Excerpt for La mirada de Dios by , available in its entirety at Smashwords

designó el Señor a otros setenta y dos

y los envió por delante...

a todas las ciudades y sitios

a donde Él había de ir...”

(Lc 10, 1)

ALEJANDRA MARÍA. SOSA ELÍZAGA

LA MIRADA

DE DIOS

Colección ‘La Palabra

ilumina tu vida’

Ciclo C

La mirada de Dios

Colección ‘La Palabra ilumina tu vida.’

Ciclo C

EDICIONES 72, S.A. DE C. V.

Jojutla 3 esq Congreso, col. Tlalpan, Del. Tlalpan

C.P. 14000, CDMX, México

tel: 56 65 12 61

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Prohibida su reproducción total o parcial sin permiso

por escrito de la autora y/o del editor

Portada: Acuarela sobre papel de Alejandra María Sosa Elízaga

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Í N D I C E

Presentación

Prepárate I Dom. Adviento

Camino en construcción II Dom. Adviento

Dar y recibir alegría III Dom. Adviento

¿Quién soy yo? IV Dom. Adviento

Respuestas La Sagrada Fam.

Regalos de Reyes Epifanía del Señor

Se abrió el cielo Bautismo del Señor

Consejera II Dom. T/Ord.

La mejor noticia III Dom. T/Ord.

Sin tregua IV Dom. T/Ord.

Retrato V Dom. T/Ord.

¿Eres pobre? VI Dom. T/Ord.

Tentación I Dom. Cuaresma

Corrige pero consuela II Dom Cuaresma

Espera fecunda III Dom, Cuaresma

La mirada de Dios IV Dom. Cuaresma

Tirar las piedras V Dom. Cuaresma

Contrastes Dom. de Ramos

Testigo muda pero elocuente Dom. Pascua

Misericordia II Dom. Pascua

Aceptación III Dom. Pascua

Aprender a callar IV Dom. Pascua

Retrato hablado V Dom. Pascua

Desear la paz VI Dom. Pascua

Ausencia y presencia VI Dom. Pascua

Envío Pentecostés

Sed de verdad Santísima Trinidad

No llores X Dom. T/Ord.

Deuda de amor XI Dom. T/Ord.

La persona más buscada XII Dom. T/Ord.

Ahorititita XIII Dom. T/Ord.

Setenta y dos XIV Dom. T/Ord.

Bien por mal XV Dom. T/Ord.

La mejor parte XVI Dom. T/Ord.

Insistencia XVII Dom. T/Ord.

Avaricia XVIII Dom. T/Ord.

Ni temprano ni tarde XIX Dom. T/Ord.

Verdadera humildad Asunción de María

Cosas malas que parecen buenas XX Dom T/O.

Pago extraordinario XXII Dom. T/Ord.

Serlo, no sólo decirlo XXIII Dom. T/Ord.

Alegría compartida XXIV Dom. T/Ord.

El dinero y los amigos XXV Dom. T/Ord.

Genio y figura XXVI Dom. T/Ord.

Lo que teníamos que hacer XXVII Dom. T/Ord.

¿Obligación o gratitud? XXVIII Dom. T/Ord.

¿Me cansé de rogarle? XXIX Dom. T/Ord.

¡Aquí está! Domund

La santidad y la muerte XXXI Dom. T/Ord.

Preguntar para callar... XXXII Dom. T/Ord.

Saber a tiempo... XXXIII Dom. T/Ord.

Real locura Ntro Sr Jesucristo Rey d Universo

Obras de Alejandra María Sosa Elízaga


PRESENTACIÓN

Este es el primer volumen de la colección de tres libros titulada ‘La Palabra de Dios ilumina tu vida’, en la que Alejandra María Sosa Elízaga ofrece reflexiones breves sobre los textos del Evangelio que se proclaman en Misa a lo largo de un año o ciclo litúrgico, en este caso, del ciclo C, en el que la mayor parte del año se proclama el Evangelio según san Lucas.

Con ese estilo suyo de decir cosas profundas, pero de una manera sencilla y sabrosa, sólidamente fundamentada y apegada al Magisterio de la Iglesia, esta escritora católica, autora de más de una veintena de libros y cursos bíblicos, tiene un claro objetivo: ayudar a sus lectores a comprender mejor la Palabra de Dios, relacionarla con su propia existencia y descubrir cómo realmente ilumina la vida.

Prepárate
I Domingo de adviento

Una mujer recorre un pasillo en penumbra; tiene miedo porque sospecha que alguien entró a su casa para matarla. Se detiene ante una puerta. El suspenso y la espeluznante musiquita advierten a los espectadores que algo muy malo está a punto de suceder. Entonces ella sosteniendo en lo alto un objeto pesado para defenderse, abre de un tirón y, con alivio se comprueba que no hay nadie. Pero justo cuando ella y los espectadores ya se sentían aliviados, ¡zas! llega un inesperado sobresalto con un acorde disonante que resuena cuando una mano aparece detrás de ella y la toma por el cuello para estrangularla.

