los cristianos son hijos de Dios adoptados y no sus verdaderos hijos concebidos por él mismo, pero esto está basado en un malentendido (vea “¿Adopción o filiación?”, página 16)

Seremos como Jesucristo

Ahora que ya hemos reconocido que estamos hechos a la imagen de Dios y que debemos seguir los pasos de Jesucristo para entrar en esa gloria futura, examinemos más a fondo lo que esto significa. ¿Qué tanto nos pareceremos a Dios, a fin de cuentas?

¡El propósito de Dios es convertirnos en fieles copias de Jesucristo! En Efesios 4, Pablo enfatiza muy bien este punto. Él explica que los miembros de la Iglesia de Dios deben llegar “a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (v. 13). El comentario de Pablo en Gálatas 4:19, “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros”, expresa el mismo concepto con distintas palabras.

¿Alcanza usted a vislumbrar el significado de lo que Pablo está diciendo cuando explica que tendremos la plenitud de Cristo? Según el apóstol, podemos llegar a ser totalmente iguales a Jesucristo, con su mismo carácter desarrollado en nosotros. Sin embargo, ¡eso no es todo!

Como hemos visto, Jesús, el Hijo de Dios, es además Dios el Hijo. Él es Dios junto con Dios el Padre—dos seres divinos ligados en profunda unidad.

Considerando que Jesucristo es el Hijo de Dios, nuestro destino también es ser hijos inmortales de Dios. Por supuesto que Jesús es el Hijo de Dios de una manera única, como ya hemos visto. Contrariamente a nosotros, él ha sido el Verbo de Dios por toda la eternidad, junto a su Padre (Juan 1:1). No obstante, el Nuevo Testamento declara que Jesús es también, como ya hemos visto, “el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8:29) y enfatiza que sus seguidores son también los hijos de Dios.

El apóstol Pablo explica el verdadero significado de sus palabras: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios . . . Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3:1-3).

Los seres humanos que formen parte de la familia que Dios está creando serán finalmente seres espirituales glorificados, semejantes al Jesucristo resucitado (Filipenses 3:20-21) que reina sobre el universo, en su estado glorificado, a la diestra de Dios el Padre. A esto se refiere la descripción de Daniel, de que los justos en el futuro “resplandecerán . . . como las estrellas a perpetua eternidad” (Daniel 12:2-3) ¡Los seres humanos resucitados a vida eterna serán como Jesucristo glorificado!

Pero ¿qué significa esto en realidad? Piense en que los hijos humanos son como sus padres y como sus hermanos y hermanas. Todos ellos pertenecen al mismo tipo o género de seres—al de los seres humanos. De la misma manera, los hijos de Dios finalmente serán como él y como Jesucristo, su hermano divino.

Jesucristo, Dios el Hijo, es como Dios el Padre, con la misma clase de gloria y poder. Estos versículos de las Escrituras nos dicen que los otros hijos de Dios, aquellos que serán glorificados al momento de su resurrección, ¡serán como el Padre y como Cristo! Además, pertenecerán a la misma clase de seres representada por Dios el Padre y Jesucristo: ¡seres divinos, por difícil que ello parezca!

Según se nos explica en la Palabra de Dios, el asombroso potencial de cualquier ser humano parece tan increíble, que la mayoría de las personas no puede entender esta verdad bíblica cuando la lee por primera vez. Y aun cuando en la Biblia se explica claramente, la gente generalmente la pasa por alto. De hecho, este magnífico futuro encarna todo el propósito y la razón por los cuales Dios hizo a la humanidad. ¡Ésta es la razón de por qué nacimos y por qué existimos!

La familia Dios

Las Escrituras indican claramente que hay un solo Dios (Isaías 46:9; Malaquías 2:10; Romanos 3:30: Santiago 2:19). Sin embargo, es evidente que ese Dios único comprende más de un ser, viviendo juntos como una familia divina (compare Efesios 3:14-15), donde la familia humana es un modelo físico.