Esta escena, con variantes, es típica de las películas de terror, que suelen utilizar el elemento sorpresa para asustar a la gente cuando ésta menos se lo espera. Ojalá no nos llevemos nosotros un susto semejante con relación al fin del mundo. ¿A qué me refiero? A que están circulando por ahí, en internet, cine, televisión y medios impresos, unas supuestas profecías según las cuales el mundo se va a terminar exactamente el 21 de diciembre del 2012. ¿En qué se basan? En un champurrado de arbitrarias interpretaciones de jeroglíficos mayas y textos bíblicos apocalípticos sacados fuera de contexto.

Por supuesto sobra aclarar que se trata de descabelladas especulaciones que carecen de validez. Recordemos que Jesús aseguró que nadie sabe ni el día ni la hora del final (ver Mc 13,32).

Eso no significa que no vaya a llegar el final. Llegará, pero como en la escena descrita al inicio, sucederá cuando menos lo esperemos, cuando más confiados nos sintamos, cuando quizá nos estemos regocijando tras comprobar que las profecías del 2012 no se cumplieron.

En el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Lc 21, 25-28.34-36) dice: “aquel día los sorprenderá desprevenidos; porque caerá de repente como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra” (Lc 21,35), y antes describe las señales prodigiosas y terribles que sucederán en el cielo, la tierra y el mar (ver Lc 21, 25-27).

Cabe aclarar que no se trata de despertar nuestro miedo, no nos vaya a pasar como a una amiga que me platicaba que luego del terremoto del 85 se quedó muy espantada, sobre todo porque un irresponsable publicó que no tardaba ni un año en venir una réplica peor que el primer sismo, así que cuando oía uno de esos crujidos normales en toda casa, le daba pavor, y se quedaba paralizada mirando la lámpara para ver si ésta empezaba a bambolearse, y así pasaba mucho rato, muchas veces al día, hasta que comprendió que no podía seguir así, que lo que la estaba matando no era la réplica de un gran temblor sino su gran temblor ante una réplica...

Esto mismo aplica para nosotros. Estamos comenzando el tiempo de Adviento, cuatro semanas destinadas a disponernos a celebrar la venida (pasada y futura) del Señor, y en este arranque la mirada se centra sobre Su segunda venida, al final de los tiempos, pero no para provocarnos miedo sino para invitarnos a estar preparados para recibirlo.

Y ¿cómo se prepara uno para algo así? Considera esto: el personal que atiende emergencias (policías, bomberos, médicos) no se entrena sobre la marcha, pues a la hora de la emergencia no sabría qué hacer, sino que recibe una preparación previa que le permite reaccionar automáticamente haciendo lo correcto cuando se presenta la ocasión. Del mismo modo nosotros no podemos arriesgarnos a esperar al último minuto a ver cómo reaccionamos ante el Señor, porque puede ser que Su llegada nos encuentre muy lejos de Él (imagínate si fuera cierto lo del 21 de diciembre, ¡a cuántos encontraría en una dizque ‘posada’, ya con muchos ponches con ‘piquete’ encima, demasiado ‘enfiestados’ para reconocerlo!).

Estamos a tiempo para prepararnos debidamente para nuestro final. ¿Qué debemos hacer? Nos lo dice Jesús: “Estén alerta, para que los vicios, con el libertinaje, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida no entorpezcan su mente” (Lc 21,34), la Biblia traduce: ‘no hagan pesado su corazón’, es decir que no dejemos que el corazón se nos llene de las cosas del mundo y se olvide de Dios. Y más adelante añade: “Velen, pues, y hagan oración continuamente...para que puedan...comparecer seguros ante el Hijo del hombre.”(Lc 21,36).

Nos invita así el Señor a mantener el alma despierta, atenta a las señales de Su presencia (pues Él no sólo vino y vendrá sino que viene todos los días, está siempre con nosotros), y a no cortar nuestra comunicación, nuestra relación con Él. ¿Te das cuenta? La mejor manera para estar preparados para el fin del mundo no es consiguiéndonos un casco por si granizan meteoritos, o un traje a prueba de lava o un refugio antimegatsunami, sino disponiéndonos a reencontrarnos con Aquel que ya vino una vez, y no vino a oscurecer el mundo sino a iluminarlo; no a dar muerte sino vida; no a infundirnos pavor sino a llenarnos de paz y a devolvernos la esperanza.

Camino en construcción
II Domingo de Adviento

RRRRRRRRRRRRRRTACATACATACATACATACARRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRTACATACATACATACATARRRRRRRRRRRRRRRPOMPOMPOMPOMPOMRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRTACATACATACARRRRRRPOMPOMPOMPOMRRRRRRRRRRRR

— ¡¿Que fue eso?!

— El ruidero que hace la maquinaria pesada que se usa para nivelaciones y demoliciones. Están trabajando motoconformadoras, tractores, excavadoras, taladros rompiendo el suelo...

— ¿En domingo?

— Sí, precisamente empezaron a trabajar este domingo.

— Y ¿dónde están que sólo los oigo pero no los veo?

— En la iglesia.

— Pero, ¿qué no estamos a dos semanas de Navidad? ¿No deberían escucharse ahí angelicales villancicos en lugar de ese estruendo?

— La culpa la tiene Juan.

— ¿Juan?, ¿qué Juan?

— Juan el Bautista. Sí, porque en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Lc 3, 1-6) cita un texto del profeta Isaías en el que pide: “Preparen el camino del Señor; hagan rectos sus senderos. Todo valle sea rellenado, toda montaña y colina, rebajada; lo tortuoso se hará derecho, los caminos ásperos serán allanados” (Is 40,3-4). Eso significa que no nos queda más remedio que ponernos a trabajar en serio en arreglar todos los baches y quitar todos los obstáculos que puedan impedir que el Señor venga fácilmente a nuestro encuentro. ¿Cómo? Siguiendo las instrucciones que nos da el propio profeta:

Hagan rectos sus senderos

La distancia más corta entre dos puntos es la línea recta. Se nos invita a rectificar toda situación de pecado para que nada dificulte, demore o impida la venida del Señor a nuestro corazón. Y la mejor ayuda para lograrlo es la Confesión.

Todo valle sea rellenado

¿Con qué se suele rellenar un terreno? Con cascajo, es decir, material de construcción triturado, revuelto con piedras y tierra. Si hay valles en nuestra geografía, hondonadas vacías de virtudes y de buenas obras, rellenémoslos con el cascajo que resulte de triturar nuestro egoísmo, nuestra indiferencia, nuestra falta de amor. Una buena manera de conseguir esto es comenzar a realizar diariamente cuando menos dos obras de misericordia: una espiritual y otra corporal.

Toda montaña y colina, rebajada

Nada dificulta más el trazo de un camino que una montaña que se atraviesa. Subirla y bajarla es peligroso, rodearla tarda mucho, hacer un túnel es costoso. Queda claro que no podemos dejar semejante estorbo en esta vía. No hay de otra: hay que dinamitar las moles elevadas de ego, amor propio, vanidad, orgullo, afán de poder y de dinero, autosuficiencia, pretensión de ver a otros por encima del hombro. Para ello podemos pedir a algún ser querido que nos ayude a ver de qué defecto necesitamos deshacernos, y, con el auxilio del Señor, comenzar la demolición.

Lo tortuoso se hará derecho

El diccionario define ‘tortuoso’ como ‘que tiene vueltas y rodeos’.

Se nos invita a dejar de poner pretextos y ya no posponer ni darle vueltas a la cita con el Señor en el Confesionario, en la oración diaria, en la Eucaristía, en la ayuda a los demás...

Los caminos ásperos serán allanados

Lo empedrado no es fácil de recorrer. Tenemos que quitar las asperezas: esas respuestas cortantes, el tono de mal disimulada impaciencia, la ironía, el sarcasmo, la descortesía. Pedirle al Señor la gracia de saberlo reconocer y celebrar en los otros, especialmente en los que más nos cuesta tratar con delicadeza y caridad...

Este domingo quedamos invitados a hacer un alto en el trajín de preparativos navideños, y antes de seguir decorando, horneando, comprando o celebrando, asegurarnos primero de ampliar y despejar el camino para el Señor. Y cuidado con caer en la tentación de conformarnos con un ‘acabado de inauguración’, superficial que no dure más allá del 25. Estamos llamados a perseverar porque nos llevará la vida entera. Así que ya podemos hacernos el ánimo y junto con los adornos navideños colocar el siguiente letrero: ‘Camino en construcción. Disculpe los inconvenientes que esta obra ocasiona; las molestias serán pasajeras; los beneficios, en cambio, para siempre...’

Dar y recibir alegría
III Domingo de Adviento

¿Ha habido alegría en tu vida? ¿Has traído alegría a la vida de otros?

Contaba una persona, que padecía una enfermedad terminal, que alguien le planteó esas dos preguntas y la puso a reflexionar. Decía que, de entrada, tuvo que repensar qué entendía por ‘alegría’, y se dio cuenta de que no podía referirse a un alegrón pasajero como el que sentía al despacharse un buen plato de comida o al ver un buen partido o al pasar un rato agradable con los cuates, sino que tenía que ser algo mucho más profundo, un gozo que de veras inundara el alma y la dejara colmada de alegría. Entonces le consternó darse cuenta de que no sólo no recordaba haber experimentado algo así, sino que se preguntaba qué hubiera debido hacer para lograrlo, pues no tenía idea.

Su interrogante tiene respuesta. Y podemos encontrarla en las Lecturas que se proclaman en la Misa de este Tercer Domingo de Adviento, que justamente es llamado: ‘Domingo de la Alegría’. Coinciden todas en que la razón para sentir alegría es la presencia del Señor entre nosotros (ver Sof 3, 15b.17; Flp 4, 5b; Lc 3,16). Claro, ¿qué puede darnos mayor alegría a quienes estamos siempre necesitados de ayuda, de justicia, de paz, de perdón y misericordia que recibir todo eso a manos llenas porque Dios no nos contempla indiferente desde el cielo sino nos ama tanto que quiso venir a hacerse uno de nosotros para rescatarnos, para colmar nuestros más caros anhelos y aún más, regalarnos algo a lo que jamás nos hubiéramos atrevido a aspirar: la vida eterna?