En el Antiguo Testamento, la palabra hebrea traducida como “Dios” es Elohim, un sustantivo plural que indica más de un ser todopoderoso—esencialmente, significa “dioses”. Sin embargo, cuando se refiere al verdadero Dios de Israel su uso se vuelve singular, en cuyo caso se acompaña de verbos y adjetivos también singulares. Cuando tales pasajes bíblicos son citados en el Nuevo Testamento, la palabra griega usada para traducir el término Elohim es la palabra singular Theos, que significa “Dios”.

En el español existe un ejemplo parecido de un sustantivo que es plural en su forma, pero singular en su uso: el nombre nacional Estados Unidos. Mientras que la forma plural representa una comunidad de estados, el uso singular muestra que sus estados constituyentes forman una unidad. Podemos decir “los Estados Unidos va a intervenir”, pero no “los Estados Unidos van . . .” Por lo tanto, hay un Estados Unidos compuesto de una pluralidad de estados, unidos bajo ese nombre. De la misma manera, en dos lugares del libro de Génesis, en vez de usar los pronombres singulares “yo” o “mi”, Dios usa los pronombres pluralesnosotros” o “nuestros” (1:26; 3:22). El Nuevo Testamento revela a dos seres como Dios—Dios el Padre y El Verbo, aquel que llegó a ser Jesucristo (Juan 1:1-3, 14).

El título de Cristo, como El Verbo, se refiere a su posición como aquel que habla y actúa de parte del Padre (compare Juan 8:26-28; 12:49-50; 14:10). Numerosos pasajes bíblicos se refieren a Jesucristo como a “Dios” (Isaías 9:6; Juan 20:28; 1 Timoteo 3:16; Tito 2:13; Hebreos 1:8-9).

El aspecto plural de Dios a menudo se utiliza como evidencia para respaldar la teoría de la trinidad, que sostiene que Dios está conformado por tres personas distintas (Padre, Hijo y Espíritu Santo) en un solo ser. Sin embargo, esta idea se contrapone a la razón y a la lógica.

Aún más importante, esta teoría no es bíblica. Una vez más vemos que Dios —es decir, la familia Dios— actualmente comprende a Dios el Padre y a Dios el Hijo, Jesucristo. El Espíritu Santo nunca se menciona en las Escrituras como una tercera persona que a la vez es Dios. Por ejemplo, el apóstol Pablo dice que debemos aspirar a entender el “misterio de Dios el Padre y de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Colosenses 2:2-3). Aquí no hay ninguna mención del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo no es una persona, sino que es el poder, la mente, la vida y la esencia compartida de Dios (Compare Lucas 24:49; Hechos 1:8; Romanos 15:13; Romanos 8:27; 1 Corintios 2:16; Juan 4:24; 5:26; 6:23).

Además, contrariamente a la perspectiva trinitaria, en que el Padre y el Hijo son copartícipes en autoridad (junto con el Espíritu Santo), Jesucristo no solo dijo, “mi Padre . . . es mayor que todos” (Juan 10:29), sino que también dijo, “el Padre mayor es que yo” (14:28; vea también 1 Corintios 11:3; 15:27-28).

La doctrina de la trinidad ha sido responsable en gran manera de oscurecer la verdad pura de las Escrituras, de que Dios es una familia. Dios es el nombre del Padre, y es también el nombre del Hijo —además del nombre de ambos juntos. Por otra parte, Dios quiere que su nombre familiar también sea el nombre de los otros hijos que él está en proceso de traer a su gloria, como se explica en el resto de este folleto.

Ireneo, un obispo del segundo siglo, tenía razón cuando comentó: “No hay nadie más llamado Dios en la Escrituras excepto el Padre de todos, y el Hijo, y aquellos que poseen la adopción [es decir, la filiación como hijos de Dios]” (Contra los Herejes, libro 4, prefacio; compare el libro 3, cap. 6). Note que no hay aquí ningún indicio de una fórmula trinitaria en este primer período. Esta doctrina no fue formulada sino hasta muchos años más tarde.