Queda así respondido el primer planteamiento: el gozo en la vida nos viene de la presencia del Señor a nuestro lado.

Con relación a la respuesta al segundo planteamiento cabe pensar que si la razón de nuestra alegría es que el Señor vino a darlo todo por nosotros, y, como seguidores Suyos estamos llamados a imitarlo, la manera de llevar alegría a la vida de los demás es también a través de dar. En las primeras palabras del Evangelio dominical vemos que cuando la gente preguntó a Juan el Bautista qué debía hacer (ver Lc 3,10) él respondió: “El que tenga dos túnicas que dé una al que no tiene ninguna, y quien tenga comida, que haga lo mismo” (Lc 3, 11).

Es significativo que a estas alturas del Adviento, cuando mucha gente está pensando en lo que le gustaría recibir y muchos animan a sus niños a escribir cartitas para pedir y pedir cosas, la Iglesia nos proponga textos que enfatizan la alegría de dar. Y antes de que alguien ponga objeciones diciendo que suele dar mucho en Navidad y eso sólo lo deja cansado (tras recorrer tienda tras tienda cazando ofertas), endeudado (por gasta de más), criticado (por no atinarle al obsequio perfecto), y siempre harto, habría que aclarar que hay una gran diferencia entre el dar que solemos tener en esta época y el que propone el Evangelio.

No es dar lo que nos sobra, sino compartir lo que tenemos; no es dar lo que no necesita al que lo tiene todo, sino al que no tiene nada darle lo que necesita; no es gastar para apantallar, comprometer o ser correspondidos, sino por amor y sin esperar nada a cambio.

Dar de esa manera no cansa, no descalabra el presupuesto, no deja una sensación de inutilidad y de vacío, sino un calorcito que entibia para siempre el corazón.

Alguien se puede preguntar cómo puede hacerle para dar así, a lo que cabe responder: pregunta a tu párroco. Seguramente él sabe qué familia está muy necesitada, o qué institución de ayuda a ancianitos o enfermos o niños requiere apoyo. Y, como lo pedía Juan el Bautista, comparte buenamente lo que tengas, por ejemplo una despensa no sólo con lo básico sino con algunas cositas extra que sin duda disfrutarían en Nochebuena, ropita caliente o juegos o juguetes, pero ojo, de preferencia todo nuevo o, si es usado, que parezca nuevo porque esté limpio y en perfecto estado.

Qué bueno sería preparar en familia una canasta no con cosas viejas de las que cada uno aprovecha para deshacerse, sino con cosas buenas que cada uno desea permitir a otros disfrutar, y ver la manera de hacérselas llegar sin que sepan de quién viene (para cumplir lo que pidió el Señor: que al dar no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha (Mt 6,1-4).

En este domingo de la alegría nos llega oportuna la invitación para poder contestar con un rotundo ¡sí! a las dos preguntas planteadas al principio y las dos por una misma razón: porque la gozosa cercanía de Aquel que vino a darlo todo por nosotros nos ha movido a dar.

¿Quién soy yo?
IV Domingo de Adviento

Son una mezcla alucinante de sustancias entre nubosas y líquidas, de colores sorprendentemente intensos y contrastantes, rodeadas por todas partes de minúsculos puntitos de distintos brillos, en uno de los cuales ¡habitamos nosotros!

Se trata de fotografías enviadas a la tierra por el telescopio Hubble, situado a quinientos kilómetros de altura, y por la sonda Voyager, que tiene, entre otras, la misión de viajar por el espacio, cada vez más lejos de la Tierra, e ir mandando las imágenes que vaya captando. Ambos aparatos han enviado fotografías de galaxias, nebulosas, agujeros negros y estrellas que hacen ver nuestro sol como un chicharito junto a un balón de baloncesto.

Una de las fotos más impactantes es una que fue tomada cerca de los brillantes anillos de Saturno, y muestra el espacio negro cuajado de cuerpos celestes y señala con una flechita la Tierra.

Deja sin aliento constatar que nuestro planeta es tan minúsculo en comparación con lo que lo rodea, que podría pasar desapercibido. Mirarla provoca un sentimiento como el que expresó el salmista, que tras contemplar el cielo, obra de la mano de Dios, le pregunta, “¿qué es el hombre para que de él te acuerdes?” (Sal 8,5), en otras palabras, ¿cómo es posible que te intereses por nosotros que somos un microscópico puntito en el cosmos? Y la única respuesta que hay a esa pregunta nos la ha dado Dios: Por amor.

Porque nos ama nos creó, porque nos ama nos sostiene en la palma de Su mano; porque nos ama no ha dejado que en nuestra travesía por el espacio nos embista un planeta ni nos destruya un meteorito ni nos engulla un hoyo negro. Y no sólo eso. Cuando por necios, tontos, malos e ingratos nos apartamos de Él, pudo habernos borrado de un plumazo, y el universo ni se hubiera inmutado, pero en lugar de eso, hizo lo impensable, lo inaudito, lo que jamás nos hubiéramos atrevido a esperar, ya no digamos a imaginar: vino a vivir con nosotros, vino a someterse a nuestra pequeñez, vino a compartir las vicisitudes de vivir en este mundo, para rescatarnos de nuestras miserias e invitarnos a disfrutar la eternidad con Él.

Alguno podría preguntarse: pero, ¿por qué nos ama tanto así el Señor?, ¿habremos hecho algo muy bueno?, ¿lo hizo por nuestros méritos? A lo que cabe responder: No, no se debe a nada que hayamos hecho. Es puro don, pura gratuidad, puro regalo fruto de Su amor y misericordia.

Recordaba esto al meditar en la escena que nos plantea el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Lc 1, 39-45), la primera parte de la llamada ‘Visitación’.

En ella se nos narra el momento en que María llegó a casa de su prima Isabel, la saludó y entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo, y luego de bendecir a María (con esas hermosas frases que le pedimos prestadas para el Avemaría), se hizo esta pregunta: “¿Quién soy yo, para que la Madre de mi Señor venga a verme?” (Lc 1, 43).

De esta escena esta frase no es la que suele recibir la mayor atención, pero vale la pena que ahora nos detengamos un momento a considerarla. ¿Por qué dice eso Isabel? Después de todo, según los criterios del mundo, ella tendría muchas razones de peso que justificarían que María la visitara; por mencionar sólo tres:

Isabel era esposa de Zacarías, un sacerdote intachable, importante y respetado en su comunidad quien había recibido nada menos que la visita de un ángel de Dios que le dio un notición increíble.

A Isabel le había sido concedido un milagrazo tremendo de parte de Dios: que siendo ella estéril y de edad avanzada y habiendo sufrido toda su vida la pena de no tener hijos, por fin pudiera concebir.

Y por último, Isabel era parienta de María.

Ahí tenemos, más que suficiente para que Isabel se hubiera creído con todo el derecho ya no sólo a esperar sino casi a exigir que la visitara la Madre del Señor. Pero no. Su pregunta muestra que se siente indigna, que no se cree merecedora de tan grande don. Con razón pudo quedar llena del Espíritu Santo, claro, si estaba vacía de sí misma, vacía de ego, vacía de pretensiones, abierta a lo que Dios le quisiera regalar...

En este Cuarto Domingo de Adviento, cuando falta ya muy poquito para celebrar en Navidad que el Altísimo se haya dignado descender hasta nosotros, quedamos invitados a aprender de Isabel a recibirlo estremecidos de alegría, asombro y humildad.

Respuestas
La Sagrada Familia

Hay un concurso televisado en el que profesionistas tratan de ganarse una suma de dinero respondiendo preguntas que corresponden a las materias que se estudian en la primaria. Cuentan con cierta asesoría de alumnos que la cursan, pero cuando de plano no saben la respuesta y deciden retirarse del juego con lo que hasta el momento han obtenido, antes tienen que reconocer públicamente: ‘soy profesionista pero un niño de primaria ¡sabe más que yo!’.

Ay, si hubiera existido ese concurso hace dos mil años, ciertos personajes que aparecen en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Lc 2, 41-45) hubieran tenido que reconocer públicamente su ignorancia, pero no en temas de primaria, sino en el de mayor importancia que puede haber: la Palabra de Dios, y no por haber sido superados por cualquier niño, sino nada menos que por el niño Jesús.

¿Qué fue lo que pasó? Vamos por partes:

Cuenta San Lucas que para las fiestas de Pascua, María y José fueron a Jerusalén con Jesús, que ya tenía doce años, pero cuando volvieron, él se quedó allá sin que ellos lo supieran. Era común que en las caravanas de peregrinos las mujeres viajaran por un lado y los hombres por otro, por lo que probablemente María pensó que Jesús estaba con José y éste creyó que el Niño estaba con ella. Cuando se dieron cuenta de que no era así comenzaron a buscarlo y se regresaron a Jerusalén. Por fin, tras una búsqueda, durante la cual se sintieron “llenos de angustia” (Lc 2,48c), (que se extraviara el Hijo de Dios ¡no era para menos!), lo hallaron al tercer día en el templo, sentado en medio de doctores (llamados así no porque fueran médicos sino por su conocimiento de las Sagradas Escrituras).

Dice San Lucas que Jesús estaba: “escuchándolos y haciéndoles preguntas” (Lc 2, 46c), pero luego añade que “todos los que lo oían se admiraban de Su inteligencia y de Sus respuestas” (Lc 2,47).