Una vez más vemos que Dios es una familia, que en el presente consiste de dos seres divinos, el Padre y Cristo, pero que en el futuro contará con más integrantes que se incorporarán y que del mismo modo llevarán el nombre de la familia. De hecho, la familia humana fue diseñada como un modelo a menor escala de esta realidad espiritual superior. El matrimonio es otra manifestación de esto, porque la intención de Dios es que aquellos que son añadidos a su familia entren en una relación matrimonial divina con Jesucristo, al ser el pacto humano diseñado según un nivel divino superior (compare Efesios 5:22-23; Apocalipsis 19:7-9).

Para aprender más sobre lo que la Biblia tiene que decir respecto a estos temas, asegúrese de leer nuestros folletos gratuitos La verdadera historia de Jesucristo y ¿Quién es Dios?.

¿Son ustedes dioses?

Vayamos al meollo de este tema. En tiempos de Jesús, los judíos lo acusaban de blasfemo porque afirmaba ser el Hijo de Dios: “porque tú, siendo hombre, te haces Dios” (Juan 10:33).

Fíjese en esta intrigante respuesta: “Jesús les respondió: ¿No está escrito en vuestra ley [en Salmo 82:6]: ‘Yo dije, dioses sois?’ Si [Dios] llamó dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y la Escritura no puede ser quebrantada), ¿al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: ‘Tú blasfemas’, porque dije: ‘Hijo de Dios soy?’” (Juan 10:34-36).

En otras palabras, Cristo les dijo: “¿Si la Escritura claramente llama dioses a los seres humanos, por qué se molestan si yo declaro que soy el Hijo de Dios?”

Pero ¿son realmente dioses los seres humanos? ¿Qué quiso decir él con eso?

En Salmos 82:6, la escritura que Jesús citó, Dios les dice a los seres humanos: “Yo dije: ‘Vosotros sois dioses, y todos vosotros hijos del Altísimo’”. Aquí, la clave se encuentra en la palabra hijos, como hemos visto en otros versículos. Debemos entender que Dios es una familia—una familia divina compuesta por más de una persona. Hay un Dios (la familia Dios) constituida por más de un ser divino (vea “La familia ‘Dios’”, página 12).

Como se explicó anteriormente, desde un comienzo la familia “Dios” comprendía dos seres divinos: Dios y el Verbo. Este último se convirtió en sangre y carne como Jesucristo, el Hijo de Dios, hace 2.000 años (Juan 1:1-3, 14). Después de vivir y morir como ser humano, Jesús resucitó a una existencia espiritual divina como “primogénito de entre los muertos” (Colosenses 1:18) y “primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8:29). Por lo tanto, Jesús nació espiritualmente al resucitar, como el primero entre muchos “hermanos” o hijos que vendrían en el futuro.

Nuevamente, como lo indicamos al comienzo de este capítulo, Hechos 17:28-29 afirma que los seres humanos son “linaje” de Dios (la palabra griega genos aquí significa “linaje”, “raza”, “especie”, “estirpe” o “familia”). Como vimos en Génesis 1, el propósito de Dios al crear al hombre a su propia imagen y semejanza era el de hacerlo conforme al “género de Dios”, para reproducirse a sí mismo por medio de la humanidad.

Salmos 82 es mucho más fácil de entender en este aspecto. En el versículo 6, la palabra dioses se compara con “hijos del Altísimo”. Esto tiene mucho sentido, porque cuando cualquier tipo de ser produce descendientes, éstos son de su misma clase o género. Los descendientes de los gatos son gatos. Los descendientes de los perros son perros. La progenie de los seres humanos son seres humanos. Los descendientes de Dios son, en las propias palabras de Cristo, “dioses”.