¿Por qué primero dice que los escuchaba y les hacía preguntas y luego comenta que todos se admiraban de lo que Él respondía?, ¿qué no se supone que era el Niño Jesús quien hacía las preguntas?, ¿por qué entonces también daba Él las respuestas? Podemos aventurar una razón: porque seguramente les hizo preguntas a las que no supieron qué replicar, por lo que tuvo Él que contestarlas, pero no como para lucirse dejando callados a esos señorones, sino porque quería ayudarlos a que se cuestionaran profundamente algunas cosas, por ejemplo, que se habían conformado con tener muchos conocimientos, pero memorizados, sin penetrar en su sentido, sin plantearse interrogantes, sin dejarse cuestionar o mover (como aquellos ‘expertos’ consultados por Herodes cuando llegaron los magos de Oriente, que supieron consultar en las Escrituras que el Mesías nacería en Belén, pero ¡no se les ocurrió ir a verlo!).

Es interesante que se proclame este Evangelio en este día en que la Iglesia celebra a la Sagrada Familia, cuando estamos invitados a poner la mirada no sólo en la familia de Nazaret, sino también en la nuestra. Y es que hoy en día hay tantas familias que, como esos doctores de la ley, se han conformado con una religiosidad vacía, con realizar lo mínimo que se les requiere, pero por compromiso, sin corazón; sólo para cumplirle a Dios, no para tener o estrechar una amistad con Él, y enseñan a sus niños a memorizar pero no a vivenciar las verdades de la fe, y así, poco a poco, se van quedando sin respuestas y luego tratan de encontrarlas en donde no las hallarán (en sectas, en prácticas supersticiosas...).

Ojalá dejaran a Jesús estar en medio, como en aquel templo, porque haría las mismas tres cosas que hizo ahí, y les resultarían ¡tan sanadoras!

Les escucharía, podrían volcar su corazón en Él; les cuestionaría, animándoles a replantearse muchas cosas, a renovar su vida de fe, a descubrir la riqueza de vivir los Sacramentos no como rituales obligatorios y carentes de sentido, sino como encuentros con Él, que está siempre esperando para recibir con los brazos abiertos a quien se le acerque en la Reconciliación, en la Eucaristía, en la lectura de Su Palabra, en la oración, y por último, y no por ello menos importante, les daría respuesta a todas esas interrogantes surgidas de lo más hondo del corazón, y que nadie más puede ni sabe responderles.

Regalos de Reyes
La Epifanía

¿Cuál es tu mejor recuerdo de infancia de los Reyes Magos? Surgió esta pregunta entre compañeros de trabajo mientras compartían un pedazo de rosca a la hora del café.

Cada uno aportó alguna anécdota, casi siempre tierna o divertida, pero la que se llevó la tarde fue una señora ya viejita, que contó que cuando era pequeña, sus papás hospedaron en su casa a un amigo suyo que había venido a México a trabajar. Era un hombre muy bondadoso y de una gran fe, que se las supo comunicar con sus palabras y ejemplos y también a través de ciertas devociones y tradiciones que compartió con ellos.

Contaba ella que en la fiesta de Reyes, aquel amigo reunía a todos los de casa, traía una caja grande que guardaba en su ropero, la abría e iba sacando y desenvolviendo unas bellas figuras talladas en madera que representaban la escena de la adoración de los Magos. Colocaba cada figura en la mesa, recordándoles su significado, y luego les leía, con voz profunda, el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 2, 1-12). Después se sentaban a merendar chocolate y rosca que preparaba su mamá.

Pasados unos años este buen hombre se regresó a su tierra. Curiosamente su partida fue al día siguiente de la fiesta de los Reyes Magos. Esa noche lo despidieron con mucho cariño y gratitud y cuando despertaron ya se había ido. Entonces descubrieron que había dejado unos paquetes de regalo. Cuál no sería su sorpresa cuando fueron desenvolviéndolos y vieron que eran ¡sus hermosas figuras de madera!, un regalo invaluable, no sólo por su valor afectivo sino por la manera como lo repartió entre todos.

Les explicaba en una tarjeta, que no había querido dejarle la caja a una sola persona sino una pieza a cada uno con dos intenciones: La primera, asegurar que todos se siguieran reuniendo a celebrar la fiesta de los Reyes Magos, pues si alguien faltaba, faltaría su pieza y dejaría incompleta la escena, y la segunda, que cada uno considerara que así como la pieza que llevaría a la fiesta era necesaria, también sus dones y cualidades eran necesarios para su familia. Entonces cada uno descubrió que en su envoltorio venía una dedicatoria muy especial que no sólo era una explicación del significado de la pieza que le había tocado, sino una invitación a reflexionar y a vivir lo que dicha pieza significaba.

A la que nos lo contó le regaló la estrella, con una nota que decía: ‘Recuerda que la estrella no se limitó a dar luz inmóvil desde lo alto del cielo, sino que se movió para guiarlos hasta donde estaba el Niño. Así también tú, procura ir al encuentro de los demás para compartir la luz del Señor’.