Sin embargo, aquí debemos tener mucho cuidado. Los seres humanos no son dioses en el sentido literal de la palabra, al menos no todavía. De hecho, las personas inicialmente ni siquiera son realmente hijos de Dios, excepto en el sentido de que él creó a la humanidad y la hizo a su propia imagen y semejanza.

Dios es un espíritu eterno. Los seres humanos son carne mortal, pero con un componente espiritual, como vimos anteriormente. Ese componente es el espíritu humano, que nos otorga entendimiento. Esta diferencia entre Dios y los seres humanos es de gran importancia.

Salmos 82 se refiere a los seres humanos como dioses, en el sentido de ser descendientes de Dios y cuyo deber es representarlo a él en autoridad y justicia en toda la tierra, pero declara que, no obstante, todavía son imperfectos y sujetos a corrupción y muerte. Por lo tanto, son de la familia divina, pero sólo en un sentido limitado.

Una de las explicaciones de esto es que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, pero en un plano físico y mortal, con dominio limitado; parecido a Dios, pero sin su gloria ni su carácter divino. Otro de los aspectos de esto es que el hombre tiene el potencial máximo de convertirse en la misma especie divina a la que pertenecen el Padre y Jesucristo.

De hecho, Dios a menudo “llama las cosas que no son, como si fuesen” (Romanos 4:17), considerando sus propósitos como si ya se hubieran realizado. Increíblemente, el propósito de Dios es elevar a los seres humanos de esta existencia carnal al mismo nivel de existencia espiritual que él tiene, como veremos a continuación.

¿Adopción o filiación?

Como explica este folleto, las Escrituras revelan que el propósito del hombre es ser procreado por Dios en un sentido real, con su Espíritu Santo implantado en nuestras mentes para engendrarnos como sus propios hijos. Sin embargo, unos cuantos versículos del apóstol Pablo han sido usados para afirmar que Dios nos adopta en lugar de engendrarnos directamente como sus hijos. ¿Cuál es la diferencia entre ambas cosas? ¿Y cuál es la verdad de este asunto?

Como comúnmente se traduce, Romanos 8:15 dice que los cristianos “habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” El versículo 23 dice que nosotros, “que tenemos las primicias del espíritu, también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo”. El siguiente capítulo, de acuerdo a la mayoría de las traducciones hispanas de la Biblia, dice que Israel, la nación de Dios, recibió la promesa de “adopción” (9:4). De manera parecida, tanto Gálatas 4:5 como Efesios 1:5 usan la frase “adopción como hijos” para la categoría que Dios nos otorga.

Otras versiones, sin embargo, usan el término “filiación” (Recobro del Nuevo Testamento) o su equivalente, en Romanos 8:15. El Diccionario Expositivo Completo de Palabras del Antiguo y Nuevo Testamento, de Vine (1985) explica que la palabra griega original aquí es “huiothesia . . . de huios, ‘un hijo’ y thesis, ‘un puesto’, semejante a tithemi, ‘colocar o poner’; es decir, colocar a alguien como hijo. Los eruditos han observado que esta palabra se usaba ocasionalmente en el griego antiguo en relación a la adopción, por lo que su uso se considera apropiado.

“Adopción” significa acoger a un hijo de otros padres como nuestro propio hijo o hija. Es un acto muy noble el proveer un hogar y una familia a alguien que lo necesite, y generalmente es una gran bendición tanto para los padres adoptivos como para el hijo adoptado. Hay muchos que aceptan y aman a sus hijos adoptados tanto como a los biológicos, y deben hacerlo, porque él o ella es un ser humano hecho a semejanza de Dios. (Tome en cuenta que Jesucristo mismo fue básicamente adoptado por José, que no era su padre verdadero, sino que Dios el Padre).

Sin embargo, surgen problemas al aplicar la terminología de adopción a nuestra relación con Dios. Algunos se imaginan que somos transferidos de nuestra paternidad biológica o de la paternidad del demonio (vea Juan 8:44), a Dios como nuestro nuevo padre. Sin embargo, todos los seres humanos son esencialmente el linaje de Dios desde el comienzo, aun en el aspecto biológico (Hechos 17:28-29), igual como él fue el padre de Adán y Eva al crearlos (Lucas 3:38) y porque él está involucrado en el proceso de procreación en el vientre (Salmo 139:13-16).

Satanás ha sido un padre para los seres humanos solo en el sentido de ejercer dominio e influencia sobre ellos para moldearlos a su manera. Pero en realidad, los seres humanos son hijos legítimos de Dios, y él los redime (los compra de nuevo) mediante su plan de salvación. Más aún, cuando Dios nos engendra espiritualmente como sus propios hijos, como un producto de su propio ser, esto de ninguna manera se compara con la adopción.

El comentarista bíblico Vine afirma: “La expresión ‘adopción de hijos’ de la Biblia King James (Nota nuestra: equivalente a la Reina-Valera en español) es una traducción equivocada y engañosa. Dios no ‘adopta’ a los creyentes como hijos, sino que son engendrados como tales por su Espíritu Santo mediante la fe”. Es muy importante que reconozcamos esto, porque afecta nuestro futuro de manera directa. En la adopción humana, los hijos adoptados son tan humanos como sus nuevos padres, pero sólo porque los niños fueron adoptados de otros padres humanos que los procrearon físicamente. Pero si Dios solamente nos adoptara y no nos engendrara a su imagen, seríamos seres de una clase muy distinta a la suya, porque no nos estaría adoptando de otros padres de su misma clase, la clase divina. Esto se podría comparar tal vez con adoptar una mascota como miembro de la familia (aunque en este caso, la mascota sería capaz de hablar).

Desafortunadamente, esto es lo que más se acerca a lo que muchos se imaginan—que somos y seremos eternamente seres diferentes e inferiores a Dios. Así es que no tienen ningún problema en interpretar la palabra griega como “adopción” en los versículos que hemos visto. Pero esta noción del propósito de Dios no es verdadera, ya que la Escritura afirma claramente que Dios en realidad nos engendra espiritualmente según su propia imagen, con la intención de que finalmente lleguemos a pertenecer a la misma especie de seres de la cual él y Jesucristo son parte ahora.

¿De qué estaba hablando Pablo, entonces? Aunque la palabra huio-thesia (colocar o establecer a alguien como hijo) indudablemente se aplicaba a la adopción, Pablo obviamente estaba usándola en otro sentido.

Podemos comenzar a ver lo que él quiso decir en Gálatas 4:1-5, donde la Biblia Dios Habla Hoy habla traduce el término como “derechos de hijos de Dios”. Note el significado de esto en el contexto: “Lo que quiero decir es esto: Mientras el heredero es menor de edad, en nada se diferencia de un esclavo de la familia, aunque sea en realidad el dueño de todo. Hay personas que lo cuidan y que se encargan de sus asuntos, hasta el tiempo que su padre haya señalado. Lo mismo pasa con nosotros: cuando éramos menores de edad, estábamos sometidos a los poderes que dominan este mundo. Pero cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a su Hijo, que nació de una mujer, sometido a la ley de Moisés, para rescatarnos a los que estábamos bajo esa ley y concedernos gozar de los derechos de hijos de Dios”.

Note que en esta comparación, aquel que recibe el huiothesia (el otorgamiento de su derecho como hijo) ya era hijo de su padre, del que estaba entregándole ese derecho. Por lo tanto, esta circunstancia no tenía que ver con adopción.