A su hermana mayor, a la que le dejó la casita le escribió: ‘Los magos pudieron hallar al Niño porque estaba en una casa, no cerrada a piedra y lodo, sino abierta de par en par. Que tu corazón se mantenga siempre como esta casa, dispuesto a albergar a todos con la misma calidez y misericordia de la Sagrada Familia’.

Al hermano mayor, al que le dio el Rey Mago que llevaba cofre con oro le puso: ‘Este sabio le ofrece oro al Niño porque lo reconoce como Rey y quiere darle lo más valioso que tiene. Procura tú en tu vida ofrecerle a Dios lo mejor de ti: en tiempo, en deseos de agradarlo, en amor a Él y a los demás’.

El hermano menor recibió el Rey Mago que lleva incienso y leyó: ‘A diferencia de mucha gente que cree y quiere que otros crean que Jesús sólo fue un gran hombre, este sabio reconoce y adora la divinidad del Niño. Haz tú lo mismo, pon tu vida en Sus manos con la seguridad de que no quedarás defraudado’.

El papá obtuvo el Rey Mago que lleva mirra, con esta nota: ‘Este sabio anuncia que este Niño va a morir, pues dará Su vida para la salvación de todos. Al mirarlo siente la alegría de saber que por más dificultades que se presenten en la vida, tienes a tu lado al Salvador, dispuesto a ayudarte con tu familia, a rescatarlos del mal y del pecado y a conducirlos con Él a la vida eterna. Sé siempre valiente y confía en Él’.

Por último, a la mamá le dejó a la Sagrada Familia, con una nota que decía: ‘Que la paz y el amor que irradian Jesús, María y José sean la fuente de la paz y el amor que reinen en tu corazón y en tu hogar.’

La dama terminó su anécdota comentando que hasta la fecha su familia seguía la tradición de reunirse, ahora ya con hijos, nietos y bisnietos, cada uno llevando su pieza, cuidadosamente conservada, y durante la merienda volvían siempre a su memoria las palabras de aquel buen amigo que les ayudaban a tener presente que lo principal no era comer rosca sino compartir con los seres queridos el gozo de celebrar y adorar, como los Reyes Magos, al Niño Jesús.

Se abrió el cielo
Bautismo del Señor

Ya no nos sorprende poder sacar del bolsillo un pequeñísimo celular, y oprimir unas cuantas teclas para comunicarnos al instante con cualquier parte del planeta; pero hasta hace relativamente poco la gente ni soñaba en que eso fuera posible: durante siglos no hubo teléfono, y cuando empezó ni la imaginación más desbordada hubiera podido concebir en lo que éste se transformaría.

Lo comentábamos el otro día en familia mientras veíamos una película del año de la canica, en blanco y negro, en la que para hablar por teléfono los protagonistas tenían que darle vuelta a la manivela de una caja negra a la que le salía un cable con un auricular cilíndrico que se ponían en la oreja mientras gritaban en una bocina que sobresalía de la caja: ‘¡Operadora, operadora!’ en espera de que al otro lado de la línea una señorita sentada frente a una especie de conmutador atinara a conectar el cable preciso en el agujerito correcto para establecer la conexión que permitiera realizar la llamada, la cual, por supuesto, escucharía -y quién sabe si luego platicaría- completa.

Tener presente que durante años la comunicación telefónica no fue sencilla ni rápida ni privada nos ayudó a renovar nuestro aprecio por la facilidad con que ahora podemos comunicarnos.

Comparaba esto con el aspecto espiritual y consideraba que sucede algo parecido. Ya no nos sorprende poder comunicarnos de tú a tú con Dios, llamarlo Padre, clamar a Él desde el abismo de nuestras miserias y pecados y tener la seguridad de que nos escucha y acoge nuestras súplicas, pero no siempre fue así. Durante siglos hubo generaciones y generaciones de creyentes que consideraban que Dios estaba demasiado alto y desde luego muy lejos de ellos por ser pecadores.

El profeta suplicaba: “¡Ah, si abrieses los cielos y descendieras!” (Is 63,19), como pidiéndole que manifestara Su presencia, Su cercanía.

Y entonces sucedió el milagro. Lo inimaginable. Dios se hizo cercano. Quiso compartir nuestra condición humana, ser uno de nosotros. Y para que no quedara duda de Su amor y cercanía por todos, aun por los pecadores, hizo algo de lo cual nos habla el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Lc 3, 15-16.21-22):

Jesús se presentó en la orilla del río Jordán, a donde Juan el Bautista bautizaba a quienes se reconocían necesitados de perdón y conversión, y entró al agua como todos, para ser bautizado, aunque no le hacía falta. Hace notar San Lucas que en ese momento Jesús oraba y que mientras oraba, “se abrió el cielo” (Lc 3, 21).

Detengámonos en esta frase, en esta escena, porque en cierta manera representa toda la misión de Jesús. Visualicémoslo ahí, con medio cuerpo sumergido en esa agua a la que fue a lavarse la humanidad caída, la humanidad necesitada de redención; y medio cuerpo fuera del agua, vuelto hacia Dios, intercediendo por los pecadores. Dios hecho Hombre, para rescatar al hombre y conducirlo hacia Dios.