El lenguaje figurado de Pablo encaja muy bien con el mundo romano de entonces. El historiador Will Durant nos dice: “El niño se encontraba inmerso en la más básica y característica de las instituciones romanas—la familia patriarcal. El poder del padre era prácticamente absoluto . . . En los inicios de la república, él era el único miembro de la familia que tenía derechos legales . . . Sobre sus hijos, tenía el poder de la vida, de la muerte, y de venderlos como esclavos” (The Story of Civilization [Historia de la civilización], Vol. 3: Caesar and Christ, 1972, p. 57). Ya en los tiempos de Pablo esto se había flexibilizado un poco, pero todavía era la regla general.

Durante los años de la adolescencia de un muchacho, su padre determinaba cuándo era tiempo para que él pasara de la niñez a la edad adulta, generalmente alrededor de los 14 años o un poco más. En una ceremonia pública formal, habiéndose despojado de su toga infantil, se presentaba ataviado con la toga virilis (toga de la virilidad), la marca de su ciudadanía y su derecho a votar en la asamblea:

“Cuando el muchacho estaba listo, comenzaba la procesión rumbo al Foro. El padre reunía a sus esclavos, sus empleados, clientes, parientes y amigos, usando toda su influencia para que la escolta de su hijo fuera numerosa e imponente. En el Foro se agregaba el nombre del muchacho a la lista de ciudadanos, y se le extendían formalmente las felicitaciones . . . Finalmente, todos regresaban a la casa, donde concluían el día con una cena festiva auspiciada por el padre en honor del nuevo ciudadano romano” (Roman Children [Los niños romanos], Classicsunveiled.com).

Después de esta ceremonia, la condición social del hijo subía de categoría. Ahora estaba investido legalmente con todos los derechos, poderes y privilegios como hijo y heredero de su padre, y también como ciudadano.

Probablemente Pablo se refería a esta iniciación a la edad madura. Dios nos ha engendrado como sus hijos, y en cierto sentido considera que poseemos ya un cierto grado de madurez, habiendo superado la condición de esclavos hasta convertirnos en hijos con ciertos privilegios (¡aunque todavía seamos como simples bebés!). Sin embargo, la plenitud de nuestra iniciación a la madurez todavía se halla en el futuro, al momento de “la manifestación de los hijos de Dios” (Romanos 8:19).

En Romanos 8:23 en la versión Recobro del Nuevo Testamento dice: “Y no sólo esto, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu . . . también gemimos dentro de nosotros mismos, aguardando con anhelo la plena filiación [huiothesia] de nuestro cuerpo”.

Así es que estos versículos de Pablo de ninguna manera restan significado a nuestro destino como hijos verdaderos y legítimos de Dios. De hecho, ¡solo confirman y aclaran más aún esta increíble verdad bíblica!

En camino hacia el resultado final: la gloria divina

Esto involucra el proceso de reproducción espiritual antes mencionado, en el cual Dios nos engendra como hijos suyos. Ahora que hemos visto un panorama más amplio de lo que Dios está haciendo, repasémoslo brevemente, para entenderlo mejor. El proceso reproductivo espiritual comienza con la unión del Espíritu de Dios y nuestro espíritu humano. Una vez más: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Romanos 8:16). Mediante esta unión milagrosa, nos convertimos en “participantes de la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4).

Por lo tanto, el cristiano engendrado por el Espíritu es un hijo de Dios y un miembro verdadero de la familia de Dios, aunque no de manera definitiva todavía. Como hijos, todavía debemos pasar por un proceso de desarrollo en esta vida, un periodo en el que debemos moldear nuestro carácter y asemejarnos cada vez más a Dios en la manera en que pensamos y nos comportamos. Y al final de esta vida, en la resurrección que se llevará a cabo al retorno de Jesucristo, los verdaderos cristianos serán transformados en seres espirituales, como el Padre y Cristo.

Medite nuevamente en esta asombrosa verdad registrada por el apóstol Juan: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3:2).

Para ampliar aún más este tema, en numerosos pasajes de las Escrituras se nos dice que recibiremos la gloria divina del Padre y de Cristo: “Es el mismo Dios que en su gran amor nos ha llamado a tener parte en su gloria eterna en unión con Jesucristo” (1 Pedro 5:10 versión Dios Habla Hoy; vea también Romanos 5:2; 2 Corintios 3:18; 1 Tesalonicenses 2:12; 2 Tesalonicenses 2:14; Colosenses 1:27; Hebreos 2:10).

Por otra parte, como coherederos de Cristo recibiremos dominio sobre todas las cosas, incluyendo la totalidad del vasto universo, una autoridad que solo Cristo tiene (compare Romanos 8:17; Hebreos 1:1-3; 2:5-9; Apocalipsis 21:7). Para ejercer dominio cabal sobre todas las cosas, incluyendo los candentes hornos termonucleares de 50 mil millones de billones de soles, y cada partícula subatómica de cada átomo de cada molécula en la inmensidad cósmica—se requiere el poder omnipotente de Dios.

¿Y qué ocurrirá con nuestras mentes? Como seres humanos, jamás podríamos contar todas las estrellas del universo, de a una por segundo, aunque viviésemos un trillón de vidas. Sin embargo Dios, en un comentario casual, dice que él conoce todas las estrellas por su nombre (Salmo 147:4). Asombrosamente, Pablo afirma: “Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido [por Dios]” (1 Corintios 13:12), mostrando que vamos a poseer la omnisciencia de Dios. Y por qué no, ¡puesto que tendremos el Espíritu Santo, la mente misma de Dios, en plenitud!

Piense en esto: eventualmente, los seres humanos convertidos poseerán la naturaleza divina, la gloria divina y el poder absoluto sobre la creación, compartiendo el infinito conocimiento de Dios. ¡Todo esto es imposible sin poseer su divinidad!

En aquel tiempo futuro, al igual que Jesús, por fin estaremos “llenos de toda la plenitud de Dios” (Efesios 3:19; compare Colosenses 1:19; 2:9). ¿Cómo puede una persona estar llena de la plenitud de Dios y ser al mismo tiempo inferior a Dios? Por lo tanto, al momento de ser transformados seremos también divinos, aunque el Padre y Cristo siempre serán superiores a nosotros.

La enseñanza de la deificación

Esta verdad bíblica seguramente causará gran impacto en quienes han escuchado sólo la perspectiva tradicional de las principales religiones cristianas respecto a la recompensa suprema de los justos. Sin embargo, quienes se apresuren a atacar esta enseñanza probablemente se asombrarán aún más al saber que muchos de los “primeros padres” de las religiones tradicionales —bastante apegados a las enseñanzas apostólicas originales— sí entendían esta increíble verdad, por lo menos en parte. Y hasta en nuestros días es posible apreciar ciertos indicios de ello.

Note lo que afirman los párrafos 398 y 460 del actual Catecismo de la Iglesia Católica (las fuentes están entre corchetes):

“El hombre, constituido en un estado de santidad, estaba destinado a ser plenamente “divinizado” por Dios en la gloria (pero pecó). . .”

“El Verbo (Jesucristo) se encarnó para hacernos “partícipes de la naturaleza divina” [2 Pedro 1: 4]: “Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: Para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios” [Ireneo, siglo II, Contra los Herejes, libro 3, cap. 19, sección 1]. “Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios” [Atanasio, siglo IV, La encarnación del Verbo, cap. 54, sección 3]. “El Hijo Unigénito deDios, queriendo hacernos participantes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza,para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres” [Tomás de Aquino, siglo XIII, Opúsculo 57, conferencias 1-4, énfasis nuestro].