Contemplar esto es comprender que por pecadores que seamos, por caídos que estemos no estamos solos ni podemos sentirnos abandonados o dudar de ser acogidos por Dios, pues tenemos la certeza de contar con la poderosa intermediación de Jesús.

Podemos dirigirnos al Padre diciéndole: ‘te lo pedimos por Cristo nuestro Señor’, porque sabemos que por esa poderosa intercesión nuestra oración llega, nuestra oración abre el cielo, somos escuchados a pesar de nuestras miserias, a pesar de nuestras faltas.

Ya no podemos pensar que el Padre no nos atiende, sabemos que lo hace porque no lo pedimos nosotros solos, que no merecemos nada, que no tenemos mérito alguno, sino el Hijo, por quien desciende el Espíritu Santo sobre las aguas, como en la creación del mundo, para ordenar nuestro caos, el Hijo en quien el Padre se complace (ver Lc 3, 22), el que por nosotros se hizo Hombre y por nosotros entró al Jordán a ser bautizado, no porque lo necesitara sino porque quería solidarizarse con nosotros y, al compartir nuestra limitada condición humana, abrirnos a la ilimitada comunicación con Dios.

Consejera
II Domingo del Tiempo Ordinario

Nos hubiera gustado platicar con ella, que nos contara anécdotas, hacerle preguntas, recibir sus consejos para atesorarlos y compartirlos. Pero no tuvimos la oportunidad. Y es de llamar la atención que quienes sí la tuvieron casi no nos platiquen nada de la Virgen María. ¡Es tan poquito lo que mencionan de ella en los Evangelios! ¿A qué se debe?

Hay quienes suponen que es porque la primera comunidad cristiana no le daba importancia, pues, dicen, el propio Jesús no se la dio, y citan como ejemplo que en dos ocasiones el Evangelio según San Juan narra que Jesús no la llamó ‘mamá’ ni ‘madre’ sino ‘mujer’. Esta argumentación no tiene sustento. Hay una razón profunda y poderosa para que San Juan registre que Jesús llama a María ‘mujer’ y no es en absoluto para hacerla menos, todo lo contrario. El uso de esa palabra trae ecos del libro del Génesis, cuando Adán dijo de Eva: “Ésta será llamada mujer (literalmente ‘varona’, femenino de varón), porque del varón ha sido tomada” (Gen 2, 23). Y más adelante dice: “El hombre llamó a su mujer ‘Eva’, por ser ella la madre de todos los vivientes” (Gen 3, 29).

Desde los inicios del cristianismo María ha sido considerada la nueva Eva, la nueva madre de todos los vivientes, que con su obediencia total a la voluntad de Dios reparó la desobediencia de la primera Eva. Así pues, el que Jesús la llame ‘Mujer’ no la disminuye sino la engrandece.

Cabe comentar además que, como judío respetuoso de la Ley, sin duda Jesús cumplía el mandamiento: “Honrarás a tu padre y a tu madre “ (Ex 20,12), y teniendo a la mejor de todas las madres, a la llena de gracia, sin duda le profesaba un amor, una ternura, una reverencia muy especiales. Así pues, queda descartada la idea de que no se hable mucho de María en el Nuevo Testamento porque no se le diera importancia. Sólo puede haber una razón: que ella así lo quiso.

Consideremos esto: Sabemos que San Lucas y San Mateo la conocieron. Se deduce que de sus labios escucharon lo que luego relataron en sus respectivos relatos de la infancia, respecto al anuncio del Ángel, la concepción virginal de Jesús, la visita de María a Isabel, el sueño de José, el Nacimiento de Jesús, la llegada de los Magos de Oriente. Sabemos también que en la cruz Jesús encomendó a San Juan que acogiera en su casa a María. Sólo podemos imaginar las charlas sabrosísimas que han de haber tenido con ella y los mil detalles de los que se enteraron. ¿Por qué no los dejaron todos escritos en sus Evangelios? Sólo queda pensar que se debió a que ella así lo hubiera pedido, ¿por que? porque su humildad no era una pose, era auténtica, surgida de lo más hondo de su corazón, y no deseaba figurar, ser protagonista, o atraer la atención sobre sí misma, sino sobre su Hijo.

Se comprende así que sólo se recoja en los Evangelios lo que preguntó y respondió al Ángel; su alabanza a Dios cuando visitó a Isabel; lo que dijo a Jesús al hallarlo en el templo, y lo que registra el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Jn 2, 1-11), dirigido a Jesús y a unos servidores. Con relación a todo lo escrito en el Nuevo Testamento, son en total muy pocas palabras, ¡ah, pero qué sustanciosas! Viniendo de nuestra Madre y Maestra resultan invaluables porque nos permiten asomarnos a su alma y nos muestran el camino para vivir como ella, abiertos a la gracia de Dios y buscando cumplir en todo Su voluntad.


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