Esta enseñanza es todavía más predominante en la tradición ortodoxa oriental, donde se la conoce con el término griego theosis, que significa “divinización” o “deificación”. Es completamente distinta al concepto de la Nueva Era, en que uno es absorbido dentro de una conciencia universal, o al de considerarse uno mismo como un ser inherentemente divino. Fíjese en esta notable explicación de Tertuliano, uno de los primeros teólogos católicos, escrita alrededor del año 200 d.C.:

“Sería imposible admitir a otro Dios, cuando no se le permite a ningún otro ser el poseer nada perteneciente a Dios. Ustedes pueden decir: bueno, entonces, según ese criterio, nosotros no tenemos nada de Dios. Pero sí lo tenemos, y así seguirá siendo. Solo que es de parte de él que lo recibimos, y no de nosotros mismos. Porque nosotros llegaremos a ser incluso dioses, si es que merecemos estar entre aquellos de quienes él declaró ‘Yo he dicho, “Ustedes son dioses’”, y ‘Dios se yergue en la congregación de los dioses’. Pero esto proviene de su propia gracia, no de algún atributo nuestro. Porque solo él puede hacer dioses” (Contra Hermógenes, cap. 5, Ante-Nicene Fathers [Los padres antinicenos], Vol. 3, p. 480, citado en “Deification of Man” [Deificación del hombre], David Bercor, editor, A Dictionary of Early Christian Beliefs [Diccionario de creencias cristianas primitivas], 1998, p. 200). Más aún, esta fue la creencia generalizada durante los primeros siglos del cristianismo.

Algunos escritores más recientes también han vislumbrado esta verdad bíblica. C.S. Lewis, tal vez el autor cristiano más popular del siglo pasado, escribió: “El mandamiento Sed, pues, vosotros perfectos [Mateo 5:48] no es un concepto idealista, ni un mandamiento para hacer lo imposible. Él nos va a convertir en criaturas que serán capaces de obedecer tal mandamiento. Dios dijo (en la Biblia) que somos ‘dioses’ y que él será fiel a sus palabras.

“Si se lo permitimos (porque podemos impedírselo si queremos), él hará del más débil y depravado de nosotros un dios o una diosa, una criatura deslumbrante, radiante e inmortal, que vibre con un gozo y una sabiduría y un amor que ahora no podemos imaginar; un brillante espejo sin mancha alguna que refleje a Dios a la perfección (aunque, claro está, a escala menor) en su poder sin límites, su gozo y su bondad. Este proceso será muy prolongado y a veces muy doloroso; pero para eso estamos. Para nada menos que eso. Cristo sabe lo que dice” (Cristianismo . . . ¡y nada más!, Editorial Caribe, 1977, p. 195).

La relación familiar suprema

Sin embargo, este tema requiere cierta aclaración muy importante. La enseñanza bíblica no dice que algún día nos convertiremos en un ser único, fundido con Dios, perdiendo así nuestra identidad individual. La realidad es que Dios es una familia. Y de la misma manera que los individuos que conforman una familia son seres distintos con identidades especiales, así será también en la familia de Dios.

No obstante, mediante el Espíritu Santo, los miembros de la familia de Dios compartirán una unidad intelectual, de propósito y de naturaleza, que trasciende la identidad y unidad común que es posible dentro de la familia humana.

De hecho, hay un solo Dios, pero ese Dios es una familia. Cuando el término dios se refiere a nuestro destino, en realidad lo que intenta es distinguir entre los múltiples seres divinos que constituyen ese Dios único—ese Dios que significa “la familia Dios”. Como vimos anteriormente, en la actualidad hay dos miembros divinos de la familia “Dios” —dos seres separados— Dios el Padre y Dios el Hijo, Jesucristo. Y, por increíble que parezca, habrá muchos más en el futuro.

Como mencionamos más arriba, Dios declaró: “Y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso” (2 Corintios 6:18). Y Dios lo dice en serio. El Padre desea procrearnos como a sus propios hijos, para transformarnos en el mismo tipo de seres que él y Cristo actualmente son, pero, repetimos, siempre estaremos sujetos a la amorosa autoridad y liderazgo de ambos.


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